Belarmino hizo un gesto conmiserado, resignado, como diciendo: tendré

que metérselo en la boca con cuchara. Y explicó la ya conocida alegoría

del dromedario y el camello, dejando boquiabierto al fraile. Concluyó

Belarmino, ya en su jerga privativa.

--Yo acaricio a los camellos y a los dromedarios, pero no los beso.

Riego el tetraedro; encarcelo y parafraseo el tetraedro; pero permanezco

indumentario y analfabético al tetraedro. Mi horario es el espasmódico

de la intuición recreada.

Salió el dominico lleno de perplejidad y de preocupación. Froilán

Escobar, el Aligator, no se había movido durante la anterior escena.

Creía estar soñando. «¿Es realidad? ¿Es ilusión?»--decía para sí--. «Si

no fuera por el testimonio irrecusable de ese par de botas, tan mías y

tan ajenas a mí como las excrecencias callosas de mis pies; si no fuera

por ese hecho flagrante que me pone en contacto con la realidad

objetiva, creería que lo visto y oído eran entelequias de mi razón

adormecida y ofuscada. Y esto sucede a doscientos pasos de la

Universidad.... Y yo llevo veinte años en la Universidad sin haberme

enterado.... Este hombre desconcertante e inaudito, ¿es un humorista?

¿Es un genio lóbrego, en bruto, como la piedra diamante escondida en el

seno de la tierra? ¿Es un loco?» Y el buen Estudiantón se hacía un lío.

--¿Le enojaré, señor Belarmino--dijo al despedirse--si vengo por las

tardes, de vez en cuando, a conversar un rato con usted?

--Tendré un gran espasmódico--respondió Belarmino, impasible.

Escobar no sabía qué decidir. Aquel gran espasmódico que Belarmino iba a

tener, caso que Escobar viniese de visita, ¿en qué consistiría? ¿Le

recibiría bien, o le despediría con cajas destempladas? Volvió a probar.

Belarmino le acogió con inequívoco contento y le obsequió con una larga

e incomprensible disertación sobre el _tole tole_ y el _tas, tas, tas_.

El Estudiantón le escuchaba fascinado, sin sacar nada en limpio, pero

con la esperanza cierta de llegar a dominar algún día el tecnicismo de

aquel moderno filósofo de portal, o estoico, como él decía, sin saber

que en Grecia tanto valía estoico como filósofo de portal.

Escobar continuó asistiendo al portal de Belarmino y tomaba notas de lo

que oía. Como quiera que el Estudiantón había, afortunadamente,

comenzado por oír explicar a Belarmino la sinonimia de camello y

dromedario, no le cabía duda que cada una de las voces usadas por el

zapatero encerraba una representación fija; que las voces se sucedían

las unas a las otras con ilación gramatical y lógica; y, en definitiva,

que esta ilación formal contenía un fondo de pensamiento original. Por

consejo de Escobar acudieron a oír a Belarmino muchos estudiantes y

hasta profesores. Los juicios y opiniones acerca del estoico

discrepaban, naturalmente; los ánimos se apasionaron. Muy pronto se

establecieron diferentes sectas: belarminianos y antibelarminianos;

entre los belarminianos había disidencia: unos sostenían que Belarmino

estaba loco, y otros que cuerdo; los partidarios de la cordura divergían

en estimar si el lenguaje belarminiano era o no descifrable; por último,

los que se inclinaban por la presunta inteligibilidad de los discursos

de Belarmino, disentían en lo tocante al fondo de dichos discursos:

quiénes afirmaban que, una vez vertidos al castellano, resultarían

curiosos e interesantes; quiénes que, de seguro, se trataba de boberías

sin interés, y que lo único curioso era la forma de expresión. Con todo

esto, el portal de Belarmino estaba tan concurrido como la escuela de un

filósofo de la antigüedad. Después de escuchar sus incógnitas

enseñanzas, éstos, reventando de risa; aquéllos, hostigados por la

comezón de averiguar una charada dificultosa, salían a la Rúa Ruera,

movían airadas trifulcas, polemizaban y casi se iban a las manos.

Apolonio, desde el umbral de su zapatería de lujo, en actitud estatuaria

y de fingido tedio e indiferencia, presenciaba aquel vivo y animado

tumulto, con la misma envidia y nostalgia con que los inmortales en el

Olimpo ven a los humanos agitarse a impulsos de ideales y pasiones que

hacen la vida sabrosa y digna de vivirse. Los inmortales se aburren

tanto en su serenidad inacabable y de tal suerte envidian los conflictos

y combates del mundo, que, a veces, no pudiendo resistir la tentación,

descienden convertidos en nubecillas leves y flúidas a pelear entre los

hombres, según cuenta Homero. Esto lo sabía Apolonio, desde Compostela.

Para Apolonio, algunas disputas humanas han sido hostigadas por

misteriosa intromisión divina; son aquellas disputas merecedoras de la

dignidad dramática y trágica. Siempre que Apolonio veía dos dándose de

puñadas y revolcándose por el suelo, si se levantaba alguna polvareda,

decía: «Ha llegado el punto trágico; eso no es polvo blanco, son las

divinidades violentas, envidiosas de la vida ligera de los hombres,

diluidas en el aire fino.» ¡De qué buena gana se hubiera diluido

Apolonio en el aire fino para ir a mezclarse en las disputas enzarzadas

a causa de su afortunado rival, como la guerra de Troya por Helena;

intervenir por modo invisible y aniquilar a todos los secuaces de

Belarmino!... La venganza es el placer de los dioses. Se dirá, ¿qué

sentimiento vengativo cabe que los pobres humanos inspiren a los dioses

majestuosos? Pues sí; les inspiran el sentimiento más vengativo, el de

la envidia.

Belarmino era remendón de portal. Apolonio poseía un establecimiento

lujoso y cobraba por par de botas hasta cinco duros, precio exorbitante

por entonces en Pilares. Esto no obstante, Apolonio se hubiera cambiado

por Belarmino. Apolonio contaba con una buena parroquia. Pero no le

interesaba tener parroquia. Lo que él quería era tener público, gente

que le escuchase, que le celebrase y aun que le rebatiese. Apolonio se

relacionaba con personas distinguidísimas. La de Somavia le invitaba

alguna vez a su tertulia. Por la zapatería caían de visita,

periódicamente, Pedro Barquín, el cura Chapaprieta, el magistrado don

Hermenegildo Asiniego, y otros claros varones de la urbe. El señor

Novillo acudía a diario al establecimiento y se dilataba allí varias

horas, gran parte del tiempo en el umbral, mirando con disimulo,

rendimiento y rubor al balcón florido y pajarero de Felicita Quemada.

Pero la relación de personas distinguidas le tenía sin cuidado a

Apolonio; lo que él echaba de menos era el trato de personas ilustradas,

el ambiente académico y artístico. Y aquel infame Belarmino, sabía Dios

merced a qué socaliñas y malas artes, le hurtaba, sin dejar una migaja

siquiera, el aplauso y atención que a él en justicia se le debían,

puesto que Belarmino era insensato charlatán y prevaricador de la lezna

y el cerote, en tanto él, Apolonio, por don natural, componía los más

primorosos artificios, así zapateriles como poéticos. «No hay justicia,

ni sentido, ni plan en el mundo»--pensaba Apolonio--. «Bien lo presumía

yo, aunque todavía inexperto, cuando escribí mi _Cerco de Orduña o Señor

de Oña_.»

Apolonio se hubiera despeñado en la negra desesperación, a no

estorbárselo, de una parte, la compañía habitual del señor Novillo, con

que se distraía de los sombríos pensamientos y se le deparaba coyuntura

de explayar la exuberancia del lastimado pecho, y de otra parte, más

principalmente, el amor a la duquesa de Somavia, un amor cada día más

exaltado, más puro, más imposible, más delicioso y novelesco. «Con estas

dos vejigas--decíase Apolonio--me mantengo a flote sobre las borrascas

de mi espíritu.»

Llegaba a la zapatería el señor Novillo, con su empaque reservado,

catadura sombría y venerable vientre de ídolo; la piel bronceada, barba

y bigotes pardos, entrecanos en la raíz. Había cierta similitud corporal

entre Apolonio y el señor Novillo. Los dos recordaban las efigies de

Buda, por la hinchazón. Ahora, que la cabeza de Apolonio se enderezaba

con cierto alarde confiado y olímpico, y, en cambio, la del señor

Novillo pesaba sobre el pestorejo y el cuello, abombándolos en redor, y

de los ojos se rezumaba una tristeza irracional. Apenas si hablaba el

señor Novillo; de tarde en tarde se sonreía, enseñando unos dientes de

blancura irreprochable, que, rodeados del hirsuto contorno, parecían una

estría de carne de coco asomándose entre la cáscara pardusca y crinada;

pero la mitad superior de la cara y los ojos seguían parados y tristes.

Así que llegaba, el señor Novillo se sentaba en un largo diván de piel

verde, debajo de un espejo, velado por un tul, verde también, y dejaba

caer el vientre entre las piernas, a que se reposase sobre el diván.

Apolonio, abandonando el mostrador, donde, con ademán lento y religioso,

trazaba diseños y cortaba pieles, venía al lado del señor Novillo y

dejaba asimismo caer el vientre sobre el diván. Oíanse en la trastienda

ahogados martillazos, alguna canción femenina y el repiqueteo de unas

máquinas de coser. Apolonio, sin doblar la cabeza a mirar al vecino,

rompía a hablar:

--Estoy abrumado, don Anselmo, estoy abrumado. ¿Qué me falta?,

preguntará usted. Tengo un taller, montado con los últimos adelantos de

la ciencia y de la industria; tres máquinas, una Wilson y otra Wheeler,

para coser la caña, y una Johnson para hacer ojales, que puede que no

haya media docena como ellas en toda la península. Mi clientela, la

espuma de la sociedad; y todos satisfacen sus facturas a tocateja. ¿Qué

más puedo pedir?

¡Ay mi amada! ¡Oh dolor! Lágrimas mías:

¿por dónde estáis que no corréis a mares?,

como cantó el poeta. Unos amores desdichados, sí. Pero no quiero

mentarlos. ¿Cúya es la culpa? ¿De ella? Jamás, jamás, jamás. La culpa es

mía. Me enamoré de una beldad tan alta como la blanca Beatriz. Merecida

es mi pena, y yo la acepto con júbilo infinito.

El señor Novillo oía el runrún con la indiferencia con que las imágenes

talladas en madera de ciruelo oyen himnos y plegarias. Proseguía

Apolonio, sin dignarse, por su parte, mirar a Novillo:

--He pintado en un poema alegórico la exacta posición de estos amores

disparatados, horribles y delincuentes. Delincuentes, sí, delincuentes,

porque.... Pero tente, lengua liviana y maldecida. He aquí el poema: un

monstruo de esos que llaman gárgolas, porque vomitan la lluvia con un

ruido peculiar, de donde viene la frase hacer gárgaras; digo que ese

monstruo de piedra, que está en la cornisa de una catedral, se ha

enamorado de la veleta, que figura una paloma, y que se asienta, ni que

decir tiene, en lo más alto de la torre. Y ese es el destino cruel del

enamorado monstruo, que soy yo; estar petrificado, a una distancia

infranqueable de la amada y haciendo gárgaras. Esto último constituye un

rasgo humorístico, que cierra la composición. Lo cómico es siempre

chabacano y despreciable. Lo humorístico es un modo poético. ¿Que cuál

es el nombre de la dama? Jamás lo declararé. Antes dejo que me desuellen

vivo....

Novillo, presa de sus propias ansiedades amorosas, se levantó sin haber

escuchado a Apolonio, y fué hacia la puerta, a mirar desde allí

furtivamente a Felicita. Apolonio le seguía, declamando con el brazo

extendido y la mirada flamígera:

--Jamás lo declararé. Antes pasarán sobre mi cadáver. Y si después de

muerto lo declaro, conste que no soy yo, sino un espíritu maligno que

habla por mi boca.--En habiendo eyaculado este apostrofe, Apolonio,

apaciguándose súbitamente, volvió detrás del mostrador y se aplicó a

cortar suela.

Al cabo de media hora de vergozante contemplación, Novillo retornó al

diván, y al punto Apolonio acudió a su vera y reanudó el hilo de su

palique.

--No son estos amores desdichados, no, lo que me trae mustio,

melancólico y descontento. Los amores son la esencia de mi vida y los

guardo en mi corazón como si fuesen una perla del Oriente. Estoy

abrumado, estoy tan pronto rabioso como desmadejado, estoy que me llevan

los demonios, porque, ante todo y sobre todo, soy un artista, y aquí, en

esta ciudad, no se me comprende ni hace justicia. Por lo pronto, soy un

maestro artista en zapatería. Mi clientela alaba, en el calzado que yo

hago, la resistencia y flexibilidad del asiento, lo suave y duradero del

material, lo cómodo y bien conformado del corte; y por eso, nada más que

por eso, me pagan bien. Pero las dichas cualidades son secundarias. Un

zapato, un brodequín, un botito son obras de arte. ¿Y quién aquí, salvo

contadas excepciones, sabe apreciar el calzado como una obra de arte?

¿Quién aquí concede al calzado la enorme importancia que tiene? Se

imaginan que el calzado sólo sirve para cubrir el pie, resguardarlo de

la humedad, por temor a los reumas, y evitar que se lastime sobre el mal

piso; todo lo que piden al calzado es que no críe callo. Pues si el

calzado no cumple otro fin más que ése, mejor sería que los hombres

echasen casco o pezuña, lo cual se conseguiría fácilmente por

procedimientos científicos. Y no es que yo me refiera a esta localidad.

Hablo, en general, de toda España. Un amigo mío muy erudito, Valeiro,

estudiante compostelano, me contaba haber leído en un libro de un Fray

no sé cuántos Guevara, obispo en alguna diócesis de Galicia, que los

españoles, en los tiempos del gran Carlos V, cuando el tal obispo

escribía, andaban en zancos por las calles, a causa de los lodos. ¡Qué

barbaridad! Pues, ¿qué? ¿No se usan todavía en nuestra península

almadreñas, zuecos, abarcas y las asquerosas alpargatas? ¡Qué poco dice

esto en pro de la cultura de los españoles, y cuánto de su salvajismo!

Para mí la alpargata es un insulto a la divinidad, una blasfemia, porque

es negar y desconocer la obra más perfecta de Dios, o sea el pie humano.

¿Por qué es el hombre superior al mono y a todos los demás animales?

Porque es el único que tiene pies, lo que se dice verdaderos pies. Si el

pie fuera menos humano y noble que la mano, los hombres tendrían cuatro

manos y los monos tendrían cuatro pies, y no que tienen cuatro manos.

Por no ver mujeres con almadreñas preferiría vivir entre chinos, porque

al menos los chinos conceden al pie de las mujeres más importancia que a

ninguna otra parte del cuerpo.

Novillo salió nuevamente a la puerta, sin haber escuchado ni una sola

palabra de la ingeniosa disertación de Apolonio, y éste volvió a

trabajar detrás del mostrador. Al cabo de otra media hora, Novillo

reincidió en reposar sobre el diván su vientre, agitado ahora por

apasionado estremecimiento: era que sus ojos se habían cruzado al acaso

con los de Felicita, y ella le había enviado una sonrisa arrobada y

etérea. Novillo se sentía feliz, expansivo, y al acomodarse Apolonio a

su lado le dió una palmada en el muslo al zapatero, preguntando:

--¿No dice usted nada hoy, querido Apolonio?

--Le decía a usted, don Anselmo--Apolonio respondió sin mostrarse herido

por la ausencia mental y material de su amigo--, que los chinos conceden

al pie la importancia debida. Este es mérito común a los asiáticos. No

en balde estuvo el Paraíso terrenal en el Asia. En la Grecia antigua,

las cortesanas y también las castas matronas apetecían los zapatos

venidos del Asia, zapatos al parecer preciosos, adornados con pinturas

de mucho mérito y figuras cinceladas en metal. Los antiguos, como más

próximos al origen de la creación, distinguían con mayor acierto la

jerarquía, utilidad y belleza de los miembros; a todos los miembros

anteponían en dignidad el pie; después de éste seguía la cabeza; luego,

algo que no quiero nombrar; en cuarto grado, la mano siniestra, la del

escudo; en quinto, la diestra que empuña el arma; y así sucesivamente.

Todos aquellos pueblos, dotados de una gran sabiduría infusa y revelada,

que poco a poco se fué olvidando y desvaneciendo, rendían culto al pie y

se excedían en fabricar con apropiado decoro el tabernáculo del pie, o

sea el calzado. Entre los hebreos, el calzado era tenido en tanta

reverencia que no se permitía que lo usasen sino los nobles y los

levitas, y aun éstos apenas si se atrevían a ponérselo, como no fuera

para entrar en el templo, sino que unos servidores especiales, a modo de

acólitos, iban detrás de los sacerdotes y señores llevando el calzado

sobre un cojín de terciopelo. Los egipcios colocaban en el calzado

placas labradas de oro y plata. El calzado de los sátrapas persas era

una joya valiosísima. Los patricios y senadores romanos usaban botas de

piel encarnada, con una media luna de plata, la luna patricia. Pasemos a

tiempos más próximos a los nuestros y recordemos a los papas, a los

emperadores, a los duques venecianos. El calzado de estos grandes

dignatarios de la Iglesia y de las repúblicas era de telas tejidas con

metales preciosos y recamados de las más ricas piedras: esmeraldas,

rubíes, zafiros, diamantes del tamaño de nueces casi siempre. Tengo

entendido que el Santo Padre todavía usa ese calzado los días que

repican gordo.

--¡Caracho, lo que usted sabe, amigo Apolonio!--exclamó Novillo,

sinceramente deslumbrado.

--Pues ya sabe usted tanto como yo, don Anselmo. Y si usted desea más

detalles, le dejaré unas cuartillas manuscritas, tituladas

«Podotecología estética, o historia del calzado artístico», que para mí

escribió mi amigo Valeiro, y que es de donde yo he tomado los datos. En

media hora escasa se las aprende usted de memoria. En lo que yo insisto

es en que, como español, me abochorno de que los españoles no hayamos

contribuído con ninguna invención al progreso del calzado. No hay una

ciencia y un arte zapateriles propiamente españoles. No habrá oído usted

decir punta a la madrileña, tacón Isabel II o hechura española, como se

dice punta a la florentina, zapato Richelieu, tacón Luis XV, hechura

inglesa.

--Hombre, hombre...--objetó el señor Novillo, que era muy vidrioso en

su patriotismo, y como apoderado local del cacique y cacique él mismo de

aldea, consideraba que menoscabar el buen nombre de la patria equivalía

a reprobarle encubiertamente su posición política--; eso que usted dice

no debe importarnos un rábano. ¿Que no hemos descubierto una punta o un

tacón? Pero hemos inventado cosas de más provecho y sustancia--colocando

las manos extendidas sobre el abdomen--: el pote gallego, la fabada, el

bacalao a la vizcaína, la paella valenciana, la sobreasada mallorquina,

el chorizo y la Compañía de Jesús. Y ¿dónde me deja usted el

descubrimiento del Nuevo Mundo? Aparte que, si no recuerdo mal, cuando

estudié en el Instituto, el profesor de Historia nos decía que no sé

cuál emperador romano había adoptado para el ejército el calzado que

usaban los españoles.

--Fábulas--replicó, despectivo, Apolonio--. Los españoles sólo han

inventado la alpargata, que es, ya lo he dicho anteriormente, un insulto

a la divinidad, un sacrilegio zapateril. Yo, maestro artista, repelo la

alpargata con sacrosanta indignación.

--No sigamos por ese camino, Apolonio, porque tendríamos un disgusto.

Como presidente de la Diputación y, por tanto, representante del

Gobierno legítimo, no puedo consentir que nuestra invicta bandera se

ponga en tela de juicio. No le digo a usted: zapatero a tus zapatos,

porque no quiero provocarle.

--Pues de zapatos estamos discutiendo, mi querido don Anselmo.

Novillo se levantó a repetir la operación contemplativa, y Apolonio

reanudó sus operaciones profesionales. Después de media horita, que para

Novillo fué una eternidad de inefables congojas, porque se verificaron

varios choques meteóricos de miradas, halláronse otra vez par a par el

zapatero y el político.

--¿Decía usted...?--comenzó Novillo.

--Decía que aquí, en general, no se aprecia el valor artístico del

calzado. Yo, se le digo a usted con toda reserva, me creo postergado. No

se me hace justicia. Ni como zapatero, y no digamos como poeta

dramático. ¿Por qué se figura usted que soy zapatero? Porque soy poeta

dramático. ¿Por qué se figura usted que soy poeta dramático? Porque soy

zapatero. Los ignorantes piensan que no tiene relación lo uno con lo

otro. Pues son dos cosas inseparables. Hay conflictos dramáticos entre

los hombres y no entre los animales, porque los hombres observan la

postura eréctil; y los hombres observan la postura eréctil porque andan

sobre los pies. Póngame a los hombres en cuatro patas, o hágamelos usted

paralíticos, como los árboles; ya no hay drama. ¿Es esto claro? Pero,

señor, si el drama no es más que cuestión de calzado, cuestión de

ponerse en dos pies y levantar la cabeza todo lo posible, en son de

desafío, hacia el cielo, en donde se oculta el destino de los

hombres.... ¿Es verosímil que los hombres inventasen así, a secas, el

drama? ¡Qué desatino! Los hombres inventaron una especie de calzado, el

coturno, que les alzaba más de un palmo sobre la tierra; pues con esto,

ya estaba inventado el drama. Pues si le dice usted a cualquiera de esos

estudiantillos hambrientos que yo soy zapatero y autor dramático, se

reirán. En cambio, no se asombran de que un zapatero pueda ser filósofo.

Yo soy el que me río.... Ja, ja, ja.... Filósofo lo puede ser el último

gato. Todos los filósofos son unos farsantes, charlatanes de feria.

¿Para qué sirve la filosofía? Ya lo dijo Saquespeare--pronunciado así--:

«la filosofía no sirve ni para curar un dolor de muelas».

--Hombre, hombre...--objetó el señor Novillo--. El arte dramático

tampoco sirve para curar dolores de muelas.

--Pero el dolor de muelas sirve para hacer dramas. Todos los dolores son

experiencias dramáticas.

Esta escena se repetía a diario durante largo tiempo, si bien la

elocuencia ubérrima de Apolonio desenvolvía variadísimos temas. Novillo

llegó a sentir curiosidad por conocer el drama que había escrito

Apolonio, el cual se lo leyó una noche con tanto énfasis y pathos, que

subyugó y conmovió al oyente.

--En efecto; es usted un gran artista--murmuró Novillo, enjugándose unas

lágrimas; era sobremanera sentimental--. Como presidente de la Junta de

abonados que soy, le prometo que haré estrenar su drama por la primera

compañía dramática que venga a Pilares.

Apolonio hubiera abrazado a Novillo; pero no quería descomponer la

majestad de la figura.

Por desdicha, pasaban los meses y no venía ninguna compañía dramática.

La poesía fué estrechando más y más la amiganza entre Novillo y

Apolonio. Novillo celebraba mucho los poemas amatorios de Apolonio, y

siempre que componía uno nuevo se lo pedía para «empaparse» en él,

decía, leyéndolo a solas.

Una mañana, Felicita entró en la zapatería de Apolonio, cosa

acostumbrada; pero aquel día, la solterona llevaba desencajado el

rostro, con expresión que pretendía ser colérica, y, sin embargo, dejaba

recelar un placer oscuro. «¿Qué tripa se le habrá roto a esta vieja

vestal?»--pensó Apolonio.

--Apolonio, ¿nos oye alguien?--preguntó Felicita, inclinándose sobre el

mostrador, con delgado aliento y ojos de espía.

--Si usted conserva ese tono, nadie nos oirá.

--Apolonio.... Es usted un miserable, un traidor, un ingrato. Se lo digo

a usted en voz baja, aunque con toda energía, porque quiero evitar

espantosas complicaciones, incluso la efusión de sangre.

--Pero, señora...; digo, señorita....

--Silencio, infame. He callado hasta hoy, porque lo tomé como una locura

fugitiva. Pero ha llegado a tal extremo su atrevimiento, que he decidido

escarmentar a usted para siempre, para siempre.--Sacó del seno un montón

de papeles y los despidió, con ademán repulsivo, sobre el mostrador.--Le

arrojo esos anónimos impertinentes e indecorosos. Yo pertenezco a un

hombre, sólo a un hombre. Todos los demás pretendientes me inspiran

aversión y asco.

Apolonio examinaba los papeles escritos.

--Estos son versos míos--bisbiseó.

--Ya lo sé.

--Pero estos versos no están escritos por mí. Son copias; y la letra es

de don Anselmo Novillo.

--Agua--pudo apenas articular Felicita, en tanto se desplomaba exánime

sobre el diván.

De buena gana Apolonio hubiera dado unos cuantos azotes a la vieja

vestal, que así venía a turbarle y ponerle ante sí mismo en ridículo,

obligándole a descomponer la majestad de la figura; corriendo azariento

a entornar la puerta, porque los transeuntes no se percatasen del lance;

trayendo un vaso de agua a través de las frívolas oficialas, que

sonreían al verle en guisa de camarero: salpicando el rostro de la

desmayada e intentando desabrocharle el corsé. Afortunadamente, Felicita

se recobró antes de que Apolonio recurriese a este último extremo.

Sorbió el agua; pidió los papeles; los restauró al cobijo del seno, no

sin antes besarlos, y dijo a Apolonio:

Belarmino y Apolonio · 第 8 / 17 段