VII

--Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en

nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros... El Maestro

habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación... Afina

nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de

la existencia.

Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas

palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando,

de pie junto a ella.

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un

toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo

el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.

Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos

pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la

siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo

encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían tendidos en los

sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas,

esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo

sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un

trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes,

cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.

Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el

del roce de sus espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos

sobre la madera hacía entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse

apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los niños en la

cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con

extraordinario eco, recordando el vocerío de la chiquillería en la plaza

blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.

Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo una

tendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos

por una elaboración pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las

voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea

asimilatoria. Era el momento--según Maltrana--de la gran pureza. Los que

en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con miradas

invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las

cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la

brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que

despiertan, quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con

la inconsciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las

espirales de humo del cigarro.

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los

murmuradores, permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin

conocerse, volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una

palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la

digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el amor a segundo término

durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones

anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo a

verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del

camarote removida por el aleteo del ventilador.

Y fue en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina

Eichelberger. Habían cruzado la palabra por vez primera en la tarde

anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. Aún no hacía

veinticuatro horas que se conocían, y Fernando la hablaba con absoluta

confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un

largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas las

angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una

jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible

moverse sin tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.

Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron

las montañas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el

horizonte, los dos se hablaban ya con rápida confianza y sus manos

sentían un estremecimiento simpático al encontrarse entre las hojas de

las partituras. Veíanse solos en el salón, olvidados de la gente, que

había afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz,

súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás de

ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se

avergonzaba tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin

ningún adorno de tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el

piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la música, de los

célebres maestros, del gran mago, del nigromante--nombres que Ojeda daba

a Wagner--, insistiendo en estos tópicos que habían servido de pretexto

para iniciar su conocimiento.

Las primeras palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin,

como si buscase ella mayor desahogo para su expresión, habló en

italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una época cercana

en la cronología de su existencia, pero remota, muy remota, en sus

recuerdos. Era la época de su gloria, durante la cual había cantado

fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de los maestros

alemanes.

El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en

conversación con este desconocido, había olvidado el libro de estampas,

marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos,

asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y

de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeños que no

toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemán formulando una

petición, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su

presencia.

Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio

blancuzco, pero distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin

que ojos descendiesen hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza

varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin

saber por qué. Fijábanse sus pupilas en las pupilas de él resueltamente,

como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto

arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y vergüenza, y giraba la

cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del

libro de música.

Él hablaba mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e

internos que a lo que decía con su boca. La examinaba audazmente,

detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio

exacto. ¿Era fea?... ¿Era hermosa, con una belleza exangüe de flor

marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados

borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume

sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones viejos y

polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de

ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces

débiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con

roce aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el

cristal, denunciando un pasado de gloria...

Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando

permanecía en reposo, pero que a la menor contracción marcaba la tirante

madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las

clavículas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorbía

la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus mejillas dos

tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes graciosos

hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que

suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta

consunción era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del

organismo y olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible

respeto, lo más prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos

sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasón de mármol en

una fachada ruinosa; las caderas de robustez germánica firmes e

inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso del armazón que la

carne del revestimiento.

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando

dolorosos vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era

indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la

boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse a un tiempo con la

sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmática como las que pintaba

Leonardo. La decadencia física se había detenido piadosa ante la bella

expresión de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en

creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una

luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el

moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas

parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma

llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía

ciertamente si era su olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra

vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto,

que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y

polillas.

Por la noche había vuelto a hablar con ella largamente. En las

inmediaciones del fumadero, Mina lo presentó a su esposo, aprovechando

una rápida salida de éste, que iba a su camarote en busca de tabaco,

abandonando a los compañeros y las altas columnas de redondeles de

fieltro que denunciaban los _bocks_ consumidos.

El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar

la mano de tan gran poeta. No había leído un solo verso de Fernando,

pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros días de

navegación, cuando todos desean saber quién es el vecino, Maltrana había

hablado del talento poético de su compañero, y esto bastó para que lo

designasen por antonomasia con el título de «el poeta». Algunos

alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y

jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le

llamaban «el gran poeta»... «un poeta colosal», con méritos tanto más

grandes cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua

desconocida.

Ojeda experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación

que ante su esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su

ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo

en su persona era de un hombre superior al medio en que vivía

actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de

antiguo germano, con los extremos caídos; se echaba atrás, con aire de

inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas.

Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente inflamadas, los

manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en

presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el pasado

como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida

fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga

conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó

igualmente que el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma

cortés tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de

sus pensamientos.

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta,

teniendo entre los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse

con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la

madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la

caricia de sus manos en la flácida cabellera. El sueño acabó por

rendirle, y Mina lo llevó a su camarote, despidiéndose de Fernando con

visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvió a subir, como si

tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una

mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo asiento, cual

si prolongase mudamente la entrevista anterior.

Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad,

sin prestar atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno

de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que

parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta

entonces nadie había visto juntas. Una tos seca y persistente hizo

volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas

suyos que pasaba por delante de él fingiendo no verle.

A la mañana siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la

cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando

de la mano a Karl. El pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia

él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa

marinera. Este vínculo de aproximación hizo que los dos se abordasen

sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversación de la noche

anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había encaramado por

una de las escaleras que conducían a la última cubierta, atraído por la

gritería de los niños en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes

en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue tras ella peldaños

arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.

«Aún no hace veinticuatro horas que nos conocemos--pensaba Fernando--.

¡Los milagros del encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses

para llegar a esta intimidad.»

Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje

con motivo de las próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía

a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces había

llevado, tímida y orgullosa a la vez. La noche anterior se había

acercado Isidro a él cuando estaba hablando con Mina. Debía recordarle

que era uno de los presidentes del comité organizador de las fiestas, y

los señores de la comisión reclamaban su presencia antes de terminar el

programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el inoportuno llamamiento.

Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la majestad de su

importante cargo.

A la mañana siguiente le buscaron los señores de la comisión.

Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta

en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artística

iban a mostrarla, para el gozo estético de sus compañeros de viaje.

Sonaba el piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos

entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número». Otros pianos

no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos

de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran lujo.

Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones

napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo!

¡qué atrevimiento!...». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un

tribunal de padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con

un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que

empezaba a diseñarse la seda de un leve bozo, contorsionando con

reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras

procreadoras.

Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que

recitase algunas de sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía

decir bien dos versos seguidos; además, una gran parte de los oyentes no

entendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista italiano o al

abate de las barbas, que hacían el viaje para divertir al público. Él se

había embarcado con otros propósitos... Por cortesía, los invitantes se

dirigieron también a Mina, recordando que la habían visto sentada al

piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó ruborizada, alegando

que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su

intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que venían en

el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca de

una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña

modestia.

Su trato con Fernando infundía una nueva animación en su existencia.

Parecía resquebrajarse después de cada entrevista el aislamiento en que

había vivido hasta entonces, como en un caparazón erizado de púas. Y en

este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con mayor interés. Iba

revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si

temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizábase con la evocación

de ciertos infortunios que había deseado olvidar, para mantenerse de

este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni recuerdos.

¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro

Eichelberger, cuando la aplaudían en los teatros de Alemania y

aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las

escenas de Europa y América!... Diez y nueve años; su voz no era

portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria para cantar su parte

sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque

sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta, creador de

héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta

adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de

artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera

personalidad era la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz

de las baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamentos por la

música misteriosa que surgía del abismo orquestal. El pecho encerrado en

los mamilares de la coraza de escamas, el metálico casquete rematado por

dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpúreo

siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso de virgen

fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los

viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran

un ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos

recuerdos.

El poder demoníaco de la música la había poseído por entero,

transportándola a las regiones de una vida superior. La grosera

realidad, cortina engañadora que oculta a nuestros ojos la suprema

belleza para que nos resignemos a la penumbra de una existencia práctica

y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase para ella todas las

noches así que pisaba las tablas.

Sentía su alma bañada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo

y bondadoso a un tiempo, la castigaba por su desobediencia,

aletargándola sobre el peñasco que había de rodear el fuego con un muro

rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la alegría de un pájaro que

saluda al día y al amor cuando la despertaba Sigfrido, el gran niño sin

miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le arrebataba la

virginidad. ¡Adiós, grandeza fría de los dioses! Ella quería ser mujer,

con todos los dolores y las pobres alegrías de los humanos.

Estremecíase aún al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira

fúnebre rematada por el cadáver del héroe, cuando, tremolando la

antorcha vengadora que convierte en cenizas el reino de los dioses,

expresaba su pena y su sabiduría. Era su tristeza la de la mujer

superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e inconstante, y en la

hora suprema lo plañe y disculpa sus faltas. La gran verdad, resumen de

todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a tientas y

desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo reconocemos en el

último momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no

tienen remedio, salía de su boca llorosa: «Renuncio a mi divina ciencia

y se la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la

riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No es tampoco la pompa

del rango supremo, ni los lazos mentirosos de las convenciones sociales,

ni las rigurosas reglas de una hipócrita ley. En la alegría como en la

tristeza, sólo existe para el hombre una fuente de felicidad: ¡el

amor!».

Y la pasión que ponía Mina en su voz comunicábase a los que la

escuchaban. En sus peregrinaciones de teatro en teatro, acompañada por

su madre--viuda de un militar bávaro muerto en la campaña de Francia--,

la joven se había visto diversas veces solicitada en matrimonio. Un

millonario de la América del Norte quiso casarse con esta alemana de la

que hablaban los periódicos y cuyos retratos gozaban el honor de ser

exhibidos al lado de los presidentes de la gran República y los más

famosos boxeadores.

Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociación matrimonial para hacer

ahorros en común, amasando una gran fortuna. Pero ella llegó a los

veinticinco años sin prestar oído a estas proposiciones que atentaban

contra su gloria, hasta que conoció el amor en la persona del maestro

Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue lástima. Las mujeres

sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la maternidad mucho

antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira un

interés de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. Se había

engañado voluntariamente, interesada por los defectos del músico.

--Fue en Dresde donde nos conocimos--dijo Mina--. Él, a pesar de su

juventud, tenía cierto renombre de compositor. Todos le creían destinado

para algo más grande que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas

empezaban a ser populares en Alemania; una sinfonía suya había sido

aplaudida en los conciertos de Berlín. Trabajaba poco, su vida era

borrascosa, y yo pensé que le faltaba, como a todos los hombres

superiores en la primera época de su vida, un cariño que lo guiase, el

amor de una compañera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.

Se acordaba de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina

Planer, hacendosa y burguesa, que seguía la carrera de cantante como un

oficio, pero que supo facilitar la producción creadora de su esposo

defendiéndolo de los acreedores, organizando un hogar modesto que sin

ella no habría tenido jamás el gran músico.

--Creía encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de

destinos. Yo podía ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a

surgir de la obscuridad. Y así se inició lo que no fue nunca amor, sino

un gran sacrificio por la gloria... ¡Ay! ¡Cómo nos envenena el arte

cuando lo hacemos consejero de nuestra pobre existencia!

Se buscaban, con una simpatía intelectual, entre los demás artistas,

vulgares jornaleros de la música. Mina le había recibido frecuentemente

contra la voluntad de su madre, señora de rígidos principios que no

podía transigir con los desórdenes del maestro. Hablaban juntos de Él,

del demiurgo, del nigromante; se extasiaban ante el piano, con los

nervios estremecidos por el poder demoníaco de su música. Un día,

Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas, completamente

borracho. ¡Esta semejanza más!... También Wagner, a los veinte años,

cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tenía otras

obras que _Las hadas_ y la sinfonía de _Cristóbal Colón_, había llegado

beodo una noche a la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia de

esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no creía

mucho en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de

los apuros pecuniarios con el sentido práctico de una antigua obrera

habituada a la miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina.

Ésta, más inteligente, sabría «redimir» al joven maestro, que sólo

necesitaba el apoyo del amor para revelarse como un genio. Y después que

Eichelberger, beodo, pasó la noche en su cuarto, el matrimonio fue cosa

decidida y la madre tuvo que resignarse.

Entristecíase Mina al recordar este suceso: el gran error de su

existencia, el cambio fatal de rumbos. Se llevaba una mano a la frente,

como si quisiera arrancarse un recuerdo tenaz para arrojarlo al

Océano... ¡Los crueles engaños del arte! ¡Las intermitencias del

talento, que en unos apunta como flor seductora con los días contados y

en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaña!...

--Usted habrá visto arrastrando una existencia de miseria artistas de

hermosa voz, que sin embargo cantan en los cafés como mendigos. La gente

se indigna contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay

que llevarles a la ópera. Y cuando van a ella, el fracaso más desolador

acompaña su intento. Saben cantar bien una romanza, pero no pueden con

una ópera entera. Al final del primer acto se enronquecen; al segundo,

han perdido la voz; antes del final, tienen que huir... Y lo mismo se

encuentran talentos frágiles en todas las artes: talentos en capullo que

no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchitan y

mueren.

Ojeda asintió con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de

bocetos «geniales» que nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen

concebir optimistas ilusiones con fragmentos poéticos o cortos relatos y

jamás pueden escribir un libro. Mina decía bien: no bastaba cantar la

dulce romancita, breve como un suspiro; había que cantar la ópera

entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exigía paciencia, y

sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración.

--Mi marido--continuó ella con desaliento--no pasó de las obras de su

juventud. Dio con éstas «todo lo que tenía de artista». ¡Y yo que le

creía un genio!...

Le había visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la

enorme losa caída sobre él, interpuesta entre los ojos de su espíritu y

la luz ansiada. Y Mina no tenía siquiera el consuelo de la ignorancia,

no podía engañarse como otras mujeres que creen ciegamente hasta el

último instante en el talento de sus maridos y atribuyen su desgracia a

injusticias de la suerte. Dábase cuenta de la debilidad artística de

Eichelberger, seguía con mirada dolorosa su descenso, reconocía la razón

de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.

Por desesperación o por ansia de consuelo, él se entregaba cada vez con

mayor tenacidad a su vicio predilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de

los miramientos que había tenido con ella en los primeros meses de

matrimonio. Acompañábale la embriaguez hasta en las funciones más

difíciles de su profesión. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril

de director. Los teatros empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su

nombre no inspiraba confianza: antes bien, era acogido con risas

ultrajantes. Quejábanse los artistas de sus cambios de humor, de sus

cóleras alcohólicas, que perturbaban los ensayos con un estrépito de

batalla. Su desprestigio comenzó a influir en el renombre artístico de

la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia

matrimonial, el público la encontraba menos interesante.

Ojeda creyó adivinar en la faz triste de Mina un sinnúmero de miserias

inconfesables. Se imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que

ya no podía entenderse: ella resignada, con mudos gestos de

desesperación; él embrutecido por la amargura del fracaso. Tal vez sus

disputas habían terminado con golpes; tal vez al entrar en la casa,

titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con una pesadez

brutal, había puesto su puño en la cara de Mina, la criatura de ensueño

que intentaba «regenerarlo».

Hablaba ella lacónicamente al hacer memoria de esta parte de su vida,

como si quisiera salir cuanto antes de los dolorosos recuerdos.

--Mi madre murió... y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Quedé

enferma, creo que para siempre: enferma por ser madre; enferma por haber

sido esposa... ¡Ah, ese hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es

un niño grande inconsciente; un niño que se ha vuelto cruel al

convencerse de su fracaso; un egoísta que se refugia en la bebida y sólo

a ratos se da cuenta del daño que me ha hecho... Yo perdí la voz, me

marchité siendo aún joven, y tuve valor para huir del teatro antes de

alegrar a las compañeras con una ruina total. Él... ya lo ve usted: al

frente de una compañía de opereta, marcando con la batuta valses

vieneses. ¡Un hombre que ha dirigido _Tristán y Los maestros

cantores_!... Sólo para un viaje por América ha podido encontrar quien

lo contrate. El empresario le riñe como si fuese un corista, y se

propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de las

representaciones.

El público había olvidado a Mina completamente. Su nombre no era más que

un vago recuerdo para los entusiastas que guardaban memoria de los

intérpretes wagnerianos. Las glorias escénicas mueren pronto...

--Hace poco he encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de mí como

de una joven de grandes esperanzas que se perdió prematuramente. Muchos

me creen muerta; el articulista se lamentaba de mi triste fin... Y a mí

no se me ocurrió decir una palabra que desvaneciese el error. La

Schamale (mi nombre de teatro) está bien muerta; muerta para el público

que tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no quiere acordarse

de nada... Ahora sólo falta que _Frau_ Eichelberger, la mujer fea y

enferma de un director de opereta, muera también, pero de verdad, para

olvidar de una vez los grandes errores de su vida.

Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la última cubierta del buque,

mirando el Océano, repitió con desesperación:

--El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte como

antiguamente influían los astros... A él debo mi desgracia, y sin

embargo, lo amo.

El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de

sol, camino de fuego triangular que descansaba su vértice en el

horizonte y su base incierta y temblona en un costado del buque. Las

cumbres de las pequeñas ondulaciones palpitaban erizadas de fulgores

como fragmentos de espejo. Los ojos se contraían, fatigados por el

excesivo resplandor del cielo y del Océano, que parecía abrasar la

retina.

Mina y Fernando, para evitarse la molesta refracción, apartaban sus ojos

del horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendíase a

sus pies un tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico férreo

que iba arando con tenacidad infatigable los campos oceánicos, verdes y

luminosos de día, obscuros y abullonados de noche con una arista

fosforescente en cada pliegue como el lomo de una sirena.

Al mirar abajo, experimentaban la sensación del viajero que contempla a

un pueblo desde la plataforma de una torre..

Las diversas cubiertas del trasatlántico descendían como peldaños, para

volver a remontarse en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de

proa. A una regular profundidad, veían el principio de la cubierta del

comedor: un entarimado húmedo, en el que descansaban los brazos de dos

grúas con sus articulaciones de ruedas dentadas, y del que surgían

varios trombones de ventilador pintados de blanco con la garganta

escarlata. Más adelante, la gran plaza del combés estaba oculta bajo un

toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trinquete, un gran mástil

de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del cual se

alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz

alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendían en ángulo

los cordajes de acero, las escalas para la marinería, todas las lianas

férreas que la construcción naval hace crecer en torno de los mástiles

para asegurar su estabilidad y facilitar su acceso. En último término,

el castillo de proa, espacio triangular que tenía en su vértice un

pequeño mástil para la bandera de la Compañía cuando el buque entraba en

los puertos. Y en este triángulo, ocupado por los cabrestantes a vapor

que elevaban o descendían las anclas, también abrían los ventiladores

sus tentáculos respiratorios, sus bocas de serpentón ávido de oxígeno.

Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el

triángulo de la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora

y juguetona, al partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía

circunscrito a aquella parte del buque, pues sus vibraciones se

amortiguaban al extenderse por los flancos y apenas eran sensibles en el

resto de la gigantesca construcción. Las espumas, luego de elevarse

junto a la proa formando dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban

por los costados en grandes redondeles semejantes a los anillos de luz

sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos verdes,

agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los

peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de

plata y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando

la superficie con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían

a sumirse en la profundidad.

Cuando la proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía

inmóvil, clavado en el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver

con un engaño óptico que era el Océano el que venía corriendo a su

encuentro en gigantescos repliegues que se empujaban unos a otros. Los

ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso, monótono, que borraba la

noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una sensación de

extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en el infinito,

con su hervidero de hormigas sobre el lomo.

A espaldas de Mina y su compañero sonaban los discos de madera

resbalando sobre la cubierta, empujados por las palas de los jugadores.

Cada vez que uno de ellos venía a colocarse sobre un buen número del

cuadro trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmoteos y

gritos, que hacían revolverse en sus sillones a los pasajeros

dormitantes.

Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el

juego de estos niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la

necesidad de ser protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre,

que, atenta a la conversación, no hacía caso de sus llamamientos

insistentes. Cansado de pasar inadvertido, atraíale otra vez la gritería

de los muchachos, volviendo lentamente hacia ellos.

Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas.

¡Ah, Berlín!... Este nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de

su vida, años de pobreza desesperada, de humillaciones crueles, de

vergonzosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con la ilusión

de algo mejor.

Ojeda, al oír esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza

guiaba el viaje de la infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único

remedio para la gran equivocación que había trastornado su existencia.

Mina se lanzaba a esta aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño

Karl, único vínculo que la unía a la existencia. ¿Qué podía desear?...

Más allá de sus esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilusión.

Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le

guardaba el porvenir.

--Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su

vida. Los años han caído sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y

los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con

nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su

juventud. Yo creo a veces que tengo mil años... ¡Y enferma! ¡Arrastrando

para siempre las consecuencias de haber sido madre!...

Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osando confesar las

internas tribulaciones que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia

Karl con la expresión amorosa y triste de una artista que contempla su

obra, fruto de penalidades, jirón doloroso de su propia existencia.

Había salido de sus entrañas, pero era también el hijo de su marido.

Fernando creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con

que miraba la cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto

demasiado grave para sus pocos años, un aire de vejez prematura.

--¡Cómo temo por su destino!--dijo Mina--. Paso las horas mirándolo en

silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de él?... A veces creo que puede ser un

grande hombre, un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas

predestinadas a dar prodigios al mundo. Dice cosas superiores a su edad.

¡Y ese gesto grave, como si le bullesen en la cabeza pensamientos que no

acierta a formular!... Otras veces me asusto. Es muy débil; la

enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques cuando lo

contrarían... Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.

Las lágrimas asomaban a sus párpados, pero una resolución enérgica

sucedía a este desaliento. ¿Quién podía adivinar qué rehabilitaciones

morales la esperaban a ella en una vida nueva al otro lado del Océano?

Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si

este trasplante de un hemisferio a otro no producía efecto en el músico,

seguramente influiría en el hijo, que estaba en edad para sentir la

impresión del cambio de medio. Pensaba quedarse en el nuevo continente:

sentía horror a la vida de Europa. Cuando terminasen los compromisos con

el empresario, se establecerían en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y

su marido darían lecciones de canto. Karl podía emprender una de las

muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos de los países

jóvenes. Todo menos volver al país de origen, tierra de lágrimas que le

hacía recordar las noches frías junto al fuego mortecino, con el hijo en

los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y

sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groserías de los

acreedores; las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubría

de abundantes alimentos con los inesperados altibajos de la existencia

bohemia y se manchaba con la espuma del champán, pero en la que casi

siempre el pan y las patatas eran lo único valioso. Y a impulsos de la

esperanza, que pone la dicha más allá de la realidad del momento, en la

incertidumbre de lo ignoto, veía Mina la salud, la paz y el olvido en

aquel país de misterio hacia el cual la llevaba el buque, tierra

maravillosa de la que no conocía ni el idioma.

El pequeño, agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea

quejumbrosa. Había sonado la hora del té; los muchachos, abandonando su

juego, estaban abajo en el comedor. Mina se despidió de su amigo, y los

extremos de sus ojos y su boca se contrajeron hacia arriba con una

sonrisa pálida que parecía iluminar el rostro: «sonrisa de luna», según

Ojeda.

--Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. ¿Qué van a decir

de nosotros las señoras que usted trata?... ¿Qué dirá esa norteamericana

tan hermosa y tan elegante al ver que le robo su conversación?... Pero

conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no

se encuentra una mujer que vaya peor vestida que yo.

Y a pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua

coquetería de artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostró

a través de su sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz.

«¡Qué gran mujer debe haber sido!--pensó Fernando--¡Y qué desgracia la

suya!»

Mientras se alejaba, llevando de la mano a su hijo, él la siguió con

ojos de conmiseración.

Al descender a la cubierta de paseo encontró Fernando al doctor Zurita,

que hablaba con Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar.

La soledad del Atlántico traía a su memoria el recuerdo de los

argonautas de España, que habían sido los primeros en violar el secreto

de los desiertos azules.

--Venga acá, doctor--dijo Zurita a Ojeda, aplicándole el título

universitario--. Estábamos conversando de cosas de su país, de los

primeros navegantes que se lanzaron por estos mares. ¡Qué hombres

corajudos! ¡Cosa bárbara!... Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al

fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. Es decir,

gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea

costumbre de llamar «gallegos» a todos los españoles. Era de cerca de

Burgos, y yo he hecho en dos automóviles, con toda mi familia, el viaje

de París a Madrid sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije

a los míos: «Miren, niños, y aprendan; de aquí salieron los abuelos de

ustedes». Me conmoví un poco al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi

muchachada (gente alegre y de poco seso) se reía y lo encontraba todo

muy feo y miserable... Parece mentira que de esas poblaciones de color

de yesca, en las que apenas se encuentra agua para lavarse, saliesen

hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos pagos.

Se generalizó la conversación, y al fin fue Ojeda el único que habló,

recordando con entusiásticas palabras las hazañas de los argonautas

oceánicos. Después del primer viaje de Colón, los puertos españoles

habían sido como palomares abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las

alas tendidas las frágiles y audaces carabelas. Los espejismos del oro y

el espíritu de aventura desarrollado por siete siglos de guerra con el

sarraceno empujaban a los audaces. Salían a descubrir pequeñas flotas

autorizadas por los reyes, pero eran más las expediciones clandestinas,

muchas de las cuales quedaron en el misterio. Estas expediciones

secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla y Cádiz, iban

dirigidas por compañeros del Almirante conocedores de la ruta de las

Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres--según un autor de

la época--sentían la ambición de meterse a descubridores.

Duros hidalgos que jamás habían visto el mar lanzábanse en el ignoto

Océano con una confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de

la nao, sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes

costeros, con la misma tranquilidad que los paladines tantas veces

admirados en los libros de caballerías se metían en el primer barco

misterioso que encontraban en una costa desierta. Escribanos de

Andalucía abandonaban sus protocolos para transformarse en

descubridores; mercaderes amagados de ruina huían de la lonja para

comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido.

¡Qué de catástrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geográfico,

sin más guías que la fe y la santa ignorancia! ¡Qué de buques

descendidos a las simas oceánicas cuando regresaban con noticias de

tierras nuevas que había que volver a descubrir años después!...

La ansiada riqueza se dejaba entrever un momento y huía medrosa ante las

proas de los nautas. Los indígenas de las costas hablaban de enormes

riquezas y de monarcas poderosos, señalando siempre al interior, más

allá de las montañas que parecían tocar el cielo, y de las ciénagas

temblorosas, inmensos mares de hierbajos acuáticos. Pero de los rescates

con estas gentes cobrizas, pródigas en relatos portentosos y míseras en

realidades, sólo traían los navegantes algunas perlas deformes mal

perforadas o vistosos _guanines_, joyeles de oro bajo labrados en

sutiles hojas.

Al volver al puerto español con mágicas noticias y pobre cargamento, los

acreedores asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dándose por

engañados. Muchos habían preparado sus viajes tornando víveres, armas y

buques a los usureros con un 80 por 100 de interés. Descubridores de

pueblos que luego fueron célebres por sus riquezas se veían al regreso

amenazados de pasar de la carabela a la cárcel. Los reyes tenían que

intervenir con piadosas cédulas para amansar a los prestamistas,

proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del

Almirante, ponían decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas

noticias que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón llegaba a

las costas del Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta

casualmente por una expedición portuguesa que navegaba hacia las Indias

asiáticas.

En este revuelo de alas blancas que la primera noticia del

descubrimiento lanzó a las soledades oceánicas, la marcha audaz siempre

adelante, por mar y por tierra, a través de tempestades, montañas,

estrechos y lagunas, fue la consigna general. ¡Llegar o morir! Nadie

regresaba al puerto de partida sin haber visto algo extraordinario y

traer muestras maravillosas. Y los que no volvían estaban en el fondo

del Atlántico encerrados en el ataúd de su carabela, que se petrificaba

lentamente cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles

ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no

eran ya más que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los

pájaros de presa, mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres

de la selva tórrida, donde todo se mueve y hierve con vida devoradora,

blanqueados y secados por el fuego del sol hasta convertirse en frágil

cal.

Y entre estos aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora

de los navegantes, de los argonautas, de los héroes de carabela, pobres

y tristes, que no sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron

el camino a los conquistadores férreos de a caballo que llegaron poco

después, se distinguían dos como hombres entre los hombres: Alonso de

Ojeda y Diego Méndez.

Fernando repetía con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel

varón fuerte, al que consideraba su ascendiente glorioso.

--Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la _Ilíada_ o el

Cid en el _Romancero_. ¡Qué hermosa muestra de hombre!...

Los cronistas de la época lo pintaban pequeño de cuerpo, agraciado de

rostro, con una agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de

pendencias, salía siempre de ellas «haciendo sangre a sus contrarios,

sin que jamás se la hiciesen a él». Siendo paje de la corte, cuando los

reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en la base de la torre de la

iglesia Mayor--la famosa Giralda--, y arrojando una naranja a lo alto,

la hacía llegar hasta las campanas. En otra ocasión, siguiendo a la

reina Isabel en una visita al último piso de la misma torre, vio un

madero que avanzaba horizontalmente en el vacío como unos veinte pies.

De un salto se puso sobre él, corrió hasta su extremo con ligereza y

seguridad, «como si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó por

el mismo camino, riendo a susto de la buena reina y los gritos de sus

damas.

Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la

preparación de expediciones y proveeduría de las nuevas tierras: algo

así como ministro de Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante,

que conocía las hazañas de este mozo y sus méritos de hombre de espada,

se lo llevó en el segundo viaje para las peleas de tierra adentro, pues

él sólo era hombre de mar. Otros capitanes iban en la expedición,

veteranos de las guerras con el sarraceno; pero el inquieto Ojeda, mozo

de veinte años, se sobrepuso a todos ellos.

Colón, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo,

organizador de la resistencia indígena, vio fracasadas todas las

malicias y felonías que con arreglo a la mala fe de la época fue

aconsejando a Mosén Pedro Margarit y sus tenientes. Sólo consiguió su

propósito al encargar a Ojeda esta captura. El paje de Cuenca, el

pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos pocos hombres,

hasta llegar al campo del cacique. Allí seducía al salvaje con buenas

palabras, le engañaba, sacándolo de entre los suyos, y le ponía por

sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzón de su

caballo al indio gigantesco, como un galán que roba a su dama, y en un

galope de leguas y leguas llevábalo hasta el campo español. Tan

maravillosamente audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su

nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante por haber

ordenado tal vileza sin atreverse a realizarla personalmente, y sólo

quería conversar y comer con Ojeda, admirando su atrevimiento al

arrebatarle de entre sus súbditos. En los combates con los indios

cargaba el primero, sin mirar si le seguía su gente. Junto a su caballo,

lleno de cascabeles, saltaba el fiel compañero de todas sus empresas, un

perro de pastor, llamado _Leoncico_, combatiente feroz, que en las

distribuciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de arcabucero.

Pronto se movió Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo

nuevo mientras Colón realizaba sus últimos viajes. Vuelto a España,

empezó la serie de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los

mercaderes de Sevilla, que hacían crédito a su valor. Uno de los

Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto de los pilotos, Américo

Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus buques. Los marinos

gustaban de ir con este capitán, el más valeroso y audaz de la primera

época de la conquista.

Corrió las costas de Venezuela en busca de perlas, y acabó por

establecerse en lo que después fue América Central, y que los

conquistadores llamaban entonces «Castilla del Oro». Una india le

acompañaba como amante, guía e intérprete. Los aventureros jóvenes

encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofrecidas por los

azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazón y vivía

compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella,

había creído necesario purificarla con el bautismo--el mejor regalo,

según las ideas de la época--, dándola el nombre de Isabel, en recuerdo

de la buena reina.

La vida de Ojeda en la gobernación de Urabá, sin otros recursos que los

que él podía agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo

Domingo, y olvidado de España, fue un continuo batallar. Su ciudad de

San Sebastián, mísera ranchería de paja y barro con un fuerte de

maderos, era la primera que con carácter permanente fundaban los

conquistadores en la tierra firme.

Tribus de hábiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas

empapadas en incurables venenos. Eran las temidas «flechas de hierba»,

que hinchaban el cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefacción.

Los víveres del país--el pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne

de los roedores--había de conquistarlos diariamente a punta de espada.

Los combates y las enfermedades diezmaban a los habitantes.

Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias,

había muerto atado a un poste por los naturales, erizado de «flechas de

hierba», que convirtieron su cuerpo a las pocas horas en una masa de

negra putrefacción. En los míseros bohíos del pueblo gemían los

conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando de calentura. Ojeda,

al frente de unos cuantos, salía diariamente a combatir por la comida.

Encuentro hubo del que surgió llevando en su rodela, según los

cronistas, las señales de más de trescientos flechazos. Otras veces era

tanto el peso de los enemigos arremolinados sobre él, que se doblaba y

seguía combatiendo de rodillas, cubriéndose con el escudo. La pequeñez

de su cuerpo ágil y escurridizo le servía tanto como la fuerza de sus

brazos, y de todas las peleas salía incólume, «sin que le sacasen

sangre». Los indígenas creíanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda

también se consideraba protegido por el cielo gracias a un cuadrito

antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba pendiente del

cinturón de la espada.

Cuatro indios arqueros se apostaron para herir a traición al capitán

blanco que salía indemne de los combates, y un día que Ojeda avanzaba

por la selva, extrañando la ausencia de enemigos, recibió un flechazo en

un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. La herida, que era

«de hierba», ennegrecióse rápidamente por la acción del tósigo. Entonces

se mostró con bárbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que

calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una coraza, y cuando

las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, ordenó que se las

aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negábase el cirujano a esta

horrible curación, pero él le amenazó con la horca para que obedeciese.

Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, esparciendo un hedor de

sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con

sábanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en este

remedio; y el caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin

una queja, pudo salvarse.

La pequeña ciudad, falta de subsistencias, estaba próxima a perecer. En

esto se presentaron inesperadamente unos piratas españoles, mandados por

un tal Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que

habían robado a un mercader genovés y se ofrecían para vender víveres a

los sitiados. Ojeda, convaleciente de su herida, se embarcó con ellos

para solicitar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero antes de

abandonar a su mísera gente quiso darla un capitán, y fijó su elección

en un mozo extremeño llegado poco antes a las Indias, en el éxodo de

gente de espada que siguió al de los navegantes: éxodo que llamaba

Fernando «la segunda hornada de conquistadores». Este soldado, que había

hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda, llamábase

Francisco Pizarro.

La accidentada navegación con los piratas fue la última y más penosa

aventura de don Alonso. Autoritario y duro, quiso tomar el mando apenas

se vio sobre la cubierta del buque, imponiendo su disciplina a Talavera

y sus bandidos. Pero éstos se sublevaron contra él y lo metieron en la

cala cargado de cadenas. A pesar de esto, el prisionero no cesó en su

brava actitud, asegurando que había de ahorcarlos a todos apenas

llegasen a tierra. Y tanto era su prestigio, que no se atrevieron a

hacer nada contra él. Muchas veces le pedían consejo, por la experiencia

que había adquirido en las cosas de la navegación, y le sacaban de su

encierro para que dirigiese la nave. Acabaron por abandonar ésta en las

costas de Cuba, y marcharon después meses y meses por la isla todavía

inexplorada, deseosos de aproximarse a Santo Domingo, pero sin saber

ciertamente adónde iban, sumiéndose en ciénagas, combatiendo a los

indígenas o transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que

mataba a muchos. En esta marcha desesperada, el cautivo Ojeda se veía

elevado por sus guardianes al rango de jefe cada vez que había que

combatir a un grupo indígena, tratar con un cacique benévolo u

orientarse en el desierto de barrizales temblorosos que se tragaban a

los hombres. Él solo valía tanto como los otros. Luego, pasado el

peligro, don Alonso volvía a ser prisionero de estos desalmados, que lo

aborrecían por ser superior a ellos, y así marchaban juntos, condenados

a tolerarse por la comunidad del infortunio. «Nunca--dice un

cronista--se vio a gente pasar tantos trabajos para venir a parar en la

horca.»

Cuando después de grandes tribulaciones por mar y por tierra llegaron a

países sometidos a las autoridades castellanas, Talavera y sus hombres

fueron ahorcados y don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron

sus últimos tiempos. La gobernación de Urabá, que le había dado el rey,

ya no existía. La mayor parte de sus soldados habían dejado en ella los

huesos: otros habían perecido en el mar; sólo Pizarro y unos cuantos

predestinados como él consiguieron volver a Santo Domingo.

El antiguo paje de doña Isabel arrastró en la ciudad colonial la mísera

existencia de los conquistadores sin éxito. Fue un veterano malhumorado

y pronto a reñir entre la bohemia juvenil de capa y espada que llegaba

de la Península soñando con la conquista de tesoros y reinos. Se

organizaban nuevas expediciones. Pizarro poníase a sueldo de diversos

capitanes. Por las calles de Santo Domingo paseaba su garbo otro

extremeño, enamoradizo, espadachín y algo letrado, que se apellidaba

Cortés.

El capitán del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzón, el

compañero de Juan de la Cosa, el jefe de Américo Vespucio, veíase cada

vez más olvidado. Era un desconocido para aquellos mozos que llegaban de

España, pasando junto a él sin reconocer sus canas y sus méritos. Desde

la isla metrópoli tomaban vuelo, lanzándose lo mismo que pájaros de

presa sobre distintas partes de las Indias misteriosas con mayor éxito

que don Alonso, desgraciado como todo precursor. Los únicos que se

acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y procesos, y los

muchos enemigos, a los que había ofendido con altiveces y pendencias.

Más de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio, hubo de

tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.

--Así acabó, obscuramente--dijo Ojeda--, el primero y más infortunado de

los héroes de la conquista. Su muerte quedó en el misterio. Unos dicen

que se metió a fraile en los últimos años y pidió al morir que lo

enterrasen en la puerta del convento, para que todos hollasen su tumba,

castigando de este modo su soberbia y demás pecados. Otros niegan que

fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo refugiarse en el monasterio

de Santo Domingo, como un parásito, viviendo de la sopa de la

comunidad... El hambre fue el único miedo del héroe. Le habían predicho

que moriría de inanición, y en sus expediciones cuidaba siempre de

llevar alimentos en los bolsillos. La profecía no se realizó al correr

por selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos víveres. Pero

casi fue un hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo

en un monasterio en aquella ciudad colonial donde nadie le hacía caso.

--¿Y el otro?--interrumpió el doctor Zurita con viva curiosidad--. Ese

Méndez del que habló usted antes.

--Diego Méndez--continuó Ojeda--fue un héroe de distinta clase; un

«superhombre del mar», como diría el amigo Maltrana. Su aventura

portentosa asombra aun en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano

que acompañó a Colón en sus últimos viajes, cuando, viejo, enfermo y sin

poder encontrar los tesoros portentosos que había prometido, sentía

crecer la indiferencia en torno de su persona. Méndez fue el discípulo

fiel que acompaña siempre a los grandes hombres en su agonía. Las

últimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud

de sus descendientes, que jamás hicieron nada en su favor. Cuando, en el

último viaje, el más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un

apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban a Méndez. «¡Hijo!, ¡hijo!»,

le decía. Y el «hijo» encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de

andaluz un recurso para salir del mal paso.

Al explorar el Almirante las costas de la América Central, que él tomaba

por las de Asia, quedábase en sus naves, y era Diego Méndez el que

bajaba a tierra para adquirir noticias y acopiar víveres. Completamente

solo, metíase entre las tribus de Veragua, que se estaban juntando para

caer de improviso sobre los navíos, inmovilizados en una bahía cerrada

por las arenas.

Méndez era recibido por el más temible de los caciques en una choza que

tenía por adorno trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba

cortándose en su presencia con unas tijeras pelos y barbas, operación

mágica para los indígenas. Sus curaciones de llagas y otras enfermedades

le valían el respeto de un brujo, y gracias a esto pudo vivir entre los

indios, avisando a Colón de sus proyectos. Él fundó el primer pueblo del

continente, anterior en algunos años al de Ojeda; pero esta población a

orillas del río Belén o Yebra, que gobernaba con el título de Factor,

tenía que defenderse día y noche de los ataques de los indios. Con

veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeños cañones de

los que llamaban «de fruslera»--metal procedente de las roeduras de

piezas de azófar--, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales,

que, según decía Méndez en su testamento, «flechaban y garrochaban desde

lejos como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos

como granizo; e algunos dellos se desmandaban para venirnos a dar con

las machadsnas o macanas--mazas o porras--, pero ninguno dellos volvía,

porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos a espada...».

Al fin, tan inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarcó

a Méndez con su gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra

firme.

Luego sobrevenía la más penosa y difícil de las aventuras de Colón. La

«broma», temida calamidad de los mares tropicales, consumía la madera de

los navíos. Las chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y

calderos, sentíanse impotentes ante el Océano, que invadía en lenta

marea ascendente la concavidad de los agrietados cascarones. Así

navegaron treinta y cinco días, creyendo ir hacia Castilla cuando

estaban más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que abandonar un

navío, que, «agujereado y comido de gusanos, no podía sostenerse sobre

el agua», y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a las playas

de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtiéndose en casas o

fortines de tablas corroídas.

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada

por el esculpido mascarón, se tendieron techos pajizos iguales a los de

las chozas indianas. Al tocar tierra, Diego Méndez, contador de la

flota, había repartido el último racionamiento de bizcocho y de vino.

Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. Una población famélica y

desesperada de doscientos setenta cristianos movíase en torno de los

cascos en seco.

Ocultábanse los naturales del país, y el hambre, atraída por la soledad,

se aproximaba a todo correr. No podían esperar auxilio alguno. Santo

Domingo estaba a muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel

para intentar esta travesía audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por

la vejez, afligido por la presencia de su pequeño Fernando, no sabía qué

hacer. «¡Hijo!, ¡hijo!», exclamaba, implorando el consejo de Méndez. Y

el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, metíase tierra

adentro con sólo tres hombres, yendo de tribu en tribu a la compra de

víveres, que pagaba con cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y

anzuelos. Sus acompañantes volvieron a las naves con la comida, y él

siguió adelante por las costas de la isla, completamente solo, hasta que

pudo comprar a un cacique una canoa, dándole por ella una bacineta de

latón que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tenía.

En este tronco hueco, ocupado por seis indios remeros y dirigido por él,

regresó siguiendo la costa, después de muchos días de ausencia, al lugar

donde estaban encallados los navíos, recibiéndolo el Almirante con besos

y grandes transportes de alegría. Sólo los dos se daban cuenta de la

peligrosa situación. Los indios, que cazaban y pescaban por sus tratos

con Méndez, traían víveres al campamento, pero su presencia era cada vez

menos regular, y todo hacía temer que desapareciesen para volver luego

con enemigos. Colón temía que pusieran fuego una noche a los secos y

resquebrajados cascos.

No había otra esperanza que avisar a Santo Domingo para que un buque

viniese por ellos. Pero ¿cómo ir allá?... «Señor, yo iré», dijo Méndez.

En la canoa comprada por él arrostraría los peligros de un golfo

impetuoso de cuarenta leguas entre dos islas donde tantas naos de

descubridores se habían perdido, teniendo que luchar además con la furia

de las corrientes. El Almirante le besó en los carrillos. «Bien sabía yo

que sólo vos osaríais tomar esta empresa. Dios nuestro Señor os sacará

de ella con victoria como de las otras.»

Puso Méndez su canoa a monte, le echó una quilla postiza, la dio de brea

y sebo, clavó en la proa y la popa algunas tablas para que no se entrase

el mar, como lo haría siendo rasa, montó un mástil con su vela y metió

los mantenimientos necesarios para él, otro cristiano y seis indios,

pues la canoa sólo podía cargar ocho personas. Despidióse de Su Señoría

y empezó a seguir la costa de Jamaica hasta el extremo oriental, o sea

el más próximo a Santo Domingo, realizando una navegación de treinta y

cinco leguas.

En el camino le hicieron prisionero ciertos indios salteadores del mar,

y se libró de ellos milagrosamente. Luego, cuando estaba acampado en el

extremo de la isla, esperando que el Océano se amansase para emprender

la travesía audaz, cayeron sobre él otros indios, que determinaron

matarlo. Pero mientras jugaban su vida a la pelota pudo escaparse, y

volvió otra vez al campamento, tras una ausencia de quince días, cuando

Colón le creía muerto o en Santo Domingo. Persistiendo en su propósito,

pidió una escolta que le acompañase al cabo de la isla, para poder

esperar con seguridad una ocasión de tiempo bonancible, y el Almirante

le dio setenta hombres al mando de su hermano el Adelantado don

Bartolomé. De esta manera volvió al extremo oriental de Jamaica, y allí

estuvo cuatro días, hasta que, viendo que el mar se amansaba, se

despidió de todos, encomendándose a Nuestra Señora de la Antigua.

Navegó en alta mar durante cinco días y cuatro noches, sin soltar un

instante el remo que le servía de gobernalle, sin poder moverse en

aquella embarcación que al más leve movimiento desordenado podía

zozobrar. Así llegaron a la isla Española, abordando al cabo Tiburón

cuando hacía dos días que él y sus compañeros no comían ni bebían, por

haberse perdido las provisiones con los golpes de mar. Todavía navegó

ciento treinta leguas por las costas de la Española en la frágil

embarcación, hasta dar con el Comendador Ovando, que era el gobernador,

y presentarle las peticiones de auxilio del Almirante. Después hubo de

esperar varios meses en Santo Domingo a que volviesen naves de España,

pues en más de un año no se había acercado buque alguno. Al fin llegaron

tres naos de la Península; Méndez compró una, y cargándola de pan y

vino, cerdos, carneros y frutas de la isla, la envió a Jamaica, donde

llevaba Colón siete meses de abandono, animado en su infortunio por

celestes visiones. Un eclipse de luna, anunciado por él con aires de

brujo, había servido para que los naturales atendiesen a la manutención

de sus hombres.

--Méndez se volvió a España--dijo Ojeda--y acompañó al Almirante en sus

últimos y tristes años. Colón lo recomendó a su familia, y la familia no

hizo nada por él. El hijo de Colón, segundo virrey de las Indias, le

había ofrecido el cargo de alguacil mayor de Santo Domingo, pero se lo

dio a un pariente suyo. El valeroso hidalgo vivió muchos años, muchos;

llegó a alcanzar el gobierno de don Luis, el nieto de Colón, y su madre

la virreina gobernadora... A la hora de la muerte, al redactar en

Valladolid su heroico testamento, declaraba con amargo orgullo que,

pudiendo ser por sus trabajos el más rico hombre de la isla si los

descendientes del Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el más

pobre de ella, pues no tenía ni una casa en que vivir sin pagar

alquiler.

La gloria de sus hazañas, algo olvidadas, le preocupó en los últimos

instantes al disponer su sepultura. Quería que lo enterrasen bajo una

piedra grande, la mejor que encontraran sus herederos, y que sobre ella

hiciesen grabar: «Aquí yace el honrado caballero Diego Méndez, que

sirvió mucho a la Corona Real de España en el descubrimiento y conquista

de las Indias...». Y con la gravedad de un gran señor que dispone los

cuarteles y demás adornos heráldicos de su tumba, describió el escudo

que debía encabezar la inscripción: «Ítem: En medio de la dicha piedra

se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios navegan,

porque en otra tal navegué yo trescientas leguas, y encima pongan unas

letras que digan: _Canoa_».

Una disposición extravagante, mezcla de hidalgo orgullo y amarga ironía,

cerraba el testamento del argonauta. Colón, antes de morir, había

instituido un mayorazgo con los grandes bienes que poseía en las Indias.

El pobre Méndez, sin una casa «donde morar sin alquiler», no quiso ser

menos que su antiguo jefe e instituyó un mayorazgo con todos sus

bienes. Estos bienes eran un mortero de mármol, que estaba en poder de

un hijo de Colón y siete libros, que constituían toda su fortuna.

--El testamento cita los libros--añadió Ojeda--. Un tratado en verso

sobre la venganza de la muerte de Agamenón, otro tratado de las

Querellas de la Paz, la filosofía moral de Aristóteles y las obras de

Erasmo, el autor de moda en aquel entonces... Esto prueba que los

conquistadores no fueron brutos heroicos, incapaces de escribir su

nombre, como se ha creído después, equiparándolos a todos con el duro e

iletrado Pizarro.

--¡Qué hombres!... ¡qué hombres!--murmuró con admiración el doctor

Zurita.

Los argonautas · 第 10 / 18 题