He dicho más arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adj

BELARMINO Y APOLONIO

_NOVELA_

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

1921

PRÓLOGO

EL FILÓSOFO DE LA CASAS DE HUÉSPEDES

Don Amaranto de Fraile, a quien conocí hace muchos años en una casa de

huéspedes, era, sin duda, un hombre fuera de lo común, no menos por la

traza corporal cuanto por su inteligencia, carácter y costumbres. Algún

día quizá se me ocurra referir por lo menudo lo que hube de averiguar de

su vida, y sobre todo recoger por curiosidad sus doctrinas, opiniones,

aforismos y paradojas; de donde pudiera resultar un libro que si no

emula las _Memorabilia_ en que Xenofonte dejó reverente y filial

recuerdo de su maestro Sócrates, será de seguro porque ando yo tan lejos

de Xenofonte como don Amaranto se aproximaba, tal cual vez, a Sócrates:

un Sócrates de tres pesetas, con principio. Pero todo esto no conviene

ahora a mi propósito.

Cuando yo le conocí pasaba ya de los sesenta este varón extraordinario.

Había vivido veinte años en la misma casa de huéspedes, aquella en donde

yo di con él, y otros veinticinco en otras muchas casas de huéspedes. Es

decir, que se había pasado la vida en casas de huéspedes. La tal casa,

en donde al Destino plugo juntarnos pasajeramente, era repugnante de

todo punto. Pasé allí sólo dos meses, y eso porque la simpatía y

deleitoso magisterio de don Amaranto me persuadieron a dilatar mi

estada. Su irónica pedantería y pintoresca erudición me encantaban; pero

lo que más me movía a venerar a don Amaranto era el hecho de que hubiera

permanecido tantos años en semejante alojamiento, soportando como si tal

cosa, sin perder de romana en lo físico ni la ecuanimidad interior,

privaciones, entrometimientos, escándalos, desaliños, ponzoñas; en suma,

un trato miserable y homicida. Y es que había profesado pertenecer a las

casas de huéspedes, como a una orden religiosa, y hecho voto de pupilaje

perpetuo. Él mismo me lo declaró un día, de sobremesa. Digo de

sobremesa, que no de sobrecomida. Un detalle de las sobremesas de

aquella casa, es que no había palillos de dientes; no por razones de

economía, ni menos por escrúpulos de aseo y urbanidad, como es uso entre

anglosajones, los cuales consideran el acto de mondar las rendijas de la

dentadura como una necesidad de orden vergonzoso y clandestino, sino

porque no había ocasión, y por ende los palillos holgaban. Condumios y

viandas eran los primeros harto flúidos y las otras de estructura

demasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana, de

manera que no permanecía residuo alguno entre los dientes.

--En el Ática--me dijo aquel día de sobremesa don Amaranto, ostentando

didácticamente un tenedor de peltre, al modo de férula--se iba a buscar

la sabiduría al mercado o bajo el pórtico de Júpiter Liberador, donde

Sócrates, con palabra ligera y gesto sonriente, parteaba, como avezada

comadrona, el alumbramiento de las ideas; al huerto umbrátil de Academo,

donde Platón, de hombros anchos y labios melifluos, empollaba en las

almas jóvenes los alados anhelos con que volasen de lo sensible a lo

absoluto; en el Liceo, donde el seco Estagirita desmontaba en piezas la

máquina del mundo, y mostraba sus relaciones, ensambladuras y modo de

funcionar. En la Edad Media, los silos del saber de entonces y de lo

poco que de la antigüedad aún quedaba fueron los monasterios. Luego, la

ciencia se acogió a las universidades. En nuestros días, la mejor

universidad, el verdadero convento, el más cumplido liceo, el más

poblado huerto de Academo, y el más genuino trasunto del pórtico de

Júpiter Liberador y del clásico mercado, todo esto es, amigo mío, la

casa de huéspedes española, señaladamente la madrileña. La Naturaleza es

un libro, ciertamente; pero es un libro hermético. La casa de huéspedes

es un libro abierto. No se necesita sino saber leer, que es bien poca

cosa. Ahora, que para morar de por vida en casas de huéspedes, como para

profesar en una orden religiosa, necesítase asimismo una cualidad rara,

aunque no tan rara entre españoles: vocación ascética. En las casas de

huéspedes no cabe dar pábulo ni satisfacción a ningún linaje de

voluptuosidad o apetencia de la carne mortal. El español tiene la piel

tan recia, las entrañas tan enjutas y los sentidos tan mansuetos, que es

ya asceta innato y por predestinación; ninguna aspereza le mortifica y

apenas si hay placer sensual que apetezca, como no sea el genésico, y

ése en su forma más simple y plena, el cual así considerado, aunque el

vulgo ibérico lo denomine amor, y hasta el gran Lope de Vega escribió

que no hay otro amor que éste que por voluntad de natura se sacia con el

ayuntamiento de los que se desean, no es sino instinto y servidumbre,

común a hombres y bestias, con que cumplimos en la propagación de la

especie; en tanto el hombre, en sus placeres exclusivos, selecciona por

discernimiento, que no por instinto, el objeto o propósito hacia donde

se encamina, y perfecciona por educación los medios de alcanzarlo y el

arte de gustarlo. Un placer humano, aunque de la más baja jerarquía, es

el de la mesa. Los animales comen el alimento en crudo. El hombre hace

pasar el alimento por la cocina; lo condimenta, lo sazona, le infunde

sabores varios y sutiles. El buey come hierba ahora como en la edad de

piedra, y la rumia como entonces, sin haberle añadido complicaciones ni

gustos nuevos. En cambio, la ciencia y el arte culinarios son evolutivos

y perfectibles; en Maxim, de París, no se come como se comía en las

cavernas. Sí, amigo mío; el español es asceta _a nativitate_. Por eso en

España hay incontable número de conventos y casas de huéspedes, en los

cuales se perpetúan bodrios y condumios cavernarios, cuando no se apenca

con el alimento en crudo. Cierta vez me propuse acometer una

investigación científica de sociología comparada, y aun de etnografía,

tomando como tema y punto de arranque las casas de huéspedes en España y

en las naciones extranjeras. Después de prolijas experiencias y

estudios, llegué a este resultado inconcuso: la casa de huéspedes es

una institución típicamente española, algo así como la lidia de reses

bravas en coso, el cocido y el cultivo de las verrugas pilosas con fines

estéticos. Entre el _boarding-house_ inglés, la _pension de famille_,

francesa o suiza, la _pensione_ italiana, la _pensionshaus_ alemana y la

casa de huéspedes madrileña, hay tanta semejanza como entre el Támesis,

el Sena o el Tíber, de una parte, y de otra el Manzanares; y en este

parangón le corresponde el papel de Tíber, Sena o Támesis a la casa de

huéspedes, claro está. El _boarding-house_ inglés es un pequeño museo de

figuras de cera, un número del _Punch_, un breve repertorio de

caricaturas, ya que los britanos, casi sin excepción, condúcense

socialmente con fría y cómica simplicidad y rehuyen efusiones e

intimidades. La pensión suiza, una cantina de estación; todos están de

paso y ausentes entre sí. La _pensione_ italiana, alhóndiga de

interjecciones y de lugares comunes artísticos («¿han visto ustedes ya

_La Primavera_, de Sandro Boticelli? ¡Ah!», exclama una pintora sueca,

de volumen ciclópeo, en tanto ingurgita, con remilgo y primor,

cucharadas de _minestrone_. «¡Ah!», repite un yanqui de pecho abultado,

como palomo buchón, que tiene voz de barítono y está adoctrinándose en

el _bell canto_, con miras económicas, por ver de ganar tanto como

Caruso. «Pues, ¿y los frescos del Giotto? ¡Oh!», interpone una provecta

dama rusa, que tiene ante sí un libro de Ruskin, abierto y apoyado sobre

una panzuda botella de _Chianti_); vivero de filisteos estetas, de

fementidos émulos de Apeles y Fidias y de presuntas estrellas

operáticas, que con aullidos y fermatas martirizan al huésped sosegado e

inofensivo. La _pensionshaus_ alemana, reducido _pandemónium_, o sea,

lugar consagrado al culto de la democrática Afrodita tudesca, de cadera

copiosa y relevado seno. Algunas pensiones familiares francesas

justifican, en efecto, su título, mediante ciertas virtudes y todos los

defectos de la vida familiar, y conservan la mesa única, la mesa

redonda, que en la casa de huéspedes española es de rigor. En todos

aquellos hospedajes y albergues forasteros no niego que se aprende algo;

pero ese algo es anecdótico, superficial, inconexo, al modo de las

monografías de la ciencia experimental. Mas la casa de huéspedes es

enciclopedia de las ciencias, es _summa_, es biblia. Hace ya no pocos

lustros, durante mi noviciado como pupilo de casa de huéspedes, entablé

pronta amistad con otro pensionista, estudiante de medicina, quien

primero suscitó mi curiosidad hacia los misterios hipocráticos y luego

me inició en ellos. Con él asistí a un parto, en San Carlos. Hay dos

espectáculos que el hombre debe presenciar alguna vez: uno es la salida

del sol; otro es un parto. El primero nos enseña a respetar la idea de

Dios; el segundo, a respetar a la mujer. Creo que la razón de que en los

matrimonios españoles no se acate lo debido a la mujer estriba en que es

uso entre comadrones y comadronas impeler y aun constreñir al padre a

que permanezca fuera del recinto en donde se verifica el doloroso

misterio. De esta suerte, el marido ignora por qué la maternidad es

sacramento, martirio y santificación. La mujer, advierte San Agustín,

_nisi mater, instrumentum voluptatis_; o vemos en ella la madre, o nos

rebajamos a tomarla como mero instrumento de voluptuosidad. Cuando

sucede esto último y del misterio de la maternidad el hombre no hace

cuenta sino de los fugitivos instantes de epilepsia que acompañan a la

cópula, al acto de engendrar y concebir, entonces el esposo envilece a

la esposa, y ¿cómo ha de respetar aquello que envilece? Prosigo. Estudié

bastante tiempo la medicina, libremente y conforme mi arbitrio. Desde

aquel punto, siempre he estado suscrito a alguna revista médica. Lo

primero es el conocimiento del hombre físico, de la máquina deleznable y

complejísima con que sentimos y pensamos. Las ideas, aun las más puras,

son evaporaciones biológicas, vahos de la carne efímera; son como las

nubes, que parecen nacidas del firmamento y exentas de la grave

jurisdicción terrena, no obstante que de la tierra se desprenden y a la

tierra tornan, y al volver la fecundan. Merced a otros muchos

pensionistas y accidentales compañeros de hospedaje, fuí interesándome

y adoctrinándome en las varias disciplinas y actividades del saber. En

una ocasión cayó por mi misma casa de huéspedes un teutón, aprovechado

como todos ellos, que buscaba aprender en vivo y por obra de práctica

asidua el castellano. «Tate, pensé; tú aprenderás mi habla, pero yo

aprendo la tuya», como así fué. El griego me lo enseñó un opositor a

cátedras, y muy rápidamente, con gran sorpresa mía. Abundante copia de

opositores a cátedras conocí, que me sirvieron de maestros. Existe en

España una rara profesión: la de opositor a cátedras. Hay individuos,

talludos ya, y aun valetudinarios, que no son ni han sido otra cosa que

opositores a cátedras. Esto se explica porque en España se conceden las

cátedras por amistad, parentesco o bandería, antes que por mérito; de

donde se aprende más y mejor de los opositores que de los mismos

catedráticos. No le fatigaré a usted con la relación meticulosa de lo

que he aprendido y me figuro saber. Porque, al cabo, el saber poco o

mucho, ¿de qué sirve? Cada ciencia, de por sí, es una abdicación al

conocer íntegro, gesto de cansancio, tácita admisión de pequeñez e

ignorancia, actitud de obligada humildad. El sabio se ha dejado colocar,

como caballo que va de jornada, orejeras a entrambas sienes, por no ver

sino lo que tiene delante de las narices. El universo es coordinación de

infinitos fenómenos heterogéneos. Cada ciencia, en cambio, se conforma

con añascar enteco troje de fenomenillos homogéneos, y obstínase en no

admitir que de fuera, aparte, por debajo y por encima de ellos, exista

realidad alguna. La edad científica sigue a la edad teológica. Es decir:

cuando la humanidad, tras de haber imaginado penetrar el sentido de la

vida y la muerte y tener asido el orbe entre las manos, como un niño una

pelota, volvió sobre sí y, con maravilla y espanto, descubrió que todo

había sido ensueño e ilusión, que la vida no tiene sentido ni el orbe

consiente que se le abarque; en aquel trance lastimoso, que fué algo así

como una almoneda en donde se desbarató el hogar y menaje de los dioses,

algunos individuos remataron a bajo precio tales y cuáles trastos de la

almoneda, que, aunque apolillados y claudicantes, todavía duran y se

utilizan, y otros individuos, muy contados, más propensos a la

desesperanza y al tedio, volviéronse de espaldas al cielo, ya vacío y

desalquilado, humillaron los ojos hacia el suelo, y aplicáronse a reunir

por semejas hechos minúsculos, no de otra suerte que un desocupado, por

pasatiempo o ansia de olvido, se emplea en coleccionar objetos

inservibles; y así se fué formando cada una de las ciencias

particulares: que no es otra cosa una ciencia sino colección, jamás

completa, de sellos usados o cencerros de vaca. Antes, en la edad

teológica, el hombre se había acostumbrado a la presencia de lo absoluto

en cada realidad relativa; el mundo estaba poblado de mitos; la esencia

de los seres flotaba en la superficie, como la niebla matinal sobre los

ríos; y el conocimiento íntegro se ofrecía al alcance de la mano, como

la frambuesa de los setos. En un árbol, si era laurel, un antiguo veía a

Dafne, sentía el contacto invisible de Apolo, y empleaba las hojas para

guisar y para coronar los púgiles y los poetas. ¿Qué más necesitaba

saber? En la edad científica un solo árbol se multiplica en tantos

árboles como ciencias, y ninguno es el árbol verdadero. El botánico le

pone un mote; el matemático le da ciertas dimensiones, en relación con

la circunferencia del ecuador, ¡atiza!; el arquitecto lo considera como

una viga maestra; el ingeniero naval, como una cuaderna o un mástil; el

telegrafista, como un poste de telégrafos; el economista, como un valor

cotizable; el ingeniero agrónomo, como un orden de cultivo; el médico,

como una especie terapéutica; el químico, como una retorta en cuyo seno

se efectúan ciertas reacciones; el biólogo, poco menos que como una

persona; y así sucesivamente. La mosca tiene la retina tallada en

millares de facetas, con que ve lo externo reproducido en millares de

imágenes. Leí en un ensayista francés: «¡Quién poseyera la retina de la

mosca! ¡Qué formidable panorama de la creación le ha sido otorgado a la

mosca y negado al que llamamos rey de la tierra!...» Pues con penetrar

un poco en todas las ciencias, así puras como aplicadas, se descompone

al punto una imagen en millares de imágenes, como ya he esbozado en el

paradigma del árbol. Y la familiaridad con las ciencias y subsecuente

visión por miríadas de imágenes se obtiene profesando, por vocación y

con fe, en una casa de huéspedes. «La verdadera universidad de nuestros

días--asentó Carlyle--es una biblioteca.» Si Carlyle hubiera sido

español, habría dicho casa de huéspedes, que no biblioteca. Pero, ya que

uno es docto en toda ciencia y mira el objeto en todos sus visos y desde

todos los sesgos, ¿es esto saber más, ni siquiera saber algo? Eso es dar

vueltas en un tío-vivo, alredor de un objeto. Frontera a mí, en la mesa

redonda, come una linda muchacha. Yo cabalgo un paquidermo del tío-vivo

imaginario y científico, y me lanzo a observar la hermosa criatura,

girando en torno de ella. Comienzo a observarla en un soslayo o escorzo,

el fisiológico. Penetro la arcana alquimia que se está operando en su

estómago a tiempo que deglute; sé cómo las proteínas, grasas y

carbohidratos, almidones y azúcares de los alimentos que delicadamente

va introduciendo en el precioso estuche de su boca se truecan al final

en tejido orgánico; y no quiero profundizar más en estas observaciones

entrañables, porque llegaría a términos lastimosos. Hago un cuarto de

rotación sobre el giratorio paquidermo, y ahora observo a la niña desde

otra perspectiva: la filológica. Por ciertas voces y matices

ortológicos, sé, con certidumbre, que esta muchacha es galaica, y

precisamente de Mondoñedo. Como por encantamento, la niña acaba de decir

que es de Mondoñedo y nacida en agosto. Mi paquidermo da un bote hacia

adelante, y ya estoy en otra línea de observación: la de los horóscopos

y astrologías, que es ciencia no por olvidada menos respetable. Esta

joven, como nacida en agosto (Napoleón Bonaparte nació en agosto), es

apasionada, ardiente, muy proclive a gratificar la Venus, dicharachera,

y debe cuidar de los dolores de cabeza (Napoleón no consumó la batalla

de Borodino porque aquel día le aquejaba una fluxión nasal). Si yo fuera

joven, no seguiría adelante, porque ¿qué vale toda la ciencia ante estos

dos hechos tan sencillos: que esta joven es bonita y que se rinde a

ciertas proclividades? Pero, puesto que si no senil soy senescente, me

sobrepongo a las flaquezas de la carne, completo el giro y examino a la

muchacha desde los cuatro puntos cardinales. A la postre, estoy donde

estaba. ¿Qué he conseguido saber sobre esta muchacha? Nada. Nada. Nada.

En cambio, si es vecina de mi aposento y a través del frágil tabique la

oigo suspirar, reír, llorar, sé que está triste, que goza, que sufre.

Otro día cojo al vuelo una frase; otro, percibo todo un diálogo; otro,

hablo con ella y la guío con sutileza a que me confíe algún secretillo;

otro, completo lo que ella me haya dicho con lo que otros me comuniquen

acerca de ella misma; y así, poco a poco, he llegado a conocerla en

puridad, porque he entrado en su drama. Cada vida es un drama de más o

menos intensidad. Cada vida es, asimismo, una sombra inconstante y

huidera. ¿Recuerda usted la alegoría de la caverna, de Platón? Pues es

preciso ir todavía un poco más allá; los que Platón pone aherrojados en

la caverna no son cuerpos materiales, sino sombras, pero sombras

dramáticas y atormentadas; y lo que sobre el muro ven, sombras de

sombras. Eso es una casa de huéspedes: la caverna de las sombras. Por

estas penumbrosas estancias circulan sin cesar nuevas sombras y más

sombras, vidas y más vidas, dramas y más dramas. Se me dirá que lo mismo

sucede en los hoteles, en las calles, en los ferrocarriles, dondequiera

que se congregan las gentes. Y es verdad. Sólo que en aquellas partes la

sombra y el drama pasan sordamente, aisladamente, disimuladamente, sin

comunicarse, en tanto en la casa de huéspedes, la obligada familiaridad,

que comienza en la mesa redonda, solidariza a esas sombras efímeras y

quebranta los sigilos del drama individual. Le digo a usted que, a

veces, extendiendo la mirada sobre mis vecinos de mesa, cuyos dramas

privativos se me presentan al pronto con escénica plasticidad, y

elevándome a seguida, y como que a pesar mío, a contemplarlos

filosóficamente, _sub specie aeterni_, como sombras inconsistentes y

efímeras, me acomete un escalofrío patético, me dan ganas de llorar y

soy capaz de tragarme, sin parar atención y como si fuese un plato de

natillas, la empedernida chuleta que me han servido. Para elevarse al

concepto y la emoción del bosque, o alongarse de él y tomarlo en

conjunto, o sumirse dentro de él; en las lindes y a corto trecho, los

árboles estorban ver el bosque. Para ascender al concepto y la emoción

de la vida, o situarse en el punto de vista de Sirio, como hace el

filósofo, o zambullirse, con todas las potencias, en los dramas

individuales. El drama y la filosofía son las únicas maneras de

conocimiento. Y aquí, en estos cavernosos senos de la casa de huéspedes,

están las fuentes del conocimiento. La cuestión es alumbrar el manadero.

A través de las casas de huéspedes ha pasado toda la historia de España

del siglo XIX. Sí, señor, sí; la historia de España del siglo XIX es una

historia de casa de huéspedes. ¿Qué le vamos a hacer? No crea usted que

la historia de las demás naciones cultas en el siglo XIX es muy superior

a la nuestra. Aquí y acullá, y en todas partes, la historia del siglo

XIX es la historia de la clase media--clase media más rica y culta allá,

más miseranda y cerril acá--; la historia de una época de libertad

anárquica, la libertad de explotación; torbellino de átomos insensatos e

incoherentes; época egoísta y brutal, que pensó suprimir el dolor

fingiendo ignorar que lo hubiese, y alardeó de _apreciar_ las ideas y la

belleza porque las avillanó y sometió _a precio_ cotizable en el

mercado, como cualquiera otro artículo de comercio; época, en fin, en

que el negociante venció y aniquiló al filósofo y al poeta.

Jamás olvidé aquella sesuda y graciosa disertación de don Amaranto sobre

las casas de huéspedes. Después de separarme del señor de Fraile,

recorrí algunos de estos heteróclitos albergues, hasta que posé

definitivamente bajo los hospitalarios Penates de doña Trina, cobijo

llevadero por la abundancia, ya que no por la delicadeza de bastimentos,

y, sobre todo, lugar ameno, si los había, a causa de la afluencia de

gentes de todo estado, edad y condición: sacerdotes, toreros, políticos,

tahures, comerciantes, covachuelistas, militares, estudiantes,

labriegos, inventores, pretendientes, petardistas; ingredientes y

rebabas del revoltiño social, que allí se mezclaban desde todos los

rincones de Iberia. Por sugestión del excelente don Amaranto, me había

acostumbrado a tomar las diversas casas de huéspedes, por donde

transité, al modo de tiendas, con sus existencias, tal cual abastecidas

de dramas individuales, metido cada cual en su paquete y cuidadosamente

atados con bramante. No había sino desatar el bramante y desenrollar el

paquete. Si aquellas casas eran tiendas de menguado surtido, la de doña

Trina destacaba al modo de vasto y rico almacén, con géneros únicos de

fabricación única. Verdad que no se podía sacar sino el género; luego se

exigía cierta diligencia para darle hechura. En aquel almacén de dramas

empaquetados se desenvolvió ante mí, y hube de palparlo, el drama de

Arias Limón y sus hermanas, que luego di a la estampa, para

entretenimiento de distraídos y ociosos[1]. Me rozaron, asimismo, otros

muchos dramas, que se han perdido en el río de sombras y es probable que

nunca aborden a una orilla. Pero hoy me siento en humor de salvar del

olvido un drama semipatético, semiburlesco, de cuyos interesantes

elementos una parte me la ofreció el acaso, otra la fuí acopiando en

años de investigación y perseverante rebusca. Por eso, lo considero casi

como obra original mía.

[Nota 1: _Prometeo. Luz de domingo. La caída de los Limones._ Tres

novelas poemáticas de la vida española.]

CAPÍTULO PRIMERO.

DON GUILLÉN Y LA PINTA.

Un Martes Santo, a la comida del mediodía, apareció en la mesa un

huésped inédito: un sacerdote prebendado. Si me cruzo en la calle con

él, o le hallo frente a frente en un tranvía, o come vecino a mí en una

fonda de estación, apenas si me hubiera molestado en resbalar sobre él

la mirada. Pero estábamos en la mesa redonda de una casa de huéspedes.

Tenía razón el excelente don Amaranto. No sólo yo, todos los demás

comensales nos aplicamos a escudriñar, descarados, en nuestro flamante

sacerdote, como cumpliendo una obligación. El resistía con indiferencia

la curiosidad ambiente. A los toreros, a los cómicos y a los curas no

les desazona la curiosidad ni les desconcierta la mirada fija, como

habituados a ser foco de la atención en el ruedo, la escena y el

púlpito.

He dicho más arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adjetivo que

mejor le cuadrase. Parecía un santo de cartón piedra, recién salido de

los moldes y acabadito de pintar. La sotana de merino lustroso, como

barnizado; el vivo del alzacuello, una pinceladita de morado ardiente,

casi carmín; el afeitado de bigote y barba, color violeta y azulenco

pálidos; el resto del rostro, rojo vehemente y bruñido; los ojos,

profundos y negros. No tendría arriba de los cuarenta años, si llegaba.

Superada esta primera e insulsa impresión de santito alfeñicado, de la

fisonomía del sacerdote emanaba un no sé qué de personal y sugestivo.

El rojo de sus mejillas era patológico; debía de padecer del corazón.

Como era guapito y harto joven para la dignidad eclesiástica que

ostentaba, quizás algún malicioso presumiese que la había alcanzado

mediante el favor de las omnipotentes faldas. Pero, de otro lado, nada

se insinuaba en él que trascendiese a _homme aux femmes_ ni a Periquito

entre ellas. No delataba el aplomo del cura conquistador ni el hipócrita

y meloso encogimiento del curilla faldero. Si acaso el favor de las

damas le había encumbrado, sería, probablemente, sin él haberlo buscado

con singular empeño. Así cavilaba yo, entre la sopa y el cocido.

Doña Emerenciana, una viuda vejancona que, a falta de galanes más

lucidos, se pasaba la vida persiguiendo a Fidel, el mozo de comedor,

veíase que se despepitaba con la proximidad del canónigo, y fué la

primera en dirigirle la palabra:

--¿Verdad que en este Madrid hace demasiado calor, y eso que estamos

todavía en abril? Usted vendrá de sitio más fresco, don... ¿cómo se

llama usted?

--Me llamo Pedro, Lope, Francisco, Guillén, Eurípides; a elegir--dijo

con voz robusta, de timbre grato; llana, atrayente sonrisa.

Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba a

decidir si la respuesta era en serio o en chanza.

--¡Qué chistosísimo!--exclamó, optando por la chanza.

--No, señora; no es chiste--replicó el sacerdote.

--Pero, ¿Eurípides es nombre cristiano? Si lo es, vendrá de la provincia

de Palencia, que es donde ponen los nombres más estrambóticos.

--No, señora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que me

bautizó no se había enterado. Si a mí me canonizan, entonces habrá un

San Eurípides: el primero.

--¡Qué chistosísimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a

Dios.

--Caprichos de mi padre, que era autor dramático y zapatero, o zapatero

y autor dramático, según el orden de prelación que usted prefiera. Todos

mis nombres lo son también de famosos dramaturgos de otros tiempos:

Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla....

--De ese Zorrilla, autor del _Tenorio_, algo oí hablar cuando era

niña--interrumpió doña Emerenciana.

--Guillén de Castro--prosiguió el canónigo, sonriendo siempre--,

Eurípides....

Y como sobrevino una pausa, doña Emerenciana saltó:

--¿Eurípides qué?

--Eurípides López y Rodríguez--respondió el canónigo, con espetada sorna

esta vez.

--Se ve que era de familia humilde--comentó doña Emerenciana--. Y bien,

¿con cuál de los nombres hemos de llamarle?

--Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera.

--Pues prefiero don Guillén.

--Es el que suelen preferir las señoras--dijo don Guillén, con dejo

satírico.

--Por mi parte, si usted me lo permite, le designaré como señor

Eurípides; me sabe a república--entró a decir don Celedonio de Obeso,

ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, un

zoquete.

En la mesa de casa de doña Trina no podía faltar un republicano

acreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partido

republicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita,

como ubre de cabra.

--Como usted guste--respondió don Guillén espontáneamente.

Antes de concluir la comida, don Guillén se había granjeado la confianza

y la simpatía de todos; y a tal extremo llegó la confianza, que don

Celedonio se atrevió a dispararle a boca de jarro esta pregunta:

--¿Cree usted en Dios?

--¿Cree usted en la república?--interrogó a su vez don Guillén, sin

inmutarse.

--Como republicano que soy.

--Yo, como sacerdote que soy, soy creyente.

--Ninguna persona inteligente cree en Dios.

--Yo he conocido personas inteligentes que me decían: «Ninguna persona

inteligente cree en la república.»

--Pues los cristianos primitivos--dijo el señor De Obeso, rebajando el

tono y batiéndose en retirada--eran republicanos.

--Eran más; eran anarquistas. Pero, en fin, así como aquellos

cristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de república,

bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea de

república, llegar a la de Dios.

--Para ese viaje no necesito alforjas--concluyó don Celedonio; y don

Guillén le rió cordialmente la gracia.

Es de advertir que durante el diálogo anterior don Guillén no había

puesto en sus réplicas acritud, ni fuego polémico, ni aire de desdén.

Con esto, nuestra simpatía hacia él se robusteció. Al salir del comedor,

don Celedonio murmuró a mi oído:

--Es un tío juncal. Así me gustan a mí los presbíteros.

Después de la comida, supe que don Guillén era lectoral en la catedral

de Castroforte, y que venía a predicar los sermones de Semana Santa en

la capilla del Palacio Real. De seguro era un pico de oro.

El hospedaje de doña Trina lo patronizaban tantos pupilos y huéspedes

flotantes, que no bastando para contenerlos el amplio y profundo piso

de la calle de Hortaleza, como si dijéramos la metrópoli hospederil, la

señora había alquilado otros cuartos, al modo de colonias, en los

aledaños y calles contiguas, uno de ellos en la calle de la Reina, que

es donde yo tenía mis aposentos. Apunto este pormenor para dar a

entender que quienes se alojaban en las colonias gozaban

consiguientemente de mayor libertad, especialmente de noche, que los de

la metrópoli. En las horas nocturnas, tales calles y callejuelas eran

por aquellos tiempos lonja de contratación pública de mercenarios

deleites y lugar asiduo de feas prostitutas y chulos marchosos. Antes de

llegar a mi vivienda era fuerza que atravesase por entre el

multitudinoso ejército de ocupación, recibiendo continuos dardos

meretricios y padeciendo asechanzas y requerimientos, así orales como de

hecho, puesto que alguna se asía de mi brazo; de manera que, por zafarme

de estorbos y reponerme de la fatiga, solía yo algunas veces acogerme a

un cafetín, que era donde las individuas vivaqueaban, y allí convidaba a

las que más me atosigaban, con que las dejaba mansas, nutridas y

satisfechas. Como me inspiraban dolor y lástima, las trataba siempre con

benignidad. Convengo en que la prostitución es una grande y hedionda

úlcera. Pero, ¿qué culpa tiene la úlcera por pertenecer a un cuerpo

corrompido, cuyo es manifestación franca y fatal resultado? Donde todo

está prostituido, la prostitución femenina casi es loable, porque es un

síntoma claro. Con frecuencia, y ya que estaban apaciguadas, dilatábame

largo rato en el cafetín departiendo con las desdichadas, y del coloquio

extraía provecho espiritual, puesto que la compasión, a que me movían,

es un depurativo del alma; y también observaba los tipos, casi todos

estrafalarios, que concurrían en el antro. Atrajo desde el principio mi

curiosidad una mujer agraciada, paciente, trigueña, sin adobos ni

rosicleres como las otras, que estaba siempre sola e inmóvil en un

ángulo, ante sí un vaso de recuelo, que jamás se llevaba a la boca. Se

parecía a una virgen de Rafael, algo ajada. Como una noche la mirase

largamente, la Piernavieja, la unidad más alharaquienta y ofensiva del

ejército de ocupación, conocida por aquel remoquete a causa de renquear

un poco, me dijo:

--¿Qué miras; aquella panoli? Es Angustias, la Pinta. Está con el

Tirabeque, un golfo y fullero, que la tiene aquí hasta que pasa a

recogerla de madrugada.

--Convídala a que venga y tome algo--dije a la Piernavieja.

--¡Eh!--gritó la Renca--. Tú, la Pinta, que este señorito te convida.

La Pinta, ruborizada, se excusó. La Piernavieja insistió en balde.

--Y eso de la Pinta, ¿es mote?--pregunté.

--Quia; es su verdadero nombre. Se llama así, Angustias Pinto. También

es capricho conservar la filiación natural en este negocio. Es una

simple que no sirve _pal_ caso.

Poco a poco y noche tras noche fuí entablando amistad con la Pinta. Era

una mujer dulce, triste y reconcentrada, o, según el tecnicismo de la

Piernavieja, una simple que no servía _pal_ caso. Apenas se comunicaba.

Una noche me dijo que tenía poco más de treinta años; aparentaba menos

de treinta. Otra me declaró el lugar de su nacimiento: la ciudad de

Pilares. La noche--bien lo recuerdo--de aquel Martes Santo en que el

canónigo encendido y campechano surgió en la casa de huéspedes, la Pinta

se mostró sobremanera comunicativa.

--Mi padre era zapatero y otra cosa, que él decía filósofo bilateral.

Como he oído, siendo niña, estas palabrejas tantas veces, no se me han

borrado de la memoria. Los profesores de la Universidad venían a oírle

al cuchitril en donde vivíamos. Mi madre, que tenía mal carácter, decía

que mi padre era un zángano, y que los que venían a oírle le tomaban el

pelo. Pero mi padre es un santo.

Involuntariamente pensé en don Pedro, Guillén, Eurípides, hijo de un

zapatero y autor dramático. Prosiguió la Pinta:

--A mí me perdió un cura.--Estaba con la cabeza baja y el pensamiento en

lejanía.

--¡Pillo!--murmuré, a pesar mío.

--No, no era un pillo--corrigió la Pinta, volviéndose a mirarme con

gesto dolido--. No era cura todavía; seminarista nada más. Quería

casarse conmigo. Nos escapamos. El padre de él le cogió. Mi madre no

quiso admitirme en casa. Después, claro está.... Estoy segura que mi

novio sigue queriéndome. La cosa fué, ¿sabe usted?, que su padre no

podía ver a mi familia. ¿Qué habrá sido de Perico?

--¿Se llama Perico?

--Sí, Perico Caramanzana. ¡Y qué bien le iba el nombre! Tenía la cara

fresca, coloradina y alegre, como una manzana.

--¿Por eso le decían Caramanzana?

--Es su verdadero apellido. El padre se llamaba Apolonio Caramanzana. Le

habrá oído usted mentar. ¡Ah!, era el mejor zapatero de España. Iban a

hacerse el calzado con él hasta los señores de Bilbao y de Barcelona.

Además, componía dramas.

Aquella noche salí bastante preocupado del cafetín. Me acosté y tardé en

dormirme. Oí en la habitación de al lado un carraspeo seguido de un

poderoso suspiro. Era la voz de don Guillén. Se me ocurrió una idea

diabólica: «Si yo mañana por la noche trajese a la Pinta y la hiciese

entrar en la habitación de don Guillén». Me dormí dando vueltas a

aquella idea.

Al día siguiente, día de vigilia, don Guillén no se sentó a la mesa.

--¿Qué le sucede al señor Caramanzana?--inquirió la viuda vejancona, que

ya se había enterado del apellido del canónigo.

--No come hoy, porque está algo delicado del estómago--respondió

Fidel--. ¿No vió usted el color arrebatado que tiene?

--Será pirosis--entró a decir don Celedonio--.Todo el clero y las

órdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidas

suculentas y de las bebidas alcohólicas.

--Calle usted, herejote--amonestó doña Emerenciana, amenazando con el

abanico.

--Y a propósito, Fidel; no habrás olvidado mi encarguito. Le habrás

dicho a la señora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la

vigilia, y en estos santos días de Semana Santa quiero comer carne y

pescado. Yo promiscuo, o promiscúo, que no sé a ciencia cierta cómo se

pronuncia--dijo don Celedonio.

--¡Jesús, María y José! ¡Qué Judas Iscariote! Más vale que don Guillén

no haya acudido a la mesa, porque le abochornaría esa abominación.

A todo esto, Fidel, el mozo, se reía cazurramente.

Terminada la comida, salí de la metrópoli y me encaminé a mi colonia.

Como cosa de veinte pasos delante de mí iba Fidel, conduciendo una gran

bandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adonde

daba mi habitación.

--Psss...--bisbiseó Fidel, requiriéndome con cabezadas a que me

acercase más--. Levante usted el mantelillo.

Levanté una punta. Descubrí abundancia de guisos y viandas, entre

otras, un opulento trozo de _roastbeef_.

--Es la comida de don Guillén--indicó el camarero--. Si no promiscua, o

promiscúa, que yo tampoco sé cómo se pronuncia, al menos come de carne.

En esto, se abrió la puerta de don Guillén, y él mismo, en persona,

destacó por obscuro sobre el cuadro de grisácea luz, sorprendiéndome en

vergonzosa y vergonzante fisgonería. Estaba vestido de paisano, revuelta

la pelambre, que, embebiendo el claror, le hacía halo en torno a la

cabeza. Llevaba zapatillas de marroquín rojo. Estos dos pormenores me

hirieron como notas agudas en los segundos de suspensión y silencio a

que nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos.

--Pasen ustedes; pase usted--particularizó, dirigiéndose a mí. Obedecí,

no recobrado aún de la sensación humillante--. Siéntese usted--me instó.

Quise disculparme y salir. El canónigo añadió, con tono que yo

interpreté como implorante:

--¿No me concederá usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco de

compañía?

La súplica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me senté

junto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unos

lentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faena

intelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario,

una fotografía de mujer, que me incliné a mirar discretamente. Parecía

una virgen niña de Rafael, de las de su época umbriana.

--Pon aquí la comida, Fidel. ¿Has traído vino? Llévatelo. Tengo yo vino

algo mejor.--Y torciendo la cabeza hacia mi lado:--¿Qué mira usted, el

marco? Es un relicario del siglo XV, una joya.

--No; miraba el retrato.

--Es una hermana mía que desapareció.

--¿Que desapareció?

--Que se perdió en la sombra.

--¡Ah! Se murió...--indiqué de manera dubitativa, empujándole a que se

clarease.

--Hace algunos años.--Y después de una pausa:--Tomará usted una copita

de coñac.

Sacó una botella de coñac viejo y otra de bon vino, de un maletín de

piel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clérigo. Se sentó

a comer. Cuanto más le miraba, menos me parecía un cura y más un hombre

de mundo.

--Por obra del acaso--dijo, a tiempo que comía despacio--, me ha

sorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, al

hallarle a usted....

--Fisgando--interrumpí--; pero a instancias del mozo, y sin presumir de

qué se trataba.

--¿Qué importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creería usted

que yo era un cura sinvergüenza y falsario. Yo no podía dejarle ir sin

ofrecerle alguna explicación.

--Yo era el que debía....

--Usted, ¿por qué? Usted, a lo sumo, incurría en un exceso de

curiosidad. Yo, en opinión de las personas timoratas, estoy cometiendo

un grave pecado.

--Yo no soy timorato.

--Pero debo darle una explicación. Así como en el Estado hay delitos

artificiales, en la Iglesia hay pecados artificiales. Son delitos y

pecados artificiales los actos que no lastiman ni menoscaban la justicia

o el dogma (ejes, respectivamente, del Estado y de la Iglesia), pero que

contravienen y desobedecen ciertas disposiciones disciplinarias,

accidentales, pasajeras. Una de esas disposiciones pasajeras es la

obligación de comer de vigilia cuatro días de la Semana Santa. Quizá al

Papa actual, o al que le suceda, se le ocurrirá amenguar, tal vez

suprimir, esta obligación. El Estado es una comunidad material que se

mantiene por la mutua conveniencia, y la Iglesia una comunidad

espiritual que se sustenta por el mutuo amor. Por lo tanto, el espíritu

de disciplina de la Iglesia es de naturaleza distinta del espíritu de

disciplina del Estado. En el Estado, el espíritu de disciplina pertenece

al orden de los sentimientos interesados, pues sin disciplina no cabe

conveniencia mutua. En la Iglesia, el espíritu de disciplina se engendra

en el ámbito de los afectos generosos; es la voluntad de sacrificio. No

de otra suerte que los amantes, por certificarse del amor recíproco,

ponen el amor del otro a prueba, por medio de ordenamientos y

exigencias caprichosas, por aquello de que obedecer es amar, así la

Iglesia impone a sus fieles algunas obligaciones disciplinarias, por

espolear a los tibios a que ejerciten y muestren el amor. Para las

personas de bien afirmada fe y claro sentido, sean clérigos, sean

seglares, huelgan estas obligaciones disciplinarias; lo esencial es el

dogma. El Estado concede de buen grado la libertad de ideas (el

pensamiento no delinque), pero no transige con la libertad de acciones,

porque romperían la disciplina. La Iglesia es intransigente en materia

de ideas y tolerante en materia de acciones: sólo el pensamiento peca.

Todos los pecados, por monstruosos que sean, reciben absolución en el

confesonario; pero la más mínima duda del confeso en materia de fe nos

impide absolverlo. Ahora bien: como todo esto es de sentido común, debe

permanecer en secreto para los que no tienen sentido común, sean

clérigos, sean seglares. ¿Comprende usted?

--Comprendo, comprendo--asentí. Y, en efecto, había comprendido lo que

me había dicho, nada difícil de comprender; pero a él no le comprendía.

¿Qué era aquel hombre que ante mí estaba, deglutiendo y raciocinando al

propio tiempo, masticando y discurriendo, con tanta frialdad, escrúpulo

y elegancia, vestido como un hombre de sociedad, sin una insinuación

sensible del estado eclesiástico a que pertenecía, y que, de vez en vez,

según hablaba, se asía con la mirada al retrato de una mujer a quien él

mismo había empujado a la anónima sima prostibularia? ¿Qué era aquel

hombre? ¿Un hedonista? ¿Un incrédulo? ¿Un hipócrita y un sofista, para

consigo mismo y los demás? ¿Un desengañado? ¿Un atormentado? Lo que

menos me interesaba era la explicación que me había ofrecido. ¿Qué se me

daba a mí si comía de vigilia o dejaba de comer de vigilia?

Como si por un raro don de receptividad inmediata, frecuente en los

duólogos íntimos e intensos, don Guillén hubiera trasegado en su cabeza

mi pensamiento, dijo:

--Lo de menos, para usted, es si yo guardo la vigilia o no. Lo

importante es que usted, por obra del acaso, ya se lo he dicho antes, me

ha sorprendido en mi intimidad de hombre. Todos, frailes, curas y

magnates eclesiásticos, por debajo de la estameña, el merino y la

púrpura, escondemos un hombre. _Homo sum_, digo con el pagano.

Y yo volví a verle, en mi imaginación, con la aureola radiante y los

pies enrojecidos.

--Me ha sorprendido usted despojado de mi ministerio. No como ministro

del Señor, sino como criatura del Señor, cuitada e imperfecta como todas

ellas. Dentro de unas horas, hablaré ante el rey, mejor dicho, sobre el

rey; no varios palmos, los que se alce el púlpito, sobre la testa

coronada y ungida, sino infinitos palmos, porque represento la

conciencia indeleble y eterna, que está a inaccesible altura por encima

de tronos, cetros y soberanías. Pero aquí, en este triste cuartucho y

frente a usted, no puedo incorporar la voz de la conciencia, sino que

soy una pobre concavidad sombría en donde la voz de la conciencia hace

eco.

Aquello se iba poniendo serio. No sabiendo qué decir, permanecí con la

cabeza gacha y los ojos fijos en un punto, que por ventura resultó ser

el retrato del relicario.

--¿Le gusta el marco?--preguntó don Guillén.

--Miraba el retrato. Conozco a esa mujer--afirmé en seco.

Don Guillen no se conturbó.

--Está usted equivocado--dijo--. Será otra fisonomía semejante la que

usted conoce. A esa mujer no la puede conocer usted. Ya le dije que es

mi hermana y que no existe--y subrayó la palabra hermana y el verbo

existir.

Después de los postres, don Guillén se sirvió una copita de coñac y

fustigó la conversación hasta ponerla en un aire de alacridad y

humorismo. Era un hombre tan ingenioso como inteligente.

Al despedirnos me dijo:

--Estos días no asistiré a la mesa redonda. ¿Quiere usted que comamos

juntos, aquí, en mi cuarto? Lo que le va a envidiar a usted doña

Emerenciana....

En aquellas comidas subrepticias y ociosas sobremesas, mi amigo don

Guillén me fué contando a retazos su historia, la de Angustias Pinto y

la de los padres de ella y él, Belarmino y Apolonio. Después, por mi

cuenta, hice averiguaciones tan importantes, que la historia de

Caramanzanita y la Pinta pasan a segundo término.

CAPÍTULO II.

RÚA RUERA, VISTA DESDE DOS LADOS.

_(El lector impaciente de acontecimientos recorra con mirada ligera este

capítulo que no es sino el escenario donde se va a desarrollar la

acción.)_

De la zona profunda, negra y dormida de la memoria, laguna Estigia de

nuestra alma, en donde se han ido sumiendo los afectos y las imágenes de

antaño, se levantan, de raro en raro, inesperadamente, viejas voces y

viejos rostros familiares, a manera de espectros sin corporeidad. Así

como en la noche los lóbregos e inmóviles pantanos respiran niebla

blanca y fantasmal, así nuestra interior laguna Estigia deja en libertad

sus vaporosos espectros a las horas en que la tiniebla del sueño satura

nuestro espíritu. Pero, en ocasiones, las criaturas incorpóreas del más

allá de la memoria se alzan a la luz del día.

Ahora mismo me apercibía yo a describir la Rúa Ruera, de la muy ilustre

y veterana ciudad de Pilares, en donde vivía Belarmino Pinto, llamado

también monxú Codorniú, zapatero y filósofo bilateral, cuando, al

pronto, en el umbral u orilla de mi conciencia, se yergue el espectro de

don Amaranto de Fraile, enarbolando un tenedor de peltre, que a mí se me

ha figurado tridente de Caronte, ese Neptuno del mar de la eternidad.

Como Bruto a la silueta de César en la tragedia shakespeariana, digo a

la sombra incorpórea del excelente don Amaranto:

--_¡Speak!¡Speak!_

Y la sombra rompe a hablar, con la propia gracia y penetración que hace

tantos años me deleitaban:

--¿Vas a describir la Rúa Ruera? ¿Vas a describirla, o vas a

pintarla?--Advierto dos novedades. Primera, que don Amaranto ahora me

trata de tú. Segunda, que la voz se le ha ahilado y suena como la de un

eunuco. Prosigue la voz:--Los cíclopes veían el mundo superficialmente,

porque sólo tenían un ojo. Los cíclopes, por ver el mundo

superficialmente, quisieron asaltar el Olimpo; pero los dioses los

precipitaron en el hondo Tártaro.--Don Amaranto siempre con sus

mitologías.--El novelista es como un pequeño cíclope, esto es, como un

cíclope que no es cíclope. Sólo tiene de cíclope la visión superficial y

el empeño sacrílego de ocupar la mansión de los dioses, pues a nada

menos aspira el novelista que a crear un breve universo, que no otra

cosa pretende ser la novela. El hombre, con ser más mezquino, aventaja

al cíclope, a causa de poseer dos ojos con que ve en profundidad el

mundo sensible. Ahora bien: describir es como ver con un ojo, paseándolo

por la superficie de un plano, porque las imágenes son sucesivas en el

tiempo, y no se funden, ni superponen, ni, por lo tanto, adquieren

profundidad. En cambio, la visión propia del hombre, que es la visión

diafenomenal, como quiera que, por enfocar el objeto con cada ojo desde

un lado, lo penetra en ángulo y recibe dos imágenes laterales que se

confunden en una imagen central, es una visión en profundidad. El

novelista, en cuanto hombre, ve las cosas estereoscópicamente, en

profundidad; pero, en cuanto artista, está desprovisto de medios con

que reproducir su visión. No puede pintar: únicamente puede describir,

enumerar. La misión de ver con mayor profundidad, delicadeza y emoción y

enseñar a los otros a ver de la propia suerte, le toca al pintor. La

maldición originaria del novelista cífrase en que necesariamente se ha

de extender sobre sinnúmero de objetos. El pintor, por el contrario,

escoge un solo objeto, o, si toma varios, los agrupa en reducido

espacio, los concentra y sensibiliza. El pintor, a la inversa del

novelista, no se deja dominar por la vastedad del objeto, sino que lo

domina. Que sea el objeto vértice del ángulo de visión del pintor, y no

el pintor vértice del ángulo de contemplación del panorama, como lo es

el novelista. El pintor que pinta cuadros de más de dos metros

cuadrados, es inexorablemente un pintor superficial. La cuestión, para

el pintor de grandes dimensiones, es de concepto; de que se dé cuenta

que debe ser artísticamente superficial, o de que sea superficial e

inartístico sin darse cuenta. Los famosos pintores de frescos, así

antiguos como modernos, dándose cuenta de esto, pintaron por largos

planos, con tintas monótonas, esquivando la sensación obvia de volumen y

profundidad; fueron deliberadamente superficiales.

Yo interrumpo a la sombra locuaz, de voz de eunuco:

--En la iglesia vecina ha sonado el _Ángelus_ meridiano. En una hora

interrumpiré mi trabajo. Si te escuchase, jamás haría otra cosa que

dejarme arrastrar en el curso ocioso de la deleitación discursiva. Dime,

en resolución, cómo he de describir la Rúa Ruera, y que te plazca la

descripción.

Belarmino y Apolonio · 第 1 / 17 段