aprendiz, dándole de paso una moneda de cinco céntimos:
--Toma una perrina, para que le compres una cachava de caramelo. Y que
sea colorada, porque de ésas le gustan más.
Y ya por su cuenta, Belarmino abrió el diccionario y comenzó a tomar
notas en un cuadernillo de hule que sacó de la chaqueta. Apenas
transcurridos cinco minutos, irrumpió en la zapatería el voluminoso y
rubicundo don René Colignon, fabricante de achicoria y confitero. Su
rubicundez era tan flamígera que proyectaba reflejos en las paredes.
Tenía, además, la epidermis tirante y barnizada, como una vejiga de
manteca, y poseía una perilla color de trigo, esmeradamente construída,
desde donde se alzaba la blanquecina barbeta, como un huevo en una
huevera de latón dorado. Ojillos galos, rabelesianos, azules y alegres,
que delataban al deleitante de la mesa y del lecho.
Como antes de penetrar el señor Colignon le anunció, al modo de heraldo,
un resplandor rojizo y canicular, Belarmino se apresuró a esconder el
libro y el cuadernito de notas.
--_Oh, monsieur le cordonnier! Mon cher ami le cordonnier!_--entró
diciendo el señor Colignon, con modulaciones y altibajos en la voz, que
sonaban como las gárgaras de un pavo; los brazos abiertos, con que
estrechó contra su corpacho al manso, dulce y enjuto Belarmino--. Que yo
os quiero, ilustre y simpático _cordonnier_.
--Yo también le quiero a usted, señor Coliñón, sin guardarle rencor por
el mote.
--Que no ha estado mi falta, amado Belarmino.
El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, habían
convertido el _monsieur le cordonnier_ en monxú Codorniú.
--Y hasta me han sacado cantares--añadió Belarmino.
--Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta.
--Lo sé. A mí me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabe
de tierras lueñes; sobre todo, que viene usted de una república de
estranjis.
--De estranjis.... ¡Ja! ¡Ja! Delicioso....--El señor Colignon emitió una
risotada que era como sonoro glogló de pavo.--Quería preguntarte una
pequeña cosa que me ha venido anoche a la cabeza. ¿Por qué es que tú
llamas tu zapatería «El Nenrod boscoso y equitativo», y metes que es
bilateral?
--Quedará usted complacido en un finiquito.
El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, ser
filósofo.
--¿Eres tú filósofo? Creía que tú eras solamente republicano y orador.
--¿Orador? ¡Arreniego! Los oradores son los lentes--(lentes =
entes)--más vulgares. Desprecio la oratoria. Claro que hablo en público;
pero no quiero ser orador, sino locuente, sólo locuente, como mi maestro
Salmerón. Bueno; también republicano de celebro; por eso soy filósofo.
Ahí está Salmerón. Yo no soy todavía del todo filósofo; pero cada día lo
soy más. Y andando el tiempo.... Pues el aquel de la filosofía no es más
que enanchar las palabras, como si dijéramos meterlas en la horma. Si
encontrásemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos,
una horma para todos los pies; eso es la filosofía, tal como la apunta
mi intelecto. Ya daré, ya daré en el chisgaravís--(chisgaravís =
quid)--. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios pies
y enanchando palabras para varias cosas, cuantas más, mejor; ecolicuá el
doble fondo. Ahora usted se penetrará. El Nenrod; éste es nombre propio
y no se puede enanchar. Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen,
alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botas
de monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso.
Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitación; porque
están hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la ciencia
zapateresca ignora las cláusulas políticas, y así manifactura un
escarpín para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para el
sacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis.
El hervor que se movió en el recinto torácico del señor Colignon ya no
fué glogló de pavo singular, sino greguería de piara navideña. Abrazaba
una y otra vez a Belarmino, diciéndole, en los ojos lágrimas provocadas
por la risa:
--¡Que tú eres grande, _monsieur le cordonnier_, que tú eres grande!
Las regocijadas zalemas del señor Colignon no enojaban a Belarmino;
antes le producían emoción y halago. Era muy penetrativo el zapatero,
rápido en percatarse del mecanismo y expresión de pasiones y afectos;
pero como al propio tiempo su bondad aventajaba aún a su penetración,
cuando sospechaba un sentimiento ajeno de hostilidad o mofa, rehuía
darse por enterado. Sabía distinguir, por lo tanto, entre risas y risas.
En las risotadas del abundante y rubicundo señor Colignon, especie de
rebase _ex abundantia cordis_, Belarmino adivinaba una amable cualidad
personal, o acaso cualidad de raza: la de admirar con alegría. ¡Cuán de
otro linaje las risitas celadas y maliciosas del sastre Balmisa y demás
tertuliantes del Círculo republicano; expresión ambigua de un corazón de
secano y de un celebro oscurecido! Así pensaba el zapatero. Pero como
compadecía y amaba, porque lo habían menester, a sus contertulios,
asistía diariamente a ejercitarles en los procedimientos del discurso de
doble fondo.
Ya que el señor Colignon terminó de sahumar el ambiente con aquel
copioso rebase de optimismo, Belarmino quedó un punto en suspenso,
temeroso de que su interlocutor solicitase por último el significado de
la palabra bilateral aplicada al establecimiento de zapatería. Como
filósofo catecúmeno, Belarmino empleaba algunos términos a los cuales
daba valor místico, y cuyo contenido no hubiera acertado jamás a
elucidar satisfactoriamente. Por fortuna, el señor Colignon olvidó
llevar sus pesquisas hasta la bilateralidad de la zapatería. El francés
y el español prosiguieron la cháchara, muy al mutuo sabor, hasta que se
presentó Xuantipa. La zapatera consorte se dirigió al señor Colignon con
extremada cortesía y miramiento. Estas civiles afectaciones no se
producían en Xuantipa sino en coyunturas extraordinarias y con razón
suficiente. La razón era que hacía tiempo el señor Colignon había
prestado al matrimonio Pinto mil pesetas, sin recibo ni documento alguno
comprobatorio, y la Pinta premeditaba sangrar nuevamente al sanguíneo y
rubicundo confitero, y aliviarle de un regular chorro de pesetillas. El
señor Colignon era muy rico. La gran casa en donde vivía y ejercía el
comercio era de su propiedad. La había levantado con los rendimientos
abundosísimos de la confitería, pastelería y chocolatería, y de una
fábrica de achicoria que poseía en las afueras de la ciudad. En cambio,
hasta los gatos de la calle sabían que la casa Pinto decaía, se
empeñaba, estaba en un tris de desaparecer, debido a que Belarmino
descuidaba sus intereses por mezclarse en politiquerías.
--¿Qué botas son éstas?--preguntó Xuantipa, indicando los miserables
residuos que don Manolito había desechado a pretexto de que no le habían
servido--. Parecen botas de un pobre de los caminos.
--Son unas botas de don Manolito Cuevas; para un arreglo.
--Pues no se las arregles si no las paga por adelantado; es un hambrón,
que no tiene ni para sardinas--rezongó Xuantipa, recobrando su habitual
rostro torvo, de Euménide--. ¿Cuántos pares te debe?
Belarmino no se acordaba con precisión. Lo mismo podían ser quince, que
veinte, que veinticinco pares. Pero, ¿cómo se lo decía a la irritable
Xuantipa, sin suscitar una escena ominosa, y en presencia del señor
Colignon?
--Dos o tres pares--dijo, al fin, Belarmino.
--¿No sabes si son dos o tres?--preguntó Xuantipa, irguiéndose rápida y
enderezando las sierpes de sus ojos hacia el anonadado Belarmino.
--Lo tengo apuntado.
--¿En dónde? A ver, a ver...--exigió Xuantipa, alargando el brazo
amenazador.
--Mujer...--suplicó Belarmino.
--Xuantipa, cuando él lo dice.... Belarmino es un hombre
verdadero--medió el señor Colignon.
--¿Ese un hombre verdadero? ¿Ese mastuerzo, ese babayo, un hombre
verdadero? Lo habrá sido antes, de soltero. Ahora.... Un tontorontaina,
un hazmerreír, un holgazán. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce,
señor Coliñón.
--Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea usted
tranquila, Xuantipa; póngase usted tranquila.
--¡Tranquila, tranquila!... Si es para tocarse del queso. Esto se lo
lleva la trampa, porque no hay un hombre aquí. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué
va a ser de esa pobre neñina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios,
perdono, hago como que no sé. Pero no me chupo el dedo.... ¡A mí me la
va a dar ese babayo!...--rugió Xuantipa con voz ronca y ojos áridos y
contraídos, que se esforzaban inútilmente en exprimir algunas
lágrimas--. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro a
usted por éstas--y, más que besar, chascó los labios, delgados y secos,
sobre una cruz improvisada con el pulgar y el índice de la mano
diestra--. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si éste no
sirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra,
y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos.
--Pero, ¿es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es lo
principal--dijo sonriente el señor Colignon, procurando rebajar el
diapasón dramático de la escena a un tono más cuoloquial y tranquilo.
Belarmino permanecía baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luz
venía al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de un
mártir.
--Pues si yo supiera hacer calzado...--replicó Xuantipa--, estaba ya
todo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve usté.... Cuando
nos casamos, había aquí seis oficiales y oficialas, y no dábamos abasto
a los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sóbranos hoy.
--Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volverán ustedes--afirmó el
optimista y rosáceo señor Colignon.
--¡Dios le oiga!--oró Xuantipa, adoptando una actitud devota
convencional.
--Yo creo que usted debe intervenir algo en el negocio, Xuantipa: llevar
la administración, hacer a los deudores que ellos paguen.... Usted sirve
para eso, tanto como Belarmino creo que no sirve.
--¿Que si sirvo? Si éste me dijera de verdad quiénes son los que no
pagan, le prometo a usted que, o pagan, o les saco el galillo.
--¿Qué es lo que tú opinas de mi plan, Belarmino?
--Bien, muy bien--elevando los ojos, con beatitud.
--A éste, todo lo que sea ahorrarse trabajo y molestias le sabe a
gloria.
--Él hará lo que le pertenece--declaró convencido el señor Colignon--.
Y ahora, ¡coraje y hacia adelante!
Un nuevo personaje penetró desde la calle. Era un vecino, sin duda,
puesto que venía con cilíndrico gorrete de andar por casa, muy
cochambroso por cierto; nariz minúscula y erisipelosa; antiparras
cuadradas; color amarilla; boca circular, desdentada, negra, honda como
una sima. Vestía levitín raquítico, rapado y camaleónico, por sus
tornasoles; bufanda de Palencia, enroscada al pescuezo; estrechos
pantalones a cuadros, con sendas prominencias en las rótulas. Calzábase
con zapatillas de orillo. Sobre la oreja diestra, larga pluma de ave,
color toronja; la bocamanga izquierda, revestida con una especie de
malla o red de negras rayas, que no eran sino las huellas y rasgos de
haber limpiado allí los puntos de la pluma. Emitía en la atmósfera un
efluvio sombrío y pesimista, como si poseyese una zona de influencia
nefasta. Era, por prestigio o metamorfosis, la encarnación humana de
aquella ictérica casuca de la Rúa Ruera, en donde el pintor Lirio
calculaba que no podía por menos de vivir un prestamista.
Así como los joviales espíritus diurnos se alejan con ruborosas alas
apenas despunta por Oriente el íncubo nocharniego, el señor Colignon,
desasosegado, aturdido y pálido por dentro, pues por fuera no se lo
consentía su imposible rubicundez, se despidió y tomó la salida, no sin
que Xuantipa le dijese al partir:
--Con su apoyo contamos, señor Coliñón, y Dios se lo premiará.
--Ajá, ajá. ¿El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas--comentó
don Angel Bellido, que éste era el nombre, tan propio cuanto impropio,
del prestamista.
--Sí, señor Bellido. ¿Sale usted del limbo? ¿Quién no sabe que el señor
Coliñón es uña y carne con nosotros?
--Hija, tanto como uña y carne.... Que sea carne, que carne, gracias a
Dios, no le falta, y que vosotros seáis la uña..., doyme por
satisfecho--dijo don Ángel--. Pero, como quiera que yo todos los días
tengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, y
vosotros nada me decíais ni me dejabais entrever.... Porque, acá, para
inter nos, la cosa presentaba un cariz... que... ya, ya... ya me
entendéis.--El señor Bellido era singularmente afecto a los puntos
suspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete.
El que le oía, quedábase anhelante, esperando el estallido de la nuez.
Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, la
bomba era de dinamita. Prosiguió el señor Bellido.--Porque el préstamo y
los intereses acumulados ascienden....--Psss.... El cohete ascendía en el
espacio. Silencio. Ansiedad.--Ascienden a diez mil pesetas. Constan en
documento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlo
todo, quedarme con estas cuatro porquerías que aquí tenéis, que no
valen ni la mitad del débito.--Tal fué la bomba de dinamita que don
Angel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y la
frente arisca de Xuantipa.
Xuantipa, como más inconsciente, se dejó dominar por el espanto.
Belarmino, con su intuición repentina de los sentimientos, comprendió lo
que debía responder:
--Mala ocasión sería para embargarnos, ahora que no hay materiales en
almacén ni apenas calzado en existencias.
--Quita allá, hombre de Dios--se apresuró a decir el señor Bellido--.
¿Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera....
Pero qué lejos está de mi ánimo.... Y más ahora que el señor Coliñón vos
apoya....
--No es que nos apoye--declaró el sincero Belarmino.
--¿Ehhh...?--preguntó alarmadísimo el señor Bellido, estirando el
pescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras.
--¿Cómo que no? ¿Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristo
nos enseña?--terció, sofocada, Xuantipa.
--Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el señor Coliñón, en estos
asuntos--dijo Belarmino.
--Te entiendo, picarín--gangueó el señor Bellido, retirando los ojuelos,
uno de ellos con guiños de despedida, detrás de las vidrieras, y
retrayendo el pescuezo a su longitud usual--. Tú no quieres que se
difunda la noticia de que el franchute es tu socio capitalista, ¿eh?
Pues, por mí.... Y para que te convenzas de que merezco tu confianza, voy
a darte otra noticia. Un zapatero de fuera, zapatero de lujo, viene a
establecerse en esta misma calle. Es un protegido de la duquesa de
Somavia. Conque.... Ojo al Cristo, que es de plomo. Para competir,
tendréis que apretar. Díselo al franchute. Que suelte mosca.
En esto que, con ágil y perfumado revoloteo de brisas primaverales, se
hizo presente una dama. Llegar ella y escapar el prestamista, todo fué
uno. No se dijera sino que la zapatería sólo tenía cubicación disponible
para una persona de fuera. Cada recién llegado era el clavo que sacaba
otro clavo.
La dama exhalaba melindrosos resoplidos y se agitaba de aquí acullá con
gentileza enteramente adolescente. Vista por la espalda, era una
figurilla breve, fina y graciosa. El anverso de la medalla no se
correspondía con el dorso; pecho alisado con rasero; rostro acecinado y
de ojos conspicuos; una faz del todo masculina.
--¡Uf, uf! ¡Qué hombre ése!--rompió a parlotear--. Qué aspecto de
desenterrado. Si huele a camposanto.... No sé, Belarmino, como le admite
usted aquí. Ha dejado un tufo.... Esta noche me da la pesadilla. ¡Ay! Si
le veo no entro. Pero el otro me venía siguiendo. Y busqué en ustedes
refugio, asilo, amparo. Cada día más atrevido. Es capaz de entrar en pos
de mí. ¡Qué Anselmo, señor!... Pero a cada cual lo suyo; hay que
reconocer que es guapo, simpático, buen mozo y elegante que no cabe más.
Envía las camisas a planchar a Madrid. Ya me pasma que haya tardado
tanto en pasar por la puerta. Me asomaré con disimulo a espiarle. Allí
está. Se ha quedado en acecho a la puerta de la confitería. ¡Qué
tenacidad! ¡Qué constancia! Y así cinco, seis años; he perdido la
cuenta. Si yo le diera pie, nos casábamos en un decir amén. Pero no me
atrevo, no me atrevo. El tálamo me impone. Y admito que una joven no
debe estar soltera y sola. Hay lenguas como agujas de colchón. Pero el
tálamo me impone, me impone. Venía volada por la calle, y él detrás,
detrás. ¡Qué asiduidad! ¡Qué perseverancia! ¡Ay! Déjenme ustedes que
repose y tome aliento.
Aquella criatura facunda y versátil, especie de andrógino reseco y sin
incentivo, vivía en la Rúa Ruera, y se llamaba Felicita Quemada. Su
tenaz y perseverante perseguidor, hombre un tanto machucho, como
cuadraba con la dama, pasaba en Pilares por arbitro de las elegancias y
ocupaba el lugar más distinguido en la política local. Era vicario del
duque de Somavia, el cacique de la jurisdicción, que se pasaba la vida
en Madrid. La vicaría o representación no se limitaba solamente a los
asuntos de la política de campanario. La elegancia veníale a Novillo
también por delegación o apoderamiento del aristócrata, viejo verde y
currutaco. Novillo, en lo indumentario, constituía una réplica, algo
rebajada, de su protector el duque, el cual le enviaba desde Madrid
corbatas, cuellos postizos, calcetines y chalecos de fantasía semejantes
a los suyos, aunque de clase inferior, y trajes, de paño catalán,
imitados de los que él usaba, de paño inglés. Los amores de Novillo y la
Quemada, o, como le decían en Pilares, la Consumida, habían llegado a
ser a manera de rasgo típico o suceso rutinario y familiar en la vida de
la calle y de la población entera. Databan los amores desde más de dos
lustros; los habían iniciado estando los dos muy corridos en años, y no
habían trascendido del estadio del más puro romanticismo, platonismo e
inefabilidad. La Consumida jamás hablaba de otra cosa. Novillo jamás
hablaba de ellos, y si se los mentaban, sentíase gravemente ofendido.
Los vecinos de Rúa Ruera y de la ciudad tomaban por lo cómico aquellos
amores, y a Novillo, acaso por su edad, quizás por su corpulencia, tal
vez por satírica suspicacia, le sobrenombraban el Buey. Pero el amor
mudo y constante de Anselmo y Felicita encerraba, bajo el aspecto
ridículo, emoción patética. Aquella timidez invencible de Anselmo (él,
tan osado en los manejos de la administración municipal y provincial y
en las estratagemas electorales), ¿cómo podía explicarse sino por la
fatalidad? ¿A qué podía atribuirse sino al sañudo antojo de la Némesis
adversa? Buscábanse sin cesar Anselmo y Felicita, vivían el uno para el
otro; pero la Némesis antojadiza había herido de mudez a Anselmo y
colocado entre los dos, además de esta barrera de silencio, un ancho
valladar infranqueable, aunque de aire delgado y transparente. La
propincuidad máxima del objeto de su amor a que Anselmo aventuraba
acercarse era una distancia de cinco metros, como si al llegar allí
tropezase con un obstáculo cristalino e invisible. Ahora, que esta
distancia la conservaba de continuo. No parecía sino que Felicita estaba
encerrada en un fanal o gran campana de vidrio. Dentro de aquella
prisión imperceptible para los ojos, Felicita se consumía lentamente; de
fuera, Novillo se detenía estupefacto, sin apenas atreverse a mirar a la
amada cautiva. Añádase, en honor de la verdad, que el tormento surtía
contrapuestos efectos en Novillo que en Felicita, pues a Novillo no le
robaba carnes, antes se las añadía. Y conste, por último, que la
fidelidad de Novillo era absoluta; nadie le conocía otros galanteos, ni
siquiera claudicaciones de amor mercenario, en una capital de provincia
donde todo se sabe.
Sentóse Felicita, respiró fuerte, tomó aliento, pero no se reposó, sino
que, tan pronto como había tocado el asiento, saltó en pie de nuevo,
sacudida por aquel dinamismo fatídico que la tenía en los huesos, y
tomando unos papelorios que llevaba debajo del brazo, los extendió sobre
el mostrador.
--Vea usted, Belarmino. Éste es _El Espejo de la Moda_, y éste _La
Sílfide Mundana_. Vea usted. Hay una parte consagrada al calzado. Aquí
hay un par de zapatos que me enamora. ¿No podría usted hacerme uno así?
Soy muy exigente para el calzado. Es mi debilidad. A las personas bien
nacidas se les conoce por los pies. Un pie juanetudo denota un espíritu
grosero. Anselmo es, lo mismo que yo, esclavo del bien calzar. Lo habrá
usted observado. Vea usted estos zapatitos que describe _La Sílfide_.
Son de piel de Escandinavia. ¿Tiene usted ese material? Llevan pespuntes
y picados de cabritilla blanca. De eso sí tendrá usted. En todo caso,
podremos aprovechar algún viejo par de guantes de los innumerables que
poseo. Esta es otra debilidad mía. El guante y el calzado; la mano y el
pie. A todo esto, me estoy distrayendo más de lo debido. Y, a propósito;
ahora se me ocurre, ¿le parecerá mal a Anselmo que entre en su casa de
usted, Belarmino? Como él es dinástico y usted tan subversivo.... Pero,
no. Si le pareciese mal, me lo hubiera dicho. Ea, me voy. Me llevo las
revistas de modas. Ya hablaremos con calma de los zapatos de piel de
Escandinavia.
Y salió, con perfumado revoloteo de faldas, sin haber dejado en todo el
tiempo de su permanencia un solo resquicio por donde Xuantipa o
Belarmino hubieran podido colarse a decir esta boca es mía. Esta escena
se repetía casi a diario. Era obligado que penetrase creyéndose
perseguida, que proyectase vagamente hacerse un par de zapatos, y que,
de postdata, le acometiese el escrúpulo de si a Novillo le placerían
aquellas visitas al zapatero subversivo. A poco de salir Felicita,
cruzó, por delante de las puertas de la zapatería, don Anselmo Novillo,
con solemnidad de hombre corpulento, machucho y poseído de su elegancia.
Comenzaba a pasear la calle a Felicita y pasearía durante tres o cuatro
horas.
Xuantipa se retiró a preparar la cena. Belarmino, a solas, apoyó la
frente en ambas manos, meditabundo. Así estuvo, sin moverse, largo
espacio, hasta que volvieron el aprendiz y la niña. Obscurecía ya.
Belarmino despertó de su meditación para besar y abrazar a su hija,
silenciosamente, con ahinco y ternura, todavía más exagerados que de
ordinario. Se le humedecieron los ojos.
En la tienda reinaba total tiniebla.
--¿Enciendo luz?--preguntó el aprendiz pelirrojo.
Belarmino tardó en responder; le faltaba la voz.
--No hace falta. Ahorraremos en luz. Vete a la cocina con la niña, y
ayuda al ama, si hace falta. Alúmbrate con este fósforo. Cuidado.
Belarmino se recogió otra vez a meditar, empapado en la tiniebla.
Belarmino, ahora, no se desleía en aquellas especulaciones filosóficas,
o lo que él entendía por tales, que últimamente, en los dos o tres
recientes años, le habían acaparado la actividad del pensamiento y los
afanes del pecho, sin dejar lugar ni vado para ninguna otra ocupación o
sentimiento, a no ser el amor por su hijita. No; ahora Belarmino no
cavilaba sobre el problema del conocimiento, sino sobre el problema de
la conducta; no le preocupaba lo que debía pensar, sino lo que debía
hacer. Su vida externa, el curso y movimiento de su vida social, era al
modo de una rueda dentada, en engranaje con otras; esta rueda cada día
realizaba mecánicamente una vuelta completa, entreverando sus dientes
con los dientes de las demás ruedas, siempre los mismos y siempre de la
propia forma y disposición, y de suerte que no cabía averiguar si ella
hacía girar a las otras o las otras le hacían girar a ella, o si la una
y las otras rodaban con regularidad a impulsos de un mecanismo incógnito
y enorme. Aquel día había sido idéntico a otros incontables días, en el
rodar de los días de Belarmino. Y, sin embargo, aquél era un día señero,
un día crítico, un día que le había provocado una intuición profunda del
porvenir, o, como Belarmino se decía a sí mismo en aquellos instantes,
empleando el tecnicismo esotérico de su inventiva, un _faraón crónico_.