--Señorita, está usté perdiendo la chaveta. Vaya, tranquilícese. Llore,

que el llanto le hará bien.

Era ya de noche. Felicita, llorando, cada vez con desconsuelo más dulce,

resignado e inconsciente, se adormeció como un niño. Estaba tumbada en

el sofá. Telva no quiso disturbarle el sueño, y la dejó a solas,

rezongando: «Cuando despierte, ya se meterá en la cama. ¡Jesús con el

señorío, y qué afición a los pantalones!...»

Felicita despertó de madrugada. Por el balcón se efundía una claridad

lívida e inanimada, como aurora de ultratumba. Las velas sobre la cómoda

se habían consumido. Las pocas lamparillas que todavía alumbraban se

extinguían con un estremecimiento incorpóreo, al modo de leve recuerdo

dorado.

Felicita sintió que una mano invisible le apretaba el corazón. No podía

respirar. Cantó un gallo. Una voz de timbre increíble resonó en la

cabeza de Felicita: «Es la hora en que Lucifer cae al averno y las almas

de los justos vuelan a Dios.»

Felicita lanzó grandes alaridos. Acudió Telva, a medio vestir.

--De prisa, de prisa, acompáñame.

La sirvienta dudó si sujetar por la fuerza a su ama; pero era tal el

brillo que fosforecía en los ojos de Felicita, que Telva obedeció.

Salieron a la calle. Llovía reciamente. Iban resguardadas bajo un enorme

paraguas aldeano, de color violeta.

--Pero, ¿adonde vamos a estas horas? Es pronto aún para misa de alba.

Felicita no la oyó. Telva insistía. Felicita dijo, como hablando para

sí:

--Anselmo está agonizando.

Llegaron a la fonda del Comercio. Estaba abierta y había un camarero de

guardia.

--Don Anselmo se muere--dijo Felicita.

--Sí, señora, espicha sin remedio--respondió el camarero.

--Voy a su habitación. Enséñeme el camino--ordenó Felicita.

--Es el caso que no se consiente que entre nadie. No está el horno para

bollos.

--Yo entro porque tengo títulos para entrar. No hay quien tenga más

derecho que yo. Enséñeme el camino. O no me lo enseñe. No necesito guía.

Iré derecha a su lado.

--Aguarde, señora. Voy con usté, para avisar y anunciarla. ¿Quién digo

que es usté?

--Felicita, nada más que Felicita.

Novillo se hallaba en las últimas. De una parte, a la cabecera de la

cama, permanecían, en pie, Apolonio y Chapaprieta, el capellán de la

casa de Somavia, en la mano, y con un dedo entre los folios, el libro

donde había leído la recomendación del alma. De la otra parte, una monja

le enjugaba el sudor que resbalaba a hilos de la frente y de la calva.

El peluquín se veía suspendido en un boliche de la cama. La dentadura

postiza estaba sumergida en un vaso de agua, sobre la mesilla de noche.

Sin dentadura ni peluquín, la piel flácida, verdosa, negruzca, color de

corambre, los ojos soterrados, barba y bigote blancos, Novillo no

conservaba traza de su pretérita fisonomía. Lo único que le quedaba del

añejo esplendor era el abultado abdomen, enarcándose bajo las sábanas.

Aquel hermoso corazón, tan trabajado por el amor contenido, no quería

seguir rigiendo. Novillo se asfixiaba. Un practicante, junto a la monja,

le daba a respirar de un balón de oxígeno; y en verdad, no se sabía si

el balón estaba inflando a Novillo o si Novillo estaba inflando al

balón. Novillo no había perdido la conciencia. De tiempo en tiempo

levantaba los brazos y los dejaba caer pesadamente. Otras veces

entreabría con esfuerzo los carnosos párpados, y enviaba de sus ojos,

profundos y tristes, miradas de agradecimiento a los que le rodeaban.

Cuando el camarero repicó a la puerta, la duquesa buscaba una medicina

entre los frascos del tocador. Había tomado en la mano un pomo que

decía: «La onda del Leteo. Tinte indeleble para el cabello», y pensaba:

«Voy a probar yo este tinte. Probablemente se lo ha enviado el carcamal

de mi marido.» Al oír el repique en la puerta, hizo un ademán a los

otros para que no se movieran, y salió ella a abrir.

--¿Quién es?

--Felicita--respondió el camarero.

La voz con el nombre llegó a oídos de Novillo. Le acometió un temblor

intenso. Con movimientos torpes e inútiles tendía las manos hacia el

peluquín y la dentadura postiza. La duquesa, que había cerrado de golpe

la puerta, observaba a Novillo.

--Que no me vea así...--tartamudeó Novillo, con soplo delgado y apenas

perceptible.

Entonces, la duquesa salió, cogió por un brazo a Felicita, la arrastró

lejos, hasta una habitación vacía, le hizo sentar de golpe, y dijo:

--Usted se está quieta aquí.

--Mi puesto es a su cabecera, para recoger su postrer suspiro. Que nos

casen _in articulo mortis_. Se muere.

--Por desgracia, así es. Y si usted le quiere, lo menos que puede hacer

es dejarle morirse en paz.

--No morirá en paz si no me tiene a su lado.

--Se engaña usted. Anselmo no quiere que usted le vea en este trance.

--¡Falso! ¡Calumnia! ¿Lo ha dicho él?

--Él lo ha dicho.

--Imposible, imposible...--gritó Felicita con frenesí--. _Articulo

mortis. Articulo mortis_.

--Señora, no levante usted escándalos, que están durmiendo los

huéspedes; ni me haga perder más tiempo. Ya le explicaré más tarde.

Y salió la duquesa, dejando encerrada a Felicita.

Novillo murió una hora después. Antes de morirse, llamó por señas a la

duquesa, y ya con lengua moribunda, dijo:

--Felicita... perdón... no casarme... amado, amo... muero... amo... ella.

Cerraron los párpados a Novillo, le sujetaron la mandíbula con un

pañuelo, le entretejieron los dedos de las manos, y todos de rodillas,

condolidos, tocados de lástima y simpatía, rezaron brevemente. La

duquesa, con acento profundo y unción de responso, pronunció lentas

palabras, como si meditase en alta voz:

--El duque no volverá a encontrar un servidor político tan humilde y, al

propio tiempo, tan osado. Parece mentira que este hombre temible en las

elecciones, que a todos sacaba ventaja en maquinar un chanchullo y

sacarlo adelante por redaños, fuese, en el fondo, la criatura más

simple, candorosa, sentimental y asustadiza. ¡Cosas de la vida...--y,

después de una pausa, añadió--y de la muerte! ¡Descansa en paz, Novillo

bueno; Novillo fiel; Novillo amante!

La duquesa fué a comunicar la triste nueva a Felicita. En ausencia de la

duquesa, una idea singularmente brillante y afilada se había hecho

presente, con viva luz y penetrante dolor, en el alma de Felicita.

«Anselmo ha atrapado la pulmonía, o mejor dicho, la pulmonía ha atrapado

a Anselmo...», y aquí la imaginación de Felicita se figuraba

materialmente la pulmonía como un vampiro o ave nocturna que volaba en

la tiniebla, entre lluvia y viento. Proseguía pensando: «La pulmonía ha

atrapado a Anselmo cuando iba a Inhiesta en persecución de don Pedrito

y Angustias. Si éstos no se escapan, la pulmonía no sorprende a Anselmo.

Yo les preparé la escapatoria. Luego yo soy la culpable de la muerte de

Anselmo. Yo soy la asesina; yo le he matado a traición. Yo misma.... Debo

presentarme al juez. Yo le he matado; sí, le he matado....»

Acercóse la duquesa y, antes de que abriese la boca, Felicita se le

adelantó:

--Ya sé lo que me va a decir, señora duquesa. Lo sé y no quiero oír de

fuera la acusación. Estoy convicta y confesa. Llévenme a la cárcel,

denme vil garrote. Yo le he matado....

--No delire, pobre mujer. Revístase de fortaleza para escucharme. Le

traigo un manjar amarguísimo; pero con un granito de dulzura y de

consuelo.

--No hay consuelo para mí. Yo le he matado y él me acusó del crimen; por

eso no quiso recibirme antes de morir.

--Si Anselmo no quiso recibirla, fué por amor a usted, porque deseaba

que usted guardase de él un recuerdo grato y atractivo, y no la imagen

deplorable y triste a que la enfermedad le había reducido. Esta fué la

razón. Antes de morir me confió para usted un mensaje: que le perdonase

por no haberse casado, que la había querido siempre y que moría en el

amor a usted. Estas fueron sus últimas palabras.

Unos instantes de estupor. Felicita quedó como congelada, yerta. Perdió

voluntad y continencia. La carne, tan flaca y reseca, se le agrietó, y,

por las hendeduras, se derramó en clamorosos raudales lo más secreto del

alma, lo que rara vez se escapa del misterio de la conciencia: el

tuétano del espíritu, que tiene miedo a la luz y a las palabras.

--Me apetecía, y yo le apetecía...--gritó Felicita, desbaratando el

peinado y dando suelta al cabello, caudaloso y negro, lo único joven y

hermoso que poseía--. ¿Por qué no habló? ¿Qué hablar? Un gesto, un solo

gesto, un movimiento de ojos, el ademán de un dedo, la seña más leve, y

yo me hubiera arrojado en sus brazos, me hubiera entregado a él, me

hubiera abrasado y anonadado de amor, me hubiera deshecho en besos

apasionados....

--Felicita, repare usted que, en las habitaciones vecinas, hay huéspedes

y le están oyendo a usted.

--Lo proclamo a la faz del mundo. Que me oigan los cielos y la tierra;

Dios y Satanás. Enviaré un comunicado a los periódicos. Todo, todo,

todo; la vida, la fortuna escasa que tengo de mis padres, el bienestar,

la honra, todo lo hubiera dado por un segundo, nada más que un segundo,

de amor. ¿Para qué quiero la vida? ¿Para qué la fortuna? ¿Qué bienestar

es el mío? ¿De qué me sirvieron la honra y la doncellez?

La duquesa meditó: «Felicita piensa de modo distinto que el obispo

acerca de la doncellez. Me gustaría que el pobre Facundo la oyese.»

--Repórtese, Felicita--amonestó la duquesa--. Tiene usted razón; pero

nada se enmienda con lamentaciones tardías.

Felicita cayó en una especie de alelamiento, que duró poco.

--Quiero ver a Anselmo--dijo, poniéndose en pie.

--No apruebo el capricho--comentó la duquesa--. Recibirá usted una

impresión demasiado desagradable.

Obstinóse Felicita, y la duquesa cedió. De camino, Felicita iba

diciendo:

--El suelo huye bajo mis plantas. Las paredes ondulan. El mundo se

descuartiza y los trozos van rodando por el aire.

Estos raros fenómenos o alucinaciones en que Felicita se veía envuelta,

a causa, tal vez, de la debilidad, se exageraron cuando entró, en el

cuarto mortuorio. Parecióle que la descomposición y descuartizamiento de

que era víctima el mundo se verificaban con mayor saña y absurdidad,

como obedeciendo a un designio diabólico, en el cadáver de Anselmo

Novillo. El cabello se le había despegado del cuero y se balanceaba

sobre un boliche de la cama. Los dientes, parejos y pulquérrimos,

habían saltado, con encías y todo, desde la boca hasta un vaso de agua.

El vientre, enorme y pavoroso, ascendía, a punto ya de romper las

amarras que le unían al resto del cuerpo.

Felicita dejó escapar un ¡ay! desgarrado, y se cubrió los ojos. Como el

duque de Gandía ante el cadáver de la emperatriz, Felicita decidió allí

mismo no volver a enamorarse de imágenes mudables, perecederas, y

consagrar a Dios su doncellez.

El alma humana es grande porque, como todo lo grande, se compone de

pequeñeces sin número. Por eso, en las crisis de dolor, en que el alma

gira necesariamente sobre sí misma, sucede acaso que el eje de rotación

es una pequeñez ridícula. Felicita, a los pocos días de su doncellil

viudez, fué a visitar al Padre Alesón, a fin de instruirse en lo

atañedero a la regla monástica de las diversas órdenes religiosas

femeninas, y también de una ridícula pequeñez, que era para ella extremo

de suma importancia: los hábitos que visten cada cual. Felicita sabía

que algunos hábitos eran preciosos, y aun elegantísimos, si es lícita

esta expresión profana. De estos dos puntos, la regla y el hábito,

dependía la elección de Felicita.

Al entrar en casa de los Neira, extrañó no ver a Belarmino en su

cuchitril.

¿Dónde estaba Belarmino?

El Padre Alesón había dicho a Belarmino que Angustias viviría, hasta el

día de la boda, en el convento de las Carmelitas, en las afueras de

Pilares. Belarmino solicitó permiso para ir por las tardes a pasear en

torno al convento.

--Siempre que usted me prometa no intentar ver a su hija, yo le concedo

permiso.

Belarmino prometió y cumplió. Los primeros días llovía irremisiblemente.

Belarmino llegaba chapoteando en las charcas, cubierto de lodo, se

guarecía en el porche del convento, y allí, encuclillado, como filósofo,

dejaba pasar las horas. Oíase el trémolo de un harmonium. El sonido

descendía, y luego llegaba a lo largo del silencioso pavimento hasta él,

a menudos y leves saltos, como los pájaros cuando caminan por la tierra.

Oía los cantos monjiles. Belarmino se aplacía en el canto religioso: _ne

impedias musicam_, dice la Escritura. «Quizás Angustias canta también;

le habrán enseñado»--pensaba Belarmino. Y hacía esfuerzos por desenredar

la voz azul de Angustias de entre la madeja polícroma del coro. No, no

cantaba Angustias. Si cantase, el rayo único de su voz hubiera penetrado

en el alma penumbrosa de Belarmino, como penetra un solo haz de los

rayos del sol a través de la ojiva en una iglesia.

Luego, serenóse el tiempo. Era la sazón otoñal, de color de miel y

niebla aterciopelada y argentina, a manera de vello, con que la tierra

estaba como un melocotón maduro. Por encima de las tapias del huerto

conventual asomaban los negros y rígidos cipreses, que eran como el

prólogo del arrobo místico, el dechado de la voluntad eréctil y

aspiración al trance; y los sauces anémicos y adolecientes--en la región

los llaman desmayos--, que eran la fatiga y rendimiento, epílogo dulce

del místico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de

agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeñas manzanas, que no sugerían

la imagen del pecado, sino a lo más de un pecadillo. Para los ojos, todo

era paz en el huerto conventual; para el oído, la querellosa algarabía

de los gorriones vespertinos.

Belarmino se sentaba al pie de las tapias y contemplaba las praderas, de

velludo amarillento, que vahaban un aliento tenue y opalino. También él

tenía un alma rasa y suave de pradera, esfumada en neblina. Entre la

neblina interior pensaba y sentía, sin usar ya de palabras ni signos

representativos. Sentía que su hija no había estado antes en el

convento, que le habían querido engañar, por caridad. Es decir, no le

habían engañado; se había engañado él mismo, y se habían engañado los

demás. Pero, ahora, su hija estaba ya en el convento. ¿Cómo así? Fuera

de él--pensaba--no existía nada. El mundo era una ilusión de los

sentidos, un espejismo de la imaginación. El mundo de fuera era creación

aparente y engañosa del mundo de dentro. Belarmino, entonces, resolvió

poner en orden de paz y hermosura su mundo interior, y, por lo tanto, el

mundo exterior, que no es sino eco o imagen sensible del otro.

Ahuyentaría o ignoraría los espectros recónditos, que, de vez en cuando,

se entrometen a perturbar el buen concierto de las potencias del alma y

anublar la cálida luz del corazón; esos espectros que, aunque

ofuscaciones de la imaginación, se proyectan sobre el mundo exterior en

forma de figuras odiosas y agresivas, como si de veras existiesen en

carne y hueso, y son sólo alucinaciones. Belarmino resolvió que Xuantipa

ya no existía; que no existía Bellido, el usurero; que no existían

Apolonio, ni su hijo, el seductor de Angustias; que no había existido el

rapto--¡cuánto trabajo le costó suprimir de su alma esta pretendida

alucinación o realidad ilusoria...!--. Angustias, ésa sí que existía;

como que la había concebido y creado él; era la hija de su alma y de sus

entrañas: ¿no había de existir? Existía y estaba, por libérrima y

unánime voluntad, suya y de su padre, recoleta en las Carmelitas, adonde

la habían conducido el desprecio del mundo exterior y aparente, en el

cual ella tampoco creía, y el ansia de una absoluta y perfecta

serenidad. Por algo Angustias era hija de Belarmino.

Y Belarmino acudía todas las tardes a pasear alrededor del convento de

las Carmelitas, a comunicarse, por vías misteriosas e inefables, con su

hija imaginaria, enteramente engendrada por él, en su alma paternal,

tierna y creadora.

Entonces fué cuando Belarmino abandonó la profesión filosófica, y ya no

remendó más zapatos. Antes, cuando se veía a Belarmino, había que

pensar: San Francisco, el de Asís, debía de ser una persona semejante,

en el rostro. Ahora, Belarmino era cabalmente el remedo animado del San

Francisco, de Luca de la Robbia; puras y pueriles facciones, ojos

vitrificados, anchas las sienes. También Platón tenía las sienes anchas.

Los frailes y los señores de Neira dejaban a Belarmino en libertad, que

viviese a su gusto, como inocente criatura de Dios que no podía hacer

daño a nadie. Una de sus últimas enseñanzas consistió en un a manera de

apólogo, muy breve, que confió a Escobar, el Aligator, y que éste tuvo

la suerte de poder traducir en lengua vulgar. Dice así: «Una vez era un

hombre que, por pensar y sentir tanto, hablaba escaso y premioso. No

hablaba, porque comprendía tantas cosas en cada cosa singular, que no

acertaba a expresarse. Los otros le llamaban tonto. Este hombre, cuando

supo expresar todas las cosas que comprendía en una sola cosa, hablaba

más que nadie. Los otros le llamaban charlatán. Pero este hombre,

cuando, en lugar de ver tantas cosas en una sola cosa, en todas las

cosas distintas no vió ya sino una y la misma cosa, porque había

penetrado en el sentido y en la verdad de todo; al llegar a esto, este

hombre ya no volvió a hablar ni una palabra. Y los demás le llamaban

loco.»

CAPÍTULO VII.

PEDRITO Y ANGUSTIAS.

Después del largo sermón de las siete palabras, la noche del Viernes

Santo, don Guillén tenía la voz tomada, hendida, un poco estridente.

Había sido actor, durante dos horas, y ante un auditorio de reyes,

infantes y demás tropa palatina, en el drama de los dramas: la pasión y

muerte del Hombre-Dios. Su rostro no se había despojado aún de la

persona o máscara trágica. No quiero dar a entender que don Guillén

fuese un histrión, y que, después del gran esfuerzo hipócrita sobre el

proscenio, al volver entre bastidores, fingiese hallarse dominado

todavía por el espanto y rigidez patéticos, y no poder recobrar la

elasticidad y movilidad de los músculos de la expresión. Polus, actor

griego, cuéntase que, representando _Electra_, de Sófocles, sacó a

escena la urna con las cenizas de su propio hijo, porque el sentimiento

de su dolor fuese sincero y comunicativo. De seguro don Guillén, al

representar aquella tarde el drama del Calvario, había conducido en la

urna recóndita del corazón las cenizas de su propia vida; cenizas

ardientes aún. Horas después, todavía los ojos, las mejillas, la boca,

la posición de cabeza, torso y brazos, eran como signos gráficos de

fácil interpretación, en donde se podía leer un traslado de las divinas

palabras: _Tristis est anima mea usque ad mortem_; triste está mi alma

hasta la muerte.

Yo pensé que si don Guillén perseveraba en aquel modo de espíritu, no

proseguiría narrándome la interioridad de su vida. Recordé lo que él me

había dicho la noche anterior: que su padre, Apolonio, creía, de

conformidad con la sapiencia búdica, que cada hombre lleva su destino

escrito en la frente, con caracteres invisibles. Acaso, pensaba yo, los

caracteres que don Guillén lleva escritos en la frente no son por entero

invisibles, y la diversidad de sus nombres bautismales indica

correspondiente diversidad de personalidades. Y así, esperé que, pasado

un lapso de tiempo prudencial, la personalidad del hombre sereno y

expansivo se sobrepusiese a la del hombre apasionado, triste y

taciturno, y que don Guillén reanudase su cuento. Le hablé, por

favorecer el tránsito, de cosas indiferentes a su preocupación actual,

pero no tan indiferentes que resultasen frívolas o necias. Advertí que

la cerrazón de la máscara trágica se abonanzaba. Se insinuó una sonrisa.

Era el advenimiento del hombre efusivo.

--Anoche--dijo al fin don Gillén--comencé a contarle innumerables

futesas, sin interés o de muy escaso interés. Pero este asomo de interés

se desvanecerá si dejamos truncada la historia. Anoche me despedí de

usted desde las puertas del Seminario conciliar de la diócesis de

Pilares. Ahora, le invito a entrar conmigo. Doce añitos de estancia;

pero, no se asuste usted. Comprimiremos estos años hasta dejarlos

reducidos al volumen de un cuarto de hora. La consideración del tiempo

por venir mete miedo; y, sin embargo, el tiempo no ocupa lugar; pero no

nos damos cuenta de que no existe hasta que ha pasado. Nos afanamos por

apoderarnos de prisa, de prisa, trozo a trozo, del gran bloque del

tiempo venidero, y estamos en la situación de un avaro que no hiciese

sino guardar onzas de oro en un arca, y que cada onza se le desvaneciese

sin llegar al fondo. Fíjese usted en la impropiedad del lenguaje, en lo

que respecta al tiempo y a la edad de los hombres. Se dice: «Este niño

tiene muy pocos años», o «este viejo tiene muchos años». ¡Qué disparate!

El niño es el que tiene muchos años y el viejo el que tiene pocos años,

poquísimos, quizás meses, quizás días, quizás horas, porque el tiempo

pasado ya no existe.

Aquellas consideraciones, aunque sutiles y originales, no me parecían

pertinentes. Lo que yo quería conocer no eran las ideas de don Guillén,

sino su vida y sentimientos. Le atajé, con cauta ironía:

--Tiene usted razón. No presumía que en los seminarios enseñaban a

discurrir de esa manera sintética y plástica, por paradojas.

[Nota: DISQUISICIÓN DE DON GUILLÉN ACERCA DE LA POESÍA DEL BREVIARIO]

Belarmino y Apolonio · 第 12 / 17 段