UN TERCERO EN DISCORDIA

DE

DON MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS

Una comedia nueva del aplaudido autor de _Á Madrid me vuelvo_ y de la

_Marcela_ no podía menos de llamar la pública expectación, y aun de

prevenirla favorablemente.

En esta composición dramática como en la _Marcela_, se ha propuesto el

poeta, no censurar un defecto ridículo determinado, no ridiculizar un

vicio feo ó una pasión denigrante, no un objeto moral circunscrito y

de general aplicación. Un cuadro bien presentado, en que se reúnen á

formar el conjunto varios caracteres sacados de la sociedad, hábilmente

colocados en contraste, parece haber sido la idea del autor.

En la _Marcela_ es una mujer amable, cuya peligrosa amabilidad da

esperanzas á tres amantes igualmente indignos de su alto cariño. En

_Un tercero en discordia_ es una joven perseguida también por tres

amadores; los caracteres nuevos que presenta esta composición dramática

son los de los dos amantes más importunos de Luciana. El uno es un

joven en demasía desconfiado del cariño y fidelidad de su amada; en una

palabra, un hombre zeloso: el segundo es un necio por el contrario

harto confiado en el amor de una mujer que no le ha dicho siquiera

que le ama, pero de cuyo cariño cree poder estar seguro; en una

palabra, un presuntuoso. _Un tercero en discordia_ que ni es zeloso,

ni presuntuoso, sino un tipo de la perfección social, un amante que

ama sin prisa, sin mal humor nunca, que jamás confía en que es amado,

que nunca exige nada, impasible, eterno, imagen del no movimiento y de

la no acción, es el justo medio presentado en este carrusel amatorio.

Á los ojos de una mujer sentimental, exaltada, romántica, de pasiones

vivas, pudiera no parecer don Rodrigo el más perfecto ni el más amante;

pero á los ojos de una muchacha bastante fría, como el autor nos la

pinta, bien educada, y de suyo sosegada, no hay duda que don Rodrigo

debe ser el amante preferido, el esposo. El padre de la niña es un buen

hombre, que tiene más de tonto que de otra cosa, de estos que hablan

con las manos, que escriben la conversación, conforme la van haciendo,

en el pecho de su interlocutor, que le desabotonan el chaleco, y le

quitan el lazo de la corbata, etc. Una ama de gobierno vieja, de éstas

que hacen oficio de todo en las casas, regañona y entrometida en los

intereses de la familia, es el quinto y último personaje de la comedia.

De esta construcción del plan se infiere que el contraste que

presentan el zeloso y el confiado ha de dar lugar á escenas cómicas:

así es; rasgos hay felicísimos que revelan el poeta dramático. El

confiado, traduciendo todos los desaires y desprecios por disimulo

ó enojo amoroso, es sumamente cómico y lindamente imaginado: el

zeloso, por el contrario, tratando de luchar inútilmente á cada paso

con su indómita pasión y exaltándose á la vista sola de un papel

cualquiera, después de haber jurado la enmienda, excita la risa de

la buena comedia. Aquí notaremos la habilidad del poeta. El confiado

no necesitaba ser correspondido; de esta manera era más ridículo,

y así lo ha hecho el autor; el zeloso, por el contrario, no podía

desarrollar su carácter sin haber recibido pruebas muy grandes de

amor: así que, el autor ha hecho que Luciana le correspondiese en un

principio. Verdad es que de aquí nace un gravísimo inconveniente: á

saber, que la misma Luciana que tutea al zeloso en el primer acto y le

corresponde indudablemente, se halla ya en el tercero, es decir, en

horas, tan convencida y fastidiada de la importunidad de su amante,

que se echa, sin verter una lágrima siquiera, en brazos del justo

medio don Rodrigo. Diríamos que éste pudiera ser el inconveniente de

la rigorosa unidad de tiempo, y diríamos que una mujer que se dice

enamorada de un hombre no lo deja por zeloso (porque éste es acaso el

carácter que menos choca á la pasión), sino después por lo menos de

haber sufrido mucho y de haber llorado más; diríamos que generalmente

se observa que los amores más duraderos son aquéllos en que uno de los

dos amantes es extraordinariamente zeloso, y añadiríamos que no es el

destino de los amores arrebatados el acabarse pronto, sino el acabarse

mal. Pero el talento del autor ha previsto todas estas objeciones, y

nos ha presentado desde luego una de esas muchachas que no sienten ni

padecen: que entran en el mundo con un temperamento indiferente, y por

consiguiente que se guían en su elección por su propia conveniencia, y

nunca á ciegas: de ésas que encuentra usted donde quiera, que empiezan

á corresponder á un amante por hacer algo, por el gusto de tener

amante, por cualquier cosa, y que al volver de una esquina le dejan

plantado con todo su amor, y toman otro: mujeres, en fin, muy buenas,

muy perfectas, muy impasibles. En este género, Luciana y Marcela son

admirables, son dos modelos.

¿Nos permitirá el autor que no convengamos con él en una cosa? El

calor, sin duda, de su imaginación poética le lleva á formarse á

veces una sociedad ideal, donde sólo considera virtudes y vicios,

perfecciones y defectos personificados, y situaciones posibles de

efecto; esto le aparta de la pintura verdadera de la sociedad en que

vivimos: queremos decir, que tanto en la _Marcela_ como en ésta, los

desenlaces no nos parecen naturales. Al fin, en _Marcela_, no hay otro

inconveniente contra los usos sociales que el declarar en público á

sus amantes lo que sólo puede uno oir en particular; porque si una

mujer tiene derecho á no corresponder á un hombre, no le tiene para

ponerle en ridículo sólo porque la ama. En _Un tercero en discordia_

es menos verosímil, porque al fin, si una mujer es tan imprudente que

despide en público á sus amantes, ¿qué pueden hacer éstos con una

señora sino respetarla? Pero Luciana encarga á su elegido, lo cual es

poco delicado, que desengañe á los otros: don Rodrigo lo admite, aunque

obligado, y los dos sufren. Esta última parte es la imposible, y en

corazones bien puestos sólo de una manera puede desenlazarse. Por otra

parte, el señor Bretón insiste en colocar siempre á las mujeres en una

posición en que no están en el día en nuestra sociedad: no son ya las

reinas del torneo, como en los siglos medios: nadie se sujeta á esos

jurados, á esas competencias: más; el hombre desama á la mujer, como la

mujer al hombre, y en esto felizmente somos iguales. Todo hombre bien

educado es deferente con las señoras; pero las señoras no están por eso

exentas de guardar consideraciones al sexo fuerte: la sociabilidad es

recíproca. Mucho sentiríamos que no fuese el autor de nuestra opinión.

Acabaremos este rápido juicio con una observación. En nada brilla más

el singular talento poético del señor Bretón, que en la sencillez de

sus planes; en todas sus comedias se conoce que hace estudio y gala

de forjar un plan sumamente sencillo; poca ó ninguna acción, poco ó

ningún artificio. Esto es sólo concedido al talento, y al talento

superior. Una comedia llena de incidentes que cualquiera inventa, es

fácil de hacerla pasar á un público á quien siempre cautivan el interés

y la curiosidad.

El señor Bretón desprecia estos triviales recursos, y sostiene y lleva

á puerto feliz entre la continua risa del auditorio, y de aplauso en

aplauso, una comedia apoyada principalmente en la pintura de algunos

caracteres cómicos, en la viveza y chiste del diálogo, en la pureza,

fluidez y armonía de su fácil versificación. En estas dotes no tiene

rival, si bien puede tenerlos en cuanto á intención, profundidad ó

filosofía.

Alguna palabra exótica tildaríamos en _Un tercero en discordia_; pero

¿qué son esos pequeñísimos lunares en una comedia que ha sido muy

reída, y que han coronado los aplausos del auditorio? Damos el parabién

al señor Bretón por este nuevo lauro adquirido, y nos le damos á

nosotros mismos.

En los actores se ha notado un zelo extraordinario; demasiado zelo, si

éste puede ser demasiado alguna vez. El artificio del actor consiste en

ocultar su zelo y su esfuerzo, y dominar su habilidad hasta reducirla

al punto de la verdad imitada. En el mundo no se observa nunca que

cada uno quiera hablar, andar, reir y manotear para arrancar aplausos

á los que van por la otra acera; todo esto se hace naturalmente, y el

no haberlo hecho así es el defecto general que en toda la comedia hemos

notado. ¿Podríamos decirle al actor encargado del papel del padre, sin

que se ofendiese, que cuando uno de esos hombres significativos en su

acción desabrocha á otro y le escribe en la ropa, lo hace por un efecto

de distracción, y por consiguiente lo hace como quien no hace nada,

no se ríe de su misma manía, no escribe en lo interior de la camisa,

metiéndole todo el brazo en el cuerpo, sino sólo en la solapa; no mira

las prendas que aja, sino á los ojos de su interlocutor, porque si

las mirara, las vería, le chocarían á él mismo y se avergonzaría? ¿Á

su interlocutor don Rodrigo le podríamos decir que cuando un fracaso

de ésos sucede, no se hacen extremos, sino que sólo en la cara se da

á entender, lo menos que se puede, la mortificación? ¿Llevará á mal

que le advirtamos que en la sociedad nunca se vuelve uno al público á

decirle lo que piensa, porque en la sociedad no hay público; y que en

la comedia, que es un remedo de las costumbres, no se debe declamar

como en un melodrama lleno de exclamaciones y asombros, sino hablar

naturalmente?

Al zeloso le diríamos que el deseo de marcar su papel le ha hecho

confundir alguna vez los arrebatos de un amante desconfiado con el

furor de un marido zeloso: un amante, sobre todo en los principios,

aunque tenga muchos zelos, modera algo más que un marido su genio,

porque puede perder la posesión que no ha logrado aún, y que éste tiene

ya asegurada. No se produce con dominio, sino con reconcentración;

reconviene, vilipendia, injuria, si es preciso, pero nunca habla con

los puños cerrados: las transiciones sobre todo del furor al cariño

son más marcadas. Nada más tierno y sumiso que un amante zeloso en sus

lúcidos intervalos.

Hemos dicho ya que los actores no deben acordarse de que existe

público: por tanto nos ha chocado extraordinariamente que la actriz ama

de gobierno haya hecho cortesías al público al recibir aplausos. Buena

es la política, pero á su tiempo.

Hemos notado en general que gritan demasiado algunos actores, sobre

todo cuando creen que lo que dicen debe llamar la atención. En otra

ocasión hemos dicho ya que el querer dar valor á las frases suele

quitárselo: en realidad es suponer que el público es sordo ó muy torpe;

ambas cosas son desagradables. Dolorosísimo nos es haber de encontrar

defectos; todo lo más que podemos hacer es escribir nuestra crítica

con decoro, y apoyándola siempre en razones; pero si la obligación

del actor es representar bien, la del crítico es juzgar bien é

imparcialmente. En compensación diremos con placer que hemos visto á

la par aciertos, y que, segregados los defectillos que hemos notado,

esta comedia se ha representado mejor que otras; el barba sobre todo ha

dado el color verdadero á su carácter, si se le perdona la exageración;

y los lunares de los demás actores no merecen que alarguemos este

artículo con nuevas observaciones.

REPRESENTACIÓN DE

LA MOJIGATA

COMEDIA

DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

Nada más temible en las conmociones políticas que las reacciones:

ellas hacen desandar á los partidos por lo común mucho más camino del

que durante su progresivo movimiento anterior lograron avanzar. La

literatura no es la que menos se ha resentido en nuestro país y en

varias épocas recientes de esta lastimosa verdad. Un nombre solo de un

hombre, envuelto en la ruina de su partido, suele bastar á proscribir

una obra inocente; al paso que la suspicacia del vencedor, rezelándose

de su misma sombra, suele hallar en las frases más indiferentes

alusiones peligrosas capaces de comprometer su seguridad. He aquí la

razón por que se ha escrito con más libertad é independencia en épocas

ciertamente mucho más atrasadas que las que nosotros hemos alcanzado.

La mayor parte de las obras de nuestros autores que han corrido y

corren en manos de todos constantemente, no hubieran visto jamás

la luz pública si hubieran debido sujetarse por primera vez á la

censura parcial y opresora con que un partido caviloso y débil ha

tenido en nuestros tiempos cerradas las puertas del saber. Y decimos

débil, porque sabido es que tanto más tiránico es un partido, cuanto

menos fuerza moral, cuantos menos recursos físicos tiene de que

disponer. Desprovisto de fuerzas propias, va á buscarlas en las ajenas

conciencias, y teme la palabra. Sólo un gobierno fuerte y apoyado en la

pública opinión puede arrostrar la verdad, y aun buscarla: inseparable

compañero de ella, no teme la expresión de las ideas, porque indaga

las mejores y las más sanas para cimentar sobre ellas su poder

indestructible.

El teatro es acaso el ramo que más se ha resentido de estas funestas

verdades: por ellas hemos visto interceptadas malamente comedias

que respiran la más pura moral, entre ellas _la Mojigata_. Al verla

representar de nuevo en el día, no sabemos si sea más de alabar la

ilustrada providencia de un gobierno reparador que la ofrece de nuevo

á la pública expectación, que de admirar la crasa ignorancia que la

envolvió por tantos años en la ruina de una causa momentáneamente

caída. ¿Tan hipócrita es el partido que tiene por enseña el fanatismo,

que se creyó atacado en _la Mojigata_? ¡Tanto le ofende la fiel

representación de los extravíos humanos!, ¡tan ligada se halla con

ellos su existencia!

_La Mojigata_ era conocida y sabida ya de memoria de todo el mundo:

por lo tanto, si bien es indudable que tiene mérito suficiente para

llamar al teatro numerosa concurrencia, eslo también para nosotros que

ha debido á su larga prohibición la mayor parte de la importancia que

en esta ocasión se le ha dado: esto es tanto más cierto, cuanto que

estamos acostumbrados á ver sin entrada otras composiciones del mismo

Moratín escapadas de la común prohibición. Para hablar literalmente de

_la Mojigata_, necesitaríamos estar más seguros de nuestras propias

fuerzas: seríanos indispensable además dedicar á su examen un artículo

más extenso de lo que las actuales circunstancias nos permiten; porque

en el caso de que nos atreviésemos, como pudiéramos atrevernos tal

vez á hallar en ella lunares, de que no hay obra humana exenta, ¿qué

de razones no necesitaríamos acumular para contrarrestar la opinión

pública tan exclusiva cuando llega á cobijar bajo su protección un

nombre, una vez proclamado célebre? El mérito de Moratín, por otra

parte, es tan generalmente reconocido, que creemos inútil insistir en

esta ocasión en la ampliación de sus bellezas; y con respecto á sus

defectos, sólo diremos que la diferencia que existe entre los hombres

de gran talento y la medianía, es que de aquéllos se puede decir que

suelen alguna vez incurrir en faltas, y de ésta por el contrario,

que suelen alguna vez tener bellezas. Esto es todo lo que nos parece

que se puede decir con respecto á Moratín en parangón con los que

después de él han escrito comedias del mismo género en nuestro país.

Agréguese á esto una consideración: en todos los países el primero que

se ha elevado, el primer reformador ha llevado y ha debido llevar

la mejor parte de reputación, porque es preciso proceder siempre por

comparación; apenas hay en el mundo otra manera de raciocinar.

Por lo que hace á comparar á Moratín con Molière, como han pretendido

algunos hacerlo, bueno y justo es que se diga que Moratín es el Molière

español: esto sin embargo, creemos, según nuestras cortas luces, que

_la Mojigata_ no podrá sostener nunca la comparación al lado del

_Hipócrita_ de Molière, que es la comedia de éste con quien tiene más

relación; si exceptuamos el desenlace, que es infinitamente superior en

_la Mojigata_, porque pocas veces anduvo feliz Molière en desenlaces.

El mérito principal de Moratín parécenos estribar más en la pintura

local de las costumbres de su época, y en el manejo de los modismos

de la lengua, que en la pintura del corazón humano; sin que por esto

queramos decir que fuese ignorante de él Moratín: la gracia de Molière

es más candorosamente cómica, y se trasluce menos al poeta; presenta

las situaciones solas, y esto basta en él para hacer reir. Moratín

ayuda á la situación con una sátira más decidida: no se contenta con

exponer el cuadro ridículo sencillamente á la vista del espectador:

echa además en la balanza para inclinarla á su favor el peso de su

propia opinión; sus gracias toman muchas veces gran parte de realce de

su mordacidad. Sea hecho este paralelo de paso con el respeto debido á

ambos ingenios peregrinos, y para decir que, por las expuestas razones,

Molière es más universal que Moratín; éste es más local; su fama por

consiguiente más perecedera é insegura.

REPRESENTACIÓN DE

EL SÍ DE LAS NIÑAS

COMEDIA

DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

En el día podemos decir que han desaparecido muchos de los vicios

radicales de la educación que no podían menos de indignar á los hombres

sensatos de fines del siglo pasado, y aun de principios de éste.

Rancias costumbres, preocupaciones antiguas hijas de una religión

mal entendida y del espíritu represor que ahogó en España, durante

siglos enteros, el vuelo de las ideas, habían llegado á establecer una

rutina tal en todas las cosas, que la vida entera de los individuos,

así como la marcha del gobierno, era una pauta, de la cual no era

lícito siquiera pensar en separarse. Acostumbrados á no discurrir,

á no sentir nuestros abuelos por sí mismos, no permitían discurrir

ni sentir á sus hijos. La educación escolástica de la universidad

era la única que recibían los hombres: y que si una niña salía del

convento á los veinte años para dar su mano á aquél que le designaba el

interés paternal, se decía que estaba bien criada; era bien criada si

sacrificaba su porvenir al capricho ó á la razón de estado; si abrigaba

un corazón franco y sensible, si por desgracia había osado ver más allá

que su padre en el mundo, cerrábanse las puertas del convento para

ella y había de elegir por fuerza el esposo divino que la repudiaba

ó que no la llamaba á sí por lo menos. Moratín quiso censurar este

abuso, y asunto tan digno de él no podía menos de inspirarle una gran

composición. De estas breves reflexiones se puede inferir que _el Sí

de las Niñas_ no es una de aquellas comedias de carácter, destinada

como _el Avaro_ ó _el Hipócrita_, á presentar eternamente al hombre

de todos los tiempos y países un espejo en que vea y reconozca su

extravío ó su ridícula pasión; es una verdadera comedia de época, en

una palabra, de circunstancias enteramente locales, destinada á servir

de documento histórico ó de modelo literario. En nuestro entender

es la obra maestra de Moratín y la que más títulos le granjea á la

inmortalidad. El plan está perfectamente concebido. Nada más ingenioso

y acertado que valerse para convencer al tío de la contraposición

de su mismo sobrino. Así no fuera este teniente coronel, porque por

mucha que fuese en aquel tiempo la sumisión de los inferiores en las

familias, no parece natural que un teniente coronel fuese tratado como

un chico de la escuela, ni recibiese las dos, ó las tres onzas para ser

bueno. Acaso la diferencia de las costumbres haga más chocante esta

observación en nuestros días, y nos inclinamos á creer esto, porque

confesamos que sólo con mucho miedo y desconfianza osamos encontrar

defectos á un talento tan superior. El contraste entre el carácter

maliciosamente ignorante de la vieja y el desprendido y juicioso don

Diego es perfecto. Las situaciones sobre todo del tercer acto, tan bien

preparado por los dos anteriores, que pudieran llamarse de exposición,

porque toda la comedia está encerrada en el tercer acto, son

asombrosas, y desaniman al escritor que empieza. Ésta es la ocasión de

hacer una observación esencial. Moratín ha sido el primer poeta cómico

que ha dado un carácter lacrimoso y sentimental á un género en que sus

antecesores sólo habían querido presentar la ridiculez. No sabemos si

es efecto del carácter de la época en que ha vivido Moratín, en que el

sentimiento empezaba á apoderarse del teatro, ó si es un resultado de

profundas y sabias meditaciones. Ésta es una diferencia esencial que

existe entre él y Molière. Éste habla siempre al entendimiento, y le

convence presentándole el lado risible de las cosas. Moratín escoge

ciertos personajes para cebar con ellos el ansia de reir del vulgo;

pero parece dar otra importancia para sus espectadores más delicados

á las situaciones de sus héroes. Convence por una parte con el cuadro

ridículo al entendimiento; mueve por otra el corazón, presentándole al

mismo tiempo los resultados del extravío; parece que se complace con

amargura en poner á la boca del precipicio á su protagonista, como en

_el Sí de las Niñas_ y en _el Barón_; ó en hundirle en él cruelmente,

como en _el Viejo y la Niña_, y en _el Café_. Un escritor romántico

creería encontrar en esta manera de escribir alguna relación con Víctor

Hugo y su escuela, si nos permiten los clásicos esta que ellos llamarán

blasfemia. En nuestro entender éste es el punto más alto á que puede

llegar el maestro; en el mundo está el llanto siempre al lado de la

risa; parece que estas afecciones no pueden existir una sin otra en el

hombre; y nada es por consiguiente más desgarrador ni de más efecto que

hacernos regar con llanto la misma impresión del placer. Esto es jugar

con el corazón del espectador; es hacerse dueño de él completamente,

es no dejarle defensa ni escape alguno. _El Sí de las Niñas_ ha sido

oído con aplauso, con indecible entusiasmo, y no sólo el bello sexo ha

llorado, como dice un periódico, que se avergüenza de sentir; nosotros

los hombres hemos llorado también, y hemos reverdecido con nuestras

lágrimas los laureles de Moratín, que habían querido secar y marchitar

la ignorancia y la opresión. ¿Es posible que se haya creído necesario

conservar en esta comedia algunas mutilaciones meticulosas? ¡Oprobio á

los mutiladores de las comedias del hombre de talento! La indignación

del público ha recaído sobre ellos, y tanto en _la Mojigata_ como en

_el Sí de las Niñas_, los espectadores han restablecido el texto por lo

bajo: felizmente la memoria no se puede prohibir.

LOS TRES NO SON MÁS QUE DOS

Y EL QUE NO ES NADA VALE POR TRES

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 27 / 75 题