comedias _humanísticas_, ya por ser de fecha algo posterior á la
_Celestina_, ya por no tener con ella más que conexiones remotas. Por
lo tocante á la comedia italiana del Renacimiento, las fechas dicen
bien claro que no pudo influir en la _Celestina_, la cual es anterior á
todas las obras de Maquiavelo, Ariosto y Bibbiena[129].
Nació la _Celestina_ en pleno clasicismo, cuando el teatro de Plauto,
que no constaba ya de ocho comedias, sino de veinte, había surgido
del vetusto códice descubierto en Alemania por el cardenal de Cusa,
y embelesaba y regocijaba la fantasía de los humanistas, que no
se limitaban á transcribirle y comentarle y á añadirle escenas y
suplementos, sino que le hacían objeto de públicas representaciones
en su lengua original. Los actores solían ser escolares, pero
estas fiestas del arte antiguo no eran meramente universitarias.
Se celebraban con gran pompa y magnificencia en los palacios de
príncipes y cardenales, ante el auditorio más aristocrático y selecto.
Así en Roma aquel Pomponio Leto, tan sospechoso de paganismo, hizo
representar en fecha ignorada la _Aulularia_ bajo los auspicios del
cardenal Riario, sobrino de Sixto IV; en 1499, algunos actos de la
_Mostellaria_, en casa del cardenal Colonna; en 1502, los _Menechmi_,
en presencia de Alejandro VI, para festejar las bodas de su hija
Lucrecia con Alfonso de Este.
Otras representaciones, algunas muy anteriores, hubo en Florencia,
en Mantua, en Ferrara, en Pavía, en todos los grandes centros de la
vida intelectual y cortesana del Renacimiento. Si alguna noticia de
éstas llegó á oídos de Fernando de Rojas, ¡cómo debió agrandarse en
su mente la visión del teatro y soñar con otro igual para su patria,
y encenderse en el anhelo de superar, no ya los pobres remedos de la
comedia latina que tenía delante, sino al mismo Terencio y al mismo
Plauto, que habían sabido menos que él de la vida y del corazón humano!
¿Se compusieron ó representaron en España comedias _humanísticas_
durante el siglo XV? No podemos afirmarlo ni negarlo. Hasta ahora el
género parece exclusivamente italiano. Sólo en tiempo de Carlos V,
cuando la comedia latina empezaba á decaer en Italia, cediendo su
puesto al teatro vulgar, la vemos aparecer en nuestras escuelas con los
mismos caracteres y á veces con la misma pompa de representación que en
su patria[130]. Y durante todo el curso del siglo XVI la encontramos
más ó menos ingeniosamente cultivada: en Alcalá por Juan Petreyo
(Pérez), que puso en latín tres comedias del Ariosto; en Salamanca
y Burgos por Juan Maldonado, cuya _Hispaniola_ no figuraría mal en
la serie de las _Celestinas_[131]; en Sevilla por Juan de Mal-Lara;
en Valencia por Lorenzo Palmireno; en Barcelona por Juan Cassador y
Jaime Cassá, y hasta en la isla de Mallorca por Jaime Romanyá, autor
del _Gastrimargus_, que se representó en la plaza pública ante un
concurso de más de ocho mil espectadores[132]. Por fin, este género,
cada vez más abatido y escuálido, cayó en manos de los jesuítas, que le
morigeraron, convirtiéndole en comedia de colegio. Así nació y murió
el teatro humanístico en España, con poco brillo siempre y con poca
influencia en el drama nacional.
¿Pudo encontrar Rojas en la dramaturgia vulgar de su tiempo, en
el infantil teatro de la Edad Media, algún punto de apoyo para su
creación? Difícil es responder categóricamente á esta pregunta. De los
_juegos de escarnio_, que llegaron á penetrar en la iglesia y á ser
representados por clérigos, apenas sabemos más que lo que dice una
ley de Partida. De la Corona de Aragón tenemos un documento aislado,
pero muy curioso, sobre el cual llamó la atención D. José María
Quadrado[133]. Es la queja presentada en 1442 á los Jurados de Mallorca
contra los abusos introducidos en las representaciones que solían
hacerse en las fiestas del primer domingo después de Pascua y el lunes
inmediato, las cuales no versaban ya, como al principio, sobre materias
devotas y honestas, sino sobre amores y alcahueterías.
«E en qual manera per solemnitat e honorificentia de la dita festa se
acostumavan en temps passat fer en semblant dia diverses entremeses
e representacions per las parroquias, devotas e honestas, e tals que
trahien lo poble a devoció; mes empero d'algun temps ensá quasi tots
anys se fen per los _caritaters_ (encargados de las fiestas de la
Caridad) de las parroquias, qui los demés son jovens, _entremeses de
enamoraments, alcavotarias e altres actes desonests e reprobats_,
majorment en tal dia en lo qual va lo clero ab processons e creu levada
portans diverses reliquies de sants, de que lo poble pren mal exempli e
roman scandalizat».
Yo no me atreveré á decir, con mi inolvidable amigo Quadrado, que
«aquí tenemos ya el drama secularizado en Mallorca medio siglo antes
de la aparición de la _Celestina_; los temas devotos sustituídos por
los profanos; el _auto_ suplantado por la _comedia_». Sería preciso
que la casualidad nos descubriese algún fragmento ó muestra de tales
representaciones para que pudiéramos inducir su carácter. De todos
modos, el documento es singular, pero en Castilla tenemos otro muy
análogo: los decretos del Concilio de Aranda, que en 1473 mandó
celebrar el arzobispo de Toledo D. Alfonso Carrillo. Uno de ellos da
testimonio del escandaloso abuso de las representaciones profanas
dentro del templo en las fiestas de la Navidad, de San Esteban, de San
Juan y de los Inocentes, y en las solemnidades de misas nuevas: «_Ludi
theatrales, larvae, monstra, spectacula, necnon quam plurima inhonesta
et diversa figmenta in ecclesiis intro lucuntur, tumultuationes quoque
et «turpia carmina» et «derisorii sermones» dicuntur»_. Pero dudamos
mucho que esta inculta y bárbara manifestación dramática hubiera podido
influir en un espíritu tan culto como el de Fernando de Rojas.
Los orígenes de la _Celestina_ no son populares, sino literarios, y
de la más selecta literatura de su tiempo. Aún no hemos apurado el
catálogo de sus reminiscencias. Leía mucho su autor, como todos los
hombres estudiosos de su generación, á los dos grandes maestros del
primer Renacimiento italiano, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio.
Las obras latinas del primero le eran tan familiares, que desde las
primeras líneas del prólogo encuentra ocasión de citarle, para probar
que «todas las cosas son creadas á «manera de contienda y batalla».
«Hallé (dice) esta sentencia corroborada por _aquel gran orador é poeta
laureado, Francisco Petrarca, dixiendo: Sine lite atque offensione
nihil genuit natura parens_: sin lid e offension ninguna cosa engendra
la natura, madre de todo. Dize más adelante: _Sic est enim, et sic
propemodum universa iestantur: rapido stellae obviant firmamento;
contraria invicem elementa confligunt, terrae tremunt; maria fluctuant;
aer quatitur; crepant flammae; bellum immortale venti gerunt; tempora
temporibus concertant; secum singula, nobiscum omnia_, que quiere
dezir: «En verdad assi es, é assi todas las cosas desto dan testimonio;
las estrellas se encuentran en el arrebatado firmamento del cielo; los
adversos elementos unos con otros rompen pelea; tremen las tierras;
ondean los mares; el ayre se sacude; suenan las llamas; los vientos
entre sí traen perpetua guerra; los tiempos contienden é ligan entre
sí, uno a uno é todos contra nosotros»[134].
El pasaje que Rojas alega está en el prefacio del libro 2.º _De
Remediis utriusque fortunæ_; pero lo que nadie ha advertido hasta
ahora, que yo sepa, es que continúa traduciendo sin decirlo; de
suerte que todo el segundo prólogo es un puro plagio, como puede
verse por el texto latino que pongo al pie, subrayando las frases
que más literalmente copió Rojas[135]. ¿Qué explicación puede tener
un procedimiento tan extraño, mucho más si se recuerda que el _De
Remediis_ andaba en manos de todas las personas letradas, y existía ya
una traducción castellana anterior á la de Francisco de Madrid, tantas
veces impresa desde 1510? ¿Á quién podía engañar Rojas, apropiándose
con tanta frescura la doctrina y las palabras ajenas, que además venían
traídas por los cabellos al propósito de su libro? ¿Para qué necesitaba
un escritor de su talla ajeno auxilio en la redacción de un sencillo
prólogo? Quizá por eso mismo. Recuérdese el caso bastante análogo,
aunque en menores proporciones, de la dedicatoria de la primera parte
del _Quijote_, tejida en parte con frases de otra dedicatoria de
Herrera en sus _Anotaciones á Garcilaso_, y del maestro Francisco de
Medina, en el hermoso prólogo que llevan. Á los grandes escritores
suele resistírseles más la correspondencia familiar ó la redacción de
un documento de oficio que la composición de un libro entero. Uno de
esos apuros debió de pasar el bachiller Fernando de Rojas, y para salir
de él apeló al extravagante recurso de echar mano del primer libro
que sobre la mesa tenía y traducir de él unas cuantas páginas, que lo
mismo podían servir de introducción á cualquier otro libro que á la
_Celestina_. Cervantes todavía necesitó menos para zurcir cuatro frases
de cortesía.
Más interés tiene este plagio directo que las vagas reflexiones
morales sobre la próspera ó adversa fortuna que hay en varios pasos
de la _Tragicomedia_, registrados ya por Arturo Farinelli: «O fortuna
(exclama Calisto en el aucto XIII) quánto e por quántas partes me has
combatido! Pues por más que siguas mi morada, e seas contraria a mi
persona, las adversidades con ygual ánimo se han de sufrir, e en ellas
se prueua el coraçon rezio o flaco». Y antes había dicho Celestina
(aucto XI) convirtiéndose en eco de las palabras del Petrarca: «Siempre
lo oí dezir, que es más diffícil de suffrir la próspera fortuna que
la adversa; que la vna no tiene sossiego, e la otra tiene consuelo».
Aunque hoy nos parezca tan vulgar el contraste entre una y otra
fortuna, su filiación petrarquista no puede ocultarse á quien esté
versado en la literatura de nuestro siglo XV, que había convertido en
una especie de breviario moral la obra _De Remediis_, y aplicaba á
todos los momentos de la vida sus poco originales sentencias diluídas
en un mar de palabrería ociosa[136].
Pero no es sólo en el libro de los _Remedios_, sino en otros varios
del Petrarca, donde hay que buscar el origen y la explicación de
algunos lugares de la _Celestina_. Dice Calisto á la vieja en el
aucto VI: «Qué más hazia aquella tusca Adeleta, cuya fama, siendo
tú viva, se perdiera? la qual tres dias ante su fin prenunció la
muerte de su viejo marido e de dos hijos que tenia». Esta alusión, á
primera vista oscura, se descifra con una advertencia de la edición
de Salamanca del año 1570, hecha por Matías Gast, en la cual sospecho
que anduvo la mano del Brocense por el género de las enmiendas:
«Atrevíme con consejo de algunos doctos a mudar algunas palabras que
algunos indoctos correctores pervirtieron... En el acto sexto corregí
_Adelecta_. Fue esta Adelecta (como cuenta Petrarca) una noble mujer
toscana, grandísima astróloga y mágica. Dixo muchas cosas á su marido
e hijos, Eternio y Albricio. Pero principalmente estando á la muerte,
en tres versículos, anunció a sus hijos lo que les había de acaecer,
especialmente a Eternio, que se guardase de Cassano, lugar de Padua.
Siendo al fin de sesenta años vino a Milan, adonde por sus obras era
muy aborrecido de los longobardos: fué de ellos cercado, y pasando un
puente con gran fatiga, supo que aquel lugar se nombraba Cassano. Luego
da espuelas al caballo, y lánzase en el rio diciendo a grandes voces:
Oh hado inevitable! Oh maternales presagios! Oh secreto Cassano! Al fin
salió a tierra; mas los enemigos, que la puente y entrambas riberas
tenían tomadas, allí le acabaron».
Lo que se le olvidó advertir al corrector salmantino fué el lugar de
las obras del Petrarca en que se encontraba la mención de _Adelecta_, y
como en el índice de la edición de Basilea no se consigna tal nombre,
tuve que internarme con verdadero empeño en la lectura del primer
tomo, hasta que di en el libro 4.º, _Rerum Memorandarum_, cap. V,
_De Vaticiniis_, con la historia de Adelheida ó Adelaida de Romano,
madre del célebre tirano Ezzelino (no Eternio) y de Albricio, que es
la _tusca Adeleta_ de nuestro poeta, la _fatídica de Hetruria_, que
no pudo explicar su comentador Gaspar Barth[137]. Y allí muy cerca
encontramos otra anécdota de Alcíbiades, que también está repetida
fielmente por Calisto en el mismo acto de la _Celestina_: «Entre sueños
la veo tantas noches, que temo que me acontezca como a Alcíbiades,
que soñó que se veya embuelto en el manto de su amiga, e otro dia
matáronlo, e no ouo quien lo alçase de la calle, sino ella con su
manto»[138].
Fuente indudable, aunque secundaria, de la Celestina son también las
_Epístolas familiares_ del Petrarca. Hay dos, sobre todo, que por
cierto están inmediatas, tanto en las ediciones antiguas como en la
moderna de Fracasseti (la 1.ª y 2.ª del libro 2.º), de donde está
tomada punto por punto toda aquella impertinente erudición que estropea
el desconsolado razonamiento de Pleberio. También aquí puede hacerse
la comparación con el texto latino que pongo en nota: «Que si aquella
seueridad e paciencia de Paulo Emilio me viniere a consolar con pérdida
de dos hijos muertos en siete dias, diziendo que su animosidad obró que
consolasse él al pueblo romano, e no el pueblo a él no me satisfaze,
que otros dos le quedauan dados en adopcion. ¿Qué compañia me ternán en
mi dolor aquel Pericles, capitan atheniense, ni el fuerte Xenofon, pues
sus pérdidas fueron de hijos absentes de sus tierras? Ni fue mucho no
mudar su frente e tenerla serena, y el otro responder al mensajero que
las tristes albricias de la muerte de su hijo le venia a pedir, que no
rescibiesse él pena, que él no sentía pesar... Pues menos podrás decir,
mundo lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida aquel Anaxágoras
e yo, que seamos yguales en sentir, e que responda yo, muerta mi amada
hija, lo que él a su único hijo que dixo: como yo fuesse mortal, sabía
que avia de morir el que yo engendraua...
«Ninguno perdió lo que yo el dia de oy, aunque algo conforme parescía
la fuerte animosidad de Lambas de Auria, duque de los athenienses
(_ginoveses_ corrigió la edición de Zaragoza de 1507, y está bien), que
a su hijo herido con sus braços desde la nao echó en la mar...»[139].
Por los trozos transcritos se ve claro que la lectura del Petrarca no
sirvió al bachiller Rojas para nada bueno, sino para alardear de un
saber pedantesco; pero valga lo que valiere esta influencia, es de las
que pueden documentarse de un modo más auténtico é irrefragable.
Boccaccio, lo mismo que el Petrarca, influye en Rojas, como en todos
los españoles del siglo XV, más como humanista y erudito que como poeta
y novelista, más por sus obras latinas que por las vulgares. Contra
todo lo que pudiera esperarse, no es el _Decameron_, ni siquiera el
_Corbaccio_, sino el libro _De casibus Principum_ (lectura favorita de
nuestros moralistas, desde el tiempo del Canciller Ayala) la obra de
Boccaccio que ha dejado positiva é innegable huella en la _Celestina_.
Alusión muy clara á ella son estas palabras de Sempronio en el aucto
I: «Lee los historiales, estudia los philosophos, mira los poetas;
llenos están los libros de sus viles y malos exemplos e de las _caydas_
que levaron los que en algo, como tú, las reputaron». _Las Caydas
de Príncipes_ y el _Valerio Máximo_ estaban sin duda entre aquellos
«antiguos libros» que «por más aclarar su ingenio» mandaba su padre
leer á Melibea, y que ojalá no hubiesen leído nunca ni ella ni el poeta
que la inventó.
Nada he encontrado en la _Celestina_ que indique conocimiento de las
_Cien novelas_.
En realidad, Boccaccio y Rojas no son ingenios del mismo temple, aun
cuando parece que describen escenas análogas. Hay en Boccaccio una
alegría sensual, un pagano contentamiento de la vida que contrasta
con el arte profundo, y doloroso á veces, de Rojas. El _Surgit
amari aliquid_ de Lucrecio nos asalta involuntariamente en muchas
de sus páginas. Todas las catástrofes trágicas, que no faltan en el
_Decameron_, no son suficientes para quitar al libro su carácter
risueño y jovial. Las visiones lúgubres pasan tan rápidas, que no
pueden entristecer á nadie, y la sátira misma es más amena que
sangrienta: _circum praecordia ludit_.
Tampoco discierno imitaciones del _Corbaccio_ italiano. Si alguna hay,
habrá pasado por intermedio del Arcipreste de Talavera[140]. Pero es
imposible dejar de reconocer en la retórica sentimental de la obra,
en los apóstrofes y exclamaciones patéticas, al lector asiduo de la
_Fiammetta_, que fué el tipo de todas las novelas amatorias de nuestro
siglo XV. La _Fiammetta_ es un tejido de declamaciones y pedanterías;
pero aquel interminable monólogo trajo al arte moderno una novedad
psicológica, la revelación de un alma de mujer furiosamente enamorada.
La lección no fué perdida para Rojas, y aunque en general prefirió el
arte de suaves matices y el fino proceso psicológico de Eneas Silvio,
se inclinó más bien en las últimas escenas á la manera vehemente y
ampulosa de la _Fiammetta_[141].
Deudas tiene también el autor de _Melibea_ con la literatura castellana
anterior á su tiempo. Ya hemos hecho mención de la más importante de
todas, la del Arcipreste de Hita, que se completa y refuerza con la
del Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez. Hay entre estos tres
ingenios, nacidos en el antiguo reino de Toledo, un hilo misterioso,
pero innegable, mediante el cual se transmite del siglo XIV al XVI
la corriente naturalista. El Arcipreste de Hita la recoge en un
poema multiforme, que es á la vez sátira, descripción de costumbres,
autobiografía, novela picaresca y expansión libre y caprichosa del
numen lírico. El de Talavera la deja correr por las páginas, en
apariencias graves, de un tratado didáctico; le sazona de picante
humorismo, como quien se entretiene en sus propios escarceos y lozanías
más que en la enseñanza moral que pretende difundir; transcribe por
primera vez en forma literaria la lengua pintoresca y cruda del pueblo;
sorprende la vida con enérgica inspiración; siembra un tesoro de
modismos y proverbios; forja el gran instrumento de la prosa familiar y
satírica.
Esta fué su verdadera creación, y por esto más que por nada es el más
inmediato precursor de Rojas, á quien estaba reservada la gloria de
fijar esa prosa en su momento clásico, de dramatizarla, de reducirla
á un cauce más estrecho y profundo, represando aquella abundancia
generosa, pero despilfarrada, en que la ardiente imaginación del
arcipreste talaverano se complace sin freno ni medida.
Pero además de esta relación general entre la _Reprobación del amor
mundano_ y la _Celestina_, que fácilmente percibirá quien pase de
un libro á otro y se fije en la copia de refranes y de modos de
decir sentenciosos y castizos que en ambos libros reaparecen, hay
imitaciones de pormenor, que la crítica ha señalado varias veces y que
comienzan desde el acto primero[142]. Los ejemplos y doctrinas de que
Sempronio se vale para prevenir á su amo están sacados del arsenal del
_Corbacho_, nombre con que generalmente es conocida la _Reprobación_.
«E non pienses en este paso fallarás tú más fermeza que los sabios
antyguos fallaron, expertos en tal sçiencia o locura mejor dicho.
Lee bien cómo fué Adan, Sanson, Davyd, Golyas, Salamon, Virgilio,
Aristotiles e otros dignos de memoria en saber e natural juyzio» (Cap.
V). Compárese también el capítulo XVII, «cómo los letrados pierden el
saber por amar», donde están las donosas historias de los amores de
Aristóteles y de Virgilio[143].
Aquellas enumeraciones sonoras y pintorescas del _Corbacho_,
tan intemperantes como las de Rabelais, sólo una que otra vez se
encuentran en la _Celestina_. Recuérdese la descripción que Pármeno
hace del laboratorio en que la vieja prepara los untos y drogas para
sus parroquianas: «En su casa hazía perfumes, falsaua estoraques,
menjuy, animes, ambar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes.
Tenía vna cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos
de vidrio, de corambre, de estaño, hechos de mil faciones; hazía
soliman, afeyte cozido, argentadas, bujelladas, cerillas, lanillas,
unturillas, lustres, lucentores, clarimientes, alualinos; e otras
aguas de rostro, de rasuras, de gamones, de corteza de espantalobos,
de teraguncia, de hieles, de agraz, de modo destillados e açucarados.
Adelgazaua los cueros con çumos de limones, con turuino, con tuétano
de corço e de garça, e otras confaciones. Sacaua agua para oler, de
rosas, de azahar, de jazmin, de trébol, de madreselua e clauellinas
mosquatadas e almizcladas, poluorizadas con vino; hazía lexias para
enruuiar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de marruuios, con
salitres, con alumbre e millifolia, e otras diversas cosas. E los
vntos e mantecas que tenía, es hastio de dezir: de vaca, de osso, de
cauallos e de camellos, de culebra e de conejo, de vallena, de garça,
de alcarauan e de gamo, e de gato montés, e de texon, de harda, de
herizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es, una maravilla; de las
yervas e rayces que tenía en el techo de su casa colgadas: mançanilla
e romero, maluaviscos, culantrillo, coronillas, flor de sauco y de
mostaza, spliego e laurel blanco, tortarosa e gramonilla, flor salvaje
e higueruela, pico de oro e hoja tinta. Los azeytes que sacaua para
el rostro, no es cosa de creer: de storaque e de jazmin, de limon, de
pepitas, de violetas, de menjuy, de alfócigos, de piñones, de granillo,
de açofeytos, de neguilla, de altramuces, de aruejas y de carillas, e
de yerva paxarera...». (Aucto I).
Esta curiosa página de perfumería y farmacia cosmética está
evidentemente calcada sobre otra que hay en el libro del Arcipreste
(Parte 2.ª, cap. III): «Pero despues de todo esto comiençan a entrar
por los ungüentos, ampolletas, potecillos, salseruelas, donde tienen
las aguas para afeytar; unas para estirar el cuero, otras destiladas
para relumbrar, tuétanos de çiervo e de vaca e de carnero, e non son
peores estas que diablos, que con las reñonadas del ciervo fazen ellas
xabon?... Mesclan en ello almisque e algalia e clavos de girofre
remojados dos dias en agua de azahar, o flor de azahar, con ella
mezclado, para untar las manos, que se tornan blancas como seda. Aguas
tienen destiladas para estirar el cuero de los pechos e manos, a las
que se les fazen rugas... Fazen más agua de blanco de huevos cochos
estilada, con mirra, canfora, angelores, trementina, con tres aguas
purificada e bien lauada, que torna como la nieue blanca. Rayzes de
lirios blancos, borax fino; de todo esto fazen agua destilada con que
reluzen como espada, e de las yemas cochas de los huevos azeyte para
las manos e la cara ablandar e purificar...»[144].
El tipo celestinesco está muy secamente delineado en el _Corbacho_ (2.ª
parte, capítulo XIII): «Desto son causa unas viejas matronas, malditas
de Dios e de sus santos, enemigas de la Virgen Santa Maria, que desque
ellas non son para el mundo... e ya ninguno non las desea nin las
quiere, entonçe toman ofiçio de alcagüetas, fechiceras e adevinadoras,
por fazer perder las otras como ellas. ...Empero, dime: estas viejas
falsas paviotas, ¡quántos matan e enloqueçen con sus _maldades_ de
_byenquerencias_! ¡Quántas divysiones ponen entre maridos e mugeres, e
quántas cosas fazen e desfazen con sus fechizos e maldiciones! Fazen a
los casados dexar sus mugeres e yr a las extrañas; esso mesmo la muger,
dexado su marido, yrse con otro; las fijas do los buenos fazen malas;
non se les escapa moça, nin biuda, nin casada que non enloquecen. Asy
van las bestias de ombres e mugeres a estas viejas por estos fechizos
como a pendon ferido»[145].
Sin exagerar la influencia que un libro doctrinal y satírico, en que no
hay acción dramática ni desarrollo novelesco, pudo ejercer en una obra
de arte puro como la _Celestina_, es imposible desconocer el parentesco
estrecho que liga al Arcipreste y á Rojas en la historia de la lengua y
en la pintura de costumbres.
De otros tres autores del siglo XV se advierten reminiscencias,
puramente formales, en la inmortal _tragicomedia_. Juan de Mena, cuyo
temperamento artístico se asemeja tan poco al del bachiller Rojas,
era sin embargo uno de sus poetas predilectos. Son varios los pasajes
en que le imita. El muy docto filólogo americano D. Rufino J. Cuervo
ha advertido que la idea y aun la forma de estas palabras: «No quiero
marido, no quiero ensuciar los ñudos de matrimonio, ni las maritales
pisadas de ageno hombre repisar», se encuentran en el poema de _Los
siete pecados mortales_:
Tú te bruñes y te aluzias,
Tú fazes con los tus males
Que las manos mucho suzias
Traten limpios corporales.
_Muchos lechos maritales
De ajenas pisadas huellas_,
Y sienbras grandes querellas
En deudos tan principales.
El Sr. Foulché-Delbosc, por su parte, ha hecho notar la semejanza
del conjuro de Celestina con el de la hechicera de Valladolid, en un
célebre episodio del _Laberinto_, que está imitado principalmente
de Lucano. Hay coincidencias verbales: «Heriré con luz tus carceres
tristes y escuras» (_Celestina_).
E con mis palabras tus fondas cavernas
De luz sempiterna te las feriré.
(Juan de Mena).
En las octavas acrósticas del principio hay versos copiados del
_Laberinto_, v. gr.:
A otro que amores dad vuestros cuidados[146].
Puede añadirse otra reminiscencia evidente del aucto I: «Mucho seguro
es la mansa pobreza».
No ha sido reparada hasta hoy, aunque me parece obvia é innegable,
la imitación de cierto tratadillo _del amor_ que compuso, siendo
estudiante, el famoso Alfonso Tostado de Madrigal, bien conocido
después como fecundo autor de obras de muy diverso linaje[147]. Ni
aun en ésta que parece tan liviana prescinde enteramente el método
escolástico. Dos son las conclusiones que propugna el Tostado: Primera,
«ser necesario los omes amar a las mujeres». Segunda, «que es necesario
al que ama que alguna vez se turbe», es decir, se trastorne y salga
de seso. El autor habla por propia experiencia y dirigiéndose á un
condiscípulo: «Hermano, reprehendiste me porque amor de muger me turbó
ó poco menos desterró de los términos de la razon, de que te maravillas
como de nueva cosa... E por cierto non me pesa porque amé, aunque
dende non me vino bien, si non que me certifiqué de cosa que me era
dubdosa, é acrecenté en saber por verdadera espirencia. E por esto
me pena en mayor grado el amor, que es á mí nueva disciplina, como
acaesce á los que son criados libres é delicadamente, é despues vienen
a servidumbre». Los argumentos son vulgarísimos, y están confirmados
con muchas historias: Sansón, David, Salomón, Tereo, Tiestes, Píramo y
Tisbe, Scila, Medea, Tamar, Fedra, Deyanira y otras varias; erudición
muy semejante á la que gastan los personajes de la _Celestina_. Toda
la doctrina del _Tractado_ puede decirse que está compendiada en
estas palabras del acto primero: «Has de saber, Pármeno, que Calisto
anda de amor quexoso; e no le juzgues por esso por flaco, que el
amor _impervio_ todas las cosas vence; e sabe, si no sabes, que _dos
conclusiones son verdaderas. La primera, que es forçoso el hombre amar
a la muger, e la muger al hombre. La segunda, que el que verdaderamente
ama, es necessario que se turbe con la dulçura del soberano deleyte que
por el hazedor de las cosas fue puesto porque el linaje de los hombres
se perpetuase, sin lo qual peresceria_».
Aquí están literalmente transcritas las dos conclusiones del Tostado y
uno de sus principales argumentos: «E ciertamente, para sustentacion
del _humanal linaje_, este amor es nescesario por esto que diré.
_Cierto es que el mundo perescería_ si ayuntamiento entre el ome y la
muger non oviese, e pues este ayuntamiento non puede aver efecto sin
amor de amos, siguesse que necesario es que amen». Se ve que la _madre_
Celestina era tan puntual en sus citas como un erudito profesional:
nunca pensaría el Abulense en tener tan rara casta de discípulos y
lectores.
Fernando de Rojas, como otros grandes ingenios, se asimilaba rápida y
fácilmente todo lo que leía. La lamentación de Pleberio después de la
muerte de Melibea tiene su indudable modelo en el llanto de la madre
de Leriano con que termina la _Cárcel de Amor_. La situación es casi
idéntica, pero no era menester que lo fuesen tanto las palabras. En
la novela de Diego de San Pedro leemos: «¡O muerte, cruel enemiga,
que ni perdonas los culpados ni asuelves los inocentes... _Más razon
avia para que conservases los veynte años del hijo moço, que para que
dexases los sesenta de la vieja madre._ Por qué volviste el derecho al
revés? Yo estava harta de estar viua y él en edad de beuir...»[148]. Y
en la _Celestina_: «O mi hija e mi bien todo! Crueldad sería que biua
yo sobre ti. _Más dignos eran mis sesenta años de la sepultura que tus
veynte._ Turbóse la orden del morir con la tristeza que te aquexava. O
mis canas, salidas para aver pesar! Mejor gozara de vosotras la tierra
que de aquellos ruvios cabellos que presentes veo». Apresurémonos á
advertir que cada una de las dos lamentaciones tiene sus bellezas
propias: la de la madre de Leriano es más sobria; más concentrada, más
clásica, y emplea con fortuna el elemento sobrenatural de los agüeros y
presagios. La de Pleberio, cercenadas las pedanterías que la deslucen
por culpa del Petrarca, tiene todavía más fuerza patética y llega á lo
sublime del sentimiento en dos ó tres rasgos.
No faltará quien tache de vano alarde de investigación todo lo que voy
escribiendo sobre los orígenes de la _Celestina_. El método histórico
comparativo, lento y minucioso de suyo, tiene pocos prosélitos en
España. Por no someterse á su rígida disciplina, que requiere como
auxiliares otras muchas si ha de convertirse en hábito constante del
espíritu, suelen perderse los esfuerzos de nuestra crítica en vagas
consideraciones de estética superficial ó de psicología recreativa.
Y sin embargo, ¿puede haber cosa más interesante que seguir paso á
paso la elaboración de una obra de genio en la mente de su autor;
asistir si es posible á la creación de sus figuras; deslindar los
elementos que por sabia combinación ó por genial y súbita reminiscencia
se concertaron para formar un nuevo tipo estético? Y si se trata de
un personaje como el bachiller Fernando de Rojas, que no ha dejado
detrás de sí más que su nombre y el eco de su voz, todos los medios de
indagación parecen pocos para descifrar el enigma de su genio. Bien
lejos estoy yo ni de intentarlo siquiera, pero abriré camino á los que
vengan después, sin temor á las detracciones de los críticos amenos, ni
de los impresionistas, ni de los transcendentales.
Ni la naturaleza ni el arte proceden por saltos. Todo se une, todo
se encadena en la historia literaria; no hay antecedente pequeño ni
despreciable; no hay obra maestra que no esté precedida por informes
ensayos, y no sugiera, á quien sabe leer, un mundo de relaciones cada
vez más complejas y sutiles. Los más grandes ingenios son los que han
imitado á todo el mundo: Shakespeare, Lope de Vega, Molière, deben á
sus predecesores la primera materia de sus obras, y algo más que la
primera materia. No hay producción humana sobresaliente y dominadora
que no sea la resultante de fuerzas que han trabajado en la oscuridad
durante siglos. Ni Dante, ni el Ariosto, ni Cervantes, ni Goethe, se
eximen de esta ley. Su grandeza procede de la misma amplitud, vasta
y luminosa, de su genio, que da hospitalaria acogida á todas las
manifestaciones precedentes en su raza, en su pueblo, en su siglo, en
la humanidad entera.
No podríamos, sin nota de exageración, aplicar tales conceptos al
bachiller Fernando de Rojas, que ni por la elevación ni por la
fecundidad de su obra está á la altura de los colosos citados. Pero
en su obra solitaria, concebida y escrita antes de la madurez del
arte, demostró tales condiciones, que nadie en el siglo XV mereció en
tanto grado como él la calificación de grande artista literario. La
_Celestina_ no es un libro peculiarmente español: es un libro europeo,
cuya honda eficacia se siente aún, porque transformó la pintura de
costumbres y trajo una nueva concepción de la vida y del amor.
Bellamente lo dijo Gervinus en su _Historia de la poesía alemana_:
«Esta obra marca propiamente la hora natal del drama en los pueblos
modernos. No es, en verdad, un drama perfecto en la forma, sino una
novela dramática en veintiún diálogos; pero si prescindimos de la forma
exterior, es una acción dramática admirablemente trazada y desenvuelta,
con reflexiva conciencia de la verdad poética, y con tal maestría
para caracterizar á todos los personajes, que en vano se buscará nada
que se le parezca antes de Shakespeare. Mucho del contenido de _Romeo
y Julieta_ se halla en esta obra, y el espíritu según el cual está
concebida y expresada la pasión es el mismo»[149].
Profunda verdad encierran las palabras de Gervinus. _Calisto y
Melibea_ es el drama del amor juvenil, casi infantil, menos casto
que el de _Romeo y Julieta_ en palabras y situaciones, pero no menos
apasionado y candoroso que el de los inmortales amantes de Verona[150].
No es la _Celestina_ obra picaresca, ni quién tal pensó, sino
_tragicomedia_, como su título definitivo lo dice con entera verdad;
poema de amor y de exaltación y desesperación; mezcla eminentemente
trágica de afectos ingenuos y poco más que instintivos, y de casos
fatales que vienen á torcer ó á interrumpir el desatado curso de la
pasión humana y envuelven á los dos amantes en una catástrofe que no se
sabe si es expiación moral ó triunfante apoteosis.
¡Poder inmenso el de la sinceridad artística! Las bellezas de esta
obra soberbia son de las que parecen más nuevas y frescas á medida
que pasan los años. El don supremo de crear caracteres, triunfo el
más alto á que puede aspirar un poeta dramático, fué concedido á su
autor en grado tal, que no parece irreverente la comparación con el
arte de Shakespeare. Figuras de toda especie, aunque en corto número,
trágicas y cómicas, nobles y plebeyas, elevadas y ruines; pero todas
ellas sabia y enérgicamente dibujadas, con tal plenitud de vida que nos
parece tenerlas presentes. El autor, aunque pretenda en sus prólogos y
afecte en su desenlace cumplir un propósito de justicia moral, procede
en la ejecución con absoluta objetividad artística, se mantiene fuera
de su obra; y así como no hay tipo vicioso que le arredre, tampoco hay
ninguno que en sus manos no adquiera cierto grado de idealismo y de
nobleza estética. Escrita en aquella prosa de oro, hasta las escenas de
lupanar resultan tolerables. El arte de la ejecución vela la impureza,
ó más bien impide fijarse en ella.
La misma profusión de sentencias, aforismos y citas clásicas; aquella
especie de filosofía práctica difundida por todo el diálogo; aquella
_buena salud_ intelectual que el autor seguramente disfrutaba, y de
la cual, en mayor ó menor grado, hace disfrutar á sus personajes más
abyectos, salvan los escollos de las situaciones más difíciles, y
no consienten que ni por un solo momento se confunda esta joya con
otros libros torpes y licenciosos, que son pestilencia del alma y del
cuerpo. Digno será de lástima el espíritu hipócrita ó depravado que no
comprenda esta distinción.
Y en la parte seria de la obra, poco estudiada y considerada hasta
nuestro tiempo, ¡con qué poesía trató el autor lo que de suyo es puro
y delicado! Para encontrar algo semejante á la tibia atmósfera de
noche de estío que se respira en la segunda escena del jardín hay que
recordar _el canto de la alondra_ de Shakespeare ó las escenas de la
seducción de Margarita en el primer _Fausto_. Hasta los versos que en
ese acto de la _Celestina_ se intercalan:
¡Oh, quién fuera la hortelana
De aquestas viciosas flores!...
tienen un encanto y un misterio líricos, muy raros en la poesía de los
cancioneros del siglo XV.
Tres cosas hay que considerar principalmente en la _Celestina_: los
caracteres, la invención y composición de la fábula y, finalmente, el
estilo y lenguaje. Algo diremos sobre cada uno de estos puntos, sin
someternos á un orden rigurosamente escolástico.
Sobre todos los personajes descuella la vieja _Celestina_, hasta
el punto de haber impuesto nuevo título á la tragicomedia, contra
la voluntad de su autor, y haber convertido su nombre de propio en
apelativo, dando una nueva palabra á nuestro idioma. La excelencia del
tipo fué reconocida ya por el autor del _Diálogo de la lengua_:
«_Martio._--¿Quáles personas os parecen que stan mejor exprimidas?
«_Valdés._--La de Celestina, sta, á mi ver, perfetísima en todo quanto
pertenece a una fina alcahueta»[151].
Este juicio de la crítica antigua es atinado, pero insuficiente.
Celestina no es una alcahueta vulgar como la Acanthis de Propercio ó
la Dipsas de Ovidio. Tipos de _lenas_ finamente representados hay en
la comedia latina y en muchas obras cómicas y novelescas del siglo XVI
italiano. En Francia es célebre la _Macette_ de una de las sátiras de
Regnier. Y de nuestra casa no hablemos, porque las hijas, sobrinas
y herederas de Celestina fueron tantas que por sí solas forman una
literatura en que hay cosas muy dignas de alabanza bajo el aspecto
formal. Todas esas copias son muy fieles al modelo, y, sin embargo,
ninguna de ellas es Celestina, ninguna tiene su diabólico poder ni
su satánica grandeza. Porque Celestina es el genio del mal encarnado
en una criatura baja y plebeya, pero inteligentísima y astuta, que
muestra, en una intriga vulgar, tan redomada y sutil filatería, tanto
caudal de experiencia mundana, tan perversa y ejecutiva y dominante
voluntad, que parece nacida para corromper el mundo y arrastrarle,
encadenado y sumiso, por la senda lúbrica y tortuosa del placer. «A las
duras peñas promoverá e provocará a luxuria si quiere», dice Sempronio.
En lo que pudiéramos llamar _infierno estético_, entre los tipos de
absoluta perversidad que el arte ha creado, no hay ninguno que iguale
al de Celestina, ni siquiera el de Yago. Ambos profesan y practican la
ciencia del mal por el mal; ambos dominan con su siniestro prestigio
á cuantos les rodean, y los convierten en instrumentos dóciles de
sus abominables tramas. Pero hay demasiado artificio teatral en los
crímenes que acumula Yago, y ni siquiera su odio al género humano está
suficientemente explicado por los leves motivos que él supone para su
venganza. En Celestina todo es sólido, racional y consistente. Nació
en el más bajo fondo social, se crió á los pechos de la dura pobreza,
conoció la infamia y la deshonra antes que el amor, estragó torpemente
su juventud y las ajenas, gozó del mundo como quien se venga de él, y
al verse vieja y abandonada de sus galanes vendió su alma al diablo,
cerrándose las puertas del arrepentimiento.
Y no se tengan por pura metáfora estas últimas expresiones. Hay en
Celestina un positivo satanismo, que también apunta en el Yago de
Shakespeare[152]. No importa que el bachiller Rojas creyese ó no en
él. Basta que lo haya expresado con eficacia poética. Es cierto que
por boca de Pármeno se burla del ajuar y laboratorio de la hechicera:
«Tenía huessos de coraçon de cieruo, lengua de bíuora, cabeças de
codornizes, sesos de asno, tela de cauallo, mantillo de niño, haua
morisca, guija marina, soga de ahorcado, flor de yedra, spina de erizo,
pie de texon, granos de helecho, la piedra del nido del aguila, e otras
mill cosas. Venian a ella muchos hombres e mugeres; e a unos demandaua
el pan do mordian; a otros de su ropa; a otros de sus cabellos; a otros
pintaua en la palma letras con azafran; a otros, con bermellon; a otros
daua unos coraçones de cera llenos de agujas quebradas, e otras cosas
en barro o en plomo fechas, muy espantables al ver. Pintaua figuras,
dezia palabras en tierra; ¿quién te podra dezir lo que esta vieja
hazia? e todo era burla e mentira».
Puede creerse también que la misma Celestina habla en burlas cuando
hace aquél donoso panegírico de las _virtudes_ de la madre de Pármeno:
«O qué graciosa era! o qué desembuelta, limpia, varonil! tan sin
pena ni temor se andaua a media noche de cimenterio en cimenterio,
buscando aparejos para nuestro officio, como de dia; ni dexaua
cristianos, ni moros, ni judios, cuyos enterramientos no visitaua; de
dia los acechaua, de noche los desenterraua. Assi se holgaua con la
noche escura, como con el dia claro; dezia que aquella era capa de
pecadores... Pues _entrar en un cerco mejor que yo e con mas esfuerzo_?
aunque yo tenia harta buena fama, más que agora, que por mis pecados
todo se oluidó con su muerte; ¿qué más quieres, sino que los mesmos
diablos le auian miedo? atemorizados y espantados los tenía con las
crudas bozes que les daua; assi era dellos conocida como tú en tu casa;
tumbando venian unos sobre otros a su llamado; no le osauan dezir
mentiras, segun la fuerça con que los apremiaua; despues que la perdí,
jamás les oy verdad» (Aucto VII).
Podía Celestina, para deslumbrar á los imbéciles y acrecentar los
medros y ganancias de su oficio, fingir un poder sobrenatural que no
poseía. Pero hay pasajes en que no cabe esta interpretación, porque son
monólogos y apartes de la misma Celestina, que revelan con sinceridad
sus más escondidos pensamientos: «Todos los agüeros se adereçan
favorables, o yo no sé nada desta arte (va diciendo al acercarse á casa
de Melibea)... La primera palabra que oy por la calle fue de achaque
de amores; nunca he tropeçado como otras vezes. Las piedras parece que
se apartan e me fazen lugar que passe; ni me estoruan las faldas, ni
siento cansancio en andar; todos me saludan; ni perro me ha ladrado, ni
aue negra he visto, tordo ni cueruo, ni otras noturnas» (Aucto IV).
Y aún es más singular lo que pasa en la conversación con la pobre
doncella. De vez en cuando, Celestina, para cobrar ánimos, invoca por
lo bajo la asistencia del demonio: «Por aqui anda el diablo, aparejando
oportunidad, arreziando el mal a la otra. Ea, buen amigo, tener rezio;
agora es mi tiempo o nunca; no la dexes, lleuamela de aqui a quien
digo»... «En hora mala acá vine, si me falta mi conjuro; ea, pues, bien
sé a quien digo; ce, hermano, que se va todo a perder». ¿Y puede darse
más efusiva acción de gracias al enemigo malo que el soliloquio con
que principia el aucto V? «O diablo a quien yo conjuré! cómo cumpliste
tu palabra en todo lo que te pedí! en cargo te soy; assi amansaste la
cruel hembra con tu poder, e diste tan oportuno lugar a mi habla quanto
quise, con la absencia de su madre... O serpentino azeyte! o blanco
hilado! cómo os aparejastes todos en mi fauor! o yo rompiera todos mis
atamientos hechos e por hazer, ni creyera en yeruas, ni piedras, ni en
palabras».
Estos pasajes son terminantes: el autor quiso que Celestina fuese
una hechicera de verdad y no una embaucadora. Ciertos rasgos que en
la _Tragicomedia_ sorprenden y pueden parecer falta de arte, sobre
todo la rápida y súbita conversión del ánimo de Melibea, que hasta
entonces no ha manifestado la menor inclinación á Calisto y que tanto
se enfurece cuando la vieja pronuncia por primera vez su nombre, sólo
pueden legitimarse admitiendo que Melibea, al caer en las redes de la
pasión como fascinado pajarillo, obedece á una sugestión diabólica.
Ciertamente que nada de esto era necesario: todo lo que pasa en la
_Tragicomedia_ pudo llegar á término sin más agente que el amor
mismo, y quizá hubiera ganado este gran drama realista con enlazarse
y desenlazarse en plena realidad. Pero el bachiller Rojas, aunque
tan libre y desenfadado en otras cosas, era un hombre del siglo XV y
escribía para sus coetáneos. Y en aquella edad todo el mundo creía en
agüeros, sortilegios y todo género de supersticiones, lo mismo los
cristianos viejos que los antiguos correligionarios de Rojas, como en
el monstruoso proceso del Santo Niño de la Guardia puede verse. La
parte sobrenatural de la _Celestina_ es grave y trágica: nada tiene de
comedia de magia. Prepara el horror sombrío de la catástrofe é ilumina
el negro fondo de una conciencia depravada, que pone á su servicio
hasta las potestades del Averno. «La figura demoníaca y gigantesca de
Celestina, verdadera y propia heroína del libro (ha dicho el traductor
alemán E. de Bülow) no tiene, á lo que recuerdo, término de comparación
en toda la moderna literatura, y bastaría por sí sola para marcar á su
creador con el sello de los grandes poetas»[153].
Estas representaciones del mal llevado al último límite, que llaman
los estéticos «sublime de mala voluntad», ofrecen para el artista no
menores escollos que la representación de la pura santidad, aunque por
opuesto estilo. Nadie los ha vencido tan gallardamente como Rojas,
en cuya obra Celestina es constantemente odiosa, sin que llegue á
ser nunca repugnante. Es un abismo de perversidad, pero algo humano
queda en el fondo, y en esto á lo menos lleva gran ventaja á Yago.
La lucidez de su inteligencia es pasmosa, y la convierte á veces en
el más singular de los diablos predicadores. Si sus intenciones son
abominables, sus palabras suelen ser sabias, y no siempre miente su
lengua al proferirlas. De sus dañadas entrañas nacen los pérfidos
consejos, las insinuaciones libidinosas, la torpe doctrina que Ovidio
quiso reducir á arte y que ella predica á Pármeno y á Areusa con
cínicas palabras[154]. Pero no es esa la noción del amor, que con
suavidad y gota á gota va infiltrando en el tierno corazón de Melibea:
«_Melibea._--Cómo dizes que llaman este mi dolor, que assi se ha
enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?
«_Celestina._--Amor dulce.
«_Melib._--Eso me declara qué es, que en solo oyrlo me alegro.
«_Celest._--Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso
veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre
tormento, una dulce e fiera herida, una blanda muerte».
De un modo habla á las nobles y castas y retraídas doncellas; de otro
á las cortesanas atentas al cebo de la ganancia. Su ingenio, despierto
y sagaz como ninguno, la hace adaptarse á las más varias condiciones
sociales y penetrar en los recintos más vigilados y traspasar los muros
más espesos. El sinnúmero de oficios menudos que ejerce, no ilícitos
todos, la dan entrada franca hasta en hogares tan severos como el de
Pleberio, á ella, vieja maestra de tercerías y lenocinios, encorozada y
puesta en la picota por hechicera.
El poder de Celestina sobre cuantos la rodean consiste en que es un
espíritu reflexivo y horriblemente sereno, en quien ninguna pasión
hace mella, salvo la codicia sórdida, que es precisamente la causa
de su ruina. Es la inteligencia sin corazón aplicada al mal con tan
insistente brío que resultaría peligrosa su representación, si no
apareciese templada por la propia indignidad de la persona (que la
aleja de todo contacto con el lector honrado) y por los aspectos
cómicos de su figura, que son fuente de inofensivo placer estético.
No sabemos si el público la resistiría en escena: nos inclinamos á
creer que no; pero en el libro es tan deseada su presencia como lo
eran sus visitas por Calisto, y casi nos indignamos con la barbarie de
Sempronio y su compañero, que atajaron en tan mala hora aquel raudal
de castizos donaires y de elegantes y pulidas razones. Los discursos
de Celestina contienen en sentenciosa forma una filosofía agridulce
de la vida, en que no todo es falso y pecaminoso. Porque no sólo de
amores es maestra Celestina, sino que con gran ingenio discurre sobre
los males de la vejez, sobre los inconvenientes de la riqueza, sobre el
ganar amigos y conservarlos, sobre las vanas promesas de los señores,
sobre la tranquilidad del ánimo, sobre la inconstancia de la fortuna,
y otros temas de buena lección y aprovechamiento, que no por salir
de tales labios pueden menospreciarse. Claro es que la socarronería
de la perversa vieja quita mucho de su gravedad y magisterio á estos
aforismos; pero de aquí se engendra un humorístico contraste, y no es
éste el menor de los méritos en la creación de este singular Séneca
ó Plutarco con haldas luengas, que parece una caricatura de los
moralistas profesionales.
Elicia y Areusa son figuras perfectamente dibujadas, aunque episódicas
en la _Tragicomedia_. Sirven para completar el estupendo retrato
de Celestina, mostrando los frutos de su enseñanza. Ni ellas ni
su maestra pertenecen al mundo triste y feo de la prostitución
oficial y reglamentada, de las públicas mancebías, sobre las cuales
guardan nuestros archivos concejiles tan peregrina cuanto lamentable
documentación. Elicia y Areusa no son mozas del partido, sino «mujeres
enamoradas», como por eufemismo se decía; que viven en su casa y
guardan relativa constancia á sus dos amigos y los lloran con sincero
duelo y procuran vengar su muerte. No tienen el sentimentalismo de las
rameras de Terencio ni el ansia y la sed de ganancia que distingue á
las de Plauto. Más verisímiles que las primeras, son menos abyectas que
las segundas. No han pasado por la dura esclavitud, y en el arranque y
la fiereza con que tratan á sus rufianes y en los rasgos de generosidad
instintiva bien se muestran mujeres libres y españolas. Pero el autor
no ha querido idealizarlas por ningún concepto. Son menos perversas que
Celestina, porque son más jóvenes y están haciendo el aprendizaje del
vicio. No llegarán nunca á su grandeza satánica, pero cuando la flor de
su juventud se marchite, ellas heredarán los trebejos de la hechicera
y conservarán la casilla de la cuesta del río, que «jamás perderá el
nombre de Celestina». Porque Celestina es un símbolo, y Elicia y Areusa
y Claudina nunca serán más que reflejos suyos, aunque alguna se atreva
á usurpar su nombre.
Los dos criados de Calisto tienen particular importancia en la
historia de la comedia moderna, porque en ellos acaba la tradición de
los Davos y los Siros, y penetra en el arte el tipo del fámulo libre,
consejero y confidente de su señor, no sólo para estafar á un padre
avaro dinero con que adquirir una hermosa esclava, sino para acompañar
á su dueño en todos los actos y situaciones de la vida, alternando con
él como camarada, regocijándole con sus ocurrencias, entremetiéndose
á cada momento en sus negocios, adulando ó contrariando sus vicios y
locuras, haciendo, en suma, todo lo que hacen nuestros _graciosos_
y sus similares italianos y franceses, derivados á veces de los
nuestros[155].
Pero esta representación, que con el tiempo llegó á ser tan
convencional, es en Rojas tan verídica como todo lo demás, si se tienen
en cuenta las costumbres de su siglo y la intimidad en que vivían los
grandes señores, no sólo con sus criados (palabra que tenía entonces
más noble significación que ahora), sino con truhanes, juglares y
hombres de pasatiempo.
Rojas, gran adivinador de las combinaciones escénicas, ha presentado
por primera vez el paralelismo entre los amores de amos y criados,
repetido luego hasta la saciedad en nuestras comedias _de capa y
espada_. El apetito groseramente carnal de Pármeno y Areusa hace
resaltar por el contraste la pasión, no ciertamente inmaculada ni
casta, pero sí vehemente y tierna, de los protagonistas, que no sólo es
impura llama de los sentidos, sino también amor de las almas y frenesí
y delirio romántico, en que carne y espíritu padecen y gozan juntamente.
No hay personaje alguno de la _Celestina_, aunque rara vez aparezca,
que no muestre propia é inconfundible fisonomía. La tienen hasta Sosia
y Tristanico, los pajes que acompañan á Calisto en su última é infausta
visita al jardín de Melibea, muertos Pármeno y Sempronio. Nada digamos
del rufián Centurio, que es el personaje más plautino de la pieza.
Compárese con Pyrgopolinices, que le ha servido de original, y el
personaje más antiguo parecerá una débil caricatura del más moderno.
Y no porque le falte gracejo de muy buena ley. Las sales de Plauto no
se reducen, como algunos piensan, á amontonar palabras sexquipedales y
rimbombantes, que sólo pueden hacer reir á la inculta plebe:
_Quemne ego servavi in campis Gurgustidoniis,
Ubi Bombomachides Cluninstaridysarchides
Erat imperator summus, Neptuni nepos?_
(V. 13-15).
Es de buen efecto cómico que el vanaglorioso capitán se haga
referir sus soñadas proezas por su taimado siervo Artotrogo; pero
en el desarrollo de esta idea se traspasan todos los límites de la
verisimilitud. Citaré algo de la primera escena, aprovechando la
ocasión para dar una breve muestra de la elegante traducción castellana
de esta comedia, publicada en Amberes por autor anónimo en 1555:
«_Pyrgopolinices._--Moços, poned diligencia en que mi coselete esté
más claro y limpio que suelen estar los rayos del sol, quando es muy
sereno, porque siendo necesario entrar en el campo, la mucha claridad y
resplandor del acero quite la vista al enemigo, porque yo harto terné
que hazer en consolar esta mi espada, que no se quexe y desespere,
porque ha tantos dias que la hago holgar, y que no saqué fruto de mis
enemigos; pero ¿dónde está Artotrogo?
«_Artotrogo._--Aquí estoy, señor, cerca de vn varón fuerte y bien
afortunado, y de una disposicion real, con el qual Marte, dios de las
batallas, no osara competir ni comparar sus virtudes.
«_Pyrg._--¿Cómo fue aquello del que salvé la vida en los campos
Cutincalidonios, adonde era capitan general el gran nieto de Neptuno?
«_Art._--Muy bien me acuerdo; dizes lo, señor, por aquel de las armas
de oro, cuyas batallas tú desbarataste con solo tu soplo, como vn gran
viento desbarata las ojas secas.
«_Pyrg._--Pues todo eso no es nada.
«_Art._ (_aparte_).--No por cierto en comparacion de otras cosas que
yo podria dezir que tú nunca heziste. Si uviere en el mundo quien aya
visto otro más perjuro ni más lleno de vanaglorias que este hombre,
téngame por esclavo perpetuo suyo.
«_Pyrg._--Oyes, ¿dónde estás?
«_Art._--Aqui estoy, señor, acordandome cómo en la India de una puñada
quebraste un braço a vn elefante.
«_Pyrg._--¿Qué dizes braço?
«_Art._--No sé qué dezir, señor, sino la espalda, y avn osaria
jurar que si pusieras vna poca de más fuerça pasaras el braço al
elefante por el cuero y por las entrañas, y se lo sacaras por la
boca. ..........................................................
«_Pyrg._--¿Tienes ay libro de memoria?
«_Art._--¿Quieres me preguntar algo? Sí tengo, y la punta para escrevir
en él.
«_Pyrg._--¡Qué graciosamente sabes aplicar tu ánimo á mi voluntad!
«_Art._--Conviene me tener muy conocidas todas tus costumbres, y que no
ayas bien pensado la cosa quando ya yo esté contigo.
«_Pyrg._--Pues dime, ¿no te acuerdas?
«_Art._--Muy bien, señor, tengo en la memoria que en vn solo dia
mataste en Cilicia cient salteadores, y ciento y cincuenta en Sicilia,
y treynta en Cerdeña y sessenta en Macedonia.
«_Pyrg._--¿Qué número de hombres será ese?
«_Art._--Siete mil.
«_Pyrg._--Tantos han de ser, muy buen cuenta tienes.
«_Art._--Pues no los escreví, pero acuerdo me muy bien dello.
«_Pyrg._--Por los dioses, que tienes excelente memoria.
«_Art._--El mantenimiento me la haze tener.
«_Pyrg._--Mientras hizieres lo que hasta aqui, nunca te faltará de
comer ni yo te negaré mi mesa.
«_Art._--Pues quán mejor fue, señor, aquello de Capadocia, donde si
no tuvieras bota la espada, de un solo golpe mataras quinientos, y
la gente de pie si viniera fuera para ti poca presa. Pero para qué
tengo de gastar tiempo en contar aquello que es tan notorio en el
mundo, y que saben todos, que viue Pyrgopolinice en la tierra, varon
excelentisimo en virtud, y gesto y hazañas. Todas las mugeres te aman,
y con mucha razon, pues te ven tan fermoso. ¡O qué dezian aquellas que
ayer me tirauan de la capa!
«_Pyrg._--¿Qué te dixeron ayer, por mi vida?
«_Art._--Preguntauan me: ¿es este Achilles? Respondía yo: no, sino su
hermano. Entonces la una dellas dixo: Por cierto muy fermoso me parece
y muy bien dispuesto; mirad cómo le asientan bien los cabellos y la
barba. ¡O quán venturosas son las que alcançaren su amor!
»_Pyrg._--¿Mas de veras que assí lo dezian?
«_Art._--Antes entrambas me rogaron que tuviesse forma cómo passases oy
por su calle.
«_Pyrg._--Tambien es gran pesadumbre ser vno demasiadamente gentil
hombre»[156].
Enfrente de este figurón graciosamente descrito, pero imposible,
pongamos algunas bravatas de nuestro Centurio, auténtico temerón y
jayán del siglo XV, rebosando de aquella vida y fuerza cómica que al
capitán del rey Seleuco le falta:
«_Cent._--Mándame, tú, señora, cosa que yo sepa hazer, cosa que sea
de mi officio; vn desafio con tres juntos, e si más vinieren, que no
huya por tu amor; matar vn hombre, cortar una pierna o braço; harpar el
gesto de alguna que se aya ygualado contigo, estas tales cosas antes
serán hechas que encomendadas. No me pidas que ande camino, ni que te
dé dinero, que bien sabes que no dura conmigo, que tres saltos daré
sin que me se cayga blanca... Las alhajas que tengo es el axuar de la
frontera: vn jarro desbocado, vn assador sin punta; la cama en que me
acuesto está armada sobre aros de broqueles; un rimero de malla rota
por colchones; una talega de dados por almohada; que avnque quiero dar
collacion, no tengo qué empeñar, sino esta capa harpada que traygo a
cuestas...
«Si mi espada dixesse lo que haze, tiempo le faltaria para hablar.
¿Quién sino ella puebla los más cimenterios? ¿quién haze ricos los
cirujanos desta tierra? ¿quién da contino que hazer a los armeros?
¿quién destroça la malla muy fina? ¿quién haze riça de los broqueles de
Barcelona? ¿quién reuana los capacetes de Calatayud sino ella? que los
caxquetes de Almazan assi los corta como si fuessen fechos de melon...
Veynte años ha que me da de comer; por ella soy temido de hombres e
querido de mugeres, sino de ti; por ella le dieron Centurio por nombre
a mi abuelo, e Centurio se llamó mi padre, e Centurio me llamo yo.
«_Elicia._--Pues ¿qué hizo el espada por que ganó tu abuelo ese nombre?
Dime, ¿por ventura fue por ella capitan de cient hombres?
«_Cent._--No, pero fue rufian de cient mugeres.
«_Areusa._--No curemos de linage ni hazañas viejas; si has de hazer lo
que te digo, sin dilacion determina, porque nos queremos yr.
«_Cent._--Más desseo yo la noche, por tenerte contenta, que tú por
verte vengada, e porque más se haga todo a tu voluntad, escoge qué
muerte quieres que le dé; allí te mostraré un reportorio en que ay
sietecientas e setenta species de muertes, verás quál más te agradare.
«_Elicia._--Areusa, por mi amor, que no se ponga este fecho en manos de
tan fiero hombre; más vale que se quede por hazer, que no escandalizar
la ciudad, por donde nos venga más daño de lo passado.
«_Areusa._--Calla, hermana; diganos alguna que no sea de mucho bullicio.
«_Cent._--Las que agora estos dias yo vso e más traygo entre manos
son espaldarazos sin sangre, o porradas de pomo de espada, o revés
mañoso; a otros agujero como harnero a puñaladas, tajo largo, estocada
temerosa, tiro mortal. Algun dia doy palos por dexar holgar mi espada»
(Aucto XVIII).
Este solo ejemplo mostrará cómo transforma Rojas sus originales hasta
cuando más de cerca imita.
Si admirables son los personajes secundarios y cómicos de la
_Celestina_, ¿qué diremos de la pareja enamorada, que en la historia
de la poesía humana precede y anuncia á la de Verona? Nunca el
lenguaje del amor salió tan férvido y sincero de pluma española como
no fuese la de Lope de Vega en sus más felices momentos. Nunca antes
de la época romántica fueron adivinadas de un modo tan hondo las
crisis de la pasión impetuosa y aguda, los súbitos encendimientos y
desmayos, la lucha del pudor con el deseo, la misteriosa llama que
prende en el pecho de la incauta virgen, el lánguido abandono de las
caricias matadoras, la brava arrogancia con que el alma enamorada
se pone sola en medio del tumulto de la vida y reduce á su amor el
universo, y sucumbe gozosa, herida por las flechas del omnipotente
Eros. Toda la psicología del más universal de los sentimientos
humanos puede extraerse de la _tragicomedia_ de Rojas si se la lee
con la atención que tal monumento merece. Por mucho que apreciemos el
idealismo cortesano y caballeresco de D. Pedro Calderón, ¡qué fríos
y qué artificiosos y amanerados parecen los galanes y damas de sus
comedias, al lado del sencillo Calisto y de la ingenua Melibea, que
tienen el vicio de la pedantería escolar, pero que nunca falsifican
el sentimiento! También Shakespeare pagó tributo al _eufuismo_, y en
_Romeo and Juliet_ muy particularmente; versos hay allí de innegable
mal gusto, y alguno habremos de citar, pero ¿quién se acuerda de ellos,
cuando la tormenta de la pasión estalla?
Retórica hay también en los personajes de Rojas; pero no toda retórica
debe proscribirse en estos casos, porque el amor es retórico de suyo
y se complace en devanear largamente sobre nonadas. No seré yo quien
tache de afectación los cándidos extremos que hace Calisto cuando
recibe el cordón de Melibea (aucto VI): «¡O mi gloria e ceñidero de
aquella angélica cintura; yo te veo e no lo creo! ¡O cordon, cordon!
¿fuésteme tú enemigo? Dilo cierto... Conjúrote me respondas, por la
virtud del gran poder que aquella señora sobre mí tiene... ¡O mezquino
de mí! que assaz bien me fuera del cielo otorgado, que de mis braços
fueras hecho e texido, e no de seda como eres, porque ellos gozaran
cada día de rodear e ceñir con deuida reuerencia aquellos miembros que
tú, sin sentir ni gozar de la gloria, siempre tienes abraçados...»
Involuntariamente se recuerda que también Romeo, en la escena del
jardín, envidiaba el guante de su amada, porque podía tocar su
mejilla[157]. Otras expresiones de ambos mancebos se parecen de un modo
extraordinario:
«_Sempronio._--¿Tú no eres christiano?
«_Calisto._--¿Yo? Melibeo so, y a Melibea
adoro, y en Melibea creo, e a Melibea amo».
..........................................................
«_Romeo._--¡Que me bauticen de nuevo; desde ahora no quiero ser
Romeo!»[158].
Romeo, como envuelto en una intriga más complicada, es carácter más
rico de matices, es también más lírico, romántico y soñador. Su
lenguaje, constantemente figurado y poético, eleva el pensamiento á
una esfera superior á la del puro realismo. Pero su amor carece de
la virginidad del de Calisto, para el cual ni antes ni después de la
posesión existe otra mujer que Melibea. Las primicias del alma de Romeo
no pertenecen á Julieta, porque antes de ella ha amado á Rosalina con
los mismos extremos y prodigando en honor suyo las mismas hipérboles.
«¿Puede haber alguna más hermosa que mi amor? Ni aun el sol que lo ve
todo ha visto otra igual desde que alumbra al mundo»[159]. Pero un
momento después, en la escena del baile, Julieta borra instantáneamente
el recuerdo de Rosalina: «Esta sí que puede enseñar á las antorchas á
arder. Resplandece sobre el oscuro rostro de la noche como rica joya
en la oreja de un etiope. ¡Belleza demasiado rica para ser poseída,
demasiado excelente para la tierra! Parece entre las otras damas como
nívea paloma entre grajos. ¿Por ventura mi corazon ha amado hasta
ahora? Negadlo con juramento, ojos míos, porque no he contemplado
belleza verdadera hasta esta noche»[160].
En el alma de Romeo, ardientemente apasionada como es, hay un germen
de ligereza é inconstancia. Sin las nupcias sepulcrales sabe Dios cuál
hubiera sido su fidelidad á Julieta, mientras de Calisto no podemos
dudar que nació para servir á Melibea y ser suyo en vida y en muerte.
Calisto no hubiera merecido nunca que Fr. Lorenzo le llamase, como
llama á Romeo, «débil mujer con aspecto varonil, irracional furia
de bestia»[161]. En cambio Melibea y Julieta parecen de la misma
familia: audaces, impulsivas las dos, cándidas en el desbordamiento
de su pasión y marcadas por el sello de la fatalidad trágica desde el
primer instante. En Julieta, el enamoramiento es todavía más súbito
que en Melibea, y no necesita intervención de Celestinas, puesto que
no puede calificarse de tal á su nodriza, que honradamente la presta
lícitos aunque poco prudentes servicios. Basta que por primera vez
se encuentren sus ojos con los de Romeo, á quien todavía no conoce
ni de nombre, para que exclame: «Si es casado, el sepulcro será mi
lecho de bodas»[162]. Y cuando sabe que es un vástago del linaje de
los Montescos, tan odiado por los suyos, parece que con terrible
imprecación quiere atraer sobre sí los manes de la venganza: «¡Mi sólo
amor, nacido de mi único odio! ¡Harto tarde te he conocido! Quiere
mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre á quien debo
aborrecer»[163].
Tanto en _Romeo y Julieta_ como en la _Celestina_ son dos las
entrevistas amorosas, y hasta en el pormenor de la escala aplicada
al muro se mantiene el paralelismo de las situaciones, en medio
de la profunda diversidad moral con que Shakespeare y Rojas las
interpretan[164]. La doncella italiana pone su amor de acuerdo con
la ley moral y canónica; la tempestuosa enamorada castellana procede
como si ignorase tales leyes ó se hubiese olvidado de su existencia.
La primera es sin duda más ejemplar, y la emoción trágica que su fin
produce no va mezclada con ningún pensamiento de torpeza ó rebeldía,
pues hasta del suicidio es casi irresponsable[165]. Melibea, por el
contrario, muere desesperada é impenitente: «¿Oyes lo que aquellos
moços van hablando? ¿Oyes sus tristes cantares? rezando lleuan con
responso mi bien todo; muerta lleuan mi alegria. No es tiempo de yo
biuir» (Aucto XIX). «De todos soy dexada; bien se ha adereçado la
manera de mi morir; algun aliuio siento en ver que tan presto seremos
juntos yo e aquel mi querido e amado Calisto. Quiero cerrar la puerta,
porque ninguno suba a me estoruar mi muerte; no me impidan la partida;
no me atajen el camino, por el qual en breue tiempo podré visitar en
este dia al que me visitó la passada noche. Todo se ha hecho a mi
voluntad; buen tiempo terné para contar a Pleberio, mi señor, la causa
de mi ya acordado fin. Gran sinrazon hago a sus canas, gran offensa a
su vejez; gran fatiga le acarreo con mi falta; en gran soledad le dexo,
pero no es más en mi mano.
Tú, Señor, que de mi fabla eres testigo, vees mi poco poder; vees quán
cativa tengo mi libertad; quán presos mis sentidos de tan poderoso amor
del muerto cauallero, que priua al amor con los biuos padres...» (Aucto
XX).
Melibea no intenta justificar con sofismas su pasión culpable y
desordenada; al contrario, acumula sobre su cabeza todos los males que
resultaron de la muerte de Calisto y se ofrece como víctima expiatoria
de todos ellos: «Bien vees e oyes este triste e doloroso sentimiento
que toda la ciudad haze; bien oyes este clamor de campanas, este
alarido de gentes, este aullido de canes, este strépito de armas; de
todo esto fuy yo causa. Yo cobrí de luto e xergas en este dia quasi
la mayor parte de la ciudadana caualleria; yo dexé muchos siruientes
descubiertos de señor; yo quité muchas raciones e limosnas a pobres e
enuergonçantes; yo fuy ocasion en que los muertos toviessen compañia
del más acabado hombre que en gracias nascio; yo quité a los biuos el
dechado de gentileza, de inuenciones galanas, de atauios e bordaduras,
de habla, de andar, de cortesia, de virtud; yo fuy causa que la tierra
goze sin tiempo el más noble cuerpo e más fresca juuentud que al mundo
era en nuestra edad criada».
El desenlace, pues, aunque éticamente condenable, es el único que podía
tener el drama, so pena de degenerar en una aventura ridícula. ¿Quién
concibe á Melibea sobreviviendo á Calisto? Estas grandes enamoradas
no tienen más razón de existir que el amor mismo; llevan enclavado
el dardo ponzoñoso de la venganza de Afrodita: «Su muerte conbida a
la mia; conbidame e fuerça que sea presto, sin dilacion... E assi
contentarte he en la muerte, pues no toue tiempo en la vida... ¡O padre
mio muy amado! Ruégote, si amor en esta pasada e penosa vida me has
tenido, que sean juntas nuestras sepulturas, juntas nos fagan nuestras
obsequias». (Aucto XX).
Grave reparo puso al carácter de Melibea Juan de Valdés, y por ser suyo
no debe pasarse en silencio. Dice que la persona de Melibea pudiera
estar mejor, porque «se dexa muy presto vencer, no solamente a amar
pero a gozar del deshonesto fruto del amor»[166]. Y ciertamente que es
así, pero no sin circunstancias, unas muy humanas y otras diabólicas,
que aceleren su caída y la expliquen dentro de la verisimilitud
dramática. La misma Melibea ha contestado anticipadamente á su crítico:
«Mi amor fue con justa causa: requerida e rogada, cativada de su
merescimiento, aquejada por tan astuta maestra como Celestina, seruida
de muy peligrosas visitaciones, antes que concediesse por entero en su
amor». Mucho más rápido procede el enamoramiento de Julieta, aunque no
sea deshonesto el fruto de su amor ni trabajen por él los espíritus del
Averno.
El Sr. Foulché-Delbosc, que niega la autenticidad de las adiciones
de 1502, opina que en manos del adicionador «han perdido los tipos
algo de su valor y pureza primitivos» é insiste principalmente en el
de Melibea. En la primitiva forma son recatados é irreprensibles sus
discursos á Calisto; en toda la escena del jardín (acto XIV) no se
encuentra ni una palabra equívoca. Compárese con la Melibea del acto
XIX: ¡qué metamorfosis en un mes!
Podían ser, con efecto, más honestas algunas expresiones de este
acto, y nada hubieran perdido el arte y la moral con ello; pero la
segunda Melibea, que tan desaforada parece al erudito francés, no es
una falsificación, sino un desarrollo naturalísimo de la primera. Basta
con un mes, y bastaría con menos tiempo para producir este cambio
psicológico, porque entre el acto XIV y el XIX median nada menos que la
desenvoltura de Calisto y el goce reiterado de varias noches. Melibea
no puede hablar lo mismo en la segunda escena del jardín que en la
primera. Antes era la virgen tímida y enamorada que cede á la brutal
sorpresa de los sentidos; después la mujer ebria de amor y enajenada
de su albedrío. La _madre_ Celestina, muy ducha en la materia, nos
explicará esta metamorfosis: «No te sabré dezir lo mucho que obra en
ellas aquel dulçor que les queda de los primeros besos de quien aman;
son enemigas del medio; contino están posadas en los extremos».
¿Cómo negar que en la primera Melibea está el germen de la segunda,
cuando la oímos exclamar en un monólogo del aucto X: «¡O género
femenino, encogido y frágile! ¿Por qué no fue tambien a las hembras
concedido poder descobrir su congoxoso e ardiente amor, como a los
varones?» O cuando dice tan enérgicamente á Celestina: «¡Madre mia,
que comen este coraçon serpientes dentro de mi cuerpo!... ¡O mi
madre e mi señora! haz de manera como luego le pueda ver, si mi vida
quieres». ¿Son por ventura muy ajustadas á la modestia virginal estas
palabras del aucto XII?: «Las puertas impiden nuestro gozo, las quales
yo maldigo, e sus fuertes cerrojos e mis flacas fuerças, que ni tú
estarias quexoso ni yo descontenta». ¿Y no es formal entrega de cuerpo
y alma la que termina el aucto XIV en su forma primitiva? «Señor, por
Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu dueña, pues ya no
puedes negar mi amor, no me niegues tu vista, de dia passando por mi
puerta, de noche donde tú ordenares». Pero basta ya sobre este punto,
que en realidad es secundario.
Si por la perfección de los caracteres está la _Celestina_ á la altura
de las obras más clásicas de cualquier tiempo, no puede decirse lo
mismo respecto del arte de composición, en que el poeta no pudo menos
de pagar tributo á la época primitiva en que escribía. No era posible
á fines del siglo XV construir una fábula tan ingeniosa y hábilmente
combinada como la de _Romeo y Julieta_; pero Shakespeare no era sólo
un genio dramático, sino un hombre de teatro, un _profesional_ de la
escena, y además iba siguiendo paso á paso las peripecias del cuento
italiano, que le daba la armazón de su drama[167]. En tiempo de Rojas
no había escenario ni apenas materia dramática preexistente, fuera de
la que podían suministrarle algunos libros de la antigüedad y algunas
novelas de la Edad Media.
No se crea por eso que Rojas, en medio de su inexperiencia y de la
soledad en que escribía, dejase de adivinar con pasmosa intuición las
grandes leyes de la composición dramática y se sujetara á ellas en
todo lo esencial. El plan sencillo, claro y elegante de la _Celestina_
merecería todo elogio si el autor no hubiese escrito su obra en dos
veces, lo cual le llevó á intercalar un episodio parásito. Aparte de
este lunar, la _Tragicomedia_ castellana corrobora la profunda doctrina
de Lessing en su _Dramaturgia_: «El genio gusta de la sencillez, el
ingenio gusta de las complicaciones... El genio no puede interesarse
más que por aventuras que tienen su fundamento unas en otras, que se
encadenan como causas y efectos. La obra del genio consiste en referir
los efectos á las causas, en proporcionar las causas á los efectos, en
ordenar los acontecimientos de tal manera que no puedan haber sucedido
de otra». Toda la enmarañada selva de las comedias de capa y espada de
Calderón y sus secuaces[168] no vale tanto como esta única pieza, que
es también una intriga de amor, con criados confidentes, con escenas
nocturnas y coloquios á la puerta ó á la reja, pero sin disfraces,
ni empeños del acaso, ni damas duendes, ni galanes fantasmas, ni
confusiones en la oscuridad de un jardín y hasta sin la duplicación
forzosa del galán y la dama, y el no menos indispensable arbitrio
del rival celoso y del padre ó hermano guardador de la honra de su
casa, que por diversos caminos se oponen al logro de la felicidad de
los dos amantes. Todo esto es sumamente entretenido y demuestra gran
poder de invención en los que crearon este género de fábulas y las
impusieron á Europa; pero es sin duda arte inferior al que, ahondando
en las entrañas de la vida y en la conciencia de los hombres, logra sin
ninguna complicación escénica darnos la ilusión de la existencia actual
y hacer de cada personaje un tipo imperecedero. Todas esas lindas
comedias llegan á confundirse entre sí: la _Celestina_ no se confunde
con nada de lo que se ha escrito en el mundo. «Hay en la _Celestina_
(dice D. Juan Valera) cierto misterioso encanto que se apodera del
alma de quien la lee, embelesándola y moviéndola á la admiración más
involuntaria».
El gran maestro cuyas son estas palabras suscitó una importante
cuestión que atañe al fondo de la _Celestina_, y es ética y estética á
un tiempo. Á primera vista encuentra inverisímiles, hasta rayar en lo
absurdo, algunos casos de la tragicomedia: «Melibea y Calisto son ambos
de igual condición elevada, así por el nacimiento como por los bienes
de fortuna. Entre la familia de ambos no se sabe que haya enemistad,
como la hubo, pongamos por caso, entre las familias de Julieta y de
Romeo. Ni diferencia de clase, ni de religión, ni de patria los divide.
¿Por qué, pues, no buscó Calisto á una persona honrada qué intercediese
por él y venciese el desvío de Melibea, y por qué no la pidió luego
á sus padres y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar
Calisto para tercera de sus amores á una empecatada bruja zurcidora de
voluntades y maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso,
que ni en el siglo XV ni en ningún siglo se comprende, no siendo
Calisto vicioso y perverso y sintiéndose muy tierna y poéticamente
enamorado»[169].
Admirablemente dicho está esto, y á primera vista convence. Alguien
dirá que si Calisto hubiese tomado el camino recto y seguro en casos
tales, no habría comedia ni menos tragedia, sino uno de los lances más
frecuentes de la vida cuotidiana entre personas honestas y morigeradas.
Así es la verdad; pero esta respuesta no absuelve al artista, que
pudo trazar su plan de otra manera ó escoger medios más adecuados á
sus fines. Los que crean en la sinceridad del fin moral que afecta
Rojas podrán añadir que le extravió su propósito docente, llevándole
á poner en contacto dos distintas esferas de la vida. Pero el talento
agudísimo de D. Juan busca una explicación más honda, y resuelve la
antinomia que en la _Celestina_ existe, considerándola como una obra
altamente idealista, en que «Fernando de Rojas hace abstracción de
todo menos del amor, á fin de que el amor se manifieste con toda su
fuerza y resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas,
ni tampoco el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura,
sino tan apretada é íntima combinación de ambos amores, que no hay
análisis que separe sus elementos, apareciendo tan complicado amor con
la irreductible sencillez del oro más acendrado y puro».
El espíritu helénico y serenamente optimista de mi glorioso maestro
llega á calificar de triunfante apoteosis la muerte trágica de los dos
amantes y á no ver en ella nada de tétrico y sombrío. El razonamiento
del insigne literato no me ha convencido del todo, á pesar de mi
natural tendencia á adherirme á los dictámenes de quien tanto me quiso
y tanto me enseñó. No es la _Celestina_ libro tan alegre como podría
inferirse por las palabras de D. Juan Valera. Á pesar del gracejo
crudo y vigoroso de la parte cómica, la impresión final que la obra
deja, á lo menos en mi ánimo, es más bien de tristeza y pesimismo. La
suerte de los dos amantes no puede ser más infausta, ni más espantosa
la soledad en que Pleberio y Alisa quedan: «¡O duro coraçon de padre!
¿Cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera?
¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honrras? ¿Para quién
planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡O tierra dura! ¿Cómo me
sostienes? ¿Adónde hallará abrigo mi desconsolada vejez?... ¿Qué faré
quando entre en tu cámara e retraymiento e la halle sola? ¿Qué haré de
que no me respondas si te llamo? ¿Quién me podrá cobrir la gran falta
que tú me hazes?».
Si la tragedia terminase con las últimas palabras de Melibea y con
arrojarse de la torre, podría creerse que el poeta había querido
envolver en luz de gloria á los dos infortunados amantes, haciendo
lo que hoy diríase la apoteosis del amor libre. Ni puede rechazarse
tal idea por impropia de la literatura de aquel tiempo, puesto que,
mezclada con impulsos de dudoso misticismo, late en el fondo de los
poemas del ciclo bretón cuya materia épica, transformada en prosa,
era tan familiar á Rojas como á todos sus contemporáneos. Verdadera y
triunfante apoteosis del amor adúltero son la muerte y las exequias de
Tristán é Iseo, y es imposible evitar aquí su recuerdo: «E desque vuo
dicho estas palabras (D. Tristan), luego besó a la reyna, y estando
abraçados boca con boca, le salió el ánima del cuerpo, e la reyna,
quando lo vió assí muerto en sus braços, de gran dolor que vuo le
rebentó el coraçon en el cuerpo, y murió alli en los braços de Don
Tristan; y assi murieron los dos amados, e aquellos que los veyan assi
estar, creyan que estauan amortescidos, y como los cataron, fallaronlos
muertos ambos a dos.
«E quando el rey Mares[170] vio muertos a Don Tristan y a la reyna,
en poco estuuo que no murio por el gran dolor que ouo de su muerte, y
començo a dezir: «¡Ay mezquino, y qué gran pérdida he yo auido, que
he perdido aquellas cosas que más en el mundo amaua, y nunca fue rey
que tan gran pérdida oviesse en vn dia como yo he avido, e mucho más
valdria que yo fuesse muerto que no ellos!» Luego se començo a fazer
gran llanto a marauilla por todo el castillo, y tan grande fue, que
ninguno lo podria creer, y luego vinieron todos los grandes hombres
y los caualleros de Cornualla y de todo el reyno, e todos començaron
a fazer mucho duelo a marauilla, e a dezir entre sí mesmos: «¡Ay rey
Mares! fueras tú muerto antes que no Don Tristan, el mejor cauallero
del mundo...». Y quando en toda Cornualla se supo que Don Tristan y la
reyna Yseo eran muertos, fueron muy tristes, e marauillauanse mucho
y dezian: «Todo el mundo fablará de su amor tan sublimado». Y quando
todos los caualleros fueron allegados, e muchos perlados e clerigos,
e frayles, alli donde estaua Don Tristan e la reyna muertos, el rey
fizo poner sus cuerpos, que estauan abraçados, ambos en unas andas
muy ricamente, con paños de oro, e fizolos lleuar muy honrradamente,
rezando toda la clerezia con muchas cruces y hachas encendidas, a
Tintoyl. E quando entraron por la ciudad, los llantos fueron muy
grandes a marauilla de grandes e de pequeños, e pusieronlos en vna cama
que las dueñas auian hecho, y fueron sepultados en vna rica sepultura,
en la qual escriuieron letras que dezian: «Este el premio que el amor
da a sus seruidores»[171].
Así acaba el libro de _Tristán de Leonis_, y es muy poético y gentil
acabamiento, salvo la triste figura que hace el pobre rey Mares de
Cornualla á los ojos de todo el mundo y á los suyos propios, que es lo
más lamentable. Pero no acaba así la _Celestina_, porque el concepto
del amor es radicalmente diverso en ambos libros, sin que por eso sea
más ortodoxo en uno que en otro. Para Rojas el amor es una deidad
misteriosa y terrible, cuyo maléfico influjo emponzoña y corrompe
la vida humana y venga en los hijos los pecados de los padres. Se
alimenta del llanto y de la sangre de cien generaciones, trituradas
entre las ruedas de su carro. No es sólo el exceso de la desesperación
ni el flujo retórico, sino una convicción arraigada la que dicta las
últimas palabras del venerable Pleberio, que contienen, á mi juicio, la
filosofia del drama: «¡O amor, amor! ¡Que no pensé que tenias fuerça
ni poder de matar á tus subjectos! Herida fue de ti mi juuentud; por
medio de tus brasas pasé: ¿cómo me soltaste, para me dar la paga de
la huyda en mi vejez? Bien pensé que de tus laços me avia librado,
quando los quarenta años toqué; quando fuy contento con mi conyugal
compañera; quando me vi con el fruto que me cortaste el dia de hoy.
No pensé que tomauas en los hijos la venganza de los padres... ¿Quién
te dió tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conuiene? Si amor
fuesses, amarias a tus siruientes; si los amasses, no les darias pena;
si alegres biuiessen, no se matarian, como agora mi amada hija. ¿En qué
pararon tus siruientes e tus ministros? La falsa alcahueta Celestina
murió a manos de los más fieles compañeros que ella para su seruicio
emponçoñado jamás halló. Ellos murieron degollados; Calisto despeñado;
mi triste hija quiso matar la misma muerte por seguirle; esto todo
causas; dulce nombre te dieron; amargos hechos hazes. No das yguales
galardones; iniqua es la ley que a todos ygual no es. Alegra tu sonido,
entristece tu trato. Bienauenturados los que no conociste, o de los
que no te curaste. Dios te llamaron otros, no sé con que error de su
sentido traydos. Cata que Dios mata los que crió: tú matas los que te
siguen. Enemigo de toda razon, a los que menos te siruen das mayores
dones, hasta tenerlos metidos en tu congoxosa dança. Enemigo de amigos,
amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego
te pintan, pobre e moço; pónente un arco en la mano, con que tires a
tiento; más ciegos son tus ministros, que jamás sienten ni veen el
desabrido galardon que se saca de tu seruicio. Tu fuego es de ardiente
rayo, que jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son
almas e vidas de humanas criaturas» (Aucto XXI).
Y no es sólo el anciano Pleberio quien prorrumpe en tan doloridos
acentos. Es el mismo Calisto, en quien las primeras caricias de Melibea
no llegan á borrar el sentimiento de la muerte afrentosa de sus criados
y de su propia deshonra y vilipendio. ¡Qué triste lenguaje en quien
acaba de salir de los brazos de su amada!: «¡O mezquino yo! quánto me
es agradable de mi natural la solitud e silencio e escuridad. No sé si
lo causa que me vino a la memoria la traycion que fize en me despartir
de aquella señora que tanto amo, hasta que más fuera de dia, o el
dolor de mi deshonrra. ¡Ay, ay! que esto es; esta herida es la que
siento agora que se ha resfriado; agora que está elada la sangre que
ayer heruia, agora que _veo la mengua de mi casa, la perdicion de mi
patrimonio, la infamia que a mi persona de la muerte de mis criados se
ha seguido_... ¡o mísera suauidad desta breuissima vida! ¿quién es de
ti tan cobdicioso, que no quiera más morir luego que gozar un año de
vida denostado e prorrogarle con deshonrra corrompiendo la buena fama
de los passados? mayormente que no ay hora cierta ni limitada, ni avn
un solo momento. Deudores somos sin tiempo, contino estamos obligados a
pagar luego» (Aucto XIV).
El sentido de las últimas frases no puede ser más cristiano; pero en
las primeras, ¿cómo no ver un reflejo de la amarga y terrible doctrina
del libro IV de Lucrecio? (v. 1113 y ss.):
Adde quod absumunt vires pereuntque labore;
Adde quod alterius sub nutu degitur aetas,
_Labitur interea res_, et vadimonia fiunt;
_Languent officia, atque aegrotat fama vacillans_.
..........................................................
Nequidquam; quoniam medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus angat;
_Aut cum conscius ipse animus se forte remordet,
Desidiose agere aetatem, lustrisque perire_.
..........................................................
No sólo en el concepto general sino en las palabras encuentro analogía.
Y que Rojas conociese el poema de Lucrecio parece seguro, puesto que en
los versos acrósticos imita aquella famosa comparación del principio
del libro IV (v. 11 y ss.):
Nam veluti pueris absinthia tetra medentes
Cum dare conantur, prius oras, pocula circum,
Contingunt mellis dulci flavoque liquore.
..........................................................
Como el doliente que píldora amarga
O la recela, ó no puede tragar
Métela dentro de dulce manjar:
Engáñase el gusto, la salud se alarga...
Claro es que en la juvenil inexperiencia de Calisto y en la pasión
que absorbe todo su sér no pueden ser muy continuas las reflexiones
melancólicas á que se entrega el gran poeta epicúreo. Acaso sin
la catástrofe de sus criados no se le hubiera ocurrido exclamar:
«¡Oh, mi gozo, cómo te vas disminuyendo!» (Aucto XIII). Pero este
desfallecimiento es pasajero, y acaso de los sentidos más que de la
voluntad. El grito de la pasión vuelve á levantarse cada vez más
impetuoso y enérgico: «No quiero otra honrra ni otra gloria; no otras
riquezas, no otro padre ni madre, no otros deudos ni parientes; de dia
estaré en mi cámara, de noche en aquel parayso dulce, en aquel alegre
vergel, entre aquellas suaues plantas e fresca verdura». (Aucto XIV).
Pero basta que tales ráfagas pasen por su cabeza, para convencernos de
que la _Celestina_ no es libro de alegre frivolidad, sino de profunda
y triste filosofía, y que su autor tuvo ciertamente un propósito
moral al escribirle. Singular parecerá esto á quien sólo de oídas ó
por algún fragmento conozca la renombrada _tragicomedia_, pero no lo
parecerá tanto á quien la haya estudiado con sosiego crítico. No han
sido hombres de laxa moral sus más fervientes panegiristas, aun sin
acudir al místico Clarus (Guillermo Volk), amigo y prosélito del gran
José de Görres[172]. Fernando Wolf, que no era sólo eminente erudito,
sino varón muy respetable y de severas costumbres, se indignaba contra
los que achacan á la _Celestina_ tendencias inmorales y sentido vulgar.
Aun las escenas que hoy nos parecen libres y desenvueltas tenían á
su juicio menos peligro que la ambigüedad y la velada concupiscencia
de los modernos. No dejaba por eso de convenir en que no es obra muy
adecuada para los colegios de señoritas[173].
Puede haber algo de candor germánico en esto, y las consecuencias
nos llevarían demasiado lejos. Pero en el fondo tiene razón Wolf.
Dada la libertad (él la llama _ingenuidad_) con que la literatura de
la Edad Media representaba las relaciones sexuales, la _Celestina_
parece menos escandalosa que otras muchas obras. No llega á los torpes
lenocinios y á la impura sugestión de los cuentos de Boccaccio. Las
escenas libidinosas no son el objeto principal ni están detalladas con
morosa delectación, sino que nacen del argumento y eran inevitables
dentro de él. Las conveniencias sociales y el decoro de las palabras
cambian según los tiempos, y no hay que hacer un capítulo de culpas al
bachiller Rojas por haber estampado en su libro frases y conceptos que
hoy nos parecen indecorosos ó de baja ralea, pero que entonces usaba
sin escrúpulo todo el mundo. Á un hombre tan severo como Zurita le
parecía la _Celestina_ libro escrito con honestidad.
Pero, aun concedido todo esto, la _Celestina_ puede tener sus peligros
para quien no esté muy seguro de contemplar las obras de arte con amor
desinteresado. Cuanto más vigorosa y animada sea la representación de
la vida, más participará de los peligros inherentes á la vida misma.
Rojas, observador vigoroso, grave y lúcido[174], no pensó ni podía
pensar en la emoción personal de cada lector; pero esta emoción no
en todos puede ser sana, por razones de edad, sexo y temperamento.
Es claro que los tales no deben abrir la _Celestina_, y tengo por un
grave error hacer ediciones populares de ella. La _Celestina_ no puede
ser nunca un libro popular, porque la misma perfección y hermosura de
su forma, los largos discursos y la sintaxis arcaica ahuyentan á los
lectores vulgares y á los mozalbetes distraídos. Por otra parte, á tal
grado de desenfreno ha llegado la novela moderna, y de tal modo han
viciado el gusto y el corazón sus abominables producciones, que obras
como la _Celestina_ parecen ya sosas, cándidas y primitivas á los que
se regodean con la pintura de las más innobles aberraciones de la carne.
Pero, en suma, la _Celestina_ no es irreprensible ni mucho menos
en sus detalles. No lo es siquiera en su concepto general, por lo
mismo que se presta á varias interpretaciones. Aun admitida la que
yo propongo, es cierto que se cumple, exteriormente al menos, la
ley de expiación; pero lo que se halla en el fondo es un pesimismo
epicúreo[175] poco velado, una ironía transcendental y amarga. La
inconsciencia moral de los protagonistas es sorprendente. Viven dentro
de una sociedad cristiana, practican la devoción exterior, pero hablan
y proceden como gentiles, sin noción del pecado ni del remordimiento.
Calisto y Melibea van atraídos el uno al otro por irresistible impulso.
Ni una sola vez hablan del matrimonio en sus coloquios. Para ellos
no existe, ó le consideran, según la errada casuística provenzal y
bretona, como una institución por todo extremo inferior á la libre y
delirante unión de sus almas y de sus cuerpos. Pero al mismo tiempo
hacen una monstruosa confusión de lo humano y lo divino. Véase, por
ejemplo, lo que dice Calisto en el aucto XII: «¡O mi señora e mi bien
todo! ¿Por qué llamas yerro a aquello que por los santos de Dios me
fue concedido? Rezando oy ante el altar de la Magdalena me vino con
tu mensaje alegre aquella solícita muger». No son menos sorprendentes
estas palabras del mismo Calisto cuando Sempronio va á llamar por
primera vez á Celestina: «¡O todo poderoso, perdurable Dios! tú que
guias los perdidos e los reyes orientales por el estrella precedente
a Belén truxiste y en su patria los reduxiste, humildemente te ruego
que guies a mi Sempronio en manera que convierta mi pena e tristeza en
gozo, e yo indigno merezca venir en el desseado fin» (Aucto I).
No sabemos si este trastorno de ideas puede atribuirse al escepticismo
religioso y moral en que solían parar las conversiones forzadas ó
interesadas de los judíos; pero tales profanaciones y blasfemias se
explican, aun sin eso, por la espantosa anarquía de ideas y costumbres
en que vivió Castilla durante el reinado de Enrique IV, que el
bachiller Rojas refleja fielmente en su obra.
Su condición de converso debía hacerle más cauto que á otros en la
pintura de tal libertinaje cuando recaía en gentes de iglesia, y, sin
embargo, la sátira anticlerical es frecuente y muy cáustica en la
_Celestina_. Sólo Gil Vicente y Torres Naharro, cristianos viejos los
dos, dicho sea de pasada, le superan en esto. No quiero insistir en
citas poco edificantes, aunque necesarias para mostrar este aspecto
importante de la tragicomedia, y me limito á poner en nota un pasaje,
que es por cierto de los mejor escritos que salieron de la pluma de
Rojas[176]. El que haya leído los cánones del Concilio de Aranda
(para citar un documento solo) no se escandalizará de la libertad
de la pintura, ni la tendrá por calumniosa, dentro de los ensanches
hiperbólicos de la poesía satírica.
Téngase en cuenta, además, que es una corrompida y abominable mujer
la que habla, y que se refiere á sus años juveniles, cuando el Santo
Oficio no había comenzado todavía su obra de depuración por el hierro y
el fuego, ni Cisneros había acometido la reforma de los claustrales, ni
el espíritu profundamente religioso de la Reina Católica había impuesto
su sello al gran siglo que alboreaba.
Éticamente considerada la _Celestina_, se comprende muy bien que
fuese mirada como libro de mal ejemplo por los graves moralistas
de aquella centuria, que no eran por cierto frailes oscuros muchos
de ellos. Sabido es el anatema de nuestro gran pensador Luis Vives
en el cap. V, lib. I, de su tratado _De institutione christianae
feminae_, que contiene una especie de catálogo de las novelas más
leídas en su tiempo (1520). Allí juntamente con el _Amadís_, el
_Esplandián_, el _Don Florisando_, el _Tirante_, el _Tristán_, el
_Lanzarote_, _Páris y Viana_, _Pierres y Maguelona_, _Melusina_,
_Flores y Blanca Flor_, _Curial y Floreta_, _Leonela y Canamor_, y
en general toda la literatura caballeresca, figuran como en tabla
censoria las _Cien novelas_ de Boccaccio, el _Eurialo y Lucrecia_, las
_Facecias_, realmente indecentísimas, de Poggio, la _Cárcel de Amor_
y la _Celestina_, «_Celestina lena, nequitiarum parens_». Todos estos
libros quiere que sean cuidadosamente apartados de manos de la mujer
cristiana, y á nadie parecerá excesivo rigor respecto de algunos,
aunque otros hay bien inocentes. Lo que resulta injusto y durísimo es
calificar, en montón, de hombres ociosos, mal ocupados, ignorantes
y encenagados en los vicios (_homines otiosi_, _male feriati_,
_imperiti_, _vitiis ac spurciciae dediti_) á los que tales libros
compusieron, como si no figurasen entre ellos los insignes humanistas
Boccaccio y Eneas Silvio[177].
Pero ¡cosa singular y poco advertida! El filósofo valenciano, que
en 1529 incluía la _Celestina_ en su edicto de proscripción, la
celebraba en 1531 como obra más sabiamente compuesta que las fábulas
de los poetas cómicos de la antigüedad, sobre todo por lo ejemplar
del desenlace que pone al goce de los amantes acerbo y trágico fin,
y no festivo y alegre como en el teatro greco-latino[178]. En esta
observación, que no es sólo de literato, sino de moralista, ¿hemos de
ver una retractación del juicio anterior? De ninguna manera. Luis Vives
pudo seguir creyendo, como toda persona sensata, que la _Celestina_,
con su fin moral y todo, no es libro para andar en manos de doncellas.
En el _De institutione feminae_ consignó su criterio pedagógico. En el
_De causis corruptarum artium_ habló como crítico, puesta la atención
en la _Tragicomedia_ y no en la clase de lectores que podía tener. No
veo incompatibilidad alguna entre ambos textos.
Inútil es citar otros de autores menos famosos que reprueban las
livianas escenas de la _Celestina_ ó _Scelestina_, como la llamaba
el maestro Alejo de Venegas, para dar á entender que todo género de
perversidad se encerraba en ella[179]. Pero el gusto nacional triunfó
de todo, y la _Celestina_, considerada desde su aparición como una obra
clásica, disfrutó de aquella especie de franquicia que á los clásicos
de Grecia y Roma otorgan los más severos censores _propter elegantiam
sermonis_. En el notabilísimo dictamen sobre prohibición de libros que
redactó como consultor del Santo Oficio el sabio y austero historiador
Jerónimo Zurita, después de dejar á salvo toda la literatura antigua
y las mismas novelas de Boccaccio en su original italiano, aplica la
misma indulgencia á la _Celestina_, distinguiéndola cuidadosamente de
sus imitaciones: «Ay tambien algunos tratados que, aunque _escritos con
honestidad_, el subjecto son cosas de amores, como _Celestina_, _Carcel
de Amor_, _Question de Amor_ y algunos desta forma, _hechos por hombres
sabios_; algunos, quiriendo imitar éstos, han escrito semejantes
obras con menos recato y honestidad, como la _Comedia Florinea_, _La
Thebayda_, _La Resurrection de Celestina_ y _Tercera y Quarta_, que
la continuaron; estos segundos todos se deben vedar, porque dizen las
cosas sin arte y con tantos gazafatones, que ningunas orejas honestas
los deben sufrir. _De los primeros destos digo lo mismo que de los de
latin_». Y lo que había dicho de los latinos pocos renglones antes era
lo siguiente: «Paréceles a algunos hombres pios que estos autores se
veden, lo qual hasta aora ningun hombre docto ha dicho, a lo menos para
quitarlos de las manos de todos, pues _aun a los niños se puede hoy muy
bien leer Plauto y las más comedias de Terencio; para los prouectos no
puede aver cosa más consideradamente escrita_... Y pues estas materias
no las han de dexar los moços, mejor es que tengan estos buenos
auctores, donde ceuandose en la elegancia y virtudes de la poesia
dellos se resfrien para otras... _Resoluiendome, digo, que ninguno de
los sobredichos autores latinos se debe vedar_»[180].
Antes y después de este prudente consejo del príncipe de nuestros
analistas, la Inquisición dejó correr libremente la _Tragicomedia_,
que se imprimió en España treinta y cuatro veces por lo menos en todo
el curso del siglo XVI y primer tercio del siguiente, sin contar
con las numerosas ediciones hechas fuera[181]. Sólo en la centuria
siguiente se decidió á expurgarla, castigando con cierto rigor las
alusiones satíricas á las costumbres de los eclesiásticos y las
hipérboles amorosas que frisaban con la blasfemia. Todo lo demás quedó
intacto. La _Celestina_ fué respetada como texto de lengua, y nuestra
censura se hubo mucho más benignamente con ella que la italiana con
el _Decamerón_. En realidad, no hay más edición expurgada que la de
Madrid de 1632. Sus variantes son de poquísimo momento, y no afectan
á nada sustancial; después se hicieron algunas más, especialmente en
el Expurgatorio de 1747. Sólo á fines del siglo XVIII y á principios
del XIX, cuando se iban perdiendo todas las tradiciones castizas,
los jansenistas hazañeros y mojigatos, que eran entonces dueños
del moribundo _Santo Oficio_, prohibieron totalmente el libro, por
edicto de 1.º de febrero de 1793, reproducido en el último índice de
1805[182]. Por lo visto, los Arces, Llorentes y Villanuevas eran más
fáciles de escandalizar y tenían los oídos más pudibundos que los
Valdeses, los Quirogas, los Sandovales, los Pachecos y demás famosos
inquisidores de la época clásica.
De la excelencia de la _Celestina_ como obra de arte y tipo y modelo
de prosa castellana, toda alabanza parece pequeña[183]. El moralista
no puede menos de hacer muchas salvedades; el crítico apenas tiene que
hacer ninguna:
Libro en mi entender divi-
Si encubriera más lo huma-
dijo Cervantes por boca del _donoso poeta entreverado_[184]. Y el
mismo severísimo Moratín, á pesar de su criterio rígido y estrictamente
clásico, ó quizá por la fuerza de este criterio mismo, habló de la
famosa _Tragicomedia_ en términos de entusiasmo que muy rara vez
se escapan de su pluma: «Como la tragicomedia griega se compuso de
los relieves de la mesa de Homero, la comedia española debió sus
primeras formas á la _Celestina_. Esta novela dramática, escrita en
excelente prosa castellana, con una fábula regular, variada por medio
de situaciones verosímiles é interesantes, animada con la expresión
de caracteres y afectos, la fiel pintura de costumbres nacionales y
un diálogo abundante en donaires cómicos, fué objeto del estudio de
cuantos en el siglo XVI compusieron para el teatro. Tiene defectos que
un hombre inteligente haría desaparecer, sin añadir por su parte una
sílaba al texto, y entonces, conservando todas sus bellezas, pudiéramos
considerarla como una de las obras más clásicas de la literatura
española»[185].
Y aun sin eso ¿quién ha de negarle semejante título? ¿Ni qué obra de la
literatura española habrá que le merezca, si de buen grado no se otorga
á la _Tragicomedia_ del bachiller Fernando de Rojas? La meticulosidad
académica del gusto de Moratín le hizo dar excesiva importancia á esos
defectos de la _Celestina_, que, por lo mismo que son tan obvios y
pueden borrarse de una plumada, poco significan para la apreciación del
libro. Aun las pedanterías y citas absurdas sembradas en el diálogo,
lejos de desagradarnos hoy, contribuyen al efecto cómico de ciertas
escenas y al delicioso carácter de época que tiene todo el cuadro,
mostrándonos cuáles podían ser los estudios y preocupaciones habituales
de un bachiller aventajadísimo de las aulas salmantinas á fines del
siglo XV, y cómo se fundían armoniosamente en su ingenio la observación
directa de la vida contemporánea y el prestigio de la antigüedad
clásica, que entonces parecía resurgir con segunda vida. Tales defectos
son de los que, andando el tiempo, llegan á convertirse en excelencias,
á lo menos para el curioso historiador de las vicisitudes de la cultura.
Si Cervantes no hubiera existido, la _Celestina_ ocuparía el primer
lugar entre las obras de imaginación compuestas en España. El juez más
abonado del siglo XVI, el primer maestro de la prosa castellana en
tiempo de Carlos V, declaró con fallo inapelable que «ningún libro hay
escrito en castellano adonde la lengua esté más natural, más propia ni
más elegante»[186].
El estilo y la lengua de la _Celestina_ no son para tratados
incidentalmente. Hoy la Estilística no es una dependencia de la
Retórica, sino parte integrante y la más ardua y superior de la
Filología. Para estudiar formalmente el estilo de un autor es preciso
conocer á fondo el material lingüístico que emplea y haber agotado
previamente todas las cuestiones de fonética, morfología y sintaxis que
su obra sugiere. Nada de esto ó casi nada se ha intentado respecto de
la _Celestina_, cuya gramática y vocabulario exigen un libro especial.
Sólo cuando la historia de nuestra lengua esté hecha por el único que
puede y debe hacerla, por el que nos ha dado, con aplauso de propios y
extraños, el primer manual de Gramática histórica, tendremos base firme
para un estudio de tal naturaleza. Ni mi vocación ni mis particulares
circunstancias me permiten emprenderlo, y así tendrá que ser vago y
sucinto lo que en esta parte diga.
La prosa no tiene orígenes populares como la poesía, á lo menos en
las literaturas derivadas. Nace á veces de la poesía épica, y es su
transcripción degenerada (nuestros _cantares de gesta_ convertidos en
fragmentos de crónicas). Pero con más frecuencia se amolda á un tipo
literario preexistente en la lengua madre ó en alguna otra que sostenga
sus primeros y vacilantes pasos. Así nació la prosa castellana, con
un visible dualismo entre el elemento oriental, muy influyente al
principio, casi nulo después, y el elemento latino-eclesiástico,
educador común de todos los pueblos de Occidente. En la gran labor de
traducciones y compilaciones que nos legó la corte literaria de Alfonso
el Sabio, no importan menos los libros del _saber de Astronomía_, el
_Calila y Dina_ y los _Engannos de mugeres_, los libros de proverbios
y consejos, traducidos del árabe, que las _Partidas_ y las dos
_Estorias_, cuyas principales fuentes son latinas, sin duda alguna.
Y como las versiones solían hacerse muy literales, y el organismo
gramatical del árabe y del latín difieren tanto, no es maravilla que
el tránsito del uno al otro, que á veces puede estudiarse en una
obra misma, resulte violento y desmañado. Con todo eso se percibe ya
en esta variadísima literatura _alfonsina_ cierto conato de unidad,
la aspiración á un tipo de lengua culta y cortesana. No en vano se
preciaba el mismo rey de «endereszar él por sí» el estilo de sus
colaboradores.