--No describiéndola. Busca la visión diafenomenal. Inhíbete en tu

persona de novelista. Haz que otras dos personas la vean al propio

tiempo, desde ángulos laterales contrapuestos. Recuerda si en alguna

ocasión te aconteció ser testigo presencial de cómo ese mismo objeto, la

Rúa Ruera, suscitó duplicidad de imágenes e impresiones en dos

observadores de genio contradictorio; y tú ahora amalgama aquellas

imágenes e impresiones.

--¡Recuerdo, recuerdo...!--exclamo; pero ya la sombra del excelente don

Amaranto se ha desvanecido, al hombro el tenedor de peltre, emblema del

ascetismo de las casas de huéspedes.

--Sí; recuerdo que....

En rigor, ¿qué importa describir o pintar? ¿Qué importa obtener una

visión de dos o de tres dimensiones? Lo importante es comunicarse,

manifestarse, darse a entender, siquiera sea por alusiones remotas,

gestos mudos y palabras volanderas. Mas, porque no me importune

nuevamente la silueta magistral e imperiosa del admirable don Amaranto,

me doblegaré esta vez a seguir su pauta.

Recuerdo que, viviendo yo en la ilustre y veterana Pilares, vinieron a

visitar la urbe mis amigos madrileños Juan Lirio, pintor, y Pedro Lario,

que no sé lo que era; él decía que espenceriano. Les acompañé como

guía. Al llegar a la acrópolis, o parte alta de la ciudad, cuya calle

más antigua y señalada es la Rúa Ruera, Lirio dijo, haciendo

descompuestos ademanes de entusiasmo:

--¡Qué calle más hermosa!

--¡Qué calle tan horrible!--corrigió Lario, frunciendo un gesto

desabrido. Añadió:--¡Qué calle tan absurda!

--Por eso es hermosa.

--¿Lo absurdo es lo hermoso?... ¿Qué diría de esa opinión un griego,

para quien la belleza era el resultado más meticuloso y fino de la

lógica? El mundo es hermoso, pulcro, porque es lógico.

--En cuanto a la belleza de los griegos, te respondo que a la nariz, en

mármol de Paros, de una estatua, prefiero la nariz respingadilla y de

aletas palpitantes de esa chatunga que sube por la calle. Y en cuanto a

la belleza lógica del mundo, te respondo que me atraen más las obras del

hombre que las de la Naturaleza. Me gusta más una góndola que un

tiburón, y si me apuras, admiro más un cacharro de Talavera que el

Himalaya. En la Naturaleza, transijo mejor con lo caprichoso y absurdo,

o que tal parece. Una jirafa me divierte más que el terreno terciario.

--Has caído en contradicción. Prefieres la chata a la estatua; y la

chata es una obra de la Naturaleza. Prefieres la góndola al tiburón,

porque la góndola es obra del hombre.

--Sobre las obras de la Naturaleza pongo las del hombre, y sobre las del

hombre, la vida misma, y con preferencia la fuente de la vida: la mujer.

Pero concedo que me contradigo con frecuencia. ¿Y qué? Así me siento

vivir. Si no me contradijese y obedeciese a pura lógica, sería un

fenómeno de naturaleza y no me sentiría vivir. Las obras del hombre, y

más todavía las de arte, son estimables en la medida que se las siente

animadas de esa necesidad de contradicción, que es la vida. Esta calle

es hermosa y tiene vida, porque es contradictoria. Déjame que tome un

apunte de ella; no me voy sin pintarla. La única nota molesta y

detonante es aquella casa nueva y afrancesada.

--Te has mostrado al desnudo. Los pintores y los filólogos y eruditos

sois bestias de la misma especie, y me irritáis tanto los unos como los

otros. Unos y otros os alimentáis de vejeces. Os fascina lo caduco, lo

carcomido, lo apolillado. Entre un mamotreto momia y un gustoso tratado

de sociología, recién salido del horno, el filólogo y el erudito eligen

el primero. Entre un mancebo apolíneo y un vejete horrendo, de verrugosa

nariz, el pintor elige el segundo y disputa de buena fe que es más

hermoso pictóricamente. ¡Qué aberración! Pero hay algo que me exaspera

aún más. Y es que el erudito se figura que los libros no cumplen una

misión social de amenización y perfeccionamiento del espíritu, sino que

existen sólo para que él tome notas. Y el pintor se figura que las cosas

y los seres carecen de finalidad propia y utilidad colectiva, y que

existen nada más para que él tome apuntes.--A todo esto, Lirio se

ocupaba en dibujar la Rúa Ruera. Como no le atajaban, Lario

prosiguió:--He aquí esta calle absurda y odiosa. ¿Por qué se le ha de

denominar calle? Cada casa es el producto impulsivo del arbitrio de cada

habitante. No hay dos iguales. No se echa de ver norma ni simetría. Todo

son líneas quebradas, colorines desvaídos y roña, que tú quizá llames

pátina. Está, además, en una pendiente de 45°, losada de musgosas

lápidas de granito. Por ella no pueden subir carruajes, ni caballerías,

ni cardíacos. Soledad, soledad. El sol no penetra por esta angostura,

que parece un intestino aquejado de estreñimiento. Ahora tañen las

campanas de la catedral y nos atruenan. Probablemente están tañendo a

todas horas, desde esa mole hinchada, de alargado cuello, que gravita

sobre las prietas casucas, como una avestruz clueca que empollase una

nidada de escarabajos. ¿Y esto es una calle, una calle hermosa? Una

calle es una arteria de una ciudad, por donde deben circular la salud y

la vida. Ahora bien: la idea, el concepto de ciudad aparece cuando el

hombre comprende que por encima del capricho impulsivo de su arbitrio

personal están la utilidad y el decoro colectivos, el propósito común de

prosperidad, cultura y deleite, en los cuales participan por obligación

y derecho cuantos en la ciudad conviven. Antes de llegar a este punto,

el hombre arraiga en aldehuelas salvajes o posa en aduares nómadas. Mas

ya que el individuo se aplica a realizar el concepto de ciudad, es

decir, de un esquema, una estructura, con propósitos ideales, de la cual

él no es sino subordinada partícula, surge la ciudad helénica, arquetipo

de urbes, surgen la norma, el canon, la simetría, las calles soleadas,

regulares y homogéneas, las viviendas civiles de hospitalario pórtico e

inviolable hogar, los jardines, el mercado, el ágora, el templo

armonioso, que no esa catedral bárbara y campanuda.

--El bárbaro eres tú--interrumpió Lirio, mirando con ojos desdeñosos a

Lario--.¿De suerte que, para ti, una ciudad hermosa, una ciudad

civilizada, una ciudad lógica, es una ciudad regular y homogénea?

--Claro está.

--Si el hombre no pudiera dar de sí más que eso, la ciudad homogénea,

entonces holgaba que las especies hubieran evolucionado y ascendido

hasta fructificar en el género humano. Las abejas y los castores

construyen ciudades homogéneas.

--La ciudad de las abejas es la república ideal. Ya te he dicho que el

mundo es hermoso, es pulcro, porque es lógico; eso quiere decir la voz

mundo, _mundus_, si no me equivoco. Todo en el universo está sujeto a

maravillosa ordenación. Lo inorgánico se rige por leyes serenas, no

contingentes. Lo orgánico y zoológico, hasta el hombre, se atiene al

instinto, que procede siempre en derechura y sin dubitaciones. En

cambio, el símbolo del hombre fué el jumento de Buridán, que poseía una

vislumbre o premonición de inteligencia discursiva, y por esto mismo

murió de inanición entre dos montones de heno, dudando por cuál

decidirse. Antes de que las especies evolucionen y produzcan, el género

humano, antes del orto del hombre con su conciencia, la Naturaleza se

desarrolla en un sentido ideológico de coordinación y finalidad. Seres y

cosas ensamblan por algún modo sutil. La jirafa, ese animal que te

agrada, por absurdo, no es nada absurdo; tiene el cuello largo, para

poder alcanzar los dátiles de las altas palmeras. El tigre tiene

chorreada la piel para poder disimularse entre los cañaverales.

--Y las palmeras son altas--cortó Lirio--, porque la jirafa tiene el

cuello largo. Los cañaverales existen para que el tigre, confundiéndose

con el medio, adquiera una piel bonita. Esa calle existe para que yo la

pinte, porque la juzgo preciosa y porque me da la gana.

--Prosigo sin hacer caso de tus chocarrerías. El advenimiento del

hombre, con su inteligencia precaria, en medio de la Naturaleza, trae

aparejados el desorden, la discordia, las dudas y confusiones, en cuanto

a la finalidad. ¿Qué otra cosa es la inteligencia normal humana sin

tentación al desorden y torpeza de coordinación? Apenas levanta la

cabeza, el hombre trastrueca todo el bien concertado sistema de

finalidades con que el universo se sustenta en equilibrio, y él mismo se

erige centro del universo y foco de todas las finalidades. La finalidad

de todas las cosas reside en el hombre, dice el hombre. Pero, y el

hombre, ¿qué finalidad tiene? Comienza la era de lo absurdo. La lógica

humana, en su origen, es rudimentaria e ilógica, porque procede por

tanteos y no en derechura ni con seguridad. Débese ello a que durante

esta etapa el hombre anda buscando finalidades absolutas, en lugar de

coordinaciones experimentales y finalidades relativas; y todo porque

tiene miedo a la muerte, pusilanimidad desconocida en la Naturaleza

hasta el nacimiento de la conciencia humana. Cuando el hombre, por fin,

se limpia de niebla metafísica y se libra de superstición (que esta

palabra viene de _superesse_ y _superstare_, sobre ser, sobre estar,

sobrevivir, o seguir viviendo, y expresa el desdén irónico que sentían

los antiguos hacia los cristianos, que creían en la inmortalidad),

renuncia a escudriñar finalidades absolutas, confórmase con finalidades

concretas, naturales, biológicas, se perfecciona, se somete a la lógica

cósmica, supera el absurdo, obra con rectitud, simplicidad y eficacia,

como un mecanismo perfecto; vuelve a la Naturaleza.

Lirio va a interrumpir. Lario le contiene alargando la mano.

--Aguarda. Concluyo en seguida. ¿Qué es una ciudad, y dentro de una

ciudad, una calle? Una finalidad concreta; un lugar donde vivir de

asiento, con agrado y comodidad. El hombre ya manumitido de

supersticiones y que acepta con buena gracia los postulados biológicos,

trazará una vía ancha, en lugar llano, y edificará viviendas holgadas,

aireadas, luminosas, higiénicas, conforme a un patrón fijo y que mejor

provea en las necesidades domésticas. El conjunto será una calle lógica,

decorosa, bella. Contempla ahora ese callejón incongruente, hacinamiento

de zahurdas, que no viviendas, vergonzoso vestigio de tiempos ignorantes

y supersticiosos. Quienes levantaron esas casas no pensaban vivir en

ellas de asiento, sino de paso, de tránsito, mientras ganaban el cielo.

No les preocupaba el estar, sino el _superestar_, el sobrevivir en el

otro mundo. No les importaba la humedad, el mal olor, la falta de aire,

luz y agua, sino la salvación eterna. Todas las casucas se apretujan y

amontonan por ponerse en contacto con el torso de la catedral, o, cuando

menos, por situarse a la sombra de su torre. Sólo hay una casa decente:

esa de tres pisos, blanca y aseada, con miradores de hierro; ésa, en

cuyo piso terrizo hay una confitería, con su grande y llamativo rótulo,

que dice: «_L'Ambrosie des dieux; le plaisir des dames. Confisserie et

pâtisserie de René Colignon_.»

--¿Has concluído?

--He concluído.

--Pues voy a responderte, sin lógica, porque me revienta la lógica. La

casa esa blanca, yo la derruía, y a René Colignon lo ahorcaba de lo más

empinado de la torre de la catedral. Dices que el hombre es hombre

superior cuando se convierte en un mecanismo perfecto; vaya, cuando deja

de ser hombre. Pues yo no quiero ser hombre superior. No quiero

emanciparme de supersticiones. Quiero sentirme vivir; y no me siento

vivir sino porque sé que puedo morir. Amo la vida, porque temo la

muerte. Amo el Arte, porque es la expresión más íntima y completa de la

vida. Pongo el Arte sobre la Naturaleza, porque la Naturaleza, no

sabiendo que de continuo se está muriendo, es una realidad inexpresiva y

muerta. El árbol amarillo de otoño ignora que se muere; yo soy quien lo

sabe, cuando en un cuadro perpetúo su agonía. El Arte vivifica las

cosas, las exime de su coordinación concreta y de su finalidad

utilitaria: las hace absolutas, únicas y absurdas; las satura de esa

contradicción radical que es la vida, puesto que la vida es al propio

tiempo negación y afirmación de la muerte. Sólo las cosas vivas son

hermosas. Esa calle es hermosa, porque vive; es lo contrario de esas

calles inanimadas e inexpresivas que pregonas. Tú mismo has dicho que

las casas se amontonan, se empujan; buscan el abrigo de la catedral. Sí;

parece que las casas están dotadas de volición y de movimiento. Cada una

tiene su personalidad, su alma, su fisonomía, su gesto, su biografía.

Una medita; otra sueña; otra ríe; otra bosteza. Aquella casona de

sillares de granito, angostos y escasos huecos de románico diseño, gran

portón de arco apuntado y escudos junto al alero, es un señorón feudal

que se atreve a mirar a la Iglesia casi par a par y se mantiene

apartado de ella. Aquella otra casa solariega, de entrada barroca y

escudo blanquinoso, labrado no ha mucho, es un noble de ayer, y muy

afecto a la Iglesia, puesto que salen del portal dos dominicos de

abundantes libras. Luego vienen los burgueses, el estado llano, la

plebe. En aquella casuca amarilla, de entrada abismática, como el

orificio de una boca desdentada, galería de vidrios como antiparras, y

tejado redondo, negruzco y a trechos desguarnecido, como gorro

mugriento, vive, sin duda, un prestamista. Aquella casita cenceña y

larguirucha, con ventanas pobladas de macetas y pájaros, ¿qué ha de ser

sino la morada de una doncella talluda? Que un zapatero se asila en

aquel bajo, lo proclaman las dos disformes botas de montar que cuelgan

de sendas palomillas; y que el zapatero es persona de fantasía, se

desprende con evidencia del rótulo: «El Nenrod boscoso y equitativo.

Zapatería bilateral de Belarmino Pinto.» ¿A qué seguir? Ya he concluído

mi dibujo. ¿Qué opinas, Lario?

Lario examina el dibujo, y exclama, despojándose del sombrero, meneando

la cabeza y rascándose el colodrillo:

--La calle no puede ser más fea. El dibujo no puede ser más hermoso.

Puesto que ya la has perpetuado, ahora debían arrasar la Rúa Ruera.

CAPÍTULO III.

BELARMINO Y SU HIJA.

El Círculo republicano de Pilares estaba en la misma embocadura de la

calle del Carpio, adosado al caserón de los Jilgueros, dos hermanos

ricos, don Blas y don Fermín Jilguero, canónigos los dos, que habían

edificado aquella fábrica, alarde y amenaza a la vez, frente por frente

del mismo palacio episcopal. La intromisión del Círculo republicano en

la barriada eclesiástica traía muy desasosegados al obispo, a los

Jilgueros, a todo el cabildo y a la tropa menuda clerical que allí

avecindaba. Siempre que había reunión en el Círculo, salían los

asistentes lanzando gritos inflamatorios, cuando no blasfematorios. Por

fortuna, el Círculo tenía poca cabida. Componíase de un aposento, nada

holgado, con dos litografías por toda decoración, y seis sillas y una

mesa por todo ajuar, que el partido local había alquilado a la viuda de

un talabartero, furibundo federal en vida.

--¿Qué es la república? Un maremágnum, el ecuménico de los beligerantes,

el leal de la romana de Sastrea. Pero, sobre todo, abundo en lo del

ecuménico. Y si no, aquí estamos entre cuatro paredes...--Belarmino

Pinto, que era quien hablaba, se detuvo a escoger vocabulario adecuado

en donde escanciar la abundancia de su ideación.

--Pido la palabra para alusiones--dijo Carmelo Balmisa, un sastre muy

leído.

Belarmino se volvió para mirarle, sorprendido, casi asustado. Cada vez

que le sacudían de sus divagaciones y le sacaban del ensimismamiento

oratorio, exigiéndole atención hacia el mundo exterior, se le hacía más

violencia que si le metiesen las manos en los bolsillos y se los dejasen

vacíos y vueltos del revés. Tenía el rostro enjuto, extático, de

infantil dulcedumbre, estrecho en la mandíbula, elevado y espacioso en

la frente; los ojos negros, húmedos y llameantes: dos lenguas de fuego

flotando en óleo. Era un hombre joven aún.

--Yo soy el aludido--insistió Balmisa.

--¿El adulado?--preguntó Belarmino, esforzándose en descender hasta la

realidad externa.

--El adulado, no; el aludido--rectificó el sastre.

--Es lo mismo--respondió Belarmino, a punto de evaporarse nuevamente y

eximirse de las circunstancias en redor suyo--. Aludir es el dicho

vulgar, el material tosco. Adular es la forma confeccionada. La alusión

es siempre una adulación. ¿Te inclinas al dicho vulgar? Sea. ¿En qué te

he aludido?

--Has hablado de Sastrea. Asumo que es algo tocante a mi profesión de

sastre. Exijo que me interpretes la frasecilla completa, por si el

concepto es ofensivo. ¿Qué es maremágnum? ¿Qué es el ecuménico de los

beligerantes? ¿Quién es el leal de la romana de Sastrea? Me lisonjeo que

no has dado a entender que hay un enamorado de mi costilla, que es

Ramona, y no romana.

--¡Oh celebro vulgar!--exclamó Belarmino, resignado y abatido--. Tendré

que explicarme con palabras vulgares, para que te penetres. Maremágnum,

ello mismo lo dice, es el non plus ultra, lo mejor de lo mejor.

Ecuménico es lo mismo que reunión de conformidad. Los beligerantes, los

que están en contra. Leal, monta tanto como fiel. La romana es para

pesar. Sastrea, lo sabe cualquiera, es la señora que está pintada en la

Audiencia.

--Ahora comprendo; sólo que como eres tan misterioso...--insinuó

Balmisa, guiñando maliciosamente un ojo a dos testigos mudos, uno el

director de un diario republicano local, en donde colaboraba el sastre,

y otro un tendero de pasamanería, que se reían disimuladamente de

Belarmino--.Has querido decir que la república es un desiderátum, la

conciliación de los contrarios y el fiel de la balanza de Astrea.

--No lo he querido decir, sino que lo he dicho.

--Pero no te habíamos entendido.

--¿Has entendido a Salmerón, cuando vino a Pilares a pronunciar aquel

discurso?

--Me lisonjeo que sí.

--¿Del todo, del todo?

--Hombre, del todo....

--Pues Salmerón dijo lo que nosotros pensábamos; por eso él y nosotros

somos republicanos. Pero lo dijo de forma que sólo le podíamos entender

algunos; por eso es filósofo. Yo también soy aprendiz filósofo. Tú eres

un celebro vulgar.

--Me resigno. Ahora explícanos lo de las cuatro paredes.

--Eso es el ecuménico. ¿En dónde estamos? En una habitación. ¿Qué es

esta habitación? Un cuadrado. ¿Y qué es este cuadrado? Un círculo: el

Círculo republicano. La cuadratura del círculo. Por eso la república es

el ecuménico.

--¡Bravo! ¡Bravo!--gritaron el sastre, el periodista y el mercero,

desternillándose de risa.

Belarmino comenzó a exaltarse, ignorante ya de quienes le rodeaban.

--Nosotros estamos suscritos en este cuadrado.

--Por una cuota de dos pesetas mensuales--comentó el mercero.

--Somos círculos que estamos suscritos en un cuadrado.

--¡Ah! Inscritos--aclaró el periodista.

--Cada hombre es el centro de un círculo infinito, como dijo Pascual.

--¿Qué Pascual?--preguntó el sastre.

--Como no sea Pascal--sugirió el periodista.

--Aquel faro de la humanidad--prosiguió Belarmino, refiriéndose al

mentado Pascual--que aborrecía a los jesuítas, como nos dijo Salmerón en

su discurso. ¡Mueran los jesuítas!--gritó Belarmino, fuera de sí, puesto

en pie--. ¡Viva Pascual! ¡Viva Salmerón!--clamó, señalando una

litografía, color sepia, que colgaba de la pared y representaba al

aclamado--. ¡Viva la república!--señaló otra litografía iluminada, que

figuraba una señora gorda, con túnica tricolor, una antorcha en la mano

y a los pies un león y unas cadenas rotas--. ¡Muera la curia romana!

¡Muera el Tribunal de la Rota!

--Muérete tú de una vez, tontorontaina, adúltero, babayo, antes que nos

mates a todos a disgustos--chilló una voz mordaz, al tiempo que una

mujer, antes joven que vieja y nada fea, con la faz distendida, como una

Euménide, penetraba, vestida de huracán y desolación, en aquel círculo

que era un cuadrado, e iba a hacer presa sobre Belarmino. Era Xuantipa,

la mujer legítima del agudo, elocuente y fogoso zapatero. El nombre

Xuantipa provenía, por contracción, de Xuana la Tipa, alias o apéndice

adquirido por herencia paterna. Su progenitor Xuan, el Tipo, vinatero,

procedente de Toro, fué el primer usufructuario del dicho apéndice o

alias, y lo debía a que, estando irritado, y se irritaba a menudo,

amenazaba con quitar el tipo al _sursum corda_. Xuantipa se ataviaba a

la usanza, llamativa y gentil, de las menestrales: pañuelo de seda

amarillo al cuello, pañoleta de Vergara, de colores vivísimos, cruzada

al pecho y anudada a la espalda, falda de cretona azul, rameada en

blanco. Belarmino vestía a lo señor. El único signo de sus menesteres

profesionales era un delantal de piel, que llevaba arrollado bajo el

chaleco, habiendo dejado por descuido un ángulo fuera, al modo de mandil

masónico. Existía notoria incongruencia entre Belarmino y su mujer.

Xuantipa zamarreó a Belarmino y le arrastró por las solapas hacia

fuera. Belarmino miraba con gesto exculpatorio a sus amigos, como

diciendo: «Perdono; es una mujer inferior». Antes de salir, Xuantipa

apostrofó a los que quedaban:

--Pillos, que tomáis a este babayo de mona para reírvos.

Según bajaban las escaleras, Belarmino bisbiseaba, como si hablase

consigo mismo:

--Y esto un día, y otro día, y otro día....

--Lo mismo digo yo--replicó iracunda Xuantipa--; un día, y otro día, y

otro día, y jamás aprendes, babayo.

--Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignación, todo, menos

que me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres de

inmundicia.

Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a través de las acostumbradas

calles de amargura. Los chicuelos les seguían, a distancia prudente,

canturreando:

Hoy a la Xuantipa

le duele la tripa.

Monxú Codorniú,

lo pagarás tú.

La Xuantipa les arrojaba guijarros. Desparramábanse los pilletes, pero

volvían a poco con la cantata. Belarmino caminaba con talante digno y

admirable. Así llegaron a la zapatería. En la zapatería aguardaba a

Belarmino un caballerete. Xuantipa se perdió por una puerta de la

trastienda. Quedaron a solas el caballerete y Belarmino. Dijo el

caballerete, apuntando desdeñosamente con el bastón a un par de botas

que yacía sobre el mostrador:

--Belarmino, te devuelvo ese par de botas; no me sirven. Tú haces el

calzado sedicioso, republicano....

--Usted dispense, don Manolito. En mi profesión soy analfabético. Quiero

decir que, como zapatero, no tengo preferencias políticas, sino como

ciudadano. La ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas; por

eso es analfabética. Yo, lo mismo hago botas de monte y campo, que botas

de montar o zapatos higuelife. También confecciono calzado para

religiosos y sacerdotes; ahí ve usted, don Manolito.

--Esas botas no me sirven. Estoy decidido a encargarme el calzado fuera

de Pilares.

--¿Qué le vamos a hacer? Pero este par de botas...--murmuró Belarmino,

dando vueltas a una de ellas, y descubriendo consternado los desgastes y

quebrantos que la bota había padecido por el uso, evidentemente prolijo.

Añadió con timidez:--Están muy usadas.

--Por favorecerte, las he puesto un par de veces.

--Algo más--se atrevió a corregir Belarmino.

--Quizás media docena de veces. Cuando las recibí y las probé, vi que

no me estaban bien. Pero pensé: «¡Si se las devuelvo al pobre Belarmino,

creerá que es manía.» Y me las puse, para ensayar si se adaptaban al

pie. Imposible. Pues no conforme con esto, y porque me disgustaba

devolvértelas, ensayé otros días, no más de seis veces, hasta que, a

pesar mío, me convencí que no me sirven. Y todavía no me agradeces el

favor.... Temo que has perdido los papeles; pero, con todo, y antes de

encargar el calzado fuera, me resigno a que me hagas otro par, a ver si

esta vez aciertas. Ea, abur.

Y se fué.

Belarmino extrajo del cajón del mostrador un libro, que era un

diccionario de la lengua castellana, y con él bajo el brazo se sentó en

una silleta, cerca de una de las puertas de entrada.

--¡Eh, tú, Celesto! ¿Estás ahí?

De un ángulo de sombra surgió un rapacejo pelirrojo, como de doce años:

el aprendiz. Se acercó con la boca abierta.

--¿Tienes algo que hacer?

--Nada.

--No hay encargos, ¿verdad?

--No, señor.

--Pues saca de paseo a la neñina, hasta la plaza de la catedral, que da

el sol. Yo quedo aquí al cuidado.

El rapacejo penetró por la trastienda y volvió a salir en un momento,

con una criatura de unos siete años. Belarmino la tomó en brazos:

--¿Quieres a tu padre?

--Sí, quiero--respondió la preciosa chiquilla.

--¿Mucho?

--Mucho, mucho.

Belarmino y Apolonio · 第 2 / 17 段