Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora
y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta
los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una
piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en
el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquéllas que,
halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente
en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan
fecundo en mutaciones de escenas y en cambios de decoraciones. Cae una
palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran
pueblo ansioso de palabras la recoge, la pasa de boca en boca, y con
la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes
la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre
sin calcular que una palabra sola es á veces palanca suficiente á
levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una
revolución.
Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las
circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como
sonido vago, que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan
de la causa que las hizo nacer. Una frase empero sobrevive siempre
entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir cuanto
que no es de la naturaleza de ésas de que acabamos de hablar; éstas
sirven en las revoluciones á lisonjear á los partidos, y á humillar á
los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la
generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de
este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón
de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así
la repiten los vencidos como los vencedores, los que pueden como los
que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.
_En este país_... ésta es la frase que todos repetimos á porfía, frase
que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea
la cosa que á nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?,
decimos, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos
suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: _¡cosas de
este país!_ que con vanidad pronunciamos, y sin pudor alguno repetimos.
¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que
pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una
cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los
individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente
atrasados. ¿Es la pereza de imaginación ó de raciocinio que nos impide
investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en
tener una muletilla siempre á mano con que responderse á sus propios
argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un
mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general?
Esto parece más ingenioso que cierto.
Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando
se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca á una
transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza á brillar á sus
ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce
el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no
sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que á una joven bella
que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces;
su corazón sin embargo, ó la naturaleza por mejor decir, le empieza á
revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen
y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce
todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber
qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior
en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos
juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.
Éste es acaso nuestro estado, y éste á nuestro entender el origen de la
fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre
nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos
llegar á poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues,
hacer ascos de lo que tenemos para dar á entender á los que nos oyen
que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos
á otros, estando todos en el mismo caso.
Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos,
y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los
mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso
del que teniendo apetito desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza
de un suntuoso convite incierto, que se verificará ó no se verificará
más tarde. Sustituyamos sabiamente á la esperanza de mañana el recuerdo
de ayer, y veamos si tenemos razón en decir á propósito de todo:
_¡Cosas de este país!_
Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el
carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está
reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso
aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino
en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros
más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya,
más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni
más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel
representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país,
fué no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.
Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de
hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí,
un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.
--Este cuarto está hecho una leonera, me dijo. ¿Qué quiere usted? en
este país...--Y quedó muy satisfecho de la excusa que á su natural
descuido había encontrado.
Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir á sus
instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente
algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:--Amigo, en este país
no se puede dar un almuerzo á nadie; hay que recurrir á los platos
comunes y al chocolate.
Vive Dios, dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen
cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede
almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo
á _la fourchette_; y que en París los que pagan ocho ó diez reales
por un _appartement garni_, ó una mezquina habitación en una casa de
huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos
trufados ni con champagne.
Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países,
y me instó á que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya á
estudiar sobre aquella máquina, como un anatómico sobre un cadáver,
acepté inmediatamente.
Don Periquito es pretendiente á pesar de su notoria inutilidad.
Llevóme, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los
cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido
más empeños que él.--¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme
su desgracia.--Ciertamente, le respondí, sonriéndome de su injusticia,
porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar
seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son
hombres.
El segundo empleo que pretendía había sido dado á un hombre de más
luces que él.--¡Cosas de España! me repitió.
Sí, porque en otras partes colocan á los necios, dije yo para mí.
Llevóme en seguida á una librería, después de haberme confesado que
había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos
ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero
respondió: ni uno.
--¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo: ¿lo ve usted? En este país no se puede
escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez
ediciones.
--Ciertamente, le contesté yo, porque los hombres como usted venden en
París sus ediciones.
En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se
mueran de hambre.
Desengáñese usted: en este país no se lee, prosiguió diciendo.--Y usted
que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? le hubiera
podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.
--¿Lee usted los periódicos? le pregunté sin embargo.
--No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡¡¡Lea usted
ese _Diario de los Debates_, ese _Times_!!!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en
cuanto á periódicos, buenos ó malos, en fin, los hay, y muchos años no
los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de ésas que hermosean continuamente este
país y clamaba: ¡Qué basura!, en este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco. ¡No hay limpieza en España!,
exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo.--¡Ah!, ¡país de ladrones!, vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres donde en la calle acometen los
malhechores á la mitad de un día de niebla á los transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre.--¡En este país no hay más que miseria!,
exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no
arrastre coche.
Íbamos al teatro, y--¡Oh qué horror!, decía mi don Periquito con
compasión, sin haberlos visto mejores en su vida. ¡Aquí no hay teatros!
Pasábamos por un café.--No entremos. ¡Qué cafés los de este país!,
gritaba.
Se hablaba de viajes.--¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede
viajar!, ¡qué posadas!, ¡qué caminos!
¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa
de algunos años á esta parte más rápidamente que adelantaron esos
países modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!
¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33 no
vuelven los ojos á mirar atrás, ó no preguntan á sus papás acerca del
tiempo que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en
la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche
helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en
que no existían más posadas que las descritas por Moratín en _el Sí
de las Niñas_, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo
Pródigo, ó las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que
no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en
que los _chorizos_ y _polacos_ repartían á naranjazos los premios al
talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda
para pasar á tragos la representación de las comedias de figurón y
dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (ó
Mambruc, como dice el vulgo) cantado á la guitarra; en que no se leía
más periódico que el _Diario de Avisos_, y en fin... en que...
Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito:
no vuelven á mirar atrás porque habría de poner un término á su
maledicencia, y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este
país se ha verificado en tan breve espacio.
Concluyamos sin embargo de explicar nuestra idea claramente, más que á
los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.
Cuando oímos á un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer á un
país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con
mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra
inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta
de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de
todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión
despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y
de españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo
que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación
límites en que contenerse.
Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no
nombra á este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás,
comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y
nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir
mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con
los de nuestros vecinos; sólo en este sentido opondremos nosotros en
algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.
Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye á
aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas
tenemos. Hagamos más favor ó justicia á nuestro país, y creámosle capaz
de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen
patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de
desaliento: _¡Cosas de España!_, contribuya cada cual á las mejoras
posibles; entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los
extranjeros, á cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos
nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.
REPRESENTACIÓN
DE LA COMEDIA NUEVA
de