recordado a don Amaranto, sino porque en ellos se habla de Belarmino y
Apolonio, y señaladamente que me proporcionaron un documento curioso y
útil, del cual puede aprovecharse asimismo el lector.
Copiar todo lo que a Escobar se le ocurrió acerca de los dos zapateros,
sería enfadoso. Trasladaré solamente algunas opiniones peregrinas.
«Belarmino hubo de inventar su lenguaje porque carecía de instrucción,
de lecturas. De haber leído desde la infancia variedad de autores
clásicos, ¿cómo habría llegado a hablar y escribir Belarmino? Max Muller
repite incontables veces, y lo prueba otras tantas, que pensamiento y
lenguaje son idénticos. Por el estilo del autor se viene en
conocimiento de su inteligencia: Estilo metafórico, estilo engolado,
estilo arcaico, estilo recortado, estilo desnudo, estilo llano, estilo
exquisito, estilo colorista, estilo abstracto, etc., etc.; todos ellos,
cada uno de por sí, denotan inteligencia limitada y escasez de
pensamiento. La totalidad y fusión de todos ellos, predominando cada
manera según la razón del pensamiento: Cervantes, el primer pensador
español.»
Y más adelante:
«La cualidad primordial del dramaturgo (léase Apolonio) es la aptitud
para la simulación eficaz. Esta simulación no es sólo externa y de
superficie. El dramaturgo, desde el fondo de su propia alma, comienza a
simular para consigo mismo; pero el _ego_ más recóndito y personal
permanece siempre ausente e inhibido de la emoción. Por eso el
dramaturgo es incapaz de amar verdaderamente. Hay una paradoja del
dramaturgo; es la misma que Diderot llamó paradoja del comediante. La
emoción no se comunica, sino que se provoca. Para provocar una emoción
hay que mantenerse frío. Hacen llorar los actores que saben fingir el
llanto. Los que lloran de veras, hacen reír. Lo mismo con el dramaturgo.
La dramaturgia creó el tipo del hombre que provoca amor en todas las
mujeres, porque él finge amar, pero a ninguna ama: don Juan. El
dramaturgo va por la vida inventando dramas, descubriendo dramas.
Diríase que este don de invención (inventar significa descubrir)
proviene de que el dramaturgo vive los dramas. Al contrario. El que
vive un drama no ve _el_ drama; ve _su_ drama individual. Y si por caso
al dramaturgo le acontece ser víctima en un drama vivo, él permanece
ecuánime, sereno. Finge ser actor siempre; y siempre es espectador,
espectador de sí mismo. Tal es la paradoja del dramaturgo. Todo el que
se conduce en la vida con ademanes de énfasis patético es un simulador,
un dramaturgo en potencia. Estos hombres son necesarios en el mundo,
porque sin esa fracasada voluntad de pasión, naturalmente contagiosa, la
humanidad se acabaría, de apatía y de sapiencia. Mas, ¡ay!, si
predominasen estos hombres, cuyo tuétano íntimo es una ausencia, un
hueco, una burbuja, como la que se ve en los niveles, burbuja que
difícilmente se logra centrar...; si esta especie de hombres
predominase, la humanidad, cada vez más hinchada y vacía, reventaría,
como la rana que quiso igualar al buey. Providencialmente, frente al
dramaturgo está el filósofo (léase Belarmino). El filósofo se halla
constituido a la inversa del dramaturgo. Por de fuera, serenidad,
impasibilidad; en lo más secreto, ardor inextinguible. El filósofo es un
energúmeno conservado entre hielo. Porque el hielo es el gran
conservador, así para las pasiones como para las cosas comestibles, que
en cuanto se las saca al aire y a la luz se ponen rancias, manidas. El
filósofo vive todos los dramas; jamás es espectador. El dolor ajeno lo
siente como dolor propio; el dolor propio lo multiplica por todos los
dolores ajenos; y así en el dolor propio como en el ajeno experimenta el
contacto de esta y aquella brasa de la gran hoguera que es el dolor
universal, el drama de la vida. El dramaturgo, aquejado de su último y
vergonzoso vacío interior, se precipita hacia la superficie, se
manifiesta con amplitud enfática, como taumaturgo, y hace conjuros a la
pasión y al frenesí. Busca en la pasión imaginada el correctivo de la
apatía íntima. Además, como por dentro no puede llorar, por fuera no
acierta a sonreír. El filósofo, por su parte, busca en la apatía, en la
serenidad, en la sapiencia, correctivo a la abrumadora pasión recóndita.
Esa es la _sofrosine_. El filósofo llora por dentro y sonríe por fuera.
Cuando al filósofo le llega la hora de su drama, su drama es tan intenso
que siente como que se destruye, no ya su propio corazón, sino todo el
universo, y nada existe ya. Es la máxima apatía e indiferencia; la
_ataraxia_. Pero el filósofo necesita del dramaturgo, para no ser
estéril ni perecer. Y el dramaturgo necesita del filósofo, para no ser
vano ni desaparecer. Sófocles necesita de Sócrates, y Sócrates necesita
de Sófocles. Los diálogos socráticos tienen forma dramática y los
diálogos sofóclitos tienen fondo filosófico.»
Algo parecido a esto de Sócrates y Sófocles se lo dijo Apolonio a
Belarmino, en el asilo y en coyuntura bastante dramática; lo cual me
hace suponer que Escobar y Apolonio habían llegado a ser amigos, y que
el zapatero estaba inspirado por las teorías del Estudiantón. Se
observará que estas teorías son enteramente opuestas a las de don
Amaranto. Para don Amaranto, el dramaturgo es el que penetra en el drama
individual; y el filósofo, el que se aleja de él. Para Escobar, el que
penetra en el drama es el filósofo, y el dramaturgo es el que permanece
a distancia. ¡Desconcertante disparidad y contraposición de los humanos
pareceres! La doctrina de don Amaranto es refutable, y no menos
defendible; y otro tanto la de Escobar. Y en resolución, todas las
opiniones humanas. El error es de aquellos que piden que una opinión
humana posea verdad absoluta. Basta que sea verdad en parte, que
encierre un polvillo o una pepita de verdad. Cuando un buscador de oro
dice que ha encontrado oro, no da a entender que se haya apoderado de
todo el oro que guardan las entrañas de la tierra, sino eso, que ha
encontrado oro, un poco de oro. Tan verdad puede ser lo de don Amaranto
como lo de Escobar; y entre la verdad de Escobar y la de don Amaranto se
extienden sinnúmero infinito de otras verdades intermedias, que es lo
que los matemáticos llaman el _ultracontinuo_. Hay tantas verdades
irreductibles como puntos de vista. Yo he querido presentar, acerca de
Belarmino y Apolonio, los puntos de vista de don Amaranto y de Escobar,
porque entre ellos cabe inscribir todos los demás, ya que por ser los
más antitéticos, son los más comprensivos. Y singularmente he apelado a
la ciencia y doctrina de estos caballeros, por disimular que frente a
Belarmino y Apolonio, ni tenía ni tengo punto de vista determinado.
Belarmino y Apolonio han existido, y yo los he amado. No digo que hayan
existido en carne mortal sobre el haz de la tierra; han existido por mí
y para mí. Eso es todo. Existir, multiplicarse y amar.
Más arriba he aludido a un documento curioso y útil que Escobar dejó
entre sus papeles póstumos: es un léxico completo de todas las voces y
términos de que se servía Belarmino, acompañados de la acepción en que
él los usaba. Yo he entresacado, para mayor comodidad, aquellos que el
lector ha oído ya a Belarmino, los cuales van como apéndice del presente
volumen.
El vocabulario recogido por Escobar lleva las siguientes líneas
preliminares:
«Max Müller dice que colocando las veintitrés o veinticuatro letras de
los abecedarios en todas las combinaciones posibles, se obtendrían todas
las palabras que han sido empleadas en todos los idiomas del mundo y
todas las que se hayan de emplear. Tomando veintitrés letras como base,
el número de palabras sería: 25,852,016,738,884,976,640,000; y con
veinticuatro como base: 620,448,401,733,239,439,360,000. Belarmino no
llegó a usar de tanta riqueza léxica; ni siquiera se aproxima a Dante,
Shakespeare y Cervantes, que utilizaron miles de palabras. Belarmino se
quedó alrededor del medio millar. Recuerdo haber leído en alguna parte
que Racine en sus escritos no pasó de 400 voces, con ser su lenguaje tan
dúctil, fino y matizado.»
FIN
Valdenebro de los Valles, Valladolid. Agosto-septiembre 1920.
APÉNDICE
ALGUNAS VOCES DEL LÉXICO BELARMINIANO
ACARICIAR.--Sentir respetuoso recelo, como se hace al propiciar y
halagar ciertos animales.
ANALFABÉTICO.--Indiferente, imparcial, sin prejuicios intelectuales.
BELIGERANCIA.--Oposición, contraste. Adversidad, desgracia.
BELIGERANTE.--Contrario, opuesto.
BESAR.--Envidiar. Proviene del beso de Judas.
CAPULLO.--Sonrisa.
COMENSAL.--El hombre en tanto vive, porque para vivir necesita comer.
Alude a las bajas necesidades materiales que cohiben la plena vida del
espíritu.
CLASE.--Conducta. Los hombres se clasifican según su conducta.
CHISGARABÍS.--Quid. Cuando dais en el quid de las cosas veis que es algo
sencillo, simple, leve, escapadizo; un chisgarabís.
DESNUDAR.--Descubrir la verdad profunda, la causa.
DESNUDO.--Causa última, explicación. Belarmino decía: el diablo desnudo
es Dios.
ECUMÉNICO.--Conciliación, síntesis.
ENCARCELAR.--Comprender; hacerse dueño de un concepto.
ELIMINAR.--Ejecutar, hacer, obrar con luz o claridad de juicio; de
iluminar.
ESCOLASTICISMO.--Opinión prestada y fluctuante.
ESCOLÁSTICO.--El que sigue opiniones ajenas, como la cola sigue al
cuerpo del animal.
ESCORBÚTICO.--Pesimista. Viene de cuervo.
ESPASMÓDICO.--Placer, contento.
FACTURAR.--Dar importancia arbitraria, apreciar caprichosamente lo que
no tiene precio ni importancia.
GLOBO.--Vanidad.
GRECIA.--Sabiduría.
HORARIO.--Esfera.
INDUMENTARIO.--La externo y superficial.
INQUISICIÓN.--Dolor.
INSTRUMENTAL.--Lo útil y eficaz.
INTENCIÓN.--Razón. Nuestras razones son nuestras intenciones secretas.
INTUICIÓN.--Dominio y familiaridad con un asunto. Vale tanto como tratar
de tú. Lo opuesto es lo saludable, o conocer de lejos, por un saludo.
JOROBA--Responsabilidad, porque abulta, pesa y estorba.
LENTE.--Ente. Todo es según el color del cristal con que se mira.
LLAMATIVO.--Ardiente, llameante.
MACILENTO.--Violento y contundente, como quien acomete con una maza.
MADRONA.--Virgen madre, que concibe por obra del Espíritu Santo.
MAREMÁGNUM.--Ideal, compendio de todas las cosas.
METEMPSÍCOSIS.--Intríngulis, esencia de las cosas.
PARADOJA.--Ortodoxia.
PARAFRASEAR.--Comprender.
PATATÍN, PATATÁN.--Mal. Todo lo que está mal se reviste de circunloquio.
PESO.--Sentimiento grave.
PONGO Y QUITO.--Desdén.
POSTEMA.--Sistema, teoría; tumor muerto que se forma dentro de un cuerpo
vivo.
PROHIJAR.--Amar por voluntad de amor, que no por exigencia de la sangre.
PROYECTIL.--Disparate, porque sale disparado conforme designio o
proyecto, y siempre causa daño.
PUERPERAL.--Fecundo con dolor.
RECREADO.--Increado, y produce gran goce o recreo; aplícase a la luz o
solera.
REGAR.--Visión de unidad, abarcar con la mirada. Mirándolas, las cosas
se refrescan y desarrollan.
RIDÍCULO.--Excéntrico, fuera de su fin propio.
ROCIAR.--Expresión atenuada de regar.
SALUDABLE.--Conocimiento ligero, opuesto a la intuición. Viene de saludo
e indica que el conocimiento, aunque superficial, es siempre
conveniente.
SAPO.--Sabio. La sabiduría se adquiere mediante el éxtasis. El sapo es
símbolo del éxtasis.
SISTEMA.--Testadurez, obstinación. Refiérese a los que andan a vueltas
con el mismo tema; sí es tema.
SOLERA.--Luz por excelencia, fuente de luz. Viene de sol.
TAS, TAS, TAS.--La muerte; los últimos latidos: los golpes del martillo
sobre el ataúd.
TEÍSTA.--Incendiario, que empuña la tea.
TETRAEDRO.--El todo.
TOLE TOLE.--La vida; la inquietud constante; el aleteo de las pasiones.
TRIS, TRAS.--Bien. Lo que está bien es breve y ejecutivo como un tajo.
ZAPADA.--Tontería; sólo los tontos se dejan caer.
ÍNDICE
PRÓLOGO.--El filósofo de las casas de huéspedes.
CAPÍTULO PRIMERO.--Don Guillén y la Pinta.
CAPÍTULO II.--Rúa Ruera, vista desde dos lados.
CAPÍTULO III.--Belarmino y su hija.
CAPÍTULO IV.--Apolonio y su hijo.
CAPÍTULO V.--El filósofo y el dramaturgo.
CAPÍTULO VI.--El drama y la filosofía.
CAPÍTULO VII.--Pedrito y Angustias.
CAPÍTULO VIII.--Sub specie aeterni.
EPÍLOGO.--El Estudiantón.
APÉNDICE.--Algunas voces del léxico belarminiano.
End of Project Gutenberg's Belarmino y Apolonio, by Ramon Pérez de Ayala