Los hombres se dividen en dos clases, según la manera de dormir. Unos

duermen poco, porque duermen de prisa; otros duermen mucho, o cuando

menos permanecen largas horas en el lecho, porque duermen poco a poco.

La cabeza, o depósito del sueño, es como una vasija con un pequeño

desagüe. A unas personas se les colma de sopetón la vasija, y caen

dormidas en un sueño inerte y sin ensueños; luego la vasija se va

desaguando con regularidad, y en las tempranas horas mañaneras la cabeza

se halla vacía, limpia, despejada y el cuerpo con anhelo de ejercicio.

Estas personas se levantan despiertas del todo. A otras personas la

vasija se les va llenando lentamente, a causa de penetrar por un lado

poco más cantidad de sueño de la que por otro se va vertiendo y

disipando, y así contraen un sueño dificultoso y enrarecido, poblado de

imágenes incoherentes; el contenido de la vasija alcanza su plenitud

precisamente al tiempo que es fuerza abandonar el lecho. Estas personas

se levantan cuando están más dormidas, y se conducen como sonámbulos en

la mañana baldía, hasta que al cabo de unas horas han eliminado la

saturación de sueño. Aquellas otras personas son de naturaleza muscular

y robusta. Estas últimas, de naturaleza linfática y débil. Las primeras

están dotadas para el éxito práctico: en la guerra, en la política, en

los negocios. Las segundas, para el éxito intelectual y estético.

Belarmino era de esta segunda clase de personas. Xuantipa le hacía

levantar a escobazos, como en un ojeo se ahuyentan las liebres

encamadas. Después, durante las horas antemeridianas, era hombre inútil.

Sentía la frente llena de humareda que le descendía a los ojos y se los

escocía y enturbiaba. Al final de la comida del mediodía, después de

haber bebido su botella de sidra hecha, y fumado sus dos pitillos, de

los amarrados por la cintura, era ya otro hombre. El talento, que él se

lo figuraba como un ser substantivo, independiente, hasta corpóreo,

misterioso huésped interior, comenzaba a rebullir, a desasosegarse, y

dando unos golpecitos con los nudillos por la parte de dentro de las

paredes del cráneo, le decía: «Ea, Belarmino, aquí estoy yo; vamos a

discurrir cosas nunca oídas.» A este recóndito ser personal o demonio

íntimo, Belarmino lo llamaba _Inteleto_.

Solía impacientársele el Inteleto a los postres, y tan pronto como

Xuantipa se levantaba a fregar la loza, Belarmino se evadía furtivamente

al Círculo republicano. Después, lo de siempre: irrupción violenta de

Xuantipa, retorno aflictivo, este o aquel cliente, todos morosos, el

óptimo Colignon, el pésimo Bellido, la imposible Felicita. El trazado de

la vida de Belarmino era una página escrita con falsilla, y en la

cabecera de la página un signo sagrado: la hija de sus entrañas. De raro

en raro, abríase un corto paréntesis, en las líneas de la página, que se

correspondía con alguna reunión pública del Círculo republicano, en que

Belarmino pronunciaba discursos tremendos. Como todas las naturalezas

dulces y tímidas, Belarmino tenía ahorrados el coraje y la violencia en

un depósito a réditos con interés compuesto, y cuando llegaba la

coyuntura excepcional de gastar las reservas se exaltaba en términos que

parecía un poseso. El sastre Balmisa, el director y redactores de _La

Aurora_, y demás correligionarios pertenecientes a la clase media baja

intelectual, tomaban a broma a Belarmino y le calificaban de chiflado.

El clero y las familias piadosas le reputaban como un loco, aunque

generalmente inofensivo, en ocasiones peligrosísimo y de más cuidado que

todos los otros republicanotes. Pero el estado llano del partido,

obreros y artesanos humildes, dedicaban a Belarmino supersticiosa fe y

se enardecían oyéndole. Cierto que no le entendían; también San Bernardo

inflamó una Cruzada, arrebatando muchedumbres que no entendían la lengua

en que les persuadía. Cuando Belarmino pronunciaba un discurso, era de

rigor que los oyentes saliesen a la plazuela del Obispo lanzando gritos

inflamatorios y blasfematorios. Por eso, algunas gentes devotas

maduraban seriamente el plan de convertir a Belarmino.

Allí estaba Belarmino, empapado en la tiniebla, desfallecida el alma,

atravesando un terrible _faraón crónico_ y cavilando lo que debía hacer.

Los mismos incidentes cotidianos, repetidos mecánicamente, van tomando

diferente semblante y adquiriendo valor más preciso. Según la estructura

de la piedra, el curso y agresión de las aguas a unas las monda,

redondea y suaviza, y a otras les saca ángulos, aristas y púas, hasta

que un día, de pronto, cortan como cuchillos y penetran como puñales. El

roce forzoso con Xuantipa Belarmino lo había aceptado como una

disciplina de perfección. Xuantipa había arañado y cortado y pinchado

desde el principio; pero en fuerza de frotar, arañar, cortar y pinchar,

a Belarmino le parecía el roce más blando cada vez, y sentía ya el alma

redonda, suave y como lubrificada al contacto con su áspera cónyuge. La

frotación con la clientela le era cada vez más indiferente, y lo mismo

el agitado y turbulento roce con Felicita. La frotación con el francés,

cada vez más grata. Lo espantable, lo que había suscitado el terrible

_faraón crónico_, era el contacto con Bellido, contacto siempre molesto

y congojoso, pero que aquel día, de súbito, le había herido y desgarrado

hasta lo más íntimo. «Estoy arruinado. Me veré en la calle mañana o

pasado o dentro de un mes. Esto no tiene _igua_» (significaba: no hay

salvación), se dijo Belarmino, mentalmente. Hubiera podido ir tirando

como hasta entonces, por tiempo indefinido; pero la llegada de un

competidor, que Bellido le había anunciado, aceleraba el desenlace

catastrófico. Además, presumía con fundamento que Martínez, un antiguo

oficial suyo, trataba de instalar una tienda de calzado de fábrica en la

misma calle. «¿Calzado de fábrica?--pensó Belarmino, desviándose del

camino recto--; buen calzado será ése que no está hecho a la medida.

Como si una máquina pudiera hacer zapatos decentes. ¡Pazguatos! Milagro

que no se les ocurre inventar una máquina para hablar y otra para

escribir, o cualquiera otro disparate....» Volvió en seguida al camino

recto de sus cavilaciones. La cuestión era que aquello no tenía _igua_.

Con el buen Colignon no había que contar. Por lo pronto, no era

verosímil que el francés adelantase todo el dinero que se necesitaba

para pagar la deuda de Bellido y montar por lo grande la zapatería.

Pero, aun cuando el señor Colignon lo ofreciese, él no lo aceptaba,

porque sabía de antemano que era dinero perdido. Confesábase a sí

propio, honradamente, no haber nacido para gobernar un negocio. Había

nacido para más nobles y menos provechosos cuidados; bien claro se lo

decía su demonio interior, el Inteleto: «Belarmino, vamos a discurrir

cosas nunca oídas.» Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna,

sufrir penalidades, dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con

tal de seguir la voz del Inteleto y dar con aquellas cosas nunca oídas

que el geniecillo interior le prometía. Pero, ¿y su hijita de sus

entrañas? Cuando Belarmino decía entre sí «hija de mis entrañas», la

frase adquiría casi sentido literal. Cuando abrazaba y besaba a su hija,

o la miraba en adoración, o pensaba en ella, sentíase más madre que

padre. Lo cierto es que Angustias no era hija de Belarmino, sino de una

hermana suya que, a poco de morírsele el marido, murió ella de

sobreparto. Belarmino recogió a la criatura, apenas nacida, y la crió él

mismo con biberón. Esto ocurrió un año antes de casarse con Xuana.

Belarmino había contado a Xuana, antes de casarse, la verdadera

historia, que ella admitió sin sospechas. Mas después de casados, como

quiera que ella no lograba hijos propios, comenzó a odiar al marido y a

cavilar que la niña era hija disimulada de Belarmino; con que la

criatura tampoco se libraba del odio de la apasionada mujer. En los

apóstrofes y denuestos de Xuantipa, aunque muy veladas, siempre latían,

como se habrá advertido, venenosas alusiones a este asunto.

Si se arruinaba--proseguía pensando Belarmino--, su deber era entrar

como oficial con el nuevo zapatero y trabajar porque a la hija no le

faltase lo preciso. Trabajar.... Le harían trabajar de la mañana a la

noche, y aun de noche, como él había hecho trabajar a sus oficiales en

épocas de prosperidad económica, antes de que aquella personilla

exigente que llevaba alojada dentro de la cabeza, o sea el Inteleto,

hubiera dado imperiosa cuenta de sí, distrayéndole del negocio. Trabajar

horas y horas, de longitud inacabable, despidiéndose para siempre de las

horas calmas y fugaces dedicadas al ocio contemplativo y al coloquio

secreto con su habitante interior.... ¡Imposible! Tal era el pavoroso

_faraón crónico_ que traía a mal traer a Belarmino.

--Buenas tardes nos dé Dios. ¿Hay alguien en la casa?--dijo una voz

flaca y aguda, como de flautín, que caía de lo alto.

Belarmino creyó estar soñando. ¿Era aquélla la voz de un ángel

acatarrado?

--¿No hay cristiano o alma humana en este recinto?--volvió a hablar la

voz de flautín, sonando siempre al nivel del cielo raso. Oyéronse a

continuación unas palmadas retumbantes, como el tableteo de un trueno.

--Belarmino, ¿estás ahí?--rugió Xuantipa, desde las habitaciones

interiores.

Belarmino dijo para sí: «Pues, señor, no estoy soñando.» Encendió una

cerilla, y a poco se cae de espaldas. Tenía ante sí una mole que casi

tocaba con el techo. Presto se recobró y se percató de la realidad

verdadera. Tratábase del Padre Alesón, un fraile dominico de las

dimensiones de un paquidermo antediluviano, a quien sus hermanos en

religión y la grey parroquiana de la Orden llamaban la torre de Babel,

por la estatura y porque sabía veinte idiomas: unos vivos, otros muertos

y otros putrefactos. Acompañábale otro Padre innominado, de volumen

normal entre religiosos, aunque excesivo para laicos. Aun al lado de

este segundo fraile, Belarmino era una pavesa. Los dominicos penetraban

entonces por primera vez en la zapatería de Belarmino.

Luego que el zapatero encendió un quinqué de petróleo, el Padre Alesón

tomó la palabra:

--Le causará maravilla vernos en su tienda, dadas las ideas que usted

profesa....

--Reverendo--interrumpió Belarmino, no muy seguro de que éste era el

tratamiento debido--, la ciencia zapateresca ignora las cláusulas

políticas; por eso es analfabética. Yo también he confeccionado zapatos

para religiosos y sacerdotes.

--¡Ah! ¿Sí? ¿Cuándo, amigo mío?

--Hace tiempo.

--Quiere decirse que usted, a pesar de sus ideas contrarias a la

Iglesia, no tiene inconveniente en calzar a las personas religiosas.

Pero pudiera ocurrir que las personas religiosas tengan inconveniente en

dejarse calzar por usted.

--El fanatismo es reincidente--declaró sentencioso Belarmino.

--¿Cómo reincidente?--preguntó el Padre Alesón.

--Vamos, que abunda... y daña; que se lo encuentra uno a cada paso.

--Ya; ha querido decir frecuente....

--No, señor; he querido decir, y he dicho, frecuente, y abundante, y

dañoso, y que se choca con él; en autonomasia, reincidente.

El Padre Alesón permaneció un tanto perplejo. Belarmino le hablaba una

lengua perfectamente insólita, que él no conocía ni sospechaba; como que

no era lengua viva ni lengua muerta, sino lengua en embrión.

--Y usted, ¿no es nada fanático?--preguntó, algo desconcertado, el Padre

Alesón, con su voz de flautín, dejando, a pesar suyo, escapar un gallo o

atragantón en la sílaba acentuada del esdrújulo--. Hanme dicho que sí.

Después de este giro en transposición, que es, naturalmente, grave y

solemne, el dominico cobró bastante serenidad y aplomo.

--Fuera de la zapatería, y suscrito en el círculo de la paradoja, que es

un cuadrado, porque es el ecuménico, soy fanático y hasta teísta

macilento; pero dentro de la zapatería, y en ridículo, soy

analfabético. Este es el maremágnum de la clase y del bien eliminar.

El Padre Alesón, consternado, no sabía qué replicar. La cosa no era para

menos. Belarmino, con el tecnicismo de su inventiva, había dicho,

traducido al pie de la letra: «Fuera de la zapatería, e inscripto en el

círculo de mi ortodoxia, que así puede llamarse círculo como cuadrado,

puesto que la ortodoxia es la conciliación de los contrarios, soy

fanático, y aún más, incendiario violento; pero fuera de mi centro

propio y dentro de la zapatería, soy indiferente. Tal es el ideal de la

conducta y del bien obrar.» En la torre de Babel no se hablaba todavía

tal lenguaje.

El Padre Alesón pensó: «Si me dedico ahora a trabajos lingüísticos y

hermenéuticos, no acabo nunca. Al grano.» Y dijo en voz alta... y tan

alta:

--Pláceme, amigo mío. Ha hablado usted con singular elocuencia y

persuasión. Ahora me explico que sus discursos conmuevan y arrastren a

la audiencia.

--Le advierto a usted, reverendo--cortó Belarmino, cosquilleado por una

comezón de simpatía hacia el ciclópeo dominico--, que no entienden mis

discursos, pero causo entusiasmo por el peso llamativo.--Lo cual

significaba por el fuego del sentimiento.

--Justamente por eso me lo explico. Y voy ahora directamente a mi

propósito. Hemos acordado que haga usted los zapatos para los Padres de

la residencia: cinco padres y un lego. Don Restituto Neira, señor

caritativo y dadivoso, y su santa esposa, doña Basilisa, los cuales,

como usted no ignora, nos han cedido el último piso de su palacio para

residencia, desean también que usted haga el calzado para la

servidumbre. Espero que, a pesar de sus ideas impías, aceptará el

encargo. No se arrepentirá, le garantizo. Nuestros zapatos no le serán

muy difíciles de hacer. El voto de pobreza nos obliga a vestir y calzar

sin artificio--y adelantando el pie sacó del faldamento un zapato por el

estilo de los del dómine Cabra; una tumba de filisteo.

Belarmino, con su clarividencia psicológica, adivinó repentinamente que

pretendían sobornarle. En otra ocasión, soltando la reserva de coraje y

violencia para los casos extraordinarios, se hubiera descarado con los

frailes. Pero en aquellos momentos, sangrante aún la herida que Bellido

le había abierto y en estado de _faraón crónico_, lejos de enfurecerse,

sintió una manera de alivio y esperanza.

--Acepto--dijo con firmeza.

--Congratúlome--exclamó el dominico, sin ocultar su satisfacción--.

Quedamos, pues, amigo mío, en que mañana, por la tarde, vendrá usted a

nuestra residencia a tomarnos las medidas.

--¿Eh? ¿Debo ir yo allí?--preguntó, preocupado, Belarmino--. ¿Qué dirán

mis correligionarios?

--¿Qué han de decir? Usted va como zapatero. Además, es lo más rápido y

expeditivo.

A Belarmino le gustó la voz expeditivo, y la almacenó en la memoria, a

fin de meterla en la horma, ensancharla y darle un significado

espacioso, nuevo y conveniente.

--¿Da usted su palabra?--pidió el Padre Alesón.

--Sí, señor reverendo. Y que sea lo que Dios quiera.

--Que me place oírle esa expresión devota: que sea lo que Dios quiera.

Dios querrá lo mejor. Hasta mañana, amigo mío.

Así que salieron los frailes, Belarmino se arrepintió de su promesa.

Pasó la noche en claro, caviloso y febril. Dábase golpes en la cabeza,

requiriendo socorro y consejo de su habitante interior; pero el Inteleto

estaba distraído o ausente y no acudía al llamamiento.

A la mañana siguiente, con la cabeza que tan pronto le pesaba al modo de

una bola de granito, como sentía que se le escapaba de sobre los

hombros, cual vedija de humo, Belarmino salió a la puerta del

establecimiento para despejarse. En un entresuelo de la acera del

frente, y poco más abajo de la calle, una cuadrilla de carpinteros,

albañiles y pintores, trabajaban con energía y diligencia.

Belarmino se aproximó al señor Colignon y le habló recatadamente al

oído:

--¿Recuerda usted que un día le dije: «ya daré, ya daré en el blanco?»

Pues ya he dado, ya he dado. La beligerancia es la madrona de la Grecia.

El faraón crónico es lo más puerperal. He hallado la solera

recreada.--Traducido al romance: la adversidad es la madre de la

sapiencia. Una crisis profunda es siempre fecunda. En cuanto a la última

sentencia, el propio Belarmino la vertió al habla vulgar, a instancias

del señor Colignon, que preguntó:

--¿La solera recreada?

--Se lo interpretaré en forma corriente: solera es palabra que viene de

sol y dice la luz más viva, y fuente de luz. Recreado es lo que nadie ha

hecho, que se hizo por sí, y produce gusto, recreo--o sea, luz increada.

Esta vez, los recónditos y gargarizantes pavos del señor Colignon

permanecieron taciturnos. El francés apoyó horizontalmente el antebrazo

en la depresión o meseta superior del abdomen, sustentó el opuesto codo

sobre aquella mano, y con la otra mano se cubrió el huevo y la huevera

de latón, esto es, la barbeta y la perilla, en actitud napoleónica y

cogitabunda.

--Yo comprendo, yo comprendo, _mon pauvre ami_; los Padres te han

convertido....

El que se rió ahora fué Belarmino, y de la mejor gana:

--¿Convertirme? ¡Qué proyectil!--Belarmino juntó en un racimo las yemas

de la diestra mano, se las llevó al entrecejo y silabeó

confidencialmente:--¡El Inteleto!--Y luego, cambiando de tono:--Algo me

he ayudado con un libro de los Padres....

--¿Te lo prestaron?

--No; lo pedí yo prestado, porque lo vi encima de una mesa.

--¿Y cómo es que se titula?

--No se enterará usted, porque está en latín.

--Pero, tú, tú, ¿comprendes latín?

--Llegaré a tener intuición con él; por ahora, sólo me es saludable.

El señor Colignon se retiró pensando: «No tiene remedio el pobre

hombre.»

La apertura de la nueva zapatería causó inolvidable sensación y pasmo

descomunal. El rótulo rezaba: «Apolonio Caramanzana, maestro artista.»

Había un ancho escaparate, con límpida luna de cristal. Sobre el piso

del escaparate, forrado de peluche verde, se alineaban varios pares de

zapatos y botas, realmente exquisitos, apoyados oblicuamente en sendos

sustentáculos de níquel, y con inscripciones debajo que decían: «Zapatos

de piel de Suecia; encargo de la excelentísima señora duquesa de

Somavia.» «Bota de becerro; para el señor Novillo», y así otros varios

encargos de personas distinguidas y elegantes. Al fondo, en una urna,

guardábase el esqueleto auténtico de un pie humano. Sobre la urna se

leía: «Osteología del pie.» De cada huesecillo salía un alambre, con una

cartela al final. Las cartelas decían: «Tibia, peroné, maléolo interno,

maléolo externo, tarso, astrágalo, calcáneo, escafoides, cuboides, las

tres cuñas, metatarso, falanges, falangitas, falangetas.» Encima de la

urna colgaba de la pared del fondo un cuadro pintado a la acuarela, que

representaba una bota, de perfil, despidiendo rayos; en la cabecera, un

letrero: «La podoteca ideal», y, en la parte inferior, una estrofa:

«Aunque tan fina y lustrosa

y de tan bellos perfiles,

nadie, si la llevas, osa

cortarte el tendón de Aquiles.»

Y más abajo aún: «Dime con qué botas andas, decirte he quién eres.»

A entrambos lados del cuadro central pendían otros dos cuadros. Uno

figuraba un pie desnudo, de alto puente y empeine corvo, con su

inscripción: «Pie ario; noble.» El otro, un pie asentado todo a lo

largo, la planta sobre la tierra, con su inscripción: «Pie planípedo,

plantígrado o semítico; plebeyo.» En las paredes laterales del

escaparate, repisas de cristal, con vaciados de pies, en escayola,

algunos retorcidos y deformes, y, adherida a la repisa, una indicación:

«Repertorio de extremidades, obtenido del natural.» En lo más altanero

de la luna de cristal desarrollábase una cinta, a modo de divisa

heráldica, declarando, con doradas letras teutónicas: «Una hermosura

soberana inspira a Caramanzana.»

Cuantos veían el escaparate pensaban en el infeliz Belarmino. La

opinión fué unánime: no había competencia posible. También Belarmino fué

a ver el famoso escaparate. Lo examinó atentamente, con calma. Como su

corazón estaba purificado de pasiones torpes, no se le distendió el

rostro en gesto ninguno, lastimado o feo; antes sonreía; sonreía con

expresión inocente y delicadamente irónica. Apolonio, que ya le conocía

y le estaba espiando desde dentro de la tienda, se sintió, por

misteriosa manera, humillado. Ahito y ebrio con el éxito, ¿qué le

importaba a él la expresión hipócrita y maligna del ya desbaratado

rival? Y, sin embargo, sentíase humillado, adivinando que la verdadera

rivalidad entre ellos no era zapateril, sino de otro orden más íntimo y

personal, y que en aquella larvada e inevitable rivalidad acaso

Belarmino saliese vencedor.

CAPÍTULO IV.

APOLONIO Y SU HIJO.

Fué el jueves Santo, por la noche. Habíamos cenado en la habitación de

don Guillen. El canónigo fumaba un cigarro largo y fino; yo, un cazador,

ese tabaco oscuro, velloso y de sangre, tan enérgico, sutil y esencial

provocador de ideas e imágenes que, a veces, sustituye con ventaja los

beneficios del trato humano, sin sus inconvenientes y molestias. Como

dijo, siglos ha, Cristóbal Hayo, maestro físico de Salamanca, en loor

del tabaco: «usando del no se siente soledad». Don Guillén me lo había

ofrecido, sabiendo que era la vitola más de mi gusto; delicado agasajo

que yo le agradecí. No faltaban las copitas de coñac viejo.

Anoto estos detalles, quizás impertinentes, para que se vea que don

Guillén era hombre atento a los detalles y moderado gratificador de los

sentidos, de donde se deduce que, para él, la realidad externa existía,

y que la aceptaba en toda su importancia, procurando solamente que el

contraste con ella fuese lubrificado y terso.

Estaba riéndose para sí, como ante una visión cómica y tierna al propio

tiempo. Comenzó a hablar:

Belarmino y Apolonio · 第 4 / 17 段