Pyrame, clamavit, quis te mihi casus ademit?

Pyrame, responde: tua te carissima Thisbe

Nominat: exaudi, vultusque attolle iacentes.

..........................................................

Quae postquam vestemque suam cognovit, et ense

Vidit ebur vacuum; Tua te manus, inquit amorque

Perdidit infelix. Est et mihi fortis in unum

Hoc manus: est et amor, dabit hic in vulnera vires.

Persequar extinctum: letique miserrima dicar

Causa comesque tui: quique a me morte revelli

Heu sola poteras, poteris nec morte revelli.

Hoc tamen amborum verbis estote rogati,

O multum miserique mei illiusque parentes,

Ut quos certus amor, quos hora novissima iunxit,

Componi tumulo non invideatis eodem.

(V. 142-157).

Los versos de Ovidio son bellísimos y tienen una concisión rara en él.

A su lado hace pobre figura la prosa del imitador, pero su filiación no

puede negarse[430].

Otra de las curiosidades de la _Tragedia Policiana_ es la introducción

de dos hortelanos, Machorro y Polidoro, que hablan en lenguaje rústico,

con extraños modismos y formas villanescas, que creemos dignas de la

atención del filólogo; como también el vocabulario agrícola que ellos y

su amo Theophilón usan, y que habrá de confrontarse con el de Gabriel

Alfonso de Herrera y demás autores clásicos en esta materia. Reimpresa

en el presente volumen la _Policiana_, que era punto menos que

inaccesible, podrán hacerse sobre ella los estudios analíticos que cada

uno de estos libros requiere, y que de ningún modo caben en el estrecho

marco de una introducción.

Un solo año, el de 1554, vió aparecer dos nuevas _Celestinas_, una

en Medina del Campo, otra en Toledo. Titúlase la primera _Comedia

Florinea_, y fué su autor el _Bachiller Joan Rodriguez Florián_, según

declara la portada de algunos ejemplares, y la dedicatoria de todos,

aunque suprimido el _Florián_: «El Bachiller Ioan Rodriguez endereçando

la comedia llamada Florinea a vn especial amigo suyo, confamiliar en

el estudio, absente»[431]. Tarea predilecta de bachilleres parecía la

de componer _Celestinas_, sin duda por asemejarse á Fernando de Rojas

en el empleo de sus vacaciones. Pero no bastaba el grado universitario

para comunicarles la virtud poética de aquel bachiller primero y único,

y fué Rodríguez Florián de los que menos se acercaron al insuperable

modelo. Su labor, toda de imitación y taracea, revela un talento muy

adocenado y es de una prolijidad insoportable. Nada menos que cuarenta

y tres actos ó escenas larguísimas tiene, y todavía promete una segunda

parte, que afortunadamente no llegó á escribir ó á publicar.

Las bodas del buen Floriano esperando

Para otro año de más vacacion,

Adonde la historia tendrá conclusion,

A Dios dando gracias, allá nos llegando.

De la primitiva _Celestina_ aprovechó menos que otros, salvo los

datos capitales de la fábula y algunos rasgos en el carácter de la

alcahueta Marcelia[432]. Todo lo demás procede ó de la _Comedia

Thebayda_ ó de la _Segunda Celestina_ de Feliciano de Silva, aunque sin

la brutalidad de la primera ni el interés novelesco de la segunda. El

don Berintho, duque de Thebas, se encuentra puntualmente reproducido

en el caballero Floriano, duque también y poderoso señor de vasallos,

venido de lejanas tierras, que tiene á su servicio «catorce mozos de

espuelas y quince escuderos, y otros tres tantos continos y otros

tres tantos oficiales y una chusma de pajes»[433], personaje, como

se ve, de más categoría que Calisto. Enamorado románticamente de la

doncella Belisea por la fama de su hermosura y por un retrato que en

secreto manda sacar de ella, cae en una extraña pasión de ánimo, busca

en la soledad y en la música alivio á sus melancolías, y retraído

continuamente en su aposento, cierra los oídos á las advertencias y

consejos de su viejo criado Lydorio, que es el personaje predicador de

la pieza, como el insoportable Menedemo de la _Thebayda_, puesto que

sería demasiado favor compararle con el sabio y prudente Eubulo de la

_Tragicomedia de Lisandro_. Floriano tiene á sueldo, por de contado,

varios rufianes de lengua soez, manos cortas y pies de liebre, entre

los cuales sobresalen dos, llamados Felisino y Fulminato, copias

serviles de Galterio y Pandulfo, sin más originalidad que algunos

juramentos y bravatas nuevas[434]. Manceba de Fortunato es cierta

viuda depravada é hipócrita[435], la cual viene á representar en la

nueva fábula un papel más semejante al de la Franquila imaginada por

el anónimo de Valencia que al de Celestina, harto machucha para ser

heroína de amorosos tratos y no solamente medianera en ellos[436].

Marcelia, que tal es el nombre de la equívoca tercera, con visos de

primera en ocasiones, toma por su cuenta los amores de Floriano y

encamina la intriga por los mismos pasos que hemos visto hasta la

saciedad en este género de comedias novelescas. La romería de Nuestra

Señora de Prado recuerda inmediatamente una situación análoga de la

_Thebayda_. Pero el bachiller Florián procede con mucho más decoro

y pulcritud. La noble Belisea, cauta y reflexiva, se defiende bien

en las dos entrevistas del jardín, mostrando menos pasión que deseo

de un casamiento ventajoso[437]. Su doncella Justina, pizpireta y

desenvuelta, procede con menos recato en sus coloquios con el paje

Polites, pero todo tiene feliz y apacible término con los matrimonios

clandestinos de ama y criada, por lo cual la pieza se intitula

_comedia_ y no _tragicomedia_, al revés de los libros de Rojas, Sancho

Muñón y Sebastián Fernández.

El carácter mejor trazado de la obra es sin disputa el de Lucendo,

padre de Belisea. Así como el Theophilón de la _Policiana_ representa

la desconfianza, el punto de honra vindicativo y celoso del honor

doméstico, así Lucendo, no menos honrado y respetable que él, fía

ciegamente en la virtud de su hija, y el amor paternal se sobrepone en

él, de un modo tierno y simpático, á todo interés, á toda sospecha, á

todo recelo (escenas XXII y XXVI).

Los aciertos en la parte seria de la _Florinea_ no son raros, aunque

tengan poco de originales. Como todas estas comedias de estudiantes

y bachilleres, abunda en temas retóricos, desarrollados con pueril

alarde, pero no llega á las horribles pedanterías de la _Thebayda_. Ya

en la escena quinta encontramos «grandes pláticas» sobre la fuerza del

amor y sobre los vicios y virtudes de las mujeres. En la escena XXVIII

hay un largo razonamiento sobre la _amicicia_ en estilo que recuerda

mucho el de Fr. Antonio de Guevara[438]. Entre Belisea, Justina y

Marcelia pasan largos razonamientos «sobre los bienes y males que ay

entre los casados» (escena XLII). Y á este tenor otras digresiones, que

se leen sin fastidio por el buen sabor de la lengua, pero que son una

sarta de lugares comunes. Algunos pasajes, como aquel en que Lydorio se

queja de la triste condición de los servidores de los grandes y del mal

pago que sus amos les dan (escena XXXVII), pueden tener, sin embargo,

algún interés histórico[439].

Las cartas de amor que la _Florinea_ contiene son afectadas y

declamatorias, como casi todas las que se hallan en nuestras novelas

antiguas. Quizá el gusto de la _Cárcel de Amor_ influía en esto. El

diálogo es mejor, pero comienzan á notarse síntomas de flojedad y

cansancio, sobre todo en la parte cómica, que es pesada, insípida

y fríamente indecorosa. Los chistes son forzados, las situaciones

vulgarísimas, y el ánimo menos severo acaba por empalagarse de tanta

prostitución y bajeza. Si la _Florinea_ no contuviese más que las

repugnantes aventuras de Marcelia, de su hija Liberia y su sobrina

Gracilia, de los dos rufianes, del despensero de Floriano, de los pajes

Grisindo y Pinel y del estudiante escondido en la nasa, por ningún

concepto podría disculparse su exhumación. Pero no todo es de tan

depravado gusto. La fábula principal, aunque de endeble contextura,

está presentada con cierto arte, y las escenas entre los dos amantes

respiran cortesía y gentileza. Rasgos hay en la salida matinal de

Belisea al campo que recuerdan _El Acero de Madrid_ y otras comedias

análogas de Lope[440], de cuyo teatro es digna también la bizarra

escena en que Floriano mata un toro á vista de su amada[441].

Hay en la _Florinea_ algunos versos líricos, bastante mejores que los

de la _Thebayda_, pero del mismo género y estilo, que es el de las

antiguas coplas castellanas, sin mezcla de endecasílabos. Figuran entre

ellos romances, letras y motes con sus glosas, una _lamentación_ en

coplas de pie quebrado á manera de las de Garci Sánchez de Badajoz

(pág. 203) y una _contemplación de Floriano en absencia de su señora_

trovada en quintillas dobles con mucha soltura:

Vos, dama, soys mi esperança,

Vos mi muerte, vida y gloria,

Vos mi bienauenturança,

Vos de mis males bonança,

Vos pinzel de mi memoria.

Yo sin vos soy el perdido,

Yo sin vos el que más muero,

Yo sin vos el mesmo olvido,

Yo sin vos el mal nascido,

Yo sin vos quien mal me quiero.

Vos sin mí de más valer,

Vos sin mí más sublimada,

Vos sin mí soys de querer.

Vos sin mí soys de temer,

Vos sin mí soys adorada.

Yo por vos soy muy dichoso,

Yo por vos quien resuscita,

Yo por vos vanaglorioso,

Yo por vos el más gozoso

Que en casa de amor habita...

Pero la más notable de estas poesías, bajo el aspecto métrico y

musical, es una danza ó _pavana_ que Floriano compone y tañe á la

vihuela en celebridad de sus bodas. La estrofa, que suponemos inventada

por el bachiller Rodríguez, es anterior en diez años á las tentativas

de rimas provenzales y francesas de Gil Polo. Consta de cuatro versos

de doce sílabas, dos de seis y uno de nueve. Véase este curioso

_specimen_ de ritmo _modernista_:

Vos soys, Belisea, mi gloria cumplida,

Mi bien todo entero, mi nueva esperanza;

Por veros ya muero con tanta tardança,

Por ver que la hora aun no es ya venida;

Al tiempo maldigo,

Pues vsa conmigo

Con su tardança de enemigo.

Ay, quándo podré yo verme en la gloria

De aquel parayso de vuestro vergel!

Dichosas las plantas que vos veys en él,

Mas yo más que todos en vuestra memoria,

Mas ay, que hora veo

Que muy poco creo

Del bien que en vos halla mi desseo.

Vos sola soys gloria por vos merescida,

Pues otro ninguno no ay que os merezca;

Vos soys de las damas la más escogida,

Dichoso el amante que por vos padezca;

Mas ay, si yo fuese

Quien solo os siruiesse

Y solo quien por vos muriesse.

Vos soys el retracto del summo poder,

Que Dios ha mostrado en las criaturas;

Angélica imagen que acá en las baxuras

Ensalçais a Dios en tal os hazer;

Soys solo una

A quien fortuna

Obedece desde la cuna.

Vos soys mi prision y mi libertad;

Yo vuestro captiuo, y tan venturoso,

Que es tanta mi gloria, que hablarla no oso

Porque es offendida vuestra majestad;

Ansí yo callo

El bien que hallo

En ser vuestro libre vasallo.

Vos soys paradero de mis pensamientos;

Vos soys el pinzel con que mi memoria

Esculpe en mi alma tal contentamiento,

Que en vos halle objecto de su mayor gloria,

Pues con gran razon

El mi coraçon

Descansa en tal contemplacion.

(Pág. 307).

El autor de la _Florinea_ era valisoletano, ó por lo menos en

Valladolid residía cuando compuso esta obra dramático-novelesca, cuya

acción se desarrolla en aquella ciudad, con gran copia de alusiones

locales: á la Puerta del Campo, á la Cal Nueva, á San Benito, San

Pablo, Nuestra Señora del Prado, San Julián, la Trinidad y otras

iglesias. También se habla de «la estatua de Don Pero Añiago (ó Miago),

del hospitalejo de Sanct Esteuan». (Pág. 261), curiosa antigualla

folklórica que sirvió de tema á una comedia de Luis Vélez de Guevara,

atribuída por error á D. Francisco de Rojas. Aun en el lenguaje se nota

algún modismo propio del habla familiar de aquella parte de Castilla la

Vieja, como el uso transitivo del verbo _quedar_[442].

El estilo de la _Florinea_ es terso y puro, pero carece de vigor y

animación, no sólo comparado con la _Celestina_ primitiva, como ya

observó Ticknor, sino con la mayor parte de las secundarias. No iguala

á la _Selvagia_, ni siquiera á la _Policiana_. La prosa del bachiller

Florián es demasiado fácil, redundante y desaliñada. Pero la riqueza

de su lenguaje familiar y el desenfado de su sintaxis la hacen digna

de salir del olvido, y en tal concepto la hemos reimpreso, no como

libro de amena recreación (que ciertamente no lo es), sino como pieza

de estudio para gramáticos y lexicógrafos, que encontrarán en ella un

caudal no despreciable de idiotismos.

Mucho más vale la _Selvagia_[443], y de seguro la hubiéramos preferido

á no existir ya una reimpresión moderna, bastante correcta y fácil de

adquirir[444]. El estudiante toledano que á los veinte años la compuso

era escritor de raza, y ya en este ensayo juvenil y algo liviano

manifiesta las excelentes dotes que habían de darle muy señalado lugar

entre los prosistas del mejor tiempo de nuestra lengua. Llamábase el

tal Alonso de Villegas Selvago, siendo quizá el Selvago un sobrenombre

meramente poético, pues no volvió á usarle en las obras de su edad

madura, y coincide además con el del protagonista de su comedia, en

quien manifiestamente quiso representarse á sí propio, como á su amada

en la heroína, á la cual ni siquiera cambió el nombre. Ya en la portada

estampa el suyo, acompañado de la calificación de «estudiante». Seríalo

probablemente en la modesta Universidad de Toledo, algo oscurecida

por el radiante foco de la vecina Alcalá, aunque tuvo sus días de

esplendor con preceptores tan doctos como los Cedillos y Venegas, y más

adelante con los Scotos y Narbonas. En unos versos acrósticos puestos

al principio del libro, según la costumbre de sus predecesores, constan

la edad, la patria y otras circunstancias de nuestro autor: «Alonso de

Villegas Salvago compuso la _Comedia Selvagia_ en servicio de su señora

Isabel de Barrionuevo, siendo de edad de veinte años, en Toledo, su

patria». Habría nacido, por consiguiente, en 1534, y al mismo resultado

nos conducen otras fechas que fué consignando en sus obras posteriores,

como luego veremos.

Aunque el autor de la _Selvagia_ imita muy de propósito á Fernando

de Rojas[445], también paga largo tributo al «magnífico caballero

Feliciano de Silva, radiante luz y maravilloso exemplar de la española

policía», cuya influencia se siente ya en las disparatadas coplas

preliminares:

Gozando sus gozos te muestra gozoso,

Y goza los gozos que goza su parte,

Adonde gozando por gozo tal arte,

En gozo te goza con gozo sabroso.

Cuanto hay de malo en el estilo de la _Selvagia_ puede atribuirse al

contagio de la prosa de Feliciano, cándidamente admirado por el joven

escolar. Pero le sirvió de saludable antídoto la lectura reflexiva

del admirable original primero, y el ejemplo más reciente de la

_Tragicomedia de Lisandro y Roselia_, en la cual él solo parece haber

fijado la atención[446]. El rufián Escalión de la _Selvagia_ se declara

hijo de Brumandilón (pág. 237) y lo parece tanto en sus hechos como en

sus palabras. También se alude á la muerte de Elicia (pág. 236).

Titúlase la _Selvagia_ comedia, y no tragicomedia, lo cual tratándose

de este género de obras, quiere decir tan sólo que tiene el final no

trágico ni lastimero, sino matrimonial y festivo. Pero con más razón

que otras pudo llamarse _comedia_, porque es más dramática que ninguna

de las _Celestinas_, á excepción de la primitiva, y precisamente

en serlo se cifra su mayor mérito y su relativa novedad. Alonso de

Villegas imaginó una fábula propia del teatro, la dió ingenioso

principio é inopinado desenlace, la exornó con agradables peripecias

y en desarrollar su plan se mostró más hábil que sus contemporáneos

Sepúlveda, Lope de Rueda, Timoneda y los demás autores de comedias en

prosa influidas por el arte italiano. Puede decirse que adivinó mejor

que ninguno de ellos lo que había de ser la futura comedia de capa

y espada. La _Selvagia_, que es una de las _Celestinas_ más breves,

pues consta sólo de cinco actos, divididos en corto número de escenas,

hubiera podido sin gran esfuerzo reducirse al marco teatral, y su

autor la creía representable, como se infiere de las últimas palabras

que pronuncia el enano Risdeño: «Yo, Risdeño, hombre de bien aunque

chiquillo de cuerpo, amigo de todos aquellos que mi bien desean y mi

provecho procuran, pidiendo por las faltas cometidas el debido perdón,

acabo de representar la comedia llamada _Selvagia_» (página 291).

El _argumento de la comedia_ dice de esta suerte:

«Un caballero llamado Flerinardo, generoso y de abundante patrimonio,

vino de la Nueva España en esta ciudad, donde un dia por ella ruando,

como acaso pasase por casa de un caballero anciano llamado Polibio, de

una fenestra della vido una fermosa doncella, de la qual excesivamente

fué enamorado. Pues como le fue dicho el tal Polibio tener una muy

apuesta hija, cuyo nombre era Isabela, y la tal fenestra fuese de

su aposento, creyendo ser la mesma Isabela la que visto habia, por

caballero de su amor se intitulaba. Donde, dando parte a un gran amigo

suyo, caballero de ilustre prosapia, llamado Selvago, de su crescida

pena, sucedió que el mesmo Selvago, teniendo deseo de ver quién á su

amigo tan subjeto y captivo le tenia, cumpliendo un dia su propósito

y viéndola, no pudiendo su libertad someter á lo que á la verdadera

amistad de Flerinardo debia, grandes culpas y mortales deseos á su

causa padesce, tanto que fue puesto en grave enfermedad. Pues veniendo

su gran amigo Flerinardo en presencia de su hermana Rosiana llamada,

á visitarle, conoció que la tal Rosiana era la que en la fenestra de

Polibio habia visto, y no Isabela, como se pensaba, porque acaso, como

hubiese amistad entre las dos doncellas, aquel dia se habian juntas

recreado; lo cual como á Selvago fuese dicho, con excesivo placer,

porque abiertamente osaria amar á Isabela, de su tan grave enfermedad

fue sano, donde poniendo en el negocio una vieja astuta, cuyo nombre

era Dolosina, cumplieron enteramente sus deseos, siendo primero

desposados por palabras de futuro, lo que de á poco, con licencia

de sus padres, se puso por obra, pasando lo mesmo de Flerinardo con

Rosiana. Pues estando el dia que las bodas se solenizaban con gran

regocijo, vino un maestro de la Nueva España, que habia sido de

Flerinardo, el cual declaró cómo el mesmo Flerinardo era hijo único

de Polibio, padre tambien de Isabela, que de chico, con un tio suyo,

en aquellas tierras se habia partido; con las quales nuevas todos muy

gozosos, quedando dos hermanos con dos hermanas juntos en matrimonio,

se dará fin á la comedia».

Tenemos aquí, como se ve, los principales incidentes de una comedia

de amor é intriga del siglo XVII, que si por la crudeza de algún

detalle no cuadraría bien á la severa musa de Calderón, pudiera

figurar sin violencia en el repertorio de Tirso de Molina, donde

abundan los desposorios clandestinos y los matrimonios consumados

entre bastidores. Dos parejas enamoradas, confusión de una dama con

otras, galantes coloquios por la ventana, historias novelescas de hijos

perdidos y encontrados, intervención de personas que han estado en el

Nuevo Mundo. La combinación de estos recursos con los que ofrecía la

tradición celestinesca remoza un tanto el viejo y ya gastado tema. El

reconocimiento ó _anagnorisis_ final procede del teatro de Plauto ó de

las comedias italianas del Renacimiento.

No puede negarse, sin embargo, que la mayor parte de las escenas de

la _Selvagia_ son copia diestra y bien entendida, pero copia al fin,

de la tragicomedia de Calisto. En los caracteres es poco lo que se

añade ó modifica, salvo la duplicación del caballero y de la dama y la

aparición de dos figuras secundarias trazadas con bastante acierto,

Valera, el ama de leche de Isabela, y el enano Risdeño.

El ama Valera, que se parece poco á la nodriza de Julieta, salvo en su

locuacidad impertinente, es una embaucadora que explota á la enamorada

doncella, sacándola muchas y ricas joyas so pretexto de un fingido

conjuro. Pero su papel es muy secundario al lado de la famosa hechicera

Dolosina, hija de Parmenia y nieta de Claudina, por donde esta pieza

viene á enlazarse con la _Policiana_. Para dar alguna novedad á este

tipo obligado, el autor, que relata su historia por boca del rufián

Escalión, la hace viajar por diversas partes y regiones «hasta que

teniendo su asiento en Milán, la buena vieja (Parmenia) dió fin á

sus días, quedando la hija huérfana y en extraña tierra, aunque no

por eso perdió la realeza de su ánimo, que con lo que al presente de

hacienda tenía, dió consigo en París, abriendo su tienda y mostrando

sus mercaderías á la Corte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento

con cierto nigromántico, su arte muy por entero la enseñó, saliendo en

él tan famosa maestra quanto el delicado entendimiento de una mujer

es bastante. No contenta mucho con tal nacion, en España pretende

tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su propia

tierra fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa, vieja y

disforme volvió. Fué, pues, desde poco aquí casada con un fanfarron

llamado Hetorino, mi amigo especial, con quien agora bien contenta y

gozosa vive. Tienen allí cerca el rio una casa con dos puertas y dos

moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles-hombres en la una,

y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose, entre las dos casas

de discípulos, no pocos (antes muchos y muy grandes) malos recaudos

entre dia. Es asimesmo la vieja la más subtil y taimada alcahueta

hechicera que en nuestros tiempos, ni aun creo que en los pasados, se

hallará; pero no sólo con sus palabras y conjuros ablanda los muy duros

corazones, mas aun con su meneo y visaje os hace venir las manos atadas

á conceder en su propósito y voluntad. Muchas veces, como su marido me

ha dicho, con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos se

torna invisible, y desde algun tiempo da señas verdaderas de lo que

pasa en muy diversas tierras; tiene tambien poder de convertirse en

animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, mas aun se defiende

de quien su mal procura, porque, como dicen, ó _demo_ á los suyos

quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está celado,

mas por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida, antes

siempre, confesándose por pobre, por una moneda de plata hará, como

dicen, ciribones (?). Tiene á la continua en su casa dos mozas de buen

parecer para alivio de cuitados que sus aventuras buscan, que tan bien

amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos dias, que al

triste que en sus manos cae, no solo con sus fingidos halagos lo que

encima tiene le da, mas aun la palabra por prenda de más les dexa

empeñada. Esta, pues, de quien, señores, habeis oido, es la dueña por

quien me habeis preguntado, de quien con razon se podría decir que lo

que en la leche mamó, en la mortaja mostrará» (pp. 115-116).

El tipo, como se ve, está gallardamente trazado, mezclando

reminiscencias del _Asno de oro_ con otras de la _Celestina_. Pero

en el desarrollo de la intriga para nada se aprovecha la idea de las

transmutaciones mágicas. El conjuro es tan pedantesco y tan remoto de

las auténticas supersticiones populares, como todos los que hemos visto

en obras anteriores, exceptuando la _Lozana_, que en este punto, como

en todos, tiene la exactitud material de la fotografía. La _Dolosina_

de Alonso de Villegas se atiene á la farmacopea tradicional en las de

su oficio, desde la maga Erichto de Lucano: «el olio infernal, las

candelas del cerco, el ídolo de arambre juntamente con la bujeta del

ungüento serpentino, la lengua del ahorcado, los ojos del lobo cerval,

la espina del pez rémora, los testículos del animal castor, el pedazo

de carne momia, y las taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que

truxiste el dia de Mayo». (Pág. 151). ¡Buen aparato para una bruja

toledana del siglo XVI! Fernando de Rojas había pecado en esto, y sus

discípulos se creyeron obligados á seguirle al pie de la letra, aunque

padeciese la verisimilitud material y moral que casi siempre observan

en la pintura de costumbres.

El enano Risdeño es creación bastante donosa, que parece sugerida

por análogos personajes del _Amadís de Gaula_ y otros libros de

caballerías, aunque á veces no tengan más carácter cómico que el que

nace de la pequeñez de su estatura en contraposición con los gigantes,

endriagos y vestiglos que en tales narraciones pululan. La figura

poética y aérea de Risdeño; su jovialidad fresca y viva; su infantil

afectación de valor[447], más positivo, sin embargo, que el del rufián

Escalión; la sutileza de ingenio con que hace la apología de los de

su talla y enumera metódicamente sus excelencias[448], prestan cierto

encanto humorístico á las escenas donde interviene, que son las mejores

de la obra.

D. Bartolomé Gallardo, demasiado severo en esta ocasión, tacha de

afectada y relamida la prosa de la _Selvagia_, y Ticknor dice que el

diálogo abunda en ridículas pedanterías. Esto último es innegable,

y se explica bien por los pocos años del autor, por su condición de

estudiante ávido de ostentar su corta ciencia y por el ejemplo de las

_Celestinas_ anteriores, todas más ó menos contaminadas de pedantismo.

Desde la primera _cena_ encontramos citadas la _Ulixea_, la _Eneida_ y

los _Metamorfoseos_, y además á Platón, á Valerio Máximo, al Petrarca

y á Boccaccio. Pero el autor predilecto es Ovidio, de cuyos _Remedia

Amoris_ se presenta un extracto[449], añadiendo un remedio más, tomado

de la _Silva_ de Pero Mexia. El rufián Escalión jura «por la metafísica

de Aristóteles» (pág. 31) y se jacta de haber dado muerte á dos

contrarios suyos «con dos heridas terribles, que Héctor, ni aun su hijo

Astianax, el que Ulixes despeñó de una torre, no las hicieran». (Pág.

50). Apéase Selvago en el zaguán de la casa de su amigo Flerinardo, y

éste exclama: «Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato

al afligido pueblo». (Pág. 56). La doncella Isabela discurre sobre los

cuatro elementos y sobre la creación del _soma_ ó cuerpo humano (pág.

66).

En esto no cabe excusa, pero puede haberla en cuanto á la prosa, que si

es enfática y amanerada en los trozos de aparato, como razonamientos

y cartas, es viva, natural y sabrosa en la mayor parte del diálogo,

sobre todo en boca de los personajes secundarios. Es cierto que hay

páginas enteras donde un hipérbaton violento y risible, acompañado de

estúpidos juegos de palabras y metáforas incoherentes, enmaraña la

sintaxis de Alonso de Villegas y le hace en sus declamaciones digno

émulo de Feliciano de Silva. ¿Quién esperaría nada bueno de un libro

que comienza así?:

«Resuenen ya mis enormes y rabiosas querellas, rompiendo el velo

del sufrimiento con que hasta hoy han sido detenidas. Penetren los

encumbrados cielos mis fuertes y congojosos clamores, forzando su

fuerza sin ella por haber sido forzada con acaescimiento tan desastrado

y fuerte. Maticen los delicados aires mis muchas y dolorosas lágrimas,

de miserables y profundos suspiros esmaltadas. Descúbranse los

furibundos alaridos, quebrantando los claustros y encerramientos que

tanto tiempo han tenido; esparzan con su ligero ímpetu las delicadas

exhalaciones de que el no domable corazón solie ser cercado... Dolor,

angustia y pena procuren de hoy más mi compañía; quieran con querer

lo que mi contraria ventura no queriendo quiso. Apercíbase mi pequeña

fortaleza para tan horrenda batalla como comenzar quiere; descubra

sus insignias y estandartes de clemencia, poniéndose los soldados de

servicios en alarde de rompimiento. Resuenen los roncos atambores

con querellosos zumbidos; los tiros mensajeros penetren con fuertes

dislates los túrbidos vientos y municiones de majestad contraria;

los ligeros dardos y tajantes espadas con desvíos consuman los

míseros combatientes; inquira el fuerte caudillo del ingenio nuevas y

exquisitas maneras de combates, para que pueda venir en algún próspero

suceso su fluctuoso partido» (pp. 1 á 3).

La primera carta de amor de Selvago á Isabela consta sólo de dos

cláusulas: la primera tiene treinta líneas. «Así como los pequeños

hijos de la caudalosa real ave, puestos á los radiantes rayos del

lúcido Febo, para que verdaderamente sean tenidos por legítimos y

propios hijos de la tal madre, con grande admiración ocupan la vista

en aquella prefulgente luminaria, sin tener parte para de allí ser

apartados por el crecido amor mezclado de grande admiración, que tan

fijo en ella pusieron, de la mesma manera, excelente señora, mi flaco

y débil entendimiento puesto delante tu claro y lúcido aspecto, para

que su sér claramente demostrase que parte de humano en sí tenía,

de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados aires

con profundos alaridos esmalta, sin que las continuas suasiones de

su madre, la Razón, de tal espectáculo apartarlo puedan, no dexo de

sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y muy temerosa contienda

que dentro de mí siento encrudelecerse, despues que mis ojos fueron con

tu divina vista clarificados, etc., etc.».

Si toda la _Selvagia_ estuviese escrita en semejante estilo, sería

por cierto una rapsodia abominable, aunque curiosa para demostrar que

las peores aberraciones del culteranismo tenían antecedentes en la

literatura del siglo anterior. Afortunadamente, no todo es de este

gusto. A renglón seguido de la lectura de la carta entra en escena el

ama Valera, hablando en el puro y castizo romance de Toledo:

«Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas, fresca como las

flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi conciencia, que de cada

dia más te vas tornando una emperatriz en fermosura. Santa Pascua fué

en domingo si no me pareces una Verónica y retrato de San Miguel, el

ángel que está en mi perrochia en unas andas de oro». (Pág. 75).

¡Con qué suave maña sonsaca á la enamorada Isabela lo que necesita

para el supuesto conjuro!: «Lo primero son necesarias dos palomas de

color de ñeve para sacarles la hiel, que es cosa en esto muy aprobada;

ansimesmo un cabrito tierno y de buen tamaño; dos gallinas prietas

cresticoloradas; dos quesos de Mallorca ó de los de Pinto; dos docenas

de huevos de ánsar con algunas madrecillas; dos cangiloncillos de

hasta cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó Monviedre, y ansí

finalmente, dos monedillas de oro bermejo; que si tú desto me provees,

verás maravillas». (Pág. 87).

Los personajes nobles, como Polibio y Senesta, padres de Isabela, y

la madre y la hermana de Selvago, expresan sus afectos con la grave

dignidad propia de la antigua familia castellana:

«_Funebra._--Hijo mío, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentis?

¿qué mal es el vuestro, que mi ánima, despues de lo saber, ningun

descanso ha tenido? Por vuestra vida, mi amor, que me lo digais, que

si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima lo padezco, por causa de

ser vos en quien mi vida, despues de la muerte de vuestro padre, está

pendiente...

«_Ros._--Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida

con razon os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes, no

sería pequeña la merced que de vos recebiría, porque no sólo tendríades

en mí quien en igual grado que vos vuestro mal sintiese, mas en ello

hasta la muerte trabajaría, buscando la medicina en vuestra pena más

conveniente». (Pág. 103).

Tal es el estilo habitual de la _Selvagia_, y por él debe juzgársela.

Todo lo demás son _arias de bravura_ que se repiten mecánicamente. A

tales altibajos hay que acostumbrarse en nuestros libros antiguos,

y quien no vea el anverso y el reverso de la medalla no llegará á

estimarlos rectamente. Alonso de Villegas, sazonado y picante en las

burlas, discreto y á veces afectuoso y tierno en las veras, muestra

una madurez de juicio muy superior á su corta edad, pero no podía

tener formado su gusto. Lo que hay de bueno en la _Selvagia_ honra su

ingenio; lo demás es culpa del artificio retórico estudiado en pésimas

fuentes.

Los versos que intercala en su comedia son pocos y malos. En esto

tiene razón Gallardo. Sólo merece indulto de la condenación general

un romance alegórico-amatorio á estilo de trovadores, con algunas

reminiscencias de los viejos y populares:

A los montes de Parnaso

A caza va mi cuidado,

Vestido de ropas verdes

Que la esperanza le ha dado,

De canes, que son servicios,

Viene todo rodeado;

Los monteros pensamientos

Vienen cerca de su lado;

En una cueva metida,

Lugar solo y apartado,

Descubierto han una cierva;

Tras ella todos han dado;

Las cornetas de gemidos

Fuertemente han resonado;

El cuidado y un montero

Los primeros han llegado;

La cierva, sin tener miedo,

Muy contenta se ha mostrado;

Los perros se parten della

Que tocalla no han osado,

Porque con sola su vista

Los ha muy mal espantado.

Ellos estando en aquesto,

Un caballero ha llegado,

Armado de ricas armas,

Con señales de morado;

En la mano trae blandiendo

Un dardo bien afilado,

Que, como al cuidado vido,

Con soberbia le ha hablado:

«Por tu muy gran osadía

De mí serás maltratado».

Diciendo estas palabras

El venablo le ha tirado,

Por medio del corazon

De parte á parte ha pasado;

No contando con aquesto,

A la cueva le ha llevado,

Echale fuertes prisiones

Do le dexa encarcelado.

(Pág. 139).

Desde 1554, fecha de la _Selvagia_, hasta 1578 hay una gran laguna

en las noticias biográficas de Alonso de Villegas. Es probable que

los amores del joven estudiante con «su señora Isabel de Barrionuevo»

no tuviesen tan dichoso fin como él en su poética fantasía imaginaba,

adelantándose á los acontecimientos en el desenlace de su comedia.

Lo cierto es que veintidós años después le encontramos convertido en

respetable eclesiástico y capellán de los mozárabes de Toledo. Acaso

para borrar recuerdos profanos prescindía del apellido _Selvago_, si

es que en realidad le tuvo, y añadía á su nombre el calificativo de

_licenciado_, probablemente en Sagrada Teología. Su persona había

experimentado la misma transformación que su siglo, pasando desde la

bulliciosa y franca alegría de los tiempos del Emperador á la austera

disciplina del reinado de Felipe II. Un nuevo período se abría á su

actividad literaria, y durante el resto de su vida, que fué bastante

larga, ejercitó sin cesar su fácil y castiza pluma en argumentos

religiosos y propios de la gravedad de su estado. Por este camino llegó

á ser uno de los escritores más populares, especialmente en materia

hagiográfica. Los cinco abultados volúmenes de su _Flos Sanctorum_,

compilados de las obras de Lipomano y Surio, con muchas adiciones

de santos españoles, vinieron muy oportunamente á sustituir á las

viejas y rudas traducciones de la _Legenda Aurea_. Y aunque nuestro

Villegas, como casi todos los que trataron de vidas de Santos antes de

la grande obra de los Bolandistas, adolece de nimia credulidad y falta

de crítica, es tan fervorosa la piedad con que escribe, tan patente

su celo por el provecho de las almas y tan notoria su buena fe, que

se le pueden perdonar sus defectos, casi inevitables, en gracia de la

pureza y sencillez de su estilo, que parece reflejo de la ingenuidad

de su corazón. El crédito persistente de sus libros, muchas veces

reimpresos y traducidos al italiano y á otras lenguas, no cesó del todo

aun después de la aparición del _Flos Sanctorum_ del P. Rivadeneyra,

escritor toledano como Villegas, pero muy superior á él en corrección

y gusto. Ambas obras compartieron durante el siglo XVII el favor de

las gentes inclinadas á la piedad, y fué gran lástima que en el XVIII,

en que todas las cosas, hasta la devoción, se afrancesaron en España,

fuesen arrinconadas tan elegantes páginas, usurpando su puesto el _Año

Cristiano_ del P. Croisset, que llegó á ser lectura predilecta de las

familias. En la prolija tarea de traducirle invirtió el P. Isla mucho

tiempo y trabajo, que hubieran estado mejor empleados en composiciones

originales, y aunque la versión resultó menos galicana que otras,

el mérito del texto no compensaba ni con mucho el sacrificio que

voluntariamente se impuso uno de los últimos ingenios que con entera

propiedad merecieron el nombre de españoles. En vano quiso hacer la

competencia á la obra del jesuita extranjero el erudito valenciano D.

Joaquín Lorenzo Villanueva con su _Año Cristiano Español_, digno de

aprecio por su crítica en general sana y aun por el estilo, que es

bastante limado, pero seco y pobre. Las sospechas de jansenismo que

pesaban sobre el canónigo Villanueva perjudicaron, bien injustamente,

á la difusión de su obra, y resultó casi estéril su tentativa

hagiográfica, que apenas ha tenido continuadores.

Pero de la saludable reacción en favor de las lecturas castizas dan

testimonio las varias reimpresiones totales ó parciales del _Flos

Sanctorum_ del P. Rivadeneyra hechas durante la centuria pasada. Alonso

de Villegas no ha tenido tanta fortuna. Sus infolios son de difícil

adquisición y rara vez se encuentran juntos.

Apareció el primero en 1580, y en él, como en varios de los siguientes,

hizo constar el autor la fecha en que los iba terminando. «En el qual

puse postrera mano Domingo seys dias de Enero, en que la Iglesia

Católica celebra fiesta de los Reyes, del año del nascimiento de

Christo de mil y quinientos y setenta y siete: teniendo la silla de

Sant Pedro Gregorio decimotercio, y reynando en España el catholico Rey

don Phelippe, segundo deste nombre»[450].

De la _segunda parte_, que comienza con la Vida de la Virgen, no

conozco edición anterior á la de 1588, que se presenta ya adicionada

y corregida. Villegas se titula en la portada, además de capellán de

mozárabes, beneficiado de San Marcos[451].

Del mismo año es la _tercera parte_, que contiene las vidas de «santos

extravagantes» (es decir, que están fuera del rezo común) ó de personas

virtuosas no canonizadas. Villegas, que ningún tropiezo había tenido

con el Santo Oficio cuando imprimió la _Selvagia_, le encontró mucho

más riguroso con sus historias de Santos. La _adición_ relativa á los

varones ilustres en virtud se mandó quitar del libro, conforme á las

sabias prescripciones de la Iglesia, que prohiben calificar de beatos

por mera creencia pía á los que ella no ha declarado tales[452].

También en las dos primeras partes se mandaron borrar «algunas cosas

apócrifas é inciertas», según se advierte en la edición toledana de

1591, obligando al autor á hacer una especie de refundición de su obra,

en la cual salió muy mejorada. Puso la última mano á este trabajo á

treinta días de mayo de 1595[453].

En el intervalo se había publicado en Madrid, 1589, la _cuarta parte_,

que contiene discursos y sermones sobre los Evangelios de todas las

Dominicas del año, ferias de Cuaresma y Santos principales[454].

Cuéntase como _quinta parte_ del _Flos Sanctorum_, aunque en rigor no

lo sea, el _Fructus Sanctorum_, del cual sólo conocemos la edición de

Cuenca, 1594[455]. Es, sin disputa, la más rara de todas las obras de

Alonso de Villegas, y la más útil para el estudio de las leyendas y

tradiciones piadosas. Contiene una selva numerosa de ejemplos morales,

á la manera del _Prado Espiritual_ de Santoro y otras colecciones

análogas para uso de los predicadores y edificación de los fieles.

El tomo sexto de las obras de nuestro autor es la _Vitoria y Triunfo de

Iesu Christo_, terminado en 1.º de marzo de 1600, «siendo de edad de

sesenta y seis años», é impreso en Madrid en 1603[456].

En varios tiempos publicó otros escritos más breves, todos de

análoga materia. En 1592 dedicó á la villa de Madrid una _Vida de

San Isidro labrador_[457], que viene á ser la misma incluida en el

_Flos Sanctorum_. En 1595 publicó en Toledo la _Vida de San Tirso_,

acompañada de una carta al corregidor D. Alonso de Cárcamo sobre

ciertas antiguallas descubiertas en la imperial ciudad, á las cuales

presta ciega fe, lo mismo que á la supuesta carta del rey Silo, cayendo

incautamente, como tantos otros, en las redes del gran falsario Román

de la Higuera[458]. En 1600 tradujo un libro ascético de D. Florencio

Harleman, monje cartujo de Lovaina; pero este trabajo, que dedicó

á doña María de Zúñiga, monja en San Clemente de Toledo, permanece

manuscrito[459]. Entre los «_sermones predicados en la beatificación de

la B. M. Teresa de Jesús Virgen..._» (Madrid, 1615) hay uno que Alonso

de Villegas pronunció en la catedral de Toledo. Es la última noticia

que tenemos de su persona.

D. Nicolás Antonio le atribuye equivocadamente dos libros más: el

tratado de los _Favores que hace á sus devotos la Virgen nuestra

Señora_ (Valencia, 1635) y _Soliloquios Divinos_ (Madrid, 1637). Uno

y otro pertenecen al ilustre ascético jesuita Bernardino de Villegas,

natural de Oropesa.

En un cuadro del toledano Blas de Prado, existente en nuestro gran

Museo Nacional, que representa á la Virgen con el niño Jesús y varios

santos, está representado Alonso de Villegas[460], cuya efigie nos han

conservado, por otra parte, varias ediciones del _Flos Sanctorum_.

Es tradición consignada por D. Tomás Tamayo de Vargas en su _Junta

de libros_[461], y repetida por D. Nicolás Antonio[462], que Alonso

de Villegas, arrepentido de haber compuesto la _Selvagia_, hizo los

mayores esfuerzos para recogerla y destruirla. Nada de particular tiene

que un eclesiástico tan grave, entregado á ejercicios de piedad y á la

composición de obras espirituales, mirase con ceño aquella producción

algo liviana de su primera juventud. Pero no hemos de extremar las

cosas hasta el punto de creer que se _horrorizase_ de ella, como dice

el erudito librero D. Pedro Salvá, movido en parte por sus prejuicios

anticlericales, y todavía más por el deseo de acrecentar el valor de

su mercancía, exagerando la rareza de la _Selvagia_[463]. El caso no

merece tantas alharacas.

La _Selvagia_ es una de las _Celestinas_ menos desenvueltas en su

lenguaje y menos escandalosas en sus lances. Y aun siendo rarísima,

no es de las más raras, puesto que hemos visto de ella cinco

ejemplares[464] sin salir de España. De todos modos, á los escrúpulos

quizá nimios de Alonso de Villegas se debió que quedase inédito, y

probablemente se perdiera, un libro suyo de _cuentos varios_, que

serían apreciables de fijo, dadas las condiciones narrativas que el

autor mostró en bien diversa materia.

No debe confundirse con la _Selvagia_ otra obra de parecido título,

impresa treinta años después, y que también pertenece á la galería

celestinesca, la _Comedia Salvaje_ de Joaquín Romero de Cepeda, vecino

de Badajoz, inserta en el rarísimo tomo de sus _Obras_ (Sevilla,

1582)[465]. Fué Romero de Cepeda mediano poeta, más feliz en los metros

cortos que en los de importación italiana; imitador á veces hábil

de Castillejo y Gregorio Silvestre, pero no un ingenio de relevante

personalidad ni mucho menos. Así lo testifican su poema _El infelice

robo de Helena_, su colección de romances sobre _La antigua, memorable

y sangrienta destruyción de Troya_ (Toledo, 1583), su _Conserva

Espiritual_ (Medina del Campo, 1588), su traducción de las _Fábulas de

Esopo_ y otros (Sevilla, 1590) y un libro de caballerías, que fué de

los últimos de su género, no descrito aún por los bibliógrafos.

La comedia _Salvaje_ (no _Selvaje_, como han escrito algunos) no

pertenece al género novelesco, sino al dramático. Es perfectamente

representable, y puede darse por seguro que fué representada. Consta

de cuatro jornadas muy breves, escritas en redondillas dobles, y se

asemeja del todo en su sencilla traza y artificio á las imitaciones de

Torres Naharro que hicieron Jaime de Huete, Agustín Ortiz y otros, más

bien que á las fábulas complicadas y aparatosas de Juan de la Cueva,

que debían de estar en su mayor auge cuando Joaquín Romero de Cepeda

ofreció al público sevillano las suyas.

La relación muy estrecha en que la _Salvaje_ está respecto de la

_Celestina_ puede colegirse por su mismo título, que es casi un

plagio, cometido también por Luis de Miranda: «_Comedia Salvaje, en la

qual, por muy delicado estilo y artificio, se descubre lo que de las

alcahuetas a las honestas doncellas se les sigue, en el proceso de lo

qual se fallarán muchos procesos y sentencias_».

Todavía es más explícito el _argumento_: «Anacreo[466], caballero

mancebo de mediano estado, enamórase de Lucrecia, hija de Arnaldo y

Albina, única heredera de sus padres, muy rica y hermosa, la qual por

medio de Gabrina, famosa alcahueta, viene a condescender a los ruegos

de Anacreo; descúbrese el hecho, prenden a Gabrina, ahorcan a Rosio,

criado de Anacreo. Huye Lucrecia; van sus padres en su busca; a Arnaldo

matan salteadores, y a ellos Anacreo, que va en busca de Lucrecia.

Roban a Albina dos salvajes, defiéndela Anacreo, sale Lucrecia al ruido

en hábito de pastora, mata los salvajes, dase a conocer, perdónalos

Albina, despósanse Anacreo y Lucrecia».

Dos partes hay que distinguir en esta composición. La primera, que

comprende las dos primeras jornadas y parte de la tercera, es una

imitación ó más bien una _versificación_ de la _Celestina_, tan servil

que puede ponerse al lado de las traducciones literales de Urrea y

Sedeño. Pero los versos son fáciles y no desnudos de elegancia, como ya

advirtió Moratín. Júzguese por este soliloquio de Gabrina, cuando va á

casa de Lucrecia (jornada segunda):

La madre que me parió

Haya mal fin y quebranto,

Que á hija que quiso tanto

Tan mal oficio mostró.

De contino el manto á cuestas,

Con las haldas arrastrando,

Por callejas rodeando

Y otras partes deshonestas.

Contino por monesterios,

Por ermitas, por cantones;

De noche como ladrones

Cercando los cimenterios,

Por sepulcros de finados.

Y por lugares desiertos,

Buscando huesos de muertos

Y narices de ahorcados.

Y á la fin muy bien pagado

Al cabo de mis afanes!

Por servir á estos galanes

Dos veces me han emplumado;

Pues agora una coroza

O algun jubon sin costura.

Triste de tu hermosura,

Gabrina, cuando eras moza!

Ora en fin yo quiero ir,

Por demas es este lloro,

Que esta cadena de oro

Me hará a veces reir.

Llevo perfumes y olores,

Tocas de lienzo delgado,

Seis madejas de hilado

Y otras yerbas para amores.

La carta quiero guardar,

Porque el ir no me sea en vano,

Que en tomándola en su mano

Le haré a Anacreo amar.

Quiero ir, que ya me espera

De Lucrecia el hermosura.

¡Que buen principio y ventura

Que sus padres salen fuera!

Conjúrote, gran Pluton,

Emperador de dañados,

Rey de los atormentados

Y de la infernal region;

Señor del sulfúreo fuego,

Capitan del rio Leteo,

Molestador de Fineo

Y veedor del reino ciego.

De las infernales furias,

Hidras, harpias volantes,

De las ánimas penantes,

Señor de las tristes curias;

Yo, Gabrina, antes que parta,

Te conjuro, pido y ruego

Que con tu sulfúreo fuego

Te encierres en esta carta.

Y cumpliendo mi deseo,

Que tanto tu nombre precia,

Hagas que muera Lucrecia

Por amores de Anacreo;

Y siempre te serviré

Con fe muy firme y constante,

Y sino con luz radiante

Tus cárceres heriré.

El resto de la pieza es un purísimo desatino, en que se amalgaman

confusamente incidentes del drama novelesco y del pastoril. Moratín

hizo de mano maestra su análisis, con aquella especial habilidad que él

tenía para contar los argumentos de las comedias ridículas.

«Lucrecia, acompañada de la vieja alcahueta Gabrina, abandona la

casa de sus padres y se va á la de Anacreo su amante: los padres de

Lucrecia, echándola menos, van á casa de Gabrina con la justicia, y de

allí á la de Anacreo; pero éste y Lucrecia han huído descolgándose por

una ventana. Presos Gabrina y el criado Rosio, los llevan á la plaza:

allí aparece la horca á vista del auditorio; suben al reo y le cuelgan;

á Gabrina la empluman, le ponen una coroza, y sentándola en la escalera

del suplicio queda abandonada á merced de los muchachos, que á porfía

le tiran brevas, berenjenas y tomates, le remesan los pelos y le dan

puñadas; hecho esto dice el juez:

Quiten luego á esa muger,

Y entierren al ahorcado.

«En la cuarta jornada sale por un monte Lucrecia con arco y saetas y

llora la mala ventura de sus amores; luego que se retira, sale por otro

lado Anacreo lamentándose igualmente de la desdicha en que se ve. Salen

después Albina y Arnaldo, padres de Lucrecia, vestidos de peregrinos,

en busca de su hija; descansan un rato de la fatiga del camino, y

al querer proseguirle los sorprenden dos ladrones llamados Tarisio

y Troco; el viejo Arnaldo quiere defenderse y muere á sus manos;

sobreviene al ruido Anacreo y mata á Tarisio; su compañero Troco se va

huyendo; sigue el reconocimiento de Anacreo y Albina, y cuando tratan

de enterrar el cadáver de Arnaldo, vienen dos salvajes, entre los

cuales se ve Anacreo en mucho peligro de perder la vida; pero Lucrecia,

que se aparece muy oportunamente, dispara una flecha y cae muerto uno

de los salvajes. Anacreo en tanto consigue matar al segundo; la madre y

el amante, sin reconocer á Lucrecia, le agradecen el socorro que les ha

dado; ella al fin se descubre, y con el regocijo de los tres acaba la

fábula».

Sólo por tener forma de comedia en prosa é intervenir en ella una

hechicera puede contarse entre las _Celestinas_ la _Doleria del Sueño

del Mundo_, que pertenece en realidad al género alegórico-fantástico,

más cultivado en el siglo XVII que en el XVI, á cuyas postrimerías

corresponde esta obra, tan singular por su título como por su

desarrollo. Fué su autor Pedro Hurtado de la Vera, cuyo apellido

indica origen extremeño, al paso que ciertas rarezas de su lenguaje

puedan hacer sospechar que fuera nacido ó criado en Portugal. ¿Sería

por ventura algún judío portugués cuyos ascendientes hubieran pasado

de Extremadura al reino vecino? De su persona nada más podemos decir

sino que en 1573 publicó traducida del italiano, una de las más tardías

versiones del _Sendebar_, conocida con el nombre de _Erasto_[467].

Algo de influjo italiano se columbra también en la _Doleria_[468],

que recuerda, hasta cierto punto, la _Circe_ de Juan Bautista Gelli

y otros diálogos satíricos, sin ser positiva imitación de ninguno

de ellos. El autor se muestra versado en todo género de literatura,

especialmente en los libros de caballerías y en los poemas de Boyardo

y del Ariosto[469]. Cita con frecuencia y oportunidad trozos de

romances viejos[470], como antes de él lo había hecho Jorge Ferreira,

á quien se parece también en lo cortado y sentencioso del estilo. En

el pensamiento de su obra y en algunas de las alegorías de que se vale

percíbese la acción eficaz de los moralistas y satíricos antiguos,

sobre todo de Luciano, tan imitado en España durante nuestro siglo de

oro[471].

La _Doleria del sueño del Mundo_ es una invención francamente

alegórica. Todos los personajes tienen una doble representación real

y simbólica; pero la primera es muy tenue y borrosa y queda casi

enteramente anulada por la segunda, lo cual comunica extraordinaria

frialdad al diálogo y reduce á mínimo valor la intriga, tan confusa y

enmarañada que á duras penas se entiende en la primera lectura. Todos

representan alguna virtud ó vicio, pero no siempre los actos que en

la tragicomedia se les asignan van de acuerdo con lo que sus nombres

griegos anuncian. Hay en esta parte notables incongruencias y falta de

solidez en los caracteres, si tal nombre merecen.

El autor amonesta que se lea su _Comedia_ «como cosa moral y traslado

de la vida humana. Amor es el argumento d' ella, por ser en el mundo

Amor la causa de todo mal y bien. Duerme _el Mundo_ y sueña ser

_Heraclio_ amor de virtud y fama, con el contrapeso de vanagloria,

que es _Honorio_ su criado. _Logistico_, la Razón que manda sobre

ella, la cual cae alguna vez para levantarse con más fuerça como

Antheo y reconoscer la fuerça soberana. _Astasia_ es la sensualidad y

hipocresia en habitos de virtud. El deleyte, _Idona_, hermosa de cara,

de obras fea. _Melania_, la malicia, cuyo fruto es el trabajo, que la

color d' el negro significa, y a la postre queda subjecta á _Morio_,

que es la ignorancia, y con él casada. _Asosio_, la carne vagabunda,

pero al spirito reduzida con el castigo y experiencia. Las Egypcianas

son las tentaciones, que procuran de ajuntar los buenos a los malos.

_Andronio_, la ciuil costumbre que declina de la malicia a _Aplotis_,

la simplicidad. _Apio_, _Metio_, _Amercia_, _Mania_ son los vicios.

_Doleria_, la casamentera d' ellos, engaño y castigo juntamente. El

bosque de las sombras, la vanidad de las cosas d' esta vida. _Aglaia_,

_Thalia_, _Caliope_, _Melpomene_, las sciencias y virtudes que

voluntariamente se presentan a sus amadores. Los Salvages, penitencia

y contino remordimiento de la conciencia. _Nemesis_, la justicia que

yguala todo y manifiesta lo que hizo dissimuladamente y disfraçada con

_Asosio_, tomando despues por instrumento de castigar los malos a los

malos, de remunerar los buenos a los buenos. Es _Charon_ la Muerte, que

despierta al Mundo y da principio de vida a unos, de muerte a otros.

Si el argumento o estilo no te contenta, hagalo el desseo, que es de

contentar los auisados; si no, casate con la hermana de Melania, mujer

de Morio, y sereys cuñados»[472].

Estas últimas palabras de Hurtado de la Vera, que con tanta llaneza

declara tonto de solemnidad al que no guste del artificio de la

_Doleria_, indican lo satisfecho que hubo de quedar de este alarde

de su ingenio. Pero algo había de temerario en su presunción, no

justificada por las medianas dotes de su inventiva y estilo. El

pensamiento de la obra era ingenioso, aunque no muy original, y,

desarrollado con eficacia artística, hubiera podido ser el germen de

una gran concepción fantástica. Hacer dormir al Mundo durante seis

mil años y desarrollar en las visiones de un sueño el espectáculo de

la vida humana, con sus ilusiones y sus desengaños, para destruir

luego esta aérea fábrica al son de los remos de la barca de Carón, era

empresa digna de un gran poeta, y debe contarse entre los precedentes

de obras análogas, como las de Grillparzer y el Duque de Rivas. No

puede negarse tampoco á Hurtado de la Vera cierto talento agudo y

sutil, que de puro sutil se quiebra, en algunas de sus alegorías,

como el banquete en casa de Astasia y el diálogo de las fingidas

gitanas (escena 5.ª del tercer acto); la transfiguración de Asosio por

las mágicas artes de Doleria en la persona de un cortesano llamado

Andronio, y las equivocaciones y lances cómicos (un tanto análogos

á los del _Anfitrión_ de Plauto) que esta transformación ocasiona

(escenas 7.ª y 8.ª del mismo acto; 1.ª, 2.ª, 4.ª y 9.ª del acto

cuarto); los engaños del bosque encantado, donde las sombras se hacen

cuerpos y los cuerpos sombras, y toda persona se duplica y llega á

perder la conciencia de sí misma (escenas 6.ª y 7.ª del acto quinto);

la aparición de las Gracias, de las Musas y de la justiciera Némesis,

que ahuyentan con serena luz clásica las visiones de aquella _noche de

Walpurgis_ (escena 8.ª del quinto acto).

No era ciertamente pensador vulgar el que _interpretaba_ el mundo

diciendo que «de lo bueno no hay en él más que la sombra, y de lo malo

todos son cuerpos». (Pág. 383). Pero le faltó aquel extraño poder de

dar vida á las abstracciones de la mente, que por tan diversos caminos

mostraron, casi á un tiempo, en España el autor del _Criticón_ y en

Inglaterra el autor del _Viaje del Peregrino_. En la _Doleria del

sueño del Mundo_ se ve una imaginación pobre y apocada, que lucha con

un argumento muy superior á sus fuerzas; que no llega, ni por asomo,

á convertir en personaje real ninguno de sus fantasmas alegóricos, y

se pierde con ellos en un laberinto de disfraces y embrollos pueriles.

Obra, en suma, que sólo por curiosidad puede leerse y que no deja en el

espíritu ninguna impresión duradera.

El estilo es tan artificioso y revesado como el argumento. Todos los

interlocutores hablan por sentencias y alusiones; todos aguzan el

pensamiento en forma de epigrama. No faltan rasgos felices, que el fino

amador de nuestra lengua debe estimar y recoger; pero el conjunto es

de gran monotonía. Hurtado de la Vera, que carecía del genio brillante

y á veces hondo de Baltasar Gracián, había adivinado, y aplicaba en su

parte peor, medio siglo antes que él, aquella doctrina del estilo que

el jesuíta aragonés teorizó en su libro de la _Agudeza_, y llevó al

último extremo en _El Héroe_, el _Oráculo Manual_ y _El Discreto_. Hay

conceptos en la _Doleria_ que son verdaderos enigmas, y cuando se llega

á descifrarlos rara vez compensan el trabajo que cuestan.

Pero obra curiosa lo es, sin duda, hasta por sus particularidades

de lenguaje, como el empleo de ciertas formas de la conjugación, ya

arcaicas y desusadas á fines del siglo XVI, á no ser que se estimen

como netamente portuguesas[473]. Acaso Hurtado de la Vera saldría de

la Península muy joven, lo cual puede explicar la persistencia de

estas locuciones, aprendidas en la infancia, al paso que su residencia

en Flandes pudo dar ocasión á un corto número de galicismos y frases

exóticas que de vez en cuando salpican su texto[474]. Todo el libro

revela una cultura algo pedantesca. «¿Qué mal hago yo en obseruar

las letras de la entrada de la escuela de Platon, no entrando sin

Geometria?... Hize prouision, en casa, de un guante lleno de artes

liberales». (Pág. 331). En la escena 3.ª del segundo acto se intercala

extemporáneamente una disertación sobre los nueve cielos, con todos los

errores de la antigua cosmografía.

Dudo mucho que D. Pedro Calderón conociese la _Doleria_, nunca impresa

en España; pero el título y el pensamiento general de la comedia

alegórica de Hurtado traen á la memoria el título y la idea moral de

_La vida es sueño_, si bien no hay en la ejecución ningún punto de

contacto. No hemos de entrar en la cuestión, bastante compleja, de

los orígenes del drama calderoniano, que muy pronto ha de ser tratada

exprofeso por un erudito norteamericano; pero no podemos menos de

llamar la atención sobre frases tan significativas como éstas de la

_Doleria_: «¿Y a la postre no pára todo en sueño? no hablamos d'ello, o

no recordamos d'ello como de sueño?». (Pág. 315).

Muy distinto género de interés nos ofrece _La Lena_ ó _El Celoso_, obra

lindísima del valisoletano D. Alfonso Velázquez de Velasco y última de

las que se ofrecen á la consideración del lector en el presente tomo.

Impresa en 1602, tres años antes que el _Quijote_, marca el punto

extremo de nuestro trabajo, no porque el siglo XVII dejara de producir

otras _Celestinas_, sino porque la de Velasco pertenece enteramente

al gusto del siglo anterior, dentro del cual la suponemos compuesta,

aunque fuese algo tardía la impresión. Los pocos datos que tenemos del

capitán _pinciano_ (como entonces solían llamarse por error geográfico

los hijos de Valladolid) nos inducen á creer que era hombre de madura

edad cuando dió á luz esta producción suya tan sabrosa y picante. Y

debía de ser persona de consideración en la milicia, puesto que le

honraron con su íntima confianza dos de los grandes soldados españoles

del tiempo de Felipe II: el coronel Francisco Verdugo, hijo ilustre

de Talavera de la Reina, primer sargento mayor de los tercios de

Flandes y heroico gobernador de Frisia, donde resistió catorce años

á los rebeldes holandeses, y el perínclito D. Bernardino de Mendoza,

capitán de caballos ligeros en el ejército del Duque de Alba, imperioso

embajador del Rey Católico en Inglaterra y en Francia y árbitro de

París durante los tumultos de la Liga, á la cual apoyó con su brazo y

su consejo[475].

Fué nuestro D. Alfonso editor, y quizá algo más, del _Commentario_ ó

Memorias militares del coronel Verdugo, impresas en Nápoles (1610),

si bien cinco años antes corría ya de molde una versión italiana de

Jerónimo Frachetta[476]. Preceden y siguen á la edición castellana[477]

varios elogios poéticos de Verdugo, que había fallecido en 1597,

gobernando las armas de España en el Estado de Luxemburgo, después

de haber hecho victoriosa entrada en Francia, llegando hasta las

puertas de Sedán. En un prólogo muy bien escrito, como suyo, recopila

D. Alfonso una parte de las hazañas de su amigo, y se queja de

la envidia que oscureció sus proezas y dejó sin el debido premio

tan extraordinarios servicios. Y en la dedicatoria nos da estas

noticias del libro que publica: «Confieso haberme pesado de ver este

_Commentario_ traducido e impreso en lengua italiana antes que en

la natural que lo escribió su autor, el cual, como á su familiar

servidor, me le dio de su mano en Bruselas, y asi, estimandole por

de no menos sustancia, en su tanto, que cualquiera de los de Julio

César, le he traido como un breviario despues acá siempre conmigo...

No he querido dexar de sacarle de la tiniebla en que le he tenido, y

asi lo comunico ahora a mi patria y nacion en su idioma, sin alterar

cosa ninguna d' él, ni añadir las postilas o glosas que suelen notarse

en semejantes obras, por saber de cierto que la intencion del coronel

no fue señalarse en la pluma (aunque podia) como en las armas, antes

decir sucintamente los sucesos de Frisa, sin más afectacion de la que

trae la pura verdad consigo, manifestando su integridad y proceder para

confusion de sus emulos»[478].

Con ser tan explícitas estas palabras, no faltó en su tiempo persona

bien informada de las cosas de Verdugo que atribuyese al capitán

Velasco la redacción de sus _Comentarios_. Así, el autor de la

biografía anónima descubierta y publicada por D. Antonio Rodríguez

Villa: «Lo sucedido en ella (la guerra de Frisia) desde el año de

1581 hasta el de 1593 o 94, anda ya escrito en tantas relaciones y

en diferentes lenguas, y últimamente en libro particular que desto

ha sacado a luz de poco tiempo a esta parte don Alonso Velazquez de

Velasco, que lo imprimio en Napoles... Remito a quien fuere curioso

o afortunado al libro referido y a los demas que, aunque cortos, dan

luz de lo que pasó en los catorce años que el Coronel gobernó la dicha

provincia, y quede a cargo de quien ahora hace esta relacion sacar

a vista de todos, con mucha brevedad, todos los sucesos de Frisia,

dando razon dellos muy particularmente y comprobandolos con papeles

y ordenes de que no so puede recibir duda; porque _aunque es cierto

que el dicho don Alonso Velazquez de Velasco escribio el dicho libro

imitando a Julio César, fue tan solamente lo que el propio Coronel le

comunicó_»[479].

Páginas hay en el _Comentario_ de Verdugo que, como otras muchas de

nuestros clásicos militares del siglo XVI, recuerdan la manera de

Julio César[480]; pero el Coronel era muy capaz do escribirlas, puesto

que, como dice su compañero de armas D. Carlos Coloma, «tuvo este

insigne caballero _elocuencia natural grandísima_, y todas las partes

que para ser gran soldado y gran gobernador convenían»[481]. Fuera de

estos pasajes, que fácilmente se destacan del resto, el estilo del

_Comentario_, que más bien debería llamarse memorial ó alegato en causa

propia, tiene poco de literario, y á veces es tan desaliñado y confuso,

que por ningún concepto puede atribuirse á la elegante pluma del autor

de la _Lena_. Cuando prestó á su antiguo jefe el gran servicio póstumo

de divulgar su triunfante vindicación, respetó, sin duda, el manuscrito

que tenía entre manos, creyendo muy bien que cualquier enmienda ó

retoque alteraría el carácter personalísimo de aquellas Memorias y

haría sospechosa su veracidad.

También D. Bernardino de Mendoza confió á Diego Alfonso Velázquez

de Velasco un ensayo poético suyo, que Velázquez publicó juntamente

con sus propios versos. Trátase de una oda _sobre la conversión del

pecador_, compuesta con fervorosa unción en liras bastante fáciles,

aunque poco limadas. Velasco encabezó con ella otras que él tenía

escritas á imitación de los siete salmos penitenciales, y formó con

todo ello un breve y elegante volumen, estampado por las famosas

prensas Plantinianas, en 1593, bajo los auspicios del gran Conde de

Fuentes, D. Pedro Enriquez[482]. En la dedicatoria dice Velasco: «El

Señor don Bernardino de Mendoza, siendo Embajador en Francia, me envió

de Paris a Napoles las _Odas_ que al principio de las mias he puesto;

por haberme incitado, como todas las demas cosas de su divino ingenio,

a seguirle en la imitacion de estos _Salmos_, a los cuales me incliné,

por continuar la materia de conversion, y tener en particular tantos

devotos de nuestra nacion que ordinariamente los dicen. Y puestos ya

en la forma de más facil inteligencia que con humilde entendimiento

he podido alcanzar, con poco más de mi caudal que decirlo en mi

lengua; sin apartarme de la luz de algunos recibidos Interpretes,

confiriendolos con personas doctas, persuadido, o cuasi forzado de los

mismos, he resuelto imprimirlos.»

Las imitaciones de Velasco van tan ceñidas al sagrado texto, que casi

pueden calificarse de traducciones parafrásticas, aunque desmayadas y

sin brío. Tanto él como Mendoza procuran imitar á Fray Luis de León, no

sólo en el metro, sino en el estilo; pero lo que es sabrosa y poética

llaneza en el primero, es indigencia, falta de color y prosaísmo en las

odas de los dos capitanes, que parecen haber atendido únicamente á la

edificación de los devotos.

Pasar desde estos ejercicios espirituales á la composición de una

comedia tan desenvuelta y libre como la _Lena_, parecería extraño

en nuestros días; pero en el siglo XVI á nadie podía sorprender ni

escandalizar. Nuestros grandes ingenios ofrecen á cada paso estos

contrastes, siendo igualmente sinceros en las veras y en las burlas,

sin rastro de los hipócritas melindres y afectada gravedad que hoy se

estilan. El caso de D. Francisco de Quevedo se ha repetido con mucha

frecuencia, y puede tomarse como típico y normal de la sociedad en que

vivía. No sabemos cuándo escribió su comedia D. Alfonso Velázquez; pero

es tan literaria y pulida, demuestra un gusto tan formado é indica

tanta experiencia y conocimiento de la vida, que de ningún modo podemos

creer que fuese una improvisación juvenil, sino el fruto muy maduro de

los viajes, campañas, devaneos y aventuras de su autor. Impresos los

_Salmos_ en 1593 y la _Lena_ en 1602, parece seguro que la obra devota

antecedió á la picaresca, al revés del caso de Alonso de Villegas y de

lo que parece más natural y lógico en el proceso de la vida humana.

Tuvieron ambas obras el mismo Mecenas en el insigne capitán D. Pedro

Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, gobernador de Lombardía, á cuyas

órdenes estaba Velázquez cuando publicó en Milán su comedia[483]. Pero

algo singular debió de ocurrir, puesto que del mismo año y del mismo

impresor encontramos otra edición, con el título cambiado, que aquí no

es _La Lena_, sino _El Celoso_, con dedicatoria á distinta persona y

con algunas variantes de palabras que en general mejoran el texto[484].

La modificación del título pudo tener por objeto alejar la infundada

sospecha de que la comedia española fuese una imitación de la _Lena_

del Ariosto, con la cual nada tiene de común más que el nombre y la

remota analogía de encerrarse un amante en un arca, así como en la

pieza del poeta ferrarés le ocultan en una cuba ó tonel[485]. Tampoco

es inverisímil que Velázquez cayese en la flaqueza de lisonjear

simultáneamente á dos magnates, dedicándoles una misma obra con dos

títulos, aunque el procedimiento no dejaba de ser peligroso tratándose

de persona tan culta y literata como el Condestable de Castilla, bien

conocido por la controversia que sostuvo con Hernando de Herrera

titulándose el _Prete Jacopin_ y por otros papeles satíricos, de uno

de los cuales hay reminiscencias en la _Lena_[486]. Acaso buscó su

sombra nuestro autor por no haber encontrado en el conde de Fuentes el

galardón que esperaba.

Sea de esto lo que fuere, y quizá el tiempo lo aclare, la _Lena_ no

tiene trazas de ser fábula de pura invención, sino pintura de algún

caso de la vida real, poco edificante por cierto. La misma Lena dice

en el _Prólogo_, contando sus andanzas: «De lance en lance fui a dar

conmigo en Napoles... y al cabo de pocos dias me resolui de tomar casa

de por mí, y puse tienda abierta de cortesana... _El que estuvo alli

en tiempo del buen Duque de Osuna se acordará de la Buiza, que asi me

llamauan entonces_» (pág. 391).

La figura del marido celoso, en la cual se encarniza nuestro D.

Alfonso con vindicativo ensañamiento, también parece tomada del

natural, y él mismo lo indica hablando con el conde de Fuentes y con

los lectores: «El jocoso concepto que en mi ocio he formado, _rompiendo

lanzas_ en un frenético y desesperado celoso...». «Hallando en mi

ociosidad empeñada la melancolia en diuersos pensamientos _de los

graciosos tiros que muchas mugeres del tiempo viejo hizieron_, y en la

consideracion d' el ardiente furor de aquel triste que siente el mortal

veneno de una celosa desconfianza (_de cuyos rauiosos desconciertos me

ha tocado gran parte_), me puse por mi pasatiempo, _como en vengança

del daño recebido_, a componer esta ridiculosa comedia, en que algunos

ratos he refrescado los espiritus de cierta seca tristeza mia». (Pág.

389).

Este pasaje es importante para mostrar la verdadera filiación de

_El Celoso_, que, siendo una de las más perfectas imitaciones de la

prosa dramática de la _Celestina_, es al mismo tiempo una de las

más originales ó independientes en su traza, argumento, caracteres

y estilo. No hay que tomar al pie de la letra lo que el autor dice:

«consideren que hablo en el papel como al primero que encuentro en

la calle». Esto era lo que había hecho Francisco Delicado, pero un

ingenio tan culto y fino como el de Velasco no podía satisfacerse con

tan vulgar procedimiento. Fué realista, pues, de la grande escuela

española, como lo había sido el autor de la _Celestina_, como iba

á serlo Cervantes, de quien parece, no inmediato predecesor, sino

imitador y discípulo á veces: tan grande es la fuerza de la semejanza.

Pero con ser la _Lena_ tan castiza en el fondo, tiene mucho de comedia

italiana en su técnica. Aunque escrita para la lectura y no para la

representación, está concebida en forma de comedia y no de novela: es

un poema esencialmente _activo_, en que conocemos á los personajes, no

sólo por sus palabras, sino por sus hechos. Hasta cuatro intrigas se

cruzan en él, ingeniosamente combinadas, sin daño de la claridad ni

perjuicio del desenlace. En el artificio dramático, en la solidez de la

construcción, en el vigor de los caracteres, vence con mucho á todas

las comedias, bastante informes, que habían compuesto Timoneda, Lope

de Rueda, Sepúlveda, Alonso de la Vega; y en las gracias del diálogo

no cede á ninguna, con la ventaja de ser su humorismo de calidad más

honda. Es pieza larga, pero no de tales dimensiones que la hagan

irrepresentable, pues apenas llega á la tercera parte de la _Celestina_

primitiva y no excede á la de varias fábulas que positivamente fueron

representadas en Italia. En suma, la _Lena_ es la mejor comedia en

prosa que autor español compuso á fines del siglo XVI.

Pero ¿será enteramente original? Hasta ahora no he encontrado motivo

para dudarlo. Pertenece á una escuela conocida: los medios y recursos

que emplea recuerdan de un modo genérico los procedimientos del teatro

italiano, y quizá más las astucias y estratagemas de amor que tanto

repiten los _novellieri_ ó cuentistas. El mismo Velasco nos llama la

atención sobre esto: «No puede dexar de ser ésta de las más solenes

burlas _que se hallan escritas en el Bocacio_». (Pág. 418). Pero entre

las historias de maridos burlados, que abundan en el _Decameron_,

ninguna concuerda exactamente con el principal enredo de la _Lena_,

es decir, el entenderse los amantes por medio del canto ó recitación

de ciertos versos, ardid que vemos repetido con alguna frecuencia

en nuestros dramaturgos del siglo XVII, especialmente en Tirso,

Calderón y Moreto. Del lance del arca ya hemos indicado que trae á

la memoria otro del Ariosto, y algo semejante hay en la _Calandra_

del cardenal Bibbienna; pero se trata de un tópico vulgarísimo, que

lo es también de varias novelas italianas y españolas, como la del

_médico de Cádiz_ que insertó en su _Teatro Popular_ D. Francisco de

Lugo y Dávila[487]. El tipo del dómine Inocencio, si bien tratado con

deliciosa novedad, pertenece á la familia de los _pedantes_ de la

comedia italiana (recuérdese, por ejemplo, _Il Candelajo_ de Giordano

Bruno). Otras semejanzas podrá reconocer, sin duda, la erudición de

algún especialista, como el doctísimo Stiefel. Natural parece que

un hombre tan leído como D. Alfonso Velázquez, que no hacía alarde

de originalidad, puesto que adoptó por divisa aquella sentencia de

Terencio: _Nullum est iam dictum, quod dictum non sit prius_; que se

complace en citas textuales de los autores clásicos, especialmente

de Propercio y Ovidio[488]; que repite fábulas y cuentos de origen

conocido[489], aprovechara en la rica mies del arte toscano lo que le

pareciese útil, con el mismo desenfado que tenía en explotar á sus

propios contemporáneos españoles, hasta el punto de haber prosificado

parte de una escena y un coro de la _Nise lastimosa_ de Fr. Jerónimo

Bermúdez, traducción libre, como es sabido, de la _Castro_, tragedia

portuguesa de Antonio Ferreira[490]. Por tan extraños y tortuosos

senderos camina á veces la imitación literaria, y tan raras sorpresas

suele proporcionar la comparación de libros de materia y estilo muy

diversos. Pero estas imitaciones ocasionales, aunque fuesen más, poco

importarían en el conjunto de una obra escrita con tanto ingenio y

tanta bizarría como la _Lena_.

Lo que en ella parece más italiano es el espíritu. No pudo menos

Velasco de contagiarse del ambiente que por tantos años había

respirado en Milán y en Nápoles. Si la _Lena_ no fuese obra de puro

pasatiempo y burla, comedia _ridiculosa_, como su autor la llama,

habría que calificarla de inmoral en alto grado, puesto que en ella

queda triunfante el adulterio y vilipendiado y escarnecido el honor

conyugal. Ninguno de los autores de _Celestinas_ se había atrevido á

tanto, salvo el anónimo de la _Seraphina_, que escribía en época de

desenfrenada licencia. Su comedia es monstruosa en las situaciones y en

el lenguaje, y de ningún modo puede compararse su grosera lubricidad

con el arte refinado y la intensa malicia de la _Lena_, donde es mucho

más lo que se sobrentiende que lo que realmente se expresa: obra, en

suma, más bien picante que lasciva, pero de un cinismo cómico, que

convierte en materia de risa las más aflictivas flaquezas y desventuras

matrimoniales. Hasta los nombres de los interlocutores corresponden,

casi todos, á la _maldita y descomulgada región de Cornualla_ (pág.

422). Uno se llama Aries, otro Morueco, el de más allá Cornelio, el

protagonista Cervino, una dama doña Violante de Cabrera, un paje

Bezerrica, un barbero Ramiro Cornato. Y en el curso de la pieza se

habla del médico doctor Cornejo; del licenciado Cervera, letrado; del

licenciado Bicornis, juez; del trompeta Juan Cornier, y del auditor

Monseñor Cornaro, á quien piensa acudir el Sr. Aries en el pleito de

divorcio de su impotente yerno. La astuta y redomada Lena da las señas

de su casa al simple de Inocencio diciéndole que vive «pared en medio

de un oficial de tinteros, peines, calzadores, mangos, lanternas,

peonzas y macetas de sellos». (Pág. 404). Ni Quevedo apuró tanto la

letra en esta materia. La _lira de Medellin_, pulsada por la diestra

mano de Velasco, _sonaba siempre á cuerno_, como en su tiempo la del

festivo Iglesias.

Claro es que no faltan en el libro protestas de moral, aunque ligeras

y poco sentidas. El autor quiere que su comedia sirva «no sólo de

entretenimiento, sino tambien de util consejo y exemplo, para excusar

la terrible pasion de los celos, que consume en su propio fuego al

insensato a quien toca». (Pág. 398). Y ciertamente que alguna moralidad

puede sacarse de ella, aunque no sea muy sublime, sino practica y

mundana, mostrando en acción el viejo aforismo «no puede ser guardar

una mujer», tema que desde Lope y Moreto hasta Molière, Beaumarchais y

Moratín ha sido fuente inextinguible de donaires cómicos, no siempre

bien avenidos con la autoridad familiar y el sosiego doméstico. Los

celos, por detestables y ridículos que sean, nacen de un sentimiento

extraviado de amor ó de honor, y suelen ser menos peligrosos en sus

consecuencias sociales que la indiferencia ó laxitud contraria. Pero

ya hemos visto que nuestro don Alfonso no escribía para moralizar en

ningún sentido, sino para burlarse á sus anchas de un celoso con quien

tenía particulares motivos de resentimiento: «Ahora acabo d'entender

ser los celos de las más violentas y bestiales passiones que pueden

tocar a un hombre, porque si una vez se assientan en la cabeça d'el

que se consume y seca intentando vna tan escura verificacion, le haze

cometer tan ridiculossos desatinos. Bien dixo aquel qu'el celoso es

loco de arte mayor, pues como tal, tiene miedo hasta de su mesma

sombra, y de cosas nunca vistas, oydas ni pensadas; mirandolas como en

espejo de alinde, que se las representa muy mayores de lo que son».

(Pág. 434).

Toda la comedia es irónica en grado superlativo; pero donde el autor

remacha el clavo es en el pregón del faraute Cornelio con que el último

acto termina: «De parte del señor Ceruino, guarda mayor de los montes,

se hace saber a todo el insigne auditorio que los que no se fiaren

de sus consortes estarán tan seguros como de no caer las ojas d' el

arbol en fin de otoño. Porque los celos son contra el natural ingenio

de las mugeres: cosolete de araña para los arcabuzazos; la curiosidad

en todas partes viciosa, y en esta más perniciosa. Y assi (movido de

piedad y celo fraterno) amonesta que ninguno (de qualquiera calidad que

sea) los tenga, dentro ni fuera de casa, so pena de que no le podrá

faltar mala ventura. Antes, que todo el mundo se arme de la quieta y

mansa paciencia. Porque la esperiencia le ha hecho tocar con la mano

que todas las sutilezas y vigilancia de los espantados Lépidos (que

no quieren dexar hacer su curso a la Natura) son açadones con que los

cuitados sacan de los centros de sus sospechas las inuisibles cornetas

de la Fama. Y aduierte que se burlan mas d' el que se fatiga en poner

remedio que d' el pacífico que lo dissimula o ignora, y qu' es menester

gran ingenio para evitar tan inutil y enojosso conocimiento. Por lo

qual aconseja (sobre su conciencia) que cada vno renueue en su casa

la costumbre de los prudentissimos Romanos (a quien deue imitar), que

quando bolvian a las suyas lo embiaban delante a auissar a sus mugeres

para no cogerlas de sobresalto, descuidadas y mal compuestas». (Pág.

435).

Claro que no ha de tomarse al pie de la letra tan desvergonzada

exhortación á la mansedumbre conyugal, sino entenderse del revés y

como legítima sátira; pero el tono escéptico y maleante de Velasco es

un síntoma de ligereza moral, que no encontramos, por ejemplo, en la

primera _Celestina_, cuyo fondo es grave y amargo.

Todo es, por el contrario, vivo, jovial y risueño en la _Lena_, aunque

no sea fruto primaveral sino muy tardío del Renacimiento italiano. Un

buen humor constante; una profunda socarronería, que se divierte en

la invención de lances grotescos y de personajes estrafalarios; un

chiste no verbal ni epidérmico, sino nacido de los caracteres y de las

costumbres; una frescura excesiva y desahogada, pero que no llega á los

límites de lo torpe, prestan singular encanto á este ameno librillo. El

diálogo, aunque muy recargado de picantes especias y frases de doble

sentido, es tan pintoresco como dramático, lleno de brío y fuerza

cómica y de ocurrencias felices. La locución es purísima y correcta, á

pesar de haber residido el autor tantos años en extranjeras tierras.

Entre los excelentes prosistas que dió Valladolid en nuestro siglo de

oro ninguno aventaja á D. Alfonso Velázquez en la propiedad de las

palabras y en la elegancia de la construcción. El doctor Suárez de

Figueroa, comparado con él, parece redicho y almidonado, á pesar de

sus admirables dotes. Velasco tiene la espontaneidad de los grandes

escritores, sin que le falte el aliño de las letras humanas, que

comunica al estilo cierta distinción aristocrática. El inconfundible

matiz de su ironía, si por una parte nos hace pensar en Italia, por

otra nos recuerda el gracejo fuerte y sabroso de León y Castilla la

Vieja; modalidad muy digna de tenerse en cuenta en el rico museo del

humorismo peninsular, aunque sea distinta de la gracia andaluza.

Españoles son ó parecen todos los personajes. La acción pasa en

Valladolid, y no faltan toques de color local muy oportunamente dados.

Se habla de los abogados de la Chancillería. Inocencio va á decir sus

devociones al _Cementerio de la Magdalena_ (pág. 399). Lena lava _por

su devoción_ paños del _hospital de Esgueva_ (pág. 403). El barbero

Ramiro anda por _la acera de San Francisco_, buscando nuevas que contar

á sus clientes (pág. 404). Vigamón compara la dureza y estrechez de su

cama con la del _guardián del Abroxo_ (pág. 412). Marcia y Casandra

fingen ir á vísperas _en las Huelgas_ (pág. 419). También se mencionan

la romería de Nuestra Señora de Prado y la de Cerveros, la renta de

Toro y la de Boezillo (pág. 421), la plazuela de San Llorente, la casa

de Orates y el paseo del Espolón. Cervino, «acompañado de diez ó doce

escapados de la horca», asalta á los hijos de doña Violante «en aquel

passo estrecho que va de la Boheriza al Rio, entre las casas del duque

de Bexar y la Rondilla». (Pág. 427). Hay alusiones nominales, como

en el teatro aristofánico, á personas conocidas de aquella ciudad:

«¿Era por ventura vuestro pariente Corcuera, Maestresala del Conde de

la Gomera, que vino á ser Tesorero del de Oñate y murió Contador del

Marqués de Falces?». (Pág. 400).

Todas las _Celestinas_ abundan en datos de _folk-lore_, y no hace la

_Lena_ excepción en este punto. Algunos son por extremo peregrinos.

Allí encontramos á los de la tierra de Babia, «que siegan el trigo

con escaleras»[491] (pág. 394); á «los soldados de Trencha, que eran

treinta y seis a arrancar un nabo». (Pág. 415), y á los habitantes de

«la gran ciudad de Cestiérnega, fundada al pie d' el alto monte de San

Cristoual, media leguecita de aqui (Valladolid), que no tiene alcalde,

alguazil, porqueron, escriuano, medico, boticario, cura ni sacristan

(falta para biuir en paz y con salud mil años), abundantissima de

quixones y turmas de tierras, que son bonissimas para los avogados y

mejores para los novios». (Pág. 429). Frisa en lo rabelesiano esta

última fábula, y bien pudiera ser invención de nuestro desenfadado

autor.

Aunque tenga la _Lena_ tanto detalle español y aun regional; aunque

la Valladolid alegre, pródiga y viciosa que nos presenta sea la misma

que nos dan á conocer los poetas, novelistas, viajeros y autores

de relaciones que la describieron durante el breve período en que

llegó á ser transitoria corte de la monarquía española[492], la

_Lena_ es comedia de interés humano y sus caracteres tienen algo de

universal. Quizá el mayor mérito del autor estriba en eso. Gracias á

él desaparecieron los tipos parásitos y convencionales, que habían

llegado á ser el _caput mortuum_ de las _Celestinas_ secundarias: el

insoportable rufián baladrón y perdonavidas, y las palomas torcaces

de la casa llana. Desembarazado el teatro de tales figuras, sólo

quedaba del cuadro antiguo Celestina, es decir, la Lena, tratada

con la posible novedad, sin el intento temerario de competir con el

inaccesible modelo, sin el plagio inocente que tantos cometieron

queriendo arrancar á Hércules su clava. Todo el maleficio sobrenatural

que envuelve la creación de Rojas ha desaparecido. La _corredora_ Lena

Corcuera de Cienfuegos no es más que una vieja hipócrita y taimada,

que á costa de la simplicidad del bachiller Inocencio, y sin tener que

zurcir voluntades ajenas, puesto que cuenta desde el principio con la

complicidad de Marcia y de su hijastra, conduce á su fin dos intrigas

escandalosas, y acaba por contraer grotesco matrimonio con el barbero

Ramiro: última bufonada de la obra. No hay seducción de ningún género,

ni podía haberla, porque las dos damas rinden desde el primer momento

la fortaleza de su honor, y sólo se trata de burlar la vigilancia

del celoso. «Ya murió Calisto, y nuestra Melibea se da tanta priessa

a sacarnos de pena, que la mercancia vendra a salir poco más que de

balde», dice Cornelio (pág. 411), marcando con esto sólo la diferencia

entre ambas obras.

Pero aun siendo tan subalterno el papel de la Lena, que aquí no ejerce

ninguna sugestión psicológica, son tantos los donaires que el autor

pone en sus labios, especialmente cuando habla con el Bachiller, y

tanta la viveza y gracia de sus réplicas, que bien mereció dar su

nombre á esta comedia, con más justicia que el Celoso, cuya semblanza,

trazada por la mano del rencor, tiene mucho de caricatura. Cervino es

una especie de bestia, sin ningún rastro de sentimientos generosos,

y aunque las necias precauciones de que se vale recuerdan algo las

del _Celoso Extremeño_[493], no hay en la licenciosa farsa del poeta

_pinciano_ nada que remotamente pueda compararse con la honda y severa

tristeza que infunden las últimas páginas de la historia de Felipe

de Carrizales. Este ejemplo bastaría para probar cuánto va del genio

al ingenio, por muy despierto y hábil que éste sea. Las sales de la

_Lena_ son de las que no sólo en la mesa de Plauto sino en la de

Miguel de Cervantes pudieran servirse. Si el portentoso novelador tuvo

conocimiento, como es muy probable, de una obra que en Valladolid debía

de ser muy leída cuando él residió allí, pudo aprovecharla ciertamente

para el estilo, porque aquella prosa está muy vecina á la suya, pero

nada hallaría que aprender de lo que es más humano y profundo en su

arte.

Todos los caracteres secundarios de la _Lena_ están presentados con

mucho garbo y viveza. El viejo enamorado Aries, la honesta dueña doña

Violante, que con toda su severidad esconde bajo las tocas y el monjil

una juventud todavía fresca y la codicia de nuevos amores; los dos

hermanos Damasio y Macías, enamoradizos, pendencieros y díscolos, como

hijos de viuda rica, criados con toda libertad y regalo; el barbero

Ramiro, charlatán entremetido, con sus puntas y collares de alcahuete;

su hija Policena, tipo de precoz y salaz desenvoltura, que recuerda un

poco ciertas heroínas de los _Entremeses_ de Cervantes... todos son lo

que deben ser en el conjunto de la fábula, y todos hablan en el estilo

más adecuado á sus respectivas condiciones.

Pero entre tantos personajes felices, ninguno llega al bachiller

Inocencio, que es la gran creación cómica de Velasco y uno de los más

graciosos pedantes que en el teatro ó en la novela pueden encontrarse.

Lo de menos es la copia de latines que ensarta y la disparatada

aplicación que les da. Lo fundamental es su carácter bonachón y simple,

que no ve mal en nada, que se resiste á la evidencia más palmaria, que

cree á pies juntillas cuanto embuste le dicen, y colabora cándidamente

en la deshonra de la casa de Cervino, que tal vigilante había buscado

para su mujer. Chistosísima es, bajo este aspecto, la escena en que

se descubre el engaño del arca por una infantil travesura del paje

Bezerrica:

«_Inocencio._--¿Qué maldad puede cometer un hombre encerrado en un

arca? tuviessemos assi todos los malos y podriamos dormir a sueño

suelto, sin temor de ladrones.

Quanto más que son cosas de mozos, y auran querido hazer alguna burla

al barbero y a su hija...

«_Cervino._--¡Mirá a quién he yo encomendado mi honra!

«_Inocencio._--No está mal guardada quando el que la podría quitar

viene debaxo de llaue.

«_Cervino._--Quitaosme de delante, insensato, no me hagais...

«_Inocencio._--Mire V. md. que se deue tener respeto a un hombre

graduado como yo, porque d' este palo nascen los Oydores y Presidentes

que mandan el mundo. Si, que yo no soy zahori para ver lo que está

en las arcas cerradas; por qué no lo adevinó V. md. quando la hizo

descargar en casa? _Auctor horum malorum praeter te nemo fuit_» (pp.

424-425).

Las cándidas distracciones del Bachiller Inocencio sugieren á Ticknor

el recuerdo de aquel incomparable dómine Sámsom que pinta Walter-Scott

en su novela _Guy Mannering ó El Astrólogo_; pero la semejanza es

aparente y exterior, porque Inocencio es tonto de capirote, aunque

simpático por su misma bobería, y el dómine Sámsom, rico de otra bondad

más alta, sólo hace reir por lo torpe y desmañado.

Tal es esta comedia magistral, aunque frívola y liviana, que, si no fué

la última de las _Celestinas_, por haberse publicado todavía durante el

siglo XVII algunas muy notables, señala el término de la primera serie

y anuncia la transformación del género, libertándole de la servidumbre

de los lugares comunes en que había caído, restituyéndole el nervio

dramático y trayendo nuevos elementos á la pintura de costumbres. Por

esta senda caminaron otros ingenios, especialmente Salas Barbadillo

en _La Sabia Flora_ y en _El Sagaz Estacio_, obras en que me parece

evidente el influjo de la _Lena_ juntamente con el de la comedia

italiana. Pero de esto se hablará en otro lugar.

Por ahora aquí termina el estudio analítico y minucioso que nos hemos

impuesto de una de las más singulares manifestaciones de nuestro arte

dramático y novelesco, pues á los dos se extiende su influjo y sirve

de puente entre los dos géneros. La especial índole de estos libros

exige todo género de precauciones en su exposición, pero creo haberla

realizado con decoro literario y sin hipocresía, persuadido como estoy

de que la ciencia purifica todo lo que toca y tiene derecho á invocar

todo género de testimonios, interpretándolos con desinterés absoluto.

Consecuencias muy importantes, no sólo de historia literaria, sino de

historia social, se deducen de estos libros, que son además un tesoro

de lengua castellana; y no me arrepiento, por tanto, de la tarea nada

leve que este volumen me ha costado, ni juzgo que desdiga de mis años y

de la severidad de los estudios que profeso.

Á continuación de este prólogo van reimpresas cinco obras del género

_celestinesco_: la _Tragedia Policiana_, la _Comedia Florinea_, la

_Eufrosina_, la _Doleria del Sueño del Mundo_ y la _Lena_. Las dos

primeras son de la más extraordinaria rareza; la _Doleria_ lo es

mucho menos, pero sólo podía leerse en las ediciones primitivas. La

_Eufrosina_ castellana escasea bastante, aun en la reimpresión del

siglo XVIII. De la _Lena_ hay edición relativamente moderna, pero poco

satisfactoria, y el valor literario de la obra es tal, que por ningún

concepto puede faltar en una Biblioteca do Autores Españoles.

No he reproducido la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_ y la

_Comedia Selvagia_ (aunque lo merecían) por estar ya incluídas en

la colección de _Libros Raros y Curiosos_, donde figura también la

_Segunda Celestina_ de Feliciano de Silva. En la misma colección se

hallan la _Thebayda_, la _Seraphina_ y la _Lozana_, que bajo ningún

pretexto hubieran debido exhumarse.

Con esta colección y la nuestra queda casi completa la serie de las

_Celestinas_, pues apenas falta otra que la de Gaspar Gómez de Toledo,

tan absurda y mal escrita que nadie ha de pensar en sacarla del olvido.

En todos los textos seguimos fielmente las ediciones originales (salvo

la puntuación) y conservamos la antigua ortografía, no sólo por razones

filológicas, sino por la conveniencia de cercar con una especie de

vallado ó seto espinoso estas producciones, alejando de ellas al

profano vulgo. Las obras que este tomo encierra son ciertamente de

las menos libres y más morigeradas de su clase: lo son hasta en

cotejo con la tragicomedia primitiva; pero así y todo no deben correr

indistintamente en todas manos. El precio relativamente elevado de

esta colección, el aspecto arcaico del texto, el aparato crítico y

bibliográfico que le acompaña, bastarán, según creemos, para conjurar

todo peligro.

Una deuda de gratitud me resta cumplir con mi sabio y cariñoso amigo

el eminente literato D. Francisco Rodríguez Marín, que con su bondad

acostumbrada y su pasmoso conocimiento de la lengua del siglo XVI

me ha ayudado en la corrección de pruebas de estas comedias, cuya

recta lección ofrece no pocas dificultades. Aun con tal auxilio no me

lisonjeo de haberlas vencido todas, pero seguramente habré disminuído

el número de las erratas, y las que queden sólo á mi descuido deben

achacarse.

En el cuarto y último tomo de estos _Orígenes de la novela_ trataré

especialmente del género picaresco, y también de otras formas

novelísticas ó análogas á la novela, como los coloquios y diálogos

satíricos[494].

Orígenes de la novela, Tomo III · 第 63 / 502 题