DON MANUEL EDUARDO GOROSTIZA

TITULADA

CONTIGO PAN Y CEBOLLA

Es un error en nuestro entender bastante general creer que las novelas

tienen la culpa de las locas bodas y desatinados enlaces que en el

mundo se hacen y se han hecho. No está todo el daño en las novelas: la

mayor parte está en el corazón humano; el amor, ora le llamemos como

nuestros abuelos, que no veían más que el lado hermoso de las cosas,

una noble pasión; ora le llamemos como nuestros despreocupados del día,

que sólo ven el lado feo de las cosas, una vil necesidad rebozada, el

amor existe en la naturaleza, y mientras exista, podrá ocurrir en la

vida frecuentemente que no se halle de acuerdo con el interés. Desde

los tiempos fabulosos que se remontan á la más atrasada antigüedad,

desde Píramo y Tisbe, desde Leandro y Hero, que ciertamente no habían

leído ninguna novela moderna, son conocidos estos desastrados amores.

La organización de una mujer es la verdadera novela perniciosa, y

por desgracia es la que no se le puede quitar; éste es el libro

donde aprende á amar: á una belleza fría, de quien nada reclame su

insensible corazón, dénsele todas las novelas del mundo, y dénselas

sin cuidado; nosotros respondemos de su inalterable tranquilidad y de

su eterna sensatez: aquélla empero, que ha recibido de la naturaleza

el funesto don de una extrema sensibilidad, quítensele las novelas y

será en balde; mientras no se le quiten los ojos respondemos de que

hará todas las locuras del mundo por seguir el objeto que una vez la

haya deslumbrado; por este estilo creemos que son la mayor parte de

las locuras que hacen los hombres miserables; imperiosas leyes que

impone la naturaleza y que paga el hombre. Los autores dramáticos van

sin embargo con los tiempos: la recogida educación de los jóvenes del

siglo pasado autorizaba la tiranía de los padres, y Moratín creyó

hacer un señalado servicio á su país dando _el Sí de las Niñas_. De

entonces acá hemos andado con pasos agigantados: y las costumbres del

día, más que de la tiranía de los padres, resiéntense de la licencia

é insubordinación de los hijos. Esto no es debido tampoco únicamente

á las novelas. Otros muchos libros ha sido preciso escribir; muchas

revoluciones de todas especies han debido pasar por los pueblos;

otros hombres, á más de los novelistas, habían tenido que nacer antes

para dar este impulso extraordinario en poco más de medio siglo al

entendimiento humano. El hecho es con todo positivo; el abuso existe

y reclama urgentemente la férula del poeta cómico. En el siglo actual

se pueden contar tantas desgraciadas víctimas de los enlaces poco

meditados, como en el pasado de las obligadas reclusiones de entonces.

Era, pues, preciso sacar á la plaza toda la ridiculez de aquellos

jóvenes irreflexivos que todo lo abandonan por el amor, las más veces

sin considerar si se hallan verdaderamente enamorados, ó si sólo creen

estarlo cuando exclaman: _Contigo pan y cebolla_.

El señor de Gorostiza, poeta ya conocido en nuestro teatro moderno,

se ha apoderado de una idea feliz y ha escogido un asunto de la mayor

importancia. ¿Halo desempeñado como de su talento nos debíamos

prometer? Oiga el lector el argumento, y podrá responder á tan atrevida

pregunta.

Matilde, hija de un padre que, según de la comedia resulta, no conoce

sus inclinaciones ni su carácter, ama á don Eduardo de Contreras, joven

de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la sociedad;

pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en su casa

con frecuencia. Anímase don Eduardo á pedir la mano de Matilde á don

Pedro, quien gustosísimo se la concede; pero en el momento de convenir

en tan deseado enlace, sabe la heroína que don Eduardo no es pobre,

nota que no hay en esta boda los obstáculos que en las de sus novelas

ha leído, desama de pronto á quien tanto amó y despide á don Eduardo.

Éste, que conoce de donde le viene el golpe, propone al padre, aturdido

de tal mudanza, una ingeniosa ficción que ha de llevar á cabo sus

deseos. Fíngese desheredado de un tío suyo, y desairado por don Pedro:

aparenta la novelesca desesperación de un amante despedido, y estos

extraordinarios medios hacen renacer el acomodaticio cariño de Matilde,

que por lo visto sólo ama en casos dados. El padre sigue haciendo del

negado y cuando vienen segunda vez entrambos á importunarle, se lleva

la niña de un brazo y despide para siempre al amador. Con esto por

fuerza ha de subir de punto la frenética pasión de Matilde: inténtase

una escapatoria, la cual se verifica sin maldita la oposición del

padre, que está él mismo en el complot que se le arma, y cooperando

á ella un pobre criado á quien no le vale su honradez. El padre no

ha querido oirle por no verse comprometido á impedir el rapto, y le

amenaza por una parte don Eduardo con tirarse un pistoletazo, y por

otra Matilde con tragarse un veneno que posee, si no abre una reja, por

donde se escapa nuestra deslumbrada, sin embargo de hallarse la puerta

libre y desembarazada; y en atención, según dice ella misma, á ser de

rigor el salir en semejantes casos por la ventana.

En el cuarto acto, que parece un acto de otra comedia, Matilde se halla

el día de tornaboda en una miserable boardilla, pero en compañía de

su constante esposo; no han comido la víspera, no se han desayunado

aquel día: medios, Dios los dé; dinero, por las nubes: en una palabra,

pobres de solemnidad y solemnes pobres; la infeliz Matilde tendrá que

levantar la cama, que por más señas está á la vista del espectador en

un estado de desorden propio del día; tendrá que barrer, que jabonar,

que pasar hambres, que estar sola, porque su marido habrá de salir á

buscar dinero. Matilde comienza ya á padecer los inconvenientes de

su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de

colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa

es casarse, y otra enamorarse; en lo cual nos parece su señoría un sí

es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla

ordinaria entre cotorra y contrabandista: llora Matilde y conoce su

yerro. Vuelve entonces su esposo, y vienen impacientes papá y el criado

honrado, descúbrese la ficción, y se van todos muy convencidos de que

para quererse mucho es indispensable por lo menos haber comido algo;

verdad indisputable de todos los tiempos y países, y que no bastarán

á echar por tierra todas las pasiones reunidas que pueden agitar á un

mísero mortal.

Ya puede inferir el lector qué de escenas cómicas ha tenido el

autor á su disposición. El señor Gorostiza no las ha desperdiciado;

rasgos hemos visto en su linda comedia que Molière no repugnaría,

escenas enteras que honrarían á Moratín. El carácter del criado y las

situaciones todas en que se encuentra son excelentes y pertenecen á

la buena comedia; del padre pudiéramos decir lo que dice la marquesa

de su marido: ni es feo, ni es bonito: es un hombre pasivo, es un

instrumento no más del astuto don Eduardo. Éste es un bello carácter:

la carta que escribe es del mayor efecto y pertenece á la alta comedia.

El lenguaje es castizo y puro; el diálogo bien sostenido y chispeando

gracias, si bien no quisiéramos que le desluciesen algunas demasiado

chocarreras, como la de los malhadados _fetos_ por _efectos_, la de la

_cebolla_ que _repite_, etc., y otras que no queremos citar porque no

se nos tache de rigorosos. Estas gracias son de mal tono, de no muy

buen gusto, y de baja sociedad, por más que el público las ría y las

aplauda en el primer momento.

Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de

nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor

Gorostiza, ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que

rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que

nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio

el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos,

pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado á

un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo

un original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas,

cuya cabeza ha podido exaltar la lectura de las novelas, no reparan

en clases ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un

hombre sin preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre,

verdad es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su

porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola

circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de

escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas

si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil.

Esta exageración hace aparecer á Matilde loca las más veces; quiere

ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes,

para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar,

hizo loco realmente y enfermo á su héroe, y una enfermedad no es un

carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado

los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta

enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella

misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don

Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: _miren

ustedes que está loco_. Peca además el plan por donde los más del mismo

poeta: ya en otra ocasión hemos dicho que estos planes en que varios

personajes fingen una intriga para escarmiento de otro, son incompletos

y conspiran contra la convicción, que debe ser el resultado del arte.

En Molière y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie:

el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar á

la naturaleza tal cual es: esta comedia hubiera requerido una mujer

realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como

en _el Viejo y la Niña_ sucede; verdad es que entonces no hubiera

podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el

señor Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también

la aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y

regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida. Si

Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez que

se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que Eduardo

es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que le

hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho? Á ella no, nos

contestarán, á los demás que ven la comedia. Tampoco, responderemos,

porque las que crean en novelas al pie de la letra, creerán al pie de

la letra en la comedia, que es otra nueva novela para ellas; en la

novela leen que aquél que se presentó incógnito se descubre ser luego

hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se descubre ser rico

luego el pobre. Se enamorarán, pues, sin cuidado, seguras de que hacia

el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza del marido, así como

creían que debían salir por la ventana por decirlo las novelas.

Á pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos

complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la

de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un

nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista

se limitara á alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta

composición dramática.

En cuanto á la representación, podemos asegurar que no nos acordamos de

haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.

Sepan los actores que ningún placer podemos tener mayor que el que nos

proporcionan el día en que sólo elogios tenemos que escribir de ellos.

Para el elogio corre nuestra pluma rápidamente. Cuando se trata empero

de vituperar, sólo á fuerza de horas podemos dar concluido á la prensa

el artículo más conciso.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 10 / 75 题