LAS CIRCUNSTANCIAS

Las circunstancias, he pensado muchas veces, suelen ser la excusa de

los errores y la disculpa de las opiniones. La torpeza ó mala conducta

hallan en boca del desgraciado un tápalo-todo en las circunstancias

que, dice, le han traído á menos. En estas reflexiones estaba

ocupada mi fantasía no hace muchos días, cuando recibí una carta, que

por confirmar mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna á

este objeto, de que pensaba hacer un artículo de costumbres, quiero

trasladar _ad pedem litteræ_ á mis lectores. Decía así la carta:

«Señor Fígaro.--Muy señor mío: Á usted, señor Fígaro, observador de

costumbres, me dirijo con dos objetos. Primero, quejarme de mi mala

estrella. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino á usted

por sus escritos hombre de ésos que han vivido más de lo que les queda

que vivir, si hay efectivamente de tejas abajo una fatalidad que

persigue á los humanos, y una desgracia en el mundo que se asemeje

á la desgracia mía. Soy un verdadero juguete de las circunstancias,

cuyo torrente no pude nunca resistir, y que así me envolvieron como

envuelven los violentos remolinos de una olla al inexperto nadador que

se arrojó incauto en la pérfida corriente del caudaloso río.

»Mi padre era inglés y rico, señor Fígaro, pero hallábase aislado en el

mundo; era naturalmente metido en sí, y sólo un amigo tenía: antojósele

á este amigo entrometerse en una conspiración; confió á mi padre varios

papeles importantes; descubrióse la conspiración, y ambos tuvieron que

huir. Vínose mi padre á España, reducido á oro lo que pudo realizar

de sus cuantiosos bienes; vió una linda gaditana, prendóse de ella,

casóse, y antes de los nueve meses murió inconsolable, dando y tomando

siempre en lo de la conspiración, que hubo de volverle el juicio. Vea

usted aquí, señor Fígaro, á Eduardo Priestley, humilde servidor de

usted, cuyo destino debía haber sido sin duda ser inglés, protestante

y rico, español, católico y pobre, sin que pudiese encontrar más causa

de este trastrueque que las circunstancias. Ya usted ve que la tomaron

conmigo desde pequeñito. Mi madre era mujer de rara penetración y

de ilustradas ideas. Crióme lo mejor que supo, y en darme toda la

educación que se podía dar entonces en España, consumió el poco caudal

que la dejara mi padre. Lleno yo de entusiasmo por la magistratura,

y aborreciendo la carrera militar á que querían destinarme, estudié

leyes en la universidad; pero puedo asegurar á usted que á pesar de eso

hubiera salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para

ese estudio. Probablemente, señor Fígaro, después de haber sido gran

abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla

ministerial, y el consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis

días en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama

imperecedera. Las circunstancias sin embargo me lo impidieron. Había un

Napoleón en el mundo, y fué preciso que éste quisiera ser emperador, y

emplear á sus hermanos en los mejores tronos de Europa, para que yo no

fuese ni buen abogado ni mal ministro.

»Yo tenía sentimientos generosos; mis compañeros tomaron las armas

y dejaron el estudiar nuestras leyes para defenderlas, que urgía

más. ¿Qué remedio? Dejé como fray Gerundio los estudios y me metí á

predicador; es decir, me hice militar en obsequio de la patria. En la

campaña perdí mi carrera, la paciencia y un ojo; y las circunstancias

me dejaron tuerto y capitán: sabe el cielo que para ninguna de estas

dos cosas servía. Yo, señor Fígaro, era impetuoso y naturalmente

inconstante; menos servía, pues, para casado, ni nunca pensara en

serlo; pero de resultas del bombardeo de Cádiz murió mi madre, que

gozando por sus relaciones de familia de algún favor hubiera adelantado

mi carrera. Otro favor que me hicieron las circunstancias. Víme solo en

el mundo, y en ocasión en que una linda Aragonesa, hija de un diputado

á cortes de Cádiz, recogiéndome y ocultándome en su casa, cubierto de

heridas, me salvó la vida por una rara combinación de circunstancias;

caséme de honrado y agradecido, que no de enamorado, es decir, que

me casaron las circunstancias. En mi segunda carrera debiera haber

llegado á general según mis servicios, que á otros fajaron haciéndolos

muy flacos á la patria; pero era yerno de un diputado: quitáronme las

charreteras, envolviéronme en la común desgracia, y las circunstancias

me llevaron á Ceuta, adonde bien sabe Dios que yo no quería ir; allí

hice la vida de presidario y de mal casado, que cualquiera de estos dos

dogales por sí solo bastara para acabar con un hombre. Ya ve usted que

yo no tenía la culpa. ¿Quién diablos me casó? ¿Quién me hizo militar?

¿Quién me dió opiniones? En presidio no se hace carrera, pero se hace

mucho rencor. Sin embargo, salimos de presidio, y como yo era hombre

de bien contúveme; pretendí, pero como no anduve por los cafés, ni

peroré, medios que exigían entonces las circunstancias para prosperar,

no sólo no me emplearon, sino que me cantaron el _trágala_. Irritéme:

el cielo es testigo que yo no había nacido para periodista; pero las

circunstancias me pusieron la pluma en la mano: hice artículos contra

aquel gobierno; y como entonces era uno libre para pensar como el que

estaba encima, recogí varias estocadas de unos cuantos aficionados,

que se andaban haciendo motines por las calles. Ésta fué la corona

de laurel que dieron las circunstancias á mi carrera literaria.

Escapéme, y fuí á reunirme con los de la fe; dijéronme allí que las

circunstancias no permitían admitir en las filas á un hombre que había

sido marido de la hija de un diputado de las cortes de Cádiz, y no me

ahorcaron por mucho favor.

»No pudiendo vivir como realista, fuíme á Francia, donde en calidad de

liberal me colocaron en un depósito, con seis cuartos al día. Vino por

fin la amnistía, señor Fígaro. ¡Eh! Gracias á una reina clemente, ya

no hay colores, ya no hay partidos. Ahora me emplearán, digo yo para

mí; tengo talento, mis luces son conocidas, soy útil... Pero, ¡ay!,

señor Fígaro, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero,

ya no tengo amigos; las circunstancias de mi vida me han impedido

adquirir relaciones. Si llegara á hacerme visible para el poder,

acaso lograría: sus intenciones son las mejores del mundo; mas ¿cómo

abrirme paso por entre la nube de porteros y ujieres que parapetan y

defienden la llegada á los destinos? Las solicitudes que se presentan

solas son papeles mojados. ¡Hay tantos que piden por pedir! ¡Hay

tantos que niegan por negar!--Cien memoriales he dado, otras tantas

espaldas he visto.--Deje usted; veremos si estas circunstancias se

fijan, me dicen los unos.--Espere usted, me responden los otros: hay

tantos pretendientes en estas circunstancias.--Pero, señor, replico

yo, también es preciso vivir en estas circunstancias. ¿Y no hay

circunstancias para los que logran?

»Ésta es, señor Fígaro, mi posición: ó yo no entiendo las

circunstancias, ó soy el hombre más desdichado del mundo. El hijo del

Inglés, el que debía haber sido rico, magistrado, literato, general,

hombre ajeno de opiniones, acabará probablemente sus tres carreras

distintas en un solo hospital verdadero, merced á las circunstancias;

al mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido

realmente todas las opiniones posibles, anduvieron, andan y andarán

siempre levantados en zancos por esas mismas circunstancias.--De usted,

señor Fígaro.--_Eduardo de Priestley, ó el hombre de circunstancias._»

No puedo menos de contestar al señor de Priestley que el daño suyo

estuvo, si hemos de hablar vulgarmente, en nacer desgraciado, mal que

no tiene remedio: si hemos de raciocinar, en traer siempre trocadas

las circunstancias, en no saber que mientras haya hombres la verdadera

circunstancia es intrigar; estar bien emparentado; lucir más de lo

que se tiene; mentir más de lo que sabe; calumniar al que no puede

responder; abusar de la buena fe; escribir en favor, y no en contra

del que manda; tener una opinión muy marcada, aunque por dentro se

desprecien todas, procurando que esa opinión que se tenga sea siempre

la que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugar oportunos;

conocer á los hombres; mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y

tratarlos como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno

productivo; rasarse á tiempo, y no por honradez, gratitud ni otras

ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que

puedan servir...

Pero, santo Dios, gritará un rígido moralista, ¡qué cuadro!

¡¡¡Maquiavélicos principios!!!--Fígaro no dice que sean buenos, señor

moralista; pero tampoco Fígaro hizo el mundo como es, ni lo ha de

enmendar, ni á variar el corazón humano alcanzarán todas las sentencias

posibles. Las circunstancias hacen á los hombres hábiles lo que ellos

quieren ser, y pueden con los hombres débiles; los hombres fuertes

las hacen á su placer, ó tomándolas como vienen sábenlas convertir en

su provecho. ¿Qué son por consiguiente las circunstancias? Lo mismo

que la fortuna: palabras vacías de sentido con que trata el hombre de

descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; las más

veces, nada. Casi siempre el talento es todo.

REPRESENTACIÓN

DE LA COMEDIA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y EN VERSO TITULADA

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 26 / 75 题