La víspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las
entrañas del buque, fue esparciéndose con ella una melodía suave de
metales discretos, una música con sordina que sólo aspiraba a despertar
levemente a los pasajeros, para que reanudasen el sueño con mayor
placer.
Avanzaban los músicos quedamente a lo largo de los corredores todavía
iluminados por la luz eléctrica, y deteniéndose en un cruce, embocaban
sus instrumentos, repitiendo la solemne alborada.
Los durmientes se agitaban en sus lechos. Todos sabían lo que
significaba esta música oída entre sueños. El _Coral_ de Lutero. Era
domingo, y el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo
instrumental, que recordaba a muchos una ópera de Meyerbeer.
Se apagó al fin la música, sin otra consecuencia que haber turbado
durante algunos minutos los ronquidos de los pasajeros, llamados
inútilmente a la meditación y la plegaria. Pero transcurridas cuatro
horas, un espectáculo extraordinario hizo salir a muchos de sus
camarotes antes que de costumbre.
Las señoras sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo
color y un velo ante los ojos, subían la escalinata de caoba con
dirección a los salones, pasando entre los camareros agachados y en
manga de camisa que fregoteaban peldaños y balaustres. Todas marchaban
con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si acabase de ocurrir en
el buque algo extraordinario y triste que entenebrecía el esplendor de
la mañana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban
pequeños libros encuadernados en oro y nácar. Tras ellas venían los
hombres de la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a
una ceremonia fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos
flojos, las gorras de viaje, los zapatos de lona, no aparecían esta
mañana.
Isidro se encontró en un rellano de la escalera con el doctor Zurita,
que marchaba cual un pastor majestuoso, respetado y jamás obedecido,
tras el rebaño femenil de su familia: señora, cuñadas, suegra e hijas.
Un cuello recto y esplendoroso remontábanse en él desde la corbata negra
a las orejas. Batían sus piernas los faldones de un chaqué, prenda
incómoda en la región ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con
la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de perlas de
sudor. Al ver a Maltrana le dirigió una sonrisa de resignación,
señalando al mismo tiempo con los ojos el término de la escalera, los
salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de
las faldas.
Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal,
subían a la cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de
los salones. Luego se dirigían hacia la popa discretamente en busca de
las tertulias que empezaban a juntarse en el fumadero, como hombres que
sorprenden una reunión de familia y no quieren molestarla con su
presencia.
El mayordomo permanecía junto a la escalinata, recomendando silencio en
las tareas de limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas
frotaciones, haciendo hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que
si estuviesen en la habitación de un enfermo.
Un repiqueteo de campanilla surgió del último salón, amortiguado por las
cerradas vidrieras. Isidro, que había subido al paseo, miró por una
ventana. «Lo mejor del buque» estaba allí, oprimido, amontonado ante la
plataforma de los músicos. Las señoras, en primer término, ocupaban las
sillas, y detrás de ellas los hombres, de pie, codo con codo, llevándose
el pañuelo a la frente sudorosa. Giraban los ventiladores, y sobre las
negras filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con incesante
aleteo.
Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí
donde ordinariamente había una especie de mostrador encristalado lleno
de tarjetas postales y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón
encargado de la biblioteca. El tal mostrador había desaparecido bajo un
mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la
mañana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de
porcelana ocupaba el centro.
Ante el altar improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla
de oro y albas vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en
la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas
fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos
iban hacia él: sólo la familia de La Boca seguía con mirada amorosa los
movimientos de Monseñor al decir la misa.
El conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era
admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo
mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atención que los que
hablan y gesticulan en primer término. Cuando su voz abaritonada
respondía a las palabras del obispo, había en ella tal encanto y tanta
autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de que estas
contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se
empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito,
mirando algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no
perdiese ni el más pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había
querido dar la conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el
espectáculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los
periódicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía
aturdido por tal honor.
Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al
oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el
sagrado mantel, la casulla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas
Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no
olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los periódicos ilustrados
con sus biografías, los libros que había escrito y los retratos que
debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la misa,
guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados,
desmontables y limpios, como útiles profesionales.
Una cabeza avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo
tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.
--¿Está usted oyendo misa?...
--No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo
la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos...
Mire usted con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa.
Algunas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano,
¡figúrese usted!... Y pensar que si América la descubren los ingleses, o
el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martín,
toda esa gente estaría a estas horas con una Biblia en la mano cantando
salmos con acompañamiento de armónium.
En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de
varios niños. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas,
contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y
los gestos del hombre negro que le seguía en todas sus evoluciones. Eran
pequeños alemanes que por primera vez veían una misa.
Maltrana examinaba el público amasado en el salón.
--Gran concurrencia--dijo--. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a
tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con
ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a
doña Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita
con mantilla española... En el centro está Nélida, una Nélida que parece
otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada
llamativo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella las
impresiones son tan fugaces como intensas. Está emocionada por el
espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de aquí;
estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado
del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables
matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No
quiero que digan que Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a
veces en Europa, pero en América da muy poco.
Se apartaron de la ventana para emprender un paseo por la cubierta,
solitaria en aquellos momentos.
--Ahí verá usted--dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz
el curso de sus reflexiones--la gran diferencia de lo imaginado a lo
real. ¡Cuántas veces he leído yo la descripción de una misa en alta mar!
Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos versos sobre esto, ¡qué
de cosas bonitas diría!... El augusto silencio; el Océano recogiéndose
para presenciar mejor la divina ceremonia; la mañana esplendorosa, las
gentes llorando, un hálito celeste descendiendo sobre el buque cual
música angélica... Y fíjese en la realidad: no hay más música que la de
los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y miran a las
puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los tenedores de los
herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa gritan,
juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las escaleras
con sus útiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesía religiosa
en estos buques modernos.
--Procure no repetir tales cosas en presencia de sus amigas--dijo Ojeda
con el mismo tono zumbón--. Como usted afirmaba antes, la impiedad da
muy poco en América, y el catolicismo es algo que dejó muy arraigado en
las mujeres la educación española. Los hombres son indiferentes, son
incrédulos, pero jamás se atreven a ser impíos. Para eso hay que pensar,
y su pensamiento lo ocupan por entero los negocios.
Otra vez, como en la tarde anterior, surgió en su conversación el
recuerdo de los conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de
presa, el navegante de espada, había sido en muchas ocasiones un
místico. Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, desceñíase la
tizona, abandonaba el corselete y se cubría con el hábito de fraile.
Otras veces, en plena juventud, bastaba un revés de fortuna, un
desengaño de amor, para que el capitán fastuoso y cruel se convirtiese
en ermitaño del desierto, alimentándose de raíces frente a una calavera
y una cruz de palo.
Estos místicos a la española, de un misticismo orgulloso y dominador, en
vez de elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza,
tiraban del cielo y lo hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de
su energía individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus
personas. Eran místicos de acción, como el antiguo soldado Loyola, como
la andariega Teresa de Jesús, especie de Don Quijote con tocas siempre a
caballo por los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y
militante, que salvó a la Iglesia católica cortando el paso a la Reforma
se había esparcido por el Nuevo Mundo con los conquistadores,
predispuestos al milagro. Siempre que se veían en un aprieto al pelear
contra los indios, aparecíaseles el apóstol Santiago en su corcel blanco
y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en
España había desbaratado a los infieles musulmanes.
--La devoción de aquellos hombres--dijo Ojeda--ha llenado América de
imágenes prodigiosas, tantas o más que en la Península. No hay allá
ciudad con tres siglos de existencia que no tenga un santo de
indiscutibles milagros... Los imagineros de Valencia y de Sevilla
enviaban remesas de vírgenes y cristos a los conventos de las Indias y a
los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas. Pero
estas imágenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y
hacían milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al
llegar allá se convertían en héroes.
Viéronse crucifijos remontando los ríos contra su corriente; vírgenes
que inmovilizaban la carreta que las conducía para manifestar su
voluntad de no pasar adelante y que allí mismo las erigiesen un templo;
imágenes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con músicas y luces
misteriosas. Todos los prodigios divinos de la metrópoli se repitieron
en las Indias, como la copia repite el original. Las vírgenes negras de
España, inexplicables para la devoción peninsular, se reprodujeron en
América, con gran entusiasmo de la gente de color.
--Y todo este pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una pátina de
siglos que lo hace cada vez más venerable. Créame, Maltrana. Al llegar
allá, enfunde su burla y procure no hablar de religión, si es que busca
apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de comercio
extranjeros. La impiedad no puede ser para nosotros artículo de
exportación. Las creencias tradicionales resultan obra de «nuestra
vieja», y si las atacamos, hágase cuenta que estamos dando con un pico
en la casa materna.
Después de permanecer sentados algún tiempo en la terraza del fumadero,
continuaron su marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del
salón. El público era el mismo, nadie se había movido de su lugar, pero
el oficiante era otro. Monseñor estaba abajo, tomando su almuerzo,
rodeado de la familia admiradora, que le incitaba a restaurar sus
fuerzas después de las fatigas recientes. Ahora era el abate francés el
que, revistiéndose a la vista de los fieles con los mismos ornamentos,
decía la segunda misa.
En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su
público seguía admirándole, pero estaba fatigado. Corría el sudor por el
rostro de las damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de
las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanquecino de los polvos
de arroz. La conciencia de estas devastaciones del calor las hacía
moverse nerviosas en sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los
cuellos almidonados de los hombres perdían la acorazada tersura de su
planchado; se ondulaban como muros de porcelana próximos a
resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.
Acostumbrado el sacerdote a adivinar el estado de ánimo de los públicos,
aceleraba sus gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando
frenéticamente sus latines, reanudándolos antes de que terminase sus
respuestas el ayudante con sotana negra. Este ayudante era don José, el
cura español, encogido, humilde, para ganarse las simpatías de las
señoras que admiraban al abate.
Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas
un estrépito de sillas removidas, puertas abiertas de golpe,
precipitadas carreras, suspiros de pechos comprimidos, algo semejante a
la fuga pavorosa del público en un local que se incendia. La misa había
terminado y las señoras corrían a sus camarotes para cambiar de ropas y
reparar el desorden de sus rostros. Los hombres respiraban unos momentos
en la cubierta y encendían un cigarro antes de ir a despojarse de las
prendas negras.
Sonó de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corrió Isidro a mirar por
las ventanas. ¡Otra más!... Era su amigo don José, que, cubriéndose con
las vestiduras sudorosas de sus antecesores, iba a decir la tercera misa
ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba a oficiar sin más
pueblo devoto que las sillas esparcidas en el salón con el desorden de
la fuga. Sólo algunas domésticas, enviadas por sus señoras, entraron
apresuradamente para no quedarse sin misa. Doña Zobeida y Conchita
habían avanzado hacia los asientos de primera fila, consolando al
oficiante con su presencia de esta retirada general.
--¡Mi pobre don Pepe!--exclamó Isidro--. ¡Él que contaba con esta misa
para hacerse visible ante el señorío del buque y adquirir buenas
amistades!... ¡Y me lo dejan solo, como un artista sin cartel! Eso no
está bien. Hay que hacer algo por el paisano, ¿no le parece,
Fernando?... ¡Si nos lanzásemos! ¡Hace tantos años que no hemos visto
eso de cerca!...
Y los dos entraron en el salón, colocándose en primera fila. El
ambiente, cerrado aún y caldeado por tantas respiraciones, era de una
densidad asfixiante. Conchita los saludó con un gesto de cansancio. Doña
Zobeida, al reparar en ellos, tuvo miradas de ternura. Muchas gracias,
en nombre del buen padrecito. Para ella, esta misa era de mayores
méritos que las anteriores.
Don José, al volverse de cara a los fieles, no pudo reprimir un parpadeo
de sorpresa viendo la inmovilidad devota de sus dos amigos. Y este
agradecimiento, así como lo avanzado de la hora, le hizo despachar su
misa rápidamente.
Al terminar la ceremonia, don Carmelo fue el primero en huir, llevándose
las manos al rostro, que chorreaba sudor.
--¡Mardita sea mi arma! Serca de dos horas en este horno... Er
comandante, porque soy español, me da siempre estos encargos. ¡Con lo
que tengo que escribí en la comisaría!...
Y salió apresuradamente, cruzándose con el abate, que volvía en busca de
sus ornamentos para colocarlos uno por colocarlos uno por uno, bien
contados y limpios, en los estuches de viaje.
La banda de música tocaba su concierto matinal. Todos los sillones del
paseo estaban ocupados. Las damas, vestidas de blanco, gozaban el
bienestar de una leve frescura después de las angustias sufridas en el
salón. Circulaba impreso el programa de las fiestas con las que se
solemnizaba el paso de la línea: cuatro días de banquetes, conciertos y
juegos atléticos. Muchos reían de los chistes con que el mayordomo había
salpicado el programa, gracias inocentes, de una pesadez abrumadora, que
parecían guardadas en el almacén del buque con las flores de trapo, las
banderas y los escudos de cartón, para resurgir a fecha fija en todos
los viajes.
Ojeda, al salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs.
Power y abandonó a su compañero, acodándose al lado de ella en la
baranda.
«¡Demonio de mujer!--pensó Maltrana--. Parece como que huele a Fernando.
Cualquiera diría que tiene ojos en la nuca para verle. Está de cara al
mar y apenas nos aproximamos, vuelve la cabeza sonriendo de antemano,
segura de que es él quien se acerca.»
Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos sonó en la terraza
del fumadero, y Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurría en el
buque, corrió hacia este sitio.
Era Nélida, rodeada de sus admiradores y otras gentes que habían sido
atraídas por el nuevo aspecto que presentaban algunos de aquéllos. El
barón belga, su rival el alemán y otros más que tenían bigotes,
aparecían ahora con el labio superior recientemente afeitado, y esta
novedad provocaba la ovación irónica de los amigos.
Nélida sonreía, bajando los ojos con modestia. Había manifestado el día
anterior que nunca podría amar a un hombre con bigotes; ella estaba por
el varón a estilo norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo
que los luchadores helénicos. Y esto había bastado para que aquellos
hombres, roídos por sorda rivalidad corrieran a ponerse en comunicación
con el barbero, presentándose desfigurados ante la veleidosa joven que
los abarcaba a todos en un afecto común, sin distinguir a ninguno.
--Esta chica va a volvernos locos--dijo Maltrana a Ojeda, que había
corrido también para enterarse del motivo del estrépito--. Ahora parece
que su gusto consiste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de
eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero usted, Fernando,
líbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo en peligro sus hermosos
bigotes.
--¡A mí!...--exclamó Fernando levantando los hombros despectivamente y
mirando a Nélida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en
él--. No hay peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.
Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo,
notaron la ausencia del doctor Rubau.
--El pobre señor está muy triste--dijo Munster--. Me comunicó anoche que
pasaría encerrado todo el día en su camarote. Hoy es el sexto
aniversario de la muerte de su señora, y todos los años, esté donde
esté, hace lo mismo. Se aísla, piensa en ella, no come; llora con toda
libertad.
Maltrana admiró irónicamente la conducta del doctor. ¿Quién podría
sospechar esta desesperación romántica en aquel viejo médico, con sus
setenta años, sus patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y
en vida de la llorada señora tal vez se habrían peleado los dos
frecuentemente y él llevaría sobre su conciencia más de una
infidelidad...
--¡La ilusión, Ojeda! La caprichosa ilusión, que agranda las cosas
cuando las perdemos y nos las hace amar con nuevos amores, borrando los
recuerdos ingratos.
Después del almuerzo, Maltrana desapareció con aire misterioso. Había
hablado a su amigo de cierta expedición a la parte más interesante del
buque: una visita que muy pocos conseguían hacer. Pero él tenía amigos,
gozaba de grandes influencias, y acompañando a don Carmelo, el de la
comisaría, iba a realizar su capricho.
No quiso decir más, y se fue escalera abajo, dejando a Ojeda tendido en
un sillón de la cubierta.
Un calor pegajoso humedecía las frentes y las espaldas. Los dormitantes
cambiaban de postura para separarse de la epidermis las ropas adheridas
por el sudor. Una tenue nubecilla, algo así como una leve pincelada
blanca, destacábase en el azul del horizonte ante la proa del
trasatlántico. Era un velero, todavía lejano, que navegaba con el mismo
rumbo del _Goethe_. Pronto lo alcanzaría éste; el viento era escaso; de
vez en cuando una ráfaga; luego la calma ecuatorial, densa, anonadadora,
que parecía gravitar sobre el Océano, conmovido apenas por ligeros
estremecimientos.
Marcábase de pronto sobre este mar luminoso un gran redondel negro.
Surgía del horizonte una barra de sombra que iba rodando
vertiginosamente hacia el navío, como una pieza de tela que se
desenrolla, obscureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En esta
zona de sombra el mar aparecía erizado de pequeñas puntas, como la
superficie de un cepillo.
El avance sólo duraba unos minutos. Pasaba el buque, con una rapidez
igual a la de las mutaciones escénicas, del sol ardoroso a una penumbra
lívida de tempestad. La lluvia lo envolvía con un trágico acompañamiento
de relámpagos y truenos estentóreos; truenos como sólo se oyen en la
soledad del Océano. Esta lluvia no era a raudales, sino en grandes
masas, cual si se desfondase un lago allá en lo alto y todo su volumen
cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los intersticios de
las lonas, inundando la cubierta por el lado del viento; deslizábase en
riachuelos ondulosos al pie de las barandas; aglomerábase en las canales
de desagüe, que borbolleaban, atragantadas por tanto líquido. Los toldos
y las planchas quejábanse como apaleados.
Y a los cinco minutos, cuando las gentes, asustadas, recogían libros y
almohadones en las cubiertas para librarlos de la inundación,
refugiándose con ellos en los salones, surgía de pronto el sol; el
buque, chorreante, brillaba cual si fuese de oro, y la mancha de sombra
iba corriéndose en el mar luminoso, cada vez más reducida, más estrecha,
hasta perderse en el infinito, como si la fuese arrollando una mano
invisible.
Al poco rato el calor ecuatorial había devorado hasta la más recóndita
mancha de humedad. Cuando aún se deslizaban en las canales algunas gotas
retrasadas, las tablas de las cubiertas, ardientes por el sol, crujían
de nuevo bajo los pasos. Un cuarto de hora después del tempestuoso
chaparrón no quedaban vestigios de él. Se le recordaba como algo absurdo
e irreal, en el calor asfixiante de la tarde, bajo un cielo de crudo
azul, sobre un mar que hervía con los reflejos del sol y daba a la
retina la impresión de un lago infinito de tibias aguas.
Formábase en el avante de la cubierta un grupo de niños y criadas que
señalaban al horizonte. Acudían los pasajeros, apuntando sus gemelos en
la misma dirección. Ojeda abandonó su asiento para unirse al grupo, y
los dormitantes que estaban cerca se incorporaron igualmente, corriendo
con la infantil curiosidad que inspiraba el menor suceso en la monótona
existencía de a bordo...
El velero estaba a corta distancia del trasatlántico, moviéndose ante
su proa como una montaña de blancos lienzos cuadrangulares ligeramente
rosados por el sol. Una maniobra del _Goethe_ lo dejó a un lado, y
entonces apareció visible de proa a popa, con su casco férreo pintado de
verde, agudo y veloz, y el velamen de sus cinco mástiles, amplio,
enorme: un bosque de hojas de lona con nervios de acero, que recogía la
menor brisa, vibrando y encabritándose bajo su soplo.
Algunos pasajeros que bajaban del puente transmitían las noticias del
telegrafista. Era un velero de Brema y no iba a América. Se aproximaba a
las costas del Brasil para tomar los vientos, ganando después el cabo de
Buena Esperanza. Iba a la China a cargar arroz.
El _Goethe_ saludó con un bramido el pabellón enarbolado por el velero.
Dos docenas de hombrecillos, achicados por la lejanía, agolpábanse en la
borda, con el torso desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos
iguales a los de los cocineros. Se adivinaban sus gritos, absorbidos por
el silencio del Océano, de los que no llegaba el más leve eco hasta el
vapor. Dos perros enormes, hirsutos, fieros, puestos de patas en la
borda lo mismo que personas, saludaban igualmente con ladridos
contorsionantes que convertía la distancia en gestos mudos.
Fue quedándose atrás el buque de vela. Se mantuvo un instante paralelo a
la proa; luego, para seguirle, tuvo el gentío que correrse por las
cubiertas. Finalmente, sólo lo vieron los emigrantes amontonados en la
popa, destacándose la bandera del _Goethe_ sobre la pirámide blanca de
su velamen. Parecía inmóvil, a pesar de que dos cuchillos de espuma
rebullían a lo largo de su proa. «¡Adiós! ¡Buen viaje!», gritaba en
varios idiomas la muchedumbre agrupada en las bordas... Y el velero fue
empequeñeciéndose, como si marchase hacia atrás, saludando con violentos
cabeceos las arrugas espumosas que enviaba a su encuentro el invisible
volteo de las hélices. Al fin pareció quedar inmóvil, sumiéndose en los
lejanos términos del horizonte solitario, en la llanura sin límites,
donde le harían dormitar con las velas desmayadas las ardientes calmas
diurnas; donde avanzaría de noche igual a un fantasma, rodeado de
espumas fosforescentes, balanceándose la luna enorme y amarillenta entre
el boscaje de su arboladura.
Ojeda extrañó no ver a su amigo en la cubierta. Algo de mucho interés
debía preocuparle para que dejase pasar inadvertido este encuentro, que
equivalía a un gran suceso en la vida monótona de a bordo.
Al deshacerse los grupos, volviendo unos a sus sillones y otros al
interior del café, Fernando encontró a Conchita que paseaba con gracioso
contoneo, sacando los codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las
señoras sudamericanas, al verla pasar, la llamaban «la española
donosita».
Sus ojillos negros y agudos se clavaron en Fernando.
--¡Vaya usted con Dios, mala persona! Usted no quiere nada con las
paisanas: le parecen poca cosa. Todo para las señoras que hablan en
extranjero y ni Dios las entiende... No, hijo: ¡si no quiero nada con
usted! Paseo mejor solita... Ahí tiene a su _yanka_ mirando al mar con
medio ojo y con el otro medio buscándolo a usted. Acérquese, que le
espera.
Y Conchita se alejó con ruidoso taconeo, al mismo tiempo que Fernando,
atraído por los ojos claros de Mrs. Power y su sonrisa entre amable e
irónica, iba hacia ella, acodándose en la baranda para entablar el
segundo galanteo del día. Imposible hacer otra cosa en este encierro
flotante, donde era inútil huir, pues al dar la vuelta al lado opuesto
de la cubierta encontrábase el fugitivo con las mismas personas.
Las conversaciones con la norteamericana empezaban a fatigar a Ojeda.
Estos _flirts_ sin resultado parecíanle monótonos, dulzones e
interminables, como los salmos de una capilla evangélica.
Siempre lo mismo: ojeadas sentimentales, palabras melancólicas
alternadas con burlas frías y mordientes para los que pasaban junto a
ellos. Si él manifestaba deseos de alejarse, una mirada maliciosa que
equivalía a una promesa y ciertas palabras de doble sentido le mantenían
inmóvil. Cuando, súbitamente entusiasmado, intentaba avanzar, ella
sonreía con una inocencia maliciosa: «No comprendo... no comprendo». Y
si al fin confesaba su comprensión, era frunciendo el ceño y protestando
con frío rubor: «_Shocking_».
Algunas veces se retiraba medio ofendida por las audacias verbales de
Fernando, y éste respiraba, satisfecho y contrariado al mismo tiempo.
«¡Anda con Dios y no vuelvas nunca!--se decía con rabia--. La verdad es
que no sé por qué pierdo el tiempo con esta mujer.»
Pero no transcurrían muchas horas sin que se reanudasen las relaciones
de buena amistad. Maud le salía al encuentro fingiéndose distraída; le
esperaba al paso, apoyada en la borda, contemplando el mar en la actitud
de una actriz que se ve espiada por la máquina fotográfica, y era
bastante una sonrisa, un movimiento de ojos, una leve tos, para que
Fernando volviese a juntarse con ella.
«Me está toreando--protestaba él mentalmente--. Se está divirtiendo
conmigo... ¡Ay, si estuviésemos en tierra pudiera dejar de verte! ¡Qué
patada te ibas a llevar, hija mía!»
Pero estaban en el Océano, encerrados en un espacio de unos centenares
de metros. Una cadena irrompible los sujetaba a los dos, y cuando el uno
se alejaba, el otro forzosamente iba detrás. Había que resignarse a un
galanteo penoso y contradictorio, a un tira y afloja que parecía muy del
gusto de aquella mujer y le hacía abrir unos ojos de sonriente crueldad,
de espasmo sádico, cada vez que él, con los sentidos excitados por
misteriosas alusiones o miradas prometedoras, se contraía furioso de
deseo.
Su única preocupación al salir de estos suplicios era que Isidro no se
enterase de la verdad. ¡Cómo se burlaría de él al conocer la conducta de
Maud!... Y a impulsos de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa
del macho, que transige con la mentira para conservar su prestigio,
aceptaba las felicitaciones y la envidia de Maltrana, que se lo
imaginaba triunfador.
De tarde en tarde, el remordimiento y el miedo se apoderaban de él. ¡Ay,
si la otra contemplase desde lejos lo que le estaba ocurriendo en el
buque! ¡Si Teri pudiera verle como se ve por el ojo de una cerradura!...
La vergüenza le hacía permanecer inmóvil en su sillón, leyendo un libro,
indiferente a cuanto le rodeaba. Otras veces, con el deseo de aislarse
más aún, trasladaba su asiento a la última cubierta y se ocultaba detrás
de un bote, gozando el deleite de su voluntad triunfadora, de su
enérgica resolución al decidirse a ser fiel. Pero la estrechez del
encierro conspiraba contra su virtud. Imposible mantenerse aislado. Las
necesidades de la vida, los toques de llamada al comedor, los juntaban a
todos. Además, aquella mujer parecía dotada de un sentido diabólico para
adivinar su presencia. Le descubría en sus escondrijos, por apartados
que fuesen; pasaba ante él orgullosa y atrayente a la vez, lo mismo que
una reina convencida de su majestad, con un fluido en torno de su
persona que desarticulaba y abatía los santos propósitos mejor
construidos.
Reconocía Fernando, aparte de esto, que el enemigo más temible estaba
dentro de él. Era la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba
al husmear el perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión,
que se retorcía fieramente ante la curva tentadora, el largo contacto de
las manos o las blancas suculencias enfundadas en seda negra o seda
gris exhibiéndose tentadoras entre las faldas recogidas al remontar una
escalera con voluntario descuido.
Ojeda dejábase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al
llegar a tierra sería otro hombre, recobraría su fidelidad; pero aquí
estaban en pleno Atlántico, y ¡quién sabría nunca lo que ocurriese!...
Había que entregarse a su destino; seguir las sugestiones irresistibles
del «gran impuro». Y Maud la dominadora le veía otra vez sujeto a su
encanto atormentador. Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante,
con alternativas de cólera y huidas de despecho que sólo duraban breve
tiempo.
Se había creído por un instante libertado de tal servidumbre al conocer
a Mina. Esta mujercita triste y enferma no era un peligro. Podía estar
junto a ella sin que se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina,
con su dulzura sentimental, parecía hermosear la existencia monótona de
a bordo. Era un socorro para terminar sin remordimientos la travesía.
Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y temiese una
concurrencia, había atacado desde el primer momento a la alemana.
Felicitaba a Ojeda con una ironía cruel por su magnífica conquista. ¡Qué
suerte! La mujer más fea y pobremente vestida del buque... Una especie
de institutriz casada con un musiquillo borracho, del que se reían
todos, hasta la turba de cómicos que iba con él.
En su burla despiadada no perdonó ni al niño: un gordinflón con pelo de
cáñamo, el más sucio de toda la chiquillería del buque. Ella esperaba
ver a Fernando llevándolo en brazos mientras hacía el amor a la mamá.
Apostaba algo a que por la noche lo dormía en sus rodillas con
acompañamiento de canciones y se preocupaba de cambiarle las ropas
interiores.
Con la irritante injusticia de que sólo es capaz el despecho feminil,
burlábase también de Mina como cantante. Se había tapado los oídos una
tarde que cautelosamente se acercó a las ventanas del salón, cuando ella
estaba en el piano y él de pie mirándola lo mismo que un tenor... ¡Y
decían que esta infeliz, igual a una doncella de servicio, había sido
una mujer hermosa y una grande artista!... ¡Y todos los éxitos de Ojeda
en el buque consistían en haber inspirado tal pasión!... Debía
felicitarlo por su buena suerte. Y para más ironía, Maud hablaba en
francés con acento nasal: «_Mes compliments, mon cher; tous mes
compliments_».
¡Pobre Mina!... Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs.
Power, la había visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl.
Fingía no conocerlos, torcía los ojos, pero se adivinaba en su gesto la
amargura de la decepción. Y cuando Ojeda quedaba solo, ella parecía
ocultarse, huyendo de reanudar sus conversaciones. Si en sus paseos por
la cubierta se encontraban frente a frente, después de breves palabras
Mina pretextaba una ocupación inmediata u obedecía el más leve tirón de
Karl para seguir adelante.
A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la
antigua artista, un mayor cuidado en el adorno de su persona.
--Fíjese, señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies
a cabeza; un traje de piqué, planchado y almidonado; una verdadera
coraza. Está elegante como una institutriz de su tierra... Tiene la cara
menos verde, y deja un reguero de olor barato: habrá comprado polvos y
perfumes en la peluquería del buque... Y todo por usted, grandísimo
conquistador... Hasta lleva zapatos nuevos. No le veo los tacones
gastados de antes.
Y Fernando, en el egoísmo de su deseo, acogía estas burlas con una
satisfacción cobarde. Eran celos nacientes, que iban a servir para que
Maud se mostrase al fin menos esquiva.
Aquella tarde, el humor de ella parecía menos irónico. La voz, algo
velada, sonaba con lentitud melancólica; sus ojos estaban húmedos: le
brillaban las córneas con una acuosidad excesiva, como si fuesen a
derramar lágrimas. De vez en cuando estremecíase con violentos
sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le cosquillease en la
nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrás, y luego se aproximaba
a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompañaba
su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y desperezarse.
Interesábase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no la
había preocupado. Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para
llegar a Río Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al
despertar surgiese en su recuerdo la imagen de alguien que la estaba
esperando.
--¡Faltan más de seis días!--exclamó con desaliento al oír las
explicaciones de Ojeda--. Hoy es domingo, y no llegaremos hasta el
sábado próximo. ¡Qué largo!... Casi una semana para ver a mi John...
Y con cierto sobresalto notó Fernando en sus palabras una gran
sinceridad amorosa, un deseo vehemente de recién casada que vuelve al
lado de su marido después de la primera ausencia.
En las grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios habían
ocupado su pensamiento de mujer práctica y calculadora; después, en
París, se había aturdido con la alegre vida de sus compañeras. Pero
ahora, en el buque, llevando una existencia de inercia, sin
preocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el camarote para
evitarse el trato de las gentes, la imagen del esposo resurgía en ella
con una irresistible novedad, acompañada de estremecimientos largo
tiempo olvidados. Además... ¡el calor ecuatorial! ¡la asfixia que se
apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su pecho,
haciendo zumbar sus oídos, desarrollando ante sus ojos cerrados una
cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueño!...
¡Ah, John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!...
Torció el gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida
en el Océano y una voz monótona de sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!...
Y saludando irónicamente, anunció que iba a retirarse para que pensase a
solas en la próxima entrevista con su esposo.
--No; quédese--ordenó ella--. Tiempo tengo de acordarme de él...
Hablemos... Dígame esas palabras bonitas que usted sabe decir y que
parecen de comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla
de morir si no lo aman.
Después de esto, Ojeda creyó tener a su lado otra mujer, como si se
hubiese roto la coraza de hielo tras la cual se había mantenido hasta
entonces, irónica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa
acabase de surgir algo cálido y vibrante que iba hacia él con la
humildad de la hembra que anhela ser vencida.
Pasó por cerca de ellos la alemana con su niño de la mano. No los miró,
pero la mirada de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de cólera
mortal, que pareció clavarse en su espalda. Fernando recordó que así
miraba la otra; así eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le
inspiraba celos una compañera de hotel.
Los ojos de Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volviéronse hacia
Fernando con una avidez de posesión. Sonreía escuchando las palabras de
su acompañante, su angustiosa súplica, como si pidiese algo
imprescindible para la continuación de la existencia.
--Tal vez mañana... tal vez nunca--dijo ella sonriendo con su coquetería
cruel, que a Ojeda le pareció forzada esta vez, adivinando más allá de
las frías palabras un principio de emoción.
Luego, como si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se
apresuró a separarse de Fernando. No se podía hablar con él: siempre
pidiendo lo mismo. Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en
sus palabras, y había que cortar la conversación.
--A la noche hablaremos, si es usted más juicioso... Por allí viene su
amigo; ya tiene compañía... No ponga usted esa cara tan triste. Tenga
confianza en la suerte... ¡Quién sabe!...
Y se alejó riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba
Maltrana llevando sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo
en un espacio de la cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmóvil,
tembloroso y pálido, gozando con visible deleite del ardor ecuatorial.
--De aquí no paso--dijo--. Si quiere usted algo, acérquese.
Ojeda le obedeció, extrañando el bizarro aspecto que ofrecía con aquella
capa sobre el traje ligero, tembloroso de frío y buscando el calor del
sol cuando todos en el buque sentíanse angustiados por la temperatura
asfixiante.
--¿De dónde viene usted?...
--Del Polo--contestó Maltrana.
Tendía sus manos al sol, volvía el rostro para sentir el calor en ambos
lados, y al fin se despojó del impermeable y lo abandonó en la baranda,
prefiriendo a la tibieza de su envoltura los rayos directos del astro.
--Deje que me caliente un poco. No me mire así. A usted le extrañará
verme con este aspecto de gato friolero, buscando el sol cuando todos
sudan... Pero ¡cuando le digo que vengo del Polo!...
Poco a poco fue Maltrana explicando su misteriosa expedición. Venía de
lo más hondo del buque, de los frigoríficos, donde eran guardados los
víveres. Esto únicamente podía verlo él, que gozaba de buenas amistades.
Para conservar la baja temperatura de dichos almacenes, sólo los abrían
muy de tarde en tarde, y él había aprovechado la oportunidad de la
extracción de comestibles destinados a la fiesta del día siguiente,
bajando a visitarlos con sus amigos de la comisaría.
--¡Lo que viene con nosotros, Ojeda!... ¡Y yo, infeliz, que en otros
tiempos admiraba las tiendas de la calle Mayor en vísperas de
Navidad!... ¡Lo que comemos y bebemos durante el viaje! ¿Sabe usted
cuánta cerveza llevamos con nosotros? Mil doscientos toneles. Eso se
dice con facilidad, pero hay que verlo... ¿Sabe cuánto vino? Doce mil
botellas. También se dice esta cifra con facilidad...
--Pero hay que ver las botellas--interrumpió Ojeda burlonamente.
--Eso es: hay que verlas juntas con los toneles; una enorme bodega; lo
necesario para emborrachar a todo un pueblo... Y resbalando sobre el
Océano vienen con nosotros toneladas y más toneladas de harina, montañas
de cajas de conservas y de extractos; aves, pescados, bueyes, ¡qué se
yo!... Todas las reservas de una ciudad sitiada.
Describía el viaje por las entrañas lóbregas del buque, su descenso al
infierno... de nieve, llevando como virgiliano guía a su amigo don
Carmelo. Escaleras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban;
luces eléctricas veladas y mortecinas bajo el halo irisado de la
humedad; gruesos caños conductores del frío a lo largo de los muros.
Primero habían entrado en almacenes donde la frescura todavía resultaba
tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción egoísta y maligna
pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta de
paseo.
Metíase el frío cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las
ropas, despertando agradables estremecimientos. Los de la comisaría
llevaban gruesos abrigos y capas impermeables. Él reía petulantemente,
orgulloso de afrontar con su trajecito blanco estas temperaturas.
Subían y bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores
bajos de techo, angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos
de un acorazado. En un departamento las verduras y las flores; en otro
las frutas: pirámides de manzanas y naranjas, racimos de plátanos,
regimientos de piñas alineadas en los estantes como soldados barrigudos
acorazados de cobre y con penachos verdes. Un perfume de gran mercado
surgía a bocanadas por las puertas: perfume de flores que agonizan
lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentación por la
catalepsia del frío, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por
la continua inestabilidad del buque.
--Llegamos al fin a los frigoríficos--continuó Maltrana--. Unas puertas
que tienen de grueso casi tanto como de alto, unos dados de acero que
giran ligerísimos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo que las
culatas de los cañones... _Crac_: una vuelta de muñeca y todo queda
justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser abiertas, entra el aire
exterior y se condensa instantáneamente, formando un humo blanco junto a
las lamparillas eléctricas: algo así como si lloviese sal o hielo
molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda... Al principio sólo se siente
frío en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantalón y la
pierna, y a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de
hielo... ¡Y qué «paisajes» se ven en esas profundidades!
Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y
amarillos, con la grasa congelada de su goteo formando estalactitas.
Tenían estas carnes la densidad de las cosas inanimadas: una dureza de
piedra. Daban la sensación a la vista y al tacto de enormes mazas
prehistóricas, con las cuales se podía hendir el cráneo de un elefante.
--La sala del pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y
en el interior de estas masas de cristal turbio están los peces de mil
formas. Parecen harapos petrificados, tan adheridos a su encierro, que
hay que extraerlos a puro hachazo... Las aves, puestas en estantes, las
creería usted de cartón piedra, como las que se exhíben en las cenas de
los teatros. Da uno con los nudillos en la pechuga de un pavo, y suena
lo mismo que un tambor o un cráneo hueco... Y toda esta piedra, este
cartón, cuando sale de su encierro se convierte en algo apreciable.
Porque usted reconocerá, Ojeda, que aquí no comemos del todo mal.
Él, que deseaba con tanto ahínco visitar esta sección del buque, se
había apresurado a huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la
piedad de don Carmelo. Sentía recrudecerse su frío al recordar los
tortuosos corredores con baldosas rayadas que chorreaban líquida humedad
por todas sus ranuras; las puertas de quicio profundo, iguales a
ventanas, por las que había que pasar agachando la cabeza y levantando
mucho los pies; las enormes cañerías blancas conductoras del frío
cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelación, que
brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.
--Mejor se está aquí, Fernando... ¡Bendito sea el calor!... Pero hay que
reconocer la importancia de esa invención, que pone el frío al servicio
del hombre y permite morir congelado lo mismo que en el Polo estando en
pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas españoles que en
estos mares vendían los calzones por un vaso de agua tibia... ¡Y
nosotros que bebemos fresco a todas horas!... Venga más hacia aquí,
Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.
Le molestaba un bote de la última cubierta suspendido sobre sus cabezas,
que repelía el sol o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivén del
buque.
Se acodaron los dos amigos en el balcón de la terraza del fumadero,
viendo a sus pies los emigrantes septentrionales que llenaban la
explanada de popa. Maltrana había estado entre ellos un buen rato antes
de bajar a los frigoríficos.
--Crea usted que se necesita valor para permanecer entre esas gentes. A
pesar de la temperatura, conservan sobre el cuerpo los gabanes de pieles
de carnero, los gorros de astrakán. Todas estas pelambrerías, así como
las barbas, parecen hervir bajo el sol. Y añada usted los desperdicios
de la comida que fermentan; los cuerpos que humean... Dos veces al día,
los marineros inundan la cubierta; pero a pesar del mangueo, al poco
rato esa parte del buque huele a demonios.
Un ardor belicoso se había despertado en los emigrantes de popa,
impulsando a unos contra otros. Los rusos jóvenes, de barbas de oro y
camisas rojas, boxeaban con los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se
veían narices quebradas exhibiendo los remiendos de unas tirillas
puestas en la farmacia. Los más forzudos exhibían con orgullo sus bíceps
adornados con tatuajes azules. Un gigantón paseaba entre los grupos,
devorando con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto de carne
sanguinolenta y cruda, alimento excelente, según él, para conservar la
fuerza.
Todas las tardes bajaba a la enfermería algún luchador con el rostro
entumecido y desfigurado. Ahora, los marineros exentos de servicio
acudían a la explanada de popa, atraídos por el brutal interés de estas
peleas. Ya no gustaban de la sociedad de los «latinos» acampados en la
proa. Encontrábanse desorientados entre los españoles, italianos y
árabes, demasiado gritadores e ininteligibles para ellos. Preferían los
hércules silenciosos, las mujeres pelirrojas, con faldas cortas de
bailarina, botines altos y un pañuelo escarlata en forma de tejadillo
sobre los ojos pobres de cejas.
Maltrana abandonó a su amigo. Sentía la necesidad de relatar el
interesante descenso a los frigoríficos «a sus muchas amistades», o sea
a todos los pasajeros que podían entenderle.
El toque para la comida, que se daba en plena noche al principio del
viaje, con los focos de luz inflamados, sonaba ahora cuando el sol
estaba todavía en el horizonte.
Los que esperaban el mágico espectáculo de su puesta reunidos en la
última toldilla, tenían que renunciar a la diurna apoteosis, corriendo a
los camarotes para vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al
comedor.
Ojeda, al sentarse a su mesa, vio que estaba sin ocupar la inmediata,
que era la de Mrs. Power.
--Hoy no come aquí--dijo Maltrana con su autoridad de hombre bien
enterado de todo lo que ocurría en el buque--. La han invitado sus
compatriotas, esa yanqui fea que canta, y su marido, el de la chaqueta
de _clown_... Aquí se invitan unos a otros, como si la comida fuese
distinta. Una botella extraordinaria de champán es todo el obsequio...
Levántese un poco y la verá.
Incorporándose, columbró Fernando por entre las cabezas de la mesa
inmediata la cabellera rubia cenicienta de Maud.
Isidro preguntó a Munster por el doctor Rubau. Nadie le había visto.
Continuaba metido en su camarote, para solemnizar con este encierro el
doloroso aniversario.
La música sonaba, como todos los días, a las puertas del comedor; la
lista de platos era la ordinaria; el salón no tenía adornos, y sin
embargo las gentes se miraban con aire interrogante. Flotaba en el
ambiente una promesa misteriosa: seguramente iba a ocurrir algo. Y la
presunción de un suceso desconocido alegraba las miradas y provocaba las
sonrisas. Hombres y mujeres parecían haber retrocedido a la infancia en
esta vida de aislamiento y monotonía azul.
A los postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando
un grito de susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad
que despierta un estrépito inesperado. Sonó junto a una ventana del
comedor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplificado por el tubo
de una bocina. A continuación, el tableteo de varios rayos imitados con
choques de latas y las sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el
parche del bombo.
Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a
llegar. Y en el marco de una puerta apareció un espantable y grotesco
personaje, un mascarón negro y rojo. Su avance entre las mesas fue
acompañado de grandes risotadas y movimientos de repulsión de las
señoras, que evitaban su contacto.
Vestía una túnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas
verdes, de la que pendían numerosos pescados crudos y sanguinolentos,
procedentes de la cocina. Otro círculo de algas coronaba su peluca
bermeja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color
ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo, granujiento, una cara de
borracho perseverante y bondadoso como las que se ven en las muestras de
las cervecerías. Apoyábase al andar en un tridente que tenía varias
sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino
unidas en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba
mano a este grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes
exploraba el comedor, como si buscase a alguien.
--¡Capitán!... ¿Dónde está el capitán?--preguntaba con voz ronca.
Despojábase de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas,
y las mujeres chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y
viscosa de estos presentes.
Así avanzó por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los
buenos germanos, que encontraban este espectáculo de una gracia
irresistible. Y su hilaridad ganó a los demás, dispuestos de antemano a
alegrarse con todo lo que alterase la vida uniforme de a bordo.
En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su aparato óptico, dio
con la que ocupaba el comandante del buque, y apoyándose en el tridente,
empezó un discurso en alemán, con voz ruda y autoritaria:
--Yo soy Tritón, y me envía mi señor Neptuno...
Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo las palabras del
mascarón, repitiéndolas traducidas a los vecinos que no podían
entenderlas.
Neptuno, al ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la
línea ecuatorial, entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario
Tritón para que los pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía
le rindiesen pleito homenaje sometiéndose a la ceremonia del bautizo. El
discurso iba acompañado de alusiones al mareo de los viajeros, al
tributo que sus estómagos trastornados rendían al inmenso azul, para
mejor alimento de los peces; y cada chiste que el marinero disfrazado
iba soltando, como una lección aprendida de memoria, lo saludaba el
público con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.
El capitán debía entregar la lista de todos los pasajeros que no habían
sido bautizados. Al día siguiente subiría Neptuno con su corte para la
gran ceremonia, y mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada
del dios iban a quedar en el buque para que ninguno de los neófitos
pudiese huir.
Se llevó el emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo
hizo sonar, e inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes
alemanes de ridícula traza, con el casco abollado y pequeño para sus
cabezas enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable
herrumbroso batiéndoles el flanco. La gente, al verles aparecer, rio
con más espontaneidad que en la entrada de Tritón. Sus caretas de corto
perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos enfurruñados y
una lejana semejanza con Bismarck.
Entregó el capitán a Tritón un sobre sellado que contenía la lista de
los candidatos al bautizo, bebieron juntos una copa de champán, y luego,
seguido de los gendarmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con
acompañamiento de temblor de latas y estrépitos de bombo.
Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Había que ver
la partida del emisario, su vuelta a los dominios oceánicos para dar
cuenta al dios de la comisión realizada.
Amontonóse la gente en las bordas del paseo. El Océano estaba iluminado
con fantásticos reflejos: era blanco, después verde, y al final rojo. De
la cubierta de los botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las
luces de bengala. Las ondulaciones atlánticas tomaban bajo este
resplandor de incendio que rodeaba al buque el aspecto denso del metal
en ebullición. Más allá de esta zona de luz temblorosa, que coloreaba
grotescamente los rostros y hacía palpitar los ojos con desordenadas
vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tranquila, con sus
aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo
límpido, en el que asomaban sonrientes un gran número de astros nuevos
rodando en el misterio.
Sonó en el mar el ruido de un chapuzón, y una luz balanceante comenzó a
apartarse del buque. Era Tritón que se marchaba. Un berrido a proa y a
popa de los emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta,
saludó la fingida retirada del personaje submarino. «¡Adiós, borracho!
¡Expresiones a Neptuno!...» La boya, con su farol, salió del espacio
iluminado por las bengalas. Su luz se hizo cada vez más diminuta,
absorbida por el misterio negruzco del Océano. Parecía huir a impulsos
de oculto motor; escondíase en las largas curvas de las olas y brillaba
luego en las cimas, como una estrella caída, para resbalar de nuevo
hasta el fondo de otro valle. La gente se cansó de seguirla con los
ojos, y fue esparciéndose por el paseo y el jardín de invierno, donde
aguardaba el café humeando en las tazas.
Ojeda entabló conversación con míster Lowe antes de volver a su mesa,
ocupada ya por Maltrana. El atlético mocetón, al despojarse por la noche
de las chaquetas rayadas y gloriosas, no podía menos de adornar la
solapa de su _smoking_ con botones y banderitas de los clubs deportivos.
Al ver a Fernando, rio con expresión maliciosa, mostrando su aguda
dentadura, abundante en áureos rellenos.
--¡Qué señora Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y ¿sabe
lo que ha dicho?... Está enferma la pobre: el calor, la soledad, los
nervios... Le ha preguntado a mi señora si podría prestarle su marido
por un rato. Un favor entre amigas... Parece que no puede esperar más.
Revelaba con su risa la orgullosa satisfacción que le causaba solamente
la posibilidad de que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona
un remedio.
--Es una broma nada más--continuó--. Esa señora es muy graciosa y nada
hipócrita... Pero yo creo, señor, que a quien ella desea es a usted...
Aprovéchese... Hágale ese favor.
Lowe, que no ocultaba el miedo que le infundía su mujer con los
fruncimientos dominadores de su rostro acaballado, tomaba, al verse sólo
con Fernando, el gesto malicioso de un hombre para el cual no guarda el
mundo sorpresa alguna. Daba la buena noticia por compañerismo. Los
hombres se deben entre sí estos informes. Tenía la obligación Ojeda de
atender a una dama... Y hablaba del amor como de un servicio higiénico
indispensable para la vida, y en el que pueden reclamarse las ayudas de
la amistad.
Aquella noche no había nada extraordinario que alterase la vida de a
bordo. El concierto atraía únicamente a los niños y criadas, que antes
de acostarse formaban grupos en torno del círculo de atriles.
Los pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban las fiestas del día
siguiente. Una repentina fraternidad los aproximaba a todos. Veníanse
abajo las últimas diferencias sociales y patrióticas que los habían
mantenido apartados en fracciones indiferentes u hostiles. Se notaba el
deseo de comunicación y mezcolanza que remueve a todo un pueblo en
vísperas de un acontecimiento nacional. Los majestuosos «pingüinos» ya
no formaban grupo aparte y se confundían con «las potencias», que a su
vez habían roto el círculo de su aislamiento hostil.
¡El baile del paso de la línea!... Las niñas hablaban de sus disfraces
traídos previsoramente en los baúles o anunciaban improvisaciones
originales. Las mamás, que hasta entonces se habían saludado con
ceremonia, recordaban enternecidas a las amigas comunes que vivían en
París y creían vagamente haberse visto en un té del Hotel Ritz o en una
recepción-tango en los Campos Elíseos. Una matrona imponente detenía a
Conchita con súbita amabilidad.
--¿Y usted no se disfraza, hija mía?...
¡Con unos ojos tan lindos! ¡Con su aire donoso de españolita!... Y a
impulsos de su repentina ternura, ofrecióse a prestarle una rica
mantilla antigua comprada en Madrid.
Señoras de gesto malhumorado, que se lamentaban de la inmoralidad de sus
compañeros de viaje, deteníanse curiosas ante las ventanas del fumadero.
Aquél era el antro del vicio, el lugar donde las mujeronas de la opereta
fumaban y bebían entre los hombres con los pies en un asiento o sobre el
borde de la mesa... Y bastaba una ligera invitación de los amigos o
parientes entregados a interminables partidas de _poker_, para que todas
ellas se decidiesen a entrar con el mismo aire de encogimiento ruboroso
y audacia pecaminosa que las había acompañado en sus visitas disimuladas
a los _cabarets_ y bailes de Montmartre. ¡Bueno es verlo todo!...
Además, estaban de fiesta, la gran fiesta del viaje.
Ninguna noche se había visto tan lleno el fumadero. Los sirvientes
corrían azorados, no sabiendo adónde acudir entre tantos y tan
contradictorios llamamientos. Sonaban frecuentemente estallidos de
tapones. El champán desbordaba de las copas, corriendo sobre las mesas
en raudales espumosos. Sonreían las señoras reconociendo los encantos de
este lugar vedado, y hasta encontraban cierta distinción exótica a
algunas de aquellas rubias que sólo habían visto de lejos en la cubierta
y ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proximidad parecía añadir un
nuevo placer a su audaz entrada en el fumadero. «El mar es el mar...»
Cuando llegasen a tierra ni se acordarían de tal promiscuidad.
Ojeda ocupaba una mesa con Mrs. Power y el matrimonio Lowe. No sabía con
certeza si era él o su amigo el yanqui el autor de la invitación, pero
ésta había interpretado los deseos de Maud, que pareció transformarse al
tomar asiento en un diván del café.
Bebieron fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mrs. Power tenía los ojos
levemente lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el
asombro de una visión interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de
rubor veteaban sus mejillas. Dilatábase su boca buscando aire, a pesar
de que todas las ventanas estaban abiertas y los ventiladores giraban
vertiginosamente. «¡Qué calor!...» El ansia de frescura la hacía vaciar
la copa que tenía delante, ligeramente empañada por el vino helado.
Sonreía mirando a Fernando con unos ojos acariciadores, que éste creía
ver por vez primera.
--Déme osté una sigarreta.
El matrimonio Lowe acogió con risas admirativas esta muestra de español
de Mrs. Power. Y envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda,
siguió mirándolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda su
voluntad en esta contemplación, sin importarle los comentarios de las
personas cercanas.
Maltrana, que iba de una mesa a otra para charlar con sus «queridos
amigos», aceptando una copa aquí y bebiendo media botella más allá, se
fijó en los ojos de Maud.
--Pero ¡cómo mira esa señora!... ¡Ni que se lo fuese a comer!...
Desde una mesa cercana los espió con cierta envidia. Cerca de media
noche abandonaron sus asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir
al gimnasio, tomar la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo.
Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, y tras ellos
Maltrana.
Junto a una escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su
camarote. Quedaron solos Ojeda y Maud, mirándose frente a frente. Él
sentía cierta indecisión, miedo al «buenas noches» glacial y despectivo
con que ella había cortado otras veces sus palabras ardorosas.
No tuvo necesidad de hablar. Fue ella la que habló, pero sin mover los
labios, con un parpadeo malicioso que transfiguraba su rostro, dándole
el rictus de una hembra prehistórica agitada por la pasión. De sus
labios salió un leve silbido que equivalía a una orden imperiosa; al
mismo tiempo agitó el índice de su diestra como si le llamase.
Maltrana fue tras ellos escalera abajo, avanzando cautelosamente para no
ser visto... Pero no necesitó de grandes precauciones. Los dos caminaban
sin darse cuenta de lo que les rodeaba, sin saber ciertamente adónde
iban, empujada ella por el instinto hacia su vivienda.
Oyó Isidro, oculto en un ángulo del corredor, el ruido de una puerta
abierta rudamente. Avanzó, y antes de que se cerrase aquélla con un
golpe de pie, pudo ver en su fondo luminoso cómo se entrelazaban unos
brazos con la furia concentrada de los luchadores que ansían derribarse,
cómo se juntaban dos cabezas lo mismo que si pretendieran morderse.
El crujido de un cerrojo y la soledad del corredor despertaron de pronto
la cólera de Maltrana. Él quería mucho a Ojeda... pero ¡unos tanto y
otros tan poco! Sintió el tormento de esa rivalidad masculina que
respeta en el amigo los triunfos de la inteligencia y de la riqueza,
los admira y los desea aún mayores, pero se conmueve con sorda envidia
cuando las victorias son de amor.
Al volver Maltrana al fumadero se sintió inquieto en su ambiente
ruidoso. Todavía no era su hora: aún quedaban algunas mesas ocupadas por
gentes respetables. Los amigos jóvenes le habían anunciado que la
verdadera fiesta sería después de media noche. Esta vez se habían
comprometido seriamente algunas damas de la opereta a ser de la partida.
Isidro sentíase de una resolución feroz al pensar en Fernando. Con las
de la opereta o con otras; era lo mismo. El no podía quedar aplastado
por la buena suerte de su compañero. Necesitaba a toda costa olvidar su
humillación, aunque para ello fuese necesario atentar contra el reposo
nocturno de las camareras del buque o las muchachas del taller de
planchado.
Huyó del café, como si odiase a las gentes y tuviese necesidad de
tinieblas y silencio. En la cubierta de los botes ocupó un sillón,
mojado por la humedad.
Este aislamiento lóbrego aplacó sus nervios... Nadie. Los pasajeros
estaban ya en sus camarotes o se mantenían en el paseo dando vueltas por
las inmediaciones del café, como pájaros nocturnos atraídos por un faro.
El silencio era absoluto en esta cima de la montaña flotante. De tarde
en tarde, un toque de campana en el puente, un rugido del serviola, que
contestaba desde el púlpito del trinquete, pasos tenues de marineros
descalzos que se deslizaban lo mismo que espectros entre los botes y
ventiladores de la última cubierta. Sobre el cielo obscuro moteado de
clavitos de luz marcábanse los mástiles y la chimenea como dibujados con
tinta china.
Pasaban las estrellas de un lado a otro de los palos, cual un
chisporroteo de insectos juguetones saltando entre el cordaje. Algunas,
empañadas por el temblor del humo de la chimenea, redoblaban sus
titilaciones. Eran como lentejuelas, medio desprendidas de un manto y
próximas a caer. En la obscuridad del horizonte marcábanse unos fulgores
lejanos, tres pinceladas rojas sobre una línea de puntitos de luz apenas
perceptibles: los fuegos de un trasatlántico que se cruzaba con el
_Goethe_ marchando en opuesta dirección.
Maltrana, con su cabeza en el respaldo del asiento y la mirada en alto,
contemplaba la enorme masa de la chimenea, que cubría una parte del
cielo. Sintió aflojarse la tirantez de sus nervios en el silencio y la
soledad. Le parecía ridículo su orgullo masculino; se avergonzaba de su
envidia. ¡Lo que le importaban a aquella bestia negra que los mantenía
sobre sus lomos de acero todas las miserias y picardías de que la hacían
complice...! ¡Lo que podían interesar al Océano obscuro y replegado en
su misterio, y a los alfilerazos de luz que brillaban a la vez en las
alturas del cielo y en los repliegues del agua, aquellos apetitos y
necesidades del hormiguero instalado en la cáscara flotante!...
Venía a su memoria el recuerdo de los primeros argonautas, compañeros de
Jasón, y con ellos el poema de Apolonio de Rodas, cantor de la fabulosa
aventura del vellocino de oro. El mástil del navío helénico era una
encina colocada por Minerva, y este mástil encantado, alma del buque,
hablaba, dando oráculos salvadores en los momentos de peligro. ¿Por qué
no podía hablar también aquella chimenea gigantesca, que entre los palos
completamente inútiles de la navegación moderna era la representación
del movimiento y la vida, la gran propulsora, como lo había sido el
mástil antiguo sostenedor del velamen?...
Este animal oceánico de férreo caparazón tenía un alma que se escapaba
normalmente por aquella torre con una respiración acompasada, o mugía
con la furia del instinto en las noches de peligro ante el escollo
cercano o la densa niebla. Sus compartimientos interiores parecían
sensibles a la influencia del ambiente, como las mucosas de un organismo
animal. Maltrana creía verle con diverso aspecto en las varias horas del
día: soñoliento y torpe al amanecer; alegre y risueño después de las
abluciones matinales; pesado y cabeceador luego de mediodía, al
adormecerse el Océano bajo el incendio solar; melancólico y rumoroso
como un jardín antiguo a la caída de la tarde, cuando las cubiertas se
teñían de un rojo naranja, prolongándose las sombras de las personas con
la esbeltez de los cipreses; ruidoso y frívolo al cerrar la noche, con
una alegría semejante al hervor del champán, a la sonrisa de unos labios
pintados, a la languidez de unos ojos engrandecidos por el kohol.
Su amigo de la comisaría hablaba del buque como si éste fuese un
organismo viviente y nervioso, sujeto a las influencias exteriores.
Cambiaba de carácter en todos los viajes, según las gentes que llevaba
en sus entrañas. Unas veces eran comisiones diplomáticas o personajes
políticos que iban a gobernar repúblicas, y entonces parecía navegar con
calmosa majestad, entrando solemnemente en los puertos embanderados,
entre cañonazos y vítores. Las gentes se hablaban con frío comedimiento,
mensurando las palabras, no atreviéndose a alzar la voz. Hasta los
grumetes tenían un estiramiento protocolario. Bastaba que Su Excelencia
se apartase a leer en un rincón de la cubierta, para que al momento este
rincón quedase aislado con atadijos de maromas, y junto a ellas un
marinero de guardia con la consigna de que nadie viniese a turbar un
estudio del que dependía tal vez la suerte de varios pueblos. Y lo que
leía Su Excelencia era una novela de folletín.
En ciertos viajes predominaban los comerciantes, y la cubierta de paseo
era durante veinte días igual a un salón de Bolsa. Rodaban millones de
la mañana a la noche, y el buque se movía con el aplomo insolente de un
banquero bien forrado que no teme al destino. Las enormes cantidades,
compuestas puramente de palabras, parecían gravitar realmente en sus
entrañas con peso abrumador. Otras veces abundaban las damas elegantes:
ocupaba el _bridge_ todas las mesas; el aire marino perdía sus sales
bajo una oleada de perfumes caros, y el buque se rejuvenecía con los
trajes vistosos que se arremolinaban en sus cubiertas, las guirnaldas
tendidas en los salones y los polvos de arroz que se llevaba el viento.
Al cabecear sobre el Océano, parecía tomar el gesto trémulo de un viejo
galanteador que habla con sus amigas de trapos y escándalos mundanos.
Introducíanse en algunas travesías entre el rebaño viajero mujeres
hermosas y liberales, pródigas en sus gracias, y la paz monótona del
Atlántico desaparecía instantáneamente. Los hombres corrían ansiosos
tras la carnal limosna; surgían conflictos y peleas, todos se agitaban
como locos, y el trasatlántico, fosco y de mal humor, navegaba con el
funcionamiento de su vida trastornado, los servicios internos en
desorden, deseoso de llegar cuanto antes al final del viaje para sanar
de esta enfermedad.
El buque tenía un alma--Maltrana, soñoliento en un sillón, estaba seguro
de ello--; un alma que hablaba por su chimenea, como la nave _Argos_
hablaba por el mástil; una conciencia que percibía el motivo de sus
acciones, la finalidad de este continuo ir y venir por el Atlántico,
arándolo con su quilla de acero.
No estaba solo en la oceánica inmensidad. Otros iguales a él avanzaban
detrás de su estela con intervalos de centenares de millas, o marchaban
delante con el mismo rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila
semejante emprendía el regreso, moviéndose todos como un rosario de
diligentes hormigas en la infinita llanura atlántica.
Despegábanse diariamente de la tierra europea algunos de estos
monstruos, arañando la profundidad con las invisibles zarpas de sus
hélices, repleto el vientre de carne humana estremecida por los
espejismos de la esperanza. Partían de los muelles escarchados y
brumosos del Báltico; de los puertos ingleses negros de hulla, en cuyo
ambiente grasoso flota un perfume de té y tabaco con opio; de las costas
de Francia oceánica, que oponen sus bancos vivos de mariscos y los
pinares de sus landas a los asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las
bahías de España, copas de tranquilo azul, en las que trenzan sus
aleteos las gaviotas asustadas por el chirrido de una grúa o el mugido
de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, adormecidas bajo el sol;
ciudades blancas con la alba crudeza de la cal o la suavidad
aristocrática del mármol; ciudades que huelen en sus embarcaderos a
hortalizas marchitas y frutos sazonados, y envían hasta los buques, con
el viento de tierra, la respiración nupcial del naranjo, el incienso del
almendro, rasgueos briosos de guitarra ibérica, gozoso repiqueteo de
tamboril provenzal, arpegios lánguidos de mandolina italiana.
Inmóviles en los canales flamencos de aguas negras y burbujeantes, había
descendido hasta sus dormidas cubiertas la melodía cristalina del
carillón perdido en el misterio de la noche. Grandes puentes giratorios
se habían abierto ante ellos, repeliendo las masas de gentío y de
carretones, para darles paso en los ríos navegables de Holanda.
Al verse en alta mar, sus proas, como hocicos inteligentes, husmeaban el
horizonte, adivinando el sendero a través del infinito. En torno de sus
grupas rebullían en jabonosas espumas las olas grises o negras de los
mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas, el inmenso
líquido durmiente bajo la pesadez ecuatorial, el Océano verde con
escamas de oro de las costas brasileñas, las aguas casi dulces de las
costas del Sur, teñidas de rojo por las avenidas de los ríos.
Una vez hablaba a Maltrana, una voz sin vibración, que repercutía en su
cerebro sin haber pasado antes por su oído:
--Y así marchamos a través del misterio azul, en busca de una lejana
tierra de ensueño para nuestro cargamento de miserias y ambiciones. Hace
años, seguíamos todos el mismo rumbo con la tenacidad de un rebaño que
no conoce otro camino. Íbamos al Norte de América, tragadero insaciable
de hombres, olla hirviente de razas, tierra de prodigios absurdos y
opulencias insolentes... Pero ahora, el camino se ha bifurcado:
conocemos nuevos mundos. El rebaño de acero y humo se reparte, y
mientras unos siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al Sur,
llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilusión, en busca de
pueblos nuevos, pueblos de esperanza, pueblos de aurora, cuyos nombres
suenan con el retintín del oro.