No hay cosa como una junta, si se trata sobre todo de juntarse aquéllos
á quienes Dios crió. Podrán no hacer nada las gentes en una junta,
podrán no tener nada que hacer tampoco, pero nada es más necesario que
una junta; así que, lo mismo es nacer un partido, pónenle al momento en
junta como lo habían de poner en nodriza, y no bien abre los ojos á la
luz se encuentra ya juntado, que no es poca ventaja. La junta, pues, es
el precursor de un partido por lo regular, y esta clase de juntas andan
siempre por esos caminos interceptando, ó interceptadas, cuando no
están fuera del reino tomando aires, ó tomando las de Villadiego, que
de todo toman las juntas.
La que en el día llama nuestra atención es la de Castel-o-Branco.
Empezaría á anochecer en Castel-o-Branco, y poníase por consiguiente
oscuro el horizonte, cuando acertó á pasar por allí un español de estos
sanos de los del siglo pasado, y que poco ó nada se curan del gobierno;
de éstos que dicen: á mí siempre me han de gobernar, tómelo por donde
quiera. Á qué iba el español á Castel-o-Branco, eso sería averiguación
para más despacio. Basta saber que iba y que ya llegaba, cuando se
halló detenido en medio de su camino por un portugués, que con voz
descompuesta y cara de causa perdida: «Casteçao, le dijo, ¿es vasallo
deu senhor emperante Carlos V? ¿Vien de Castella?»--Entendíasele
un poco más al castellano de gallego que de achaque de gobiernos,
y con voz reposada y tranquilo continente: «Yo no sé de quién soy
vasallo, contestó, ni me urge saberlo, sino que voy á mis negocios:
yo ni pongo rey ni quito rey: quien anda el camino tenga cuidado...».
Enfadábase ya el portugués, y era cosa temible. Conociólo el labriego,
y antes que echase la casa por la ventana, si bien allí no había
casa ni ventana: «No se enfade vuestra merced, señor portugués, le
dijo, que yo siempre seré vasallo de quien mande; sabido es que yo y
los míos nunca descomponemos partido. ¿Pero quién es mi rey en esta
tierra?--Eu senhor Carlos V.--Vaya, sea en hora buena, contestó el
Castellano, porque yo por ahí atrás me dejaba reinando á mi señora la
reina...--¡Casteçao!--No se enfade vuestra merced...», y de allí á poco
entraban ya compadres por el pueblo el portugués de la mala cara y el
español de las buenas palabras.
Pocos pasos habrían andado, cuando se esparció la noticia por todo
Castel-o-Branco de cómo había llegado un vasallo de su majestad
imperial. Es de advertir que como todos los días no tiene su majestad
imperial proporción de ver un vasallo suyo, porque andan para él los
vasallos por las nubes, decidióse lo que era natural y estaba en el
orden de las cosas; y fué que así como un pueblo de vasallos suele
solemnizar la entrada de un rey, así pareció justo que un pueblo de
reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echáronse, pues, á vuelo
las campanas: con este motivo hubo quien dijo: _principio quieren las
cosas_, y quien añadió: _que el reinar no quiere más que empezar_.
Digo, pues, que se echaron á vuelo las campanas, y el labriego se
aturdía; verdad es que el ruido no era para menos.
--¿Qué fiesta es mañana?, preguntaba el buen hombre.
--Festéjase la llegada de vuestra merced, señor Casteçao.
--¿Mi llegada? ¡Vea usted qué diferencia! Allá en España nunca festejó
nadie mis idas y mis venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca;
ya veo que en este país se ocupan más en cada uno.
En estos y otros propósitos entretenidos llegaron á una casa que tenía
una gran muestra, donde en letras gordas decía:
JUNTA SUPREMA DE GOBIERNO
De todas las Españas, con sus Indias.
No quisiera entrar el labrador; pero hízole fuerza el portugués.
Agachó, pues, la cabeza, y hallóse de escalón en escalón en una sala
grande como un reino, si se tiene presente que allí los reinos son como
salas.
Hallábase la tal sala alhajada á la espartana, porque estaba desnuda:
en torno yacían los señores de la junta sentados, pero mal sentados,
sea dicho en honor de la verdad. Luces había pocas y mortecinas. Un mal
espejo les servía para dos fines; para verse muchos siendo pocos, y
consolar de esta manera el ánimo afligido, y para decirse de cuando en
cuando unos á otros: «Mírese su excelencia en ese espejo». Porque es de
advertir que se daban todos unos á otros dos cosas, á saber: las buenas
noches y la excelencia.
Portero no había; verdad es que tampoco había puertas, por ser la casa
de estas malas de lugar que, ó no las tienen, ó las tienen que no
cierran. Una mala mesa en medio, y un mal secretario, eran los muebles
que componían todo el ajuar.
No sé dónde he leído yo que en cierta tierra de Indios el congreso
supremo de la tribu se reúne para deliberar en grandes cántaros de agua
fresca, donde se sumergen desnudos sus individuos, dejando sólo fuera
del cántaro la cabeza para deliberar. No se puede negar que existe
gran semejanza entre la junta de Castel-o-Branco y el congreso de los
cántaros, y que los carlistas que componen la una y los salvajes que
forman el otro están igualmente frescos.
Dominaba en el testero de la sala de Juntas el tesorero general del
pretendiente, don Matías Jarana, porque en tiempos de apuro el que
tiene el dinero es el empleado principal; el cual, si no era gran
tesorero, era gran canónigo. Dicho esto, me parece excusado detenernos
mucho en describirle; estamos seguros de que el inteligente lector se
lo habrá figurado ya tal como era. Oprimía á su lado el ministro de
hacienda una mala banqueta, que gemía no tanto por el noble peso que
sostenía, como por el mal estado en que se encontraba. Tambaleábase
por consiguiente su excelencia á cada momento: figurósele al labriego
temblor el movimiento oscilante de su excelencia; pero está averiguado
que era el mal asiento. Flaco, seco, y con cara de contradicción, hacía
de notario de reinos don Jorge Ganzúa, que lo había sido de Coria.
Veíase á otra parte de pie, y en actitud de huir á la primera orden, á
un cabo del resguardo, partidario que fué del año 23. Representaba éste
al ministro de la guerra, y llamábase Cuadrado, además de serlo.
Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes más, en calidad de
consejeros supremos de la Junta, hacían como que meditaban, por el buen
parecer, en un rincón de la sala.
Indecible fué la alegría de la Junta suprema cuando el portugués
hubo presentado á nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de su
majestad imperial.
--Excelentísimos señores, exclamó el señor tesorero en altas voces,
reconozcamos en ese vasallo el dedo del Señor: ya ha llegado el día
del triunfo de su majestad imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo
un vasallo: todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad
deliberemos.
--En cuanto á lo de deliberar, dijo entonces el señor notario, recuerdo
al señor presidente que esto es una junta.
--No me acordaba, dijo entonces el presidente; nótese que ésta es la
primera junta de que tengo el honor de ser individuo.
--Se conoce, dijo el notario; y lo apuntó en el acta.--Hable, pues, si
sabe y si tiene de qué el excelentísimo señor ministro de hacienda.
--Dispiértele usted, dijo entonces el presidente al portugués que hacía
de ujier, dispiértele usted, pues parece que su excelencia duerme.
Llegóse el portugués á su excelencia, que efectivamente dormía, y
díjole en su lengua:--No haga caso su excelencia de que está en junta,
que es llegado el momento de hablar.--Soñaba á la sazón su excelencia
que se le venían encima todos los ejércitos de la reina, y volviendo en
sí de su pesadilla con dificultad:
--¿Hablo yo?, dijo; vamos á ver. Las mejoras, pues, aunque no nos toque
el decirlo, las mejoras...
--Al orden, al orden, interrumpió el presidente: ¿qué es eso de mejoras?
--Soñaba que estábamos en España, contestó su excelencia turbado.
Perdone la Junta. Por consiguiente hable otro, que yo no estoy para el
paso. Mi intermisión por otra parte no urge. Mi ministerio...
--Excelentísimo señor, dijo el presidente, cierto; pero acaba de
llegar...
--¿Ha llegado la hacienda, ha llegado mi ministerio?, preguntó azorado
el señor Tallarín, buscando con los ojos por todas partes si llegaría á
ver un peso duro...
--Todavía no, pero...
--¡Ah!, pues entonces, repuso el ministro, repito que no corro prisa; y
volviéndose en la banqueta y hacia el portugués: Avíseme usted, señor
don Ambrosio de Castro y Pajarez, Almendrudo, Oliveira y Caraballo
de Alburquerque y Santaren, en cuanto llegue la hacienda. Dicho esto,
volvió su excelencia á anudar el roto hilo de su feliz ensueño, donde
es fama que soñó que era efectivamente ministro.
--Yo hab... b... blaré, dijo entonces uno de los consejeros supremos
que era tartamudo, yo hablaré, que he s... s... s... ido por... pr...
pr... pro... curador...
--Mejor será que no hable nadie, dijo entonces el notario al oído del
presidente, si ha de hablar el señor...
--Di... di... dice bien el señor not... notario, dijo entonces el
consejero sentándose, p... p... por... porque no acabaríamos nunca...
--Pido la palabra, dijo el que estaba á su lado.
--¿Quién diablos se la ha de dar á vuestra excelencia, dijo entonces el
presidente amoscado, si nadie la tiene?
--Recuerdo á su excelencia, dijo el notario, que en el orden del
gobierno de su majestad imperial no se puede pedir la palabra, y que es
frase mal sonante: ó hablar de pronto, ó no hablar.
--Si el señor Cuadrado no está para hablar, dijo entonces el
presidente, nos iremos á casa.
--Más estoy para obrar que para hablar, contestó su excelencia; pero
fuerza será, pues no hay quien hable. Digo en primer lugar que yo no
doy un paso más adelante si no se conviene en presentar mañana á la
firma de su majestad imperial un decreto... ¿Eh?
--Adelante.
--Bueno. Y declaro como fiel y obediente vasallo de su majestad
imperial el señor Carlos V, por quien derramaré desinteresadamente
hasta la primera gota de mi sangre, que no sigo en el partido si su
majestad no lo firma.
--Mal pudiera oponerse la Junta á tanta generosidad.
--Propongo, pues, continuó el excelentísimo señor cabo, ministro de la
guerra, el siguiente decreto que traigo para la firma. «Yo, don Carlos
V, por la gracia del reverendísimo padre Vaca, y del excelentísimo
señor Cuadrado, emperador de, etc., etc. (Aquí los reinos todos.) Sin
entrar en razones quiero y mando que queden suprimidos los carabineros
de costas y fronteras, y se reorganice el antiguo resguardo: quedando
todos los fondos á disposición del excelentísimo señor Cuadrado.--Yo el
emperador.--Al ministro de la guerra Cuadrado». Y por el pronto será
del resguardo el señor vasallo que está presente, encargado por ahora,
y hasta que haya más, de obedecer las órdenes del gobierno.
--Alto, dijo al llegar aquí el señor canónigo presidente, que yo traigo
también mi decreto, y dice así el borrón _mutatis mutandis_.
(No hemos podido haber á las manos ninguna copia de este borrón por más
exquisitas diligencias que hemos practicado; pero ya se deja inferir
poco más ó menos su tenor. ¡Válgame Dios, y qué cosas se pierden en
este mundo!)
Anotó el notario en el acta el segundo decreto, y pasó á proponer el
siguiente que acababa de redactar como ministro de gracia y justicia,
dejando aparte la gracia y la justicia: decía así el borrón:
«Artículo 1.º. En atención á la tranquilidad con que posee y gobierna
su majestad imperial el señor don Carlos V estos sus reinos, todos
los que las presentes vieren y entendieren, se entusiasmarán
espontáneamente y se llenarán de sincera y voluntaria alegría, pena de
la vida, en cuanto llegue á su noticia este decreto: debiendo durar el
entusiasmo tres días consecutivos sin intermisión, desde las seis de
la mañana en punto, en que empezará, hasta las diez de la noche por lo
menos, en que podrá quedarse cada cual sereno.
Art. 2.º. No pudiendo concebir la Junta suprema de Castel-o-Branco el
abuso de las luces introducido en estos reinos de algún tiempo á esta
parte, suprime y da por nulas todas las iluminaciones encendidas y por
encender, en atención á que sólo sirven para deslumbrar las más veces
á sus amados vasallos, y manda que no se solemnice ninguna victoria,
aunque la llegara á lograr algún día casualmente, con esa especie de
regocijo, en que nadie se divierte sino los cosecheros de aceite.
Art. 3.º. Quedan prohibidas como perjudiciales todas las mejoras
hechas, debiendo considerarse nula cualquiera que se hiciese sin
querer, pues queriendo no se hará.
Art. 4.º. Convencida la Junta de que nada se saca de las escuelas sino
ruido, y que se calienten la cabeza los hijos de los amados vasallos
del señor don Carlos V, quedan cerradas las que hubiese abiertas:
debiendo olvidar cada vecino en el término improrrogable de tres días,
contados desde la fecha, lo poco ó mucho que supiese, so pena de
tenerlo que olvidar donde menos le convenga.
Art. 5.º. Siendo de algún modo necesario hacerse con vasallos para
ser obedecido de alguien, la Junta suprema perdona é indulta á todos
los españoles que hubiesen obedecido á la reina gobernadora, si bien
reservándose, para cuando los tenga debajo, el derecho de castigarlos
entonces uno á uno ó _in solidum_, como mejor la plazca.
Art. 6.º. No siendo regular que el supremo gobierno se exponga al menor
percance, tanto más cuanto que hay en España, según parece, españoles
que se hacen matar por su señor Carlos V, sin meterse á averiguar
si su majestad y sus adláteres pasan como ellos trabajos, y dan su
cara al enemigo, ó si esperan descansadamente jugando á las bochas
ó al gobierno, á que se lo den todo hecho á costa de su sangre para
agradecérselo después como es costumbre de caballeros pretendientes, es
decir, á coces; la Junta suprema y el gobierno de su majestad imperial
permanecerán en Castel-o-Branco; tanto más cuanto que hay en Portugal
muy buenos vinos y otras bagatelas precisas para la sustentación de
sus desinteresados individuos; y sólo entrará en España, si entra, á
recibir enhorabuenas y dar fajas y bastones á los principales facciosos
y cabecillas que para lograrlos pelean desinteresadamente por el señor
Carlos V, y bastonazos á los demás».
¡Viva! ¡viva! exclamó al llegar aquí toda la Junta, y es fama que
despertó entonces el ministro de hacienda, y aun hay quien añade que
echó un cigarro á pesar del mal estado de su ministerio.
Temblaba á todo esto el buen labriego, pues ya había caído él en la
cuenta de que si todos aquellos señores habían de mandar, y no había
otro sino él por allí que obedeciese, era la partida más que desigual.
Calculando, pues, que en un pueblo donde no había más que la justicia
y él, él había de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando
arbitrios para escaparse del poder de la Junta; la cual así pensaba en
soltarle, como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la
apetecida España, que la Providencia tiene guardada felizmente para más
altos fines.
Pero Dios, que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden
de él, lo había dispuesto de otro modo: no bien se había leído el
último renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un
espantable ruido.--Estos son tiros, exclamó Cuadrado, que era el único
que alguna vez los había oído desde lejos.--¡Tiros! dijo el presidente,
¿á que estamos ganando una batalla sin saber una palabra?...
--No corremos ese riesgo, entró gritando el portugués: sálvense
vuestras excelencias, sálvense: aquí quedo yo, que soy portugués y
basto para cien casteçaos.--Os perdono, dijo entonces volviéndose á los
que ya entraban, os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.
Pero ya en esto diez y nueve robustos contrabandistas habían entrado
á dar sus diez y nueve votos en la Junta, y echándose cada uno un
argumento á la cara: _¡Viva Isabel II!_, dijeron. Hacíase cruces el
presidente, escondíase debajo de la banqueta el excelentísimo señor
ministro de hacienda, tapaba el notario de reinos el acta, no salía el
tartamudo de la p... inicial de perdón, y hacían los demás un acto de
traición con más miedo del infierno que amor de Dios. El labriego sólo
era el que bendecía su estrella, y quien echando mano de un cordel que
para otros usos traía, dispuso á la Junta en forma de traílla; la cual
en la misma y más custodiada que tabaco en rama, por los diez y nueve
votos de contrabando que habían levantado la sesión, se entró por los
términos de España, á las voces del portugués, que casi desde Castel-o
Branco les gritaba todavía en mal castellano: «No tenhan miedo vuestras
excelencias, aunque los aforquen los casteçaos; que yo en acabando de
pelear aquí por su majestad don Miguel I, que es cosa pronta, he de
pasar la raya; y ó me llevo allá al emperador Carlos V, ó me traigo acá
á Castilla».