entiéndame usted. Mi madre murió cuando yo cumplía apenas los tres años.
No la recuerdo. Mi padre era, o, por mejor decir, es, pues vive; vive
como sombra de lo que fué.... Mi padre es hijo de un criado de la casa de
Valdedulla, antiquísimo linaje gallego que viene de los godos o cosa
así. Mi familia paterna, de padres a hijos, desde hace ya dos o tres
siglos, vivía a la sombra de la casa de Valdedulla, cumpliendo más que
en menesteres de servidumbre en empleos de confianza. El primogénito
permanecía siempre al servicio de la casa, y a los demás hijos varones
los condes los dedicaban a la Iglesia, o los enviaban a que se ganasen
la vida por el mundo. En mi familia ha habido bastantes abades, y no me
sorprendería tener algún tío ricacho en América, sin yo saberlo. Mi
abuelo era así como administrador de la casa de Valdedulla. Cuando yo
nací, esta poderosa casa había quedado reducida a dos vástagos, don
Deusdedit, el conde, y doña Beatriz, que se había casado con el viejo
duque de Somavia, y vivía en Pilares. El conde era solterón, padecía
muchos achaques y tenía la cara llena de erupciones amoratadas. No había
esperanza de que se casase, no tanto por feo y raquítico, ya que las
mujeres apencan con todo, si el pretendiente guarda hacienda o luce
ejecutoria, cuanto porque el duque era misógino y misántropo. Solía
decir: «En mí, gracias a Dios, concluyen los Valdedulla, que, desde
Mauregato, no han hecho más que burradas.» Nada le interesaba. Nunca
salía del Pazo. El único que le divertía algo era mi padre. No quiso el
duque que mi padre recibiese a su tiempo, hereditariamente, el cargo
familiar de mi abuelo, «porque--decía--esto se acaba conmigo; el nombre
se pierde, gracias a Dios, y la casa se transmite al hijo de Beatriz,
que es un Somavia; conque allá entonces que él haga lo que le pete». El
conde deseaba cooperar a que mi padre se valiese por sí, mediante una
profesión u oficio, y aun carrera. Parece ser que mi padre, desde muy
niño, componía versos y era muy dado a leer novelas y dramas. Ya de
entonces mi padre había caído en gracia al conde, que era unos quince
años más viejo que mi padre. Respondiendo a los deseos del conde, mi
abuelo optó por la carrera eclesiástica, en la cual, dado su natural
despejo, mi padre llegaría, probablemente, a cardenal; pero mi padre no
sentía afición a los cánones, y, sobre todo, el conde, que alardeaba de
volteriano, dijo en seco que no. Enviaron a mi padre al Instituto, en
donde estudió dos años, y, consecutivamente, obtuvo dos tandas de
suspensos en las mismas asignaturas. Uno de les profesores escribió al
conde que a mi padre el exceso de imaginación le impedía concentrarse y
estudiar con disciplina y provecho. Mi padre no ha olvidado aquel
fracaso; ahora, que él lo explica a su modo, y se queda tan satisfecho.
Siempre dice: «Yo, que he recibido una educación académica....» Mi padre
quería seguir la carrera de autor dramático, y cuando le convencieron de
que no había semejante carrera, respondió: «Pues si no autor dramático,
zapatero.» ¡Peregrino dilema! No puedo por menos de reírme.... Estas
cosas raras e ilaciones sorprendentes, eran las que divertían al conde.
Le estoy fastidiando a usted....
--Nada de eso--respondí.
--Abrevio. Hasta los doce años viví en el Pazo de Valdedulla. Tres años
antes había muerto mi abuelo. Desde aquel punto, el propio conde llevó
las cuentas y administración de sus bienes. Mi padre tenía una zapatería
abierta en Santiago de Compostela. El negocio andaba malamente, porque
mi padre se pasaba lo más del tiempo de tertulia y juerga con algunos
amigos estudiantes. Se sostenía gracias a la benevolencia y liberalidad
del conde. De cuando en cuando, venía de visita al Pazo, y ¡había que
verle lo pomposo y majetón, con su flor en el ojal, su sombrero ladeado
y su chaquet, un chaquet paradisíaco, como decía el conde, no sé por
qué! «Chico--exclamaba el conde--, me dejas patidifuso con tu elegancia
y tus ínfulas.» Y, muerto de risa, le hacía recitar fragmentos de un
drama que mi padre estaba escribiendo, titulado: _El cerco de Orduña y
señor de Oña_. Mi padre le explicaba el argumento y hacía especial
hincapié en la tesis, o, como él decía, la idea, a lo cual replicaba el
conde, pensativo: «Pues no creas; eso tiene intríngulis:» «¡Que si
tiene!...--replicaba mi padre, con inocente petulancia--. Ya verá el
señor conde cuando el drama se estrene.»
--Probablemente sería más racional que los de su conterráneo el señor
Linares Rivas--interrumpí. Estaba yo, como el lector advertirá, en esa
indiscreta edad juvenil en que, para aquilatar el mundo, los hombres y
las cosas, se hace uso de términos de comparación nominativos.
--No puedo decirle, porque no asisto al teatro ni leo literatura
frívola. Continúo. Durante aquellos tres años, después de muerto mi
abuelo, el conde no se dió instante de reposo, visitando tierras,
apuntando lindes, recontando ganado, recorriendo la casa, embalando
vajillas y cubiertos de plata, escribiendo horas y horas en su despacho.
Al cabo de los tres años, una mañana apareció difunto, no sé si de
cansancio o de aburrimiento. Entre sus papeles había una carta para mi
padre, en donde se decía: «... eres bueno; pero eres algo ganso, y no
vales para andar solo por el mundo. Te dejo en mi testamento un pequeño
legado, que si tú lo manejas, la del humo. Por lo tanto, de que yo me
haya muerto, vas con tu hijo a Pilares. Mi hermana, la duquesa de
Somavia, tiene instrucciones mías y te dirá la forma en que dispongo que
se emplee el legado. Con ella nada te faltará.» Esta carta la leí siendo
ya hombre. Mi padre se la había entregado a la duquesa, y ella me la
enseñó. Pero recuerdo cuando mi padre la leyó por vez primera, en el
Pazo de Valdedulla, estando el conde de cuerpo presente. Le vi apretar
las cejas y palidecer; era, sin duda, que leía lo de ganso. Luego se le
aflojaron las cejas, le comenzó a temblar una mejilla, le asomaron
lágrimas a los ojos, dejó caer la carta, sin acabar de leerla, se cruzó
de brazos, estuvo silencioso largo rato, mirando al muerto, sollozó:
«Para ti, alma generosa,
no es noble ni decorosa
la terrena inhumación.
Te daré entierro en la fosa
de mi triste corazón.»