Una monja, guardadora de aquel rebaño de hombres decrépitos, va

caminando por una de las sendas transversales, y acierta a cruzarse con

el roncero Apolonio. La monja es la hermana Lucidia. Nada vieja; tampoco

nada joven.... Sobre el lado derecho de la cara, cogiéndole desde la

sien hasta la comisura de los labios, y todo a través del carrillo,

tiene--ya desde que nació--una mancha cárdena, de perfil tentacular,

como huella flamante de un bofetón; un bofetón que, antes de salir a la

vida, le dió el destino. La hermana Lucidia lleva siempre la cabeza

inclinada sobre el lado derecho, como si le pesase aquella vergüenza,

como si procurase ocultarla o como si presentase la otra mejilla, pálida

e intacta, a la adversidad de la agresiva providencia. Aquella mancha,

que parece embadurnada con hollejo de uva negra por la mano lúbrica de

un sátiro en el delirio bucólico de la vendimia, sugiere una historia

trágica de amor, íntima y sellada. La monja debió de haber sido linda, a

pesar de la mancha bochornosa, y todavía más que linda, a causa de la

mancha, para un espíritu apasionado y propenso a las emociones

dramáticas, como es el de Apolonio. Apolonio se acerca a la monja, y con

fuego contenido, porque si alguno espía no se percate, susurra:

--¡Ángel consolador del alma mía! Te adoro; yo te adoro noche y día.

Eres al par consuelo y desconsuelo, fulgor y palidez, igual que el

cielo. El día y la noche, por manera rara, se representan en tu hermosa

cara. De este lado es serena y sin reproche, de palidez mortal; Diana,

la noche. Del otro lado es roja y encendida, como Apolo, ígneo padre de

la vida. ¡Oh terrible combate! Gozo o peno; ya miro al lado ardiente, ya

al sereno; y mirando a tu rostro, noche y día, pasan las horas de la

vida mía.

--Señor Apolonio, déjese de coplas. Cuando me habla así es que quiere

pedirme algo; lo sé por experiencia. Dígame lo que le ocurre como Dios

manda.

--Pedirle algo, sí, lo de siempre: que nos escapemos juntos. Nuestras

edades no son, si bien se mira, desproporcionadas. Paso de los sesenta,

¿y qué?; estoy ágil y fogoso como un recental. En cuanto a ganarme la

vida, ando ya a punto de concluir un drama, que nos hará millonarios;

así como suena. Viviremos en Madrid; tiraremos carruaje. ¿Qué pelo de

caballo le gusta a usted más? A mí el alazán o el flor de romero.

Decídase; seremos felices. Un día, cuando tengamos confianza, me contará

usted su drama, el drama espantoso que adivino, pero que no solicito

conocer todavía, por no violar el vedado de su conciencia. Decídase,

preciosa Lucidia.

--Lo pensaré, señor Apolonio. Pero, aparte de la escapatoria, que va

para largo, usted tiene algo más inmediato que pedirme. Hable sin

reparos.

--Tiene usted, divina criatura, el alma clarividente; alma de sibila.

Usted lee en mi pecho. ¿Qué necesidad tengo de hablar? Ahórreme el mal

rato de tener que decírselo yo.

--O habla usted, señor Apolonio, o quédese con Dios, que no soy amiga

de adivinanzas.

--Sea. Sus deseos para mí son un ukase imperial.--Apolonio continúa

hablando, cohibido y a tropezones.--No es vanagloria, no es orgullo

satánico; es la verdad. ¿Qué le voy a hacer yo? Soy un hombre

infinitamente superior a todos los que viven de caridad en esta santa

casa; a todos; no dejo afuera a ninguno. Superior por la familia;

superior en posición económica; superior en inteligencia. Yo he recibido

una educación académica. Yo uso zapatillas de piel de cabra; ellos, de

orillo. Yo he estrenado un drama con inenarrable éxito. Yo tengo un

estómago delicado.

--Esta última superioridad es la que todos le reconocen.

--A eso voy. Yo necesito beber agua de Vichy en las comidas. Yo

comprendo que, cuando vamos en fila al refectorio, yo, el único, con mi

botella de agua de Vichy en los brazos, todos los demás me envidian, y

diré más, hasta me aborrecen. Cuánto darían ellos por estar enfermos del

estómago y por tener un hijo canónigo que les enviase dinero para

comprar agua de Vichy y otros lujos y antojos.... Yo podría vivir con mi

hijo, si yo quisiera. Pero mi hijo prefiere que yo esté aquí, al cuidado

de encantadoras vírgenes, como huésped distinguido, sin que me falte

nada. Pues bien: me falta ahora algo. La última botella de agua de Vichy

se me ha concluído ayer. La superiora me dice que no ha recibido dinero

de mi hijo, para comprar más botellas. Me explico el olvido, porque mi

hijo me decía en una de sus últimas cartas que iba a Madrid, a predicar

en la Capilla real; fíjese usted bien, en la Capilla real, nada menos.

No tendría cabeza para pensar en otra cosa; es explicable. Pero, ¿cómo

voy a ir hoy, hoy, precisamente, día de Pascua, al refectorio, sin mi

botella de agua de Vichy? ¿Qué no dirían los otros, sobre todo alguno

que, por desprecio, no nombro? ¿Cuál no sería la humillación, la befa,

el escarnio? No, no y no; antes la muerte.

--¿Y qué puedo yo hacer, señor Apolonio?

--A eso iba, celestial hermana Lucidia.--La voz de Apolonio tiembla.--Yo

quería pedirle permiso para que me consienta coger una de las botellas

vacías de agua de Vichy, e ir a llenarla con agua del grifo de los

laureles. Nadie me verá ni nadie notará nada.

--¿Por qué no? Se lo consiento--responde la hermana, sonriendo

plácidamente.

Sepáranse. Apolonio siente maravilloso alivio; se le ha evaporado una

gran pesadumbre de encima del corazón. La botella de agua mineral es

para él--puesto que él presume que lo es para los demás--una insignia

jerárquica, un símbolo de superioridad. ¿Un símbolo, acaso, de

superioridad económica? Desde luego; pero esto, para Apolonio, es lo

secundario. Lo esencial es que la botella, con su contenido hidráulico y

terapéutico, se manifiesta a los ojos de todos como prueba sensible de

la superioridad intrínseca y corporal de Apolonio. Este orden de

superioridad irrefragable consiste--él mismo acaba de decirlo

alardosamente--en padecer una enfermedad del estómago; aunque es lo

cierto que disfruta un buche de avestruz y que digeriría piedras

volcánicas. Apolonio--por algo es _a nativitate_ autor dramático--supone

que la dilección o preferencia de los dioses por algunas criaturas

mortales se acredita mediante un estigma o tara original, y que los

verdaderos héroes en la tragedia de la vida humana sufren y ostentan

cuándo una, cuándo otra enfermedad o adolescencia de la carne, como

marca sagrada que distingue al protagonista entre la plebeyez del coro.

Apolonio había elegido para sí la dispepsia. Hubiera preferido una

mancha sanguinolenta en la faz, como la hermana Lucidia; por eso ama y

reverencia a la monja. Pero la dispepsia le basta para sus intenciones,

que son ofrecer palpable contraste y parangón con Belarmino. Ya puede

Belarmino encerrarse en silencio hermético y filosófico, dando a

entender, con la sonrisa de sus labios delgados y sin color, que está,

al cabo, por encima y a distancia de todas las cosas. ¿Quién le creerá?

Belarmino digiere bien. ¿Cómo admitir que ha trabajado mucho con la

cabeza, él, que no se ha puesto enfermo del estómago?

Y Apolonio, con talante trágico y miserable, como un hombre predilecto

de las divinidades funestas, se dirige hacia el grupo que componen el

señor Colignon con los viejos casi desencarnados en torno suyo. Visten

los viejos todos lo mismo: trajes de sayal, color franciscano, de paño

casero, tejido en los telares, a brazo, del Hospicio provincial por los

nacidos anónimos para los muertos anónimos. A todos les cae el traje

demasiadamente holgado, y hace pensar en una mortaja. Apóyanse en

cayados de haya descortezada, lustrosa y marfileña, que parecen huesos

mondados y antiguos. Hablan con voz temblona, sacudida, como las últimas

y desfallecientes repercusiones de los ecos.

_Olalla_ (un viejo que fué borracho):--Buenos son los dulces, señor

franchute, pa los neños y las muyeres llambionas. Convídenos a sidrina,

señor; la buena sidrina con _panizo_[1]. ¡Cuánto fa que non la cato!...

[Nota 1: Panizo = burbujeo.]

_Monasterio_ (un viejo que vivió en Cuba):--¿Dónde estás, Olalla? Donde

estoy, estaba. Pitillos, señor, aunque sean de los de mataquintos. El

hombre es humo, y en faltándole el humo, ya no es nada.

_Larrosa_ (un viejo que fué lechuguino):--Una corbata, señor, una

corbatina, de las muchas que le sobrarán en el guardarropa; y si pudiese

ser azul persia, que es el color de moda.... Sólo los criados van sin

corbata. Aquí tiénennos sin corbata, que es peor que no comer.

_Cillero_ (un viejo glotón):--Calla tú, silbante. ¿Adonde vas? Señor,

las lentejas, y las judías y los garbanzos tienen coco. El queso está

ratonado. Que lo sepa el excelentísimo señor Presidente de la

Diputación. ¿Y carne? Pa agolerla. Juntando con un fuso, porque está

desfilachada y en hebras, la que nos dan a todos, saldría, a lo más, a

lo más, un ovillo no mayor que este puño.

_El señor Colignon_ (palpándose, satisfecho de reconocerse tan vivo y

pingüe, en medio de las sombras quejumbrosas de los hombres

pretéritos):--Bueno, bueno, mis queridos pequeños viejos; algún día ello

lloverá sidra, cigarrillos, corbatas, un epatante solomillo....

_Bellido_ (el usurero):--Qué sidra, ni pitillos, ni corbatas, ni

solomillo. A mí no me importa beber, ni fumar, ni andar en pelota, ni

comer lentejas con guijarros. Yo no soy un borracho; yo no soy una

chimenea; yo no soy un pisaverde; yo no soy un cerdo; yo soy un hombre

honrado, trabajador y justo. Justicia, justicia. Yo quiero lo mío. No

moriré tranquilo, señor Coliñón, hasta que no sepa que han dado garrote

vil al bandolero de Hurtado, que me robó el fruto de mis privaciones. Y

usté sabe, señor Coliñón, que Belarmino me debe dinero. Usté fué socio

de Belarmino. Usté debe pagarme ese resto de crédito.

_Varias voces_:--El bandolero eres tú. Y ladrón. Cochino. Abrenuncio.

Fétido. Hasta aquí se arregla para llevarnos las cosas, ya que no hay

cuartos.

_Bellido_ (irritado y convulso):--Callaivos, manguanes. Son

transacciones lícitas, negocios de buena ley. ¿Quién vos tiene la culpa

de ser perros y gandules?

_Varias voces:_--Engaños. A mí llevóme una camisa. A mí unos

brodequines. A mí los pañuelos. Y pecunia también la esconde, señor

franchute. Tiene gato. Tiene gato encerrado. Yo bien sé donde se

acobija. Una noche llevaráselo la garduña.

_Bellido_ (lívido, iracundo y amedrentado):--Salteadores. Unicornios. No

tengo gato, no; ni gato ni liebre. Engañasvos. Vivo por el amor de Dios

y de las buenas almas. Todos me robaron, y vosotros también, manguanes,

que me pedís cosas emprestadas y luego me negáis los réditos....

En esto, como inflado navío de aparejo redondo, un navío de ensueño,

aporta Apolonio en el grupo. La tempestad de los viejos se encalma. Los

viejos se alejan.

Están a solas Apolonio y el confitero francés. Apolonio habla, con su

acostumbrada prosopopeya. El confitero escucha, con su regocijo

acostumbrado. Después de un rato de palique, el señor Colignon se

encamina hacia el lugar en donde Belarmino ha permanecido sin moverse.

El banco donde descansa Belarmino está emboscado en un macizo de

laureles, al modo de muro en semicírculo. Por detrás del muro verde se

oye un chorro de agua.

El señor Colignon se sienta al lado de Belarmino y le toma

afectuosamente las manos. El francés, sin desasir las manos del amigo,

habla, con su acostumbrada profusión. Belarmino escucha, con su mutismo

acostumbrado y sonriente.

--¿Qué es lo que es aquello?--interroga el señor Colignon, solicitado

por insólito revuelo y algarabía que se ha movido entre los viejos, al

pie del casón. Belarmino ni siquiera vuelve la cabeza a mirar. Nada le

inspira curiosidad. Pasa algún tiempo.

La hermana Lucidia se acerca al rincón habitual en donde se halla

Belarmino, y le entrega un papelito verdiazul, plegado. Es un telegrama.

Belarmino, con gesto resignado e indiferente, lo abre y lo lee. Pero,

apenas lo lee, se pone blanco. Una lágrima palpita en el borde de sus

pestañas. Se pasa una mano por la frente.

--¿Sueño? ¿Estoy soñando? Yo, ¿soy yo? No me facturan las beligerancias,

la inquisición, el pongo y quito de los comensales. Resurréxit. Aleluya.

La hermana Lucidia jamás había oído hablar así, ni casi de ninguna otra

manera, al taciturno Belarmino. Piensa que, súbitamente, se ha vuelto

loco. El señor Colignon eleva los brazos al cielo, en actitud de triunfo

y acción de gracias.

--A la fin, a la fin--exclama--, ella se deslía la dulce y deliciosa

lengua de otras veces. Habla, habla, mi bien amado amigo.

Pero Belarmino, húmedos los ojos, la voz opaca, extiende un brazo, y

dice:

--Ahora, no; ahora, no. Otro día hablaremos; hablaremos, mi muy querido

señor Coliñón; hablaremos hasta que el corazón se nos derrita en saliva,

y la saliva en palabras, y las palabras en el viento.

Levántase Belarmino y va a ocultar su emoción detrás del macizo de

laureles.

La hermana Lucidia y el señor Colignon se retiran. Antes de marcharse,

el francés busca a Apolonio; pero no le halla, y se va sin despedirse de

él. Apolonio también ha recibido un telegrama. Luego de leerlo, había

dicho a los demás asilados:

--Señores: soy un sátrapa; tengo ya más riquezas que el preste Juan de

las Indias, Creso y Montezuma juntos. Os prometo erigir un palacio donde

viváis y llevéis cada cual la vida que os apetezca.--Y ésta era la causa

del revuelo y algarabía de antes. Los viejos zarandeaban a Apolonio,

disputándoselo a tirones de chaqueta y formulando, desde luego,

solicitudes para lo futuro. Apolonio recibe, embriagado de dicha y

vanagloria, como falso ídolo, las preces de aquellos infelices. En esto

recuerda que el agua de Vichy se ha concluído, y que tiene que

improvisarla, de prisa y corriendo, para la comida, que es a la una de

la tarde. Se zafa de sus compañeros; se escurre por un pasillo, en busca

de una botella vacía; sale al jardín y da un gran rodeo, porque nadie

sospeche la maniobra. Crúzase, por ventura, con la hermana Lucidia, y

le dice, al paso, sin detenerse:

--Grandes nuevas han llegado. Nos uniremos en himeneo, ángel consolador.

Nuestro tálamo estará labrado en sándalo; digo, ¡qué impropiedad!, en

otras maderas preciosas y adornado con gemas orientales.

Ya está Apolonio en la fuente de los laureles, llenando con agua

apócrifa la botella de agua de Vichy. Como la postura en cuclillas le

resulta incómoda, da una vuelta, y... ahí, frente a él, mirándole de

hito en hito, sonriendo con lástima--cuando menos a Apolonio se le

antoja una sonrisa de lástima--, descubre a Belarmino en persona. ¿En

persona? A Apolonio le flaquean las piernas. Cae de rodillas. Belarmino

está en pie, callado e inmóvil.

--¿Eres Belarmino, o eres un fantasma ilusorio?--balbuce Apolonio.

Belarmino no rechista ni se mueve.

--Seas Belarmino, seas su cuerpo astral--prosigue Apolonio, en expansión

irresistible de amor propio vejado--, te advierto que es verdad que

padezco del estómago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era

agua de Vichy auténtica; que ahora no venía a llenar de agua la botella,

sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que

debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra,

que es palabra más que de rey, ¡ya quisiera Su Majestad...!, te reto en

singular combate.

Y se pone en pie, empuñando la botella por el cuello. Por la frente

dramática de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ahí está Belarmino,

desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto

concluído. Que luego le procesarían, ¿y qué? Con dinero se cohecha a los

jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando así un viejo afán de

venganza, cuyos motivos, por más que ha rebuscado, Apolonio no ha

conseguido encontrarlos en su corazón, ocúrresele humillarlo, rebajarlo

cumplidamente, haciendo que por primera y última vez le envidie.

--Toma y lee--dice, ceñudo, Apolonio, alargando despectivamente a

Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba

de recibir.

Después de haber leído el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la

chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos,

mira al firmamento, y suspira:

--Toma y lee. ¡Bendito sea Dios!

El telegrama de Apolonio decía: «De vuelta en Castrofuerte me informan

que soy heredero de fortuna fabulosa. Iré a buscarle en seguida.

Viviremos juntos una vida venturosa.--_Pedro_.»

El telegrama de Belarmino decía: «Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El

mismo Pedro le sacará de ahí y le traerá conmigo en seguida. Seremos

todos felices.--_Angustias_.»

Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al

firmamento, sino a Apolonio.

Apolonio vacila un segundo, nada más que un segundo. Una fuerza

ineluctable, una exigencia del destino le lleva, también con los brazos

abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino.

Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino... se

abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal.

--Nunca te he odiado; lo juro--dice Apolonio, al cabo--. Nunca te he

odiado, aunque tú me despreciabas.

--Nunca te he despreciado--murmura suavemente Belarmino.

Es la primera vez que se hablan, y se tratan de tú con espontaneidad,

porque en el misterio del pecho eran íntimos el uno del otro, desde hace

muchos años.

--Yo te admiraba y te envidiaba--confiesa Apolonio, con rubor.

--Yo también te he tenido envidia--declara Belarmino, con franqueza.

--Eres como mi otra mitad.

--Sí, y tú mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.)

--Ya estamos unidos. Qué dramas voy a escribir ahora. Tú serás mi

inspirador, como Sócrates lo fué de Sófocles; al menos, Valeiro así me

lo aseguraba.

Suena, lejos, la campana que llama al refectorio.

--Concluye de llenar la botella--aconseja Belarmino.

--Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto.

--Ya lo sé.

Van del brazo, por el jardín de asfodelos, envueltos en la niebla dorada

del sol, que produce una ilusión evanescente, como si aligerase la

gravedad de las cosas materiales.

--Pero, ¿no estamos soñando?--interroga Apolonio, anhelante--. Apenas si

toco la tierra en donde piso.

--Parece un sueño. El tetraedro es un sueño. Sólo es verdad el amor, el

bien, la amistad.

Dentro de la casa, los asilados, en fila, están aguardando que lleguen

Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el

comedor y los pasteles.

--¿Por dónde andarán esos chiflados?--pregunta la hermana de los

Dolores. Y sale en busca de ellos.

Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se

santigua:

--¡Jesús, María y José! ¿Estoy soñando? ¿Qué milagro es éste? No es

sueño, no. Es realidad.--Y añade, ya al par de ellos:--Gracias a Dios

que se han reconciliado ustedes. El Señor les ha tocado en el corazón.

Nada hay más sabroso que el perdón, sobre el resentimiento. Hoy, que es

día de gloria, también yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya

años, y aunque con la mejor intención, yo les he hecho sufrir. Y algo

peor: yo he contribuído, con mi aturdimiento insensato, a hacer

desgraciada a Angustias, quizás a don Pedrito, y, desde luego, a

ustedes. ¡Bien lo he pagado! Dios me perdonará. Perdónenme ustedes.

--¿Qué dice usté ahí, Felicita? No sea usté simple. Usté, sin saberlo, y

por consecuencia de aquellos manejos de hace años, ha sido el _Deus ex

machina_ de este día, el día más feliz de nuestra vida, de don Pedrito,

de Angustias, de Belarmino y mía.

--Así es--comentó Belarmino. Y en seguida, meditabundo--. ¿Cuánto

durará?

--Lo que nos resta de vivir--afirma Apolonio, accionando con rotundidad

escénica.

Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores,

invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazón.

--A todos les ha llegado su hora de felicidad--bisbisea, como hablando

consigo misma--. A todos, menos a mí. ¡Mucho premio me debe Dios en el

otro mundo!

Ya están incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados.

Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar

de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja,

sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya

desde su juventud, anda híspido, enhiesto el cráneo, con lentitud y

prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la

botella de agua de Vichy, apócrifa, presumiendo que todos los demás

contemplan con envidia aquel signo de distinción, testimonio de riqueza

e indicio de dolor de estómago.

EPÍLOGO.

EL ESTUDIANTÓN.

Froilán Escobar, alias Estudiantón y Aligator, murió de hambre, lo cual

cae dentro de la lógica inmanente de las cosas. Él mismo debió de

vislumbrar el desastrado fin que le aguardaba, pues entre las notas y

apuntes que dejó a su muerte leí esta sentencia: «El que consagra sus

días a la busca y ejercicio de la Verdad, el Bien y la Belleza, es

incompatible con la vida; por lo menos, con la vida tal como se nos

ofrece en la sociedad presente. La vida moderna es la negación de la

Verdad, el Bien y la Belleza; y, recíprocamente, la Verdad, el Bien y la

Belleza son la negación de la vida moderna. De consiguiente, el que

profesa en esta tres categorías, o renuncia a vivir, o se le tomará como

revolucionario y anarquista.» Realmente, quien hubiera visto a Escobar,

tan desgraciado de formas plásticas, tan desarrapado y cochambroso,

jamás pudiera adivinar que el insigne Aligator había profesado en la

categoría de la Belleza. Cierto que el infeliz aludía a la Belleza

suprasensible y espiritual, que no a la física y perecedera. En fin, que

fatalmente se tuvo que morir de hambre. Pero lo extraño, lo paradójico,

es que se murió en casa de un carnicero, llamado Serapio, que le había

recogido por caridad. El matachín le daba gratis un camaranchón, con un

camastro, en donde cobijarse, y unas caídas, desechos o piltrafas de

carne, especie de cordilla, para que comiese. Por desdicha, Escobar era

herbívoro, y repugnaba la carne a tal extremo, que antes que comerla se

dejó morir de inanición. ¡Qué contraste Escobar y Serapio! El carnicero,

tan rollizo y colorado que parecía una res desollada, era la

incorporación más corpórea del cuerpo humano en lo que tiene de más

material. Escobar, amarillo, azuloso, vibrátil, casi etéreo, era la

proyección más espiritualizada del espíritu humano en su tránsito a

través del barro corpóreo.

Al morir, Escobar dejó gran caudal de escritos, la mayor parte notas y

esbozos. Tuve la suerte de verlos y examinarlos, antes que Serapio los

arrojase al cajón de la basura. Algunos de los pensamientos, expresados

en forma escueta, me sorprendieron y llenaron de perplejidad. Por

ejemplo:

«Los dos hechos históricos más nocivos para el progreso de la ciencia

pura y el imperio final de la cultura fueron la invención del papel y la

invención de la imprenta.»

«Si en lugar de escribir en resmas de papel se escribiese en un menguado

folio de pergamino, entonces merecería leerse, porque no se escribiría

sino lo que mereciera escribirse.»

«Todas las bibliotecas públicas debieran cerrarse.»

«La mayor estupidez que he leído es esta frase de Carlyle: _La mejor

universidad de estos tiempos es una biblioteca_. Yo replico: la mejor

universidad sería un cuartel. Quiero decir: una cultura socializada e

impuesta al modo de la disciplina militar. La disciplina militar es

abominable porque es inculta. La cultura moderna es abominable porque es

indisciplinada. Nadie tiene derecho a poseer más cultura que la que le

corresponde, según sus facultades y función social en que ha de

emplearse. En el estado actual de la cultura hay generalísimos que son

simples rancheros, y, por el contrario, hay miserables rancheros dotados

de la chispa genial, hombres frustrados y menospreciados, que hubieran

sido generalísimos por propio derecho, de existir la apropiada

organización cultural cuartelaria.»

Se me figura que, al escribir las líneas anteriores, Escobar pensaba en

Belarmino y Apolonio.

Según yo iba leyendo los borradores del Aligator, no pude menos de

recordar al excelente don Amaranto de Fraile. ¡Qué unidos y qué opuestos

los dos personajes! Estaban en la relación de los dos polos de un eje.

Uno era el autodidacto; otro, el dogmático. Los dos estaban aquejados de

_libido sciendi_, concupiscencia de saber, lujuria científica.

Belarmino y Apolonio · 第 16 / 17 段