XII

Dos días antes de llegar a Buenos Aires, el _Goethe_ empezó a remozarse.

Trabajaba la marinería de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los

oficiales. Era una agitación semejante a la de un navío de guerra en

vísperas de combate.

La última cubierta se empequeñecía. Las balleneras pendientes sobre el

mar eran retiradas al interior, descansando fijas en sus cuñas. Los

paseantes veíanse obligados a moverse entre estas embarcaciones, que

sólo dejaban accesibles estrechos pasadizos.

Una limpieza minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde

la línea de flotación a los topes, dejándola como nueva. Por todas

partes se encontraban marineros arremangados y despechugados, con un

cubo de pintura en una mano y una brocha en la otra. Sosteníanse en

peligroso equilibrio sobre mástiles y barandillas. Sentados en andamios

y teniendo a sus pies el mar, pintaban los costados del buque

balanceándose sobre el abismo.

Desaparecían rápidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino

y los roces en las entradas de los puertos habían inferido al

trasatlántico. La pintura se esparcía pródigamente, lo mismo que en el

tocador de una coqueta vieja. El _Goethe_ quería llegar hermoseado al

término de su viaje, y un blanco de leche refrescaba los tabiques de las

cubiertas y las cañerías interiores; un amarillo tierno de manteca

abrillantaba los mástiles, la chimenea y los brazos de las grúas; un

negro intenso ocultaba las desconchaduras del enorme casco, dando a éste

un aspecto virginal, cual si acabase de deslizarse por la grada de un

astillero.

Los empleados de la comisaría se mostraban más atareados aún que los

oficiales de la navegación. Había subido en el último puerto el médico

enviado de Buenos Aires para el examen de los emigrantes, y este

funcionario, acompañado por aquéllos, iba inquiriendo la salud del

rebaño humano acorralado en los extremos de la nave.

Funcionaba en la explanada de popa una estufa de desinfección, y pasaban

por ella los trajes de los emigrantes que eran susceptibles aún de

cierto uso a juicio de los empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes

de pieles de imposible despoblación, los calzados rotos, los arrojaban

al mar, flotando en la estela del buque un rosario de míseros objetos.

Las personas eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecían de golpe las

hirsutas melenas y las barbas patriarcales. Cráneos redondos con la

sombra azulada del pelo cortado al rape, mandíbulas salientes ostentando

aún las erosiones de una afeitada rápida, mostrábanse en el mismo lugar

ocupado antes por barbudos personajes de trágico aspecto. Desaparecían

igualmente las altas botas oliendo a sebo, las camisas rojas ceñidas al

talle por una cuerda, los gorros de piel, las sacerdotales hopalandas.

Todos se mostraban unificados por el sombrero hongo y el terno de

lanilla comprado previsoramente en un almacén de Europa.

Mujeres y chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al baño

obligatorio con rudos fregoteos de jabón. Los dos extremos de la nave

soltaban por sus caños la mugre líquida del populacho. Al chorro de agua

cargada de cenizas y polvo de carbón que arrojaban en el mar los

purgadores de las calderas, uníanse dos arroyos de líquido jabonoso y

negruzco expelidos por la proa y la popa.

Velaban con interés egoísta los de la comisaría por la salud y la

limpieza del rebaño humano. Temían a las oficinas de inmigración de

Buenos Aires, prontas a rechazar las gentes enfermas o de contagiosa

suciedad, obligando al buque a repatriarlas gratuitamente.

En los «latinos» de proa verificábanse iguales transformaciones. Las

comadres de Nápoles y de Castilla abrían sus arcas para extraer sayas y

corpiños. La _señá_ Eufrasia tronaba majestuosa con un pañolón de

encendidas flores, admirado por todos, y que parecía agrandar su

autoridad.

Los árabes, por el contrario, perdían su aspecto interesante. No más

casquetes rojos ni pañuelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El

Emir se había despojado de su caftán de seda, e iba vestido como los

demás, con un terno a cuadros y un sombrero tirolés. ¡Adiós poesía! El

príncipe de ojos de brasa, que habían perturbado por unas horas a la

sensible Nélida, era vendedor ambulante en Buenos Aires. Su comercio

consistía en una larga batea llena de objetos baratos, que paseaba con

un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios de la ciudad con

el pregón de su industria: «¡A veinte centavos! ¡Todo a veinte!».

Se había transfigurado también la cubierta de paseo. El espacio parecía

mayor. Al disminuir el número de viajeros eran más escasos los sillones,

y los paseantes podían caminar sin obstáculos. Además, la gente se

ocultaba para hacer los preparativos de desembarco.

Permanecían las señoras en sus camarotes la mayor parte del día

arreglando sus equipajes. Sólo después de las comidas se formaban

tertulias en el jardín de invierno; tertulias amistosas, sin rivalidades

en el traje ni en las joyas, vistiendo cada cual a su gusto, como gentes

preocupadas por una tarea extraordinaria y faltas de tiempo para pensar

en el propio adorno.

Sólo quedaban horas contadas de viaje: aquel día y parte del siguiente.

Al anochecer tocarían en Montevideo, y antes de que amaneciese saldrían

para Buenos Aires.

Mostrábanse las gentes poco comunicativas, con una creciente

predisposición al aislamiento, agobiadas cada vez más por las

preocupaciones que parecía sugerirles la proximidad de la tierra. Los

socios fraternales de empresas ilusorias acariciadas durante el viaje se

iban distanciando con cierta melancolía. Cosas más inmediatas y

mediocres, realidades ineludibles, iban a asaltarlos tan pronto como

descendiesen en el muelle terminal.

--De aquel negocio--se decían con mentida sonrisa--ya hablaremos en

Buenos Aires. Tiempo nos queda... Habrá que pensarlo bien, porque tiene

sus dificultades.

Estas dificultades, hasta entonces no sospechadas, surgían de pronto,

como surgen los escollos al rasgarse la bruma cerca de una costa.

Un ambiente de duda, de timidez y mutismo se extendía por el buque según

éste iba avanzando. Los emigrantes de popa, esquilados, rapados y

vestidos de limpio, permanecían silenciosos, con visible indecisión.

Parecían catecúmenos que luego de las abluciones y de vestir nuevas

túnicas no saben qué otra ceremonia les aguarda más allá de la puerta

cerrada. Miraban con inquietud la tierra que iba costeando la nave, una

barrera amarilla, ondulosa, de cumbres bajas. ¿Qué encontrarían en

aquella América?... Ya no sonaba el acordeón; los rusos habían olvidado

su danza gimnástica.

Los bulliciosos «latinos» de la proa también estaban silenciosos y

preocupados, como los navegantes que avistan una tierra nueva.

Únicamente el Emir y algunos españoles que llegaban a la Argentina por

segunda vez parecían contentos. La gaita pastoril sonaba lo mismo que

las otras tardes en el silencio del mar, pero su dulzura bucólica tenía

cierto temblor de sonrisa. El tañedor era de los que regresaban a la

tierra americana, saludándola con su música simple. En el muelle iba a

encontrar los amigos de su pueblo, su familia, todos los atractivos de

una nueva patria libremente escogida.

El _Morenito_ callaba, como si se reconociese de pronto sin autoridad y

sin fuerza para aleccionar a aquellos jóvenes cansados de admirarle. Lo

que ellos admiraban ahora era la faja amarilla de la costa, que iba

desarrollando ante el buque sus entrantes y salientes. Veíanse faros, de

cuyos vidrios arrancaba el sol una flecha roja; pinceladas blancas que

eran pueblos, y masas obscuras, largas, uniformes, que eran arboledas.

Comenzaba a dudar el valentón, sumido en el silencio. Avisábale un

obscuro instinto lo quimérico de los planes heroicos concebidos en la

soledad oceánica. La tierra cercana parecía repeler sus valerosas

concepciones. Percibía en torno de él un ambiente de restricción y de

orden más imperioso que el que había dejado a sus espaldas al

embarcarse. Tenía menos fe en la posibilidad de una partida para hacerse

rico y en todas las matanzas soñadas de indios bravos a tanto por

cabeza. Ahora más que antes necesitaba la presencia y el consejo de don

Isidro para que le infundiese ánimos con su sabiduría. Pero ¿dónde

estaba don Isidro?...

Muchos, en el castillo central, podían haberse hecho la misma pregunta

de no estar preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana,

desde la salida de Río Janeiro, se dejaba ver muy poco, y más bien

parecía huir de la popularidad que le había proporcionado su heroísmo.

Esta fuga iba acompañada de un acicalamiento extraordinario de su

persona. Se hermoseaba por instantes, a impulsos de un firme deseo de

parecer mejor.

«La juventud no es más que una voluntad--pensaba Ojeda--. Cada hora que

transcurre parece más joven. Bien se conoce que está enamorado. Nada

rejuvenece a un hombre como el amor.»

El fugitivo Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El

día antes sólo le había visto Fernando dos veces: a las horas de comer.

Irritado a causa de este apartamiento, acabó por hablarle con

hostilidad. Era un Maltrana distinto al de los días anteriores. Nélida

le había influenciado, participaba de sus odios, y tal vez por esto huía

de él como si fuese un enemigo.

Le felicitó Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la

ceguera del hombre amado, aceptó ingenuamente estos plácemes

venenosos... Sí; estaba contento de la vida. Alguna vez le había de

tocar a él.

--Bien sé que no soy gran cosa--dijo con falsa modestia; pero así y

todo, alguien se ha fijado en mí. A veces tiene éxito la fealdad.

Además, me encuentran una cabeza de carácter; voy afeitado, y esto gusta

a algunas personas más que los bigotes.

Había desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nélida estaba entre

ellos fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.

Creyó Fernando que debía romper para siempre con su compañero. Fue un

movimiento del que se arrepintió a los pocos instantes, cuando sus

palabras ya no tenían remedio.

--Siga usted su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios

y disgustos el ser amigo mío, que cada cual eche por distinto lado... y

como si no nos conociésemos.

Habían pasado sin hablarse la tarde y la noche del día anterior. Durante

la comida buscó Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro

humilde que intenta volver a la gracia de su dueño. Pero un sentimiento

de dignidad y el egoísmo de no perder sus buenas relaciones con Nélida

le mantuvieron en silencio. El otro, por su parte, mostrábase fosco,

huyendo su mirada de la de Isidro, pero compadeciéndole interiormente.

¡Pobre muchacho! La única culpable era aquella loca, que se había

propuesto enemistarlos.

A la mañana siguiente, Maltrana no pudo resistir por más tiempo esta

separación, y abordó a su amigo en la cubierta. Parecía desesperado.

¡Que unos hombres como ellos, que hacían el viaje lo mismo que hermanos,

fuesen a pelearse al final!...

--No hay mujer que valga lo que una buena amistad... Es una simpleza

reñir por esa loquilla, que no sabe ciertamente lo que quiere... Venga

esa mano, Ojeda. Y si no quiere darme la mano, déme dos puntapiés: es lo

mismo. Lo importante es que volvamos a ser lo que éramos antes.

Y se unió a él como al principio del viaje, permaneciendo a su lado más

tiempo que junto a Nélida. Ésta rondaba cerca de ellos, y sólo a fuerza

de guiños y manoteos conseguía arrastrar a Isidro por algunos instantes.

En vano lo increpaba viéndole con el otro. Manteníase firme en su

amistad, y dispuesto a seguir a Ojeda y dejar a Nélida si ésta insistía

en sus odios.

Acodados en la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua.

Había cambiado de tono. Ya no tenía el azul grisáceo de los mares

europeos, el azul dorado del trópico ni el azul profundo y luminoso de

las costas brasileñas. Ahora su coloración era verde, un verde claro con

reflejos amarillentos. Y así como el buque iba avanzando, sobreponíase

el amarillo al verde, hasta que las aguas tomaban un color terroso

semejante al de los ríos desbordados, como si el Océano recibiera la

avalancha de una enorme inundación.

El doctor Zurita se unió a ellos. Era por la tarde, después del

almuerzo.

--¿Miran ustedes el agua?--preguntó--. Esa agua ya es nuestra, tiene más

de dulce que de salada; viene del corazón de América. Es el río de la

Plata, que, al desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.

Alegrábase el doctor contemplando el color de las aguas, como si con

ellas viniese a su encuentro algo de la patria. Aún estaban muy lejos de

la desembocadura del río, y sin embargo enviaba hasta allí su corriente,

modificando el sabor y el color del Océano.

--Es enorme nuestro río, ¿no?... ¿Qué le parece, _che_?--preguntaba con

orgullo patriótico, gozándose de la estupefacción de Maltrana.

Los dos amigos hablaron de la falsedad de su título. Gaboto lo había

bautizado con el título de río de la Plata por varias planchuelas

procedentes del alto Perú que le habían trocado las tribus, pero jamás

en sus riberas se había encontrado una pepita de dicho metal. Era más

justo su primer nombre de «Mar Dulce»: expresaba mejor su acuática

inmensidad, sin orillas visibles.

Revivió en la memoria de los dos españoles la tragedia de su

descubrimiento. Pocos años después de la muerte de Colón, ya navegaban

por estas latitudes los navíos españoles buscando un estrecho para pasar

al otro Océano, al llamado mar del Sur, descubierto por Balboa. Deseaban

llegar a las espaldas de Castilla del Oro, que así se titulaba entonces

la parte conocida de la América Central.

Díaz de Solís, piloto mayor de Castilla, que mandaba estas naves, al

avistar la enorme embocadura metíase por ella, creyendo haber encontrado

el ansiado estrecho, pero la dulzura de las aguas le hacía abandonar su

ilusión. Aquel mar de agitado y continuo oleaje, sin costas visibles,

era simplemente un río. ¡Prodigios que reservaban las misteriosas Indias

occidentales a los nautas del viejo mundo!...

Así quedaba descubierto el «Mar Dulce de Solís», pero el descubridor

pagaba su hazaña con la vida. Gran marino, pero mediocre hombre de

pelea, acostumbrado al tranquilo manejo de las cartas de navegar, al

examen de los pilotos en la «Casa de Contratación» de Sevilla, y sin

experiencia en los ardides de la guerra indiana, había bajado a tierra

creyendo en los signos de paz de los indígenas, y éstos lo habían

asesinado a la vista de sus gentes en las orillas del mismo río que

acababa de descubrir, asando luego su cuerpo para devorarlo en sagrado

banquete. Y la pequeña expedición, que sólo iba a la descubierta, sin

haber hecho preparativos de guerra, huía río abajo despavorida por esta

tragedia.

El duro Oviedo, historiador y hombre de combate, apenas se apiadaba del

infortunio de Solís al hacer su relato. Le parecían naturales estas

catástrofes siempre que se enviasen hombres de mar al descubrimiento de

las nuevas tierras. Los nautas eran únicamente para el manejo de las

naos que condujesen a los verdaderos conquistadores. Y éstos debían ser

hombres de coraza, hombres de a caballo, incapaces de confianzas y

blanduras.

--¿Saben ustedes--preguntó Maltrana--qué recompensa pidió Solís al rey

antes de embarcarse para hacer este descubrimiento?

Acordábase de lo que había leído años antes en los documentos del

archivo de Simancas, cuando tomaba notas para una obra de encargo.

La monarquía andaba escasa de dinero en aquellos tiempos, y sus

servidores, dando por inútiles las peticiones monetarias, solicitaban

como premio concesiones y cargos. Solís, que era una autoridad

científica de su época, el primer sabio oficial en las cosas del mar,

explotaba su prestigio desde Sevilla, aprovechando todas las ocasiones

favorables para formular una petición. Don Fernando el Católico, a su

demanda, le concedía los bienes de un vecino que se había suicidado. En

aquellos siglos, la fortuna del suicida pasaba a la corona. Luego, a la

hora de embarcarse para su última expedición, el piloto mayor solicitaba

un premio más extraordinario y raro como recompensa de sus futuros

servicios.

--La noble ciudad de Segovia no tenía mancebía--continuó Maltrana--. A

juzgar por un informe de Solís al rey, las mujeres de partido

distribuían sus favores en unos corrales de ganado de las afueras, y él

solicitó para sí y sus descendientes el privilegio de poder establecer

una mancebía oficial dentro de los muros de la ciudad. Así se lo

prometió el Rey Católico; pero el gran piloto acabó sus días en estas

tierras, sin que pudiese montar su industria de Segovia.

Intervino Ojeda al ver el gesto escandalizado del doctor Zurita.

--Cada época tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media,

lo mismo en España que en otros países, el monopolio de las mancebías

fue una de las mejores rentas de muchas casas nobles. Esta merced sólo

la daban los reyes en pago de grandes servicios. Famosos monasterios

gozaban de tal concesión, para aplicar sus productos a las necesidades

del culto. Algunas veces eran conventos de mujeres los que disfrutaban

dicho privilegio, y sus aristocráticas abadesas recibían sin escrúpulo

el dinero de las pecadoras de «cinturón dorado».

Zurita hizo gestos afirmativos. Algo de eso lo había leído él, y no le

causaba escándalo el premio solicitado. Lo que llamaba su atención era

que en todo el descubrimiento de América únicamente se le hubiese

ocurrido solicitar tal merced al primer explorador del río en cuyas

riberas había de nacer años adelante la ciudad de Buenos Aires. Se

acordó de las innobles industrias establecidas con profusión en la gran

urbe inmigratoria por extranjeros ávidos de ganancia; de la trata de

mujeres, que extendía desde allí su reclutamiento a diversos países de

Europa. La antigua «madre» de la mancebía clásica había sido sustituida

por hombres de negocios que comerciaban en carne humana.

--¡Qué casualidad!--continuó Zurita--. Cualquiera diría que Solís

adivinaba el porvenir...

La atención de los tres se sintió atraída por los muchos buques que

navegaban en dirección contraria al _Goethe_. Hasta entonces, el Océano

se había mostrado con una soledad majestuosa. Sólo después de varios

días asomaba en lontananza la nubecilla de un vapor o la pincelada gris

de un velero. Ahora se poblaba su extensión amarillenta con buques de

todas clases: fragatas cabeceantes que hundían sus proas en la espuma a

impulsos de los hinchados trapos; vapores negros que regresaban a Europa

después de librar su cargamento de carbón; goletas minúsculas

inclinándose sobre las olas con una inestabilidad que arrancaba gritos

de miedo a las mujeres agrupadas en las bordas del _Goethe_. Este

tránsito de buques era semejante al de los vehículos y peatones que en

pleno campo anuncia la cercanía de una enorme ciudad todavía oculta. Iba

entrando el trasatlántico en la gran corriente de navegación que hace

del río de la Plata una de las avenidas más frecuentadas del comercio

mundial.

Empezó la gente a fijarse en una isla que desde mucho antes había

aparecido ante la proa. El buque pasaba entre ella y la costa lejana.

--¡Los lobos! ¡los lobos!--gritaron de un extremo a otro del paseo.

Y corrían los niños, sintiendo la emoción de los cuentos maravillosos

que infunden pavor, y tras ellos las criadas, las madres, todas las

mujeres, con una curiosidad igual a la de los pequeños.

Pasábanse los anteojos para ver los lobos marinos descansando en filas a

lo largo de la isla y en torno a un faro. Algunos de estos animales

parecían figuras yacentes sobre el pedestal de una roca. El sol de la

tarde se reflejaba en sus húmedas envolturas, dándolas un reflejo de

oro. Eran a modo de pellejos de aceite rematados por una cabeza de perro

chato. Permanecían inmóviles, flácidos, torpes, bajo la caricia pálida

de los rayos solares, rezumando grasa por sus poros. Muchos parecían

dormir. Algunos más jóvenes, como si presintiesen un peligro al

aproximarse al buque se arrastraban sobre sus cortas nadaderas,

arrojándose al agua con el estrepitoso chapoteo de un odre inflado.

Luego reaparecían, asomando a flor de agua su cabeza semejante a una

pelota negra con mostachos. Esta isla era el término de su avance desde

los glaciales mares del Sur. Hasta allí llegaban, viniendo de los bancos

de hielo, para explorar la amplia boca del estuario del Plata.

Desapareció el sol tras una barrera de nubes. Esfumábase la costa con

una bruma rojiza. El agua tomó de pronto el tono sombrío de un mar de

invierno. Muchos se estremecieron de frío en sus trajes veraniegos.

Maltrana creyó que el lejano Polo les enviaba su respiración antes de

que lograsen introducirse en el abrigo del estuario.

--¡Con tal que no tengamos bruma!--dijo el doctor--. La niebla en el río

es de lo más fregado. Hay necesidad de parar a cada momento, de hacer

señales, para evitar un choque... ¡Cosa pesada!

Luego invitó a los dos amigos a que lo acompañasen en su visita a las

máquinas del buque. No quería desembarcar sin conocer el alma de este

hotel flotante en el que había vivido quince días. Deseaba hacer

partícipes de sus emociones a las señoras de la familia, pero todas se

habían negado: «¡Las máquinas! ¡Ay, no! ¡Qué suciedad!». Y el buen

doctor, como si no pudiese realizar la visita sin un compañero que

recibiese sus impresiones, insistió, hasta conseguir que los dos amigos

le acompañasen por los tortuosos corredores de la cubierta baja.

El mayordomo hizo girar una puertecilla, y se vieron en una especie de

patio interior semejante a los que se abren en mitad de los grandes

edificios para darles aire y luz. Su altura era la del buque, desde la

quilla a la última cubierta, y en sus cuatro paredes blancas y lisas no

había otra comunicación con el resto del trasatlántico que la pequeña

puerta de entrada. Varias galerías de hierro marcaban los diversos pisos

de este departamento que ocupaba toda la parte central del navío.

Un emparrillado de acero dividía el gran pozo cuadrado y blanco en dos

secciones. Pasaban a través de él los émbolos de las máquinas, subiendo

y bajando incesantemente en sus cilindros verticales. Más abajo de esta

plataforma estaban las máquinas, y los tres visitantes llegaron a ellas

descendiendo por varias escalerillas de acero. Llevaban en las manos

pedazos de estopa para defenderse de la grasa que parecía sudar el metal

de las barandas y paredes. Un calor pegajoso oprimía el pecho, al mismo

tiempo que pinchaba el olfato con hedores de hulla y aceite mineral.

Al llegar a lo último de este amplio pozo, junto a la quilla, donde

estaban las máquinas y sus servidores, el calor era menos denso.

Sentíase un latigazo de aire glacial al pasar junto a las bocas de los

grandes ventiladores.

Era un panorama de troncos metálicos animados por inquieta nerviosidad;

una vegetación de acero que movía sus ramas, subía, bajaba y se

entrechocaba, haciendo penetrar los diversos tentáculos unos en otros.

El brillante metal lanzaba al moverse un resplandor blanco y viscoso.

Todo este organismo inquieto y vibrador, que parecía fabricado de plata

y de grasa, no dormía a ninguna hora. Había empezado su movimiento en el

mar del Norte y lo continuaba a través de medio planeta, indiferente al

cansancio, lo mismo de día que de noche, a la hora en que los hombres

viven, a la hora en que los hombres sueñan, bajo el sol y bajo las

estrellas, como si el tiempo y la distancia careciesen de realidad ante

su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en los puertos no

significaban para él inercia y descanso. Sus miembros férreos quedaban

en corto reposo, pero el fuego vivificante seguía ardiendo en sus

entrañas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el

sistema arterial de sus válvulas y tuberías.

Precedidos por un hombre rubio y flemático con galones plateados en las

bocamangas y la gorra, iban los tres visitantes por entre las máquinas

enclavadas en el fondo de este espacio cuadrangular. Las paredes subían

lisas, iguales, sin una ventana, sin el menor resquicio, unidas por las

diversas galerías y la plataforma. Pero estos obstáculos únicos eran

casi transparentes, con la sutilidad de los enrejados de metal, a través

de los cuales pasa la mirada. En lo último, a catorce metros de altura,

estaban alzadas las tapas de cristales sobre la cubierta de los botes,

dejando ver dos fragmentos de cielo.

El doctor Zurita se enteró minuciosamente de las funciones de las

diversas máquinas. Las dos más grandes, que ocupaban con sus majestuosas

dimensiones la mayor parte del espacio, eran las generadoras del

movimiento del buque, las propulsoras de las hélices. A un lado una

máquina más pequeña, productora de la luz; a otro lado la del frío, para

los depósitos de alimentos y las necesidades de la vida a bordo,

organismo potente y triunfador que en aquella atmósfera cálida, cerca de

los hornos inflamados, mantenía sus tuberías y cilindros bajo el forro

lagrimeante de una gruesa costra de hielo.

Avanzaron sobre un piso de placas de metal. En unos lugares percibían

sus pies la frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena

crujiente el polvo diamantino de la hulla. De pronto, percibían en sus

cabezas un torbellino glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices

con la picazón del estornudo y parecía querer arrebatarles las gorras.

Mirando a lo alto, se encontraban con la boca de un tubo enorme que

subía y subía, pulido y circular como el interior de un telescopio, con

gran parte de su redondez de intestino sumida en la obscuridad y un

débil resplandor de tragaluz allá en lo alto, junto a la boca curva e

invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos

sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilación, así como

otros túneles verticales abiertos desde las máquinas a lo alto del

navío, tenían en sus paredes estribos de acero que servían de peldaños;

leves escaleras por las que podían trepar las gentes de las máquinas en

momentos de peligro.

El guía de los galones plateados abrió una puerta de acero pequeña como

una ventana y del espesor de un muro. Su cierre, instantáneo, hermético,

absoluto, era semejante al de las piezas de artillería. Iba a

enseñarles uno de los dos túneles por los que pasaban los árboles de las

hélices. Entraron agachando la cabeza en una galería angosta de más de

treinta metros de longitud, ocupada únicamente por una barra de acero

que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como una espiral

de mercurio. Un rosario de bombillas eléctricas alumbraba día y noche la

continua rotación en el silencio y la soledad de esta alma metálica,

señora absoluta del túnel submarino. El lado interior de la galería era

vertical; el exterior abríase en ángulo hacia arriba, marcando el

arranque del vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caía

sobre el árbol para facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante

rotación.

Zurita quiso saber a qué profundidad estaban en aquel sitio. Hallábanse

siete metros más abajo de la superficie del Océano.

--¡Lo que nadará en estos momentos sobre nuestras cabezas!--dijo

Maltrana, ¡Los apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de

esta pared!

Y daba con los nudillos en el muro de acero, sordo, durísimo, semejante

a un bloque inmenso, tras el cual era difícil imaginarse la más leve

oquedad.

El extremo del árbol, que en sus incesantes vueltas se perdía al final

del túnel, les inspiraba no menos admiración. Ni un ruido, ni el más

leve roce. Y sin embargo, la espiral de plata, atravesando la popa del

buque, surgía en pleno Océano para levantar un torbellino espumoso con

las revoluciones vertiginosas de sus uñas retorcidas. La idea de que

estaban a siete metros bajo del agua, y que bastaría la más pequeña

grieta en el túnel para morir instantáneamente, aislados por la puerta

inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.

--Esto ya está visto. ¿Si fuésemos a visitar algo más interesante?...

Su pasaje por las calderas fue breve; las hornallas en fila expelían un

calor infernal. Asomáronse a un departamento negro, en el cual se

agitaban varios hombres medio desnudos, con un gorrito blanco en la

cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como si el excesivo calor hubiese

derretido su grasa, pero con gruesos tendones y robustas coyunturas, que

al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando abrían la portezuela

de un horno para echar en él paletadas de carbón, su resplandor lo

iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de ojos

azules aparecían grotescos y terribles bajo el hollín que tiznaba sus

caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volvía el departamento a

sumirse en una penumbra saturada de polvo de carbón. Los pies se movían

como en una playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo

y de grasa descendía por las gargantas.

Volvieron a las máquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones

del guía. En las entradas y salidas de los puertos, en todo momento

difícil, el primer ingeniero se colocaba en una galería alta, lo mismo

que el comandante del buque tomaba su sitio en el puente. Los dos

gobernantes de este mundo interoceánico vigilaban sus respectivas

funciones: uno la dirección; otro el movimiento. Y el telégrafo interno

de señales unía las dos inteligencias con rápidas comunicaciones.

Junto al primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir

los avisos del puente y transmitirlos abajo a las máquinas. Dos

maquinistas--que con la afición germánica a los títulos y jerarquías se

titulaban ingenieros terceros--cuidaban, cada uno por separado, de los

dos grandes motores que hacían marchar al buque. Otro ingeniero tercero

vigilaba las máquinas auxiliares productoras de la luz y el frío.

Al terminar el viaje redondo, cuando el trasatlántico regresaba a

Hamburgo, sus máquinas eran reparadas minuciosamente. Durante quince

días recibía los mismos cuidados que un caballo de carreras que se

prepara para una nueva corrida.

Los tres visitantes admiraron el silencio y la sumisión con que estos

organismos enormes cumplían sus funciones cual si tuvieran un alma y se

sometiesen voluntariamente a una disciplina. Ni el más leve ruido

alteraba el silencio del metal que se movía envuelto en la sordina de la

grasa. Todos los organismos funcionaban con la suavidad discreta del

lubrificante.

El acero arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en émbolos,

redondeado en discos, permanecía callado e impasible, sin transpirar el

misterio ruidoso de las potencias que se agitaban en sus entrañas. Su

rigidez no dejaba adivinar con palpitaciones materiales el agua

abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego anonadador, a los que bastaba

el más leve escape para atraer la catástrofe y la muerte. Las fuerzas

ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas, dúctiles, se

transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida con

religioso quietismo. Únicamente el calor espeso, pegajoso, húmedo, con

su perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio

de los tiempos modernos: la engendración del movimiento en el seno del

metal.

Isidro se maravillaba de la sencillez con que estas máquinas gigantescas

cumplían su función.

--¡Quién diría que estamos en un buque!--exclamó--. Usted, Fernando, que

es poeta, u otro escritor profesional, si hubieran de describir esta

parte del _Goethe_, ¡qué cosas tan hermosas dirían... y tan falsas! De

seguro que el lugar donde estamos sería el templo del fuego y las

máquinas los altares. El viejo dios Baal saldría a colación, y además un

sinnúmero de imágenes interesantes sobre la lucha del buque, que lleva

una hoguera en sus entrañas, con el ímpetu de las frías olas: el

conflicto entre el fuego y el agua...

Tal vez este lugar del trasatlántico ofrecía un interés dramático en

noches de tempestad, cuando los hombres alimentaban las inquietas

máquinas, expuestos a quemarse mientras arriba pasaban las olas sobre la

cubierta, y todo el buque temblaba y se acostaba bajo los fieros golpes.

¡Pero ahora!...

--Es difícil imaginarse--continuó Maltrana--que estamos en el Océano y

estas máquinas sirven para remover las aguas marchando sobre ellas. En

nada se adivina la proximidad del mar. Lo mismo podrían ser las máquinas

de una fábrica de zapatos o de tejidos. Sólo falta el ruido de los

talleres para que la ilusión sea completa.

Subieron después las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la

cubierta. La tarde estaba cada vez más obscura, como si en mitad de ella

fuese a caer la noche. No se veía la costa. Una muralla gris alzábase

entre ella y el buque, y parecía avanzar con lentitud, devorando el

verde polvoriento de las aguas.

--¡Pucha! ¡La niebla!--exclamó Zurita--. Tenemos para rato. A saber

cuándo llegaremos a Montevideo.

Separáronse los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con

otras personas después del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor

se fue en busca de las damas de su familia, para contarles lo que había

visto. Ojeda siguió adelante por la cubierta, en silencioso paseo.

Maltrana le abandonó al pasar ante «el rincón de las cocotas». Le atrajo

el verlas a casi todas con los sillones juntos, apretadas en torno de

Madama Berta, la andariega veterana, cuyos consejos oían religiosamente

en asuntos de América. La proximidad al término del viaje las hacía

buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional, como si

adivinasen peligros cercanos que debían arrostrar en común.

Las que hacían su primer viaje eran miradas por las otras con lástima y

envidia. ¡Quién tuviese sus ilusiones!... Recordaban las esperanzas

risueñas, las doradas mentiras que las habían acompañado en su llegada

al río de la Plata. Y después, ¡habían visto tanto!...

Berta calló al notar que un hombre se había aproximado al grupo. Pero

era Maltrana, un amigo de confianza, y siguió hablando a la joven

Ernestina, la de la hermosa cabellera, a la que rodeaban todas con

cierta predilección, cual si fuese una hermana menor, inocente y mimada.

Sus gracias decadentes y artificiales parecían avivarse al contacto de

esta juventud inconsciente y esplendorosa.

--Cuando yo llegué aquí, hace quince años--dijo Berta--, ¡qué cosas

traía en la cabeza! Iba a poner el pie en el país del oro; tenía miedo

de llegar tarde, de que otras se me adelantasen pillando lo mejor...

Creía que el buque no avanzaba con bastante rapidez por el río; contaba

los números pintados en unas boyas que marcan el canal para los vapores

grandes. Sesenta y cuatro... sesenta y tres; ya no faltaban más que

sesenta y tres kilómetros para llegar a Buenos Aires. ¡Bestia de mí!

Siempre se llega demasiado pronto. ¡Para lo que se encuentra al

final!...

Y una sonrisa de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con

engastes de oro.

Ernestina expuso sus ilusiones, acompañándolas con un gesto de humildad.

Ella era artista y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro.

Iba a hacer la vida alegre y tarifada en esta América, de la que le

habían dicho maravillas, pero por escaso tiempo y con pretensiones

modestas. Sólo aspiraba a reunir cincuenta mil francos. Con esta

cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba abrirse paso en

París. Obligaría a un director de teatro a que la contratase,

interesándose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagaría a

los críticos. Lo importante era debutar, y luego... ¡luego!... Brillaba

en sus ojos el resplandor de ilusión y de engaño que inflama a todos los

visionarios de la gloria. ¡Cincuenta mil francos!... ¿No los encontraría

en aquel país de ricos una mujercita como ella, amable y joven... y

artista? Y su fe en el porvenir se apoyaba especialmente en esta última

cualidad.

Las oyentes la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas creían

realizable su ilusión. Otras, fatalistas y melancólicas, torcían el

gesto. Sabían lo que podía alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada

más... y gracias. Al principio, una gloria rápida, y luego, la miseria:

una miseria peor que la de Europa.

--¡Cincuenta mil francos!--dijo Berta--. No es mucho. Todo depende de

la suerte: del primer amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos

meses, tal vez tardes años; tal vez no los juntes nunca.

Y le daba consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era

el hombre americano, el jovencito simpático y moreno, arrogante unas

veces, como macho dominador, dulzón otras, con una suavidad de manteca,

gran bailarín, que conquistaba a las mujeres meciéndolas en sus brazos

al compás del tango, generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en

las primeras semanas de la iniciación, hábil después para recobrar lo

suyo y llevarse algo más si era posible, con pretexto de pérdidas en el

juego.

Berta iba indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que

lee a los reclutas los artículos de la Ordenanza.

--Lo primero que debes hacer es dejarte el corazón en el barco y bajar a

tierra sin él. Aquí no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso

es... Luego, cuando recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo

sacarán. No, no muevas la cabeza: te lo sacarán. Tú no sabes qué gentes

hay en Buenos Aires; lo mejorcito de cada país. Yo soy yo, y sin embargo

me han engañado muchas veces. Las mujeres somos bestias cuando nos vemos

solas en un país extranjero y sentimos la necesidad de un verdadero

amigo... Todos los sábados irás al Banco Francés para depositar tus

ahorros. O mejor aún, los giras directamente a Francia. Así no corres el

peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco,

convenciéndote a fuerza de besos o de bofetadas... Toma siempre dinero;

no aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.

En esto último insistió mucho la veterana, como si aún estuviera latente

en su memoria algún recuerdo penoso. Señores que pasaban por millonarios

se dejaban adorar meses y meses sin soltar más que insignificantes

obsequios, hasta que al fin la pobre mujer creía llegado el momento de

realizar sus esperanzas formulando una petición. «Mi gringa linda: no te

puedo dar plata porque los negocios andan mal. Además, la plata la

gastarías inmediatamente. Voy a darte algo mejor que asegure tu

porvenir; voy a despojarme de un papel magnífico.» Y le entregaba un

rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias

que diariamente se iniciaban en el país. La mujer guardaba los papeles,

creyendo poseer una fortuna. El negocio no daba producto todavía, ¡pero

más adelante!... Fortalecíase su fe con el ejemplo de empresas salidas

de la nada en esta tierra de milagros, que habían llegado a realizar

las más fabulosas ganancias.

--Y la pobre--continuó Berta--sigue adorando al hombre que la ha hecho

rica, y cuando intenta realizar su resma de títulos, se entera de que

únicamente pueden servirle para empapelar su dormitorio.

Apiadábase la veterana de la suerte de muchas que habían llegado a

Buenos Aires con el propósito de hacer dinero en pocos meses, regresando

inmediatamente a París, y llevaban años y años encadenadas por la

miseria, sin esperanza de volver.

La prudente Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asintió

con movimientos afirmativos.

--Su esperanza--dijo--es la misma de los hombres, que siempre aguardan

un buen negocio el día siguiente. Y así se les pasan los años; y como

están solas, para alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la

cocaína, al opio, al éter.

Ignoraba la policía tales vicios. Como las gentes del país no gustaban

de ellos, no constituían un peligro nacional. Eso era para las gringas

nada más. Se vendían en la gran ciudad los venenos consoladores

profusamente, y las desesperadas, sin fuerzas para volver y sin

esperanza en el porvenir, entregábanse a ellos, contrayendo horrorosas

enfermedades.

Las más expertas del grupo convenían en sus apreciaciones. Buenos Aires,

una buena plaza de negocios para la que supiera guardar franca la

salida. Una ratonera mortal para la que se quedaba dentro.

--Nosotras somos «golondrinas»--dijo Marcela--, lo mismo que esos

segadores italianos que llegan todos los años en el momento de la

cosecha, recogen sus jornales y se vuelven a su país. Es lo mejor.

Maltrana sonrió contemplando a esta banda de cocotas golondrinas que

anualmente levantaban el vuelo desde París si las noticias de la cosecha

eran buenas. Durante su permanencia en la ciudad de la esperanza, se

apiadaban de las compañeras que habían quedado dentro del cerco con las

alas rotas, sin fuerzas para saltar, ebrias de veneno que reavivaba

falsamente las ilusiones de su primero y único viaje.

Un movimiento general de las gentes que ocupaban la cubierta interrumpió

esta conversación, haciendo abandonar sus sillones a las francesas.

Corrían todos al costado de estribor para ver en la tarde brumosa el

bulto negro de un barco igual al _Goethe_ que avanzaba sobre él como si

fuese a embestirlo. Algunos empezaron a sentirse inquietos por esta

aproximación; pero cuando los dos buques estuvieron próximos, se fue

abriendo la distancia entre sus cascos. Era un trasatlántico de la misma

Compañía de navegación, que acababa de salir de Montevideo con rumbo a

Europa. Venía de los puertos del Pacífico, salvando los grandes oleajes

de los mares del Sur y los canalizos tortuosos del estrecho de

Magallanes bordeados de montañas de hielo.

Ambos buques se saludaron con los bramidos de sus chimeneas y pasaron

muy próximos, pudiendo verse los pasajeros de uno y otro. Las bordas

estaban ocupadas por figurillas semejantes a muñecos que agitasen

automáticamente los brazos con un punto blanco en su extremidad: el

pañuelo o la gorra. Habíase izado la bandera en las dos popas, y los

alemanes la saludaron con un entusiasmo gritón: «_¡Hoch!... ¡hoch!_». La

música del _Goethe_ subió a la cubierta de los botes, y en los

intermedios del bramar de la chimenea oíanse los golpes del bombo y el

armónico mugido de los instrumentos de metal. En el buque de enfrente

también se destacaba el brillo de los cobres y las figuritas de los

músicos, puestos en círculo en la última cubierta. Cuatro trompetas

larguísimas, cuatro tubos semejantes a los que guiaban la marcha de los

legionarios romanos, abrían sus bocas doradas por encima de las

cabecitas, y en los intervalos de silencio llegaba hasta el _Goethe_ su

lejano rugido.

Los chilenos se entusiasmaron al ver este buque que venía de su patria.

Algunos habían corrido a la oficina telegráfica para conocer los nombres

de los compatriotas que iban a Europa en el otro trasatlántico, y los

repetían entre ellos. Sonaban en su conversación apellidos vascos y

andaluces de arcaico eufonismo: apellidos de los que sólo se conservaba

en la Península un recuerdo tradicional en crónicas y comedias de otros

siglos. Acogían con el interés de un gran suceso la noticia de los que

marchaban al viejo mundo. Todos eran amigos, todos eran algo parientes

en aquella República de clases cerradas, donde el gobierno y la riqueza

se mantienen en posesión de las antiguas familias coloniales, cada vez

más unidas por los matrimonios dentro de la misma casta.

--¡Viva Chile!--gritaban enérgicamente saludando a las lejanas

figuritas.

Miraban aquel buque lo mismo que si fuese suyo porque venía de su país;

aclamaban a las pequeñas personas alineadas en sus bordas creyendo

reconocerlas; acogían como una respuesta a estos vivas el rugido apagado

que llegaba hasta ellos por encima del mar. Algunos, con el

enardecimiento de su entusiasmo, daban el viva extravagante y heroico de

las grandes batallas, el que acompaña al populacho armado y patriótico de

los «rotos» en sus empresas hazañescas, la aclamación reveladora de un

carácter testarudo, capaz de ir adelante por encima de todos los

obstáculos.

--¡Viva Chile, m...!

El buque se alejó con sus trompetitas brillantes en lo alto y la

muchedumbre liliputiense alineada en los diversos pisos. Un rayo de sol

pálido iluminó su popa durante algunos instantes con reflejos de oro

antiguo. Luego, como si el Océano hubiese despertado únicamente para

presenciar este encuentro, se restableció la sombra, y algo más denso

que la sombra asaltó al _Goethe_ a los pocos minutos.

Una muralla gris avanzaba sobre él, devorando el azul del cielo y el

verde amarillento del mar. La niebla envolvió al buque cuando entraba en

la embocadura del estuario. Empezó a navegar con lentitud. Algunas veces

parecía detenerse, como si fluctuase indeciso, no sabiendo qué dirección

seguir, y poco después reanudaba la marcha. Rasgaba la «sirena» de

minuto en minuto con un aullido lúgubre esta noche blanca sobrevenida en

plena tarde. A corta distancia de las bordas cerraba la bruma toda

visualidad. Los que miraban abajo sólo veían unos cuantos palmos de

superficie acuática. Más allá, el humo turbio y denso lo devoraba todo.

El mástil de trinquete y la proa eran débiles sombras, siluetas

borrosas, pálidos dibujos sobre un fondo gris.

Muchos pasajeros, especialmente las mujeres, mostraban inquietud.

Excitaban sus nervios los rugidos de la chimenea, que parecían

llamamientos de socorro. Irritábales no poder ver, marchar a ciegas por

unos parajes de frecuente navegación. Pensaban en la posibilidad de un

choque en esta atmósfera formida y traidora. Hubiesen preferido la vida

estrepitosa de una tempestad.

A los rugidos del trasatlántico contestaban, apagados por la distancia y

la bruma, los de otros buques. Tal vez estaban próximos. La niebla

atenúa los sones. Para suplir la intermitencia de los bramidos de la

chimenea, la campana del vapor tintineaba incesantemente, movida por un

grumete. Este repiqueteo, semejante a un toque de misa, excitaba aún más

la nerviosidad de las señoras. Criticaban muchos al capitán porque

seguía adelante, exponiéndolos a un choque con otro buque o a encallar

en los bajos del río.

De pronto, un silbido en el puente, un estrépito en la proa de

cabrestantes sueltos y cadenas escurriéndose. El buque quedó inmóvil;

acababa de anclar, en espera de que se aclarase la atmósfera.

Y entonces, por una de esas inconsecuencias propias de las muchedumbres,

se reprodujo la protesta en los mismos que se habían quejado al ver el

buque en marcha. ¡Estos alemanes cachazudos y prudentes! Un capitán de

otro país hubiese seguido adelante.

Las mujeres golpeaban el suelo con el pie. ¿Cuándo entrarían en

Montevideo? Tal vez pasasen la noche en el río; tal vez no llegarían a

Buenos Aires en todo el día siguiente. El doctor Zurita hablaba de

nieblas que habían durado tres días.

--Y aquí nos quedaremos, lo mismo que si estuviésemos en una isla...

¡Qué fregatina!

Pronto se cansaron los pasajeros de contemplar la cortina de bruma.

Muchos creían ver en su densa superficie bultos negros que surgían de

pronto y se agrandaban, siluetas de buques viniendo sobre ellos a todo

vapor. Acabaron por resignarse, mostrando un valor fatalista; lo que

hubiese de ocurrir era inevitable. Además, el buque seguía lanzando cada

medio minuto un bramido indicador de su presencia. Y paseaban por la

cubierta con cierto entorpecimiento, con una sensación de extrañeza en

los pies, que ya estaban acostumbrados a la movilidad del suelo. Se

habían encendido todas las luces en el interior del buque; sonaba el

piano del salón, y pasaban junto a las ventanas parejas de danzantes

ganosos de aprovechar la inercia de la espera.

El fumadero no tenía un asiento libre. Muchos sentían la necesidad de

beber, para quitarse el mal sabor que la niebla dejaba en las gargantas.

Los artistas de opereta aparecían con sus mejores trajes. Se habían

vestido a media tarde para bajar a tierra, creyendo que antes de una

hora estarían en Montevideo. La inmovilidad del buque los colocaba en

una situación algo ridícula: ellas oprimidas en sus vestidos flamantes,

con grandes sombreros, sin atreverse a tomar asiento por miedo a ajar

las faldas; ellos con el bastón en la mano, sufriendo el tormento del

cuello alto entre las demás gentes que conservaban los cómodos trajes de

viaje. ¡A saber cuándo podrían desembarcar!... Todos se lamentaban con

gestos teatrales de este contratiempo de última hora.

Ojeda ocupó una mesa en la terraza de fumadero con su compatriota

Conchita.

--Paisana, vamos a llegar--había dicho al verla--. Permítame que la

invite a tomar algo. Celebremos el buen viaje.

Ahora que se veía sin amistades femeniles gustábale conversar con la

graciosa madrileña, a la que apenas había prestado atención en los días

anteriores. Y ella, adivinando que este acercamiento repentino sólo era

por el deseo egoísta de no verse solo, burlábase de sus aventuras en el

buque.

--A usted, paisano, únicamente le interesa lo extranjero. No tiene ni

una mirada para lo de casa... ¡Claro! Las de la tierra somos poco

distinguidas, no tenemos _chic_, como dicen esas señoras que hablan con

Isidro.

Fernando la miró con interés creciente. Conchita estaba libre de la

virtuosa presencia de doña Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de

equipaje. Los ojitos negros tenían una expresión maliciosa y

prometedora. A él no le parecía mal la madrileña... ¡Pero en víspera de

la llegada a Buenos Aires! ¡Cargar con un nuevo compromiso un hombre

como él, que iba a la ventura!...

Su conversación giró al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que

les esperaba allá. ¿Qué pensaba hacer Concha al desembarcar? ¿Tenía

algún amigo en aquella tierra?... Pero la muchacha rio con una

inconsciencia valerosa. Nadie la esperaba, ni ella necesitaba apoyo

alguno. Entraría en Buenos Aires como en su casa; lo mismo que si

hubiese nacido allí.

--Y dinero, ¿sabe usted, paisano? ni una peseta, ni una perra gorda.

Tengo el gusto de desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste

así, para cuando yo vaya en automóvil, tenga collares de perlas y los

periódicos publiquen mi biografía con retrato. Me quedaba un poco de

dinero, ¡muy poco! al bajar en Río con doña Zobeida. La pobre señora me

convidó y yo la convidé; luego volvió a obsequiarme, y yo, por no ser

menos, le devolví el obsequio. Total, que en automóviles, refrescos,

frutas del país y demás, se me fue el dinero. A lo último me quedaban

diez pesetas, y me las gasté en sellos y postales, enviando recuerdos a

los amigos y amigas de España. No me queda ni una mota. ¡Limpia por

completo! Así camina una más ligera.

Reía con cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando

llegara a Buenos Aires, subiría a un coche, el primero que le saliese al

paso, ordenando al cochero que la llevara a un hotel español. En el

hotel pagarían el importe de la carrera. Y luego, a vivir, a esperar...

En peores trances se había visto. Una mujer como ella podía correr el

mundo sin una peseta. No todos los hombres iban a ser tan adustos y

distraídos como uno que ella conocía--aquí Ojeda saludó irónicamente,

no sabiendo qué contestar--. Tenía antiguos amigos en Argentina: señores

que había conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros,

españoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero

ella averiguaría.

--Yo soy capaz de descubrir dónde se acuesta el diablo. Además, cuento

con la suerte, con lo que una no espera. Me da el corazón que se

presentará algo bueno.

Fernando la habló de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese

más suerte que ellas. ¡Quién sabe a lo que llegaría en Buenos Aires!

Pero la española torció el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni

pretendía llamar la atención por su elegancia. Vivir bien y nada más.

--Isidro dice que yo soy una mujer para la gente... clásica. No sé lo

que será eso. A mí me gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir

con uno como en familia.

Pretendió Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes

que conquistaban en Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero

Conchita torció otra vez el gesto con expresión de protesta.

--No; yo no quiero diamantes. ¡Para como los ganan muchas!... Yo soy

clásica, como dice Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A mí me gusta

como Dios manda, ¿se entera usted?... como Dios manda.

Y no pudo dar explicaciones más claras sobre qué es lo que Dios manda,

pues se presentó doña Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por

la cubierta en busca de «la buena señorita». Corrió la gente hacia el

balconaje de proa, como si la atrajese una gran novedad. El buque se

movía otra vez; iba avanzando lentamente. Persistía la bruma, pero era

menos densa. Los ojos alcanzaban a ver a mayor distancia a través de su

blanco humo.

Esta marcha devolvió el buen humor a los que se preparaban a bajar en

Montevideo. Era un avance tímido pero continuo a través de la bruma, que

se presentaba en oleadas densas, como si la atmósfera se solidificase a

trechos. Deslizábase esta cortina río abajo y resurgía el _Goethe_ a una

niebla menos espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como

fluidas siluetas. Al poco tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba

sobre el buque, y así iba avanzando éste, con rápidos tránsitos, de una

obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa y láctea.

La luz macilenta que había podido filtrar el día a través de estos

cortinajes lóbregos acababa de extinguirse con la llegada de la noche.

El buque aparecía iluminado desde las cubiertas bajas a los topes. Sus

costados estaban agujereados como negros panales por los ojos ígneos de

los tragaluces. Los reverberos de las cubiertas daban a la niebla

invasora un temblor irisado. En ciertos momentos, el trasatlántico

parecía inmóvil, y únicamente al avanzar la cabeza fuera de la borda se

convencían los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible

de sus flancos.

Ojeda vio pasar a Mina junto a él, una Mina distinta en su aspecto

exterior a la que había conocido hasta entonces, siempre vestida de

blanco y con la cabeza descubierta. Un gabán obscuro la envolvía del

cuello a los pies. Su rostro estaba medio oculto por un ancho sombrero y

un velo tupido. Ella, que en los días anteriores evitaba todo encuentro

con Fernando, pasó repetidas veces junto a él. Hasta creyó adivinar a

través del velo que sus ojos le miraban intencionadamente.

Al llegar en sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de

botes, volvió Mina la cabeza con muda invitación y subió rápidamente.

Fernando, después de una espera prudente, fue tras de sus pasos.

Se encontraron arriba en una láctea penumbra atravesada por la flecha

roja de las luces solitarias. Nadie más que ellos. Experimentaron cierta

cortedad al verse frente a frente, como si se arrepintieran de esta

entrevista. A los pocos momentos chorreaba la humedad por sus ropas.

Sentían las manos humedecidas, e instintivamente las guardaron en los

bolsillos. Toda su vida se concentró en los ojos.

Ella fue la primera en romper el silencio.

No podía resignarse a dejar el buque sin hablar con él por última vez,

sin decirle adiós. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con

que hablaba esta mujer, sacó las manos de los bolsillos buscando las

suyas. ¡Mina!... ¡Brunilda adorada!... De su existencia en medio del

Océano, ella iba a ser el único recuerdo que permanecería en pie.

La alemana habló al principio con timidez, en tercera persona, evitando

el tuteo de la pasión; pero luego, con súbita familiaridad, se expresó

libremente, lo mismo que cuando paseaban por la cubierta a altas horas

de la noche.

--- Me has hecho mucho daño. ¡Lo que yo he sufrido!... Quise odiarte, y

no pude... Al verte con otra, huía, huía, detestando a tu compañera;

pero a ti no. Y ahora no he podido alejarme sin decirte adiós.

¡Ay! Si él no hubiese sentido la fatal curiosidad... Si se hubiera

limitado a amarla como ella quería... ¡qué felicidad la de los dos!...

--No puedo censurarte. Tú eres hombre y necesitas la posesión; y yo soy

una pobre enferma, sin otros encantos que los del alma, los que no se

ven... Y ahora, adiós; tal vez para siempre, tal vez por algún tiempo

nada más. ¡El mundo es tan pequeño!...

La compañía iba a desembarcar en Montevideo. Trabajaría tres semanas en

esta ciudad, mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.

--Pronto iré adonde tú estarás... pero ¡quién sabe! Aunque vivamos en el

mismo sitio, no nos veremos. Somos de distintos mundos; tú no te

acordarás de mí. ¿Quién soy yo?... Ni siquiera una buena memoria: una

decepción, un recuerdo penoso.

Él protestó con toda la vehemencia de su carácter, apasionado y

elocuente cuando estaba en contacto con una mujer. Guardaría memoria de

ella mientras viviese. Las otras no habían dejado en su recuerdo más que

una sensación de penosa hartura.

--No te creo--dijo ella--. Tú sí que serás el mejor recuerdo de mi

existencia... Me has hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una

decadencia y una miseria que tenía olvidadas. Pero aun así, ¡gracias,

muchas gracias! Te debo la única felicidad que he conocido.

Vivía ella embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra

vez el amor, encanto de la existencia. Y llegaba él, para fijarse en su

belleza marchita, inadvertida de los otros, y la despertaba

misericordiosamente, tomándola en sus brazos, elevándola hasta su boca.

Esta felicidad había durado poco. Un pequeño rayo de sol, una risa de

oro en el limbo de su existencia: un relámpago de luz alegre, y luego la

noche otra vez, la desesperación de reconocer su decadencia. Pero a

pesar de esto, repetía sus palabras de gratitud. ¡Gracias, muchas

gracias! Se llevaba con ella algo que no le iban a quitar: la dulce

melancolía del recuerdo, que puede embellecer la penumbra de una

existencia resignada. Pensaría en él, como en un otoño suave, cuando

sintiese el frío de la soledad.

--Aunque no me des más, ya has hecho bastante... Tal vez sea mejor que

no volvamos a encontrarnos. Te veré en mi recuerdo cada vez más grande,

más atractivo... Y ahora, adiós. Separémonos. Tengo que hacer abajo.

Fernando, que horas antes apenas se acordaba de ella, sintióse triste al

abandonarla. Experimentó la melancolía del actor que empieza a «entrar

en su personaje» y ve que le arrebatan de pronto el papel. Había saltado

atrás con el pensamiento, suprimiendo unos días, y se contemplaba en el

silencio de la noche equinoccial paseando por «el rincón de los besos»

sosteniendo con un brazo a la romántica alemana, próxima a desvanecerse

de sentimentalismo. Las palabras de entonces volvían a sus labios:

«¡Novia mía!... ¡Mi walkyria!».

Aquella mujer era la única en el buque que le había amado con

desinterés. ¿Y quería separarse de él así, fríamente, sin añadir algo a

sus palabras?...

Estaban cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. Él tiró sin

encontrar resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dejó caer

la cabeza sobre un hombro de Fernando. Mina no habló, pero él creía

escuchar su voz infantil y medrosa, tal como había sonado abajo noches

antes: «Boca, sí... Cabina, no...».

Su beso fue triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban húmedas

y chorreantes por la niebla. Ella besó como en la primera noche, de

abajo arriba, entornando los ojos, palpitantes las alillas de la nariz,

frunciendo los labios, como una flor que cierra sus pétalos. Pero

Fernando sólo encontró en esta caricia una sensación lejana, semejante a

la de un perfume desvanecido, a la de una música borrosa. Además, el ala

del sombrero se clavó en su frente, el velo arremolinado le raspó una

mejilla, la punta de un alfiler largo, que parecía animado de vida

maligna, buscó traidoramente uno de sus ojos.

Ella se separó con rudo tirón. ¡Adiós! ¡adiós! Y al estar junto a la

escalerilla, volvió aún la cara hacia Ojeda para despedirse con voz

trémula:

--¡Novio mío!... ¡mi poeta! Acuérdate alguna vez.

Al descender Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en

alemán con otras de la compañía. Pasó junto a ella, y al encontrarse con

sus ojos, éstos le miraron indiferentes, sin la más leve emoción, cual

si fuese un desconocido.

Empezaron a marcarse a través de la niebla, cada vez más clara, varios

puntos de luz: unos, fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos

de cíclope. Una nube rojiza se extendía frente a la proa sobre el perfil

negro de la costa. Debía ser el reflejo de una ciudad iluminada...

¡Montevideo!

Y otra vez la inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con

alabanzas al capitán por haber avanzado sin extravíos a pesar de la

niebla.

Abríanse grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos

colgantes de intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al

poco rato, una brisa fresca barría los últimos jirones, que se

amontonaron más allá de la popa, río abajo, formando una barrera blanca.

Quedaron completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro

recién lavado, la superficie del estuario y la costa negra con sus

resplandores de faros y de pueblos. El oleaje rompía y entremezclaba los

reflejos de los astros, haciendo danzar estas luces sin calor, lo mismo

que fuegos fatuos.

Volvió a lanzar sus bramidos el _Goethe_ en la noche serena, manteniendo

su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Después de la

comida se agolparon los pasajeros en las bordas, atraídos por una

novedad. Una luz venía al encuentro del buque al ras de las aguas; una

luz que se agitaba locamente en continuo balanceo, ocultándose con

frecuencia al interponerse una ola entre ella y el navío.

Algunos pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del práctico

de Montevideo. Desde lo alto del _Goethe_, inmóvil como una isla,

parecían insignificantes las ondulaciones que venían a chocar contra sus

costados; pero al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas

mujeres daban gritos de angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de

robusta chimenea, navegaba, sin embargo, como un pedazo de corcho a

merced de las olas, sacudido, retorcido, zarandeado por encontradas

fuerzas. A veces desaparecía su luz, como si se la hubiesen tragado las

aguas, y tras largo eclipse volvía a aparecer más allá, donde nadie

esperaba verla.

--¡Qué río el de la Plata!--dijo con orgullo el doctor Zurita a

Isidro--. Y lo que usted ve no es nada... Hay que pasarlo un día de

tormenta... Algunos que no se marean yendo a Europa, echan hasta el alma

en un vapor del río.

El buque del práctico entró en la zona iluminada del _Goethe_. Los

pasajeros vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos

cuantos hombres con impermeables, la boca de una chimenea que cesó de

arrojar humo, y las luces de varios faroles. Una escala de cuerda cayó

desde el trasatlántico y un hombre gateó por sus travesaños. A los pocos

minutos sonaron en lo alto del buque los timbres de señales para las

máquinas. Se despegó el vaporcito, alejándose con violento y grotesco

cabeceo, semejante a los traspiés de un beodo. El _Goethe_, con el

práctico en el puente, aceleró su marcha, poniendo la proa rectamente a

Montevideo.

Empezaron a surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la

costa. Unas eran rojas y mortecinas; otras, blancas y erizadas de

fulgores: una procesión cada vez más larga y de filas múltiples según el

vapor iba avanzando. En lo alto del cielo, un astro poderoso centelleaba

con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los uruguayos saludaron esta

faja parpadeante de luz con patriótico entusiasmo. Era el faro del

Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes españoles

dio, según la tradición, su nombre a la ciudad.

Las luces se iban extendiendo profusamente. Alineábanse en dobles filas,

indicando el trazado de los bulevares exteriores; otras más débiles

punteaban con rangos superpuestos la negra masa de los edificios. Junto

al agua brillaban los focos eléctricos del muelle y las linternas

multicolores de los buques.

Rompió a tocar la banda del _Goethe_ la marcha triunfal con que saludaba

el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgió un murallón con

espumas en su base. Era la escollera. Viéronse muelles con puente

agolpada en sus bordes; edificios altos; arranques de calles que se

perdían en lontananza entre una doble fila de árboles y faroles; luces

movibles de tranvías y automóviles.

Algunos pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si

les faltase el tiempo para desembarcar.

--¡Ya estamos!... ¡Ya hemos llegado!

Pasó el _Goethe_ por entre buques tan enormes como él, trasatlánticos

que iban con rumbo a Europa o a los puertos del Pacífico, y sólo

anclaban unas horas, cerca de la embocadura, para salir inmediatamente.

Sus luces rojas, verdes y blancas reflejábanse con violento serpenteo en

las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y remolcadores.

Cuando la gente del _Goethe_ creía que el buque iba a seguir avanzando,

hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la dársena, lo mismo

que los otros trasatlánticos, y sonó en su proa el estrepitoso rodar de

las cadenas de anclaje. «¡Fondo!...» Quedó inmóvil la nave, e

inmediatamente la rodearon los pequeños vapores que evolucionaban en

torno de ella. Aglomerábase el gentío en sus cubiertas agitando

pañuelos, dando gritos para llamar la atención de los pasajeros del

trasatlántico alineados en las bordas. Y muchos de éstos, al avanzar sus

cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeños buques,

reconocieron caras amigas, saludándolas con gritos de regocijo y

preguntas sobre los ausentes.

Unos eran de Buenos Aires, y habían bajado el río para dar la bienvenida

a las familias que regresaban de Europa; otros esperaban el momento de

subir al trasatlántico, por curiosidad o por exigencias del oficio.

El _Goethe_ había encendido en sus costados poderosos focos de luz

verde, que daba a los rostros un tono lívido, haciendo palidecer los

faroles de las embarcaciones inmediatas. Después de larga espera

quedaron francas las escalas del buque, lanzándose por ellas la

muchedumbre como si subiera al asalto.

Los primeros en entrar fueron los vendedores de periódicos, pregonando

los últimos diarios y revistas de Buenos Aires y de Montevideo.

Arrebatábanse los viajeros el papel impreso, ansiosos de enterarse de

las noticias de su país, como si temiesen que durante su aislamiento en

el mar hubieran ocurrido los sucesos más extraordinarios. Después

subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y agentes de empresas

de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de la gran

ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese únicamente

y la otra que estaba a la vista fuese una simple portería del río.

Esparcíanse por el trasatlántico los que habían llegado de Buenos Aires

para saludar a sus amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos,

preguntas por los parientes que esperaban allá.

Los pasajeros con destino a Montevideo desfilaban por una escala

especial hasta un vaporcito de amplia cubierta. Todas las damas de la

opereta bajaron estos peldaños de madera con el gesto majestuoso de una

reina de teatro que desciende por una escalinata de cartón. Las

«estrellas» de la compañía avanzaban entorpecidas por los grandes ramos

que les había enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta las

coristas parecían otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos

de Maltrana con una discreción de grandes señoras que abandonan su

incógnito. Ya estaban en América. La fortuna, indudablemente, les

reservaba gratas sorpresas. Había que hacerse valer, olvidando las

promiscuidades del buque.

Fernando vio a Mina que bajaba la última, llevando el niño por delante y

sosteniendo en sus brazos varias ropas y paquetes. Pasó junto a él como

si no quisiera verle, contestando a su mirada de despedida con un ligero

movimiento de cabeza.

«¡Adiós, Karl!...» La mano de Ojeda había acariciado al niño, y éste

movió la cabeza, considerándolo un instante con la expresión del que

recuerda de pronto a una persona olvidada. Luego se alejó de él sin un

saludo, sin una sonrisa, con el enfurruñamiento de su gravedad precoz.

Miraba Isidro la ciudad, alabando su hermoso aspecto.

--Ya estamos en nuestra América, Ojeda. Crea usted que bajaría con

gusto, pero no me place ver una ciudad de noche, y el buque saldrá antes

del amanecer.

Ojeda había estado en Montevideo años antes, y guardaba un buen

recuerdo.

--Algún día la veremos--dijo--. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de

una noche nada más... ¡Quién sabe cuántas veces tendremos que volver por

aquí!...

Un estallido de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en

la cubierta superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y

Fernando tras él. Una muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el

salón. Algunas banderas tricolores desplegábanse sobre las cabezas

descubiertas.

--¡Los gringos! ¡Vamos a ver a los gringos!--decían los niños en el

paseo, acudiendo curiosos, atraídos por los aplausos.

Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a

saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos

Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su

ciudad; le pedían que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó

en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos,

revelando en el empaque de sus personas la satisfacción de una fortuna

recién conquistada; otros, más humildes, con el aspecto de obreros

endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por esta

visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia

importancia en el país de adopción.

El conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía,

se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras

que apenas se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy

distinguido de figura».

Un mocetón italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al

_professore_ con un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena

fe, con la convicción de que estaba trabajando por la gloria de su país.

Celebraba la llegada del grande hombre como la aparición del día, con

enfático lenguaje: «_Egregio professore: Voi siete come la stella del

mattino..._». Y mientras aplaudían los compatriotas, «la estrella de la

mañana» acariciábase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su

contestación.

--¿Y el abate?--dijo Maltrana--, ¿Dónde estará el otro conferencista?

Habían vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los

empellones de la gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate

rodeado de tres jóvenes que habían venido de Buenos Aires para darle la

bienvenida.

--Poco éxito--dijo Isidro--. El italiano lo aplasta con sus masas.

Fíjese usted: tres jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que

indudablemente vienen enviados por sus mamás.

Ojeda movió la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos,

cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las

conferencias.

--Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les

importa. Verá usted cómo el otro, a pesar de tantas aclamaciones,

músicas y banderas, no se lleva lo que el abate.

Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se

habían agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas

rodeaban a alguien que había realizado el viaje a Montevideo para

saludarlas. Y el recién llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su

curiosidad ansiosa de novedades.

En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una

mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a

Nélida estaba un mocetón alto, tostado por el sol y de mirada dura.

Maltrana pasó rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse

saludos y presentaciones.

--¿Se ha fijado usted?--dijo a Ojeda algunos pasos más allá--. Es el

hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el

vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro... La

pobrecita está desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les

hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me

rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto.

Al otro lado del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al

verle, experimentó gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no

estaba solo; tenía un amigo. Hablaba con él un joven que parecía por su

aspecto un ayuda de cámara.

--Esto va poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle

aviso. La policía lo espera indudablemente en Buenos Aires... Pero ese

amigacho parece un criado de casa grande. ¿No estarán preparando juntos

algún mal golpe?... De todos modos, vamos a saber la verdad mañana. Yo

no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote.

Fatigados de codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas,

se refugiaron en el fumadero. También era extraordinaria la concurrencia

en este salón. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros

obsequiaban a los amigos que habían venido a saludarles.

Miró Fernando con melancolía esta vasta pieza, en la que se había

deslizado para algunos toda la vida trasatlántica.

--La última noche, Isidro. Puede usted decir adiós al buque. Mañana a

estas horas, con las nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos

olvidado de él.

Acostumbrados los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta

tristeza al pensar que no verían más estos lugares, en los que habían

transcurrido quince días de su vida, equivalentes a quince meses por sus

largos tedios y sus rápidos sucesos. Ojeda sintió la necesidad de

solemnizar con algo extraordinario esta última noche, y pidió champán.

--Una botella para los dos, ¿le parece bien, Maltrana? Saludamos al río

de la Plata; presentémonos alegremente ante la fortuna que nos espera...

¡Por nuestra suerte!

Y luego de chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente

los adornos de aquel salón, como si lo viesen por vez primera y

quisieran llevarse impresa su imagen en el recuerdo. No se habían fijado

hasta entonces en los escudos que adornaban las paredes entre guirnaldas

doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las naciones en cuyos

puertos tocaba el buque, añadiéndose a ellos los de Paraguay y Chile.

Una cúpula de cristales de colores elevábase sobre el artesonado de oro

obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas

de roble. En éstas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los _bocks_

consumidos, y grandes fosforeras con receptáculos de níquel llenos de

colillas de cigarro. Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando

el ambiente de humo. El piso de mosaico ofrecía una nitidez propicia al

resbalón.

En el fondo estaban, como siempre, los devotos del _poker_, ajenos a los

sucesos exteriores, con los naipes en la mano, espiándose impasibles. Su

número era menor. Unos se habían quedado en Río Janeiro, otros acababan

de descender en Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe

de los leales; antes bien, su fervor parecía recrudecerse. Era la última

partida: al día siguiente iban a separarse. Y jugaban olvidados de

todo, sin saber con certeza si el buque estaba inmóvil o había

reanudado su marcha.

Un gran retrato de Goethe adornaba el testero del salón. Presidía el

poeta con su olímpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo

beber de una parte del rebaño trasatlántico acorralado en el buque de su

nombre. Una columna caída le servía de asiento y una campiña desolada de

melancólico fondo. Sombreaba sus facciones de helénico dios un amplio

chambergo y cubría sus vestidos con una túnica blanca, a modo de gabán

de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo había representado el

artista, soñando sobre las ruinas del agro romano.

Maltrana lo miró con más atención que otras veces, como si se despidiese

de él.

--Digamos adiós al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia

tantas necedades nuestras... Este fue un hombre feliz. No se vio

obligado, como nosotros, a correr el mundo en busca de dinero. La

fortuna fue pródiga para él, como una de esas viejas apasionadas que

gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo tuvo: genio, belleza,

gloria y amor. Hasta conoció el orgullo de gobernar a los hombres...

Pero a pesar de su egoísta felicidad, supo ver desde sus alturas, como

nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales.

Acuérdese de su héroe, amigo mío; haga memoria de cómo terminó su

existencia... Fue un colega de usted, un colonizador.

Ojeda sonrió al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final

del insaciable Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y

Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los

dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para

él otro desengaño; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la «potencia

de dominación», con todas las satisfacciones del orgullo... Al final de

su existencia creía encontrar la verdadera dicha dedicándose al progreso

de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad

futura, en la que todos serían iguales, regidos por la santa poesía... Y

para la realización de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con

las aguas, abriéndolas un enorme canal.

--Sí--continuó Fernando--; fue un colonizador, después de haber sido

enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante,

Mefistófeles, el diabólico compañero, malvado y burlón, reía a sus

espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo un canal, y está abriendo su

propia tumba.»

--Pero a usted no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones

que el famoso doctor.

Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La

muerte llegaría para él lo mismo que llega para los demás,

inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su

víctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos

querrían trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus

esfuerzos.

--Creo lo mismo que usted--concluyó animosamente--. Yo removeré la

tierra y abriré canales, sin abrir por eso mi tumba... Mi sepultura está

en Europa. Pero ¡quién sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en

este país al que vamos llegando!

Después de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes.

Había disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados

italianos, con sus banderas y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo

mismo que ellos, los demás habitantes de Montevideo venidos al

trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del

_Goethe_ ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las

que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las maquinillas de

descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de

proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a

prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que

echar a tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de

vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas.

Al entrar en su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la

inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que

comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le hacía falta el crujido de

las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana.

Creyó estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el

buque fuese de ladrillo con profundas raíces en el suelo. El silencio

nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al de una fábrica.

Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el rodar de

las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la

descarga.

El buque no podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el

capitán a que subiese la marea para remontar el río.

Despertó Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la

ventana de su camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo

extraordinario había retrasado la salida del buque. Éste parecía

inmóvil, como si aún permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al

aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques

surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se abrió ante sus

ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza, con el

leve rizado de un oleaje corto e incesante.

Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin

el más leve balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles

invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no

levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del

Océano, parpadeaban con cierta extrañeza ante la extensión amarilla,

semejante por su color a una pradera seca.

En la cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con

trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos

hombres llevaban ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de

sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en París. Tal vez eran

demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenían prisa

de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiración o la

envidia sonriente de las amigas.

Faltaban aún varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin

una colina, sin altos bosques, permanecían invisibles y el río

desarrollábase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre

las aguas rojas, que parecían de barro líquido, cabeceaba una boya con

un farol en la cúspide y un número blanco en el vientre, indicador de

los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El _Goethe_ marchaba

entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los

buques de gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los

barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase

el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo

con un chorreo de fango removido.

El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el

fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular,

venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían

las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas

levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un

viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta

superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los

flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora

después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi

inmóvil.

Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las

velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar,

Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin

mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el

servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes,

iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el

estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del

Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le

faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

--Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a

su temible hermano... En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene

misterio... Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó

por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño

atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del

señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de

hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el

loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado

de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos

compañeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la

noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida

aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos

al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción

sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en

el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.

--Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como

si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me

duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y

otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella.

Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué

vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque!...

--¿Y lo del camarote?--preguntó Fernando--. ¿Qué es lo que hay dentro de

él?

Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de

aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían

viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si

no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una

señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos

conocían.

--¿La ha visto usted?--preguntó Ojeda, francamente interesado por esta

noticia.

--No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés

para mí... Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de

camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con

nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el

secreto viendo próximo el término del viaje.

--La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina

Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo

originales... ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos

dicen treinta, otros cuarenta... En fin, muchas casas en Buenos Aires,

leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los

Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta,

rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa,

una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña

Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad.

Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les

enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la

herencia sobre el terreno.

--¿Y el hombre misterioso?...

--Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la

Avenida del Bosque... Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las

distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte,

con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por

orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un

remordimiento.

--¡Pobre doña Matutina!... Que me perdone desde el cielo los escándalos

que he dado ante su puerta... Ni la conozco ni me deja nada; pero la

tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin

otra separación que un tabique de madera!... ¡Y tantas veces que la han

recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin

sospechar que la tenían debajo de sus pies!... Los herederos se han

portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un

camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!... ¡Las

atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!...

Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole

invisible en su viaje.

--Reconocerá usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las

sesiones nocturnas en el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río

Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuñado debajo

de nuestras plantas, un cadáver de iluso echado al mar, quince noches

pasadas junto a otro cadáver que también representa millones... ¡qué

novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al café, del

café a la redacción y de la redacción a otros sitios... sin que me

ocurriese nada extraordinario!... El único remordimiento que siento

después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la

pobre doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me

perdone! ¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me

hubiese dedicado un pequeño recuerdo en su testamento!...

A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando

volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un

momento a otro. Se iba aproximando el trasatlántico a la ribera

argentina. No alcanzaba a distinguirse ésta por ser muy baja, pero sobre

la línea del agua extendíanse algunos borrones horizontales, siluetas de

lejanas arboledas.

El número de buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecían

inmóviles. Los veleros cabeceaban con los trapos caídos a lo largo de

los mástiles, en espera de las irregulares palpitaciones del viento.

Cuando éste llegaba, movía como un escalofrío las blancas superficies de

las arboladuras. Otros, anclados y con los palos desnudos, aguardaban no

se sabía qué.

Más allá, fue pasando el _Goethe_ entre filas de vapores de diversas

hechuras y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta,

sin otro signo de vida que algún bote que se deslizaba de un buque a

otro. Los cascos parecían envejecer en esta inmovilidad, cual si

llevasen años y años de espera en medio de las aguas turbias, encallados

para siempre, sin esperanza de volver a los azules horizontes del

Océano. Aguardaban su turno para entrar en las dársenas de Buenos Aires,

repletas por el tráfico mundial, y esta espera en medio del río, a

algunas millas del puerto, prolongábase en ciertas épocas del año

semanas y semanas.

Los pasajeros del _Goethe_ se despedían previsoramente antes de avistar

Buenos Aires. A última hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de

reunir los equipajes, la visita de la aduana, hacían olvidar a los

amigos. Ofrecíanse unos a otros los respectivos domicilios, cruzábanse

tarjetas. Las niñas se decían adiós con un conato de lagrimeo.

Iba a disolverse todo el mundo. Su historia no había alcanzado a durar

un mes, ¡pero con vida tan intensa!... La separación daba mayor relieve

a los recuerdos. Gentes que se habían mirado al principio de la travesía

con notoria hostilidad se lamentaban de esta separación. «¡Tanto como

hemos simpatizado!... ¡Tan buenos ratos que hemos vivido juntos!...» Las

damas, que en los primeros días del viaje se mantenían por orgullo

nacional en diversos grupos enemigos, despedíanse ahora con una tristeza

casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las diplomáticas tiranteces

entre los «pingüinos» y las «potencias hostiles».

El doctor Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesía era un

tanto ruda, pero ingenua, verdadera. Él no gustaba de palabras: ya

sabían que era su amigo.

--Y usted, galleguito simpático--dijo a Isidro--, si necesita algo de

mí, búsqueme. Buenos Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna

vez precisará a usted el arrimo de un compañero.

Despidiéronse de Maltrana todos sus «queridos amigos», los jóvenes de

las fiestas nocturnas en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella

misma noche en restoranes frecuentados por personas alegres. Le

presentarían a ciertos amigos muy simpáticos: todos «gente bien».

El grupo de chilenos dijo adiós a Isidro con francos ofrecimientos. Su

tierra no era Buenos Aires; había menos dinero, menos lujo, pero la vida

era tal vez más alegre.

--Godito: cuando se canse de estar con los «cuyanos», venga a hacernos

una visita. No hay más que pasar los Andes. Verá mujeres con manto, como

en su tierra; verá bailar la cueca. ¡Y qué remoliendas!... Véngase y no

sea leso.

Mientras, Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre

aglomerada en las bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad.

Una mujer, alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gemía a un lado

del combés. Cerca de ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando también;

pero de pronto parecían olvidarse de su dolor para mirar, como los

demás, a la línea del horizonte, esperando la aparición de un prodigio.

Eran la viuda y los hijos de Muiños. Hasta poco antes no habían conocido

la noticia de su muerte. Le creían en la enfermería, aceptando los

piadosos embustes de don Carmelo. «¡Pachín!», aullaba la viuda. Una

preocupación única volvía continuamente como tema obligado de sus

lamentaciones. «¡Lo han echado al mar!... ¡No lo veré más!» Y los

pequeños la hacían coro, como una cría de perritos abandonados.

«¡Padre!... ¡padre!» ¡Qué sería de ellos!...

La _señá_ Eufrasia era la única que intentaba consolarlos con sus

palabrotas enérgicas. Los demás, enardecidos y contentos por la

proximidad de la tierra soñada, volvían la cabeza, huyendo de sus

lamentaciones.

Subido en un caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos

Aires con el mugido melancólico del inflado pellejo. En el castillo de

proa sonaba la flauta pastoril de los árabes. Algunos niños, agarrados

de la mano, daban vueltas siguiendo el ritmo de la música.

De pronto, un grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido

igual a los que debieron surgir de las proas de las primera carabelas:

--¡Allí... allí! ¡Ya se ve!

Iba surgiendo del fondo del río una nube blanca con negros manchurrones;

algo que subía y subía lenta y continuamente, como una aparición teatral

por la boca de un escotillón. La parte blanca e irregular de la nube

eran casas; lo negro, arboledas de jardines.

Alguien en la proa rompió a aplaudir con el irresistible entusiasmo de

las muchedumbres en las reuniones populares. Esta iniciativa fue

contagiosa, y todos batieron las manos, extendiéndose sobre el río un

estrépito semejante al del granizo chocando con el cristal. «¡Buenos

Aires!... ¡Viva Buenos Aires!» Y cesaban de aplaudir para echar en alto

gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros subía y bajaba sobre la

proa del _Goethe_. Al cesar por un momento las aclamaciones, percibíase

el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las cañas árabes y el trágico

aullido de la pobre hembra y su cría: «¡Pachín! ¡Lo echaron al agua!...

¡Padre! ¡padre! ¡Qué será de nosotros!...»

El entusiasmo popular se comunicó a los pasajeros del castillo central.

La música se había colocado en el avante del paseo y rompió a tocar la

consabida marcha, aunque el buque estaba lejos de la ciudad. Muchos

pasajeros caminaban marcando el paso al compás de la música, lo mismo

que los chicuelos que desfilan delante de un regimiento. Algunas

parejas bailaban, esforzándose por ajustar sus saltos al ritmo de la

marcha.

Fernando torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo.

«Es demasiado--pensó--. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para

dar gusto a tanta gente!...»

Percibíase con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de

Buenos Aires. Fernando, que la había visto años antes y guardaba el

recuerdo de una ciudad inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin

otros salientes que las torres exiguas de sus iglesias, quedó

sorprendido al distinguir construcciones altísimas, rascacielos como los

de las metrópolis norteamericanas, edificios rematados por minaretes y

cúpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el reflejo del sol.

Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente de la que

él había conocido.

Un remolcador ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la

forzuda robustez del toro, vino al encuentro del trasatlántico,

pegándose a sus costados para echar a bordo al práctico. Otro remolcador

del mismo aspecto se colocó junto a la proa, marchando aparejado con el

_Goethe_, como un perrillo trotador al lado de un elefante.

Los pasajeros olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano.

Los _stewards_ iban sacándolos de los camarotes y los alineaban en

cubiertas y pasillos.

Crecía Buenos Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a

la de las ciudades situadas en altas costas, que se dejan ver horas

antes de llegar a ellas. Situada en una ribera baja, los buques la

distinguían cuando ya estaban junto a ella. Su presencia era casi

instantánea y se ensanchaba como una gota de agua en un papel secante,

cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus irradiaciones

lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto antes los

terrenos vecinos.

Los emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad.

Adivinó Fernando los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales

venían en derechura de la soledad de los campos.

«¡Qué grande!... ¡qué grande!»

Maltrana buscó con sus ojos al señor Antonio el _Morenito_. De seguro

que había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse

rico. Tal vez sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los

otros: «¡Qué grande!».

--Y sin embargo, esto no tiene nada de grandioso--dijo Isidro--. Es una

ciudad vulgar. Si no fuese por el río, la fachada resultaría fea... Pero

se presiente que detrás de la fila de edificios que distinguimos, y que

es como el testero de la ciudad, existen kilómetros y kilómetros de

tierra cubiertos de viviendas. No se ve la grandeza, pero se adivina.

Sentimos lo mismo que en presencia de un muro detrás del cual se mueve

una muchedumbre invisible.

Los dos amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en

la baranda junto a ellos. Habíase despedido repetidas veces de doña

Zobeida, pero ésta iba luego en su busca para hacerle nuevas

recomendaciones. La buena señora pensaba salir aquella noche para su

amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de Buenos Aires, a

pesar de que venía de Europa. Eran las impresiones de la niñez que

persistían en ella. Se apiadaba de su compañera de viaje; ¡pobre niña!

¡sola en aquella tierra de perdición llena de extranjeros!...

Miró Conchita la ciudad con el ceño fruncido y apretando los labios.

--Es grande, ¿eh, paisana?--dijo Isidro.

--Sí... grande es. Más de lo que yo creía--contestó la joven.

Se adivinaba en ella cierta desorientación. Tal vez sentía miedo al

pensar en su entrada audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tardó

en reponerse de estas vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor

hostil, lo mismo que si fuese a entrar en pelea, y tendió una mano hacia

la ciudad, como invitándola a que la esperase:

--¡Yo te arreglaré... marica!

No le daba miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos reían

de este exabrupto, la muchacha huyó, llamada una vez más por doña

Zobeida.

Los remolcadores tiraban del _Goethe_, que había quedado con las hélices

inmóviles, confiándose a su dirección. Estaban ya en la embocadura de

una de sus múltiples dársenas, gigantescos rectángulos de agua

encuadrados de muelles y _docks_.

Veíase la orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes

construcciones que ocupaban en fila muchos kilómetros. Arrastrábase el

ferrocarril a lo largo de este cordón de depósitos, barrera interminable

a la simple vista entre el río y la ciudad. Los tranvías y automóviles

brillaban veloces por unos instantes en los intermedios entre unos

edificios y otros.

Apareció a estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio

empavesado de banderas de señales.

El agua tenía la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran

negruzcas. La proa del buque partía islotes de basura, que al abrirse

enviaban sus fragmentos hasta los muelles. Sobre los maderos flotantes

destacábanse el lomo verdoso y los ojos saltones de unas ranas enormes.

Algunos pájaros acuáticos nadaban en torno del navío, irguiendo sus

largos cuellos.

A espaldas del _Goethe_ quedaba el río libre, amarillo, rizado, lo mismo

que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al

viento, parecían molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el

trasatlántico entre los buques inmóviles, corrían las tripulaciones a

las bordas para saludarlo con gritos y agitación de gorras. Flotaban en

las aguas, como harapos blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre

el lomo, sacando el hinchado vientre.

Maltrana, acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o

amarrarse a un muelle en el espacio anchuroso de una bahía, extrañábase

ante los poderosos trasatlánticos alineados como bestias en unas

dársenas cuadradas semejantes a corrales acuáticos, y pasando de una a

otra, sumisos al tirón de los remolcadores. Al quedar sin movimiento,

parecían los buques mucho más grandes, oprimidos entre muelles y

edificios, cual si estuviesen encallados.

El desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una

estación de ferrocarril, con férrea cubierta, salones de espera,

depósitos de equipajes y largas verjas, detrás de las cuales se agolpaba

la muchedumbre. Venía el trasatlántico a acoplarse al muelle lo mismo

que un vagón se junta con el andén, y los pasajeros no tenían más que

avanzar por una corta rampa para verse en tierra.

Llegó el _Goethe_ hasta el desembarcadero, después de varias maniobras

de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aquél y

se retiraba a otra dársena, luego de soltar su cargamento humano. Más

allá, un vapor con bandera española echaba también gente a tierra.

En el fondo del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba

contra las verjas. Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de

cabezas. Un estrépito de músicas lejanas contestaba a la banda del

_Goethe_ cuando ésta hacía una breve pausa en sus marchas incesantes.

--Los italianos que esperan a su grande hombre--dijo Ojeda--. Nos

conviene salir antes de que organicen su manifestación.

Sobre el andén del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el

cinto, contenía a los grupos que habían penetrado con permiso:

comisiones que aguardaban a los dos conferencistas, familias ansiosas de

saludar a sus parientes y amigos que agitaban pañuelos, sombreros y

bastones, preguntando de lejos con gritos estentóreos cómo les había ido

por Europa.

Y mientras los marineros procedían diligentemente al amarre del buque,

continuaban sonando las músicas, los lejanos vivas, y un griterío de

saludo cruzábase entre las gentes aglomeradas en las bordas y el negro

hormiguero humano.

--¿A usted le espera alguien?--preguntó Isidro, como si le doliese que

ellos dos fuesen los únicos que no tuvieran un amigo en el muelle.

Fernando no supo qué contestar. Miró a las gentes de buen aspecto que

ocupaban el andén, sin alcanzar a ver al tío de su cuñado.

Hubo un empujón general en las cubiertas. ¡A tierra! La salida estaba

libre. Y los dos amigos, pasando un pequeño puente, sintieron bajo sus

pies la estabilidad del suelo firme, marchando entre los grupos que

avanzaban al encuentro de los pasajeros con las manos tendidas o los

brazos en alto, prontos al estrujón cariñoso.

Un joven con acento español abordó a Fernando. «¿El señor Ojeda?...»

Venía de parte del tío de su cuñado.

--Mi principal ha tenido que ir a su estancia: negocio urgente; volverá

mañana. Pero todo está listo... Tiene usted habitación en un hotel de la

Avenida de Mayo.

Los guió entre los grupos que se abalanzaban hacia el trasatlántico.

Casi se vieron solos en la sala de equipajes, y el registro de sus

maletas de mano se efectuó con rapidez. El joven empleado se quedaba

allí para ocuparse en el pronto despacho del equipaje grande.

Salió con ellos del edificio a una explanada llena de muchedumbre, donde

estaban las banderas y las músicas. La manifestación italiana voceaba

con prematuro entusiasmo, creyendo que iba a aparecer de un momento a

otro el grande hombre esperado «_Eviva il professore! Eviva!_»

Ojeda y Maltrana avanzaron entre el gentío casi tambaleándose, como

embriagados por la sensación del suelo firme bajo sus plantas y el vaho

que despedía caldeado por el sol. Un reloj señalaba las cuatro de la

tarde. Junto a sus ojos revolotearon unas moscas pesadas y pegajosas,

las primeras que salían a su encuentro en la nueva tierra.

Respiraron con delicia al verse sentados en un automóvil descubierto,

con sus pequeñas maletas entre los pies, corriendo velozmente a lo largo

de los muelles. A un lado, la ciudad; al otro, la interminable fila de

depósitos, cortada por callejones, al extremo de los cuales se veían

cascos de buque, chimeneas, arboladuras, pabellones ondeantes de todos

los países.

Las calles de la ciudad que desembocaban en la ancha ribera eran todas

de breve y pronunciada pendiente.

--Es la antigua barranca--explicó Ojeda--sobre la que construyeron los

españoles la ciudad. Más allá todo es llanura igual, uniforme. Esta

pendiente es la única que existe en Buenos Aires. Antes, el agua llegaba

hasta ella. Las tierras por las que marchamos fueron ganadas al Plata.

Atravesó el automóvil varias líneas de ferrocarril tendidas a lo largo

del río. Pasaba entre largas filas de carros enormemente cargados, que

hacían temblar el suelo. De los depósitos surgían los más diversos

olores, revelando el movimiento y la vida de un gran puerto.

Luego, los vehículos mercantiles fueron más escasos, y aumentó el número

de automóviles y tranvías. Pasaron a lo largo de un jardín. A un lado,

frente al río, grandes edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales

hormigueaba la muchedumbre jornalera.

Subieron una cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio

con los muros de color de rosa. Más allá se abría una plaza blanca con

un jardín en el centro.

--Aquí se fundó Buenos Aires--dijo Ojeda--. Ese caserón es el palacio

del Gobierno, lo que llaman «la Casa Rosada». La plaza es la de Mayo.

Aquel templo griego, la catedral; ese obelisco blanco, la pirámide de la

Independencia.

Remontaban la cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la

espalda fardos de ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirándolo

todo con ojos de asombro. Los pequeños trotaban delante, con la boca

abierta por la misma impresión de sorpresa. Eran emigrantes que acababan

de desembarcar de los buques llegados antes que el _Goethe_, y se metían

ciudad adentro, en compañía de los amigos que les habían esperado en el

puerto.

--Todos somos unos--dijo Ojeda alegremente--. Todos venimos a lo mismo.

Sólo que ellos entran a pie y nosotros en automóvil.

La Avenida de Mayo abrió ante ellos su larga perspectiva: dos filas de

altos edificios y dos líneas de aceras orladas de árboles, con grandes

escaparates y numerosos cafés y hoteles, que esparcían fuera de sus

puertas mesas y sillas. En mitad de la calle una hilera de candelabros

eléctricos, y en último término, algo esfumado por la lejanía, un

palacio blanco, el Congreso, con una cúpula esbelta que ocupaba gran

parte del cielo visible entre la doble fila de casas.

Maltrana, a impulsos de una alegría pueril, empezó a empujar a su amigo

juguetonamente.

--¡Buenos Aires!... ¡Ya estamos en Buenos Aires!

Luego miró obstinadamente al fondo de la Avenida, fijándose en la cúpula

esbelta, que parecía irradiar luz sobre el cielo, teñido de rojo por el

sol decadente de la tarde.

Volvía a su memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por

alcanzar el Vellocino de oro.

--Nosotros, argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos

por ir en su busca. Nos sale al encuentro. Ahí está. ¡Mírelo cómo

brilla!

Y señaló la cúpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en

los focos de cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le

servía de fondo tomaba igualmente un resplandor de oro. ¡Presagio feliz!

Maltrana no pudo contener su entusiasmo.

--Sonría usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos.

Cualquiera diría que llueve oro. Fíjese bien. Es un chaparrón de libras

esterlinas. ¡Tierra prodigiosa!

Ojeda sonrió con dulce lástima ante el entusiasmo de su amigo.

--Sí; sobre esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten

hondas... ¡muy hondas! Prepárese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que

agacharse en posturas dolorosas para alcanzarlas... hay que sudar mucho

para llegar hasta ellas.

Los argonautas · 第 17 / 18 题