Esta juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos

crenchas negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningún huracán

podía alterar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines de

charol de alto empeine y vistosa caña, siempre que salía del fumadero

volvía los ojos con cierto temor hacia el «rincón de los pingüinos».

Allí estaban sus madres y parientas y las respetables amigas de sus

familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por una cariñosa

llamada y sufrir media hora de conversación en tan noble compañía.

«¡Viejas pesadas! ¡Señoras macaneadoras!...» Y esperaban a que pasasen

las primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas

dulcemente hacia la popa o la banda de estribor, donde reían y saltaban

como escolares en libertad.

Otras veces permanecían juntos y silenciosos, contemplando el mar,

teniendo a sus espaldas la mirada irónica de las francesas tendidas en

sus sillones o la sonrisa de las coristas alemanas a las que hablaban

ellos por la noche, a última hora, murmurando cifras.

--Yo admiro a esos muchachos--dijo Maltrana--. ¡Qué visión de la

realidad! ¡Qué concepto de la vida y sus necesidades! Todos vuelven a

regañadientes a su tierra: llevan París en el corazón. La otra noche, el

hijo mayor del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Apenas

llegue a Buenos Aires, piensa exigir a «su viejo» que lo envíe a

Europa... Quiere estudiar en París no sabe qué... pero en fin, quiere

estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra poco

_chic_ y con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable sencillez si

un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo que se

propone pedir al viejo... «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo

tiempo sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las

necesidades de la juventud.

Para justificar las señoritas este avance hacia los parajes ocupados por

sus amigos, continuaban su tarea distributiva entre los señores

adormilados que fingían leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor,

¿un bombón?...» Y el gringo, despertado de su lectura por la voz

juvenil, levantaba los ojos del volumen alemán o inglés y metía la mano

en la arquilla murmurando: «Grachias, mochas grachias». Luego, volvía a

sumirse en el libro adormidera. «Señor, ¿un chocolate?» Y el brasileño

de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y anguloso, como si el sol

ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba del sillón con

galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: «_Muito

obrigado... ¡oh! muito obrigado_». Y sólo al estar lejos la señorita

osaba devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento.

Cuando los diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se

reunían, entablando una conversación general, era indefectiblemente para

prorrumpir en quejas contra las inclemencias del Océano y los atentados

que se permitía con sus personas. Los cuellos cambiaban de coloración,

no obstante el cuidado de huir de los rayos del sol. El aire salino los

obscurecía, dándoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las rubias

amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La brisa húmeda barría

los polvos de la cara, conservándolos únicamente en las arrugas y

oquedades de la piel, formando un barrillo blanco. Alborotábanse los

peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de corredores, al

pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios y

retoques de los añadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos

capilares bajo un turbante de gasas.

Si algunos caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas

para conversar con ellas, hasta las más viejas, que parecían ajenas a

las vanidades mundanales, los repelían con dengues juveniles.

--¡Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar

está una impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.

Y los caballeros se creían obligados a ensalzar las grandes ventajas del

viaje, durante el cual se satura el organismo de sales benéficas. Lo que

se perdía en distinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche,

todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los

salones.

Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatías que

separaban a los grupos femeniles. Señoras de diverso bando se juntaban

para recorrer la cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia

larga de los maridos. Y cuando los veían a través de las ventanas del

fumadero jugando al _poker_, con la mirada fija en los naipes y la

frente rugosa, preocupada, sonreían satisfechas, lo mismo que si

acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.

Sus inquietudes reaparecían al encontrarlos en plena cubierta, aunque

estuviesen enfrascados en una conversación de negocios. Andaban por allí

cerca las rubias de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de

temibles peligros; y sin una palabra que revelase su inquietud, cada una

se aproximaba a su marido, se colgaba de su brazo, intervenía en la

conversación, lo paseaba por toda la cubierta, y únicamente se decidía a

soltarlo en la entrada del fumadero, con la promesa de que volvía al

_poker_ o a tomar una copa.

Algunas que aún no habían salido de la primera juventud y llevaban poco

tiempo de matrimonio, paseaban casi todo el día del brazo del esposo con

aires de tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de él,

como si la cubierta fuese el jardín de «Fausto». Por dignidad de clase,

gozosas de jugar un rato a «señora mayor», distinguiéndose de las

solteras, permanecían entre las respetables matronas; pero de pronto

sentíanse agitadas por un hormigueo irresistible. No veían a su

maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocurriendo en la otra banda del

buque o en la cubierta de los botes! ¡Con tantas malas mujeres que

venían en este viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones, sólo

para personas decentes! Y corrían sin saber adónde, como si hubiese

sonado de pronto la señal de alarma.

Una actividad extraordinaria hacía ir y venir aquella mañana por la

cubierta, en grupos parleros, a las jóvenes de diversa nacionalidad.

Abordaba cada una a sus amigos y conocidos con un papel y un lápiz en

las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinocciales, y antes de

inscribir el donativo discutían y protestaban, queriendo aumentar la

cifra.

--Vea, Fernando--dijo Maltrana--, cómo se mueve el abate francés, el

conferencista de las barbas, entre las señoras, cuya admiración desea

conservar. Para él no hay divisiones, y salta de un grupo a otro. Los

«pingüinos» lo consideran suyo porque se lo han recomendado las grandes

damas de la colonia de París. A las «aspirantes» las deslumbra hablando

de las princesas y duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador

mundano. Pretende halagar a las «potencias hostiles» hablando de sus

países con grandes elogios y dando a entender que en Europa todos saben

a qué atenerse en la apreciación de unos pueblos y otros, distinguiendo

entre el valor real y el _bluff_. Mírelo cómo distribuye a las señoras

los libros de que es autor y periódicos con su retrato. ¡Ah,

comediante!... Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas las

revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá,

Estados Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. Las hace circular

y las recoge luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor... Eso es, un

tenor: un tenor de sotana.

Y hablaba con irónico asombro de las múltiples y mediocres habilidades

del abate viajero y verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y

músico. Maltrana sabía esto por uno de los periódicos que repartía él

mismo.

--Me lo prestó una señora algo devota que tiene empeño en que yo admire

al abate. Y como a mí nada me cuesta dar gusto, me mostré asombrado.

«Pero señora, ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci». Y mis

palabras han tenido un éxito loco, pues cuando el doctor Zurita y otros

argentinos socarrones se burlan del abate y dicen que es un vivo que va

a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su familia se indignan y

me sacan a colación como argumento decisivo: «Es Leonardo, el que pintó

_La Cena_: Leonardo de Vinci. Lo dice Maltranita, que es un mozo que

escribe y ha tratado a muchas eminencias...».

Ojeda rio de la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de

la vida de a bordo.

--Ahora, las buenas señoras--continuó Isidro--, quieren que una noche dé

el abate un concierto de piano, sólo para ellas... Ya han desistido de

oírle una conferencia que estaba en proyecto. «El _Cyrano_ de Rostand y

el idealismo cristiano...» ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe usted?... Por

algo lo alaban las buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de

lo más moderno. Pero el abate no quiere oír hablar de conferencias a

bordo; se niega a desembalar su mercancía gratuitamente antes de la

llegada al mercado. Se reserva para un teatro de Buenos Aires.

Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor

italiano, que se mantenía lejos de las señoras, en las inmediaciones del

fumadero, entre los lectores soñolientos, con una columna de volúmenes y

revistas al lado de su sillón.

--Los «pingüinos» le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas

respetan instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnúmero

de tarjetas postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para

ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sacado retratos con

autógrafo, y ahora, terminada la explotación, no se acuerdan de él. Es

un sabio de malas ideas. El abate las acapara a todas.

Quedó Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:

--Creo que usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias.

Según parece, gusta mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países

tan interesantes! ¡Pagar por oír discursos!... ¡Tantos que hablan

gratuitamente en nuestra tierra, y aun así no encuentran las más de las

veces quién los escuche!

Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a

que había asistido. Los pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los

escolares aplicados y curiosos, que, luego de oír las lecciones de los

maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban

los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; querían ver

de cerca la personalidad física de sus autores.

--Y todos los años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres

con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la

curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias

europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre, parecen

decir: «No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos

detrás de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en

nuestro país hay "doctores" mejores que los suyos...» Y las gentes, al

saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por

casualidad, o el personaje político cuyo nombre encuentran todas las

mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué casta es ese

pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a

siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con

los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita

(convenciéndose una vez más de que en la Argentina visten las gentes

mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además,

se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen anécdotas en las

que aparece asombrado al enterarse de que en América ya nadie gasta

plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño en que los europeos se los

imaginen como indios emplumados, para poder reírse después, con un gozo

infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.

Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus

recuerdos, y luego continuó:

--Las señoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la

tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo

gustan de los conferencistas que recitan versos... Pero quedan los

intelectuales del país, los «doctores», que asisten con una hostilidad

manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: «Vamos a ver qué nos

cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro. «No ha dicho

nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada...» ¡Como si el

encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre

que encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas:

«Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el

trasatlántico para contar a los señores de América mi descubrimiento, y

en seguida vuelvo...»! ¡Como si con los medios de comunicación de

nuestra época y lo difundido que está el libro, fuese posible ir a parte

alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o

cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo...»!

--Entonces--interrumpió Maltrana--, en esos viajes de los conferencistas

la llegada es siempre más gloriosa que el regreso.

--Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted

banderas, oirá músicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad

sobreviene la indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin

otro acompañamiento que media docena de amigos que quedan allá como

cónsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los únicos que no

olvidan son los «doctores», que para convencerse de su propia

superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo...». Y

esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente;

porque el conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos

ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qué he

hecho yo esta larga travesía, viniendo a una tierra que no tiene el

Partenón, ni las Pirámides, ni la Alhambra. No sería correcto colocar mi

sombrero en mitad de una acera, diciendo: "Yo soy Fulano de Tal, que he

venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este

país de riquezas". Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar

la generosidad del público con dos horas de aburrimiento y

vulgaridades...». En el fondo, esto y nada más es una serie de

conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la

celebridad que lo visita.

--Ya veo claro--dijo Maltrana--. Una especie de premio Nobel que la

Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por

algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona... Con

la diferencia de que este premio Nobel es por cotización popular.

--Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con ello. Para su

gloria mundial, jamás dinero tan bien gastado como los cinco pesos que

cuesta oír una conferencia. El conferencista, al llegar a u país, olvida

con la distancia los arañazos de los remotos «doctores» y sólo ve el

cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para

allá; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o

cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de

ocho años de cátedra ganado en un par de meses.

Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre

ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos

cónyuges adquirían una casita de campo para que los niños se criasen

mejor; todos en el hogar prorrumpían en elogios a la Argentina, y los

amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban su atención en este

país maravilloso, donde no hay más que agacharse para encontrar plata.

Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de envidia, y

cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la

Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a

entender que ellos también irían allá... a la más ligera invitación. El

conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su

agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que

resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y

cuando algún malhumorado ruge contra la lejana República, dando a

entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el

optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un país cuyo

nombre mencionan siempre con veneración su mujer y sus hijos.

--Yo que creía--interrumpió Isidro--que estos conferencistas eran unos

amables burlones, que después de explotar la credulidad americana se

reían de ella...

--Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son

ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una

propaganda que de ser obra del gobierno costaría millones. ¡Quién sabe

cuánta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del país adonde

vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la

primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no

recordamos...

Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos

el curso de los paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus

palabras.

--Mire usted a la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van

saliendo del fumadero sus adoradores... ¡Saludo a la pasajera más

hermosa de todo el buque!

Nélida dilató los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la

genuflexión versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los

pingüinos» irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada

cándida el enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no verla,

para no responder a su saludo. Algunas contestaron «Buen día, niña» con

voz triste y ojos de conmiseración, como si fuese una enferma cuyo fin

consideraban próximo.

--Esa Nélida es de una audacia estupenda--dijo Maltrana--. Sabe que

todas las señoras hablan de ella con escándalo, y las saluda como en los

primeros días, cuando la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y

los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.

Habló Isidro de la indignación de las matronas, que consideraban como un

tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.

--Prohíben a las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de

navegación era la más agasajada por todas ellas... Pero las niñas fingen

obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de

rozar lo prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!... Por las tardes,

mientras las señoras dormitan, suben ellas con Nélida a la última

cubierta para que las enseñe a bailar el tango... pero el tango tal como

se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que

cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque todo

resulta bien.

Siguió Nélida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba

sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el

venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca

entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.

--La pobrecita--continuó Isidro--siente por las mañanas el amor de la

familia y va en busca de su padre. Lo besa, juguetea con él como una

gata, y al mismo tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo

la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen a distancia,

ansiosos de juntarse con ella. ¡Criatura ingenua y refinada!... Pero

fíjese, Fernando: usted, que me cree poca cosa, y no le falta razón,

mire con qué impaciencia me aguardan mis admiradoras.

Y señaló disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las más

viejas, volvían sus ojos hacia Maltrana, como invitándole a aproximarse.

--Yo tengo mi público, y como todo hombre notable, tengo también mis

enemigos y detractores. No puedo aproximarme a las nobles matronas y

cambiar con ellas un saludo, sin que alguna me diga: «Cuéntenos algo.

Usted que lo sabe todo, Maltranita, díganos qué ocurre en el buque». Y

me tienen de pie ante ellas, para que no se borren del todo las

distancias sociales, hasta que de pronto las hago reír o las cuento algo

que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina solicitud,

me dice: «Pero siéntese usted, siéntese aquí y no sea zonzo». Y encoge

las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un

paje a los pies de la dama... La viuda de Moruzaga, que tiene millones y

millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y

virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una verdadera enamorada! Sólo

vive cuando puede hablar de «su finado». Y si la conversación cambia de

tema, pierde todo interés para ella y parece dormirse con los ojos

abiertos.

Una idea repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.

--Pero ¿se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos

nuestros? Los primeros días, al oírles, decía yo: «Somos iguales:

iguales salvo algunas diferencias de acento y sintaxis...». Y no señor;

no somos iguales. ¿Cómo me explicaré?... Unos y otros tocamos el mismo

instrumento, pero tenemos distinto oído para apreciar los sones. A lo

mejor, digo algo que por casualidad me resulta gracioso, algo que en

España pasaría por un «golpe» de ingenio, y las buenas señoras

permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso de

la conversación, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que

en Madrid me valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y la

repite como una brillante manifestación de ingenio.

Ojeda, recordando sus viajes por América, asintió a las palabras de su

amigo. No sólo había divergencia en la apreciación de los sones del

instrumento común del idioma: se diferenciaban también en la agilidad y

la fuerza para su manejo.

--En muchos de esos países--dijo Fernando--, las gentes hablan con una

lentitud penosa, como si la rebusca de las palabras fuese acompañada de

los dolores de un parto. Las mujeres especialmente sólo tienen cuerda

verbal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirándose unas a otras.

Únicamente se animan cuando hay que «pelar» a alguien; pero éste es un

fenómeno verbal no sólo de América, sino de todos los países del

planeta.

--Sí; hablan poco--dijo Maltrana--. Gustan de escuchar, pero su

capacidad auditiva es tal vez tan limitada como su capacidad verbal. A

la larga se fatigan de oír, aunque la conversación les interese. Parecen

ofenderse de haber permanecido mucho rato en silencio, y se vengan

llamando «macaneador» al mismo cuya palabra han solicitado. Lo que no se

entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es «macana».

Isidro empezó a apartarse de su amigo.

--Le dejo, Fernando; me reclama mi público. En los primeros días tenía

más éxito. Pasaba de un grupo a otro: de los «pingüinos» a las

«potencias hostiles»; pero no se puede dar gusto a todos a la vez.

Ahora, con las «potencias», el saludo nada más; frías y corteses

relaciones de diplomacia. La última vez que me acerqué al grupo, la

chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa de cuchillo: «¿A qué

viene usted aquí, patero? Déjenos en paz y vaya a hacer la pata a sus

argentinas». Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco

fuerte, al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.

Intentó tirar del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.

--Venga usted conmigo. Las señoras tendrán mucho gusto en oírle. Usted

ha sido presentado a todas ellas, y le encuentran muy simpático. ¿No

quiere?... Sin duda está usted ofendido por lo que le dije, de que las

niñas le encontraban «muy buen mozo, pero algo viejón»... No haga usted

caso. Es una consecuencia de la mentalidad simple de estos pueblos que

aún viven cerca del tronco primitivo, o sea de la Naturaleza sin

artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de treinta y

cinco años es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener

veinte años cuando más. Sólo admiran la existencia en capullo, como en

tiempos de la vida de tribu... Y eso cuando en Europa cada año que pasa

hace retroceder hasta los confines de la vejez el límite de la edad

amorosa. Balzac haría reír hoy con su novela _La mujer de treinta años_.

Las damas de cuarenta son ahora las conquistadoras más temibles. En el

teatro, galanes cincuentones disputan sus amantes a los jovencitos y

acaban por llevárselas... ¡Viejón, y sólo tiene usted treinta y seis

años! No haga caso de las opiniones de estas gentes recién desbastadas,

que en punto a refinamientos sólo copian lo exterior y ostensible...

Decididamente, ¿no quiere usted venir?... Hasta luego.

Fernando permaneció solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo

con los ojos el resbalar del agua removida por los flancos del buque.

Sobre el lomo verde del Océano giraban flores de espuma rematadas por

una espiral que se perdía en la profundidad. Luego emprendió un paseo

por la cubierta, y ante el grupo de señoras se llevó una mano a la gorra

con saludo mudo, sin volver la vista. Rozó, al pasar, a Isidro, que

hablaba de pie, y oyó una voz femenina que le interrumpía con interés:

«¡No diga!... Eso es muy curioso. Siéntese, Maltranita, y cuente».

Continuó Ojeda por el lado de babor, saludando a las «potencias

hostiles» y a un grupo de argentinos y brasileños que hablaban de las

estancias rioplatenses, de las _fazendas_ de café, del valor de los

campos, mezclando cantidades de leguas y millones de pesos. El señor

Oneglia, el millonario italiano, que reposaba, enorme y flácido, en un

sillón especial, lejos de su familia, ansiosa de rozarse con la «gente

bien», abrió un ojo al oír los pasos de Fernando y lo protegió con un

saludo gruñente, volviendo a sumirse en su noche poblada de cálculos. Al

lado de él, como si la afinidad de gustos les impusiese este contacto,

se sentaban los tres comerciantes españoles. Más allá, el conferencista

italiano levantó la cabeza y descansó un libro en las rodillas para

saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció

acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratificó con una

sonrisa protectora. La niña, hastiada ya de las expansiones familiares,

se había despegado de ellos y reía en la puerta del fumadero, escoltada

por su hermano y todos los admiradores, que parecían desnudarla con los

ojos.

Llegó Fernando hasta la terraza del café, atraído por el _Canto de la

Primavera_, de Mendelssohn, que tocaba la música. Apenas se hubo apoyado

en la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a él,

velando la luz del sol, y oyó una voz enérgica que recortaba duramente

las palabras.

--Buenos días, señor Ojeda... Usted perdonará la libertad que me tomo,

pero yo soy amigo de don Isidro, y tal vez le habrá hablado de mi

persona... Usted dispense que me acerque así como así, ¡pero entre

compatriotas! ¡somos tan pocos en el buque!... Por eso me he dicho:

«Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese señor».

Era el cura español que Maltrana le había enseñado varias veces de

lejos: un hombrecito moreno, enjuto, vivo en sus movimietos, al que

encontraba Fernando cierto aire ágil y garboso de banderillero. Su

delgadez hacía más visible la exuberancia de un abdomen puntiagudo que

parecía pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo negruzca, con llaves

de reloj y medallas, se tendía de la botonadura de la sotana a un

bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían un

cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas

prematuras, ocultábase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual

al que usan los tenderos.

--José Fernández, sacerdote, para servir a Dios y a usted--dijo el cura

haciendo la presentación de su persona.

Mostró la fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde

que delataba el deseo de intimar con este compatriota, el personaje más

eminente de cuantos venían en el buque, según su opinión.

La música había cesado de tocar, y el cura aprovechó este silencio para

expresarse con la exuberancia de un verboso falto de amistades que busca

ocasión de esparcir su facundia. La franqueza española le hizo tratar a

Fernando confianzudamente a las pocas palabras, lo mismo que si fuese un

antiguo camarada, acompañando cada avance de su intimidad con humildes

excusas: «Usted perdone; pero aquí no es como en tierra. Pasamos la vida

juntos; estamos en la soledad del mar, confiados a la voluntad del

Señor... ¿Conque usted también va a Buenos Aires, don Fernando?...

¡Vaya, vaya! Allá vamos todos, y quiera el Altísimo que los negocios le

resulten bien, conforme a sus deseos».

Hablaba el buen clérigo sin interrupción, y Ojeda iba entresacando

fragmentos de su historia de estos períodos de charla confidencial.

Tenía a su madre en un pueblecillo de Castilla la Vieja; además, una

hermana mal casada, con una turba de hijos, y todos confiaban en él, que

era la gloria de la familia, «el señor cura», el ser excepcional. Último

descendiente de una línea de míseros jornaleros del campo, había

conseguido emanciparse de la servidumbre del terruño gracias a cierta

viveza de ingenio demostrada en la escuela del lugar y a la protección

de una señora vieja que le había costeado la carrera del sacerdocio.

--Carrera corta, don Fernando. Yo no soy teólogo; no soy doctor en nada.

Cura de misa y olla nada más; pero ¡lo que he trabajado en esta vida! ¡y

lo que me queda que penar!... Mi cuñado es infeliz, un buen hombre, que

no sirve para nada, y yo tengo que mantenerlo, y a la pobre viejecita, y

a mi hermana, y a todos los sobrinos, que se creen superiores a los

demás del pueblo porque cuentan con un tío cura. He sido vicario,

trabajando del alba a la noche por seis reales al día: peseta y media,

don Fernando. He sido párroco suplente en lugares de mala muerte, y

después de enviar a mi madre lo que ganaba (menos de lo que gana un

guardia civil), tenía que mantenerme de los regalos de los feligreses

pobres. Y todavía el barbero del pueblo y otras malas lenguas murmuraban

de la vida regalona que llevamos los de la Iglesia... Cuando vivía en

Madrid, cerca del diputado del distrito, solicitando un puesto mejor, he

andado hecho un azacán de sacristía en sacristía pidiendo misas como el

que pide limosna. He pasado mucha hambre; no tengo vergüenza en decirlo:

mucha hambre por sostener a los míos; y por esto voy allá, a ver si

cambio de suerte.

Calló un momento don José, como si vacilase, temeroso de exponer sus

ideas, y al fin continuó en voz baja:

--Dicen que España es un país católico, el más católico de la tierra.

Así será, pero no hay en él dos pesetas para los clérigos de mi clase,

para los que trabajamos de veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo

llevan otros... otros.

En la vaguedad de su mirada, en la timidez de su voz, había cierta

protesta contra los que vivían en las alturas.

Fernando quiso saber cómo se le había ocurrido la idea del viaje.

--Tengo allá compañeros de seminario. Un muchacho que estudió conmigo

vive en Buenos Aires, y me ha escrito maravillas de aquella tierra,

invitándome a ir con él. Antes era mucho mejor: faltaban gentes de

nuestra clase; ahora, en cada buque llegan sacerdotes de todos los

países. Pero no importa: en la capital se puede vivir bien a la sombra

de una parroquia, y además hay el campo, donde cada semana se funda un

pueblo y hace falta un cura... También tengo condiscípulos en Chile y

otras naciones del Pacífico. Allá creo que aún se presenta la cosa mejor

para nosotros. Me escriben que hay señora que da cien pesos de limosna

por una misa. ¡Y en España que no pasa nadie de tres pesetas!...

Complacíase Ojeda con esta franqueza de don José al comparar las

ganancias del sacerdocio en los dos hemisferios. Había hecho bien en

embarcarse: seguramente le esperaba allá la fortuna.

--No es tan fácil, don Fernando; hay mucha concurrencia. Me dicen que

los curas italianos trabajan por lo que les dan, y han abaratado los

precios. Como que muchos se ayudan con un oficio, y cuando vuelven de la

iglesia a casa, son sastres de viejo o remiendan zapatos... En aquellas

tierras los hombres se muestran, según mis noticias, algo indiferentes

con nosotros. Lo mismo que en la nuestra. Hay que buscar el apoyo de las

mujeres, y para esto me ha prometido don Isidro presentarme a esas

señoronas ricas que hablan con él y se sientan en la parte de proa.

Parecen muy entusiasmadas con el obispo italiano: «Monseñor, aquí;

Monseñor, allí», pero yo soy español, y ¡quién sabe!... Me gustaría

encontrar una señora rica que me protegiese.

Fernando sonrió, algo asombrado de la naturalidad con que don José hacía

esta declaración. ¡Qué cinismo tranquilo!... Y quiso acompañar su risa

tocándole en el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de

sorpresa.

--Se equivoca usted, señor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas

cosas... menos en ésa. Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero

lo que usted cree... ¡nunca! Yo no pienso jamás en esas niñerías. ¡Yo

soy muy hombre!

Golpeábase el pecho con arrogancia al hacer esta viril declaración, y

Ojeda admiraba la incoherencia del pobre sacerdote, que repetía con

orgullo su calidad de masculino como prueba de virtud.

--Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado

tonto en el que usted piensa y que sólo proporciona escándalos y

quebraderos de cabeza... Otros pecados, no digo que no...

Una sonrisa de malicia infantil arrugó sus mejillas morenas, en las que

se marcaba la mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus

dientes apretados, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza

triturante. Contemplando su ávido brillo, creyó Ojeda en la pureza de

aquel hombre. La voluptuosidad había contraído en él todos sus

tentáculos, para replegarse sórdidamente en el paladar y el estómago.

Maltrana le había hablado algunas veces del apetito insaciable de don

José, de la prontitud con que acudía al comedor apenas sonaba la

trompeta, de la profusión con que recolectaban sus manos emparedados y

galletas en las bandejas a la hora del té, del entusiasmo con que

elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del _Goethe_. Su capacidad de

alimentación sólo era comparable, según Isidro, a la de un náufrago que

se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde después

de varios años. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos comían

por su boca.

En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a

Isidro que acababa de abandonar su conversación con las señoras y venía

hacia él. Pero se detuvo ante la familia de Nélida. El padre, sin

moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta bancario, y

Maltrana, después de escucharles unos segundos, se inmiscuyó en la

conversación.

--Yo necesito, para abrirme paso, una señora que me proteja--continuó

don José--. Pero eso no es fácil; en nuestro mundo hay modas, como en

todos los mundos, y vanidades y categorías. Yo soy un pobre cura que

sólo sabe cumplir como buen trabajador.

--Debía usted imitar--dijo Ojeda--a ese abate francés que tanto

entusiasma a las señoras.

--¡Cállese, señor!--protestó el cura--. Yo no sirvo para titiritero. Los

españoles no sabemos hacer comedias: tenemos más seriedad... ¡Yo soy muy

hombre!

Y resumía su indignación con un fiero golpe en el pecho, afirmando

varias veces que era muy hombre.

--Tal vez en tierra me sea más fácil abrirme paso. Yo no soy cura a la

moda, pero soy cura español, y esto algo debe valer entre gentes que son

de nuestra sangre, hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo

porque España fue la primera en descubrir sus tierras. Ahí está la buena

señora doña Zobeida, ese ángel de bondad; para ella no hay más sacerdote

a bordo que yo: el obispo y el abate, como si fuesen zapateros. ¡Ojalá

se resolviese lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que no

me olvidaría... Además, en aquella tierra, según dicen, el exceso de

dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes. Unos se

dedican a la cría de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los

feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar sólo en lo mío,

para cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sería un

curato en esos campos donde la carne va tirada, según dicen, y el pan lo

mismo. Mi madre no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero

traeré a mi hermana, que es guisandera fina, y malo será que no coloque

a mi cuñado y dé carrera a los sobrinos... ¡Señor, que así sea!

Quedó indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e

inesperadas ideas.

--Líbreme el Altísimo de un engaño--dijo--; pero yo pienso, don

Fernando, que nosotros en América somos algo. Tal vez no sabemos tanto o

somos menos atrevidos que ese parlanchín de las barbas, pero somos más

serios, más sencillos. Nuestro catolicismo es para América más... ¿cómo

me explicaré?... más...

--Más clásico--interrumpió Ojeda, para sacar al cura de su apuro.

--Eso es--dijo don José tras una vacilación, como si pesase la palabra

no comprendiéndola bien--. Más clásico, más con arreglo al país, y por

esto las personas buenas y sencillas que no se curan de modas deben

recibirnos mejor a nosotros que a esos sacerdotes extranjeros que

parecen gente de teatro.

Permanecieron los dos en silencio, y Ojeda volvió a tener la misma

visión del día anterior... «¡Buenos Aires!» También este nombre mundial

había titilado un instante, como parpadeo de mística lámpara, en la

penumbra de la sacristía, evocando la ilusión de una mesa abundante, una

mesa de hartura, y en torno de ella una familia robusta y saludable,

segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico... Y allá iban todos,

siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de fértiles

soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada fuerzas,

iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros el

ávido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo

infinito... y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo

español, más serio, más... clásico.

La llegada de Maltrana interrumpió estas meditaciones.

--¿Qué dice don Pepe?...

Y acompañó el familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del

clérigo. Éste se inclinó sonriendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y

simpático!... Era imposible enfadarse con él...»

Al ver juntos a los dos amigos, el cura pareció contraerse en su

humildad.

--Ustedes tendrán que hablar--dijo mirando a su reloj--. Va a ser

mediodía. ¡La hora del almuerzo! Me hace falta un poco de paseo para

despertar el apetito.

Y se alejó, seguido por la risa de Maltrana, que lamentaba irónicamente

la inapetencia del cura.

Ojeda quiso saber qué había hablado su amigo con Martorell y el padre de

Nélida.

--Hablábamos de negocios--dijo Isidro con repentina gravedad y una

expresión de misterio--, de un gran negocio que llevamos entre manos.

¡Quién sabe si antes de un año seré rico, muy rico, más que usted, que

quiere ir al desierto a roturar la tierra!... Las amistades sirven de

mucho, y yo las tengo buenas.

La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le invitó a continuar en sus

confidencias. Dudó un momento, como si temiese la burla de su amigo, y

al fin dijo con resolución:

--Vamos a fundar un Banco apenas lleguemos a Buenos Aires... No se ría

usted, Fernando; me lo esperaba. Es cosa seria. Martorell pone la idea

y su experiencia de técnico. El señor Kasper, el padre de Nélida, pondrá

el capital que se necesita para empezar; poca cosa, según el catalán,

que entiende mucho de esto. Yo... no sé lo que pongo en el negocio, pero

seguramente pondré algo, pues entro en él, y mis consocios parecen

contentos de tenerme en su compañía.

Echóse a reír Ojeda con tal fuerza, que su espalda chocó con la

barandilla, doblándose hacia la parte exterior. «¡Maltrana banquero!

¡Maltrana fundador de un Banco, cuando apenas tenía unas pesetas para

desembarcar!...»

--No se burle--dijo éste, algo amoscado--. La cosa no es para tanto.

¿Vamos o no vamos a una tierra de riquezas y prodigios?... Si usted

oyese a ese muchacho catalán, la sencillez con que explica las cosas se

convencería de que lo del Banco es asunto serio. ¿Y qué tiene de

extraordinario que yo llegue a ser un gran banquero en un país donde

todos, al llegar, cambian de profesión y cada uno se descubre con

facultades y aptitudes que no sospechaba en Europa?... Aquí en el buque

no se oye hablar más que de millones y de negocios estupendos. Todos

llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar al Nuevo Mundo y

encadenar a la fortuna. Hasta los que se volvieron de América

desesperados retornan con nuevos bríos. ¿Por qué no ha de tener Maltrana

su negocio?... Crea usted que los que han fundado Bancos allá no valían

más que yo ni tenían el talento de Martorell, que es un águila para

estas cosas.

Pasado el primer acceso de hilaridad, admirábase Ojeda de la convicción

con que hablaba su amigo del futuro negocio. Sentía, indudablemente, la

influencia misteriosa que había observado él en anteriores viajes. Un

ensanchamiento de la ilusión, hasta los confines más absurdos de lo

irreal, dominaba a los viajeros. El aislamiento en medio del Océano

empequeñecía o anulaba todos los obstáculos con que se tropieza viviendo

en tierra firme. La inmensidad del mar parecía dilatar los cerebros y

los ojos. Todos pensaban en grande y veían sus propias ideas con retinas

de aumento. Y como la ilusión de los unos no oponía obstáculos a la

esperanza de los otros, todos se empujaban locamente, dando por

realizadas las cosas en este galope de optimismo.

Los vecinos de asiento, que durante los primeros días de navegación se

habían mirado hostilmente en la cubierta de paseo, buscábanse ahora, no

pudiendo vivir separados, y hablaban horas y horas de los futuros

negocios ideados en comandita, sin cansarse de manosearlos para apreciar

mejor su mérito, examinándolos, como una piedra preciosa, faceta por

faceta. Un hálito de heroísmo despreciador de los obstáculos hacía

vibrar los cerebros. La vieja Europa, meticulosa, cobarde y

retardataria, quedaba atrás; las hélices la enviaban los espumarajos de

las aguas rotas como un salivazo de despectivo adiós. Por la proa

llegaba el viento del Nuevo Mundo, la respiración de una tierra de

valerosos sin escrúpulos ni remordimientos, donde el absurdo triunfa,

siempre que vaya acompañado de la tenacidad y la audacia.

Si para un negocio se necesitaban tierras, las tierras se adquirirían.

Los futuros triunfadores ignoraban cómo ni por qué medio, pero se

adquirirían, y... basta. Éste era un detalle de poca importancia. Si se

necesitaban grandes capitales, se encontrarían igualmente. No había que

preocuparse de esto. Lo importante era el negocio, el gran negocio de

estupenda novedad que se les había ocurrido--novedad que consistía en

trasplantar algo viejo y tradicional de Europa--, y calculaban las

seguras ganancias: tanto por mes, tanto por año, tantos millones a los

cinco años, creyéndose, en fuerza de ilusión, casi al final de esta

rápida carrera de la suerte.

Algunos, con inagotable generosidad, sentían el deseo de hacer

partícipes de su estupenda fortuna a todos los allegados, y cada mañana

admitían un nuevo socio, ofrecían graciosamente una parte a un nuevo

auxiliar, hasta el punto de no saber con certeza qué restaría para

ellos, los geniales inventores. Otros, más ásperos de alma, empezaban a

mirarse con recelo y suspicaz vigilancia, temiendo una mutua traición en

el negocio que aún estaba por venir. La riqueza achica los corazones y

los endurece. Y lo más extraordinario era que todos abominaban de la

imaginación como de una facultad deshonrosa y ridícula. «Nada de

ilusiones: hay que ver las cosas tales como son, y en el caso de

exagerar colocarse en lo peor. Pongamos que sólo se gana la mitad;

pongamos que sólo es la mitad de la mitad...» Y tras estos cálculos

descendentes, que revelaban su odio a toda fantasía, siempre resultaban

millonarios.

Los más entusiastas y de fe inconmovible eran los que habían estado en

América y volvían a ella por segunda o tercera vez. Los neófitos, que

escuchaban con asombro sus profecías de riqueza, parecían dudar de

repente. Era la timidez europea que resucitaba. «Yo he estado allá, y sé

lo que es aquello--decía el compañero viejo--. Nada de miedo; esta vez,

con mi experiencia, estoy seguro del éxito...» Y Maltrana, burlón y

escéptico, que iba a América sin saber ciertamente para qué, se había

sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los otros, por este huracán

de optimismo.

--Sí señor; un Banco--repitió mirando a Ojeda con expresión algo

agresiva--. Vamos a fundar un Banco, y no comprendo que un negocio serio

le produzca a usted tanta risa. Las cosas están magníficamente ideadas.

Ese chico catalán, aunque despreciable como poeta, es un gran

organizador; y el señor Kasper será un pillo, si usted quiere, pero en

los negocios la picardía es un mérito. El plan no tiene falla por

ninguna parte.

Y lo exponía con la sequedad de un grande hombre ofendido por la

ignorancia de su auditorio. Fundar un Banco era cosa corriente en

aquellos países. Cada semana nacía uno, según le había dicho Martorell.

No había calle principal de Buenos Aires que no tuviese unos cuantos. Lo

más importante era encontrar una buena casa y amueblarla con muebles

ingleses, «serios», «distinguidos», y mostradores de caoba brillante.

Además, eran necesarios un enorme rótulo dorado, juegos de banderas para

las fiestas patrióticas, y gran iluminación nocturna en la fachada.

Capital para empezar: dos o tres millones de pesos.

--Usted creerá haberme aplastado preguntando: «¿Dónde está el

capital?...». Se hacen figurar todos esos millones y más si se desea en

los Estatutos, y sobre todo en las vidrieras y el rótulo, con letras de

a dos palmos. Pero en realidad se empieza con treinta o cuarenta mil

pesos... Y también me dirá usted: «¿Dónde están?...». El señor Kasper,

que tiene en gran aprecio a Martorell y cree en el negocio, promete

traerlos. Además, contamos con los buenos señores que entrarán en el

Directorio... Siempre se encuentran media docena de tenderos deseosos de

figurar al frente de un Banco. Gusta mucho poder decir a los amigos:

«Esta tarde tengo sesión de Directorio». Da importancia escribir a los

parientes de Europa, a los papanatas de la tierra, en el papel del Banco

con un membrete que impone respeto, en el que se consignan los millones

del capital y las operaciones del establecimiento. El catalán, que

«conoce el corazón humano» y es gran aprovechador de vanidades, tiene

echado el ojo desde su viaje anterior a unos cuantos compatriotas. Éstos

aportarán fondos, tomarán acciones para ser del Directorio, y luego que

funcione el Banco... ¡a vivir! Daremos dinero al 30 por 100 (lo que es

fácil allá, según dice Martorell), prestaremos con hipoteca, para

quedarnos con los bienes hipotecados; un sinnúmero de bellas maldades,

que explica mi consocio con su hermosa sonrisa de hiena poética.

Quedó en silencio Maltrana, como si se examinase interiormente.

--¡País de asombros!--continuó--. ¡Yo banquero, yo que he hecho sufrir

tanto a los prestamistas de Madrid!... ¡Tierra de transformismos, donde

los albañiles se hacen agricultores, los curas fugitivos se convierten

en padres de familia y los señoritos arruinados entran de cajeros de

confianza en las casas de comercio!...

--¿Ya tienen ustedes título para el Banco?--preguntó Ojeda.

--Ése es el obstáculo, el único escollo con que tropieza hasta ahora

nuestro negocio. Lo del título es importante. Casi va el éxito en

encontrar algo que suene bien, que se pegue al oído, inspire confianza y

tenga un carácter internacional, lo más internacional que sea posible.

Los consocios no se ponen de acuerdo en lo del título; lo único

indiscutible es que, sea cual sea su dimensión, deberá añadírsele «y del

Río de la Plata». Porque allá, según Martorell, todos los Bancos, aunque

se titulen rusos, chinos o noruegos, llevan como final de rótulo «y del

Río de la Plata». Sin esto, no hay respetabilidad posible.

Volvió a quedar en silencio Isidro, pero su rostro se animó durante esta

pausa con su acostumbrada expresión de malicia.

--Yo tengo mi título, un título de lo más universal. Abarca las diversas

nacionalidades de las gentes que vendrán a nosotros y halaga al mismo

tiempo el sentimiento regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar

de nacimiento de mis dos compañeros. «Banco de Westfalia, de Tarragona y

del Río de la Plata.» Pero los socios no lo aceptan.

Fernando miró fijamente a su amigo. ¡Famoso Maltrana! En él la gravedad

era siempre de corta duración. Nunca se sabía ciertamente dónde cesaban

sus emociones, dando paso a la fría burla.

En lo alto del buque vibró la señal de mediodía, un rugido que hizo

temblar los pasillos y tabiques del trasatlántico y se dejó absorber sin

eco alguno por el sordo infinito del Océano.

--Las doce: vamos a almorzar.

Cerca de la proa vieron algunos pasajeros que señalaban la línea del

horizonte, discutiendo con frases breves. Contraían los ojos para dar

mayor potencia a su visualidad; pasábanse de mano a mano los gemelos

prismáticos, explorando el límite del Océano, sobre cuyo lomo se

abullonaban tenues vapores. «Ya se ve Cabo Verde...» Otros dudaban. No

eran las islas: eran simples nubes. Y todos, como si despertasen de la

calma letárgica del mar, mostraban un deseo famélico de ver tierra, de

distinguir aquellas islas en las que no había de detenerse el buque.

Abajo en el comedor almorzaban muchos con cierta precipitación, como

gentes que han de ir al teatro y aceleran la comida por miedo de llegar

tarde. «Tierra: ya se ve tierra», decían de mesa en mesa con una alegría

infantil. Más impacientes, algunos se levantaban de sus asientos con la

servilleta en la mano, y alargaban el pescuezo queriendo distinguir por

las ventanas del comedor aquellas islas ante las cuales iban a pasar de

largo y de las que hablaban todos como de una tierra de promisión.

Después del almuerzo, la gente tomó el café a toda prisa y los salones

quedaron abandonados, sonando en el vacío el abejorreo de los

ventiladores y los trinos de los canarios. Todos se amontonaban hacia la

proa, en las bordas de la cubierta, ansiosos de ver las islas. Empezaron

a marcarse en el horizonte las gibas obscuras y borrosas de unas

montañas emergiendo del mar. Cansados al poco rato de esta contemplación

monótona, muchos retrocedían. ¿No era más que aquello? Iba a transcurrir

una hora larga antes de que estuviesen frente a ellas. Además, el buque

pasaba muy lejos... Volvían al fumadero a continuar sus partidas de

_poker_, o formaban en la cubierta los corrillos habituales, hablando

tendidos en el sillón, hasta que el cabeceo de la somnolencia les hacía

levantarse titubeantes, camino del camarote, para continuar la siesta.

Ojeda y su compañero, acodados en la baranda, miraban con interés las

siluetas de las islas destacándose como nubes puntiagudas sobre el azul

sereno del horizonte.

--Hasta aquí llegó Colón--dijo Fernando--. El Almirante, que había

navegado siempre hacia Poniente, puso en el tercer viaje la proa al Sur,

buscando descubrir tierras nuevas por la parte del Austro. Pero más allá

de estas islas tuvo miedo, y torció el rumbo para seguir la ruta de

siempre. Le espantaron los calores del Ecuador; creyó que de seguir

hacia el Sur acabarían por arder sus naves. Tal vez influyeron en su

credulidad de visionario las leyendas de que rodeaba la pobre geografía

de entonces a la línea equinoccial.

Recordó después los incidentes de su tercer descubrimiento. Los rayos

del sol eran tan intensos, que el Almirante, según consignaba en sus

cartas, temió que incendiasen navíos y personas. Caían sobre la

escuadrilla frecuentes turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa

tibieza sólo servían para hacer tolerable el calor durante unas horas.

Colón las acogió como un socorro providencial, creyendo que sin ellas

todos hubiesen perecido. Iba enfermo; le inquietaba la desaparición en

la línea del horizonte de los astros que guiaban a los navegantes en los

mares del hemisferio boreal, así como la aparición de otras estrellas

ignoradas que a cada singladura iban remontándose en el cielo.

Renacían en su memoria las opiniones de la época sobre la línea

equinoccial y lo que existía detrás de ella, doctrinas aprendidas en su

vagabundaje por los conventos y los puertos, conversando con hombres de

ciencia y navegantes.

Para muchos, en el hemisferio del Austro estaba el Paraíso terrenal. El

Ecuador, con sus calores irresistibles, era «el gladio o cuchillo ígneo

versátil» que había puesto Dios entre los hombres y el Paraíso para que

ninguno de los hijos de Adán pudiese volver a él. Los poetas de la

antigüedad y los Padres de la Iglesia acordábanse maravillosamente al

fantasear sobre esta parte del mundo absolutamente ignorada. Más allá

del Ecuador estaba la tierra llamada «Mesa del Sol», por la dulzura de

su clima y la generosa abundancia de sus productos. En ella vivían seres

felices que, al no tener que preocuparse de las necesidades de la

vida--pues la Naturaleza, pródiga, les ofrecía todo con exceso--,

dedicábanse al estudio de las causas naturales, y especialmente de la

astrología. Arim, la «ciudad de los filósofos», era el centro de la

«Mesa del Sol».

En esta parte de la tierra, por ser la más noble, había de estar

forzosamente el Paraíso. Los astros influían en nuestra existencia

poderosamente. Todo se desarrollaba en el suelo, no con arreglo a su

propia bondad, sino por «las nobles y felices influencias de las

estrellas que están sobre él», causa universal de vida. «A cielo noble

correspondía tierra nobilísima», y como las constelaciones del ignorado

hemisferio eran, según la ciencia de la época, «las mayores, más

resplandecientes, más nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor

virtud, felicidad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su

resplandor debía estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el

Paraíso.

La cabeza es la parte más noble de «todas las cosas naturales y

artificiales, la más adornada y de mejor hechura, de donde procede la

influencia a los otros miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza

de la tierra?... En el ignorado Austro, en el Sur, como le ocurre al

árbol, que, aunque tiene la cabeza oculta abajo, no podría extender las

ramas, con sus frutos y pájaros, si esta cabeza dejase de enviarle su

nutrición y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía en el Austro,

se engendraba en él, y una barrera de este fuego tendida circularmente

en el Ecuador impedía el paso de un hemisferio a otro.

El descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salían al

encuentro, vio en ellos una confirmación indiscutible de las opiniones

de los hombres doctos de su época, y volvía la proa a Poniente, no

osando avanzar más en el temido Austro.

Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como habían

creído Ptolomeo y otros. Podía ser esférico en el hemisferio boreal,

donde aquellos sabios habían hecho solamente sus estudios; pero este

otro hemisferio por cuyos límites navegaba él tenía la «forma de una

pera, que es redonda salvo allí donde tiene el pezón, que es más alto, o

la de una pelota con una teta de mujer puesta encima», y el extremo de

tal pezón era «la parte del mundo más propincua al cielo».

Los buques, al continuar hacia Poniente, aunque parecía que navegaban

por un océano llano e igual, subían y subían, siguiendo el lomo

ascendente de esta protuberancia del planeta. El Almirante reconoció

esta subida en la frescura del aire, cada vez más sensible según se

avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y sobre

todo en las particularidades que ofrecían tierras y gentes. Así como el

descubridor se había ido aproximando a la línea ígnea del Ecuador, el

sol quemaba con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los

habitantes eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las

gentes a la más extrema negrura y las tierras parecían quemadas. Y sin

embargo, al poner proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba

el aire, y el Almirante encontraba en las costas de Venezuela la isla de

la Trinidad, «de temperancia suavísima--según sus escritos--, con

tierras y árboles muy verdes y hermosos, como en Abril las huertas de

Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi blancos, más astutos y

de mayor ingenio que los negros, y no cobardes».

Todo esto era porque las tierras y las personas estaban más en alto, más

cerca de las buenas regiones del aire, en las laderas de aquel pezón

gigantesco que alteraba la redondez del hemisferio austral. Y la

hipótesis del Paraíso, cabeza de la tierra, situado en el noble Austro,

se convertía en certidumbre para el Almirante. En el vértice del pezón

estaba el antiguo lugar de delicias; y el Orinoco, que endulzaba el mar,

asombrando a los navegantes con su sábana inmensa, era uno de los cuatro

ríos que descendían del Paraíso.

Fernando y su amigo, que hablaban de estas fantasías del Almirante

paseando por la cubierta, se detuvieron ante las ventanas del gran

salón. La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la curiosidad

de Isidro.

--Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta,

que se aprovecha de que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su

niño... ¿Qué toca? ¿Wagner?... No; eso lo conozco; es de Schubert: _El

rey de los álamos_. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos

bien... No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro día...

Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.

Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese

a una decisión anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta

de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre

las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros

dormitantes. Luego entró en el salón y fue a sentarse cerca del piano,

junto al pequeñuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran

volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la música de

su madre. Ésta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba

fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se

respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita resolución

continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de

busto antiguo.

--¡Qué Ojeda!--murmuró Isidro mirando por los cristales--. Veremos en

qué viene a parar toda esta música.

Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor

había dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta,

ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados

huracanes de los ventiladores del fumadero.

El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre

las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como

metal en fusión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta,

tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rígido, obscuro

y ardiente.

Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el

rótulo de «Doctor Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor,

sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano

lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora es

Wagner--pensaba--; eso lo conozco: _Parsifal_, "El encanto del Viernes

Santo"... Ahora es Schubert: el "Quinteto de la Trucha". ¡Cosa

graciosa!... Ahora... ahora...» Y no pudo reconocer nada más, porque

dejó de oír la música.

Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía

tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante,

hasta romperse y ser devorada por el silencio.

De pronto volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los

ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca

sonriéndole.

--Levántese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el

tributo.

Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las

tres. El doctor había dormido su corta siesta habitual, y encontrándose

solo, deseaba charlar con Isidro. Éste se puso de pie para encender el

cigarro, y su vista buscó a través de las ventanas del salón. Había

enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta,

revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que,

acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad

estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no necesita

de presentaciones.

El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro

de bravío perfume.

La proximidad de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban

cerca de su hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.

--Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y

tengo unas ganas locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me

privé de mirarlo, porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!... Y

mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas

del viejo.

Sentía impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse

de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las

capitales de Europa eran dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!...

--Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda--continuó alegremente--. Allí se

demostrará, galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva

dentro. A ver si algún día llega a ser archimillonario y yo puedo contar

con orgullo que hizo conmigo su primer viaje... Pero hay que trabajar,

¿sabe, _che_?... Nada de creer que allí se encuentra plata con sólo

agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va allá con la cabeza

llena de exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes ni en un

año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay

que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida.

Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de

las ventanas del salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo

de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada,

esperando una indicación de su cabeza para volver las hojas de la

partitura.

--Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo,

poseer algo, ser propietario, y luego el país, que va siempre hacia

adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia

y serenidad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de los demás

y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?...

El doctor hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en

los ojos y la boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares

comunes que había oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo

virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para el trabajo...

--Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y

creo que su poder de atracción consiste en que en ella no hay

aritmética. ¿Se entera usted?... Más bien dicho, que su aritmética es

distinta de la que se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de

ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?... Pues en la Argentina

jamás ha sido así.

Guardó silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y

luego continuó, con una sonrisa doctoral:

--En los tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños

en la escuela, y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas,

dos y dos jamás fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los

dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos domésticos;

matábamos los animales para aprovechar únicamente el cuero y el sebo,

dejando la carne a los caranchos; cultivábamos la tierra para las

necesidades de casa nada más... Después vinieron los buenos tiempos de

la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron cuatro.

Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son

doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que

haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen

veintidós... ¡Qué país, mi amigo!

Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si

esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del país adonde él

iba.

Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que

fuesen: dos y dos. El país se encargaba después de hacer la adición con

arreglo a su aritmética maravillosa.

--Pero esa aritmética tiene a veces sus fracasos--continuó el doctor,

acentuando su sonrisa--. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es

inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en

nuestra tierra, cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie a

descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía y malas cosechas...

Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del

planeta, en países que no conocemos ni nos importan un poroto;

restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que dan «corrida»,

como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus

depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién;

capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar... y entonces, dos y

dos son uno... dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para

esperar que la aritmética recobre su antigua originalidad, queda

reventado para toda la siega.

Maltrana continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría

en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus

campos quedasen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos

estuvieran ocupados por una población densa, y se elevasen las aguas

hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ríos enormes como

brazos de mar.

--Así será--dijo el doctor--. Dos y dos serán cuatro en la Argentina

alguna vez... Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces--añadió

con tristeza--nadie irá a ella; porque para encontrarse con la misma

aritmética del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo hacen

cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.

Los argonautas · 第 9 / 18 题