Comprendo, comprendo.... Quiere usted darme a entender que le he metido
en el Seminario para un cuarto de hora solamente y que no desea usted
dilatarse en este lugar ni un minuto más de lo imprescindible. Pues ya
se ha cerrado la puerta a nuestra espalda. En las narices, en los ojos,
en los oídos, en la lengua, en el tacto, en el alma, recibe usted una
impresión de verdín, lo que en Pilares llaman verdín; ese moho fofo y
viscoso que nace, junto con las lombrices de tierra, en los rincones
húmedos, sombríos y silenciosos. Estaremos en uno de esos rincones un
cuarto de hora justo; viviremos luego cien años, y no se despegará de
nuestros sentidos aquella sensación de verdín, de cardenillo vegetal, de
frío en los tuétanos y de contigüidad con exangües lombrices, dúctiles y
ondulantes cirios de cera amarilla. Estos cirios eran, claro está, mis
compañeros. Los más provenían de extracción humildísima, de las breñas y
entrañas del terruño labriego; pertenecían a familias de aldeanos
pobres, con el peculio preciso para pagar a uno de los varones la
modicísima pensión del Seminario, por entonces poco más de una peseta
diaria; eran de una raza intermedia entre la pura animalidad y un
rudimento de especie humana. ¡Qué facies y qué cogote, señor...! Había
colodrillos perfectamente planos y obtusos, en cuya intimidad no era
posible que cupiese un cerebelo. Otros colodrillos eran exageradamente
apepinados y piramidales. Yo me preguntaba: ¿Dónde se les va a situar a
éstos la tonsura, si no tienen espacio? Algunos de los dueños de estos
colodrillos se sientan hoy a mi lado en el cabildo catedral; todos ellos
están revestidos de autoridad, e imperan, en alguna medida, sobre el
régimen privado de las familias y el régimen público de la sociedad. Lo
curioso es que aquellas selváticas y fornidas criaturas, de frente
angosta, cejas unidas, ojos montaraces y piel bronceada, apenas entraban
en el Seminario adquirían el color incoloro y exangüe de la lombriz y de
la cera. Y lo cierto es que, aunque muy mal (garbanzos agusanados,
lentejas entreveradas con guijas, sebáceos pendejos de carne, queso
ratonado, avellanas y nueces vanas), comían mejor que en sus casas.
¡Inexplicable fenómeno! Éramos unos doscientos. Entre tantos, por de
contado que había hijos de familias mejor paradas de hacienda; de
menestrales prósperos, de tenderos y tal cual de la clase media. De
estos últimos había un Estanislao Correa, hijo de un procurador de los
Tribunales, tímido y delicado como una virgen o como un lirio, al cual
llamaban, groseramente, por mofa, San Estanislao de Cuesco, y le
amargaban de continuo la vida. ¡Qué bárbaros! También yo pasé mis malos
ratos. Lo que señaladamente les molestaba era que yo no perdía los
buenos colores. Siempre fuí tan coloradete como ahora soy. Los más
cerriles y pobretones caían sobre los que teníamos algún dinero, nos los
ordeñaban por las buenas o por las malas, y después de sobornar a los
criados les encargaban sustancias de comer y de beber, sobre todo vino
blanco. Eran aficionadísimos al vino blanco. Como estaba prohibido el
vino en el Seminario ni se consentía tener botellas, servíanse, para
guardar el vino, de un expediente repugnante: lo metían en orinales, y
de ellos bebían, a modo de cuenco. Dormíamos en grandes dormitorios
comunes, que casi nunca barrían. El suelo estaba sembrado de mondas de
castañas, naranjas y otros frutos, según la estación. Algunos de los
medianos, y aun de los mayores, por la noche se escapaban «de mozas»,
como allí se decía. Solíamos asistir los demás a la escapatoria; quiero
decir, al acto de escaparse. El Seminario, por la parte de los
dormitorios, caía sobre un profundo barranco, ya en las afueras de la
ciudad. El prófugo tenía que ser mozo recio y de cabeza firme contra el
vértigo. El instrumento de la evasión se aparejaba con no menos de
veinte sábanas, que algunos de los seminaristas, procedentes de pueblos
costeños, unían por medio de nudos de marinero. Cuáles veces, por
embromar al juerguista, le retiraban la escala de sábanas y no se la
echaban sino de mañana, con el tiempo preciso para que se presentase a
la primera inspección, haciéndole pasar varias horas de congoja en el
barranco, entre maleza e inmundicia, acaso bajo la lluvia. Pues en aquel
ambiente se estaban incubando los futuros ministros de Dios. ¿Cuántos
tenían vocación? ¿Cuántos se habían encaminado al Seminario siguiendo
una voz interior persuasiva, una estrella ineludible? Yo les oía contar
chascarrillos de curas de aldea, de lo mucho que tragaban, de lo
majamente que vivían, de los amores con que se distraían, del respeto y
obediencia que se les tenía; y se refocilaban de antemano con la
esperanza de arrastrar una existencia a lo regalado y holgón en una
parroquia rústica, con el ama y la sobrina, pues casi todos profesaban,
teórica y cínicamente, la poligamia. ¿Tenía yo vocación? No sé si, por
reacción y enojo contra mis compañeros, llegué a estar convencido de
sentir una gran vocación. A ratos soy muy sentimental. Entonces, lo era
mucho más. Los oficios canónicos, las ceremonias del culto, el canto del
órgano, el resplandor de las luces, el misterioso recato de las
imágenes; todo esto me enternecía y agitaba hasta los posos del alma, y
tanto más en la medida que iba entendiendo el latín. Verdaderamente, la
liturgia de la Iglesia católica es muy bella, muy bella, muy sensual, a
propósito para temperamentos delicadamente voluptuosos. Leyendo vidas de
santos, y sobre todo de santas, se observa que los arrebatados fervores
y movimientos místicos del alma coinciden con las edades críticas: la
pubertad y la menopausia. A este fenómeno, un materialista le daría un
sentido bajo y torpe; diría que el sentimiento religioso es una emoción
sexual disfrazada. Para un espiritualista, el fenómeno tiene una
explicación más natural y profunda. Puesto que en esas edades críticas
el cuerpo, con infatigable tenacidad, impone su hegemonía sobre el alma,
es natural que en los seres de fina textura espiritual, el espíritu
intente divorciarse desesperadamente de la materia y oponer a las
precarias y fugitivas apetencias de la carne un objeto absoluto e
incorruptible, adonde se concentren los anhelos elevados, y de él
extraigan los más puros e inefables deleites. Se me dirá que esto no
acontece sino a las naturalezas enfermizas y anormales. Concedo. Pero es
que la inteligencia extraordinaria, los sentimientos nobilísimos y fuera
de lo común, la peregrina aptitud para producir belleza, ¿no son
anormalidades, enfermedades, como la perla es una enfermedad de la
ostra? La materia en equilibrio, en inercia, es realidad a medias. La
materia en transformación, en descomposición, es realidad íntegra,
porque está creando vida y nuevas energías. Y la energía es el elemento
espiritual del universo. Yo, sin jactancia, ¿qué jactancia puede caber
en esto?, soy un hombre bastante normal y equilibrado. Pero mucho más
equilibrados eran mis cerriles compañeros. Yo asistía a los oficios con
emoción, aunque sin subir al deliquio ni al arrobo; ellos estaban como
los perros en misa. Durante los cuatro primeros años de seminario, en
los cuales se estudia con preferencia el latín, me apliqué a dominar
esta lengua: ellos concluyeron los cuatro cursos sabiendo menos latín
que un toro de Miura. Yo tenía afición a los idiomas. El francés había
comenzado a enseñármelo la duquesa. Luego, por mi cuenta, perfeccioné su
conocimiento. Me inicié también en el inglés. Mis únicas distracciones
eran el estudio y la lectura, cosa inexplicable para mis compañeros. Mi
lectura favorita, los himnos del Breviario. Ahora tiene usted que
perdonarme si le hablo con alguna extensión del Breviario. ¡Sus himnos
han influído de tal suerte en mi vida...! Me sé muchos de memoria, y he
traducido algunos en lengua castellana. ¡Lástima que yo no sea un buen
poeta! Los españoles no conocen la poesía cristiana. Los grandes poetas
franceses, Corneille, Racine y otros, han vertido los himnos del
Breviario en deliciosos versos franceses. En la manera de amar y
preferir decláranse espontáneamente las personas y desnudan su alma. El
ardiente Corneille traduce siempre al ardiente San Ambrosio; Racine, más
cerebral y refinado, traduce a Prudencio, meticuloso artífice de la
poesía litúrgica. En la segunda estrofa del himno a Laudes, de la quinta
Feria, dice Prudencio: _Volvamus obscurum nihil_, y en la tercera
estrofa: _Ne noxa corpus inquinet_. Racine, en estos dos versos, creyó
ver un como remoto antecedente de la estética de Boileau, y tradujo,
respectivamente: _Et que la vérité brille en tous nos discours_, y
_qu'un frein legitime--Aux lois de la raison asservisse les sens_. Yo no
sé de ningún gran poeta español a quien se le haya ocurrido ungirse con
el óleo denso y aromoso de la poesía cristiana. Los himnos más
primitivos y arcaicos eran los que con más dulce violencia me movían los
afectos. Ya desde aquellos primeros años de seminario me he atrevido a
pensar que la Iglesia cristiana, en el curso de los siglos, fué mudando
de condición; de potencia espiritual y apostolado de caridad social, se
trocó en potencia política. Con esta mudanza, lo que ganó en poderío e
influencia lo perdió en eficacia y estabilidad, porque todas las
potencias políticas son perecederas, por ser odiosas. Aquellos himnos
originarios e infantiles correspondíanse con las almas simples e
inflamables que los cantaban a coro en los humildes templos. Aquellas
almas inocentes y piadosas consideraban decoroso y prudente que los
clérigos viviesen con mujer, y la Iglesia consentía el concubinato
eclesiástico. ¿Por qué la Iglesia, pensaba yo entonces, no ha de
permitir ahora el matrimonio de los clérigos? Cuántos daños se
evitarían.... Y lo pensaba, no porque yo sintiera deseos, ni estuviese
enamorado de mujer alguna, sino porque miraba y compadecía a mis
compañeros. El enamoramiento vino después; y el Galeoto, el Breviario.
El primer cantor cristiano fué San Ambrosio de Milán, cuyo corazón era
como un grano de incienso entre brasas. Un autor dice que San Ambrosio
enseñó a la lengua latina a orar. En el himno _Aeterna Christi munera_,
que se canta a maitines el día de los Apóstoles, se expresa así San
Ambrosio:
_Devota sanctorum Fides,
Invicta spes credentium,
Perfecta Christi charitas
Mundi triumphat principem._
«En vosotros, la fe religiosa de los santos, la esperanza invicta de los
creyentes, la caridad perfecta de Cristo, triunfa sobre los príncipes
del mundo.» ¿No es admirable de sencillez y de claridad? Nada de
autoridad ni potencia política. Fe, esperanza y caridad, esto es, amor
gracioso y no debido. Estas tres virtudes teologales le bastan al
cristiano para triunfar sobre los caducos principados de la tierra. Tal
era la misión social y espiritual de la Iglesia primitiva, de la Iglesia
apostólica. El día de los apóstoles San Pedro y San Pablo, consta en el
Breviario un himno compuesto por Elpis, siciliana, mujer del filósofo
Boecio. Este himno se canta en el Vaticano, con música de Palestrina,
por un coro numerosísimo, sobre la tumba de San Pedro, bajo la cúpula de
Miguel Ángel. Dice la última estrofa:
_O felix Roma, quae tantorum Principum
Es purpurata pretioso sanguine:
Non laude tua, sed ipsorum meritis
Excedis omnem mundi pulchritudinem._