Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los

preparativos del duelo les habían obligado a salir del buque sin

almorzar. El dueño de la tienda, un español cachazudo, no sabía cómo

atender tantas y tan diversas peticiones. Querían comer; indicaban

platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero

aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo

necesario para ir y volver a Río Janeiro.

Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista:

pastelillos y dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con

deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueño,

detrás del mostrador, atendía al remedio de esta hambre general abriendo

latas de sardinas y cortando lonchas de salchichón blanducho. Todo

pasaba en extravagante mezcla por los ávidos esófagos: el salchichón

revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de sardinas. Y cuando

su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a hablar del

desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en las

maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones

que habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del

lugar del combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos

adversarios con la misma facilidad que casi había dejado cojo a

Maltrana. Y ahora que sentían en el estómago una grata pesadumbre, les

pareció el asunto muy digno de respeto.

También Gómez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el

duelo. Un espectáculo interesante que podría relatar a sus amistades. Y

poseído de súbita consideración por los combatientes, quería deslumbrar

al alemán con el relato de las batallas políticas allá en su provincia,

tenaces encuentros revólver en mano, sin otros testigos que los peones,

que disparaban también; desafíos gauchescos, jamás terminados sin

sangre.

El belga había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en

Río Janeiro, pero él no podía quedar así, con buenas palabras nada más,

sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el

acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su

honor.

Otra vez el español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos

de aquellos señores, que pedían toda clase de artículos de escritorio,

como si estuviesen en una oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta

de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que

deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento

destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas

comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento:

«_Frutos López. Productos do paiz e estrangeiros._» Pero el honor

ennoblece cuanto toca, y él se aplicó a redactar un documento, con

pasajes de emoción dramática, ayudado por el barón, que le socorría en

sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francés,

para mayor solemnidad; el belga no la tenía por aceptable en otro

idioma.

Empezó a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo

laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus

compatriotas se entretenían saltando los bancos de la plaza. Los

padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once

en el reloj de la tienda, y el _Goethe_ zarpaba a las doce. Tenían miedo

de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron

de satisfacción al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los

automóviles.

Cerca de mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron

acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés

de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qué hacer

en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa

del mar libre.

Volvían a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje,

despojándose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con

la misma satisfacción del que paladea el regalo de la casa propia

después de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emoción de

gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el

bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al

volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal

que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a diez

años.

Rugió por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas

para presenciar la llegada de los otros compañeros. Desembocaban los

automóviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente

al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros subían al

trasatlántico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales,

monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueños

pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían.

Sonó el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para

saber cuántos permanecían en tierra. Faltaban muy pocos.

La gente se agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos

irónicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban

los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los

pequeños redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella

ciudad a la que no habían podido descender, como miran los presos en

conducción paisajes y estaciones por las aberturas de un vehículo

celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que unos

vendedores negros les arrojaban desde el muelle.

Muchos de aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos,

acababan por volver las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos

y sombreados. Únicamente sentían verdadero interés por el país de su

destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, según sus

informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires.

Una explosión de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba

Nélida con su hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los

primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el señor

Kasper cortó con una acogida cariñosa la belicosidad de su cónyuge,

irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde

que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus

mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le hacía reclamar

luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla

inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El

muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido

desde el primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató,

paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio.

Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran

regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus

atenciones con la niña, pero hacía rato que se había retirado a su

camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nélida.

Habían llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento

habló ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el

interior de Río Janeiro, se retardó en los cafés y las tiendas, con el

visible propósito de que pasase el tiempo y el trasatlántico se marchara

sin ellos. Al final, Ojeda se había irritado, imponiendo

autoritariamente la vuelta inmediata al _Goethe_. Y Nélida, ofendida,

sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los

dos animales. En cuanto a él, lo detestaba.

Comenzó a zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra;

la proa se apartó del muelle. Rugía la música la marcha de partida.

Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva

del desafío. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido

una desgracia.

Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la

catástrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que

enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!... Salieron de la Avenida los tres

automóviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de

sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel

momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar

otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar al

_Goethe_ en un bote en mitad de la bahía.

Maltrana subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar

a las preguntas de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para

cambiarse de ropa. La gente, al ver que volvía sólo el alemán con los

padrinos y acompañantes, dio por cierta la catástrofe, con la afición

que muestran las masas por los finales trágicos. El barón belga estaba

herido: tal vez había muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta

al paseo, despertando en las señoras un coro de lamentaciones: «¡Un mozo

tan cumplido! ¡Qué desgracia!...».

Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al

fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del

champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros

volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del

homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas

súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el

sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.

--¡Pero si está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!...

La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era

él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más,

enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las

gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco

enmascarando el muelle.

En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva

para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a

decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras

contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer

constar que estaba incólume como el otro...

Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el

buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta

sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus

sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, _Goethe_! ¡Adiós

Nélida!... Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de

despedida.

Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos

adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían

indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres,

lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen

víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas

respetables con un desafío de morondanga!...»

Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la

gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de

hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de

Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había

expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo

cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a

sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas

exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué

Maltrana tan corajudo!... ¡Qué tigre!»

Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un

prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y

se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le

había atormentado con su peso lo mismo que una armadura.

Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».

«¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...--pensó--. No

habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar

mejor informada.»

Le produjo alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo

de sonrisa y de saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera

hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de

pasar... Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeñosa altivez, siguió

adelante, sin responder al saludo.

La gloria salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta,

mostrando gran interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas

le pedían noticias. Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis

queridos amigos». Sonreían algunas señoras, con el dulce reproche

femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del

valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una mano con el índice en

alto. «¡Ah, calaverón!... ¡Mala persona!»

El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a

Maltrana con la irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a

todos los de su país.

--¡Ah, gallego diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome

uno de hoja.

Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiración.

Todos le miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los

otros los guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían

examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con

súbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas.

--No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies,

por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.

Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su

familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban

olvidando del héroe.

--No pasee, señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la

experiencia.

Esto le dijo en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los

ojos, vio Maltrana al «hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la

general admiración!... ¡Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del

presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su

salud!... ¡Qué gran cosa el valor!

El último en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los

grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que parecía

asombrado, contestó con un guiño malicioso y un leve encogimiento de

hombros. No había de qué asustarse.

--Todo mentira--murmuró con voz tenue--; «pura parada», como dicen los

criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se

hace mal a nadie... Vamos a almorzar.

El buque había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida

vegetación y escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes.

Las montañas de forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad

se había ocultado, dejando en la memoria de todos una visión de blancas

construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines,

rostros congestionados por el calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa

del mar libre esparció su hálito vivificante por todo el buque.

Con los preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta

tardanza, así como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres

adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos

comían con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la

pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los

pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se habían

quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los brasileños recién

embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los vapores

fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras

veinticinco días de viaje, al corazón de su país.

Maltrana había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia,

fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le

hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas

con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin

acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempló con melancólica

conmiseración. «¡Ah, juventud, loca juventud!... ¡Tan apreciable que es

la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre de negro, refractario al trato

de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto.

Después del almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno.

Su célebre amigo estaba acaparado por la atención general y no venía a

sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban

los jóvenes, que acabaron por llevárselo al fumadero.

Notábanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las

mismas de antes. Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida

oceánica. Todos, al pisar el muelle, habían sentido que pertenecían al

suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia

anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al

buque eran otros. Ya no vivían la vida del presente, con olvido del

resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se

hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este

puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que

preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a

los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en

libertad y la conciencia soñolienta.

Los negocios resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como

si en este período de olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno

pensaba en la causa que le había arrastrado a este hemisferio. Los

residentes en América sentían los primeros asaltos de la inquietud. ¿Qué

malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban a encontrar los

negocios después de su ausencia?... Los que iban a las tierras nuevas

por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que

va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus

pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.

Restablecíanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían

haberse suprimido. Las caras ya no sonreían. Todos, con gesto de

preocupación, evitaban la familiaridad. Parecían tener miedo de que las

relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de

aproximación y de confidencia se traducía como amenaza de inmediatas

peticiones.

Los de menos fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente,

con la facilidad que proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus

necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban

de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el

momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y

desasosiego se esparcía por el buque, velando las voces y haciendo

languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos inspiraban el

melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno ofrecía el

aspecto de una reunión de familia después de una desgracia.

Ojeda también estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus

remordimientos. Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por

una contradicción bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su

ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana

inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se habían separado con

enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de

corta duración, y horas después se aproximaba, anunciando con maliciosos

guiños su propósito de bajar al camarote... Pero hoy transcurría el

tiempo sin que Nélida apareciese.

Cansado de este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse

hacia el lado de proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos»

fue a Nélida tendida en una silla larga, con los ojos entornados,

dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubriéndose la

cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a través

de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella

estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con vehementes

gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha

tirase de él con magnética fuerza.

Al ver a su amigo, mostró Isidro cierta turbación, se cortó su

verbosidad, lo mismo que si acabara de sorprenderle en algo vergonzoso.

Ella, por el contrario, miró a Ojeda con expresión de reto, añadiendo en

voz fuerte:

--Continúe usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.

Y acompañó sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y

abandono, indicando el gran placer que le causaban las palabras del

héroe.

Fernando siguió adelante, con más asombro que despecho por esta

revelación... ¡Maltrana también! Había bastado que las gentes lo

celebraran por una hora, para que aquella muchacha fuese en su busca a

impulsos del insaciable y veleidoso deseo. El discurso de la fiesta y la

aventura del tiro hacían de él un hombre interesante, un héroe

apetecible, y allí estaba Nélida junto a él, con los ojos húmedos, una

sonrisa de adoración y la lengua paseándose ávida sobre el rosa de los

labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.

Para evitarse las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar

otra vez por este rincón de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa,

sonaba una música pastoril, y por los intersticios del toldaje veíanse

saltar las cabezas de varias personas con el ritmo de la danza.

Le había hablado Isidro algunas veces de los bailes de los árabes

instalados en esta parte del buque, y no sabiendo adónde ir, quiso

presenciarlos, bajando a la explanada. Aglomerábase la muchedumbre,

dejando un reducido espacio a los danzarines. La llegada a América

después del aislamiento en medio del mar había difundido una gran

alegría en el rebaño ansioso de esperanza. Se aproximaban al término del

viaje. ¡Buenos Aires!... Ya estaban casi tocándola. Cuatro ranchos y

cuatro sueños los separaban nada más de la ciudad-ilusión. Iban a llegar

más pronto de lo que deseaban: cuando ya se habían familiarizado con la

vida del Océano y su prisa era menos apremiante.

Un sirio, erguido sobre un rollo de cables, tañía una triple flauta

fabricada con cañas, y al son del gangueo bucólico movíanse sus

compatriotas. Eran hombres morenos, de luengos bigotes: corpulentos

unos, hinchados de grasa, con la obesidad amarillenta y blanducha de los

orientales; enjutos otros, angulosos, alargados y sueltos de miembros,

lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la patria lejana,

habíanse ceñido pañuelos a guisa de turbantes alrededor de sus

purpúreos gorros, y otros más vistosos como fajas en torno a los

riñones. Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y

vientres. Sus hembras manteníanse aparte, como hijas de un pueblo en el

que la mujer vive aislada, sin participación en los regocijos públicos.

A la cabeza de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y

acompañándola con patadas y gritos, destacábase un joven altísimo y

enjuto de carnes, con nariz aguileña, fino bigote y ojos ardientes. Se

cubría con un caftán sucio y magnífico de seda roja bordada de oro.

Estos bordados habían tomado con los años un empañamiento verdoso. La

seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las

vedijas de algodón de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los

pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la

vestidura oriental, el árabe de Siria ofrecía un hermoso aspecto.

Ojeda lo reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las

danzas de los árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura

de caballero del desierto, que hacía recordar a los héroes de las

Orientales cantados por el romanticismo.

El imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una

dignidad. Era, según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el

número de sus «queridos amigos», estaba bien enterado de que marchaba

por segunda vez a Buenos Aires, donde ejercía pequeñas industrias. Pero

esta vulgar realidad desechábala Isidro, por no estar de acuerdo con los

deseos de su imaginación, y el joven árabe era un emir, según él, y

todos sus compañeros, con mujeres e hijos, fieles súbditos que seguían a

su príncipe en el destierro.

A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase

sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada

protectora de la _señá_ Eufrasia, que, subida en un caramanchel,

presidía la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al

reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle. Sabía que era

español por haberle visto algunas veces con don Isidro.

--¿Ha visto usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los

ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: más buenos que el

pan. Los mejores de todos.

Su marido, el hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al

escuchar estas palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de

costumbre, ansioso de fingida autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes

a este caballero. Las mujeres no sabís na de na». Pero no pudo decirlo.

El flautista lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le

hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron

inmóviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el

castillo central con ojos súbitamente congestionados.

Fernando miró también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana

que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la

escalera estaba Nélida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies,

orgullosa de la emoción que despertaba su presencia. La falda corta y

estrecha se había subido impúdicamente con el movimiento de descenso,

dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada

en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte más alta, entre

la media y el pantalón, mostrábase un pedazo circular de carne desnuda,

blanca y ligeramente sonrosada como el nácar húmedo.

Adivinó ella la causa de esta turbación colectiva, de este silencio

repentino, pero quiso prolongar la situación con una coquetería cruel,

sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente

un alarido general, un relincho inmenso que subía hasta el cielo; y no

lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: partía de los ojos

extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La

miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera

revelación celeste.

Maltrana, al pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el

enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al

fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el

desorden de la falda, borrándose la divina aparición como la luna entre

nubes.

Sólo entonces volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los

danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circuló

inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las

muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su

novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos

Aires.

La _señá_ Eufrasia se aproximó a ellos con gesto admirativo: «¡Ah, don

Isidro! ¡Y qué bien ha sabido usted escoger! Los hombres de talento

tienen magnífico ojo para estas cosas. ¡Que sea para bien! ¡Que dure

muchos años!...». Y las otras mujeres, árabes, italianas, españolas, se

agrupaban en torno de Nélida, admirando su hermosura, sorbiendo el aire

cual si quisieran apropiarse algo de su perfume, empujándose para sentir

el roce de sus miembros, conmovidas aún, a pesar de la identidad de

sexos, por lo que habían visto aparecer en mitad de la escalera. Sentían

cierto orgullo al estar próximas a una de aquellas señoritas que sólo

habían visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.

La gente joven que Maltrana había encontrado algunas veces junto a la

verja que cerraba el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas

de camareras y criadas, manteníase a cierta distancia, contemplando a

Nélida con una admiración casi homicida. La devoraban todos con los

ojos. Parecía que de un momento a otro iban a caer sobre ella,

despedazándola.

Odiaban de pronto a don Isidro, admirándolo más que antes. Nunca les

había parecido tan grandioso. ¡Ah, los ricos! Tenían la plata, tenían

las comodidades, y además se llevaban las mejores mozas. A impulsos de

la envidia hacían comparaciones, pasando su mirada de la fresca Nélida a

las pobres hembras despechugadas, sucias y curtidas por el sol. Una

porquería todas ellas. ¡Ah, miseria!...

El Emir se había despegado de sus compañeros para ejecutar un solo de

danza. Acompañado por la flauta y agitando entre ambas manos un pañuelo

rojo, bailó frente a Nélida, como si la dedicase todos sus gestos y

contorsiones. Movía las caderas con femenil vaivén, lo mismo que las

almeas, provocando grandes risas por sus estremecimientos lascivos. Las

nobles facciones del príncipe del desierto caído en la desgracia se

borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus negras pupilas

parecían arder con un fuego azulado, mientras las córneas se estriaban

de sangre. Miró a Nélida con una fijeza desconcertante; pero ella, en

vez de mostrar turbación, avanzaba el rostro y abría la fresca boca

riendo con todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las

angustias del pobre Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en

la apreciación y descubrimiento de los méritos varoniles, por ocultos

que estuviesen, hizo justicia al árabe.

--¡Qué lindo!--dijo volviéndose a Maltrana, mientras el otro seguía

bailando--. ¡Qué hermoso pedazo de hombre!... Lástima que esté aquí.

Ojeda, que permanecía cerca de ellos, pensó que era una suerte para su

amigo que los reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso

fuera de la proa. De poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse

en los recovecos del castillo central, el infortunio de Maltrana era

seguro.

Cuando el árabe cesó de bailar, jadeante y sudoroso, ella avanzó por la

explanada con el aire de una princesa que visita a sus vasallos. Se

reflejaba en su persona la popularidad de Isidro, y éste, por su arte,

extremaba las sonrisas, las palmadas cariñosas, las palabras de falso

afecto, lo mismo que un buen rey que desea mostrarse estrechamente unido

con su pueblo.

Nélida miró varias veces a Fernando gozosa de que presenciase su

triunfo. A su lado jamás había recibido tales homenajes. Sólo guardaba

para ella contradicciones y negativas. Era más buen mozo que Maltrana:

conforme; pero no era un héroe.

Como el baile había terminado, Fernando se volvió al castillo central.

Quiso dejar a Nélida gozando de su gloria, acogiendo serena como un

ídolo la curiosidad de las mujeres y el deseo vehemente de muchos

hombres, que la seguían con pasos de tigre. Tenían el mismo gesto de los

antiguos corsarios berberiscos rondando sobre la cubierta de la galera

en torno de una beldad recién conquistada. De estar solos habrían tirado

de la muchacha todos a la vez, descuartizándola para hacerla suya.

Maltrana, separado de Nélida por unos instantes, hablaba con Juan

Castillo y don Carmelo. Venía éste de la enfermería de ver a Pachín

Muiños, el emigrante que preguntaba a todas horas cuándo llegaba el

buque a Buenos Aires.

--Hombre perdido--dijo el de la comisaría--. El médico lo ha

desahuciado; pero él sigue entre la vida y la muerte, y cuando habla, es

para preguntar siempre lo mismo: «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegamos a

Buenos Aires?».

Por la mañana, en la bahía de Río Janeiro, habían tenido que hacer

esfuerzos los enfermeros para sostenerle en la cama. Quiso huir apenas

notó la inmovilidad del buque. ¡Ya habían llegado a Buenos Aires! Le

engañaban; querían mantenerle en aquel encierro so pretexto de su salud.

Y el panorama de la vecina ciudad entrevisto por un tragaluz al

incorporarse en el lecho, había servido para aumentar su desesperación.

Aún había sido ésta más grande al ponerse el buque en marcha. Se creía

de regreso a su tierra, después de haber estado junto a la

ciudad-esperanza, donde le aguardaban la salud y la riqueza.

--El pobrecito está en pleno delirio--continuó don Carmelo--. En vano le

dicen que vamos a Buenos Aires y que llegaremos pronto. Cree que

volvemos a su país; y si al fin duda, pide que lo llamen a usted, señor

Maltrana. «Que venga don Isidro. Él lo sabe todo: él me dirá la

verdad...» Podía usted verle. Su presencia le serviría de consuelo.

Pero Maltrana hizo un gesto evasivo. Tal vez más tarde lo visitase.

Ahora tenía mucho que hacer: no podía dejar sola a esta señorita.

Don Carmelo, acordándose de las obligaciones de su empleo, se lamentó

de la presencia de Muiños en el buque. Llevaba realizados varios viajes

sin que ocurriese una defunción a bordo. Examinaban a las gentes antes

de admitirlas, pero este hombre los había engañado con su aspecto de

salud en el momento del embarque... La muerte es triste en todos los

lugares, pero aún más en el mar... ¡Lo que él había visto!

Recordó un viaje que había hecho a Buenos Aires en otro buque

conduciendo una gran masa de emigrantes del Norte de Europa. A los pocos

días se declaraba una epidemia entre las gentes de tercera clase.

--Todas las noches echábamos al mar dos o tres. Nuestra preocupación era

que no se enterasen los pasajeros de primera. Jamás he visto un viaje

con tantas fiestas. Casi todos los días banquete extraordinario; por las

noches veladas musicales, bailes. Y mientras tocaba la música arriba y

bailaba la gente, nosotros metiendo a los muertos en cajones, echándolos

al mar y conservando a las familias en los sollados para que no

escandalizaran con sus gritos. Cuando llegamos al término del viaje, la

mayor parte de los pasajeros de primera ignoraban lo ocurrido, y

protestaron al ver que los sometían a cuarentena. Treinta y ocho

cadáveres al agua mientras ellos bailaban... ¡Qué cosa el mar,

caballeros! ¡Qué secretos los suyos!

Resignado de antemano a toda clase de emociones, hablaba tranquilamente

del próximo fin de este compatriota. Podía haberse muerto la noche

anterior, y lo habrían enterrado en Río Janeiro. Podía morirse tres días

después, y le darían sepultura en Montevideo o Buenos Aires. Pero

indudablemente iba a fallecer durante la travesía, tal vez en la misma

noche, y lo echarían al agua. Había que desembarazarse prontamente de

estos fardos, que únicamente sirven para entristecer a los demás. En los

buques sólo pueden tolerarse los cadáveres de los ricos, porque van

convenientemente embalsamados y sus herederos pagan bien. El carpintero

de a bordo estaba haciendo en aquellos momentos el cajón para Pachín

Muiños. El mismo don Carmelo acababa de comunicarle la orden.

Isidro no escuchó más. Nélida le hacía señas para marcharse. En medio de

su entusiasmo por la popular recepción, experimentó la joven un

sentimiento de menosprecio y asco hacia aquellas gentes. Las vio de

pronto como si acabaran de rasgarse unos velos sonrosados interpuestos

entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron sucios y de una avidez

amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o francamente

envidiosas, eran inferiores a las domésticas que la servían. Creyó

percibir más abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de

atrevida curiosidad, disimulados por la aglomeración. Hasta se imaginó

sentir en los más recónditos secretos de su cuerpo un hormigueo de

sanguinarios invasores, ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que

tal vez acababan de abandonar el pellejo de aquellas comadres.

--Vámonos--dijo con angustia y miedo.

Y trepó por la escalera, sin importarle esta vez la delectación que

proporcionaba a una gran parte del público con el divino espectáculo de

sus faldas recogidas.

A media tarde empezó a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo

suave de proa a popa, al que se habían acostumbrado todos y que pasaba

inadvertido, como un movimiento necesario para la vida igual al de la

respiración, se hizo por instantes más violento. El sol descendente

estaba velado por una barrera de vapores; la luz era grisácea, lo mismo

que la de una tarde invernal; el mar, azul obscuro, se plegaba en largas

ondulaciones. Una brisa fresca y violenta, que parecía anunciar la

tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los toldos y subir

los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada esta parte

del paseo.

Las olas, de larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el

más leve penacho blanco, no eran de gran altura, sin embargo el

trasatlántico saltaba al encontrarse con ellas, elevándose a ambos lados

de su proa dos surtidores de espuma. Veíase desde la mitad del paseo

cómo se remontaba la popa cual si fuese a volar, hundiéndose después con

una rapidez que angustiaba a muchos, produciendo en su diafragma una

sensación de vacío.

Corrían las gentes al balconaje para presenciar detrás de los cristales

los asaltos del mar en cólera, un espectáculo extraordinario después de

tantos días de bonanza.

Maltrana, invisible hasta entonces, apareció por breves momentos al lado

de Ojeda.

--Vamos a tener tormenta--dijo frotándose las manos con una expresión de

contento--. Esto no podía continuar; tanta calma era para aburrir a

cualquiera. Un viaje sin borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a

tierra, no habríamos tenido nada que decir. Es como si un autor

escribiese una novela marítima, olvidándose de colocar en ella la

obligada descripción de una tempestad.

Pero Ojeda movió la cabeza negativamente. No había tal tempestad: un

poco de movimiento al pasar el golfo de Santa Catalina; un simple

incidente de viaje.

A pesar de las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales

del buque, muchos pasajeros contemplaban con un gesto de indignación el

Océano, lo mismo que si se quejasen de la infidelidad de un amigo.

Cuando todos vivían olvidados del mar, éste se hacía presente con una

cólera insólita. Y las miradas dolorosas, los gestos de desagrado,

parecían decir con un silencio de protesta: «Esto no es lo convenido».

Los niños se aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para

ver la llegada de las olas. La superficie triangular del castillo de

proa subía y bajaba al tropezarse con las arrugas azules e inmensas que

venían a su encuentro. Descendía como si se la tragase el abismo, y

luego disparábase hacia lo alto lo mismo que un animal que se encabrita,

temblando sus flancos con el choque de las fuerzas ocultas. Dos montañas

de espuma rematadas por sutiles cresterías asaltaban la proa,

esparciendo una nube de polvo líquido. La espuma, al caer sobre la

cubierta, convertíase en agua, corriendo en ondulante lámina por las

pendientes del entarimado y escurriéndose luego por las canaletas. Estas

rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empañando los vidrios

con el goteo de sus lágrimas.

Brillaba como metal la madera del combés y del castillo de proa bajo la

continua inundación. Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De

vez en cuando, un marinero con impermeable amarillo y casco encerado

atravesaba el combés por alguna necesidad del servicio, recibiendo

impasible las fuertes salpicaduras del Océano, hundiendo sus botas altas

en el río salado que cada ola hacía rodar de una banda a otra del buque.

Mezclado Ojeda con las gentes que presenciaban este espectáculo, fijó

más su atención en las explosiones de la alegría infantil que en los

asaltos del mar. Los niños se agitaban alborotando a la llegada de las

olas. «¡Otra!... ¡otra!», gritaban con trémula alegría al ver

desarrollarse ante la proa una nueva colina azul. Quedaban en suspenso,

conteniendo la respiración, los ojos súbitamente agrandados. Sobrevenía

el golpe, encabritábase la proa, remontábanse en el espacio los dos

fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un «¡ah!» de

satisfacción descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era

mayor, la punta del _Goethe_, en gallarda rebeldía, alzábase por encima

de las olas, sin que éstas llegasen a invadirla. La gente menuda

pataleaba entonces de entusiasmo, prorrumpía en aclamaciones y saludaba

la valentía del buque con una salva de aplausos. Algunas personas

mayores contemplaban este regocijo con ojos lastimeros. «Ciega

inocencia, desconocedora del peligro... ¡Siempre que aquella marejada no

fuese en aumento!...» Muchos pasajeros no se atrevían a moverse de sus

sillones y permanecían con la frente en una mano, pálidos, los ojos

cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueño.

Pasando de un ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas,

Ojeda se encontró al lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se

agitaba con sonoras risas a cada golpe de mar, le hizo fijarse en la

mujer que estaba detrás sosteniéndolo entre sus brazos. Como si le

avisase el magnetismo de una mirada fija en sus espaldas, la madre

volvió la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era la primera

vez que se encontraban juntos después del paso de la línea. Se adivinó

en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la

indiferencia que los había mantenido apartados.

Intentó hablar Ojeda. Pasó una mano acariciante por la sedosa cabeza de

Karl, pero apenas si éste se volvió a mirarle, ocupado como estaba en la

contemplación del mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella

sólo contestó con leves movimientos de cabeza, con forzados monosílabos,

mientras su palidez iba tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su

vehemente deseo de huir. Parecía tener miedo, no de Fernando, sino de

ella misma. Y prometiendo a su hijo que desde otro sitio vería mejor la

llegada de las olas, lo puso en el suelo y le tomó una mano, alejándose

después. «Buenas tardes, señora.»

Quedó desconcertado por esta fuga y experimentó al mismo tiempo cierta

satisfacción. Ella no le había mirado con odio al marcharse. Sus ojos

más bien eran de tristeza. Tenía miedo al recuerdo. Había sentido, al

verle, la nostalgia del pasado, la melancolía de las antiguas ilusiones.

Paladeó Ojeda la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con

orgullo toda la grandeza de su caída. Días antes podía considerar como

suyas tres mujeres en aquel mundo flotante. Se habían sucedido junto a

él proporcionándole la dulce ilusión más o menos verídica que acompaña

el amor. Ahora se veía solo, completamente solo en este buque, que

también parecía envejecer al llegar a la última parte de su viaje,

encabritándose en mares obscuros y violentos después de haberse

deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol... La

novela trasatlántica de Ojeda llegaba a su fin. Debía decir adiós a las

ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente

olvidados durante el viaje.

Este propósito de renunciación alegraba su conciencia, pero molestaba al

mismo tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una

violenta dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres

después de haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dolía

igualmente, a pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el

heredero de su buena suerte, el que iba a escribir con gestos de héroe

el epílogo de una de sus novelas vividas.

Su vanidad se rebelaba contra este final. En buena hora si él hubiese

roto con Nélida después de una escena dramática. Pero habían ocurrido

las cosas de un modo tan confuso e ilógico, que no sabía Fernando

ciertamente si era él quien había repelido a la joven o ella la que le

había abandonado a impulsos de un nuevo deseo.

Pasó el resto de la tarde hablando con unos brasileños que iban a

transbordar en Montevideo, siguiendo ríos arriba hasta el interior de su

país. Le distrajo como un libro de aventuras la conversación con

aquellos hombres enjutos, huesosos, de una palidez enfermiza, cuya

mirada parecía tener fulgores de fiebre. Eran ingenieros y altos

empleados de ferrocarriles en construcción. Estas líneas audaces iban

partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que permanecían

inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.

Habían de luchar con la maraña de la vegetación, la inmensidad del

pantano, la ponzoña de insectos y reptiles y la maldad de los hombres.

Con el revólver al cinto presidían el trabajo de centenares de peones de

todas razas y nacionalidades. Habían de vivir siempre en guardia contra

las asechanzas del blanco, el más maligno de los bípedos, terrible

residuo de todas las aventuras y desesperaciones de Europa. El combate

con el microbio era también un gran peligro en esta guerra por la

civilización de la tierra virgen. Bien lo indicaba el aspecto de

aquellos hombres, decrépitos en plena juventud, heridos para siempre por

la frígida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus propios

males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres

en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las

vegetaciones dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por

rebullir lo mismo que un hormiguero, avivándose la carne en gusanos;

emponzoñamientos de la sangre que mataban en breve tiempo a un hercúleo

jayán; rápidas consunciones, devoradoras de grasas y de músculos, que

sólo respetaban el esqueleto, dejándolo flotante dentro de la piel, cual

si esta fuese un traje demasiado grande. Perecían a docenas los hombres

junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un bosque por las

cintas de acero era tan mortífera como la toma de un reducto artillado.

A la caída de la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos

lados. Iba por el buque en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.

--Ese pobre se muere--dijo en voz baja--. Está en las últimas. Tal vez

no exista en estos momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere

verlo para saber si realmente vamos a Buenos Aires. Una manía de

moribundo... Yo he pensado que nada cuesta darle esta satisfacción, y

voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extraño que no lo

encuentre. ¿Sabe usted dónde está?

Ojeda hizo una señal negativa... Y sin embargo, de querer él, lo hubiese

podido encontrar en dos minutos. Nélida e Isidro habían desaparecido

desde media tarde.

Al anochecer, cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la

comida, volvió a encontrarse con don Carmelo.

--Se acabó. El pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo

tenga todo listo. Esta noche... ¡al agua!... ¡Pobre galleguito!

Maltrana se presentó en el comedor cuando los camareros servían el

segundo plato. Tomó asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar

de la satisfacción y el contento de sí mismo que respiraba su persona.

Fernando notó algo extraordinario en su aspecto. Lucía una flor en la

solapa del _smoking_. De su cabeza surgía un perfume fuerte. Adivinábase

que había hecho gastos extraordinarios en la peluquería. Emanaba de toda

su persona un manifiesto deseo de embellecerse, de hacer olvidar el

Maltrana de antes.

Apartó los ojos de los de su amigo, temiendo ver en éstos una expresión

de reproche.

--El enfermo de que me habló usted muchas veces ha muerto hace poco

rato.

«¡Ah!...» La exclamación de Isidro revelaba indiferencia. ¿Qué iba a

remediar con su dolor? Él tenía cosas más importantes en qué pensar.

--Ha muerto llamándole--continuó Ojeda--. El pobre necesitaba consuelo y

quería verle. Pero don Carmelo lo ha buscado a usted inútilmente por

todo el buque.

Otra vez lanzó Maltrana la misma exclamación incolora. Y huyendo los

ojos, hizo un gesto evasivo. Él tenía mucho que hacer: había estado en

su camarote hablando con Martorell del futuro Banco... Y no dijo más,

como si temiera que Fernando le acusase de mentiroso por haber visto al

catalán en algún otro sitio durante la tarde.

Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana

animar la conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible.

Él también estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa

donde tomaba asiento el señor Kasper con su familia.

Había amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones

largas e irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa

las saltaba con facilidad.

En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado

su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo.

Luego de comer, la tranquilidad del mar serenó los ánimos y las

digestiones, restableciéndose cierta alegría en el jardín de invierno.

Unas pasajeras de Río tecleaban en el piano del salón y buscaban

romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades

ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes hablaban de

improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había aclarado;

lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del

Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de

exteriorizar el regocijo de la calma.

Ojeda tomó su café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él,

huyó al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo

mismo que él! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una

rueda.

Cuando salió a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de

alegría había llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios

del balconaje miró la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre

ella y el castillo central reflejábanse las luces eléctricas en el piso

del combés, brillante aún por las rociadas de las olas. A aquella hora

estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.

Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa

agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy

lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de

entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combés. Volvió

a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos de mujer llorosa, alaridos

de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia

de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería, defendida por un

marinero impasible.

Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en

desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco,

haciendo coro a su madre. No sabían nada, pero el instinto les había

avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto

simple y misterioso que hace aullar a las bestias domésticas, como si

oliesen la presencia de la muerte.

Querían entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse.

Acogían con incredulidad las palabras de un camarero español que,

obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba

mejor. Chocaban sin éxito contra el marinerote rubio que obstruía la

puerta con su rudeza de roca. El médico había prohibido la entrada y era

inútil insistir.

Un nuevo personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor

Antonio el _Morenito_, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y

furioso de la dureza de los alemanes.

--¡Por vía e Dió! Esto es pior que la Inquisisión... Y esto quien lo

arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.

Con la magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el

huérfano, tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus

pequeños aulladores.

--¿Qué queréis ustedes? ¿Ver ar enfermo?... Pues lo veréis, aunque tenga

que echarle las tripas ajuera a ese rubio fachendoso que está en la

puerta.

Prorrumpía en insultos y amenazas contra el marinero, que no podía

entenderle. Hablaba con vagas alusiones de la temible navaja, cuyo

escondrijo nadie lograba encontrar. Iba a salir a luz de un momento a

otro.

--Y si la saco, se acaba too... ¡too!

Sintió una mano en un hombro y volvió la cabeza. Era don Carmelo el de

la comisaría: el hombre que le inspiraba más respeto en el buque; todo

un caballero, y además paisano.

--Tú, _Morenito_, ya has acabado de armar escándalo, porque lo digo yo,

¡ea! Te vas abajo a dormir en seguía, o te hago bajar de dos patás.

El bravo se encogió. Únicamente de su padre y de aquel señor aguantaba

verse tratado así. Pero don Carmelo era un ángel, se portaba bien con

los pobres, y él sabía distinguir a las personas buenas, obedeciéndolas.

A pesar de esta sumisión, aún masculló protestas.

--¡Mardita sea! Pero lo que yo digo: ¡si esto es pior que la

Inquisisión! ¡Si esta pobre mujer quié ver a su marío!

Don Carmelo intentó disuadir a la familia. Al día siguiente verían al

enfermo... si es que estaba mejor. Por el momento era imposible. Les

infundió tranquilidad y confianza, acostumbrado como estaba al trato de

la muchedumbre emigrante. Y el _Morenito_, pasándose al lado suyo con

un repentino cambio de humor, repetía todas sus palabras, apoyándolas

con la autoridad de su braveza. Lo que dijese aquel caballero, paisano

suyo, era la verdad. No más llantos ni alborotos; el enfermo estaba

mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Debían irse abajo a dormir.

Al desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisaría

habló a Ojeda en voz baja. Una hora después, cuando los emigrantes

estuviesen encerrados, vendría el carpintero para meter el cadáver en el

cajón. No había que esperar, como otras veces, las horas reglamentarias.

Cuanto más pronto saliesen de esto, sería mejor.

--El pobresillo está negro como un carbón. ¡Da lástima verle!... A las

once, ¡al agua! Si usté quiere presensiá esa cosa...

Al volver juntos hacia el castillo central, don Carmelo quedó un

instante en suspenso, como si se le ocurriese una idea. ¿Por qué no

llamaban a don José, aquel cura español? En los otros viajes, cuando

había que echar al agua un muerto, el comandante o el primer oficial

suplía la falta de sacerdote. Recitaba una plegaria en alemán, con la

gorra en la mano, ante el pesado féretro, y después la orden de

costumbre «Désele cristiana sepultura.» Y el cajón caía al mar. Pero en

este viaje podían disponer de un clérigo, y el muerto era católico.

Ojeda debía decir algo a don José para que asistiese a la fúnebre

ceremonia. Y aquél aceptó, yendo en busca del cura.

Estaba ya en su camarote preparándose para dormir, pero al saber lo que

deseaban de él, se enfundó de nuevo en la sotana. Era un bracero de la

Iglesia, siempre dispuesto al trabajo. De sermones, poca cosa; de

problemas teológicos, menos; pero para confesar ocho horas seguidas y

ayudar a un cristiano a bien morir, allí estaba él, insensible al

cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad, habituado a la

agonía humana con un coraje profesional.

Quiso ir derechamente a la enfermería para recitar junto al cadáver

todas las oraciones del caso que tenía en sus libros. ¿Por qué no le

habían llamado antes, cuando aquel pobre vivía aún?... Fernando tuvo que

contener su celo. No debían bajar hasta el último momento. Los del buque

querían mantener el suceso en secreto. No convenía llamar la atención de

los emigrantes.

Sentáronse los dos en el paseo, junto a las ventanas del salón. Había

empezado en éste la improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente.

Al principio del viaje nadie sabía tocar: el miedo al ridículo, la falta

de trato, hacían fingir a todos una absoluta ignorancia musical. Ahora

todos se mostraban ansiosos de lucir sus habilidades, y apenas se

retiraban del teclado unas manos, caían otras sobre él vigorizadas por

el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas sentimentales en

italiano, cancioncillas picarescas en francés y jotas de zarzuela

española.

El buen don José sintió despertar en su pensamiento algo así como un

embrión filosófico por la fuerza del contraste.

--Lo que es la vida, señor Ojeda--murmuró gravemente--. Éstos cantando y

riendo, y nosotros, a cuatro pasos de ellos, esperando la hora para

echar al agua a un hombre. ¡Mundo de engaño!... ¡Mundo de trampa!

Fumaba incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le

ofrecía cigarro tras cigarro. Su cabeza empezó a oscilar. Se entornaban

sus ojos para abrirse de repente con un azoramiento de sorpresa,

volviendo a cerrarse poco después. Al fin se durmió, y su respiración

estuvo próxima a convertirse en sonoro ronquido. Tenía la costumbre de

acostarse temprano. Además, la música ejercía sobre él una influencia

letárgica.

Pasó Maltrana junto a ellos. Nélida estaba en el salón y él vagaba por

la cubierta. Al saber que aguardaban para asistir a la fúnebre

ceremonia, se le escapó un gesto de contrariedad. Formuló varias excusas

para justificar su ausencia, pero en vista de que la ceremonia era a las

once de la noche, se ofreció a ir con ellos. Esta hora no trastornaba

sus planes.

Aparecieron don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento,

como si deseasen finalizar cuanto antes el lúgubre deber para irse a

dormir.

--Cuando ustés gusten, cabayeros--dijo el de la comisaría.

Despertó don José con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la

explanada de proa. Cuatro marineros sacaban de la enfermería un cajón de

madera blanca cepillada recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenían

con visible esfuerzo. El pobre Pachín menudo en vida y debilitado por la

enfermedad, pesaba mucho en la muerte. A lo grueso del cajón había que

añadir varios lingotes de hierro depositados por el carpintero junto a

su cuerpo.

Quedó el féretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque

había aminorado la marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en

la obscuridad seguía la ceremonia.

--A usted le toca, padre--dijo don Carmelo.

Se quitó el birrete don José, y todos quedaron igualmente con la cabeza

descubierta. Habíanse apagado las luces del combés para evitar que algún

curioso pudiese ver la ceremonia desde las cubiertas del castillo

central.

Estaban en la obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si

preparasen un crimen. Eran fantasmas negros en torno de un cajón blanco

inclinado hacia el mar. No teman más luz que la de las estrellas. Las

nubes, sólidas como murallas al caer la tarde, se habían esponjado hasta

convertirse en montones sueltos de transparente plumón, por cuyos

intersticios asomaban los astros. El mar batía con sus últimos

estremecimientos los costados del buque. Iba adormeciéndose según

avanzaba la noche.

El sacerdote comenzó a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres

emocionados, con la cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante

de acero debajo del cual existía una profundidad de varios kilómetros

verticales de agua, un mundo de misterio que iba a tragarse como

insignificante molécula el despojo humano.

Rezaba el cura, y a lo lejos parecían contestarle las ventanas del

salón, bocas de luz que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza.

Las oraciones fúnebres hablaban de la tierra, materia original, del

polvo al que retornamos, del gusano compañero miserable de nuestro

último sueño.

Ojeda se imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habría podido

descansar eternamente el mísero Pachín, bajo lágrimas de escarcha en el

invierno, entre flores y revoloteos de insectos al llegar el verano.

Aquí no volvería a la tierra madre. La oceánica aventura había

trastornado el final de esta existencia. Los crustáceos iban a cubrir su

último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la

profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera

husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y

ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese,

confundiendo su contenido con la líquida inmensidad.

Calló don José, como si ya no recordase más oraciones. Bendijo el

féretro, y entonces avanzó el primer oficial con aire militar, lo mismo

que un jefe que ordena una descarga de fusilería en un entierro de

soldado.

--Désele cristiana sepultura--dijo en alemán.

Los marineros que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como

una palanca, y el féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente

en el Océano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que

sordamente venían a chocar con el navío.

¡Adiós, Pachín!... Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria

en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que

volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!...

¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...».

El buque avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana

había desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.

Don José lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo

cadáver invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz!

¡Sepultado en el mar!...

Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen

así. La vida es el deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo

mañana nos traerá la felicidad: un mañana que nunca llega. «¡Buenos

Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...» Y el infeliz había

muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que perecer en la tierra deseada

poco tiempo después, sin otra visión que la cruda realidad.

Felices los que mueren abrazados a la quimera... Bienaventurados los que

no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de

nuestra existencia.

Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo

musical de las enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba

el amor, la única verdad y la mentira más grande de nuestra vida...

¡Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el

apoyo de la ilusión!

Los argonautas · 第 16 / 18 题