Maltrana, seducido por el entusiasmo de sus compañeros, habló también de

los conquistadores. Después de la lucha de siete siglos con los moros,

la empresa de las Indias había sido la más popular, la más española. Las

guerras en Italia, Flandes y Francia, todas las empresas de Europa, eran

negocios de reyes, pleitos hereditarios en los que tomaba parte la

nación por obediencia, sin iniciativa alguna, acompañada muchas veces de

otros pueblos. El tercio castellano era, como la legión romana, un

núcleo de combate rodeado de enjambres de tropas auxiliares. En torno de

los arcabuceros y piqueros españoles de amarillo coleto, marchaban los

espadachines italianos de capa negra y los lansquenetes alemanes con

acuchilladas calzas y pesadas alabardas. Las victorias españolas iban

suscritas muchas veces por generales extranjeros.

--En las Indias no--dijo Maltrana--. En las Indias todo es nuestro: el

soldado, el caudillo y el navegante. Hasta el dinero de las empresas de

descubierta fue dinero popular. Los reyes sólo dieron subsidios para los

primeros viajes. Luego, la iniciativa privada se lanzó a los

descubrimientos por mar y por tierra, y en menos de un siglo dejó

contorneado y explorado medio mundo.

Las modernas sociedades comerciales, las empresas por acciones, habían

hecho su primera aparición en aquella España apenas salida del caos

medieval. Un capitán con vagas noticias de una tierra nueva encontraba

siempre un cura poseedor de ahorros, un escribano ávido, un hidalgo

capaz de vender sus terruños, que se asociaban con él para la aventurera

empresa, facilitando capitales con los que se adquirirían barcos, armas

y víveres. El rey sólo daba su licencia, reservándose a cambio de ésta

el quinto de las ganancias.

Marchaban los soldados a la conquista sin paga alguna. Eran socios

industriales con una participación variable, según si iban a pie o

mantenían caballo, si poseían arcabuz o disponían únicamente de espada y

rodela. Unas veces, al partir la expedición de un gran puerto, se

consignaban las condiciones de la empresa en solemnes capitulaciones

notariales; otras, los héroes que no sabían firmar hacían decir una

misa, y en el momento de la consagración tiraban de sus espadas, y con

la otra mano sobre la hostia, juraban mantenerse fieles a sus pactos y

compromisos. Esto no impedía que al llegar la hora del triunfo los

juramentos se degollasen sacrílegamente por el reparto de unos señoríos

tan grandes como la Península, con montañas que años después habían de

vomitar metales preciosos por las gargantas de sus bocaminas.

Algunas expediciones partían apresuradamente, antes de completar sus

preparativos, por miedo al arrepentimiento de los capitalistas o las

exigencias de los acreedores. Hernán Cortés, en su viaje para la

conquista de Méjico, había tenido que hacerse a la vela apresuradamente,

antes de completar la provisión de víveres, por miedo a un embargo de

los prestamistas.

Los formulismos legales acompañaban a los aventureros en sus lejanas

empresas. El escribano era un personaje importante en toda expedición.

Los Reyes Católicos habían recomendado, al iniciarse los

descubrimientos, que se procediese con dulzura en el trato de los

indígenas. Por esto los primeros navegantes, cada vez que al abordar a

una isla o una costa de tierra firme eran recibidos por los indios con

flechazos y pedradas, antes de tomar la ofensiva llamaban al escribano

real, le pedían testimonio de cómo habían sido acogidos en son de

guerra, viéndose en la imperiosa necesidad de defenderse; y una vez

cumplida esta formalidad papelesca, disparaban las lombardas y

arremetían espada en mano.

Los tres hombres, contemplando el Océano desde la borda de aquel

trasatlántico provisto de las mismas comodidades de un gran hotel,

recordaban las pobres embarcaciones montadas por los héroes del

descubrimiento. Las carabelas, buques ligeros de rápido andar y escaso

calado, que no tenían espacio para la carga ni el pasaje, sólo habían

servido en las primeras navegaciones de exploración. Al poco tiempo de

ser descubiertas las Indias, era la nao la que cruzaba el Atlántico, el

pesado galeón, redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo vientre

podía transportar las gentes, bestias y herramientas necesarias para las

nuevas tierras.

La monotonía abrumadora de estas navegaciones de meses y meses sólo era

alterada por los peligros del Océano y por los que provocaban la

imprevisión y la ignorancia propias de la época. Perdíanse muchos

buques. Las primeras naos del descubrimiento iban montadas sólo por

hombres. Luego, los galeones de la colonización llevaban mujeres y

niños, familias en masa que se trasladaban al Nuevo Mundo, y cuando

creían ver sus costas eran tragadas por la tormenta, bajando para

siempre a las profundidades del mar. Los marinos expertos, amaestrados

en anteriores viajes, no eran suficientes en número para las

expediciones, cada vez más numerosas, a las tierras colonizadas.

Pilotos de los mares de Europa avanzaban a ciegas por el Atlántico,

siguiendo inciertos derroteros en los portulanos recién dibujados.

Cuando se consideraban todavía lejos del punto de llegada, surgía de

pronto la costa ante el morro chato del galeón. Otras veces creían

hallarse junto a las Indias, y una estima más exacta de las leguas

corridas les hacía ver con terror que estaban aún en mitad del camino,

con las provisiones agotadas, y lo que era más horrible, con sólo unos

barriles de agua. Los hombres querían matar, enloquecidos por la sed;

las mujeres, de rodillas, enseñaban a sus pequeñuelos, pidiendo por

caridad unas gotas de líquido.

¡Los dramas ignorados que había presenciado aquel testigo azul mudo e

inmenso! ¡Los naufragios que no habían dejado como rastro ni una

tabla!...

Avanzaba la nao bajo la dirección y la autoridad despótica del piloto,

una especie de brujo que hablaba con los vientos y las olas. El capitán

era el jefe del combate, el hombre de espada, el primero de todos en

presencia de una nave hostil o de una costa abordable; pero en pleno mar

obedecía, lo mismo que los demás, al grave piloto, agorero personaje que

examinaba el color de las aguas, el vuelo de las gaviotas, la intensidad

de los vientos, los tintes del alba y las nubes sangrientas de la puesta

del sol.

Ocupaba un lugar en lo más alto de la popa, llamado «el tabernáculo»,

sentábase en un sillón de brazos semejante al de los antiguos barberos,

y desde él gritaba sus órdenes a los proeles, mozos, grumetes y pajes,

marinería despechugada, medio desnuda y famélica, en antigua relación

con toda clase de parásitos. Al cerrar la noche se apagaban en el buque

fuegos y luces, por miedo al incendio. Quedaban fríos hasta la mañana

siguiente los hornillos de la cocina. No había más resplandor que el de

la lumbre de la bitácora; y al encenderla, el paje de guardia decía,

según costumbre: «Amén y Dios nos dé buenas noches; buen viaje, buen

pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña».

Quedaban dos pajes cerca de la bitácora velando la ampolleta, un reloj

de arena que molía--dejaba pasar--su contenido en media hora. Así medían

el tiempo en la obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradición,

decían los pajes al entrar de guardia:

Bendita la hora en que Dios nació,

Santa María que lo parió,

San Juan que lo bautizó.

La guarda es tomada;

la ampolleta muele,

buen viaje haremos, si Dios quiere.

Cuando acababa de pasar la arena de la ampolleta, o sea cada media hora,

uno de los pajes debía gritar, para que lo oyesen los marineros:

Buena es la que va,

mejor es la que viene;

una es pasada y en dos muele,

más molerá si Dios quiere.

Cuenta y pasa que buen viaje faza.

¡Ah de proa; alerta, buena guardia!

Y los marineros de proa contestaban con un grito o un gruñido para dar a

entender que no dormían.

Tripulantes y pasajeros formaban corrillos en la obscuridad, hablando de

los misterios y leyendas del mar, dando nombres y propiedades mágicas a

los astros que brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media

noche, cuando todos sentían cerrarse sus ojos e iban en busca de las

hamacas y petates, verificábase el relevo de la guardia, entrando de

cuarto los que habían de velar hasta que rompiese el día, y los pajes

gritaban otra vez:

--Al cuarto, al cuarto, señores marineros de buena parte. Al cuarto, al

cuarto en buena hora de la guardia del señor piloto, que ya es hora.

Leva, leva, leva.

El sábado, a la caída de la tarde, era la gran fiesta en el navío.

Rezábase la salve «y otras prosas», como decía Colón en su diario. Se

improvisaba un altar con imágenes y velas encendidas, reuniéndose ante

él tripulantes y pasajeros.

--¿Somos aquí todos?--preguntaba el maestre.

--Dios sea con nosotros--respondía a coro la gente.

Quitábase la caperuza el maestre antes de replicar:

Salve digamos,

que buen viaje hagamos.

Salve diremos,

que buen viaje haremos.

Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados,

hidalgos, damas, sirvientes y niños, entonaban la salve en la tarde

moribunda, mientras el sol teñía de anaranjado las velas y el mar

levantaba con sus choques la pesada cáscara del galeón.

Con la salve y la letanía no terminaban los rezos. Un paje que hacía

funciones de monacillo al lado del maestre recomendaba después con su

voz infantil:

Digamos una Ave María

por el navío y la compañía.

--Sea bien venida--contestaba la multitud.

Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave

compostura.

--Amén, señores, y que Dios nos dé buenas noches.

No todos los navegantes eran piadosos y confiaban su suerte al cielo. En

el primer siglo del descubrimiento, esparcíase entre la gente marinera

la leyenda del piloto Carreño, un argonauta osado y blasfemador, enemigo

de Dios y de los santos. A pesar del ambiente diabólico que rodeaba su

nombre, las tripulaciones lo recordaban con envidia en las grandes

calmas, cuando el galeón permanecía inmóvil semanas enteras en un mar

como un espejo, sin el más leve soplo de brisa.

Este maldito del Océano, que hacía recordar al «Holandés errante» y a

otros pilotos en pecado mortal, había realizado un viaje desde las

Indias a Cádiz en sólo tres días. Pero hay que advertir que la nave iba

tripulada por una legión de demonios disfrazados de marineros, que le

habían ofrecido sus servicios. La travesía se efectuó en un continuo

huracán. Pasajeros y soldados no podían tenerse de pie sobre el buque,

tembloroso por la velocidad y próximo a romperse. El piloto Carreño,

sentado en el tabernáculo, tenía que agarrarse a su cadira de mando para

que el loco movimiento de la nave no lo arrojase al mar.

Los demonios, espíritus traviesos, ejecutaban las maniobras al revés de

las voces náuticas que daba Carreño. Cuando éste ordenaba a la

tripulación, ágil y maligna como una tropa de monos, «Larga escota», los

demonios juguetones aferraban las velas del trinquete y de la mesana. Y

cuando mandaba «Iza», ellos amainaban. Pero los diablos resultan

inocentes siempre que tienen que vérselas con la malicia del hombre: su

destino es ser engañados a la larga por el pecador, y el hábil Carreño,

al comprender la bellaquería de sus revoltosos marineros, ordenó en

adelante todo lo contrario de lo que en realidad quería que ejecutasen.

Así se salvó la nao, y Carreño, en tres días, engañando al demonio, pudo

pasar de un mundo a otro.

La sed era el tormento de los largos viajes interrumpidos por las

calmas. Corrompíase el agua, y los alimentos, salados en demasía,

excitaban en todos el ansia de beber. Las familias emigradoras se

sustentaban con las provisiones que habían hecho antes de embarcar. El

fogón de la nave era llamado «la isla de las ollas» por su gran número,

pues cada grupo cuidaba de la suya. Y cuando llegaba la hora de la

comida, los mismos pajes que acababan de tender para los marineros un

mantel en el suelo, con platos de madera, daban a gritos la señal.

--Tabla, tabla, señor capitán, piloto, maestre y buena compaña. Tabla

puesta, vianda presta. Agua usada para el señor capitán y maestre y

buena compaña. ¡Viva, viva el rey de Castilla por mar y por tierra! Y

quien le diere guerra, que le corten la cabeza. Y quien no dijera amén,

que no le den de beber. Tabla en buena hora, quien no viniere que no

coma.

Y comían los tripulantes al principio de la navegación carne salada de

vaca; luego, huesos sin tuétano vestidos sólo de algunos nervios; los

viernes y vigilias, habas guisadas con agua y sal; y en las fiestas

recias, abadejo, que era plato de gran lujo. Quedaban los más con hambre

pero dábanse por contentos siempre que el paje encargado de la gaveta

del vino pasase con frecuencia ante ellos taza en mano.

Olvidaban los pasajeros todos los martirios y miserias de la navegación

a la vista de las Indias. Abrían las cajas para sacar camisas blancas y

vestidos nuevos; limpiábanse de los menudos compañeros de viaje

repugnantes y molestos, que volvían a refugiarse en las rendijas de las

naos; se ceñían la espada. En cuanto a las pobres damas, macilentas por

el mareo y las privaciones, transfigurábanse al llegar a las nuevas

tierras. Deshacían los cadejos de sus greñas abandonadas, animábanse el

rostro con blanco solimán y roja cochinilla, «saliendo de bajo de

cubierta--según un viajero de entonces--tan bien tocadas, rizadas,

engrifadas y repulgadas, que parecían nietas de las que eran en alta

mar».

La gloria, la riqueza y hasta el gobierno de pueblos estaban al alcance

de todos al otro lado de los mares. Siguiendo los pífanos y atambores de

los tercios y el flamear de las banderas con águilas de doble cabeza, el

pobre hidalgo iba al encuentro de la gloria, pero también de la miseria.

Después de largas campañas en Flandes o en Italia, tenía asegurada una

espera no menos luenga en las antesalas de los palacios, con el memorial

en las rodillas, solicitando una recompensa de criado por los pelotazos

de hierro y los acuchillamientos recibidos en las batallas contra el

turco y el herético. Los altos puestos los acaparaban los cortesanos de

nobleza tradicional, los descendientes de los que habían peleado en la

Península contra el sarraceno.

Embarcándose para las Indias todo era posible. Bastaba fundar un pueblo

para ennoblecerse por este hecho, colocando ante su nombre el honorífico

Don. Mozos de vida airada, acostumbrados a peleas nocturnas con las

rondas de alguaciles y a largas estancias en la cárcel por deudas,

convertíanse al otro lado del Océano en magníficos señores que

destronaban emperadores, colocaban otros en su lugar, o concluían por

sentarse en el trono. Algunos, a la hora en que sus madres, vistiendo

zagalejos de roja bayeta, daban de comer a las gallinas en sus corrales

de Extremadura y Andalucía, se casaban, lo mismo que los caballeros

andantes, con grandes princesas de tez pálida y ojos oblicuos, criaturas

de enigma y ensueño que llevaban sobre la frente la borla multicolor de

la autoridad y en el pecho áureas placas con sagrados jeroglíficos.

Y todos los días, durante un siglo, chirriaban al amanecer las puertas

del caserío vasco, del tapial pardo de Castilla, del casuchín morisco

enjalbegado y oprimido en la calleja andaluza, de la corralada extremeña

envuelta en olor de estiércol cerduno, y los mozos emprendían la marcha,

ligeros de ropa y ágiles de piernas, cantando como los mancebos que

encontraba Don Quijote en sus correrías, con una vieja espada al hombro

a guisa de bordón de peregrino y pendiente de ella el hato de ropa con

toda su fortuna: unas calzas nuevas, los gregüescos, dos camisas, un

rosario, unos naipes gastados, lo más preciso para llegar a virrey o a

marqués de título sonoro y exótico al otro lado del mar. Y de todos los

extremos de la Península, siguiendo rutas convergentes como las varillas

de un abanico, estos alegres romeros de la aventura y la ilusión venían

a unirse con una firme amistad, tal vez por toda la existencia, al pie

de las carabelas y galeones que se balanceaban pesadamente en la

desembocadura del Guadalquivir esperando el lombardazo de partida.

Eran «la segunda hornada» de exploradores, los que habían de contornear

el mundo recién descubierto, a través del naufragio y la muerte.

Embarcábanse años después los de «la tercera hornada», los

conquistadores de reinos y fundadores de ciudades, que, mal avenidos con

la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos sañudamente en una

guerra de banderías estúpida y feroz.

Los reyes vivían vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas

riquezas tan decantadas sólo fueron una realidad algunos años más tarde.

Preocupados con sus guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes

este éxodo y abrían la mano liberalmente a toda demanda de nuevas

conquistas y permisos de navegación.

--Un autor de aquella época--dijo Maltrana--escribió un libro titulado

_Los seis aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el

otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda

entre pleitos, y el otro entra en religión. Y cómo en España no hay más

gente destas seis personas sobredichas..._ Así era: no había más. Éste

era el estado a que podían aspirar los que tenían voluntad y coraje. Las

Indias representaban, según Cervantes, «el refugio y el amparo de todos

los desesperados de España»; y como la desesperación era el estado

natural de los españoles de entonces, de aquí que el libro debió tener

una segunda parte, verídica y lógica, relatando cómo el aventurero de

Indias se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia y

Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, acababan por irse

al Nuevo Mundo; y el preso hacía lo mismo al salir de la cárcel; y el

pleiteante seguía idéntico camino, viéndose sin otra subsistencia que la

sopa boba; y hasta el fraile acababa sus días en un monasterio colonial

adoctrinando vírgenes cobrizas y cuidando los naranjos recién traídos de

la Península...

--En esta fuga hacia las tierras nuevas--dijo Ojeda--, ¿quién podrá

conocer jamás la cifra exacta de los que salieron y no llegaron?

¡Cuántas catástrofes ignoradas!... Algunos autores extranjeros afirman

que en tres siglos le costó a España treinta millones de hombres la

colonización del Nuevo Mundo. Seguramente exageran; pero hay que pensar

que esa magna colonización desde la mitad de los actuales Estados Unidos

al paso de Magallanes la acometió ella sola con sus propios recursos.

Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. ¡La mezcla que

esto supone! ¡El enorme envío de virilidad que fue necesario para

aclarar la sangre india de su cobre nativo!...

Durante el primer siglo de la conquista, embarcábanse los aventureros en

los primeros buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas

recompuestos y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a

dirigir la expedición. Las administraciones de entonces no conocían la

estadística. Además, eran frecuentes los viajes clandestinos, sin

papeles. Nadie se preocupaba de la seguridad de los viajes ajenos: cada

uno que velase por sí mismo. Se confiaba en Dios y no se tenía miedo a

nada.

Una expedición al mando de un viejo capitán de Indias salía de Cádiz

para la isla de las Perlas, en las costas de Venezuela. El día era

bonancible, el mar liso y tranquilo; pero el galeón estaba tan

desencuadernado y podrido, que apenas navegó una hora se fue a pique

instantáneamente a la vista de la ciudad, ahogándose todos sus

tripulantes.

--Esta catástrofe--dilo Maltrana--metió algún ruido, porque entre los

aventureros iba el hijo único de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de

seguir una de las seis carreras de los hidalgos de entonces. Pero

ocurrían con mucha frecuencia estos naufragios por imprevisión o por

audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna... ¡Si este mar pudiese

contarnos todos los dramas ignorados del descubrimiento!

El doctor Zurita asintió gravemente. Mucho le había costado a España su

gran empresa de Ultramar. Tal vez su decadencia provenía de esto.

--Así es--contestó Ojeda--. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras

europeas; pero las naciones que peleaban con nosotros experimentaron

iguales pérdidas, y no por esto decayeron... Otros echan la culpa al

exceso de religiosidad, que nos metió en empresas absurdas. Tal vez sea

esto cierto, pero en parte nada más. Naciones hubo entonces tan

fanáticas como la nuestra, y sin embargo no se vieron en peligro de

muerte... La causa principal de nuestra decadencia, o más bien dicho, de

nuestra anemia, debe buscarse en la colonización de las Indias. Un

organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo

peligroso, lo mortal, es un desangre que dura años, que dura siglos: un

flujo inatajable con el que se escapa la vida...

Fernando describió a la vieja España como una de esas madres prolíficas

en exceso que marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus

hijos, grandotes, robustos, sonrientes con la confianza de la salud.

Sufren todas las enfermedades y no tienen ninguna: su única dolencia

cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de una vida que han ido

repartiendo y malgastando generosamente. Cada hijo se ha llevado un

jirón de su existencia.

--Y figúrense ustedes--continuó Ojeda--lo que representa para España

haber dado a luz cerca de una veintena de cachorros que están al otro

lado del mar viviendo por cuenta propia, unos adelantados y cultos,

otros impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su apellido y

con las ilusiones de la juventud.

Maltrana asintió a estas palabras, pero añadiendo una opinión suya. El

mal de España había sido no descansar hasta la vejez.

--Nuestro país es por su historia algo semejante a una olla que hierve

siglos y siglos sin que nadie la aparte del fuego para que se enfríe su

contenido. Los grandes pueblos de Europa, después del hervor fundente

durante el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus antagonismos,

pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha servido para

solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. España no;

España no conoció el descanso. Durante siete siglos hierve con el

burbujeo de las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se

verifica de cualquier modo la fusión de los diversos ingredientes. Ya

está hecha la mixtura nacional, tal vez de mala manera, pero ya está

hecha. Hay que retirar la vasija del fuego para que se cristalice el

contenido y sea algo más que líquido y vapores.

Pero en este momento crítico, España descubría las Indias y por alianzas

monárquicas se encontraba dueña de media Europa. Y en vez de descansar,

volvía a hervir con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco,

absurdo, el más extraordinario, atrevido e insolente que consigna la

Historia. Una nación relativamente pequeña, mal situada en un extremo

del mundo viejo, y que además pretendía unificarse expulsando a los

españoles hebreos y musulmanes por ser de distinta religión, emprendía

al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de mantener bajo

su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma ni de su

raza.

Y el líquido, hinchado por el fuego, adquiría fantásticas proporciones,

pareciendo mucho más grande de lo que realmente fue; esparcíase en

oleadas fuera de la vasija, para perderse sin utilidad alguna, hasta que

acabó por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al fin,

enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos. Lo mejor se había

escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el mundo en

manchas, en pequeños terrones, sin formar una masa homogénea.

--¡Ay, si hubiésemos descansado a tiempo como otros pueblos!--dijo

Maltrana--. ¡Si hubiese transcurrido un siglo o dos entre la

constitución nacional y nuestras grandes empresas!... Pero estiramos la

pierna más allá de la sábana, que era corta. Nunca se ha visto un

despilfarro de vida y de energías más glorioso e inútil.

El doctor Zurita protestó de esto último.

--Inútil no. En lo que se refiere a las empresas de Europa,

indudablemente... Pero queda la América, todas las repúblicas que hablan

español, y que más allá de sus diferencias de constitución nacional son

iguales por su alma y sus costumbres.

Ojeda asintió. El loco despilfarro de la energía española únicamente

había sido reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repúblicas

del Nuevo Mundo en sus tiempos de diplomático, había apreciado la

grandeza histórica de España mejor que con la lectura de los libros

apologéticos.

En un país americano de clima frío, donde crecían lo mismo que en Europa

el pino y el abeto y las montañas estaban coronadas de nieve, salía al

encuentro del viajero el idioma castellano, y con él las viejas casas de

escudos coloniales en el portón y los entonados señores de solemnes

maneras semejantes a los hidalgos antiguos. Hasta el presidente de la

República llevaba un apellido rancio y sonoro, igual al de los galanes

de capa y espada de las comedias de Calderón. Luego, al saltar a otro

país de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como mares, llanuras

de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos suspendidos entre

cordilleras vecinas a las nubes, volvía a encontrar vestido de blanco,

con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y

ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona

y devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus

torres encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas

en las tardes ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas

ventrudas impregnadas de perfume de naranjo y de jazmín. Y otro

presidente le recibía en audiencia, ostentando un apellido de vieja

cepa, y era idéntico a los demás en su porte caballeresco y sus hazañas

de caudillo voluntarioso y corajudo.

Desde las fronteras de Texas a los hielos de Magallanes, vivía España y

viviría luengos siglos en el doctor sentencioso, trasatlántico,

descendiente de Salamanca y Alcalá; en la dama graciosa y devota que

imita las últimas novedades de la elegancia exterior, pero guarda el

alma de sus abuelas; en el caudillo aventurero que renueva al otro lado

del Océano los romances medievales de la Península; en la irresistible

admiración por el valor y la audacia que sienten hasta los más

ilustrados, colocando el coraje por encima de todas las virtudes

humanas.

Podía un cataclismo continental hundir la Península ibérica bajo las

aguas; y si con esto desaparecía la España nación, no por ello iba a

morir la España pueblo, la España verbo, el alma española. Al otro lado

del mar, en las costas del Atlántico y el Pacífico, o acopladas en las

laderas de los Andes como los nidos de los cóndores, existían miles de

ciudades unificadas por el idioma, las costumbres y un concepto peculiar

del honor. Ochenta millones de seres hablaban el castellano y pensaban

en él. El catolicismo, firme y dominador en unas naciones de América,

débil y transigente en otras, era también una fuerza tradicional que

mantenía viviente el pasado, común a todas ellas.

Los europeos aprendían el español para entenderse con los pueblos

jóvenes de América. El castellano era el tercer idioma mundial gracias a

su difusión en el Nuevo Mundo. España renacía en el verdor y belleza de

sus hijas.

--Y esto es algo--dijo Ojeda--. Nuestro loco despilfarro de otros

tiempos no se ha perdido del todo gracias a América.

Sus amigos asintieron. No, no se había perdido.

--Sólo un país como la Península--continuó Ojeda--, de clima africano y

al mismo tiempo con mesetas de frío glacial, podía dar una raza

preparada para la colonización de un mundo tan grande y diverso. Así

únicamente se comprende que unos mismos hombres llegasen a fundar

ciudades que están a más de dos mil metros de altura, en las que se

respira con dificultad, y ciudades al nivel del mar, bajo el Ecuador, en

un ambiente de infierno. Sólo un pueblo sobrio y de vida dura como el

español podía acometer la empresa de poblar un mundo con el que la gente

aún era más sobria y había poco de comer o no había nada absolutamente.

El peligro para el conquistador no fue la flecha del indio; fueron la

soledad y las inmensas distancias, y sobre todo, fue el hambre.

Zurita intervino, con la precipitación del que oye hablar de algo que

conoce mejor que sus interlocutores.

--De eso puedo decir mucho. Yo he colonizado, ¿sabe, amigo?... Yo he

vivido en el desierto, y allí conocí lo que habían sido los antiguos

españoles y lo mucho que les debemos... Nosotros hemos sido injustos con

ellos. Nos educan mal por patriotismo: nos inculcan mentiras desde la

niñez. Cuando yo iba a la escuela estaban más vivos que ahora los odios

de la lucha por la Independencia, y eso que había pasado más de medio

siglo. España era una madrastra cruel y los españoles unos «gallegos»

brutos, que sólo habían sabido esclavizarnos y explotarnos... Y esto nos

lo enseñaban en idioma español, y además, el maestro y los discípulos

llevábamos todos apellidos españoles. Hablábamos de los «gallegos» como

de un pueblo bárbaro que hubiese conquistado nuestro país cuando ya

estaba constituido y en plena civilización, retrasando su progreso, por

lo cual lo habíamos expulsado gloriosamente después de tres siglos de

tiranía... De hombre continué en la misma ignorancia. Los que nacemos en

una ciudad ya hecha no nos preguntamos cómo se formó y quiénes pusieron

sus cimientos. Cuando deseamos salir de ella, es para irnos a Europa y

rabiar de emulación viendo que hay cosas mejores que las nuestras. Nunca

miramos atrás ni nos preocupan nuestros orígenes.

Hizo una pausa el doctor, como si le molestase un mal recuerdo.

--Yo mismo--añadió--siento cierto remordimiento al pensar en mi abuelo.

¡Pobre señor! Cuando de niño me enfadaba con él, le llamaba «gallego» y

recordaba los grandes hechos de la Independencia, que habían servido,

según mis ideas, para echar a patadas del país a una banda de

extranjeros explotadores... Al viajar por el interior de mi tierra, vi

claro; me di cuenta de los sufrimientos y trabajos de aquellos hombres

que fueron extendiendo por el desierto la civilización de su época. Sólo

los que viven en las ciudades y no salen al campo (al campo inculto que

aún no conoce la mano del hombre) pueden hablar con desprecio de

nuestros remotos ascendientes.

El doctor recordaba su vida de joven, cuando había colonizado tierras

vírgenes recientemente abandonadas por el indio.

--Tuve que sufrir toda clase de privaciones: hasta pasé hambre muchas

veces. Y eso que tenía cerca el ferrocarril, y los ríos podía

remontarlos en buques de vapor en vez de ir a remo, y el trasatlántico

me traía en menos de un mes los encargos de Europa... Entonces me di

cuenta de lo que hicieron los primeros españoles, sin otros medios de

comunicación que la recua o la carreta, teniendo que echar seis u ocho

meses para recorrer distancias que hoy salva el ferrocarril en dos o

tres días. Cuando querían remontar el Paraná, yendo de Buenos Aires a la

Asunción a remo y a vela por las revueltas del río, les costaba este

viaje tres veces más tiempo que para ir a España. Naves de la Península

llegaban muy de tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y a pesar de

tantos obstáculos, nuestros ascendientes fundaron los núcleos de las

ciudades que ahora tenemos, crearon las primeras ganaderías, adaptaron a

nuestro suelo los productos del viejo mundo, lo prepararon todo para que

los europeos que llegasen después no se murieran de hambre... El español

colocó la mesa en América, fabricó los asientos y puso el pan. Ésta es

una imagen que se me ocurre. Después, otros pueblos más adelantados han

traído las salsas refinadas de civilización, los hermosos adornos de

mesa; pero sin el primero, que preparó lo más necesario, no habría

banquete.

--Así es--dijo Maltrana--. Pero el que produce en la vida lo preciso y

vulgar no alcanza nunca la fama del que fabrica lo superfino y

agradable. Nadie sabe quién inventó el pan y quién tejió la primera

tela. Ningún pueblo les ha levantado estatuas. Y crean ustedes que los

inventores del pan, del paño y de la cocción de los alimentos fueron más

grandes y dignos de gloria que los autores de todas las maquinarias de

nuestra época.

--En la formación de los países americanos--insistió Zurita--ocurre lo

que en los grandes edificios que ahora se construyen. Muy pocos ven el

andamiaje interior de acero; ninguno desea conocer el nombre de los que

trabajaron en los profundos cimientos. La admiración es toda para los

adornos y «firuletes» de la fachada... Y quien asentó nuestros cimientos

y levantó la parte sólida de nuestro palacio, fue España. Los otros

pueblos han llegado mucho después, a la hora de los adornos y

balconajes, para dar lo cómodo y lo lindo. Lo más duro, el trabajo

ingrato y peligroso de albañilería, lo hizo «la vieja».

--Y cuanto más quieran ustedes elevar su edificio--dijo Ojeda--, cuanto

más grandioso y solemne lo deseen, más tendrán que bajar en busca de los

cimientos para reforzarlos, so pena de venirse abajo.

--Hay que haber vivido en el desierto--continuó el doctor--para darse

cuenta de lo que trajeron con ellos los conquistadores y los servicios

que prestaron a la civilización. Yo sufrí mucho al crear mis estancias,

y sin embargo, pensaba: «Este caballo que me lleva de un lado a otro lo

trajeron los españoles. Antes de venir ellos, no existía. Estas vacas y

estas ovejas que puedo matar y comer las trajeron ellos también. La

galleta que me llevo a la boca procede del trigo que ellos sembraron los

primeros». Y no podía moverme en mi pobreza sin encontrar que las pocas

comodidades que me rodeaban las debía a los atrevidos españoles que

avanzaron y murieron en el desierto para que un día pudiese yo avanzar a

mi vez. Y me preguntaba: «Pero ¿qué había aquí antes de que ellos

llegasen? ¿Qué comía la gente?...». La gente era escasa, y para comer

solo había maíz, mandioca y carne del huanaco. Esto a juzgar por lo que

yo he visto en mi tierra. Dicen que en el Perú y en Méjico había mayores

medios, porque era más numerosa la gente. Así debió ser, pero me temo

que en los relatos haya mucha exageración de los hombres de pluma,

cuentos maravillosos... lo que ustedes llaman «literatura».

Ojeda, que escuchaba pensativo, habló a su vez.

--Y hay que pensar, doctor, en los esfuerzos que costaría llevar al

Nuevo Mundo cada uno de esos productos destinados a la aclimatación, en

pequeños buques, con la gente hacinada.

Tripulantes y soldados dormían sobre las tablas. Los capitanes y

personajes tenían por toda comodidad una colchoneta arrollada en el

castillo de popa. Las provisiones eran saladas o avinagradas, para

resistir los cambios de temperatura. Las grandes calmas del Océano

hacían escasear con su larga inmovilidad la provisión de agua. Muchos

vendían una a una sus prendas de ropa a cambio de algunos vasos de

líquido terroso y recalentado, y llegaban desnudos al término del viaje.

Y en medio de esta sed rabiosa, había que economizar líquido para dar de

beber al caballo, al toro procreador, a la vaca de vientre, al naranjo

en maceta, al olivo de plantel, a todas las novedades animales y

vegetales que llevaban allá como tesoros, estimados en más que la vida

de los hombres... Y como si no bastasen tantas tribulaciones, habían de

abrirse paso a cañonazos entre los buques enemigos, ingleses, holandeses

o franceses, que, según las variaciones de la política española, les

salían al encuentro para impedir sus viajes.

--España--terminó Ojeda--dio a América todo lo que tenía, lo bueno y lo

malo.

--Y no dio más porque no tenía más--dijo Zurita--. Los otros países no

creo yo que tuviesen más que dar en aquellos tiempos... Pero nosotros,

legítimos descendientes de los españoles, hemos heredado de ellos la

mala lengua, la tendencia a hablar contra España y hacerla responsable

de todo.

--Ahí tenemos al amigo Pérez--dijo riendo Maltrana, ese buen mozo subido

de color que admira a Inglaterra hasta en sueños. Ése hace responsable a

la madre patria de todo lo de América: de la sequedad o del exceso de

lluvias, de la pereza de los indios, hasta de la escasez de

ferrocarriles.

--La mala lengua heredada, es cierto--dijo Ojeda--. El individualismo

orgulloso del español, que se cree defraudado por ser de su país y habla

contra él a todas horas, convencido de que al nacer en otra tierra

hubiese sido mucho más grande.

--Una injusticia--dijo Zurita--es también hablar tanto de la crueldad de

los españoles con el indio. ¿Cómo civilizar una tierra sin barrer antes

la gente que la ocupa si es que se opone a esa civilización?... En la

antigua América española, los pueblos más adelantados son ahora aquellos

que tienen menos indios. En los Estados Unidos quedan tan pocos, que los

enseñan en los circos como una curiosidad. En mi país sólo se

encuentran en las fronteras del Norte, y cada vez son menos. Chile ya no

guarda más que una muestra de los antiguos araucanos.

--Es curioso--dijo Maltrana volviendo a sonreír--. Casi todas las

repúblicas americanas, en su odio a España, han cantado al indio

primitivo, que hizo frente a los conquistadores, pintándolo como un

héroe poseedor de todas las virtudes. Pero muchas de esas repúblicas,

después de su independencia, se han dedicado a matar al indio, a

suprimirlo con una crueldad más fría y razonada que la de los virreyes y

gobernadores, a organizar el exterminio metódico y el reparto de los

niños, para que no quedase ni simiente... Nietos de gallegos y

vascongados han cantado los intentos de rebelión de los indios contra la

metrópoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la Independencia,

cuando no fueron más que revueltas de razas, sublevaciones de color. En

el caso de triunfar los indios, lo primero que hubieran hecho es dar

muerte a los criollos blancos, abuelos o padres de los caudillos de la

emancipación americana.

--Yo no soy de ésos--protestó el doctor--. Yo creo que el principal

defecto de la colonización española fue su empeño en transformar al

indio, en hacerlo cristiano: empresa difícil y de escasos resultados.

Vean el ejemplo de las grandes naciones modernas: cuando les estorba su

paso un pueblo refractario, lo suprimen... Inglaterra, con su virtud

protestante y su lagrimeo bíblico, ha borrado del planeta razas enteras.

España no pudo hacerlo. Tenía que poblar un hemisferio, le faltaba gente

para tanta extensión, y hubo de transigir con los naturales. Además, hay

que tener en cuenta el espíritu devoto y la perniciosa facilidad del

español para engancharse con la primera india que le salía al paso y

constituir con ella santa familia cargada de hijos. Los pueblos

modernos, cuando conquistan un país, envían remesas de mujeres blancas

para que los colonizadores no malgasten la semilla nacional en

mestizamientos. Y si a pesar de esto surge el mestizo, no lo reconocen.

--El conquistador--dijo Maltrana--, aconsejado por el sacerdote, creyó

vivir en pecado mortal si no se casaba con la madre de sus hijos, y a

veces la manceba india, por obra de las hazañas de su marido, llegaba a

ser doña Inés, doña Luz o doña Violante con escudo nobiliario y

gobernación de tierras.

--En los Estados Unidos--dijo Ojeda--, la gente europea se mantuvo en su

pureza blanca, y por eso llegó adonde ha llegado. Cada uno, al emigrar,

se llevaba su mujer, y los casamientos se hacían siempre dentro de la

raza. Pero aquella tierra está, como quien dice, a las puertas de su

antigua metrópoli, los viajes eran más rápidos, más frecuentes, y mayor

el trasplante de personas. Además, vivieron mucho tiempo concentrados en

las costas, dejando el resto del país a los salvajes, avanzando

lentamente, con paso seguro, hasta que, casi en nuestra época, de un

solo golpe se desbordaron por la enorme extensión, decididos a acabar

con el indio, refractario a la cultura; y el indio acabó... España,

desde el primer momento quiso verlo todo, explorarlo todo. Sus primeros

descubridores estuvieron en sitios a los que luego no ha vuelto ninguna

persona civilizada. Y este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y

curiosas tuvo como consecuencia, en muchos lugares, que en vez de

hacerse el indio español, fue el español el que se hizo indio, sumándose

por el amor y las relaciones de familia a la raza que intentaba dominar.

--Así les va a los pueblos de tal origen--dijo sonriendo el doctor--.

Yo, mis amigos, tengo opiniones muy personales en lo que se refiere a

los países de América. Soy americano, pero no indio. Cuando veo una

nación donde la gente es blanca en su mayoría, me digo: «Éstos

trabajarán en paz, y seguramente irán lejos.» Cuando veo por todas

partes caras cobrizas y pelos de cerda, tuerzo el gesto: «Mal; éstos

sólo pueden dar de sí enredos, politiqueos, una vanidad ridícula,

revoluciones para ocupar el Poder, bailes, músicas y versos... muchos

versos...».

Los dos amigos rieron al oír las últimas palabras del doctor.

--Yo he trabajado en el campo--continuó éste--, y sé por experiencia que

sólo puede emprenderse un negocio con trabajadores de raza blanca o con

emigrantes de Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y tienen

un concepto exacto de los deberes de la vida. ¡Lo que me han hecho

sufrir indios y mestizos!... Trabajan de un modo loco cuando les acosa

el hambre, pero apenas cobran una semana, desaparecen para ir a

emborracharse y le dejan a usted plantado. ¡Cómo llevar adelante una

empresa con tales auxiliares!... Más de una vez he envidiado a los

conquistadores, que, con arreglo a las costumbres de su época, podían

dirigir palo en mano a unas gentes incapaces de un trabajo serio y

continuo. Sólo el que ha colonizado puede comprender la conducta de

aquellos españoles. Tuvieron que implantar la civilización de su época

sin otra ayuda que la de unos niños grandes que únicamente se mueven a

impulsos del temor. Los doctores, que viven en las ciudades y todo lo

han encontrado hecho (sin saber ciertamente cómo se hizo), pueden

permitirse sensiblerías y declamaciones.

Hablaron después de esto de los «grandes crímenes» de los

conquistadores.

--Eran gente dura, violenta--dijo Ojeda--, y hasta entre ellos mismos

dirimían con sangre sus cuestiones. Pero no eran mejores ni peores que

los hombres de espada que en los mismos años hacían la guerra en Europa.

¡Es curiosa la injusticia del mundo con los conquistadores de

América!... Algunos los describen como monstruos excepcionales de

maldad, algo de que no hay ejemplo en la Historia; y un siglo después

que ellos realizasen su conquista, se desarrollaban en el corazón de

Europa la guerra de los Treinta Años y otras guerras de religión, con

degüellos en masa de pacíficos campesinos y quemas de pueblos enteros

con todos sus habitantes...

--Igualmente son ridículas--dijo Maltrana--las lamentaciones por el

trabajo de los indios en las minas. Cualquiera creerá que sólo

trabajaban ellos. El indio servía para el arrastre de los minerales,

como hoy mismo sirven los hombres libres en las minas que carecen de

maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros españoles, mineros

enviados de la Península, que sufrían tanto o más que ellos... Siempre

tendrá la humanidad que realizar, para vivir, pesados trabajos,

abrumadoras funciones. Hoy, después de tanta civilización, centenares de

miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa

sensiblería que se calla cuando la víctima es uno de su raza y sólo se

enternece cuando el que pena es de otro color... Como España estuvo

gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dejó resentidos por su

dominio a muchos pueblos, no ha habido mentira ni exageración que la

venganza haya dejado de lanzar después contra ella.

--Gran cantidad de las patrañas que circulan sobre nuestras

colonias--dijo Ojeda--son obra de un editor. Los libreros tuvieron gran

influencia en la historia de América. Su mismo título (con menosprecio

de Colón) se lo dio un librero de la frontera francesa, el editor de las

cartas de Américo Vespucio. Y muchas de las mentiras que circulan con un

carácter tradicional contra los españoles coloniales las inventó un

librero flamenco.

Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo

publicando libros y estampas para alimentar en Europa la curiosidad por

los sucesos de las Indias y el odio a España, dominadora del viejo mundo

en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patriótica desacreditando

por todos los medios a los españoles les que gobernaban su país. Pero

esta obra apasionada fue indigna de la credulidad que le dispensó la

ignorancia general. Las afirmaciones del editor Bry, que jamás estuvo

en las Indias, que imprimió todo cuanto le ofrecían siempre que fuese

contra España, y vivió un siglo después del descubrimiento, se aceptaron

con el mismo respeto que si fuesen documentos de testigos presenciales.

Inventó retratos de Colón, e inventó igualmente ridículas historias

sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de los españoles.

--El librero Bry--continuó Ojeda--fue el autor de ese cuento soso e

imbécil sobre «el huevo de Colón»... ¡La suerte de ciertas tonterías!

Muy pocos conocen lo que fue el descubrimiento ni tienen una idea

aproximada de Colón; pero todos saben la perogrullada del huevo, fábula

insulsa digna de un ingenio flamenco.

--Cierto es--dijo Maltrana--que una buena parte de lo que se ha

propalado contra los españoles de América se inventó en Europa por

gentes que nunca estuvieron allá. Algunos autores americanos del siglo

XVIII protestaron de la exageración de esas invenciones, pero su voz no

tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, los revolucionarios

americanos adoptaron como suyas muchas de las afirmaciones europeas,

aceptándolas a ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y aún

colean los tales embustes en la enseñanza que se da en las escuelas del

Nuevo Mundo.

--Al empezar la decadencia de nuestra patria--añadió Fernando--, de

Italia, de Flandes, de Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia,

países que tenían mucho que vengar, pues durante siglo y medio les había

molestado enormemente la preponderancia española, llovieron volúmenes

hablando de las grandes crueldades sufridas por los indios. Rousseau

puso de moda el hombre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los

indígenas americanos fueron el tipo perfecto de la víctima aprisionada y

desfigurada por la civilización. Abates folicularios, para halagar al

público, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que sólo

habían visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.

--El barón de Humboldt--interrumpió Maltrana--, el único extranjero de

capacidad que vio de cerca la América de entonces viajando por casi toda

ella, decía que los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y

formulista, pero a la vez tolerante y floja, bien podían ser envidiados

por los campesinos de Europa, que vivían con mayor miseria, y

especialmente por los campesinos de Francia antes de la Revolución...

Muchos de los crímenes coloniales, que fueron a la misma hora crímenes

de todo el resto del mundo... ¡literatura, pura literatura!

--No lo tome usted a broma--dijo Ojeda--. La literatura entró por mucho

en eso. Cuando se inició en América el movimiento de emancipación,

Chateaubriand reinaba sobre el mundo y _Atala_ era el libro sublime.

«¡Triste Chactas!», cantaban con voz llorosa acompañadas de arpa o de

guitarra todas las damas de ambos hemisferios. Y el indio de moda,

interesante, gallardo y filosofador, era para los revolucionarios un

argumento más contra la tiranía española.

--Y lo gracioso fue--dijo Maltrana--que el indio, en casi todos los

países de América, en vez de irse con la revolución, que lo compadecía y

ensalzaba, se mantuvo aparte de ella o defendió hasta el último momento

al rey, formando en los ejércitos monárquicos, donde por cada soldado

peninsular había cuarenta o cincuenta de color. Y terminada la

revolución, al verse vencedores los enemigos de la tiranía, se dieron

buena prisa en acabar con el «triste Chactas», pasándolo a cuchillo en

muchos países de nuestra América, quemando sus tolderías, repartiéndose

a sus hijos, o mezclándolo en las luchas civiles para que fuese carne de

cañón.

Otra vez volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse

su éxodo, el pueblo español estaba en el apogeo de su vigor. Siete

siglos de pelea continua con el moro habían virilizado sus costumbres.

Hombres de guerra jugaban a detener una muela de molino en plena

rotación. Otro, con una cortesía de gigante, arrancaba en una iglesia la

pila de agua bendita para que mojase con más comodidad sus dedos una

dama de baja estatura. Todo español era soldado. Las continuas

algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los reinos musulmanes

y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas

prontas. Una operación agrícola costaba muchas veces una batalla. El

árabe le enseñó a cabalgar en corceles indómitos; la tradición del país,

que databa de los auxiliares de Aníbal, hacía de él un peón infatigable.

La lucha de guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le

preparó para buscar en las selvas de América al enemigo escurridizo,

invisible y de golpe certero.

Semejantes a los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra

que en el mar, los aventureros de la conquista fueron a la vez

navegantes, jinetes incansables en las pampas inmensas y duros andarines

de las selvas vírgenes, sufriendo los rasguños de la espinosa

vegetación, el acecho de los indios, la acometida de las fieras los

tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en Méjico

acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros,

abandonando la vida regalada a orillas del Pacífico, lanzáronse a través

de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos como mares, para

salir al Atlántico por las bocas del Amazonas. El pie incansable valía

tanto en ellos como la mano férrea y el ojo de pájaro de presa.

El hambre, un hambre que sólo podía sufrir el español, habituado a las

sobriedades de su raza, le acompañó en sus exploraciones por las peladas

altiplanicies de los Andes y las llanuras pantanosas sin término.

Aventurábase en desiertos de los que parecía haber huido toda vida

animal. El cielo de triste azul relampagueaba y temblaba cargado de

electricidad, sin soltar una lágrima de lluvia; el suelo de bronce no

permitía que la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales; la

llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil para no internarse

en esta desolación, glacial unas veces, tórrida otras. Ni una planta ni

una bestia se encontraban en las soledades de leguas y leguas... Y por

allí pasó el hombre, por allí caminó sin guía el aventurero español, a

impulsos de su heroica ignorancia, que le hacía marchar en línea recta,

siguiendo el revoloteo ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las

montañas de oro.

Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas escolásticas o mozos

de labranza que, deslumbrados por el mágico esplendor de las Indias, se

improvisaban guerreros en las tierras nuevas. Los más eran combatientes

de las guerras de Europa, segundones de ilustres casas, hidalgos pobres

que habían hecho su aprendizaje en los tercios de Italia y de Flandes y

asistido al saco de Roma: soldados orgullosos de sus hazañas y un tanto

indisciplinados, que consideraban a sus jefes como iguales. Cada uno de

ellos era capaz de tomar el mando, y en momentos difíciles, obrando por

cuenta propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtenía la

victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al miedo del

capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente. Los

generales llamaban en España a sus gentes «señores soldados». El duque

de Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a

los guerreros de sus tercios «Muy altos y poderosos hijos», ponderando

«el gran amor y afición que les tenía».

Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que

paseaban su arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona,

sus harapos como una gloria, surgían Ercilla, Cerotes, Calderón y tantos

otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la pobreza, condenados

desde mozos a ver sus hazañas mal recompensadas y sin otro porvenir que

una vejez de mendicidad, podía sin embargo el más humilde de ellos, si

le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse en señor de luengas

tierras y virrey de un Imperio.

--La literatura--dijo Ojeda--influyó mucho más de lo que creen en la

empresa de la conquista. Los años que siguieron al descubrimiento fueron

de gran difusión para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo,

hasta que Cervantes escribió su famosa obra.

En 1492 se imprimían por primera vez los libros de caballerías; Nebrija

publicaba la primera gramática castellana; se representaban en corrales

y atrios de conventos las primeras farsas; caía Granada y se embarcaba

Colón. Todo en un año: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad

nacional, el nacimiento del teatro, la formación y reglamentación

definitivas del lenguaje y la popularidad, por medio de la imprenta, de

los libros de caballerías, que en costosos infolios caligráficos sólo

habían servido hasta entonces de recreo a opulentos magnates como don

Alvaro de Luna... El hidalgo pobre, el mozo camorrista, el viandante

aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco

Amadís y gritaron de entusiasmo con las hazañas de Palmerín y Tirante el

Blanco.

--Las almas sensibles y creyentes--continuó Fernando--paladearon las

gestas del místico guerrero Perceval y los amores del caballero Tristán

de Leonis con la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte

de los trovadores medievales, que en nuestros días ha remozado Wagner

como argumentos de sus poemas... Las veladas en ventas y mesones

discurrían ligeras en torno del candilón, que trazaba un círculo rojo

sobre las páginas de la maravillosa historia impresa. Un estudiante de

clérigo o un bachiller leía en alta voz, rodeado de un círculo de caras

cetrinas, con el ceño fruncido y la boca palpitante de emoción... Uno de

los venteros del _Don Quijote_ declara como la mejor joya de su casa los

viejos libros de caballerías olvidados por un caminante.

Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando

toda significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y

auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas

batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas

de inmensos ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento

de terribles encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban

con emulación y envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión.

Pero... ¿adónde ir?... ¿Cómo empezar?».

Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes,

el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o

los peleadores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado

de corte en corte sin mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del

mundo caían las ínsulas y tierras de encantamiento para los hombres

ansiosos de maravillosas aventuras?...

Y mientras toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y

una mano en la cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los

argonautas al otro lado del Océano. Detrás de las islas de recientes

desengaños extendía la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los

que volvían de allá, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de

ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazón a los

enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con

sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los

ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes

bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas

ínsulas no eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un

paladín podía crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud

corrió a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y

Cádiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los

«navegantes de tierra firme», más dolorosa y más heroica que la de los

navegantes del mar.

En las selvas de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios

y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente

no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar

sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pedía para las suyas

este remedio encantado de los conquistadores. Árboles misteriosos daban

la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugerían dulces

sueños de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin más guía que el

indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradición confusa, iban de

la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en

busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de delicias y harturas, del

Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares», áurea metrópoli

que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de

los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor. Pedro

de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda,

temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un

combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle

los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto.

Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se había

convertido en águila para cegar al conquistador.

Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una

visión ordinaria de la realidad les habría impulsado a retroceder o a

tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora,

coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de

desfallecimiento.

Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las

entrañas roídas por el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la

esperanza, como un relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer

la próxima altura verían entre las nieves un valle frondoso con palacios

chapados de oro. ¿Por qué no?... Visiones más portentosas habían salido

al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del

cinturón para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este

modo el estómago hambriento y seguían adelante con el mosquete al

hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.

El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los

profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados

por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las mañanas,

luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en montones de polvo de

oro, cubriéndose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante,

avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundiéndose en el

légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipopótamos de

acero en un fango de siglos.

Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían

sobre troncos caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la

vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trípode de

ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acuática o el lagarto

mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala

alimentación y las calenturas hacían de ellos feroces espectros

enfundados en mortajas de hierro.

La desgracia y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin

misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de

defenderse de la hondonada invisible, de la mandíbula del saurio y el

colmillo del reptil: el guía, el indio que marchaba a su lado, era un

enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de

su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más descuidado caminaba el

hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los

indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y

juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes,

contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.

Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el

hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta

miseria una preparación necesaria para obtener la gloria y la riqueza.

Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de

encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de

montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su hija más hermosa y

con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les cortase el

paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se

encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su

patrón el señor Santiago.

--Tal era la influencia del libro de caballerías--continuó Ojeda--, que

el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y

lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu

caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la

justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos

en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias

corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de

«conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de

la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.

El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del

indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba

un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes,

ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la

familia.

--Así fue--dijo Maltrana--. En todas las historias de la conquista se

habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas

procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años

viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un

combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel

en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir

familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de

Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado,

corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco

y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado.

Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas

le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no!

¿Y la familia?...» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con

ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la

nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar

todo lo viviente.

Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena.

Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales,

la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las

armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al

conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los

viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa,

fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la _Milicia

Indiana_, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el

«albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena

noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras

por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto

acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el

casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.

--El indio vino al fin a él--interrumpió Zurita sonriendo--, pero él

hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de

este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy

conocemos.

Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían

Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había

tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba

el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez--se

dijo mentalmente--porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya,

héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico...»

Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras

precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar

con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre--implora sollozando

la walkyria--, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como

débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se

apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal,

de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre

he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu

palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de

corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y

hacerme suya.»

Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos,

guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más

insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte

podía despertarla... Y al oír los pasos férreos del conquistador, los

ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos

vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.

Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del

guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores

por un tintineo de armas.

Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el

obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje... Su

firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los

océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se

repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques

obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las

huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.

Los argonautas · 第 11 / 18 题