TITULADA
CONTIGO PAN Y CEBOLLA
Es un error en nuestro entender bastante general creer que las novelas
tienen la culpa de las locas bodas y desatinados enlaces que en el
mundo se hacen y se han hecho. No está todo el daño en las novelas: la
mayor parte está en el corazón humano; el amor, ora le llamemos como
nuestros abuelos, que no veían más que el lado hermoso de las cosas,
una noble pasión; ora le llamemos como nuestros despreocupados del día,
que sólo ven el lado feo de las cosas, una vil necesidad rebozada, el
amor existe en la naturaleza, y mientras exista, podrá ocurrir en la
vida frecuentemente que no se halle de acuerdo con el interés. Desde
los tiempos fabulosos que se remontan á la más atrasada antigüedad,
desde Píramo y Tisbe, desde Leandro y Hero, que ciertamente no habían
leído ninguna novela moderna, son conocidos estos desastrados amores.
La organización de una mujer es la verdadera novela perniciosa, y
por desgracia es la que no se le puede quitar; éste es el libro
donde aprende á amar: á una belleza fría, de quien nada reclame su
insensible corazón, dénsele todas las novelas del mundo, y dénselas
sin cuidado; nosotros respondemos de su inalterable tranquilidad y de
su eterna sensatez: aquélla empero, que ha recibido de la naturaleza
el funesto don de una extrema sensibilidad, quítensele las novelas y
será en balde; mientras no se le quiten los ojos respondemos de que
hará todas las locuras del mundo por seguir el objeto que una vez la
haya deslumbrado; por este estilo creemos que son la mayor parte de
las locuras que hacen los hombres miserables; imperiosas leyes que
impone la naturaleza y que paga el hombre. Los autores dramáticos van
sin embargo con los tiempos: la recogida educación de los jóvenes del
siglo pasado autorizaba la tiranía de los padres, y Moratín creyó
hacer un señalado servicio á su país dando _el Sí de las Niñas_. De
entonces acá hemos andado con pasos agigantados: y las costumbres del
día, más que de la tiranía de los padres, resiéntense de la licencia
é insubordinación de los hijos. Esto no es debido tampoco únicamente
á las novelas. Otros muchos libros ha sido preciso escribir; muchas
revoluciones de todas especies han debido pasar por los pueblos;
otros hombres, á más de los novelistas, habían tenido que nacer antes
para dar este impulso extraordinario en poco más de medio siglo al
entendimiento humano. El hecho es con todo positivo; el abuso existe
y reclama urgentemente la férula del poeta cómico. En el siglo actual
se pueden contar tantas desgraciadas víctimas de los enlaces poco
meditados, como en el pasado de las obligadas reclusiones de entonces.
Era, pues, preciso sacar á la plaza toda la ridiculez de aquellos
jóvenes irreflexivos que todo lo abandonan por el amor, las más veces
sin considerar si se hallan verdaderamente enamorados, ó si sólo creen
estarlo cuando exclaman: _Contigo pan y cebolla_.
El señor de Gorostiza, poeta ya conocido en nuestro teatro moderno,
se ha apoderado de una idea feliz y ha escogido un asunto de la mayor
importancia. ¿Halo desempeñado como de su talento nos debíamos
prometer? Oiga el lector el argumento, y podrá responder á tan atrevida
pregunta.
Matilde, hija de un padre que, según de la comedia resulta, no conoce
sus inclinaciones ni su carácter, ama á don Eduardo de Contreras, joven
de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la sociedad;
pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en su casa
con frecuencia. Anímase don Eduardo á pedir la mano de Matilde á don
Pedro, quien gustosísimo se la concede; pero en el momento de convenir
en tan deseado enlace, sabe la heroína que don Eduardo no es pobre,
nota que no hay en esta boda los obstáculos que en las de sus novelas
ha leído, desama de pronto á quien tanto amó y despide á don Eduardo.
Éste, que conoce de donde le viene el golpe, propone al padre, aturdido
de tal mudanza, una ingeniosa ficción que ha de llevar á cabo sus
deseos. Fíngese desheredado de un tío suyo, y desairado por don Pedro:
aparenta la novelesca desesperación de un amante despedido, y estos
extraordinarios medios hacen renacer el acomodaticio cariño de Matilde,
que por lo visto sólo ama en casos dados. El padre sigue haciendo del
negado y cuando vienen segunda vez entrambos á importunarle, se lleva
la niña de un brazo y despide para siempre al amador. Con esto por
fuerza ha de subir de punto la frenética pasión de Matilde: inténtase
una escapatoria, la cual se verifica sin maldita la oposición del
padre, que está él mismo en el complot que se le arma, y cooperando
á ella un pobre criado á quien no le vale su honradez. El padre no
ha querido oirle por no verse comprometido á impedir el rapto, y le
amenaza por una parte don Eduardo con tirarse un pistoletazo, y por
otra Matilde con tragarse un veneno que posee, si no abre una reja, por
donde se escapa nuestra deslumbrada, sin embargo de hallarse la puerta
libre y desembarazada; y en atención, según dice ella misma, á ser de
rigor el salir en semejantes casos por la ventana.
En el cuarto acto, que parece un acto de otra comedia, Matilde se halla
el día de tornaboda en una miserable boardilla, pero en compañía de
su constante esposo; no han comido la víspera, no se han desayunado
aquel día: medios, Dios los dé; dinero, por las nubes: en una palabra,
pobres de solemnidad y solemnes pobres; la infeliz Matilde tendrá que
levantar la cama, que por más señas está á la vista del espectador en
un estado de desorden propio del día; tendrá que barrer, que jabonar,
que pasar hambres, que estar sola, porque su marido habrá de salir á
buscar dinero. Matilde comienza ya á padecer los inconvenientes de
su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de
colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa
es casarse, y otra enamorarse; en lo cual nos parece su señoría un sí
es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla
ordinaria entre cotorra y contrabandista: llora Matilde y conoce su
yerro. Vuelve entonces su esposo, y vienen impacientes papá y el criado
honrado, descúbrese la ficción, y se van todos muy convencidos de que
para quererse mucho es indispensable por lo menos haber comido algo;
verdad indisputable de todos los tiempos y países, y que no bastarán
á echar por tierra todas las pasiones reunidas que pueden agitar á un
mísero mortal.
Ya puede inferir el lector qué de escenas cómicas ha tenido el
autor á su disposición. El señor Gorostiza no las ha desperdiciado;
rasgos hemos visto en su linda comedia que Molière no repugnaría,
escenas enteras que honrarían á Moratín. El carácter del criado y las
situaciones todas en que se encuentra son excelentes y pertenecen á
la buena comedia; del padre pudiéramos decir lo que dice la marquesa
de su marido: ni es feo, ni es bonito: es un hombre pasivo, es un
instrumento no más del astuto don Eduardo. Éste es un bello carácter:
la carta que escribe es del mayor efecto y pertenece á la alta comedia.
El lenguaje es castizo y puro; el diálogo bien sostenido y chispeando
gracias, si bien no quisiéramos que le desluciesen algunas demasiado
chocarreras, como la de los malhadados _fetos_ por _efectos_, la de la
_cebolla_ que _repite_, etc., y otras que no queremos citar porque no
se nos tache de rigorosos. Estas gracias son de mal tono, de no muy
buen gusto, y de baja sociedad, por más que el público las ría y las
aplauda en el primer momento.
Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de
nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor
Gorostiza, ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que
rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que
nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio
el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos,
pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado á
un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo
un original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas,
cuya cabeza ha podido exaltar la lectura de las novelas, no reparan
en clases ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un
hombre sin preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre,
verdad es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su
porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola
circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de
escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas
si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil.
Esta exageración hace aparecer á Matilde loca las más veces; quiere
ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes,
para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar,
hizo loco realmente y enfermo á su héroe, y una enfermedad no es un
carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado
los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta
enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella
misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don
Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: _miren
ustedes que está loco_. Peca además el plan por donde los más del mismo
poeta: ya en otra ocasión hemos dicho que estos planes en que varios
personajes fingen una intriga para escarmiento de otro, son incompletos
y conspiran contra la convicción, que debe ser el resultado del arte.
En Molière y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie:
el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar á
la naturaleza tal cual es: esta comedia hubiera requerido una mujer
realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como
en _el Viejo y la Niña_ sucede; verdad es que entonces no hubiera
podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el
señor Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también
la aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y
regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida. Si
Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez que
se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que Eduardo
es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que le
hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho? Á ella no, nos
contestarán, á los demás que ven la comedia. Tampoco, responderemos,
porque las que crean en novelas al pie de la letra, creerán al pie de
la letra en la comedia, que es otra nueva novela para ellas; en la
novela leen que aquél que se presentó incógnito se descubre ser luego
hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se descubre ser rico
luego el pobre. Se enamorarán, pues, sin cuidado, seguras de que hacia
el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza del marido, así como
creían que debían salir por la ventana por decirlo las novelas.
Á pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos
complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la
de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un
nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista
se limitara á alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta
composición dramática.
En cuanto á la representación, podemos asegurar que no nos acordamos de
haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.
Sepan los actores que ningún placer podemos tener mayor que el que nos
proporcionan el día en que sólo elogios tenemos que escribir de ellos.
Para el elogio corre nuestra pluma rápidamente. Cuando se trata empero
de vituperar, sólo á fuerza de horas podemos dar concluido á la prensa
el artículo más conciso.