Él suplicaba... «Déjame entrar... déjame entrar.» Con la cobarde mentira

del deseo llevábase una mano al corazón jurando la nobleza de sus

intenciones. Podía estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su

voluntad: lo que ella quisiera y nada más... Deseaba penetrar en su

camarote solamente para estrecharla en sus brazos sin miedo a verse

sorprendidos por inoportunos transeúntes, para besarla hasta la hartura

sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan. Debía tener

fe en su palabra.

--No... no--gemía ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese

a la presión de sus manos y rodillas.

Ojeda insistió. «Déjame que entre...» Nada intentaría contra su

voluntad. Daba su palabra de honor... Y en la confusión de su excitado

deseo, sin saber ciertamente lo que decía, sin darse cuenta de lo

grotesco de sus juramentos, buscó nuevos testigos, nuevos fiadores...

Prometía respetarla por lo que amara ella más en el mundo, por todo lo

que venerase él con mayor admiración.

--Te lo juro... ¡por Wagner! Te lo juro... ¡por Víctor Hugo!

Fue cediendo la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un

poder mágico. La presión exterior, cada vez más enérgica, la ayudó a

girar sobre sus goznes, arrollando las últimas resistencias de Mina.

Y luego de quedar abierta se cerró de golpe, dejando en absoluta soledad

la penumbra del corredor.

¡Pobre Wagner!... ¡Pobre Víctor Hugo!...

X

Después de la comida, Fernando se sentó en el paseo lejos de la música,

que empezaba su concierto nocturno.

Estaba triste, y su tristeza era de engaño y arrepentimiento. Aquella

pobre mujer había dicho la verdad: las ilusiones de él iban a morir de

un golpe con la satisfacción del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo

el edificio fantástico elevado en el curso de sus diálogos se habían

venido abajo por un simple encontrón de la realidad. Y Ojeda salía de

esta aventura con una gran inquietud de conciencia. ¿Qué hacer ahora?...

¡Pobre Mina! Ella había sido la primera en darse cuenta de la tristeza y

el desaliento que habían seguido a su delirio amoroso. Al despertar y

serenarse, un gesto suyo de resignación, un adiós humilde, habían dado a

entender a Fernando que no se hacía ilusiones acerca del porvenir. Todo

estaba concluido. Y cuanto él dijese por restablecer el pasado sería

piadosa mentira, falsedad galante para enmascarar su decepción.

En el resto de la tarde habían evitado encontrarse otra vez: ella como

arrepentida de su debilidad, él con remordimiento. Luego de la comida,

mientras Fernando quedaba solo en el paseo, con visible propósito de

aislarse de todos, Mina emprendió con el pequeño Karl el descenso al

camarote, para no volver a mostrarse hasta el día siguiente. Aquella

noche ¡ay! no iba a ser de ensueños...

«Muy bien, señor Ojeda... Has hecho infeliz por unos días a una pobre

mujer que no ha cometido otro delito que el de amarte un poco. Por un

capricho de tu deseo, la has hecho convencerse una vez más de su miseria

física, que ella tenía olvidada... Y de todo esto has sacado un

remordimiento y la vergüenza de tener que mentir, de tener que

ocultarte. No quisiste hacer caso de sus indicaciones y brusqueaste su

resistencia. ¡Muy bien!... Te has portado como un caballero.

Cuando estaba más ensimismado, formulando mentalmente estos reproches,

oyó una voz de mujer junto a él y vio que un bulto se interponía entre

sus ojos medio cerrados y las estrellas del cielo movible extendido

sobre el borde de la baranda y el filo del techo.

--¡Siempre solito, siempre pensando!... Tal vez está usted haciendo

algunos versos lindos.

Fernando se incorporó a impulsos de la sorpresa más aún que de la

cortesía. Era Nélida la que le hablaba. Lo primero que alcanzó a ver fue

su boca, de un rosa húmedo, con los dientes agudos, luminosos; la boca

de tigresa admirada por Isidro, que le sonreía cual si pretendiese

atraerlo.

Turbado por la inesperada presencia, no supo qué decir. Ella agradeció

con una sonrisa esta confusión, considerándola como un homenaje a su

bizarra hermosura, que hacía perder la calma a los hombres más graves.

--¡Siempre solito!...--volvió a repetir--. Usted no quiere ser mi

amigo... Le he mirado muchas veces, le he hablado... y nada.

Encogíase humildemente, como si esta pretendida indiferencia de

Fernando--de la que él no se había percatado nunca--le causase gran

dolor.

--Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa... Deseo que me escriba

algo; dos versos nada más: su firma. Quiero conservar un recuerdo para

que mis amigas sepan que he viajado con el señor Ojeda, un poeta de

España. Todas las niñas tienen algo de usted: una postal, un verso lindo

en el abanico. Y yo no tengo nada... Diga, señor, ¿es que le soy

antipática?

Mientras hablaba se había sentado en un sillón al lado de Fernando. Al

principio mantúvose erguida; pero lentamente se recostó, hasta quedar

con las piernas horizontales, mostrando su adorable bulto a través de la

angosta falda.

Ojeda acogió su petición con un apresuramiento galante, balbuceando aún

por la sorpresa. Escribiría todo un poema, si esto podía darla placer...

Sentíase muy honrado con su petición. ¿Tenía un álbum?... No; ella no

había pensado en adquirir este volumen, que mostraban con orgullo muchas

señoritas de a bordo. Pero le pediría al comisario del buque un

cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple pedazo de papel. Lo

que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a entender

ingenuamente con sus ojos que se había aproximado a él por entablar

conversación más que por el interés que pudieran inspirarle los versos.

Continuó Fernando sus excusas. Nunca la había mirado con indiferencia.

Ella era la alegría del buque; la mujer más hermosa e interesante:

estaba dispuesto a declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola

secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que

a su vez parecía fraccionada y enemistada por los celos?

--¡Ah, mis adoradores!--exclamó ella riendo--. No me hable de ellos;

estoy harta... Le advierto, señor, que yo detesto a los muchachos.

¡Gente egoísta e insufrible! Me gustan más los hombres serios y de

cierta edad. Saben querer mejor; rodean a una mujer de mayores

atenciones.

Y miraba audazmente a Fernando con ojos de provocación, para que no

tuviese dudas sobre la persona a la que iban dirigidos tales elogios.

Se había incorporado Ojeda en su asiento para mirarla también con

atrevida fijeza. Un perfume de carne joven, de frescura tentadora,

parecía envolverla. No era la dulzura marchita de la alemana ni el

esplendor de fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, que se

agitaba en su memoria como un remordimiento, perdió algo de su belleza

al ser comparada con esta muchacha... Era un hermoso animal exuberante

de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando generosamente los

encantos de su primavera. Algunas veces perdía el sonriente aplomo de su

amoralidad; parecía dudar con cierto miedo, pero después seguía adelante

con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos.

Y esta criatura bella e inconsciente, sin más regla de voluntad que el

instinto, venía de pronto hacia él por un capricho inexplicable. ¡Dulces

sorpresas de la existencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus

ojos fijos en él con un ardor de pasión, dilatándose cual si quisieran

absorber su imagen; su boca de frescura insolente y esplendorosa

escarlata estremeciéndose con un bostezo amoroso, sintiendo repentinos

abrasamientos que hacían salir la lengua de su encierro para pasearse

por los labios; sus dientes de devoradora que parecían temblar con el

fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne... No podía explicarse

esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nélida, abandonando a su

tropa de adoradores, se aproximaba a él, que no había hecho esfuerzo

alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme

en el fondo de todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera

irresistible con sólo una mirada o una palabra de femenil aprobación; la

fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales y lógicas todas

las aproximaciones, por inverosímiles que sean.

Recordó Ojeda cuanto había oído contar de las travesuras de Nélida,

disculpándolas por adelantado. Tal vez habría en ellas mucho de

exageración. Las gentes de a bordo, siempre desocupadas, mentían

grandemente. Y aunque todo lo que contaban fuese cierto... ¿qué había de

censurable en que él marchase sin compromisos por el mismo camino que

otros habían frecuentado antes? «El mar era... el mar.» Estaban aislados

del mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese concluido en

el resto del planeta, olvidados de sus leyes y preocupaciones. Cuando

volviese a tierra recobraría el fardo de sus compromisos y antiguos

afectos. Esta juventud de carne primaveral y firme como la pulpa verde,

y con un perfume semejante al de los jardines después del rocío, era un

regalo de la buena suerte para compensarlo de su desilusión de aquella

tarde. ¡A vivir!...

Se inclinaba hacia ella como si no la oyese bien, y Nélida, por su

parte, descansó un brazo en el sillón de Fernando, gozosa de sentir su

epidermis en casual contacto con una de sus manos. Hablábanse sin mirar

a los que transcurrían junto a ellos, sin reparar en sus ojeadas de

sorpresa y sus cuchicheos de comentario. Algunas matronas se erguían

dignas y austeras, volviendo los ojos por no verles, pero al llegar a la

otra banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia para la gente

ansiosa de novedades.

--¿No saben ustedes?... Nélida, esa loca, ha abandonado a su escolta y

está con el doctor español, el amigo de Maltranita. ¡Pobre hombre!

Las niñas, que admiraban y temían a Nélida como la personificación del

pecado, se tocaban con el codo al pasar ante ellos.

--Una nueva conquista... Ahora ha caído ese señor tan serio que hace

versos... y no baila. ¡Qué Nélida!...

Ella, con su fina observación femenil, se daba cuenta del revoloteo de

los curiosos y sentía orgullo por este escándalo, que pasaba inadvertido

para Ojeda.

Lo único que notó éste fue la familiaridad cada vez más grande con que

le trataba Nélida. No se habían cruzado entre ellos verdaderas palabras

de amor. Sólo había osado él algunas galanterías de las que no

comprometen, pero la joven le hablaba ya lo mismo que a un amante.

Tenía una confianza absoluta en su poder sobre los hombres. Le bastaba

colocar la mirada en uno de ellos para considerarlo suyo, sin molestarse

en consultar su aprobación. Era el centro de la vida en aquel pedazo de

mundo que flotaba sobre el Océano, y todo el sexo masculino debía girar

en torno de su persona. Aquel a quien ella hiciese un gesto, un leve

llamamiento, tenía que venir forzosamente a arrodillarse a sus pies. Y

satisfecha de este poder de seducción que nadie osaba resistir, seguía

hablando con Fernando y se justificaba de las ligerezas de su pasado, de

las cuales no le había pedido él cuenta alguna.

Era muy desgraciada--y al decir esto acentuó con asombrosa facilidad el

brillo lacrimoso de sus ojos--. Tenía un novio en Berlín que ansiaba

casarse con ella, pero los negocios de papá habían roto de pronto su

dicha obligándola a embarcarse. ¡Qué infortunio el suyo! ¡Y ella que

amaba a este novio con toda su alma!...

Ojeda arriesgó tímidamente algunas observaciones. ¿Y el otro alemán que

pasaba a bordo por pariente suyo? ¿Y el belga y los demás amigos?...

Pero Nélida le contestó sin el más leve indicio de cortedad. Éstos le

servían para divertirse. Era joven: aún no había cumplido diez y ocho

años. La vida es corta y hay que aprovecharla. Nada le importaban las

murmuraciones; todo se arreglaría al fin casándose, y ella estaba segura

de encontrar en América un marido tan pronto como lo creyese necesario.

Uno de la tierra no, porque todos en aquel país eran a la antigua,

celosos, feroces, intratables en sus preocupaciones. Algún _gringo_,

algún extranjero tentado por su belleza y la fortuna de papá. Y al decir

esto sonreía de un modo cínico.

«Esta muchacha es loca--pensó Ojeda, asombrado por la rapidez con que se

sucedían en ella las impresiones y la franqueza con que exponía su

amoralidad--. ¡Una loca adorable!»

Como si repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tomó Nélida una

expresión melancólica. No pensaba hablar más con aquellos jóvenes que la

asediaban a todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no

le inspiraban interés. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese

cuenta de lo que pudiera ser. Tal vez por eso había cometido tantas

ligerezas y travesuras en el buque. Pero aquella misma noche había

adivinado de pronto cuál era su deseo, qué es lo que le faltaba para

sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvió a Fernando en una mirada

hambrienta.

«¡Qué loca!», siguió pensando él, mientras experimentaba la satisfacción

del orgullo.

Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este

acercamiento no era más que un capricho de su carácter tornadizo. Pero

aun así, sentía halagada su vanidad, y no dudó un instante en

aprovecharse de la aproximación.

Nélida continuó explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por

primera vez, frente a Tenerife, no había podido olvidarle... Esperaba

que se aproximase, pero él se mantenía siempre aparte, y la rutina

social no permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego había sufrido

mucho viéndole con ciertas mujeres--y la atrevida muchacha tomaba un

aire pudibundo al recordar los amoríos de él en el buque--. Odiaba a la

señora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca había

contestado a sus saludos; odiaba también a aquella fea mal trajeada que

iba con él en los últimos días. Esta amistad era indudablemente por

reírse, ¿verdad?... ¡Un hombre como él exhibiéndose al lado de una pobre

madre de familia!... Y al experimentar tales contrariedades había visto

Nélida con claridad que era Fernando lo que ella deseaba.

Muchas veces había preguntado por él a su amigo Isidro, queriendo

conocer detalles de su existencia anterior. Maltrana podía decirle el

interés que le inspiraban todas sus cosas; cómo ella, que no ponía

atención en la vida de los demás--pues bastante tenía con los asuntos

propios--, había sido la primera en enterarse de su intriga con Mrs.

Power, y cómo había protestado después al verle exhibiéndose junto a

aquella verdosa mal pergeñada.

En este momento pasó Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez,

mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en él y le

diese motivo de intervenir en la conversación. Nélida le llamó.

--Acérquese, Maltrana. ¿Cómo le va?... Diga si no es cierto que yo le he

preguntado muchas veces por este señor... diga si no me he quejado

porque su amigo me miraba con cierta antipatía y parecía huir de mí.

Isidro se inclinó con una gravedad cómica. Exacto. Él lo afirmaba con

toda clase de juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando,

gozándose en su asombro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno

de envidia!...

--¡Nélida!... ¡Nélida!

Era un llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del

fumadero. Como de costumbre, dejó que se repitiera muchas veces sin

prestar atención; hasta que al fin abandonó, refunfuñando, su asiento.

--¡Señora odiosa!... De seguro que no es nada que valga la pena...

Alguna intriga de ésos para molestarme porque estoy con usted.

«Ésos» eran los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta

desde que Nélida había huido de su compañía. Les había visto pasar

repetidas veces ante ella, hablando en alta voz para atraer su atención,

fingiendo luego que contemplaban el mar mientras aguzaban el oído

queriendo sorprender algunas palabras de su diálogo... Iba a decirles a

estos importunos lo que merecían por sus tenaces persecuciones y por

mezclar a mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se permitían sin

derecho alguno!...

Cuando empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre

sus pasos.

--Espéreme aquí, Ojeda... No se vaya; ahora mismo vuelvo... Piense que

me dará un disgusto si no le encuentro. Ya lo sabe... ¡quietecito!

Y le amenazó sonriente, moviendo el índice de su diestra. Al quedar

solos Fernando y Maltrana, éste rompió a reír.

--Muy bien, ilustre amigo. Flojo escándalo han dado ustedes esta noche.

No se habla en el buque de otra cosa.

El aludido hizo un gesto de extrañeza y asombro. Escándalo, ¿por qué?...

Una simple conversación, como tantas otras que se desarrollaban en la

cubierta a la hora del concierto.

--Es que la niña tiene su fama muy bien ganada. Y usted también empieza

a gozar la suya, en vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles

juntos de pronto, cuando hasta ahora no habían cruzado dos palabras,

todos suponen un sinnúmero de cosas.

Y Maltrana imitó los gestos de escándalo de las señoras: «Un hombre tan

serio y distinguido... siempre con sus libros o escribiendo... y de

pronto se lanzaba a "flirtear" sin recato alguno... ¡Hasta con Nélida,

que casi podía ser hija suya!... Fíese usted de los hombres. ¡Todos

iguales!».

Ojeda se excusó. Él no había hecho nada para aproximarse a esta

muchacha. Era ella la que lo había buscado de pronto, sin motivo

visible.

--Así es--dijo Isidro--. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya

que usted no iba a ella, ella vendría a usted... Y ha venido: estaba yo

seguro de ello.

Fernando hizo un gesto interrogante: «¿Y por qué?...».

--Vaya usted a saber... Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se

habrá usted dado cuenta. Luego, la contrariedad de no verse buscada, su

orgullo sublevado al notar que no conseguía su atención. A usted lo

consideran buen mozo las matronas más austeras, y lo que es mejor aún,

figura como el más «distinguido» entre los hombres serios de a bordo.

Tiene también su poquito de leyenda misteriosa. Le suponen grandes

amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o ¡qué se

yo más!... En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las

ropas más interiores, lo mismo que las heroínas de ciertas novelas.

¡Figúrese qué bocado magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa!

Fernando rio de este prestigio novelesco que le suponía su amigo.

--Además, usted ha empezado a distinguirse en los últimos días como un

rival de Nélida en punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus

«flirteos» casi han llamado tanto la atención como los de esa muchacha.

Ella y usted son los dos primeros amorosos de a bordo. Y Nélida no puede

sufrir rivalidad alguna... ¡Un hombre que se distingue por sus amoríos y

no se digna fijar los ojos en ella, que se considera la mujer más

hermosa del buque!... No ha necesitado más para correr hacia usted.

Isidro había seguido de cerca la rápida transformación de Nélida. Hacía

dos días que le hablaba a cada momento de su amigo con gran interés,

preguntándole por su vida anterior. Aquella noche, después de la comida,

se había peleado con los jóvenes de su banda en el jardín de invierno,

sin saber por qué. Luego, en las cercanías del fumadero, nueva

discusión, terminada con una ruptura insultante.

Los admiradores se habían alejado de ella, puestos de acuerdo con

maligna solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el

aislamiento en que la habían dejado las mujeres por sus travesuras

anteriores, volvería a buscarlos forzosamente, por tedio y ansia de

diversión. Pero Nélida había aprovechado este abandono para ir al

encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores, chasqueados por el fracaso,

no sabían qué inventar para atraérsela.

--Ellos, sin duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le

habrán hablado del escándalo que da Nélida al exhibirse al lado de

usted, y la mulatona, que desea reducir a su hija, sin saber cómo, les

ha hecho caso.

Mostrábase optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena

suerte. ¡Cosa hecha! Aquella loca podía considerarla como suya. La

familia no debía inspirarle inquietud; lo peligroso era la banda, todos

aquellos jóvenes habituados al trato de Nélida, unos como amigos, en

espera de algo mejor, otros en continua rivalidad, pero satisfechos de

la parte de posesión que consideraban ahora en peligro.

Iban a indignarse al ver que un hombre serio, de mayor edad que ellos y

que jamás había intervenido en sus fiestas, se llevaba el objeto de sus

alegrías. ¡Ojo, Fernando! Había que mirar con cierto cuidado a esta

juventud insolente, de varias nacionalidades, que no tenía motivo para

guardarle respeto.

--La niña va a caer sobre usted como un fardo pesado. En tierra se

resisten mejor estas cosas; aquí tendrá que aguantarla a todas horas. Ha

perdido su trato con las mujeres; las más atrevidas sólo la saludan con

un movimiento de labios, y al faltarle la sociedad de su banda, se

refugiará en usted... ¡Afortunadamente, me tiene a mí, que puedo

aligerarle de este peso!...

Apareció Nélida en la puerta del fumadero, mirando hacia el lugar donde

estaban los dos amigos. Al ver a Ojeda inmóvil en su sillón, movió la

cabeza con gesto aprobativo. Muy bien. Así le quería: obediente.

Mientras ella se aproximaba, Isidro se marchó.

--Hasta luego... Comprendo que estorbo. ¡Buena suerte!

Recobró su asiento Nélida vibrante y nerviosa, golpeando con el abanico

un brazo del sillón. ¡Ah, su madre! ¡Aquella mulata antipática, a la que

en nada se parecía! Siempre coartando su libertad, siempre con miedo a

lo que diría la gente y hablando de virtud. ¡Y si ella repitiese lo que

había oído a ciertas criadas viejas traídas de América, que servían a su

madre desde el principio de su matrimonio!... La insufrible señora

abusaba de su silencio riñéndola en nombre de la moral: una cosa

excelente para la edad de ella, pero falta de significación y de

utilidad para los verdes años de Nélida.

Se había peleado con la madre porque pretendía llevarla inmediatamente

al camarote con el pretexto de que eran las once. Insultó luego en voz

baja a los antiguos adoradores, que rondaban cerca de las dos para

gozarse en su obra, y sin aguardar contestación había volado otra vez

hacia Fernando.

--Si usted lo desea, me retiraré--dijo éste--. Yo no quiero que sufra

molestias por mi culpa.

Ella se indignó, como si le propusiese algo contra su honor. Debía

permanecer al lado suyo, ahora más que antes. Bastaba que le ordenasen

una cosa, para ansiar con irresistible deseo todo lo contrario. ¡Ay, si

no temiese estorbar a papá, que estaba jugando al _poker_ con unos

amigos! Sería suficiente una palabra suya para que interviniese con toda

su autoridad, dejándola triunfante sobre la madre desesperada... Iban a

tener que separarse dentro de unos instantes.

--Verá usted cómo llega el zonzo de mi hermano con la orden de que me

vaya a dormir... Y tendré que obedecer a esa señora por no dar un

escándalo. ¡Qué rabia!

Ojeda pensó con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades

que iban a alterar su plácida existencia por obra de esta mujer. Habría

de ganarse la simpatía de aquella señora cobriza, luchando además con la

mala intención de los de la banda... Y todo ello por un resultado

problemático, pues no estaba seguro de que en adelante se mostrase del

mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable.

Iba a arriesgar una proposición que significase algo positivo, a

solicitar una promesa de verse al otro día en lugar menos público que la

cubierta de paseo, cuando ella le miró imperiosamente y dijo en voz

queda:

--A las doce... Le espero a las doce.

¿A las doce de qué?... ¿Dónde debía estar a las doce?... Nélida pareció

impacientarse, al mismo tiempo que sonreía con cierta compasión. ¡Y

afirmaban todos que Ojeda tenía talento!... A las doce de aquella noche;

y en cuanto a lugar para verse, su camarote. ¿Cuál otro podía ser? Ella

le esperaría con la puerta entornada. ¡Qué torpes eran los hombres!...

Así, con sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones.

Cuando él titubeaba antes de formular una proposición, rebuscando

palabras para hacerla más suave, ella había salido a su encuentro,

abriéndole el camino rudamente.

Fernando movió la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un

lance de honor. Muy bien; a las doce llegaría puntualmente. Nélida dio

detalles de su instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro

inmediato estaba su hermano; más allá sus padres, en uno más grande.

Vería luz en la puerta entreabierta. No tenía más que llegar

cautelosamente, arañar la madera... Pero se detuvo en sus indicaciones.

--¡Ya llega ese imbécil!... ¡La orden para ir a dormir!

El imbécil era el hermano, que se presentó saludando a Ojeda con voz

balbuciente, mirándolo como a un personaje importante que inspira

respeto y poca simpatía.

Nélida, al ponerse de pie, se desperezó con voluptuosa expansión.

Parecía más alta, como si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca

con el serpenteo nervioso que corría por él.

--Buenas noches, señor... Encantada de las cosas lindas que me ha dicho.

No olvide los versos.

La vio alejarse al lado del hermano, que trotaba, no pudiendo seguir sus

pasos largos. La satisfacción de una nueva conquista, la inquietud de

algo desconocido que iba a revelarse en breve, el orgullo de desobedecer

a todos imponiendo su capricho, enardecían la briosa juventud de Nélida,

dando nueva frescura a su animalidad triunfante y majestuosa.

Paseó Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita.

¿En qué día estaba?... Miércoles nada más. Era el mismo día en que había

entrado por primera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se

imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, días y días, semanas,

meses, desde esta aventura triste!

Las horas se deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad

loca o una monotonía interminable, según eran los sucesos. Sólo habían

transcurrido unas pocas, y otra vez iba a bajar cautelosamente al

interior del buque en busca de una mujer en la que no pensaba poco

antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la mañana, al

levantarse, habría reído incrédulamente. Contaba con los dedos, para

reconstituir en su memoria los sucesos de los últimos días. El domingo,

víspera del paso de la línea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que

le hacían odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro día, Mina, la

melancólica, que había prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde

del día presente. Y ahora, Nélida, que venía hacia él contra toda

lógica, cuando menos podía esperarlo; Nélida, «la de la boca de

tigresa--como decía Maltrana en su afición a los apodos homéricos--, la

de los ojos de antílope y la carne primaveral».

En cuatro días tres amores... La vida de a bordo quería borrar con la

rapidez de los hechos la monótona languidez de su ambiente. En tierra,

donde las personas, por más que se busquen, pasan al día muchas horas

sin verse, habría necesitado cuatro meses, o tal vez más, para llegar a

este resultado. Aquí todo era fácil, gracias al hacinamiento y el tedio

de tantos seres distintos y contradictorios, obligados a convivir como

las infinitas especies del arca diluviana.

Cerca de las doce cesó Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penúltima

cubierta sin ser advertido. A estas horas podía llamar la atención verle

en las profundidades del buque, a él, que tenía su camarote en el mismo

piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con

cierta inquietud en los jóvenes de la banda. Parecía disuelta esta noche

al faltarle la presencia de la señorita Kasper, que era en ella el eje

central, el polo de atracción. Algunos de sus individuos estaban

diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las partidas de

_poker_. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le llamó la

atención la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de

vista.

Aprovechó un momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por

una escalera. Bajó dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanzó por un

pasadizo, de puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes

redondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del buque. De algunas

puertas surgían furiosos ronquidos. Creyó que sonaban detrás de él leves

roces, como si alguien le siguiese. Se imaginó ver unas cabezas que le

atisbaban asomadas a una esquina del corredor y que de pronto se

ocultaron. Pero ya no podía retroceder, y siguió adelante, mirando los

números de los camarotes.

La puerta estaba entreabierta, y antes de que él llegase se marcó en su

estrecho rectángulo de luz la arrogante figura de Nélida. Iba vestida

simplemente con un kimono azul, el mismo que Fernando le había visto

comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, completamente

desnudos y que esparcían un perfume de carne fresca recién lavada,

salieron al encuentro de él, agarrándose a su pecho como tentáculos

irresistibles.

--¡Entra, tonto!--ordenó imperiosamente con voz enronquecida al notar su

vacilación--. Ésos andan por ahí... pero no importa. ¡Entra, no pierdas

tiempo!

Y tiró de él rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos

puertos tiran de la marinería ebria brazos desnudos con adornos de latón

surgiendo de ciertas casas.

Poco después de la salida del sol, despertó Ojeda en su lecho. Sonaba la

música en el inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. «Hoy es

domingo», pensó, en la torpeza del despertar. Pero una extrañeza

repentina disipó las últimas brumas de su sueño. Hizo un rápido cálculo

de días. No, no era domingo. Además, la música sonaba alegremente una

especie de diana de caballería que no podía confundirse con el solemne

coral luterano. A continuación de esta diana, una polca saltona con

locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los músicos. «Debe

ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos míos.

Cualquiera diría que era para mí.» Y Ojeda volvió a dormirse.

Dos horas después, mientras se vestía, quiso saber el motivo de esta

música, preguntando al camarero que entraba con un jarro de agua

caliente. El _steward_ contestó rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al

pasajero de al lado, un alemán que pasaba las noches jugando en el café

hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le habían dedicado

esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una

sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y

miente por no molestar al señor.

Arriba, en el paseo, el primero que le salió al encuentro fue Maltrana.

--¿Ha oído usted la música?--preguntó con cierto misterio.

Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. Sí; era en honor de un

vecino suyo que celebraba su cumpleaños.

--No, Fernando; la música era para usted... Cosas de esos chicos, que

están furiosos por la traición de Nélida. Una ironía pesada y roma como

sus zapatos.

Había sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la

banda, que comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a

Ojeda en la noche anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido

un conciliábulo en el fumadero, despertando después al jefe de la música

para encargarle esta alborada. Era una felicitación que le dirigían los

antiguos amigos de Nélida.

En el primer momento tuvo Fernando un arrebato de cólera. ¡A él con

musiquitas!... Sentía deseos de insultar a todos aquellos jóvenes, con

la temeridad que comunica a todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio

de su indignación. ¿Qué había de malo en aquello?... Podían seguir

dedicándole obsequios de tal clase, si era su gusto, mientras él

continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura. Con música,

ciertas cosas resultan mejor... Y Fernando acabó por reír igualmente de

una broma torpe que ridiculizaba a sus autores.

Maltrana le habló luego de Nélida. Debía sentir impaciencia por

encontrarse con él. Media hora antes la había visto en el paseo mirando

a todas partes, como si lo buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos

matinales.

--Iba como si se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena

alborotada. Debe haber vuelto a su camarote para adecentarse un poco.

Tiene hambre de verle. Pero ¿qué diabólico secreto es el suyo, Ojeda,

para obtener tales éxitos? Debía comunicarlo a los amigos...

La proximidad de Nélida le hizo callar. Venía ahora la joven muy

distinta de como la había visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas

cortas aparecían rizadas; acababa de vestirse un traje nuevo; se movía

con menudos pasos empinada sobre altos tacones; adivinábase en toda ella

una preocupación por embellecerse y agradar. Su rostro, bajo una capa

reciente de polvos, parecía alargado, con leves oquedades en las

mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un círculo de

sombra orlaba sus ojos, agrandándolos.

Cuando tomó la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en

él una mirada interrogante... ¿Contento? Él sonrió con la gratitud de un

buen recuerdo, satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por

conocer el estado de su ánimo.

Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, alejóse sin despedirse

de ellos. Nélida, al verse sola, se aproximó más a su amante con un

impulso de entusiasmo.

--¡Mi rey! ¡Mi dios!... ¡Mi... hombre!

Y faltó poco para que lo besase en plena cubierta. Él se dejaba adorar

con un orgullo de varón satisfecho de su persona. Acordábase de Mrs.

Power, comparándola con Nélida. Ésta, al menos, conocía la gratitud...

Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible

deseo de espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos

de esta nueva aventura, que parecía enorgullecerla. Pasaron ante «el

banco de los pingüinos» y ante sus vecinas «las potencias hostiles», con

repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, pero no se atrevía

a decirlo. Afortunadamente, a aquella hora sólo había unas pocas

señoras, que fingieron no verles, y luego, a sus espaldas, se miraron

con el ceño fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué escándalo!...»

Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El

doctor los siguió con un gesto de cómica admiración.

--Compañero, ¡y qué valiente es su paisano! Cada día con una... ¡y a su

edad! Porque él no es ningún mocito... ¡Ah, gallego tigre!...

En las inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la

banda, y al verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irguió

arrogante, cual si presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de

provocación, pero todos parecieron ocupados de pronto en importantes

reflexiones que les hacían bajar la frente, y no se fijaron en él.

Nélida, con un ligero temblor, mezcla de miedo y de placer, se agarraba

convulsivamente a su brazo.

Fernando sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese osado la menor

burla!... Y ella le escuchaba con asombro y satisfacción. ¿Habría sido

capaz de pelearse por ella?... ¿Lo mismo que en las novelas o en el

teatro?

Y como él contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez,

Nélida casi le saltó al cuello.

--¡Mi rey!... ¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te

pierdes!

Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de

su rostro patriarcal. «Papá... papá.» Su hija le besaba las barbas

venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa.

El padre miró a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un

presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la

familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo había cambiado con

Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar confianza,

haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... Algo traviesa. No quiere

obedecer a mamá... Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba

sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción.

Se habían sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué

felicidad!... Su padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba

quedar para siempre, mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz

del señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que, a impulsos de

la costumbre, pasó de los afectos de familia a hablar de negocios.

Daba consejos a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba

que fuese amigo de la niña para que él considerase sus asuntos como

propios. Debía proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los

negocios buenos eran abundantes, pero también las gentes sin conciencia

que estaban a la espera de los recién llegados para abusar de su

ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales para emprender allá

algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por afecto nada

más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a

Buenos Aires... Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un

simple conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún

serían más amigos.

--¡Quién sabe, señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo

allá...

Y comenzó la exposición de una de las muchas empresas que, según él, le

habían arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase

trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios

tan estupendos.

Nélida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con

atención. Fijos sus ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de

sus manos, y llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles

apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía hablar papá con

su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oía; a ella sólo

le interesaba lo suyo. Y movió los labios sin emitir la voz, indicando

con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendió.

--¡Dueño mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo!

La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.

Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación,

libertando a sus distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para

empezar la partida matinal de _poker_.

--Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para

hablar de estas cosas.

Y sonrió por última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio

futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente.

Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable,

huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta

de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas.

«Nélida... Nélida...» Ahora era la madre la que salía a su encuentro

para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivinó un

pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día, señor!» Sus ojos brillantes

y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con una mirada de

atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la

familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.

Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta

y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado

de su madre. Por detrás de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le

hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.»

Pero él no podía obedecer, retenido por las palabras amables y las

miradas de la señora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades

de su hija.

--Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero

aparte de esto, muy hacendosa, ¿sabe, señor?... Y el día de mañana,

cuando se case y siente la cabeza, será una excelente madre de familia.

Crea que el marido que se la lleve no se arrepentirá.

Y miró a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta

dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.

Nélida, a espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus

facultades de dueña de casa y el deseo de verla madre de familia la

hacían encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de

repugnancia. «Vámonos--siguió diciendo mudamente--. No la oigas más.»

La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su

presencia.

--Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes.

Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese

con los ojos la unión que veía en lontananza.

Al alejarse, Nélida intentó excusarla, avergonzada de sus expansiones

maternales.

--No hagas caso. Es una señora a la antigua; una india. Todo lo arregla

con matrimonio: todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me

ve con un hombre, cree que debo casarme con él... Casarse, ¡qué

vulgaridad! ¡qué grosería!... ¿Quién piensa en eso?...

Y su protesta contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le

propusiesen algo que le inspiraba escándalo y horror.

El único de la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la mañana

fue el hermano. Ojeda le era antipático: prefería a los de la banda. Su

seriedad y sus años le inspiraban respeto. Además, tenía la convicción

de que aquel señor jamás le convidaría a champán y cigarros, como los

otros. Por esto, a pesar del ejemplo de sus padres, se mantuvo apartado

del intruso que venía de repente a perturbar su vida.

Después del almuerzo, cuando Fernando tomaba café con Maltrana en el

jardín de invierno, pasó Mrs. Power, saludándolo con un ligero

movimiento de cabeza, sin la más leve emoción. Ojeda la miró también con

indiferencia. Su figura arrogante apenas despertaba en él una remota

vibración. Era como un libro olvidado que se encuentra de pronto y evoca

la memoria de una lectura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas

puede recordarse.

Vio ascender luego por la escalinata a Mina llevando al pequeño Karl de

la mano. El niño le miró, extrañándose de que no fuese hacia ellos lo

mismo que antes. Pero la madre siguió su camino tirando de él, sin

volver la cabeza, con la mirada perdida para no tropezarse con los ojos

de Fernando. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa: rubor de

timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos.

La noticia de su amistad con la señorita Kasper había circulado por el

buque con la rapidez que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a

todos las informaciones. Además, ella exhibía con orgullo su nueva

conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs. Power, que veía borrarse

con él definitivamente todos los recuerdos. También alejaba a Mina,

temerosa de la insolencia de Nélida. Unas cuantas horas de atrevida

exhibición habían bastado para librar a Fernando de sus amoríos

anteriores. La muchacha establecía el vacío en torno de ella. Todas las

mujeres parecían temer la impetuosidad de este hermoso animal humano

exhuberante de fuerza y juventud.

No tardó Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco antes una rápida

aparición en el jardín de invierno, pero huyó al notar que su titulado

pariente el alemán y el barón belga ocupaban la misma mesa de sus

padres, con un visible deseo de aproximarse a ella. Después de breve

eclipse asomó el rostro a una ventana inmediata al lugar donde estaban

Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus labios fue para aquél un

lenguaje claro. «Ven...» Y al salir la encontró en la curva del paseo

que él llamaba «el rincón de los besos».

Nélida le hablaba con una expresión autoritaria. Él era su dueño... su

dios; pero debía obedecerla en todo. Aproximábase la hora de la siesta.

En el jardín de invierno se abrían muchas bocas con bostezos de pereza.

Las gentes deslizábanse discretamente hacia sus camarotes. Sonaban

ronquidos en las sillas largas del paseo. Los duros varones, insensibles

al voluptuoso aniquilamiento tropical, dirigíanse hacia la popa en busca

de las tertulias del fumadero para reanimar su actividad. Sentíanse

repelidos por el silencio y la calma que lentamente se iban esparciendo

por la cubierta del buque, como si ésta fuese un claustro de convento a

la hora de la siesta.

--Baja, dueño mío, ¿me oyes?... No tienes más que arañar la puerta. Yo

abriré inmediatamente.

Le miraba con sus ojos enormes y ávidos, que parecían querer devorarle.

La punta de su lengua asomaba como un pétalo de rosa entre los labios

súbitamente abrasados. Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno

de su frente las cortas melenas, dando a su cara un aspecto diablesco.

Ojeda experimentó cierto asombro. ¡Bajar al camarote!... ¡Tan pronto!

Empezaba a inspirarle miedo esta lozanía esplendorosa y audaz de

insaciables deseos. Pero tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por

orgullo sexual. «Dentro de media hora--repitió ella--. Mi dios... ya lo

sabes.» Muy bien; no faltaría. Y ella se fue con la satisfacción de que

dejaba a sus espaldas un hombre feliz.

Bajó Fernando con las mismas precauciones de la noche anterior, pero

esta vez no pudo notar detrás de sus pasos el atisbo del espionaje. Y

cuando llevaba mucho tiempo en el camarote de Nélida sobrevino la más

penosa de sus aventuras de a bordo: una escena ridícula, de la que se

acordaba luego con cierto malestar, temiendo que el burlón Maltrana

llegase a enterarse de ella alguna vez.

Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nélida,

una voz que balbuceaba más que de costumbre por el temblor de la cólera:

«¡Abre... abre!». Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por

un resto de prudencia habló a través del ojo de la cerradura: «Abre:

tienes un hombre en la "cabina"... Se lo voy a decir a papá».

Nélida no se inmutó, como si estuviese habituada a tales escenas. Su

cólera fue más grande que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra

el hermano imbécil. ¿Y no habría una buena alma que lo matase, para

quedar ella tranquila?... Adivinó que eran sus antiguos amigos los que

por despecho enviaban al hermano delator, luego de revelarle la

presencia de Ojeda en el camarote.

--Métete ahí--ordenó imperiosamente, mientras reparaba el desorden de

sus ropas ligeras.

Vacilaba él, no pudiendo adivinar el lugar señalado. ¿Dónde quería que

se escondiese en aquella pieza tan pequeña?... Pero la muchacha le

empujó rudamente, mientras seguían los repiqueteos en la puerta y las

voces temblonas y amenazantes.

El doctor Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros,

tuvo que agacharse y doblarse a impulsos de Nélida, y acabó por

introducir su respetable personalidad debajo de un diván de exigua

altura. Luego la joven colocó ante él, formando barricada, una maleta,

un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros.

Fernando creyó morir entre la alfombra y los muelles del diván

incrustados en su espalda. El calor era sofocante en este encierro,

lejos del ventilador y de la brisa que entraba por el tragaluz. Apenas

quedó acoplado en tal _in pace_, sintió que le dolían todas las

articulaciones y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como si

fuese a romperse. Una cólera homicida se apoderó de él. ¡Ah, no! ¡No

seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo aquellos muchachos de la

banda, a los que indudablemente habría escondido ella otras veces de

igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbécil.

Pero no fue necesario. ¡Bueno estaba poniendo Nélida al hermanito!... Al

abrir la puerta, lo agarró de un brazo, haciéndolo entrar a empellones.

¡Hasta cuándo se proponía molestarla con sus necedades!... Estaba en lo

mejor de su sueño y venía a interrumpírselo con sus historias

disparatadas. «Mira bien, zonzo... Abre los ojos, animal... ¿Dónde está

el hombre, idiota?...» Y lo zarandeaba, iracunda, mientras el muchacho

abría desmesuradamente sus ojos mirando a todos lados, y especialmente

al vacío debajo de la cama, como si sólo allí pudiera ocultarse un

intruso.

La convicción de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los

amigos se habían burlado de él: era una broma de las suyas. Y cuando,

confesándose vencido, quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dejó

partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar su brazo, le

soltó dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, junto a la salida, una

bofetada sonora: «Para que me molestes otra vez». Quiso el muchacho

devolver en igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la mano

sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y casi le aplastó los

dedos.

Nélida deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez salió a

luz el doctor Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz

congestionada, parpadeando cual si no pudiese resistir la luz.

Ella rio al verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba

amorosamente el desorden de su traje y le sacudía el polvo del encierro.

--¡Mi hombre!... ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me lo han de ver!...

Él, tan buen mozo, metido en ese escondrijo... ¡Y todo por mí!

Fernando tuvo una mala sonrisa.

--Los otros eran más pequeños, ¿verdad?... Podían ocultarse mejor.

Se arrojó Nélida con ímpetu sobre él con los brazos abiertos.

--No digas eso, viejo mío... no lo repitas. ¡Por Dios te lo pido! Me

hace mucho daño.

Y lo besaba con furia, lo aturdía con sus caricias, para disipar el mal

recuerdo y recompensar al mismo tiempo la molestia reciente.

Hizo responsable a su hermano de esta cólera de Ojeda, evocadora de

malos recuerdos. Aquel imbécil sólo había nacido para hacerle daño. Y

esto la llevó a hablar del otro hermano, «el gaucho», como ella le

llamaba, que vivía en la Argentina, y era el único hombre capaz de

inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor frecuentemente con

revelar al otro todas las aventuras de Berlín y las travesuras del viaje

apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era temible! Ella

sabía desde mucho tiempo antes cuál era la venganza con que intentaba

castigarla.

--Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por

lo de mi hermano... Repite que me quieres como siempre.

Rencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento

que le inspiraba esta mujer después del regalo de su belleza hecho

liberalmente. Pero en la hora que todavía pasó allí, le fue imposible

desechar el mal recuerdo del escondrijo y la torturante posición que

había sufrido en él... No volvería al camarote de Nélida. Sentíase sin

fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el ridículo,

considerado por él como el más temible de los peligros.

Ella asintió. Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado

aquella misma tarde, pero esperaba la proposición. Tenía deseos de

visitarlo. Era indudablemente mejor que el suyo: un camarote en la

cubierta de lujo y con ventana grande en vez de tragaluz redondo de los

de abajo.

--Convenido: esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la

puerta.

Esta vez Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella

muchacha no aguardaba invitaciones: se convidaba a sí misma, sin

consultar el humor y los recursos del dueño de la casa. Nélida le miró

con ojos suplicantes. «¿No quieres que vaya?...» Si era por miedo a que

la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría deslizarse sin que

nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el buque lo mismo que un

fantasma, sin huella ni ruido.

Fernando no se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto

orgullo en arrostrar de nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven;

te esperaré.» Y después de esto procedieron a la minuciosa empresa de

abandonar el camarote sin que los enemigos pudiesen sorprender su

salida.

Ella fue la primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y

recovecos. Luego silbó suavemente, como un ojeador que indica el

sendero, y Fernando abandonó el camarote apresuradamente, seguido en su

fuga por los besos que le enviaba Nélida con las puntas de los dedos.

Más que el miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de

esta situación. ¡Qué cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado

por aquella vida de a bordo, que retrogradaba las gentes a la niñez!...

El miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción refleja,

haciéndole ver la imagen de Teri que le contemplaba con ojos crueles y

un rictus desesperado...

Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando

estuviese en tierra. Por el momento, su abyección resultaba

irremediable, y cada vez iría en aumento mientras no abandonase este

ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo le

faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas convertidos en

bestias.

Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus

pensamientos más recónditos, le abrumó con muestras de interés

formuladas inocentemente.

--Tiene usted mala cara, Fernando. ¡Ni que hubiese visto ánimas durante

la siesta!... ¡Qué color! ¡qué ojeras!... Coma mucho; la navegación es

larga, y usted necesita tomar fuerzas.

Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su

malicia, abandonó todo disimulo, añadiendo con admiración:

--Compañero: le envidio y le tengo lástima. Es usted un valiente, ¡pero

lo que se ha echado encima!... Antes del término del viaje deseará

llegar a tierra, lo mismo que un náufrago que se ahoga.

La comida de esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del

comedor brillaban unos transparentes iluminados con dos inscripciones en

francés y alemán: _Au revoir! Auf Wiedersehen!_ Era el banquete de adiós

a los viajeros: una comida igual a todas, pero con un discurso del

comandante y otro del «doktor», que en nombre de los alemanes y

extranjeros agradeció, con lenta fraseología semejante a un crujido de

maderas, las grandes bondades que aquél había tenido con el pasaje.

Cuando la doctoresca lucubración llegó a su término, la gente, puesta de

pie con la copa en la mano, lanzó los tres _¡hoch!_ de costumbre,

mientras la música atacaba la marcha de _Lohengrin_.

--No llegamos a Río Janeiro hasta pasado mañana--dijo Isidro, siempre

bien enterado de la marcha del viaje--. Pero la despedida ha sido hoy,

para que la gente que se queda en el Brasil pueda dedicar el día de

mañana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la última de gran

ceremonia, y las señoras van a guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta

del Océano sólo existe entre Lisboa y Río Janeiro. En los dos extremos

del viaje se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno quiera.

El protocolo neptunesco no se ofende por ello.

Luego de la comida iba a efectuarse en el salón el reparto de premios a

los triunfadores en los juegos olímpicos y a las señoritas que se habían

presentado con mejores disfraces en la fiesta del paso de la línea.

Después de esta ceremonia empezaría el concierto, para el cual venían

haciéndose tantos preparativos desde una semana antes.

Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presentándose como su

principal organizador. Había vigilado los ensayos durante varios días,

yendo del piano del salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con

toda la autoridad que le confería su estatura de dos metros, al piano

del comedor de los niños, donde la señora viuda de Moruzaga hacía

memoria de sus habilidades de soltera acompañando con un trémolo

dramático los versos franceses recitados por una de sus hijas. Además,

unas niñas brasileñas se preparaban para tocar a cuatro manos una

sinfonía; las artistas de opereta contribuirían con varias romanzas; uno

de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su música

con acompañamiento de ruidosos zapateados; y hasta _fraulein_ Conchita,

cediendo a los ruegos de varias señoras entusiastas de las cosas de

España, había accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su

hilillo de voz algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger,

gran pianista, improvisaría para ella un acompañamiento. Y si lo

reclamaba el público, la muchacha se atrevería a bailar cierto

«garrotín» de exportación aprendido en una academia de Madrid de las que

preparan «estrellas danzantes» para el extranjero.

--Pero con recato y decencia, niña--había aconsejado Maltrana--.

Comprímete aquí: échale agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrás

lucirlo por entero.

Satisfecho de sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas,

talentos ignorados que había sabido descubrir entre la masa de los

pasajeros. Y terminaba por declarar modestamente que él también

«aportaría su concurso» inaugurando el concierto con un discursito en

honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria meliflua que llevaba

aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su prestigio ante las

nobles matronas.

--De ésta--declaró--desbanca Maltranita al abate de las conferencias.

Usted lo verá, Ojeda.

No; Fernando no pensaba verlo. Sentíase sin energía para arrostrar el

tormento de tanto y tanto canto de aficionado en el estrecho salón,

entre un público abaniqueante y sudoroso. Prefería dar un paseo por la

parte alta del buque, contemplando el espectáculo de la noche.

Así lo hizo. Pero al circular por las dos últimas cubiertas volvía

siempre a las inmediaciones del salón, confundiéndose con el público

menudo de criadas y niños que miraba por las ventanas. Antes de

principiar la velada, Nélida se había aproximado a él, con su vestido

escotado color de sangre. Tenía que asistir a la fiesta con toda su

familia: ¡un verdadero tormento! pero esperaba que Fernando ocuparía una

silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el salón, casi lloró

de contrariedad. «Al menos no te vayas lejos; asómate de vez en cuando.

Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca de mí...» Durante el

concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer

entre las cabezas del público exterior la cara de Fernando, enviábale

por encima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados

con un leve avance de los labios, guiños malignos que comentaban la

marcha del concierto y los errores de los ejecutantes.

De este modo vio Ojeda cómo se movía su amigo en el salón con aire de

autoridad, cual si fuese el héroe de aquella fiesta, abriéndose paso

entre las sillas para ir en busca de las artistas, inclinándose ante

ellas con su «saludo de tacones rojos», dándolas el brazo para

conducirlas al estrado y quedándose junto a la pianista o la cantante,

al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de aplausos.

Era su noche. El discursito cuidadosamente preparado había obtenido un

éxito enorme. Las miradas de todas las señoras que podían comprenderle

iban hacia él con admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal

Maltranita!... ¡Qué hombre tan dije!... ¡Qué habilidoso!...» Y él

aceptaba con modestia estos elogios formulados por las damas según los

términos admirativos de cada país. En su declamación dulzona las había

abarcado a todas, jóvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta a las

sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo para ensalzar la

religión, representada allí por sacerdotes de todo el latinismo. El

obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento infantil; el

abate francés sonreía inquieto, como si viese nacer un temible rival;

don José agradecía la alusión, admirándolo con patriótico orgullo. «¡Qué

don Isidro tan vivo!... ¡Si yo tuviese su labia para las señoras!»

Al terminar el concierto, la gente se esparció por la cubierta, ansiosa

de respirar aire libre. Era cerca de media noche. Las niñas se quejaban

del calor, intentando con este pretexto desobedecer a las madres, que

proponían un descenso inmediato al camarote. Los pasajeros más corteses

iban saludando a las señoras que habían intervenido en el concierto,

sonando en su coro de alabanzas los más estupendos embustes. Todas ellas

aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso de pobreza podían

ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por su

marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos

elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentíase

ofendida por la falta de gusto de los oyentes: sólo la habían hecho

repetir su canto dos veces, cuando ella traía ensayadas una docena de

romanzas. El público se lo perdía.

Un grupo de señores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones.

Algunos, prudentes y calmosos hasta entonces, parecían agitados por un

cosquilleo eléctrico. Muy bonitas las canciones, aunque ellos no habían

entendido gran cosa... ¡pero el baile! ¡aquella danza serpenteante, con

unos brazos que parecían hablar!... Doña Zobeida sonreía, contenta del

triunfo de «esta buena señorita», haciendo confidente de sus entusiasmos

a don José el clérigo, que la escoltaba igualmente con toda la autoridad

de su sotana.

--Pero ¿ha visto qué lindura, padrecito?... Nuestra niña es la que ha

gustado más a los señores... Ya lo decía mi finado el doctor, que sabía

de esto como de todo. Para bailar con gracia, las españolas.

Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en

grupo, aceptando como algo propio los requiebros interesados que los

hombres dirigían a la bailarina.

Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al

encontrarse con Fernando tuvo el gesto petulante de un cómico que sale

de la escena... ¿Le había visto? ¿Qué opinión era la suya?...

--Yo creo que me los he metido en el bolsillo... Los amigos me miran

como si fuese otro hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta

hace poco como un insignificante... Van a darme una fiesta en el

fumadero: una fiesta íntima... en mi honor.

Era una despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban

en Río Janeiro; pero por el éxito reciente de Maltrana, la dedicaban

también a su persona.

--Va a ser famosa--continuó Isidro con entusiasmo--. Asistirán señoras,

muchas señoras; todas las coristas de la opereta, que me han oído desde

puertas y ventanas sin entenderme seguramente, pero ahora me contemplan

con respeto y cuando paso junto a ellas murmuran algo que debe ser de

admiración... Venga usted con nosotros.

Fernando se excusó: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote.

Maltrana frunció el entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprobó

su resolución. Hacía bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir

al barón belga y a otros amigos suyos que se quedaban en el Brasil. En

el aturdimiento de su gloria había olvidado que los de la banda estaban

furiosos contra Ojeda, y a última hora, con la insolencia que da el

vino, eran capaces de provocar una escena violenta.

--Hasta mañana; le contaré lo que ocurra... No tema que esta noche vaya,

como las otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acabó... Por

cierto que el hombre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe

estar temblando con la idea de que pasado mañana llegamos a Río. Verá

usted cómo lo primero que se presenta en el buque es la policía para

echarle esposas en las manos... Yo no me equivoco.

Al entrar Fernando en su camarote experimentó una gran sorpresa viendo

el retrato de Teri... Luego se avergonzó de la inconsciencia en que

vivía, semejante a la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si

fuesen de otra persona. Los hechos anteriores a su embarque eran para él

como sucesos de una existencia distinta, ocurridos en otro planeta, y de

los que sólo guardaba ya una débil memoria. Vivía ahora en un mundo

nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por el infinito azul, y sólo

le interesaban las inmediatas necesidades de su existencia oceánica...

Nélida iba a llegar: ¡y quién sabe con qué comentarios de juventud

insolente y triunfadora saludaría la belleza de Teri, de un esplendor

melancólico, fino y suave, como el de las primeras mañanas de otoño!...

Para evitar un sacrilegio llevó sus manos al retrato, ocultándolo entre

las ropas del armario. Al hacer esto tembló con una inquietud

supersticiosa. Temía que un poder inexorable y oculto que él no legaba a

definir con claridad le castigase por su cobardía... Tal vez perdiera a

Teri para siempre, después de haber osado ocultar su imagen. ¡En amor

hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques inexplicables a través

del tiempo y la distancia!... Pero estas preocupaciones de hombre

imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco. Un

ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era

un vecino que se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era

ridículo que él la recibiese vistiendo aún el _smoking_ de la comida.

Luego de desnudarse se cubrió con un pijama, tomó un libro, y esperó

leyendo y fumando. El interés de la lectura se apoderó de él al poco

rato. Nélida, con toda su gentileza, carecía del encanto de este libro:

la novedad.

Transcurrió mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese,

percibió un leve ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un

roce, las ondulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo

silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente.

No experimentó sorpresa al ver cómo giraba la puerta del camarote sin

que apareciese alguien en el espacio recién abierto. Luego, Nélida entró

de golpe, o más bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al

final de una carrera de obstáculos. Sacudía en torno de la frente el

manojo de sierpes de su cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el

sutil kimono, que había llevado recogido hasta entonces, como si

quisiera replegarse, disminuirse en su marcha silenciosa.

--¡Cú... cú!--dijo al entrar, con risa triunfante--. ¡Aquí me tienes!

Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese

su primer abandono; luego se apartó rudamente, a impulsos de su

movilidad caprichosa. Encendió todas las luces del camarote para

examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, en la mesita y

hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba una curiosidad

infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de

verlo todo adquirió un carácter alarmante.

--Tú debes tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de

Europa guardado en tus maletas!... Enséñame tus conquistas, viejo mío.

Muéstramelas... para que me ría.

Luego admiró el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto,

y sobre todo, en vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera

ventana como las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván

para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su cuerpo fuera

del buque. Un grato escalofrío hizo temblar su espalda: estremecimiento

de frescura por el viento que levantaba el buque en su marcha y que

corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto kimono;

estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche,

bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.

Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía

temerse todo. Y Nélida agradeció su miedo como una manifestación de

amor, acariciándole la cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos,

alborotándolos.

--Figúrate, negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... ah... ah!--y al

lanzar esta exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un

esfuerzo violento para retenerla--. Por pronto que se enterasen en el

buque e hicieran alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua

detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?... Vendrías a hacerle compañía a

tu nena en medio del mar, y nadaríamos juntos hasta que nos buscasen...

Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos juntos... ¡así!... ¡bien juntitos!

Con la excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando

hacia afuera, como si en realidad desease caer de la ventana arrastrando

a su amante.

Éste se libró con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en

medio del Océano, lejos de toda costa. Bastaba una leve falta de

equilibrio, para que ella se desplomase en aquellas aguas negras que

pasaban y pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón en el

misterio y el olvido; una caída sin esperanza. Nadie podía verla; la

muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque se detuviera,

volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un pequeño

cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta.

--Nélida, ¡por Dios! baja de la ventana.

Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que

la mantenían sus brazos. «¡Ah... ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás,

en el vacío, con tal ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos

para sostenerla.

--Di que si yo cayese te echarías de cabeza para salvarme... Di que

morirías por tu nena...

Aprobó Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y sólo así pudo

conseguir que abandonase la ventana, estrechamente abrazada a él,

contemplándolo con admiración.

--¿De veras que morirías por mí?... Repítelo viejito rico, que yo lo

oiga... Dilo otra vez, mi negro.

La gratitud perduró en Nélida gran parte de la noche. En la obscuridad,

sin más luz que el tenue fulgor sideral que entraba por la ventana,

volvió a llamar a Ojeda «viejito» y «negro», dos palabras amorosas del

nuevo hemisferio a las que él no había podido habituarse todavía, y que

en medio de los transportes pasionales le hacían sonreír.

Cuando brilló de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un

diván. Nélida, por un brusco cambio de su carácter tornadizo, hablaba

ahora con tristeza y miedo. Contaba los días que faltaban para la

llegada a Buenos Aires. ¡Cuán pocos eran!... Recordaba a su hermano

mayor, el rudo estanciero, que en las últimas cartas enviadas a Berlín

profería contra ella terribles amenazas, comentando las denuncias que le

había dirigido el hermano pequeño.

--Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va a contar no sólo lo

de Alemania, sino lo del buque; lo tuyo también. ¡Ay!, ¿qué va a ser de

mí?

Ella, que en su valerosa inconsciencia no temía a nadie de los que la

rodeaban, temblaba con sólo el recuerdo de este hermano, al que había

podido apreciar en un breve viaje a la Argentina realizado tres años

antes acompañando a su padre.

--Con él nadie bromea. Es un bárbaro... ¡Y si hablase sólo de matarme!

La muerte no me da miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me

amenaza con algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar con

vitriolo, para que los hombres huyan de mí y yo me consuma de

desesperación. ¡Qué horror!...

Temblaba sólo al pensar en este suplicio, más temible para ella que la

muerte, no dudando un instante de que su hermano era capaz de cumplir

tales amenazas.

Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensión a la

violencia, de su mirada lúgubre. Ojeda, escuchándola, se imaginaba el

tipo. Era un homicida, al que había faltado una ocasión para el

desarrollo de sus facultades. ¡Interesante la familia Kasper con sus

variados productos del cruzamiento razas!...

--¡Ay! Si tú me amases de verdad...--continuó ella, implorándole con sus

ojos--. Tú que eres capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz

con mucho menos... Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?...

Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?...

Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a

América: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al

degolladero. Aún estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajarían en

Río Janeiro, se esconderían, dejando que partiese el vapor, y tomarían

pasaje en otro buque de los que volvían a Europa... ¡Ah, el hermoso

Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más felicidad.

Casi saltó Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a

Europa, cuando aún no había llegado al término de su viaje? Sólo podía

admitir esta proposición como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué iba a

hacer él en Berlín?...

Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante.

--No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas

promesas, y luego retrocedéis ante el sacrificio más pequeño...

¡Egoístas!

Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la

que había visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a

sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el

gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores, y se extrañaba de

verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligación que

seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro

del mundo, en torno del cual debían girar personas y sucesos.

--Me mataré--dijo con energía--. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo

te juro que no llego a aquella tierra... ¡Qué horror!

Acordábase de los meses que había pasado en Argentina tres años antes.

Era un país para mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía

tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de

la estancia que dirigía su hermano.

--Por toda diversión una plaza en la que toca una música algunas noches.

Las niñas se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres

por otro; sin hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman

_afilar_, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo

el día... la conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo

necesito ir a Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!...

Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella

capital, en la que había transcurrido lo mejor de su vida. Ella no

conocía París. Su padre se había negado siempre a llevar su familia a

esta ciudad. Se enfurecía el señor Kasper, como un profeta bíblico, al

hablar de la moderna Babilonia, urbe corrompida, inventora de malas

costumbres... ¡Ay, Berlín! Tal vez las parisienses fuesen más elegantes,

más finas que las otras; pero en Berlín todo era grande. Los cafés y los

teatros, más enormes que los de París. Los establecimientos nocturnos

copiaban los títulos de Montmartre; pero si en una sala parisién

danzaban cincuenta parejas, en la de Berlín bailaban doscientas; si en

una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los

bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la metrópoli germánica

podían formarse cuerpos de ejército con las hembras en disponibilidad.

Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta

la alegría y la licencia, que habían sobrevenido como resultados del

triunfo. Y la mestiza de alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la

vida nocturna de Berlín, de todo lo que había conocido y gozado en su

absoluta libertad de «señorita educada a la moderna».

--Tú sólo has visto aquello como viajero; además, conoces poco el

idioma. No sabes lo que es la vida allá. ¡Si la conocieras!... ¡Si

accedieses a venir conmigo!

Y en la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa

impresión que causaba en Ojeda, empezó a hablarle de sus aventuras. Tema

una amiga, hija de alemán y de norteamericana, cuyos padres vivían en

Berlín después de haber hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se

escapaban de sus casas por la noche para ir a los cafés más célebres en

compañía de unos novios con los que nunca habían de casarse. Este

acompañamiento no las impedía cenar con ricos señores de la industria y

de la Banca que celebraban un buen negocio. Los dueños de los

establecimientos las atraían y las halagaban a ellas y a otras de su

clase. Eran señoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres.

Sabían mantener sus aventuras en un término prudente, con más bullicio y

atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado

irreparable. Mostrábanse expertas en la tentación que enardece al

parroquiano y le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas

colaboradoras, los gerentes les daban primas sobre lo que hacían gastar

a los señores, algunos centenares de marcos al mes, que eran una entrada

supletoria para vestidos y sombreros, compensando de este modo el

regateo económico de sus familias.

--Un gran país--continuó Nélida--. Allí únicamente se vive. ¿Y tú no

quieres llevarme? ¡Tan dichosos que seríamos los dos!... Di, ¿por qué no

quieres?

Fernando quedó indeciso. No sabía qué contestar a esta loca, de una

amoralidad desconcertante. Era inútil exponer razones de honor, hablar

de su dignidad, que no podía adaptarse a este género de existencia.

Jamás llegaría a entenderle.

Para salir del paso aludió a las dificultades materiales que se oponían

a su plan. ¿Qué iba a hacer él en Berlín? ¿De qué podían vivir? Para

estas aventuras se necesita dinero, y él no lo tenía.

Nélida abrió los ojos con asombro. No podía comprender un hombre sin

dinero. Todos los que ella había conocido hasta entonces lo tenían en

abundancia, o al menos jamás se preocupaban visiblemente de su carestía.

¡Un hombre sin dinero!... Le parecía inaudita esta revelación, y miró a

Ojeda como si acabase de descubrir en él nuevos encantos y perfecciones.

Ella tenía dinero para los dos. Ignoraba cuánto: tal vez mil quinientos

marcos. Y repitió varias veces la cifra, dándola gran importancia por

ser dinero suyo: ahorros de la vida en Berlín... Además de esto, tenía

sus pequeñas alhajas, regalos de amistad, que llevaría con ella. No

necesitaban de grandes cantidades para llegar a Berlín, y una vez allá,

todo les sería fácil. Contaba con amigos, muchos amigos; una mujer sale

fácilmente de apuros. Ojeda sólo tendría que ocuparse de los gastos de

su persona, y si era necesario, ella ayudaría también a su viejito... a

su negro.

--¡Nélida!--protestó Fernando.

Pero no quiso decir más. ¿Para qué?... Ni él aceptaba aquel viaje, ni

ella, con la movilidad de sus fugaces impresiones, se acordaría tal vez

de esto a la mañana siguiente.

Sonó un gran estrépito en las cubiertas superiores: ruido de voces,

correteos. Luego las fuertes pisadas se alejaron hacia la popa,

acompañando una violenta discusión. Debían ser los de la banda, que se

peleaban entre ellos.

--Márchate--dijo Ojeda--. Son las tres. Esas gentes pasean por todo el

buque antes de acostarse, y te pueden sorprender.

Aceptó el mandato Nélida, más por despecho que por obediencia amorosa.

Sus besos de despedida fueron glaciales. Fruncía las cejas; brillaba en

sus ojos un resplandor hostil.

--No me quieres, bien lo veo... Otro se consideraría feliz si yo le

permitiese acompañarme en mi fuga, y tú parece que estás arrepentido de

conocerme... Cualquiera diría que te he propuesto un crimen.

Fernando murmuró algunas excusas... Era un asunto que merecía ser

pensado. Tal vez se decidiese al día siguiente. Pero ella, adivinando la

falsedad de sus palabras, no quiso oírle. «¡Adiós!» Le empujó para ganar

la puerta, cerrándola tras ella ruidosamente, como si ya no le importase

guardar recato alguno.

«¡Adiós!», contestó Ojeda al quedar solo. Levantaba los hombros, sonreía

con una expresión de cansancio, le pareció más agradable su camarote sin

otra presencia que la suya... ¡Muchacha loca, adorable por una hora e

insufrible por toda una noche!... Reía francamente al recordar las

extrañas proposiciones de Nélida. ¡A Berlín él!... ¿Qué se le había

perdido allá?... Y todo porque la niña le tenía miedo al hermano medio

salvaje. Era una solución digna de su cabeza destornillada.

Con estos comentarios fue desnudándose, y al apagar la luz experimentó

entre las sábanas la voluptuosidad del que se ve solo después de haber

sufrido una compañía enojosa. ¡Ah, las mujeres! ¡Lástima grande no poder

vivir sin ellas! Ojeda, que empezaba a dormirse, dio algunas vueltas en

su nebuloso pensamiento a la vulgarizada frase del dramaturgo

escandinavo. Siempre que una contrariedad amorosa le impulsaba a

separarse de una mujer, se decía lo mismo: «El hombre aislado es el más

fuerte...». ¡Ay! Fácil era aislarse cuando el organismo parece crujir de

fatiga y la hartura quita todo encanto a las tentaciones. Pero

transcurría el tiempo; la mujer despreciada adquiere mayor valorización

a cada vuelta de sol; y el deseo, al renacer en las entrañas, las araña

como un demonio implacable, diciendo burlonamente a cada zarpazo: «Toma,

hombre aislado; toma y aguanta, ya que eres el más fuerte...».

Despertó Ojeda al día siguiente con los sonidos de la música, que daba

su concierto matinal. Cuando subió a la cubierta era muy tarde. Muchos

esperaban el toque de mediodía para entrar en el comedor. Adivinó

Fernando en las miradas de algunos y en el secreto de ciertas

conversaciones que un suceso extraordinario había ocurrido en el buque.

Vio venir hacia él a Maltrana con la majestad sombría de un hombre

cargado de secretos. Las miradas de algunos pasajeros tendidos en sus

sillones le seguían con cierta admiración. Parecía haber crecido en una

noche. Era otro, con la mirada grave, la frente pesada, los brazos

cruzados sobre el pecho y un índice apoyado en la boca, lo mismo que si

adoptase un gesto de pensador viéndose rodeado de máquinas fotográficas.

--Tengo que hablarle.

Dijo esto con tono de misterio, y se llevó a su amigo hacia el extremo

de proa.

--¿Por casualidad trae usted una caja de pistolas de desafío?...

A pesar de que Ojeda, en vista del aspecto de su compañero, estaba

preparado para las peticiones más absurdas, no pudo reprimir su

sorpresa... ¿Pistolas de desafío?... ¿Es que «por casualidad» viajaban

las gentes con una caja de ellas en el equipaje?... Maltrana se excusó.

Recordaba que su compañero había tenido varios lances, y esto le hacía

suponer que bien podría llevar con él esta clase de armas.

--Siento que usted no las tenga, Fernando, y no sé cómo salir del paso.

Hay un duelo pendiente a bordo, y los adversarios, así como los otros

testigos, me han hecho el honor de confiarse a mi pericia, encargándome

la preparación del combate. Una misión difícil.

El desafío iba a realizarse a la mañana siguiente en tierra, con el

mayor secreto, durante las pocas horas que el buque permanecería

anclado, y él tenía que establecer las condiciones, para lo cual le era

necesario, ante todo, encontrar las armas.

No faltaban éstas en el buque. Todos los pasajeros tenían la suya, y

hasta algunas señoras ocultaban en sus camarotes el arma de fuego

niquelada, brillante y graciosa como un juguete. Había revólveres de

todos los calibres, pistoletes automáticos de diversos mecanismos. Un

argentino hasta le había ofrecido para el caso dos carabinas de

repetición, con balas blindadas, que llevaba para su estancia. Pero

todas eran armas vulgares, prosaicas, de última hora; armas sin

tradición, que no podían servir por falta de títulos para que dos

caballeros se matasen. Él necesitaba espadas o pistolas antiguas que se

cargasen por la boca, como ordena el ceremonial del honor, armas

poéticas consagradas por el teatro y la novela; y toda aquella gente

sólo podía ofrecerle ferretería moderna, falta de nobleza, que

funcionaba como un reloj y distribuía la muerte con mecánica exactitud.

No había podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma híbrida,

arma mestiza, que era como una transición entre las unas y las otras.

Ojeda interrumpió estas lamentaciones. Quería saber el motivo del duelo

y quiénes eran los combatientes.

Se expresó Maltrana con triste dignidad. Había sido al final de la

fiesta en su honor, cuando más contentos y fraternales se mostraban los

amigos. Muchos se habían retirado a sus camarotes. Eran las tres de la

madrugada. Al cerrarse el fumadero habían subido a la cubierta de los

botes para terminar el jolgorio en el camarote del belga, que iba a

separarse al día siguiente de la honorable sociedad. Llevaban a

prevención algunas botellas, y al quedar vacías éstas, probaron a beber

cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante, riendo de

las muecas y náuseas que el líquido perfumado provocaba en algunos.

--Cuando más contentos estábamos, surgió la pelea entre el belga y ese

alemán pariente de Nélida, los dos amigos más íntimos, siempre juntos

desde que entraron en el buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin

saberlo. Inútil decir a usted quién es el verdadero culpable... ¿Quién

ha de ser?... Nélida. Y lo más gracioso del caso es que ninguno de los

dos la nombró, pero ambos la tenían en el pensamiento. Estaban furiosos

desde hace días, desde que la muchacha se fijó en usted. Fue una suerte

que no anduviese usted anoche por el buque. Hubiésemos tenido un

disgusto.

Los dos rivales se hacían responsables del apartamiento de la joven.

Cada uno de ellos se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella

habría podido retenerla. Pero se habían estorbado con su mutua

presencia, acabando por cansar a Nélida en fuerza de rivalidades y

celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban en su pensamiento

había estallado en la madrugada con la rapidez y la incoherencia de las

querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a las que no

prestó atención el resto de la banda, y de pronto, botellas por el aire,

bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.

--Algo muy triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemán, allí mismo

hubiese terminado el incidente. Él tiene un ojo hinchado y el otro lleva

en un carrillo algo que parece un tumor. Los dos iguales. No se

necesitaba más para volver a ser amigos... Pero el belga entiende las

cosas de otro modo. Saca a colación su baronía, y además creo que ha

sido subteniente de no sé qué guardia nacional o reserva de su país. En

fin, que ha arrastrado sable y tiene empeño en batirse con su amigote,

para después estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los dos se han

confiado a mí en esto del duelo.

Maltrana se excusó modestamente.

--No extrañe usted esta predilección. Se han enterado de que yo tuve en

nuestra tierra algunos desafíos (porque con ellos me iba el pan), y me

miran con tanto respeto como si fuese de la Tabla Redonda... Además, ha

influido igualmente mi triunfo oratorio de anoche, el nuevo prestigio

que me rodea. Uno que habla bien es sabido que sirve para todo... hasta

para gobernar pueblos.

Y como Fernando no podía darle lo que necesitaba, se alejó en busca de

las armas. Iba a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de

distinción, y si éstos no tenían «por casualidad» una caja de pistolas,

arreglaría el encuentro a revólver, escogiendo dos completamente iguales

entre los muchos que le habían ofrecido.

Al pasear Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza

del fumadero y otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la

cara, sin recato alguno, las huellas del choque nocturno. La banda se

había dividido según sus opiniones y afectos, quedando un grupo en torno

del alemán y otro junto al barón. Los dos se mantenían en actitud

arrogante, como actores que vigilan sus movimientos sabiendo que todas

las miradas están fijas en ellos.

De Nélida no se acordaba nadie. Este choque, que podía tener

consecuencias trágicas, había quitado todo interés a la inquieta

muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda la vio venir hacia él

pasando ante el grupo que formaban el barón y sus amigos en la terraza

del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni siquiera

volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atención era

para el héroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez

cierto desafío terrible en el que casi había matado a su rival.

Al reunirse Nélida con Fernando le habló con apresuramiento. Iba

buscándole desde una hora antes por todo el buque... ¡Lo que le ocurría

a ella por culpa del hermano!...

--Cuando veas a papá, dile que estuviste acompañándome hasta las tres de

la mañana en el comedor y que me encontraste a la una. Él te preguntará;

pero aunque no te pregunte, dile eso de todos modos.

Había cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de él,

dejando olvidada la llave en la puerta de su camarote. El «zonzo», o sea

el hermano, ansioso de venganza por los golpes de la tarde, había

cerrado la puerta al notar su salida, guardándose la llave. Inútiles

los ruegos de Nélida cuando, al volver en la madrugada, intentó ablandar

a su hermano llamando a la puerta de su camarote. Se fingía dormido. Y

ella había pasado el resto de la noche en una silla del comedor, a

obscuras, invisible para los de la banda, que andaban divididos de un

lado a otro con la agitación de la pelea reciente.

Los criados que estaban de guardia podían atestiguar que había pasado la

noche en el comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que

estaba allí desde mucho antes. Todos los criados del buque sonreían al

verla y estaban prontos a afirmar lo que ella les pidiese...

Una escena borrascosa de familia cuando el digno señor Kasper y su mujer

se levantaron y abrió el hijo la puerta del vacío camarote. «Nélida ha

pasado la noche fuera.» Pero Nélida sobrevino como una fiera, y hubo que

arrancar al «zonzo» de entre sus manos. Aquel bandido se había

aprovechado de una corta salida suya por exigencias higiénicas para

cerrar la puerta, dejándola fuera del camarote, obligada a vagar por el

buque, expuesta a peligros y murmuraciones... todo por el deseo de

calumniarla.

Ella había pasado la noche sentada en el comedor; tenía testigos: los

criados que estaban de guardia. Aún podía ofrecer un testimonio más

importante: el doctor Ojeda, que la había encontrado a la una y media,

cuando él se retiraba a su camarote, acompañándola hasta las tres.

¿Cuándo iba a terminar de martirizarla este malvado?...

La madre tomaba partido por el hijo, mirándola a ella con ojos

iracundos. Era la vergüenza de la familia: los iba a matar a disgustos.

«Papá... papá», imploraba Nélida. Y el señor Kasper reflexionaba como un

rey justiciero, acariciándose las barbas. ¡Prudencia! Había que pesar

bien las cosas para ser equitativo. La niña ofrecía pruebas, y el tonto

únicamente sabía insistir en su acusación, sin añadir testimonio alguno.

Y casi sentenció por adelantado, intentando dar un repelón al muchacho.

«¡Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno podía esperarse de su sangre.»

Nélida no tenía miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba

convencerlos de su inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el

hermano temible que la esperaba al término del viaje. ¿Y aún se resistía

Fernando cuando ella le hablaba de huir, como si le propusiese algo

disparatado? No, no iría a Buenos Aires: estaba resuelta a escaparse al

día siguiente... Pero la inmediata realidad le hizo insistir en sus

recomendaciones:

--Cuando papá te pregunte, ya sabes lo que debes decir... Y si no te

pregunta, háblale tú. Hazlo, mi viejo; sé buenito. Allí lo tienes, cerca

del fumadero, hablando con el señor Pérez. Él se alegra mucho de verte:

dice que eres la mejor persona de a bordo.

Y le empujaba dulcemente, extremando los gestos y miradas de seducción.

Ojeda, con su pasividad habitual ante el mandato de una mujer, siguió

este impulso, dirigiéndose en busca del señor Kasper. ¡Qué de embustes y

enredos con esta muchacha!... Afortunadamente, el día de la liberación

estaba próximo; y una vez en tierra, no la vería más.

Sonrió el patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversación

con Pérez. Hablaban de política, conviniendo los dos en un gran amor por

los gobiernos fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos

de la autoridad. El señor Kasper odiaba las repúblicas, gobiernos de

pelagatos con levita, de parlanchines hambrientos. Los pueblos debían

ser regidos por hombres a caballo, con deslumbrantes uniformes. Y

satisfecho de que a él le hubiese tocado esta suerte al nacer en

Alemania, abrumaba con ironías y sarcasmos a la más célebre de las

Repúblicas. Nunca había querido vivir en París. ¡Una nación gobernada

por abogados y periodistas! ¡Un pueblo sin moralidad y casi sin familia!

Todo el mundo sabía esto...

Ganoso de retener a Fernando, dejó que Pérez se marchase en busca del

tercer aperitivo de la mañana, y al quedar solos, fue el patriarca el

que inició la explicación deseada por Nélida.

Ya sabía él que el señor Ojeda había acompañado a la niña gran parte de

la noche en el comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No podía

haber encontrado mejor acompañante que él, un caballero distinguido y

serio. Eran querellas entre muchachos; una genialidad de su hijo menor,

que le proporcionaba muchos disgustos. La sangre de los abuelos criollos

despertaba en sus venas... Su hijo mayor era más equilibrado; pero en

cuanto a carácter, allá se iba con el otro. ¡Gente interesante y

temible!... Nélida y él eran más tranquilos, más alemanes, de genio

siempre igual.

Hacía elogios de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente

de la noche anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de

la necesidad de mentir, diciéndolo él todo, como si estuviese mejor

enterado que nadie por el solo testimonio de Nélida. Y acompañaba sus

palabras con tales sonrisas, que Fernando acabó por sentirse

desconcertado. «Este señor es tonto--pensaba--, tonto como su hijo

menor.» Pero luego parecía dudar. «O tal vez es un fresco. El mayor

sinvergüenza que he conocido.»

Mientras tanto, el señor Kasper pasaba con suavidad del elogio de su

hija a hablar de los negocios de América, tema en el que insistió hasta

el toque de mediodía, que deshizo los grupos, empujando las gentes al

comedor.

Después del almuerzo, muchos pasajeros, en vez de permanecer

arrellanados en los asientos del jardín de invierno como gentes faltas

de ocupación, tomaron rápidamente el café y salieron cual si fueran en

busca de algo importante. Los pupitres de los salones y del fumadero

estaban ocupados por hombres y mujeres que escribían y escribían,

teniendo ante ellos un montón de cartas cerradas con las direcciones

puestas. Por encima de sus cabezas pasaban manos rapaces, apoderándose

con profusión de sobres y pliegos. Corrían los criados, no sabiendo cómo

acudir a tan diversos llamamientos. Todos pedían lo mismo: papel y

plumas.

Se interpelaban los viajeros para implorar el préstamo de un

estilógrafo. Improvisábanse escritorios entre las tazas de café, así

como en las mesas de la cubierta y sobre los pianos. Todos habían

sentido de pronto la necesidad de escribir. Al día siguiente llegaba el

_Goethe_ a puerto, y las gentes despertaban de su ensueño azul que había

durado diez días. Se acordaban de que existía el mundo, de que no

estaban solos en el planeta, y había una vida más allá de la oceánica

extensión, con la que iban a ponerse de nuevo en contacto.

Los hombres se apartaban de las señoras, a las que habían cortejado

hasta entonces. Ceñudos y preocupados, buscaban un rincón y mordían el

cabo del palillero ante el pliego virgen, no sabiendo cómo reanudar sus

ideas. Las mujeres parecían más graves y silenciosas, poseídas de súbito

ascetismo. Rehuían las conversaciones, como si fuesen peligrosas para su

virtud. Deseaban estar solas, y movían en este aislamiento su pluma

lentamente, con vacilaciones entre línea y línea, cual si temieran decir

poco o decir demasiado.

Isidro, que no había de escribir a nadie--pues sólo pensaba enviar a su

hijo una postal con grupos de negros al bajar a tierra--, contempló

irónicamente esta fiebre grafománica. ¡Qué de embustes sobre el papel;

historias fingidas a última hora para llenar pliegos, sin que se

trasparentase la verdad! ¡Qué de juramentos de eterno recuerdo, cuando

los pobres recuerdos de tierra no habían salido de los equipajes y en

ellos permanecían encogidos, cual prendas sin uso, mientras el olvido y

el afán de placer sin consecuencias se había enseñoreado del buque!...

Maltrana pensó que si toda esta avalancha de mentiras se solidificase

repentinamente, el pobre _Goethe_ se iría al fondo no pudiendo resistir

tan enorme peso.

Entre los que escribían estaba Ojeda. Inclinado sobre un velador del

jardín de invierno, iba llenando pliegos, lo mismo que en la víspera de

la llegada a Tenerife. Pero ¡ay! su carta era ahora un trabajo literario

y reflexivo. Los recuerdos venían a interrumpir su escritura, como la

otra vez; pero estos recuerdos no evocaban dulce melancolía, sino

vergüenza y remordimiento.

Once días escasos habían transcurrido entre las dos cartas. ¡Qué de

sucesos!... ¡Qué de traiciones y vilezas! Sentía dudas sobre su

personalidad: creía que durante este tiempo se había verificado en él un

prodigioso desdoble. Ya no era el mismo que de todo corazón lanzaba

sobre el papel los apasionados juramentos de la pareja wagneriana.

«Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?...» Estas palabras

hacían levantarse en su recuerdo, como testimonio de infidelidad, varias

figuras de mujer: Maud, Mina, aquella Nélida que rondaba por cerca de

él, que asomaba a la ventana inmediata su rostro insolente y le hacía

señas con los ojos, con los labios, para que saliese cuanto antes.

Afortunadamente, la proximidad de la tierra iba a desvanecer esta

embriaguez voluptuosa del Océano que le había mantenido en amable

inconsciencia.

El recuerdo de Teri, adormecido durante el viaje, resurgía más vigoroso,

con mayor relieve, abultado por la luz exageradora del remordimiento. Y

este remordimiento parecía añadir un nuevo incentivo a su amor. Era algo

semejante al sacrilegio o al parentesco, que sazonan ciertas pasiones

con el acre y atractivo perfume de lo prohibido y lo monstruoso.

Al sentir intranquila su conciencia, adoraba a Teri mucho más que cuando

podía contemplarla sin miedo frente a frente. «La quiero--pensó--como no

la he querido nunca. La traición y la necesidad de hacerse perdonar dan

un interés nuevo al amor. Son como salsas picantes que renuevan el gusto

de un plato conocido...» ¡Ah, pobre Teri engañada, que tal vez no se

enteraría nunca de estas infidelidades! Él iba a expiar sus delitos

adorándola con mayor vehemencia; iba a vivir en su imaginación una luna

de miel ideal, rodeándola de todos los esplendores de un culto, como el

pecador que se prosterna agradecido ante la imagen que perdona y le mira

con ojos de misericordia.

Fortalecido por tales propósitos, siguió escribiendo con más soltura e

ingenuidad, como si fuese el mismo hombre de diez días antes y esta

carta igual a la que había enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo;

veíase obligado a reconocerlo. Sus pecados le ligaban a aquel buque, y

mientras no saliese de él, serían inútiles sus esfuerzos para volver al

pasado.

Cada vez que huían sus ojos del papel, encontraban una sombra en la

ventana. Era Nélida que se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a

la curiosidad de las gentes. Tosía para indicar su impaciencia; movía

los labios, adivinándose en ellos las mudas palabras de admirativa

pasión: «¡Dueño mío... viejo... mi negro!».

Inútiles estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria

ocupada por el recuerdo de Teri, pero esto no le impedía, por costumbre

o por «honradez profesional», el contestar con sonrisas y movimientos de

cabeza a las caricias silenciosas de Nélida.

Fatigada ésta de la inmovilidad de Ojeda, acabó por apartarse de la

ventana, yendo hacia el avante del paseo, donde estaban Isidro y el

doctor Zurita.

Miraban el horizonte como si esperasen ver tierra. ¡América! ¡Pronto

verían América!... El doctor hablaba de esto con cierta emoción. Hacía

días que el buque costeaba su amado continente, pero de muy lejos. Ahora

se aproximaba a él, pero no se vería tierra hasta muy entrada la

noche... Y a la mañana siguiente, la bahía de Río Janeiro.

Nélida, que se había aproximado a los dos hombres, saludándolos con un

leve movimiento de cabeza, miraba al doctor. ¡Muy simpático el viejo!

Para ella, todos los hombres eran simpáticos. Debía haber sido en su

juventud un buen mozo. Su hijo mayor también lo era. Lástima grande que

le gustasen tanto las coristas de la opereta y sólo supiera hablar de

París, como si en el resto del mundo no existiesen mujeres.

Zurita saludó a la joven con un gesto de antiguo galán y no se ocupó más

de ella. ¡Interesante la muchacha!... Pero él tenía su familia a bordo,

sus niñas y cuñadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de

amistad que podían ser peligrosas.

Siguió hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nélida, que no entendía

gran cosa de la conversación de los dos hombres.

--Yo me imagino, _che_, lo que debieron sentir aquellos españoles al

distinguir la primera isla... La alegría con que Rodrigo de Triana, el

marinero de Colón, debió lanzar el grito de «¡Tierra!».

Maltrana intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos

delante de Nélida. Además, su triunfo oratorio había desarrollado en él

un deseo vehemente de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus

palabras.

--Hay error en eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice

igualmente casi todo el mundo. Ni el que descubrió primero la tierra de

América se llamó Rodrigo de Triana, ni fue marinero de Colón.

Con tal nombre no figuraba ningún tripulante en el primer viaje. Quien

dio el grito del descubrimiento era un tal Rodríguez Bermejo, natural de

Sevilla, y sin duda el Almirante, al hablar de él, convirtió el

Rodríguez en Rodrigo, y añadió el Triana por haber vivido en dicho

barrio. Entre la gente de mar era muy frecuente la desfiguración de

nombres por apodos y por el lugar de nacimiento. Además, Juan Rodríguez

Bermejo no fue marinero de la nao _Santa María_, que montaba el

Almirante, sino de la carabela _Pinta_, mandada por Pinzón, que iba

siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la más velera.

--Fue la _Pinta_ la que avistó, a las dos de la mañana, la isla de

Guanahaní, y Rodríguez Bermejo el que dio el grito de «¡Tierra!...».

Pero Colón, al volver a España, dijo que era él mismo quien a las diez

de la noche, o sea cuatro horas antes, había visto una luz «como una

candelica subiendo y bajando», y que esta luz procedía de la isla. Hay

que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas catorce

leguas de la isla, y ésta es completamente baja, sin una colina.

Imposible verla a una hora en que la _Pinta_, que iba navegando muy por

delante, no había alcanzado todavía a distinguir tierra. La luz fue

indudablemente la de la bitácora de la carabela de Pinzón, que avanzaba

entre la nao del Almirante y la isla todavía lejana.

Calló un momento Isidro, gozándose en la curiosidad del doctor, que le

escuchaba muy atento.

--El resultado de todo esto--continuó--fue una gran injusticia. Los

reyes habían prometido un premio de diez mil maravedíes al primero que

descubriese tierra, y Colón, que no perdonaba provecho, se atribuyó

dicha suma, fundándose en lo de «la candelica». Pinzón, que podía

atestiguar la verdad, acababa de morir; y el pobre Rodríguez Bermejo, al

verse injustamente despojado por el grande hombre, sin que nadie

atendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al África y

renegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el final del

primero que con sus ojos vio la tierra americana.

El doctor Zurita estaba pensativo.

--De suerte, _che_--murmuró--, que la vida civilizada de nuestro

hemisferio empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por

el abuso de un mandón.

Maltrana asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente, como si

después de saber esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.

Los argonautas · 第 14 / 18 题