EL SIGLO EN BLANCO[1]

No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente

en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar:

porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de

aquél que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y

añadía de buena fe enseñándosele á un amigo suyo: Aquí tiene usted á

Jonás conforme salió del vientre de la ballena.--¿Hombre, á Jonás?, le

replicó el amigo, si éste es Neptuno...--Ó Neptuno, como usted quiera,

replicó el _cicerone_, que en esto de profetas no soy muy fuerte.--El

hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia,

filósofo ó dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más

digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus

cosas y las ajenas como y cuando puede.

Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien

no los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para

hablar el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema

enseñar á sus discípulos á callar antes de pasar á enseñarles materias

más hondas, y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba

evidentemente dos cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras

universidades, por los estudios largos: segunda, que no es cosa tan

fácil como parece enseñar á callar al hombre, el cual nació para

hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados,

dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud

que le da á esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan

funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la

sabia naturaleza.

De cuanto se pueda callar en cinco años podráse formar una idea

aproximada con sólo repasar por la memoria cuánto hemos callado

nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos

completos de Platón que hemos hecho pacíficamente desde el año 23

hasta el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos sucedía

precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, á saber, que

sólo hablaba el maestro, y eso para enseñar á callar á los demás, y

perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto á dar

una idea de lo mucho que se puede callar en cinco ó en diez años; ahora

bien, con respecto á lo que se puede callar en un solo día, basta para

formar una idea leer, si es posible, _el Siglo_, periódico que no se

ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas;

periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto

provecho como honra de su ciencia en el callar.

Confesemos sin embargo que lo que hay que leer es un artículo que no

está escrito. Leer palabras y más palabras lo hace cualquiera, y toda

la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente

en leer un papel blanco.

Un artículo en blanco es susceptible de las interpretaciones más

favorables: un artículo en blanco es un artículo en el sentido de

todos los partidos: es cera blanda, á la cual puede darse á voluntad

la forma más adaptada al gusto de cada uno. Un artículo en blanco es

además picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difícil de

pintar. ¿Qué dirá? ¿Qué no dirá? En un mundo como éste de ilusión y

fantasmagoría, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable

que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y

poseídas pierden su mérito; desvanécese el prestigio, rómpese el

velo con que nuestra imaginación las embellecía, y exclama el hombre

desengañado: _¿Es esto lo que anhelaba?_ Este sistema de hacer gozar

haciendo esperar, del cual pudiéramos citar en el día algún sectario

famoso, es evidente, y por él nunca podrá entrar en competencia con un

artículo en blanco un artículo en negro. Éste ya sabemos lo que puede

querer decir, aunque no sea más que haciendo deducciones del color.

De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce

un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; á saber,

que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y

con esas pantallas elegantes que toman más ó menos color según se

acercan más ó menos á la lumbre; leídos en un gabinete ministerial

naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto

el termómetro, toman un calorcito subido que ofende la vista; y leídos

al aire libre se revisten de una tinta suave que da gozo á la multitud.

Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con

un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y

en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en

blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.

Bien conocerá el lector, aun sin haber leído _El Siglo_, como

probablemente no le habrá leído por aficionado que sea á leer, que no

es mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho

menos á los gobiernos, que temo á Dios gracias.

Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría

de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el

cual debió decir Malherbe aquellos versos:

Et rose elle a vécu ce que vivent les roses,

L'espace d'un matin.

_Quod scripsi scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí

otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe

todavía de poco carácter á la _Revista_, desafiamos por esta vez al

_Siglo_ á que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez _quod

scripsi scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no

contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco.

Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso

en verdad que si es cierto aquello de que _principio quieren las

cosas_, al ponerme á escribir un artículo en blanco, no sabría por

dónde empezar, y en cuanto á lo de prohibirlos, confieso que me había

de ver más apurado todavía.

_El Siglo es más grande que los hombres_; he aquí una verdad que ha

echado por tierra el tiempo. Nosotros en realidad, al condolernos

sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: ó es el siglo

más chico de lo que habíamos pensado, ó no es este siglo que alcanzamos

el que habíamos menester.

Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos

en blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como

lo entiende el _Boletín_: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro

silencioso cofrade. Á catorce _Siglos_ nos ha dejado este periódico; es

decir, en la edad media; confesemos francamente que no podemos pasar de

aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente

los puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto á

amnistía, en punto á política interior, en punto á honor y patriotismo

de no sé qué hazaña, y en punto, en fin, á Cortés; pero más creemos

que hubieran sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el

siglo, hubiera sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y

de la muerte que alcanza á nuestro buen _Siglo_, á pesar de toda su

ilustración y grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y

que en tiempos como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni

mucho menos callar.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 29 / 75 题