_Genus irritabile vatum_ ha dicho un poeta latino. Esta expresión
bastaría á probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el
primer amor de los literatos, si hubiésemos menester más pruebas de
esta incontestable verdad que la simple vista de los más de esos
hombres que viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por
esto que sea el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento
se distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada más
temible en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con
alguna superioridad sobre sus semejantes. ¿Hay cosa más insoportable
que la conversación y los dengues de la hermosa que lo es á sabiendas?
Mírela usted á la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra
con aquella educación, deferencia ó placer que difícilmente pueden
dejar de tenerse hablando con una hermosa; ya le cree á usted su _don
Amadeo_, ya le mira á usted como quien le perdona la vida. Ella sí,
es amable, es un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada
mansedumbre del león, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus
garras; es pura compasión que nos dispensa.
Pasemos de la aristocracia de la belleza á la de la cuna. ¡Qué amable
es el señor marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el
sombrero en la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza,
aquella deferencia, si ahondamos en su corazón, es una honra que
cree dispensar, una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste
diariamente con él, y al fin de la jornada nos dará noticias de su
amabilidad: ocasiones habrá en que algún manoplazo feudal le haga
recordar con quién se las ha.
No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta
de fundamento es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden
tener: en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de éste ó
de aquél alternativamente, y no siempre de los hombres de más mérito;
en el dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilícitos, y que
la fortuna reparte á ciegas sobre sus favoritos de capricho.
Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la
aristocracia del talento, y más disculpable ciertamente donde es á toda
luz más fácil nacer hermosa, de noble cuna, ó adquirir riqueza, que
lucir el talento que nace entre abrojos cuando nace, que sólo acarrea
sinsabores; y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de
su dueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura entre
nosotros, y el heroísmo que en cierto modo se necesita para dedicarse
á las improductivas letras, es la causa que hace á muchos de nuestros
literatos más insoportables que los de cualquiera otro país: añádese á
éste el poco saber de la generalidad, y de aquí se podrá inferir que
entre nosotros el literato es una especie de oráculo que, poseedor
único de su secreto y solo iniciado en sus misterios recónditos, emite
su opinión oscura con voz retumbante y hueca, subido en el trípode
que la general ignorancia le fabrica. Charlatán por naturaleza, se
rodea del aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo más
impenetrable que la célebre cuña de la milicia romana. Las bellas
letras, en una palabra, el saber escribir es un oficio particular que
sólo profesan algunos, cuando debiera constituir una pequeñísima parte
de la educación general de todos.
Pero, si atendidas estas breves consideraciones es el orgullo del
talento disculpable porque es el único modo que tiene el literato de
cobrarse el premio de su afán, no por eso autoriza á nadie á ser en
sociedad ridículo, y éste es el extremo por donde peca don Timoteo.
No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato, yo
que de buena gana prescindiría de esta especie de apodo, si no fuese
preciso que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener
otro mejor, me vi en la precisión de consultar á algunos literatos
con el objeto de reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer
unos opúsculos que me habían traído para que diese yo sobre ellos
mi opinión. Esto era harto difícil en verdad, porque, si he de decir
lo que siento, no tengo fijada mi opinión todavía acerca de ninguna
cosa, y me siento medianamente inclinado á no fijarla jamás: tengo mis
razones para creer que éste es el único camino del acierto en materias
opinables: en mi entender todas las opiniones son peores; permítaseme
esta manera de hablar antigramatical y antilógica.
Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no
le importará gran cosa al lector) deseoso de ver á un literato, y me
pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan
los poetas noveles y lampiños, y dirigirme á uno de esos literatazos
abrumados de años y de laureles.
Acerté á dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. Por
supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente,
porque una de las cosas que mejor se saben hacer aquí es esto de
antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el oscuro
santuario.
Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió en
pie, atendida sin duda la diferencia que hay entre el literato y el
hombre. Figúrense ustedes un ser enteramente parecido á una persona;
algo más encorvado hacia el suelo que el género humano, merced sin
duda al hábito de vivir inclinado sobre el bufete; mitad sillón, mitad
hombre; entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que la de
las personas; las manos _mijt_ y _mijt_, como dicen los chuferos y
valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado
compás de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta á su
interlocutor por una rendija que le dejan libres los párpados fruncidos
y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como
de quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados á la frente;
calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles
revueltos y libros confundidos que bastaran á dar una muestra de lo
coordinadas que podía tener en la cabeza sus ideas; una caja de rapé
y una petaca: los demás vicios no se veían. Se me olvidaba decir
que la ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas
terrenas, y todo el conjunto no de los más limpios, porque éste era de
los literatos rezagados del siglo pasado, que tanto más profundos se
imaginaban cuanto menos aseados vestían. Llegué, le vi, dije: éste es
un sabio.
Saludé á don Timoteo y saqué mis manuscritos.
--¡Hola! me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.
--Son de un amigo mío.
--¿Sí? me respondió. ¡Bueno! ¡Muy bien! Y me echó una mirada de arriba
abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos.
--¡Gracias! repuse, y empezó á hojearlos.
--«Memoria sobre las aplicaciones del vapor».
--¡Ah! esto es acerca del vapor, ¿eh? Aquí encuentro ya... Vea usted...
aquí falta una coma: en esto soy muy delicado. No hallará usted en
Cervantes usada la voz _memoria_ en este sentido; el estilo es duro, y
la frase es poco robusta... ¿Qué quiere decir _presión_ y...?
--Sí; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...
--Yo le diré á usted; en una oda que yo hice allá cuando muchacho,
cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...
--Pero ¿qué tiene que ver?
--¡Oh! ciertamente ¡oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias
exactas son las que han destruido los placeres de la imaginación: ya no
hay poesía.
--¿Y qué falta hace la poesía cuando se trata de mover un barco, señor
don Timoteo?
--¡Oh! cierto... pero la poesía... amigo... ¡oh! aquellos tiempos se
acabaron. Esto... ya se ve... estará bien, pero debe usted llevarlo á
un físico, á uno de ésos...
--Señor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendrá siquiera
ideas generales de todo, demasiado sabrá usted...
--Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas
y comentarios, míos también, acerca de quien fué el primero que usó el
asonante castellano.
--¡Hola¡ Debe usted darse prisa á averiguarlo: esto urge mucho á la
felicidad de España y á las luces... Si usted llega á morirse, nos
quedamos á buenas noches en punto á asonantes... y...
--Sí, y tengo aquí una porción de cosillas que me traen á leer; no
puedo dar salida á los que... ¡Me abruman á consultas!... ¡Oh! estos
muchachos del día salen todos tan... ¡Oh! ¿Usted habrá leído mis
poesías? Allí hay algunas cosillas...
--Sí; pero un sabio de la reputación de don Timoteo habrá publicado
además obras de fondo y...
--¡Oh! no se puede... no saben apreciar... ya sabe usted... á salir del
día... Sólo la maldita afición que uno tiene á estas cosas...
--Quisiera leer con todo lo que usted ha publicado: el género humano
debe estar agradecido á la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los
títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.
--¡Oh! ¡Oh!
--¿Qué especie de animal es éste, iba yo diciendo ya para mí, que
no hace más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los
vocablos y pronunciando más abiertas las _aes_ y las _oes_?
Cogí sin embargo una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que se
llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado
durante su vida el célebre literato don Timoteo.
--Yo hice, empezó, una oda á la _Continencia_... ya la conocerá
usted... allí hay algunos versecillos.
--_Continencia_, dije yo repitiendo. Adelante.
--En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con
mi nombre.
--_Anacreónticas_; siga usted; vamos á lo gordo.
--Cuando los Franceses escribí un folletito que no llegó á
publicarse... ¡como ellos mandaban!...
--_Folletito_ que no llegó á publicarse.
--He hecho una oda al Huracán, y una silva á Filis.
--_Huracán_, _Filis_.
--Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en
aquel tiempo nadie sabía francés, pasó por mía: me dió mucha fama. Una
novelita traduje también...
--¿Qué más?
--Ahí tengo un prólogo empezado para una obra que pienso escribir, en
el cual trato de decir modestamente que no aspiro al título de sabio:
que las largas convulsiones políticas que han conmovido á la Europa
y á mí á un mismo tiempo, las intrigas de mis émulos, enemigos y
envidiosos, y la larga carrera de infortunios y sinsabores en que me
he visto envuelto y arrastrado juntamente con mi patria, han impedido
que dedicara mis ocios al cultivo de las musas; que habiéndose luego
el gobierno acordado y servídose de mi poca aptitud en circunstancias
críticas, tuve que dar de mano á los estudios amenos que reclaman
soledad y quietud de espíritu, como dice Cicerón; y en fin, que en la
retirada de Vitoria perdí mis papeles y manuscritos más importantes; y
sigo por ese estilo...
--Cierto... Ese prólogo debe darle á usted extraordinaria importancia.
--Por lo demás, no he publicado otras cosas...
--Conque una oda y otra oda, dije yo recapitulando, y una silva,
anacreónticas, una traducción original, un folletito que no llegó á
publicarse, y un prólogo que se publicará...
--Eso es. Precisamente.
Al oir esto no estuvo en mí tener más la risa, despedíme cuanto antes
pude del sabio don Timoteo, y fuíme á soltar la carcajada al medio del
arroyo á todo mi placer.
--¡Por vida de Apolo! salí diciendo. ¿Y es éste don Timoteo? ¿Y cree
que la sabiduría está reducida á hacer anacreónticas? ¿Y porque ha
hecho una oda le llaman sabio? ¡Oh reputaciones fáciles! ¡Oh pueblo
bondadoso!
¿Para qué he de entretener á mis lectores con la poca diversidad que
ofrece la enumeración de las demás consultas que en aquella mañana
pasé? Apenas encontré uno de esos célebres literatos, que así pudiera
dar su voto en poesía como en legislación, en historia como en
medicina, en ciencias exactas como en... Los literatos aquí no hacen
más que versos, y si algunas excepciones hay, y si existen entre ellos
algunos de mérito verdadero que de él hayan dado pruebas positivas, no
son excepciones suficientes para variar la regla general.
¿Hasta cuándo, pues, esa necia adoración á las reputaciones usurpadas?
Nuestro país ha caminado más de prisa que esos literatos rezagados;
recordamos sus nombres que hicieron ruido cuando, más ignorantes,
éramos los primeros á aplaudirlos; y seguimos repitiendo siempre como
papagayos: _Don Timoteo es un sabio_. ¿Hasta cuándo? Presenten sus
títulos á la gloria y los respetaremos y pondremos sus obras sobre
nuestra cabeza. ¿Y al paso que nadie se atreve á tocar á esos sagrados
nombres que sólo por antiguos tienen mérito, son juzgados los jóvenes
que empiezan con toda la severidad que aquéllos merecerían? El más
leve descuido corre de boca en boca; una reminiscencia es llamada robo;
una imitación plagio, y un plagio verdadero intolerable desvergüenza.
Esto en tierra donde hace siglos que otra cosa no han hecho sino
traducir nuestros más originales hombres de letras.
Pero volvamos á nuestro don Timoteo. Háblesele de algún joven que
haya dado alguna obra. No lo he leído... ¡Como no leo esas cosas!
exclama. Hable usted de teatros á don Timoteo.--No voy al teatro; eso
está perdido... porque quieren persuadirnos de que estaba mejor en
su tiempo; nunca verá usted la cara del literato en el teatro. Nada
conoce, nada lee nuevo; pero de todo juzga, de todo hace ascos.
Veamos á don Timoteo en el Prado; rodeado de una pequeña corte que á
nadie conoce cuando va con él: vean ustedes cómo le oyen con la boca
abierta; parece que le han sacado entre todos á paseo para que no se
acabe entre sus investigaciones acerca de la ruina que á nadie le
importa. ¿Habló don Timoteo? ¡Qué algazara y qué aplausos! ¿Se sonrió
don Timoteo? ¿Quién fué el dichoso que le hizo desplegar los labios?
¿Lo dijo don Timoteo, el sabio autor de una oda olvidada ó de un
ignorado romance? Tuvo razón don Timoteo.
Haga usted una visita á don Timoteo; en buena hora; pero no espere
usted que se la pague. Don Timoteo no visita á nadie. ¡Está tan
ocupado! El estado de su salud no le permite usar de cumplimientos; en
una palabra, no es para don Timoteo la buena crianza.
Veámosle en sociedad. ¡Qué aire de suficiencia, de autoridad, de
supremacía! Nada le divierte á don Timoteo. ¡Todo es malo! Por supuesto
que no baila don Timoteo, ni habla don Timoteo, ni ríe don Timoteo, ni
hace nada don Timoteo de lo que hacen las personas. Es un eslabón roto
en la cadena de la sociedad.
¡Oh sabio don Timoteo! ¿Quién me diera á mí hacer una mala oda para
echarme á dormir sobre el colchón de mis laureles; para hablar de mis
afanes literarios, de mis persecuciones y de las intrigas y revueltas
de los tiempos; para hacer ascos de la literatura; para recibir á las
gentes sentado; para no devolver visitas; para vestir mal; para no
tener que leer; para decir del alumno de las musas que más haga: «es un
mancebo de dotes muy recomendables, es mozo que promete»; para mirarle
á la cara con aire de protección y darle alguna suave palmadita en la
mejilla, como para comunicarle por medio del contacto mi saber; para
pensar que el que hace versos, ó sabe donde han de ponerse las comas, y
cuál palabra se halla en Cervantes, y cuál no, ha llegado al _summum_
del saber humano; para llorar sobre los adelantos de las ciencias
útiles; para tener orgullo y amor propio; para hablar pedantesco y
ahuecado; para vivir en contradicción con los usos sociales; para ser
en fin ridículo en sociedad sin parecérselo á nadie?