observaba todo, de hito en hito. Los niños son los mejores observadores,
y las observaciones intensas de la niñez jamás se olvidan. Pensará usted
que mi padre es un grandísimo figurón, que todo aquello era fingido,
teatral y a propósito para reír, a pesar de la presencia del difunto.
Que sea para reír, no lo niego; pero también para llorar. Mi padre ha
tenido siempre una sensibilidad excesiva. Cualquiera cosa le agitaba. Se
enternecía por fútiles motivos hasta las lágrimas. Todo lo tomaba a
pecho. Por manera espontánea, se producía con exuberancia y énfasis. Era
también muy aficionado al canto. Cuando cantaba me hacía el efecto de
que se iba a derretir en la atmósfera, como un terrón de azúcar en agua.
Y en cuanto a lo de improvisar versos, también era natural en él. Se
convencerá usted muy pronto de cómo mi padre, sin duda por el continuo
ejercitarse, componía ya versos por rutina. Pero, para no interrumpir
la narración, prosigo por orden. Mi padre no se apartó del cadáver hasta
que los enterradores terminaron con la poco noble y decorosa inhumación
terrena. Volvimos al Pazo. Mi padre me traía de la mano y gimoteaba como
una criatura. Entramos en lo que había sido capilla ardiente. La carta
póstuma del conde yacía por tierra. Mi padre la recogió, a fin de
concluir la lectura. Yo vi que apretaba nuevamente las cejas, tiraba de
una comisura del labio hacia arriba, inflando así la mejilla, la cual se
arrascaba, indicio de contrariedad. Antes había dejado caer la carta al
llegar a lo de la herencia. Ahora, aquello de ir a establecerse en
Pilares, entre gente desconocida y bajo la tutela inmediata de la
duquesa, le molestaba sobremanera. Pero, ¿qué remedio? Mi padre arrancó
las raíces que le sujetaban a la hermosa tierra gallega y tomamos el
portante para otra región, no menos hermosa. Mi primer viaje por
ferrocarril: ¡lo que hube de gozar!... En León doblábamos el rumbo y
cambiábamos a un tren directo hasta Pilares, que partía de allí mismo.
Era en las postrimerías del mes de abril, después de unos días
tormentosos, y se decía si en el puerto que hay entre León y Pilares
estaba interceptada la vía, hacia la estación de Busdongo, a causa de la
nieve. Eso de pasar sobre montañas cubiertas de nieve me entusiasmaba.
Paseábamos mi padre y yo, no sé quién con mayor impaciencia, a lo largo
de los andenes, aguardando que formasen el convoy. Y aquí viene la
prueba de que mi padre componía versos sin darse cuenta. Mi padre
rezongaba entre dientes: «El tren se retrasa ya. ¿Qué demonio ocurrirá?»
«Acaban de dar las dos. ¿Qué pasa? Sábelo Dios.» Y aleluyas y más
aleluyas. En nuestra caminata arriba y abajo pasábamos por delante de
una garita que me llamaba la atención, porque tenía encima un rótulo,
para mí enigmático: «Lampistería.» En una de las vueltas, un hombre, con
un farol, salió de la garita. Mi padre, dirigiéndose a él, dijo: «Oiga,
señor lampistero; no habiendo aviso, supongo que hay vía libre, y espero
que el tren pase de Busdongo.» Y volviéndose hacia mí: «Dime, Pedriño,
¿no es esto señal de ser un poeta? Sin intención he compuesto una sonora
cuarteta. Siempre expreso en poesía el contento o el fastidio. Valeiro
bien me decía que soy el moderno Ovidio.» No quiero cansarle. Baste
decirle que mi padre, en cuanto se ponía un poco agitado, respiraba en
verso. Esta peculiaridad, o si usted quiere manía, acaso haya sido causa
de sus infortunios, pero ciertamente merced a ella los ha sobrellevado
con pasmosa resignación e indiferencia. A mi padre le cae una teja en el
cogote, por ejemplo. De este accidente no tiene la culpa la poesía,
naturalmente. Pero mi padre, sin inmutarse, explicará que le ha
sobrevenido la desgracia porque es un elegido de los dioses--mi padre
siempre habla de Dios en plural, como los paganos--, y añadirá que todos
los personajes trágicos son semidivinos--erudición compostelana--; y la
explicación la dará en verso, con lo cual se le mitiga el dolor de la
descalabradura. Otra peculiaridad de mi padre es la instantaneidad con
que se le inflama la pasión del amor. Mujer que ve, ya está él por las
nubes; o cuando menos, las exalta a la altanería de las nubes, y cátalas
ya Elviras, Lauras y Beatrices. Se morirá en un suspiro de amor,
exhalado por la mujer que en aquel trance esté a su vera, ya sea una
monja joven y admisible, ya sea una portera pitañosa. Mi padre, como
autor dramático, suponía que cada persona es víctima de una pasión,
necesariamente; si no el amor, el odio; si no el odio, la envidia; si
no, la cólera; si no, la avaricia. Concebía a los hombres como muñecos
de una pieza con un solo resorte, y los dividía en nobles, indiferentes
y viles, según la pasión dominante. Siendo, pues, cada hombre un
elemento simple, rara vez puede entenderse con los demás, y de aquí
vienen los conflictos dramáticos. Sólo los nobles se entienden entre sí,
y no siempre si se interpone el amor. Los indiferentes se ignoran; los
viles se aborrecen y aborrecen a los demás. Mi padre clasificaba a todas
las personas que veía según ciertos rasgos de la fisonomía, y aseguraba:
«ése es noble», «ése es vil», e inmediatamente se dedicaba a imaginar la
biografía del desconocido, con los conflictos dramáticos que le habían
sucedido o que le habían de suceder. Decía mi padre, siguiendo la
sapiencia búdica: «Cada hombre lleva su destino escrito en la frente con
caracteres invisibles.» Bueno; me estoy retrasando, como el tren en
León, el cual salió por último ya anochecido, y yo pasé durmiendo sobre
las montañas nevadas. Pilares: la primera ciudad que yo veía. Como _illo
tempore_ no había coches de plaza, hubimos de ir a pie, preguntando por
la Rúa Ruera, la calle donde está el palacio de Somavia. Ya en la calle,
nos guió hasta la misma puerta del palacio un rapacejo pelirrojo, como
de mi edad, que acompañaba a una niña. ¡Niña más delicada, dulce y
hermosa...! El nombre del rapaz, Celesto; de la niña, Angustias. Fuimos
amigos desde luego. Más adelante le contaré. Entramos en el palacio,
preguntamos por la duquesa, nos pasaron a una habitación obscura, y
después de una hora de espera, que a mí me duró un siglo, apareció la
duquesa, vestida con una bata colorada, a pesar del luto reciente, cosa
que me escandalizó. Nosotros íbamos de negro y mi padre hasta se había
hecho una camisa toda negra, para la ocasión y para que no se le
manchase con los ciscos del tren. La duquesa abrió las maderas de la
habitación y se nos quedó mirando: «Vaya, vaya--dijo, cuando se
satisfizo de mirarnos--; con que éste es el gran Apolonio Caramanzana, y
este otro el camuesín....» De allí en adelante me llamó el camuesín. La
duquesa era muy campechana, y de vez en cuando... ¿cómo lo diré?, pues,
como vulgarmente se dice, echaba ajos; ahora que, como mujer, los
convertía en femeninos, mudando la o final en a. También fumaba. Todos
los Valdedulla fueron entes estrafalarios. En cuanto al corazón de la
duquesa, emplearé una frase de mi padre: todo de miel hiblea y más
grande que el monte Olimpo. Los beneficios con que aquella gran señora
nos colmó a mi padre y a mí son de los que no pueden pagarse. Pasaba
entonces de los cuarenta, ya lo creo; lo que se dice una jamona; antes
fea que guapa, para ser sincero, pero con un no sé qué de alegría,
desenvoltura y buena gracia, más atractivo que la misma belleza. Le digo
a usted que cuando soltaba un ajo, que en ella eran signo de hallarse
contenta, se quedaba uno embobado y sonriente como si escuchase una nota
de ruiseñor. De las palabras no cuenta la estructura, sino el timbre y
la intención; son como vasijas que, aunque de la misma forma, unas están
hechas de barro y otras de cristal puro y contienen una esencia
deliciosa. Y ahora se me representa en el recuerdo la imagen de
Belarmino, zapatero filósofo, que vivía también en Rúa Ruera, tipo casi
fabuloso, al cual pertenece precisamente la anterior teoría sobre las
palabras: «La mesa, decía, se llama mesa porque nos da la gana; lo mismo
podía llamarse silla; y porque nos da la gana llamamos a la mesa y a la
silla del mismo modo cuando las llamamos muebles; pero lo mismo podían
llamarse casas; y porque nos da la gana llamamos a los muebles y a las
casas del mismo modo cuando los llamamos cosas. La cuestión de la
filosofía está en buscar una palabra que lo diga todo cuando nos da la
gana.» Yo no sé si era un loco cuerdo o un cuerdo loco. Me he desviado.
Iba a decir que, si bien la señora no estaba para el caso, mi padre se
inflamó de sopetón en amor hacia ella. Como mi padre ha vivido fuera de
la realidad, se conduce siempre con desparpajo que asusta y admira; así
es que, al poco rato de conversación con la duquesa, y como quiera que
se hallaba bastante agitado, comenzó a dispararle versos amatorios, un
tanto velados todavía, más por artificio que por timidez, declarando que
no en balde la señora se llamaba doña Beatriz y que él, como el Dante,
subía del infierno de Compostela al paraíso de su presencia y
protección. Extrañará usted lo sabihondo que era mi padre; pero la cosa
es bien clara. Mi padre tenía portentoso poder de asimilación. Su
erudición, disparatada y pintoresca, la había adquirido oralmente, como
los griegos, bajo los pórticos compostelanos, entre estudiantes, gente
ociosa y pícara, quienes, lo declaro con rubor, por reírse de él,
dándole pábulo a su manía, le abarrotaban la cabeza con noticias y
noticiones históricos y literarios, unos ciertos, otros inventados. Mi
padre lo había absorbido todo, en revoltiño, y luego lo aplicaba a su
modo, ya con tino, ya desatinadamente, ora a pelo, ora a contrapelo;
pero siempre con familiaridad despampanante. Si nombraba a Ovidio o a
Sófocles, era como si hubieran comido juntos pote gallego. Cuando mi
padre se entregó al delirio poético amatorio en presencia de la duquesa,
yo, presa del terror, abatí la cabeza y pensé: «La señora nos suelta
los perros y salimos de estampía.» A la señora le cayó en gracia la
ingenua osadía de mi padre, emitió un ajo encantador, y le alentó a que
improvisase nuevos versos elegíacos. Conocía la duquesa a mi padre de
los años mozos, y, sobre todo, por referencias epistolares de su
hermano; de suerte que la escena no le cogía de nuevas. ¡Qué gran
señora! Nos alojó en su palacio, en tanto se llevaba a cabo la
instalación de la zapatería de mi padre, un establecimiento por todo lo
alto, pues resultó que las instrucciones del difunto conde consistían en
que una parte del legado se emplease en este fin, que la duquesa
presidiese en todo lo tocante al buen empleo del dinero, que buscase
clientela segura y estuviese al cuidado de que mi padre no se
desmandase. De la otra parte del legado nada dijo la duquesa hasta
pasado algún tiempo. Era la señora, si muy campechana, no menos celosa
de la jerarquía. Su afabilidad y benevolencia descendían siempre de lo
alto, a modo de protección. Espontáneamente, y al parecer sin deliberado
propósito, colocaba a las demás personas, a todas, en su lugar debido,
es decir, por debajo de ella, unas próximas, otras más bajas, acaso a
algunas en posición humillante. A nosotros nos situó, desde luego, en
una categoría intermedia; casi criados y casi amigos. En rigor, amigos,
lo que se llama amigos, por su parte no los tenía. A las personas más
próximas a ella en amistad las trataba como vasallos emancipados; un
peldaño más alto que nosotros, que no estábamos todavía del todo
emancipados. Esta persistencia del orgullo de casta, aunque envuelto en
blandas maneras, era el único ángulo rígido de su carácter, y por este
lado llegaba en ocasiones a extremos de dureza e insensibilidad,
inconscientemente, y, por lo tanto, sin remordimiento. Por lo que a
nosotros toca, no teníamos por qué quejarnos, antes sí, mucho que
agradecer. Vivía sola lo más del año. El viejo duque y el unigénito,
adolescente de veintiún años, pasaban los inviernos en Madrid, ciudad
que ella aborrecía, sobre todo por el sol. Le gustaban los cielos grises
y la luz cernida. Decía que la luz de Madrid le alborotaba la sangre y
la impulsaba a cometer barbaridades. «Con el marido que Dios me
dió--esto se lo oí yo mismo, años después--, la menor barbaridad,
viviendo en Madrid, hubiera sido el adulterio. Aquí distraigo el
aburrimiento murmurando y sacando tiras de pellejo. En Madrid, con mi
temperamento, no me hubiera contentado con menos que con sacar tiras de
pellejo de verdad. Todos mis antepasados han sido un poco salvajes, y
eso que vivieron en climas templados y lluviosos. De vivir bajo el sol
bárbaro del Mediodía, hubieran sido enteramente salvajes, peores que
rifeños.» Digo, pues, que nos alojó en su casa como huéspedes, pero no
comíamos en su mesa, ni tampoco con la servidumbre, que era numerosa;
nos servían aparte. En el Pazo yo comía con los criados. Sin embargo,
como cosa de una semana después de vivir en su palacio, nos invitó a que
la acompañásemos a comer. La razón es que se aburría sola, y mi padre le
proporcionaba distracción y divertimiento. Y, en efecto, por divertirse,
maquinó un plan maligno y agudo, y fué que, como mi padre en su vecindad
se ponía en estado de excitación poética y todo le salía en verso, ella
le prohibió severamente que dijese nada rimado: «La poesía es salsa que
fatiga la digestión. Conque, ya sabes; si te viene un verso a la lengua,
cierras la boca.» Mi padre padecía mortales congojas. Yo le veía
trasudar. La nuez le sobresalía de modo pavoroso, como si los
consonantes, contenidos y atragantados, le hicieran bulto desde dentro
de la garganta y le fueran a estrangular. «Habla, hombre, habla; pero en
prosa», le ordenaba la duquesa. Mi padre comenzaba a hablar, pensándolo
mucho, y a lo mejor ¡zas! una aleluya. «Apolonio: mira lo que hablas,
que te castigo sin postre», amenazaba la señora. La señora gozaba
abiertamente, y yo--los chicos siempre son crueles--no dejaba de pasar
un buen rato, aparte de que mi padre y yo no habíamos convivido nunca
hasta entonces, y era para mí un ser algo extraño, en todos los sentidos
de la palabra. Ahora, cuando pienso en ello, me duele un poco el
corazón. Lo único que me tenía avergonzado entonces era no saber comer
con modales finos ni usar ordenadamente del tenedor y del cuchillo. La
señora me aleccionaba, con afectuosa solicitud, y cuidando de no
aumentar mi vergüenza. Al final de la comida, la señora confirmó su
pragmática para siempre en adelante: «Queda, pues, entendido, Apolonio,
que nunca, nunca, me hablarás en verso. Tus versos llegarían a
irritarme. Desestimamos lo que se nos ofrece con derroche. Y tú no
querrás que tus versos me fastidien ni me enfaden. Sé más avaro de
ellos. Además, los versos amorosos no son para publicados en alta voz,
ante testigos, que tal vez son criados. ¿No te inspira ningún escrúpulo
mi reputación de dama honesta? Las poesías de amor son para compuestas a
solas y para leídas con recogimiento. Haz tantas poesías como se te
antoje, pero por escrito; luego me las das para que yo las lea en
secreto. Ahora que, pues posees ese don inapreciable y fuera de lo común
de improvisar como quien bosteza, no es justo, ¡qué ajo!, que en
ocasiones sonadas no hagas gala de él y dejes aturulados a quienes te
oigan. Pero yo seré la que decida cuándo ha llegado la ocasión. Quedamos
en que no hablarás en verso sino cuando yo lo ordene expresamente, y aun
entonces, sería mejor visto que te hicieses de rogar un poco.» Mi padre
se dobló por la cintura, con ademán de acatamiento. Cualquiera menos
inocente y sencillo que mi padre hubiese penetrado la ironía y propósito
de la duquesa. Mi padre, por el contrario, se hinchaba, como si inhalase
un gran volumen de lisonja y vanidad. Todas las noches, después de la
cena, la señora recibía unos cuantos amigos en tertulia; aquello, en
puridad, era un rendimiento de vasallaje. Una tarde dijo la duquesa a mi
padre: «Quiero que asistas hoy a mi tertulia. Mis amigos te conocen ya,
por referencias de fuera, y porque les he hablado de ti.» Yo que lo oí,
adiviné, desde luego, que había invitado a mi padre para que sirviese de
espectáculo, y que le ordenaría hablar en verso. Esto de que unos
señorones, que no sabíamos quiénes eran, se riesen de él, me producía
cierta lástima y me daba alguna rabia. Pero a estos sentimientos se
sobrepuso la curiosidad que sentía por conocer _de visu_ la tertulia de
la señora. Así es que, después de cenar, me pegué a los faldones de mi
padre, decidido a colarme en el salón, detrás de él. Estaba mi padre tan
embebecido y agitado que no se fijó en que yo le seguía. A la puerta del
salón, vestido de librea, montaba la centinela Patón, un lacayo de
labios bozales y ojos de cerdo, que nos tenía a mi padre y a mí mala
voluntad y envidia no disimuladas. Cuando yo iba a filtrarme en el
salón, este animal me cogió por el cerviguillo, sin decir palabra, y me
arrojó a trompicones diez metros pasillo adelante. Me senté en una
butaca, con la cara escondida, hipando. En esto pasó la duquesa: «¿Qué
te ocurre, camuesín?» «Que Patón no me deja entrar.» «Pues no faltaba
otra cosa, hijo.» Hijo me llamó; sentí como que el corazón se me
deshacía; y siempre que lo recuerdo experimento la misma sensación. La
señora me cogió por la mano, y al cruzar frente a Patón, que se había
puesto más tieso, sacaba más el hocico y parpadeaba con rapidez, le
dijo: «¿Eres tú el que elige mis invitados?» Me atrincheré, acurrucado
en un rinconcito, debajo de una palmera, y como se suele decir, no perdí
ripio de cuanto ante mí tenía. La reunión estaba ya completa. No había
otra señora que la duquesa, que presidía en un sillón de alto respaldo,
a manera de sitial. Los demás, a un lado y otro de la duquesa, formaban
en semicírculo, fumaban y tomaban café, y bebían licores de unas mesitas
colocadas a trechos. También la duquesa fumaba, y no un cigarrillo, sino
un cigarro puro nada flaco. El único que no fumaba era un cura, de piel
lechosa, nariz colgante, ojos tiernos y postura de feto, todo encogido.
Este cura, don Cebrián Chapaprieta, era quien decía la misa particular
para la duquesa y sus criados. Mi padre estaba magnífico. Si un
forastero entra de pronto en el salón, dice a la primera ojeada: aquí
hay una gran señora y un gran señor. El gran señor, mi padre,
naturalmente. Tenía las manos apoyadas en los muslos, con los codos
sacados hacia adelante, el torso erguido, el cuello estirado, la cabeza
desviada en leve escorzo de melancolía y desdén, el cigarro puro
olvidado y periclitante en un ángulo de la boca. Levantaba dos palmos
sobre los otros tertuliantes. Allí estaba, pues era punto fijo en la
tertulia, un señor Novillo, apoderado político del duque y edecán de la
duquesa. Este Novillo tenía sus pujos de señorón, pero a mí me hacía el
efecto de un criado vestido con el traje de día de fiesta. Hablaban
todos, menos mi padre, siempre guiados por la duquesa, de chismes y
cuentos locales. Terminados los licores y el café, y cuando ya el humo
de todos los cigarros se había mezclado y confundido, formando un a
manera de toldo que colgaba del techo, la duquesa dijo: «Don
Hermenegildo, hace tiempo que no nos obsequia usted con el salto de la
trucha.» Don Hermenegildo se puso en pie. Era un magistrado de la
Audiencia provincial; viejo ya, calvo, diminuto, flaquísimo; aladares
rizados con tenacilla sobre las orejas; bigotes horizontales, engomados
con zaragatona, tan largos, que sobresalían a los lados como balancín de
funámbulo; corbata de chalina; chaqueta hasta media posadera; pantalones
a menudos cuadros negros y blancos, de campana excesiva, para disimular
la enormidad de los pies, aprisionados en zapatos de colgantes cintas de
seda, tan anchas como la chalina. Ante mis ojos estupefactos, don
Hermenegildo se puso en cuatro patas. Entonces, Pedro Barquín, colono de
la duquesa, hombre tosco y de aspecto soez, se colocó detrás del viejo
magistrado, e introduciéndole el pie por la entrepierna, lo levantó en
vilo y lo lanzó a regular distancia. La bochornosa operación se repitió
varias veces, con gran goce y algazara de los presentes, incluso el
presbítero Chapaprieta. Mi padre era el único que se mantenía
impasible, porque despreciaba lo cómico. Confieso que también me reí
como un idiota. Ahora me avergüenzo, por mí y por la duquesa. No acierto
a explicarme cómo aquella señora hallaba placer en vilipendiar a un
anciano que, además, ostentaba la respetable investidura de magistrado.
Esta era la arista dura e insensible de su carácter. No debe omitirse, a
guisa de exculpación, que el don Hermenegildo se lo debía todo a los
Somavias, y había hecho su carrera en fuerza de vilezas. Concluído el
número acrobático, Pedro Barquín, que era especialista en chascarrillos,
refirió algunos, nada aseados ni inocentes por cierto. Después de varios
chascarrillos, y en un momento de reposo y silencio, el señor
Chapaprieta dijo recatadamente, como para su sotana: «Parece confirmado
que Su Santidad concede un título pontificio a los señores de Neira.»
Estos señores de Neira eran un matrimonio sin hijos, riquísimos, muy
metidos por la Iglesia. El marido presumía de origen hidalgo. Vivían en
un palacio, frontero al de Somavia. Lo habían adquirido de una tal
Pepona, cortesana vieja, la cual, a su vez, lo poseía por graciosa
donación de su amante, el marqués de Quintana, desaparecido hacía años
del mundo de los vivos. El señor Neira había hecho labrar fantásticos
escudos junto al alero del palacio para que se vieran de lejos y de muy
lejos, pero no de cerca, por eso, por fantásticos. Gestionaba un título
del reino, y por sí o por no se lo daban, y para ganar tiempo, otro del
Vaticano, negocio más hacedero. En resolución, que los Neira querían
hombrearse con los Somavia. Al oír la duquesa al señor Chapaprieta,
comentó: «El Papa no puede hacer nobles.» «Claro que no--dijo Barquín--;
el Papa sólo puede hacer santos. Los nobles los hace el rey.» La duquesa
replicó: «Barquín, eres un necio; ni el Papa puede hacer santos, ni el
rey nobles. Santos y nobles se hacen ellos a sí propios. Lo que hacen el
Papa y el rey es reconocerlos como santos y como nobles. Ni el Papa me
puede hacer a mí santa, ni el rey noble a ti, aunque a mí me canonicen y
a ti te otorguen un título de la Corona. La nobleza y la santidad son
dos cosas justamente contrarias. Los nobles fueron los más bravos; los
santos, los más tímidos. Se diferencian nobleza y santidad en que la
nobleza se transmite por herencia y la santidad no. Ya no hay más nobles
que los que vienen de nobles, ni más aristocracia que la de la sangre
vieja, porque no vivimos tiempos en que se puedan hacer nuevos nobles ni
nuevos santos; nuevos nobles, porque en nuestra sociedad no hay
ocasiones en que acreditar la bravura personal; nuevos santos, porque
todos estamos tan bien protegidos por las leyes, que ni a los más
tímidos se les pone en trance de que muestren su timidez en términos de
santidad. En estos tiempos no hay posibilidad de ejecutar actos nobles
ni actos santos; sí solamente actos provechosos, digo ganar dinero. Los
hombres ahora pueden hacerse ricos.» Había hablado la Valdedulla.
Aquellos mismos conceptos se los había oído ella infinitas veces a su
padre, don Teodosio, y a su hermano, don Deusdedit. Respondió Barquín:
«Luego debemos admitir que la aristocracia moderna es la del dinero....»
Dijo la duquesa: «Me cisco en esa aristocracia.» Así dijo. Y prosiguió:
«Toda esta aristocracia de ricos se compone de negreros, de
aprovisionadores de ejército, de prestamistas con pacto de retro, de
desamortizadores; en una palabra: ladrones. No es que me escandalice.
Ustedes me conocen y saben que nada me asusta. Reconozco que en el
principio de las casas nobles, como en el de las grandes fortunas, hay
siempre uno o varios ladrones. Sólo que aquellos ladrones obraban de
frente, a pecho descubierto, eran bravos y generosos, o, lo que es lo
mismo, nobles; y estos otros ladrones son cobardes, traicioneros,
alevosos, miserables, taimados, bellacos, amigos de la encrucijada y la
asechanza.» Como la duquesa se había acalorado, cuando calló nadie se
atrevía a hablar. Pero mi padre dijo lentamente, porque no le saliese la
frase en verso y de modo que sus palabras adquirieron un tono pedante y
aforístico: «Tiene razón mi señora la duquesa. Quienes amontonan el oro
son hombres viles. ¿Qué aconsejó Yago? Llena tu bolsa. Quienes lo
conquistan y lo reparten son hombres nobles. ¿Qué hizo Hernán Cortés?
Quemar sus naves. Quienes carecen de oro son hombres indiferentes.» La
alusión a las naves de Hernán Cortés, ni la entiendo, ni creo que mi
padre la entendiese. Ello es que las sentencias de mi padre produjeron
asombroso efecto. La duquesa sonrió complacida y los tertuliantes
mascullaron murmullos de aprobación. Terminó la reunión sin que la
señora pusiese en evidencia el don poético de mi padre. No volví a
asistir a las reuniones hasta muchos años después. Abrió mi padre, al
fin, la zapatería con gran fortuna, y nos fuimos a vivir al local del
establecimiento, de la parte del patio. Teníamos una asistenta vieja
para aviar las habitaciones, porque la duquesa, sabiendo lo enamoriscado
que era mi padre, no consintió que tomase criada, no fuese a perder la
chaveta y hacerme a mí perder la inocencia. La señora cuidaba de mí como
una madre. Me llevaba con frecuencia a comer con ella, y me daba libros
a que se los leyese. También me enseñó algo de francés. Gozaba yo
entonces de hermosa libertad. Mis mejores amigos eran Celesto y
Angustias, la hija de Belarmino. Pasábamos juntos dos o tres horas todos
los días, bajo los arcos de la plaza en tiempo lluvioso, y los días
serenos, de paseo en el parque o de excursión por las afueras, a coger
flores y nidos, cazar grillos y pescar ranas. De Belarmino ya le he
hablado. A poco de abrir mi padre la zapatería, la de Belarmino se
hundió. Un usurero apellidado Bellido se lo embargó todo, dejándole en
la calle con su mujer y su hija. Le recogieron unos frailes dominicos,
que tenían residencia en el palacio de los señores de Neira, marqueses
ya de San Madrigal, y le habilitaron en la portería del palacio un
zaquizamí, en donde trabajaba de zapatero remendón. Este Belarmino había
sido republicano frenético y orador demagógico. Después de su ruina, se
apaciguó del todo. Cuando yo iba por su cuchitril, estaba siempre con
expresión seráfica, como si soñase. No le sacaca de su placidez bendita
ni su mujer, que era un basilisco. Decíase en la ciudad que los Padres
dominicos le habían socaliñado y convertido. Socaliñado, quizá.
Convertido, quia. Lo que yo puedo garantizar es que ni entonces, ni
mucho después, cumplía con sus deberes religiosos. Si no un incrédulo,
cuando menos era un tibio. Mi padre, que jamás ha querido mal a nadie,
demostraba caprichosa inquina contra Belarmino. He aquí la razón. Mi
padre, de su estancia en Compostela, estaba acostumbrado a moverse en un
ambiente de ilustración, como decía él, o sea entre estudiantes. En
Pilares, no ya le faltaba este ambiente o relación habitual, sino que
quien lo disfrutaba era Belarmino. Este curioso individuo hablaba un
idioma indescifrable, de su propia invención, con singular facundia. Era
un fenómeno. A oírle, medio en guasa primeramente, luego empeñados en
descifrarle, acudía buen número de estudiantes, y por último de
profesores. Mi padre no podía llevar con paciencia su postergación. Se
perecía por atraer la amistad de los estudiantes y demostrarles que él,
intelectualmente, era muy superior a aquel loco. Un día que yo le menté
mis paseos con Angustias y Celesto, me prohibió que siguiese cultivando
aquella compañía; pero, como no se enteraba de nada, no le hice caso. No
hay que decir que mi padre había clasificado a Belarmino y todos los
suyos entre las personas viles. Así pasaron cerca de dos años. Un mes de
septiembre, volviendo la duquesa de la aldea, me invitó a comer. Cuál no
sería mi susto y perplejidad cuando vi que había otro invitado, nada
menos que Su Ilustrísima el señor Obispo de la diócesis. Llamábase Fray
Facundo Rodríguez Prado. Este varón solemnísimo había sido en su mocedad
pastor de vacas, al servicio del duque de Somavia. La duquesa continuaba
tratándole como criado. Los Somavia, merced a sus influencias, le habían
hecho obispo. Provenía de la Orden dominicana. Había vivido algunos años
en las islas Filipinas, y allí se había granjeado reputación de sabio
entomólogo y se le atribuía el descubrimiento de varias familias de
insectos: la _musca magallanica_, mosca como la de aquí, sólo que reside
en el archipiélago magallánico; el _draco furibundus_, especie de
mosquito de trompetilla; _formica cruenta_, hormiga que pica, y otras
bestezuelas domésticas. Los periódicos siempre le nombraban así:
«Nuestro prelado, el sabio naturalista, de fama universal, que ha
descubierto tantos insectos.» Y el diario republicano ponía
invariablemente esta glosa: «Si nuestro prelado, en lugar de descubrir
tantos insectos, hubiera descubierto un buen insecticida, se lo
agradecería más la Humanidad y la Ciencia y ostentaría una fama mejor
conquistada.» Era un cacique, tenía el cráneo como una bola, faz sombría
y concupiscencias políticas. Durante la comida, la duquesa le soltó
varias frescas y uno que otro sabroso ajo. Después de la comida, Su
Ilustrísima se fué, en apariencia emberrenchinado, y quedé cara a cara
con la duquesa, la cual, muy seria, me dijo: «Mi hermano, en su
testamento, ha dejado unos cuartejos, poca cosa, para que con ellos,
según mi arbitrio, vea yo de hacerte hombre. Después de pensarlo mucho,
he determinado que seas cura. Hoy por hoy, hijo mío, los curas son los
hombres que en España cuentan con porvenir más halagüeño, máxime si
tienen aldabas. A un gaznápiro con faldas, aunque pertenezca a la
familia más baja, se le admitirá en las mejores familias; aunque no
posea un céntimo, no le desdeñarán los más ricos; aunque sea un sandio,
le escucharán los políticos y los académicos; aunque sea más feo que
Picio, le mirarán hasta con embeleso las más hermosas mujeres. Todo
depende de que él sepa manejarse. Poco hemos de poder mi marido y yo si
no te hacemos obispo. Ya has visto este majadero de Facundo, tan obispo
como San Agustín. Y al pobre Chapaprieta no le tenemos ya de obispo,
porque a ése, tan engurruñado, soso y melifluo, nada se le puede hacer,
como no sea madre abadesa. Tú eres listo y nada gazmoño. Los hábitos no
te sentarán como un miriñaque. Cuando sea menester, sabrás remangarlos.
Además, eres honrado, veraz y tienes buen corazón, todo lo que se
necesita para ser sacerdote caritativo y digno. Confío que nunca me
motejarás, ni con el pensamiento, por haberte empujado por ese camino.»
Nunca se lo motejé, ni con el pensamiento. Ella hizo lo que en
conciencia juzgó más conveniente, lo que quizá fué más conveniente.
Entré en el Seminario, de edad de quince años. Son ya las dos de la
madrugada. Mañana continuaremos, si a usted no le hastía seguir
escuchando.
--Lo que lamento es que no sean ahora mismo las diez de la noche del día
de mañana.
Nos despedimos, con un apretón de manos.
CAPÍTULO V.
EL FILÓSOFO Y EL DRAMATURGO.
Don Restituto y doña Basilisa, los señores de Neira, marqueses de San
Madrigal, constituían un matrimonio bien avenido y estéril. Él lucía una
nariz tumefacta, roja y compleja, de esas que con tan afectuosa minucia
gustaban de analizar los pintores flamencos. Ella conservaba
perpetuamente la expresión satisfecha, candorosa y benigna que suelen
llevar aparejada los rostros de facciones vulgares cuando el estómago
está sano y bien repleto. Era mucho más joven que el marido,
mantecosita, frescota y en sazón todavía de hacerles la boca agua a los
aficionados a manjares suculentos y a la Venus pingüe. Vestían los dos
de negro. Vivían rodeados de servidumbre, compuesta toda de varones y
vestida también de negro. Todos los criados tenían un aire común de
seminaristas famélicos o de mandaderos de monjas; actitudes humildosas,
ademanes de «todo sea por Dios», caras largas, huesudas, amarillas.
Todos, hasta el cocinero. Y eso que se les echaba de comer con largueza.
Don Restituto y doña Basilisa, o la señora Emperatriz, como la llamaba
el Padre Alesón, el políglota, eran lo que se dice dos almas de cántaro,
incapaces de causar mal a nadie a sabiendas, ni tampoco de hacer bien a
sabiendas, por eso, porque no sabían exactamente lo que era el mal ni el
bien ajenos. El bien sumo a que ellos aspiraban era a salvar el alma; y
de una manera secundaria, cuando surgía la oportunidad, cooperaban a que
el prójimo se pusiese en vía de salvar la suya. No se conformaban, claro
está, con que todos, el prójimo y ellos, salvasen el alma de la misma
suerte, pues también en el cielo, como en este valle de lágrimas, hay
capas sociales, hay coros, dominaciones, tronos, etc., etc.; en suma,
categorías. Don Restituto se servía de una comparación. El cielo es como
un teatro. El público lo forman los bienaventurados, los que se salvan.
El protagonista es Dios. Luego, en el escenario, hay otros personajes,
comparsería, orquesta, coros; la misma Iglesia asegura que hay coros.
Pues bien: es absurdo pretender que en un teatro se acomode todo el
público en palcos y butacas. Estas localidades son para los espectadores
distinguidos, y las galerías y cazuela para la plebe. Y prueba de que la
cazuela es también paraíso la ofrecen los mismos teatros de este mundo,
en los cuales se dice indistintamente paraíso y cazuela. El purgatorio
es como el vestíbulo del celestial coliseo, lugar de los que deben
esperar con la natural impaciencia. Don Restituto no podía conformarse
con que a él y a su Basilisa les diesen una entrada general de galería
para contemplar de lejos la gran apoteosis de la eternidad, puesto que
él pagaba el billete tanto como el que más y más que casi todos. El alma
de don Restituto y de su consorte era tan simple e ilusionada, que Dios
hubiera pecado de cruel si en el momento de llevarlos de este mundo y
abrirles la puerta del cielo no hubiese ordenado a San Pedro, acomodador
en jefe, que les situase en una platea proscenio, desde donde pudieran
ver bien y que los vieran bien a ellos.
Por lo pronto, en esta vida disfrutaba ya la piadosa y optimista pareja
de un anticipo, casi garantía, de lo que había de ser su futura posición
en el empíreo. Curas, frailes y hasta el señor obispo los visitaban, los
adulaban, los mimaban, y, en definitiva los trataban como a presuntos
bienaventurados de la clase más distinguida. Si don Restituto pretendía
títulos mundanos, no era por vanidad, sino por una especie de
sentimiento de clase, por decoro, como si dijéramos, de aquella
categoría de bienaventurados de platea y butaca a que él pertenecía, y
por justificarse, en algún modo, con los de galería y cazuela.
Provenía don Restituto de una familia humilde de la Montaña, y en este
accidente del nacimiento fundaba su crédito a cierta nobleza titular,
pues para él todos los montañeses llevan algo de sangre hidalga. Había
ido de niño a Cuba, y allí, en treinta años de reclusión y trabajos
forzados, había amontonado un fortunón. Y, sin embargo, don Restituto
desmentía prácticamente la sentencia de la duquesa de Somavia, que todo
rico es un ladrón. Don Restituto jamás había robado; o si había robado,
robó sin enterarse, que para el caso es lo mismo. Había llevado en Cuba
una vida de monje sobrio y asiduo, sin contaminarse con la corrupción
general de aquella isla verdiaurina y voluptuosa; o, como él decía,
pregonando ingenuamente su austeridad: «no he conocido mulata, ni menos
negra». De las blancas no hablaba.
Y así vegetaba ahora, a la vera de doña Basilisa, siempre unidos,
transmitiéndose templadas corrientes de mutuo afecto conyugal, pensando
en salvar el alma, y no descuidando ayudar a salvar otras.
--Padre Alesón--dijo don Restituto--, ese Belarmino me trae... nos trae
muy preocupados. ¿Verdad, Basilisa? No oye misa, y eso que ningún
trabajo le costaba, puesto que podría oírla sin salir de casa. ¿No será
un hipócrita? ¿No continuará tan apóstata como antes? ¿Salvará su alma?
--Mi señora Emperatriz y mi señor don Restituto--respondió el Padre
Alesón--, ¿les merece confianza mi dictamen? ¿Sí? Pues helo aquí, por lo
sucinto: Belarmino es un cuitado; Belarmino carece de alma racional.
--¿Quiere usted decir que es una bestia, un hombre peligroso?--preguntó
don Restituto, alarmado.
--Más bien un niño. Posee, evidentemente, un alma racional, como
criatura humana que es; pero es un alma racional que no es racional. ¿He
desnudado mi pensamiento? Su alma se halla todavía en el período
infantil, o de idiotez, si ustedes quieren. No piensa, no discurre, sino
de una manera torpe y rudimentaria. Como está bautizado, cuando muera se
salvará. Si no estuviese bautizado, iría al limbo de los niños. Este es
mi dictamen, meditado con mucha gravedad e ilustrado con el parecer de
autorizados teólogos. Belarmino es un idiota de nacimiento y no ha
podido pecar nunca. Belarmino, cuando andaba suelto, era un hombre de
cuidado, porque de cuando en vez le atacaban ramalazos de locura, y la
locura es contagiosa, sobre todo la locura impía, que es la que a él le
aquejaba. La de Belarmino, como ustedes no ignoran, era de frenético
arrebato, se propagaba como fuego, causaba escándalo a los corazones
sensibles, inducía al desprecio de las cosas santas y amenazaba provocar
mayores daños. Este frenesí ya se le pasó, gracias a la caridad de
ustedes. ¿Qué más podemos desear? El Belarmino terrible ha dejado de
existir. Queda el otro Belarmino: el dulce, el idiota, el maniático.
¿Que no va a misa? ¿Qué falta hacen los niños en misa?
--¿Y no teme usted, Padre Alesón, que le vuelvan los ramalazos?
--Él ahora dice que es un filósofo; sea. Un filósofo no estorba, ni
molesta, ni perjudica, siempre que no se le tome en serio. Sobre todo, a
los filósofos atarlos con longanizas. Mientras Belarmino continúe
recogido en esta mansión hospitalaria; mientras nada le falte pare
cubrir sus necesidades; mientras no se le estorbe en su manía de leer
lo que no entiende y de comunicarse con algunas personas, aliviando por
eliminación el peso de los disparates que se le acumulan en la cabeza;
mientras dure esta situación presente, todo irá a pedir de boca.
--¡Oh, qué sabio es usted, Padre Alesón, y cómo se me aclaran las cosas
más turbias oyéndole! Veo a Belarmino leyendo librotes y escribajeando
papelorios lo más del día, y creía que esto no podía por menos de
martirizarle los sesos y volverle más loco de lo que está. Yo juzgaba
por mí, que no leo más que el libro de misa. Pues no puedo leerlo sin
que se me levante dolor de ojos y de cabeza. ¡Dios me perdone! Y cuanta
más atención pongo, peor. Pero acaba usted de decirnos que a Belarmino
no le perjudica tanta lectura porque es de libros que no entiende.
¡Quién lo dijera! Lo natural parece lo contrario. Pues, ve ahí; tiene
usted razón. Ahora caigo en la cuenta que cuando leo las oraciones en
latín, que no entiendo jota, no me duelen los ojos ni la cabeza.--Así
habló doña Basilisa. Añadió:--¿Y la otra, la Juana, su mujer? Me parecía
algo, vaya, algo así... una tarasca.
--Tarasquísima--afirmó el dominico--; pero está totalmente domesticada.
Su domestidad, y más todavía su ausencia, contribuyen no poco, en mi
sentir, a que Belarmino viva en paz octaviana.
La Juana, por orden nuestra, no aparece por el zaquizamí de la
portería; se está en la habitación que les dieron ustedes de vivienda, y
cuando no, de paseo por la calle o de novena en alguna iglesia. La hija,
Angustias, ésa sí hace compañía frecuente a su padre, como ustedes
habrán visto. Es decir.... Voy a revelarles un secreto: Belarmino no es
padre legítimo de Angustias....
--¿Cómo?--interrogaron a la par don Restituto y doña Basilisa, un poco
escandalizados. Prosiguió solo don Restituto--: ¿hija espúrea acaso? ¿De
él o de ella? De manera que... ¿nos la han estado pegando?
--Calma, señores míos. No hay novela y sí hay novela. La niña es hija
legítima de una hermana de Belarmino, mujer infeliz, viuda de recién
casada, que murió de sobreparto, dejando ese recuerdo vivo, esa niña.
Belarmino se hizo cargo de ella y la crió con biberón. Por eso él dice,
y es de las ocasiones contadas en que habla lengua inteligible, que la
ama más que como padre: como padre y como madre juntamente. Respondo que
eso es verdad: la quiere con delirio.
--Y eso que es idiota...--dijo doña Basilisa.
--Sí, señora; lo cual demuestra que Dios hizo a los hombres naturalmente
buenos, y que todos los delitos de la voluntad y fealdades de la
conducta son instigados por la inteligencia rebelde y la razón soberbia.
Por eso, en la doctrina cristiana se nos advierte que los pobres de
espíritu verán a Dios.
Lo verán desde la cazuela, y sin sacarle punta a la función, pensó don
Restituto.
El Padre Alesón proseguía:
--Esa paternidad putativa y seudomaternidad de Belarmino ocurrió un año
antes de casarse con la Juana. La Juana, por el momento, no soltó
prenda; pero ya casada, y así que sacó el genio, declaró que no se
dejaba engañar por Belarmino, y que Angustias era una hija de tapadillo.
No hay manera de convencerla de su error. Digo error, porque yo hube de
comprobar la certidumbre de la historia que antes referí; hay testigos
fidedignos que la acreditan. Pero la Juana es obstinada y de cortas
entendederas. Y vamos al grano. El furor de Juana contra Belarmino,
siempre que se irritaba, y el motivo que la hacía irritarse tan a
menudo, derivábanse de la existencia de esa niña. Que la Juana no ve con
buenos ojos a la muchacha, se cae de su peso. Si los señores, tan
generosos siempre, decidiesen darle educación, enviarla a un colegio y
hacer ver a Juana que se interesan por la niña, no sería extraño que
esta mujer, en parte por egoísmo, en parte por vanagloria, cambiase de
sentimientos y concluyese muy pronto por alardear de tener una hija que
va para señorita.
--Así se hará--se apresuraron a decir, a una, marido y mujer. Prosiguió
solo don Restituto--: Es usted un pozo de ciencia y un santo varón.
--¿Y le sigue armando caramillos la Juana a Belarmino?--inquirió doña
Basilisa.
--Ya no. La procesión andará por dentro; se repudrirá, dejará escapar
una que otra pulla; pero, en general, se comprime.
--Eso será catequización de usted, padre Alesón--dijo doña Basilisa, con
enérgica persuasión--. Le ha enseñado usted la práctica de la paciencia,
esa virtud tan necesaria para salvarse.