Al sentar la pluma en el papel para este segundo artículo, que en
nuestro número 122 del jueves dejamos prometido, mal pudiera dejar
de recordar cierto lance ocurrido no ha muchos años á un buen cómico
francés. Había empezado su carrera dramática con no muy buenos
auspicios; y esto en tales términos, que nunca le dejaba el público
llegar al fin de la representación. Escarmentado el hombre de
estudiar papeles en balde, y deseoso de mudar públicos, tomó la rara
resolución de no dar en cada parte más de una representación, y de no
estudiar nunca más que el primer acto del papel que á su cargo tomaba.
Trascurrió así algún tiempo felizmente; pero hubo de llegar un día á
un pueblo, donde fuese por casualidad, fuese por alguna causa en él
sobrenatural, no sólo no le silbó el público desde los primeros versos,
como le solía acontecer, sino que descendieron los aplausos sobre
él, como el maná sobre los Israelitas. Pero bajó el telón acabado el
primer acto, y nuestro cómico, no habiendo estudiado el segundo, se vió
precisado á salir y decir: «Señores, no hallándome acostumbrado á la
acogida benévola que este ilustrado público acaba de hacerme, me veo
en la triste precisión de anunciar el segundo acto para mañana, á causa
de no haberlo estudiado». Con lo cual recibió la acostumbrada silba,
entonces por haberlo hecho bien.
Los que hayan leído el principio de mi anterior artículo habrán
comprendido ya el cuentecillo; á los que no, les diré francamente que
al ver por fin impreso un artículo mío en el _Observador_ del jueves,
cosa á que no estaba ya acostumbrado, me hallé en el mismo, mismísimo
caso que el cómico silbado. No presumiendo que había de imprimirse
nunca ni aun la primera parte de mi artículo, quedéme _in pectore_ con
la segunda.
He aquí la causa de su detención en publicarse; supuesto sin embargo,
que me he visto tan agradablemente sorprendido, vuelvo á hojear mi
correo, encuentro la continuación, y tal cual es allá sale la siguiente
carta del otro liberal, si no lo han mis lectores por enojo.
«Yo, señor Fígaro, con permiso del gobierno, soy liberal de padre á
hijo, porque en mi casa éste fué mal de familia. Mala herencia me
dejaron; pero sobre no haber otra, quien lo hereda no lo hurta. Á saber
yo hurtar otro gallo me cantara, y no tendría necesidad de ser hoy en
el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana; y así
podría irme á Francia con el dinero y la maldición del público, como
tomar á mi cargo un buen destino de donde pudiera seguir haciendo de
las mías, que el dinero llama dinero.
»El hecho es que no hay nada de esto, y que en mi casa no hay más que
dos cosas: mi opinión liberal, con la cual me doy á todos los diablos,
y una silla en la cual me siento.
»Yo fuí de los primeros que tomaron las armas contra los Franceses en
tiempo de la independencia: á un mismo tiempo casi acabó la guerra y
la constitución. Entonces no extrañé yo que no me diese premio el
recién llegado; pero llegó el año 20, y por más que peroré en todos
los cafés de Madrid, por más patriotismo que lucí en listas públicas
y motines, no pude ser nunca más que empleado en loterías. Yo fuí
miliciano nacional, yo pedí regencia... yo... qué sé yo lo que hice.
Pero mi suerte era trabajar siempre para otros. En la guerra de la
independencia trabajé, como todos, para su majestad; y dejemos este
cuento, que es cuento de cuentos. En la constitución trabajé para que
se hiciesen ministros unos cuantos, y para que se hiciesen ricos otros
pocos. Ésta es la suerte de los que vamos de buena fe. Hasta en mi
empleo de loterías, al cabo, ¿qué hacía? Trabajar porque les cayese
á otros.--El año 23 se fué á Cádiz la patria, y yo me fuí con ella.
Llegué roto y descalzo: hice prodigios en el Trocadero: la cosa se
puso de pésima data, y cada pedazo de la patria tomó por donde pudo.
Pedazo hubo que no paró hasta América. Sólo yo, sin patria, que se me
había ido entre las manos, y sin empleo, que se encargó un realista
de regentar en Madrid durante mi ausencia; sin dinero, porque yo no
había hecho más que motines mientras que otros habían hecho pacotilla,
volvíme á Madrid, donde me pasé en la cárcel muy buenos meses por haber
sido liberal.--Los diez años, no hablemos de ellos. ¡Ojalá hubiera sido
emigrado! Con sólo este deseo se podrá formar idea de mi situación.
»Ocurre lo de la Granja, y viendo un resquicio por donde salvar la
patria, hágome _cristino_ de aquellos primeros que en secreto casi se
armaron en Madrid. Á poco el ministro famoso que no quería innovaciones
peligrosas, debió encontrar malo que hiciéramos la innovación de ser
_cristinos_, y salimos desterrados yo y otros pocos.
»Vuelvo del destierro á fuerza de empeños, y amanece el día 27 de
octubre. Los realistas amenazan á Madrid. Lleno de patriotismo salgo
á salvar la patria en peligro, desarmo cuantos puedo, á riesgo de mi
vida, pero pasa el peligro, ceden los rebeldes, y una autoridad á quien
presento mis trofeos me prende porque la patria no necesita de mis
servicios, y porque ando armado sin autorización. He aquí lo que es
la suerte de los hombres. Si los realistas aprietan más, soy un héroe
aquel día: cedieron pronto, y fuí un desobediente, un perturbador.
Si ellos hubieran vencido, me hubieran ahorcado. Mi partido fué más
generoso, se contentó con prenderme.
»Salgo, por fin, de la cárcel, y mi entusiasmo siempre en pie. Al
fin los liberales, digo para mí, hemos de ser premiados algún día.
Me presento á alistarme en las filas de la urbana, y me dicen que
habiendo perdido mis pocos bienes el año 23, no ofrezco garantías.
¡Qué bien hicieron los realistas en dejarnos sin camisa! Si nos dejan
algo hubiéramos podido armarnos contra ellos.--En el ínterin nace el
Estatuto y las leyes fundamentales. Me presento á reclamar mi destino;
pero, amigo, las leyes fundamentales no dicen nada de loterías: llévese
el diablo las invenciones modernas. Por más que he registrado crónicas
y partidas, nada he encontrado: me he convencido, pues, de que las
loterías es una innovación. Mi empleo, pues, nada tiene que ver con la
monarquía: no apoyándose mi reclamación en las leyes fundamentales, es
considerada como sin fundamento.
»Amplíase entre tanto la milicia, y al fin entro en ella. Me ofrezco á
la patria para lo de Vizcaya, creyendo hacer falta. ¡Error! Nadie hace
falta allí. Aprendo el ejercicio, y como no nos reunimos, ¿querrá usted
creer, señor Fígaro, que todavía no conozco la cara de mis compañeros?
»Pero no importa; ocurren no sé qué conspiraciones, y préndenme por
anarquista. Se indaga, se busca; lo único que se ha descubierta es que
yo he estado en la cárcel. El peligro, pues, no era para la patria,
sino para mí.
»Éste es mi estado, señor Fígaro. Con todo sigo siendo liberal: así es,
que no me llega la camisa al cuerpo.
»En atención á estos datos, suplico á usted que se sirva no dejar
dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con
tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos
haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al
ministerio.
»Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos.
Á ellos, pues, señor Fígaro, y dóblelos usted á sátiras si quiere
conservar el aprecio de su seguro servidor.--_El liberal progresivo, y
sin destino._»
Ésas son las dos cartas: las dos son liberales; las dos de hombres de
buena fe, que sólo desean el bien de la patria.--Si escribo en liberal,
dirán unos que estoy vendido á don Carlos. Si escribo en ministerial,
dirán otros que estoy vendido al ministerio. ¡Si al menos se supiese
quién paga mejor!
¡¡¡Gracias á Dios, por fin, que ya estamos de acuerdo; gracias á Dios
que nos entendemos!!!