Nada de esto puede admitirse. No hay más Celestina _sublime_ que la

primera, cuya negra profundidad no acierta á comprender ni por asomos

el imitador. Así y todo, es la figura mejor trazada del libro, y á

veces el remedo es tan fiel y ajustado al modelo de Rojas, que puede

producir la pasajera ilusión de que Celestina ha resucitado. Pero

pronto se ve que es inconsistente toda esta tramoya. Celestina no vive

más que con vida ficticia y prestada. Ni siquiera es el centro de la

comedia. Sin ella hubieran podido llegar á feliz término los lícitos

amores de Felides y Polandria, que nada tienen de la impetuosa pasión

de Calisto y Melibea, y acaban desposándose en secreto por una razón

de conveniencia que expone así la discreta doncella Poncia: «aunque él

es tan rico y de muy buen linaje, ya sabes que tu mayorazgo no puedes

heredallo casándote fuera de tu linaje». (Pág. 303).

La obra de Feliciano de Silva es, pues, una _Celestina_ muy morigerada

en lo que toca á su fábula principal, aunque muy desenfrenada en

los episodios. No faltan en ella afectos nobles, pero expresados

casi siempre de un modo enfático y ampuloso por los dos amantes. Hay

verdadera delicadeza moral en el tipo de la criada y confidente Poncia,

alegre y chancera, honestamente jovial, virtuosa sin afectación,

llena de buen sentido no exento de cálculo. Ella salva á su ama de

muchos peligros, la precave contra las imprudencias de su propio

corazón, la alecciona en las situaciones difíciles, se defiende ella

misma contra los arrebatos amorosos del paje Sigeril y ella es, y no

Celestina, quien verdaderamente prepara el desenlace, en que la moral

queda á salvo, y todavía más íntegramente respetada por la doncella

que por la señora. Esta ligera y graciosa creación recuerda algunas

heroínas shakespirianas, como la Porcia de _El mercader de Venecia_,

pero no conviene abusar de los grandes nombres tratándose de obras

medianas[374].

La parte cómica de la _Segunda Celestina_ está monstruosamente

recargada. Lo accesorio ahoga á lo principal y la cizaña no deja

medrar el trigo. Las escenas de la germanía[375] y de la hampa, en que

Feliciano parece más experto y curtido que lo que pudiera esperarse

de un cronista de caballeros andantes, que «vivió encantado diez y

ocho años en la torre del Universo» (según la zumbona frase de D.

Diego de Mendoza), son de una prolijidad espantable y de un _verismo_

tosco y brutal. El rufián Pandulfo es un plagio servil del Galterio

de la _Thebayda_, con la misma mezcla de cobardía y fanfarronada,

con las mismas bravezas y desgarros, con las mismas interjecciones

y juramentos: «por las reliquias de Roma», «por el _Corpus damni_»

(corruptela de _Corpus Domini_); «por nuestra dueña del Antigua»

(aludiendo á la iglesia de este nombre en Valladolid), y á este

tenor otros infinitos disparates. Este figurón insoportable, que

tanto se precia de haber «corrido á ceca y á meca y á los olivares

de Santander»[376] (pág. 174), y de poseer á fondo la «retórica del

burdel». (Pág. 125), sólo tiene un momento original y curioso, el de

su fingida conversión por excusarse del peligro de acompañar á su

amo Felides en una ronda nocturna. La escena en que aparece trocado

en ermitaño, rezando con cuentas de agallones, es una fina sátira de

la hipocresía[377], contra la cual hay punzantes dardos en todo el

libro[378]. También Molière prestó veleidades de hipócrita á su D.

Juan; pero lo que es natural y hace reir en un baladrón cobarde como

Pandulfo, es indigno del burlador de Sevilla y contradice radicalmente

su carácter.

Dignos compañeros de Pandulfo en bellaquerías y truhanadas, y en vil

y descocado lenguaje, son los dos pajes de Felides; Corniel, el mozo

de espuelas; Barañón, el mozo de caballos; el rufián Crito, amante de

Elicia; su rival Barradas, el despensero Grajales, Albacín el paje

del infante (D. Fernando de Austria, hermano de Carlos V), mancebo de

rubios cabellos y poquísima vergüenza; y descendiendo todavía más,

el tabernero _Montón de oro_, los rufianes _Tripa en brazo_ y Traso

el cojo, el viejo primo de Celestina Barbanteso, y la inmunda ramera

Palana, daifa de Pandulfo. Toda esta canalla está tomada visiblemente

del natural: no son tipos convencionales como el de Pandulfo. Tienen en

sus hechos y dichos una animación endiablada. Constituyen, por decirlo

así, el bloque informe y tosco del cual por magia del arte surgirá en

su día el grupo clásico del patio de Monipodio.

Atento Feliciano de Silva, como novelista de oficio que era, á dar

variedad á su libro con todo género de salsas é ingredientes, introdujo

el ridículo episodio pastoril de Acays y Filinides, que es una de las

primeras apariciones del bucolismo en la novela castellana[379], y

remedó la media lengua de los negros de Guinea en los coloquios de dos

esclavos, Zambrán y Boruca. Esta segunda novedad tuvo más éxito que

la primera y fué imitada por muchos. No faltan, por supuesto, en este

centón (que de tal puede calificarse la _Segunda Celestina_) bastantes

versos menos que medianos, y varios cuentos, de los que sólo merece

recordarse por su interés _folklórico_ la siguiente versión de una de

las parábolas más conocidas del _Barlaam y Josafat_[380]: «Pues has de

saber que un rey mandó á un sabio que enseñara á un hijo suyo dende

que nasció adonde no viese más que al sabio, y despues que ya hombre

llevólo adonde pasaban muchas cosas, y pasando unos y otros y el hijo

del rey preguntando cada cosa qué era y el sabio diciéndoselo, pasaron

unas mujeres muy hermosas, y preguntó el hijo del rey qué cosa era

aquello, y el sabio dijo que diablos, pues tales hacían á los hombres;

y respondió el hijo del rey: si éstos son diablos, yo quiero que me

lleven á mí. Y así, señora, me lleva tú á mí si eres diablo, que yo por

ángel te tengo». (Pág. 373).

El estilo de esta _comedia_ es muy desigual, como en todas las obras

de Feliciano de Silva. Excelente á veces, sobre todo en las reposadas

pláticas de Celestina con el arcediano viejo y cou su ama Zenarra;

pintoresco y expresivo, pero arrufianado y soez, en las escenas de

mancebía y taberna, es alambicado, sutil, ridículamente hinchado y á

ratos ininteligible cuando el autor quiere remontar su rastrera pluma á

las etéreas regiones, para él vedadas, de la poesía y del sentimiento.

Ya desde el primer folio nos encontramos con aquellas _entrincadas_

razones, que parecían de perlas á D. Quijote. Dice así el enamorado

Felides: «Oh amor, que no hay razon en que tu sinrazon no tenga mayor

razon en sus contrarios! Y pues tú me niegas, con tus sinrazones, lo

que en razon de tus leyes prometes, con la razon que yo tengo para amar

á mi señora Polandria, para ponerte á ti y casarte con la razón que en

ti contino falta, el consejo que tú niegas en mi mal quiero pedir á mi

sabio y fiel criado Sigeril». (Pág. 8). De este modo suelen expresar el

amor los personajes de la pieza cuando quieren hablar por lo fino.

Dice Gallardo[381] que «leyendo esta obra salta continuamente á la

memoria el nombre de Cervantes, unas veces por expresiones que él usa

mucho y aquí estaban ya usadas á menudo: _para mi santiguada, andaos á

decir donaires, entendérsele á alguno de alguna cosa ó de achaque de

alguna cosa_, ya por tal cual peloteo de palabras al símil de la _razón

de la sinrazón_». Esto último no se puede negar, pero burlarse del

estilo de un autor es precisamente lo contrario de imitarle. En cuanto

á las demás expresiones que se citan, pertenecen al vocabulario común

del siglo XVI y no al particular de nadie. Tenemos, pues, por quimérica

esta influencia lingüística de Feliciano de Silva en Cervantes,

escarmentados como estamos por la facilidad con que Gallardo y otros

eruditos de su escuela descubrían _á tiro de ballesta_ cervantismos en

todos los libros que topaban[382].

Tampoco creemos que tuviese razón el insigne erudito en suponer que

la escena de la _Segunda Celestina_ pasa en Salamanca. Cuando él, tan

conocedor de aquella ciudad, donde había hecho sus estudios, no acertó

á encontrar más alusión local que la _Horca del Teso_, que según él

corresponde «á un altillo que en el día llaman el Teso de la Feria»

(como si la voz _teso_, en el sentido de cima de un cerro ó collado, no

fuese genérica y usada en todas partes), poca fuerza podemos dar á esta

conjetura, que se aviene muy mal con los varios pasajes en que se hace

referencia al mar como presente ó muy vecino. Dice Celestina á Felides

en la vigésimaoctava _cena_: «Que tú vayas esta noche allá á la una, y

por una escala puedes entrar _á la parte que la mar bate en el jardín_,

y él está tan apartado, que sin que se pueda oir, puedes cabe las rejas

de dentro hacer las señas tañendo y cantando para hacer parar las aguas

y venir las piedras con las aves, junto con el corazón de Polandria,

á te oir». (Pág. 328). Va en efecto Felides á la cita amorosa, y dice

á uno de sus criados: «Llega, Corniel, y pon aquí el escala _cabe la

mar_». (Pág. 355). Luego canta un romance que principia así:

La luna resplandecía,

El cielo estaba estrellado,

Los árboles se bullían

Con el aire delicado,

_Con golpes de los riberas

Del sordo mar concertado_...

«_Polandria._--Oh válame Dios, qué suavidad de voz y qué garganta; y

_con el son del ruido de las ondas del mar_ y el regocijo delicado de

los aires en los cipreses, como él dice, no parece sino cosa divina».

(Págs. 356-357).

«_Polandria._--Hermosa noche hace, y gloria es estar debajo de la

sombra de estos cipreses, á _los frescos aires que vienen regocijando

las aguas marinas por encima de los poderosos mares_». (Pág. 498).

Parece que nada de esto puede aplicarse al Tormes. Sin duda Feliciano

de Silva, aunque nacido tan cerca de sus riberas, se acordaba más bien

de Sevilla y de Sanlúcar, donde pasó su juventud como paje de los

condes de Niebla. Ciertos personajes picarescos, y aun la especie de

germanía que usan, pueden ser indicio de esto.

La _Segunda Celestina_ debió de ser bastante leída en su tiempo,

puesto que tuvo dos ediciones en España (1533 y 1536); otra en Venecia,

corregida por Domingo de Gaztelu, secretario de D. Lope de Soria,

embajador de Carlos V, y otra en Amberes, sin nota de año, pero que

no parece posterior á 1550. La tendencia anticlerical, que ya apunta

en algunos lugares de la _Tragicomedia de Calisto y Melibea_, llega á

ser insolente y agresiva en el libro de Feliciano, en que no faltan

proposiciones que frisan con la heterodoxia y que pueden ofender al

lector menos timorato. Y aunque en libros de pasatiempo se disimulaba

todo, no es maravilla que el Santo Oficio, cumpliendo por esta vez con

su obligación, tomase cartas en el asunto prohibiendo la _Resurrection

de Celestina_ en el Índice de 1559, de donde pasó la prohibición al de

1583 y á todos los posteriores[383].

Aunque la _Segunda Celestina_ no deja ningún cabo suelto, no debió de

parecérselo así á un oscuro escritor toledano, llamado Gaspar Gómez,

que escudándose con el nombre de Feliciano de Silva, y dedicándole

su obra, aunque dudamos que fuese con su anuencia, estampó en 1536

una _Tercera Parte de la tragicomedia de Celestina_[384], que es la

más rara de esta serie de libros, aunque á esta rareza se reduce todo

su mérito. Como los pocos bibliógrafos que han llegado á verla se

han limitado á copiar su portada, me ha parecido curioso dar algunas

noticias más, poniendo íntegras en nota la dedicatoria y la tabla

de los _cincuenta_ actos en que se divide[385], con lo cual puede

excusarse la lectura, enteramente inútil, de tan necia y soporífera

composición, que termina con las bodas de Felides y Polandria y con

la muerte de Celestina, la cual corriendo á lograr las albricias que

esperaba de los novios, tropieza y se cae de los corredores de su casa,

haciéndose pedazos en la caída. La fábula es insulsa y deslavazada,

el estilo confuso, incorrecto y á veces bárbaro. Todos los personajes

é incidentes de la obra de Feliciano de Silva reaparecen en la de su

imitador, que apenas pone nada de su cosecha. Apuntaré sólo algunas

curiosidades.

El acto tercero, en que interviene un hortelano, es el precedente

seguro de las escenas del mismo género que luego hemos de encontrar en

la _Tragedia Policiana_.

«_Penuncio._--A fe que hallo muy garridas estas albahequeras, y estos

claveles con el rocio desta madrugada: que no parescen estas goticas de

agua sino perlas: loado sea el que lo riega con tan buen orden...».

Aunque los detalles de costumbres no son muchos ni de gran novedad,

merece recordarse la descripción que el paje Corniel hace de los trajes

y atavíos preparados para la boda de Felides: «Las colores de nuestra

librea son sayetes hechos a la tudesca de grana colorada, que dello

a carmesi no ay differencia: con vnas faxas de terciopelo verde de

tres pelos tan anchos como cuatro dedos, con vnas pestañas angostas

de damasco blanco y las mangas izquierdas son de terciopelo verde

con dos subtiles coraçones en cada manga de carmesi, que casi estan

juntos con vna saeta que entra por el vno y sale por el otro. Las

calças son de grana con vna luzida guarnicion en los muslos, del mismo

terciopelo verde y con sus taffetanes de la misma color, que salen por

las cuchilladas. Los jubones son de raso carmesi: los çapatos de vn

enuessado blanco asaz picados. Las gorras de terciopelo verde con sus

plumas coloradas y con alguna argenteria. Las capas de grana con las

faxas y guarnicion de los sayetes. Los pages de la misma arte: excepto

que los sayos son cumplidos y no lleuan cosa de paño mas de las capas».

(Aucto IV.)

Son varias las jerigonzas usadas en esta pieza. Además de la negra

_Boruga_, que ya estaba en Feliciano de Silva, hay un vizcaíno,

Perucho, mozo de caballos de Felides, que habla siempre en castellano

chapurrado y entona una canción que al parecer está en vascuence, y

cuyo estribillo recuerda el del famoso _Canto de Lelo_, que antes de

la falsificación erudita del escribano Ibargüen fué acaso un canto de

cuna. Entregamos á la sagacidad de los expertos en aquella lengua la

canción de Juancho, que quizá no ofrezca ningún sentido, y de seguro

estará mal transcrita por el escritor toledano que la recogió á oído.

«O Perucho, Perucho, quan mala vida hallada te tienes: linage hidalgo

tu cauallo limpias: no falta d'comer un pedaço _oguia_ sin que trabajo

tanto le tengas, iuras á mi siempre cauallo a suzio mi amo le haze: y

Perucho almohaçando, él nada le pena por carreras hazer en amores que

tienes: entre tanto busco otro, aderezar le tengo si pide, y cantarle

empiezo biscuença».

Lelo lirelo çarayleroba

Yaçoe guia ninçan

Aurten erua

Ay joat ganiraya

Astor vsua

Lelo lirelo çarayleroba.

Ayt joat ganiraya

Aztobicarra

Esso amorari

Gajona chala

Y penas naçala

Fator que dala,

Lelo lirelo çarayleroba.

«_Sig._--Precioso borrico es este, que se quexa de la vida que passa y

dize estar desesperado y pone se a cantar: y tal le dé Dios la salud

como yo le entiendo: aunque no dexaré de responder a algunos vocablos

comunes que en bizcueuçe dice...». (Aucto decimosexto.)

El tedio que la insípida rapsodia de Gaspar Gómez infunde se disipa

como por encanto con la sabrosa lectura de la _Tragicomedia de Lysandro

y Roselia_[386], que es la mejor hablada de todas las _Celestinas_

después de la primitiva, de cuyo aliento genial carece, pero á la

cual supera en elegancia y atildamiento de dicción, como nacida en un

período más clásico de la prosa castellana.

El autor de esta joya literaria procuró ocultar su nombre con más

complicado artificio que sus predecesores, y aun afectó ó simuló que el

libro se imprimía sin su consentimiento, lo cual se explica bien por

las particulares circunstancias de su persona. Al fin del colofón van

tres cartas y unas octavas de arte mayor que contienen su nombre como

en cifra.

La primera carta es de un amigo del autor, que le pide perdón porque

hizo imprimir la obra sin su licencia. «No fué pequeña merced para mí

la que recebí de su liberalidad con inviarme aquella obra que llama

_Elicia y cuarta parte de Celestina_, que con sutil juicio compuso,

porque por ella veo ser verdadera la estimacion que de su entendimiento

siempre tuve, pareciéndome que pues _en una materia tan fuera de su

experiencia_ tanto se aventajó sobre todos los que han escripto, no

es de maravillar que en las cosas de peso todos se queden muy atrás

de su saber. Gran consuelo recibí leyéndola, y gran edificacion para

el ánimo notando la manera de su proceder, y con cuánto ingenio y

sotil elocuencia pinta las cosas que más á pecar nos atraen, y los

engaños de las vanas gentes, y las adulaciones de los servidores, y

la hipocresia de los esforzados... Pero como mi voluntad sea de la

condicion del fuego, que nunca dice bástame, no me contento con la

merced recebida sin pedir otra mayor, la cual será tan provechosa á

todos los hombres cuanto señalada para mí. Esto es pedirle perdon del

atrevimiento tan osado que tuve en hacer imprimir sin su licencia esta

obra, pareciéndome que con _su gravedad_ no podria acabar que con su

licencia se hiciera, y tambien que emprimiéndola, todos quedarian muy

aprovechados, y yo glorioso con haber alcanzado que esta merced, por mi

atrevida diligencia, á todos se les comunicase, y para esto le suplico

mire ser dicho de la Suma Verdad, que ninguno encienda la candela y la

ponga debaxo del celemin, pero sobre el candelero, para que todos vean

la luz...». Esta carta anónima está fechada en Madrid á 22 de noviembre

de 1542.

De la respuesta del autor a su amigo se deduce que habían sido

condiscípulos desde los primeros estudios hasta los de Teología,

cursándola juntos bajo el magisterio de un insigne varón, que por el

tiempo y la nombradía pudo muy bien ser Francisco de Vitoria, el más

célebre de los teólogos de la época de Carlos V. «Si la estrecha y

antigua amistad que entre vuestra merced y mí hay desde los primeros

principios de gramatica, donde con gran exercicio de las artes

liberales aprendidas de unos mesmos maestros y preceptores, venimos

despues juntos a estudiar _aquella tan alta sabiduria y tan escondida a

los entendimiento humanos, cuan bien enseñada de un tan famoso varon,

lux de las Españas_, no terciara entre nosotros, bien creo que vuestra

merced habia dado no pequeña ocasion de enemistad, pues quiso que los

varios juicios de los hombres, de hoy mas, discanten en mí al son de

la liviandad que hace imprimir mucho a mi pesar. Nadie mirará que

cuando me ocupé en esa niñeria estaba yo ocupado de una muy trabajosa

terciana, la cual no me dejaba emplear en mis principales estudios;

y asi fue necesario tomar alguna recreacion en cosas de pasatiempo y

no fatigar mi ingenio, pues mi cuerpo estaba tan cansado de frío y de

calentura.»

Para vengarse de algún modo determinó entregar al impresor de

Salamanca Juan de Junta un poema que su amigo le había confiado, y del

cual hace los más pomposos encomios. «Yo leí el libro de las espantosas

hazañas que el esforzado Hector hizo camino de Panonia, que vuestra

merced con tan sobrada elocuencia compuso, y me hizo merced de inviar

con el mesmo mensajero que recibió mis borradores... Y mientras más

lo leia, más necesidad me ponia de lo tornar a pasar; la majestad de

las palabras, la grandeza de los hechos de un tan animoso varon, las

sotiles imaginaciones, la artificiosa invencion, las sentidas canciones

derramadas por esos cuatro libros con tan subida trova y alto estilo,

me ponian admiracion, aunque, a la verdad, siempre esperaba de su más

divino que humano entendimiento que saldrian obras tan primas como esa,

pues tal era la forma y el dechado de donde salian las labores. Asi

que, por vengarme del atrevimiento que vuestra merced tuvo en sacar a

luz esos borradores sin mi licencia, he entregado a Juan de Junta los

libros de Hector, en lugar de inviallos a vuestra merced, para que los

impriman, que bien creo que como el sol con su luz escurece la claridad

de la luna, asi estas obras de vuestra lumbre escurecerán esa _enojosa

recua de libros de caballerias_, y no lo tenga vuestra merced a mal,

pues la mesma razon me guia á mí para vengarme que a él para atreverse».

En una segunda carta, pedantesca por extremo, donde en pocas líneas se

trae á colación á Aristóteles, á San Agustín, á San Pedro, á Lactancio

Fimiano, á Plinio el Naturalista, á Salustio, á San Jerónimo, á Valerio

Máximo, á Tito Livio, á Dionisio Areopagita, el amigo se resigna con

su suerte, y da por bien empleado que sus libros de las hazañas de

Héctor se divulguen á trueque de que salga á ver la luz del mundo la

_tragicomedia de Lisandro_.

Nadie ha visto los tales _libros de Héctor_, y toda la correspondencia

tiene visos de amañada. Las cartas del amigo están fechadas en Madrid,

y como la _Tragicomedia_ no consigna punto de impresión, han supuesto

algunos que allí pudo cometer su inocente abuso de confianza. Pero tal

suposición es inadmisible, porque está probado que en Madrid no hubo

imprenta hasta 1566[387]. Además el libro tiene todas las trazas de

estar impreso en Salamanca por Juan de Junta, cuya cifra ó monograma,

compuesto de las letras _J. A._ primorosamente enlazadas, campea á la

vuelta de la portada, y es idéntico al que usó en otros libros como el

_Tractatus perutilis Martini de Frias_ (Salamanca, 1550) y el _Remedio

de jugadores_ de Fr. Pedro de Cobarrubias (1543).

En la última de las octavas de arte mayor se da la clave para descubrir

al enmascarado poeta:

Si el nombre glorioso quisierdes saber

Del que esto compuso, tomad el trabajo

Cual suele tomar el escarabajo

Cuando su casa quiere proveer.

Del quinto renglon debeis proceder,

Donde notamos los hechos ufanos

De aquel que por nombre entre los humanos

Vengador de la tierra pudo tener.

Á la sagacidad de D. Juan Eugenio Hartzenbusch estaba reservada la

solución de este acertijo. El texto dice claramente que se ha de partir

del quinto renglón de una copla donde se alude á las hazañas de un

héroe, que por ellas mereció que se le llamase _vengador de la tierra_.

Son varios los textos de Ovidio y Séneca el trágico en que Hércules,

por otro nombre Alcides, es calificado de _vindex terrae_. Hércules

está mencionado en el verso 7.º de la 4.ª octava:

Alcides al mundo con hechos gloriosos...

Contando, pues, desde el verso quinto de dicha copla hacia atrás, ó

cuesta arriba á semejanza del escarabajo, y tomando las primeras letras

de cada verso (una, dos ó tres), resulta la siguiente cláusula: «Esta

obra conpuso _Sancho de Munino_, natural de Salamanca»[388].

Pero siendo tan exótico el apellido de _Munino_, y no encontrándose

noticia de ningún sujeto que por aquellos tiempos le llevara, ocurrió

á los modernos editores de la _Tragicomedia_ (Fuensanta del Valle y

Sancho Rayón) que sin violentar el acróstico pudiera leerse el nombre

de otro modo, y en efecto también se lee _Muñón_, juntando las primeras

letras de los tres versos en que está el apellido, de la manera

siguiente: _Mu-n-non_ dando á la _n_ doble el valor de _ñ_.

Completado de esta manera el descubrimiento, pudo comprobarse la

personalidad, de un _Maestro Sancho de Muñón, teólogo_, del cual hay

noticias en la colección de Estatutos de la Universidad Salmantina

impresos en 1549 por Andrés de Portonariis. Allí consta que Sancho de

Muñón asistió en 31 de agosto de 1549 á un solemne claustro pleno,

presidido por el rector D. Diego Ramírez de Fuenleal, con objeto de

formar ciertas constituciones relativas al entierro de los señores

Rector, Maestreescuela, Doctores y Maestros de dicha Universidad. En

9 de octubre del mismo año concurrió á otro para resolver que no se

diesen tratados _in scriptis_ bajo ciertas penas, y finalmente, en 9 de

noviembre se le cita nada menos que en compañía de Melchor Cano como

uno de los asistentes al claustro en que se formaron nuevos estatutos

sobre el examen de los estudiantes artistas antes que pasasen á cursar

Medicina y Teología[389].

Después de esta fecha no se ha encontrado en España dato alguno de

Sancho de Muñón, pero todo induce á creer que es la misma persona

que un Dr. D. Sancho Sánchez de Muñón que en 26 de abril de 1560

tomó posesión de la plaza de Maestrescuela de la Catedral de México,

ejerciendo en tal concepto el cargo de Cancelario de aquella naciente

Universidad, donde recibió ó incorporó el grado de Doctor en Teología

en 28 de julio de dicho año. En 1570 hizo un viaje á la Península

como solicitador de las iglesias de Nueva España. En 1579 visitó por

comisión del Arzobispo de México, D. Pedro Moya de Contreras, las

escuelas de niños, y notando algún descuido en la enseñanza religiosa,

compuso é hizo imprimir una _Doctrina Cristiana_, de la cual se conoce

un solo ejemplar falto de portada[390]. Las noticias de su vida

alcanzan hasta 1601. El último cabildo eclesiástico á que asistió fué

el de 31 de octubre de 1600. La identidad de este personaje con el

Sancho Muñón de Salamanca parece segura, aunque nada dice de ella el

eruditísimo García Icazbalceta, á quien debemos estos peregrinos datos.

Natural es que un eclesiástico de respetable carácter y autoridad

como el Maestro Sancho de Muñón tuviese algún reparo en confesarse

autor de una obra de tan liviana apariencia y desenfadado lenguaje

como la _Elicia_. Pero no se arrepentía de haberla compuesto, por

estar «llena de avisos y buenas enseñanzas de virtud sacadas de muchos

autores santos y profanos, con celo de la utilidad pública». (Pág.

XVI). «Dicen que la mandrágora tiene tal virtud, que si nasce cerca

de las vides hace que se ablande la fuerza que el vino habia de tener

para embriagar; asi la poesia toma de la philosophia la doctrina, y

juntándola con la mandrágora del cuento fabuloso, hácela más blanda y

facil para ser percibida». (Pág. XI). En su prólogo esboza una teoría

del arte docente, y en la dedicatoria á D. Diego de Acevedo y Fonseca

justifica la materia misma de su libro, aunque vuelve á declarar que le

escribió á manera de pasatiempo: «Y como ya los años pasados tuviese

vacacion de graves y penosos estudios, en que he gastado los tiempos

de mi mocedad... compuse esta obrecilla que trata de amores, propia

materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa torpe ni

vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la naturaleza.

Dejo los loores que del amor dice Platon en su _Simposio_, dejo lo que

en la _Theogonia_ escribe Hesiodo, que el amor es el más antiguo Dios

entre todos los dioses; dejo lo de Ovidio, que el amor tiene dominio

universal y reina sobre los dioses y sobre los hombres, y dejo otras

infinitas auctoridades que hablan en esta materia, porque sería nunca

acabar. Sólo quiero decir que si alguno pareciere no ser la obra digna

de mi profesion y estudios, se acuerde que casi no hubo illustre

escriptor que no comenzase por obras bajas, y de burlas y chufas,

tomadas de en medio de la hez popular». (Pág. 1).

Para evitar todo peligro de mala inteligencia, la _Tragicomedia_ está

sembrada de reflexiones morales, y aun de verdaderos sermones, muy

bien escritos, como todo lo demás, pero prolijos é impertinentes. El

papel de personaje predicador le desempeña á maravilla Eubulo, «hombre

de honestas costumbres», criado de Lisandro, que constantemente está

dando consejos á su amo y procura apartarle de su perdición. La segunda

_cena_ del cuarto acto es una disputa entre ambos, defendiendo Eubulo

contra su señor que el sumo bien no consiste en el deleite. En la

cuarta del mismo acto le da diez remedios contra el amor, tomados en

parte de Ovidio, pero mucho más de la filosofía cristiana. Cuando se

consuma la catástrofe del malogrado mancebo, el piadoso ayo cierra la

pieza con una declamación contra el amor, atestada de lugares comunes

y de una pedantería escolástica que supera á la de Pleberio, á la de

Melibea y á todo lo creíble: apenas hay nombre de la antigüedad que

no figure en aquella enumeración descabellada. Pero hay, en medio de

este fárrago, trozos que tienen verdadera elocuencia sentimental: «Oh

mi señor y mi bien! ¿eres tú aquel que yo llevé recien nacido a la ama

que te criase? ¿Eres tú al que volví niño destetado a casa de tu padre?

¿Eres tú el que empuse en buenas doctrinas y crianza, que parecias un

ángel cuando chico? ¿Eres tú el que enseñé a los doce años a correr

caballos y otros muchos exercicios, asi de letras como de armas? ¿Eres

tú el que hasta los veinte y un años fue muy dado á la virtud, amigo

de religion, enemigo del vicio, amador del culto divino? ¡Ay, ay, que

nuestros pecados quisieron que te juntases con caballeros viciosos y

distraídos y te acompañases con ellos, y de esta manera se te pegasen

sus malas y perversas costumbres!» (pág. 269).

Eubulo no es sólo un moralista profesional que alecciona á la juventud

contra los peligros del loco amor. Sancho de Muñón le hace intérprete

de su propio pensamiento en materias mucho más graves y pone en su

boca las más audaces ideas del grupo llamado _erasmista_, al cual

indudablemente pertenecía como casi todos los humanistas españoles y

no pocos teólogos del tiempo de Carlos V. Véase, por ejemplo, esta

valiente invectiva, que parece un compendio del terrible _Diálogo de

Mercurio y Carón_: «¡Cuán muchos se condenan, y cuán pocos se salvan, y

cuán abierta está de día y de noche aquella puerta del triste Pluton;

cuán ancho, cuán pasajero y cuán real camino es el que guia a la muerte

eterna! Por él se van espaciando los reyes, los duques, los condes,

los caballeros, los hidalgos, los oficiales y pastores. Por ahí se

pasean los pontífices, los cardenales, los arzobispos y obispos, los

beneficiados y sacristanes, con un descuido, como si nunca hubiesen de

llegar allí donde los halagos de la vida, los regalos del cuerpo, las

honras, las riquezas, los favores y todos sus pasatiempos se volvieran

en lamentaciones y lloros perpetuos. Ahi serán atormentados muy

cruelmente los papas que dieron largas indulgencias y dispensaciones

sin causa, y proveyeron las dignidades de la Iglesia a personas que no

las merecian, permitiendo mil pensiones y simonías. Ahi los obispos

y arcedianos que proveen mal los beneficios, teniendo respecto a

sus parientes y criados, y no a los doctos y suficientes. Ahi los

eclesiásticos profanos y amancebados. Ahi los reyes que tiránicamente

gobernaron sus reinos, y los que no dieron los oficios y cargos, que

suelen proveer, a personas de merecimiento. Ahi los duques y condes, y

los grandes señores que a sus tierras y vasallos con muchos tributos

molestaban. Ahi los caballeros enamorados. Ahi los letrados que no

juzgaron conforme a derecho y verdad, y no obraron segun sus letras les

enseñan. Ahi los logreros y usureros, los oficiales, los mercaderes y

tratantes que llevan más del justo precio por la cosa que venden, y con

juramentos falsos cambian sus haciendas. Ahi los criados lisonjeros que

con lisonjas quieren ganar las voluntades de sus amos, conformándose

con ellos en bueno y en malo. ¡Oh terrible descuido en los hombres! ¡Oh

desvario loco! como si no hubiese otro mundo, y no hubiesen de fenecer

todas las cosas dél, asi hacemos hincapie en lo que presto habrá fin»

(pp. 245-247).

Esta libertad y energía de lenguaje iba á perderse muy pronto en

España, pero todavía el gran Quevedo supo conservarla dentro del siglo

XVII. La sátira clerical es tan libre y desnuda en la _Tragicomedia de

Lisandro_ como en las _Celestinas_ anteriores, pero de seguro mejor

intencionada. Hay rasgos que sacan sangre, como lo que dice Elicia de

la amiga del cura Bermejo (pág. 42). Pero en el fondo Sancho de Muñón

es un teólogo severo, que tiene la conciencia, y aun pudiéramos decir

el orgullo de su profesión, y mira con sumo desdén á los canonistas que

«saben poco en casos de conciencia» (pág. 141) y «andan atados a las

glosas como asno a estaca». (Pág. 139). Según él, todo obispo debe ser

teólogo, porque «a su oficio compete predicar la doctrina evangélica al

pueblo; que el púlpito agora está usurpado de frailes... Y para esto

les es necesario saber la Sagrada Escriptura y Santa Teologia, donde

se aprenden tambien los textos de cánones que tocan a la salud de las

ánimas, cuanto más que los cánones fueron fundados de varones teologos

como conclusiones sacadas del manantial de las letras divinas». (Pág.

141). A lo cual le objeta maliciosamente el Provisor: «Dexaos, por mi

vida, de eso, señor doctor, que nunca hareis mayorazgo si os ateneis

mucho a los teologos». Lo cierto es que no obispó nunca, y tuvo que ir

a morir de Maestrescuelas en México. Todo el donosísimo episodio del

pleito en que el Provisor absuelve al estudiante Sancías de la demanda

que por Angelina le fué puesta sobre caso de ser su esposo y marido

(_cena_ quinta del segundo acto) es una parodia desembozada del estilo

y modo de razonar de los letrados, en la curia eclesiástica.

La acción de esta tragicomedia pasa indisputablemente en Salamanca, y

por cierto que Sancho de Muñón no anda muy galante con sus paisanas:

«Ya sabes que en Salamanca pocas hermosas hay, y esas se pueden

señalar con el dedo». (Pág. 92). Calventa, émula de Elicia, tenía su

principal clientela entre los cursantes de la Universidad, que en su

casa empeñaban los libros: «Si no traen dineros, que dexen prendas...

¿No miraste la rima que tenia llena de Decretos y Baldos, y de Scotos

y Avicenas y otros libros?». (Pág. 41). Hay también alusiones á

costumbres estudiantiles, algunas de ellas tan peregrinas como la

fiesta de Panza, que acaso no fué ajena al nombre que dió Cervantes á

su escudero, como tampoco lo fué el antiguo proverbio de Sancho y su

rocino. Sobre esta fiesta platican así dos mozos de espuelas, Siro y

Geta:

«_Geta._--Panza es un sancto que celebran los estudiantes en la fiesta

de Santantruejo, que le llaman sancto de hartura.

«_Sir._--¿Dónde aprendiste tanto?

«_Get._--En el general de Phisica, cuando llevaba el libro a un popilo,

oí al bedel de las escuelas echar _la fiesta de Panza_». (Pág. 24).

El gusto que domina en la obra es el de las antiguas comedias

humanísticas, y de él proceden sus principales defectos, que se

reducen á uno solo, el alarde de erudición fácil y extemporáneo. No

necesitaba alegar á cada momento aforismos y centones de poetas y

filósofos antiguos quien se mostraba tan de veras clásico, no sólo en

el estilo jugoso y en la locución pulquérrima, sino en la composición

sencilla, lógica y perfectamente graduada. El buen gusto con que borra

ó aminora muchos defectos de las _Celestinas_ precedentes, y el manso

y regalado són que sus palabras hacen como gotas cristalinas cayendo

en copa de oro, bastarían para indicar la fuente nada escondida donde

él y los hombres de su generación habían encontrado el secreto de la

belleza. Tal libro, por el primor con que está compuesto, es digno

del más glorioso período de la escuela salmantina, en que salió á

luz. Pero algo le perjudica el haber sido concebido y madurado en

un ambiente erudito y universitario y no en la libre atmósfera en

que andando el tiempo había de desarrollarse el genio de Cervantes.

La prosa de la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_, perfecta á

veces, revela demasiado el artificio retórico, y no está inmune de

afectación. Su autor escribía demasiado bien, en el sentido de que era

un prosista de los que _se escuchan_ y se complacen ellos mismos con

la suavidad y galanura de sus palabras y con la pompa y armonía de sus

cláusulas. Dice Lisandro en la primera escena del cuarto acto: «¿No me

pusistes las escalas de arriba para descender al jardin do mi señora

baxó? ¿No la besé ahi con mil retozos entre unos floridos jazmines y

unas hermosas clavellinas? Los lirios, las alegrias, los tréboles y

alegres alhelises, las frescas azucenas, las olorosas albahacas, los

toronjiles y artemisas, las rosas y violetas, ¿no fueron testigos de

aquel azucarado rato? ¿No nos paseamos despues asidas las manos junto a

una fontecica con una dulcísima plática? ¿Y cabe unos camuesos no nos

despedimos con dos reverencias y sendos besos, cuando los paxaritos

mensajeros de la alborada comenzaban a cantar con un suavisimo ruido,

cuando la mañanica con sus arreboles lo sombrio de los cipreses

ilustraba y esclarecia y las hierbecicas de rocío bordaba?». (Pág.

206). Cuando se abusa de este estilo es fácil empalagar á los que no

gustan de tanta dulcedumbre.

Hay lujo y alarde de palabras en todo el libro. Para hacer una sola

comparación, apura Celestina todos los términos de cetrería: «¿Qué

girifaltes, qué sacres, qué neblíes, qué esmerejones, qué primas, qué

tagarotes, qué baharíes, qué alfaneques, qué azores, qué alcotanes, qué

gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo bastarán á abatir en

tierra con sus uñas la páxara escondida en las nubes, como yo, sabia

Celestina, con mis palabras cautelosas abati a mi peticion al muy

encerrado proposito de Roselia?». (Pág. 103). Poco después hace una

larga enumeración de los pájaros cantores, otra de los instrumentos

músicos, «sacabuches, chirimias, atambores, trompetas, rabeles,

flautas, dulcemeles, guitarras, vihuelas, arpas, laudes, clarines,

dulzainas, añafiles, órganos, monacordias, clavecinbanos, clavicordios

y salterios». (Pág. 104). Esta intemperancia de vocabulario divierte á

veces, como divierte en Rabelais, pero es un procedimiento vicioso y en

suma bastante fácil.

En las situaciones culminantes, en los monólogos de la hechicera, en

los coloquios de Celestina y Roselia, hay cosas dignas de ponerse al

lado de lo mejor de la _Celestina_ antigua, aunque con la desventaja

de haber sido escritas medio siglo después. Lástima que el talento del

maestro salmantino no se hubiese ejercitado en un argumento de pura

invención suya, que siempre le hubiese dado más gloria que una labor de

imitación, por primorosa que sea. Pero le fascinó el prestigio de un

gran modelo, y renunció á su originalidad ó por excesiva modestia ó por

la presunción de igualarle.

Aunque en la primera carta del amigo se da á la tragicomedia el

título de _Elicia_ y _cuarta parte de Celestina_, que es el número

que realmente la corresponde en esta serie de libros, en la portada

se califica de _quarta obra_ y _tercera Celestina_, sin duda porque

Sancho de Muñón desdeñaba profundamente la obra de Gaspar Gómez de

Toledo, á la cual no hace ninguna alusión. Tampoco se propuso continuar

á Feliciano de Silva, pero tomó algunos rasgos felices de su Pandulfo

para acomodarlos al rufián Brumandilón. La idea de resucitar á

Celestina, el embuste de su muerte supuesta, le parecían invenciones

ridículas, que condena por boca de sus personajes, especialmente de

Eubulo, á quien «no parecía esta segunda Celestina tan sabia como la

primera». Celestina había muerto verdaderamente á manos de los criados

de Calisto, y la que intervino en los amores de Felides y Polandria

«no era la barbuda, sino una muy amiga y compañera desta, que tomó el

apellido de su comadre». (Pág. 37). Otro tanto había hecho su sobrina

Elicia, á quien generalmente se llama Celestina en el libro de Sancho

de Muñón. Pero Elicia pica más alto que la vulgar comadre de la

_resurrección_, y no quiere que nadie la confunda con ella:

«_Drionea._--¿Qué respuesta daré á Sigiril, escudero de Felides, si te

buscare, que ayer vino acá y no te halló?

_Celest._--Dile que vaya con Dios ó con el diablo, que no soy yo

casamentera, ni menos es ese mi oficio; allá a la amiga de mi tia vaya

él con esas embaxadas, o a los parientes de Polandria, que concierten

el casamiento, que para ese caso no es menester el estudio de mis

artes, ni mucho menos que mi tia resucitara o apareciese como holgaron

de mentir». (Pág. 80).

Al revés de la _Segunda Celestina_, tan informe y mal compaginada,

tiene la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_ un plan sencillo y claro,

imitado en parte del de Fernando de Rojas, pero con un desenlace nuevo,

que basta para dar alta idea del talento dramático de quien le concibió.

La fábula de los amores de Lisandro y Roselia, que son los de Calisto

y Melibea trocados los nombres, podía recibir tres soluciones. Es

la primera la que dió el bachiller Rojas, con sentido hondamente

pesimista, envolviendo á todos los personajes en una catástrofe

trágica, determinada principalmente por el caso fortuito de haber caído

de la escala Calisto al salir de las delicias del jardín de Melibea. Es

el segundo la pedestre solución matrimonial, que parece casi una burla

sacrílega en la _Comedia Thebayda_, y que presentaron con más decoro,

aunque no con mucha eficacia artística ni gran escrúpulo en los medios,

Feliciano de Silva, el autor de la comedia _Florinea_ y otros varios.

Quedaba todavía otro desenlace eminentemente teatral, que Bartolomé

de Torres Naharro había apuntado ligeramente en su _comedia Himenea_,

donde aparece el tipo de un hermano vengador de la honra de su casa,

aunque tal venganza no llega á consumarse en la desvalida Febea, que

logra el honesto fin de sus amores, parando todo en regocijo y boda.

En esta solución se fijó el Maestro Sancho de Muñón, pero dándola su

verdadero carácter trágico y vindicativo. No es un accidente casual el

que lleva á la muerte, desde el seno del placer que apenas comenzaban á

gustar, á Lisandro y Roselia, sino la fiera ley del pundonor familiar,

que ordena contra secreto agravio secreta venganza, y arma las

ballestas de Beliseno y sus escuderos para asaetear á los dos amantes

y á cuantos habían sido cómplices en la deshonra de su hermana. La

escena es verdaderamente terrible, y su efecto se acrecienta con las

supersticiosas invocaciones de los asesinos pagados.

«_Rebollo._--Yo tengo aqui en el seno una nomina que me dió mi abuela

la habacera, que quien la traxere consigo, no podra morir a cuchillo.

«_Dromo._--Tambien mi tia, la Luminaria, me rezó unas palabras, que

en cualquier tiempo que las dixere les caerán luego de las manos las

espadas de los que se estuvieren acuchillando.

«_Rebollo._--Es verdad. Otra oración muy aprobada me enseñó la

hortelana amiga de mi madre, para que donde hobiere ruido, si se

rezare, no se saque sangre...». (Pág. 252).

Nadie antes de Sancho de Muñón había empuñado con tanto brío el puñal

de Melpómene, y no puede negarse que en su obra está adivinada y

practicada por primera vez la que fué luego solución casi única de los

conflictos de honra y amor en nuestro drama romántico del siglo XVII;

singularidad en que no se ha parado hasta ahora la atención de la

crítica.

Menos original que en el desenlace se mostró el autor de la

tragicomedia en la pintura de los caracteres, donde parece que su

único empeño fué beber los alientos al autor de la _Celestina_, hasta

confundirse con él. Roselia es una linda repetición de Melibea, pero

sin la llama del genio que hace inmortales los ardores de aquélla:

_Vivuntque commissi calores

Æoliae fidibus puellae._

Lisandro es una figura más apagada. Sus criados tienen carácter y

fisonomía propia, que impide confundirlos con Sempronio y Pármeno.

Eubulo, el hombre de buena voluntad ó de buen consejo, es una verdadera

creación, que no se desmiente en obras ni en palabras, y que encarnando

el sentido moral y aun ascético de la pieza, es el único que se salva

de la universal desolación, y cumple probablemente la resolución de

hacerse fraile, que más de una vez insinúa.

Las mejores figuras del libro son sin disputa Elicia y su protector

el rufián Brumandilón. Elicia no es Celestina, aunque haya usurpado su

nombre, pero es una sobrina digna de su tía y la más legítima heredera

de todo el caudal de sus malas artes. «Y muchos extrangeros que no

conocieron á Celestina, la vieja, sino de oídas, piensan que esta es

aquella antigua madre, porque vive en la mesma vecindad, y tienen razon

de creello, ca ninguna remedó tan bien las pisadas y exemplos, la vida

y costumbres de la vieja, como ésta, que en la cuna se mostraba á

parlar las palabras de que ella usaba para sus oficios; de manera que

con la leche mamó lo que sabe». (Página 34). El reposado y sentencioso

hablar de Celestina, su ciencia diabólica y secreta[391], su astucia

refinada y cautelosa, su aparejo de trapacerías y maldades no se

desmienten en su alumna, cuya psicología está seriamente estudiada.

Brumandilón es un tipo más en la galería inaugurada por la efigie

clásica de Centurio, á la cual no llega ciertamente, pero supera en

mucho á las bárbaras copias de Galterio y Pandulfo. Sancho de Muñón,

como delicado humanista que era, le ha conservado el sabor plautino

del original, y pone en su boca chistes de muy buena ley. Se habla

de las hazañas de Diego García de Paredes, y replica muy satisfecho:

«Aquí está Brumandilón, que siendo maestro de esgrima en Milan, le

enseñó a jugar de todas armas, de espada sola, espada y capa, de espada

y broquel, de dos espadas, de espada y rodela, de daga y broquel

grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal contra puñal, de

montante, de espada de mano y media, de lanzon, de pica, de partesana,

de baston, de floreo y de otros muchos exercicios de armas; y él

viendo mi esfuerzo en los golpes, mi osado atrevimiento para acometer

seis armados, rebanar brazos, cortar piernas, harpar gestos, hender

cabezas y otros miembros, con mi exemplo salió tan diestro y animoso

como veis». (Pág. 102). En otra parte exclama: «La diversidad y gran

variedad de las hazañas que por mí han pasado por diversos reinos

y ciudades, me privan de memoria a que no me acuerde de los casos

particulares que tengo hechos por todo el mundo». (Pág. 163).

Pero demos paz á la pluma, porque para copiar todo lo bueno que hay

en la _tragicomedia de Lisandro y Roselia_ necesitaríamos de mucho

espacio. D. Juan Eugenio Hartzenbusch la calificó perfectamente en

estos términos: «El libro es de lo mejor que en su tiempo se escribió

en castellano. El autor se muestra doctísimo en todo género de letras,

conocedor profundo del corazón humano, hábil pintor de costumbres y

personaje por muchos títulos distinguido».

La caprichosa injusticia de la suerte sepultó en olvido su obra apenas

nacida.

Un solo contemporáneo alude á ella: Alonso de Villegas en su _Comedia

Selvagia_. Y ya en el siglo XVII debía de ser rara, puesto que D.

Nicolás Antonio sólo cita un ejemplar que guardaba entre sus libros D.

Lorenzo Ramírez de Prado, sin duda como cosa peregrina. Hartzenbusch

supone que Maximiliano Calvi tuvo muy presente esta tragicomedia cuando

escribió su _Tractado de la hermosura y el amor_ (1576). «Trozos hay en

él (dice) con los mismos pensamientos, con el propio lenguaje casi que

otros de la tragicomedia». Así será cuando tal maestro lo afirma; pero

aunque tengo muy manejado el curiosísimo infolio de Calvi, que es la

más completa enciclopedia de cuanto especularon sobre la filosofía del

amor y de la belleza los neoplatónicos del Renacimiento, no he podido

encontrar esas coincidencias verbales, aunque sí algunas ideas comunes,

que por serlo tanto en las escuelas de entonces no necesitaba Calvi

tomar directamente de la tragicomedia[392].

Mientras estas «_Celestinas_» se publicaban en Castilla, un ingenio

portugués digno de mayor nombradía que la que logra en su patria y

fuera de ella, componía tres largas comedias en su lengua nativa,

tomando por modelo en todas ellas, y especialmente en la primera,

el libro incomparable de Fernando de Rojas, pero sin calcarle tan

servilmente como otros. Las comedias _Euphrosina_, _Ulyssipo_ y

_Aulegraphia_, de Jorge Ferreira de Vasconcellos, atestiguan, á la

vez que el talento original de su autor, la influencia profunda que

ejerció en Portugal la tragicomedia castellana desde el momento de su

aparición. Ya hemos visto hasta qué punto penetró en el teatro de Gil

Vicente. Es inútil hablar de poetas menores. «Raras son las comedias

portuguesas (dice Teófilo Braga) que no aluden á esta comedia, que

se tornó proverbial en la lengua de nuestro pueblo. Aun en las islas

Azores se habla de las _artes de la madre Celestina encantadora_, sin

saber á qué gran fenómeno literario se refieren»[393]. En vano fué

que severos moralistas como Juan de Barros protestasen contra ella

y hasta considerasen como un timbre de la lengua portuguesa el ser

tan honesta y casta que «parece no consentir en sí una tal obra como

_Celestina_»[394]. Ya Gil Vicente había demostrado, contra monjiles

escrúpulos, que la lengua portuguesa lo toleraba todo, como las demás

lenguas del mundo, cuando diestramente se las maneja.

Dos testimonios muy singulares, cada cual en su línea, tenemos de

la enorme popularidad, no ya literaria, sino social, que alcanzaba

la _Celestina_ entre los portugueses á principios del siglo XVI. El

primero, cuya indicación debemos á nuestra sabia y generosa amiga doña

Carolina Michaëlis de Vasconcellos, prueba que antes de 1521 el drama

de Rojas había dado asunto para trabajos de orfebrería. En el ajuar

de la infanta doña Beatriz, que en dicho año se casó con el duque de

Saboya, había _una taza de plata con la historia de Celestina_[395].

Precisamente en el mismo año Francisco de Moraes, futuro autor del

_Palmerín de Inglaterra_, fué testigo en Braganza, su patria, de

la inaudita profanación de un Diego López, herrero, que en viernes

de Dolores estaba en la iglesia de San Francisco, ante el Sagrario,

leyendo á un corro de mujeres la _Celestina_, «y paréceme que era en el

auto que habla de Centurio»[396].

A tiempos poco menos remotos que éstos han querido referir algunos la

composición de la primera comedia de Jorge Ferreira, sin razón á mi

juicio, y hasta con evidente imposibilidad cronológica. Hubo un Jorge

de Vasconcellos (á quien también se llama Jorge de Vasco Gonçelos),

insignificante trovador del _Cancionero de Resende_[397], el cual

frecuentaba ya la corte de D. Manuel en 1498, y está citado en 1519 por

Gil Vicente[398]. Para admitir que este poeta cortesano fuese la misma

persona que el autor de la _Eufrosina_, como pretende Teófilo Braga,

habría que rechazar la fecha hasta hoy tenida por cierta de la muerte

de Jorge Ferreira de Vasconcellos en 1585 ó suponer que vivió más de

cien años, pues hemos de creer que tendría por lo menos diez y seis

cuando poetizaba en los saraos de palacio.

Aun prescindiendo de esta confusión de dos personas, que pueden ser

fácilmente deslindadas, quedan grandes oscuridades en la biografía

de nuestro autor. Ni siquiera consta con seguridad la tierra en que

nació, que unos quieren que fuese Coimbra, otros Montemor o Velho,

sin que falte quien le suponga hijo de Lisboa[399]. Ninguno de los

antiguos biógrafos se fijó en el dato capital de haber sido Jorge

Ferreira de Vasconcellos mozo de cámara del infante D. Duarte, hijo

de D. Manuel, á cuyo servicio estaba en 1540, fecha de la muerte de

aquel príncipe, nacido en 1515. De aquí dedujo con excelente crítica

doña Carolina Michaëlis que debía de ser joven entonces, no de mayor

edad que Francisco de Moraes, el cual también figura en la lista de

los servidores del infante[400]. No se sabe á punto fijo si Ferreira

siguió formando parte de la casa de la viuda y del hijo póstumo

de D. Duarte, ó pasó á la de D. Juan III, como indica su yerno en

el prólogo de la _Ulyssipo_[401]. En este caso sería destinado al

servicio del príncipe D. Juan, heredero de la corona, puesto que á

él dedicó las primicias de su ingenio: la comedia _Eufrosina_ y el

_Sagramor_, entre 1550 y 1554 probablemente. Muerto el infante en

1564, siguió al servicio del que fué luego rey D. Sebastián. El único

puesto oficial que consta de un modo positivo haber logrado es el de

«escribano del Tesoro», con _quince mil reis_ de sueldo al año (!!).

Tal destino no era ciertamente para enriquecer á nadie, y es posible

que espontáneamente le renunciase, puesto que por un albalá de 10 de

julio de 1563 tomó posesión de él un Luis Vicente (hijo acaso del gran

poeta), mozo de cámara del rey D. Sebastián, en los mismos términos en

que le había tenido Jorge Ferreira, que debía de estar vivo, puesto que

no se usa respecto de él la frase sacramental «_que Deus perdoe_»[402].

Además, el prólogo con que en 1567 apareció el _Sagramor_ tiene todas

las trazas de estar escrito en aquel mismo año. Tampoco debe negarse

crédito á Barbosa Machado, cuando afirma que Ferreira falleció en 1585

y fué enterrado con su consorte doña Ana de Sousa en el crucero del

convento de la Santísima Trinidad de Lisboa. Escribiendo Barbosa en

1747 es muy probable que tomase esta fecha del epitafio que existiría

en dicho convento, destruído, como tantos otros, por el terremoto de

1755[403].

Otras noticias que el mismo Barbosa da tienen igualmente sello de

verisimilitud y no han sido hasta ahora contradichas por ningún

documento, aunque tampoco hay ninguno que las confirme. Le llama

caballero profeso de la orden de Cristo y uno de los más distinguidos

criados de la casa de Aveyro[404] y afirma que fué «tesorero de la casa

de la India». De su matrimonio con la ya referida doña Ana de Sousa

tuvo dos hijos, Pablo Ferreira, que en edad juvenil perdió la vida

en la jornada de África con el rey D. Sebastián, y doña Briolanja de

Vasconcellos, que se casó con Antonio de Noronha.

No sólo fué hombre de ingenio agudo y gracia nativa, dotes que en

sus composiciones resplandecen, sino verdadero y culto humanista. La

_Eufrosina_ parece documento irrecusable de haber hecho sus estudios en

Coimbra, lo cual no pudo ser antes de 1537, fecha de la traslación de

la Universidad desde las orillas del Tajo á las del Mondego[405].

Parece singular que con tales condiciones y con el positivo mérito de

sus escritos, un solo contemporáneo suyo le mencione, Diego de Teive

en un elegante epigrama latino[406], que en parte nos da la clave del

enigma, pues hace notar que Ferreira jamás ponía su nombre en las obras

que compuso:

_Non tua subscribis, sed latitare cupis._

Este amor á la oscuridad y al anónimo, y quizá todavía más la

circunstancia de no haberse prestado al cambio de elogios mutuos,

puesto que ni se encuentran versos suyos en loor de ningún ingenio de

su tiempo, ni sus libros llevan panegíricos de mano ajena, explican

su aislamiento respecto de la literatura de su época y el olvido en

que cayó muy pronto su nombre, hasta el punto de ser atribuida á otros

autores su mejor obra.

Además, sus gustos parecen haber estado en discordancia con esa misma

literatura. Era, como Cristóbal de Castillejo, un rezagado de la

escuela del siglo XV. Á ella pertenecen todos los poetas que elogia:

Macías, Juan Rodríguez del Padrón, Garci Sánchez de Badajoz, el

Bachiller de la Torre, Juan de Mena, el Ropero, Jorge Manrique, Juan

del Encina, entre los castellanos; D. Juan de Meneses, Gil Vicente,

Bernaldim Ribeiro, entre los portugueses[407]. De los poetas de la

escuela nueva menciona á Boscán, Garcilaso y Sá de Miranda.

Hasta aquí las noticias biográficas de Jorge Ferreira, que no he tenido

ni siquiera el trabajo de recoger, puesto que juntas y depuradas

las ha puesto á mi disposición la doctísima escritora doña Carolina

Michaëlis, ornamento al par de la erudición germánica y de las letras

peninsulares, á quien me complazco en dar este público testimonio de

gratitud por su admirable compañerismo literario.

No todas las producciones del ingenio de Jorge Ferreira han llegado

á nuestros días. El conde da Ericeira, al dar cuenta en 1724 á la

Academia Real Portuguesa de los manuscritos que contenía la biblioteca

del Conde de Vimieiro, cita con el núm. 79 unas _Obras Moraes_ de Jorge

Ferreira de Vasconcellos compuestas en 1550 para la educación del rey

D. Sebastián. La primera de ellas era un _Diálogo das grandeças de

Salomāo_, y la otra un coloquio sobre el psalmo 50. La librería de

Vimieiro fué de las que perecieron en el terremoto. Barbosa Machado,

que escribió antes de aquella catástrofe, menciona, no sólo el _Diálogo

de las grandezas de Salomón_, dedicado al rey D. Sebastián en su

infancia, sino también el _Peregrino_, «libro curioso escrito en el

estilo de la _Eufrosina_ (lo cual hace creer que se trataba de una

nueva comedia en prosa), y los _Colloquios sobre Parvos_ (coloquios

sobre los tontos), en respuesta á una pregunta que le hizo una prima

suya religiosa, «_que cosa era parvoisse_». De ninguno de estos

manuscritos queda, al parecer, rastro.

Como obras impresas tenemos las tres comedias, y un libro de

caballerías, del cual existen dos redacciones, al parecer distintas. La

primera, que con el título de _Triunfos_ _de Sagramor_, fué impresa en

1554[408], se enlaza artificialmente con el ciclo del rey Artús y de

la Tabla Redonda, pero su principal objeto fué describir las fiestas

ó torneo de Xabregas con ocasión de haber sido armado caballero el

príncipe D. Juan, á quien servía, mozo estudioso y protector de las

Musas, ensalzado como tal por todos los poetas de su tiempo, incluso

Luis de Camoens (en la égloga 1.ª). Más ó menos refundida esta obra

con el título de _Memorial das proezas da segunda Tavola redonda_, y

dedicada al rey D. Sebastián, volvió á imprimirse en 1567[409]. El

editor de la _Aulegraphia_ en 1619 habla de una segunda parte inédita,

que al parecer se ha perdido. Los versos que el _Memorial_ contiene no

desmienten las aficiones arcaicas y enteramente hispanistas de Jorge

Ferreira. Son casi todos romances, algunos de ellos de asunto clásico,

como la guerra de Troya, los amores de Sofonisba y la batalla de

Farsalia; otros enlazados con la acción de la novela, y algunos de tema

histórico portugués, como la muerte del príncipe D. Alfonso, hijo de D.

Juan II, y la del mismo príncipe D. Juan, mecenas del autor[410].

No puede negarse que Jorge Ferreira, sin dejar de ser ingenio

genuinamente portugués, y el que después de Gil Vicente nos ha dejado

más fieles pinturas de la sociedad de su tiempo, tenía puestos los

ojos en nuestra literatura del siglo anterior, y especialmente en

la obra insigne que glorificó las postrimerías de aquella centuria.

Sus comedias lo comprueban, sin que el autor trate de ocultarlo, y

no pueden confundirse de ningún modo con _Os Estrangeiros_ y _Os

Vilhalpandos_ de Sá de Miranda, con _Bristo_ y _O Cioso_ de Antonio

Ferreira, que son también comedias en prosa, pero de pura imitación

latino-itálica, de moderada extensión y de forma representable.

Ferreira de Vasconcellos, por el contrario, es un imitador deliberado

de la _Celestina_, y sus comedias son extensos libros, destinados á la

lectura únicamente[411].

La más antigua de estas obras, y la que principalmente nos interesa, es

la _Eufrosina_. En el proemio al príncipe D. Juan, el autor la llama

_primicias de meu rustico engenho, primeiro fructo, que delle colhi

inda ben tenro_. Y en el prólogo, puesto en boca de _João de Espera

em Deus_, la anuncia como _cousa nova, invenção nova nesta terra_.

Tenemos, pues, en ella, no sólo las primicias del ingenio de su autor,

sino las primicias de un género: «o novo autor em nova inuençāō».

La acción pasa en Coimbra, y hay continuas alusiones á las

costumbres de los estudiantes, aunque no lo son los dos principales

personajes[412]. En el prólogo de _Juan espera en Dios_ se declara

expresamente que allí fué compuesta: «Na antiga Coimbra, coroa destes

Reynos, á sombra dos verdes sincerais de Mondego, nasceo a portugueza

Eufrosina». ¿Pero en qué tiempo? No es posible admitir la fecha de

1527, propuesta por Teófilo Braga. Su único apoyo está en una carta

fechada en Goa á 28 de diciembre de 1526, que se lee en la escena

quinta del acto segundo de la obra. Pero en esta fecha tiene que haber

error tipográfico, puesto que en la misma carta se alude á la fortaleza

de Diu, no construída hasta 1535. La verdadera fecha de la comedia

debe rebajarse, por consiguiente, en diez años, y esta fecha cuadra

perfectamente con todo lo que sabemos de la vida del autor.

La _Eufrosina_ corrió mucho tiempo manuscrita, estragándose en las

copias, hasta que el autor, doliéndose de verla andar _por muitas māōs

deuassa é falsa_, determinó colocarla bajo el real amparo del Príncipe

D. Juan, heredero de la corona. Si se la dedicó impresa, como parece

muy creíble, esta primera edición es desconocida hasta ahora. Pero

existen otras dos del siglo XVI, ambas sin nombre de autor, únicas

que nos dan el primitivo y auténtico texto de la comedia. Una es de

Coimbra, 1560; otra de Évora, de 1561[413]. Sus ejemplares son de

extraordinaria rareza. A ello contribuiría sin duda la prohibición

inquisitorial, que aparece por primera vez en el Índice portugués de

1581[414], pero que no pasó al castellano de 1583.

Como á pesar de la censura, ó quizá por virtud de ella, seguía

leyéndose con aprecio la _Eufrosina_, un buen ingenio de principios

del siglo XVII, poeta y novelista, Francisco Rodríguez Lobo, determinó

obsequiar con una reimpresión de ella á su mecenas D. Gastón Coutinho,

que había mostrado deseo de leerla, entre otras razones porque todas

las cosas prohibidas obligan á la voluntad á procurarlas, más que

otras á que no pone precio la dificultad, y siempre nuestro deseo se

esfuerza á lo que le prohiben». Y doliéndose él, por su parte, de

que una obra tan digna de loor por la excelencia de sus palabras, la

galantería de sus conceptos, la verdad de sus sentencias, la agudeza

y sal de sus gracias, estuviese fuera del uso común y no pudiese ser

leída libremente, se determinó á quitar «algunos descuidos y yerros que

en ella había», y es de creer que fuesen alusiones satíricas sobre las

costumbres de clérigos y frailes, que nunca faltan en esta casta de

libros.

Corregida de esta manera por Rodríguez Lobo, la _Eufrosina_ volvió á

ser impresa en 1616 con permiso del Santo Oficio, que autorizó esta

edición sola en el Indice de 1624, continuando la prohibición de las

anteriores: _Euphrosina impressa antes de 1616; Author Jorje Ferreira

de Vasconcellos_. Los inquisidores sabían el nombre del autor, pero

Lobo no le consigna, y la tradición fué perdiéndose, hasta el punto de

decir Faria y Sousa en su _Europa Portuguesa_[415]: «El primer libro

que se escrivio con la mira de ensartar refranes y dichos graciosos

fue (con admirable acierto) el que llaman _Eufrosina_, malissimamente

traducido en castellano: _no se le sabe autor_; diole ultimamente

a luz Francisco Rodriguez Lobo, muy diminuto». Por su parte, D.

Francisco Manuel de Mello, en el _Hospital das Lettras_[416], habla

dubitativamente de la paternidad de la _Eufrosina_, aunque no de las

otras dos comedias: «O illustre Jorje Ferreira, auctor da _Ulysipo,

Aulegraphia e dizem que Eufrosina_. Nuestro D. Nicolás Antonio escribió

con mejores informes, catalogando la _Eufrosina_ á nombre de Jorge

Ferreira y dando á Lobo por mero editor[417].

Como anónima se había presentado en la traducción castellana del

capitán D. Fernando de Ballesteros y Saavedra, regidor de Villanueva

de los Infantes (1631), que en la dedicatoria al infante D. Carlos,

hermano de Felipe IV, dice textualmente: «Bien pudo la modestia del

autor desta comedia ser hazañosa en quitarse la gloria que de averla

escrito le resultará en los siglos». D. Francisco de Quevedo, que

apadrinó esta traducción con una curiosa advertencia, conocía, no sólo

la edición de 1616, sino las antiguas, pues hace notar que «su original

no cercenado por Lobo es difícil por los idiotismos de la lengua y los

Proverbios antiguos y que ya son remotos a la habla moderna». Pero

ignoraba por completo quién fuese el autor primitivo. «Esta comedia

_Eufrosina_, que escrita en Portugues se lee sin nombre de autor, es

tan elegante, tan docta, tan exemplar, que haze lisonja la duda que la

atribuye a cualquier de los más doctos escritores de aquella nación.

Muestra igualmente el talento y la modestia del que la compuso, pues

se calló tanta gloria que oy apenas la conjetura halla sujeto capaz a

quien poder atribuirla».

El juicio que aquel grande escritor formó de la _Eufrosina_ no puede

ser más honroso para las intenciones morales de su autor: «Mañosamente

debaxo el nombre de comedia enseña a vivir bien, moral y políticamente,

acreditando las virtudes y disfamando los vicios con tanto deleyte como

vtilidad, entreteniendo igualmente al que reprehende y al que alienta;

extraña habilidad de pluma, que sabe sin escandalo ser apacible, y

provechosa condicion que deuen tener estas composiciones». Iguales

elogios repiten los aprobantes. Así el maestro José de Valdivielso:

«La fabula es sentenciosa y exemplar: despierta avisos y avisa

escarmientos; deberá al traductor Castilla estos divertimientos y

Portugal estos honores». Y Bartolomé Ximénez Patón: «Aunque fábula,

es de muy delicada corteza, con substancia y copia de sentencias y

consejos». En efecto, el carácter doctrinal y sentencioso está marcado

en la _Eufrosina_ más que en ningún otro libro de su clase, y no es

el menor de los defectos que hacen cansada su lectura, no obstante la

agudeza de muchas de sus reflexiones morales.

La traducción de Ballesteros, que va reimpresa en el presente volumen

á título de curiosidad literaria, difícil de hallar, no sólo en la

edición príncipe de 1631, á cuyo texto nos ajustamos[418], sino en

la reimpresión de 1735, que dirigió D. Blas Nasarre, oculto con el

seudónimo de D. Domingo Terruño Quexilloso[419], dista mucho de ser

tan mala como Faria y Sousa da á entender. Está, sí, algo abreviada,

y en algunos puntos el traductor no penetra bien el sentido de los

proverbios portugueses, pero generalmente es fiel, está escrita con

soltura y da idea bastante aproximada de los méritos y defectos

del original. Hacer la comparación de ambos textos es tarea que

peculiarmente incumbe á los eruditos portugueses, así como otra más

importante, la de reimprimir críticamente la primitiva _Eufrosina_ de

las ediciones del siglo XVI, para que sepamos á ciencia cierta cuáles

son las variantes que en ella introdujo Lobo.

Mucho antes de salir á luz la edición expurgada de 1616 era conocida y

celebrada entre nosotros la obra de Jorge Ferreira, que en Castilla no

estuvo prohibida nunca. Prueba irrecusable de su popularidad nos ofrece

_La Pícara Justina_, novela impresa, como es notorio, en 1605. Su autor

enumera en el prólogo las principales obras de entretenimiento, y allí

están citados los chistes de la _Eufrosina_, al lado de _El Asno de

Oro_, la _Celestina_ y el _Lazarillo de Tormes_. Tratando Justina en

el primer libro, capítulo tercero, «de la vida del mesón», empieza

por decir que nadie había escrito sobre ella, pero luego se retracta:

«Dígolo por un librillo intitulado _La Eufrosina_, que leí siendo

doncella, que se refiere de un _discrépito_ poeta, que para alabar el

meson dijo que Abraham se preció en vida de ventero de ángeles, y en

muerte de mesonero de los peregrinos y pasajeros del limbo, los cuales

tuvieron posada en su seno. Pero este escritor _monobiblio_ no advirtió

dos cosas: lo uno, que es necedad traer tales personas en materias

tales, y lo otro, porque Abraham dió de comer á su costa en su casa á

los vivos y á los del limbo no llevó blanca de posada, lo cual no habla

con los mesoneros de este mundo, ni tal milagro acaeció en casa de mi

padre. Demás que yo no me quiero meter en historias divinas, no porque

las ignoro, sino porque las adoro». El pasaje á que se alude debió de

ser por lo irreverente uno de los cercenados en la refundición de Lobo.

Un género de interés, para nosotros secundario, tiene la _Eufrosina_,

y es su gran valor _paremiológico_. En todas las _Celestinas_, desde

la de Rojas hasta la _Dorotea_ de Lope, abundan los proverbios y

los idiotismos familiares; pero en la _Eufrosina_ se encuentran en

tal copia, que muchos trozos y aun escenas enteras son un tejido de

refranes y de frases hechas. En este sentido fué el modelo primero,

aunque indirecto (porque no creo que nadie la imitase de propósito) de

las _Cartas en refranes_ de Blasco de Garay, del _Entremés de refranes_

de autor anónimo, de _El Perro y la Calentura_ de Pedro de Espinosa,

del _Cuento de Cuentos_ de Quevedo, de la _Historia de Historias_ de

D. Diego de Torres, y de las dos _Rondallas_ valenciana y mallorquina

de Fr. Luis Galiana y de D. Tomás Aguiló; obras de ingeniosa taracea

en que puede aplaudirse el mérito de la dificultad vencida, pero que

principalmente valen como repertorios de frases, no como diálogos ó

cuentos.

Sería injusto decir lo mismo de la _Eufrosina_, á pesar de lo

artificial del procedimiento, que por otra parte no es tan sistemático

como en las obras citadas. En la comedia portuguesa lo esencial es

el argumento de la comedia, aunque importen mucho los proverbios y

sentencias de que el diálogo está materialmente tejido, con menoscabo

de la naturalidad, primera condición de toda obra que afecta formas

dramáticas. Los interlocutores casi nunca usan la expresión directa y

sencilla; todos ellos presumen de ingeniosos, agudos y sutiles: mezclan

la pedantería de las escuelas con el tono galante y amanerado de las

conversaciones de palacio; son cultos y conceptistas en profecía, y

hasta cuando remedan el habla popular lo hacen con dejos y resabios

cortesanos. Hay una continua afectación en el estilo, afectación que no

siempre desagrada, porque se ve que es trasunto del buen tono de una

época gloriosa y de una sociedad elegante, como lo fué la portuguesa

de los reinados de D. Manuel y don Juan III. Pero tanta metáfora

rebuscada, tanta alusión fría é impertinente, tanta mitología pueril,

tantas reminiscencias de los poetas clásicos, especialmente de Ovidio,

tanto _doctrinaje_ insípido, vicios que más ó menos afean todas estas

comedias y tragicomedias, no van compensados aquí, como en otros casos

hemos visto, con la verdad plástica del detalle, con la representación

franca y enérgica, aunque á veces brutal, de la realidad. Todo

es pálido y atenuado en la _Eufrosina_: los tipos tienen algo de

abstracto, y la obra entera se resiente de cierta frialdad seudoclásica.

Pero en esto mismo consiste su relativa originalidad. Un vago

sentimentalismo, que no hemos visto hasta ahora, penetra calladamente

en algunas escenas, y modifica el concepto del amor, llevándole por

rumbos idealistas y en cierto modo platónicos. La psicología del autor

no es profunda, genial y avasalladora como la de Fernando de Rojas: no

llega á producir criaturas inmortales. Pero es ingeniosa, delicada y de

suaves matices, como cuadra á una acción familiar y honesta, en que no

hay grandes conflictos de pasión y llegan todas las cosas á un término

sereno y apacible. El seso y la gravedad campean en esta producción

juvenil, con cierto elevado y noble sentido de la vida, que hace

simpático al hombre y al moralista.

El mérito principal de la _Eufrosina_ estriba en el contraste entre

los dos jóvenes _Zelotipo_ y _Cariofilo_, representante el primero

del amor exclusivo, caballeresco y respetuoso, que hace un ídolo de

la persona amada, y el segundo del apetito sensual, frívolo, ligero

y veleidoso. Uno y otro logran su condigna recompensa, obteniendo

Zelotipo por premio de la pureza y constancia de su afecto la mano de

la noble y rica Eufrosina, única hija y heredera de D. Carlos, señor de

las Povoas, y viéndose Cariofilo, de resultas de una de sus vulgares

aventuras, obligado á casarse por fuerza con la hija de un platero,

á quien había dado, como á otras varias, promesa de matrimonio. Los

contrapuestos caracteres de los dos amigos se reflejan fielmente en sus

palabras: «Quando segui amores que no estimé dexar (dice Zelotipo), a

todo me aventuraua; aora que tengo hecho empleo del alma, no ay cosa

que no tema, y esto juzgo por lo mejor, porque me lo enseña vn puro y

verdadero amor, que es propio maestro de virtudes, y quien muda la mala

condicion en buena, el escaso en liberal, el ignorante en discreto,

el inconsiderado en prudente, el cobarde en osado». (Pág. 69 de la

presente edición). «Las almas contemplativas tienen los gustos muy

diferentes de la otra gente... No ay contento general que valga la

sombra de una tristeza particular. De mí os sé dezir que no trocaria

el estar triste dos horas por quantos placeres ay en la vida, porque

estas viuo para mí y las otras para el mundo. De donde se sigue que

me enfadan las fiestas públicas y es a mi propósito el pasatiempo

solitario, y no me conformo, antes aborrezco los amigos de regocijos

públicos y que son comunes con todos en holgarse» (pág. 92).

Antítesis de este contemplativo personaje es Cariofilo, que, sin la

grandeza trágica del burlador de Sevilla, profesa una filosofía del

amor muy parecida á la suya, y responde á los sanos consejos de su

amigo con frases análogas al _Tan largo me lo fiais_: «Atengome á

sacudillas y dexallas, que assi hazian los dioses de la gentilidad; lo

demas es burla, porque es tan mala ralea la de mugeres, que ya ninguna

quiere bien si no es por el interés, y en quanto ay que darles; yo

conózcolas por el diente, y en tanto, lo que la loba haze al lobo le

place, y a vn ruin ruin y medio. Amor enseña mil caminos de engañar;

prometiendo con franqueza, de promessas las hago ricas; al tiempo de

la paga no faltan escapatorias...». (Pág. 98). «Quando alcanço fauor

de una muger de calidad, que me es de gusto y provecho, en teniendola

rendida y señalada de mi señal, por no aficionarme mucho y venir a

ser esclauo de mi gusto, procuro diuertirlo, por no criar cuerbo que

me saque el ojo, y ocúpome en hazer empleo en otra y en otras. Desta

manera juego con cartas dobladas, y no puedo perder, y aseguro mi

mercaduria por no estar pendiente de la cortesia de la fortuna, y en

esto me escuso grandes disgustos». (Pág. 99).

Pero todavía es más _donjuanesco_ el diálogo siguiente, que no quiero

abreviar por su importancia, desatendida hasta ahora:

«_Cariofilo._--Sabeis lo que os digo, amigo mio? O tuerto ó derecho,

mi casa hasta el techo; aun no estoy _a porta inferi_; allá vendran

los aborrecidos ochenta años; dexadme aora lograr mis años floridos,

en quanto tengo tiempo; despues no faltará la merced de Dios y la

misericordia, de que la tierra está llena. En poco espacio se saluó el

buen ladron.

«_Zelotipo._--Essa es una gentil cuenta. Por qué cédula teneis vos

assegurado esse momento y esa condicion que basta para merecer en

él? Pues cómo os acogeis á la misericordia, considerando que anda de

compañia con la justicia, la cual no se dobla como la del mundo?

«_Cariofilo._--Aunque dezis verdad y os lo concedo, yo vine al mundo

para lograr mi vida, pues tengo tan cierta la muerte, que no es pequeña

pena y descuento éste; y si aora no la logro, quando la edad lo pide y

permite, el tiempo se me va huyendo, y yo no querria que me dexasse a

buenas noches, sin dexar fruto ni señal de la jornada con la congoxa

de quién tal pensara. Si yo tuuiera vida de nouecientos años, como los

antiguos, anduvierame regalando? Todo era dos dias más o menos, porque

avia paño para cortar y desperdiciar; mas vida de quatro negros dias, y

estos inciertos y alternados en mal y bien, y que los passe llorando,

mala Pascua a quien tal hiziere, y no fuere moço quando moço para ser

viejo cuando viejo.

«_Zelotipo._--Essa es vna mala conclusion. Essos esfuerços juveniles

y essas quentas vanas tienen muy cierto el castigo; guárdeos Dios de

pecador obstinado; las más vezes se ven desdichados fines á tales

distraymientos. El hombre discreto ninguna cosa ha de temer tanto

como á su gusto; nunca os precieis de culpas, porque desmerecereis el

perdon; hazed siempre la cuenta de cerca, y no perdereis de vista el

arrepentimiento... Mirad por vos, que quien se guardó no erró, y el

Señor mandó velar a los suyos por la incertidumbre de la hora; y yo

tengo sin duda que a excesos sensuales no dilata Dios la paga para el

otro mundo, y assi se han visto muy grandes castigos.

«_Cariof._--No me canseis aora; mirad vos vuestra alma y no tengays

cuidado de la mia; yo dare cuenta de mí quando llamen a mi puerta, y

no me faltará vn texto para hazerle a vna ley que venga a mi proposito

y me ponga en salvo. Y Monseñor Ouidio dize que se rie Jupiter de los

amantes perjuros...

«_Zelot._--... Ninguno presuma que engaña, porque siempre él queda

engañado; y por amor de mi, que nunca hagais essos juramentos, porque

son segun la intencion de quien los oye. En quanto Dios, estais

obligado á essa moça en todo lo que le prometistes; mirad lo que aueis

hecho, no engañeis vuestra alma...

«_Cariof._--... Yo os digo que las enredo y las sé burlar; ellas tratan

siempre engaños, yo nunca les digo verdad ni tengo ley con ellas; ellas

interessadas, yo escaso; ellas mudables en el amor, yo desamorado;

ellas libres, yo raposo; assi nos damos en los broqueles, mas yo quedo

siempre en pie como gato» (pp. 100-101).

Este tipo del libertino, que lo es más por atolondramiento y ligereza

que por perversidad, es uno de los mejores aciertos de la _Eufrosina_.

El autor le castiga blandamente y con catástrofe que tiene más de

cómica que de trágica, porque en el fondo se trata de un tonto, cuyas

ridículas empresas sirven de diversión á las mozas de cántaro y á todas

las _raparigas_ del Mondego. Pero si se prescinde de sus actos y se

atiende sólo á su cínica profesión de inmoralidad amatoria, ningún

personaje se hallará en nuestra primitiva literatura dramática y

novelesca que en este punto concuerde tanto con las máximas y palabras

de D. Juan.

En los amoríos de Cariofilo interviene, como era natural, una

Celestina de bajo vuelo, Filtria, mucho menos chistosa que sus comadres

castellanas. Pero en los de Zelotipo prescinde el autor cuerdamente

de tan vil sujeto, y quien sirve de medianera es una prima del mismo

enamorado, Silvia de Sosa, amiga y confidente de Eufrosina, aunque

constituída en cierto género de dependencia familiar respecto de ella.

La figura de Silvia tiene finos toques y recuerda algo la doncella

Poncia de la _Segunda Celestina_, aunque es menos razonadora que ella.

Por su intervención se efectúan los secretos desposorios de Zelotipo

y Eufrosina, aprovechando una ausencia del señor de las Povoas, que

tiene que resignarse al fin con los hechos consumados, á pesar de la

indignación que manifiesta en los primeros momentos y de su graciosa

consulta con el doctor Carrasco.

Aunque Jorge Ferreira brilla más en lo serio que en lo cómico, es de

gran mérito esta escena como pintura de costumbres universitarias, y

recuerda el pleito del estudiante en la _Tragicomedia de Lisandro y

Roselia_. Así como Sancho de Muñón, que era teólogo, tenía entre ojos

á los canonistas y se burlaba de ellos á su sabor, Jorge Ferreira, que

era humanista y hombre de mundo y de corte, profesaba especial aversión

á los letrados y profesores de Derecho civil, á su erudición farragosa,

á su pragmatismo huero. «Si no son prudentes (dice), las letras en

ellos son peores que lepra, porque _quieren medir por las leyes de

Iustiniano, que ha mil y tantos años que se hizieron, las costumbres de

aora, y no consideran que el tiempo lo hace todo de su color_» (pág.

143). Palabras verdaderamente notables para escritas á principios del

siglo XVI por un poeta que no hacía profesión de reformador de los

estudios jurídicos.

Otras dos comedias en prosa compuso Jorge Ferreira, que generalmente

pasan por inferiores á la _Eufrosina_, aunque la verdad es que apenas

han sido estudiadas hasta ahora. La comedia _Ulyssipo_ fué escrita en

1547 ó poco después, según las alusiones que en ella se contienen á la

campaña de Mazagán, atacada en aquel año por los moros. Rápidamente,

pero con acierto, caracteriza esta obra Teófilo Braga: «La _Ulyssipo_

es un cuadro de las costumbres portuguesas en el siglo XVI: locuciones

familiares, más de 386 refranes que todavía andan en la tradición oral,

juramentos, juegos, diversiones, todo se encuentra reproducido allí.

Es un tesoro de lenguaje. La acción no tiene condiciones escénicas,

por las grandes é infinitas mutaciones y la falta de rapidez de los

diálogos, que están diluídos en consideraciones morales atestadas de

proverbios. Actos extensos que tardarían dos días en representarse,

flaca intriga bajo grandes y poco interesantes accesorios, hacen de

la _Ulyssipo_ una obra secundaria. Crece su mérito, no obstante, si

tenemos en cuenta que es una de aquellas comedias que se escriben

solamente para ser leídas. En los saraos de palacio la leería Jorge de

Vasconcellos delante de D. Juan III á su hijo y heredero el príncipe D.

Juan, apasionado por el arte dramático, como lo fueron todos sus tíos y

su abuelo. Mirada de esta suerte, no carece de vida la _Ulyssipo_. Los

caracteres acentuadamente delineados, las situaciones bastante cómicas

y la filosofía del sentido común, son cualidades que revelan un grande

artista, que si hizo una comedia defectuosa fué por no haberla escrito

intencionadamente para la escena».

Ni Barbosa Machado, ni Inocencio de Silva, ni ningún otro de los

bibliógrafos portugueses que he visto, indican el año ni el lugar

en que fué impresa por primera vez la _Ulyssipo_. Pero consta la

existencia de una edición del siglo XVI, no sólo por el Indice

inquisitorial de 1581, donde aparece prohibida, sino por los

preliminares de la edición corregida y expurgada de 1618[420]. La

principal enmienda que mandó hacer el Santo Oficio fué quitar el hábito

de beata á la viuda Constanza d'Ornelhas, personaje celestinesco.

La última comedia de Jorge Ferreira, titulada _Aulegrafia_, no fué

impresa en vida suya, ni siquiera dentro del siglo XVI, «por un

disgusto general de este reino», según indica su yerno D. Antonio de

Noronha[421]. Algunos suponen que este disgusto fué la muerte del

príncipe D. Juan, pero más natural parece que se aluda al desastre de

Alcazarquivir en 1578, en que pereció el único hijo varón de Jorge

Ferreira, si son exactas las noticias de Barbosa. La pérdida del

príncipe en 1554 no pudo influir para nada en las publicaciones de

Ferreira, puesto que de 1560 y 1561 hay ediciones de la _Eufrosina_, y

en 1567 dedicó á D. Sebastián el _Memorial de la Tabla Redonda_.

No existe de la _Aulegrafia_ más que la edición póstuma publicada por

D. Antonio de Noronha, yerno del autor, en 1619, treinta y tres años

después de su fallecimiento[422]. De las tres comedias de Ferreira

es la más rara y la que más precio ha tenido siempre en el mercado

bibliográfico. A pesar de eso, nadie se ha decidido á reimprimirla, ni

siquiera en la forma ruin y mezquina con que lo fueron la _Eufrosina_ y

la _Vlyssippo_ en el siglo XVIII. Tan ingratos y olvidadizos han sido

los portugueses con un escritor de tanto ingenio y cultura, de tan

rica y sabrosa locución y tan útil para la historia de las costumbres

peninsulares.

La _Aulegrafia_, que consta de cinco actos como las otras dos

comedias, y no de cuatro como dice Barbosa, es, según indica su título,

una pintura de la vida de la corte y especialmente de los amores de

palacio. En este sentido puede ofrecer curioso tema de comparación con

el _Cortesano_ de Castiglione, con el de Luis Milán, con el _Arte de

galantería_ de D. Francisco de Portugal y otros libros análogos. Uno

de los personajes de la _Aulegrafia_, el aventurero Agrimonte, habla

siempre en castellano.

Pero tanto la _Vlyssipo_ como la _Aulegrafia_, sobre todo esta última,

tienen con la _Celestina_ una relación no directa y específica, sino

genérica. Atendiendo á esto, y también á la circunstancia de no haber

ejercido influencia alguna en nuestra literatura, dejemos intacto su

estudio para los críticos del reino vecino. Hora es ya de volver á las

_Celestinas_ castellanas, aunque tengamos que acelerar el paso para

poner fin á este larguísimo tratado.

En 1547 salió de las prensas de Toledo la _Tragedia Policiana_[423],

cuyo autor declara su nombre en cuatro estancias de arte mayor

dirigidas «a los enamorados». Las iniciales de los versos, leídos de

arriba abajo, dicen: «El bachiller Sebastián Fernández». Es cierto

que en una segunda edición, también toledana, de 1548, descubierta

por Fernando Wolf en la Biblioteca Imperial de Viena[424], hay otras

estancias de «Luis Hurtado al Lector», de las cuales dedujo aquel

insigne erudito que este era el verdadero autor de la _Tragedia_:

Lector desseoso de claras sentencias,

Aquí debuxa la madre Claudina

Debaxo de gracias sabrosa dotrina,

Para guardar del mal las conciencias:

Verás los auisos de mil excelencias

Que a los virtuosos son claro dechado;

Y si su autor se haze callado,

Es por el vulgo, tan falto de ciencias.

..........................................................

Y si algun error hallares mirando,

Supla mi falta tu gran discrecion,

Pues yerra la mano y no el coraçon,

Que aqueste lo bueno va siempre buscando.

A mi ver, Luis Hurtado no habla aquí como autor, sino como mero

corrector de imprenta, que era al parecer su oficio en los años

juveniles. En la primera octava elogia al autor como persona distinta,

y dice de él que «se haze callado», es decir, que oculta ó disimula su

nombre; lo cual no puede entenderse de Hurtado, que estampa el suyo

con todas sus letras al principio de los versos. Los errores ó faltas

por las cuales pide perdón son sin duda las erratas tipográficas. En

el mismo sentido deben entenderse las octavas acrósticas que puso en

el _Palmerín de Inglaterra_ impreso en el mismo año y en la misma

oficina, pues ni le pertenece la obra original, que es del portugués

Francisco de Moraes, ni la traducción castellana, que reclama por

suya el mercader de libros Miguel Ferrer[425]. No faltó entre sus

contemporáneos quien formulara contra Luis Hurtado acusaciones de

plagio. Pedro de Cáceres y Espinosa, en su biografía de Gregorio

Silvestre, acusa al poeta toledano de haberse apropiado el _Hospital de

Amor_ del licenciado Jiménez[426]. En todas sus obras anda mezclado lo

ajeno con lo propio, y no siempre pueden discernirse bien. Dotado de

más estilo que inventiva, gustaba mucho de continuar y remendar obras

ajenas, como hizo con las _Cortes de la Muerte_ de Miguel de Carvajal

y con la _Comedia Tibalda_, de Perálvarez de Ayllón. Pero ni siquiera

esta parte de refundidor pudo tener en la _Policiana_, puesto que

el texto de la segunda edición es idéntico al de la primera, que la

antecedió en un año, cuando Luis Hurtado sólo contaba diez y ocho[427].

Creemos, por las razones expuestas, que el bachiller Sebastián

Fernández fué único autor de la _Tragedia Policiana_, pero ninguna

noticia podemos dar de su persona. El famoso libro de caballeros _D.

Belianis de Grecia_, impreso precisamente en 1547, el mismo año que

la _Policiana_, se dice «sacado de la lengua griega, en la cual le

escribió el famoso sabio Friston, por _un hijo del virtuoso varón

Toribio Fernández_»; pero siendo tan vulgar el patronímico, ninguna

relación nos atrevemos á establecer entre ambas obras.

El autor de la _Tragedia Policiana_ no aspiraba ciertamente al

lauro de la originalidad. Desde el título mismo declara la estrecha

dependencia en que su obra se halla respecto de la tragicomedia de

Rojas, mediante la introducción de un personaje episódico en aquélla,

que pasa á ser capital en la obra del bachiller Sebastián Fernández:

«la diabólica vieja Claudina, madre de Pármeno y maestra de Celestina».

La _Policiana_ no se presenta, pues, como continuación, sino más bien

como preámbulo de la _Celestina_; pero es lo cierto que la sigue al

pie de la letra, con personajes idénticos, con la misma intriga y á

veces con los mismos razonamientos y sentencias. Policiano y Philomena

corresponden exactamente á Calisto y Melibea; Theophilon y Florinarda

á Pleberio y Alisa; Solino y Silvanico á Sempronio y Pármeno; Parmenia

á Areusa; Dorotea á Lucrecia, y á este tenor casi todos los restantes.

Los rufianes son dos, Palermo y Pizarro, uno y otro copias de Centurio,

recargadas con presencia de la _Segunda Celestina_, de Feliciano

de Silva, donde también se encuentra el germen de las escenas de

hortelanos, que son una de las partes más curiosas de la _Tragedia

Policiana_.

Según costumbre de los autores de este género de libros, el bachiller

Fernández hace grandes protestas de la pureza de sus intenciones y de

su «voluntad virtuosa».

«En el processo de mi escriptura no solamente he huydo toda palabra

torpe, pero avn he euitado las razones que puedan engendrar desonesta

ymaginacion, porque ni mi condicion jamas se agradó de colloquios

suzios ni avn mi profession de tratos dissolutos... E si algo

paresciere que a los oydos del honesto e casto Lector haga offensa,

crea de mí que no lo digo con ánimo desonesto, sino porque el phrasis y

decor de la obra no se pervierta».

No puede negarse que el _phrasis_ y _decor_ de la obra, entendidos

por el autor con aquella especie de bárbaro realismo que entonces

predominaba, le han llevado muchas veces, especialmente en los

coloquios de rufianes y rameras, á una licencia de expresión

desapacible para oídos modernos. Pero esta licencia es relativa, y de

seguro menor que la que se encuentra en ninguna de las _Celestinas_

anteriores. Las escenas de amor están tratadas con cierto recato y

miramiento. Y aun en la parte lupanaria y bajamente cómica hay más

grosería de palabras que deshonestidad de conceptos. La blasfemia y el

sacrilegio ó desaparecen del todo ó están muy velados. Los reniegos y

porvidas de Palermo y Pizarro son extravagancias inofensivas si se los

compara con los de Galterio, Pandulfo y Brumandilón: «¡Por los huesos

de Aphrodisia madre!», «Voto al pinar de Segovia», «Descreo del puerto

de Jafa», «Reniego de las barbas de Barrabás», «Despecho del galeón

del Rey de Francia», «Descreo del memorable Golías», «Juramento hago á

las calendas de Grecia», «Pese á las barbas de Júpiter», «Descreo de

Placida e Vitoriano», y otros no menos estrafalarios.

Fuera de algunas leves variantes que apuntaré después, la _Policiana_

es la primitiva _Celestina_ vuelta á escribir. Este servilismo de

imitación la reduce á un lugar muy secundario, pero no la quita sus

positivos méritos de rico lenguaje y fácil y elegante composición.

Es la obra de un estudiante muy aprovechado, aunque incapaz de volar

con alas propias. La contemplación de un gran modelo embarga su ánimo

y no le deja libre para ningún género de invención personal. Se

limita á calcar, pero no desfigura los tipos, y si la tragicomedia de

Calisto se hubiese perdido, ésta sería de todas sus imitaciones la

que nos diese una idea más fiel y aproximada de ella, aunque nunca

pudiese sustituirla. Las obras de genio no se escriben dos veces, y su

pesadumbre anonada las frágiles construcciones que quieren levantarse á

su sombra y remedan en pequeño su traza exterior.

Pero aun este género de reproducción tiene su mérito cuando es

inteligente y no mecánica tan sólo. El autor de la _Policiana_

comprendía lo que imitaba y se esfuerza por conseguir algo de la rica

plasticidad, del franco y sabroso diálogo y aun de la intensa virtud

poética del drama de Rojas. Un eco de la apasionada elocuencia y del

rendimiento amoroso de Melibea resuena, aunque muy atenuado, en las

palabras de Philomena: «Cauallero, ya no es razon que se dissimule

y passe en secreto lo que mis apassionados desseos tan á la clara

publican; porque si las tinieblas de la noche no impidieran tu vista,

en mis señales públicas conoscieras mis congoxas secretas. Algunos dias

han passado despues que tus cartas e amorosos mensages recibi, en que

mis captivas fuerças han rescebido muy rezios golpes e yo varonilmente

contra ellos he peleado. Pero al fin, si como tengo el coraçon de carne

le tuuiera de un rezio diamante, no dexara de caer de mi voluntad en la

tuya: tal ha seydo el combate que en mi coraçon he sentido. Finalmente,

estoy rendida a tu querer, porque eres quien en mis ojos más meresces

de los nascidos. Ordena, Señor mio, como nuestros apassionados desseos

ayan aquel effecto que dessean, porque hasta esto ningun momento

passará que para mí no sean mil años de infernal tormento. Las fuertes

rexas de estas ventanas impiden el remate de nuestros sabrosos amores.

La mañana paresce que comiença a embiar sus candidos resplandores por

despidientes mensajeros de nuestro gozo. Toma, señor mio, la possession

de mi voluntad, e della e de mí ordena de manera que mi passion se

afloxe y la tuya se acabe, e si te paresciere, para la noche venidera

se quede el concierto por las cercas de esta nuestra huerta, por la

parte donde el rio bate en ellas[428], que es lugar más sin sospecha e

donde yo estaré esperando tu venida no menos que mi desseada libertad»

(Acto XX).

En las escenas del jardín, la musa lírica contribuye, como en Rojas, á

idealizar el cuadro misterioso y poético de la entrevista nocturna. Es

muy feliz, sobre todo, la evocación del romance viejo de _Fontefrida_,

que canta el paje Silvanico, y al cual se alude en otro pasaje de la

tragedia: «Veemos que entre los animales que de entendimiento carescen,

este amor matrimonial está esculpido, pues las tortolicas passan su

vida contentas con una sola compañia. E si aquélla muere, la que queda

no beue más agua clara, ni se pone en ramo verde, ni canta ni haze

señal de alegria, señalando la cuitadica quán dura cosa es perder su

dulce compañia» (Acto XI).

Poco hay que advertir en cuanto á los caracteres. Claudina no merece

el título de maestra, sino de humilde discípula de Celestina. Tiene un

grado más de perversidad, puesto que hace infame tráfico con su propia

hija Parmenia, y parece más rica, puesto que alardea de sus «sábanas

randadas», de sus «manteles de Alemania», de sus «tapices de Flandes».

En las artes diabólicas es fiel trasunto de su amiga. Tiene como ella

un demonio familiar á quien invoca con horrendos conjuros y pavorosos

sacrificios: «Ora, hijo Siluano, es menester que me traygas, para hazer

vn conjuro, una gallina prieta de color de cueruo, e vn pedaço de la

pierna de un puerco blanco, e tres cabellos suyos cortados martes de

mañana antes que el sol salga, e la primera vez que cabe ella te veas,

despues que los cabellos la ayas quitado, pondras tu pie derecho sobre

su pie izquierdo, e con tu mano derecha la toca la parte del coraçon,

e miranla en hito sin menear las pestañas la diras muy passo estas

palabras: Con dos que te miro con cinco te escanto, la sangre te beuo y

el coraçon te parto[429]. E echo esto, pierde cuydado, que luego verás

marauillas» (Acto XVI).

Hay un personaje de la tragicomedia antigua que está presentado con

cierta novedad en la _Policiana_. Es Theophilón, el padre de Philomena.

No se duerme en la ciega confianza de Pleberio, sino que se muestra

desde el principio receloso guardador de la honra de su casa, y muy

sobre aviso de los peligros que puede correr la virtud de su hija:

«Hija mía, lumbre de mis ojos, báculo de mi cansada vejez, más noble es

preservar al hombre para que no cayga que ayudarle a levantar despues

de caydo. No permita Dios, hija de mi coraçon, que en tus costumbres yo

aya conoscido alguna falta que de castigo sea digna, pero no te deue

dar pena si yo como padre y viejo y experto en los trabajos que el

tiempo cada día descubre, te dé auiso como sepas defenderte de ellos,

sin lesion del ánima _y de la fama que tus pasados cobraron_» (Acto X).

El sentimiento del honor, que es el alma de tantas creaciones de

nuestros poetas dramáticos del siglo XVII, tiene en Theophilón uno

de sus primeros intérpretes. Sentencia suya es que «la mácula de las

illustres doncellas todo un reino deja manchado de infamia» (Acto X).

En el notable diálogo que tiene con su mujer (acto XXIII) habla como

un personaje calderoniano: «El crimen de liuiandad en la mujer no se ha

de castigar sino con la muerte, e qualquier castigo que éste no sea no

es sino una licencia para que sea mala con la facilidad de la pena».

Los sobresaltos de su honra tienen á veces muy enérgica expresión: «Oh

canas ya caducas! Oh años desdichados! Oh pobre viejo, para que veniste

al mundo?... Qué haré? Si descubro lo que siento y lo quiero castigar,

poco castigo es que esta ciudad se abrase. Pero si lo dissimulo por

quitar los paresceres del vulgo, vendrá en términos mi honrra que se

acabe con mi vida. Oh mis fieles criados, dezid me qué haga o tomad

este puñal e dad con él fin a mis dias!» (Acto XXVI).

D. Gutierre Alfonso de Solís y D. Lope de Almeida se encierran en

impenetrable monólogo y no dan parte de tales cuitas á sus criados,

pero el fondo de su alma es idéntico, salvo la diferencia que va del

padre al marido. «Qué bien tiene quien de honrra caresce? pues qué

honrra tiene quien liuiana hija ha criado? pues un hombre deshonrrado

como biuirá sossegado?».

Theophilón interesa en su calidad de padre vengador, pero la

catástrofe es disparatadísima. El buen viejo tenía enjaulado un

león, como pudiera tener un perro, y sus hortelanos le sueltan por

la noche «para que espante las zorras que andan entre los árboles».

Acude Policiano á la segunda cita con su amada, y el león le hace

pedazos. Cuando Philomena encuentra muerto á su amante, hace una

prolija lamentación sobre su cadáver y se mata con la propia espada de

Policiano.

Todo este pasaje es una mala imitación de la fábula de Píramo y Tisbe,

tal como se lee en el libro IV de las _Metamorphoses_ de Ovidio (v.

55-165). El bachiller Fernández, que debía de estar recién salido de

las aulas con la leche de la retórica en los labios, creyó que esta

historia trágica cuadraba á maravilla para final de la suya, y sin

vacilar transportó á Toledo la leona de los campos de Babilonia, cuyas

huellas cerca de la tumba de Nino indujeron á fatal error á los dos

enamorados jóvenes prez de Oriente:

Venit ecce recenti

Caede leaena boum spumantes oblita rictus,

Depositura sitim vicini fontis in unda.

(V. 96-99).

La imitación es visible, sobre todo en las últimas palabras de

Philomena comparadas con las de Tisbe:

Orígenes de la novela, Tomo III · 第 62 / 502 题