¡O sabrosa traycion! ¡O dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es
él? No lo puedo creer. ¿Dónde estavas, luziente sol? ¿Dónde me tenias
tu claridad escondida? ¿Avia rato que escuchavas? ¿Por qué me dexavas
echar palabras sin seso al ayre, con mi ronca voz de cisne? Todo se
goza este huerto con tu venida. Mira la luna quán clara se nos muestra;
mira las nuves cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica,
¡quanto más suave murmurio e ruido lleva por entre las frescas yervas!
Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos ramos con otros por
intercession de un templadico viento que los menea! Mira sus quietas
sombras, ¡quán escuras están e aparejadas para encobrir nuestro
deleyte!...
En resumen, la _Celestina_ de diez y seis actos y la _Celestina_ de
veintiuno pertenecen á un mismo autor, que por todas las razones
expuestas no creemos que pueda ser otro que el bachiller Fernando de
Rojas, el cual unas veces refundió con acierto y otras con desgracia lo
que de primera intención había escrito: percance en que suelen tropezar
los más discretos. Por lo demás, es imposible desconocer su mano, tanto
en la creación de las nuevas figuras como en la manera de sostener
las antiguas. De los reparos que se han hecho á esto hablaremos
más de propósito al tratar de los personajes que intervienen en la
_Tragicomedia_. La identidad del estilo no ha sido negada por nadie y
viene á reforzar todas las pruebas alegadas. Felicitémonos, pues, de
poseer dos versiones de una obra maestra, que tanta luz dan, cotejadas
entre sí, sobre los procedimientos del autor, pero no sacrifiquemos
la una á la otra y reimprimámoslas siempre juntas. No amengüemos por
mera cavilosidad nuestros goces estéticos: también la hipercrítica
tiene sus peligros; acordémonos, no ya del P. Harduino, sino de lo que
modernamente hizo el holandés Hofman Peerlkamp con el texto de las
obras de Horacio[60].
Aún no hemos agotado las cuestiones previas al estudio de la
_Celestina_. ¿Cuándo fué escrita aproximadamente? ¿En qué lugar de
España quiso poner el autor la acción del drama?
La primera cuestión es insoluble hasta ahora. El único pasaje que
puede dar alguna luz sobre ella se encuentra en el _auto_ tercero, y
ha sido interpretado de tan varios modos, que unos infieren de él que
la _comedia de Calisto_ es posterior al año 1492, otros que debió de
ser escrita en 1483 y otros que no puede fijarse con precisión fecha
alguna. Veamos de qué se trata: «El mal y el bien, la prosperidad y
adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de
su acelerado principio. Pues los casos de admiración venidos con gran
desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada dia vemos novedades,
y las oymos, y las passamos y dexamos atrás: disminuyelas el tiempo,
fazelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarias, si dixesen: la
tierra tembló, o otra semejante cosa, que no olvidasses luego? Assi
como: elado está el rio, el ciego vee ya, muerto es tu padre, un rayo
cayó, _ganada es Granada_, el rey entra oy, el turco es vencido,
eclipse hay mañana, la puente es llevada, aquel es ya obispo, a Pedro
robaron, Ines se ahorcó. ¿Qué me dirás sino que a tres dias passados o
a la segunda vista, no hay quien dello se maraville? Todo es assi, todo
passa desta manera, todo se olvida, todo queda atrás».
El sentido general de estas palabras de Sempronio no puede ser más
claro. Todas las cosas, por admirables que parezcan al principio,
dejan de causar maravilla con el tiempo y con el hábito. Pero los
ejemplos que se traen para probarlo ¿son de cosas pasadas ó futuras?
Evidentemente lo segundo, cuando se trata de hechos concretos como la
conquista de Granada, el vencimiento del turco, la entrada del rey; no
de cosas genéricas y que en todo tiempo acontecen, como «muerto es tu
padre[61], un rayo cayó, aquél es ya obispo, á Pedro robaron, Ines se
ahorcó». No creo que _ganada es Granada_ sea una frase proverbial, que
lo mismo pudo emplearse antes que después de la conquista, y que sólo
alude á la dificultad de la empresa. No es regla segura tampoco el que
la acción de una obra ficticia haya de coincidir con los datos de la
cronología histórica, pero el señor Foulché nota con razón que esta
coincidencia es general en las obras antiguas.
Entendido el pasaje de esta manera, sólo nos autoriza para decir que la
_Celestina_ fué escrita antes de la rendición de Granada (2 de enero
de 1492) y cuando todavía se consideraba ésta como un acontecimiento
remoto. La guerra había comenzado en 1482. Su término venturoso no pudo
presagiarse con claridad antes de la toma de Málaga en 1487, Ó más bien
hasta la rendición del rey Zagal en Baza (1489). La resistencia de la
capital se prolongó todavía dos años.
El Sr. Foulché-Delbosc, que por su tesis contra Rojas propende á
exagerar la antigüedad de la _Celestina_, la hace remontar hasta
1483, conjeturando que la alusión al vencimiento del turco es una
reminiscencia del sitio de Rodas en 1480; que «la puente es llevada»
debe de referirse al hundimiento de uno de los arcos del puente de
Alcántara en Toledo, que fué reparado en 1484; que el eclipse de
sol puede ser el de 17 de mayo de 1482, y finalmente, que la frase
«aquél ya es obispo» hace pensar en don Pedro González de Mendoza,
que comenzó á ser arzobispo de Toledo en 1482. La tal frase es de lo
más vago y genérico que puede darse, y á nadie cuadra menos que al
gran Cardenal de España, que ya en 1452 era obispo de Calahorra y la
Calzada, que en 1468 lo fué de Sigüenza y en 1473 arzobispo de Sevilla.
¿Qué podía tener de insólito, ni qué estupor había de causar á nadie
el que llegase á ocupar la silla primada un varón de extraordinarios
merecimientos, tan poderoso además por su linaje, riqueza y sabiduría
política, que llegó á ser llamado en su tiempo el tercer Rey de España?
Además estos argumentos son contraproducentes ó se quiebran de sutiles.
Si alude Sempronio á hechos pasados, hay que contar entre ellos la
toma de Granada, es decir, todo lo contrario de lo que se pretende
demostrar. Por consiguiente, no hay prueba alguna, ni indicio siquiera,
de que la _Celestina_ fuese compuesta entre los años 1482 y 1484. Más
natural es creerla del último decenio del siglo, y este parecer es
conciliable con cualquier interpretación que se dé á las palabras de
Sempronio, y con lo que podemos conjeturar acerca de la edad de Rojas.
Es tal la ilusión de realidad que la _Tragicomedia_ produce, que ha
hecho pensar á algunos que puede estar fundada en un suceso verdadero,
y ser históricas las principales figuras. Sin llegar á tanto,
sospechamos que hay algunas alusiones incidentales á cosas que el
tiempo ha borrado. Aquellas horribles palabras de Sempronio á Calisto
en el aucto I: «Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fué? testigo
es el cuchillo de tu abuelo», ocultan probablemente alguna monstruosa
y nefanda historia en que no conviene insistir más. Acaso la venganza
del judío converso se cebó en la difamación de la _limpia sangre_ de
algún mancebo de claro linaje, parecido á Calisto. También tiene visos
de cosa no inventada (y sobre este pasaje me llamó la atención el Sr.
Foulché-Delbosc) aquella _venida del embaxador francés_, á quien engañó
dándole gato por liebre la pícara Celestina del modo que Pármeno lo
cuenta en su famosa descripción de la vida y hazañas de su madrina
(acto I).
Desde antiguo se supuso personaje real á la famosa hechicera y se
enlazó su recuerdo con tradiciones locales de Salamanca, donde suponían
muchos que pasaba la acción del drama. Ya se consigna esta especie en
uno de los escritos médicos del famoso _Amato Lusitano_ (Juan Rodríguez
de Castelo Branco), que terminó sus estudios en aquella Universidad el
año 1529. Habla en su comentario á Dioscórides de una fábrica de cola
animal que había en Salamanca, junto al puente del Tormes y no lejos
de la casa de Celestina, mujer famosa de quien se hace mención en la
comedia de Calisto y Melibea: «_non procul a domo Celestinae mulieris
famosissimae et de quale agitur in comoedia Calisti et Melibeae_»[62].
Sancho de Muñón, que era natural de Salamanca y puso en la Atenas
castellana el teatro de su _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_
(1542), da á entender que Celestina la barbuda vivió allí y también
su discípula y heredera Elicia[63]. El doncel de Xérica, Bartolomé
de Villalba y Estaña, en _El Peregrino Curioso_, obra terminada en
1577, cuenta que unos estudiantes le mostraron la casa de Celestina.
«Y ansi baxaron por la puente que es larguísima, y de ahí dieron en
las _Tenerías_, donde con gran chacota dixo uno de ellos al Pelegrino:
«veis aquí la segunda estacion; esta dicen ser _la casa de nuestra
madre Celestina_, tan escuchada de los doctos y tan acepta, de los
mozos tan loada». A lo cual riendo respondió nuestro Pelegrino:
«Reverenciar se debe la morada
De quien el mundo tiene tal noticia,
Mujer que es tan heroyca y encumbrada
¿Qué discreto no quiere su amicicia?
De todos los estados es loada,
Y más de los cursados en milicia:
Filosofo dichoso y bien andante
Quien retrató una madre ansí elegante[64]».
Nueve años después, la casa estaba arruinada, al decir de Bernardo
González de Bovadilla, estudiante de aquella insigne Universidad, en su
libro _Ninfas y Pastores de Henares_[65], pero en cambio se enseñaba
la torre de Melibea. «Se fueron (los pastores) a pasear y a mostrar a
Florino las cosas memorables que hay en la famosa Salamanca; conviene
á saber: los insignes teatros de donde salen los eminentes varones
para gobernar el mundo y tener a la republica en pacífico estado, los
reales y innumerables colegios de doctos y letrados hombres, la cueva
cegada donde dicen haberse leido la nigromancia, _la nombrada y poco
vistosa torre de Melibea y la derribada casa de la vieja Celestina_,
los pasatiempos y recreaciones del humilde Tejares, etc.»[66].
Una tradición tan vieja y constante algún respeto merece; pero
examinada atentamente la _Celestina_, nada se ve en ella que convenga á
Salamanca más que este pasaje, que puede haber sido el único fundamento
de una localización caprichosa: «Tiene esta buena dueña al cabo de la
ciudad, _allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río_, una casa
apartada, medio cayda, poco compuesta e menos abastada». Tenerías
cerca del río había en otras partes, y lo que nunca ha podido verse
en el Tormes son los _navíos_ de que habla Melibea: «Subamos, señor,
al açotea alta, porque desde allí goze de la deleytosa vista de los
navios» (Aucto XX). Si de lo material se pasa á lo moral, parece muy
raro que en una comedia salmantina no se hable ni una sola vez de la
Universidad y que ninguno de los personajes sea estudiante. Véase,
por el contrario, cuánto los hace intervenir en la suya Sancho de
Muñón. No me contradigo al decir esto, y afirmar en otra parte que la
_Celestina_ es una obra _humanística_ y de ambiente universitario,
porque esto recae sobre los procedimientos literarios y sobre el fondo
de la comedia, no sobre la circunstancia material del lugar de la
escena. Calisto, Pármeno y Sempronio no son estudiantes, pero hablan y
piensan como tales: la indigesta pedantería de Melibea y la extraña y
abigarrada ciencia de que hace alarde Celestina son más verisímiles en
una ciudad literaria que en otra parte. Creo que en Salamanca recogió
Rojas los principales documentos humanos para su obra, pero si hubiese
querido dar á entender que la acción pasaba allí no habría dotado á la
ciudad de un río navegable, ni hubiese dejado de hacer alguna alusión á
sus escuelas.
La única ciudad de la Corona castellana desde cuyas azoteas pudiera
disfrutarse de la vista de un gran río y de embarcaciones de alto bordo
era Sevilla, y por esta sola razón sostuvo el canónigo Blanco que la
_Celestina_ pasaba en su tierra[67]. Pero bien leída la _Celestina_,
nadie encontrará en ella indicios de que su autor conociese la región
meridional de España y el habla de sus moradores, ni se hubiese fijado
en las costumbres andaluzas, todavía más pintorescas entonces que
ahora y tan distintas de las que él había visto en el reino de Toledo
y en las aulas de Salamanca. Compárese á Rojas con Cervantes en este
punto, y se palpará la diferencia. Pintores eminentemente realistas uno
y otro, no difieren mucho en la factura, y, sin embargo, los mejores
cuadros de Cervantes, hasta cuando pinta las arideces de la llanura
manchega, tienen algún reflejo de la luz de Sevilla, al paso que el
bachiller Rojas permaneció cruda y netamente castellano, con cierta
sequedad y amargura muy ajena del tono blando y misericordioso de la
sátira de Cervantes.
Queda una tercera hipótesis, la del Sr. Foulché-Delbosc, que fija
en Toledo el escenario de la _Celestina_. Pero aquí nos encontramos
también con la dificultad del río navegable. Nunca desde una azotea de
Toledo han podido verse navíos, ni esto puede pasar como una licencia
poética. La tentativa grandiosa, pero desgraciadamente efímera, de
navegación del Tajo hasta su desembocadura en Lisboa pertenece al
reinado de Felipe II. Hubo, sin duda, proyectos anteriores, alguno del
tiempo de los Reyes Católicos, pero no autorizaban á un escritor para
dar por cumplido lo que no llegó á ser ni intentado siquiera.
Si se prescinde de los _navíos_, resulta que en Toledo concurren casi
todos los pormenores topográficos citados por Rojas: las tenerías junto
al río; los nombres de las parroquias de San Miguel y la Magdalena y
de alguna calle como la del Arcediano, si es que realmente se la puede
identificar con una antigua plaza del mismo nombre. De la calle del
Vicario Gordo, mencionada también en la obra, nadie da razón hasta
ahora. Pármeno refiere haber servido nueve años en el monasterio de
Guadalupe, que pertenece á la diócesis de Toledo, aunque situado en
Extremadura.
Pero es el caso que algunas de estas cosas no son peculiares de
Toledo: tenerías junto al río había también en Salamanca (como hemos
visto), é iglesias de San Miguel y de la Magdalena allí y en Sevilla,
aunque creo, por las razones expuestas, que Rojas no pudo pensar más
que en una ciudad castellana. ¿Y por qué en una ciudad determinada?
¿No pudo crear, como suelen hacer los novelistas, una ciudad ideal,
con reminiscencias de las que tenía más presentes, es decir, Salamanca
y Toledo? El haber puesto una circunstancia que es imposible en ambas
mueve á creer que no quiso concretar demasiado el lugar de la acción,
para lo cual tendría muy buenas razones; que no es el cuento de
Calisto y Melibea de los que pueden achacarse á personas particulares,
moradoras de cierto pueblo, sin que padezca no leve mengua su buena
fama y la de su apellido.
Poco nos importa todo esto. La _Celestina_ no es obra local, sino de
interés permanente y humano. Los datos sencillísimos de su fábula: una
pasión juvenil, una tercería amorosa, una doble catástrofe trágica, han
podido reproducirse infinitas veces. En esta parte Rojas no inventó ni
quiso inventar nada, porque su arte, antítesis radical de los libros
de caballerías, no estribaba en quiméricas combinaciones de temas
incoherentes. Tomó del natural todos sus elementos y extrajo el jugo y
la quinta esencia de la vida.
Pero aunque su obra sea directamente naturalista y deba tenerse por
un original dechado de pasmosa verdad y observación encarnizada y
fría, no puede desconocerse que la armazón ó el esqueleto de la
fábula, y aun la mayor parte de los personajes, y por de contado las
sentencias y máximas que pronuncian, tienen abolengo próximo ó remoto
en la literatura clásica, y en sus imitadores de la Edad Media y del
Renacimiento, y en algunas obras también de nuestra propia literatura.
La investigación de las que en este sentido pueden llamarse fuentes
de la _Celestina_ daría materia para un libro entero, del cual ya
existe un excelente capítulo, el relativo á los «antecedentes del tipo
celestinesco en la literatura latina»[68]. Aquí nos limitaremos á lo
más esencial, insistiendo en lo menos sabido.
La influencia clásica fué reconocida, aunque en términos vagos, por
Aribau. «Sin parecerse la _Celestina_ á ninguna de las obras de la
antigüedad, en toda ella trasciende un olor suavísimo de lectura y
meditación sobre los mejores modelos»[69]. No se parece, en efecto,
á ninguna; pero tiene rasgos sueltos de muchas, y algo, capital á mi
juicio, que procede de fuente conocida.
No doy grande importancia á los nombres históricos, geográficos y
mitológicos; pedantería harto fácil y común á todos los autores de
aquel tiempo, pero merecen más atención las citas positivas de varios
clásicos que hay esparcidas por el libro y la traducción ocasional de
alguna frase ó sentencia. Desde las primeras líneas del prólogo nos
encontramos con el filósofo Heráclito y la exposición bastante clara de
un principio capital de su sistema físico: «Todas las cosas ser criadas
á manera de contienda ó batalla, dize aquel gran sabio Eráclito en este
modo: _Omnia secundum litem fiunt_».
Más adelante nos da noticias del pez _echeneis_, que parecen tomadas
de Aristóteles, Plinio y Lucano, pero que realmente lo han sido del
Comendador Hernán Núñez en su glosa á Juan de Mena: «Aristótiles y
Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis...
Especialmente tiene una, que si llega á una nao ó carraca, la detiene
que no puede menear, aunque vaya muy rezio por las aguas; de lo cual
haze Lucano mencion diciendo:
_Non puppim retinens, Euro tendente rudentes,
In mediis Echeneis aquis_...
«No falta allí el pece dicho _Echeneis_, que detiene las fustas cuando
el viento Euro estiende las cuerdas en medio de la mar»[70].
Del texto de la _Tragicomedia_ sólo recordaré unos cuantos lugares,
dejando lo demás para quien emprenda el comentario perpetuo que tal
obra merece. La madre Celestina, en el aucto IV, cita con precisión un
verso de Horacio, sin nombrarle: «¿No has leydo que dizen: _verná el
dia que en el espejo no te conozcas_». El lírico latino había escrito
(Od. IV, carm. X, v. 6.):
_Dices, heu! quoties te in speculo videris alterum_...
Sempronio nos advierte (aucto VIII) que «las yras de los amigos suelen
ser reintegracion de amor». Es sentencia muy sabida de Terencio en la
_Andria_ (v. 556): «_Amantium irae, amoris integratio est_». Pármeno,
tan leído como su compañero, traduce, embebiéndolos en el diálogo,
cuatro versos del prólogo de las sátiras de Persio (8-11):
_Quis expedivit psittaco suum Xαῗρε
Picasque docuit verba nostra conari?
Magister artis ingenîque largitor
Venter, negatas artifex sequi voces._
«La necessidad e pobreza; la hambre, que no ay mejor maestra en el
mundo, no ay mejor despertadora e abivadora de ingenios. ¿Quién mostró
á las picaças e papagayos ymiten nuestra propia habla con sus _harpadas
lenguas_[71], nuestro órgano e boz, sino esta?» (Aucto IX).
En boca de Pleberio (aucto XX) encontramos el «_degeneres animos timor
arguit_» de Virgilio (_Æn._, IV, 13): «á los flacos coraçones el dolor
los arguye». Y en su lamentación repite el «_Cantabit vacuus coram
latrone viator_» de Juvenal (Sat. X, 22): «como caminante pobre que sin
temor de los crueles salteadores va cantando en alta boz».
Éstos y otros pasajes[72], que sin esfuerzo notará cualquier
humanista, pertenecen á lo más sabido y vulgar de las letras clásicas,
y por lo mismo parecen indicar reminiscencias escolares muy frescas.
Horacio, Virgilio, Terencio, Juvenal y Persio eran de los autores que
se leían más en las aulas. Acaso las frecuentaba todavía el autor ó
había salido de ellas poco antes.
Pero entremos en otro género de imitaciones más dignas de
consideración. El primer esbozo del carácter de la tercera de ilícitos
amoríos (con puntas y collares de hechicera) puede encontrarse en la
vieja Dipsas, que figura en una de las elegías de los _Amores_ del
lascivo poeta de Sulmona (Lib. I, eleg. VIII):
_Est quaedam, quicumque volet cognoscere lenam,
Audiat, est quaedam, nomine Dipsas, anus_...[73]
Dipsas tiene rasgos comunes con Celestina. El primero es la
intemperancia báquica (_Lacrimosaque vino lumina_), de la cual procede
su nombre (_ex re nomen habet_), y por la cual el poeta, en sus
maldiciones, la desea perpetua sed:
_Dî tibi dent nullosque lares, inopemque senectam;
Et longas hiemes, perpetuamque sitim._
(v. 113-114).
Otro, y más característico, es la pericia en las artes mágicas, el
poder de la hechicería, que no se limita aquí á la preparación de
filtros amorosos ni al conocimiento de las virtudes arcanas de ciertas
yerbas, sino que domeña la naturaleza con infernal señorío, torciendo
el curso de las aguas, disponiendo á su arbitrio de la tempestad y de
la calma, enrojeciendo la faz de la Luna y haciendo que derramen sangre
las estrellas[74]. No falta, por supuesto, el vuelo nocturno y la
evocación de los muertos:
_Evocat antiquis proavos atavosque sepulchris,
Et solidam longo carmine findit humum._
Por robusta que fuese la credulidad de los contemporáneos de Fernando
de Rojas, no era fácil que á una bruja castellana pudieran atribuirse
tales portentos. Sólo de la _necromancia_ ha quedado algún rastro en
la relación que Celestina hace de las diabólicas artes de la madre
de Pármeno[75]. En todo esto puede verse también el recuerdo de
las Canidias y Saganas de Horacio y del libro de Apuleyo, que está
expresamente citado en la _Tragicomedia_ (aucto VIII): «En tal hora
comiesses el diacitron, como _Apuleyo el veneno que le convirtió en
asno_».
Pero no son la embriaguez ni la hechicería las notas capitales de la
Celestina española; en lo que emula y supera á la Dipsas ovidiana es en
el oficio que ambas ejercen de concertadoras de ilícitos tratos, y en
la pérfida astucia de sus blandas palabras y viles consejos:
_Haec sibi proposuit thalamos temerare pudicos;
Nec tamen eloquio lingua nocente caret._
(v. 19-20).
De esta _elocuencia_ da muestra Dipsas queriendo sobornar á la amada
del poeta en un razonamiento que recuerda mucho los coloquios de
Celestina con Areusa y aun con la misma Melibea:
_Scis, hera, te, mea lux, juveni placuisse beato:
Haesit, et in vultu constitit usque tuo_...
..........................................................
_Ludite, formosae: casta est, quam nemo rogavit,
Aut, si rusticitas non velat, ipsa rogat._
..........................................................
_Labitur occulte, fallitque volubilis aetas;
Ut celer admissis labitur amnis aquis._
(v. 23-24; 43-44; 48-49).
Tal es el tipo de la _Lena_ romana, ligeramente bosquejado por Ovidio y
Propercio.
En el teatro clásico tiene otros precedentes de más consideracion
la fábula española. No los disimula Alonso de Proaza en sus octavas
encomiásticas:
No debuxó la cómica mano
De Nevio ni _Plauto_, varones prudentes,
Tan bien _los engaños de falsos siruientes
Y malas mugeres_ en metro romano.
Cratino y Menandro y Magnes anciano
Esta materia supieron apenas
Pintar en estilo primero de Athenas
Como este poeta en su castellano.
Claro es que Magnes y Cratino, poetas de la antigua comedia ateniense,
eran meros nombres para Rojas y su panegirista. Poco menos debía de
pasarles con Menandro, cuyos fragmentos no fueron impresos hasta 1553,
y de quien sólo en años muy recientes nos han revelado los papiros
egipcios algunas comedias más ó menos incompletas[76]. Pero Menandro,
á quien toda la antigüedad consideró como el más exquisito poeta de
la comedia nueva[77], vivía indirectamente en sus imitadores latinos,
especialmente en Terencio. Tanto él como Plauto eran familiares al
bachiller Rojas, según puede colegirse por varios indicios. Ya Aribau
se fijó en los nombres de algunos personajes, que evidentemente están
tomados de las comedias latinas, donde desempeñan papeles análogos.
_Pármeno_[78] (que se interpreta _manens et aditans domino_) aparece en
el _Eunuco_, en los _Adelfos_ y en la _Hecyra_. En esta misma comedia
y en la _Andria_ interviene _Sosia_, todavía más conocido por la parte
chistosísima que desempeña en el _Anfitrión_ de Plauto. El nombre
de _Crito_ se repite tres veces en el teatro de Terencio (_Andria_,
_Heautontimorumenos y Phormio_). _Traso_ es el soldado fanfarrón rival
del joven Fedria en el _Eunuco_, y probablemente la idea de llamar
_Centurio_ á un rufián ha sido sugerida por la misma comedia (v. 775),
en que se pregunta por un _centurión_ llamado Sanga: «Vbi _centurio_
est Sanga, _manipulus furum_?» La madre de Melibea (acto IV) dice que
va á visitar á la mujer de _Cremes_. Tres viejos de Terencio (_Andria_,
_Heautontimorumenos_, _Phormio_) y un adolescente (_Eunuchus_) tienen
el nombre de _Chremes_. Otros nombres de la _Tragicomedia_ parecen
forjados á similitud de éstos[79].
Si en la imposición de los nombres lleva Terencio la ventaja, en
otras cosas de la _Celestina_ se revela más el estudio de Plauto. Á
él hay que referir probablemente el título definitivo de la obra que
primeramente había llamado su autor _comedia_. La voz _tragicomedia_
(más bien _tragicocomedia_) es una invención jocosa del poeta latino en
el prólogo de su _Anfitrión_. Mercurio, que le pronuncia, dice á los
espectadores:
«Voy á exponeros el argumento de esta tragedia. ¿Por qué arrugais la
frente? ¿Porque os dije que iba á ser tragedia? Soy un dios, y puedo,
si quereis, transformarla en comedia, sin cambiar ninguno de los
versos. ¿Quereis que lo haga así ó no? Pero, necio de mí, que siendo un
dios no puedo menos de saber lo que pensais sobre esta materia! Haré,
pues, que sea una obra mixta, á la cual llamaré _tragico-comedia_,
porque no me parece bien calificar siempre de comedia aquella en que
intervienen reyes y dioses, ni de tragedia á la que admite personajes
de siervos. Será, pues, como os he dicho, una _tragicocomedia_».
_Post, argumentum hujus eloquar tragoediae.
Quid contraxistis frontem? quia tragoediam
Dixi futuram hanc? Deus sum; conmutavero
Eandem hanc, si voltis; faciam ex tragoedia
Comoedia ut sit, omnibus eisdem versibus.
Vtrum sit, an non, voltis? Sed ego stultior
Quasi nesciam vos velle, qui divos siem:
Teneo quid animi vostri super hac re siet.
Faciam ut commixta sit tragicocomoedia,
Nam me perpetuo facere ut sit comoedia,
Reges quo veniant et di, non par arbitror.
Quid igitur? quoniam heic servos quoque parteis habet
Faciam sit, proinde ut dixi, tragicocomoedia._
Sin duda que este pasaje no puede tomarse en serio como determinación
de un nuevo género poético, porque Plauto se chancea con el público,
pero también es cierto que ninguna obra de su teatro se asemeja al
_Anfitrión_, que no es parodia trágica ni tampoco verdadera comedia. El
infortunio conyugal del jefe tebano, víctima de un poder tan absurdo
como incontrastable, no produce risa sino indignación en el lector
ó espectador moderno, y acaso también en el antiguo, ni hay en los
caracteres de Anfitrión y Alcumena nada que no sea decoroso y digno
de personas trágicas. Lo cómico se refugia en figuras secundarias.
Y como en los diez y nueve siglos que transcurrieron entre Plauto y
el bachiller Fernando de Rojas, una sola obra que sepamos volvió á
llamarse _tragicomedia_[80], nos inclinamos á admitir la derivación
plautina. Pero conviene notar que el poeta romano justifica la novedad
del título con la mezcla de personajes trágicos y cómicos, y el autor
castellano con la mezcla de placer y dolor, lo cual es mucho más
racional y filosófico: «Otros han litigado sobre el nombre, diziendo
que no se avia de llamar comedia, pues acabava en tristeza, sino
que se llamase tragedia. El primer autor quiso darle denominación
del principio, que fue plazer, e llamóla comedia. Yo, viendo estas
discordias entre estos extremos, partí agora por medio la porfia, e
llaméla _tragicomedia_».
El nombre quedó en la literatura española del siglo XVI, y fué
aplicado á obras de muy vario argumento. Gil Vicente, que en tantas
cosas fué tributario de la _Celestina_, llamó _tragicomedias_ á una
sección entera de sus obras, en que se mezclan piezas alegóricas,
como el _Triumpho do inverno_ y la _Serra da Estrella_, con dramas
caballerescos, como _Don Duardos_ y _Amadís de Gaula_. _Tragicomedia
alegórica del Paraíso y del Infierno_ se rotula la excelente
refundición castellana de una de las _Barcas_ del mismo Gil Vicente,
impresa en Burgos, en 1539. Una de las piezas de la _Turiana_,
atribuídas á Juan de Timoneda, lleva el título de _Tragicomedia
Filomena_. En la numerosa serie de las _Celestinas_, sólo una, la
de Sancho Muñón, conserva el dictado de _Tragicomedia de Lisandro y
Roselia_.
Ninguna de las comedias de Plauto y Terencio presenta una acción
análoga á la de la _Celestina_, pero hay en casi todas rasgos de
parentesco y semejanza que las hacen hasta cierto punto de la misma
familia dramática[81]. Rojas se asimiló muchos de los elementos de la
comedia latina. La continua intervención de los siervos en las intrigas
amorosas de sus amos hacen al Líbano de la _Asinaria_, al Toxilo y al
Sagaristión de _El Persa_, al redomado _Pseudolo_ que da título á una
comedia, al _Epidico_ protagonista de otra, al Crisalo de _Las dos
Báquides_, precursores remotos de Sempronio y Pármeno. Lo mismo puede
decirse del Davo de la _Andria_, del Siro del _Heautontimorumenos_, del
Geta del _Formion_, del Pármeno del _Eunuco_, que ni siquiera ha tenido
que cambiar de nombre.
Abundan también en el teatro latino los rufianes propiamente dichos
(_lenones_), que trafican con la venta de mujeres, como el Capadocio
del _Curculio_, el Labrax del _Rudens_, el Dordalo de _El Persa_, el
Sannion de los _Adelfos_ y otros varios, casi todos escarnecidos y
burlados en su torpe lucro por las estratagemas de los siervos. Cuando
desapareció la esclavitud en la forma en que la conocieron los pueblos
clásicos, tuvieron que resultar exóticas en cualquier teatro moderno
las intrigas á que dan lugar los raptos de doncellas, su exposición en
público mercado y los reconocimientos ó _anagnorises_ que las hacen
pasar súbitamente de la condición servil á la ingenua. Nuestro autor
se abstuvo cuerdamente de imitarlas, al revés de lo que hicieron
los poetas cómicos de Italia en el siglo XVI con monotonía servil y
fatigosa.
Pero había otra figura cómica en el teatro latino, que podía
trasplantarse á la escena moderna: el soldado fanfarrón, el _miles
gloriosus_, bravo en palabras y corto en hechos, que al pasar á las
imitaciones adquiere algunos de los caracteres del _leno_. No es ya
mercader de esclavos, pero vive cínicamente con el tráfico vil de
sus protegidas. Tal es el rufián Centurio, llamado así irónicamente,
no por ser capitán de cien hombres, sino por rufián de cien mujeres.
El abolengo de estos _milites_, que en los siglos XVI y XVII inundan
nuestra escena y la italiana, se remonta á aquellos otros figurones
que en el repertorio de Plauto llevan los retumbantes nombres de
_Therapontigono_ (en el _Curculio_), de _Pyrgopolinices_ (en el _Miles
gloriosus_), de _Stratophanes_ (en el _Truculentus_). Todos ellos
tienen por nota característica la fanfarronada: todos se jactan sin
cesar de sus imaginarias proezas; todo el mundo se burla de ellos y de
sus ridículos amoríos; son víctimas de los parásitos y de las rameras,
y á todos cuadra la descripción que Palestrio hace de su amo:
..._gloriosus, inpudens,
Stercoreus, plenus perjuri atque adulteri:
Ait sese ultro omneis mulieres sectarier.
Is deridiculu'st, quaqua incedit, omnibus._
(_M. G._, Acto II, scena I, v. 11-14).
Apenas hay comedia latina sin meretrices, porque los hábitos de
la antigua escena rara vez toleraban intrigas amorosas con mujeres
de condición libre, sino con esclavas y libertas. Pero entre estas
cortesanas hay muchos grados. Las de Terencio suelen ser enamoradas
sentimentales, que desmienten con la delicadeza de sus afectos el
oprobio unido á su nombre y oficio. La honestidad de su lenguaje es
tal, que los más severos educadores cristianos no han tenido reparo
en poner el volumen de las comedias terencianas, con muy ligera
expurgación, en manos de sus alumnos[82]. Las heroínas de Plauto, por
el contrario, suelen pertenecer al mismo mundo que Elicia y Areusa,
y aun peor. Rasgos hay de ternura, por ejemplo, en la escena de la
separación de Argiripo y Filenia en la _Asinaria_ (acto III, scena
III), pero ¿á quién no repugnan las bajas complacencias de Filenia con
el padre y el hijo simultáneamente?
Las comedias de Plauto donde más de propósito se pintan costumbres
meretricias son las _Bacchides_, la _Cistellaria_ y el _Truculentus_.
En todo esto no se ve ninguna imitación directa. Más importante es la
galería de las _lenas_, no sólo porque desempeñan el mismo oficio que
Celestina, sino porque se muestran como ella razonadoras y sentenciosas
y dan verdaderas lecciones de perversidad á sus educandas. Así Cleereta
en la _Asinaria_, Scafa en la _Mostellaria_, y más especialmente
otra _lena_ anónima que adoctrina en la _Cistellaria_ á Silenia y á
Gimnasia (acto I, scena I). Añádase el rasgo común de la embriaguez
consuetudinaria y parlante. «_Multiloqua et multibiba_» es la «_anus_»
de la _Cistellaria_. «_Multibiba_» y «_merobiba_» son epítetos que se
aplican á la del _Curculio_,
_Quasi tu lagenas dicas, ubi vinum solet
Chium esse._
(Acto I, scena I, v. 78-79).
Las palabras con que celebra el vino tienen el mismo entusiasmo
ditirámbico que las de Celestina en el aucto IX de la _Tragicomedia_:
_Salve anime mi,
Liberi lepos: ut veteris vetusti cupida sum!
Nam omnium unguentum odor prae tuo nautea 'st.
Tu mihi stacte, tu cinnamomum, tu rosa,
Tu crocinum et casia es, tu bdellium: nam ubi
Tu profusus, ibi ego me pervelim sepultam_...
(Acto I, scena II, v. 3-8).
Rojas, que tan versado se muestra en las letras latinas, ¿tendría algún
conocimiento de las griegas? No sería inverisímil el caso, porque ya
en su tiempo las enseñaban en Salamanca Nebrija y Arias Barbosa, pero
no tengo ningún motivo para afirmarlo. Lo que me parece seguro es que
conoció, á lo menos en la versión latina de Marcos Musuro, que estaba
impresa antes de 1494, el poema de Museo sobre los amores de _Hero y
Leandro_[83], de donde manifiestamente está imitada la catástrofe de
Melibea.
Sólo aquel texto clásico pudo sugerirle la idea, tan poco española, del
suicidio, porque es idéntica la situación de ambas heroínas ó idéntico
también el modo que eligen de darse muerte, precipitándose ambas de una
torre:
Παρὰ κρηπῖδα δὲ πύργου
θρυπτόμενον σπιλάδεσσιν ὅτ' ἔδρακε νεκρὸν ἀκοίτην
δαιδαλέον ῥήξασα περὶ στήθεσσι χιτῶνα,
ῥοιζηδὸν προκάρηνος ἀπ' ἠλιβάτου πέσε πύργου.
Κὰδ' Ἡρὼ τέθνηκεν ἐπ' ὀλλυμένῳ παρακοίτῃ,
ἀλλῄλων δ' ἀπόναντο καὶ ἐν πυμάτῳ περ' ὀλέθρῳ.
_...Apud fundamentum vero turris
Dilaniatum scopulis ut vidit mortuum maritum,
Artificiosam disrumpens circa pectore tunicam
Violenter praeceps ab excelsa cecidit turri.
At Hero periit super mortuo marito,
Se-invicem vero fructi-sunt etiam in ultima pernicie_[84].
Versos que tradujo con valentía, especialmente el final, nuestro
orientalista D. José Antonio Conde:
Desde los pechos rasga el rico manto,
Y al mar se lanza desde la alta torre;
Así murió por su difunto esposo,
Y hasta en la misma muerte se gozaron[85].
Esta apoteosis del Amor triunfante de la Muerte es una de las cosas más
notables de la _Celestina_, y no creo que pueda referirse á otra fuente
literaria que la indicada. El delirio amoroso de los poemas del ciclo
bretón es cosa muy diferente, y el lento y torpe suicidio del Leriano
de la _Carcel de Amor_, que se extingue de hambre bebiendo en una copa
de agua los pedazos de las cartas de su amada, por ningún concepto
anuncia la arrogante y desesperada resolución de Melibea.
Pero no basta con los estudios clásicos puros para explicar la
elaboración de la _Celestina_. Tuvo el drama antiguo una continuación
erudita que nunca faltó del todo aun en los siglos más oscuros de la
Edad Media, aunque llegara á perderse el genuino sentido de las voces
_tragedia_ y _comedia_ y no quedase rastro alguno de representaciones
en público teatro. Ya no fué destinada para él (aunque sí para cierta
escena privada y aristocrática) la única obra cómica del tiempo
del Imperio que nos ha quedado: la ingeniosa y elegante comedia
_Querolus_ ó _Querulus_, que puede estimarse como una continuación
de la _Aulularia_ de Plauto, cuyo puesto y título usurpó durante los
siglos bárbaros. Esta pieza, de autor ignoto, compuesta al parecer en
la Galia Meridional á principios del siglo V y dedicada á un Rutilio,
que bien puede ser Rutilio Namaciano el autor del _Itinerarium_, tuvo
por auditorio á los comensales del mismo Rutilio, según se infiere de
la dedicatoria: «Nos hunc fabellis atque _mensis_ librum scripsimus».
Es lo que hoy diríamos una «comedia de gabinete», fruto tardío, aunque
sabroso, de un gramático de la decadencia. En su primitiva forma
esta comedia seguía las tradiciones métricas del teatro latino, pero
fué prosificada en la Edad Media, como lo fueron también las fábulas
de Fedro. Varios eruditos han trabajado en restituirla á su lección
primitiva, entre ellos Klinkhamer (1825) y más recientemente L. Havet,
que al parecer ha salido triunfante de la empresa. De su delicado y
minucioso análisis resulta que el _Querolus_ fué escrito no en un _pes
clodus_ como el que Bücheler ha notado en las inscripciones de África,
sino en tetrámetros trocaicos catalécticos y tetrámetros yámbicos
acatalectos, y con arreglo á este principio logra restaurar gran número
de versos[86].
Cinco siglos nada menos, y una transformación total del mundo, separan
el _Querolus_ de las seis comedias que en el siglo X compuso la
monja alemana Rosvita (_Hrotsvitha_) bella y simpática figura en el
renacimiento literario de la corte de los Otones. Estas seis piezas,
que forman la segunda parte de sus obras (_liber dramatica serie
contextus_), no llevan la menor indicación de haber sido representadas,
ni nadie sostiene ya que lo fuesen, aunque Magnín lo defendió con
deslumbradores argumentos[87] y sobre ellos fantaseó libremente la
crítica romántica. Por su argumento son leyendas religiosas, que sólo
en estar dialogadas se diferencian de otras varias que Rosvita trató
en narración épica. Por su forma ó estilo quieren ser imitaciones de
Terencio, y al mismo tiempo una especie de antídoto contra el veneno
de las ilícitas pasiones que representó en sus versos aquel poeta[88].
Nada á primera vista menos terenciano que las comedias de Rosvita,
que ni siquiera tienen división de actos y escenas; que no están en
verso, sino en prosa; que sólo presentan triunfos de la castidad y de
la fe, conversiones de pecadores, luchas heroicas de santos mártires,
y que en su latinidad, cuyo mérito se ha exagerado, aunque es notable
para su tiempo, poco ó nada conservan de aquella flor de aticismo y
gracia urbana que es el mayor encanto de Terencio. Pero reparando algo
se advierte que la religiosa de Gandersheim debe á la asidua lectura
del poeta cómico romano, no sólo la relativa pureza de su lenguaje y
ciertos giros marcadamente imitados de su modelo, sino la soltura y
facilidad con que llegó á manejar el diálogo y hasta algunos atisbos de
psicología sentimental y amatoria, de que ella misma parece ruborizarse
en su _prefacio_, escrito con cierta coquetería mística que no carece
de encanto[89]. Terencio, aunque sea el más casto de los poetas
antiguos, es al fin un poeta del amor. Queriendo Rosvita imitarle á
lo divino para borrar el efecto de sus pinturas, no retrocedió ante
los coloquios amatorios, ni temió penetrar con los ermitaños Abraham y
Pafnucio en los pecaminosos lugares de donde redimen aquellos santos
varones á María y á Tais[90]. Sólo en las páginas de Terencio pudo
adivinar algo de aquel mundo de las meretrices, que la inspira tan
candorosas observaciones: «Hoc meretricibus _antiquitus_ fuit in more,
ut alieno delectarentur in amore».
Las obras de Rosvita poco importan en la evolución del teatro religioso
y profano de la Edad Media, pero son un anillo en la historia de la
comedia clásica, y bastarían para probar, si no fuese tan notorio
el hecho, que Terencio es de los raros autores que tuvieron el
privilegio de atravesar incólumes la Edad Media, sin que fuese preciso
desenterrarlos en los grandes días del Renacimiento.
Rosvita parece condenada á servir de blanco á críticos excéntricos ó
imaginativos. En 1867, José Aschbach llegó á sostener, en una Memoria
de la Academia Imperial de Viena (_Roswitha und Conrad Celtes_), que
sus obras eran apócrifas y habían sido forjadas por Celtes y otros
humanistas del siglo XVI. De esta opinión dió buena cuenta Waitz
(_Goëtting. gelehrte Anzeigen_, 1867, pp. 1261 y ss.) y no ha sido
tomada en cuenta por nadie.
No acontece lo mismo con Plauto. De este padre de los donaires cómicos
sólo se conocieron antes del siglo XV ocho piezas, y aun éstas se leían
muy poco (_Amphitruo_, _Asinaria_, _Aulularia_, _Captivi_, _Curculio_,
_Casina_, _Cistellaria_, _Epydicus_). Hay, sin embargo, en la
literatura de los siglos XII y XIII un género curiosísimo de _comedias_
(así las llamaban sus autores), en que á vueltas de otros argumentos
aparecen dos ó tres de Plauto, pero tan extrañamente modificados que
es imposible ver en ellos imitación directa de las piezas originales.
Proceden, á no dudarlo, de otras refundiciones más antiguas[91].
Todas estas comedias tienen el mismo metro, que es el más antidramático
que puede darse: el dístico de hexámetros y pentámetros, á imitación
de Ovidio. Se las designa, por eso, con el calificativo de _comedias
elegíacas_. Algunas, como la _de Vetula_, están completamente
dialogadas; otras, y son las más, mezclan el diálogo con la narración,
y realmente no son tales comedias, sino cuentos en verso, que por lo
cínicos y desaforados corren parejas con los más licenciosos _fabliaux_
compuestos en lengua vulgar.
Las dos muestras más antiguas y más _plautinas_ de la comedia elegíaca
pertenecen á un mismo autor, Vital de Blois (_Vitalis Blessensis_). Á
lo menos, él creía imitar á Plauto, y se escuda con su nombre:
_Qui releget Plautum, mirabitur altera forsan
Nomina personis quam mea scripta notent._
..........................................................
_Absolvar culpâ; Plautum sequor..._
..........................................................
_Haec mea vel Plauti comoedia, nomen ab ollâ
Traxit, sed Plauti quae fuit, illa mea est...
Curtari Plautum; Plautum haec jactura beabit,
Ut placeat Plautus, scripta Vitalis emunt.
Amphytrion nuper, nunc Aulularia tandem
Senserunt senio pressa Vitalis opem._
En realidad, no conocía ni por asomos al verdadero Plauto. La
_Aulularia_, que refundió y abrevió, era el _Querolus_. El _Anfitrion_,
disfrazado con el nombre de _Comedia de Geta_, tampoco procede del
genuino _Anfitrion_ plautino, sino de una imitación más moderna,
probablemente contemporánea del _Querolus_, puesto que á mediados del
siglo V alude á ella Sedulio en los primeros versos de su _Carmen
Paschale_:
_Quum sua gentiles studeant figmenta poetae
Grandisonis pompare modis, tragicoque boatu,
«Ridiculove Geta», seu qualibet arte canendi,
Saeva nefandarum renovent contagia rerum[92]._
En el poema de Vital de Blois, la fábula de Júpiter y Alcumena queda
muy en segundo término, y todo el interés se concentra en dos figuras
de esclavos, Geta y Birria. El primero, que sustituye al _Sosia_ de
Plauto, es la caricatura de un fámulo escolástico de la Edad Media,
cargado de libros y de presunción pedantesca. Hace contraste á su
figura la del otro siervo, Birria, grosero, lerdo é ignorante, que
triunfa de la vana dialéctica de su compañero por no haberse depravado
y entontecido en las escuelas como él. Este dato, que no carece de
ingenio, contribuyó mucho á la popularidad de esta comedia, de la cual
se encuentran rastros en todas las literaturas medioevales.
Imitación de Plauto[93] pudiera juzgarse también por el título la
_Comedia de milite glorioso_, atribuída á Mateo de Vendôme[94], pero
de la obra antigua apenas ha quedado más que el título. Los lances
son enteramente diversos y pertenecen al fondo más escandaloso de
la novelística popular[95]. Lo mismo puede decirse de la _Comedia
Milonis_, cuyo autor, que es el mismo Mateo, declara su nombre en el
verso final:
_Debile «Mathaei Vindocinensis» opus._
Esta pieza es de origen oriental, y se deriva remotamente de un
episodio del _Sendebar_. El héroe se llama Milón de Constantinopla, y
la pieza misma se da como imitación de las fábulas griegas (_ludicra
graeca_). Y efectivamente, por la Grecia bizantina pasaron todas estas
historias antes de incorporarse á la cultura europea[96].
La _Comedia Lydia_, también de Mateo de Vendôme, es un largo _fabliau_,
cuyo principal interés consiste en ser fuente de la novela 9.ª, jornada
7.ª del _Decameron_, es decir, de la historia del peral encantado[97].
Pero la más cínica y brutal de estas composiciones es la _Alda_,
atribuída á Guillermo de Blois. Quienquiera que fuese el poeta, se da
por imitador nada menos que de Menandro:
_Venerat in linguam nuper peregrina latinam
Haec de Menandri fabula rapta sinu..._
Su argumento recuerda mucho el del _Eunuco_, de Terencio, salvo que
el seductor no se hace pasar por eunuco, sino por mujer: tema común de
muchos cuentos libidinosos desde la aventura de Aquiles y Deidamia. La
comedia de Terencio era una imitación del _Phasma_ de Menandro, como en
su prólogo se declara, y es muy verisímil que en alguna refundición del
Bajo Imperio se hubiese sustituído el nombre del poeta griego al del
imitador latino, con lo cual tendríamos un caso análogo al _Querolus_ y
al _Amphitrion_[98].
Completan la breve serie de las comedias elegíacas, la de _Baucis_, la
de _Babio_, la de _Affra et Flavius_ y alguna otra de menos cuenta. De
intento hemos reservado para el fin las dos que nos interesan para este
estudio: la comedia _de Vetula_ y el _Libellus de Paulino et Polla_.
No he visto en España códice alguno de comedias elegíacas, pero consta
de un modo indudable que fueron conocidas é imitadas algunas de ellas.
La de _Geta y Birria_ está aludida tres veces en el _Cancionero de
Baena_ (n. 115, 116, 117). Dice Alfonso Álvarez de Villasandino, en
su profecía contra el cardenal de España D. Pedro Fernández de Frías,
escrita hacia 1405:
Cuenten de _Byrra_ toda su peresa,
E las falsedades de Cadyna e Dyna...
Y en otra poesía del mismo autor y del mismo tiempo:
Atyendan vengança del muy falso Breta,
Qual ovo de _Birra_ su compañero (¿compadre?) _Geta_.
En otros versos, muy oscuros por cierto y revesados, de un Maestro Frey
Lopes, alusivos también á la caída del cardenal:
Ya _Byrra_ floresció (¿floresce?) por su condicion:
Del que por peresça de vida discreta,
Pierde su facienda por el torpe _Geta_,
Non ha este mundo nin la salvacion[99].
¿Estos versos se refieren al poema latino ó á alguna versión castellana
que hubiese de él? No es temerario conjeturarlo, puesto que medio siglo
antes había pasado ya á nuestro romance, mejorada en tercio y quinto,
la obra más curiosa de este género, _Pamphilus de amore_, llamada
también _Comedia de Vetula_. Intercalada en el libro multiforme del
Arcipreste de Hita, forma casi la quinta parte de él, y eso que ha
llegado á nosotros con lamentables mutilaciones aun en el manuscrito
más completo, en el que fué del Colegio Viejo de Salamanca[100].
Habiendo discurrido largamente acerca del _Pamphilus_ en el tomo
primero de estos _Orígenes_, doy por sabido todo lo que allí
expuse[101] sobre la fecha probable de esta comedia, sobre su especial
carácter y sobre la transformación genial y luminosa que de ella hizo
el Arcipreste de Hita, convirtiendo en un cuadro de costumbres lleno
de vida y lozanía lo que en el original no es más que una árida y
fastidiosa rapsodia, un centón de hemistiquios de Ovidio, una mala
paráfrasis de algunas de sus lecciones eróticas. Claro que en el fondo
el _Pamphilus_ es el _esquema_, no sólo del episodio del Arcipreste,
sino de la propia _Celestina_, pero lo es de un modo tan simple, tan
pueril, tan adocenado, que casi da pena acordarse de él cuando se trata
de tales obras[102].
No está probado, á pesar de la rotunda afirmación de Schack[103], que
Fernando de Rojas conociera el _Pamphilus_ en su forma original, aunque
precisamente en su tiempo menudearon las ediciones de esta comedia, que
llegó á ser tan rara y olvidada después; y algún uso debía de hacerse
de ella en las escuelas, como lo indica el _comento familiar_ del
humanista Juan Prot. Pero realmente no necesitaba haberla leído, porque
todo lo que de ella pudo sacar había pasado á la obra del Arcipreste,
que es sin duda uno de sus indisputables predecesores.
Este gran poeta no estaba olvidado en el siglo XV, aunque por su estilo
y su métrica se le considerase como arcaico. El marqués de Santillana
le nombra en su famosa _Carta al Condestable de Portugal_, y el
Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez, no sólo le cita dos veces,
sino que le recuerda cuanto es posible, dada la diferencia de géneros
que cultivaron. De los tres manuscritos que nos han conservado la obra
poética del primer Arcipreste, uno procede del más antiguo de los
colegios mayores de Salamanca, otro de la catedral de Toledo, ciudades
una y otra tan familiares á Rojas.
Pero la evidencia interna se saca no sólo de la comparación de
algunos pasajes de la _Celestina_ con otros de Juan Ruiz, en que están
manifiestamente inspirados, sino del estudio de la fábula misma y de
los cambios que en ella introdujo el Arcipreste, alongándose mucho
trecho de la _comedia de Pánfilo_ y preparando el advenimiento de la
_comedia de Calisto_.
Aunque la _Vetula_, como todas las demás elegías dramáticas, no tiene
en los manuscritos división de actos ni de escenas, tanto el antiguo
comentador Juan Prot como el moderno editor Baudouin reconocen en ella
cinco actos breves. La forma es enteramente dialogada, sin mezcla
de relato alguno, y podría ser representable si no lo estorbasen su
insulsez y la escena lúbrica del final. El Arcipreste de Hita tuvo que
acomodarla á la índole autobiográfica de su libro, y puso en relato
parte de la historia, dándose al principio como protagonista de ella,
aunque luego confiesa lisa y llanamente su origen literario:
Sy vyllania he dicho aya de vos _perdon_,
Que lo feo de estoria dis _Panfilo e Nason_.
(Copla 891).
Entyende byen mi estoria de la fija _del endrino_,
Díxela por te dar enxiemplo, non porque _a mi avino_.
(Copla 909).
Comienza el acto primero con un monólogo del protagonista Pánfilo, cuyo
nombre parece tomado de Terencio en la _Andria_ ó en la _Hecyra_. El
Arcipreste ha embebido este soliloquio en el diálogo del amante con
Venus, que corresponde á la escena segunda del texto latino:
So ferido e llagado, de un dardo so perdido,
En el coraçon lo trayo _ençerrado e escondido_.
(Copla 388).
_Vulneror el clausum porto sub pectore telum,
Crescit et assidue plaga dolorque mihi._
Toda la escena está fielmente traducida, pero largamente amplificada.
Señora doña Venus, muger de don Amor,
Noble dueña, omíllome yo vuestro servidor;
De todas cosas sodes vos e el Amor señor,
Todos vos obedescen commo a su façedor.
Reyes, duques e condes e toda criatura
Vos temen e vos serven commo a vuestra fechura.
(Coplas 385-6).
_Unica spes vite notre, Venus inclita, salve,
Que facis imperio cuncta subire tuo,
Quam timet alta Ducum servitque potentia Regum._
(V. 25-27)[104].
Todos los tipos salen de la fría, y sosa abstracción ética en que el
anónimo autor de la comedia latina los había dejado. En vez de la
sombra de Pánfilo, que sólo acierta á decir de su amada Galatea:
_Est michi vicina (vellem non esse) puella..._
..........................................................
_Fertur vicinis formosior omnibus illa,
Aut me fallit amor, omnibus haud superest._
..........................................................
_Dicitur (et fateor) me nobilioribus orta_
(V. 33-39-40-47).
tenemos aquí las españolizadas figuras de D. Melón de la Huerta,
«mancebillo guisado que en nuestro barrio mora», y de doña Endrina, la
viuda de Calatayud, de quien se hace este lindo retrato:
De talle muy apuesto, de gestos amorosa,
Donegil, muy loçana, plasentera e fermosa,
Cortés e mesurada, falaguera, donosa,
Graciosa e risuenna, amor de toda cosa...
Fija de algo en todo e de alto linaje.
(Coplas 381-383).
El ser la heroína viuda y no doncella es nota peculiar de la imitación
del Arcipreste, que no pasa á Rojas. Pudiera sospecharse que la
concordancia que en esto guardan el _Pamphilus_ y la _Celestina_
arguye parentesco directo entre estas dos piezas. Pero no es necesario
admitirlo, porque el proceso de la seducción es más natural, y también
más dramático, tratándose de una virgen que de una mujer en quien ha de
suponerse alguna experiencia de la vida. Para el efecto artístico tal
combinación es la preferible, y creo que á Rojas se le hubiera ocurrido
aun sin tener presentes el _Pamphilus_ ni la _Poliscena_. Nadie se
imagina á D. Juan conquistando viudas.
De los consejos de doña Venus no hay que hablar: proceden del
_Pamphilus_ gallardamente traducido. También está allí, aunque sólo en
germen, el primer coloquio de los dos amantes:
_Quam formosa, Deus! nudis venit illa capillis!_
..........................................................
(V. 133).
Pero aquí es donde más se palpa la enorme superioridad del imitador.
La escena del primer encuentro de doña Endrina con D. Melón en los
soportales de la plaza está escrita con tal cortesanía, discreción y
gentileza, que los primeros versos han hecho recordar á algún crítico
nada menos que el incomparable soneto de Dante, _Tanto gentile e tanto
onesta pare_:
¡Ay Dios! E quán fermosa vyene doña Endrina por la plaça!
¡Qué talle, qué donayre, qué alto cuello de garça!
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buen andança!
Con saetas de amor fyere quando los sus ojos alça.
Pero tal lugar no era para fablar en amores:
A mí luego me venieron muchos miedos e temblores,
Los mis pies e las mis manos non eran de sí sennores.
Perdi seso, perdi fuerça, mudaron se mis colores.
Unas palabras tenia pensadas por le desir,
El miedo de las compañas me facian ál departir,
Apenas me conoscia nin sabia por do yr,
Con mi voluntat mis dichos non se podian seguir.
..........................................................
Paso a paso doña Endrina so el portal es entrada,
Bien loçana e orgullosa, bien mansa e sosegada;
Los ojos baxó por tierra en el poyo asentada,
Yo torné en la mi fabla que tenia comenzada.
..........................................................
En el mundo non es cosa que yo ame a par de vos;
Tiempo es ya pasado de los años más de dos
Que por vuestro amor me pena: _amo vos más que a Dios_...
(Coplas 653, 54, 55, 661).
Tenemos aquí el equivalente de la primera escena de la tragicomedia de
Melibea, sin que falte siquiera la sacrílega expresión de «amo vos más
que á Dios», que recuerda otras no menos impías de Calisto: «Por cierto
los gloriosos santos que se deleytan en la vision divina no gozan más
que yo agora en el acatamiento tuyo». «Si Dios me diesse en el cielo la
silla sobre sus santos, no lo ternia por tanta felicidad». Hipérboles
amorosas no menos desaforadas que éstas se encuentran en los trovadores
cortesanos del siglo XV, en D. Álvaro de Luna, en Álvarez Gato, pero no
hay rastro de ellas en el _Pamphilus_, que dice con mucha moderación:
_Gratior in mundo te michi nulla manet,
Et te dilexi, jam ter praeteriit annus_...
(V. 180-87).
En el primer acto de la _Celestina_, Melibea rechaza con ásperas
palabras á Calisto. En el diálogo del Arcipreste, doña Endrina comienza
por mostrarse esquiva y zahareña:
Ella dixo: «vuestros dichos non los prescio dos piñones».
Bien assi engañan muchos a otras muchas Endrinas;
El ome tan engañoso asi engaña a sus vesinas;
Non cuydedes que so loca por oyr vuestras parlillas,
Buscat a quien engañedes con vuestras falsas espinas.
(Coplas 664-668).
Lo cual equivale á estos versos del _Pamphilus_:
_Sic multi multas multo tentamine fallunt,
Et multas fallit ingeniosus amor.
Infatuare tuo sermone vel arte putasti
Quam falli vestro non decet ingenio!
Quere tuis alias infestis moribus aptas,
Quas tua falsa fides et dolus infatuent._
(V. 178-192).
Pero luego se ablanda, y llega á otorgar grandes concesiones, que
Melibea no hace antes del acto XII, porque no lo toleraba el progreso
lento y sabio de la obra de Rojas:
Esto yo non vos otorgo salvo la fabla de mano,
Mi madre verná de misa, quiero me yr de aqui temprano,
No sospeche contra mí que ando con seso vano;
Tiempo verná en que podremos fablar nos, vos e yo este verano.
(Copla 686).
Por eso Pánfilo y D. Melón de la Huerta pueden exclamar mucho antes que
Calisto:
Desque yo fué naçido nunca vy mejor dia,
Solaz tan plazentero e tan grande alegria,
Quiso me Dios bien guiar y la ventura mia.
(Copla 687).
En el segundo acto del _Pamphilus_ aparece el _Deus ex machina_ de la
tramoya, una vieja (_anus_), de la cual sólo sabemos que es sutil,
ingeniosa y hábil medianera para los tratos amorosos:
_Hic prope degit anus subtilis et ingeniosa,
Artibus et Veneris apta ministra satis._
(V. 281-282).
Ni el ingenio ni la habilidad resaltan en las palabras de la tal _anus_
ó _vetula_. Es un espantajo que no hace más que proferir lugares
comunes. La _Trotaconventos_, cuyo verdadero nombre es Urraca[105],
es una creación propia del Arcipreste, y ella y no la _Dipsas_ de
los _Amores_ de Ovidio, ni mucho menos la vieja de _Pánfilo_, debe
ser tenida por abuela de la Madre Celestina, con toda su innumerable
descendencia de Elicias, Claudinas, Dolosinas, Lenas y Eufrosinas.
El Arcipreste se recrea en esta hija de su fantasía; no sólo la hace
intervenir en el episodio de D. Melón, sino que la asocia después á
sus propias aventuras, la sigue hasta su muerte, _fase su planto_, la
promete el Paraíso y escribe su epitafio:
¡Ay mi _trota conventos_, mi leal verdadera!
Muchos te seguían biva, muerta yases señera.
¿A do te me han levado? non es cosa certera;
Nunca torna con nuevas quien anda esta carrera.
..........................................................
A Dios merced le pido que te dé la su gloria,
Que más leal trotera nunca fué en memoria;
Faserte he un epitafio escripto con estoria.
..........................................................
Daré por ty lymosna e faré oracion,
Faré cantar misas e daré oblacion;
La mi trota conventos, ¡Dios te dé rredençion!
El que salvó el mundo, él te dé salvaçion.
..........................................................
Dueñas, ¡non me rrebtedes nin me digades moçuelo!
Que si a vos syrviera vos avriades della duelo,
Llorariedes por ella, por su sotil ansuelo
Que quantas siguia todas yvan por el suelo.
Alta muger nin baxa, encerrada nin escondida,
Non se le detenia do fasia debatida;
Non sé omen nin duenna que tal oviese perdida
Que non formase tristesa e pesar syn medida.
Ffícele un epitafio pequeño con dolor,
La tristesa me fiso ser rrudo trobador,
Todos lo que lo oyeren, por Dios nuestro Señor,
La oracion fagades por la vieja de amor.
(Coplas 1569, 1571, 1572, 1573, 1574, 1575).
Con esta libre é irreverente socarronería, que no se detiene ante la
profanación, fueron celebradas las exequias poéticas de la primera
Celestina en el extraño libro del genial humorista castellano de los
siglos medios.
Las artes y maestrías de Trotaconventos son las mismas que las de
Celestina: como ella gusta de entreverar en su conversación proloquios,
sentencias y refranes, y no sólo ésto, sino _enxienplos_ y fábulas;
como ella se introduce en las casas á título de buhonera y corredora de
joyas, y con el mismo arte diabólico que ella va tendiendo sus lazos á
la vanidad femenil:
Si parienta non tienes atal, toma viejas,
Que andan las iglesias e saben las callejas,
Grandes cuentas al cuello, saben muchas consejas,
Con lagrimas de Moysen escantan las orejas.
Son grandes maestras aquestas panjotas,
Andan por todo el mundo, por plaças e cotas.
A Dios alçan las cuentas, querellando sus coytas;
¡Ay! quánto mal saben estas viejas arlotas.
Toma de unas viejas que se fasen _erveras_,
Andan de casa en casa e llamanse parteras,
_Con polvos e afeites, e con alcoholeras_,
Echan la moça en ojo e çiegan bien de veras.
(Coplas 438 á 441).
Á una de estas viejas buscó el Arcipreste, que aquí distingue
claramente su persona de la de Pánfilo:
Fallé una vieja qual avia menester,
Artera e maestra e de mucho saber;
Doña Venus por Panfilo no pudo más faser
De quanto fiso aquesta por me faser plaser.
Era vieja buhona destas que venden joyas;
Estas _echan el laço_, estas cavan las foyas;
Non ay tales maestras commo estas viejas troyas...
..........................................................
Como lo han uso estas tales buhonas,
_Andar de casa en casa vendiendo muchas donas_,
Non sse rreguardan dellas, estan con las personas,
Fasen con el mucho viento andar las atahonas.
(Coplas 698 á 700).
También Celestina andaba de casa en casa so pretexto de vender
baratijas: «Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera,
con otros aparejos que conmigo siempre traygo, para tener causa de
entrar donde mucho no só conoscida... assí como gorgueras, garvines,
franjas, rodeos, tenazuelas, _alcohol_, _albayalde e soliman_, agujas e
alfileres, que tal ay, que tal quiere? porque donde me tomara la voz,
me halle apercebida para les _echar cebo_, o requerir de la primer
vista» (acto III).
La _anus_ del comediógrafo elegíaco no se vale de ningún género de
encantamientos. Celestina, sí, y también Urraca, y es una de las notas
características que nunca pierde este tipo en la literatura española:
Dixo: «yo yre a su casa de esta vuestra vesina,
_E le fare tal escanto_ e le dare tal atalvina
Porque esta vuestra llaga sane por mi melesina;
Desid me quien es la dueña.--Yo le dixe: «doña Endrina».
..........................................................
(Copla 709).
Ssi me dieredes ayuda de que passe algun poquillo,
A esta dueña e a otras moçetas de cuello alvillo,
Yo fare _con mi escanto_ que se vengan paso a pasillo;
En aqueste mi harnero las traere al sarçillo.
(Copla 718).
Començo su _escanto_ la vieja coytral...
(Copla 756).
La sortija que puso á doña Endrina debía de tener virtud mágica. Y á
mayor abundancia leemos en otro lugar:
Ssy la _ensychó_ o sy le dio atyncar[106],
O sy le dio raynela[107] o sy le dyo mohalinar[108].
O sy le dyo ponçoña o algud (¿algund?) adamar,
Mucho ayna la supo de su seso sacar.
(Copla 941).
La escena capital de la seducción de Melibea en el aucto cuarto de
la _Tragicomedia_ es un portento de lógica dramática y de progresión
hábil. No podía esperarse tanto del Arcipreste, que escribía en la
infancia del arte; pero baste para su gloria haber trazado el primer
rasguño de ella, con las inevitables diferencias que nacen del dato de
la viudez de doña Endrina:
La buhona con farnero va tanniendo cascabeles,
Meneando de sus joyas, sortijas e alfileres;
Desia por falsalejos: «comprad aquestos manteles»;
Vydola doña Endrina, dixo: «entrad, non reçeledes».
Entró la vieja en casa, dixole: «señora fija,
Para esa mano bendicha quered esta sortija»...
..........................................................
Ffija, siempre estades en casa ençerrada,
Sola envejeçedes, quered alguna vegada
Salyr, andar en la plaça con vuestra beldat loada,
Entre aquestas paredes non vos prestará nada.
En aquesta villa mora muy fermosa mançebia,
Mançebillos apostados e de mucha loçania,
En todas buenas costumbres creçen de cada dia,
..........................................................
Muy bien me rresçiben todos con aquesta pobledat,
El mejor et el más noble de lynaje e de beldat
Es don Melon de la Verta, mançebillo de verdat,
A todos los otros sobra en fermosura e bondat...
..........................................................
Creed me, fija señora, que quantos vos demandaron,
A par deste mançebillo ningunos non llegaron;
El dia que vos nasçistes fadas alvas vos fadaron,
Que para ese buen donayre atal cosa vos guardaron.
Dixo doña Endrina: «Callad ese predicar,
Que ya este parlero me coydó engañar;
Muchas otras vegadas me vyno a retentar,
Mas de mí él nin vos non vos podredes alabar»...
(Coplas 724-27, 730-740)
Cuando esto se lee acuden involuntariamente á la memoria aquellas
graves y sosegadas razones de Celestina: «Donzella graciosa é de
alto linaje, tu suave habla e alegre gesto, junto con el aparejo de
liberalidad que muestras con esta pobre vieja, me dan osadia a te lo
dezir. Yo dexo un enfermo a la muerte, que con sola palabra de tu noble
boca salida, que lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará,
segun la mucha devocion tiene en tu gentileza... Bien ternás, señora,
noticia en esta cibdad de un cavallero mancebo gentil hombre, de clara
sangre, que llaman Calisto.
«_Melib._--Ya, ya, buena vieja, no me digas más, no passes adelante.
¿Este es el doliente por quien has hecho tantas promessas en tu
demanda?».
La psicología del amor, ruda y toscamente esbozada en el
_Pamphilus_[109], tiene en el Archipreste toques tan delicados que no
serían indignos de la experta mano del bachiller Fernando de Rojas:
«Amigo--dis la vieja,--en la dueña lo veo,
Que vos quiere e vos ama e tiene de vos desseo;
Cuando de vos le fablo e a ella oteo,
Todo se le demuda el color e el desseo.
«Yo a las de vegadas mucho cansado callo,
Ella me dis que fable e non quiere dexallo;
Fago que non me acuerdo, ella va començallo,
Oye me dulçemente, muchas señales fallo.
«En el mi cuello echa los sus blaços entramos,
Ansy una grand pieça en uno nos estamos,
Siempre dél vos desimos, en ál nunca fablamos,
Quando alguno vyene otra raçon mudamos.
«Los labrios de la boca tyenbranle un poquillo,
El color se le muda bermejo e amarillo,
El coraçon le falta ansy a menudillo,
Aprieta me mis dedos en sus manos quedillo.
«Cada que vuestro nonbre yo le estó desiendo
Oteame e sospira e está comediendo,
Avyva más el ojo e está toda bulliendo,
Paresçe que con vusco non se estaria dormiendo.
«En otras cosas muchas entyendo esta trama,
Ella non me lo niega, antes dis que vos ama;
Sy por vos non menguare, abaxar se ha la rrama,
E verna doña Endrina sy la vieja la llama.»
(Coplas 801-812).
La intervención del _Pamphilus_ en la historia de los orígenes de la
_Celestina_ es muy secundaria, pero la del Archipreste es de primer
orden, quizá la más profunda de todas, y por eso nos hemos detenido en
ella todo lo que exige su importancia[110].
Las _comedias elegíacas_, que otros llaman _épicas_ por la monstruosa
mezcla de la narración y del diálogo, pertenecen todavía al
seudoclasicismo de la Edad Media, en que se había perdido la verdadera
noción del drama latino y de su métrica. Ya cuando se escribió el
curioso diálogo anónimo entre Terencio y un empresario de teatros
(_Terentius et delusor_), que Magnin atribuyó al siglo VII, aunque el
códice en que se ha conservado es del siglo XII, no se sabía á punto
fijo si las comedias antiguas estaban en prosa ó en verso:
_An sit prosaicum nescio an metricum_[111].
La combinación esencialmente antidramática del hexámetro y pentámetro
bastaría para probar que tales obras fueron escritas sin ninguna
intención escénica; pero á mayor abundamiento tenemos un texto positivo
y terminante de Juan de Salisbury, el espíritu más culto de la primera
Edad Media, un precursor del Renacimiento, el cual confirma la absoluta
desaparición de todo género de actores trágicos y cómicos en fecha ya
remota del tiempo en que él escribía su _Policraticus_, dedicado en
1159 al santo arzobispo de Cantorbery Tomás Becket[112].
El verdadero renacimiento del arte dramático de Plauto y Terencio
se verificó en Italia, á fines del siglo XIV y durante todo el
transcurso del XV, en una serie de piezas latinas que se designan
con el título genérico de _comedias humanísticas_, importante y rara
manifestación que apenas había sido estudiada en conjunto, hasta que
Creizenach, en su excelente _Historia del drama moderno_, escribió
sobre ella algunas páginas doctas y juiciosas como suyas[113]. Pero
estas indicaciones, que para un libro general son suficientes, distan
mucho de agotar la riqueza del tema, y así lo ha estimado el ilustre
profesor de Roma, Ireneo Sanesi, que actualmente tiene en prensa una
historia de la comedia en Italia, á la cual auguramos un éxito tan
venturoso como lo merecen la ciencia, conciencia y fina crítica de su
autor, que ha tenido la rara generosidad de comunicarnos las primicias
de su trabajo, en prensa todavía. El capítulo segundo de esta obra,
consagrado á las comedias humanísticas, es una magistral monografía
que, dándome á conocer con suma precisión algunos textos inaccesibles
en España y completando mis indagaciones sobre otros, me ha puesto en
camino de rastrear algunas semejanzas dignas de notarse entre este
género literario y nuestra _Celestina_. Ya en 1900 hice una ligera
indicación, que no he visto recogida por nadie, acerca de la comedia
_Poliscene_[114]. Y me consta que mi buen amigo el eruditísimo Arturo
Farinelli ha trabajado también sobre este punto, que ilustrará sin
duda con su especial competencia, como ha ilustrado tantos otros de
literatura comparativa.
El iniciador del teatro humanístico, como de casi todas las formas
literarias del Renacimiento, fué el Petrarca, que siempre se deleitó en
la lectura de Terencio («Terentius noster»), y que seguramente le leía
con otros ojos que los de Rosvita. En su edad madura revisó y anotó el
elegantísimo texto del siervo africano. En su primera mocedad había
compuesto una comedia llamada _Philologia_, y según Boccaccio otra, el
_Philostratus_, si es que ambas no eran una misma con diverso título,
lo cual no parece probable. Hoy no existe ninguna de ellas, acaso
porque su autor mismo las destruyó como ensayos demasiado imperfectos.
Del _Philostratus_, por lo menos, consta que era imitación de Terencio.
La más antigua comedia humanística que ha llegado á nuestros tiempos,
y la única que pertenece al siglo XIV, es el _Paulus_ de Pedro Pablo
Vergerio, natural de Capodistria, á quien no debe confundirse con
otro de su mismo nombre y apellido que figura entre los protestantes
italianos del siglo XVI. El Vergerio _senior_ es importante como
historiador, humanista y pedagogo. Su libro _De ingenuis moribus_ se
leía todavía en las escuelas en tiempo de Paulo Jovio. Una rarísima
edición barcelonesa de 1481 prueba que también había penetrado en
España[115]. No sería maravilla que fuesen conocidos también otros
escritos suyos, pero me parece inverisímil que entre ellos se contase
su comedia juvenil, que hasta estos últimos años ha dormido inédita
en la Biblioteca Ambrosiana de Milán y en la del Vaticano[116]. Y,
sin embargo, esta obra presenta algún punto común con la _Celestina_,
empezando por las promesas de moralidad que el título encierra.
Vergerio pone á su obra el rótulo de _Paulus comoedia ad iuvenum
mores coercendos_, y se propone, entre otras cosas, mostrar cómo
los malos siervos y las mujeres perdidas estragan los más pingües
patrimonios: «ad diluendas opes». El autor de la _Celestina_ nos dice
desde la portada que su libro contiene «avisos muy necesarios para
mancebos, mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes e
alcahuetas». Los medios empleados son de tan dudosa eficacia moral en
una comedia como en otra.
El protagonista de la comedia, Paulo, es un estudiante haragán y
desaplicado, á quien su siervo _Herotes_ arrastra por el camino del
vicio. Á esta perversa influencia se contrapone la de otro siervo,
bueno y leal, _Stichus_, que advierte lealmente á su señor de los
peligros que corre y procura apartarle de la vida disipada que lleva
en compañía de otros estudiantes tan corrompidos como él y de rufianes
y meretrices. La intriga se reduce á una odiosa tercería, en que la
inmunda vieja Nicolosa cede por dinero á Paulo su propia hija, Ursula,
que Herotes se encarga de hacer pasar por virgen después de haberla
desflorado.
Como se ve, la semejanza con la _Celestina_ es muy vaga y genérica.
Los dos criados de Paulo traen á la mente los de Calisto, pero son
diversos sus caracteres. _Stichus_ resulta constantemente bueno
en la comedia latina. Pármeno, que al principio da sanos consejos
á su amo, se pervierte con el trato de su compañero y los regalos
amorosos de Areusa, y llega á hacerse cómplice del asesinato de
Celestina. Sempronio, en la obra española, es un gentil racimo de
horca, un rufián ó poco menos, que acaba por dar de puñaladas á
una vieja para robarla una joya. Pero su perversidad no iguala de
ningún modo á las negras maquinaciones de Herotes, que se complace
y encarniza en el mal con tanto deleite como Yago, y hace alarde y
reseña de sus propios crímenes, jactándose de haber arrastrado á la
pobreza y á la infamia á muchos mancebos ilustres. Tampoco la _madre_
Celestina, aunque pertenece á la familia de Nicolosa, parece capaz del
horrendo parricidio moral que á ésta se atribuye: á lo menos en la
_Tragicomedia_ no lo comete, ni artísticamente podía cometerlo.
Por otra parte, hasta la forma exterior, que no es la prosa, como en
la mayor parte de las comedias humanísticas, sino el trímetro yámbico
acataléctico ó senario, muy incorrectamente manejado, aísla de sus
congéneres esta pieza, en que por primera vez reaparecen los nombres
clásicos de _prótasis_, _epítasis_ y _catástrofe_. De nada de esto
hay vestigio en la _Celestina_. Lo que tienen de común ambas piezas
es el ambiente escolar en que se desarrollan: «Paulo es un estudiante
universitario (dice el señor Sanesi); sus procederes, sus palabras,
y las de todos los que le rodean, nos descubren un rincón de la
vida estudiantil de aquel siglo tan remoto de nosotros. Ni la ávida
Nicolosa, ni la diestra Úrsula tienen mucho de común con las mujeres
del teatro latino; son, por el contrario, figuras copiadas del natural,
ofrecidas directamente por la realidad, y pertenecen á aquella clase
de mujeres de que no es difícil á un joven, ni habrá sido difícil á
Vergerio cuando frecuentaba los cursos de las universidades de Padua,
de Florencia ó de Bolonia, hacer conocimiento personal ó adquirir
experiencia inmediata».
Los mismos tipos pudo encontrar, y seguramente encontró, en Salamanca
el bachiller Fernando de Rojas, sin necesidad de conocer el _Paulus_.
La exacta observación del crítico italiano da nueva fuerza á la
opinión de los que hemos sostenido que la _Celestina_ puede muy bien
ser obra de un estudiante, y si no lo es, ciertamente lo parece. Los
escolares del Renacimiento solían ser muy hombres cuando frecuentaban
las escuelas, y eso que no se había llegado tadavía á los felices
tiempos en que, para disfrutar de los privilegios del fuero académico
y acogerse á la blanda jurisdicción del Rector, solían matricularse
personas que pasaban de treinta años, y hasta verdaderos vigardos
y malhechores, de lo cual en la biografía, todavía inédita, de un
dramaturgo español del siglo XVII hay un curioso ejemplo.
Comedias universitarias son en su mayor número las comedias latinas
escritas en Italia durante el siglo XV, y lo son, ya porque reflejan
costumbres meramente académicas, como la comedia anónima que Sanesi
llama _electoral_, y es obra, al parecer, de algún alemán concurrente
á la escuela de Padua; ya porque son estudiantes algunos de los
interlocutores; ya porque consta haber sido escritas y representadas
por escolares, como lo fué en el estudio de Pavía la horrible y
obscenísima comedia _Janus sacerdos_, en 1427, imitada por Mercurio
Roncio de Vercelli en la suya, no menos feroz, _De falso ypocrita et
tristi_, que se representó diez años después en la misma universidad
lombarda. Una y otra permanecen afortunadamente inéditas, y el mero
hecho de su existencia arguye la profunda depravación intelectual y
moral de la sociedad en que nacieron. Apenas se concibe que en tiempo
alguno hayan podido ser materia de chistes, pronunciados en público
teatro, en solemnidad académica, por jóvenes cultos, estudiosos,
ilustres, los vicios y torpezas más hediondas, que ni nombrarse deben
entre cristianos, y que por su enormidad misma requieren el cauterio
de la ley penal, no el de la sátira, y son incompatibles con la
representación festiva.
Por fortuna estas dos comedias, y alguna otra, como la _Conquestio
uxoris Canichioli_, son excepciones en la rica galería del teatro
humanístico, que rara vez es casto y morigerado en la dicción, pero
no ultraja, por lo menos, los fueros de la naturaleza. Su materia es
varia: hay piezas que pueden considerarse como cuentos dialogados, unos
de origen clásico, por ejemplo, la comedia _Bile_[117], otros derivados
de Boccaccio ó de tradiciones populares, que ya habían recibido
diversas formas, incluso la dramática, en lengua vulgar francesa ó
italiana.
Por la singularidad de su forma alegórica, por el prestigio del nombre
de su autor, memorable en todos los órdenes de la cultura artística
y científica, varón de muchas almas, como sólo el Renacimiento los
produjo, debe mencionarse la comedia _Philodoxus_ ó _Philodoxeos_, que
el florentino León Bautista Alberti compuso (según las investigaciones
del señor Sanesi) antes de la segunda mitad de 1426, cuando la
enfermedad y la dura pobreza le hicieron suspender los estudios
de Derecho que había comenzado en la universidad de Bolonia. Esta
comedia, bastante confusa, que su propio autor procuró aclarar con un
comentario, tuvo en el tiempo de su aparición maravilloso éxito, á
causa de que Alberti la hizo pasar por obra de un antiguo poeta llamado
Lépido, encontrada en un vetustísimo códice[118]. Nadie sospechó el
engaño; pero cuando fué declarado por su propio autor, la pieza perdió
algo de su crédito, suerte común de las falsificaciones más hábiles.
Todavía el _Philodoxos_ se leía y comentaba en las escuelas á principio
del siglo XVI. Precisamente en 1501, dos años después de la primera
edición de la _Celestina_, salía de las prensas de Salamanca la comedia
latina de Alberti, para estudio y recreo de los discípulos de un cierto
bachiller Quirós, que explicaba en aquella Universidad los poetas
clásicos[119].
El bachiller Quirós afirma, y no podemos menos de darle crédito,
que el _opus pulcherrimum_ de León Bautista Alberti era enteramente
desconocido en Salamanca hasta su tiempo. Es de creer, pues, que
tampoco le conociese el bachiller Rojas antes de esa fecha. Pero nada
importa averiguarlo, porque el _Philodoxus_ no se parece en nada á la
_Celestina_, ni en la fábula, ni en los caracteres, ni mucho menos
en la interpretación alegórica que su autor quiso darle. Hay, sí, un
joven ateniense llamado Filodoxo, enamorado de la romana Doxa, y que se
vale para conseguir sus fines de un amigo suyo llamado Fronesio. Otro
pretendiente de la misma joven, hombre rico y brutal, llamado Fortunio,
cansado de perseguirla con inútiles ruegos, se decide por el rapto,
entrando á viva fuerza en su casa; pero en vez de Doxa se lleva por
equivocación á su hermana Femia. Al fin todo se compone merced á la
oportuna intervención de una especie de comisario de barrio, jefe de
los centinelas ó vigilantes nocturnos (_Chronos, excubiarum magister_),
el cual decide que Fortunio se quede con la doncella raptada y Filodoxo
se case con su amada Doxa. Pero esta es la corteza del drama; en el
fondo hay una idea simbólica, á la cual responden exactamente los
nombres de los personajes. _Filodoxo_, el amante de la gloria (_Doxa_),
llega á desposarse con ella. _Fortunio_, el favorecido por la fortuna,
cree conquistar la Gloria y se queda con la Fama (_Femia_), que es
cosa no despreciable, pero de calidad inferior. _Chronos_ es una
personificación del tiempo, y á este tenor todos los personajes. La
moralidad es fácil de inferir: sólo la sabiduría y la prudencia pueden
conquistar la verdadera gloria; la fortuna y la riqueza tienen que
contentarse con la fama. La comedia de Alberti está en prosa y consta
de doce escenas. En la larga serie de las _Celestinas_ sólo encontramos
una y muy tardía, la _Doleria del Sueño del mundo_, que tenga el
carácter alegórico de la obra de Alberti. Una y otra son lánguidas y
fastidiosas, aunque de intachable honestidad.
Las comedias humanísticas que verdaderamente pudieron influir en la
_Celestina_ se reducen á tres: la _Philogenia_, de Ugolino Pisani;
la _Poliscena_, atribuída á Leonardo de Arezzo, y la _Chrysis_, de
Eneas Silvio Piccolomini. Daré á conocer rápidamente estas obras en
lo que tienen relación con la nuestra. Son tres historias de amor,
pero tratadas de muy diversa manera. He aquí cómo expresa Sanesi el
argumento de las primeras escenas de la _Philogenia_, únicas que
á nuestro asunto interesan: «Epifebo, que ama á Filogenia y desea
violentamente poseerla, va de noche bajo sus ventanas y tiene con la
doncella un largo y apasionado coloquio. La joven, en quien luchan el
amor y el deseo con el freno del pudor y de la educación, se muestra
al principio indiferente é incrédula. Pero Epifebo habla con tanta
dulzura, suplica con tanto calor, invoca la muerte con tanta angustia,
manifiesta los propios tormentos con tanta viveza y sinceridad de
palabra y emplea tanto arte en disipar sus temores y sus dudas, que
finalmente la doncella cede al destino y abandona ocultamente la
casa paterna. El joven, acogiéndola entre sus brazos, la conduce sin
dilación á su propia casa, donde (como él dice) _pasarán todos los días
al modo de los epicúreos_»[120].
Los sucesivos lances de la comedia, que ya pueden inferirse por tal
principio, pertenecen enteramente al género de Boccaccio y recuerdan
la historia de la hija del Rey del Algarbe, tan traída y llevada por
diversos amadores. Epifebo, perseguido por los parientes de Filogenia,
acaba por casarla con un rústico, tan codicioso como crédulo y necio.
Sólo en el coloquio de la ventana, en la intervención episódica de las
dos cortesanas Servia é Irzia, y en el noble carácter de los padres
de Filogenia (Cliofa y Calisto), que un tanto recuerdan á Pleberio y
Alisa, cuando se despiertan sobresaltados al sentir ruido en la cámara
de su hija, puede verse algo que se parezca á la _Celestina_. Tengo por
muy dudosa esta fuente.
No así la _Poliscena_, atribuída generalmente (acaso con error) al
célebre humanista Leonardo de Arezzo, á quien, por no confundirle con
su infame homónimo del siglo XVI, no llamaremos Aretino. Esta comedia,
que se conoce también con los nombres de _Calphurnia_ y _Gurgulio_,
corrió impresa desde 1478 y tuvo la honra de ser explicada en cursos
universitarios, hasta en la remota Polonia[121]. Es de suponer que
llegase á España antes que el _Philodoxus_, y todo el que atentamente
la lea notará sus semejanzas y diferencias con la _Celestina_.
Creizenach advirtió ya que el contenido de la _Poliscena_ se parecía
mucho al del _Pamphilus_. En pocas líneas, pero muy exactas, da idea
Gaspary, en su excelente _Historia de la literatura italiana_[122],
del argumento de esta comedia: «Un joven, llamado Graco, encuentra á
la joven Poliscena que volvía con su madre Calfurnia de oir un sermón
en la iglesia de los frailes menores. Enamórase súbitamente de la
doncella, y ésta de él. Graco se vale de la mediación de su esclavo
_Gurgulio_ (nombre tomado de una comedia de Plauto) y Poliscena acude
á su esclava Tharatántara, hábil en todo género de tercerías. El
parásito, después de haber tentado inútilmente á la madre con promesas
y ofrecimientos, va una mañana á ver á Poliscena, mientras Calfurnia
está en la iglesia, y con bellas palabras, y pintando muy al vivo los
tormentos de su amador, induce á la joven á concederle una entrevista.
Graco se vale de la ocasión sin ningún escrúpulo; sobreviene la madre,
enfurecida, y amenaza con citarle á juicio; pero el padre de Graco,
Macario, pone remedio á todo permitiendo que su hijo se case con
Poliscena».
Tal es el asunto de esta pieza, brutal y refinada á un tiempo, pues,
aunque escrita en prosa, remeda con suma habilidad la lengua de
los poetas cómicos latinos. Si en la comedia humanística hay algún
prototipo innegable de la fábula de Rojas, éste es sin duda alguna. La
semejanza consiste, no sólo en la acción, sino en los tipos del siervo
_Gurgulio_ y de la vieja _Tharatántara_. Esta última, sobre todo,
parece abuela de Celestina. Como ella se lamenta de los males de la
vejez y recuerda los perdidos goces juveniles: «_Memini ego me quondam
a multis amari, memini etiam me multis egregie saepius illudere ac fune
quasi ligatos trahere. Verum heu! me jam effaetam manent fata ultricia,
non ita ut pridem ambior, nec ullis artibus pristinum vigorem possum
reparare_». Como ella tiene fama de hechicera: «_Non verentur etiam me
veneficam nuncupare ac blanditiis fallacibus me palpare ipsos incusant,
ac magico carmine vitam auferre conati_». Y el mismo Graco, después de
hacer un horrible retrato de la vieja, añade como último improperio:
«_Suspecta etiam admodum es veneficii nomine_».
El diálogo de Tharatántara con Poliscena tiene también rasgos
celestinescos, especialmente en lo que toca á la recomendación de las
prendas del amante y al encarecimiento de los extremos de su pasión:
«_Ita me juvet Jesus, posteaquam te amare coepit, nunquam vidi ipsum
hilarem, placidum nemini, satago obsonia ac pulpamenta quae scio omnia,
demulceo verbis quantum possum, at nequit esse, inquit, neque potare,
noctes ducit insomnes, ingemiscit perpetuo_...». La semejanza continúa
en el acto ó escena en que Tharatántara da cuenta á Graco del desempeño
de su comisión[123]. Pero en la _Poliscena_ todo marcha por la posta,
sin rastro de estudio psicológico y sin recato ni comedimiento alguno.
Poliscena otorga una cita á las primeras de cambio, aprovechando la
ausencia de su madre, que está en la iglesia, y el nudo se desata por
los procedimientos más brutales y menos complicados. Si de esa comedia,
así como del _Pamphilus_, pudo aprovechar algo Fernando de Rojas,
nunca con tan humildes materiales se levantó edificio tan grandioso y
espléndido[124].
Si la _Poliscena_ fué la primera imitación consciente y deliberada
de la dramaturgia plautina, la _Chrysis_, compuesta en 1444 por el
futuro Pío II (Eneas Silvio Piccolomini) cuando asistía á la dieta de
Nuremberg, es la primera tentativa formal de reproducir el metro propio
de la comedia, el senario yámbico de los latinos, abandonando la prosa
en que habían escrito todos sus predecesores, con la única excepción de
Vergerio. En la _Chrysis_ no hay verdadera acción, sino una serie de
escenas que pintan muy al vivo las costumbres de las meretrices y de
los jóvenes disolutos. Hay coincidencias con la _Celestina_, pero todas
ellas se refieren á pasajes que están antes en Plauto: «Ningún amante
(dice Casina á Crisis) me agrada por más de un mes; siempre las nuevas
calendas me traen amores nuevos». Y Crisis la replica: «Tu constancia
es excesiva, porque conviene celebrar también con nuevos amores las
nonas y las idus, ó, como hago yo, procurarme á cada nuevo sol nuevos
amantes». La misma doctrina inculca Celestina á Areusa en el acto VII:
«Nunca uno me agradó, nunca en uno puse toda mi afficion. No hay cosa
más perdida, hoy, que el mur que no sabe sino un horado; si aquel le
tapan, no avrá dónde se esconda del gato; quien no tiene sino un ojo,
mira a quánto peligro anda... ¿Qué quieres, hija, deste número de uno?
más inconvenientes te diré dél que años tengo acuestas; ten siquiera
dos, que es compañia loable... E si más quisieres, mejor te yrá, que
mientra más moros más ganancia».
En uno y otro pasaje se ve la imitación de los consejos que Scapha
dirige á Philematium en la _Mostellaria_ de Plauto (v. 188-90):
_Tu ecastor erras, quae quidem expectes unum atque illi
Morem praecipue sic geras atque alios aspernere.
Matronae, non meretricium est, unum inservire amantem._
Hay también en la _Chrysis_ una _lena_ llamada con toda propiedad
_Canthara_ por su insaciable amor á la bebida. Eneas Silvio, que lleva
muchas veces la imitación hasta el plagio, pone literalmente en su boca
el mismo ditirambo que pronuncia la vieja del _Curculio_.
Puede tenerse por cierto que Rojas desconocía la existencia de la
_Chrysis_, obra que todavía está inédita á estas horas, y que su sabio
autor, cuando llegó á las altas dignidades eclesiásticas, y por fin
á la cátedra de San Pedro, procuró destruir con suma eficacia, lo
mismo que otros escritos suyos, no enteramente juveniles[125], pero
compuestos cuando hacía vida secular y profana. Era el principal entre
ellos la célebre _Historia duorum amantium_, de la cual ya hemos
dicho algo en el primer tomo de estos _Orígenes_[126], por haber sido
muy bien traducida á nuestra lengua en el siglo XV y haber influído
grandemente en la _Cárcel de Amor_ y en otras ficciones sentimentales.
Traducida ú original, la había leído de seguro Fernando de Rojas,
y no fué de los libros que menos huella dejaron en su espíritu y en
su estilo. La novela del futuro pontífice es, como la tragicomedia
española, una historia de amor y muerte de dos jóvenes amantes. En una
y otra se mezcla el placer con las lágrimas, y una siniestra fatalidad
surge en el seno mismo del deleite. Pero es diversa la condición de
las personas, puesto que Eurialo y Lucrecia son amantes adúlteros, y
diversa también la catástrofe, que en la obra de Eneas Silvio pertenece
al orden moral, y se cumple, no por ningún medio exterior, sino por
el fuego de la pasión, que consume y aniquila á la mísera enamorada.
«Esta nuestra, como vido a Eurialo partir de su vista, cayda en tierra,
la lleuaron a la cama sus sieruas hasta que tornasse el espíritu. La
qual como en sí tornó, las vestiduras de brocado, de púrpura y todos
los atavios de fiesta y alegría encerró y de su vista apartó, y de
camarsos y otras vestiduras viles se vistió. Y de alli adelante nunca
fue vista reyr ni cantar como solia. Con ningunos plazeres, donayres
ni juegos jamas pudo ser en alegría tornada, e algunos dias en esto
perseverando, en gran enfermedad cayó, de la qual por ningun beneficio
de medicina pudo ser curada. Y porque su coraçon estaua de su cuerpo
ausente y ninguna consolacion se podia dar a su ánima, entre los braços
de su llorosa madre y de los parientes que en balde la consolaban, la
indignante ánima del anxioso y trabaxoso cuerpo salió fuera»[127].
En lo que la historia de Eurialo y Lucrecia pudo servir de modelo á
la _Celestina_ fué en la elocuencia patética de algunos trozos y en
aquella especie de psicología afectiva y profunda que el culto, gentil
y delicado espíritu de Eneas Silvio adivinó quizá el primero entre
los modernos. Porque aquí no se trata del amor místico, dantesco ó
petrarquista, que toma las perfecciones de la criatura como medio para
ascender á otra perfección más alta; ni tampoco del amor cortesano,
que es mero devaneo en la lírica de Provenza y en sus imitadores; ni
tampoco de la pasión desenfrenada y furiosa, pero declamatoria, que
se exhala en las quejas delirantes de Fiammetta, sino de un género
de pasión más apacible y humano, ni enteramente sensual, ni reducido
á lánguidas contemplaciones. Este amor, finamente estudiado con una
penetración que honraría al más experto y sagaz moralista de cualquier
tiempo, constituye el mérito principal de las epístolas que contiene el
tratado de Eneas Silvio, que, al revés de tantas otras composiciones
artificiales, no es más que la interpretación estética de un suceso
real acaecido en Siena cuando entró en ella triunfante el emperador
Segismundo.
Hay pasajes de la _Celestina_ que inmediatamente traen á la memoria
otros del _Eurialo_. La descripción de la hermosura de ambas heroínas
se parece mucho[128].
Eurialo envía á Lucrecia su primera carta por medio de una vieja
tercera, y las palabras con que la recibe son tan ásperas como las de
Melibea en el principio de sus amores:
«Como la alcahueta recibió la carta de Eurialo, luego a mas andar se
fue para Lucrecia, y fallandola sola le dixo: «El más noble y principal
de toda la corte del César te envia esta carta, y que ayas dél
compasion te suplica».
«Era esta mujer conocida por muy pública alcahueta: Lucrecia bien lo
sabía; mucho pesar ovo que muger tan infame con mensaje le fuesse
embiada, y con cara turbada le dixo: «Qué osadía, muy malvada henbra,
te traxo a mi casa? Qué locura en mi presencia te aconsejó venir? Tú en
las casas de los nobles osas entrar y á las castas dueñas tentar, y los
legitimos matrimonios turbar? Apenas me puedo refrenar de te arrastrar
por essos cabellos y la cara despedaçar. Tú tienes atrevimiento de me
traer carta? Tú me fablas? Tú me miras? Si no oviesse de considerar lo
que a mi estado cumple más que lo que a ti conviene, yo te facía tal
juego, que nunca de cartas de amores fueses mensajera»...
«Mucho temor oviera otra qualquiera; mas ésta que sabía las costumbres
de las dueñas, como aquella que en semejantes afrentas muchas vezes se
avia visto, dezia consigo: «Agoras quieres que muestras no querer», y
allegando más a ella dixo: «Perdóname, señora; yo pensaba no errar y
tú aver desto plazer. Si otra cosa es, da perdon a mi ynocencia. Si no
quieres que buelva, hecho he el principio, en lo ál yo te obedeceré.
Mas mira qué amante menosprecias».
No prolongaré este cotejo haciendo notar otras semejanzas de detalle
que en las entrevistas de los amantes pueden encontrarse. Lo principal
es el ambiente novelesco análogo, la suave y callada influencia que en
la concepción de Rojas ejerció un escritor digno de inspirarle.