No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente
en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar:
porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de
aquél que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y
añadía de buena fe enseñándosele á un amigo suyo: Aquí tiene usted á
Jonás conforme salió del vientre de la ballena.--¿Hombre, á Jonás?, le
replicó el amigo, si éste es Neptuno...--Ó Neptuno, como usted quiera,
replicó el _cicerone_, que en esto de profetas no soy muy fuerte.--El
hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia,
filósofo ó dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más
digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus
cosas y las ajenas como y cuando puede.
Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien
no los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para
hablar el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema
enseñar á sus discípulos á callar antes de pasar á enseñarles materias
más hondas, y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba
evidentemente dos cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras
universidades, por los estudios largos: segunda, que no es cosa tan
fácil como parece enseñar á callar al hombre, el cual nació para
hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados,
dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud
que le da á esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan
funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la
sabia naturaleza.
De cuanto se pueda callar en cinco años podráse formar una idea
aproximada con sólo repasar por la memoria cuánto hemos callado
nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos
completos de Platón que hemos hecho pacíficamente desde el año 23
hasta el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos sucedía
precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, á saber, que
sólo hablaba el maestro, y eso para enseñar á callar á los demás, y
perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto á dar
una idea de lo mucho que se puede callar en cinco ó en diez años; ahora
bien, con respecto á lo que se puede callar en un solo día, basta para
formar una idea leer, si es posible, _el Siglo_, periódico que no se
ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas;
periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto
provecho como honra de su ciencia en el callar.
Confesemos sin embargo que lo que hay que leer es un artículo que no
está escrito. Leer palabras y más palabras lo hace cualquiera, y toda
la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente
en leer un papel blanco.
Un artículo en blanco es susceptible de las interpretaciones más
favorables: un artículo en blanco es un artículo en el sentido de
todos los partidos: es cera blanda, á la cual puede darse á voluntad
la forma más adaptada al gusto de cada uno. Un artículo en blanco es
además picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difícil de
pintar. ¿Qué dirá? ¿Qué no dirá? En un mundo como éste de ilusión y
fantasmagoría, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable
que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y
poseídas pierden su mérito; desvanécese el prestigio, rómpese el
velo con que nuestra imaginación las embellecía, y exclama el hombre
desengañado: _¿Es esto lo que anhelaba?_ Este sistema de hacer gozar
haciendo esperar, del cual pudiéramos citar en el día algún sectario
famoso, es evidente, y por él nunca podrá entrar en competencia con un
artículo en blanco un artículo en negro. Éste ya sabemos lo que puede
querer decir, aunque no sea más que haciendo deducciones del color.
De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce
un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; á saber,
que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y
con esas pantallas elegantes que toman más ó menos color según se
acercan más ó menos á la lumbre; leídos en un gabinete ministerial
naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto
el termómetro, toman un calorcito subido que ofende la vista; y leídos
al aire libre se revisten de una tinta suave que da gozo á la multitud.
Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con
un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y
en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en
blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.
Bien conocerá el lector, aun sin haber leído _El Siglo_, como
probablemente no le habrá leído por aficionado que sea á leer, que no
es mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho
menos á los gobiernos, que temo á Dios gracias.
Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría
de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el
cual debió decir Malherbe aquellos versos:
Et rose elle a vécu ce que vivent les roses,
L'espace d'un matin.
_Quod scripsi scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí
otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe
todavía de poco carácter á la _Revista_, desafiamos por esta vez al
_Siglo_ á que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez _quod
scripsi scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no
contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco.
Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso
en verdad que si es cierto aquello de que _principio quieren las
cosas_, al ponerme á escribir un artículo en blanco, no sabría por
dónde empezar, y en cuanto á lo de prohibirlos, confieso que me había
de ver más apurado todavía.
_El Siglo es más grande que los hombres_; he aquí una verdad que ha
echado por tierra el tiempo. Nosotros en realidad, al condolernos
sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: ó es el siglo
más chico de lo que habíamos pensado, ó no es este siglo que alcanzamos
el que habíamos menester.
Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos
en blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como
lo entiende el _Boletín_: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro
silencioso cofrade. Á catorce _Siglos_ nos ha dejado este periódico; es
decir, en la edad media; confesemos francamente que no podemos pasar de
aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente
los puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto á
amnistía, en punto á política interior, en punto á honor y patriotismo
de no sé qué hazaña, y en punto, en fin, á Cortés; pero más creemos
que hubieran sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el
siglo, hubiera sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y
de la muerte que alcanza á nuestro buen _Siglo_, á pesar de toda su
ilustración y grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y
que en tiempos como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni
mucho menos callar.