XI

Al detenerse el trasatlántico, después de tantos días de marcha, una

sensación de extrañeza pareció circular por todo él, desde la quilla a

lo alto de los mástiles.

Fue poco después de la salida del sol, y todos los pasajeros, aun los

menos madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con el mismo

sobresalto del que experimenta una dificultad repentina en sus órganos

respiratorios.

Habituados al suave balanceo de la cama, al movimiento de péndulo de las

ropas colgantes, al desnivel alternativo del piso, al escurrimiento de

los objetos sobre mesas y sillas, como algo natural de esta existencia

oceánica, sintieron todos cierta angustia viendo entrar cuanto les

rodeaba en rígida inmovilidad. El oído, acostumbrado al roce incesante

de las espumas en los costados del buque, al estremecimiento de la

atmósfera cortada por el impulso de la marcha, al lejano zumbido de las

máquinas extendiendo su vibración por los muros y tabiques del

gigantesco vaso de acero, acogía ahora con extrañeza este silencio

repentino, absoluto, abrumador, como si el buque flotase en la nada.

Adivinábase la presencia, más allá de los tragaluces de los camarotes,

de algo extraordinario. El aire era menos puro, sin emanaciones salinas,

con bocanadas de agua en reposo que olían a marisco en descomposición, y

junto con esto un lejano perfume de selva brava.

Corrió la gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus ojos,

habituados al infinito azul, tropezaron rudamente con la visión de las

tierras inmediatas, costas negras cubiertas hasta la cima de bosques

lustrosos, de un verde tierno, como si acabase de lavarlos la lluvia.

A ambos lados del buque alzábanse las montañas que guardan la entrada de

la bahía de Río Janeiro. A popa, el mar libre quedaba casi oculto

detrás de unas islas peñascosas con faros en sus cumbres. Frente a la

proa, la bahía enorme estaba enmascarada por el avance de pequeños cabos

que parecían cerrar el paso.

Contemplaba la gente el paisaje con la avidez de un descubridor que tras

larga navegación alcanza una tierra desconocida, admirando la

frondosidad de los bosques tropicales, la forma original de las

montañas, todas ellas de bizarros contornos. Parecían bocetos de una

estatuaria monstruosa derramados junto al Océano, restos del jugueteo de

unas manos gigantescas que se hubiesen entretenido en amasar tierras y

rocas. Unas alturas eran cónicas, de regular esbeltez; otras evocaban la

imagen de una nariz colosal, de una frente con pestañas, de un mentón

voluntarioso.

Estos perfiles se prestaban a diversas combinaciones imaginativas, como

las nubes de una puesta de sol. Algunos pasajeros conocedores de la

bahía enseñaban a los demás «el hombre que duerme»: una sucesión de

cumbres y mesetas que en su conjunto imitan el contorno de un gigante

entregado al sueño, con la cara en alto.

Semejantes por sus formas al titubeante ensayo de una Naturaleza en

estado de infantilidad o a las primeras intentonas artísticas de un

cerebro primitivo, estas montañas eran de un basalto negruzco, que traía

a la memoria la corteza rugosa de la higuera o la dura piel del

elefante. Entre los bloques, allí donde se había amontonado un poco de

humus, elevábase triunfador el bosque tropical, compacta masa de intensa

verdura--rayada de blanco por los troncos de los árboles--que invadía

todas las pendientes, desde las riberas, en cuyas rocas peinaba el mar

sus espumas, hasta las cumbres, rematadas por torres de vigía y

baluartes fortificados.

El cocotero y la palmera daban al paisaje un tono de exotismo para la

mirada de los europeos. Acostumbrados al pino parasol de las bahías

mediterráneas y a los abetos de los puertos del Norte, saludaban con

entusiasmo esta vegetación exuberante, que evocaba en su memoria

antiguas lecturas de viajes, hazañas de aventureros, chozas de bambú,

saltos de fieras, bailes de negros. Era América tal como la habían

soñado: al fin iban a sentar el pie en el nuevo continente... Y el

plátano grácil, coronado por el amplio surtidor de sus hojas barnizadas,

extendíase por todo el paisaje, formando grupos en torno de las blancas

construcciones de la playa, remontando los caminos en doble fila,

tendiéndose sobre las mesetas en apretados bosques, festoneando las

cumbres con la esbeltez de su tallo, que le hacía destacarse sobre el

cielo lo mismo que el estallido de un cohete verde.

El vapor permaneció inmóvil algún tiempo, esperando la llegada del

práctico. Nadie alcanzaba a ver la ciudad, oculta detrás de los

repliegues del terreno. Una neblina roja flotando a ras del agua

ensombrecía el último término de la bahía enorme, comparable a un mar

interior oprimido entre montañas.

Los que habían presenciado poco antes la salida del sol, recordaban

admirados el espectáculo. Era un astro de monstruosas proporciones,

hasta parecer distinto al del otro hemisferio, inflamado al rojo blanco

y que lo incendió todo con su presencia: aguas, tierras y cielo. La

aparición había sido rápida, fulminante, sin el anuncio de nubecillas

rosadas ni gradaciones de luz, sin asomar poco a poco su esfera, como en

los amaneceres del viejo mundo. Se había roto el horizonte en llamas lo

mismo que en una explosión, surgiendo el astro cielo arriba, cual un

proyectil inflamado, para no detenerse hasta que su reflejo trazó una

ancha faja de resplandor sobre las aguas de la bahía. Y de esta faja,

que ondulaba como el galope de un rebaño luminoso, escapábanse

fragmentos de oro al encuentro del buque, se deslizaban por sus flancos

y huían entre las espumas de las hélices, puestas de nuevo en

movimiento.

Brillaban los peñascos de basalto, semejantes a bloques de metal;

centelleaban, cual si fuesen proyectores eléctricos, los tejados y los

vidrios de las casas de la playa; los bosques despedían luz: cada hoja

era un espejo. Los remates de las torres y los mástiles de los buques

anclados en la bahía serpenteaban como espadas ígneas por encima de la

niebla.

Avanzó el _Goethe_ con majestuosa lentitud, partiendo las aguas de

fuego, deslizándose ante las pendientes boscosas, cuyo verdor estaba

interrumpido a trechos por unas fortificaciones viejas, de teatral

inutilidad. Las baterías modernas, ocultas en el suelo, apenas si se

delataban por las gibas de sus cúpulas movibles.

Las magnificencias interiores de la bahía iban desarrollándose ante la

muchedumbre agolpada en las bordas del trasatlántico. Aparecían entre

los cabos de basalto coronados de vegetación extensas playas con

pueblecitos de color rosa y torres de iglesia blancas, rematadas por una

cúpula de azulejos. Estas construcciones, que recordaban por sus formas

la originaria arquitectura portuguesa, adquirían un aspecto criollo con

el adorno del cocotero, el banano y otras plantas tropicales formando

bosques en torno de ellas.

Una ciudad flotante pareció surgir del fondo de la bahía según avanzaba

el _Goethe_, elevando sobre la inmensa copa azul las líneas obscuras de

sus chimeneas, mástiles y cascos. Eran construcciones monstruosas

erizadas de cañones, acorazados de color verdoso ligeros avisos, buques

mercantes de todas las banderas. Por las calles y encrucijadas de esta

urbe flotante que descansaba sobre sus anclas pasaban y repasaban,

diminutos y movedizos como insectos acuáticos, botes y lanchas de

diversos colores, con penachos de humo, velas izadas, o moviéndose

solos, sin un propulsor visible.

Comenzaron a verse fragmentos de la gran ciudad. El núcleo principal

ocultábanlo unas colinas, pero por detrás de ellas asomaron, cual

blancos tentáculos, los bulevares vecinos al mar, las luengas barriadas

que la ponen en contacto con los pueblos inmediatos. Frente a Río

Janeiro, en la ribera opuesta de la bahía, alzábase otra ciudad blanca,

Nictheroy. Enviábanse las dos, por encima de la enorme extensión azul,

el centelleo de sus techumbres y vidrieras, convertidas por el sol en

placas de fuego. Unos vapores iguales a casas flotantes iban de una a

otra orilla, estableciendo la comunicación entre ambas poblaciones.

Así como avanzaba el trasatlántico, parecían despegarse de las costas

jardines enteros con vistosas construcciones; colinas que sustentaban

cuarteles y fuertes; pedazos de roca lisa sobre cuyo lomo de elefante se

redondeaban las cúpulas de una batería. Eran islas separadas de la

tierra firme por estrechos canales. En otros sitios se introducía el mar

tierra adentro, formando hermosas ensenadas con paseos frondosos y

blancos palacios en sus bordes. Desde el buque alcanzábase a ver el paso

veloz de los automóviles por estas riberas.

Los pasajeros conocedores de la ciudad iban señalando en las montañas

más abruptas unos rosarios de hormigas que rampaban entre la obscura

vegetación: tranvías funiculares, de una pendiente casi vertical;

vagones colgantes que escalaban las cumbres de bizarras formas,

puntiagudas como agujas, corcovadas cual una joroba gigantesca,

enhiestas y finas lo mismo que un minarete o un hierro de lanza.

Iba aproximándose el _Goethe_ a la ciudad. Apareció ésta detrás de dos

islas coronadas de palmeras, avanzando sus primeras casas entre pequeñas

colinas en forma de panes de azúcar. Las construcciones destacaban sus

fachadas de un rojo veneciano o amarillas sobre la masa obscura de los

jardines. Navegaba el trasatlántico en aguas pobladas de reflejos. Los

buques y los edificios se reproducían invertidos en su profundidad.

Ondulaban en este espejo los mástiles y las arboledas, como serpientes

de varios colores. El _Goethe_, al avanzar, rompía en mil pedazos este

mundo fantástico, y los fragmentos de buques y casas alejábanse en los

repliegues de las temblonas aguas, sobre las cuales aleteaban las

gaviotas.

Rompió a tocar la música del trasatlántico una marcha de belicosa

trompetería. Los pasajeros del castillo central admiraban los

esplendores de la bahía. La muchedumbre emigrante, amontonada en la proa

y la popa, gritaba sin saber por qué, deseando exteriorizar su alegría,

saludando con una explosión de vítores, bramidos y silbidos a los buques

inmóviles que quedaban atrás del _Goethe_. Y en las cubiertas de estas

naves, los tripulantes, arremangados, interrumpían las faenas de la

limpieza para responder al popular saludo con un griterío idéntico. En

torno al trasatlántico comenzó a evolucionar un enjambre de vaporcitos y

lanchas automóviles con gentes ansiosas de subir a su cubierta.

Cruzábanse entre ellas y los de arriba gritos de saludo, agitaciones de

pañuelos.

Se despedían los compañeros de viaje con generosos ofrecimientos, a

pesar de que unos y otros tenían la certeza de no verse más. Cambiábanse

tarjetas con profusión. Los caballeros brasileños besaban las manos de

las damas, inclinándose por última vez con solemne cortesía. Ofrecían

sus casas en remotos lugares del interior, y los que continuaban el

viaje sonreían agradecidos, cual si pensasen hacerles una visita dentro

de breve plazo.

Todos se habían vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en

Río Janeiro que los que seguían la navegación. Estos últimos eran los

más impacientes por bajar a tierra. Tenían las horas contadas para

visitar la ciudad, y el retraso del buque en acercarse al muelle era

acogido por algunas mujeres con pataleos de impaciencia, como si

temiesen no desembarcar a tiempo y que la mágica urbe de belleza

tropical se desvaneciese de pronto.

Así como el trasatlántico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor

lentitud, hacíase sentir un calor húmedo, asfixiante. Ya no soplaba la

brisa del Océano libre, aumentada por la velocidad de la marcha. El

buque, casi inmóvil, caldeábase con la temperatura de aquel pedazo de

mar encerrado entre montañas. Y todos pensaban en lo que sería este

calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos almidonados y brillantes

empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas sufrían el tormento del

encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afán de acicalamiento,

que les había hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con otros

más elegantes pero calurosos.

Ojeda encontró a Nélida que venía en busca de él; pero una Nélida casi

desconocida, con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era

la primera vez que la veía así. Le gustaba más la otra, la de la cabeza

descubierta, la blusa blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en

ella un aire torpe de burguesilla endomingada.

Pero la joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovechó el desorden de

la cubierta para repetir una vez más su seducción. Si Fernando quería,

aún era tiempo. Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su

dinero, sus alhajillas, todo lo de algún valor que podía servir para la

fuga. Él no tenía más que ordenar que echasen su equipaje a tierra:

Nélida abandonaría gustosa el suyo. Les era fácil escabullirse en la

confusión del desembarco.

Ojeda, en vez de contestar afirmativamente, parecía compadecerse de

ella, con la misma conmiseración que si fuese una enferma. ¡Ah, cabeza

loca!... Bastante la había hablado en la noche anterior para hacerla

comprender lo absurdo de su proposición. Luego se había marchado

cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese a su camarote y sin mostrar

deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero convencida en

apariencia. Y ahora, después de una noche de reflexión, tornaba con las

mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese

abrir surco el consejo ajeno.

--Si tú no quieres--insistió ella con enfurruñamiento--, si te niegas a

acompañarme, huiré sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un

egoísta... como todos.

Exaltándose con sus propias palabras, le miró hostilmente y aproximó su

rostro a él, como si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de

pronto.

--No me quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de mí... ¡Y yo

que te creía distinto a los demás!... ¡Ah, si estuviésemos solos!... ¡Si

estuviésemos solos!

Oprimió convulsivamente el puño de la sombrilla que le servía de apoyo,

mientras un fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgió en ella

la educación de los primeros años. Era la niña de estancia, acostumbrada

a presenciar las peleas de los peones y las crueles hazañas de su

hermano.

Pero no tardó en arrepentirse de su cólera. Era demostrar tristeza y

despecho por la negativa de aquel hombre. Prefirió reír, con una risa

forzada, insolente, despectiva.

--Adiós. No me hables más; como si nunca nos hubiésemos conocido... La

culpa la tengo yo, por haberte hecho caso.

El despecho la hizo olvidarse de quién había sido el primero en desear

la aproximación. Ella sólo podía imaginarse a los hombres marchando

suplicantes tras de sus pasos y diciendo la palabra inicial. Se apartó

de Ojeda con gesto pensativo, buscando un insulto que conocía de muchos

años antes, tal vez desde que aprendió a hablar, pero del cual no podía

acordarse. De pronto, sonrió con pueril expresión de venganza.

«¡Gallego!...» Y le volvió la espalda orgullosa de este saludo de

despedida.

Fernando se encogió de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo.

Llegaba la deseada liquidación de su vida oceánica. Había bastado que el

buque se aproximase a tierra, para que se rompiesen por sí solas todas

las relaciones establecidas en el curso de la navegación. Nélida huía;

la pobre Mina se ocultaba, como si experimentase mayor vergüenza que él;

Maud apenas era un vago recuerdo...

Pasó la norteamericana varias veces junto a él, sin reparar en su

persona, y hasta lo empujó en una de estas evoluciones. Iba trémula, de

un costado a otro del buque, erguida dentro de un elegante vestido de

viaje, flotando sobre su espalda un largo velo y agitando un pañuelito

en la diestra. Sonreía a un bote automóvil que evolucionaba en torno al

trasatlántico. En la popa de aquél estaba sentado un buen mozo con

pantalones de franela blanca, sombrero de paja y una flor en la solapa

de su americana azul. Ojeda lo reconoció, recordando la fotografía

entrevista una vez: era míster Power.

Acababa de detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los

empleados del puerto encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en

las cubiertas varios marineros mulatos o blancos, pero todos por igual

de obscura tez y extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de

los funcionarios del puerto. Saludaron éstos a la oficialidad del buque

con grandes curvas de sus chapeos de paja, y entraron luego en el

comedor, donde estaban extendidos los documentos entre botellas de

cerveza hamburguesa.

Con estos brasileños subieron muchos de los que esperaban en los botes.

Ojeda vio que Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones.

Míster Power entró al mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozanía

de su atlética belleza, para recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo

violento de la señora, que casi se colgó de su cuello. Llovieron besos

sobre su bigote recortado, besos ruidosos que a Fernando le pareció que

iban dedicados a su persona con una intención maligna. Fingía no verle;

estaba de espaldas a él, pero no por esto ignoraba su presencia.

«¡Esta mujer!...--exclamaba Ojeda mentalmente--. ¿Qué mal le he hecho

yo? ¿Por qué ese deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de

algo?...»

Sorprendió una rápida mirada de ella, pero no pudo ver más. Mrs. Power

tiraba de su marido. ¡Ah, su grandote, su grandote adorado! ¡Las cosas

que tenía que contarle!... Y desaparecieron en apretado grupo, con

dirección al camarote, como si a ella faltase el tiempo para dar sus

noticias al hermoso hombretón que la seguía con ojos admirativos y

sumisos.

Otra que se marchaba odiándole, pero sin quejas ni reclamaciones. ¡Adiós

para siempre!... ¡Que fuese muy feliz!

La voz de Maltrana sonó detrás de él respondiendo a su pensamiento.

--No me negará usted que ha sido una escena tiernísima. ¡Que manera de

dar besos tiene esa señora!... Y el simpático _mister_ tranquilo y

dichoso, sin ocurrírsele que en uno de estos buques, en mitad del

Océano, pueden suceder muchas cosas.

Vio iniciarse un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la

imprudencia de tales palabras, y se apresuró a cambiar de conversación,

fijándose en «el hombre lúgubre», que estaba a pocos pasos de ellos

contemplando la ciudad.

--Mírelo... tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma

debe ser pura comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le

echen el guante de un momento a otro. Aquel bote de la Aduana con

marineros y soldados viene seguramente por él... Siento mucho no

presenciar la escena; resultará interesante la apertura del camarote

misterioso... Pero el deber es el deber, y apenas toquemos en el muelle

me lanzo a tierra con los míos.

Se contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto,

enfundado en un traje de lanilla negra, que le hacía sudar, ocultas las

manos en guantes obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de

viaje.

No era este equipo el más cómodo para bajar a la calurosa ciudad de Río

Janeiro; pero el honor, así como impone sus exigencias, tiene igualmente

sus uniformes, y el juez supremo de un encuentro estaba obligado a

presentarse con el ceremonial propio de su grave investidura. En el

saquito de mano llevaba las dos armas que había podido juntar para el

combate, después de largas rebuscas y comparaciones entre los revólveres

de los pasajeros.

Los otros padrinos, que se veían mezclados en un duelo por vez primera,

no le ayudaban en nada, alegando su ignorancia. Isidro, a última hora,

dudaba de su trabajo. Tal vez resultase el encuentro algo en desacuerdo

con las reglas; pero el tiempo apremiaba, sólo podían disponer de unas

horas, y él había hecho todo lo que creía oportuno. La busca de lugar

para el combate era lo que más le preocupaba en esta tierra desconocida.

Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos por Río Janeiro al ir a

Europa, se ofrecían a guiarle a cambio de presenciar el duelo.

Algunos pasajeros, reparando en Maltrana y su fúnebre aspecto, le

pedían noticias. ¿Pero decididamente iban a llevar adelante aquella

locura?... La proximidad de la tierra parecía devolver el buen sentido a

las gentes. Otros, que habían admirado el día anterior estos

preparativos de muerte, se reían ahora de ellos. La mayoría no se

acordaba del suceso. Toda su atención se concentraba en el deseo de

pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores,

comer frutas frescas y tomar asiento en un café de la Avenida Central,

viendo caras nuevas.

Uno de los testigos, comerciante alemán, sentíase influenciado de pronto

por la opinión de los más, y apelaba al buen sentido de aquel señor que

hablaba en público con tanto éxito. «Señor Maltrana: ¿no era absurdo que

dos hombres de bien como ellos se prestasen a esta niñada peligrosa?...

¿No estaban a tiempo para que los adversarios escuchasen una buena

palabra?...» A él le obedecería su compatriota, representante de una

casa honorable, que no podía comprometer su prestigio y sus muestrarios

en locuras impropias de la seriedad comercial. Que el orador, con su

poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barón.

Debían bajar juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel,

dándose explicaciones a los postres los dos rivales; y él, por amor a la

buena amistad y la concordia, iría hasta el sacrificio, pagando el

champán a toda la compañía... Pero el señor Maltrana cerraba los oídos a

tales intentos de seducción. Además, el belga no cejaba en su guerrera

tenacidad.

Un joven argentino iba desde el día anterior detrás de Maltrana,

participando con cierta admiración en sus preparativos, ayudándole en la

busca de las armas, consultando a los camaradas que conocían los

alrededores de Río Janeiro para escoger el lugar del combate. Nunca

había presenciado duelos, y mostraba gran interés por ver uno de cerca.

Nacido en una provincia del interior, con la tez algo cobriza, las cejas

en ángulo y el pelo duro y espeso, «el amigo Gómez», como le llamaba

Isidro con su fraternal exuberancia, mostraba un entusiasmo

reconcentrado al hablar de armas y peleas. Aunque vestía a la última

moda, con minuciosa corrección, repitiendo los gestos y frases

aprendidos durante un año de gran vida europea, este _gentleman_ de tez

amarillenta se ponía de color de ladrillo y le brillaban los ojos

siempre que giraba la conversación sobre actos de valor, y escenas de

muerte, como si resucitase en su sangre la acometividad de los abuelos

españoles y de los abuelos indígenas, entreverados en luengos siglos de

peleas.

Había oído muchos tiros y visto caer algunos cadáveres. Por tradiciones

de familia se mezclaba allá en su provincia en las cosas de la política.

Cada elección era una batalla. Los peones iban a votar en cuadrilla

detrás de él con el revólver o el cuchillo al cinto. Insultaban los del

gobierno: intervenía la policía en favor de éstos; descarga general de

una parte y de otra; muertos que se desplomaban sobre la urna de la

elección, balazos curados secretamente en un rancho apartado, sin

intervención de médicos y de jueces... ¡y hasta la otra!... Él sabía con

qué gestos mueren los hombres; pero desafío tal como aparece en comedias

y novelas, no había visto ninguno, y sentía impacientes deseos de

presenciar esta ceremonia mortal, respetándola de avance como algo

misterioso, de imponente liturgia, digno de asombro cual todas las cosas

extraordinarias que había admirado en Europa. Por esto agradecía los

ademanes protectores de Maltrana, su promesa de llevarle con él para que

presenciara el encuentro en lugar preferente, sin perder detalle.

Acabó de detenerse el _Goethe_ junto a un amplio muelle lleno de gentío.

Entre las familias que esperaban a los pasajeros, vestidas todas de

colores claros y con sombreros de paja, destacábanse algunos grupos de

cargadores negros, que eran objeto de admiración para los niños y

criadas de a bordo. El muelle estaba cerrado por una verja, detrás de la

cual formábanse en filas los automóviles de alquiler esperando a los

desembarcantes. La Avenida Central abría en último término su amplia

perspectiva, con edificios de diversos estilos rematados por torres

puntiagudas, y aceras de pedernales blancos y negros formando mosaico.

Empujáronse los viajeros en las inmediaciones de la escala, que

descansaba ya sobre el muelle. Todos querían salir a un tiempo, como si

a sus espaldas se desarrollase un peligro, y apenas pisaban tierra

llamábanse unos a otros, formando grupos. Caminaban con lentitud, cual

si extrañasen el suelo firme, aceptando inmediatamente las ofertas de

los guías y los conductores de automóviles. Sentían un ansia de novedad,

de verlo todo de una vez, como descubridores que acabasen de abordar a

una tierra desconocida.

Disponían de poco tiempo. Junto a la escala, el mayordomo y los

camareros repetían a los fugitivos que el buque iba a partir a las doce

en punto: ni un minuto de retraso.

Ojeda se vio solo en el muelle. Casi todos los pasajeros estaban ya en

la Avenida. Isidro había salido de los primeros, con la gravedad de un

notario, vestido de negro, sin soltar el bolso, volviendo la cabeza para

recontar su gente: los adversarios, los padrinos, «el amigo Gómez» en

clase de protegido suyo y dos jóvenes argentinos agregados a la partida

con el carácter de espectadores. Habían ocupado tres automóviles,

saliendo en fila a toda velocidad, piloteados por Gómez, que señalaba el

rumbo desde el pescante del primer vehículo. ¡A morir los caballeros!...

Aceptó Fernando los ofrecimientos de un chófer mulato, y fiado a su

capricho, emprendió una excursión por Río Janeiro. Casi tendido en el

automóvil contempló el desfile de calles y paseos, que volvían ahora a

su memoria como vagas imágenes de viajes anteriores, pero con grandes

reformas.

Corrió la Avenida, poco concurrida a aquella hora matinal. Sus

preocupaciones de europeo le hicieron sentir extrañeza al ver junto a

los negros mal pergeñados y las negras hinchadas, de jeta monstruosa,

con un pañuelo arrollado sobre la cabeza crespa, otros de la misma raza

vestidos elegantemente, moviendo con petulancia su bastón y con una flor

en la solapa. Damas de idéntico color ostentaban las últimas modas de

París, balanceando con orgullo las caderas y sus enormes vecindades,

avanzando el belfo desdeñoso bajo el ala de un sombrero floreado.

Luego pasó por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado

el terso azul de las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con

sus jardines de tropical vegetación, en los que predominaba la hoja

ancha y abaniqueante. De vez en cuando abríanse en estas masas de

construcciones recientes calles angostas con una doble fila de palmeras.

Extendían sus plumajes a una altura tres o cuatro veces mayor que la de

los edificios, rectas como los fusteles de una columnata, alineadas lo

mismo que una tropa de soldados viejos, y ofreciendo en el fondo la

rápida visión de un palacete de láctea blancura.

Otras veces era una iglesia la que aparecía igualmente blanca, de una

alba intensidad, sólo comparable a la de la espuma, con caperuza de

tejas verdes y azules, y en torno de ella gráciles palmeras y rosales

gigantescos.

Fernando, ante estos vestigios de la época del Imperio, evocaba en su

imaginación el típico caballero del Brasil tradicional, tal como lo

había visto en libros y grabados: galante en sus maneras, sentimental y

poético como un lusitano, la cara enjuta y pálida, con ancha perilla,

sudando bajo la levita negra y el cilindro lustroso del sombrero de

copa, un quitasol bajo el brazo y unos pantalones blancos de hilo por

toda concesión al clima de su país esplendoroso.

El automóvil lo llevó hasta una playa a través de desfiladeros y túneles

perforados en el basalto, después de los cuales reaparecía el caserío.

Siguió caminos abiertos en cornisa entre la bahía luminosa y unas

pendientes casi verticales cubiertas de bosques de un verde metálico.

Atravesó suburbios poblados por gente de raza africana, en los cuales el

sonido de la trompa hacía asomar a las puertas unas negras enormes,

tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y hacía

correr tras de las ruedas un sinnúmero de pequeños diablos desnudos, con

la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su

abdomen el ombligo en relieve igual a un botón.

Pasó Ojeda mucho rato en el Jardín Botánico, admirando las gigantescas

palmeras. Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo

que columnas huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes

secos y las cortezas, con un estrépito agrandado por la altura del

desplome. La proximidad de una montaña, cerrando el paso a toda brisa,

hacía más intenso el calor.

Huyó sudoroso de este invernáculo, y otra vez le llevó el automóvil a la

Avenida como si diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chófer

hablaba de los hermosos alrededores, se ofrecía para llevarle a Tijuca,

ponderando la maravillosa frondosidad de sus bosques.

En la terraza de un café se agitó una sombrilla con movimientos de

saludo. Luego, dos personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el

automóvil, que se detuvo instantáneamente. Eran Nélida y su hermano.

Sonrió ella a Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos,

acariciándole con sus ojos. El hermano experimentó una rápida simpatía

por Ojeda a verle en automóvil, y sonrió igualmente, alabando el buen

aspecto del vehículo. Se contenía para no saltar al pescante tomando

asiento al lado del conductor.

Nélida se lamentó de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con

estos viejos. Habían dado un rápido paseo por la ciudad, y allí estaban,

en la terraza del café, agobiados por el calor, hablando de volverse al

buque, sin fuerzas para emprender una nueva excursión. Y ella y su

hermano protestaban, ansiosos de verlo todo.

--Llévanos contigo--murmuró al oído de Fernando.

Y sin esperar su aprobación, dio algunos pasos hacia el café para hablar

con sus padres, pero sin acercarse a ellos. «Papá, mamá: nos vamos con

el doctor Ojeda.» Tampoco se tomó el trabajo de escuchar su respuesta.

Dio un empujón al hermano. «Anda, zonzo; trépate en el automóvil al lado

del chófer.» Y mientras el «zonzo» la obedecía, ella se sentó junto a su

amante. Partió el vehículo a toda velocidad, sin que ninguno de ellos

pudiese oír las recomendaciones que hacía la madre, incorporada en su

asiento.

Ojeda no sabía adónde ir, y consultó a Nélida. «A un sitio lindo»,

repitió ésta varias veces. Y el chófer, como si después de tales

palabras fuese imposible una equivocación, emprendió el camino de

Tijuca.

Ella tomó una mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el

asiento casi descansó la cabeza en su hombro. Mostrábase arrepentida de

su escena en el buque pocas horas antes. Fernando conocía su carácter;

debía perdonarla. Y con este deseo de perdón, faltó poco para que lo

besase en plena calle.

Pasaban junto a ellos otros automóviles descubiertos con pasajeros del

_Goethe_. Parecía haberse multiplicado su número prodigiosamente al

fraccionarse en grupos. Casi todos los vehículos que rodaban a aquella

hora por la ciudad estaban ocupados por ellos. Se les veía igualmente en

los tranvías o estacionados en las puertas de tiendas y cafés.

Saludábanse con espontáneo gozo, manoteando y gritando cual si fuesen

compatriotas que se tropezaban después de larga ausencia.

Alarmado Fernando por estos encuentros, recomendó a la joven cierta

prudencia en su actitud. Podían verlos: después serían los comentarios

en el buque. Además, señalaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos,

mostrándoles la espalda, mientras intentaba asombrar al chófer con su

vasta erudición en marcas de automóviles. Pero Nélida levantó los

hombros. ¡Lo que le importaba aquel tonto! ¡Ojalá arreglase Dios las

cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo convirtiesen en

papilla!...

Luego apretaba la mano de Fernando con más fuerza, mirándose en sus

ojos.

--Viejito mío, di que me perdonas... ¡Ay, si tú quisieras! ¡si tú

quisieras!

Otra vez despertó en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin

recato, como si el hermano no pudiese oírla. Aquel infeliz no existía

para ella: lo despreciaba. Y sin embargo, por una contradicción de su

carácter, sentía a la vez gran miedo pensando en lo que podría decir

cuando llegase a Buenos Aires.

Aún estaban a tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo

unos ojos suplicantes. Abandonarían al hermano con cualquier pretexto, y

éste se volvería al buque con sus padres, cansado de esperar.

Pero Ojeda acogió tales proposiciones con una sonrisa de conmiseración.

Era una loca: inútil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apeló entonces

a las lágrimas, último recurso femenil; y Fernando, para distraerla,

comenzó a ensalzar la belleza del paisaje. Interrumpía sus desesperadas

reflexiones con llamamientos para que fijase los ojos en la tupida

arboleda y la maravillosa vista de la bahía. El remedio fue eficaz.

--¡No me quieres, me has engañado!--gemía Nélida--. Me dejas ir al

encuentro de mi hermano. Tú serás responsable de lo que ocurra.

Y cuando más afligida parecía, la vista de un arroyuelo entre las peñas,

de un árbol enorme, o del mar lejano ofreciéndose a través de la

columnata de troncos, la hacían incorporarse en su asiento a impulsos

del entusiasmo y sonreír, complacida, mientras unas lágrimas retrasadas

se desplomaban de sus párpados, enrojeciendo su nariz.

El automóvil había dejado atrás los suburbios de Río Janeiro. Subía por

un camino tortuoso, entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a

cada revuelta agrandábase el panorama y era más fresco el viento.

A un lado de la pendiente extendía la montaña su rápido declive de rocas

obscuras, de una rugosidad paquidérmica. El humus fecundo, la

temperatura tropical, la humedad que manaba por todas partes, habían

cubierto estas laderas de prodigiosa vegetación.

Surgía de la tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas

y oquedades de la piedra, como si ésta tuviese en aquel paisaje

maravilloso un poder de fecundidad. Estos árboles, de un verde obscuro,

eran de hojas charoladas, sin la más tenue veladura de polvo, cual si

estuviesen recién lavados. Sus troncos no alcanzaban un diámetro grande,

más bien parecían gráciles y débiles por su recta esbeltez y su altura

enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus raíces les hacía

crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de recibir la

caricia del sol impulsábalos hacia arriba atropelladamente, pugnando por

sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa

cabellera verde.

La fuerza vital de cada árbol expandíase en línea recta, sin encontrar

espacio suficiente para ensancharse en tal aglomeración. Los troncos,

esbeltos y altísimos, tenían en su remate una copa reducida, pero su

enorme cantidad formaba una compacta masa verde, una bóveda que mantenía

al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse los rayos de sol por el

caparazón de hojas, llegaban a la tierra húmeda como varillas de oro

atravesando oblicuamente la penumbra del subterráneo.

En esta semiobscuridad movíanse insectos de alas vistosas; correteaban

escarabajos de colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua

rezumados por la piedra, uniéndose en arroyos que descendían rumorosos

por los bordes del camino. Sobre la masa uniforme del bosque elevaban

las palmeras sus alminares empenachados. Algunos troncos faltos de hojas

cubríanse de colgantes pabellones de fibras, semejantes a vestiduras que

cayesen en andrajos.

Al otro lado del camino, por entre la empalizada de los troncos y las

copas de los árboles crecidos en la pendiente, mostrábanse a cada

revuelta la ciudad y la bahía. Las masas de techumbres rojas y pardas

estaban igualadas por la distancia. Avenidas y calles formaban un

entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notábase en ellas el

movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el

rápido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automóviles y

tranvías. Emergían muchas torres sobre este caserío: unas, albas o

rosadas, con caperuzas de tejas de colores; otras, de férreo y

puntiagudo casquete, con paredes de cemento. Y sirviendo de fondo al

panorama, la enorme y tranquila copa de la bahía, con su terso azul

moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y encerrada entre

montañas negras de perfiles casi humanos.

El chófer iba mostrando con patriótico orgullo las nuevas bellezas que

ofrecía el paisaje a cada vuelta de su volante. Daba nombres a las

aglomeraciones de caseríos y a los picos gibosos de las cumbres. Hablaba

de las bellezas de Tijuca, que aún estaban por ver: la _Cascatinha_, una

caída de agua más allá del _Alto de Boa Vista_; la Cascada Grande; la

_Mesa do Imperador_, las Grutas de Agaziz, la «Gruta de Pablo y

Virginia».

Nélida palmoteó de entusiasmo al oír el último nombre. Quería ver cuanto

antes este lugar. Recordaba vagamente un libro que había leído con el

mismo título. Era una historia de amor, y esto bastaba para excitar su

curiosidad.

--Vamos a ver en seguida lo de Pablo y Virginia--exigió con su ímpetu de

niña caprichosa--. Debe ser muy lindo... Yo no sabía que eran de este

país.

Llegó el automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el

bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de

conciertos. Volvió el vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda

por un camino estrecho y pendiente. La vegetación era más densa, más

salvaje, aglomerándose en los declives de barrancos y precipicios.

Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El

ruido del automóvil hacía correr vertiginosamente sobre sus cuatro

patas a extraños roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la

maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que

escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas.

Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario,

vieron tres automóviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de

hombres. Ojeda presintió inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo

tiempo que el hermano de Nélida creía reconocerlos, llamándolos por sus

nombres.

Se habían tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno

desafío. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para

que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompañantes,

que parecían entusiasmados por el encuentro. Los agarró del brazo para

que no saltasen a tierra mientras el chófer evolucionaba penosamente en

el estrecho camino dando la vuelta.

El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad

pudiesen hacerle algún obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole

de emoción las alillas de la nariz. ¡Qué interesante!... ¡Ver cómo se

peleaban los hombres!... ¡Y tal vez alguno de los dos quedase herido!...

Hablaba de esto como de un hermoso espectáculo que iba a perder por

culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un momento que ella podía ser la

causa original de este suceso.

Intentó hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le

habló de usted, para dar mayor dureza a su protesta.

--Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia.

Acuérdese de su promesa: un hombre debe tener palabra.

Él contestó que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque

necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del

Brasil ni la gruta tenía de ellos otra cosa que el nombre.

--Yo quiero verlos...--repitió Nélida--. Eso lo dice usted por

engañarme. No me da la gana de volver a la ciudad.

Pero Ojeda se acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde

estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el

trópico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La

ofreció un regalo para someterla a la obediencia: podía escoger entre

estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó tal promesa para que,

olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo.

--¿De veras, mi viejo?... ¿Vas a regalarme un monito pequeño... así...

así?--y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio

de inverosímil pequeñez--. ¿No te parece mejor un loro de los que

hablan?... ¿Dices que me regalarás las dos cosas?... ¡Ah, mi viejito

rico... mi negro!

Y como estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besándolo a espaldas

del hermano.

La rápida aparición del automóvil en las inmediaciones de la Cascatinha

había producido cierta alarma en Maltrana y sus compañeros. El testigo

pacificador, que tanto había rogado a Isidro para impedir el lance,

sintió gran miedo y no menor contento al notar la llegada del automóvil.

Sin duda era la policía, que, avisada por alguien del buque, venía a

sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los demás.

Por esto cuando el automóvil dio la vuelta, alejándose, desearon todos

finalizar el acto cuanto antes, evitándose una sorpresa que consideraban

inminente.

Llevaban dos horas de vagar por los alrededores de Río Janeiro. Los

jóvenes argentinos que guiaban a la comitiva habían indicado varios

lugares adecuados para el encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les

salían al paso transeúntes molestos, o veían próximas algunas casas que

parecían vomitar niños y perros atraídos por la presencia de los

automóviles.

Un chófer, sin adivinar cuál era el propósito de los viajeros, había

propuesto la excursión a Tijuca. Y después de pasado el Alto de Boa

Vista, al rodar en pleno bosque, les había seducido el bello panorama de

la Cascatinha.

--Aquí--ordenó Isidro con su autoridad indiscutible--. Jamás se habrá

efectuado un desafío con tan hermoso telón de fondo. ¡Lástima que no

venga con nosotros un operador cinematográfico! ¡Qué cinta pierde el

mundo!...

Apartábase la ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo

valle. La roca aparecía entre los árboles cortada verticalmente, y desde

lo más alto de ella desplomábase una masa de agua chocando con las

puntas salientes del basalto. Hervía esta agua en varias caídas con

blancos espumarajos. El menudo polvo que levantaban sus burbujeos tomaba

los reflejos del iris bajo la luz del sol. Ennegrecidas y sudorosas las

piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen bloques metálicos. La

vegetación tropical movía las anchas manos de sus hojas goteantes.

Hundíase la cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y

susurrante, por los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación

enmarañada y las rocas sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un

reducido espacio de suelo desigual.

Maltrana pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el

combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde

encontrar decoración más interesante para una muerte posible? Había que

elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros

ruidos. Era a modo de los trémolos orquestales que dan en el teatro un

realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sintió más grande en

este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil parecía contemplarlo

con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.

Comenzó a dar órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los

neófitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen

los automóviles un poco más allá de la cascada! No convenía que los

conductores presenciasen el acto.»

Y Maltrana fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus

carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo

distracción, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber

en qué iba a parar este misterio.

Con el mismo éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo

obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al

ver llegar la comitiva se apresuró a salir de un toldo de cañas,

limpiando un vaso en un arroyo y ofreciéndolo después lleno de agua

hasta los bordes.

Era el espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una

mesita, tenía varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces,

ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta

soledad, contemplando el revoloteo de los pájaros de colores en las

frondosidades inmediatas, extrayendo melodías del monótono canturreo de

las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las náyades de la

Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de

blanca espuma y aterciopelado iris.

--Toma, «menino», y márchate de aquí.

Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se

fuese, y además le llamó «menino»--lo único que sabía de portugués--,

con lo cual creyó halagarlo.

Pero el «menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a

él, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse

sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás,

elevando sus ojos hasta los de él, bebiendo con la mirada sus palabras y

sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no

quisiera perder detalle.

Se resignó Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la

realidad... Pero había que proceder con rapidez. ¡Adelante!

Midió a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el

convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la

distancia marcada por sus pasos. Pero era él quien había propuesto los

veinte metros, y con el mismo derecho podía medir treinta o cuarenta si

le daba la gana... Un detalle sin importancia. ¡Adelante también!

Después de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo

atrás, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en

conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en

alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero

había de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no

permitían gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente

baladí. ¡Adelante otra vez!

Sólo entonces volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado

estaban los padrinos, que seguían sus operaciones con respetuoso

silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Más

allá, con discreta separación, los dos enemigos, que se volvían la

espalda, muy ocupados en seguir la caída de las aguas o el revoloteo de

los pájaros sobre las copas de los árboles.

El amigo Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había

seguido en estos preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los

ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales

brujerías. Los dos jóvenes argentinos agregados a la expedición se

habían subido a la cumbre de una roca, y allí estaban sentados con las

piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente, pero ellos se

consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un lugar de

preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas.

Sorteó Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los

combatientes. Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una

gravedad fúnebre. Él los apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero

en lances tales desaparece el afecto, y sólo habla el deber, el terrible

deber.

Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo

de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo

que pudiera ser un obstáculo para la bala mortal. A continuación le

abrochaba la chaqueta, le subía el cuello, para que el blanco de la

camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos

cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus niños antes de

enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En cambio,

¡la mirada autoritaria y cruel!... ¡la voz, que parecía un esquilón

fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!...

El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de

breves momentos, pero antes dictó a uno y a otro los detalles del

combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran

listos, él daría la voz de «¡Fuego!», añadiendo: «¡Uno... dos... tres!».

En el espacio comprendido entre estos tres números debían disparar. El

que hiciese fuego antes o después, «quedaría descalificado... sería un

felón, un miserable... y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor

caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su existencia.

¡Terrible Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al

hablar de felonías y traiciones, como si dispusiera de horrorosos

castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos

contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su

puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su única preocupación fue

no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía marcarlos con un

estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual

discípulos obedientes; disparar--fuese la bala adonde fuese--dentro del

término marcado. «Fuego: uno, dos, tres.

Luego de esto se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que

encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos

en el buque, y con pausada solemnidad los abrió, para que todos los

padrinos examinasen su interior. El amigo Gómez, como experto en armas,

presenciaba la ceremonia.

--¡No hay más que una cápsula!--exclamó escandalizado, cual si acabase

de descubrir una irregularidad.

Maltrana le miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían

sido establecidas de antemano por las personas serias allá presentes. Se

cambiarían dos balas nada más.

--Pero en cada revólver no hay más que una--protestó el señorito

mestizo.

--Joven--volvió a decir Maltrana con una condescendencia protectora--:

cambiar dos balas significa que cada combatiente sólo dispara una.

Y como sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los

ojos estrechos de Gómez, añadió:

--No se necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto

morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.

El joven se calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por

aquel hombre extraordinario que había presenciado tantos combates y

muertes.

Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de

la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los

tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no

podía ser más pasivo, se hicieron atrás instintivamente algunos pasos.

Iba a hablar la pólvora.

Maltrana, extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo

puso en la mano del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente.

Gómez dio un consejo rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma

en alto.

--Compañero, apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre

envían la bala por arriba. Créame: a los pies... siempre a los pies, y

hará carne seguramente.

Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos

relucientes de entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y

le mete la bala en la barriga. Yo sé algo de esto...» Los dos le

agradecieron su bondadosa indicación con un leve saludo. Pero tenían

aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el oído para

no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetían mentalmente lo

mismo: «Uno, dos, tres...».

Fue a colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos

combatientes algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar

alto. Sospechó un instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle

una bala en su desvío. Pero él era el director, todo lo había organizado

y todos le debían obediencia. Las armas estaban cargadas por él, y no

era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia

de ir en su busca.

Gómez dudó también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil

al maestro se pegó a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro.

Además, creyó perder algo de este espectáculo nuevo, del que esperaba

grandes emociones, si retrocedía algunos pasos.

Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor

que prepara la frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en

torno de él. Momento de emoción. Los otros padrinos se habían ido más

lejos aún; los tres chóferes, enterados al fin del objeto de la

correría, se agrupaban al pie de un peñasco, avanzando las morenas

cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos reflejasen

emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca, con

las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven

levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los

revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón.

Desde allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de

dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos,

avanzaba la jeta, mirándolo todo con ojos de antílope asustado.

Pareció reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros

en las inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las

ramas; pasó mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una

corteza de árbol. Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si

estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en

sus linfas.

Se acordó Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo

del _Goethe_, y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca

encontraría mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en

conmoverse con lo patético de sus palabras y el temblor de su voz, fue

él mismo. Recordó la estrecha amistad que había unido a los dos

adversarios, su viaje «arrostrando los peligros del mar». Un momento de

olvido o de error había provocado un incidente lamentable; pero los

buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían llegado, sin miedo

y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal, evitando el

lance.

Un padrino aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita

belicosidad. No habían ido hasta allí para oír sermones. Que disparasen

pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los

dos argentinos se miraban en lo alto del peñasco.

--¡Pucha! ¡y qué bien habla el gallego!

El amigo Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro:

--¡Cuánta ceremonia para matarse dos hombres!... ¡Qué macana!...

Isidro estaba conmovido realmente, con una emoción algo parecida al

miedo. Estos desafíos arreglados a la ligera, por salir del paso,

resultaban muchas veces los más trágicos. Un pavoroso presentimiento le

avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar.

Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la

impaciencia de los demás, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea

lo que el destino quiera...» Se quitó el sombrero con solemnidad

teatral; inclinó la cabeza como si por delante de él pasase la

fatalidad.

--Saludo a dos caballeros que van a morir.

Dijo esto con verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para

él un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo,

lanzó los gritos de mando.

--¿Listos?... ¡Fuego! Uno... do...

No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al

golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de

humo.

Ambos contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no

hubiese ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su

enemigo, éste avanzó a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos,

mientras los brazos se cruzaban espontáneamente en un estrujón amoroso.

Los argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y

protesta. ¿Ya no disparaban más? ¿Y aquello era todo?... Les habían

robado el dinero.

--¡Tongo... tongo!--gritaron al mismo tiempo.

Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa

de felicitación sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a

imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego

peñón abajo... Había un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre

ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo; los padrinos corrían hacia él.

A continuación de los disparos había sentido un choque en el pie

derecho, un choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y

que agitó con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta

parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al

mirarse el pie y no ver en él señal alguna de perforación ni goteo de

sangre.

Gómez mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.

--¡Hijo de una gran pulga!... ¡Si me llega a dar a mí!

Le brillaban los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella

bala perdida hubiese podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano

a su cintura. El amigo Gómez había asistido al desafío llevando su

revólver, por lo que pudiese ocurrir.

Todos rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le

arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve

depresión del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el

dolor.

Buscaba Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo.

Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños

accidentes de la inmensa llanura argentina, su trato con los maravillosos

«rastreadores», adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicación

de este misterio. Señaló a algunos pasos un diminuto orificio abierto en

el suelo. Allí estaba enterrada la bala. Mostró después un guijarro

partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus

fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes de

hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de

Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado.

Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es

nada, señores. Muchas gracias.»

El amigo Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso

al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado

a él estando junto al maestro, murmuraba tenazmente:

--¡Pucha!... ¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran!

Y sus dos compatriotas, a pesar de la distracción que les había

producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresión

burlona: «¡Tongo... tongo!».

Sintióse molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos

amigos» que habían asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba

lo que pudiese significar la palabra _tongo_; pero por si equivalía a

farsa o engaño, se apresuró a decir con toda su autoridad:

--Esto ha sido un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?... Lo digo

yo, que he presenciado muchos actos de igual clase... Y como nada queda

por hacer, vámonos a tomar algo.

Los adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían

fijado en los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes.

Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un

peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente

a la zaga de la emoción.

Roncaron de nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada

abandonó su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y

le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito

pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora

no iban silenciosos y preocupados; el sol era más vivo, los árboles más

verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pájaros, que hacían

vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehículos

dejaba detrás de su estela de polvo y humo un temblor de árboles

conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se entrechocaban, con

gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas.

Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles

que era al mismo tiempo taberna y café: el único establecimiento que

encontraron abierto.

Los argonautas · 第 15 / 18 题