DON TIMOTEO Ó EL LITERATO

_Genus irritabile vatum_ ha dicho un poeta latino. Esta expresión

bastaría á probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el

primer amor de los literatos, si hubiésemos menester más pruebas de

esta incontestable verdad que la simple vista de los más de esos

hombres que viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por

esto que sea el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento

se distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada más

temible en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con

alguna superioridad sobre sus semejantes. ¿Hay cosa más insoportable

que la conversación y los dengues de la hermosa que lo es á sabiendas?

Mírela usted á la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra

con aquella educación, deferencia ó placer que difícilmente pueden

dejar de tenerse hablando con una hermosa; ya le cree á usted su _don

Amadeo_, ya le mira á usted como quien le perdona la vida. Ella sí,

es amable, es un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada

mansedumbre del león, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus

garras; es pura compasión que nos dispensa.

Pasemos de la aristocracia de la belleza á la de la cuna. ¡Qué amable

es el señor marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el

sombrero en la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza,

aquella deferencia, si ahondamos en su corazón, es una honra que

cree dispensar, una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste

diariamente con él, y al fin de la jornada nos dará noticias de su

amabilidad: ocasiones habrá en que algún manoplazo feudal le haga

recordar con quién se las ha.

No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta

de fundamento es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden

tener: en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de éste ó

de aquél alternativamente, y no siempre de los hombres de más mérito;

en el dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilícitos, y que

la fortuna reparte á ciegas sobre sus favoritos de capricho.

Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la

aristocracia del talento, y más disculpable ciertamente donde es á toda

luz más fácil nacer hermosa, de noble cuna, ó adquirir riqueza, que

lucir el talento que nace entre abrojos cuando nace, que sólo acarrea

sinsabores; y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de

su dueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura entre

nosotros, y el heroísmo que en cierto modo se necesita para dedicarse

á las improductivas letras, es la causa que hace á muchos de nuestros

literatos más insoportables que los de cualquiera otro país: añádese á

éste el poco saber de la generalidad, y de aquí se podrá inferir que

entre nosotros el literato es una especie de oráculo que, poseedor

único de su secreto y solo iniciado en sus misterios recónditos, emite

su opinión oscura con voz retumbante y hueca, subido en el trípode

que la general ignorancia le fabrica. Charlatán por naturaleza, se

rodea del aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo más

impenetrable que la célebre cuña de la milicia romana. Las bellas

letras, en una palabra, el saber escribir es un oficio particular que

sólo profesan algunos, cuando debiera constituir una pequeñísima parte

de la educación general de todos.

Pero, si atendidas estas breves consideraciones es el orgullo del

talento disculpable porque es el único modo que tiene el literato de

cobrarse el premio de su afán, no por eso autoriza á nadie á ser en

sociedad ridículo, y éste es el extremo por donde peca don Timoteo.

No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato, yo

que de buena gana prescindiría de esta especie de apodo, si no fuese

preciso que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener

otro mejor, me vi en la precisión de consultar á algunos literatos

con el objeto de reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer

unos opúsculos que me habían traído para que diese yo sobre ellos

mi opinión. Esto era harto difícil en verdad, porque, si he de decir

lo que siento, no tengo fijada mi opinión todavía acerca de ninguna

cosa, y me siento medianamente inclinado á no fijarla jamás: tengo mis

razones para creer que éste es el único camino del acierto en materias

opinables: en mi entender todas las opiniones son peores; permítaseme

esta manera de hablar antigramatical y antilógica.

Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no

le importará gran cosa al lector) deseoso de ver á un literato, y me

pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan

los poetas noveles y lampiños, y dirigirme á uno de esos literatazos

abrumados de años y de laureles.

Acerté á dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. Por

supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente,

porque una de las cosas que mejor se saben hacer aquí es esto de

antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el oscuro

santuario.

Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió en

pie, atendida sin duda la diferencia que hay entre el literato y el

hombre. Figúrense ustedes un ser enteramente parecido á una persona;

algo más encorvado hacia el suelo que el género humano, merced sin

duda al hábito de vivir inclinado sobre el bufete; mitad sillón, mitad

hombre; entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que la de

las personas; las manos _mijt_ y _mijt_, como dicen los chuferos y

valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado

compás de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta á su

interlocutor por una rendija que le dejan libres los párpados fruncidos

y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como

de quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados á la frente;

calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles

revueltos y libros confundidos que bastaran á dar una muestra de lo

coordinadas que podía tener en la cabeza sus ideas; una caja de rapé

y una petaca: los demás vicios no se veían. Se me olvidaba decir

que la ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas

terrenas, y todo el conjunto no de los más limpios, porque éste era de

los literatos rezagados del siglo pasado, que tanto más profundos se

imaginaban cuanto menos aseados vestían. Llegué, le vi, dije: éste es

un sabio.

Saludé á don Timoteo y saqué mis manuscritos.

--¡Hola! me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.

--Son de un amigo mío.

--¿Sí? me respondió. ¡Bueno! ¡Muy bien! Y me echó una mirada de arriba

abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos.

--¡Gracias! repuse, y empezó á hojearlos.

--«Memoria sobre las aplicaciones del vapor».

--¡Ah! esto es acerca del vapor, ¿eh? Aquí encuentro ya... Vea usted...

aquí falta una coma: en esto soy muy delicado. No hallará usted en

Cervantes usada la voz _memoria_ en este sentido; el estilo es duro, y

la frase es poco robusta... ¿Qué quiere decir _presión_ y...?

--Sí; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...

--Yo le diré á usted; en una oda que yo hice allá cuando muchacho,

cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...

--Pero ¿qué tiene que ver?

--¡Oh! ciertamente ¡oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias

exactas son las que han destruido los placeres de la imaginación: ya no

hay poesía.

--¿Y qué falta hace la poesía cuando se trata de mover un barco, señor

don Timoteo?

--¡Oh! cierto... pero la poesía... amigo... ¡oh! aquellos tiempos se

acabaron. Esto... ya se ve... estará bien, pero debe usted llevarlo á

un físico, á uno de ésos...

--Señor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendrá siquiera

ideas generales de todo, demasiado sabrá usted...

--Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas

y comentarios, míos también, acerca de quien fué el primero que usó el

asonante castellano.

--¡Hola¡ Debe usted darse prisa á averiguarlo: esto urge mucho á la

felicidad de España y á las luces... Si usted llega á morirse, nos

quedamos á buenas noches en punto á asonantes... y...

--Sí, y tengo aquí una porción de cosillas que me traen á leer; no

puedo dar salida á los que... ¡Me abruman á consultas!... ¡Oh! estos

muchachos del día salen todos tan... ¡Oh! ¿Usted habrá leído mis

poesías? Allí hay algunas cosillas...

--Sí; pero un sabio de la reputación de don Timoteo habrá publicado

además obras de fondo y...

--¡Oh! no se puede... no saben apreciar... ya sabe usted... á salir del

día... Sólo la maldita afición que uno tiene á estas cosas...

--Quisiera leer con todo lo que usted ha publicado: el género humano

debe estar agradecido á la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los

títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.

--¡Oh! ¡Oh!

--¿Qué especie de animal es éste, iba yo diciendo ya para mí, que

no hace más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los

vocablos y pronunciando más abiertas las _aes_ y las _oes_?

Cogí sin embargo una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que se

llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado

durante su vida el célebre literato don Timoteo.

--Yo hice, empezó, una oda á la _Continencia_... ya la conocerá

usted... allí hay algunos versecillos.

--_Continencia_, dije yo repitiendo. Adelante.

--En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con

mi nombre.

--_Anacreónticas_; siga usted; vamos á lo gordo.

--Cuando los Franceses escribí un folletito que no llegó á

publicarse... ¡como ellos mandaban!...

--_Folletito_ que no llegó á publicarse.

--He hecho una oda al Huracán, y una silva á Filis.

--_Huracán_, _Filis_.

--Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en

aquel tiempo nadie sabía francés, pasó por mía: me dió mucha fama. Una

novelita traduje también...

--¿Qué más?

--Ahí tengo un prólogo empezado para una obra que pienso escribir, en

el cual trato de decir modestamente que no aspiro al título de sabio:

que las largas convulsiones políticas que han conmovido á la Europa

y á mí á un mismo tiempo, las intrigas de mis émulos, enemigos y

envidiosos, y la larga carrera de infortunios y sinsabores en que me

he visto envuelto y arrastrado juntamente con mi patria, han impedido

que dedicara mis ocios al cultivo de las musas; que habiéndose luego

el gobierno acordado y servídose de mi poca aptitud en circunstancias

críticas, tuve que dar de mano á los estudios amenos que reclaman

soledad y quietud de espíritu, como dice Cicerón; y en fin, que en la

retirada de Vitoria perdí mis papeles y manuscritos más importantes; y

sigo por ese estilo...

--Cierto... Ese prólogo debe darle á usted extraordinaria importancia.

--Por lo demás, no he publicado otras cosas...

--Conque una oda y otra oda, dije yo recapitulando, y una silva,

anacreónticas, una traducción original, un folletito que no llegó á

publicarse, y un prólogo que se publicará...

--Eso es. Precisamente.

Al oir esto no estuvo en mí tener más la risa, despedíme cuanto antes

pude del sabio don Timoteo, y fuíme á soltar la carcajada al medio del

arroyo á todo mi placer.

--¡Por vida de Apolo! salí diciendo. ¿Y es éste don Timoteo? ¿Y cree

que la sabiduría está reducida á hacer anacreónticas? ¿Y porque ha

hecho una oda le llaman sabio? ¡Oh reputaciones fáciles! ¡Oh pueblo

bondadoso!

¿Para qué he de entretener á mis lectores con la poca diversidad que

ofrece la enumeración de las demás consultas que en aquella mañana

pasé? Apenas encontré uno de esos célebres literatos, que así pudiera

dar su voto en poesía como en legislación, en historia como en

medicina, en ciencias exactas como en... Los literatos aquí no hacen

más que versos, y si algunas excepciones hay, y si existen entre ellos

algunos de mérito verdadero que de él hayan dado pruebas positivas, no

son excepciones suficientes para variar la regla general.

¿Hasta cuándo, pues, esa necia adoración á las reputaciones usurpadas?

Nuestro país ha caminado más de prisa que esos literatos rezagados;

recordamos sus nombres que hicieron ruido cuando, más ignorantes,

éramos los primeros á aplaudirlos; y seguimos repitiendo siempre como

papagayos: _Don Timoteo es un sabio_. ¿Hasta cuándo? Presenten sus

títulos á la gloria y los respetaremos y pondremos sus obras sobre

nuestra cabeza. ¿Y al paso que nadie se atreve á tocar á esos sagrados

nombres que sólo por antiguos tienen mérito, son juzgados los jóvenes

que empiezan con toda la severidad que aquéllos merecerían? El más

leve descuido corre de boca en boca; una reminiscencia es llamada robo;

una imitación plagio, y un plagio verdadero intolerable desvergüenza.

Esto en tierra donde hace siglos que otra cosa no han hecho sino

traducir nuestros más originales hombres de letras.

Pero volvamos á nuestro don Timoteo. Háblesele de algún joven que

haya dado alguna obra. No lo he leído... ¡Como no leo esas cosas!

exclama. Hable usted de teatros á don Timoteo.--No voy al teatro; eso

está perdido... porque quieren persuadirnos de que estaba mejor en

su tiempo; nunca verá usted la cara del literato en el teatro. Nada

conoce, nada lee nuevo; pero de todo juzga, de todo hace ascos.

Veamos á don Timoteo en el Prado; rodeado de una pequeña corte que á

nadie conoce cuando va con él: vean ustedes cómo le oyen con la boca

abierta; parece que le han sacado entre todos á paseo para que no se

acabe entre sus investigaciones acerca de la ruina que á nadie le

importa. ¿Habló don Timoteo? ¡Qué algazara y qué aplausos! ¿Se sonrió

don Timoteo? ¿Quién fué el dichoso que le hizo desplegar los labios?

¿Lo dijo don Timoteo, el sabio autor de una oda olvidada ó de un

ignorado romance? Tuvo razón don Timoteo.

Haga usted una visita á don Timoteo; en buena hora; pero no espere

usted que se la pague. Don Timoteo no visita á nadie. ¡Está tan

ocupado! El estado de su salud no le permite usar de cumplimientos; en

una palabra, no es para don Timoteo la buena crianza.

Veámosle en sociedad. ¡Qué aire de suficiencia, de autoridad, de

supremacía! Nada le divierte á don Timoteo. ¡Todo es malo! Por supuesto

que no baila don Timoteo, ni habla don Timoteo, ni ríe don Timoteo, ni

hace nada don Timoteo de lo que hacen las personas. Es un eslabón roto

en la cadena de la sociedad.

¡Oh sabio don Timoteo! ¿Quién me diera á mí hacer una mala oda para

echarme á dormir sobre el colchón de mis laureles; para hablar de mis

afanes literarios, de mis persecuciones y de las intrigas y revueltas

de los tiempos; para hacer ascos de la literatura; para recibir á las

gentes sentado; para no devolver visitas; para vestir mal; para no

tener que leer; para decir del alumno de las musas que más haga: «es un

mancebo de dotes muy recomendables, es mozo que promete»; para mirarle

á la cara con aire de protección y darle alguna suave palmadita en la

mejilla, como para comunicarle por medio del contacto mi saber; para

pensar que el que hace versos, ó sabe donde han de ponerse las comas, y

cuál palabra se halla en Cervantes, y cuál no, ha llegado al _summum_

del saber humano; para llorar sobre los adelantos de las ciencias

útiles; para tener orgullo y amor propio; para hablar pedantesco y

ahuecado; para vivir en contradicción con los usos sociales; para ser

en fin ridículo en sociedad sin parecérselo á nadie?

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 11 / 75 题