mártires (príncipes cristianos). No por tus esplendores, sino por sus
méritos (los de ellos), excedes la hermosura de todo el mundo.» ¿No está
aquí claramente acusada la contraposición de la Iglesia primitiva, como
potencia espiritual, frente al fausto de las potencias temporales y
caedizas? Sin duda, debe de ser magnífico, imponente y maravilloso el
aparato y circunstancias de contorno con que actualmente se canta este
himno en Roma; pero, ¿qué dirían Boecio y su mujer si levantasen la
cabeza? No se impaciente usted, que vuelvo en seguida a mi historia;
pero estos preámbulos son esenciales. No le hablaré a usted de las
diferentes recensiones, refundiciones y manejos que el Breviario padeció
a manos de sucesivos pontífices, porque esto, probablemente, no le
interesa, y, aun cuando le interesase, aquí estaría fuera de lugar. Sólo
quiero decirle que la segunda edición tipo del Breviario fué publicada
bajo Clemente VIII, con el concurso y dirección del cardenal Belarmino.
Recordará usted, anoche se lo referí, otro Belarmino, zapatero y
filósofo, padre de una chiquilla amiga mía, Angustias. Pues bien: yo no
podía por menos de ver en el cardenal Belarmino algo así como la
paternidad putativa o adoptiva del Breviario. El nombre de Belarmino
aparece con frecuencia, y no me era dado eximirme de esta idea
caprichosa. Por otra parte, yo me había enterado que Belarmino, el
zapatero, no era padre, en la carne, de Angustias, sino padre putativo o
adoptivo. Él decía profesar la filosofía, pero yo digo que tenía mucho
de poeta; así como mi padre, Apolonio, que decía profesar la
dramaturgia, tenía mucho de filósofo. Extraña y misteriosa asociación de
ideas y sentimientos se fué operando poco a poco en mi espíritu; la
poesía del Breviario, la esencia indecible, penetrativa, mareante, que
brota de sus melodías y se adhiere para siempre en el corazón donde se
derrama, eran la misma poesía y esencia que se exhalaban del alma de
Angustias, la niña que en su candor y pulcritud parecía una rosa dilecta
del Hacedor Supremo. El Breviario me traía, no ya la presencia
espiritual de Angustias, sino también la presencia sensible. El
Breviario abunda en locuciones e imágenes de extremada visibilidad y
plasticidad, y lo que no residía en la virtud plástica y evocadora del
Breviario, lo suplía mi imaginación adolescente. Además, los melodas
litúrgicos, enamorados congojosos de la castidad, hacen a menudo grandes
gestos de conjuro para ahuyentar las visiones impuras. Estos recios
conjuros son, sin duda, de sumo provecho para lustrar y aquietar las
almas donde se encierran recuerdos de la propia experiencia impura, en
las cuales las imágenes torpes son, o recuerdos materiales, o fragmentos
de recuerdos, aderezados y embellecidos por la fantasía. Pero en las
almas blancas, vírgenes de experiencias y recuerdos, los tales conjuros,
lejos de ahuyentar visiones turbadoras, que no existen, las sugieren.
Como ya le he indicado más arriba, los himnos del Breviario nacieron en
diferentes períodos de la vida de la Iglesia: unos, al período infantil
y mozo, que son los de la Iglesia primitiva; otros, al período adulto y
de madurez, y otros, poquísimos, al período senil, que es un período
estéril. Como quiera que la substancia de la poesía es, necesariamente,
el amor, así también los himnos litúrgicos son expansiones de amor, de
un amor sobremanera copioso y ambicioso, puesto que aspira a un objeto
absoluto e incorruptible. Se advierte que los himnos de la Iglesia
primitiva y moza están inspirados en un amor concebido en el corazón, y
los de la Iglesia ya madura, en un amor concebido en la cabeza. Contra
lo que piensan y dicen las inteligencias superficiales, es más natural
en el mozo ser inclinado al pesimismo y a la desesperación, que no en el
hombre maduro, como lo prueban los suicidios, que la mayoría son de
personas jóvenes. Chamfort habla de un joven que, a pesar de no tener
edad para conocer el mundo, estaba tan triste como si ya lo conociese
todo. Liviana observación; pues por eso precisamente estaría tan triste.
Para el joven inteligente y sensitivo, el mundo es un caos sumido en
lobreguez. El joven posee deseos vastos, quiere poner orden y luz en las
cosas, un orden suyo, a la luz que de su propio corazón dimane. Esta
luz, luz y lumbre, claridad y ardor, es el amor. Si alguien de fuera, el
espíritu malo, extingue esta luz, el mundo se ha derrumbado
irremisiblemente. Tal era la psicología de la Iglesia primitiva; tal era
la mía, en los cinco primeros años de seminario. Miedo a la tiniebla, al
frío caos, al soplo del espíritu malo; deseo desesperado de luz, de
calor, de amor. Todos los primeros himnos del Breviario son un clamor
continuo y angustioso hacia la luz. Cada vez que yo leía, con el corazón
en suspenso: _claritas, lux lucis, lux refulgens sensibus, lucis aurora
rutilans_; claridad, luz de luces, luz que ilumina los sentidos,
rutilante luz auroral..., veía en presencia la imagen de Angustias, y
exclamaba, con San Ambrosio: _os, lingua, mens, sensus,
vigor--confessionem personent_; que resuene mi confesión de amor en mi
boca, en mi lengua, en mi mente, en mis sentidos, con todas mis fuerzas.
Cuando leía: _Virgo super omnes speciosa, flos, dulcedo_; doncella más
gentil que todos, flor, dulcedumbre; o como decía Prudencio, aquel
esteta de la Iglesia antigua: _Thesaurus et fragans odor--Thuris Sabaei
ac myrrheus_; tesoro, aroma fragante del incienso sabeo y de la
mirra..., veía en presencia la imagen de Angustias. Otras veces, cuando
leía el conjuro de San Gregorio el Magno a la concupiscencia: _Absint
faces libidinis--Me foeda sit vel lubrica--Compago nostri corporis_;
lejos de mí las antorchas de la libidinosidad; que la sucia lubricidad
no se asiente en las articulaciones de mi cuerpo..., la imagen de
Angustias se me presentaba más linda, cándida y adorable que nunca, y
mis brazos, involuntariamente, se tendían para asirla contra mi pecho. Y
cuando leía en San Fortunato: _Membra pannis involuta--Virgo mater
alligat--Et manus pedesque et crura--Stricta cingit facia_; de cómo la
Virgen madre envuelve en pañales los torpes miembros del recién nacido y
le ciñe con vendas las manos, los pies, las piernas..., veía también a
Angustias, con un hijo; y mi corazón se derretía de ternura.
Preguntábame, en la soledad de mi conciencia; ¿son éstas malicias de
Satanás, que me inducen a imaginaciones impías? ¿O son, por el
contrario, insinuaciones divinas con que se me hace patente que debo
servir al Señor antes como buen casado que como sacerdote melancólico?
Consulté con el confesor, el cual respondió afirmativamente a la
primera pregunta; eran malicias de Satanás, que yo vencería sin
esfuerzo. Sin esfuerzo.... Mi confesor era un santo varón, albino y
adiposo, que no tenía ni sospecha de lo que fuese un esfuerzo. Sin
embargo, me atuve al consejo y parecer del confesor, sabiendo que la voz
de Dios busca a manera de instrumento en donde articularse esas almas
huecas y limpias, que son como albogues de madera sana, no obstruídos,
resecos, ni agrietados; y me esforcé, ¡con qué frenético ahinco!, en
rechazar de mi frente y de mi pecho imágenes y blanduras amorosas. Pero
cuanta mayor era mi diligencia, con tanta más insidia, suavidad y mimo
me perseguían, me cercaban, me penetraban. Alcancé el ápice doloroso de
este estado de espíritu cuando cursaba el quinto año de seminario y
primero de filosofía. Acentuóse el malestar a medida que se acercaban
las vacaciones. En las vacaciones posteriores a los dos primeros cursos,
y aun en las del tercero, Angustias era todavía una chiquilla, y yo,
aunque prematuramente apersonado con mi temo de paño negro, un mozuelo.
Nada tenía de particular que reanudásemos cada estío la añeja amistad,
si bien no tan asidua, porque nos faltaba Celesto, el aprendiz, el cual,
al pasar Belarmino a zapatero remendón, había entrado de zagal en una
cochera de carruajes de alquiler. A pesar de la separación, el zagal
conservaba mucho afecto a Belarmino, a Angustias y a mí. Mi trato con
Angustias era del todo inocente. Mi pasión no se me hizo patente hasta
el cuarto curso de seminario. Aquel año, al salir del Seminario, hallé a
Angustias hecha ya una mujercita. La primera vez que nos cruzamos en la
calle, me sentí tan turbado que no acerté a moverme ni a hablarle.
Comprendí que me ponía pálido como un muerto. En todo aquel verano no
nos dirigimos la palabra. Siempre que nos veíamos, yo me ponía pálido y
ella encendida. Y así llegó el quinto año de seminario, nueve meses de
martirio; y salí nuevamente de vacaciones. Me espantaba tener que volver
a ver a Angustias. Estuve tentado de rogar a la duquesa que me
permitiese pasar las vacaciones en su casa de campo, aunque fuera como
fámulo; pero desistí en un principio. Y ocurrió que una solterona,
llamada Felicita Quemada, que vivía dos puertas más abajo de mi padre, y
que cuando niño me solía llevar a merendar a su casa, un día que nos
tropezamos en la calle me dijo: «Querido don Pedrito, estás hecho un
guapo mozo, un hombre hecho y derecho. Ante todo, no te enojará que te
siga tratando de tú. Para mí, siempre serás un niño, aunque te hagan
obispo de la ínsula Barataria. Pero, vaya, que eres un mozo garrido.
Lástima que vayas para cura, que si no, las niñas andarían detrás de ti
despepitadas. Y aun así y todo..., ¿quién sabe? Es decir..., yo creo
saber.... Pero, cambiemos de palique. No sé por qué no has de venir por
mi casa, como otros años, como siempre. Cierto que yo soy una mujer
soltera y tú un guapo galán, y hay lenguas de avispa; pero esto no debe
importarnos, porque quien a mí me importa sé que no lo toma a mal, y
además eres ya medio cura, y los curas tienen vía libre en todas partes.
Conque mañana te espero a merendar....» Y fuí al día siguiente. Aquella
mujer era víctima de un amor imposible, y no pudiendo dar feliz término
a su amor, se perecía porque todas las demás criaturas del universo se
confundiesen en estrecho e indisoluble abrazo amoroso. Su charla era
bastante para marear a cualquiera, pero aquella tarde, lo que realmente
anduvo a pique de hacerme caer sin sentido, no fué la forma, sino el
fondo y asunto de su charla. Aunque muy velado y desmenuzado en
minúsculas alusiones, que entreveraba y envolvía entre vanas parrafadas,
vino a decirme que Angustias estaba locamente enamorada de mí y que no
podía vivir sin mí. Yo no ignoraba que Angustias venía con frecuencia
por casa de la solterona, y que a veces dormía allí. Volví por la casa.
A cada merienda, la solterona se clareaba más. Un día me propuso que me
reuniese allí mismo con Angustias; ella lo prepararía bien y nadie lo
sabría. Me negué, en redondo, Dios sabe a costa de cuánto esfuerzo y
agonía. ¡Y mi confesor me persuadía que cercenar las inclinaciones
amorosas no cuesta ningún esfuerzo! La solterona me replicó: «No te
apures, don Pedrito; estoy convencida que tienes verdadera vocación de
cura.» Harto comprendía ella mi amor y mi dolor. Prosiguió: «No había
mal en lo que te proponía, ni peligro, ya que es tan firme tu vocación
religiosa. Era una caridad, una limosna que harías a la pobre Angustias.
Sólo con verte de cerca, por última vez, quedaría dichosa para el resto
de su vida. Hasta podías inculcarle la vocación, y que se meta
monja....» Insistí en mi negativa. Dijo la solterona: «Sea. Cada cual es
dueño de sus actos.» ¿Yo, dueño de mis actos...? «Pero lo que hemos
hablado no será obstáculo para que de vez en cuando me visites. Yo
procuraré que no coincidáis aquí ni por casualidad. ¿Cuándo volverás?
¿El jueves próximo?» Aquel jueves, al salir de mi casa para ir a la de
la solterona, vi que entraba en ella una mujer. No es que la viese. Sólo
alcancé a ver el vuelo de una falda y un pie que subía de la losa al
umbral. Me bastaba. Era Angustias. Salí huyendo, fuera de la ciudad,
aldea adelante, andando, andando varias horas, y me encontré en casa de
la duquesa. Cuando llegué, me duraba todavía el aturdimiento, la
insensatez. Dije a la duquesa que no me hallaba bien de salud y que iba
a la aldea a reponerme. La señora me preguntó si había tenido algún
disgusto con mi padre. Por el gesto de mi respuesta, la duquesa, que era
un lince, presumió la oculta causa. «Pobre Pedrín, hijito--dijo, dándome
una palmada en el cogote--; ahora, a pasear, a pescar, a cazar;
distráete, embrutécete. No des excesivo valor a las cosas de poca
monta. Ya se te pasará esa pequeña enfermedad.» Pero no se pasó.
Transcurrió un mes. Iba de vencida el verano. El cielo estaba ya
desvaído y triste. En veinte días escasos debía entrar en el Seminario.
No pude resistir más. Volví a Pilares y a casa de Felicita. Antes de que
ella hablase, me adelanté a decir: «Quiero ver a Angustias.» Respondió
la solterona: «Lo esperaba. Tienes un corazón de oro. Vuelve mañana a la
hora de la merienda, como de costumbre.» Llegué al día siguiente.
Felicita me condujo a su gabinete, cerró la puerta y me dejó dentro.
Estaba Angustias en pie. Yo, en pie, a tres pasos de ella. Nos mirábamos
sin decir palabra. Brillaban sus ojos con lágrimas; se empañaban los
míos. Y nos mirábamos sin decir palabra. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ni sé
cómo la hallé ya entre mis brazos; las bocas unidas. ¿Cuánto tiempo?
Tampoco lo sé. Había en el gabinete una cómoda; sobre la cómoda, una
imagen de la Virgen de Covadonga, con una lamparilla ardiendo. Nos
arrodillamos ante la imagen, tomé la mano de Angustias y dije: «Ante la
reina de los cielos, te prometo casarme contigo.» Entró Felicita:
«Niños, loquines, que ya es tarde. Cada mochuelo a su olivo y cada pollo
a su corral.» Yo no quería separarme de Angustias ya en la vida. «Qué
súbito es don Pedrito--comentó Felicita--; claro, tiene hambre atrasada.
Tonto, ¿de quién es la culpa? Ya lo arreglaremos todo, y de prisita,
para que no te consuma la impaciencia.» Sin embargo, yo no quería
separarme de Angustias sin llevarme por lo menos un retrato que
contemplar en las horas de ausencia. Por fortuna, Angustias tenía en
casa un pequeño retrato. Quedamos que se lo traería a Felicita y que
ésta me lo enviaría al punto. En días contados (y todos los días nos
veíamos), Felicita ideó, maduró y dispuso el plan de lo que habíamos de
hacer. Angustias y yo no poníamos nada de nuestra parte; nos dejábamos
llevar por Felicita, y en verdad que si grande era nuestro gozo no era
menor el de la pobre solterona. Sólo de raro en raro se detenía a
murmurar, con acento de quejumbre: «¡Qué envidia me dais, tortolines...!
Pero no caigáis en soberbia o egoísmo, que no sois solos en el mundo.
También a mí me llegará mi hora; y quizá muy pronto. Cuando Anselmo y yo
nos casemos, seremos amigos los dos matrimonios, aunque vosotros
pertenezcáis a una clase humilde. Yo no reparo en eso, y no reparando
yo, Anselmo no reparará tampoco.» Felicita era de opinión que por las
buenas y siguiendo los trámites usuales no llegaríamos a casarnos. Por
lo tanto, era menester apelar a un procedimiento rápido y enérgico; nos
escaparíamos, pediríamos luego, por carta, perdón y consentimiento a
nuestros padres, y a la postre, para evitar el escándalo, todo se
arreglaría a pedir de boca. Angustias, por no causar una pena a
Belarmino, repugnaba la idea de la escapatoria. «¿Por qué hemos de
escaparnos? Se escapan los que han hecho una cosa mala, y nosotros no
la hemos hecho. ¿Qué pensará mi padre?», decía Angustias, con angelical
mansedumbre. Yo, por la violencia de mi amor, me sentí violento en la
lengua: «Nos escapamos, porque es el único camino que se nos abre, y si
tú no lo sigues conmigo, es que no me quieres.» «No digas eso», suspiró
Angustias, con lágrimas nacientes, que yo acudí a evitar con mis labios.
«¡Jesús! ¡Jesús!--chillaba la solterona, en tono burlesco--. Niños, no
os pongáis pecaminosos, que me ruborizo y se me alargan los dientes....»
¡Pobre mujer; alma jugosa y generosa, como la vid buena, revestida de un
tronco sarmentoso y casi momia! No había inconveniente u obstáculo a
nuestra presunta evasión que ella no saliese al paso con el adecuado
remedio. Ella nos facilitó el dinero, que yo luego entregué a Angustias;
ella nos sugirió la idea de avisar a nuestro fiel amigo Celesto, para
que nos proporcionase el carruaje y nos sirviese de mayoral; ella
apercibió todos los pormenores; ella, por fin, desinteresada sacerdotisa
del amor, vetusta vestal, nos bendijo enternecida, cuando partíamos.
¡Cómo llovía el día de nuestro éxodo feliz! ¡Cómo sonaba el agua a
cristal, a campanas de gloria! Era un nuevo diluvio, que anegaba a la
humanidad entera; nuestro coche, como el arca de salvación; sólo
nosotros sobrevivíamos al universal naufragio, destinados a ser origen
de una humanidad nueva. Pronto brillaría el arco de la alianza. A la
mañana siguiente, temprano, repicaron con los nudillos a nuestra
puerta. Me incorporé. Angustias, blanca y dulce, con el cuello en
escorzo, dormía como una paloma. Decía la sirvienta, de fuera del
postigo, que unos señores me esperaban abajo. Venían, sin duda, en
nuestra persecución, a quebrantar nuestra dicha. Yo estaba resuelto a
dejarme matar, antes que entregarme. No tenía armas. Miré en torno. Nada
había que pudiese servirme de arma eficaz. La sirvienta insistía desde
fuera. Lo que yo más temía era que Angustias se despertase. Me vestí de
cualquier modo. Salí a la puerta con intención de sobornar a la
sirvienta. Unas manos de hierro, las de aquel bárbaro Patón, el criado
de la duquesa, me amordazaron, me sujetaron cruelmente los miembros, me
tomaron en vilo, me descendieron a un zaguán, en donde estaban mi padre
y el señor Novillo, el cortejador de Felicita, me metieron en un
coche.... Y, entretanto, Angustias dormía como una paloma, y acaso
soñaba que era feliz. Aquellas manos de hierro no rebajaron un punto su
salvaje presión hasta que llegamos a Pilares. Yo era como un inválido,
como una cosa inútil y paralítica. El bárbaro Patón me conducía como
liviano fardo. Y yo conducía mi pobre vida, mi pobre alma, como otro
fardo, pero insostenible, abrumador. Según íbamos en el coche, pensé:
«Si yo pudiera morderme con disimulo una arteria y dejarme desangrar,
calladamente....» Todo era inútil. Sentía el corazón tumefacto,
insensible. Lloré, lloré entonces como flaca mujer, por mi tesoro, que
no había sabido defender como hombre; lloré todo el viaje. De camino, mi
padre ni el señor Novillo no desplegaron los labios. La duquesa me
encerró en un cuarto oscuro, y allí me tuvo la semana que faltaba para
volver al Seminario. No podía yo imaginar que me admitiesen en el
Seminario, después del escándalo. Mientras estuve encerrado, nadie me
enteró de nada. El día primero de curso, la propia duquesa me llevó en
su coche al Seminario. ¿Qué había pasado? Andando el tiempo, lo supe. El
señor obispo, bajo la influencia de los dominicos y de los marqueses de
San Madrigal, quería casarme. La duquesa de Somavia se oponía tenazmente
y pretendía que yo continuase mi carrera. Como Angustias había
desaparecido, sin dejar vestigio ni presunción de su paradero,
finalmente triunfó la voluntad de la duquesa y yo volví al Seminario;
otros siete años....
Don Guillen apoyó los codos en las piernas, la frente en las palmas.
Hubo un largo silencio. Irguióse y enhebró la interrumpida hebra del
discurso:
[Nota: DRAMA DE CONCIENCIA DE DON GUILLÉN]
[Nota: GUILLÉN DE VOTO CASTIDAD]
--Siete años.... La almendra del árbol de la Iglesia: Sagrada Escritura,
Teología dogmática, Teología moral. Siete años de triple martirio, no
ya en el corazón, como los años anteriores, sino en la carne y en la
conciencia. Ya no eran las tentadoras imágenes de antes, fingidas por la
humareda que se elevaba del corazón; era la experiencia de la carne, el
recuerdo de lo pasado, que, no obstante haber pasado, permanecía actual
sobre mi piel, como la cicatriz de las heridas. El contacto de Angustias
había impregnado mis nervios ya para siempre: la sensación estaba de
continuo sobre mí, me erizaba el vello con un calofrío placentero.
Angustias seguía formando parte de mi ser y me dolía como un miembro
amputado. Martirio del corazón, martirio de la carne y martirio de la
conciencia, acaso más desesperado que todos. A diferencia de mis
compañeros, yo continuaba leyendo y estudiando. Ninguno se preocupaba de
que yo leyese, ni de los libros que leía. Y lo que yo leía eran obras
francesas e inglesas, y traducciones alemanas al francés y al inglés,
sobre crítica bíblica. Me apliqué a meditar sobre el problema de los
Evangelios sinópticos. Era evidente, ¡ay!, era evidente. Los Evangelios
no poseían valor histórico; no eran testimonios personales de la vida y
enseñanza de Jesucristo; habían sido urdidos muchos años después, casi
un siglo. Las piedras angulares sobre que se asentaba la Iglesia eran
otros tantos fraudes. El profesor de Sagrada Escritura se llamaba don
Salomón Caicoyas. Salomón, el hijo de David, se había posado brevísimo
tiempo en la inteligencia de este otro su homónimo. ¡Hombre más
ignorante, soberbio y poseído de sí...! Llevaba el manteo terciado, la
teja al bies, y tenía todo el empaque de un majo. En el Seminario se
murmuraba que era muy galanteador y que se introducía siempre entre la
muchedumbre y en lugares muy concurridos, por disfrutar de apreturas con
las mujeres. Su voz era como el estridor de un cuchillo contra un plato.
Yo no podía oírle sin sentir dentera y malestar de estómago. Además, no
sé por qué, me tenía franca ojeriza, y no perdía oportunidad de
recordarme en público la grave falta que yo había cometido. Pues este
hombre era quien debía disipar los negros vapores que ensombrecían mi
conciencia.... ¡Figúrese usted!... Yo mismo hube de procurarme la
salvación; yo mismo, con la ayuda de Dios y de la mano de San Pablo, el
apóstol de los gentiles, que no conoció a Cristo. Las epístolas de San
Pablo son los documentos más antiguos y fehacientes del cristianismo;
son propiamente obra de la fe, de la voluntad de creer. San Pablo no
exigía virtudes heroicas; antes bien, virtudes moderadas. Hay un
oportunismo de la virtud, que es la verdadera doctrina paulina. La
religiosidad sincera, para San Pablo, se cifra en algo más importante
que los hechos probados y la rigidez de conducta. En la segunda epístola
a los Corintios, San Pablo dice: _o Khirios to pneuma estin_; el Señor
es el espíritu. Los griegos, aunque espiritualistas, no habían acertado
a sutilizar el alma humana sino asimilándola y, por ende, denominándola
con la palabra _psique_, mariposa, que para ellos era imagen de la
levidad suma. ¡Qué milagroso avance en la espiritualización del alma
desde la _psique_, material todavía, hasta el _pneuma_, materia
inmaterial, sustancia etérea, soplo divino!... El Señor es el espíritu;
Dios reside en nuestra alma. Todo el resto, documentos, testimonios y
dogmas, es secundario. No hay sino robustecer y exaltar el elemento
espiritual de nuestro ser. Tal es el deber religioso primordial y único.
El cristianismo enriqueció la historia de la conciencia humana con un
acto de creación: la creación del espíritu. El espíritu es algo más fino
y elevado que el alma. Los egipcios creían ya en el alma. Pues el
espíritu es el alma en libertad. El espíritu, sobre la tierra, existe
con conciencia de sí propio--pues antes existía a ciegas--desde hace
diez y nueve siglos; desde San Pablo. Acaso un psicólogo experimental me
replicará con sorna: «pero, si el espíritu sigue sin existir.... Yo no
he tropezado con el espíritu en mis experimentaciones». Responderé yo:
«tanto peor para usted, pues es señal de que usted no tiene espíritu y
no puede ser cristiano». El espíritu es superior a la _psique_ y no se
puede llegar hasta él por la mera psicología. San Pablo fué también el
apóstol áspero de la castidad. Más vale casarse que abrasarse; pero la
castidad es madre de la fortaleza. Una noche de insomnio, meditando y
cavilando sobre lo que habría sido de Angustias, creí oír una voz
interior, una voz que resonaba con misteriosa certidumbre: «Esa mujer
está perdida. A esa mujer la has perdido tú. Esa mujer no puede pecar,
porque es inocente de su caída. Los pecados de esa mujer pesan sobre tu
conciencia. Tanto pecarás tú cuanto ella peque, y ella permanecerá
limpia, porque no es suyo su pecado. Todo le será a ella perdonado, por
haberte amado tanto. Haz tú que tantas culpas te sean perdonadas,
compensando con severa castidad la cadena de pecados que tú mismo
hubiste de forjar y remachar, y que llevas asida al tobillo y a las
muñecas.» Y con resolución que arrancaba del tuétano de mis huesos,
exclamé: «Así lo haré.» Y lo cumplí. Creo en el espíritu y soy
continente: todo el resto es secundario. Ya más sano en mi alma, volví a
bañarme en la onda tépida y vigorizante del Breviario. Ahora, tres
himnos se alojaron en mi pecho y ardían de modo inmarcesible, como
lámpara de tres lenguas iguales: los tres himnos a María Magdalena, uno
precisamente del cardenal Belarmino, otro de San Gregorio, retocado por
Belarmino, el tercero de San Odón de Cluny, retocado también por
Belarmino. Dice San Odón:
_In thesauro reposita
Regis est drachma perdita;
Gemmaque lucet inclita
De luto luci reddita;_
el dracma perdido es repuesto en el tesoro del rey, y la perla luce
nuevamente sacada desde la tiniebla hasta la claridad.
Y dice San Gregorio:
_Nardo Maria pistico
Unxit beatos domini
Pedes, rigando lacrymis
Et detergendo crinibus;_
con nardo machacado María unge los santos pies del Señor, regándolos de
lágrimas y enjugándolos con los cabellos.
Y dice Belarmino:
_Amore currit saucia
Pedes beatos ungere,
Lavare fletu, tergere
Comis, et ore lambere;_
herida de amor, corre a ungir los santos pies, a lavarlos con llanto, a
enjugarlos con la cabellera, a acariciarlos con la boca. Y un día,
vendrá así la mujer a quien perdí; en su inocencia, me pedirá perdón, y
yo le diré: «Levántate, mujer. Tú eres quien debe perdonarme. Heme aquí
a tus plantas.» Así pensaba yo entonces..., y luego..., muchos años. Y
he llevado siempre conmigo la imagen de la mujer, la imagen anterior a
su desdicha y a la mía; y no pudiendo hacerla mi amada, hice de ella mi
hermana.
Después de breve pausa, prosiguió don Guillén: