El primer acto de la fiesta ecuatorial fue el paseo de la música a las
nueve de la mañana por todas las cubiertas, deslizándose luego en los
pasadizos y recovecos de los camarotes.
Muchos pasajeros estaban aún en la cama, y al apagarse el eco de los
instrumentos, volvieron a reanudar su sueño. Se habían acostado tarde.
En la noche anterior, las luces del café permanecieron encendidas hasta
que el amanecer fue empañando su brillo. La marinería, al limpiar las
cubiertas, habían salpicado con su mangueo algunos escarpines de charol
que marchaban titubeantes sin encontrar su camino y _smokings_ cuya
negrura estaba constelada de manchas de ceniza y de champán.
La gente menuda del pasaje fue la única que corrió bulliciosa al
escuchar este primer anuncio de la fiesta. Niños y criadas marchaban al
frente de la banda, admirando los disfraces con que se habían cubierto
los músicos en honor de la grotesca solemnidad; sus caras con
chafarrinones de almagre y sus narices de cartón. Un camarero vestido de
pielroja, con gran abundancia de plumas, iba ante la música haciendo
molinetes con una cachiporra de tambor mayor.
Saludábanse los pasajeros matinales en el paseo con grandes elogios al
día. El agua era gris, el cielo estaba encapotado; el Océano ecuatorial
ofrecía el aspecto de un mar del Septentrión. La brisa fresca que venía
de proa ahuyentaba el temido calor. Magnífico día para el paso de la
línea.
A las once circuló una noticia que hizo salir de sus camarotes a los
perezosos y llenó en poco tiempo las cubiertas. Se veía tierra... Y
todos corrieron al lado de babor con vehemente curiosidad, como si
desearan saciar sus ojos en un fenómeno inaudito. ¡Tierra!... Esta
palabra evocaba algo lejano que había existido en otros tiempos, y que
la gente, acostumbrada a la soledad oceánica, consideraba ya como
irreal.
Buscaban muchos esta tierra en la extensión gris con la simple mirada, y
sólo después de largos titubeos llegaban a distinguir un pequeño borrón
negro, una línea ondulosa y corta que parecía flotar sobre las aguas
como un montón de basura. Era la Roca de San Pablo, aglomeración de
piedras basálticas en mitad de la línea equinoccial; pedazo de tierra
diminuto olvidado por las convulsiones volcánicas y que seguía
emergiendo audazmente entre África y América, sin fauna, sin flora,
yermo y maldito en las soledades del Océano, lejos de todo país
habitado.
--El único lugar de la tierra que no tiene dueño--dijo el doctor Zurita
en un grupo--. La única isla que no ha tentado la codicia de nadie...
Cómo será, que ni a los ingleses se les ha ocurrido plantar en ella su
bandera.
Apuntábanse las filas de gemelos a lo largo de la borda, y en el
redondel de sus oculares aparecía un amontonamiento de rocas flanqueado
por otras sueltas en forma de islotes; pedruscos negros, rugosos, que
recordaban la piel de los paquidermos, y en torno de los cuales
levantaba la resaca enormes rociadas de espuma. El mar tranquilo
alterábase al tropezar con este obstáculo inesperado. Se adivinaba la
existencia de cavernas submarinas, gargantas y canalizos invisibles, en
los cuales se retorcía furioso el Océano al perder su calma soñolienta,
encabritándose con espumarajos de rabia, desplomándose sus cataratas
gigantescas sobre los negros abismos.
Ni una persona, ni una brizna de hierba, ni un pájaro en la roca pelada,
que a las horas de sol debía arder y reverberar como un paisaje
infernal.
--Ahí sólo hay tiburones--dijo un pasajero, como si hubiese vivido en la
isla--. Procrean en sus cuevas, y luego van a buscarse la comida por los
mares calientes, hasta las costas del Brasil o las Antillas.
El recuerdo de estos mastines del Océano hacía estremecer a las mujeres.
Se los imaginaban pululando lo mismo que bancos de sardinas en las
cavernas y escollos de aquel islote; los veían con el pensamiento
pasando y repasando por debajo del vientre del navío, traidores,
cautelosos, con su cabeza más voluminosa que el resto del cuerpo,
aguardando que alguien cayese para triturarlo entre la triple fila de
sus dientes.
Los hombres evocaban las tragedias feroces de la profundidad, cuando el
escualo hambriento, no encontrando en la superficie más que bandas de
peces voladores, descendía y descendía miles de metros, en busca de los
calamares enormes que agitan en la sombra la vegetación de sus
tentáculos. El tiburón, agobiado por la asfixia de la profundidad, había
de efectuar su cacería con rapidez. Batallaba el diente con la ventosa,
el coletazo demoledor con el tentáculo que ahoga, la boca que desgarra
con la boca que sorbe. Y en esta batalla invisible que se desarrollaba
abajo, a varios kilómetros de distancia vertical, en la penumbra de unas
aguas obscuras, entenebrecidas aún más por las nubes de tinta que exuda
el pulpo, unas veces queda el tiburón prisionero de la red viscosa y
ávida; otras sube vencedor, con el coriáceo pellejo hinchado por la
succión de las ventosas, y a la luz de las estrellas, dejándose flotar
en las ondulaciones de la superficie, devoraba los restos de la presa
arrancada del abismo.
Esta evocación hacía recordar a muchos el lugar donde estaban. Aquel
hotel lujoso, con su música, sus tropas de sirvientes y sus salones, no
era más que una caja flotante y bien acondicionada, debajo de la cual
seguía latiendo la vida feroz y ciega, ignorante de la justicia y de la
misericordia, lo mismo que en los primeros días del planeta. Avanzaban
los humanos comiendo, bailando, requebrándose de amor por lugares del
globo donde aún subsistían las formas crueles y ciegas de la bestialidad
prehistórica. Vivían lo mismo que en tierra, sin acordarse de que
marchaban sobre una columna acuática y movible de seis mil metros de
altura, de la cual era el buque a modo de un capitel.
La Roca de San Pablo fue quedando a la popa del trasatlántico. El islote
estéril recibió el título de antipático de boca de las señoras, que
dejaron de mirarlo, falto ya de interés. Visto sin los gemelos, parecía
algo repugnante que flotaba sobre las aguas: los residuos digestivos de
un leviatán; un montón de deyecciones del fabuloso pájaro Roc.
Deshiciéronse los grupos para esparcirse por el paseo, y en este
desbande general, Ojeda y Maltrana se encontraron frente a frente.
Isidro fijó sus ojos con maliciosa expresión en la cara de su amigo.
--¿Qué tal la noche?...
Fernando hizo un gesto de indiferencia. Muy bien.
--Le veo a usted pálido--añadió aquél--, algo ojeroso. Cualquiera diría
que ha tenido usted malos sueños... o que ha estado la noche entera sin
dormir.
--¡Cuando le digo que la he pasado muy bien!...
Y Maltrana, ante el tono de impaciencia de su amigo, no quiso insistir
más.
--Su aspecto no es mejor que el mío--dijo Ojeda sonriendo--. De seguro
que se acostó tarde... ¿A ver esa cara? Muy bien: no tiene usted señal
de golpe. Esta fiesta le ha resultado mejor que la otra.
Maltrana se indignó. ¿Creía acaso que sus amigos eran unos bárbaros?...
La pelea general del otro día había sido algo inesperado. Las gentes
iban conociéndose mejor; el trato amansa a las fieras. Eran ya como
hermanos y se perdonaban las injurias. Un insulto se olvidaba ante una
nueva botella.
Y como Fernando, ganoso de que la conversación no recayese sobre él,
insistió por conocer los detalles de la fiesta, Maltrana fue hablando
con cierta reserva.
--Nada; una reunión culta, muy decente. Hasta tuvimos nuestras damas, lo
más distinguido, lo más _chic_. Esta vez, las señoras de la opereta,
solemnemente invitadas por mí en nombre de los amigos, se dignaron
venir... Uno tiene su prestigio y sus éxitos, amigo Fernando; no todo ha
de ser para los demás.
Para que no insistiese en esto último, le preguntó Ojeda si el mayordomo
había tenido que intervenir, como la otra vez, para restablecer el
orden.
--No--dijo Maltrana después de alguna vacilación--. Las cosas se
desarrollaron en el fumadero en santa paz. Muchas botellas destapadas,
mucho canto. Las damas encontraron duros los asientos y al final fumaban
con la cabeza apoyada en un señor y los pies en otro... ¡Orden completo!
El mayordomo se asomaba a la puerta para sonreír como un maestro
satisfecho de sus chicos. Uno que hacía suertes de gimnasia con un
sillón lo dejó caer sobre la cabeza de su compañero. Le limpiamos la
sangre y luego se dieron la mano los dos. Total, nada. No fue con mala
intención... Las damas, que no entendían palabra y sólo sabían beber y
sonreír, se dignaban tomar el brazo de un amigo para dar un paseo
misterioso y poético por la última cubierta o por los pasillos de los
camarotes, volviendo algo después para aceptar nuevas invitaciones... Le
digo que fue una fiesta honrada y distinguida.
Ojeda sonrió incrédulamente. Había oído hablar algo de muebles rotos y
peleas con el mayordomo.
--Una insignificancia. Una humorada de mis amigos los norteamericanos...
Pero el conflicto quedó arreglado inmediatamente.
Habían salido todos del fumadero atraídos por la luna, una luna enorme
que cubría de plata viva el Atlántico y hacía correr por los costados
del buque arroyos de leche luminosa. La honorable sociedad contemplaba
el espectáculo con un sentimentalismo alcohólico que agolpó lágrimas en
los ojos. Las damas apoyaban con desmayo poético sus cabezas rubias en
el hombro más próximo. Una rompió a llorar con estertores histéricos.
«La luna... la luna», murmuraba cada uno en su idioma. Y así estuvieron
inmóviles largo tiempo, como si no la hubiesen visto nunca, hipnotizados
por aquella cara de mofletes luminosos suspendida en el horizonte.
Un norteamericano arrojó una botella con dirección al astro. Había que
dar de beber a la gran señora. E inmediatamente, como si esta locura
fuese contagiosa, una lluvia de botellas vacías o sin destapar fue
cayendo en el Océano. Pasaban ante el luminoso redondel como una nube de
proyectiles negros. Al agotarse la provisión, los comisionistas
musculosos y los pastores de las praderas cogieron las sillas y las
mesas de la cubierta, y todo comenzó a pasar sobre la borda, cayendo en
el agua con ruidoso chapoteo.
Palmoteaban unos, retorciéndose de risa por lo inesperado del
espectáculo; gritaban otros, entusiasmados por el vigor y la rapidez con
que saltaban los objetos del buque al mar; corrieron los camareros para
dar aviso de estos desmanes, y apareció el mayordomo lanzando gritos y
poniéndose con los brazos en cruz entre la borda y los tiradores.
Hubo que hacer esfuerzos para apaciguar a los _cow-boys_, que
encontraban el juego muy de su gusto. Ellos estaban prontos a pagar
todos estos desperfectos y los que pudieran hacer los respetables
_gentlemen_ que estaban en su compañía. «Y un _gentleman_ que paga,
puede hacer lo que quiera.» Sacaban los billetes a puñados de los
bolsillos de sus pantalones, indignándose de que por unos _dollars_
vinieran a perturbar sus placeres, y únicamente se apaciguaron al verse
de nuevo en el fumadero con toda la honorable sociedad, ante unas
botellas que un amigo había guardado ocultas debajo de una mesa.
--Y no hubo más--dijo Maltrana.
Pero Ojeda insistió. Cerca del amanecer habían despertado muchos
pasajeros que vivían en las inmediaciones del camarote de Isidro.
Gritos, golpes a la puerta, llamamientos desesperados de timbre, llegada
del mayordomo con su ronda de criados. ¿Qué había sido aquello?
--Fue obra mía--contestó Maltrana bajando los ojos con modestia--. Me
ocurrió lo de la otra noche. Apenas bebo un poco, me asalta el recuerdo
de mi vecino el hombre lúgubre y quiero averiguar el misterio que guarda
en el camarote inmediato.
Había hablado a sus compañeros de esta novelesca vecindad, dando por
real e indiscutible todo lo que él llevaba en su imaginación. Una gran
señora, princesa rusa o archiduquesa austriaca--en esto dudaba
Maltrana--, venía prisionera en el buque. Nadie la había visto, pero su
hermosura era extraordinaria. Y su raptor y guardián era aquel hombre
antipático, siempre de negro, con cara adusta...
Le escucharon todos con gran interés: unos, conmovidos egoístamente por
la hermosura de la dama; otros, noblemente indignados de que junto a
ellos pudiese un hombre realizar este secuestro. El _cow-boy_ más viejo
abría los ojos con asombro infantil. «¡Y la _mistress_ vivía encerrada
contra su voluntad! ¡Y esto era posible!...»
A los pocos minutos veíase Maltrana avanzando cautelosamente por el
pasillo que conducía a su camarote, seguido de varios compañeros que
marchaban en fila, conteniendo el aliento como si fuesen a sorprender a
un enemigo dormido. Golpearon la puerta del hombre misterioso. «Señor:
abra usted buenamente.» Le convenía evitar el escándalo y que su crimen
quedase en el misterio. Era Maltrana el que se lo aconsejaba por su
bien. Debía entregarles la llave del camarote inmediato y seguir
durmiendo, si tal era su gusto... Inútil resistir, pues llegaba al
frente de un ejército de héroes... ¿Se hacía el sordo? ¡A la una!... ¡a
las dos!...
Y los héroes cayeron con todo el empuje de sus cuerpos sobre la puerta
del camarote vecino, para echarla abajo y libertar a la dama. «No tema
usted, princesa: no grite. Somos amigos.» La recomendación de Maltrana
fue inútil, pues la princesa no gritó ni se aproximó a la puerta. Cada
golpazo del _cow-boy_ viejo conmovía toda la fila de camarotes. Sonó un
estallido de gritos y maldiciones de gentes súbitamente despertadas.
Vibró furiosamente a lo lejos el sonido de un timbre. Era el hombre
misterioso que pedía auxilio.
--Cuando, al presentarse el mayordomo, vio que intentábamos forzar la
puerta de la princesa, se puso enfurecido como jamás le he visto: con
una cólera de cordero rabioso. Nos faltó al respeto, amenazándonos con
llamar al comandante para que nos metiese en la barra. A mí me prometió
cambiarme de camarote hoy mismo, para que no repita mis intentos. Y todo
esto me afirma aún más en la creencia de que hay un secreto, un gran
secreto, en ese camarote cerrado. Había que ver la indignación del
mayordomo cuando nos pilló en vías de descubrirlo... Y no se descubrirá,
hay que perder la esperanza.
Ojeda pareció interrogarle con sus ojos al oír esto.
--No se descubrirá--continuó Isidro--, porque acabo de dar al mayordomo
mi palabra de honor de no ocuparme más de mi vecino ni curiosear en el
camarote inmediato. Sólo así me deja en el mío y no me obliga a pasar a
otro menos cómodo... El hombre misterioso triunfa. ¡Cómo ha de ser!...
Acabo de verlo, y para castigarle, no le he saludado... Y le negaré
siempre el saludo, aunque él finge que no le importa. Eso le enseñará a
callarse y a ser persona decente.
Y como si le doliese tener que abandonar la empresa, dijo a Ojeda:
--Usted podía dedicarse a este negocio. Si quiere, le presto mi camarote
para espiar desde él. Fíjese bien... se trata de una princesa. Y
seguramente que si es usted el que la busca, ella se dejará ver. Usted
es de mejor presencia que yo: más guapo, más elegante.
Fernando hizo un gesto de indiferencia y despego que pareció ofender a
Maltrana, como si fuese dirigido contra una persona de su familia.
¡Pobre princesa! ¡Verla abandonada así!...
--Lo comprendo. Usted tiene por el momento cosas que considera
mejores... Pero tal vez se engaña. ¡Quién sabe!... ¡quién sabe!
Siguió escuchando Ojeda a su amigo, pero con cierta distracción,
volviendo la cabeza siempre que notaba el paso de alguien por detrás de
él. La cubierta estaba totalmente ocupada por los pasajeros: unos, en
grupos movibles; otros, sentados a la redonda en los sillones,
obstruyendo el paso. Todos estaban arriba... menos ella.
Ansiaba verla Fernando y tenía miedo al mismo tiempo. Sentía la zozobra
de la primera entrevista luego de la posesión, cuando se reflexiona
fríamente, desvanecidos ya los arrebatos cegadores, y se calculan las
consecuencias del gesto. ¿Qué expresión sería la suya al encontrarse
como amigos, obligados al fingimiento después de una oculta
intimidad?...
Sonó el rugido de la chimenea, que indicaba la hora de mediodía. ¡A
almorzar!... Abajo, en el comedor, Fernando sintió crecer su inquietud
al ver que se llenaban todas las mesas y la de Maud seguía desocupada.
Sucedíanse los platos; el almuerzo tocaba a su fin, y ella sin aparecer.
Maltrana, apiadándose de su impaciencia, preguntó a un camarero por la
señora norteamericana. ¿Estaba enferma?... Y el doméstico volvió al poco
rato con noticias. Había pedido que la sirviesen el almuerzo en su
camarote. Tal vez estaba indispuesta.
Esto hizo que Ojeda comiese de prisa, con un visible deseo de escapar
cuanto antes... ¡Maud enferma! Avanzó por el pasadizo que conducía a
los departamentos de lujo en el mismo piso del comedor. Marchó con
seguridad sobre la mullida alfombra hasta las proximidades de su propio
camarote, pero al torcer con dirección al de Maud, fue adelantando
cautelosamente, como el que acude a una cita amorosa y teme ser visto.
Al final de un breve corredor, junto a un tragaluz, estaba la puerta de
Mrs. Power, con una tarjeta que ostentaba su nombre. La puerta
permanecía entreabierta e inmóvil, fija en esta posición por un gancho
interior para que dejase entrar el fresco del pasillo.
Fernando miró por el espacio abierto, sin ver otra cosa que la mitad de
una mesa ocupada por artículos de tocador. Entre los cepillos, botes de
perfume y pulverizadores parecía reinar la fotografía de un hombre
encerrada en un marco de níquel. Era un buen mozo, de mandíbula
enérgica, bigote recortado, ojos imperiosos y una gran flor en el ojal
de la solapa. Indudablemente míster Power... Recordó Ojeda que en la
noche anterior Maud se había arrancado de sus brazos en el primer
momento, corriendo a aquella mesa con el ansia de reparar un olvido. Sin
duda fue para ocultar al simpático _mister_, que otra vez ocupaba el
sitio de honor, transcurridas las horas de ingratitud y de pecado.
Tocó con los nudillos en la puerta tímidamente, y una voz interrogante,
la de Maud, contestó con afabilidad: «¿Quién?...». Pero al dar Fernando
su nombre, hubo cierto movimiento de sorpresa y revoltijo al otro lado
de la puerta, como si Mrs. Power se incorporase sorprendida e irritada.
«¡Ah, no! ¡imprudencias, no!...» Su voz temblaba, colérica,
enronquecida; una voz despojada de pronto de su sedosa feminidad. Y como
si temiese que el hombre audaz llevara su atrevimiento hasta levantar el
gancho que fijaba la puerta, fue ella la que se adelantó a su acción,
cegándola con rudo empuje, que puso en peligro una mano de aquél.
Permaneció Fernando confuso ante la hermética hoja de madera. Balbuceaba
excusas. Había venido para saber de la salud de la señora: temía que
estuviese enferma. Pero ella cortó estas palabras humildes que
imploraban perdón con otras breves y rudas como órdenes. Podía
retirarse. No se venía sin permiso al camarote de una dama. Era una
imprudencia comprometedora, indigna de un _gentleman_.
Sintió más estupefacción que vergüenza al retirarse humillado. Pero ¿era
Maud la que hablaba así?... ¿Sería un sueño lo de la noche anterior?...
Repasaba en su memoria incidentes y palabras con la ansiedad de
encontrar algo que hubiese podido ofenderla. Porque él estaba seguro de
que sólo una ofensa involuntaria de su parte podía ser la causa de esta
conducta. ¡Son tan susceptibles las mujeres!...
No podía achacar este cambio de humor a una decepción sufrida por Maud.
No; eso no. Lo afirmaba él, orgulloso de su poderío varonil. Recordaba
satisfecho los suspirantes agradecimientos de la norteamericana, sus
balbucientes elogios a la incansable vehemencia de una raza que, en
ciertos extremos, consideraba muy superior a la suya, metódica y
prudente; la humildad con que al amanecer había pedido misericordia,
vencida por la fatiga y el sueño.
«Esto pasará--se dijo Fernando--. Un capricho... tal vez cierto rubor;
miedo de verme otra vez. A la tarde o a la noche hablaremos, y como si
no hubiese ocurrido nada.»
Arriba, en la cubierta de paseo, vio a la gente agolpada sobre una borda
de estribor, mirando al mar. Una tromba: una tromba de agua en el
horizonte. Miró como los otros, pero sin ver nada extraordinario. El
cielo se había despejado con la mudable rapidez de la atmósfera
ecuatorial. En su límpido azul sólo quedaba flotante una nube negra
cerca de la línea del horizonte.
Esta nube, que contemplaban todos, parecía una flor de pétalos
vaporosos, con un largo vástago que descendía en busca del agua. Pero
este vástago perdía de pronto su rigidez, tomando la forma de una
sanguijuela que se estiraba sin llegar con su boca al Océano. Un espacio
de color violeta quedaba entre la superficie atlántica y el extremo de
la manga; y sin embargo, no por esto dejaba de verificarse la colosal
succión. El mar levantábase debajo de la nube en forma de canastillo, y
este redondel acuático coronado de espumas cambiaba de sitio así como el
cono nebuloso iba corriéndose por el cielo.
Se deshizo al fin la tromba, restableciéndose la uniforme tersura del
horizonte. Los pasajeros, terminado el espectáculo, volvieron a formar
corros en la cubierta o se ocultaron en el fumadero y el jardín de
invierno. Bromeaban acerca de la ceremonia que iba a verificarse aquella
misma tarde. Asomábanse al balconaje de proa para ver abajo la gran pila
del bautizo, improvisada en el combés con maderos y lonas impermeables:
una piscina de natación que recibía agua continua del mar por una manga
y derramaba parte de su contenido con el balanceo del buque.
Los sesteantes abandonaron sus camarotes a las cuatro de la tarde y
subieron a las cubiertas, parpadeando deslumhrados por el ardor del sol.
La música, acompañada de gritos y gran batahola infantil, recorría el
buque. Neptuno acababa de subir a bordo. Nadie había visto por dónde,
pero la presencia del dios con su bizarro cortejo era indiscutible.
Alineábase la gente en el paseo para ver desfilar el cortejo
carnavalesco. Primero, la banda, precedida del pasaje menudo: niñeras
empujando los cochecillos infantiles; muchachos inquietos que saltaban y
se empujaban, coreando a todo gañote la marcha que tocaban los músicos.
Después, un pielroja con grandes penachos y un hacha enorme, cubiertas
sus desnudeces con sudoroso almazarrón, y dos negros casi en cueros, sin
otras superfluidades que unos taparrabos de crin, huecos como
faldellines de bailarina, y una lanza al hombro. Estos negros
falsificados, con el cuerpo reluciente de betún, enseñaban por debajo de
la peluca ensortijada sus ojos azules. A continuación, cuatro gendarmes
de cascos abollados y sables herrumbrosos; y tras esta escolta de honor,
Neptuno, el de las blancas barbas, con diadema de latón y cara de
borracho; un astrónomo y su ayudante, con luengos fracs de percalina y
sombreros de copa alta pintarrajeados de estrellas; un escribano con
toga y birrete, seguido de su ayudante, que llevaba los libros; y el
barbero del dios, favorito y bufón a un tiempo, lo mismo que ciertos
rapabarbas históricos consejeros de los antiguos reyes.
Luego de recorrer todos los pisos del castillo central, descendió la
procesión al combés, instalándose junto a la piscina. Los emigrantes,
acorralados en la proa tras una valla de cuerdas, contemplaban en
silencio la grotesca ceremonia. Los balconajes del castillo central
llenábanse de gentío. Desde la explanada de proa abarcábase en conjunto
su enorme fachada blanca, semejante a la de un palacio en construcción,
cortada por galerías de un extremo a otro y rematada por un kiosco que
era el puente. Sobre las filas de curiosos asomados a los diversos
balconajes aparecían otros subidos en bancos y sillas, avanzando las
cabezas para ver mejor la fiesta. El puente de derrota también estaba
invadido por los pasajeros, y entre las gorras blancas de los oficiales
que allá en lo alto escrutaban el mar y vigilaban la marcha del buque
brillaba el tono rubio de algunas cabezas femeniles y ondeaban velos de
colores.
El astrónomo carnavalesco y su ayudante tomaron la altura con ridículos
instrumentos de náutica, y al hacer la declaración de que estaban
exactamente en la línea, Neptuno, con un golpe de tridente, dio
principio a la ceremonia. El escribano leía en un libro sostenido por su
amanuense. Las palabras alemanas, al surgir rudas y sonoras por entre
sus barbas de cáñamo rojo, provocaban en los balconajes una explosión de
carcajadas y rubores femeniles. Era la risa gruesa que acompaña a los
chistes equívocos. «¿Qué dice? ¿que dice?», preguntaban los más, al no
entender estas agudezas germánicas. Y aunque no obtuviesen contestación,
reían igualmente.
Ojeda y Maltrana, que estaban en el combés, cerca de los grotescos
personajes, avanzaban la cabeza como si pretendiesen entender algo de
este relato.
--¿Qué dice, Fernando?... Las palabras tienen cierto runrún, como si
fuesen versos.
--Son aleluyas. No entiendo bien, pero me parecen bobadas para hacer
reír a esta buena gente.
Terminó la lectura con un sonoro trompeteo de los músicos, y los dos
negros, abandonando sus azagayas, se lanzaron de cabeza en la piscina,
haciendo varias suertes de natación y quedando largo rato con los pies
en alto y la cabeza sumergida, flotando sobre la superficie el faldellín
de crines. Gritaban las señoras con risueño escándalo; volvían la cabeza
algunas madres en busca de sus niñas, para recomendarles que no mirasen.
Pero pronto se restablecieron la calma y la confianza, por tratarse de
negros civilizados, negros protestantes, que usaban púdicos disimulos
debajo del taparrabos.
Sus gracias natatorias quedaron casi olvidadas por los preparativos
grotescos que hacía el barbero. Sacaba a la luz sus aparatos, y cada uno
de ellos era saludado con grandes risas: una navaja de afeitar del
tamaño de un hombre; unas tenazas no menos grandes, que servían para
arrancar muelas, todo de madera pintada; una brocha que era una escoba,
con la que revolvía el líquido de un tanque, echando puñados de yeso que
figuraban ser polvos de jabón. Afiló la navaja en una gran pieza de tela
que sostenían dos grumetes; probó las tenazas intentando cazar con ellas
la cabeza de uno de los negros, que las esquivó sumergiéndose en la
piscina; apreció la densidad de la pasta blanca del cubo salpicando con
un asperges de la escoba a los más vecinos; y las buenas gentes
celebraban con gran regocijo todas sus travesuras.
Empezó el desfile de neófitos. El escribano leía nombres, y avanzaban
entre dos gendarmes los que debían recibir el bautizo, descalzos, sin
más traje que las ropas interiores o un simple pijama. Eran pasajeros de
primera clase que accedían a tomar parte en la ceremonia, y cuya
presencia saludaba el público con gritos y aclamaciones. Reían las
mujeres con maliciosa delectación al contemplar en tal facha a los
mismos señores que se pavoneaban en el paseo o en el comedor con
estiramiento ceremonioso.
Sólo desfilaban los alemanes que hacían su primer viaje al otro
hemisferio, amigos de las tradiciones, que se hubiesen creído
defraudados en sus intereses y disminuidos en su prestigio al
proponerles alguien que se ahorrasen esta ceremonia grotesca y penosa.
Era costumbre antigua sufrir el bautizo de la línea, y ellos no
renunciaban a lo que de derecho les correspondía. Además, era un honor y
una satisfacción contribuir al regocijo de los compañeros de viaje a
costa de la propia persona. Al surgir en la lista de los destinados al
bautizo un nombre que no era alemán, el escribano se abstenía de
repetirlo y pasaba a otro. Sabían los del buque, por varias
experiencias, que sólo el buen humor germánico se prestaba con gusto a
estos juegos. Las gentes morenas, susceptibles en extremo y con gran
miedo al ridículo, tomaban como ofensas estas bromas inocentes.
Ponían los gendarmes al neófito en manos del barbero, y éste lo hacía
sentar sobre una escalerilla al borde de la piscina. Los dos negros se
agitaban detrás de él mojándole las espaldas con furiosas rociadas que
le hacían estremecer, mientras el rapabarbas procedía a su tocado. Le
embadurnaba con la pasta blanca, pugnando por sostener al paciente, que
intentaba librar los ojos y la boca del tormento de la escoba. Fingía
afeitarle con el horripilante navajón; intentaba introducir entre sus
labios las enormes tenazas para extraerle una muela, y mientras tanto,
el escribano pronunciaba la fórmula del bautizo: «Por la gracia de
nuestro dios Neptuno te llamarás en adelante...». Y le daba un nombre:
tiburón, cangrejo, bacalao, ballena, según el aspecto caricaturesco de
su persona, apodos que encontraban eco en la fácil hilaridad del
público.
Soltaba un rugido la trompetería al terminar su fórmula el escribano;
apoyaba sus puños el barbero en el pecho del neófito, tiraban de él los
negros, y caía de espaldas en la piscina con un chapoteo que salpicaba a
larga distancia. Desaparecía en el líquido turbio cubierto de vedijas de
yeso. Los negros pesaban sobre él para mantener su inmersión lo más
posible, y al fin resurgían los tres hechos un racimo, luchando con
furiosas zarpadas que provocaban risas. Y el bautizado salía chorreando,
sin otra preocupación que mantener las manos cruzadas sobre el vientre
para evitar indecorosas transparencias, llevando en sus ropas las
huellas obscuras de las manos de los negros, mientras éstos ostentaban
en sus brazos desteñidos las manos blancas marcadas por el neófito
durante la lucha.
Iba lanzando nombres el escribano, y algunos, al no obtener respuesta,
provocaban la intervención de la fuerza pública. Obedeciendo a una seña
del mayordomo, salían los ridículos gendarmes en busca del fugitivo por
todo el buque. Era alguno que deseaba aumentar la alegría pública con
este incidente de su invención. Y cuando al fin se dejaba coger,
aparecía, lo mismo que una tortuga en su caparazón, bajo las vueltas del
cable con que le habían sujetado sus aprehensores. El barbero se
ensañaba con él, prolongando las bárbaras operaciones de aseo, y los
negros libraban un verdadero pugilato para no dejarle salir de la
piscina.
--_Herr Maltrana._
Apenas dijo esto el escribano, una alegría loca se esparció por el
combés, ganando los balconajes del castillo central. Hasta los
emigrantes de la proa salieron de su inmovilidad. Todos los que hasta
entonces habían permanecido indiferentes ante unos hombres faltos de
significación, rompieron de pronto a gritar, se agitaron lo mismo que
una turba que invade una escena. «¡Maltrana! ¡Que salga Maltrana!» Las
nobles matronas volvían a él sus ojos desde las alturas y agitaban las
manos para que obedeciese sus deseos. El doctor Zurita y otros
argentinos abandonaron la tranquilidad zumbona con que habían
presenciado hasta entonces las «pavadas de los gringos», para hacer
señas a Isidro, incitándole a que diese gusto a las familias. «¡Ah,
gaucho valiente!... ¡A ver si hacía una de las suyas!» Hasta los niños
palmoteaban con entusiasmo. «¡Don Isidro!... ¡Que salga don Isidro!» El
héroe se levantó, saludando con ironía y orgullo al mismo tiempo.
--¡Qué ovación!... ¡Gracias, amado pueblo!
Pero al volver a encogerse en uno de los mástiles horizontales de carga
que servía de asiento a él y a Fernando, ocultándose con modestia detrás
de su amigo, redoblaron furiosas las peticiones del público. Dos
gendarmes iniciaron un avance hacia él.
--Va usted a ver, Ojeda, como esto termina mal--dijo con rabia--. Yo no
vengo aquí para hacer reír... Al primer tío de ésas que me toque, le
suelto un mamporro.
El mayordomo, discreto, adivinando los pensamientos de Maltrana, hizo
una seña; los gendarmes volvieron sobre sus pasos y el escribano se
apresuró a dar otro nombre:
--_Herr Doktor Muller._
Un estallido de alegría germánica borró los últimos murmullos de la
decepción causada por Isidro. La risa fue general al ver entre los
gendarmes al «doktor»--el mismo del que hablaba Maltrana en Tenerife--,
enorme de cuerpo, grave de rostro, con sus barbas de un rojo entrecano y
gruesos cristales de miope. Acogió con una risa infantil la ovación
burlesca del público y fue a sentarse en la escalerilla de la piscina
como en lo alto de una cátedra. «El deber es el deber--parecía decir
con las frías miradas en torno suyo--. La disciplina es la base de la
sociedad; y hay que amoldarse a lo que pidan los más.»
Se quitó los zapatos, colocándolos meticulosamente, sin que uno
sobrepasase al otro un milímetro; se despojó de las gafas,
entregándoselas a un grumete, como si fuesen un objeto de laboratorio, y
sin perder su noble calma, mirando a todos con ojos vagos
desmesuradamente abiertos, comenzó a despojarse de las ropas, hasta que
los gritos femeniles y las risas de los hombres le avisaron que no debía
seguir adelante.
Ojeda contemplaba al «doktor» con cierto asombro. Iba a América
contratado por un gobierno para dar lecciones de química en la
Universidad del país. Gozaba de algún renombre en los laboratorios de su
patria... Y estaba allí aguantando las enjabonaduras y payasadas del
barbero, estremeciéndose bajo las rociadas de los negros, sin conocer lo
grotesco de una situación que hubiese irritado a otros, satisfecho tal
vez de contribuir al regocijo de esta muchedumbre fatigada por la
monotonía del Océano. Sonó el trompetazo del bautizo, y el «doktor»
chapoteó en la piscina, defendiéndose de las manotadas de los negros,
ridículo en su aturdimiento de miope, majestuoso por la importancia que
concedía al acto y la seriedad con que se alejó chorreando agua sucia
por ropas y barbas, luego de recobrar sus anteojos.
Continuó la fiesta con visible decaimiento de la curiosidad. Desfilaron
gentes del buque: grumetes que hacían su primer viaje, fogoneros de
larga navegación por los mares septentrionales que no habían estado en
el hemisferio Sur. Y los encargados del bautizo extremaban sus bromas
con una brutalidad confianzuda en las cabezas rapadas y los torsos
desnudos de estos que eran sus compañeros.
Ojeda, durante la larga ceremonia, había mirado muchas veces a los
balconajes del castillo central, esperando ver a Maud entre las señoras
asomadas a ellos. Pero la norteamericana permanecía invisible. Al fin,
cuando no quedaban ya neófitos y los grotescos personajes iban a
retirarse, precedidos por la música, la vio en un extremo del mirador de
la cubierta de paseo, oculta detrás de la señora Lowe, asomando sobre un
hombro de ésta la frente y los ojos, lo necesario para ver. Fernando
pensó que tal vez hacía horas le miraba Maud, sin que él se percatase de
ello, y esto le produjo cierta irritación.
Se separó de su amigo para dirigirse corriendo a los pisos altos del
buque, y antes de llegar a ellos oyó que la música rompía a tocar una
marcha. El cortejo neptunesco avanzaba hacia la terraza del fumadero,
donde iban a ser bautizadas las señoras. La gente abandonaba los
balconajes para correr a este último sitio.
Cerca del jardín de invierno encontróse con Maud, que marchaba entre los
esposos Lowe. Cruzaron un saludo, y Ojeda experimentó instantáneamente
una sensación de extrañeza. Mrs. Power parecía otra mujer. Casi sintió
deseos de pedirla perdón, como el que se equivoca confundiendo a un
extraño con una persona amiga. Ella inclinó la cabeza con una sonrisa
insignificante: le saludaba como a cualquier otro pasajero. Sus ojos se
fijaron en los suyos tranquilamente, sin el más leve asomo de turbación,
cual si no existiesen entre ambos otras relaciones que las ordinarias en
la vida común de a bordo.
Hablaron los cuatro del bautizo, y el hercúleo Lowe comentó los
incidentes. Míster Maltrana no había querido dejarse bautizar. ¿Por
qué?... Él había pasado la línea varias veces, prestándose siempre a
esta ceremonia. En el _Goethe_ también se habría ofrecido, a no oponerse
la señora. Una fiesta divertida. Pero míster Maltrana, tenía miedo...
¡Oh! ¡oh! ¡oh! Y reía, mostrando la luenga dentadura incrustada de oro.
Caminaron todos hacia la terraza del café para presenciar la ceremonia
del bautismo femenil. Mrs. Lowe, con el instinto de solidaridad que hace
adivinar a toda mujer el instante oportuno de ayudar a una amiga,
permaneció agarrada de un brazo de Maud, interponiéndose entre ella y
Fernando.
Éste buscó en vano una sonrisa leve, una ojeada de inteligencia.
Necesitado de consuelo, alababa interiormente la discreción de Maud, la
facilidad de su raza para dominarse, ocultando sus impresiones. «¡Qué
bien finge!... Nadie adivinaría lo que hay entre nosotros...» Pero
tornaba a su memoria el recuerdo de la penosa escena frente a la puerta
del camarote. Temblaba en sus oídos el eco de aquella voz casi masculina
enronquecida por la cólera... Y con triste humildad pretendía buscar en
su conducta algo que explicase esta desgracia. «Pero ¿qué he hecho yo,
Señor? ¿En qué he podido ofenderla?...»
Neptuno, en mitad de la terraza con todo su séquito, procedió al bautizo
de las pasajeras. Ocupaban éstas varias filas de bancos, como en un
colegio, y cada vez que se levantaba una para recibir el agua lustral,
los músicos lanzaban por sus largos tubos de cobre un rugido de bélica
trompetería semejante al de las escenas wagnerianas.
El dios había suprimido galantemente las inmersiones en agua del mar.
Tenía en una mano un gran pulverizador lleno de perfume, y rociaba con
él las cabezas reverentes: unas, rubias y despeluchadas por el viento;
otras, negras lustrosas, consteladas por el brillo de las peinetas. Todo
el regocijo de la ceremonia estribaba en los nombres que iba imponiendo
la divinidad a sus catecúmenas con murmullos aprobadores o carcajadas
generales.
La imaginación del mayordomo y de los camareros de algunas letras había
dado de sí todo su jugo para halagar a las pasajeras con los nombres de
estrella marina, rosa del Océano, céfiro del Ecuador, etc. Las señoras
mayores eran ondina, ninfa atlántica, náyade, lo que las hacía volver a
sus asientos ruborizadas, con el doble mentón tembloroso, entre los
murmullos aprobadores y un tanto irónicos de la concurrencia. Con sus
compatriotas se permitían los buenos alemanes inocentes bromas para
regocijo del público. Una flaca quedaba en su bautismo con la
designación de «sardina»; otra obesa recibía el nombre de «tritona».
Maud pareció cansarse de esta ceremonia. Miraba a todos lados, pero
evitando que sus ojos se encontrasen con los de Fernando. Un pasajero se
acercó a las dos señoras con la gorra en la mano y el aire galante, lo
mismo que si se ofreciese para una danza.
--Cuando ustedes quieran... La mesa está preparada en el salón.
Era Munster invitándolas a una partida de _bridge_. Al fin triunfaba su
tenacidad. Había encontrado compañeros de juego en aquellos tres
norteamericanos, convenciéndolos una hora antes, mientras presenciaban
la ceremonia del bautizo. Maud acogió la invitación alegremente, como si
el _bridge_ fuese un buen pretexto para aislarse de importunas
presencias.
Se alejó con sus amigos después de un saludo indiferente a Fernando, y
éste la vio caminar sin que volviese la cabeza, sin un indicio de
vacilación y de arrepentimiento. Otra vez se sintió afligido por una
falta suya que no sabía cuál fuese, pero que justificaba esta conducta
inexplicable. «¿Qué le he hecho yo, Señor?... ¿Qué le he hecho?...»
Con la vil humildad de todo enamorado en desgracia, fue al poco rato
tras de ella, a pesar de las sugestiones de una falsa energía que le
aconsejaba mostrarse altivo e indiferente.
Sus piernas le llevaron con irresistible impulso a las cercanías del
salón, y contempló a Maud con los naipes en la mano, el entrecejo
fruncido y la mirada dura ante sus compañeros de juego.
Al levantar ella sus ojos, vio a Fernando encuadrado por la ventana,
contemplándola fijamente, y tuvo un gesto de enfado, lo mismo que si se
encontrase con algo que estremecía sus nervios y quebrantaba su
paciencia. Fernando huyó, sufriendo la misma sensación que si acabase de
recibir un golpe en la espalda... Dudaba de la realidad de los hechos y
aun de su misma persona. ¿Estaría soñando?... ¿Serían invención suya los
recuerdos de la noche anterior?...
Vagó por el buque, de una cubierta a otra, hasta encontrar a Isidro en
la terraza del café. No quedaba en ella ningún rastro de la fiesta del
bautizo: los pasajeros se habían esparcido. Maltrana parecía furioso por
los excesos y molestias de su popularidad. No podía circular por el
buque sin que sus numerosos y queridos amigos le saliesen al paso con
aires de protesta. Las señoras parecían inconsolables. ¿Por qué no se
había dejado bautizar? ¡Tan interesante que hubiese sido el
espectáculo!...
--Como si yo fuese un mono, amigo Ojeda... como si me hubiese embarcado
para hacer reír... Crea usted que siento la tristeza de un grande hombre
convencido de la ingratitud de su pueblo.
Y tras esta afirmación, acompañada de un gesto cómico, Isidro volvió a
acodarse en la barandilla, mirando a los emigrantes septentrionales
amontonados abajo, en la explanada de popa.
--Hace rato que estoy aquí recordando a los marinos de otros siglos y
sus opiniones sobre las virtudes de la línea equinoccial. ¿No se acuerda
usted?...
Los primeros navegantes que habían pasado al otro hemisferio daban por
seguro que en la línea morían todos los parásitos que se albergaban en
los cuerpos de los marineros y en las rendijas de las naves. Y esta
creencia no era solamente de los descubridores españoles; franceses e
ingleses la adoptaban igualmente, llegando a ser durante muchos años una
verdad universal.
--Pasadas las Azores--dijo Maltrana--, empezaban a despoblarse de
sanguinarias bestias las cabezas y barbas de los tripulantes, y al
llegar a la línea no quedaba una para recuerdo. Esta clase de huéspedes
incómodos no era entonces propiedad exclusiva de un pueblo o de otro.
Todos los de Europa la poseían por igual, y hasta los reyes gozaban el
placer del rascuñón y el entretenimiento de la cacería a tientas.
Figúrese lo que serían aquellos buques pequeños con las tripulaciones
amontonadas y la madera corroída por toda clase de bichos repugnantes...
Como al llegar a la línea el calor hacía que los marineros anduviesen
medio desnudos y aprovechasen las largas calmas dándose baños, esta
higiene momentánea exterminaba los temibles compañeros, justificando la
creencia de que morían por falta de aclimatación al pasar de un
hemisferio a otro.
El sanguinario tigre de las selvas capilares, la bestia carnívora
saltadora en las cumbres y hondonadas de los pliegues de la ropa, había
figurado durante siglos como personaje interesante en muchas obras
literarias. Cervantes reía de él y de su fingida muerte en el límite de
los dos hemisferios al relatar «la aventura del barco encantado», cuando
Don Quijote y su escudero flotaban sobre el Ebro en un bote sin remos...
El iluso paladín creía estar a los pocos minutos de navegación cerca de
la línea equinoccial; y para convencerse, recomendaba a Sancho que
buscase en sus ropas para ver si encontraba «algo»... «Algo y aun
algos», contestaba el escudero socarrón hurgándose el pecho.
--Pensaba yo en esto, amigo Ojeda, mirando a los respetables patriarcas
que van abajo con sus hopalandas de pieles a pesar del calor. «Algo y
aun algos». Para ésos, la línea ha perdido su antigua virtud... Mírelos:
¡rasca que rasca!...
Y señalaba a algunos emigrantes que contemplaban el Océano con aire
pensativo, como figuras sacerdotales de hierática majestad, envueltos en
luengas vestiduras, mientras sus dedos ganchudos se paseaban por las
barbas, se hundían bajo el gorro de piel o avanzaban entre los pliegues
y repliegues del pecho.
--Vámonos de aquí--dijo Ojeda nerviosamente, como si no le inspirase
confianza la altura que los separaba de estos personajes.
Notaron al pasear por la cubierta la escasez de señoras. Algunas que se
mostraban por breves momentos parecían preocupadas con la busca de algo
importante. Luego desaparecían, como si se les ocurriese una idea nueva
o hubieran adquirido un dato que modificaba su mal humor.
--Se están preparando para la fiesta de esta noche--dijo Maltrana--.
Gran baile de disfraces, y durante la comida más mojigangas como la del
bautizo.
El día se prolongó con una monotonía abrumadora. Brillaban aún en el
horizonte los últimos fuegos solares, cuando las trompetas anunciaron el
banquete.
Las banderas, las guirnaldas de rosas, todos los adornos multicolores de
las grandes fiestas, engalanaban el comedor. Empezó el servicio sin que
estuviesen ocupadas muchas de las mesas. Numerosos pasajeros permanecían
en el antecomedor para gozar antes que los otros de las anunciadas
novedades.
Retardaban su entrada las señoras, con el deseo de que sus disfraces
alcanzasen mayor éxito. Esperaban, lo mismo que las actrices, a que la
sala tuviese buen público, y sus doncellas o los hombres de la familia
iban del camarote al comedor para echar un vistazo y volver con
noticias. Cada familia quería que las otras fuesen por delante, y así
dejaban pasar el tiempo sin decidirse.
Estaban los pasajeros en el tercer plato, cuando empezaron a presentarse
las disfrazadas, todas de golpe. Acogían ruborosas los aplausos y gritos
de entusiasmo, y así iban hasta sus asientos escoltadas por la familia.
Pasaban entre las mesas damas rusas de alta diadema y vestiduras
rígidas; niponas de menudo andar; polonesas con dolmanes ribeteados de
pieles blancas; marineritos tentadores que enfundaban sus juveniles
prominencias en un traje blanco cedido por un grumete.
--_¡Ollé! ¡Ollé!... ¡Carmén!_
Era Conchita, con mantilla blanca, falda corta y grandes movimientos de
abanico, que entraba, protegida por doña Zobeida, sonriente y maternal
ante este triunfo.
Los hombres también figuraban en la mascarada. Muchos no tenían otro
disfraz que una nariz de cartón o unos bigotes de crepé, conservándolos
a pesar de que estorbaban su comida. Algunos aparecían con grandes
chambergos, poncho en los hombros y espuelas, que hacían resonar
belicosamente. Eran comisionistas ansiosos de color local, que
declaraban ir vestidos de gauchos de las Pampas o de rotos chilenos.
--¡Ah, gaucho lindo! ¡Tigre!--exclamaban con burlón entusiasmo los
muchachos sudamericanos--. ¡Ah, rotito!... ¡Huaso gracioso!...
Y los mascarones, apoyando la diestra en el machete viejo o el cuchillo
de cocina que llevaban al cinto para «estar más en carácter», sonreían
agradecidos.
--_Ich danke_... Mochas grasias.
Algunos comían entre sudores de angustias, disfrazados de derviches con
mantas de cama. Un grave alemán se había puesto el chaleco salvavidas
que guardaba todo camarote por precaución reglamentaria. Encerrado como
un crustáceo en este caparazón de corcho, manteníase lejos de la mesa a
causa del volumen de su envoltura, teniendo que realizar todo un viaje
cada vez que sus manos iban de los platos a la boca. Un asombro burlesco
le había saludado con ruidosa ovación, y satisfecho de tal triunfo,
aguantaba el martirio, siendo el primero en admirar su prodigiosa
inventiva.
Las doncellas de los camarotes de lujo iban de mesa en mesa, disfrazadas
de campesinas del Tirol, regalando flores. Otros criados, vestidos de
buhoneros alemanes, ofrecían las chucherías que llevaban en un cajón
sobre el pecho. Un grumete pintado de negro descolgábase con ayuda de
una cuerda por la claraboya que comunicaba el salón de música con el
comedor, y pregonaba, a estilo de los vendedores de diarios, el
_Aequator Zeitung_, periodiquito impreso a bordo en la prensa que servía
para el tiraje de _los menús_ y las listas de pasajeros. La minúscula
hoja repetía en todos los viajes los mismos chistes y versos dedicados
al paso de la línea. El mayordomo, de pie en la entrada del comedor,
puesto de frac con botones dorados, parecía presidir el banquete,
sonriendo modestamente, como si agradeciese las mudas felicitaciones del
público por el buen arreglo de la fiesta.
Sobre las mesas elevábanse pirámides multicolores de cucuruchos con
sorpresas. Tiraban de sus extremos los comensales, produciéndose un
estallido fulminante, y de las envolturas surgían menudos objetos de
adorno, mariposas y flores de gasa, minúsculas banderas, gorros de
papel. Se ornaban los pechos de las señoras con estas chucherías
brillantes; la solapa de todo _smoking_ lucía como una condecoración la
banderita nacional del portador. Cubríanse las cabezas con los gorros de
papel de seda, crestas de aves, mitras asiáticas, sombreros de _clown_,
que contrastaban grotescamente con el gesto ávido de los comilones.
Después del asado desaparecieron los camareros, y todas las luces se
apagaron de golpe. Esta obscuridad absoluta provocó, luego de un
silencio de sorpresa, gritos y silbidos. Los malintencionados imitaban
en las tinieblas chasquidos de besos; otros lanzaron bramidos de
animales. Pero el estruendo fue de corta duración.
Sonó a lo lejos la música y brillaron en el antecomedor luces rojas y
verdes, una línea de faroles llevados en alto por los camareros. Este
resplandor, amortiguado por los vidrios de colores, iluminaba
discretamente con luz suave. Era la «marcha de las antorchas» de toda
fiesta alemana. Los pasajeros, atraídos por el ritmo de la música,
empezaron a golpear a compás con sus cuchillos los platos y los vasos. Y
entre este tintineo general, que casi ahogaba los sonidos de los
instrumentos, desfiló la comitiva: el tambor mayor al frente de la
banda; toda la servidumbre portadora de faroles; las camareras
disfrazadas de floristas, y un gran número de animales, osos, perros y
leones, mozos de buena fe, que sudaban bajo los forros de pieles y
movían de un lado a otro sus cabezas de cartón rugiendo o ladrando. Dos
hombres apoyados uno en otro marchaban invisibles bajo un caparazón que
imitaba el pellejo coriáceo de un elefante, moviendo entre las mesas la
trompa serpentina del monstruo y sus orejas de abanico. Otros camareros
venían después, sosteniendo platos luminosos, grandes bandejas, en cuyo
interior elevábanse los helados en forma de castillos, aves o
_chalets_, todos bajo campanas de cristal de diversos colores y con una
bujía en el centro.
Cerraban la marcha varias señoritas de gran sombrero y rubia cabellera
suelta, que sonreían impúdicamente a los hombres enviándoles besos. Eran
la escolta de honor de tres matronas de hermosos brazos y majestuoso
andar, con túnicas blancas y el purpúreo gorro frigio sobre las negras y
ondulosas crenchas. Se las reconocía por el color y los adornos
heráldicos de sus mantos: la República del Brasil, la República de
Uruguay y la República Argentina.
Esta aparición hizo circular entre los pasajeros un movimiento de
sorpresa, de ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del
deseo. ¿Dónde habían estado ocultas hasta entonces aquellas buenas
mozas?...
Munster requirió sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que
afirmaba conocer a todos los del buque, se incorporó asombrado... ¿De
dónde salían estas muchachas?... Eran superiores en su esbeltez fresca y
dura a todas las camareras flácidas y de talle cuadrado que servían en
el buque.
Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante
las tres repúblicas y el beso que le envió con la punta de los dedos
hicieron que Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los
rizos ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz.
--¡Cristo! ¡Si es el _steward_ de mi camarote!...
Admiró a la luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de
estos efebos rubios de carnes blancas y depiladas, así como su facilidad
para transformarse.
--Cualquiera reconoce a los mismos que por la mañana limpian los
camarotes, sacuden las camas y manejan los cacharros de aguas sucias...
Fíjese, Ojeda: ¿quién no se equivoca?... Ahora lo comprendo todo.
La afeminada comparsa avanzó entre las mesas, seguida del asombro de las
señoras y los atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de éstos
saltaban del requiebro a la acción, pellizcando al paso a las revoltosas
señoritas, que contestaban con chillidos de miedo y pudorosos respingos.
Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron máscaras y
animales, como un aquelarre sorprendido por la salida del sol, y
únicamente quedaron en el comedor los camareros con sus bandejas de
helados, comenzando el reparto.
Ojeda había mirado varias veces a la mesa cercana, donde comía sola Mrs.
Power. Estaba vestida con gran elegancia y sobre la carne pálida de su
escote centelleaban varios brillantes.
--Parece preocupada--había dicho Isidro al principio de la comida--.
Está sin duda de mal humor. No le mira a usted, Ojeda, como otras veces.
¿Es que ya no son amigos?...
Transcurrió la comida sin que Fernando consiguiese encontrar sus ojos
con los de la norteamericana. Miraba ella a todos lados con aire
distraído, y evitando poner sus ojos en la mesa cercana. Al terminar el
desfile, cuando la alegría general hacía conversar a unos grupos con
otros, las obsequiosidades de Munster le hicieron volver el rostro hacia
los vecinos. El joyero, con una cortesía melosa, elevaba su copa de
champán en honor de la señora. Maud le contestó con una inclinación de
cabeza, elevando también su copa; y para no parecer desatenta, repitió
el movimiento mirando a Isidro y luego a Ojeda. Ni la menor emoción en
sus ojos claros y fríos. Un gesto de cortesía y nada más.
Munster, orgulloso de la amistad que le unía a aquella señora con motivo
del _bridge_, la invitó a reanudar el juego. Antes del baile podían
hacer una nueva partida en el salón de música: los esposos Lowe estaban
dispuestos... Y ella movió la cabeza con expresión de cansancio. No
sabía qué decir... Tal vez más tarde se decidiese a aceptar... Estaba
fatigada.
Fernando miró con odio a su compañero de mesa. Pero ¿este viejo teñido
por qué se interponía entre él y Maud con su maldito _bridge_?... Creyó
ver en él cierta expresión de petulancia, el orgullo de su amistad
naciente con aquella señora que hasta entonces sólo se había fijado en
Ojeda... No habría _bridge_: lo juraba Fernando en su interior. Maud se
había vestido elegantemente para asistir al baile, y no terminaría la
noche sin que los dos tuviesen una explicación. Necesitaba conocer el
motivo de su conducta inexplicable.
Después de la comida la vio en el jardín de invierno tomando el café con
los Lowe. El señor Munster fue a su mesa para repetir la invitación, y
Maud le contestó con movimientos negativos.
Experimentó Ojeda con esto la primera satisfacción de toda la noche.
¡Muy bien! Así aprendería el viejo importuno a no creerse en plena
intimidad. Además se imaginó, con un optimismo inexplicable, que esta
negativa era a causa de él. Tal vez Maud deseaba igualmente una
entrevista, al desvanecerse su enfado inexplicable. ¡Quién sabe!...
Transcurrió una hora sin que ocurriese en el buque nada extraordinario.
Abajo en el comedor retiraban los sirvientes las mesas, preparando el
salón para el baile. Las máscaras paseaban por la cubierta. Sus dos
calles parecían las de una ciudad en Carnaval. El señor disfrazado con
el salvavidas tomaba su café tranquilamente, sin abandonar el caparazón
de corcho. Maltrana predicaba sobriedad y buenas costumbres en un grupo
de jóvenes. Después de las locuras de la noche anterior, había que
acostarse temprano: así que terminase la fiesta. No debían abusar del
pobre cuerpo.
Sonaron varios trompetazos anunciando el baile, y poco después la
orquesta rompió a tocar un vals en el comedor, todavía desierto.
Corrieron las niñas, impacientes; levantáronse las madres con lentitud,
como si les costase abandonar su incrustación en los almohadones; sonó
un fru-fru general de faldas con lentejuelas y adornos metálicos de los
disfraces.
Mrs. Power se despidió de los Lowe, pasando ante Ojeda sin dirigirle una
mirada. Esta indiferencia la aceptó él como un signo favorable: era
disimulo. Abandonaba a sus amigos para facilitarle la ocasión de una
entrevista a solas. Sin duda iba a esperarle abajo, en el salón de
baile.
Tardó algunos minutos en seguirla, queriendo imitar esta prudencia, y al
fin, después de mirar a un lado y a otro, abandonó la mesa, deslizándose
por la escalera cautelosamente, cual si quisiera pasar inadvertido.
En el salón daban vueltas las primeras parejas y se instalaban las
familias con gran ruido de sillas desordenadas. Fernando miró a todos
lados, sin alcanzar a ver la cabellera rubia de Maud. Luego examinó los
grupos estacionados en el antecomedor. Nada...
Comenzaba a sentir la tristeza del desaliento, cuando de pronto hizo un
gesto de satisfacción. ¡No habérsele ocurrido antes!... Ella le esperaba
en su camarote; no había duda posible. Luego de mirar otra vez en torno
de él para convencerse de que nadie podía espiarle, avanzó por el
corredor con fingida indiferencia.
A los pocos pasos temblaba interiormente con las vacilaciones del miedo.
¡Si iría a repetirse la escena de la mañana!... Pero no; el recuerdo de
la noche anterior le daba confianza. Aún no habían transcurrido
veinticuatro horas, y noches como aquélla no se olvidan fácilmente. Su
orgullo varonil le infundió valor. Seguramente ella se había retirado
para esperarle.
La puerta del camarote estaba cerrada, y otra vez la rozó con tímido
llamamiento. Veíase luz por el ojo de la cerradura y la pequeña
claraboya abierta sobre el marco. A la voz interrogante que sonó al
otro lado de la madera, Fernando repuso, para hacerse conocer, con una
leve tos y un murmullo discreto. Era él... Hubo en el interior cierto
rebullicio que indicaba cólera y sorpresa; muebles removidos, palabras
masculladas en sordina, y hasta creyó percibir Ojeda un principio de
juramento. ¿Cuándo iba a cesar de molestarla con sus incorrecciones?...
Esta conducta no era propia de un _gentleman_... No lo era...
Y elevando su tono la irritada voz, dijo junto a la puerta, con acento
imperativo:
--Váyase... Voy a llamar.
Sonó a lo lejos un timbre eléctrico, y él tuvo que huir, temeroso de que
le sorprendiesen en su ridícula inmovilidad ante la puerta cerrada. En
el pasillo se cruzó con una de las doncellas, que acudía al llamamiento
disfrazada de florista tirolesa.
Marchando con la cabeza baja, sin saber adónde iba, se vio de pronto en
la cubierta de paseo. Apretaba los puños, murmurando palabras iracundas.
¡Cómo se había burlado de él aquella mujer! ¡Qué vergüenza!...
Cansado de pasear por la cubierta solitaria, sentóse en un banco lejos
de la luz, contemplando el Océano por encima de la borda. La negra calma
de la noche serenó y puso en orden sus atropellados pensamientos.
Vio de pronto con toda claridad la conducta de Mrs. Power, que le había
parecido hasta entonces inexplicable... No mentía al alabar la frialdad
de su carácter, que ella llamaba «práctico», dando a tal palabra la
misma solemnidad que si fuese un título de nobleza. Decía la verdad al
repetir con sonrisa de orgullo que nada tenía de _poetical_. Era un
hombre, un verdadero hombre de negocios, de los que sólo conceden a los
impulsos del afecto unos minutos de su existencia; de los que tratan las
necesidades de la carne como vulgares y rápidas operaciones de higiene y
únicamente se acuerdan del amor cuando la abstención los martiriza,
dedicándole media hora entre dos asuntos financieros, sin recuerdos y
sin nostalgias. ¿Por qué había venido hasta él aquella mujer, turbando
su calma?... Era indudable que Maud amaba a su manera a míster Power,
como se ama a un ser inferior y hermoso, con el doble orgullo de ser
admirada y ejercer el dominio de la superioridad.
La monótona existencia de a bordo, favorecedora de la tentación, las
abstenciones de un largo viaje dedicado por entero a los negocios, la
influencia del ambiente cálido, el hálito afrodisíaco del Océano, habían
quebrantado y reblandecido la glacial serenidad de aquella mujer.
Llevaba la cuenta angustiosamente de los días que aún le quedaban de
navegación, como se cuentan en una plaza sitiada y sin víveres las horas
que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al flaquear su voluntad
por las influencias de un ambiente más poderoso que su energía, había
puesto los ojos en Fernando, porque era el más inmediato, el más
«distinguido», el hombre que entre todos los del buque tenía cierta
semejanza con la lejana y seductora imagen de míster Power.
Esta dama varonil lo había tomado a él lo mismo que toman los hombres en
momento de premura a una mujer de la calle. Y pasada la embriaguez, lo
repelía furiosa por sus asiduidades, extrañada de su insistencia, igual
que un señor que se viese perseguido por una compañera de media hora,
como si el encuentro fortuito y mercenario pudiese conferir derechos.
¡Ah, miserable! ¡Con qué risa cruel y dolorosa reiría Teri si pudiese
conocer esta aventura grotesca! ¡El hombre en el que creían ver sus ojos
de amorosa todas las perfecciones, tratado lo mismo que un objeto que se
alquila!... Y le dolió más la posibilidad de esta burla desesperada que
el imaginarse a Teri entre lamentos y lágrimas.
Con una reacción enérgica de su orgullo, salió Fernando de este
desaliento. Había que ser hombre y aceptar los sucesos, sin exagerar su
importancia. Una simple aventura de viaje, que iba a quedar ignorada;
Maud procuraría que lo ocurrido no saliese del misterio. La había
prestado un buen servicio--Ojeda reía amargamente al pensar en esto--,
habían sido felices unas horas, y luego se separaban como extraños, sin
recuerdos y sin melancolías: lo mismo que si se hubiesen conocido a la
caída de la tarde en un bulevar de París para pasar media hora juntos en
un hotel y no volver a encontrarse nunca.
El despego de ella era sin duda a causa de un tardo remordimiento que
había sobrevenido con la saciedad... Remordimiento, no: simple
prudencia; deseo de conservarse aislada en los días que faltaban para
llegar al próximo puerto. Su marido subiría al buque, y ella quería
salir a su encuentro sin miedo a las maliciosas sonrisas de los
pasajeros. Él había sido el escogido para el remedio en momentos de
turbación y de prisa... ¿y qué derechos le daba esto? Lo mismo podía
haber sido el agraciado míster Lowe o Isidro Maltrana. Ojeda, por su
parte, tenía igualmente un gran amor, y le convenía olvidar lo mismo que
Maud... Algo le dolía en su orgullo de hombre verse tratado así, pero
era el dolor de la operación quirúrgica que extirpa el mal... ¡A vivir!
Se levantó del banco, aproximándose a las ventanas de los salones. En
las barandas de una galería que comunicaba el salón de música con el
comedor se habían agrupado algunas mujeres, contemplando las parejas que
danzaban abajo. Eran señoras que no habían querido vestirse para la
fiesta; doncellas de servicio de las pasajeras ricas, simples criadas de
a bordo que aprovechaban la ausencia del mayordomo para echar un
vistazo.
Ojeda vio despegarse de este grupo y atravesar el jardín de invierno,
saliendo a la cubierta, una mujer vestida de obscuro, sencillamente.
«¡Ah, señora Eichelberger!...»
Fernando celebraba su encuentro con Mina, como si ésta le trajese la
felicidad. Estrechó entre sus dos manos la diestra que le tendía la
alemana, y ella, con cierta emoción por las efusivas palabras, volvía
sus ojos a todos lados, extrañándose de verle solo, creyendo que iba a
aparecer repentinamente la esbelta silueta y el cigarrillo encendido de
la norteamericana.
Balbuceó, como si al darse cuenta de su turbación sintiese cierta
vergüenza. Daba excusas por su aspecto sencillo, cuando todas las
mujeres del buque habían sacado aquella noche sus mejores trajes. Ella
no había de bailar, y tampoco gustaba de permanecer sola en el salón
mientras su marido jugaba en el fumadero. Por curiosidad y por
aburrimiento, luego de acostar a Karl, se había asomado a aquella
galería para ver el baile. ¡Vivía tan aislada!... Y con una contracción
de su mano, oculta entre las de Fernando, agradeció la bondad de éste al
ocuparse de ella.
Luego, su rostro fue animándose con una sonrisa pálida que pretendía ser
maliciosa. Se asombraba otra vez de verle solo. Casi se había decidido a
renunciar a su amistad. Pero Fernando la interrumpió:
--Todo ha terminado: se lo juro... ¡Terminado para siempre! Yo no tengo
en el buque otra amiga que usted.
Y lo decía de todo corazón, contento de estar al lado de Mina,
satisfecho de la ternura con que ella le contemplaba.
¡Excelente compañera!... Fernando, que creía necesario el trato con una
mujer, lamentábase de no haber permanecido al lado de Mina desde el
primer momento de su amistad. Ésta no le molestaba haciendo la apología
de su marido; era dulce y parecía admirarle. Muy al contrario de la
otra, que hasta en los momentos de mayor efusión guardaba el empaque de
una dama altiva que desciende a hablar con su criado.
Además, pensaba en Teri, en su firme propósito de no envilecer la
nobleza de los recuerdos con otro «crimen», pues de tal calificaba con
vehemente apreciación su aventura reciente. Con Mina no arrostraba
peligro alguno: la pobre estaba desengañada. El fracaso de su
existencia la hacía huir de toda complicación pasional, prefiriendo una
vida vegetativa y humilde. Además, parecía enferma... Era la compañera
deseada para las monotonías del mar: una amistad femenil de todo reposo;
y al separarse se dirían ¡adiós! llevándose cada uno el recuerdo
melancólico de algo desinteresado y puro.
Habían ido a apoyarse en la borda de babor, contemplando la luna.
--Cada noche sale más pronto y es más grande--dijo Mina--. ¡Qué enorme y
qué blanca!... En Europa nunca la vemos así.
Asomando a ras del Océano, era el astro una cúpula inverosímil por su
amplitud. Hacía recordar el huevo fabuloso del pájaro Roc de los cuentos
orientales, grandioso como un palacio. Su luz galoneaba de plata el
contorno de las nubes y tendía sobre el mar un camino anchísimo e
inquieto, un camino en triángulo desde el horizonte hasta los costados
del buque, haciendo hervir las aguas con una ebullición pálida que
repelía toda idea de calor.
Mina contemplaba la inquietud de este camino irreal cortando la
obscuridad atlántica, cada vez más ancho, más luminoso, así como
ascendía el astro en el horizonte.
--Se sienten deseos de marchar por él--dijo en voz baja, emocionada por
la majestad de la noche--. Quisiera saltar fuera del buque y correr...
correr por esa calle de plata hasta no sé dónde.
--¿Sola?--preguntó Fernando con tono de reproche.
--No; usted vendría conmigo... Con usted mejor.
Le miró un momento, y luego sus ojos volvieron hacia el mar. Estaban
húmedos, como si esta contemplación agolpase las lágrimas en sus
córneas. Brillaban con una luz nacarada semejante a la de la luna. De
pronto, sus labios empezaron a murmurar algo como un rezo. Eran versos,
versos alemanes de extremado sentimentalismo, que Ojeda entendió
vagamente, adivinando el misterio de unas estrofas por el sentido de
otras mejor comprendidas. La poesía ingenua del _lieder_ pasaba por la
boca de Mina con la dulzura del arroyo humilde, que parece temblar,
medroso de que sus murmullos sean demasiado altos y sus estremecimientos
despierten la inmóvil vegetación que lo encubre.
Se habían unido los dos, hombro con hombro, como intimidados por el
ambiente religioso de la noche y el aleteo de la poesía que se agitaba
en torno de ellos... Experimentaba Ojeda una sensación de descanso al
lado de esta mujer infeliz; una impresión de paz y dulce anonadamiento
igual a la que buscaban los antiguos libertinos, huyendo de los
desengaños de la vida para reposarse como eremitas entre las gentes
humildes.
--Y usted... usted que es poeta...--dijo ella interrumpiendo su
recitado--. Dígame algo suyo... Debe ser muy hermoso.
Fernando se excusó. Sus versos eran en español, y ella no podía
entenderlos... Pero como si experimentase la necesidad de esparcir en la
noche algo que latía en su cerebro, fundiendo el misterio interior con
el misterio del ambiente, comenzó a recitar versos franceses con una
lentitud sacerdotal, seguido por la mirada ávida de Mina, que hacía
esfuerzos para no perder la significación de una sola palabra. A veces
deteníase el recitante, adivinando las incomprensiones de ella, y
repetía los versos, explicándolos.
La antigua artista suspiraba con arrobamientos de admiración. La hacía
estremecer esta música, en la que entraban por igual el encanto de los
versos y la voz que los recitaba con rítmica melopea.
--Víctor Hugo es mi dios...--dijo de pronto Ojeda interrumpiendo su
murmullo poético, como si no pudiese contener más tiempo esta
declaración--. Y Beethoven también lo es.
Ella le miró con ojos suplicantes, implorando una palabra que podía
unirlos con un nuevo afecto. ¿Y Wagner?... Fernando vaciló. No tenía la
serenidad olímpica, la majestad simple de los divinos. Más bien parecía
un taumaturgo de alma atormentada, un mágico prodigioso; pero en él se
confundían la poesía del uno y la música del otro. Era el arcángel
rebelde, hermoso como el fuego, que viniendo de abajo reconquistaba su
divinidad.
--Sí; también es mi dios--dijo tras breve pausa.
Y reanudó el poético murmullo, mirando la inquieta llanura de plata,
sintiendo en un hombro la suave pesadez de Mina, que parecía ansiosa de
un apoyo.
La cubierta estaba solitaria. Todos los pasajeros permanecían en el
salón de fiestas o en el fumadero. De tarde en tarde, risas, gritos y
correteos en las puertas y escaleras. Eran parejas que abandonaban el
baile por un momento para respirar en la cubierta. Los jóvenes se
abanicaban con un papel la faz congestionada, despegándose de la carne
el cuello de la camisa, reblandecido por el sudor. Ellas respiraban con
ansiedad, llevándose las manos al escote, pero inmediatamente huían de
esta frescura para correr al horno del salón, atraídas por un nuevo
vals.
Vueltos de espaldas a la luz, Mina y Fernando se sumían en la
contemplación de la noche, sin que sus miradas se buscasen, satisfechos
del contacto de sus hombros, que parecían unificar en una sola vibración
sus pensamientos y deseos.
Llegaba hasta sus oídos la música del baile; una música divina:
vulgares danzas de moda, _two-steps_, o tangos, que, por la influencia
del ambiente, sonaban en aquella hora de ilusiones como sinfonías de
infinito idealismo. Sentían la dulce turbación de la embriaguez: una
embriaguez de luz de luna, de noche serena, de poesía sentimental.
Ojeda, más frío que su compañera, percibió en su interior un cosquilleo
irónico, un deseo de reírse de sí mismo, de este enternecimiento sin
causa definida que se apoderaba de él. ¡Mirar la luna y decir versos
como un estudiante al lado de una pobre mujer que era madre y oyendo una
musiquilla vulgar a cuyos sones danzaban los seres más frívolos de
aquella Arca de Noé!... ¡Cómo reiría él si con prodigioso desdoble
pudiera contemplarse a sí mismo desde lejos!... Pero la emoción
inexplicable era más fuerte que su rebeldía burlona, y le obligaba a
permanecer inmóvil, en silencio, sin huir de aquel cuerpo que vibraba
con su contacto. ¿Por qué reírse de este instante, si era de felicidad y
le proporcionaba un dulce olvido?...
Al volver sus ojos hacia Mina, creyó encontrar una mujer nueva. Tal vez
la poesía la había embellecido al tocarla con el ala de sus rimas; tal
vez era la noche la que la transformaba, agrandando sus ojos con un
brillo lunar, rellenando de nácar las angulosidades de su rostro
descarnado, sustituyendo su color verdoso y enfermizo con una palidez
luminosa. ¡Los ojos de animal humilde, agradecido a la caricia, que fijó
ella en sus ojos al sentirse contemplada!... ¡La ruborosa confusión con
que volvía la cabeza, temiendo insistir en una mirada que podía
traicionarla!... Se convenció de que él no había visto hasta entonces a
esta mujer, no la había comprendido, limitándose en sus conversaciones a
sentir lástima de sus infortunios, como si su vida estuviera agotada y
fuese igual a un árbol caído, incapaz de florecimiento...
De pronto, se vieron paseando cogidos del brazo, sin hablar, sin
mirarse, pero sabiendo por mutua adivinación que la persona del uno
ocupaba por entero el pensamiento del otro... Nadie en la cubierta. Sus
pasos lentos resonaban lo mismo que en un claustro abandonado. Al dar la
vuelta de proa, entre el salón y el balconaje de avante, donde era menos
viva la luz y nadie podía verles de lejos Fernando la atrajo a él,
abandonó su brazo para envolverle el talle con rudo tirón, y la besó
impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la nariz, allí donde
pudieron posarse sus labios. La alemana gimió de sorpresa, de asombro,
casi de miedo, como el que ve realizarse de pronto algo inverosímil con
lo que ha soñado muchas veces sin esperanza alguna. Se mantuvo rígida
en el brazo de él, no intentó la menor resistencia, y con un suspiro de
niña que se desmaya, dejó caer la cabeza en su hombro.
Lloraba. Fernando vio los estertores de su pecho y sintió en su cuello
el contacto de una lágrima. Comenzaba a arrepentirse de su brutalidad.
¡Pobre Mina!... Pero ella, protestando de esta conmiseración, giró la
cabeza sobre su hombro hasta apoyar la nuca, y en tal postura, con los
ojos llenos de lágrimas y sonriendo al mismo tiempo, se elevó en busca
de su boca, devolviéndole las caricias con un beso largo, interminable.
No era el beso frente a frente que él había saboreado en otras mujeres,
y que llamaba «beso latino». No era tampoco la caricia arrogante de
arriba a abajo que había conocido en el camarote de Maud, beso de
domadora, egoísta y avasallador, oprimiéndole la cabeza entre las manos
crispadas para mantenerle en amorosa sumisión. Era el beso-suspiro de la
germánica sentimental paseando entre los tilos, a la caída de la tarde,
apoyada en el brazo de un estudiante y con un ramo de florecillas azules
sobre el pecho; un beso de abajo a arriba, caricia suplicante de hembra
dulzona en la que el amor se presenta acompañado de la humildad y que
antes de besar desploma su cabeza como signo de servidumbre en el hombro
de su dueño.
Sintió Ojeda cierto remordimiento ante este llanto. ¿Por qué lloraba?...
Y ella, como si se avergonzase de su emoción, profería balbucientes
excusas. No sabía por qué lloraba... Pero era tan feliz, ¡tan feliz!...
Un ruido de pasos despegó sus bocas instantáneamente, y cogiéndose del
brazo, continuaron su paseo con afectada indiferencia. Alarma inútil:
era un grumete que descendía por una escalera cercana.
--Volvamos al rincón de los besos--dijo él con impaciencia.
El «rincón de los besos» era la parte de proa que unía con su curva las
dos calles de la cubierta. Y al volver de nuevo a este refugio, fue ella
la que sin esperar los avances de Fernando descansó la cabeza en su
hombro, elevando la cara en busca de su boca.
Intercalaba trémulas palabras entre beso y beso. ¡Verse en sus
brazos!... Una noche había soñado lo que ahora le estaba ocurriendo. Fue
a continuación de la primera tarde en que se hablaron junto al piano. Y
había salido de su ensueño conmovida para siempre, con la convicción de
que no se realizaría nunca, pero viéndolo a él como un hombre distinto a
todos los otros del buque, sintiendo una turbación en su pecho y en sus
ojos, un temblor en las piernas, una música lejana en los oídos cada vez
que Fernando se aproximaba para hablarla... Luego ¡qué de penas
viéndole con aquella señora tan elegante, tan altiva, que parecía
burlarse de ella con los ojos!... El ensueño no se realizaría nunca; una
ilusión imposible, como tantas otras de su pobre existencia... Y cuando
había perdido toda esperanza, era él, ¡él! quien avanzaba en la noche
con palabras de poesía, igual a un príncipe magnífico y clemente, y la
estrechaba entre sus brazos y buscaba su boca, haciéndola estremecerse
como una sierva de amor. ¿Qué había en su persona para merecer esta
dicha, pobre, fea, mal vestida, entre tantas mujeres bellas y felices, y
arrastrando además cual una cadena su pasado de miseria?...
--¡Te amo!...--dijo Fernando, enardecido por tal humildad.
Y acompañó sus besos con un avance de las atrevidas manos en aquel
cuerpo sumiso que parecía entregarse. Pero con gran asombro, la alemana
se revolvió ante las caricias audaces, se despegó de sus brazos con una
fuerza nerviosa que nada hacía sospechar en su cuerpo enfermizo.
Parecieron surgir de pronto músculos ocultos, tendones de irresistible
expansión en todos sus miembros.
--No quiero--gimió tristemente, como en presencia de algo que destruía
sus ilusiones--. No quiero eso... No querré nunca.
Ojeda, ante la violencia de estos movimientos de protesta, comprendió
que decía verdad. Su cuerpo se revolvía contra toda caricia que saliese
de los límites del rostro, y esta repulsión vigorosa era tan brusca, que
él se sintió empujado, vacilante sobre sus pies, teniendo que esforzarse
para no caer.
Luego, como arrepentida de su defensa, le echaba los brazos al cuello y
volvió a su gesto de sumisión, descansando la cabeza en su hombro,
gimiendo con un abandono de niña enferma.
--Me haría daño... ¡Jamás! Amarnos como ahora, eso es lo que yo quiero.
Estar así... siempre juntos... ¡siempre!... Seremos... ¿cómo se dice en
español? Yo lo he oído muchas veces... Seremos...
Y después de largos titubeos y de fruncir las cejas con pensativo
esfuerzo, encontraba la palabra.
--Seremos... novios. Eso es: novios los dos. La boca... la boca nada
más... Y el alma también... novio mío.
Y al repetir con fruición la encontrada palabra, sonreía como un jardín
abandonado bajo el primer sol de la primavera que llega.
Fernando, ensombrecido por esta negativa, hablaba y hablaba, sosteniendo
las manos de la antigua artista entre las suyas, deseoso de
inmovilizarla, de domar su resistencia, fijos los ojos en sus pupilas,
cual si pretendiese vencerla con un poder de sugestión.
Su aventura con Maud había desvanecido todos los propósitos de cordura
que le acompañaron al subir al buque. Sus nervios guardaban aún el
recuerdo de recientes vibraciones; su carne, mal dormida, estremecíase
al sentir el contacto de otra mujer. Aquella calma monacal que había
reinado en el trasatlántico durante la primera semana de viaje ya no
existía para él. Sabía lo que era el amor entre los blancos tabiques de
un camarote, y quería continuar, fuese con quien fuese, los encuentros
de pasión en una de estas cajas de madera, sonando a sus pies el
abejorreo de la máquina, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola
perezosa. Esta mujer venía a él, hermoseada por la noche, humilde y
sumisa como una esclava de guerra... ¡tanto mejor!...
Y como si fuese su dueño, la apremiaba con mandatos, unas veces
suplicantes, otras imperativos: «Ven... ven». Hablaba de la hermosura de
su «cabina» en el mismo piso de los camarotes de lujo, de su techo alto,
de la amplitud de su espacio, con profunda cama y anchuroso diván.
Pretendía deslumbrar con estas comodidades del tugurio flotante a la
pobre amiga, que iba instalada en las cámaras más profundas y obscuras,
cerca de la línea de flotación. «Ven... ven.» Podrían hablarse allí sin
temor de ser sorprendidos; cruzar sus besos tranquilamente. Él la
enseñaría libros interesantes; hablarían de sus poetas, de los grandes
artistas.
Mina le escuchaba con ojos de adoración y una pálida sonrisa de miedosa
incredulidad. «No... cabina, no.» Por no seguir el curso de sus
peticiones trémulas de deseo, le interrumpía solicitando que le indicase
en español la equivalencia de ciertas palabras. Ansiaba hablar la lengua
de él.
--No, querido--suspiraba respondiendo a sus súplicas--. No, mi novio...
Cabina, no... Boca... boca nada más.
Y al sentir en su cuerpo el avance atrevido de unas manos huroneantes,
bastábale un empujón para librarse del encierro en que la tenían los
brazos de Ojeda.
Se extendió por la cubierta un ruido de pasos y de voces. Acababa de
terminar el baile y la gente subía al paseo, ansiosa de frescura.
¿Cuánto tiempo llevaban allí los dos?... Mina quiso marcharse. Ocupaba
con su hijo un pequeño camarote en la cubierta más honda del castillo
central. En otro inmediato vivía el maestro Eichelberger, que no se
retiraba hasta cerca del amanecer.
Ella iba a dormir con sus recuerdos, a soñar con Fernando. Se llevaba a
su profundo refugio la felicidad de la mejor noche de su vida. Lo
juraba... «Y ahora, adiós.»
Todavía, aprovechando la ausencia del gentío, que al esparcirse por la
cubierta no había llegado hasta ellos, se besaron por última vez con un
beso largo, que la alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose
cual si fuese a morir.
Luego se salvó de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonreía
con expresión maliciosa; levantaba una mano con el índice erguido, como
una maestra que lanza su última recomendación.
--Novios, sí... Boca, sí... ¡Cabina, nooo!... ¡Cabina, malo!
Y tras estos balbuceos en español, que revelaban un miedo cómico a la
«cabina», huyó apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para
mirar a Fernando antes de desaparecer.
Éste paseó algún tiempo por la cubierta. Sentíase al principio contento
de su suerte. ¡Lástima que no estuviese allí Maud, para que se enterase
de lo poco que le impresionaban sus desdenes!... Veía a la
norteamericana muy lejos en sus recuerdos, casi sin corporalidad, como
una imagen indecisa...
Pero al poco rato empezó a experimentar una sensación de inquietud. Su
conducta reciente le molestaba lo mismo que un remordimiento. «Muy bien,
don Fernando--se dijo con irónico reproche--. No tenía usted bastante
con el desengaño ridículo de la otra, no le ha servido de escarmiento
una aventura tan grotesca, y en el mismo día se lanza a perturbar la
tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus avances con una
sensiblería de romanza y toma el amor como si estuviese en los quince
años.» ¡Qué gusto de complicarse la vida!... ¡Qué cordura en un hombre
que marchaba a la conquista de la riqueza!... ¡Y para meterse en tales
aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!... «Don Fernando, es
usted un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa... Acabará
usted consiguiendo que se rían de su persona todos los del buque...»
A pesar de estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse.
La protesta removíase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el
resto del cuerpo parecía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un
estremecimiento de esperanza... Peor era la nada; pasar los días
comiendo o dormitando en el sillón con un libro en las rodillas.
Al entrar en su camarote, después de media noche, sus ojos tropezaron
con la imagen de Teri erguida sobre el tocador en el encierro de un
marco dorado. ¡Pobre Teri! Por primera vez en todo el día pensaba en
ella, sólo en ella, sin poner su recuerdo en parangón con la imagen real
de otras mujeres. Este pensamiento tardío iba acompañado de
remordimiento y miedo. ¡Qué diría Teri si pudiese verle!... Para evitar
esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a
adquirir el sentido visual, intentó volverlo de cara a la pared. ¡Lo
mismo que Maud con míster Power!... Pero un escrúpulo supersticioso le
contuvo. Ella estaba lejos... ¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como
un choque reflejo de este acto impío!...
Hizo sus preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al
tenderse en el lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos
se fueron aligerando, hasta no ser más que tenues nubes que se llevaba
el sueño por delante con la escoba del olvido. Veía en la incoherencia
de su adormilado pensamiento a los parientes del obispo incitándolo a
que entrase en el baile. «Monseñor: el mar... es el mar.» Veía a
Maltrana apostrofando al Océano, el gran tentador: «Galeoto de mostachos
de algas... Celestina de arrugas verdes». Y lo mismo que él, repetía:
«Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra».
Un dulce cinismo acompañó sus últimos pensamientos. La alemana... ¿por
qué rehusarla?... La otra estaba lejos; nada sabría. El viaje era
monótono, y había que aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez
en tierra, recobraría su cordura... Había que creer en la filosofía de
Maltrana. La gran cuestión era... ¡pasar el rato!... Y Fernando se
durmió.
A la mañana siguiente por la mañana se encontró con Mina en la cubierta
de los botes. Había dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda,
ruborosa y encogida, vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio
de carácter, un arrepentimiento, después de la noche anterior. Pero al
ver que él sonreía, acariciándola con los ojos, estrechando su mano con
tierna efusión, el rostro de la alemana se dilató, cual si la savia de
su cuerpo se descongelase con el ardor de una nueva juventud.
Impulsada por esta alegría, quiso exteriorizar audazmente su
agradecimiento. Estaban medio ocultos por el cilindro de una boca de
ventilación. Mina, luego de mirar a un lado y a otro, avanzó sobre
Fernando con los brazos abiertos. «Novio... novio mío.» Fue un beso
rápido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los prolongados y
lánguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo matinal los
hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y
sentados en dos sillones, contemplaron el Océano en dulce quietismo,
mirándose sin palabras.
Fernando la examinaba a la luz del sol, gozándose con extraña crueldad
en su desencanto, cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los
detalles de una belleza marchita: el rostro con leves arrugas en plena
juventud, el círculo de palidez amarillenta en torno de los ojos, el
rosa anémico de los labios, el tinte verdoso de la tez, que no habían
conseguido borrar los extraordinarios cuidados de tocador de esta
mañana. Además, el niño que iba a presentarse de un momento a otro; el
marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche; el
vestidillo pobre, que ella había intentado realzar con unos encajes
baratos y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto
daba a su nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente que si pasaba
Mrs. Power ante ellos, no podría mantenerse en su altivez silenciosa y
sonreiría irónicamente... Pero un egoísmo optimista protestaba en su
interior contra tales escrúpulos.
--Podrá ser grotesca, ¿y qué?... Me divierte, y basta. El amor siempre
es amor, por ridículo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy
para ella la ilusión, el recuerdo de un mundo en el que vivió y al que
no puede volver... Lo que importa es llevar las cosas adelante: sacar
algo positivo.
Y con tortuosa astucia iba encaminando la conversación hacia donde era
su deseo. Ella hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo
prolongar el encanto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no
sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba como si estuviese
sola, exteriorizando su pensamiento en un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida
fantástica de ensueños maravillosos desarrollados en la sombra!... Ella
se había visto conviviendo con él en uno de aquellos países de América
hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no existía; había
muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existían unidos
como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su
hijo.
Fernando y Karl eran los dos únicos seres de este mundo que ella podía
amar. Vivir para siempre entre el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa
dicha!... Pero no era más que un ensueño; una ilusión del viaje
oceánico. Cuando saliesen de la clausura del _Goethe_, cada uno se iría
por su lado; y aunque por una bondad de la suerte llegasen a vivir
juntos, Fernando no toleraría la presencia caprichosa y enfermiza de
aquel niño que no era suyo. Y ella no podía existir sin Karl.
Aceptó Ojeda con sonrisa bondadosa estos ensueños, mientras en su
interior empezaba a latir la irritación de la protesta. ¿Por qué dar un
ambiente de hogar burgués a un amor que todavía estaba empezando?...
Para aquella walkyria de poéticos éxtasis y ojos nostálgicos, la pasión
tomaba una seriedad vulgar, moldeándose con arreglo a los santos
principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en sus
ensueños, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella
mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando
el hervor de la cafetera; él con una pipa enorme, leyendo gacetas y
acariciando la cabeza estoposa de un niño que no era suyo... ¡Muchas
gracias!
Pero se cuidó de ocultar estas impresiones internas, encaminando el
diálogo amoroso hacia sus deseos. ¡Vivir juntos! También había soñado
con esta felicidad en la noche anterior... Para él, la posesión era un
compromiso sagrado, que le unía por siempre a una mujer, añadiendo la
ternura de la gratitud al desinterés del amor. ¡El día que ella, de
buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con algo más que sus
besos...!
Mina, adivinando el término de esta fraseología, se ruborizaba,
echándose atrás con instintiva conservación. No; siempre diría no. En
otros tiempos, tal vez; cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la
certeza de que podía dar felicidad y orgullo con la limosna de su
cuerpo. ¡Pero ahora!...
Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a
ceder en un momento de bondad, se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un
gesto de decepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. «No,
novio mío, no.» Lo importante era amarse. Lo otro habría de ocurrir
forzosamente cuando viviesen juntos, pero no era de más valor que
cualquiera de las funciones viles que entristecen nuestra existencia.
¡Quién sabe si traería como resultado el desvanecimiento de la
ilusión!... «Vivamos así... Tal vez cuanto más tarde eso que tú deseas,
más tiempo durará nuestro amor.»
De pronto, su conversación tuvo un testigo. Era Karl, que había
abandonado el gimnasio y se mantenía de pie entre los dos, mirando a uno
y a otro sin entender lo que hablaban. En su atenta inmovilidad notábase
una expresión de niño viejo, un fruncimiento de cejas de persona mayor
que sospecha y reflexiona. Su frente saliente, de testarudo, parecía
hincharse y latir. Dejábase acariciar por la mano distraída de Fernando,
pero de pronto huía de él y se arrojaba de cabeza en el regazo de la
madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si pretendiese ser
para ella un escudo protector.
Creía olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres
simples que ven en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para
las personas de razón; el sentido que hace aullar al perro en la casa
donde se prepara una desgracia; el impulso que guía el revoloteo de
ciertas aves sobre la vivienda a cuyas puertas llama la muerte.
Mina acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la amorosa protección
con un runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela doméstica que siente
disiparse su pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez más
lejos de Karl. Todo él era para Ojeda, que la devolvía a su pasado. Sus
ilusiones de artista, su entusiasmo por la emoción estética, su
veneración por el genio, habían reaparecido de golpe. En su amor había
mucho de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual resurgían de
entre las ruinas y los pesimismos de la decadencia sus antiguos
entusiasmos de cantante. Aún creía posible la continuación de su vida
pasada; menos brillante que en otros tiempos, manteniéndose en segundo
término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de su matrimonio con
un artista mediocre iba a ser un paréntesis de sombra nada más. Tal vez
se cumpliese el soñado destino, acabando ella por ser la compañera de un
grande hombre.
Aprendería el castellano para saborear las obras de Ojeda, que
indudablemente era un genio. Se lo decía su amor. Cuando viviesen
juntos, entraría de puntillas en su estudio, permaneciendo detrás de él
en amorosa contemplación, como una esclava. Y cada vez que terminase un
verso... un beso; a cada estrofa concluida, seis, doce... una lluvia; y
cuando diese fin a la obra, él la leería con su voz de oro, y ella
escucharía arrodillada a sus pies adorándolo como un dios: «¡Oh, mi
novio, mi Tannhauser!... ¡Poeta colosal!».
Así pasaron la mañana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar
otras caricias que algunos apretones de manos por encima de Karl,
hundido entre las rodillas de su madre.
El niño sólo abandonó su enfurruñamiento al hablarle Mina en alemán de
la fiesta de la tarde. Comenzaban los _Olympishe Spiele_ con que chicos
y grandes iban a celebrar durante cuatro días el paso de la línea. Y
estos juegos olímpicos consistían en tragar pasteles con rapidez, llenar
un tanque de patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada,
correr metidos en sacos, saltar obstáculos, y otras suertes que se
repetían en todos los viajes al pasar la línea equinoccial con la
exactitud de ritos religiosos.
Por la tarde iban a ser los juegos de los niños. Ojeda hizo un gesto de
cansancio: prefería quedarse en su camarote. Pero Mina le miró
suplicante. «Novio mío... ven». Ella había de asistir para cuidar de
Karl. ¡Si Fernando estuviese cerca!... No se hablarían, no se mirarían;
pero ¡sentirlo junto a ella! ¡saber que podía verle con solo volver la
cabeza!...
Y Fernando fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con
banderas y guirnaldas. El capitán, asistido por los «señores de la
comisión», dirigía los juegos. Maltrana, agregado a ella como
representante de su amigo, había acabado por usurpar el primer puesto,
gritando y moviéndose más que todos los otros juntos. Él alineaba a los
niños, y seguido de un marinero con una cesta, iba repartiendo entre
ellos manzanas cocidas. ¡Atención! El que se la comiese antes, ganaba el
premio. ¡Una... dos... tres! Y la gente reía de las grotescas
contorsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo lo posible
para tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas
apresuradamente con la velocidad de su masticación. Un estallido de
aplausos saludaba al triunfador, mientras algunas madres corrían hacia
sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la nuca, ayudando de este
modo el deglutido de la materia atragantada.
Luego, niños y niñas, cuchara en mano, corrían de un extremo a otro de
la terraza para recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo.
El ganador era el que regresaba más pronto al punto de partida. Después
corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubierta, y el que
llenaba su tanque con mayor rapidez vencía a los otros.
Retiráronse los pequeños para dejar sitio a los grandes. Una fila de
damas ocupó un banco, esperando cada una con una caja de fósforos en la
mano. Venía corriendo hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos
en la boca y las manos atrás. Crujían los fósforos al inflamarse, y una
salva de aplausos acompañaba al primero que conseguía volver a su
asiento con el cigarrillo encendido. Luego, las señoras sostenían en la
mano una aguja, y los jugadores corrían para arrodillarse a sus pies,
procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que llevaban en su
diestra.
Comenzó a murmurar el público contra la monotonía de estos juegos.
--¡El chancho!--gritaron muchos--. ¡Que pinten el ojo al chancho!
Maltrana, como si resumiese en su persona a toda la comisión, se inclinó
con el aire bondadoso de un buen príncipe. ¡Ya que el honorable Senado
lo reclamaba con tanta insistencia!...
Pidió una tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga
costumbre, dibujó en el suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las
señoras debían avanzar con los ojos vendados, trazando a tientas el ojo
que faltaba en la cabeza del animal.
El «digno representante de la comisión», título que se daba a sí mismo
Maltrana, se apresuró a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y
dirigir sus pasos, disputando este honor a ciertos intrusos que
intentaban despojarle del cargo, adivinando sus ventajas. Con una
servilleta enrollada cubría los ojos de las señoras, indicábalas el
número de pasos que las separaba del dibujo, y cogiéndolas luego de un
brazo les hacía dar vueltas para desorientarlas. Avanzaban titubeantes
las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el suelo, que
equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos irónicos acogía
su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o,
cuando más, caía grotescamente en el vientre o el rabo.
Isidro seguía imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire
paternal, guiando los bustos perfumados con protectora suavidad. Al
sorprender la mirada de Fernando fija en él maliciosamente, le contestó
con un leve guiño. «Sí; el cargo no era malo... Puramente platónico,
pero algo es algo.»
Permaneció Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos
que parecían volverlos a todos a las alegrías de los primeros años. Ella
le miraba con el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una
prueba de amor.
Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tardó
en adivinar la oculta relación entre los dos, a pesar de su afectada
indiferencia. Este descubrimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya
no la molestaría su antiguo amigo. Y hasta se atrevió a sonreírle
irónicamente, cual si le felicitase por su nueva conquista. Luego
desapareció, siguiendo a los Lowe y a Munster, que la invitaban a
continuar el _bridge_.
A la caída de la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la última
toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella quería ver a su lado la
puesta del sol. Desde la línea equinoccial a las costas del Brasil, eran
los atardeceres más hermosos de todo el viaje.
El cielo límpido tenía el color violeta del crepúsculo. A ras del agua
aparecían esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El
sol se había hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo
cegador que poco a poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se
recortaban las nubes tomando el contorno de formas humanas.
Mina se extasiaba en su contemplación. Eran ángeles grandes, ángeles
blancos que marchaban sobre un camino azul por un paisaje de oro. Uno
llevaba en sus manos una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los
reflejos del sol en sus cimas tenían el brillo de luengas cabelleras
rubias; los sueltos jirones de vapor eran ondulaciones de albas túnicas
removidas por el solemne paso. Y Ojeda, sugestionado por esta
interpretación y por las raras formas que engendraba el crepúsculo, veía
igualmente una teoría angélica sobre un fondo de oro, semejante a los
desfiles de santos en los mosaicos bizantinos.
Iba extinguiéndose la luz, y con la sombra naciente y la disolución de
los vapores desleídos en el crepúsculo se borraron poco a poco las
celestes figuras. Mina, dominada por la emoción del atardecer, sentía el
pecho oprimido. En sus ojos había lágrimas. «¡Ángeles, adiós!» Sólo se
habían mostrado por unos instantes, como las visiones de felicidad que
rasgan el lienzo gris de nuestra vida. Ellos se marchaban, se perdían en
el infinito, lo mismo que ella desaparecería, tal vez muy pronto,
tragada por la sombra.
Apoyaba su pecho en el de Fernando, ponía la cabeza en su hombro,
indiferente a que alguien pudiese sorprenderlos, creyéndose sola con él
en medio del Océano. Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que
venía pudiese traerle la desgracia... Ojeda se impacientó. Muy hermosa
la puesta del sol, pero él no podía comprender tanta sensibilidad.
Ella siguió suspirando. «Oh, novio! ¡Siempre!... ¡Vivir siempre juntos;
más allá de la vida; más allá de la muerte!...» Recordaba el último
abrazo del caballero Tristán y la hermosa reina Iseo; una caricia
eterna, infinita, que el gran mago no había envuelto en el misterio de
su música estremecedora. Luego de beber el filtro de amor, el
encantamiento de ellos no duraba años, no duraba una existencia entera:
su poder iba más allá de la muerte... Y cuando después del trágico fin
quedaban acostados para siempre, cada uno en su tumba de piedra, a la
sombra de un monasterio, un zarzal nacido de los restos de Tristán
crecía en una sola noche, cubriéndose de flores y de pájaros, y abarcaba
las dos sepulturas con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorcía como una
serpiente negra y nudosa, haciendo estallar el mármol, y al fin su
empuje aproximaba y juntaba a los dos amantes, haciendo que sus
cadáveres, separados por los crepúsculos de los hombres, se consumiesen
unidos en un abrazo eterno que proclamaba la majestad del amor, más
fuerte que la vida... más fuerte que la muerte...
Un grito infantil interrumpió a Mina. Era Karl que la buscaba por la
cubierta de los botes. Hacía mucho tiempo que el clarín había lanzado la
llamada al comedor, sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger,
cansado de esperar, se había sentado a la mesa, enviando al niño en
busca de su madre por todas las cubiertas. Mina huyó. «Hasta la noche...
novio.»
Pero la entrevista de la noche fue menos cordial. Se mostró Ojeda
malhumorado por la resistencia de Mina. En vano, aprovechando la escasez
de paseantes después de terminado el concierto, iban los dos hacia «el
rincón de los besos». Inútilmente permanecía ella con la cabeza en su
hombro, prendida de su boca en una caricia prolongada, interminable,
entornando los ojos. Él deseaba algo más. Creía ridícula esta situación.
No encontraba sabor a unos transportes amorosos faltos ya de novedad.
Se separaron fríamente: ella cabizbaja, triste, cerrando los ojos,
haciendo esfuerzos para no llorar; él enfurruñado, sardónico, como un
hombre que se indigna al verse defraudado en sus esperanzas.
Antes de dormir, Ojeda exhaló toda su cólera.
--¡Si cree esa ilusa que voy a perder el tiempo cerca de ella como un
enamorado romántico!... «Boca, sí; cabina, no...» ¡Que vaya al diablo si
no quiere pasar de eso!... De mí no se burla ya nadie a bordo...
Bastante he dado que reír.
A la mañana siguiente se encontraron otra vez en la cubierta de los
botes, pero su entrevista no fue de mejores resultados. Mina lloró. Lo
que deseaba Fernando era imposible. ¿Por qué empeñarse en romper el
encanto de sus relaciones con algo brutal que traería forzosamente una
separación? En otros tiempos, ¡tal vez!... cuando era hermosa. Pero
ahora se daba cuenta de lo lamentable que podía ser la impresión del
hombre que la poseyese. Desengaño; sorda cólera al ver que la realidad
era muy distinta de la ilusión; seguramente olvido. «No, novio mío...
no.»
Después del almuerzo, Fernando no quiso buscarla. En vano pasó Mina
repetidas veces ante una ventana del jardín de invierno junto a la cual
tomaban café Ojeda y su amigo. Mostraba él un visible deseo de no
reparar en los paseantes.
Luego, al reanudarse los juegos en la terraza del fumadero, la alemana
lo encontró a corta distancia; pero fingía no verla, apartando los ojos
cada vez que los suyos iban hacia él. «¡Dios mío! ¡y era posible que sus
amores terminasen así!...» Hubo de hacer esfuerzos para no llorar... ¡Y
todo por las negativas de ella, por la terquedad infantil de él, que
ansiaba su posesión como si pidiese un juguete!...
Sopló una brisa helada del lado de popa que hizo estremecer a las damas,
vestidas ligeramente. Mina tosió, llevándose las manos a los brazos y al
pecho, casi desnudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa
blanca. La súbita frescura le hizo imitar a algunas señoras que iban a
sus camarotes en busca de un abrigo.
Cuando estuvo abajo, en el corredor, iluminado en plena tarde como un
pasillo subterráneo, experimentó la inquietud del que cree percibir a
sus espaldas unos pasos invisibles.
No había nadie en esta calle profunda del buque, envuelta a todas horas
en densa penumbra. Adivinábase que todos los camarotes estaban
desiertos. Hasta los criados debían andar por arriba viendo los juegos.
¡Si Fernando apareciese de pronto!... Esta idea la hizo temblar con
estremecimientos de miedo y de dulce inquietud, segura de que si él se
presentaba su caída era inevitable, convencida de antemano de la
flojedad de su resistencia.
Y él apareció, sin que ella, avisada por su presentimiento, mostrase
gran sorpresa. Giraba la llave bajo su mano, abríase la puerta de su
camarote, cuando le vio avanzar con pasos quedos, que el tapiz del
corredor hacía aún menos ruidosos.
Mina se detuvo, llevándose una mano al pecho, conmovida de pavor y de
sorpresa. Pero esta impresión duró poco. Se acordaba de que minutos
antes había dado por perdido el amor de Fernando. ¡No hablarle más!...
¡Ver sus ojos fijos en otra!...
--¡Mi novio!... ¡mi poeta!
Había caído en sus brazos, se colgaba de sus labios en un beso largo de
ruidosa aspiración.
Luego se apartó bruscamente, como si la poseyese otra vez el miedo.
--Márchate... Podrían vernos.
Había entrado en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la
mantenía a medio cerrar para verle un momento más, acariciándolo con su
sonrisa y sus ojos.
Cuando quiso cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se
apoyaban en la madera empujándola contra Mina, que oponía el obstáculo
de todo su cuerpo. Y en esta situación, pugnando él por abrir y ella por
cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cortada por
estremecimientos de fiebre, como si estuviesen concertando algo penable
en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de agua.