--Mi primera misa la dije en la casa de campo de la Somavia. La duquesa

fué mi madrina. Me regaló una rica casulla, bordada en oro. Entre sus

arabescos, muy disimulado, hay un corazón estrujado por una mano; del

corazón cae un hilo de sangre, que, retorciéndose, describe una _A_

equívoca. En lo alto de la capilla enarbolaron una gran bandera blanca.

Ofició conmigo el señor obispo, por exigencia de la duquesa; pero Su

Ilustrísima, que no me había perdonado la antigua calaverada, me envió,

apenas ordenado de mayores, a una parroquia rural inhospitalaria: San

Madrigal de Breñosa. Allí tenían una hermosa finca los señores de Neira,

de donde tomaron pie para el título; pero jamás iban, por lo muy

apartado y fragoso de la comarca. Sucedió que a los dos años de estar yo

en aquellos andurriales falleció don Restituto; doña Basilisa, la viuda,

fué a guardar el luto en las soledades de San Madrigal, y como era muy

devota, y oía, antes del desayuno, misa diaria, me nombró su capellán.

Era una señora rechonchita, nada fea, en buena edad todavía, muy blanca,

y simple que no cabía más. Sus ideas religiosas eran caprichosas, y aun

cómicas. Creía que el cielo de los bienaventurados era un teatro, con su

escenario y localidades para el público. Su marido, don Restituto, según

ella, se había adelantado a entrar en el teatro, para coger buen sitio y

reservárselo a su mujercita. Ello es que, olvidándose en seguida de que

su marido la esperaba, con un sitio acotado, dió en enamorarse de mí y

en dármelo a entender con palmarias manifestaciones. Otra matrona de

Éfeso. La cosa no tenía nada de particular, si se tiene en cuenta que el

único hombre de traza humana que allí veía era yo; que su marido había

sido mucho más viejo que ella; que poseía un corazón muy tierno y

dadivoso, y, por último, que el verme vestido con ropa negra y larga, a

modo de falda, como ella, le infundía confianza y atrevimiento para

manifestarse, a pesar de su natural tímido y cuitado. Ella sabía de mi

fuga con Angustias, y debía de calcular que me rendiría fácilmente al

amor. Pero yo me di excelente maña para disuadirla. Con fervor y unción

retóricos, lo confieso, me las arreglé para convencerla de que fijásemos

nuestra mutua relación en un terreno puro y espiritual. No le prohibía

que me amase, pues Dios no pide de sus flacas criaturas lo imposible, e

imposible es desarraigar los afectos profundos por un mero movimiento de

la voluntad; pero le vedaba declararse paladinamente, pues Dios exige

que nos sobrepongamos a la flaqueza y a la pasión, y esto sí le es

posible a la voluntad. Le hablé yo mismo de aquel gran pecado de mi

atropellada mocedad, de lo arrepentido que estaba y de cuán firme era mi

propósito de la enmienda. Le di a entender, fingidamente y por

proporcionarle algún alivio a sus afanes, que correspondía a su afecto,

pero que mi estado sacerdotal me obligaba a poner una venda sobre los

ojos de la carne. Yo sería su padre espiritual; ella, mi hija. En

confesión, de penitente a sacerdote, podría confiarme las cuitas de su

pecho; de mujer a hombre, jamás. Estaba maravillada de aquello que ella

reputaba fortaleza y virtud mías, y que no era sino deseo de

tranquilidad y de que no me molestara. «Es usted un santo, un santo de

veras; el único santo que he conocido», me decía de cuando en vez,

mirándome con adoración, las manos en actitud de rezo. Yo comía siempre

con ella. Tal vez me contemplaba con ojos lacrimosos de oveja,

interrumpiendo la deglución. Tal vez, de sobremesa, alejado ya el

sirviente, lanzaba terribles suspiros; pero no pasaba de ahí. Dormía yo

también en la finca; pero elegí una estancia holgada y desnuda, como

celda, de luz permanente y plateada, mirando al Norte, al extremo de la

casona, y más allá de los dormitorios de la servidumbre, por evitar

maledicencias. Era señor de mi tiempo, y me pasaba horas y horas

estudiando, ya en la gente del campo, ya en los libros. Allí, en

contacto con los esclavos de la gleba, se me reveló la gran tragedia de

la sociedad humana. Me aficioné entonces a las ciencias sociales, las

cuales siguen siendo mi preocupación. Yo he nacido para reformador

social. Que la sociedad está mal organizada y ha de cambiar, es

evidente. Los hombres tienen derecho a la felicidad; todos los hombres;

pero tienen derecho aquí mismo, en la tierra. El estímulo más vehemente

y constante, el móvil más poderoso y activo que ha puesto Dios en la

conjunción humana de alma y cuerpo, es el deseo de felicidad. Luego si

lo primordial humano, por designio divino, es el deseo de felicidad, el

hombre tiene derecho a la felicidad. Todas las grandes actividades

conscientes (y no digamos de las reflejas e inconscientes) se engendran

de aquel móvil fatal e ineluctable, el deseo de felicidad: la religión,

la moral, el derecho, el arte, la ciencia. Todas estas actividades

conspiran desde su origen a perfeccionar la sociedad, con el fin de

alcanzar últimamente el máximo de felicidad para el máximo de

individuos, si bien, por deficiencia humana, todos los ensayos de

organización, hasta ahora, se han hecho a base de una manera de

felicidad limitada y mediante uno solo de aquellos grandes órdenes de

actividad consciente, con preferencia y preterición de los otros. La

Iglesia nació como un ensayo de organización para la felicidad. En las

epístolas de San Pablo vemos, sin posible interpretación en contrario,

que el apóstol se creía inmortal, que cuantos profesasen en la fe de

Cristo se harían inmortales, y que el Salvador volvería a establecer el

reinado de la felicidad sobre la tierra para sus fieles, lo que él

llamaba la _Parousia_; y como lo predicaba el apóstol así lo creían los

secuaces. Pero sucedió en Tesalónica que algunos de los convertidos se

murieron, con lo cual los cristianos tesalonicenses movieron grandes

motines, llamándose a engaño; y lo mismo los de Éfeso. El apóstol vió al

cabo que él y todos los cristianes tenían que morirse; pero como no

podía renunciar a la felicidad, decidió que no se moría sino el cuerpo,

y que el espíritu, inmortal, penetraba en el reinado de Cristo, en la

Gloria. Así, la Iglesia de los primeros siglos fué una dulce y baldía

anarquía, un ensayo de organización para obtener la felicidad después de

la muerte. En aquel ensayo de organización para la felicidad fueron

menospreciados o preteridos los órdenes de actividad consciente

distintos del religioso: el científico, el artístico, el político, y

muchas veces el moral. Nuestra organización social al presente, esto que

dicen la sociedad capitalista, es otro ensayo de organización para la

felicidad, a base de dos órdenes de actividad, el político y el

científico, con menosprecio y preterición de los otros. Es un estado de

anarquía cruel y productiva, así como la Iglesia primitiva era un estado

de dulce y baldía anarquía. El socialismo, mayorazgo del capitalismo,

pretende ser un ensayo a base solamente de actividad científica. Todos

los ensayos de organización para la felicidad, hasta ahora, han sido

ensayos fracasados; aunque todos diferentes, tienen de común entre sí

que en el fondo de todos ellos late una anarquía disimulada,

vergonzante, cohibida. Aunque parezca paradoja, ¿no será tal vez la

anarquía la única organización posible para la felicidad? El día que

todos los órdenes de actividad consciente, incluso el político y

jurídico (por el cual yo no entiendo el arte de gobernar, sino el de

vivir en comunidad, sin estorbarse ni dañarse mutuamente), alcancen su

plenitud y autonomía, y entre sí se armonicen sin menoscabarse ni

lastimarse, ¿no resultará una organización espontánea de perfecta

anarquía, libertad absoluta e insuperable felicidad terrena? Bien. No es

pertinente que le exponga aquí todas mis ideas sociales. Ello es que

allá, en San Madrigal, pensaba yo a veces: «si yo tuviera medios de

fortuna, hacienda bastante, para ensayar una comunidad de hombres

felices, en lo posible, una experimentación social, como otras que se

han hecho, pero aleccionado por los errores de los demás». Cuando he

aquí que, un día, la viuda me suelta, como ducha de agua fría, que tiene

la intención de dejarme heredero universal; cerca de dos millones de

duros. Desde luego no supe qué decir; pero, a poco, Dios me concedió

bastante serenidad y reflexión para responderle: «Señora: le agradezco,

con emoción no traducible en palabras, su generosidad; generosidad que

no acepto, ni aceptaré, no tanto por mí, cuanto por usted y su buena

memoria. Se pensaría que la índole de nuestras relaciones me había

acarreado esta prueba póstuma de su amor de usted hacia mí.» Y doña

Basilisa, tan bobalicona siempre, habló, excepcionalmente en aquella

ocasión, con cierta elocuencia y buen sentido: «Lo que digan los

juzgadores temerarios, allá ellos con su conciencia. La mía está

tranquila y confiada ante Dios, que ve el secreto de mis intenciones. No

es esto dádiva de amor, no; ni siquiera premio a su santidad y virtud,

sino muestra débil del agradecimiento con que usted me ha obligado, por

haberme persuadido a guardar mi virtud y servido de guía en el áspero

sendero del bien. Cuando me junte con mi Restituto, en el celestial

coliseo, estoy segura que lo primero que me va a decir es: no creas que

ahora aplaudo la afinación de los divinos coros; lo que hago es

aplaudirte por lo que has hecho.» Sin embargo, yo me negué a aceptar la

herencia, a no ser con una condición: que constase en el testamento que

me dejaba su fortuna al modo de fideicomiso para que yo la emplease en

aquellas empresas y obras de utilidad y beneficio del prójimo que yo

juzgase conveniente. Y en eso quedamos. A los siete años de estar yo en

San Madrigal murió la duquesa de Somavia. La asistí en sus últimos

momentos. Hasta el mismo punto de morir no perdió la alegría ni el

desparpajo. En medio de la pena y el llanto que nos causaba verla

morirse nos hacía reír con sus salidas. Yo siempre había creído que

tenía el pelo muy ensortijado, y era que se lo rizaba todas las noches,

mechón a mechón, enroscándolos en unos rollitos de papel, que luego

extendía a entrambos cabos, a modo de blanca mariposa. Todas las noches,

en su lecho de muerte, hacía que la doncella le aderezase el cabello,

poniéndole aquella especie de mariposas, que al día siguiente conservaba

durante todo el día. Hacía un efecto muy chusco. Pues así se murió; con

la cabeza cubierta de mariposas de papel. Como yo la mirase con

sorpresa, al verla por primera vez en aquella guisa, ella, con sus

graciosas despachaderas, me dijo: «¿Qué miras ahí, papanatas? ¿Es que

nunca has visto una mujer en la cama y sin vestir? ¿O es que te parece

mal que las viejas cuidemos de sostener y realzar los restos de belleza

que nos quedan? Y no vayas a figurarte, ya que como cura serás

malicioso, que sois como mulas resabiadas, y los resabios del mal pensar

los habéis adquirido en el confesonario, en donde de la gente no

aprendéis sino lo malo y lo feo, y eso que no os lo dicen todo; no vayas

a figurarte que me pongo estos moños por vanidad; ¡a buena hora...! Lo

hago por decoro, y por algo más. El primer deber de los decentes y bien

nacidos es atender al decoro de su persona. Y además lo hago, y lo he

hecho toda mi vida, por imponerme una obligación molesta, ya que ninguna

otra tenía; un acto de paciencia y disciplina, una mortificación, como

vosotros decís. Quiero morirme con los _papillons_ sobre mi cabeza, y

cuando el alma se escape de mis labios, que todas estas mariposas la

lleven, revoloteando, más ligera al regazo de Dios Padre, que me crió

Beatriz Valdedulla, y me sostuvo toda la vida Beatriz Valdedulla, y me

aceptará en su eterna misericordia como Beatriz Valdedulla; porque ¿yo

qué culpa tengo de ser Beatriz Valdedulla?» Sólo con recordar estas

palabras me conmuevo. Una mañana, el día antes de entregar su alma a

Dios, en presencia del duque, me dijo: «Don Pedrito, hijo mío; te quiero

casi casi como un brote de mi sangre. Pero como las palabras son como

moscas, que no se dejan atar por el rabo, he querido dejarte algo de más

substancia que la palabra de mi cariño, y por intermedio del duque, mi

marido y señor, que tiene mucha mano con el Gobierno, te he conseguido

una credencial de canónigo en Castrofuerte. Una canonjía, digan lo que

quieran, no es gran cosa. Si yo viviese más años te verías obispo. Lo

que yo no he podido hacer, tú, con tu maña y despejo, lo conseguirás. Me

voy de entre vosotros con un grande reconcomio y desazón, y es por tu

padre. Bolonio debiera llamarse, que no Apolonio. Sus asuntos ya no

tienen arreglo. Al duque y a ti os recomiendo que cuando le veáis en la

calle, y esto tiene que venir necesariamente, le busquéis un asilo, y

allí le enviéis aquellas cosillas imprescindibles a su vanagloria, sin

las cuales no podría vivir.» Antes de morir, se expresó de esta suerte:

«Duque, has cumplido mal como casado; pero te perdono. Pido tu perdón,

si en algo te falté, que habrá sido involuntario. A ti, hijo mío muy

querido, nada tengo que perdonarte, que soy de opinión que los hijos no

tienen deber alguno para con sus padres, y sí sólo los padres para con

sus hijos. Si algún día la vida te pesa demasiado, perdóname; que yo

quise darte una vida amasada con dichas y venturas. A ti, Facundo

(estaba presente el obispo), ¡cuántas veces te llamé mastuerzo, sin más

razón que es verdad que lo eres...! Pero ya sabes que te he estimado,

que jamás te perjudiqué a sabiendas; antes por el contrario, te favorecí

en lo que pude, y hasta te admiré en una ocasión, que quizás hayas

olvidado. Perdóname lo de mastuerzo. A ti, Pedrín, te digo algo como a

mi hijo; si alguna vez sientes una carga en la vida, por mi culpa,

perdóname; otra era mi intención. Perdónenme todos a quienes haya

ofendido o causado dolor. Y tú, Señor mío Jesucristo (besando el

crucifijo), ya sé que me perdonas, como perdonas a todos en tu infinita

bondad, que si no fuese así llovería fuego sobre la tierra, por lo

menos, cada diez minutos. Hasta luego, vosotros; que la vida es breve.

Hasta ahora, Señor mío Jesucristo.» Murió como una santa. Era una santa

a su manera, pues hay muchas maneras de ser santo. Yo he observado que

en el mundo hay muchísimos más santos de lo que ordinariamente se

piensa. Es más: yo creo que el mundo anda tan mal porque hay demasiados

santos; porque la gente, en general, es demasiado bondadosa y resignada.

Pero dejémonos de glosas. Murió la duquesa. Yo pasé de canónigo a

Castrofuerte, y allí llevo vegetando hace algunos años. Doña Basilisa me

sigue escribiendo cartas frecuentes, prolijas y tiernas. Dice que,

últimamente, anda quebrantada de salud. De la herencia nada me dice. No

sé si continúo siendo su presunto heredero, o si algún fraile, que sé

que la visitan en San Madrigal, le ha socaliñado la herencia para su

Orden. Mi padre y Belarmino, éste ya viudo, están en un asilo, como la

duquesa predijo. Quise que viviese conmigo, y le llevé a mi casa, en

Castrofuerte, por una temporada. Pero era de todo punto imposible. En

primer lugar, hacía el amor a todas las criadas de la vecindad, y en

cierta ocasión hizo publicar en un periódico local una declaración

amorosa, en verso, a la señora del alcalde. Además, contraía tales

deudas, que mi módico estipendio canónico no nos bastaba para vivir. En

conclusión: que, pesándome mucho, hube de mandarle nuevamente al asilo.

Le envío allí a mi padre aquellos regalitos a mi alcance que la duquesa

me encomendó. El que ahora tiene en Pilares un gran bazar de calzado

mecánico y porradas de dinero es aquel Martínez, antiguo oficial de

Belarmino. Por cierto que en el mismo asilo de caridad que mi padre y

Belarmino está recogido un usurero apellidado Bellido, causante de la

ruina de Belarmino; se arruinó a su vez en la famosa quiebra de la banca

Hurtado y Compañía[1]. Rarezas del destino.

[Nota 1: _La pata de la raposa_, novela de R. Pérez de Ayala.]

Y don Guillén quedó con ojos vacantes, como dicen los ingleses, tan

expresivamente; con ojos vacíos, ciego para las cosas ambientes, y acaso

enfilando una perspectiva interior y remota de recuerdos inmóviles.

Hablando él y yo escuchando, las horas nocturnas, de negra clámide, se

habían ido alejando armoniosamente; las horas matutinales danzaban ya en

los umbrales del día, y un revuelo de sus túnicas color violeta

penetraba por la hendedura de nuestros balcones; la aurora, con dedos de

rosa, golpeaba silenciosamente en el vidrio de nuestras pupilas. Ante el

suave llamamiento de la luz del cielo en sus ojos, don Guillén exclamó:

--Ya es sábado de gloria; ya es pascua florida. Los almendros están

vestidos con un velo rosado y los pomares con un velo de nieve. Dentro

de poco resonarán las alegres campanas en toda la cristiandad. Cristo va

a resucitar:

_Sat funeri, sat lacrymis.

Sat est datum doloribus_,

canta el laude pascual; no más duelo, no más lágrimas, no más pesados

dolores. Y dice la voz inaudible de los coros angélicos: «Paz en la

tierra a los hombres de buena voluntad.» Todo es paz y todo es contento

en el valle de lágrimas. Los hijos de Dios se abrazan y besan en la

mejilla, murmurando: «Salud, hermano; salud, hermana; el Señor sea con

nosotros.» Y tú, hermana mía--prosiguió, tomando en sus manos el joyel

con el retrato y mirándolo con el rostro descompuesto por la piedad y la

amargura--, ¿dónde estás, en qué oscura mazmorra te encerré, a ciegas,

que no doy con la entrada, aunque sangran mis pies de tanto caminar y

mis manos de tanto tropezar a tientas?

Te busqué, y no te he encontrado; te esperé, y no has venido. Mi alma

estará triste hasta la muerte; muertos mis oídos a las campanas de

resurrección; muertos mis ojos a los colores de primavera.

Yo, naturalmente, juzgué espontánea, sincera, y, por lo tanto, lícita en

la ocasión, la pequeña expansión retórica de don Guillén, y apenas

concluyó y dejó caer con abatimiento la cabeza, dije, sin vacilar un

segundo:

--Ya le he dicho que conozco a esa mujer, y se la voy a traer aquí en un

instante.

Supongo que le dejé fulminado y sin acertar a emitir palabra ni sonido

articulado. Salí sin volverme a mirarle, sin haberle oído resollar. La

ciudad se arrebujaba en la luz cenizosa y aterida de los amaneceres. Me

encaminé, rápido, al cafetín. Allí, en su rincón acostumbrado, con el

vaso de recuelo ante sí, Angustias esperaba al Tirabeque.

--Mujer, ven conmigo--le dije, emocionado y conminatorio. Angustias se

levantó--. Sígueme.

--¿Le ha ocurrido algo al Tirabeque? ¿Una bronca? ¿Una pendencia? No

quiero ver nada. No me importa. Es mi libertad--decía de camino,

jadeando por seguir mi paso impaciente.

Al llegar a la puerta de la casa, vaciló.

--¿Qué quiere de mí, señor? ¿No me trata de engañar? Siempre le tuve por

bueno.... Soy una desdichada.

--Ven conmigo, mujer--insistí, cogiéndole la mano.

--Pero, ¿dónde me lleva?

Yo no sabía qué decir. Se me ocurrió una bobada.

--Hacia la resurrección. ¿No sabes que es pascua florida?

Se detuvo, temblando.

--¿Está usté loco, señor? ¡Ay, Dios mío, ten piedad de mí!

Yo tiré de ella, escaleras arriba.

--Ven conmigo, mujer.

--¡Virgen de Covadonga! Gritaré, aunque se arme un escándalo y me lleven

a la delegación--y se detuvo, con firmeza.

--Angustias, no sea usted niña--dije, comenzando, sin darme cuenta, a

tratarla de usted--. ¿Cómo puede creer que trato de hacerle mal? Al

contrario: la llevo hacia la dicha, al encuentro de alguien que usted

espera volver a ver hace varios años.--La cerilla con que nos

alumbrábamos me quemó los dedos. Pronuncié una exclamación adecuada, al

arrojar la cerilla al suelo. Quedamos a oscuras. Angustias se acercó a

mí, medrosa. La sentía tiritar, con miedo del corazón.

--Déjeme usted escapar, huir--suplicaba--. ¿Cómo me atreveré a

presentarme delante de él? Lo sabrá todo ya. Usté mismo se lo habrá

contado. Me escupirá. Me arrojará lejos de sí, y con razón. Luego, el

Tirabeque nos vendrá siguiendo; me matará a mí y le hará a él un chirlo

en la cara.

--Ea, Angustias. No nos cuidemos del Tirabeque. Don Pedrito espera a

usted. ¿Quiere usted acudir? ¿Quiere usted salvarse?--murmuré con

impaciencia, a tiempo que encendía otra cerilla.

¡Qué cara la de Angustias: infantil, contraída, atormentada por un dolor

oscuro, apenas consciente!

--¡Quiero salvarme! ¡Quiero salvarme!--dijo con voz sollozante,

agarrándose desesperada a mi brazo, como a tabla de salvación.

Llegamos a la habitación de don Guillén. No quiso ella pasar delante, y

hube de hacerlo yo. Mi intención era dejarla adentro y retirarme

discretamente a mis cuarteles. Contra mi propósito, hube de presenciar

el principio de la escena, porque se desarrolló súbitamente, y la

continuación, porque, a pesar mío, permanecí asido e inmóvil por la

expectación.

Angustias se arrojó a los pies de don Guillén. Se abrazaba con ellos,

escorzando, el cuello dúctil y albo; se los regaba de lágrimas; se los

enjutaba con la cabellera copiosa y cobriza. Y se reprodujo la imagen

emotiva que con línea ingenua y tintas translúcidas bosquejaron los

santos melodas del Breviario.

--¡Perdón! ¡Perdón!--imploraba Angustias, en el candor de su alma

intachable--. Soy muy mala, pero a nadie he querido sino a ti. El amor

me ha perdido, la desesperanza de amor. Ya te contaré y me perdonarás.

Don Guillen, lívido, rígido, balbuciente, pidió:--¡Levanta, hermana!

Angustias obedeció como una criatura pasiva. Entonces, don Guillen se

arrodilló ante ella.

--Tú estás limpia. Todos tus pecados se vuelven contra mí. Tú y Dios

sois los que debéis perdonarme, y me perdonaréis, porque he amado y

sufrido mucho. Di que me perdonas; di un sí con los labios, un sí con

la cabeza, aunque no salga del corazón.

--Mil veces sí--dijo Angustias, con un grito sofocado, blandiendo en el

aire la cabellera.

Levantábase del suelo don Guillén, y Angustias se precipitó en sus

brazos, tendiendo hacia él los labios sedientos, la cabeza derribada

hacia la espalda, como inerte. Don Guillén le enderezó suavemente la

cabeza y le besó la frente.

Yo comprendí que era el momento preciso de retirarme con disimulo, y

giré furtivamente sobre mis talones, cuando oí que don Guillén, con

acento entre alarmado y severo, me decía:

--¿Qué va usted a hacer? Aguarde un instante; tengo que pedirle un gran

favor. Es menester que me ayude a improvisar un acomodo donde mi hermana

descanse unas horas. Si usted tiene en su habitación un diván, o

siquiera una butaca, yo puedo dormir allí, si usted no tiene

inconveniente, y que Angustias quede en este cuarto.

Arreglamos el acomodo como don Guillén deseaba. Por su voluntad expresa

y decidida, se tendió sobre mi diván. El diván estaba contiguo al

tabique medianero entre mi habitación y la suya. Al otro lado del

tabique, se apoyaba el lecho en donde Angustias reposaba.

Acostados ya, don Guillén me dijo desde su diván:

--Lo más inmediato y urgente ya lo tengo decidido. Dentro de pocas

horas, en el primer tren, saldrá Angustias camino de Castrofuerte, con

una carta para don Abel Parras, un canónigo viejo, gordo, pacífico y

bonachón, que es mi mejor amigo. Angustias vivirá con él, y así se

estorbarán murmuraciones malignas. Más adelante, ya veremos lo que se

hace.... _In thesauro reposita_...; el dracma extraviado ha sido repuesto

en los tesoros del rey, y la perla luce nuevamente, sacada desde la

tiniebla a la claridad. ¡Si a la infeliz de doña Basilisa no se le

ocurre modificar el testamento!... ¡Oh, qué hermosas lontananzas al

servicio de los hombres, que es el servicio de Dios!...

Con los artejos dió un ligero repique en la pared. Respondióle otro

repique cauto. Se echó a reír, volviéndose a mirarme.

--¿No se ha enterado usted lo que nos hemos dicho?

Yo respondí que no, opacamente, porque el sueño me rendía.

--Pues yo dije: «Duerme en paz, hermana; has resucitado con el Señor.»

Ella respondió: «Dios te lo pague; guárdame siempre.»

«¡Qué penetración! Les ha sido otorgado el don de lenguas, como si en

lugar de pascua de Resurrección fuese de Pentecostés», pensé

borrosamente, entre la penumbra inicial del sueño.

Lo último que le oí a don Guillén, fué:

--_Sat funeri, sat lacrymis, sat est datum doloribus.... O Khirios to

pneuma estin_.

Y ya desde muy hondo, a punto de derretirse mi conciencia vigilante,

comenté, se me figura que en voz alta:

--¡El don de lenguas! ¡La Pentecostés!

Desperté a las dos de la tarde. Don Guillén había desaparecido del diván

y de Madrid. Sobre mi mesa destacaba un blanco escrito, que decía:

«Adiós, buen amigo. Le he dado un abrazo de agradecimiento y despedida,

sin que usted, profundamente dormido, se haya percatado. Ya sabrá usted

de mí. Amigo suyo para siempre, _Pedro Guillén Caramanzana_.»

Y, en efecto, años después, supe y presencié grandes cosas de él, las

cuales pienso referir en otra ocasión, si se tercia y no tengo nada

mejor que hacer.

CAPÍTULO VIII.

SUB SPECIE AETERNI.

Es domingo de Pascua de Resurrección. Hora: poco antes del mediodía.

Lugar: en los aledaños de la ciudad de Pilares. Es un día de primavera

septentrional. Tierra y cielo, dos gracias femeninas. La tierra, de

verdor perenne y tupido, está acicalada y alindada prodigiosamente, y no

ha usado de otro afeite ni compostura que las aguas y nieves invernizas.

Sobre la bayeta verdegay, de pliegues y lóbulos graciosos, con que se

viste la madre tierra, siempre doncella, se ha puesto, aquí y acullá,

unos pomares enflorados, cándido ornamento. El cielo es tan gentil, puro

y alegre, como colegiala impúber, vestida con atavío de mayo y de

domingo; leves crinolinas nevadas, que translucen un fondo de seda azul.

Desde la aldea se columbra la ciudad, caparazón que cubre una colina,

como escamado peto de armadura sobre un torso yacente; armadura labrada

en cobre y hierro, abollada ya; a trechos oro sucio, a trechos gris

rojizo, a trechos verdinosa, de la corrosión de los años y los óxidos.

De un lado sale la torre de la catedral, como lanza astillada, que aún

se mantiene firme, bajo la axila. Suenan gorjeos y suenan campanas.

Desde la ciudad, carretera arriba, marcha un hombre gordo, bermejo y

sudoroso, que luce, en el sol mañanero, una perilla de plata mate, como

de aluminio. Síguenle otro hombre y un mozuelo, entrambos de blusón

blanco, con sendas banastas sobre la testa.

--_Sacrebleu, sacrebleu_--jura y perjura el hombre gordo y bermejo, a

tiempo que se enjuga la exudación de la frente--. Acércate, Nolo, que yo

tengo necesidad de confiarme, y es tanto mejor de encontrar un corazón

leal que de monologar. ¡Ah, mi Dios, que yo estoy cansado...! Estoy

cansado de la patrona, de mi bien amada mujer. Las mujeres en mi país

son ahorradoras. Yo amo a las mujeres ahorradoras, buenas manejeadoras.

Pero mi mujer es ya muy demasiado ahorradora; muy demasiado, muy

demasiado. Yo me encabezo en mi negocio y trabajo como un asno después

de la mañana hasta la noche por ganar buena plata; pero yo amo los

buenos dineros para darme buena vida y comer a mi grado. Esto es ya lo

que me resta. _Voilà_--dándose una palmada en el vientre--, este amigo

es muy exigente. Pero la patrona ella no come, o come como un pequeño

pájaro, y ella cree que todos los otros no habemos necesidad de comer

como ello hace falta. Y bien, para comer en mi propia casa yo debo

inventar ciertas mixtificaciones. ¿No es ello sorprendente y bien

desagradable? Pues ahora, ni siquiera de este modo. ¡Que yo estoy

cansado...! Te diré lo que me ha venido el otro día, que era día

delgado, ¿cómo decís vosotros?, día de vigilia. Yo adoro el salmón; pero

mi mujer no compra salmón, porque es muy caro. Entonces yo mismo fui al

mercado y compré un salmón magnífico por sesenta pesetas, y yo envié el

hermoso pez a mi casa, como si él fuese un regalo de la parte de un

amigo; al contrario, si ella sabe que yo lo habré comprado, mi mujer me

hace una terrible camorra. He aquí que yo me voy a mi casa del todo

feliz, diciéndome: hoy como salmón a mi placer. Mi mujer me recibe con

besos amorosos, y ella murmura: que tenemos de la buena suerte, ellos

nos han hecho un bello regalo de un salmón demasiado grande, el cual,

como no habríamos comido, yo lo he vendido por cuarenta pesetas.

_Sacrebleu_: nada de salmón, y veinte pesetas menos. ¿Qué es lo que tú

dices?

--Que yo le doy una somanta que se le quita pa toda la vida la gana de

volver a meterse a pescadera.

--_Voilá_. En este país los hombres sois poco cultivados. No se debe

golpear a las mujeres, ni aun a causa de la comida; mucho menos a causa

de otras razones sin importancia; la infidelidad, por ejemplo.

--¡Caracho!--comentó el llamado Nolo--. Eso de la comida, pase; pero, lo

que es lo otro. La muerte pareceríame poco.

--¡Ah! ¿Matarte tú? Eso es diferente. Es una bestialidad; pero yo

comprendo.

--¡Qué diaño matarme yo...! Matarla a ella....

--¡Dios mío, que tú eres salvaje...!

--No hay más, señor. O usté manda, o la mujer manda; y si se desmanda,

palo. O usté pega, o ella pega. Recuerde usté lo del pobre Belarmino.

--¿Qué es lo que me dices? Pero, ¿es que la Xuantipa estaba infiel al

pobre Belarmino? Yo lo ignoraba.

--Ganas, quizás no le faltaban. Lo que digo es que, como Belarmino no

sabía curar a su mujer, cuando la tenía, con jarabe de fresno, que no

hay melecina mejor pa las mujeronas, pues, la fija, que su mujer le

tenía a él siempre atosigao, y pa curarlo, pues, ya sabe usté, le ponía

en los lomos cada cataplasma de estaca....

--Ya, ya lo sabía. El pobre hombre, mi amigo muy querido.... Yo le echo

bien de menos, desde que está recogido ahí en ese asilo que vosotros

decís maletería; nombre verdaderamente chusco.

--No es maletería; es malatería.

--¿No es ello la misma cosa?

--No, señor.

--Entonces, ¿qué es lo que quiere decir malatería?

--Malhaya si lo sé.

--Eso no hace nada. Pero revengamos sobre el amado Belarmino. No me

puedo pasar sin él. Yo vengo para visitarle cada semana o cada quince

días, durante diez años, a despecho de esta cuesta abominable que yo

debo subir para llegar. Él no habla jamás, él no habla jamás. Es la más

dulce de las almas, y yo sostengo que una gran inteligencia.

--Un calzonazos, un estúpido; como el otro, Apolonio....

--Cállate, Nolo. Tú no comprendes. Belarmino es un grande hombre. Y

Apolonio, él es también un otro grande hombre. Yo quiero mostrarles

cuánto les amo y les admiro. Es por esto que les llevo estas gruesas

tartas de Pascua y las gruesas fuentes de natillas, y muchas de docenas

de gruesos pasteles, como los otros años, ¡tantos!, en este mismo día.

--Que se las comerán las monjitas golosas y los demás asilados, como los

otros años, en este mismo día.

--¡Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y

Apolonio, y ellos se gozan más en invitar que en ser invitados. Ellos lo

han dado todo siempre, y no han querido nada para ellos. Yo no trataba

en otro tiempo a Apolonio; solamente después que está en el asilo. Muy

interesante, muy interesante. Es una cosa curiosa; Apolonio querría que

yo no tratase a Belarmino. Él le odia; es decir, él cree que le odia.

Muy divertido. Pero Belarmino no hace atención si yo trato a Apolonio.

Él le desdeña; es decir, él cree que le desdeña. Muy picante situación.

Yo tengo necesidad de mucho tacto. Pero ello todo es tan extraordinario,

tan extraordinario.... Yo amo más a Belarmino, esto no hay que decir; él

es una anciana amistad. Pero yo amo también a Apolonio. He aquí que ya

estamos en el asilo. No olvides; la patrona no puede conocer que habemos

traído este regalo. Ella me haría un gran escándalo.

Por gravitación misteriosa el señor Colignon va a Belarmino.

Es error vulgar suponer que la fuerza de la gravitación hace caer los

cuerpos. Esto de caer supone la noción de arriba y abajo, y en el

espacio infinito no hay arriba ni abajo; los cuerpos y las almas unas

veces suben hacia abajo y otras caen hacia arriba. Lo último es lo que

le acontecía al epicúreo Colignon, que, entre jadeos y sofocos,

remontaba periódicamente la cuesta del asilo, atraído por el ascético

Belarmino; es decir que caía, sin voluntad, subiendo hacia él.

El señor Colignon, bastante avejentado ya, penetra, con sus

acompañantes, en el zaguán del asilo; una pieza alongada, de paredes

desnudas, con cuatro desvalidas silletas de paja. Frente por frente de

la puerta de entrada, hay en el muro una ménsula de madera de pino;

sobre ella, una estatuilla, desdichada, de San José, en cartón piedra;

al pie del santo, media docena de judías, media docena de garbanzos y un

frasquito, con un líquido oliváceo y denso, y una etiqueta que dice:

_azeite_. Estas ofrendas en especie al santo indican que aquello que, al

parecer sobra, es precisamente lo que falta en el asilo; para que se

enteren las almas caritativas que por allí caen rara vez a cumplir en

una obra de misericordia, y que sus dádivas sean las que más se han

menester en la pobre casa.

Tintinea, cada vez más lejos, una campanilla, de voz resquebrajada y

vieja. Por una puerta, pintada de negro, sale una vieja monjita, que se

advierte que es esquelética, a pesar del haldudo faldamento; momificada

la faz. Sus ojos, voluminosos y cansados, se reaniman un punto al ver al

señor Colignon, que corre a su encuentro, con las manos extendidas.

--¡Ah! Felicita, simpática Felicita.

--Hermana de los Dolores, señor Coliñón--corrige la monja.

--Es verdad, es verdad. Pero yo no puedo olvidar.

--Debemos olvidar; y si no podemos olvidar, debemos parecer como que

hemos olvidado--dice la hermana, con unción monjil y acento de

nostalgia, como dando a entender que, a pesar de todo, no ha olvidado.

¡Qué había de olvidar la triste Felicita! Sobre todo, el señor Colignon

refresca la memoria y conturba el pecho de la hermana de los Dolores.

Estos efectos se producen sin intención ni culpa del francés, sólo a

causa de su obesidad. Como los viejucos asilados, y asimismo todos los

beatones que acuden allí de visita son, sin excepción, gente magra, cada

vez que la hermana de los Dolores ve un hombre gordo, imagina tener ante

sí al enamorado y malogrado Novillo, y se siente nuevamente la Felicita

de antaño. Está ahora con los ojos obstinadamente humillados, por no

recibir en ellos la imagen del abdomen, rotundo y endemoniadamente

evocador, del señor Colignon.

--Pero, ¡mi Dios!--exclama riendo el recién llegado--, que ya le será a

usté bien difícil olvidar y disimular.... Esta es una sucursal de la Rúa

Ruera de otras veces. Belarmino está aquí; Apolonio está aquí; el

usurero está aquí; usté está aquí. Yo soy solamente el que falto, y yo

estoy aquí ahora. Todos los otros que no son venidos al _rendez-vous_ es

porque son muertos y en la eternidad de la nada.

--¡Ay!--suspira la hermana, sin elevar los ojos, contra todas las reglas

del bien suspirar--. Los de aquí estamos también muertos y miramos el

mundo desde la perspectiva de la eternidad.

--¡Qué idea! Pero comemos todavía pasteles. Entretanto podemos comer

pasteles, Dios sea bendecido.--Y el señor Colignon se ríe como siempre,

con glogó de pavo y trepidación de estómago. Prosigue.--Yo veo ya que

hacen falta aquí judías y garbanzos y aceite. Tanto mejor para comer

pasteles.

--Dios se lo pagará, señor Coliñón. Antes dejaría de salir hoy el sol

que usted de aparecer con su agasajo pascual. Los ancianitos, desde hace

ocho días, se relamen de gusto por anticipado, y no hablan de otra cosa

que de las ricas confituras del señor Coliñón. ¡Qué poca cosa se

necesita para hacer la felicidad de los demás!

--Bien poca cosa: tres kilos de harina, tres kilos de azúcar, tres

docenas de huevos, tres palos de canela y dos vainillas. Pero conste que

aquellos quienes invitan a los pobres pequeños viejos no soy yo, pero

son sus compañeros Belarmino y Apolonio.

--¡Qué poco se necesita para la felicidad, y cómo casi nunca llega ese

poco...!--dice para sí la hermana de los Dolores, sin referirse, claro

está, a la harina, el azúcar ni los huevos, puesto que no había parado

atención en la réplica del francés, sino que estaba abstraída en sus

pensamientos. Saliendo de sí, añade:--que dejen aquí estas cestas. Ya

pasarán a recogerlas. Vaya usted, señor Coliñón, a ver a sus amigos,

hasta la hora del refectorio. Ya conoce el camino. Están en el jardín,

de seguro, esperándole con impaciencia.

El señor Colignon recorre unos pasillos, donde huele a bazofia, y sale

al denominado jardín; un jardín sin más flores que algunos asfodelos. Es

una explanada de pradera; la pradera, cortada por veredas arenosas; en

las veredas, bancos de madera; palio de los bancos, las copas de las

acacias. Hay un aliento de tierra húmeda. Brilla un sol tenue y amarillo

que deshace las formas y las trueca en una insinuación huidera e

inmaterial, no se sabe si de aurora o de atardecer, y es mediodía; un

vapor áureo que empaña los límites y funde las cosas en unidad fluyente

e indecisa, que no se sabe si es de recuerdo o de esperanza. Luz elísea.

Cada vez que el señor Colignon, tan carnal y concreto, se asoma a aquel

jardín, se figura pisar las lindes primeras de los Campos Elíseos,

habitados por las imágenes desencarnadas de los que fueron y ya no son,

de aquellos que dejaron en la tierra el cuerpo sólido, sede de los

placeres amables, y no conservan sino la apariencia de vida, y con ella

las pasiones añejas, porque las pasiones son el alma, y el alma es

indestructible. El aliento húmedo de la tierra se le mete al señor

Colignon hasta los huesos, y experimenta un escalofrío hondo.

Pero esto es justamente lo que le gusta; penetrar por unos momentos en

una especie de más allá, o mundo de ilusión y recuerdo, a solazarse con

sus curiosos pobladores y en la certidumbre de que allí también se comen

pasteles, y que él, aunque dentro de aquel simulacro de ultratumba,

puede salir cuando se le antoje y volver a las delicias de la vida

fisiológica y agitada.

Así que asoma el señor Colignon en el jardín, los viejos, desparramados

de un lado y otro, acuden a él, con paso vacilante y premioso, como

entre sueños, cuando los movimientos están entorpecidos por rémoras

pesadas e invisibles. Uno, señaladamente, se rezaga. Viene con paso

majestuoso y talante indiferente, decidido a no mostrar vulgar premura:

es Apolonio. Sólo otro permanece en su sitio, allá lejos, sentado en un

banco, habiendo saludado al señor Colignon con leve ademán de la mano:

es Belarmino. Belarmino y Apolonio son bastante más jóvenes que el resto

de los asilados.

Belarmino y Apolonio · 第 15 / 17 段