de esto que ha pasado. ¡Júrelo!
Apolonio, ante la prosopopeya de Felicita, ya se halló en su elemento, y
juró con la solemnidad y unción de un pontífice.
«En medio de todo--reflexionaba Apolonio--, qué curioso drama el de
Novillo y Felicita. Es algo así como el suplicio de Tántalo. ¿Por qué no
se casan? No será porque no quieran ni porque nadie se lo impida. Y, sin
embargo, no se casan. Luego negarán que existe una Némesis que traba y
destruye las intenciones de los hombres. Yo escribiría este drama. Pero
el señor Novillo es amigo y podría disgustarse.»
Escribiría aquel drama y otra porción de dramas tomados de la realidad.
Y la realidad de Apolonio, por entonces, no traspasaba los límites de la
Rúa Ruera. Sin necesidad de levantar los tejados, como el Diablo
Cojuelo, Apolonio adivinaba el drama oculto en cada casa, y con todos
los pequeños dramas individuales formaba una gran tragedia, la tragedia
de la calle, en que él era el héroe, la víctima, y Belarmino el traidor.
En fuerza de imaginar luctuosas peripecias, el pecho se le colmaba de
impulsos vehementes, a manera de necesidad perentoria de acción, y
acción cruel. Era menester que se libertase de aquellas ansias
agresivas, que cada día le hostigaban con redoblada tenacidad, o, de lo
contrario, perdería en una mala hora la cabeza y haría una barbaridad.
Entonces se le ocurrió una idea feliz: se dedicó a criar gallos de
pelea. Como tenía dinero a mano, adquirió presto una regular gallera.
Encargó buena parte de los gallos ingleses a Antequera, porque le
informaron que allí cultivaban las sangres más finas y puras. Se
adiestró en el cuido y preparación de los gallos para el combate. A
todos sus animales les impuso nombres mitológicos y legendarios:
Aquiles, giro; Ulises, colorado; Héctor, gallino; Hércules, negro;
Roldán, dorado; Manfredo, cenizo; Carlomagno, negro también; etc., etc.
En las otras galleras abundaban los nombres de toreros. Todos los
domingos por la mañana, después de oír misa de once, porque creía en
Dios y en la providencia, a pesar de que en este mundo no hay justicia,
ni plan, ni sentido, Apolonio se encaminaba al circo gallista, seguido
de un aprendiz con los capaces en donde iban los gallos que aquel día
echaba a pelear. Intervenía en las diligencias preliminares del examen y
peso de los combatientes, y escrutaba con tanto escrúpulo, seriedad y
aparato la balanza, como si se estuviese decidiendo el porvenir de la
humanidad. Luego, había que verle con qué religiosa pompa y taciturno
talante, sentado detrás de la pista, limpiaba las espuelas del gallo
con medio limón, para mundificarlas, por si estaban emponzoñadas, y las
enjugaba después con el pañuelo, y, por último, depositaba levemente el
gallo sobre el ruedo, como diciendo: _alea jacta est_, y ya no hay
poderío terrenal que desvíe la voluntad de los hados. Y la voluntad de
los hados era, indefectiblemente, que los gallos de Apolonio quedasen
muertos o malferidos. A Ulises se lo mató Lagartijo; a Héctor,
Bocanegra; Mazzantini hizo papilla a Roldán; Aquiles quedó ciego de unas
puñaladas que le metió Frascuelo; y un gallo de sangre mestiza y ruin,
color blanco, llamado Espartero, propiedad de un ebanista, aniquiló a
Carlomagno, Manfredo, Hércules y otros seis héroes desgraciados. Cosa
sorprendente: Apolonio asistía sin enojo, antes con orgullo, al
vencimiento de sus gallos. Lo esencial era que nunca cantaban la
gallina; morían porque debían morir, que el héroe muere siempre a la
postre, y no a manos de otros héroes, sino por el vil puñal. Sus gallos
daban siempre el pecho; los demás seguían una cobarde táctica de
combate, simulaban huir en torno al ruedo, y cuando más confiado iba el
héroe en su persecución, se volvían inopinadamente y le daban traidoras
estocadas. Sus gallos, como los personajes de Sófocles, sabían morir con
belleza, y por lo tanto con gloria, que viene a ser lo mismo. Ajax
declaró: «vivir con gloria o morir con gloria; tal es el deber de los
bien nacidos», y la palabra empleada para designar la gloria es
[Griego: chalos], que significa también la belleza. ¡Y cómo se parecía
Apolonio a sus gallos! Se les parecía en la silueta, en el aire de
prestancia, en el énfasis, en la cresta, pero no en los espolones; se
les parecía por fuera. Por dentro, Apolonio, aunque daba albergue y
acariciaba con la imaginación las pasiones más destructoras, era incapaz
de matar un mosquito, como decía de él su hijo. Y así, Apolonio veía en
sus gallos la incorporación de algo necesario y deficiente en su propia
personalidad; eran encarnación de su personalidad frustrada, porque el
dramaturgo es el hombre de acción frustrado. De aquí que Apolonio
asistiese sin enojo, antes con orgullo, y aun con satisfacción íntima,
al vencimiento de sus gallos. Se verificaba en su pecho la perfecta
frustración de su personalidad deficiente, una especie de catarsis. Si
los gallos vencieran con frecuencia, pensaba Apolonio que la confianza
en sí mismo, ya que los gallos eran en cierto modo prolongación de su
persona, el espíritu agresivo, la necesidad de acción ejecutiva, se le
hubieran comunicado fatalmente a él, y como era muy pusilánime, sólo
ante la idea de cometer un gran disparate le daban escalofríos. Por
último, las peleas de gallos influían en la vida y carácter de Apolonio
en dos opuestas direcciones: una favorable, y adversa la otra.
Favorable, porque se iba haciendo conocido y famoso, como personaje
pintoresco e improvisador de aleluyas, en la ciudad y en otros pueblos
de la provincia, en donde alguna vez se concertaban riñas de gallos
interurbanas. Adversa, porque en las riñas mediaban apuestas, y como
Apolonio perdía siempre, se le iba desnivelando el presupuesto mucho más
de lo prudente. Apolonio no paraba atención en los descalabros
económicos mientras su actividad pública, como gallero, le sirviera para
ensanchar la nombradía; prefería la ruina y la inopia a la oscuridad.
Todo lo aceptaba con tal de gratificar en alguna medida su vanidad
inocente, con tal que se le conociese y se hablase de él. Su obsesión
era aventajar la fama de Belarmino, humillarle algún día.
Belarmino ganaba cada vez más popularidad. En los periódicos se habían
publicado artículos acerca de él; unos de burla, otros en serio,
sosteniendo la tesis de que constituía un fenómeno mental, un caso de
estudio, invitando al director del Hospital-manicomio a que hiciese con
él experiencias científicas, y proponiendo que cuando muriese no se le
enterrase sin antes haberle sacado el cerebro, a fin de analizarlo.
Cuando Belarmino leyó esta halagüeña proposición, se le atragantó la
saliva; pero se repuso a seguida, sonriendo beatíficamente. Adoptaba la
propia actitud de indiferencia filosófica hacia las opiniones ajenas,
mientras él conservase la vida y el pensamiento, como hacia los dolores
corporales, en habiéndose muerto.
La polémica sobre si Belarmino sabía lo que se decía o, por el
contrario, hablaba como un papagayo, repitiendo palabras vacías y sin
trabazón, se enconaba y complicaba más y más, porque nadie había
allegado todavía prueba concluyente, de una parte ni de otra. El
Estudiantón no desesperaba de formar el léxico completo belarminiano con
su correspondencia clara. Tomaba notas sin cesar, había interpretado ya
bastantes vocablos y entendía el sentido de algunas sentencias; pero
estos hallazgos fragmentarios no convencían a todos.
Por entonces llegó a Pilares el primer fonógrafo. Lo había traído de
París, en uno de los periódicos viajes de compras, un quincallero
apellidado Ortigüela. El mecanismo causó gran sensación. Ortigüela dió
varias audiciones en casas particulares, en el Casino y en la
Universidad. Oyéndolo, al Estudiantón se le ocurrió un ingenioso
proyecto, que comunicó al punto a los belarminianos y antibelarminianos.
Tratábase, nada menos, que de demostrar inequívocamente si Belarmino
hablaba un idioma inteligible. Todos aceptaron la presunta demostración.
El proyecto era el siguiente: Se le pediría a Belarmino que viniese a
una casa cualquiera y explicase en breves palabras su sistema
filosófico. Convenientemente encubierto, se le colocaría al lado el
fonógrafo, y se impresionarían uno o dos cilindros con la disertación de
Belarmino. Al cabo de un tiempo prudencial, se le diría que estaba de
paso en Pilares un filósofo forastero, al cual le habían invitado a dar
una conferencia en el Casino, y si él, Belarmino, quería oírla, puesto
que era el único filósofo de la localidad, que le colocarían en una
habitación contigua al salón, detrás de los cortinajes, desde donde
escuchase sin ser visto. De todas estas diligencias se encargaría
Escobar, el Estudiantón, por ser con quien Belarmino mostraba mayor
confianza y estima. Nadie pensó que Belarmino pudiese reconocer su
propia voz, porque, efectivamente, en aquel aparato todavía
rudimentario, bien que se distinguiese con claridad las palabras, todas
las voces sonaban con el mismo timbre homogéneo y ronquecino.
Cuando el Estudiantón requirió a Belarmino a que expusiese su sistema,
el zapatero replicó con dulce ironía:
--¿Y qué es un sistema? Quizás lo que usted llama sistema no es lo que
yo llamo sistema. Yo, gracias a Dios, no tengo sistema. Lo que usted
quiere decir es postema. Tampoco, gracias a Dios, tengo postema.
--Bien, bien, Belarmino; confieso que no le entiendo a usted todavía.
Por eso, precisamente, no me sacio de oírle, y deseo que usted nos dé
una especie de abreviado conjunto o resumen de sus ideas. Si yo no le
entiendo, usted me entiende, porque es bilingüe, y sabe lo que le pido.
¿Acepta usted?
--Sé lo que me pide, y no tengo inconveniente en aceptar. Pero necesito
una semana de meditación.
Cumplida la semana, Belarmino se presentó en el lugar designado.
Dijérase que había pasado, no una semana de meditación, sino muchos
meses de ayuno; la noble y aguileña faz, tan enjuta, que casi era
traslúcida; el cuerpecillo, tan reducido y descarnado, que apenas
gravitaba sobre el suelo. Entró en la habitación sin inmutarse, sin
mecer una mirada de curiosidad alrededor; se sentó donde le dijeron;
inclinó la cabeza y habló tenuemente, sin accionar ni mudar de tono;
concluyó y volvió con la misma serenidad y distracción imperturbables a
su cuchitril.
Pasaron otras dos semanas. Según lo convenido, fueron dos estudiantes,
socios también del Casino, a invitar a Belarmino si quería oír, desde un
escondite, a un filósofo de paso.
--¿De dónde es ese filósofo?--preguntó Belarmino.
--De Kenisberga--respondió uno de los estudiantes, que era muy
desenvuelto.
--¿Y cómo se llama?
--Cleo de Merode.
--¿Y en qué habla?
--Anda, pues en filósofo. Todos los filósofos hablan una lengua
especial.
Belarmino quedó pensativo un punto. Que los filósofos hablaban una
lengua especial, ya lo sabía él; pero le cabía la duda si cada filósofo
hablaba una lengua distinta, inventada por él mismo, o si todos hablaban
la misma. Si lo último, entonces los filósofos eran, evidentemente,
seres privilegiados, que habían llegado a la verdad absoluta por medio
de la revelación directa.
--¿Irá mucha gente?--preguntó Belarmino.
--Anda; y las señoras más guapas y elegantes de Pilares.
--¿Un filósofo para señoras guapas y elegantes? ¡Bueno será él!--
exclamó Belarmino, decepcionado.
El despierto estudiante corrigió en un periquete:
--Caprichos de las señoras.... Han oído: un filósofo, y se han dicho,
pues vamos a verlo; será un bicho raro.
--¡Ah, ya!
--Hay un cuartito que comunica con el salón de actos, desde donde se oye
todo divinamente. A ese cuartito irán algunas personas que no gustan de
mezclarse con el público, por razones dignas de respeto; por ejemplo:
Escobar, el Aligator. ¿Cómo se iba a sentar él, con aquella ropa de
pordiosero, al lado de las señoras? En suma: que usted viene con
nosotros.
Belarmino, después de saber que el filósofo hablaría ante señoras, ya no
tenía interés ninguno en oírle. Pero se dejó llevar, con resignada
indiferencia.
Toda la tramoya había estado tan hábilmente desarrollada, que Belarmino,
a pesar de su sagacidad instintiva, no sospechaba ser víctima de un
engaño.
En el cuartito había unos veinte individuos; los más conspicuos del
belarminismo y del antibelarminismo. Estaban entornadas las maderas del
balcón, para que no se introdujese el ruido de la calle. Sentaron a
Belarmino muy cerca de un gran cortinón de velludo, color oro viejo.
Belarmino parecía sumido en completa insensibilidad, como amputado del
mundo de las cosas vivas. Si alguno le cuchicheaba al oído, él no se
daba por enterado. El Aligator, por su parte, atravesaba una de sus
crisis galvánicas y se estremecía convulso, dando ya por anticipado que
la experiencia iba a fracasar. El estudiantillo desenvuelto se acercaba
de cuando en cuando al cortinón, detrás del cual estaba apercibido el
fonógrafo; abría una rendija, inmiscuía la nariz, y se volvía a decir:
«Se va llenando el salón», «ya está lleno», «el filósofo sube al
estrado», «monsieur Cleo de Merode va a comenzar su conferencia». Oyóse
el carraspeo del fonógrafo, precursor de la emisión de la palabra. El
estudiantillo avispado dijo:
--Murmullos de aprobación.
Y a todo esto, Belarmino sin entrar en situación, ausente en remotos
limbos del pensamiento.
Una voz metálica, ronquecina, nasal, gangosa, de beodo o de fonógrafo,
rompió a decir: «Está el que come ante el Diccionario, en el tole tole,
hasta el tas, tas, tas.»
Belarmino, como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica, saltó
sobre el asiento. Palideció mortalmente. En torno a los ojos se le abrió
ancho y profundo foso de sombra; las pupilas se le desvariaron,
abrasadas y resplandecientes.
Proseguía la voz, en un curso homogéneo, estridente, seguro, inexorable.
Belarmino, casi desfallecido sobre el asiento, en arrobo, cara al
cortinón, con los brazos abiertos, remedaba las imágenes de los santos
que recibieron la gracia de los estigmas. Jadeaba con desmayo y acopiaba
sus escasas fuerzas para suspirar de continuo: «Claro, claro; ¿qué duda
coge?» Luego, con intermitencias, como un reloj arbitrario, producía
enérgicamente, al concluirse las frases del invisible conferenciante,
una a manera de rítmica onomatopeya: «tris-tras, tris-tras, tris-tras.»
Cuando la voz catarrosa e incorpórea dijo, con la frialdad de una
sentencia fatídica: «El sapo no factura la beligerancia, la inquisición,
el pongo y quito de los comensales. El sapo rocia con capullos los
globos y zapadas de los comensales. El sapo prohija el tetraedros. El
sapo desnuda el tetraedro», Belarmino se oprimió las sienes con las
manos, echó hacia atrás la cabeza, sacudiéndola con insensato y
contenido entusiasmo, y murmuró entre dientes, mordiendo las palabras:
«¡Qué razón tiene! ¡Qué razón tiene!»
Terminó la conferencia. Belarmino se hundió en una especie de marasmo o
abstracción. El Aligator, triunfante, hacía guiños y visajes,
preguntando por señas a los otros qué les había parecido la experiencia.
De los demás, la mayor parte se retorcían, ahogando la risa; algunos
enarcaban las cejas y fruncían el labio, remisos en aceptar el valor
probatorio de la anterior experiencia.
Belarmino se incorporó, con las brumas del ensueño desparramadas todavía
en las pupilas.
--¿Y dicen ustedes--preguntó--que ese filósofo se llama Meo de Clerode?
--Asimismo; Meo de Clerode--respondió, con cara dura, el estudiantino
desenvuelto.
--Pues es un enormísimo sapo, mucho más grande aún que Salmerón.
Y Belarmino volvió a su cuchitril, cabizbajo y abismado en
preocupaciones.
--Y ahora, ¿qué dicen ustedes?--preguntó Escobar, en un arrebato
impropio de su natural modosidad.
--Que nos hemos reído la mar--respondió el estudiantillo desenvuelto.
--Esa es una contestación festiva, y el asunto es serio--replicó
severamente el Aligator.
--Sin duda--entró a decir un dentista apellidado Yagüe--, ese zapatero
sabe lo que dice y emplea siempre las mismas palabras para los mismos
objetos. Esto me parece plenamente probado. Pero se me ocurren dos
observaciones. Primera: lo que él dice, a su modo, ¿tiene alguna
importancia; merece tomarse la pena de estudiar su idioma endemoniado,
para averiguar lo que dice? Segunda: caso que lo que dice es de
importancia, ¿qué necesidad hay de inventar un idioma ininteligible para
expresarlo? Deseo que me responda a estas dos observaciones usted, señor
Escobar, que es persona _périta_.
--Respondo. En cuanto a lo primero, me remito a su juicio de usted. Dice
usted que yo soy una persona _périta_. ¿Qué quiere usted dar a entender
con esta palabra?
--Hombre...--tartajeó, turbado, el dentista--, eso la misma palabra lo
dice.... _Périto_ es el que conoce una cosa.
--Entonces, ¿por qué no dice usted conocedor, como la mayor parte de las
personas?
--Hombre, me pone usted en un aprieto. _Périto_ es también el que conoce
mejor una clase de cosas. Yo soy _périto_ en odontología....
--Entonces, ¿por qué no dice usted especialista, como la mayor parte de
las personas?
--Me envuelve usted, en lugar de aclarar mis dudas. Yo he dicho _périto_
porque he querido dar a entender varias cosas con una sola palabra.
--Justamente, eso es lo que pretende Belarmino; dar a entender varias
cosas con una sola palabra. Y como las palabras que él sabía únicamente
expresaban cada cual una cosa, ha inventado un nuevo idioma en que cada
palabra indica varias cosas, por lo menos la serie de cosas que
producen la cosa más particularmente designada por cada palabra.
--Bien; pero no ha contestado aún a mi primera observación.
--Allá voy. Tengo ya reunido un número considerable de vocablos
belarminianos y entiendo algunas de sus sentencias. Por ejemplo: en la
conferencia de hoy, la frase «está el que come ante el Diccionario, en
el tole tole, hasta el tas, tas, tas», significa: «está el hombre ante
el universo, mientras vive, hasta que muere». Esta es la versión
literal.
--Bueno; pues esa frase es una perogrullada, y no merece la pena perder
el tiempo en estudiar el idioma del zapatero, para, en definitiva, venir
a averiguar eso. ¿De manera que el diccionario es el universo? ¿Y qué
necesidad hay de mudarle el nombre?
--Perfectamente. Ese es un reparo que cabe oponerlo a los más grandes
filósofos. Un escritor francés, Stendhal, escribió que él se había
fatigado con larga asiduidad en desentrañar el sistema de Kant, para
hallar, al cabo, que no encerraba sino lo que todo el mundo sabe por
sentido común. Y en cuanto a variar la acepción usual de las palabras,
le diré a usted que todos los sistemas filosóficos deben comenzar
necesariamente por esto. Usted cree saber al dedillo lo que significan
las palabras intuición, idea, espíritu, voluntad, extensión... ¿no es
verdad?
--Desde luego, para satisfacer las necesidades de mi pensamiento.
--Pues bien; cada una de esas palabras tiene en los diferentes filósofos
un significado distinto y tal vez opuesto, y todo porque estos filósofos
querían, lo mismo que usted, satisfacer las necesidades de su
pensamiento.
--Saco en consecuencia que la filosofía no sirve para nada, como no sea
para remendar zapatos y andar mal vestido.
--Por lo menos, a Belarmino su filosofía le ha servido para ser un
santo. En esto estaremos todos conformes.
--Pues para hacerse uno santo--replicó el dentista, con aire avieso,
pensando que la objeción que ahora se le había ocurrido era
irrefutable--no es menester inventar un idioma distinto e ininteligible.
--Los santos--respondió el Aligator--, oralmente y en acción, hablan un
idioma distinto, que no entienden los que no son santos. Cada hombre que
es una cosa de veras, habla un idioma distinto, que no entiende el que
no es esa cosa, porque tienen alma distinta. El chalán habla su idioma,
el contrabandista el suyo, el suyo también el político, y el artista, y
el ferretero, y el soldado y el dentista. El mundo es como una gran
lonja, llena de sordos que aspiran a verificar sus transacciones; todos
gritan; hay un horrendo rebullicio; pero como no se oyen los unos a los
otros, no se concluye ningún trato.
Cuando hubo salido el Aligator, el estudiantillo travieso declaró en
voz alta lo que todos pensaban para sí:
--Ese hombre desarrapado está tan loco como el zapatero.
Pero en el aire quedaba flotando una verdad difusa y pesada: que Escobar
había triunfado; que Belarmino hablaba un idioma inteligible para él y
un tanto para Escobar, y que uno y otro eran personas de especie
distinta y acaso de naturaleza superior.
A oídos de Apolonio llegaron las nuevas de lo sucedido. La envidia es
clarividente; pero mira con vidrios de aumento. Apolonio valoró
clarividentemente el suceso como un triunfo de Belarmino, pero dándole
proporciones desmedidas. Para Apolonio, aquello había sido la
consagración suprema de Belarmino como filósofo, y que de allí al
acatamiento universal no había más que un paso. Apolonio paseaba,
nervioso y tremante, zapatería arriba, zapatería abajo, erguida la
cresta, amenazador continente, transido de funesta cólera. No le faltaba
sino que le nacieran espolones. No podía resignarse a la humillación.
Era imprescindible y apremiante demostrar al mundo que su cerebro
aventajaba en altitud al de Belarmino, como el cedro al hisopo. En esto
entró Novillo.
--¿Qué le ocurre a usted, amigo Apolonio? Parece usted febril.
--Don Anselmo, yo le digo: ya la ocasión es llegada que me cumpla como
amigo una promesa sagrada.
--A ver, a ver....
--En esta zapatería, y lo juro por mi dama, me prometió usté que haría
que me estrenasen el drama.
--Y sostengo la promesa. Pero es el caso que no ha venido ninguna
compañía dramática.
--A pesar de los pesares, el tiempo corre que vuela. Ahora hay una aquí,
en Pilares.
--Cierto; pero es de zarzuela.--Novillo ya replicaba en verso.
Apolonio respondió que a él no le importaba. La cuestión era que le
estrenasen el drama. El señor Novillo, como presidente de la Junta de
abonados, lo podía exigir. Novillo prometió que lo exigiría. Llevó
consigo el mamotreto, debajo del brazo, y aquella noche, en un
entreacto, entre _El monaguillo_ y _Las campanadas_, fué al cuarto del
bufo Celemín, director y primer actor de la compañía, y le dijo, a
tiempo que le entregaba el manuscrito:
--Es preciso que se estrene esta obra. Los abonados lo exigimos. Es de
un autor de la localidad. Se trata de un drama, pero la compañía puede
representarlo lo mismo.
Celemín se quedó con la obra para leerla y dar respuesta cumplida al
día siguiente. Espíritu superficial, como todos los hombres consagrados
exclusivamente a dar que reír a los demás, Celemín vió al punto que la
obra, representada convenientemente en tono de farsa, sería el mayor
éxito de risa. Al siguiente día dijo a Novillo que la obra se pondría
inmediatamente en ensayo.
Apolonio se hinchó hasta un punto inverosímil e incompatible con la
elasticidad de la piel humana. Asistía a los ensayos, como Dios a la
obra cotidiana y turbia de la creación, con aparente inconsciencia.
Dejaba hacer a Celemín, como Dios deja hacer a los déspotas y tiranos,
sabiendo que la voluntad y autoridad de ellos son inútiles, y que la
providencia, el designio providente del autor, reside dentro de cada uno
de los personajes que juegan el drama, a modo de ley fatal o ineluctable
norma de acción.
A todo esto, instigada por el malicioso Celemín, había cundido por todo
Pilares la voz de que se correría la gran juerga el día del estreno. Y
llegó la sonada ocasión.
Muchedumbre de estudiantes estaban distribuídos en localidades
estratégicas. Llevaban coronas de cebollas, ajos, puerros y otras
hortalizas de aroma desagradable y violento; dos lechuzas, varios
muciérlagos y otros avechuchos temerosos y repulsivos, a fin de arrojar
las coronas sobre el autor y soltar sobre la sala las nocturnas aves, en
la coyuntura propicia.