--Mi señora Emperatriz--replicó el enorme dominico--, yo no enseño nada

a nadie, ni siquiera idiomas, que es de lo único de que se me alcanza un

poquito. La paciencia, y otra porción de virtudes, son necesarias para

salvarse; no sabría decir cuál más y cuál menos. Pero si la Juana se ha

orientado por el camino de perfección, y comienza a ejercitarse en la

paciencia y otras virtudes, débese, ante todo, a una circunstancia en

apariencia insignificante y en rigor importantísima, la cual ustedes han

procurado, que no yo. Para salvar el alma, lo más esencial es tener la

mesa puesta a hora fija. Nosotros, los religiosos, lo sabemos bien; como

que la idea de las órdenes religiosas es ésa precisamente. Hacemos voto

de pobreza; es decir, nos libertamos, ya para siempre de la preocupación

económica, y nos consagramos a la contemplación, a la predicación, a la

caridad, ora pasiva, ora activa, mendigando y dando ocasión a los demás

para que se muestren caritativos, como hace la Orden franciscana, o bien

socorriendo y mostrándonos nosotros mismos caritativos, al estudio, a la

enseñanza, a la misión apostólica y conversión de gentiles, a un sinfín

de obras largas y duras, egoístas y a la par desinteresadas, que nos

absorben de la mañana a la noche, gracias a que estamos seguros de que

tenemos siempre una cama, aunque dura, so un techo, y la mesa, aunque

sobria, aparejada a hora fija. Yo hice voto de pobreza y profesé en la

santa Orden dominicana. Pues vean ustedes lo que son las cosas; en el

acto mismo de adoptar la pobreza, me encontré con que poseía más riqueza

que los más opulentos ricachos y potentados de la tierra. Dondequiera

que voy, no digo ya por las ciudades de estos reinos, sino a otras

naciones, pues que he viajado largas tierras, Inglaterra, Rusia,

Francia, Alemania, Italia... y no digo ya estas naciones europeas, sino

otros continentes, África, Asia, América, Australia, dondequiera que voy

tengo una casa mía, ¡y qué casas!, mayores que un palacio, y mesa

puesta, y lecho apercibido, y jamás me falta dinero para ir hasta el fin

del mundo. Díganme ustedes si no es idea ingeniosa la de instituir la

pobreza como norma de vida.... Un rey de Francia quería que todos sus

vasallos pusiesen a diario gallina en la olla, porque de esta suerte

serían felices y no se verían en tentación de cometer delitos contra el

Estado. Yo quisiera que todos los hombres de toda la tierra tuviesen

mesa abundante a hora fija, porque así se suprimirían casi en absoluto

las tentaciones de renegar de Dios. ¡Oh, qué bien estaríamos si, por

último, la humanidad se desembarazase de la preocupación del pan de cada

día y las naciones se organizasen al modo de grandes monasterios, en

donde no hubiera pobres y ricos, y a nadie le sobrase ni a nadie le

faltase la casa y la mesa, y la obediencia fuese una blanda ligadura

que a nadie impidiese dedicarse con alma y vida a aquello para que Dios

le dió vocación.... ¡Con qué devoción, con qué unción, con qué

sinceridad se rezaría entonces el Padrenuestro! Entretanto llega eso,

que dudo que llegue, ¡benditos sean los ricos, como ustedes, que

administran en beneficio de los pobres la riqueza, como si no les

perteneciese, ya que sólo a Dios pertenece!

El padre Alesón emitió un suspiro que, a causa de lo aflautado de la

voz, parecía más de monja que de fraile. Continuó en diapasón agudo:

--Amados y respetables señores míos: No sé si les habré chocado, a causa

de mi franqueza, o si les habré aburrido con tan larga plática. A fuer

de riojano, hablo en plata; y como fraile, debo hablar en tono grave, a

pesar de mi voz de tiple. Quedamos, pues, en que la Juana y la niña van

muy bien, aunque pudieran ir mejor; y Belarmino no puede ir mejor,

aunque no oiga misa.

Y el voluminoso fraile se levantó de un asiento que antes se creyera que

era un butacón, ya que el Padre lo llenaba de brazo a brazo; pero, así

que se hubo levantado, resultó ser un sofá, y no de los pequeños.

Belarmino no podía ir mejor. Tenía mesa puesta a hora fija, cama limpia

en sitio fijo también, y la seguridad de que ni la una ni la otra

sufrirían zarandeo o zozobrarían, según el vaivén de los negocios. Ya no

le aquejaba a Belarmino la congoja del mañana. Trabajaba lo que quería y

cuando quería, más por cumplir con los señores de Neira y con los

frailes que por necesidad de ganárselo o por ambición de añadir algún

dinerillo para antojos. Sus únicos antojos eran los de su hija, y a

éstos solían acudir con mano longánime los señores. Al pasar de zapatero

con tienda puesta a zapatero de portal, era para él como si después de

un largo viaje por mar, y tras inquietudes, amenazas y agonías, llegase

a puerto, y, ya desembarcado del grande y temeroso navío, hubiera ido a

cobijarse definitivamente en una de esas lanchitas que, asentadas quilla

arriba sobre la playa, sirven de vivienda a los marineros retirados.

Belarmino continuaba siendo zapatero; su nuevo cuchitril continuaba

siendo zapatería; no de otra suerte que la lancha quilla arriba sobre la

playa continúa siendo una embarcación. Lo de ahora era como lo de antes;

pero al revés. ¡Con qué fruición beatífica, acogido ya a seguro,

contemplaba Belarmino el airado mar del mundo! Ahora Belarmino reposaba.

Apolonio comenzaba a engolfarse en el negro ponto de las empresas

mercantiles. Cierto que iba viento en popa; pero Belarmino, viendo

navegar la nave de su afortunado rival, pensaba, con sentimiento

lastimoso: «¿Cuánto durará la bonanza? Un guiño de ojos. Te embestirán

las tormentas. Te veré vacilar y bailar sobre las olas, como un cojo sin

muletas. Te hundirás, sin que te sirvan de nada tu pie ario y tu pie

semita. ¡Ay de ti si entonces no sabes ser filósofo!» Contribuía en

medida considerable a la serenidad presente de Belarmino haberse

libertado, en el transbordo, de no floja impedimenta. Xuantipa ya no le

pesaba a todas horas del día; habían cesado las visitas cotidianas del

usurero Bellido y de Felicita la solterona. El rubicundo y jovial

Colignon perseveraba fiel en el afecto a Belarmino, y el zapatero le

correspondía cordialmente.

El menaje profesional de Belarmino se reducía a los más indispensables

utensilios de zapatería, de los cuales don Restituto le había hecho

graciosa donación: unas pinzas, un rebote de correderas, una gubia, un

desborrador americano, un rodillo de picar, un sacabocados, varias

leznas y un torno de montar con horma de hierro. El torno era remedo y

trasunto fiel de un caballejo; recordaba a Clavileño, si bien de

correspondencia equina más semejante que la volátil cabalgadura del

manchego. El tronco era realmente un tronco, un leño robusto, asentado

sobre cuatro patas, más ancho por la grupa que por los pechos, y sobre

ellos se levantaba una tabla ancha y delgada, a manera de cuello, en

donde encajaba, con juego articulado y la planta hacia arriba, una horma

de hierro, que vista de perfil era enteramente una cabeza de caballo.

Montado sobre este diminuto caballete, Belarmino se pasaba la vida.

Primeramente, de recién instalado en su cuchitril, hacía alguno que

otro par de borceguíes para los criados de la casa y para los frailes.

Luego fué abandonando poco a poco este linaje de trabajo y se dedicó a

composturas. Un día se dijo: «Ya soy remendón de portal», y se le llenó

el alma de gozo, como si hubiera conseguido al fin una posición firme,

largo tiempo anhelada. Trabajaba con intervalos: los ratos de trabajo,

cada vez más leves, y los intervalos, cada vez más largos. En estos

intervalos leía, apoyando el libro sobre la horma de hierro, y tomaba

notas en el cuadernito de hule. Su lectura favorita era el diccionario

de la lengua. En ocasiones meditaba, ajenado de la realidad externa,

siguiendo con los ojos formas sólo visibles para él, que cruzaban por el

aire. Leía a su modo, conforme a un método original. El diccionario, en

su opinión, era epítome del universo, prontuario sucinto de todas las

cosas terrenales y celestiales, clave con que descifrar los más

insospechados enigmas. La cuestión era penetrar esa clave secreta,

desarrollar ese prontuario, abarcar de una ojeada ese epítome. En el

diccionario está todo, porque están todas las palabras; luego están

todas las cosas, porque la cosa y la palabra es uno mismo; nacen las

cosas cuando nacen las palabras; sin palabras no hay cosas, o si las

hay, es como si no las hubiese, porque la cosa no existe por sí ni para

otras cosas--por ejemplo, una mesa no sabe que existe, ni la mesa existe

para una silla, porque la silla no sabe de la existencia de la mesa--,

sino que existe solamente para un _Inteleto_ que la conoce, y en cuanto

que la conoce, le da un nombre, le pone una palabra. Conocer es crear, y

crear conocer. Todo lo anterior es un fragmento de las especulaciones

belarminianas. ¡Lo que hace la prolongada actitud sedentaria y el ocio

discursivo!... Los filósofos son hombres en cuclillas, incluso el

peripato, que, si explicaba paseando, encuclillado edificó su sistema.

Prosigue. Dedúcese que si el diccionario es todo aquello que hemos

dicho, diccionario vale tanto como cosmos. Belarmino, en virtud de la

reciprocidad de entrambos vocablos, y para evitar confusiones, había

fijado a la inversa, para su uso, el empleo y significación de cada uno

de ellos, y cuando decía el cosmos, quería decir el diccionario, y

cuando decía el diccionario, quería dar a entender el universo. Si le

pedía a Angustias que le diese el cosmos, la niña, por experiencia, ya

sabía que le tenía que entregar aquel libraco, el cual, para ella, era

tan lógico que se llamase cosmos como que se llamase diccionario.

Pero--prosigue la especulación belarminiana--así como la mayoría de los

hombres viven en el diccionario,--es decir, en el mundo--, sin enterarse

de que viven, así también consultan y leen el cosmos--es decir, el

diccionario--, sin enterarse de lo que leen. Vivir es conocer, y conocer

es crear, dar un nombre. Cuando un hombre llama árbol a un árbol porque

le ha oído llamar así, ese hombre no conoce el árbol ni sabe lo que

dice; si conociese al árbol, lo hubiera creado él mismo, le hubiera

dado un nuevo nombre. Y ahora viene lo más sutil de la especulación

belarminiana. En el cosmos--es decir, en el diccionario--están los

nombres de todas las cosas, pero están mal aplicados, porque están

aplicados según costumbre mecánica y en forma que, lejos de provocar un

acto de conocimiento y de creación, favorecen la rutina, la ignorancia,

la estupidez, la charlatanería gárrula y el discurso vulgar, vacío y

memorista. Están los nombres en el cosmos--es decir, en el

diccionario--como aves en jaula, o como vivos narcotizados y escondidos

en sepulcros con siete sellos. Belarmino hallaba una manera de placer

místico, un a modo de comunicación directa con lo absoluto e íntima

percepción de la esencia de las cosas cuando rompía los sellos

sepulcrales para que se alzasen los vivos enterrados, y abría las jaulas

para que las aves saliesen volando. Leía las palabras del cosmos--es

decir, del diccionario--, evitando, con el mayor escrúpulo, que rozasen

sus ojos la definición de que iban acompañadas. Leía una; en rigor, no

es que la leyese; la veía, materialmente, escapándose de los pajizos

folios, caminar sobre el pavimento, o volar en el aire, o diluirse

nebulosamente en el techo. Unas veces eran seres; otras eran cosas;

otras, conceptos e ideas; otras sensaciones de los sentidos; otras,

delicadas emociones. Tal vez se producían resultados que, para un

espíritu superficial, pudieran parecer cómicos; pero, en el fondo, todo

era muy serio. _Camello_, decía el cosmos--es decir, el diccionario--;

y Belarmino veía, en efecto, brotar de la página el dicho cuadrúpedo

rumiante, aunque muy mermado de proporciones, y salir andando

despaciosamente por el piso; pero a los pocos pasos, el perfil de la

bestia, ya de suyo sinuoso, se deformaba más todavía, evolucionaba, se

transformaba; el animal se ponía en dos pies, aparecía vestido con

uniforme; la cabeza, sin perder la expresión primitiva, tomaba rasgos

humanos; las jorobas se convertían en alforjas, que colgaban al pecho y

espalda, y de una de las bolsas salía un gran cartapacio. Belarmino

acababa de comprender un ser del diccionario--es decir, del mundo

sensible--, y, por conocerlo, había creado una nueva palabra. Camello,

de allí en adelante, significaría para él, ministro de la Corona.

Dromedario significaba sacerdote o ministro del Señor, después de un

proceso evolutivo semejante. No se crea que en el léxico belarminiano

las voces dromedario y camello entrañaban intención contumeliosa o

despectiva; antes al contrario, implicaban admirativa comprensión.

Aludían al desierto de indiferencia en que se mueven así el gobernante

como el sacerdote, a la sobriedad que practican o deben practicar, a la

pesada carga que conducen a hombros, y, finalmente, la joroba

simbolizaba la responsabilidad que llevan adherida a la propia espina

dorsal, y que en el gobernante es doble, para con Dios y para con los

hombres, y en el sacerdote sencilla, sólo para con Dios. Y de aquí,

joroba = responsabilidad; un nuevo acto de creación en el cosmos--es

decir, en el diccionario--de Belarmino. Otras palabras le producían

únicamente sensación de cualidades físicas. Pero las palabras que con

mayor ansiedad perseguía, las que le transían de entusiasmo en

comprendiéndolas y creándolas, eran aquellas que a él se le antojaban

términos filosóficos y que, por ende, expresaban un concepto inmaterial:

_metempsícosis, escolástico, escorbútico_, etc., etc. Después de una

revelación no poco difícil de interpretar, Belarmino había definido así

aquellos tres términos: _metempsícosis_ es lo mismo que intríngulis

indescifrable, lo incognoscible, _das ding an sich_ de Kant, y viene de

psicosis, o sea intríngulis, y mete, introduce, esconde; meter

intríngulis en las apariencias sencillas. _Escolástico_ es el que sigue

irracionalmente opiniones ajenas, como la cola de los irracionales sigue

al cuerpo. _Escorbútico_ vale tanto como pesimismo, y viene de cuervo,

pájaro sombrío y de mal agüero. ¡Era mucho hombre aquel Belarmino!

El cuchitril en donde Belarmino filosofaba y remendaba zapatos estaba

bastante por debajo del nivel de la calle. Se descendía desde el portal

por unos escalones de piedra. Las paredes, encaladas, con caprichosos

arabescos verdinosos, de la humedad. Recibía la luz por un ventano

apaisado, con barrotes de hierro, que por la parte de dentro lindaba

con el cielo raso y por fuera arrancaba a ras de la calzada; por allí se

metía un raudal compacto de claridad cenizosa, como en los cuadros que

representan apariciones, y se derramaba, a modo de bautismo, sobre el

costado izquierdo de Belarmino. A través del ventano se veían pasar las

piernas de los transeuntes, de rodilla abajo, haciendo un ruido

acompasado sobre las losas. Belarmino pensaba hallarse providencialmente

metido en la entraña de la tierra, colocado en la raíz y cimiento de las

cosas, y que para conocer a los hombres lo mejor era verles nada más que

los pies, que son la base y fundamento de las personas. Pero, hundido en

aquella penumbrosa covacha, oficina en donde se destilaban y

clarificaban los enigmas del pensamiento y de la existencia, de continuo

a horcajadas sobre su torno de montar, que era Clavileño y era Pegaso,

Belarmino se eximía de la gravitación y esclavitud de la materia, volaba

libremente por los espacios fantásticos, se cernía en las esferas

uranias, contemplaba el diccionario--es decir, el mundo--desde

perspectivas tan remotas, que acaso se mareaba y se le ponía la carne de

gallina. Como Belarmino, aunque el Padre Alesón le reputase insensato,

era un hombre muy sensato, se dió cuenta del daño irreparable que le

amenazaba, y era, elevarse tanto, que un día se extraviase más allá de

las nubes y no pudiera volver al comercio y relación con los demás

hombres. Cada vez que se despojaba de una palabra muerta y creaba una

palabra viva, era como si arrojase lastre por la borda y adquiriese

nueva cantidad de fuerza ascendente. «Puede llegar un momento en que no

pueda hablar con mi hija, porque no la entienda ni me entienda y hasta

me tome por loco», y el corazón se le quedaba en suspenso. ¿Qué hacer?

Al punto dió con la solución. Debía conservar el lastre, bien que

procurase seguir aumentando la energía ascendente; debía esforzarse,

costase lo que costase, en no ir olvidando el idioma vulgar, a fin de

usar de él con su hija y con alguna otra persona de su afecto, si fuese

menester. Pero ¿cómo evitaría olvidarlo, si estaba a solas casi siempre?

El Inteleto le cuchicheó algo dentro del cráneo, y Belarmino salió a la

calle, fué andando hasta la aldea, y en el primer caserío encargó que le

buscasen una urraca y se la llevasen al cuchitril. Había oído que a las

urracas, con paciencia y buen vino, se les enseña a hablar. Hubiera

preferido un loro, pero no tenía dinero y dudaba que se encontrasen en

el mercado. Llegó pocos días después el aldeano con la urraca, blanca y

negra como los Padres dominicos. «Ahora, a enseñarle el idioma más

vulgar posible», se dijo Belarmino, no sin cierto desconsuelo y

perplejidad, porque no se le ocurrían vulgaridades ni le tentaba

ingeniarse en inventarlas. Mirando melancólicamente a la urraca y su

lustroso plumaje dominicano, por asociación de imágenes se le ocurrió

que el Padre Alesón podía sacarle del apuro, y fué a pedirle que le

prestase un libro de poesías y algún discurso. Belarmino consideraba la

poesía y la oratoria como las formas más vulgares de dicción. El

dominico le prestó un tomo de Selgas y un folleto con discursos de don

Alejandro Pidal y Mon. Belarmino cortó al pájaro las guías de las alas y

lo metió en el fondo de un barril oscuro. Allí le daba sopas en vino

blanco fuerte, e inclinándose sobre el tonel le leía, separando bien las

palabras, versos de Selgas y párrafos de Pidal. Como cierta vez leyese

esta frase de Pidal: «Jáctome de ser escolástico», Belarmino se dijo:

«Te lo había olido; también Bellido se jactará de ser escorbútico....»

La urraca no aprendía a hablar, pero Belarmino no se impacientaba, y

resistía resignado aquel baño abundante de vulgaridad, más por su

conveniencia y para no soltar las amarras con el mundo, que por interés

didáctico hacia el avechucho. El señor Colignon echó de ver, aunque

ignorase la causa, que Belarmino le hablaba más en cristiano, y así se

lo declaró una tarde. Belarmino, esmerándose en expresarse en romance

paladino, lo cual le ocasionaba más engorro todavía que a Apolonio

expresarse en prosa, le respondió:

--Por muchas intenciones--intenciones = razones--. Primera: porque le

quiero a usted. Le quiero a usted porque usted me quiere. Segunda.... No

sé como decírselo para no ser macilento y evitarle pesos

desagradables.--Macilento = violento, cruel; peso = sentimiento.

Belarmino hizo una pausa, a la rebusca de locuciones explícitas y

amables.--Usted es la materia; yo soy el espíritu. Usted se alegra con

las cosas; yo, alejándome de las cosas. Usted es el sí, y yo el no. O,

si usted quiere, usted es el no y yo el sí. ¿Soy yo superior a usted?

Nada de eso. Ni el sí es superior al no, ni el no es superior al sí;

pero el sí y el no son superiores al qué sé yo. Comprendo que usted es

tan filósofo como yo, aunque de una manera beligerante.--Beligerante =

contrario, opuesto.--En cambio, la mayoría de los otros hombres no son

el sí y el no, sino el qué sé yo; que no saben, ni sienten, ni viven, ni

importan. ¿Qué tengo yo con ellos? ¿Por qué he de hablar el idioma de

ellos? Usted es otra cosa. Yo desearía que usted entendiera mi idioma.

Pero, como usted es filósofo beligerante, y yo le quiero, y además me

instruyo con usted y me sirve de piedra de toque, porque es usted el no

de mi sí, o el sí de mi no, y los dos nos completamos, pues por eso me

afano en hablar para que usted me entienda.

--_Épatant, épatant_, mi querido Belarmino--replicó el confitero con

regocijado pasmo--. Te entiendo. Yo soy un epicúreo y tú un estoico, ¿no

es esto?

Belarmino aprisionó en la despensa de la memoria las dos palabras:

epicúreo y estoico, a fin de transmutarlas más tarde por la alquimia de

la especulación y hallarles su verdadero sentido.

Un día se presentó en el cuchitril de Belarmino Froilán Escobar, alias

el Estudiantón y también Aligator, a que le pusiese palas y medias

suelas a un par de botas, que para llegar a ser un verdadero par de

botas no necesitaban, además de las palas y de las medias suelas, sino

refuerzo en el contrafuerte, unos trozos de la caña y unos cuantos

botones. Justamente, la única afición de Belarmino al arte zapateril

consistía en restaurar calzado viejo, cuanto más viejo mejor, y con unos

miserables despojos crear un par flamante. Era una afición pareja a su

vocación filosófica. Y así, acogió aquellas valetudinarias botas del

Estudiantón o Aligator con marcada reverencia y afectuosidad.

Los apodos son, cuándo biografía sucinta, cuándo retrato en miniatura.

Los dos apodos de Froilán Escobar le historiaban y le retrataban.

Llevaba ya veinte años de estudiante en la Universidad, y no porque

fuese inepto para aprobar los cursos, pues era de notable despejo

natural. Decía: «El hombre que quiere conocer la vida es estudiante

hasta que se muere. Nada hay tan repugnante como la ciencia que se

adquiere para obtener un título académico y ganarse un sueldo con él. No

hay más ciencia que la ciencia desinteresada, la ciencia por la ciencia,

el amor al saber, el saber que nunca se sabe bastante para cobrar dinero

por enseñar lo poco que se sabe.» Y otra porción de máximas al mismo

tenor. Como no quería comprar ciencia, no se matriculaba, y asistía por

libre a las clases de diversas Facultades. De aquí que le apodasen el

Estudiantón. Vivía con extremada pobreza y vestía desastradamente; un

sombrerete, con dos dedos de enjundia; un gabancillo de color café con

leche, que había estrenado al venir a la Universidad y que llevaba con

el cuello subido, por disimular la ausencia de camisa; pantalones con

flecos, y botas como las consabidas. Se asemejaba a los muertos por el

color, como aconsejó el oráculo a Zenón, el filósofo, lo cual, bien

entendido, quiere decir que de tanto estudiar en los libros había tomado

la palidez de ellos. Era capaz de permanecer en un quietismo casi

sobrehumano. Durante las horas de clase conservaba a veces la misma

postura reservada y atenta, sin mover un músculo, sin pestañear,

empañados los ojos por una telilla opaca al modo del segundo párpado de

los lagartos. Y de aquí que le apodasen Aligator. Otras veces le

acometían inquietudes convulsivas de sabandija y retorcimientos de

sibila, según la materia y el modo de explicarla el catedrático, y en

tales casos tomaba notas taquigráficas, agitando fieramente el pupitre.

Los estudiantes le estimaban, le respetaban y se aleccionaban con él.

Era como el espíritu familiar de la Universidad, la Palas Atenea de

aquel amurallado recinto del saber; una Palas Atenea vestida de máscara.

También la ciencia oficial del establecimiento se envestía, con harta

frecuencia, disfraces de mamarracho.

No pudo presentarse el Estudiantón a Belarmino con carta de

recomendación más eficaz ni credencial más honrosa que aquel mal llamado

par de botas, pues en rigor era un cuarto o un octavo de unas botas.

Sustentaba Belarmino amorosamente en sus manos los tales residuos, que

para él eran gérmenes o embriones de un flamante porvenir, y miraba al

Aligator con tierno interés, cuando de pronto uno y otro notaron que les

faltaba unos cuatro metros cúbicos de aire respirable, que era poco

menos de lo que contenía el cuchitril; había entrado el Padre Alesón,

desalojando el volumen de aire correspondiente a su volumen de carne y

hueso.

--Buenas tardes, Belarmino--habló el dominicano, modulando las notas más

nítidas y cariciosas de su flautín laríngeo--. Entraba y salía. Entraba

en tu aposento y salía de mi residencia. Salía de mi distracción y

entraba en mi acuerdo.--El Padre Alesón hablaba ahora en este estilo

conceptuoso y envuelto, para dar por el gusto a Belarmino y granjearse

su afecto.--Quiero decir, en lenguaje vulgar, que al salir a la calle

recordé que don Telesforo Rodríguez, el profesor del Seminario, me ha

pedido un libro que hace tiempo te presté: _Nicolai Garciae; tractatus

de beneficiis_. ¿Lo has leído ya? ¿Puedo llevármelo? Porque si no lo has

leído todavía, no me lo llevo. Tú has de sacar más provecho que don

Telesforo, seguramente.

Belarmino descabalgó su Clavileño y entregó al Padre Alesón un gran

volumen, en cuarto mayor, aforrado en pergamino.

--Ya lo he leído. Me ha sido muy instrumental.

--Vaya, me alegro. Hola, hola--exclamó el dominico, volviéndose hacia el

barril en cuyo fondo rebullía y graznaba la urraca--. Ya me ha referido

Angustias.... De suerte que, ¿los versos de Selgas y los discursos de

Pidal que te has llevado era para enseñárselos de memoria a esta parlera

avecilla? ¿Y qué? ¿Va aprediendo algo?

Belarmino respondió que había adquirido la picaza para enseñarle a que

hablase del único modo que lo entienden el común de los hombres. Pero

como Belarmino, para responder esto, no empleó el idioma que entienden

el común de los hombres, el Padre Alesón le rogó que se explicase. Así

lo hizo Belarmino. El padre Alesón creyó entonces entender.

--Ya, ya...--dijo el dominico, sonriendo con guasa--. Has buscado en

esta urraca a Diógenes; has creado tu Diógenes, el cínico, el que

hablaba con claridad odiosa, y para que nada falte, le has encerrado en

su tonel. Y tú, ¿qué eres: socrático, platónico, peripatético, sofista?

--Estoico--respondió con maravillosa dignidad y orgullo Belarmino, a

quien repentinamente se le había revelado el sentido de aquella palabra,

oída de labios del señor Colignon.

El Padre Alesón se quedó frío. Pensó: «A ver si este pobre hombre posee

más sindéresis de lo que yo sospechaba.» Se despidió.

--Ea, Belarmino; contra mi gusto, tengo que abandonar tu compañía. Tal

es mi misión: andar, andar de un lado a otro, con una grave

responsabilidad sobre los hombros.

Ya volvía la espalda el fraile, cuando Belarmino murmuró:

--Naturalmente, como usted es un dromedario....

El Padre Alesón se volvió de cara, la expresión en entredicho.

--Hombre, hombre...--tartamudeó, con voz deficiente--. Eso es ofender.

Pensaba el dominico que acaso Belarmino estaba resentido con él, porque

antes le había hablado irónicamente.

--He querido decir que usted es un sacerdote--replicó el zapatero.

--Pues, peor que peor. Mientras me llamabas dromedario, a mí, en

persona, podía pasar. Creí que aludías a mi tamaño. Pero ahora resulta

que soy dromedario por ser sacerdote.... La verdad; eso, Belarmino, es

una grosería, impropia de ti.

Belarmino y Apolonio · 第 7 / 17 段