Mas serán desventuradas
Tus orejas bien aosadas,
Despues de averme entendido...
Vete ya, torpe, de ahí
Cual onbre mucho liuiano,
Que en un coraçon humano
No cabe servir a my.
Que no tomo con paciencia
Que, en absencia ni en presencia,
Un muy ylícito amor
Piense ningun amador
Comigo alcanzar de eçencia...
_Agora se va Calisto, y sálese Melibea, y
luego vuelve buscando sus criados._
No faltan en esta versión métrica ripios é incorrecciones graves,
palabras impropias y algunos barbarismos, ó si se quiere formas
dialectales, en la conjugación:
Y las caydas que _daron_
Los que como tú amaron...
_Pusiéndome_ inconvenientes.
Urrea era un improvisador y no se paraba en barras, pero el efecto
general de sus versos es agradable[282].
Mucho menos vale su prosa en la única muestra que conocemos de ella, y
que también se enlaza con la _Celestina_ por derivación muy inmediata.
Esta pieza rarísima, indicada por Brunet, que por cierto equivoca
dos veces el apellido de su autor[283], es la _Penitencia de Amor_,
estampada en Burgos por Fadrique Alemán de Basilea, en 1514[284].
El antiguo impresor de la _Comedia de Calisto_ conservó en el
frontispicio de la _Penitencia_, cambiando los nombres de los
personajes, uno de los grabados de la obra que Urrea imitaba, fácil,
en efecto, de transportar de una composición á otra, puesto que
Finoya y Darino, en la novelita del ingenio aragonés, corresponden á
Melibea y Calisto, y los criados Renedo y Angis á Sempronio y Pármeno.
Faltan Areusa, Elicia, Lucrecia y sobre todo Celestina, es decir,
la salsa del pescado de la tragicomedia, que sin intervención de la
vieja barbuda será insípida siempre. La parte cómica se reduce á unas
octavas de arte menor que el poeta llama «pullas honestas», y son un
pugilato de groseras desvergüenzas cambiadas entre dos lacayos. Todo lo
restante está en prosa. El fin de la obra quiere ser ejemplar, aunque
por distinto rumbo que el de la _Celestina_, para lo cual se altera
el desenlace de la manera que veremos; pero hay, no sólo detalles
licenciosos, sino una escena de brutalidad sin ejemplo, esmaltada con
sentencias como ésta: «El mayor plazer es pecar mortalmente; los que no
gozan desto no tienen descanso». Ninguna de las blasfemias de Calisto
llega á ésta[285].
¡Extraños tiempos aquellos en que un caballero tan distinguido
como Urrea, que en varias poesías de su _Cancionero_ muestra haber
sido capaz de las más sanas inspiraciones y de los más delicados
sentimientos, osaba hacer presente de tal farsa como la _Penitencia_
á su madre la condesa de Aranda, con la leve salvedad de decir en el
prólogo: «Esta obrezilla, por ser toda su calidad cosa de amores,
parece que se aparta de la condicion y virtud de vuestra señoria; pero
porque todo lo que yo hiziere no puede ni deve yr dirigido a otri,
embio tambien esto como lo otro que de mí tiene vuestra señoria».
Esta dedicatoria ofrece otros puntos curiosos. El autor no hace
profesión de originalidad, sino todo lo contrario. «Ya no va nadie a
infierno syno por lo que otros an ydo; ninguno puede hazer ni dezir
cosa que no paresca a lo dicho y hecho; nadie puede trobar sino por
el estilo de otros, porque ya todo lo que es a sido». Se remonta á
Terencio como padre del género en que ejercita su pluma. «Esta arte
de amores está ya muy vsada en esta manera por cartas y por çenas
(escenas) que dize el Terencio, y naturalmente es estylo del Terencio
lo que hablan en ayuntamiento; mas esta es cosa quel estylo no se puede
quitar ni vedar, pues que las mismas razones no sean.»
Pero en verdad no fué Terencio su modelo, ni era posible que lo fuese.
Urrea, aristocrático aficionado, que á ratos aparentaba desdeñar
la «trabajosa vanagloria de la pluma, pues ay otras cosas en que
mas cavalerosamente se puede exercitar el entendimiento con otros
passatiempos seguros de reprensiones», no tenía más que leve tintura
de estudios clásicos, á pesar del alarde que hace de sembrar por su
diálogo sentencias de Séneca tomadas de alguno de los florilegios
morales que entonces se manejaban tanto[286]. En lo que estaba
positivamente versado era en la poesía italiana, sobre todo en la del
Petrarca[287], y en la literatura española de su tiempo. Dos libros se
hallaban entonces en el momento culminante de su éxito: la _Celestina_
y la _Cárcel de Amor_. Urrea, sin hacerse cargo de la radical oposición
del sentido artístico de ambos libros, ni de la profunda desemejanza de
su plan y estilo, intentó fundirlos en uno solo, no olvidando tampoco
sus hábitos de poeta cortesano. Resultó de aquí una producción híbrida,
de la cual puede formarse idea por el _argumento_ con que el mismo
autor la encabeza:
«Hubo vn cauallero llamado Darino, hijo de Galmaux y de Volisa, el
qual andando vn dia solo a cauallo, paseando, llegó a vn castillo
y casa fuerte en muy gentil acatamiento puesto. Vió a la ventana a
Finoya, muy gentil dama, hija de Nertano y de Solona, donde con mucho
contentamiento y turbacion llegó a hablar con ella, y acabadas sus
razones partióse della muy cativado de su amor, y sin reposo voluiendo
á su posada procuró con dos criados de los suyos de quien él mas fiaua
(al vno llamauan Renedo y al otro Angis) para que con todas sus fuerças
y mañas hiziesen que Finoya recebiese vna carta de Darino. Fue tal la
diligencia y astucia de sus criados, que alcançó Darino al principio
reçebir cartas de Finoya y al cabo goçar de su persona; y aunque las
cosas que algun tiempo duran de continuo son sabidas y descubiertas,
esto en breue tiempo fue sabido; por donde Nertano, padre de Finoya,
sabiendo esto, aguardó a Darino y tomóle. La segunda vez que entró en
su casa halló a los dos juntos tomando sus retraydos deleytes, el cual
metió en vna torre a Finoya con sus doncellas, y en otra a Darino con
sus criados, y todos hicieron penitencia allí en aquellas torres hasta
el cabo de sus dias.»
La obrita de Urrea no es enteramente dramática, ni tampoco novelesca.
Ninguna parte de ella está en narración, sino toda en razonamientos y
cartas. En los primeros imita algunas veces á Fernando de Rojas[288];
pero el tipo de Diego de San Pedro es el que predomina, no sólo en la
parte epistolar, sino en la retórica culta y alambicada del estilo.
La acción, que es de suma pobreza, está desarrollada con simétrica
monotonía. A cada una de las cartas de Darino á Finoya y viceversa
se agrega un presente simbólico, que por lo común es una joya de oro
labrado, acompañada de un mote en verso. Algunos son ingeniosos, y del
mismo gusto galante y amanerado que otros que se leen en el _Cancionero
general_. Envía Finoya á Darino una vihuela sin cuerdas, y dice la
letra:
No tienes más esperança
De alcançar lo que concuerdas,
Que esa de tañer syn cuerdas.
Envía Darino á Finoya unos ruiseñores y dice la letra:
Cantarán éstos de amores;
Yo, avnque callo,
Lloro por los desamores
Que en ty hallo.
En el desenlace, sugerido indudablemente por la _Cárcel de Amor_,
se nota la misma falta de originalidad y brío. «En la torre de mano
derecha (dice Nertano) estareys vos, Finoya, con vuestras doncellas...
y vos, Darino, estareys en la torre de mano izquierda, y vosotros
tendreys cargo de la manera que se a de regir. No he querido daros
muerte a vos, hija, porque el coraçon no lo ha çufrido; y a vos,
Darino, no he querido mataros, porque peneys mas. La fama que se pondrá
a de ser que Finoya mi hija es muerta, y assi le haremos las onrras;
y de Darino se dirá que se a ydo al cabo del mundo: vnos creeran que
por veer tierras, otros que de desesperado se a ydo por la muerte de
mi hija, que ya sabian que la queria. Vamos, que ello será tan secreto
quanto él fue traidor». Aquí vemos apuntar ya la máxima de _A secreto
agravio_...
Algunos trozos de la _Penitencia_ están bien escritos en su género
sentimental y retórico[289], pero otros son mortalmente fastidiosos y
el conjunto revela una pluma inexperta en el difícil arte de la prosa,
á pesar del gran modelo que tenía á la vista. La locución claudica á
veces por el sentido incierto de las palabras[290], y el vocabulario no
es ni muy selecto ni muy rico[291].
Á pesar de su medianía, la _Penitencia de Amor_, que en España fue
completamente olvidada hasta que en nuestros días la exhumó el Sr.
Foulché-Delbosc de una biblioteca particular que no expresa, tuvo en
el siglo XVI los honores de una traducción francesa ó más bien de un
verdadero plagio.
El supuesto autor original de _La Penitence Damour_, Renato Bertaud,
señor de la Grise, secretario del cardenal arzobispo de Tolosa Gabriel
de Gramond Navarre, cambia los nombres de los personajes, llamando
_Lanzarote_ al caballero, _Lucrecia_ á la dama y _Themot_ y _Michellet_
á los criados. Traslada íntegro el texto de Urrea, pero le añade un
final de su cosecha, en el cual, pasados siete años del cautiverio
de los amantes, consiente el padre de Lucrecia en darles libertad y
celebrar sus bodas. Todo es al principio regocijo y fiestas, justas y
torneos, pero la dama muere al poco tiempo y su marido determina hacer
penitencia durante el resto de su vida junto al sepulcro de la mujer
á quien se lamenta de haber seducido y en cuya temprana muerte ve un
castigo de la justicia divina[292].
No fué Urrea el único poeta que intentó llevar al naciente teatro
español una parte del argumento de la _Celestina_. Poco posterior á
su _Égloga_ hubo de ser otra de Lope Ortiz de Stúñiga, de la cual no
conocemos hasta ahora más que su título y encabezamiento en el núm.
15,139 del _Registrum_ de D. Fernando Colón: «_Farsa en coplas sobre la
comedia de Calisto y Melibea. Inc._
Hi de san y qué floresta
Y qué floridos pradales,
Qué compaña...
En el mismo _Registrum_ (núm. 4.083) se citan otras producciones
poéticas de Lope Ortiz (suponemos que sea la misma persona), adquiridas
por el hijo de Cristóbal Colón en Medina del Campo, á 25 de noviembre
de 1524[293], lo cual puede servir para conjeturar aproximadamente la
fecha de la _Farsa_, sobre cuya procedencia y coste nada se indica.
En un pliego gótico, de dos hojas en folio, á cuatro columnas, que
acaso es ejemplar único, encuadernado con otros igualmente rarísimos
del primer tercio del siglo XVI, poseo un compendio en verso de la
_Celestina_, cuyo título dice de esta suerte: _Romance nueuamente hecho
de Calisto y Melibea que trata de todos sus amores y de las desastradas
muertes suyas y de la muerte de sus criados Sempronio y Parmeno y de
la muerte de aquella desastrada mujer Celestina intercesora en sus
amores_[294]. Habiendo reproducido esta curiosa pieza en mis adiciones
á la _Primavera_ de Wolf[295], no creo necesario insistir sobre su
carácter juglaresco y sobre la habilidad con que su incógnito autor
va fundiendo en el molde narrativo las principales situaciones de la
tragicomedia, conservando en todo lo que puede las mismas palabras del
original:
Un caso muy señalado--quiero, señores, contar,
Como se iba Calisto--para la caza cazar.
En huertas de Melibea--una garza vido estar,
Echado le habia el falcon--que la oviese de tomar,
El falcon con gran codicia--no se cura de tornar:
Saltó dentro el buen Calisto--para habello de buscar,
Vido estar a Melibea--en el medio de un rosal,
Ella está cogiendo rosas--y su donzella arrayan...
En el mismo apacible estilo prosigue todo el romance, que demuestra en
el poeta que le compuso verdadero sentido de las bellezas de la obra
que imitaba.
Urrea había metrificado, aunque no íntegramente, el primer acto de
la _Celestina_: el romancerista abarcó todo el cuadro, reduciéndole á
mínima escala. Tarea mucho más ardua, y tan prolija como impertinente,
emprendió Juan Sedeño, natural y vecino de la villa de Arévalo,
trasladando toda la _Celestina_ en desaliñadas coplas de arte menor,
que sólo sirven para enaltecer por el contraste la divina prosa de
Rojas. Este esfuerzo de paciencia y de mal gusto cayó muy pronto en
el justo olvido que merecía, y no ha vuelto á ser impreso después
de la rarísima edición de Salamanca, 1540[296]. Juan Sedeño es
principalmente conocido por autor ó compilador de un diccionario
biográfico que tituló _Summa de varones ilustres_[297], obra de corto
mérito y ninguna originalidad; pero merece serlo con más razón por sus
elegantes _Coloquios de amores y bienaventuranza_[298], los cuales,
dicho sea de pasada, nada tienen que ver con la historia del teatro,
como da á entender un moderno académico[299], ni pueden calificarse
de desconocidos, puesto que en libro tan corriente como el Manual de
Ticknor se da exacta idea de ellos, colocándolos en el grupo á que
realmente pertenecen, es decir entre los diálogos filosóficos y morales
de Hernán Pérez de Oliva, Francisco Cervantes de Salazar y otros
prosistas didácticos de la centuria décimasexta[300]. Tampoco se ha de
confundir á Juan Sedeño, como hizo Nicolás Antonio, con un homónimo, y
probablemente deudo suyo, que fué alcaide ó castellano de Alessandria
della Paglia, y publicó en 1587 la primera traducción española de la
_Jerusalem_ del Tasso.
Antes de llegar á las imitaciones propiamente dichas de la
_Celestina_, no podemos menos de hacer notar el influjo que la parte
picaresca de la tragicomedia ejerció en los poetas semipopulares de
la primera mitad del siglo XVI, cuyas composiciones se registran
en pliegos sueltos góticos de extraordinaria rareza. El principal
representante de este género, que llegó á los últimos límites del
cinismo, es Rodrigo de Reinosa, émulo de los más licenciosos poetas
del _Cancionero de Burlas_[301]. A propósito de sus _Coplas de las
comadres_ escribió Gallardo: «Es una pintura al fresco, viva y
colorada, de las costumbres de aquel tiempo. Pocas poesías se leerán
impresas en España más libres y licenciosas que estas coplas. Son
además graciosísimas». En lo primero no hay duda, porque las _Coplas_
son verdaderamente desaforadas; pero lo segundo dista mucho de ser
cierto, porque son groseras, toscas y llenas de incorrecciones
métricas. Citaremos algunos versos de los menos malos, en que saltan á
la vista las reminiscencias de la _Celestina_:
Allá cerca de los muros,
Casi en cabo de la villa,
Cosas haz de marauilla
Vna vieja con conjuros,
Porque tengamos seguros
Los plazeres cadal dia,
Llámase Mari Garcia,
Sabe encantaderos duros.
Una casa pobre tiene,
Vende hueuos en cestilla,
No ay quien tenga amor en villa
Que luego a ella no viene...
Está en missa y processiones,
Nunca las pierde contino,
Missas dalva yo esmagino
Son las más sus deuociones;
Jamas pierde los sermones,
Bisperas, nona, completas,
Sabe cosas muy secretas
Para mudar coraçones...
Ciertas agujas quebradas
Lança en ciertos coraçones,
Con muchas encantaciones
De palabras endiabladas,
Rayces de cardo sacadas;
Y a todas las que a ella van
Escriue con açafran
En las palmas ciertas fadas[302].
A Rodrigo de Reinosa atribuye, con bastante probabilidad, Gallardo
otra composición mucho más escandalosa que ésta, pero mejor escrita
y de carácter netamente dramático, pues salvo algunas palabras
de introducción narrativa, puede considerarse como una pequeña
farsa lupanaria ó rufianesca, en coplas de arte mayor[303]. Tanto
en ella como en el _Coloquio entre la Torres-Altas_ y _el rufián
Corta-Viento_[304], hizo alarde Rodrigo de Reinosa de emplear la
jerigonza llamada _germanía_, nombre que por primera vez aparece en sus
obras, y es por tanto más antiguo de lo que generalmente se cree[305].
El desenfreno que tales composiciones arguyen es un signo de los
tiempos, que importa al historiador registrar y considerar maduramente.
La disolución social de las postrimerías de la Edad Media, contenida
por la férrea mano y el alto pensamiento de los Reyes Católicos,
fermentó tumultuosa durante el efímero reinado de Felipe _el Hermoso_
y el nominal de su infeliz consorte; y no llegó á ser vencida y
domada hasta que el César Carlos V, que no era ya el inexperto y mal
aconsejado joven de su primer viaje á España, entró en la plenitud
de su misión histórica. Anarquía fué ésta de la cual participaron
nobles y plebeyos, eclesiásticos y legos, seculares y regulares;
anarquía de palabras, de ideas y de costumbres, que si no hizo vacilar
los fundamentos de la creencia tradicional, dió calor á la secta
indígena de los iluminados místicos, favoreció los progresos del libre
pensar erasmista, que llegó á nacionalizarse en alto grado, y abrió
en parte los caminos de la Reforma, aunque por otro lado fuese su
antítesis. Y de la misma suerte, en el orden político produjo á un
tiempo tardías reivindicaciones aristocráticas; generosos aunque mal
concertados esfuerzos por la libertad municipal, corona de las ciudades
castellanas; insurrecciones que, sin perder el carácter de los antiguos
bandos y hermandades, parecían agitadas por un soplo revolucionario más
ardiente é impetuoso; y hasta en algunos espíritus turbulentos, sueños
de repúblicas al modo de Génova y Venecia, y en la masa popular de
aquellas tierras donde la industria y el comercio habían madrugado más,
una agitación hondamente socialista, de que los agermanados de Valencia
y Mallorca fueron terribles definidores é intérpretes.
La libertad ó más bien la licencia de la imprenta no tuvo cortapisa
en aquellos años. La Inquisición, atenta sólo á la persecución de los
judaizantes, que había sido el primordial objeto de su introducción
en Castilla, no se cuidó hasta mucho más tarde de intervenir en la
censura de libros, y aun el primer Indice no se hizo en España, sino en
la Facultad teológica de Lovaina, como es notorio. Bajo este aspecto
puede decirse, habida consideración á los tiempos, que la literatura
del reinado de Carlos V (es decir, de casi toda la primera mitad del
siglo XVI) se desarrolló con pocas trabas, lo cual explica su libertad
y audacia, su desordenada y juvenil lozanía que tanto contrasta con el
tono grave, reflexivo y maduro que todas las cosas fueron tomando en
tiempo de Felipe II.
Dejando aparte lo que toca al desarrollo general de las ideas y al
fondo de la literatura didáctica y polémica del Renacimiento, materia
no bien tratada aún y en que conviene hacer muchas distinciones, el
genio poético de aquel principio de siglo habló mordaz y cáustico por
boca de los grandes satíricos Torres Naharro, Gil Vicente, Cristóbal
de Castillejo, en quienes la valentía del pensamiento se junta
con la gracia de la dicción. La sátira lo invadió todo, desde las
farsas teatrales hasta la acicalada prosa de los hermanos Valdeses
y la pintoresca y sabrosísima del médico Villalobos. La corriente
naturalista derivada de la _Celestina_ fué engrosando sus aguas,
cada vez más turbias, al pasar por el bajo fondo social, y paró en
representaciones monstruosas, con que ingenios mediocres halagaban una
profunda depravación social.
Esta depravación, que en el centro de España era más bárbara que
refinada hasta que por los puertos secos se comunicó á Castilla el
contagio, tenía su principal asiento en las ciudades marítimas y
populosas, enriquecidas por la navegación y el tráfico, especialmente
en las del Mediterráneo, abiertas de antiguo á la influencia italiana,
que juntamente con los primores de sus artes les comunicaba aquel
género de viciosa elegancia que suele ser fatal é inevitable cortejo
de la opulencia y del lujo. En esta parte ninguna ciudad tuvo tan
extraña reputación como Valencia, por lo mismo que ninguna del
litoral la aventajaba en el arreo y gala de sus moradores, en la
belleza de sus mujeres, en las comodidades y deleites de la vida
y en la alegría y pompa de sus fiestas y regocijos populares. Del
estado de las costumbres en el siglo XV tenemos peregrinos datos en
los sermones todavía inéditos que en su nativa lengua predicaba San
Vicente Ferrer[306]. Si se comparan con las pinturas que en su famoso
libro satírico trazó Jayme Roig[307], el orador sagrado y el poeta
se completan mutuamente, y el testimonio del uno y del otro puede
corroborarse con documentos legales y notariales, libres de toda
sospecha de hipérbole.
Á principios del siglo XVI Valencia estaba considerada como la ciudad
de la galantería, la metrópoli del placer:
Os jardins de Valença de Aragāo
Em que o amor vive e reina, onde florece,
Por onde tantas rebuçadas vāo.
decía el poeta portugués Sá de Miranda[308]. _Jardín de placeres_ la
llamaba en 1505 Alfonso de Proaza.
De damas lindas hermosas
En el mundo muy loada...
Rico templo, donde Amor
Siempre haze su morada[309].
Esta equívoca nombradía traspasaba los aledaños hispánicos, y en
verdad que pasma encontrar acusaciones de afeminada molicie bajo la
pluma de escritores italianos que no tenían grande autoridad para
mostrarse muy severos. _Plerique Valentini cives tum senes tum iuvenes,
amoribus dediti ac delitiis_, dice el gran humanista Pontano, gloria
de la honestísima Nápoles[310], con ocasión de mencionar á un Rodrigo
Carrasco (¿Carroz?) que á los ochenta años había caído en la inofensiva
chochez de tocar la flauta ó él pífano y de ir cantando su amor por las
calles: «_e media scilicet Valentia delatum hoc est_»[311]. Pontano
tenía el buen gusto de no alborotar la calle con músicas y cánticos,
pero en cambio confiesa que daba malos ratos á su mujer con los amores
de cierta _puella gaditanula_[312]. De los conventos de monjas de
Valencia escribió horrores; la relajación era evidente[313], pero no
mayor que la que podía ver en su tierra.
Dos veces aparece en el _Orlando Furioso_ el nombre de nuestra ciudad
levantina, y siempre con el mismo concepto tradicional y en gran parte
injusto que de ella se tenía.
Pinta el Ariosto á Rugero encantado y sumergido en las delicias del
jardín de Alcina:
Umide avea l'inanellate chiome
De' piú _soavi odor_ che sieno in prezzo:
Tutto ne' gesti era amoroso, come
_Fosse in Valenza a servir donne avvezzo_.
(Canto VII, est. 55).
La heroína del pícaro cuento de Giocondo y del rey Astolfo era también
valenciana, según el maligno poeta de Ferrara:
Una figliuola d' uno ostiero ispano,
Che tenea albergo al porto di Valenza,
Bella di modi e bella di presenza.
(Canto XXVIII, est. 52).
Lo de los _soavi odori_ requiere alguna explicación. Ya en el siglo
XV eran buscados en Italia con predilección los objetos de perfumería
procedentes de Valencia. De ello da testimonio uno de los cantos de
Carnaval del tiempo de Lorenzo _el Magnífico_, titulado en algunas
colecciones _La canzone dei galanti_ y en otras _Canto dei profumieri_:
Siam galanti di Valenza
Qui per paggi capitati,
D'amor già presi e legati
Delle dame di Fiorenza...
Secondo i nostri costumi
Useremo anchor con voi;
Usseletti, olii e profumi,
Donne belle, abbiam con noi...[314]
Los guantes de España, pero muy especialmente de Valencia, eran los
más estimados, y en agosto de 1506 hacía especial encargo de ellos la
elegante y sabia princesa Isabel de Este, recomendando que los viese
antes algún español, «porque son los que mejor entienden de la bondad
de estas cosas»[315].
Tales industrias, sin ser pecaminosas en sí mismas[316], requieren
para desarrollarse un ambiente epicúreo y sibarítico, como era el
de Valencia al decir de los viajeros de aquel tiempo, que la pintan
como una nueva Capua, aunque no hayan de tomarse al pie de la letra
todos sus dichos, que pueden nacer de observación superficial ó son
manifiestas calumnias. Desde el tudesco Nicolás de Popplau, que viajó
por España en 1484 y 85, y el flamenco Antonio de Lalaing, señor de
Montigny, que acompañó á Felipe _el Hermoso_ en 1501, hasta el libro
tan grave y estimado de las _Relaciones universales del mundo_, de
Juan Botero (1596), para no hablar de otros posteriores, persiste
esta mala nota de la gentilísima ciudad que fué en todos tiempos
emporio de riqueza y de cultura[317]. En los italianos llega á ser
un tipo convencional _il signor Lindezza de Valenza_, aludido en _La
Cortigiana_ del Aretino[318]. «No hay más lasciva y amorosa ciudad en
toda Cataluña», dice Bandello al comenzar una de sus más trágicas é
interesantes novelas[319]. Y á este tenor pudieran acumularse otras
citas, si ya no nos hubieran precedido en recogerlas los eruditos
Croce, Farinelli y Mele[320]. Las alusiones á la mancebía de Valencia
abundan en todas las _Celestinas_ secundarias, sin excluir _La Lozana
Andaluza_, compuesta en Italia[321].
La corrupción había llegado á su punto máximo en los años que
precedieron á las Germanías[322] y en los inmediatamente posteriores
á aquellos tumultos. No es mera coincidencia que en 1519 y en 1521
saliesen de las prensas valencianas los dos libros más deshonestos de
la literatura española: el _Cancionero de obras de burlas provocantes
á risa_, que estampó Juan Viñao[323], y las tres comedias _Thebayda_,
_Hipólita_ y _Seraphina_, impresas por Jorge Costilla[324].
Esta publicación no se hizo á sombra de tejado, sino con todas las
circunstancias de la ley, consignando el impresor su nombre y el día
en que terminó su trabajo y el privilegio de la Cesárea Majestad, que
por diez años le aseguraba la propiedad de la obra en los reinos de
Castilla y Aragón. Y un magnate de tan elevada alcurnia como el duque
de Gandía, D. Juan de Borja y Llansol, padre del tercer general de la
Compañía de Jesús, que hoy veneramos en los altares con el nombre de
San Francisco de Borja, fué la persona escogida por el desvergonzado
autor de la _Thebayda_ para Mecenas de su obra, en que como él dice
«había sacado de madre la cómica prosa».
En ninguna parte del libro se dice claramente que las tres comedias
sean de la misma mano, pero la hermandad de la _Thebayda_ y de la
_Seraphina_ parece innegable, aunque la segunda tenga más chiste y
mejores proporciones que la primera.
De la _Comedia llamada Hipólita nuevamente compuesta en metro_
fácilmente podemos descartarnos, pues aunque plagia servilmente la
fábula de la _Celestina_, salvo el personaje principal y el desenlace,
que no es trágico sino festivo y placentero y por consiguiente
inmoralísimo, su corta extensión, que no es mayor que la de las farsas
de Jaime de Huete y Agustín Ortiz, su versificación en coplas de pie
quebrado á estilo de Torres Naharro y todas sus condiciones externas,
en suma, hacen de ella una pieza dramática y de ningún modo novelesca.
Para darla á conocer basta copiar su _argumento_:
«Hipólito, caballero mancebo de ilustre y antigua generación de la
Celtiberia (que al presente se llama Aragón), se enamoró en demasiada
manera de una doncella llamada Florinda, huérfana de padre, natural
de la provincia antiguamente nombrada Bética (que al presente llaman
Andalucía); y poniendo Hipólito por intercesor á un paje suyo llamado
Solento, estorbaba cuanto podía porque Florinda no cumpliese la
voluntad de Hipólito; pero ella, compelida de la gran fuerza de amor
que á la continua le atormentaba, concedió en lo que Hipólito con tanto
ahinco la importunaba, y así ovieron cumplido efecto sus enamorados
deseos, intercediendo ansimesmo en el proceso Solisico, paje de
Florinda y discreto más que su tierna edad requería, y Jacinto, criado
de Hipólito, malino de condición, repunó siempre; y Carpento, criado
ansimesmo de Hipólito (hombre arrofianado), por complacer á Hipólito,
no solamente le parecían bien los amores, pero devotó que el negocio
se pusiese á las manos; é así todas las cosas ovieron alegres fines,
vistiendo Hipólito á todos sus criados de brocado y sedas, por el
placer que tenía en así haber Florinda (doncella nacida de ilustre
familia) concedido en su voluntad, seyendo la más discreta y hermosa y
dotada en todo género de virtud que ninguna doncella de su tiempo.»
Tanto esta comedia como las otras dos no está dividida en actos,
sino en escenas, que aquí son cinco. Es pieza muy endeble, y sobre
ella hay que estar al juicio de Moratín, casi siempre inapelable
en las cosas que estudió por sí mismo. «La acción es lánguida y la
entorpecen impertinentes discursos, tendencias pedantescas y rasgos
de erudición histórica puestos en boca de los criados de Hipólito y
en la de Florinda, que, estimulada de indomable apetito, habla de
Popilia, Medea, Penélope, Sansón, Electra, David, Clodio, Salomón,
Lamec, Masinisa y el rey D. Rodrigo, todo para venir á parar en abrir
aquella noche la puerta á su amante. Esta indecente farsa está escrita
con muy mal lenguaje y muchos defectos de consonancia y medida en los
versos»[325].
La _Seraphina_ (que no ha de confundirse con las piezas del mismo
título, pero de muy diverso asunto, compuestas por Torres Naharro y
Alonso de la Vega) es ferozmente obscena, pero mucho más ingeniosa
que la _Hipólita_ y la _Thebayda_. Ni siquiera puede considerarse
como imitación de la _Celestina_, con la cual no tiene más parentesco
que el de su prosa, que sería excelente si no la deslustrasen
tantas afectaciones y pedanterías en la parte seria, tantas citas
impertinentes de filósofos y Santos Padres, Aristóteles, Platón,
Séneca, San Jerónimo, San Bernardo... puestas indistintamente en boca
de todas personas, y que contrastan de un modo grotesco con los lances
y situaciones de la comedia. Moratín incluyó su título en el catálogo
que acompaña á sus _Orígenes del teatro_, fundándose en las palabras
con que termina: «Quedad y holgaos entre esta gente de palacio, é
regocijaos bien, que yo, Pinardo, acabo de _representar_ la comedia
_Seraphina_ llamada». Pero basta leer la comedia para convencerse
de que se trata de una pura fórmula y que el autor no pudo pensar
seriamente en que tal monstruosidad se representase.
Su tema, que lo ha sido de innumerables cuentos verdes, desde las
colecciones orientales hasta la novela afrentosamente célebre del
convencional Louvet de Couvray, es el mismo que en la antigüedad
sugirió la fábula de Aquiles y Deidamia y en los tiempos modernos un
episodio del canto 6.º del _Don Juan_ de lord Byron: las aventuras
amorosas de un hombre disfrazado de mujer[326]. La _Comoedia Alda_
de los tiempos medios, que ya hemos tenido ocasión de mencionar,
nos ofrece una variante semidramática del mismo argumento, y no es
inverisímil que el autor le tomase de fuente italiana, aunque eran
pocos los _novellieri_ impresos (Boccaccio, Sabadino degli Arienti,
Massuccio y pocos más)[327].
El enredo de la _Seraphina_ apenas puede exponerse en términos
honestos. Un caballero portugués, Evandro, se enamora en Castilla de
una dama principal llamada Serafina, mujer de Filipo, «el qual era
de natura frío». Y como el mucho recogimiento de la dama y la guarda
cuidadosa de su suegra hacían muy difícil toda conversación con ella,
un paje llamado Pinardo, disfrazado en hábito de mujer, se ofrece
á penetrar en casa de Filipo; logra la mayor intimidad y favor con
la vieja Artemia, dueña de malas costumbres, y con la desenvuelta
Violante, doncella de Serafina, y persuade á ésta á condescender con la
voluntad de Evandro, interviniendo en tan abominable tercería todos los
personajes de la pieza, y muy señaladamente la perversa Artemia, que
arrastrada por su senil lascivia se presta sin reparo á la deshonra de
su hijo.
Si por un momento pudiera vencerse el disgusto y repugnancia que tales
escenas infunden, si realmente pertenecieran á la literatura obras
como ésta, en que el autor convierte el noble arte de la palabra
en instrumento de vil sugestión, la _Seraphina_ sería una de las
rarísimas producciones de su género que pudiera salvarse del desprecio
que todas ellas merecen. Pero el innegable talento de escritor que
muestra quien la compuso agrava el crimen social que cometió y el
daño que todavía puede causar su lectura, porque la _Seraphina_ está,
no sólo perfectamente escrita, salvo en aquellos pasajes en que los
interlocutores declaman ó profieren sentencias, sino conducida con más
arte y habilidad que la mayor parte de nuestras comedias primitivas.
Y aun siendo tan inmoral y lúbrica como es, nunca apela su autor
al grosero recurso de estampar los _verba erotica_, como hicieron
Francisco Delicado y los poetas tabernarios del _Cancionero de Burlas_.
Una riqueza grande de proverbios y de idiotismos familiares; una
locución constantemente pura, aunque no muy aliñada; un sabroso y
natural gracejo, que se manifiesta en mil expresiones rápidas y
felices, son prendas que nadie puede negar á la _Seraphina_, y que
duele ver tan torpemente empleadas. Algunos versos contiene sobremanera
inferiores á la prosa, todos de la antigua escuela trovadoresca y
llenos de tiquismiquis amatorios:
El qual siente lo que siento,
Y siente qu'el mi sentir
Ya no siente,
Y siente qu'el sentimiento
Del sentido y consentir
Bien consiente...
(Pág. 316).
El poeta estaba tan satisfecho de esta ridícula jerigonza, que no se
cansa de admirarse á sí mismo por boca de sus personajes: «Oh alto
y maravilloso fabricador de las cosas criadas, y qué gran manera de
metrificar: por cierto los[328] _Sonetos del Serafino Toscano_ no se
igualaron, con harta parte, en la sentencia ni en la gentileza; menos
se pueden equiparar los metros del galano Petrarca».
Engañado vivía el anónimo de Valencia en cuanto á los quilates de
su ingenio, que nada tenía de lírico. Su verdadera fuerza estaba en
la observación realista, en la pintura de costumbres, aunque fuesen
malas y abominables. Cuando quiere levantar el tono y «trastornar con
circunloquios las filosóficas cartas», no dice más que desatinos y se
pierde en un galimatías ampuloso. Todos los defectos de impertinente
erudición que la _Celestina_ tiene están subidos de punto en esta
comedia, donde Evandro se pone muy de propósito á relatar á sus criados
la historia del ateniense Foción (_cena_ 2.ª). Pero cuando la vena
abundante y fácil del estilo va empujada por la corriente del diálogo
ó se explaya en largas enumeraciones, que son como alarde y muestra
de un pintoresco vocabulario, muchas de las excelentes cualidades de
la prosa de Fernando de Rojas reaparecen en su imitador. Véase un
corto pasaje, que algo interesa á la historia del arte culinario en la
España de Carlos V, y es de los pocos que pueden citarse sin reparo.
Trátase de los regalos que hacía el vejestorio de Artemia («estantigua
y fantasma de la noche») á sus interesados galanes: «Pues los presentes
que envía por año ¿quién los podría contar? Las cargas de ansarones
enteros, de pollos, de anadones, de lechones, de capones, de palominos,
de gallinas, las cestas de huevos frescos, la docena de las perdices,
el par de los carneros, la media docena de los cabritos, la ternera
entera, las ubres de puerca en adobo, las piernas de venado en cecina,
los jamones de dos y de tres años, las cargas de vino tinto, blanco,
aloque, clareas, _vin grec_, otros qu'ella hace hacer adobados en casa
con mil aromatizados olores. Pues las frutas que les envía, á cada uno
en su estado, ya es cosa de locura: codoñate, calabazate, citronate,
costras de poncil, nueces moscadas, limones en conserva, pastas de
confaciones de cien mil maneras, priscos, peras, membrillos de diversas
maneras confacionados y cocidos en el azúcar, y á las vueltas muchas
frutas de sarten de mil cuentos de maneras, trayendo las mujeres de en
cabo la ciudad diestras en aquellos menesteres»[329].
Muy inferior á la _Seraphina_, aunque parece del mismo autor[330],
es la _Comedia llamada Thebayda_, libro de prolija y fastidiosa
lectura, que en la reimpresión moderna ocupa la friolera de 544
páginas de letra bastante menuda. Muy tentados de la risa debían de
ser nuestros progenitores cuando no les encocoraban tales libros,
por muy licenciosos que fuesen. La acción, aunque diluída en largos
razonamientos y alargada con episodios parásitos, se reduce en el fondo
á muy poca cosa. Véase el argumento que el mismo autor antepuso á su
fábula:
«Don Berintho, caballero mancebo y dotado de toda disciplina, así
militar como literaria, fué hijo del duque de Thebas, y conmovido de
exercitar la fuerza de sus varoniles miembros y la fortaleza de su
ánimo y la prudencia de que estaba asaz instruto, así de su natural
como adquisita mediante la doctrina de preceptores, vino en las Españas
con propósito de servir al rey que al presente la monarquía del mundo
gobierna, después de haber andado peregrinando por otros reinos de
diversas naciones; y en el reino de Castilla fué tocado y encendido más
de lo que á su grandeza de ánimo convenía del amor de una doncella,
huérfana de padres, llamada Cantaflua, dotada de extremada hermosura
y de incomparable honestidad y virtud, muy rica de posesiones, nacida
de ilustre generacion y acompañada de muchos parientes y nobles. La
cual, asimismo presa en el amor de Berintho, sufrió grandes trabajos,
competida de las fuerzas de su honestidad, á cuya causa el proceso de
sus amores se prorrogó más de tres años. Y al fin, sin consejo de sus
parientes, intercediendo Franquila, mujer de un mercader y persona
discreta, concedió en la voluntad de Berintho, otorgándole su amor, y
se desposaron secretamente, estando Cantaflua en una ermita teniendo
novenas. Lo cual sabido por los parientes se aprobó, y así todas las
cosas de su historia y lo á ella concerniente tuvieron prósperos y
alegres fines, como de la escritura parece.»
Este plan se desarrolla en quince interminables escenas. Las ridículas
lamentaciones de Berintho, interpoladas con medianos versos que los
demás interlocutores ponen en las nubes[331]; el desenfrenado apetito
de Cantaflua, que se manifiesta en los términos más indecorosos y
grotescos; las proezas eróticas del pajecillo Aminthas con Franquila,
la esposa del mercader, con la muchacha Sergia, con Claudia, la
doncella de Cantaflua, y con cuanta mujer encuentra en su camino;
los fieros, baladronadas, embelecos y fingidas pendencias del rufián
Galterio y de su amigote «el padre de la mancebía», son los principales
ingredientes de esta bárbara composición. Como libro obsceno no es
sinónimo de libro ameno, la _Thebayda_, que es en alto grado lo
primero, poco ó nada tiene de lo segundo. A no ser por el interés
filológico que realmente ofrece, sería imposible acabar la lectura de
su pesadísimo texto. La procacidad de las palabras corre parejas con
la inverecundia de las acciones, y el desatino llega á veces hasta la
blasfemia y el sacrilegio. Las vinosas y desvergonzadas lenguas de los
rufianes profanan á cada paso las advocaciones más santas, jurando por
«Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza», por «la Verónica de Jaen», por
«los Corporales de Daroca», por «las reliquias de San Juan de Letrán»,
por «la Vera Cruz de Caravaca», por «el cuerpo de San Ildefonso que
está en Zamora», por «el Crucifijo de Burgos», por «la Casa Santa de
Jerusalén», etc., ejemplo que luego siguieron Feliciano de Silva y
otros, no por verdadera impiedad, según creo, sino por una absurda
mezcolanza de lo más profano con lo que sólo debe inspirar acatamiento
y reverencia. Cuando Galterio sugiere á Berintho la idea de valerse de
Franquila como tercera en sus amores, exclama asombrado el protagonista
de la obra: «Este consejo no ha procedido de Galterio, pero sin duda de
la inmensa Trinidad fué guiado, y espíritu de profecía inspiró en él,
y alumbrado de la Divina Justicia, con la primera flecha que dió en el
blanco». (Pág. 54). «Que el Señor que guió en Belen los tres Reyes de
Oriente te guíe» dice Claudia á Aminthas después de una noche de amores
(pág. 464). A este tenor hay otros pasajes increíbles, que me guardaré
muy bien de indicar, porque causarían más escándalo que provecho.
La deshonestidad y la pedantería son las notas características de la
_Thebayda_, sin que se pueda decir cuál predomina. En la primera no
hay que insistir, pues tanto á esta comedia como á la _Seraphina_
(y aún más á la _Thebayda_, por ser cinco ó seis veces más larga)
les cuadra lo que desgarradamente escribió Gallardo en una de sus
notas bibliográficas: «Es toda ella un continuo _fornicio_ á ciencia
y paciencia del público espectador». El autor creyó componerlo todo
con un matrimonio final, que, lejos de destruir, agranda, dejándolos
impunes, el mal ejemplo de tantas situaciones y discursos indecentes.
¡Qué lejos estamos de la lección grave y pesimista que en el fondo
entraña la _Celestina_, donde la ley moral, violada un momento, se
restablece vengadora por el conflicto trágico!
El éxito de la _Thebayda_, que en las escenas bajamente cómicas tiene
fuerza y naturalidad, es ridículamente enfático en la parte que quiere
ser oratoria y sentimental. A cada paso se tropieza con párrafos de
este jaez, puestos sin distinción en boca de todo género de personas:
«_Galterio._--¿No miras que la corona del hijo de Latona ya no
resplandece, y también en la octava esfera, en el sublunar mundo está
dividiendo la luz de las tinieblas, y Vulturno con el aliento de la
húmeda noche anda corrusco?...». (Pág. 50).
«_Aminthas._--Ya el arrebatado Boreas con el poco temor por el ocaso de
los atentos(?) del basis procedentes, y con las fuerzas nuevamente en
él infusas, á causa de la lumbre del primer planeta está predominante,
anda despojando los árboles de sus frondas, y á los dulces campos de la
apostura de sus hermosos cabellos». (Pág. 451).
«_Claudia._--No pienses, mi verdadero amigo Aminthas, que descanso
hallándome falta de ti, que eres mi verdadero bien; ni pienses... que
los rayos piramidales procedentes del lucido Febo resplandecen más en
el sublunar mundo, ni pienses que la hermosa cara de Apolo es tan grata
á toda potencia vejetativa, cuanto más agradable a mí la vista de tu
graciosa persona; ni la festividad de las mieses es tan delectable al
ministro de la agricultura; ni la sombra del frondoso árbol en el estío
es más conveniente al que viene cansado; ni fuente ni arroyo del agua
que va saltando es más apacible al que quiere matar la sed, que á mí
es dulce tu conversa y los razonamientos de tan gentiles y graciosas
sentencias, que de la elegancia de tu lengua y claro y maravilloso
entendimiento proceden...». (Pág. 408).
Berintho y Cantaflua se enamoran en párrafos astrológicos y
metafísicos, de dos ó tres páginas de andadura, que darían envidia á
cualquiera de los más gárrulos oradores modernos:
«_Ber._--¡Oh mi señora! ¡Oh mi verdadera felicidad! Ni la luciente
cara de Apolo resplandece tanto en el hemisferio, cuando con los
rutilantes y encendidos rayos fuga la congregacion de los globos
(¿lóbregos?) vapores; ni el rostro de la fermosa Diana se muestra más
claro en el signo de Libra ó Acuario, cuando su vista y clarífico
rostro resplandece en mi entendimiento, enseñándole las verdaderas
líneas de tu tan inmensa excelencia y de tu tan incomparable poderío,
con el cual, acompañándole la beldad sin comparacion que tanto florece
en tu persona, pusieron en prision mi cautiva libertad, dándole leyes
de perpétua servidumbre, de la cual, más áspera que la causada por
la culpa del postrimero rey de los israelitas, fuera imposible tener
esperanza de libertad, si no fuera con el mando de la misma primera
causa, de donde procedió la privacion de los sentidos corporales
juntamente con el del libre albedrío; pero este tan primario y
supremo poder, acompañado de su demasiada clemencia, usaron de tanta
benevolencia, de tanta mesura, de tanta piedad, que certificadas las
potencias de la razon, ya tan privadas de las sus obras, y certificado
el ya tan apasionado entendimiento del remedio que de la su alta bondad
les venía, en un instante, en un improviso se verificaron y unieron
de tal manera, que la mucha y grande esperanza y tan entera noticia
y notoria _certeriorizacion_ que venían á _obtemperar_ y á gozar en
especulacion de su clarífica vista, dieron ocasion que cobraran de
nuevo aliento, para que las partes y potencias de menor dignidad,
ejerciendo el fin de su composicion, trujesen en su presencia á este tu
verdadero súbdito, tu fiel servidor, tu tan aherrojado cautivo; pero
gran mudanza, gran novedad se les representa, en haber tan de súbito
perdido la vista, con la tan demasiada lumbre que sienten proceder de
los clarores de tu seráfica y alta mesura» (pp. 354 y 355).
Además de este detestable gusto, entre retórico y escolástico, que hace
al incógnito comediógrafo un precursor de las peores extravagancias
del siglo XVII, como el Aretino lo es de muchos de los vicios del
_secentismo_ italiano, hay que notar en la _Thebayda_ un gran número
de latinismos inútiles, de los cuales ya hemos visto algunos; á los
cuales pueden añadirse _permisa_ por «permitida», _vaco_ por «vacío»,
_blandicias_ por «halagos ó caricias», _proditor_ por «traidor»,
_demulcir_ por «ablandar», _solercia_ por «discreción ó prudencia»,
_currículo_ por «curso de estudios» y otros que es inútil citar. De
mitología é historia no se hable. Todos los personajes han leído á
Quinto Curcio y á Valerio Máximo y saben al dedillo las _Genealogías de
los Dioses_ de Boccaccio. Menedemo dice á su señor que oirá el cuento
de sus amores «con más atención que el Tarquino Prisco los tres libros
de la prudente sibila». (Pág. 29). Franquila, que es una Celestina de
corto vuelo, dice á su rufián: «Siéntate, Galterio, y tu venida sea con
tanta prosperidad y tan en buen hora como fué la de Furio Camilo á los
romanos, cuando, elegido dictador, alzado su destierro, vino á remediar
el Capitolio». (Pág. 71).
Nada tenía de ingenio lego el que compuso la _Thebayda_; más bien
pecaba de erudición farraginosa é impertinente. No sólo abusa de las
citas de autores clásicos, especialmente de Séneca, Cicerón, Virgilio,
Ovidio, Persio y Juvenal, sino que se complace todavía más en las de
los Santos Padres y doctores de la Iglesia, cuya doctrina aplica al
redropelo, formando extraño contraste con la profunda inmoralidad de la
obra. Hay verdaderas disertaciones teológicas sobre el sumo bien, sobre
las excelencias de la virtud y el corto número de los elegidos, sobre
el pecado original, sobre el sacramento de la penitencia. Menedemo,
criado grave y sentencioso de Berintho, cierra la última escena con un
largo y edificante sermón, en que recopila toda la historia sagrada
desde la creación del mundo hasta la venida del Antecristo y el Juicio
Final. Y adviértase que en todo esto hay propiedad de lenguaje y suma
ortodoxia en los conceptos. Sólo á la pluma de algún estudiante de
Teología puede atribuirse tan híbrido y escandaloso maridaje de lo más
profano con lo más sagrado.
Los personajes de la _Thebayda_, sin ser verdaderos caracteres
literarios, viven con cierta vida brutal y fisiológica. El mejor
trazado es, sin duda, el rufián Galterio, que conserva todos los rasgos
esenciales del admirable Centurio de la _Celestina_, pero abultados
monstruosamente hasta la caricatura, y añade otros nuevos, muy curiosos
para la historia de las costumbres. En la _Thebayda_ se aprende la
intimidad en que este género de facinerosos vivía con los ministros
de justicia, alguaciles y porquerones, que entraban á la parte en sus
robos, denuncias y estafas[332]; la especie de barato que cobraban en
los _hostales_ y tablajerías; la protección vergonzosa que les daban
los grandes señores, asalariándolos como _bravos_ de profesión ó como
activos corredores de sus vicios. El repugnante tipo del «padre de la
mancebía», el _rey Arlot_ de los tiempos medios[333], viene á dar los
últimos toques á este horrible cuadro.
La _Thebayda_, como todos los libros de su género, es un rico depósito
de lenguaje popular, y abunda en proverbios é idiotismos, especialmente
cuando habla Galterio. Allí se repite el célebre refrán «topado ha
Sancho con su rocín». (Pág. 247), que ya había recogido el marqués
de Santillana en esta forma: «fallado ha Sancho el su rocín»[334].
Reminiscencia probablemente de algún cuento y gérmen de una creación
inmortal.
Las tres comedias que acabamos de analizar fueron no sólo impresas
sino compuestas en Valencia, de cuyo lenguaje conservan algún rastro
en ciertas palabras, tales como _gañivetes_ por cuchillos, _tastar_ la
fruta nueva por catarla ó probarla, _codoñate_ por carne de membrillo
ó mermelada, _citronate_ por cidra confitada, _rondallas_ por cuentos,
_hostal_ en el sentido de mancebía, y en algunas alusiones locales,
v. gr. «ir al tálamo virgen «como el _portal de Cuarte_»[335]. Pero
no puede admitirse sin otra prueba que el autor fuese valenciano,
porque no había en Valencia á principios del siglo XVI ningún escritor
indígena que dominase la lengua castellana hasta el punto de poder
escribir la prosa abundante y lozanísima de la _Seraphina_ y la
_Thebayda_. Aunque el influjo del castellano hubiese ido penetrando
en los géneros poéticos desde fines del siglo XV, en la prosa, que
es un instrumento mucho más difícil de manejar, apenas se mostraba
todavía. Los más insignes escritores valencianos del tiempo de Carlos V
escribieron en latín; algunos continuaron escribiendo en catalán. Hasta
fines de aquella centuria no hubo en Valencia prosistas castellanos
dignos de competir con los de la España central y Andalucía, aunque
hubiese ya muchos excelentes poetas líricos y dramáticos. Algunos
cronistas, como Viciana y Beuter, se habían traducido á sí mismos, pero
lo hicieron con suma tosquedad y rudeza. Un vocabulario tan rico, una
sintaxis tan gallarda y libre como la de la _Thebayda_ presuponen un
autor que había mamado con la leche la pureza de la lengua castellana.
Avanzando más, puede tenerse por seguro que el tal autor era andaluz.
Á cada paso habla de cosas propias de aquella región. En la _Seraphina_
(pág. 379) se menciona «el lienzo sevillano y el lino de Guadalcanal,
que cuesta á moneda de oro la vara». En tierra andaluza había hecho su
aprendizaje el Galterio de la _Thebayda_: «Yo he sido prioste de juego
de esgrima, y en San Lúcar de Barrameda serví un hostal por el mismo
señor de la casa, y en Carmona tuve casa de trato, y en algunas partes,
como ya te es notorio, he sido _padre_». (Pág. 64). Una de estas partes
había sido Lucena (pág. 48): «Seyendo mancebo y hijo de vecino en
Ecija, me afrentó la justicia» (pág. 81). _Afrentar_ está tomado aquí
en el sentido de azotar. «Estábamos en Cabra, en la posada de Pedro
Agujetero». (Pág. 92). El mismo Galterio hace el panegírico de su
invencible espada en estos términos: «De treinta años á esta parte no
se ha hecho desafío en toda la Andalucía donde ella no se haya hallado,
porque de Córdoba, de Cádiz, de Jerez, de Málaga y de otras muchas y
diversas partes, donde suceden algunos desafíos entre los amigos, luego
me envían por ella, y con ésta fué con la que mataron al tablajero de
Sant Lúcar, y con ésta cortaron entrambos los muslos á Navarrico, el
soldado del duque, y con ésta Rabanal hizo las grandes cosas en Toledo,
y al tiempo que Solisico mató el vizcaíno en Alcázar de Consuegra, no
fué otra cosa la causa salvo tener esta espada». (Págs. 132-133). El
Potro de Córdoba había sido teatro de sus proezas: «Por cierto fué gran
osadía la mía, que estando en el Potro, Francisco Guantero hizo muestra
que iba á hacer mano contra mí, y no se hubo acabado de desenvolver,
cuando ya le tenía con su mismo puñal cortada la mano derecha clavada
encima del bodegón de Gaytanejo; pero ni por eso perdí la tierra ni
dejé de pasearme». (Pág. 176). El vino que los protagonistas beben no
es el de Murviedro, tan grato á Celestina, y que debía de ser el que
principalmente se consumiese en Valencia, sino de la vega de Martos,
de Luque ó de Lucena (págs. 326-27). La «tabernilla del Alcázar, el
Caño quebrado» y otros sitios que en el libro se mencionan, pertenecen
á la topografía de Córdoba, según el decir de los expertos en ella;
pero no creemos que eso sea suficiente motivo para tener á su autor por
cordobés. Lo mismo podría suponérsele hijo del reino de Jaén ó de los
Puertos, puesto que de todas partes tiene recuerdos picarescos: «¿No me
has oído decir de cuándo fuí al desafío, que maté á Francisco Cordonero
en Arjona?... Pues ese fué mi padrino, y el tiempo que en Moguer nos
quisimos embarcar, cuando doce por doce tuvimos la cuestion, de cuatro
que quedamos vivos ese es el uno, y el otro el ventero de la Guarda
Cabrilla y el otro el que agora es Padre en Estepa». (Págs. 424-425).
Pudieran añadirse otros pasajes, pero no hacen falta para comprobar lo
que salta á la vista de cualquier lector un poco atento.
El mejor de los prosistas castellanos que por aquellos años escribía
en Valencia es el bachiller Juan de Molina, aunque no nos haya dejado
más que traducciones, tan notables algunas como la de los _Triumphos
de Apiano_, encabezada con una narración de la guerra de las Germanías
(1522); la _Crónica de Aragón_ de Marineo Sículo (1523) y la muy
excelente de las _Epístolas de San Jerónimo_, cuya primera edición
es de 1520, dedicada á doña María Enriquez de Borja, duquesa de
Gandía, un año antes de que su marido recibiese la dedicatoria de las
tres empecatadas comedias. Pero Juan de Molina no era andaluz, sino
manchego, de Ciudad Real, según dice Nicolás Antonio; y además el
género de literatura en que principalmente se ejercitó, interpretando,
además de las obras citadas, el _Homiliario_ de Alcuino, el
_Confesonario_ de Gerson, el _Gamaliel_ catalán atribuído á San Pedro
Pascual y otros textos análogos, parecen excluir la sospecha de que
manchase nunca su pluma en composiciones tales como la _Thebayda_ y la
_Seraphina_, que sería temerario atribuir por livianas conjeturas á un
hombre honrado.
En su tiempo y aun algo después no debieron de escandalizar tanto como
ahora. No sólo fueron reimpresas en 1546, sino que Juan de Timoneda, en
el prólogo de sus _Comedias_, que son de 1559, citaba sin ambajes la
_Thebayda_, poniéndola al nivel de la _Celestina_, como obra de «muy
apacible estilo cómico, propio para pintar los vicios y las virtudes».
La Inquisición, que tratándose de este género de libros solía padecer
extraños olvidos, no la prohibió nunca, á pesar del dictamen de Zurita,
que opinaba lo contrario[336].
Pero aún cabía descender más en pendiente tan resbaladiza y
escandalosa. La corrupción española, agravada y complicada con la
italiana, produjo un singular documento que lleva la siniestra y
trágica fecha del saco de Roma. Uno de los fugitivos de aquella
catástrofe, refugiado en Venecia, hizo estampar allí en 1528 un libro,
con todas las trazas de clandestino, cuyo rótulo, á la letra, dice así:
«_Retrato de la loçana Andaluza: en lengua española muy clarissima.
Compuesto en Roma. El qual Retrato demuestra lo que en Roma passaua y
contiene munchas_ (sic) _mas cosas que la Celestina_». Un solo ejemplar
de la Biblioteca Imperial de Viena nos ha conservado esta obra[337], y
Fernando Wolf dió la primera noticia de él en 1845[338].
La _Lozana_ estaba escrita desde 1524[339], según al folio tercero se
declara: «Comiença la historia o Retrato sacado del Jure cevil natural,
de la Señora Lozana: compuesto el año mill y quinientos y veinte e
quatro; a treynta dias del mes de junio; en Roma, alma cibdad, y como
auia de ser partido en capítulos va por mamotretos, porque en semejante
obra mejor conviene». _Mamotreto_ quiere decir, según el autor, «libro
que contiene diversas razones ó copilaciones ayuntadas», y el número de
estos mamotretos llega á sesenta y seis.
Aunque por todo el libro dejó sembradas bastantes noticias de su
persona, en ninguna parte declara su nombre, para lo cual no le
faltaban buenas razones: «Si me decís por qué en todo este Retrato no
puse mi nombre, digo que mi oficio me hizo noble siendo de los mínimos
de mis conterráneos, y por esto callé mi nombre, por no vituperar el
oficio escribiendo vanidades con menos culpa que otros que compusieron
y no vieron como yo; por tanto ruego al prudente lector, juntamente con
quien este retrato viere, no me culpe, máxime que sin venir á Roma verá
lo que el vicio della causa; ansimismo por este Retrato sabrán muchas
cosas que deseaban ver y oir, estándose cada uno en su patria, que
cierto es una grande felicidad no estimada» (página 334).
Pero algunos años después no tuvo reparo en descifrar el enigma en la
introducción que puso al _tercer_ libro del _Primaleón_, corregido
por él para la edición de Venecia de 1534: «Como lo fuí yo quando
compuse la _Loçana_ en el comun hablar de la polida Andalucía». Al
fin del volumen se expresa que los tres libros de _Primaleón_ «fueron
corregidos y emendados de las letras que trastrocadas eran por el
vicario del valle de Cabezuela _Francisco Delicado_, natural de la Peña
de Martos».
A D. Pascual de Gayangos se debe este descubrimiento, con el cual se
aclaran y fijan todas las noticias sueltas que hay en la _Lozana_ y en
otras publicaciones de Delicado, aunque no sea hacedero trazar de él
una completa biografía.
No había nacido en la villa de Martos, aunque la consideraba como su
patria por las razones que alega en el mamotreto 47.
«_Loz._--Señor Silvano, ¿qué quiere decir que el Auctor de mi retrato
no se llama Cordovés, pues su padre lo fué y él nació en la diócesis?»
«_Silv._--Porque su castísima madre y su cuna fué en Martos, y como
dicen, no donde naces, sino con quien paces». (Pág. 239).
Cordobesa hizo á su heroína: «La señora Lozana fué natural compatriota
de Séneca» (pág. 5). Y del mercado de aquella ciudad se acuerda
ella misma con cierta melancolía, repitiendo el viejo cantar de los
Comendadores:
«En Córdoba se hace los jueves, si bien me recuerdo:
Jueves era, jueves,
Dia de mercado,
Convidó Hernando
Los Comendadores.
¡Oh, si me muriera cuando esta endecha oí». (Pág. 72).
De la Peña de Martos, que nunca perteneció á la diócesis de Córdoba,
sino á la de Jaén, hace una curiosísima disertación, consignando
algunas leyendas locales: «Los atautes de plomo y marmóreos escritos
de letras gódicas é de egipciacas»; «la fuente con cinco pilares á la
puerta de la villa, edificada por arte mágica en tanto espacio cuanto
cantó un gallo»; la fuente, todavía más salutífera, de Santa Marta,
donde «la noche de San Juan sale la cabelluda, que quiere decir que
allí muchas veces apareció la Madalena, y más arriba está la peña
de la Sierpe, donde se ha visto Santa Marta defensora, la cual allí
miraculosamente mató un ferocísimo serpiente, el cual devoraba los
habitantes de la cibdad de Marte, y ésta fué la principal causa de su
despoblación» (pág. 237).
Todo este capítulo, perdido entre los horrores de la _Lozana_, hace el
efecto de un idilio que sosiega apaciblemente el ánimo, y algo dice
en pro de su autor. No debía de ser enteramente malo y corrompido el
hombre que en medio de su vida loca y desenfrenada sentía la nostalgia
del «alamillo que está delante de la iglesia de Martos», y á quien el
espectáculo de la perversión de Roma y Venecia traía á la memoria por
contraste la honestidad y devoción de las mujeres de su tierra. «Y si
en aquel lugar, de poco acá, reina alguna envidia ó malicia, es por
causa de tantos forasteros que corren allí por dos cosas: la una porque
abundan los _torculares_ (lagares) y los copiosos graneros, juntamente
con todos los otros géneros de vituallas, porque tiene cuarenta millas
de términos, que no le falta, salvo tener el mar á torno; la segunda,
que en todo el mundo no hay tanta caridad, hospitalidad y amor proximal
cuanto en aquel lugar, y cáusalo la caritativa huéspeda de Christo
(Santa Marta)». Indudablemente algún jugo de alma conservaba el que
escribió estas cosas: válganle en atenuación de tantas otras.
En el prólogo de su edición del _Amadís_ se precia de haber sido
discípulo de Antonio de Nebrija, á quien también menciona en la
_Lozana_: «Eso que está escrito, no creo que lo leyese ningún poeta,
sino vos, que sabéis lo que está en las honduras, y _Lebrixa_ lo que en
las alturas, excepto lo que estaba escrito en la fuerte peña de Martos,
y no alcanzó á saber el nombre de la cibdad, sacrificando el dios
Marte, y de allí le quedó el nombre Martos á Marte fortísimo». (Pág.
264).
Pero no creo que se aprovechase mucho de la doctrina de tan excelente
maestro, ni que llegase á ser nunca un verdadero humanista. Su
arqueología es popular y del gusto de la Edad Media[340]; su estilo,
el de la conversación, no el de los libros: rara vez cita autores
clásicos. Quizá su relativa incultura le libró de pedanterías y
afectaciones, que en su tiempo eran frecuentes, pero en cambio rebajó
su ideal artístico hasta un punto que apenas pertenece á la literatura.
Durante el pontificado de Julio II[341], probablemente siendo ya
clérigo, pasó como tantos otros á Roma en busca de algún beneficio, y
allí debió de obtener ese vicariato del valle de Cabezuela, que según
la relajada disciplina de aquel tiempo sería nominal y no le privaría
de la residencia «_in curia_». De sus ocupaciones en Roma, del género
de sociedad que frecuentaba y de los achaques que su vida pecadora le
produjo, hay largos y nada edificantes detalles en la _Lozana_, donde
el autor interviene á cada momento como grande amigo y confidente de
la heroína. El vicio tenía entonces su castigo inmediato y terrible en
aquella nueva peste que apareció con horrendo estrago á fines del siglo
XV, cebándose en los ejércitos franceses y españoles que lidiaban en
el reino de Nápoles. Sobre esta dolencia hay en la _Lozana_ algunos
detalles que pueden interesar á la historia médica[342]. Su autor
adoleció, como tantos otros, de las _pestíferas bubas_ (ni eran para
otra cosa los pasos en que andaba), y para entretener ó consolar la
_pasión melancólica_ que su enfermedad le produjo, compuso un tratado
_de consolatione infirmorum_, que al parecer fué impreso, pero del
cual sólo conocemos el título[343]. Y habiendo logrado cierto alivio
con el cocimiento del _guayaco_ ó palo santo de las Indias, que,
introducido en España en 1508 y en Italia en 1517, había suplantado
en la terapéutica al mercurio, desacreditado por el brutal empirismo
con que se administró en los primeros momentos, determinó convertir en
beneficio de sus prójimos y juntamente de su bolsa aquella preparación
farmacéutica, y compuso un cierto electuario, que vendía como un
específico, aunque la Lozana no tenía mucha fe en su eficacia. «Di que
sanarás el mal francés, y te judicarán por loco del todo, que esta es
la mejor locura que uno puede decir, salvo que el legno es salutífero»
(página 280).
El rarísimo opúsculo, escrito en italiano, en que Delicado expuso su
plan curativo, reservándose el secreto de su composición, se ocultó
á la diligencia de Nicolás Antonio, pero no á la del erudito médico
de Montpellier Astruc, famoso especialista en esta materia, ni á los
historiadores de nuestra Medicina, Morejón y Chinchilla[344], que
parecen haber tomado de él sus noticias. Uno y otro llaman al autor
Francisco _Delgado_, y así le denomina también el privilegio que le
concedió Clemente VII para la impresión de su libro en 4 de diciembre
de 1526. Acaso fuese éste su verdadero apellido, ligeramente alterado
por él para acomodarle á los oídos italianos; pero es lo cierto que en
todas sus publicaciones usó constantemente el de Delicado.
Graves y tremendos sucesos impidieron que el tratadillo sobre _il mal
franceso_ fuese publicado por entonces. No se imprimió hasta 1529, en
Venecia, un año después de la _Lozana_, sin duda para que el segundo
libro sirviese como de preservativo ó antídoto del primero[345]. La
entrada del ejército imperial en Roma, con todas las atrocidades que
acompañaron á su estancia de diez meses, le pareció providencial
castigo de anteriores abominaciones, y repitió, como Alfonso de Valdés
y tantos otros, el _vae tibi civitas meretrix_. «¿Quién jamás pudo
pensar, oh Roma, oh Babilonia, que tanta confusión pusiesen en ti estos
tramontanos occidentales y de Aquilon, castigadores de tu error?...
¿Pensólo nadie jamás tan alto y secreto juicio como nos vino este año
á los _habitatores_ que ofendíamos á su majestad?... ¡Oh cuánta pena
mereció tu libertad, y el no templarte, Roma, moderando tu ingratitud á
tantos beneficios recibidos, pues eres cabeza de santidad y llave del
cielo, y colegio de doctrina, y cámara de sacerdotes y patria común!...
¡Oh vosotros que vernés tras los castigados, mirá este retrato de Roma,
y nadie ó ninguno sea causa que se haga otro!...» (páginas 337-338).
Las últimas páginas que sirven de apéndice á la _Lozana_ están escritas
bajo la impresión de aquella catástrofe y tienen un vigor que recuerda
á veces el _Diálogo_ de _Lactancio_: «Sucedió en Roma que entraron
y nos castigaron y atormentaron y saquearon catorce mill teutónicos
bárbaros, siete mill españoles sin armas, sin zapatos, con hambre y
sed, italianos mill y quinientos, napolitanos _reamistas_ dos mill,
todos estos infantes; hombres darmas seiscientos, estandartes de
jinetes treinta y cinco, y más los gastadores, que casi lo fueron
todos, que si del todo no es destruida Roma, es por el devoto femenino
sexo, y por las limosnas y el refugio que á los peregrinos se hacía:
agora á todo se ha puesto entredicho, porque entraron lunes á dias seis
de mayo de mill e quinientos e veinte e siete, que fué el escuro dia
y la tenebrosa noche para quien se halló dentro, de cualquier nacion
ó condicion que fuesen, por el poco respecto que á ninguno tuvieron,
máxime á los perlados, sacerdotes, religiosos... Profanaron sin duda
cuanto pudiera profanar el gran Sofí si se hallara presente...». (Págs.
344-45). «¡Oh gran juicio de Dios! venir un tanto ejército _sub nube_ y
sin temor de las maldiciones sacerdotales, porque Dios les hacía lumbre
la noche y sombra el día para castigar los _habitatores_ romanos, y
por probar sus siervos, los cuales somos muncho contentísimos de su
castigo, corrigiendo nuestro malo y vicioso vivir, que si el Señor no
nos amara no nos castigara por nuestro bien; ¡mas guay por quien viene
el escándalo!» (pág. 346).
Con esta inesperada lección acaba un libro de tan frívolas apariencias
y vergonzoso contenido. Las ideas que en estos párrafos se apuntan no
eran peculiares del grupo llamado _erasmista_, aunque lograsen bajo la
pluma del elegante secretario de Carlos V su expresión más atrevida.
Otros españoles de no sospechosa ortodoxia abundaban en el mismo
sentir. «Es la cosa más misteriosa que jamás se vió... (decía el abad
de Nájera, comisario del ejército del duque de Borbón). Es sentencia
de Dios: plega á él que no se _desdeñe_ (italianismo por _indigne_)
contra los que lo hacen». En otra relación anónima y dirigida también
al Emperador leemos: «Esta cosa podemos bien creer que no es venida por
acaecimiento, sino por divino juicio, que muchas señales ha habido...
En Roma se usaban todos los géneros de pecados muy descubiertamente, y
hales tomado Dios la cuenta toda junta»[346].
Delicado salió de Roma con el ejército español á diez días de febrero
de 1528, «por no esperar las crueldades vindicativas de los naturales»,
y desde entonces parece haber fijado su domicilio en Venecia. Los
_mamotretos_ que había llevado consigo fueron su tabla de salvación en
aquel naufragio. Entonces publicó la _Lozana_ y el tratado del _leño
de la India_. «Esta necesidad me compelió á dar este retrato á un
estampador por remediar mi no tener ni poder, el cual retrato me valió
más que otros cartapacios que yo tenía por mis legítimas obras, y éste,
que no era legítimo, por ser cosas _ridiculosas_, me valió á tiempo,
que de otra manera no lo publicara hasta despues de mis dias, y hasta
que otrie que más supiera lo enmendara». (Pág. 347).
En Venecia vivió dedicado principalmente á la corrección de libros
españoles, que entonces tenían muchos aficionados en Italia. Son
conocidas y gozan de grande estimación bibliográfica sus ediciones
del _Amadís de Gaula_ (1533) y del _Primaleón y Polendos_ (1534).
Hizo también dos de la _Celestina_ en 1531 y 1534, y creo por varios
indicios que se le puede atribuir también una rarísima de la _Cárcel de
Amor_[347]. Acaso con el tiempo se descubran otras.
Previas estas noticias, muy incompletas sin duda, pero que nos
permiten columbrar la extraña psicología de Francisco Delicado,
digamos algo de la _Lozana Andaluza_, sin entrar, por supuesto, en su
análisis, que no es tarea para ningún crítico decente. La _Lozana_,
en la mayor parte de sus capítulos, es un libro inmundo y feo, aunque
menos peligroso que otros, por lo mismo que el vicio se presenta
allí sin disfraz que le haga parecer amable. Es un caso fulminante
de naturalismo fotográfico, con todas las consecuencias inherentes á
este modo de representación elemental y grosero, en que la realidad
se exhibe sin ningún género de selección artística y hasta sin plan
de composición ni enlace orgánico. Con saber que llegan á ciento
veinticinco los personajes de esta fábula, si tal nombre merece, puede
formarse idea del barullo y confusión que en ella reina. No es comedia,
ni novela tampoco, sino un retablo ó más bien un cinematógrafo de
figurillas obscenas, que pasan haciendo muecas y cabriolas, en diálogos
incoherentes. En rigor puede decirse que la _Lozana_ no está escrita,
sino hablada, y esto es lo que da tan singular color á su estilo y
constituye su verdadera originalidad.
Aunque muy admirador de la _Celestina_, que cita desde la portada y
vuelve á mencionar en otras partes[348], Delicado no pertenece á la
escuela de Fernando de Rojas, ni era capaz de comprender siquiera el
arte tan profundo y humano de la tragicomedia de Calisto y Melibea.
Sólo podía asimilarse los elementos picarescos de aquella creación, y
ni aun esto hizo, porque las costumbres que describe son más italianas
que españolas, y él mismo era un español italianizado. El tipo de
la protagonista Aldonza carece de la grandeza y de la perversidad
transcendental del de Celestina. Una sola seducción y tercería de
ésta significa más que todas las acciones indignas y vituperables
que comete la Lozana y todos los disparates que pronuncia su cínica
lengua. La «parienta del Ropero, conterránea de Séneca, Lucano,
Marcial y Averroes» (página 184), no pasa de ser una moza desenvuelta
y atolondrada, de mala vida y buen humor, de natural despejo y fácil
labia, que trabaja por cuenta propia y ajena en aventuras escandalosas,
pero que se guarda mucho de corromper la virtud de las doncellas ni
de inquietar con mensajes y tercerías á las mujeres honradas. Su
conciencia moral está atrofiada por la vileza de su oficio, pero su
índole nativa no parece tan abominable como sus costumbres.
Se ha supuesto que Delicado pudo tener otros modelos, ya en la
literatura clásica, ya en la italiana de su tiempo, para la forma de
coloquios desligados que dió á su obra. Los _diálogos meretricios_
(ἑταιρικοι διαλογοι) de Luciano ofrecen una serie de escenas que, salvo
dos ó tres verdaderamente monstruosas, tienen una gracia ática digna
del elegantísimo sofista de Samosata. Pero dudamos mucho que hubiesen
llegado á noticia del autor de la _Lozana_. Francisco Delicado, lo
mismo que Pedro Aretino, con quien algunos le han comparado, pertenece
al Renacimiento, no por su cultura, sino por sus vicios. El Aretino
escasamente sabía latín, cosa que apenas se concibe en un literato
italiano del siglo XVI. Y aunque de nuestro Delicado, que se preciaba
de discípulo del Nebrisense, no pueda decirse otro tanto, su libro no
indica familiaridad alguna con las letras clásicas, salvo con el _Asno
de Oro_ de Apuleyo, que parece haber manejado mucho, ya en el original,
ya en la elegante versión del arcediano de Sevilla, Diego López de
Cortegana[349].
Otros han supuesto que la _Lozana_ era una imitación de los
_Ragionamenti_ del Aretino, á los cuales se parece, en efecto, de una
manera extraordinaria[350]. Pero hay una razón cronológica que impide
admitir esta imitación. La _Lozana_ estaba escrita desde 1524 y fué
impresa en 1528. Todas las obras del Aretino análogas á la novela
española son posteriores á esa fecha. El _Ragionamento della Nanna e
della Antonia_ es de 1533; el _Dialogo della Nanna e della Pippa sua
figliola_ es de 1536; el _Ragionamento del Zoppino fatto frate... dove
contiensi la vita e genealogia di tutte le cortegiane di Roma_, que
algunos han señalado como modelo de la _Lozana_[351], no se publicó
hasta 1539. Si imitación hubo, sería, pues, del Aretino y no á la
inversa, y así lo han conjeturado algunos críticos italianos tan
competentes como Arturo Graf[352]. Pero no creo en semejante imitación,
que por otra parte ningún honor haría á nuestra literatura. El Aretino
no necesitaba recibir lecciones de nadie en semejante materia, y menos
del autor oscurísimo de la _Lozana_, á quien nadie cita ni en Italia ni
en España durante aquella centuria[353]. Las semejanzas que entre los
dos autores existen nacen de la materia misma y de los procedimientos
de vulgar realismo que uno y otro emplean.
En rigor, la _Lozana_ no tiene antecedentes literarios. Nació de la
vida y no de los libros: fué un producto mórbido de la corrupción
romana. Su valor es nulo, pero su importancia como documento histórico
es grande, con ser tantos los que existen sobre la prostitución en
el siglo del Renacimiento. Extraño y singular mundo aquel en que nos
hace penetrar la _Lozana_. No es el de aquellas cortesanas cultas y
literatas como Tulia de Aragón y Verónica Franco, en quienes renació
hasta cierto punto el tipo de las _heteras_ griegas[354], sino el mundo
abigarrado y confuso, en gran parte de importación extranjera, que
llenaba los prostíbulos de Roma y que ya en 1490 alcanzaba, según el
_Diario_ de Esteban Infessura, la formidable cifra de 6.800 mujeres,
«exceptis illis quae in concubinatu sunt et illis quae non sunt publice
sed secreto»[355]; cifra inferior, sin embargo, á la de Venecia,
donde al comenzar el siglo eran, según Marino Sanudo, 11.654 en una
población de 300.000 habitantes[356]. Toda casta de gentes y naciones
se mezclaba en este ejército del pecado, y el autor de la _Lozana_
hace una curiosa enumeración geográfica de ellas[357], aparte de otras
clasificaciones y distinciones en que no hay para qué entrar. Á veces
nombra á meretrices opulentas y pomposas, como la célebre Imperia la
aviñonesa[358] y _madona Clarina, la favorida_; pero principalmente
habla de sus paisanas, que parece haber tratado más de cerca y de cuyas
andanzas estaba mejor informado: «la de los Ríos, que fué aquí en Roma
peor que Celestina y manaba en oro». (Pág. 160); «la Xerezana, la Garza
Montesina, la galan portuguesa, que mandaba en la mar y la tierra, y
señoreó á Nápoles, tiempo del gran Capitán, y tuvo dineros más que no
quiso, y verla allí asentada demandando limosna á los que pasan!».
(Pág. 248).
Todos estos nombres tienen traza de ser históricos: acaso lo es
también la heroína Aldonza; á lo menos su carácter tiene grandísimo
parecido con aquella Isabel de Luna de quien en las ingeniosas
y desenvueltas novelas del obispo dominico Bandello queda tanta
memoria[359]. Así como la _Lozana_ había peregrinado no solamente
por España, Francia é Italia, sino por todas las escalas de Levante,
haciendo estancia con su amigo Diomedes «en Alexandría, en Damasco, en
Damieta, en Barut, en parte de la Siria, en Chipre, en el Cairo, en
Constantinopoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Candía» (pág.
15), también Isabel de Luna había corrido medio mundo, había estado en
Túnez y la Goleta, había seguido la corte del Emperador en Alemania
y Flandes, y pasaba en Roma por la más astuta é ingeniosa mujer que
podía encontrarse, la de más entretenida conversación y dichos agudos,
prontísima en las réplicas mordaces y en tomar desquite de quien la
ofendía. Pero tanto Isabel de Luna como otras cortesanas españolas de
que la literatura italiana guarda memoria, la Beatriz, que cuando tuvo
que cortarse la hermosa cabellera fué consolada en elegantes versos
latinos por el Molza, su amante y su víctima; otra Beatricica, de quien
habla el Aretino; la Ortega predilecta de abogados y procuradores,
parecen haber _florecido_ en años posteriores á la composición de la
_Lozana_.
No es sólo el mundo lupanario el que Delicado retrata ó _retrae_
(como él dice), aunque sea el centro de su obra. Otros bajos fondos
de la sociedad romana tenía igualmente conocidos y explorados: las
«camiseras castellanas» que moraban en Pozoblanco, las napolitanas
que tenían por oficio «hacer solimán, y blanduras, y afeites, y
cerillas, y quitar cejas, afeitar novias, y hacer mudas de azúcar
candi y agua de azofeifas» (pág. 21), aunque todavía las aventajaban
en el arte cosmética sus maestras las judías, como Mira la de Murcia,
Engracia, Perla, Jamila, Rosa, Cufra, Cintia y Alfarutia: un tropel
de ensalmadores y curanderos, charlatanes y sacamuelas y de otros
mil extravagantes oficios que invadían el _Campo de Fiore_. Sobre la
situación de los judíos en Roma tiene algunos pasajes interesantes:
«Esta es sinoga de catalanes, y allí son tudescos, y la otra franceses,
y ésta de romanos é italianos, que son los más necios judíos que todas
las otras naciones, que tiran al gentílico y no saben su ley; más saben
los nuestros españoles que todos, porque hay entre ellos letrados y
ricos, y son muy resabidos». (Pág. 76).
Gran parte del interés de este libro consiste en los elementos
_folklóricos_ que encierra, y los hay de todas especies. Abundan
los relativos á _abusiones_ y supersticiones, que el autor reprueba
severamente, pero que la Lozana practicaba sin escrúpulos, comerciando
con la necedad ajena: «Yo sé ensalmar, y encomendar y santiguar, cuando
alguno está aojado, que vieja me vezó, que era saludadora y buena como
yo; sé quitar ahitos, sé para las lombrices, sé encantar la terciana...
Sé sanar la sordera y sé ensolver sueños, sé conocer en la frente la
phisionomía, y la chiromancia en la mano, y prenosticar». (Pág. 216).
El _ensalmo del mal francorum_, puesto en boca de Rampin «el pretérito
criado de la Lozana», es una parodia de los supersticiosos conjuros
populares:
Eran tres cortesanas,
Y tenian tres amigos
Pajes de Franquilano...
(Pág. 88).
La relativa antigüedad de la _Lozana_ da importancia á las menciones
que en ella se hacen de varios tipos tradicionales, como _Pedro de
Urdemalas_, _Juan de Espera en Dios_ (nombre español del judío errante)
y principalmente _Lazarillo_ (pág. 180), que según se deduce de este
texto era ya protagonista de algún cuento oral antes que un grande
ingenio anónimo le hiciese inmortal en nuestra literatura.
La lengua de la _Lozana_ es tan singular como su argumento y estilo.
Aunque ridículamente haya sido calificada en nuestros días de «joya
de la literatura española» y su autor del «mejor hablista de su
tiempo», no hay libro del siglo XVI cuya prosa sea más impura ni más
llena de solecismos y barbarismos. Pero su misma incorrección la
hace muy curiosa. Lejos de estar escrita en «lengua castellana muy
clarísima», como anuncia el frontis, lo está en aquella lengua franca
ó jerigonza italo-hispana usada en Roma por los españoles de baja
estofa que llevaban mucho tiempo de residir allí, y que, sin haber
aprendido verdaderamente la lengua ajena, enturbiaban con todo género
de italianismos la propia: pícaros y galopines de cocina, rufianes,
alcahuetas y rameras, valentones de la hampa, soldados mercenarios y
otra chusma por el estilo. Ya Bartolomé de Torres Naharro, ingenio más
decoroso y de otro fuste que Delicado, había plagado intencionadamente
de voces exóticas algunas escenas de sus comedias _Soldadesca_ y
_Tinelaria_. Pero en él fué capricho pasajero, nacido de la ocasión
y lugar en que se representaron sus comedias para un auditorio
principalmente italiano[360]. Por el contrario, la jerga mestiza y
tabernaria en que está escrito el _Retrato de la Lozana_ es constante
y sistemática, como trasunto de lo que el autor oía por las calles.
El mismo Delicado lo confiesa: «y si quisieren reprender que por qué
no van munchas palabras en perfeta lengua castellana, digo que siendo
andaluz y no letrado, y escribiendo para darme solacio y pasar mi
fortuna, que en este tiempo el Señor me había dado, conformaba mi
hablar al sonido de mis orejas, que es la lengua materna y el común
hablar entre mujeres, y si dicen por qué puse algunas palabras en
italiano, púdelo hacer escribiendo en Italia, pues Tulio escribió
en latín y dixo muchos vocablos griegos y con letras griegas; si me
dicen que por qué no fui más elegante, digo que soy iñorante». (Pág.
333). Pero las innovaciones de Delicado no eran del género de las de
Marco Tulio. No sólo algunas palabras, sino más de un centenar de
ellas jamás oídas en Castilla, y lo que es peor formas estropeadas
de la conjugación, y una sintaxis flotante y anárquica, que no es ni
española ni italiana, impiden que tal libro pueda ser considerado como
texto de lengua. No me refiero, claro es, á las frases correctamente
italianas que Delicado pone en boca de personajes de aquella nación
para mejor caracterizarlos: recurso permitido á todos los dramaturgos y
novelistas. Trato sólo del lenguaje que usan todos los interlocutores
de la pieza, comenzando por el autor mismo. A cada paso se tropieza
con locuciones como éstas: «_parentado_» (por parentela), «_es estada
mundaria_», «_sois estada_ en Levante», «quizá que trae _guadaño_»
(por ganancia), «_canavario_ ó _bostiller_ de un señor», «cuando
comen parece que _mamillan_», _chambelas_ por pasteles, _mancha_ por
aguinaldo ó propina, _famillos_ por criados, _patrones_ por señores
ó dueños, _fantescas_ por criadas, _forcel_ (de _forziere_) por arca
ó cofre, _buturo_ por manteca, _romeaje_ por romería, _contenteza_
por contento, _no os amaleis_ por no os enferméis, _locanda_ por casa
de posada, _travestidos_ por disfrazados, _judicar_ por juzgar, _tal
vuelta_ (_tal volta_) por á veces, _refuta_ por remendada, _escátula_
por caja, _grávida_ por preñada y á mayor abundamiento el verbo
_engravidarse_, _estaferos_ por palafreneros y otras innumerables que
sería prolijo relatar, algunas de las cuales sólo se encuentran en este
libro y allí pueden quedarse.
A pesar de este vocabulario de acarreo tiene la _Lozana_ un fondo
castizo, por las reminiscencias que el autor conservaba del «común
hablar de la polida Andalucía». Véase, por ejemplo, el trozo siguiente,
en que Aldonza enumera los primores de cocina y repostería en que
era maestra conforme al gusto de su tierra, que no era precisamente
el de Ruperto de Nola y otros tratadistas clásicos. Es materia en
que Delicado insiste con gran riqueza de palabras y cierta sensual
delectación: «Por amor de mi agüela me llamaron á mí Aldonza, y si
esta mi agüela viviera, sabría yo más que no sé, que ella me mostró
guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscuzu
con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y
apretadas con culantro verde, que se conocían las que yo hacía entre
ciento... ¡Y qué miel! pensá, señora, que la teníamos de Adamuz y
zafrán de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía venía en casa de esta
mi agüela. Sabía hacer hojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor,
textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres,
hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahinas y nabos sin tocino y
con comino, col murciana con alcarabea, y olla resposada no la comía
tal ninguna barba. Pues boronía ¿no sabía hacer? por maravilla, y
cazuela de berengenas moxies en perficion; cazuela con su ajico y
cominico, y saborcico de vinagre, ésta hacía yo sin eme me la vezasen.
Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado
con limon ceuti, y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas
moriscas por maravilla, y de otros pescados que sería luengo de contar.
Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran
de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nueces y de la
flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para
quien pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno? éstas y las
otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba á Platina, _De
voluptatibus_, y Apicio Romano, _De re coquinaria_». (Págs. 8-9).
Además de las curiosidades de lengua y extraños detalles de costumbres
que un lector serio puede entresacar de la _Lozana_, tiene para la
historia de la novelística el interés de algunos cuentos, en general
muy conocidos, como el del tributo pagado por los médicos á Gonella,
famoso truhán del duque de Ferrara[361], y el del asno de Micer
Porfirio, á quien la Lozana enseñó á _leer_ poniéndole cebada entre
las hojas de un libro, con lo cual pudo sin obstáculo graduarse de
bachiller ó _bacalario_. Esta vieja _facecia_ se encuentra en el
_Esopo_ de Waldis, en el libro alemán _Eulenspiegel_, en las _Nouvelles
Recreations et joyeux devis_ de Buenaventura des Periers, en el
_Fabulario_ de nuestro Sebastián Mey y en otras colecciones[362]. Pero
en la _Lozana_ tiene más gracia, porque está puesto, no en narración,
sino en acción[363].
Quizá nos hemos detenido más de lo justo en dar razón de este libro,
por lo mismo que su lectura no puede recomendarse á nadie. Es de
los que, como decía D. Manuel Milá, «no deben salir nunca de lo
más recóndito de la necrópolis científica». Las tres reimpresiones
modernamente hechas hubieran podido excusarse, y el ejemplar de Viena
bastaba para satisfacer la curiosidad de los filólogos, que ya hubieran
sabido encontrarlo y á quienes su misma profesión acoraza contra el
contenido bueno ó malo de las obras cuyo vocabulario y gramática
examinan.
Por lo demás, el _Retrato de la Lozana_ es una producción aislada, que
ninguna influencia ejerció en nuestra literatura ni en la italiana,
aunque se haya pretendido lo contrario. Nadie la cita en el siglo XVI.
Ni siquiera consta su título en el _Registrum_ de D. Fernando Colón,
que con amplio eclecticismo bibliográfico recogió toda la literatura de
su tiempo, desde la más mística á la más licenciosa.
Por otra parte, el género á que pertenecía, y que de ningún modo ha
de confundirse con las _Celestinas_, era exótico para nosotros, y se
comprende que no tuviera imitadores. La _Thebayda_ y la _Seraphina_ son
obras desenfrenadas, pero no contienen un doctrinal teórico y práctico
del libertinaje como la _Lozana_. Por la misma razón nunca fueron
populares aquí el nombre ni los escritos de Pedro Aretino. Sus mismas
comedias, que valen más que su fama, no fueron imitadas por nadie, y
es caso muy raro verlas mencionadas con elogio. Sólo recuerdo este
pasaje del prólogo de la _Comedia de Sepúlveda_, fechada en 1547: «¿Y
qué diremos de Pietro Aretino, á quien por la excelencia de su juicio
tienen por epíteto en su nombre _el Divino_? Pues notorio es que lo
principal de sus obras son las comedias que hizo»[364].
De los _Ragionamenti_ sólo se tradujo uno, el que forma la tercera
_giornata_ de la primera parte[365] y aun este sumamente expurgado.
Hizo la versión ó arreglo el beneficiado Fernan Xuarez, vecino y
natural de Sevilla, dándole el título celestinesco de «_Coloquio de
las damas, en el qual se descubren las falsedades, tratos, engaños
y hechizerías de que usan las mujeres enamoradas para engañar á los
simples, y aun á los muy avisados hombres que de ellas se enamoran_».
La primera edición, sin nota de lugar, es de 1548; la segunda lleva
el pie de imprenta de Medina del Campo y la fecha de 1549[366]. El
traductor tomó todo género de precauciones para hacer pasar aquel
diálogo, que él mismo empieza por calificar de «abominable cieno
corrompedor de toda salud de la casta limpieza». Pero la misma
insistencia y extravagancia de sus excusas hace dudar de la pureza de
su intención, porque los libros de historias profanas, como las de
Amadis y Tristán, de que habla en uno de sus prefacios, nada tienen
que ver con la literatura á que pertenece el _Coloquio_. Lo que no
puede negarse es que le adecentó bastante[367], quitándole algunas
obscenidades, aunque todavía quedaron las suficientes para que fuese
con mucha razón prohibido en los Indices del Santo Oficio[368]. Otras
cosas alteró, procurando españolizar el libro. La traducción no es de
las peores que por entonces se hacían del toscano, pero es apelmazada
y carece de la viveza y gracia del original. Sin embargo, de ella se
valió, con preferencia al texto italiano, el erudito y extravagante
humanista Gaspar Barthio, cuando tradujo al latín este _Coloquio_ con
el nombre de _Pornodidascalus_[369].
Todas las obras citadas hasta aquí, excepto las paráfrasis en verso,
tienen con la _Celestina_ una relación indirecta y genérica. Las tres
que, por orden cronológico, se ofrecen ahora á nuestra consideración,
no sólo imitan deliberadamente la tragicomedia de Rojas, sino que
continúan su argumento y vuelven á sacar á la escena á algunos de
sus personajes. Hubo, pues, segunda, tercera y cuarta parte de la
_Celestina_. Sus autores, de muy desigual mérito, son Feliciano de
Silva, Gaspar Gómez de Toledo y Sancho de Muñón.
Feliciano de Silva es aquel caballero de Ciudad Rodrigo, fecundísimo
productor de libros caballerescos, que la sátira de Cervantes ha
inmortalizado. _La segunda comedia de Celestina, en la qual se trata de
los amores de un caballero llamado Felides y de una doncella de clara
sangre llamada Polandria_, impresa en 1534[370], es la única de sus
obras que merece sobrevivirle, aunque no sea una obra maestra. Tal como
es, sería grande injusticia medirla con la misma vara censoria que al
_D. Florisel de Niquea_ ó al _D. Rogel de Grecia_.
Singular parece á primera vista la idea de continuar la _Celestina_
donde casi todos los personajes sucumben al final: Celestina á manos
de los criados de Calisto, éstos degollados en la plaza pública,
Calisto rodando de la escala y Melibea arrojándose de la torre. Pero
tal obstáculo no era para detener á Feliciano de Silva, que tenía una
brava imaginación de novelista de folletín. Si Celestina estaba muerta,
¿había más que resucitarla?
Bastante le había importado á él que el bachiller Juan Díaz, en su
segundo _Lisuarte_ (1526), diese por muerto á Amadis de Gaula y
celebrase sus exequias.
La farsa de la resurrección de Celestina está presentada con bastante
habilidad é interés y tiene el mérito de que no se descifra hasta
la última escena con estas palabras de Felides: «Pues sabed, que
una persona honrada y quien á Celestina es en gran cargo la tuvo
escondida todo el tiempo que se dijo que era muerta, y ella con sus
hechizos hizo parescer todo lo pasado para se vengar de los criados de
Calisto, porque le querían tomar lo que su amo le había dado; y hizo
con sus encantamientos parescer que era muerta, y agora fingió haber
resucitado... Y sea en gran secreto, porque el Arcediano viejo me lo
dijo, que con esto le quiso pagar muchas deudas de cuando era mozo que
desta buena mujer había rescibido». (Pág. 514).
El arte de excitar la curiosidad con situaciones sorprendentes no
podía faltar á un novelista tan ducho como Feliciano. La reaparición
de Celestina en la séptima _cena_ ó escena de la obra; el tumulto y
algazara con que la acompaña el pueblo, formando un verdadero coro;
el asombro y pasmo con que la reciben sus discípulas Elicia y Areusa,
están presentados con mucha amenidad y chiste:
«_Celest._--Válame Dios, y ¡qué de gente paresce y viene á mí, como si
fuese lechuza ó buho que camina de día! Quiérome meter presto en mi
casa, si no aquí me sacarán los ojos.
_Pueblo._--Vala el diablo! á aquella Celestina, la que mataron los
criados de Calisto paresce, ¿ó es alguna vision? por cierto non es
otra; y qué priesa que lleva que paresce que va á ganar beneficio. ¡Oh,
gran misterio, que ella es!
_Cel._--¡Válalos el diablo, y qué mirar que tienen! Hora, sus, yo digo
que la puerta de mi casa está abierta; bien paresce á osadas el poco
cuidado que con mi absencia hay. Acá están Elicia y Areusa, espántanse
de verme, santiguándose están; quiéroles hablar, que dan gritos y se
abrazan la una con la otra, pensando que soy fantasma. Oh, las mis
hijas y los mis amores, no hayais miedo, que yo soy vuestra madre, que
ha placido á Venus tornarme al siglo...
_Elicia._--¡Ay hermana mía, que mi madre Celestina paresce! ¡Ay válame
la Virgen María, y no sea alguna fantasma que nos quiera matar!...».
(Pág. 75).
La peregrina intervención del coro, única, á lo que creo, en libros de
esta clase, da carácter muy dramático á algunos pasos de la _segunda
Celestina_, y es profundamente cómico, aunque toca en irreverencia,
lo que la vieja cuenta de su estancia en el otro mundo y el alarde de
fingida devoción y arrepentimiento con que logra embaucar al mismo
pueblo que había sido testigo de su licenciosa y diabólica vida[371].
Este matiz de la hipocresía en ella y de la credulidad y ligereza en
los otros está muy bien marcado al principio, pero luego el autor se
contradice, no saca partido de un dato tan ingenioso y estropea su
más feliz creación á fuerza de chafarrinazos. Feliciano de Silva era
un improvisador con relámpagos de talento, pero le faltaban cultura y
gusto y le sobraba una facilidad superficial, que es el mayor obstáculo
para la perfección en nada.
Dos finos estimadores de los antiguos libros españoles han dado á
la _Segunda Celestina_ más encomios que los que merece. Uno fué D.
Bartolomé José Gallardo, que en los apuntamientos bibliográficos que
hacía al correr de la pluma exclama entusiasmado: «En esta comedia,
ó llamémosla novela dramática, brilla un profundo conocimiento del
corazón humano y de las costumbres del siglo. Contiene escenas y
caracteres trazados de mano maestra. Celestina es un personaje
sublime, que no desmiente en nada el carácter creado por Rodrigo Cota
(?) y sostenido por el bachiller Rojas, de Montalbán»[372]. El voto
de Gallardo puede ser sospechoso, porque sabido es que para aquel
insaciable catador de literatura añeja no había libro malo en siendo
raro ni libro bueno en siendo moderno. Pero su opinión se refuerza
aquí con la de D. Serafín Estébanez Calderón, que no era sólo erudito,
sino hombre de gusto y artista de estilo. _El Solitario_, pues, en
un delicioso artículo, que viene á ser una _Celestina_ en miniatura,
imitación feliz del lenguaje de las antiguas, comienza aseverando que
«Feliciano de Silva, para llevar á buen cabo los amores del caballero
Felides y de la hermosa Polandria, supo resucitar y tornar al mundo,
con más caudal de astucias, con mayor raudal de razones dulces y con
número más crecido de trazas y ardides, á la famosa Celestina»[373].