grandes extremos de entusiasmo. Desde los primeros versos comenzaron a
aplaudir catastróficamente. Apolonio, entre bastidores, escuchando el
estruendo, se cernía serenamente sobre los aplausos, como Zeus olímpico
sobre los truenos.
El malicioso Celemín había preparado varios trucos grotescos. Había
vestido a los actores de mamarrachos, con percalinas chillonas. Cada vez
que salía uno, estallaba un escándalo de risas y palmoteos. En el acto
segundo había un desafío entre el Señor de Oña y Estoiquiz, el tuerto,
Señor de Orduña. Celemín dispuso el desafío de manera que uno de los
combatientes diera la espalda al foro y el otro al público, y arregló,
por medio de ingenioso expediente, los calzones del que daba la espalda
al público, para que en un momento dado se le descosiesen por la parte
más prominente y rotunda y dejasen al aire ciertas interioridades. Y así
fué. Cuando se abrió el pantalón, resonó un aplauso cerrado. En
haciéndose el silencio, un escudero, que presenciaba el desafío, gritó:
¡Aquí! ¡Ayuda a mi Señor!
Traigan en seguida un mulo;
que se le está viendo el dolor,
a pesar del disimulo.
No pudo el escudero concluir la cuarteta, porque antes de acabar el
tercer verso, el coro de estudiantes interrumpió, ingiriendo un
consonante de su cosecha. A la segunda vez, el escudero dijo la
cuarteta de corrido.
¡Bien calculó el maligno Celemín lo que había de ocurrir, y cómo la
caballeresca escena cambiaba de carácter y adquiría torpe sentido con
sólo disponer los combatientes en la forma antedicha y rasgar
oportunamente la trasera de unos gregüescos! Las más sublimes escenas de
Shakespeare se hubieran descompuesto en esta piedra de toque.
En el tercer acto, un personaje decía:
Para conquistar a Orduña,
aunque con gente bisoña,
no faltó al Señor de Oña
sino el negro de una uña.
Insistentes aplausos obligaron a recitar media docena de veces la
anterior cuarteta, y después requirieron al autor que saliese al
proscenio. Cuando Apolonio progresaba hacia las candilejas, doblando a
tiempo la espina, pero sin perder, no obstante, su maravillosa
prestancia y pontificia dignidad, una voz emitió clamorosa solicitud:
«¡Que nos enseñe el negro de la uña...!» Truculentos aplausos. La voz
pertenecía a un estudiante de veterinaria; pero Apolonio, sonriendo por
dentro con fruición, pensó: «Eres Belarmino, el reptil. Bien conozco tu
silbo venenoso. Los aplausos efusivos que han asfixiado tu glosa
intempestiva, sírvante de lección y correctivo. Esta noche, el dolor de
mi triunfo te asesina. ¡Muérete, muérete, miserable!» Dígase, en honor
de la verdad, que en aquellos mismos instantes, Belarmino, el reptil,
practicaba peregrinos arpegios con su silbo, pero era en el lecho,
durmiendo y roncando a pierna suelta, a par de Xuantipa, y soñando que
sostenía un coloquio exquisito, sentados entrambos sobre las nubes, con
Meo de Clerode, el distinguido filósofo de Kenisberga.
Al concluir el drama, aclamaciones y ovaciones levantaban humo.
Apolonio, frente a la concha del apuntador, recibía el homenaje de la
multitud, henchido de vanagloria, pero indiferente en el gesto. Cayeron
a sus pies varias coronas de cebollas, ajos y puerros, adornadas con
cintas de colorines. Él las recogió y aceptó, antes con resignada
benignidad que con solicitud y apresuramiento, figurándose, porque no se
había dignado mirarlas detenidamente, que estaban formadas con
tubérculos de plantas odoríferas. Y en este momento, los estudiantes
dieron suelta a las repulsivas aves nocturnas, las cuales, deslumbradas
con la luz del petróleo, revoloteaban de uno a otro lado, chocando en el
rostro de los espectadores. Inenarrable tremolina. Las señoras lanzaban
alaridos de parturienta; de parturienta, sí; pues dos señoras, que se
hallaban encintas, abortaron; lo mismo que sucedía con las tragedias de
Esquilo.
Apolonio, con aquella su portentosa ineptitud para percibir la realidad
externa, volvió a su casa convencido de que no había habido, en los
anales de la dramaturgia, triunfo como el suyo. Ya en calzoncillos,
antes de sepultarse en el camastro, dijo entre sí, fijando el dedo
índice en medio de las cejas: «El derrotero está trazado. De aquí en
adelante, mi ocupación preferente será dar forma poética a los dramas
que se agitan aquí.» Consecuencia de tan hermosa determinación: que
comenzó a descuidar el negocio zapateril, a cumplir mal con la
clientela, a enajenársela poco a poco, porque, acosado por las deudas, a
causa de las pérdidas en el reñidero de gallos, acosaba él a su vez a
los parroquianos, intentando en ocasiones, por descuido y olvido,
cobrarles dos veces la misma factura.
Fué por entonces cuando Martínez, antiguo oficial de Belarmino, abrió,
en la Rúa Ruera, hacia la cual parecían sentir querencia todos los
zapateros, un establecimiento de calzado mecánico, «La Solidez», con
género de Mallorca, de Almansa, de Barcelona, y anunciaba una remesa de
los Estados Unidos.
Apolonio consideraba un par de botas como una obra de arte, no de otra
suerte que los príncipes del Renacimiento consideraban un libro como una
obra de arte. Para aquellos exigentes catadores de Belleza, un libro,
aunque en sus partes secundarias se emplease con tiento el troquel,
debía estar escrito a mano, aforrado en telas ricas y sellado con
joyeles a guisa de broches. Para Apolonio, un par de botas, aunque la
máquina interviniese en algunas costuras accesorias, debía estar, en sus
articulaciones esenciales, cosido a mano. Cuando los emisarios del
cardenal Besarión vieron en casa de Constantino Lascaris el primer libro
impreso, burláronse riendo de la estúpida invención, y dijeron: «Entre
los bárbaros tenía que nacer la ocurrencia, y en una villa de Alemania.
Federico de Urbino se hubiera cubierto de rubor y vergüenza si poseyese
un libro tan feo como éste.» Cuando Apolonio vió el primer par de
calzado yanqui, exclamó: «Esta es invención de salvajes. Prefiero la
alpargata, que al menos está hecha a mano. Esa nueva tienda debe
llamarse _La Estolidez_, en lugar de _La Solidez_.» Y aventuró esta
profecía, que hasta ahora ha resultado válida: «La base de la zapatería
de lujo es y será siempre el cosido a mano.» Pero no se le ocultaba a
Apolonio que «La Solidez» o «Estolidez» le amenazaba con una
competencia, quizá ruinosa.
Martínez llenaba las planas de los periódicos con llamativos reclamos,
cosa que Apolonio consideraba indigna del arte verdadero. Además,
Martínez, que representaba la ciencia pura y la aplicada, había
inventado una crema para dar lustre, «la crema Zenitram», anagrama
obtenido con el apellido del inventor, colocando en orden inverso las
letras. En uno de sus reclamos periodísticos, el dueño de «La Solidez»
anunciaba: «Todas las cremas conocidas hasta el día están compuestas
conforme a las fórmulas siguientes:
Aceite de ballena, blanco o rubio.. 45 partes.
Aceite de linaza .................. 30 »
Sebo .............................. 20 »
Materia colorante ................. 3 a 5 »
Cera blanca ....................... 2 »
Alcohol ........................... 2 »
Y daba hasta otras ocho fórmulas. Proseguía: «En el establecimiento _La
Solidez_, del conocido industrial Claudio Martínez, hay quinientas
pesetas, ¡quinientas pesetas!, a la disposición de quien demuestre que
alguna de las cremas conocidas en el mercado no están compuestas
conforme a ninguna de las fórmulas anteriores, y otras quinientas,
¡mil!, a quien pruebe que la _crema Zenitram_ no es distinta ni superior
a las otras cremas. Con la _crema Zenitram_, el calzado se mantiene
fresco y lucido eternamente. Invitamos a los competidores a que ganen
las mil pesetas rebatiendo nuestro aserto.»
Un día entró la duquesa de Somavia en la zapatería de Apolonio, y le
habló así, reservadamente:
--En la carta que mi hermano Deusdedit me escribió antes de morir, y ya
hace de esto nueve años, me decía que eras un ganso. No aprietes las
cejas.... Ya sé que eres un artista; pero eso no impide que seas también
un ganso. Mira, Apolonio; vivimos en tiempos de negociantes, y no de
artes ni de filosofías; en tiempo de Martineces, y no de Apolonios y
Belarminos. Belarmino, ahí está de remendón. Sé, por fuente fidedigna,
que vas mal. A ti te pasará lo que a Belarmino, si no afilas la uña y te
sacudes la mangana y la sandez. Soy amiga del hablar claro. Despierta o,
desde luego, te auguro que terminaréis, Belarmino y tú, en un asilo de
caridad.
CAPÍTULO VI.
EL DRAMA Y LA FILOSOFÍA.
Es tradición milenaria que en el equinoccio de septiembre el seráfico y
mansueto pastor San Francisco se siente malhumorado por una vez;
descíñese el cordón, lo blande sobre el cielo a guisa de honda, acuden
los rebaños de nubes, revientan los odres donde se guardan los vientos,
rómpense las esclusas de las aguas celestes, se embravecen los mares,
zozobran las barcas pescadoras, huyen las aves trashumantes, corren las
bestias a sus cubiles, guarécense los hombres en el hogar y el corazón
se empapa en una tristeza que es como el llanto de las cosas
perecederas.
Llevaba ya lloviendo un cuarto de luna. Entre el bosque innumerable de
menudos y apretados chorros de agua, desde la tierra al cielo, y cuya
tupida y abovedada ramazón eran las nubes grises y cárdenas, el
tembloroso lamento de las campanas basilicales se extraviaba y
desfallecía.
Era un domingo, noche ya. Apolonio mensuraba la longitud y la latitud
del comedor, paseando y sollozando el «Spirto gentil», de _La favorita_.
Con el ímpetu ascendente del musical deliquio, las pupilas habían subido
a escondérsele detrás de las bambalinas de los párpados superiores;
mostraba unos ojos blancos como los de las estatuas antiguas, y el alma
en blanco también, al modo de página virginal que espera recibir con
trazo indeleble los conceptos más sublimes. Apolonio, en aquellos
instantes, flotaba sobre la tristeza del mundo y sobre las nubes
luctuosas, como el espíritu melodioso de Jehová sobre el caos primieval.
--Señorito, que las alubias se pasan--rezongó con acritud la asistenta,
asomando el morro por una puerta--. Son ya las diez de la noche.
--¿Qué habla usted ahí, incivil criatura?--replicó Apolonio, con
sobresalto.
--Digo que son las diez, y que si se cena hoy....
--No se cena hasta que no venga don Pedrito.
--Pero es que don Pedrito no cena hoy en casa.
--¿Quién se lo ha dicho a usted?
--Mira qué caracho, él mismo; y ainda mais le dejó a usté una carta.
--¿Una carta? ¿Dónde está esa carta?
--Delante de sus mesmas narices, en la mesa y sobre su plato.
Apolonio leyó la carta. Decía: «Padre, perdón. No he nacido para cura.
Me voy con la mujer a quien adoro. Nos casaremos, y confío que, _a
pesar de todo_, usted bendecirá nuestra unión.--_Pedro_.»
Y ahora sí que Apolonio quedó como una estatua, no ya en los ojos, sino
en todos sus miembros, y con el alma pálida y vacía. Cuando al fin le
volvió la sangre a circular, dijo a la fámula:
--No se cena hoy. Tú puedes marchar ya a tu casa. Dame el impermeable.
Se dirigió a casa de la duquesa de Somavia, que había vuelto el día
anterior a Pilares, huyendo de la inclemencia, melancolía y tedio de la
aldea. Llevaba la carta en la mano, sin protegerla de la lluvia.
--¿Qué te sucede, Apolonio?--preguntó la duquesa, alarmada ante aquel
hombre como de piedra--. ¿La catástrofe, la quiebra, el embargo? Me lo
presumía.
--¡Pluguiera a Dios!--murmuró cavernoso Apolonio. Y tendió la carta.
--Chico, este papel es una sopa. Se ha corrido la letra y no puedo leer.
--¡Pluguiera a Dios cegarme, antes de haberla yo leído! Pero ya, ¿qué he
de hacer? ¡Ah! Resignarme y perdonar la mano que me ha herido. Apuraré
esta copa hasta las heces, y leeré la carta por dos veces.
Y leyó la carta a la duquesa. En el fondo, tan en el fondo que ni él
mismo se daba cuenta, Apolonio se sentía orgullosísimo, creyéndose en
aquellos momentos un personaje trágico de verdad e imaginando inspirar a
la duquesa fuerte interés patético.
--¡Bah! Temí, al verte, que se trataba de algo grave. Siéntate. Aunque
hay que resolver de prisa, para resolver de prisa hay que pensar
despacio. Siéntate.
«Siéntate»; que fué lo que le dijo Napoleón a la reina de Prusia, en
ocasión que la soberana, por conseguir un tratado menos infamante, quiso
conmover al corso, representándole una escena dolorosa y teatral.
Bien sabía Apolonio que la tragedia exige hablar en pie y con coturno.
Al sentarse, comprendió que estaba peor que en ridículo, humillado, como
un ídolo al que derriban. Dejó caer la cabeza, vergonzoso.
--Vamos por partes. Tú, de seguro, no sabes quién es la mujer a quien
adora el desmandado don Pedrito.--Apolonio denegó con la cabeza.--¿Qué
has de saber tú, si no vives en la tierra? Ni sospecha tendrás.--Nueva
denegación.--Pues chico, te lo voy a decir yo: es la hija de Belarmino.
--¡Eso no, eso no! Antes la muerte--rugió Apolonio, poniéndose en pie,
ahora realmente enfurecido--.Yo ya estaba dispuesto a perdonar, a
bendecir. Hasta pensaba en los nietecitos.... Pero eso, ¡jamás!
--A buena parte vas.... Que ya pensabas en los nietos, en seguida te lo
calé. Pero, siéntate. Claro que no sabes ni sospechas cómo, cuándo, a
qué hora y por dónde se han fugado, ni se te ocurre el medio de
averiguarlo.--Denegación muda.--De modo que yo soy quien tengo que
hacerlo todo. Discurramos con calma. Que Angustias es la raptada, no me
cabe duda. Sé que al pícaro don Pedrito le gustaba la niña, que se veían
a menudo en vacaciones, y hasta que le escribía desde el Seminario;
pero, la verdad, no creí que iba a perder el sentido hasta ese punto.
¡Cosas de chicos! ¿Quién les pudo ayudar en la fuga? A mí no se me
ocurre sino una persona: Felicita, la Consumida.
--¡Infame alcahueta!
--No digas palabras malsonantes. Eso de la alcahuetería es cosa muy
relativa. Todas las mujeres, en llegando a cierta edad, si son amorosas
todavía, como no están en sazón de que las amen y ellas no aciertan a
vivir sino en la atmósfera del amor, se perecen por proteger y concertar
amores ajenos. Es una debilidad disculpable, y más en el caso de
Felicita, que, aunque acecinada, ama, la aman, pero no se le logra la
satisfacción de sus deseos. Angustias iba a cada paso de visita a casa
de la solterona, y, si no iba, la solterona enviaba a buscarla. Es
público en la calle. Tu hijo iba de visita a casa de la solterona.
¿Tampoco sabías eso?--Negativa muda.--Pues, átame esos cabos. La idea de
la fuga ha sido inspirada, alentada y en resolución favorecida por la
solterona. Ella lo sabe todo. ¿Cómo sacárselo? Antes de responder, es
preciso que declares cuál es tu propósito y voluntad. Si te avienes con
lo ocurrido, y consientes en el matrimonio.
--¡Jamás! ¡Jamás! ¡Jamás!--interrumpió Apolonio, poniéndose en pie.
--Siéntate, hombre, siéntate. Soy de tu opinión. El alocado don Pedrito
tiene por delante un hermoso porvenir. Sería una estupidez echarlo a
rodar de esa manera. ¿Qué iba a hacer él, sin oficio ni beneficio,
casado con una pitusa, hija de un remendón que no tiene sobre qué caerse
muerto? Yo no podría aprobar semejante desatino. Queda la cuestión de
conciencia, la moral. Yo me río de lo que la gente suele entender por
moral. Eso de la moral debe de ser cosa de herencia, como la escrófula y
el herpetismo; yo, por más que me palpo, no encuentro haber recibido con
la sangre de mis antepasados esa moral gazmoña de que otros hacen gala.
Reconozco que la chica va a quedar en situación molesta por algún
tiempo, ante los ojos de la gente. Pero vendrá el olvido, y vendrá muy
pronto. El tiempo borra más de prisa los surcos de la memoria que las
cicatrices de la carne. Si vamos a medir con cuidado, más pierde tu hijo
en su reputación que la hija de Belarmino en la suya. Pero existe una
consideración, de la cual debemos hacernos cargo. Impidiendo el
matrimonio, ¿decretamos que Angustias sea una desgraciada? Yo digo que
no; eso es pan de todos los días. Sobre todo, si es desgraciada será por
culpa suya, por no tomar la cosa naturalmente. Pero, aun así y todo,
estoy convencida que mucho más desgraciada sería casándose en tales
circunstancias, y que diría infinitas más veces: «¿por qué me habré
casado?», de las que ha de decir: «¿por qué estorbaron que me casase?»
Con eso, mi conciencia se queda tranquila, y no tengo inconveniente en
desbaratar ese desatentado casorio. Ahora vamos a sacar a Felicita
todas las noticias necesarias. Hemos discurrido despacio, y es ya tiempo
de proceder de prisa.
La duquesa tiró de un cordón de la campanilla y movilizó la servidumbre.
A un criado le ordenó que enganchasen al punto el landó, para ir de
jornada, quizá toda la noche; a otro le envió a la fonda del señor
Novillo a buscarle, que viniese apercibido con saco de viaje, a fin de
ponerse sin dilación en camino (la duquesa sabía que Novillo era hombre
inútil si no llevaba consigo los tintes y adobes de tocador); a Patón le
dijo que se vistiese; a otro criado le pidió recado de escribir, y en
escribiendo una esquela sucinta (decía: «Muy señora mía: por informes
indubitables y reservados, sé que no es usted ajena a la fuga de Pedrito
Caramanzana y la hija de Belarmino. Don Anselmo Novillo sale ahora mismo
a la captura de los prófugos. No dudamos que usted nos proporcionará los
detalles imprescindibles. Si usted, debido a otras preocupaciones, no
recordase estos pormenores que necesitarnos, tendremos sumo gusto en
requerir al juzgado para que, sin pérdida de momento, le refresque a
usted la memoria. Suya afectísima, _Beatriz, duquesa de Somavia»_), le
despachó con la misiva a casa de Felicita. Este criado volvió antes que
ningún otro, con la respuesta. Estaba escrita con letra vacilante y
temblona, y rezaba: «Ilustre señora: Pedrito y Augustias salieron en un
coche para Inhiesta, a las cinco de la tarde de hoy. Se idolatran.
Quieren casarse. Yo creí ejecutar una acción generosa ayudándoles.
Llevan cincuenta duros que les presté; y no es que los reclame.
Perdónelos y perdóneme, si nos equivocamos, por haber amado tanto. Su
sierva, _Felicita Quemada_.»
--¡Qué tía chiflada!--exclamó la duquesa--.Ese Cupido es el gran
enredador. Si yo pudiese, hacía con él lo que se hace con los gatos y
con los bueyes....--Y soltó un ajo enérgico.
Llegó Novillo cuando la duquesa se hallaba en aquella disposición
antitaurina y antiamorosa; llegó el criado anunciando que el coche
estaba dispuesto; llegó Patón, vestido de jornada, con botas altas y
capote.
--¿Qué dispone mi señora?--preguntó Novillo, inclinándose
ceremoniosamente, en la mano un saquito que contenía impenetrables
secretos de alquimia cosmética.
--¿Que qué dispongo? Estaba diciendo que si de mí dependiera, dispondría
que no hubiese más novillos y todos fuesen bueyes; son más útiles a la
agricultura. No pongas en vibración el hocico. No había reparado que te
apellidas Novillo. No se trata de una alusión personal, sino de una
apreciación de orden general. Tú eres un novillo inofensivo y adorable.
Y ahora, en marcha a Inhiesta.
Iréis, Apolonio, como padre, y Novillo, en representación de mi
autoridad. Como el don Pedrito es mozo de empuje y más fuerte que
vosotros dos, y además, se hallará demasiado encalabrinado y consentido
para que le separen del pesebre cuando apenas se ha acercado a él, con
vosotros va Patón, que es más bruto que un mulo, y le sujetará si se
desmanda. Conque derechos a Inhiesta, y me traéis aquí al fugitivo; yo
le tendré a buen recaudo los pocos días que restan hasta que comience el
curso en el Seminario. Y, cuidado, Apolonio; nada de amonestaciones ni
reprimendas. Eso me toca a mí. Andando, antes que los fugitivos tomen el
tren que pasa mañana por Inhiesta.
Partió la cuadrilla, como dispuso la duquesa. Llovía, llovía. En el
pescante iban el cochero y Patón. Dentro, Novillo y Apolonio, tiesos,
sin cambiar palabra, como dos fetiches llevados a extender el culto a
nuevos territorios. Así transcurrió una hora; una hora prolongada,
estirada, adelgazada en una hebra interminable y perezosa, como si
estuviese hilada con ritmo lentísimo por las yemas de unos dedos rígidos
y entumecidos: los cascabeles de las yeguas. Tras, tras, tras, sonaban
los cascabeles, con lento giro, consumiendo en forma de hilo moroso la
abultada y sucia madeja de las horas nocturnas, que forzosamente había
que hilar y devanar.
Después de lo que Apolonio calculó como una eternidad de silencio, se
atrevió a decir:
--No conozco la topografía de la provincia, porque no soy indígena.
Ignoro a que distancia está Inhiesta.
Novillo sacó el reloj y encendió un mixto.
--Son las doce. Llegaremos a Inhiesta a las siete de la mañana.
--Tan lejos.... Pues es cosa que nos acomodemos para descabezar un sueño.
--Estoy inquieto, amigo Apolonio. La humedad y el frío me sientan
malísimamente. He olvidado traer una manta de viaje. Pero, ¿qué le hemos
de hacer? Procuremos dormir.
Novillo, a tientas, abrió el maletín; extrajo de él un tarro que había
sido de aceitunas y que estaba lleno de agua clara; se sacó con disimulo
la dentadura postiza y la metió en el tarro. No podía dormirse con
aquellos dientes ajenos, porque le mordían, a pesar suyo, la lengua,
como si el antiguo propietario viniese, a favor de las tinieblas del
sueño, a vengarse del macabro usufructo. Es decir, Novillo se figuraba
que, así como los pelos de su peluquín pertenecían, sin duda, a un
difunto, que otro tanto acontecía con los dientes. A veces, bajo el
influjo de una gran contrariedad, o acongojado por la timidez amorosa,
estaba cierto, puesto que recibía la sensación, de que se le erizaban
los cabellos del peluquín. ¿Qué podía ser esto, sino que el espíritu del
difunto montaba en cólera contra el profanador de sus restos mortales?
Pero Novillo, con ánimo decidido y corazón entero, afrontaba estas
escalofriantes escaramuzas con lo sobrenatural y suprasensible, con tal
de no aparecer calvo y desdentado a los ojos de Felicita.
Despojóse Novillo también del peluquín; extendió por la cara un
«Ungüento pompeyano», para preservar la piel sin arrugas, y se dispuso a
dormitar. Adormiláronse Apolonio y Novillo sobre el traqueteo y el
cascabeleo. Despertóles un silencio, como si de un tirón les hubiesen
arrancado la almohada.
--¿Qué pasa, que se ha parado el coche?--preguntaron entrambos a la vez,
y tendieron el oído.
--¿Quién eres, chacho?--gritaba el cochero.
--Soy Celesto, el zagal de Cachán--respondió una voz. Este Celesto había
sido oficial de Belarmino años atrás.
--¿De dónde vienes, hom?
--De Inhiesta.
--¿A quién llevaste?
--A dos amigos míos.
--¿Puede saberse quiénes son?
--No se puede saber. Conque adiós, y arrea palante.
Y oyóse un revuelo de cascabeles, que se dividían en dos bandadas, y
cada cual volaba en dirección opuesta. Novillo y Apolonio recobraron la
almohada de ruidos y vaivenes, y se adormecieron de nuevo. El primero en
despertar fué Novillo. La luz de la mañana se desleía ya en el agua
turbia de la lluvia. Novillo, antes que Apolonio despertase, retrajo a
su lugar correspondiente las apócrifas excrecencias capilares y óseas.
Un escalofrío se le difundió entre cuero y carne: «Malo--pensó--; he
cogido un resfriado. Tanto como me afectan....» Estornudó, y al ruido del
estornudo Apolonio abrió los ojos.
Llegaron a Inhiesta a las ocho de la mañana, y detuvieron el carruaje en
la única posada del pueblo.
--Esos palomos estarán en lo mejor del sueño--dijo Novillo--. Se me
parte el corazón, considerando que tengo que cortar un idilio en flor.
Pero yo no soy la voluntad; soy el brazo que ejecuta. Hay que concluir
cuanto antes y volver a Pilares sin tardanza. Yo acabo de atrapar un
resfriado y no quiero que pase a mayores.
Una criada de la hospedería, acompañada de Patón, subió al cuarto de los
novios. Llamó en la puerta con los nudillos.
--¿Quién va?--preguntó el seminarista.
--Señorito; alguien le espera abajo.
--Que espere; yo no bajo.
La criada insistió. Después de un rato, el seminarista, a medio vestir,
salió a la puerta, a fin de despedir airadamente a la criada. Patón lo
trincó, le tapó la boca, y, en vilo, lo bajó y lo metió en el coche.
Novillo pagó la cuenta a la posadera; y no hubo más. Arriba esperaba
Angustias. Apolonio no quería pensar en ella. Novillo, con su resfriado,
no podía pensar en ella.