MASCARADA POLÍTICA

Mil veces les habrá sucedido á mis lectores, y aun á los que no me

leen, oir una campana y quedarles una prolongada vibración en los

oídos después de haber sonado; les habrá sucedido también viajando,

durarles gran rato, después de apeados ya del carruaje, la sensación

del movimiento y traqueteo producida por muchas horas de camino. He

aquí precisamente lo que á mí me ha sucedido y me sigue sucediendo

todavía con el fantástico aparato y desigual clamor que en mis sentidos

dejaron las pasadas máscaras. Voy por la calle y se me antojan aún

caretas las caras, y disfraces los trajes y uniformes. Oigo hablar de

cosas nuevas, y, acostumbrado á tanta cosa vieja y á tanta broma, se me

figura aún que me siguen embromando. Pasará sin duda esta sensación,

y será preciso creer á todo el mundo; pero mientras pasa ó no pasa,

mientras creo ó no creo, todo el trabajo de mi entendimiento limitado

se reduce por ahora á ver de conocer al que me habla; que no es poco.

Con tal rumor en los oídos, con tal prevención en la vista, salía yo la

última noche del pasado carnaval de Abrantes, donde había codeado á la

aristocracia, y del teatro, donde me había codeado á mí la democracia.

Llena la cabeza con estas dos ideas, que no podía amalgamar nunca, y

que así se separaban al tocarse como se separan dos bolas de billar

al chocar una con otra, se me antojó que entraba en un salón adornado

por el orden antico-moderno; toda la parte alta gótica, góticas las

paredes y ventanas: el mueblaje y adorno bajo del último gusto. Tres

comparsas le llenaban, á lo que entonces me pareció. La menos numerosa

era compuesta toda de viejos, ¡rara aprehensión!, pero gordos y

robustos; para hacer gente y engruesarse iba derramando su dinero con

tanto sigilo, como si fuese mal adquirido y peor conservado; pero á

cada moneda que daban, ¡cosa rara!, perdían carnes y fuerzas. Toda

esta comparsa andaba hacia atrás, más como quien huye que como quien

anda; para lo cual traían la cabeza y los pies vueltos del revés, que

hacían rara figura. Andaban desbandados á causa de hallarse su jefe

á diligencias propias; pero en cambio presumían serlo todos. Seguía

á esta comparsa una porción de pobres, rotos y mal parados, con una

venda en los ojos como pintan á la fe, creyendo á pies juntillas cuanto

aquéllos les decían, y tomando varios dijes de poco valor en cambio de

sus servicios. De cuando en cuando dábanles los magnates de la comparsa

un palo, y unos respondían _¡viva!_ y otros respondían _¡gracias!_

Raros trajes se veían entre ellos, pero ninguno pasaba del siglo XVIII.

Retazos de manteos, cruces y veneras, papel de Italia, espadines de

Toledo, tal cual estrella en la frente, látigo en la mano, calzón,

peluquín y hebillas. Color general blanco como la leche. Conversación

poca; chispa ninguna.

La segunda traía jefe, ó por mejor decir representante; gente nueva,

y la más barbilampiña: flaca aún como muchacho que está creciendo:

conocíase á legua que no habían tenido tantas ocasiones de comer como

los otros. No andaban, sino corrían: todo eran piernas. Bailaban todos

á una, y hacían los mismos pasos: encogíanse los altos, empinábanse

los bajos: todo su prurito era andar iguales: al menor desnivel había

gira y algazara. Pedían la palabra, y tomaban lo demás. Venían vestidos

de telas de institución, color de garantía: el disfraz era lo mejor

que traían; si bien á muchos se los traslucían por debajo juboncillos

de ambición con tal cual cenefilla de empleo, y se conocía que no

estaban hechos á usarlos, porque á los más les venían anchos. Éstos

no repartían dinero, sino periódicos; dábanlos con audacia y á venga

lo que venga: si alguno se perdía ó se interceptaba malamente, otro

al puesto, como quien tenía el molde en casa. Por el contrario de los

otros, á cada periódico que daban ganaban carnes y razón. Las caretas

eran discursos históricos de sucesión. Iban encendiendo las luces,

que la primera comparsa apagaba siempre que podía; pero el salón

estaba iluminado, de donde era fuerza inferir que se encendían más de

prisa que se apagaban. Seguía á éstos una turba desigual hambrienta

de felicidad: verdad es que nunca la habían catado. Unos eran gordos,

otros flacos: unos tenían tres piernas, otros una: uno tres ojos, otro

medio; quién era gigante, quién lilipuciano. _Se os igualará_, les

iban diciendo los magnates, _nada más fácil_, y lo creían sin mirarse

despacio unos á otros, el tonto y el discreto, el tullido y el sano,

el pobre y el rico. Éstos creían en la felicidad de este mundo: los

primeros en la del otro. Su conversación buena, su chispa mucha y mayor

el ruido que metían. Color general negro.

Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba á

cierta distancia del que parecía su jefe. Era el color de éste un

atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía

siempre un color diferente, pero en llegado á él no se le podía llamar

color. Éste y los suyos no andaban, aunque lo parecía, porque marcaban

el paso: conociendo que no había para qué, unos no traían pies, y

otros los traían de plomo. De medio cuerpo arriba venía vestido á la

antigua española, de medio cuerpo abajo á la moderna francesa, y en

él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto, ni

bajo, ni gordo, ni flaco; sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en

fin, racional, si las hubo nunca. No traía careta, sino que enseñaba

una cara de risa que á todos quería dar contento. Era su comparsa

gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder,

que no tiene por qué moverse, miedosa que teme perniquebrarse á cada

paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento

y bien avenida á todo, despreocupada, que se ríe de los hombres y

sus partidos. Éstos no decían nada; ni aplaudían, ni censuraban;

traían caretas de yeso, miraban á una comparsa, miraban á otra, y ora

temblaban, y ora reían. En realidad no hacían cuenta con su jefe: éste

era el que contaba con ellos; es decir, con su inercia.

En una palabra, parecían tres las comparsas y no eran más que dos.

Cuando yo entré en el baile acababan de separarse; hasta entonces

habían bailado mezclados, porque hasta entonces no había faltado

bastonero que los había hecho bailar á todos á un mismo son.

Apenas tuve tiempo de reconocer lo que llevo descrito, cuando se

dirigieron á mí varios de la primera comparsa.--¡Ah, Fígaro maldito!,

aquí está. «_¡Nadie pase sin hablar al portero!_» «_¡La planta nueva!_»

¿Sabes que nos has hecho más daño que un cañón?--Mala entrada es ésta,

dije yo para mí.--Mira, prosiguieron, tú debes ser tonto. ¿Qué provecho

has sacado de tus artículos?--El gusto de escribir lo que pienso, y

me sobra.--Eso por un lado y por otro el que te ahorquemos, si...

¡desigual es el partido!--Ya me pondré á distancia respetable.--Vente

con nosotros.--Gracias.--Te irá mejor; no hallarás rivales, porque no

escribimos; te daremos una prebenda.--Soy casado.--Te daremos un empleo

en correos y podrás interceptar las cartas.--No soy curioso.--Andarás

por esas breñas.--No soy peregrino.--Dormirás al sereno.--Más quiero

dormir sereno.--Tendrás inquisición y rey absoluto.--Lo agradezco, pero

es tarde.--¡Matarle! ¡Matarle!

--¡Ea, dejad á Fígaro!, dijeron los de la segunda comparsa, sacándome

de entre ellos; éste es nuestro, enteramente nuestro. ¿No es verdad,

Fígaro?--¡De corazón!--¡Bravo! Tú también eres igual.--Y si no soy

igual me es igual todo.--¡Ya! Por eso te descuidas, y haces á veces

artículos tan largos y tan pesados, y con tantas digresiones y

atrevimiento: no teniendo respeto á nadie, fácil es hacer reir...--No

hay para qué hablar más, que ya me habéis conocido, dije yo

apresurándome á interrumpir á los míos, que me iban tratando peor que

los contrarios.

Mientras esto me pasaba en un rincón de la sala andábanse embromando

los principales personajes de las dos comparsas. Estas bromas pararán

en veras, dije yo para mí, y acerquéme á oir.--Andad, decían unos,

hipócritas; á nosotros no nos embromaréis, porque os conocemos: ahora

andáis con careta del pretendiente, pero es mentira: vosotros existíais

antes que él. Vosotros triunfasteis malamente en Villalar en nombre

de otro Carlos V: desde entonces no dejó de crecer un punto vuestra

audacia: vosotros fuisteis los que el año 14 engañasteis á un rey y

perdisteis á un pueblo; vosotros los que el año 23...--¡Silencio!

respondieron los otros; ¿qué nos echáis en cara? Echaos la culpa á

vosotros mismos, que dos veces fuisteis los amos, y dos veces...--Sí,

pero no tengáis cuidado; á la tercera...--Veremos.--Sí; vosotros lo

que queréis es embaucar al pueblo con vuestros sortilegios, cubrirle

los ojos y taparle la boca para beber su sangre que os engorda:

el favoritismo, el absolutismo, el oscurantismo, el fanatismo, el

egoísmo... ésas son vuestras virtudes... ése es el Carlos V que

proclamáis; y lo demás es farsa y mascarada. Quitaos esas caretas

de ley de Felipe V, que ya os hemos conocido.--¡Miren!, contestaban

los ofendidos; ¿y qué queréis vosotros? ¿Queréis hacer felices á los

pueblos? Broma y más broma. Igualdad, para tener todos derecho á todo,

representaciones nacionales para ocupar un puesto en ellas, porque

todos hacéis oficio de leer y escribir, y pensáis que hablando...

y los empleos, en fin, que por tantos años tuvimos nosotros, y las

rentas que nos comemos y...--Y bien, y bien; ¿y hay nada más justo?

Nosotros haremos el bien público, haciendo el nuestro, aun sin querer

hacerlo...--¡Careta!, ¡pretexto!--Pretexto, sí; pero más noble que el

vuestro. En nosotros tendrá la sucesión directa...--¡Fuera, fuera la

careta! ¡También os conocemos!--¡Holgazanes!--¡Ambiciosos!

Al llegar aquí la broma, exasperáronse unas y otras máscaras, y ¡oh!,

¡qué noche de horror y de confusión!--¡Á ellos, á ellos!, gritaron unos

y otros desenvainando sus armas. Un paquete de _Boletines de Comercio_

atrasados, lanzado por un brazo vigoroso y joven, vino á estrellarse

sobre un grupo de peluquines; seis cayeron del golpe. Diez y nueve

_Siglos_, llenos de reconvenciones, se alzaron á una contra la pandilla

blanca; y ¿quién les pudiera resistir? Tampoco se descuidaban los

acometidos: volaban _Estrellas_ por todas partes, pero daban en el aire

con los _Siglos_ y los _Boletines_ que iban, y caían desvaneciéndose

como los fuegos fatuos del verano. Un discurso parlamentario encontraba

en el aire una exhortación carlista y arrollábala al punto. ¡Qué furor!

Volaban _Tiempos_ y _Cínifes_, lanzábanse _Ateneos_ y _Minervas_,

enemigo herido de ellos, enemigo dormido y fuera por consiguiente de

combate. Hasta hubo quien sacó _Correos_, _Crónicas_ y _Auroras_,

armas prohibidas porque suelen dispararse contra el mismo que las

carga. ¿Quién diría el destrozo y la mortandad? ¿Y quién el fin de tan

sangrienta lucha, si el jefe de la inerte comparsa no se apareciese

con una sonrisa en la boca y una _Revista_ en la mano? Interpúsola

el atornasolado como pudiera Mercurio su caduceo, y cedieron los

combatientes al arma más pesada. Todos quedaron aplanados. ¡Ay de aquél

á quien le cayó encima una noticia diversa! ¡Ay del que tuvo que sufrir

el peso de la crónica de provincias! ¡Mísero el que sintió sobre sí la

cámara de los diputados! Quiso la buena suerte que esto cayese todo

sobre la comparsa blanca, y nadie de ella pudo ya levantar cabeza.

Roncaban unos, y otros se quejaban amargamente. En la comparsa nueva

cayó un artículo de entrada, y ¡oh prodigio!, como el maná, súpole á

cada uno al manjar más de su gusto; á nadie empero levantó chichón ni

cardenal.

--¡Hola!, ¿quién es éste? ¿Es vuestro?, preguntaron los jóvenes á sus

contrarios.--¿Qué ha de ser nuestro?, ¡ay míseros!, contestaron los

vencidos.--¡Ah!, ¡ya!, repusieron los primeros. ¿Quién diablos te había

de conocer? Vaya, pase, pase por nuestro; mira, júzganos.

--¿Yo juzgar?, dijo el mediador. No lo permita el cielo. Si fuera

conciliar...

--Mira que si no quieres ser nuestro juez, serás su reo. ¡Esos

hipócritas!...

--¡Oh!, no hipócritas, precisamente, no... seductores..., dijo el

mediador.

--¡Revolucionario!, gritaron los viejos.

--Revolucionarios, precisamente... no... fautores de asonadas...,

interrumpió el justo medio.

--¡Fanáticos!, gritaron los jóvenes.

--No, fanáticos, no... ilusos, incautos...

--¡Ignorantes!

--¡Incrédulos!

--Señores, todos tienen ustedes razón; la unión, la cultura, un justo

medio... ni uno ni otro... las dos cosas...

--¡Nosotros queremos todo nuevo!

--No, nuevo no, dijo el justo medio.

--¡Nosotros todo viejo!

--No, viejo no, repuso el atornasolado.

--¡Nosotros lo negro!

--¡Nosotros lo blanco!

--Todo, bien, todo; si se puede todo: está entendido; daremos un blanco

que tire á negro, y un negro que tire á blanco.

--¿Conque sí?

--No digo que sí, precisamente;... mas...

--¿Conque no?

--No digo que no, precisamente;... pero...

--Eso, eso es ponerse en la razón, dijo á este punto levantándose

pausadamente la mayoría hasta entonces inmóvil: nosotros estamos por

ese señor de la antigua española y moderna francesa. No somos partido,

pero somos los más. Venga cualquiera cosa, llámenlo como quieran,

y vamos viviendo. De cualquier modo hemos vivido hasta ahora, de

cualquier modo moriremos.

--La verdadera diversión, señores, si me atrevo llamarlo así, dijo

entonces animado con su inmensa fuerza el atornasolado de no conocido

color, es tomar, permítaseme la frase, de los juegos venerandos

antiguos lo preciso, modificándolo según el humor de los que han

de divertirse. Y á propósito de esto diré para convencer á ustedes

lo siguiente: «Las necesidades y las reformas, las instituciones y

garantías, así como la antigua monarquía de las ideas nuevas, la

discordia, la hidra de las revoluciones, y la bondad de arriba abajo,

y no de abajo arriba, la legitimidad, los malévolos seducidos, un campo

de horror y dulce fraternidad, los sucesos retrógrados y las masas

progresivas...».--Otras cosas podría decir;... pero... ¡Cuán dulce es

la paz, señores! Y por fin el talento es mío, mía la experiencia, el

tacto mío, y la nación mía, porque no es de nadie, porque es pasiva:

al que se oponga á mi justa conciliación, añadió riéndose con la más

amable y cariñosa sonrisa, al que no quiera ser feliz, como yo entiendo

la felicidad, harásele feliz, mal que le pese.

Un prolongado clamor de la multitud inmensa, tan callada toda la noche,

pero un clamor no de entusiasmo pasajero, sino tranquilo, sereno,

como la voz del poder que no ha menester esforzarse para hacerse oir,

aplaudió sordamente la alocución ambilátera, que, traducida al lenguaje

inteligible, quería decir á unos: _Ya es tarde_; y á otros: _Es

temprano todavía_.

Restablecida la paz y el silencio, desapareció á mis ojos el baile y

ambos partidos con él: halléme en medio de Madrid repitiendo para mí:

_Los tres no son más que dos_, y _El que no es nada vale por tres_.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 28 / 75 题