VI

--¿Qué día es hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo

que llevo en el buque. Los días son dobles... dobles no, triples. Desde

que despertamos hasta el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida,

otro; y de la comida a la hora de dormir, el día más largo para algunos,

pues lo prolongan hasta que sale el sol... ¡Y siempre las mismas caras!

Vemos las mismas personas cien veces al día. Parece que nos conocemos

desde que nacimos... Dígame, Manzanares: ¿en qué día estamos?

Era Maltrana el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la

mañana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante español.

La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la

humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galería

subterránea.

Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una

silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y

pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en

calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde esmeralda de

los mares tropicales, denso y adormecido. No había en él otras espumas

que las dos láminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su

superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surgía un enjambre

de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes libélulas; abríase su

tropa en varias direcciones formando abanico, y así volaban a gran

distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles surcos,

hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.

Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de

los pasajeros, pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto

de los respaldos los nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta

rotulación parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían

agrupados o solos, tal como los habían dejado sus poseedores el día

anterior. Unos parecían seguir mudamente las conversaciones

interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con timidez o

con orgullo.

Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de

silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos,

echados atrás con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de

la testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas eléctricas,

teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y

dilatarse con el peso de sus señores; se emancipaban durante media noche

de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad;

pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolución

no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones

repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.

Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su

regazo, rozábase con otro de junco, esbelto y elegante, que tenía un

cojín lujoso en el asiento. Parecían requebrarse, continuando

silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el día.

Los asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de cifras y

negocios que los habían impregnado espiritualmente durante las horas de

luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con arreglo a las

tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de

vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que

parecían tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con

cierto aire de despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras

nobles matronas de una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver

en ellos gañanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes

después de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se

limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un

piano a cuestas.

--Hoy es viernes--contestó Manzanares--; anteayer salimos de Tenerife...

También a mí me parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y

los que nos faltan aún para llegar!... Esta tarde, según dice el

capitán, veremos de lejos las islas Cabo Verde... El lunes pasaremos la

línea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura... Mire usted

qué mar.

Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de

los peces voladores.

--Un mar de romanza--dijo Maltrana--. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué

luz!... Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una

«apoteosis final». ¡Y qué aire! (Respiraba, entornando los ojos, con

ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que

esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria

todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.

Y con gran escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una

romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberías para el

riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad

infantil.

--Pero hombre, ¡cállese!--protestó el comerciante--. ¿Y usted va a

Buenos Aires a hacer fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para

inspirar confianza. Nadie da crédito a la firma de un cantor. ¡No sea

loco!... ¡Todas las gentes de pluma son lo mismo!

--Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más joven... Usted

también parece que se remoza. Ayer le pillé en conversación con una de

esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero

hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.

--Hombre, yo soy casado--protestó Manzanares--. No haga malas

suposiciones: yo no pienso ya en esas cosas.

Pero Maltrana insistió. Le gustaba la francesa y tampoco le parecía mal

Conchita, aquella compatriota que iba sola a Buenos Aires.

--¡Un hombre de mi edad!--exclamó Manzanares--. ¡Y con el estómago

perdido!... Esa Conchita es una muchacha decente; no hay más que verla:

una señorita. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos

perdidos y creen iguales a los demás.

--¿Y París? ¿Y sus idas de noche a Montmartre?... Acuérdese cómo

entretenía la otra tarde a Goycochea y Montaner contándoles sus buenas

fortunas... Apuesto cualquier cosa a que si me deja entrar en su

camarote encuentro un paquete de fotografías comprometedoras y de cartas

de amor.

--No sea loco; no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas

tranquilas.

Pero Manzanares decía esto con un tono de mansa protesta, brillando al

mismo tiempo en sus ojos cierta satisfacción.

--¡Ah, calavera hipócrita!--prosiguió Isidro--. Cuando estemos en Buenos

Aires iré un día a su establecimiento de la calle de Alsina, para

decirle a la señora de Manzanares quién es su marido... Así lo haré, a

menos que no me soborne con un par de botellas de champán.

Una oleada verdosa se extendió por el rostro del comerciante. Brillaron

hostilmente sus ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era

por su insolente amenaza o por el convite propuesto. «Buenos días.» La

culpa era de él, que hablaba con locos. Y le volvió la espalda,

alejándose.

Maltrana se dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: este «querido

amigo» sólo era generoso para caminar. Así estuvo mucho tiempo, frente

al Océano, que titilaba bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra

de la cubierta, incorporándose y llevando una mano a su gorra cada vez

que aparecía un nuevo paseante. Todos eran hombres y caminaban

apresuradamente, dando la vuelta al castillo central, con la

preocupación de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.

A estas horas las damas permanecían abajo todavía, en los camarotes y

las salas de baño. Maltrana había sorprendido algunas veces las

intimidades del arreglo matinal al transitar por los pasillos de las

cubiertas inferiores, tropezándose con mujeres envueltas en kimonos y

batones viejos que apresuraban el paso para refugiarse en sus camarotes,

ocultando la cara como si temiesen ser reconocidas. Eran completamente

diferentes de las que aparecían una hora después en el paseo. A veces,

Isidro sentía ciertas dudas antes de identificarlas. Todas se mostraban

considerablemente empequeñecidas y de pesados movimientos al caminar sin

el montaje de los tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo

mismo que pájaros en su encierro diurno de tafilete o de raso, eran

ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las carnes

temblaban al moverse, conservando todavía la blandura y el suelto

descuido de las horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres de

pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las

caras tenían un tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban

enrojecidas en su vértice.

Después de tales encuentros, evitaba Isidro el tránsito por los

corredores a esta hora matinal, temiendo el enojo de las señoras. Al

verle luego en el paseo rehuían su saludo o lo contestaban con sequedad,

como si le hiciesen responsable de una falta de consideración... Pero el

recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír con cierto orgullo. Él

había visto; podía juzgar; estaba en el secreto. Y encontraba

interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que impone

una existencia común desarrollada en limitado espacio.

Abandonó Maltrana su sillón al reconocer a dos señoras que venían hacia

él: las primeras que se mostraban en el paseo. «Conchita y doña

Zobeida...» Y las saludó gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues

doña Zobeida, a pesar de su modesto exterior, le inspiraba una gran

simpatía no exenta de lástima. Según él esta señora ya entrada en años

era más niña que todas las pequeñuelas rubias que corrían por el paseo

con una muñeca en los brazos.

El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su

traje negro, la había colocado en un camarote de dos personas, dándole

por compañera a Concha, la muchacha de Madrid, «esta buena señorita»,

como la llamaba ella aun en los momentos de mayor intimidad. Regresaba a

la tierra natal después de haber pasado unos meses en Holanda cerca de

sus nietos. El marido de su hija era cónsul argentino y hacía años que

vivía fuera del país. Por primera vez había salido la buena señora de su

amada ciudad de Salta para ir en osada peregrinación más allá de los

límites de la República, más allá del mar, a una tierra de la que

regresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose a formular sus

opiniones. «¡Y aquello era Europa!...» Ella, en su asombro, no osaba

hablar mal; todo le infundía respeto; únicamente se quejaba de sus

privaciones espirituales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros;

las gentes tienen otras creencias. Hay que buscar dónde oír una misa. No

se encuentra un sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse

con él.» Y el contento de regresar a su tierra de altas mesetas y

vegetación tropical aminoraba la tristeza de dejar a sus espaldas a la

hija única y los nietos. La habían rogado que se quedase con ellos. ¡Ay,

no! Quien la sacase de Salta, la mataba. Hablando con Isidro por vez

primera, le había hecho el elogio de su ciudad.

--Cuando Buenos Aires no era más que Buenos Aires a secas, una aldea

mísera, nosotros éramos el reino del Tucumán. Los porteños, ahora tan

orgullosos, datan de ayer, son en su mayor parte hijos de gringos

emigrantes. Nosotros somos nobles. Usted, que es español, conocerá sin

duda nuestro apellido: Vargas del Solar. Tenemos en España muchos

parientes condes y duques; un tío mío que se ocupaba de estas cosas

mantenía correspondencia con ellos. Había reunido papeles antiguos de la

familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se olvidan

estas cosas. Allá todavía nos llaman «los marqueses». Cuando usted venga

a Salta, verá en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras

casas también lo tienen... Pero usted, que es hombre que sabe mucho,

según dice esta buena señorita (y señalaba a Concha), habrá leído lo que

era Salta; sus ferias, a las que venían a comprar mulas desde Chile,

Bolivia y el Perú... Nadie mentaba entonces a los porteños: todo nos lo

llevábamos nosotros. Mi finado el doctor, que tenía muchos libros,

hablaba de todas estas cosas pasadas cuando le ponderaban el crecimiento

de Buenos Aires.

«Mi finado el doctor» era su marido, al que designaba por antonomasia

con este título. Todo cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de

justa observación lo había dicho el grave abogado de provincia, que a

través de treinta años de viudez se le aparecía ahora cada vez más

grande, como la personificación de la sabiduría reposada y el buen

sentido ecuánime.

Sentíase atraído Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de

doña Zobeida y el aire señorial con que acompañaba su modestia. Fijábase

en su color un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de

córneas húmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos semejantes a los

de los huanacos de las altiplanicies andinescas; en el negro intenso de

sus pelos fuertes y duros, que los años no podían manchar de blanco.

No obstante el remoto cruzamiento indígena que emergía en esta Vargas

del Solar, encontraba Isidro en toda su persona una rancia distinción

española, un aire de dama acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y

que, segura de su valía, puede atreverse a ser familiar en el trato y

sencilla en sus gustos. «Esta doña Zobeida, medio india--pensaba

Maltrana--, es una señora de Burgos que luego de vigilar las compras de

su criada en el mercado entra en una librería para pedir un devocionario

"bien cumplido"; una gran dama de Cuenca o de Teruel que por la tarde

recibe su tertulia de canónigos y abogados viejos y toman juntos el

chocolate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos recuerdos

evocaban en su memoria a la vieja España, que había dejado huellas

imborrables allí donde había descansado sus pies, esparciendo las

características de la personalidad nacional por todo el planeta, en las

más diversas y apartadas regiones.

La credulidad de la buena señora expandíase en ingenuos asombros ante

los embustes y exageraciones que se permitía Maltrana para estremecer su

alma inocente. «¡No diga!--exclamaba doña Zobeida--. ¡Vea!... ¡Qué

cosas!» Y cuando ella no estaba presente, Isidro prorrumpía en elogios

de su candor. Era para él la mejor persona de a bordo. Aquella mujer con

nietos guardaba el alma de sus ocho años, incapaz de crecimiento y de

evolución; y esta alma permanecía inmóvil y dormida en el envoltorio de

su inocencia crédula, lo mismo que los embriones humanos dignos de

estudio que se conservan sumergidos en un bocal.

Separada, por su timidez, de las compatriotas elegantes que venían en el

buque, habíase unido con un afecto familiar a su compañera de camarote,

«esta buena señorita», «esta pobre niña», que marchaba a un país

desconocido sin más apoyo que vagas recomendaciones. Isidro, que conocía

a Conchita de Madrid, se alarmó un tanto al verla en continuo trato con

la inocente señora. Había vivido aquélla maritalmente durante algunos

meses con un amigo suyo, «compañero de la prensa»; luego la había

encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas

nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas.

--Cuidado, niña, con doña Zobeida--había dicho al verse a solas con

Concha--. Esa buena señora es un alma de Dios... A ver si metes la pata

y la asustas con alguna de las tuyas.

Pero la madrileña sentía también por la buena dama un cariño respetuoso.

--La quiero mucho: ¡si es de lo más buena!... Algunas noches, antes de

dormir, la acompaño a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la

quiero como si fuese mi madre... Y eso que yo no he conocido a mi madre.

Esta mañana, doña Zobeida saludó a Isidro con sonrisa tímida y miradas

suplicantes. No se atrevía a formular un pensamiento que la había

empujado hacia él, y anticipadamente imploraba perdón con sus ojos.

--Hable usted de lo de anoche, _Misiá_ Zobeida--dijo Concha

interrumpiendo a la buena señora en sus alabanzas al mar y a la

hermosura de la mañana, tópicos con cuyo desarrollo entretenía su

timidez--. Isidro es un buen amigo... de lo más servicial. Yo le conozco

desde que me llevaban al colegio.

Mentía Concha con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto

y puro origen, lo que proporcionó a la buena señora una repentina

confianza. Su joven compañera la llamaba _Misiá_, sabiendo que este

título honorífico, de origen criollo, le gustaba más, por su sabor

patriarcal y rancio, que el _Doña_, de origen peninsular.

--Yo no me atrevía--balbuceó la señora--. No me gusta molestar a nadie

con mis cosas. Pero esta buena señorita me ha dicho quién es usted; que

usted fue grande amigo de su papá y que sabe mucho... y las personas que

saben mucho son siempre atentas con las que nada saben. Así era mi

finado el doctor.

Y a continuación de este exordio empezó su discurso por el final,

mencionando la conversación de la noche anterior con «la buena

señorita», de litera a litera, después de haber rezado el rosario. Ya

que aquel señor Maltrana era tan bueno, podía ayudarla en su pleito, la

magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas del Solar, el

objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la única

petición que ingería en sus rezos por la felicidad de su hija y los

nietecitos.

--Vea, señor: se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas

leguas cuadradas que son nuestras y nunca acaban de entregárnoslas.

Isidro abrió desmesuradamente los ojos con expresión de asombro y

escándalo. ¿Sería una maniática aquella doña Zobeida?...

--¡Cuatrocientas leguas!... Pero eso es un Estado. Es casi una nación.

La señora insistió tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas... o

tal vez eran más. No se habían mensurado, pero se extendían desde los

Andes hasta cerca de Salta. Todos allá conocían el pleito de los Vargas

del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires habían hablado de él en

varias ocasiones. Si alguna vez iba don Isidro al Norte de la República,

no tenía más que preguntar: el último arriero de los que pasan a Chile

recuas de mulas por la Cordillera le daría razón. Las arrias caminaban

semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todavía se

aparecían, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la

Pachamama y el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anteriores a

la conquista española. Semejantes en todo a las simples imaginaciones

humanas que los crearon, estos dioses son arrieros también y llevan tras

de ellos recuas silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca,

la ambrosía del paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al

navegar por este océano de tierra roja, peñascos metálicos y dormidos

lagos de borato, discernían con su justiciero espíritu la verdadera

propiedad del largo camino. «Todo esto es de los marqueses que viven en

Salta.» Y los marqueses eran los Vargas del Solar.

--Es nuestro y muy nuestro--continuó Misiá Zobeida--. Allá en nuestra

casa guardamos los papeles. El pleito lo empezó mi finado tío, aquel que

se carteaba con nuestros parientes de España, condes y duques, como ya

le dije; y luego, mi finado el doctor, que sabía mucho, consiguió una

sentencia favorable. El campo es nuestro (aquí Maltrana sonreía oyendo

llamar campo simplemente a cuatrocientas leguas); el gobierno de Salta

ha reconocido que nos pertenece, pero los años pasan y no nos lo

entregan. Vea, señor, la cosa no puede ser más seria: una donación del

rey... del rey de las Españas; un regalo que le hizo a uno de nuestros

abuelos, el alférez Vargas del Solar.

Se interrumpió doña Zobeida, mirando con timidez a Maltrana, como si

temiese ofenderlo con sus aclaraciones.

--Usted que sabe tanto habrá comprendido que este alférez era un gran

personaje, y que le llamaban así no porque fuese de milicia, sino porque

siempre que había nacimiento o casamiento de reyes, él era el que sacaba

el pendón del monarca como alférez real y daba el primer viva. Mi finado

tío explicaba todo esto con tanta claridad, que daba gusto oírle.

También nos leía los papeles del rey, unos pliegos amarillentos, con

agujeritos, como si los hubiesen mordido las lauchas, y escritos con una

tinta que debió ser negra y ahora es roja como el hierro viejo... El

campo no nos lo dieron de regalo: fue donación por ciertos dineros que

el alférez envió a España una vez que el rey tenía sus apuros. Y como

persona bien nacida y cristiana, el rey correspondió a este favor

dándole el campo y el marquesado. Debían ser amigos, ¿no le parece?...

El alférez era un gran personaje; y su señora la peruana, ¡no digamos!

Todavía allá en mi tierra, cuando ven a una gringa emperifollada o a una

china que se da aires de señorío, dice la gente, por burla: «Ni que

fuese Misiá Rosa la marquesa».

La buena señora perdía su habitual timidez al recordar a esta abuela,

más célebre aún y digna de memoria que el ilustre alférez amigo de los

reyes. La contemplaba tal como se la había descrito muchas veces el

«finado tío», en el estrado de su caserón de Salta, con ricas medias de

seda, de las cuales cambiaba tres pares por día, mirándose con un

orgullo de raza sus breves pies estrechamente calzados. Vestía los

huecos y floreados guardainfantes que le enviaban de las mejores tiendas

de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, perlas esparcidas

por todo el traje. Más allá del estrado, sentadas en el suelo y con las

piernas cruzadas, estaban unas cuantas negras con sayas de blancura

deslumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que hervía el agua, otra

ofrecía el mate de plata cincelada con boquilla de oro, otra guardaba

sobre sus rodillas la guitarra señoril de ricas incrustaciones.

Trotaban jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga esperanza de ver

los ojos de brasa de la peruana al alzarse levemente la cortina de

alguna reja. A la hora de misa, hidalgos venidos de lejos se hacían los

distraídos en la puerta de la iglesia para contemplar la mayor

celebridad del país, que llegaba envuelta en su manto negro de seda, por

debajo del cual asomaba la recamada falda blanca o o rosa. El alférez

iba a su lado, con todo el señorío de su rango. Su chambergo con plumas

contestaba solemnemente a todos los sombreros que se elevaban a su paso.

Detrás marchaban dos negritos con el parasol y una rica alfombra, sobre

la que se sentaba cruzando las piernas Misiá Rosa la marquesa para oír

la misa.

El nobilísimo caserón de los Vargas, con sus ventrudas rejas y su escudo

de piedra en el portal, sólo admitía las visitas de unos cuantos

notables del país. En las épocas de feria animábase con la presencia de

rancios hidalgos venidos del virreinato del Perú o del reino de Chile

para comprar ganado de tiro; hacendados de la tierra baja llegados de

las orillas del Plata para vender sus recuas de mulas, y de algún que

otro asentista de negros de Buenos Aires que arreaba una partida de

esclavos africanos con destino a las minas del Potosí. Cuando pasaba un

nuevo gobernador camino de su ínsula, un obispo en gira pastoral, o los

señores de la Real Chancillería, la casa del alférez era su posada, y

los viajeros no tenían gran prisa en partir, como si los encantase la

belleza y el señorío de Misiá Rosa, cuya fama había salido a su

encuentro a muchas jornadas de camino.

La gente menuda hablaba maravillas del noble edificio y de sus riquezas.

Una vez por año se cerraban sus puertas un día entero, y los viejos

servidores de los Vargas, esclavos y libertos, todos gentes de

confianza, tendían cueros en el patio principal, vaciando sobre ellos

enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones de a ocho, cruzados

portugueses, montones de oro que sacaban anualmente de su encierro

subterráneo para que se airease y solease. Y el alférez y su esposa

vigilaban impasibles esta operación tradicional, como si su servidumbre

removiese sacos de trigo para el consumo de la casa.

Enardecíase doña Zobeida al relatar los esplendores pasados, y Conchita

aprobaba moviendo la cabeza, como si diese fe. Habituada a oír todas las

noches en su camarote estas grandezas creía haberlas contemplado con sus

ojos.

--Y ahora, señor--continuó la vieja--, los Vargas del Solar somos pobres

por culpa del pleito que no termina nunca. Las revoluciones y las

guerras nos fundieron... Dicen que para que nos den lo que es nuestro es

preciso mensurar el campo con arreglo a los títulos, y para hacer esa

mensura se va a necesitar un año, o tal vez más, y muchos hombres, que

habrán de vivir como se vive en el Polo; y esto costará mucha plata y la

habremos de pagar nosotros... Hay en el campo mucha tierra que no sirve:

peñascales, montañas; pero hay minas y hay también buenos pastos. Por

mí, no me movería a nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero están

mis nietos, mis pobrecitos, condenados a vivir en esa tierra de gringos;

está mi hija, y quiero verla rica en Buenos Aires con el señorío que

merece... Además, pienso en mi finado el doctor, que pasó su vida

penando por sacar adelante el pleito. Seguramente que se alegrará en la

otra vida si le digo cuando nos encontremos después de mi muerte que el

campo ya es de la familia y que lo he conseguido yo. ¡Él, que decía que

las señoras sólo entienden de las cosas de la casa! Figúrese, señor,

aunque sólo se venda la legua a dos mil pesos una con otra, lo que eso

representa.

Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y qué tenía que hacer

él en este asunto?...

--Lo que yo quiero, señor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya

que es su amigo y los veo siempre juntos. A mí me da vergüenza acercarme

a él sin conocerlo. Creo que ha sido mandón en Buenos Aires. Además, es

doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. Un doctor manda mucha

fuerza, y más si es doctor porteño, pues ahora ellos se lo guisan y se

lo comen todo, sin dejar nada para los demás, según decía mi finado...

Si es tan amable que quiere oírme, yo le explicaré mi pleito, y a él de

seguro le bastará una palabrita a los que mandan para que todo se

arregle «sobre el tambor», como decimos allá. Se ve que es un buen

caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas

personas de Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de

negocios, gente que me daba miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado

les tenía horror a las «aves negras».

Calló un momento doña Zobeida, como si vacilase, pero luego añadió con

timidez:

--Aquí mismo, en el barco, hay un señor que no sé cómo ha sabido lo de

mi pleito, y según me dicen, quiere hablarme... Es el papá de esa niña

que llaman Nélida, la que siempre anda revuelta con los muchachos. A mí

no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle con Dios; pero,

francamente, señor: ¡esa niña que parece una cómica, y fuma, y no

respeta a su madre! ¡Y ese padre que no la reta y se ríe de sus

travesuras!... Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos

con gringos de tal clase. Prefiero a los míos; y desde que sé que el tal

señor desea hablarme del negocio, tengo más ganas de pedir al doctor

Zurita que me dé su consejo.

--Lo verá usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la prestación.

Sonrió la vieja dama con una alegría infantil, mostrándose aún más

locuaz y comunicativa.

--El negocio hubiese llegado a término hace tiempo si mi finado tío

viviese. Le habría bastado con enviar una carta a nuestros parientes de

España. Pero ocurre lo que ocurre porque el rey de allá no está

enterado. Usted, señor, que sabe tanto y que allá en su tierra es doctor

indudablemente, o ese otro caballero que va con usted, tan buen mozo,

tan distinguido y serio, y que también será doctor, cuando vean al rey

díganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los herederos del

alférez. Usted verá al rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran

metimiento con los que gobiernan: en mi país, todos los amigos del

Presidente son doctores... Mi pleito se resolvería «sobre tablas», como

quien dice, sólo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de

Buenos Aires, o mejor aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es

esto, señores? Lo dado, dado está, y entre caballeros no está bien

faltar a la palabra. Entreguen ustedes a los descendientes del alférez

Vargas lo que mis abuelos tuvieron a bien darle, y no se hable más del

asunto». Y tengo la certeza de que así lo escribiría el buen rey si

alguien le hablase y le enseñase nuestros papeles.

--Se le hablará--dijo Maltrana con acento de resolución, sin el más leve

asomo de risa--. Se enterará de todo el buen rey, y escribirá la carta

tan pronto como yo lo vea.

Y como si temiese el contagio risueño de los ojos de Conchita, la cual

fruncía los labios para conservar su gravedad, Isidro se despidió de

doña Zobeida, repitiendo la promesa de presentarla al doctor después del

almuerzo.

Al ir hacia proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power,

mirando el mar, con los codos y los flancos en apretado contacto. La

brisa retorcía como espirales de fuego algunos rizos de la

norteamericana que se escapaban de un sombrerillo de tela de oro.

--¡Bien empieza el día para éstos!...--murmuró Isidro--. Y la yanqui

parece una niña con ese casquete gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo

de mujer!... Buenos días, señora.

Saludó sin detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, «la

reverencia de peluca blanca y tacones rojos», según el la titulaba, y

vio por un instante unos ojos irónicos y una boca bermeja que

contestaban a su saludo.

--Otro que fuese inmodesto--siguió murmurando Maltrana--llegaría a tener

sus pretensiones sobre esta señora. No puede verme sin reírse... Así

empiezan, según opinión general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda,

si no estuviese ciego, como todos los enamorados, debería mirarme con

cuidado... Pero dejémonos de pompas y vanidades y atendamos a nuestros

amigos. Allí viene uno... Buenos días, _monsieur_.

Se cruzó con el hombre «fúnebre y misterioso», su vecino de camarote,

vestido de luto como siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado.

Apenas dobló su digna tiesura con una ligera inclinación de cabeza.

Luego envolvió a Maltrana en una ojeada fugaz de sus pupilas azules y

duras, y siguió adelante, contestando con voz seca: «_Bonjour,

monsieur_».

Rio Isidro, mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo.

--El amigo Sherlock Holmes está enfadado. Se acuerda todavía de la broma

de la otra noche. ¡Mal corazón!... ¡Como si todos estuviésemos obligados

a vivir tristes y vestidos de luto, como él!... ¿Qué hará en este

momento la princesa que guarda encerrada en el camarote?... ¡Y no haber

descubierto yo todavía este misterio! ¡Qué vergüenza!

Cesó de pensar en el hombre negro y su incógnita cautiva al volver a la

banda de estribor. Dos parejas permanecían inmóviles, en íntima

conversación, entre los pasajeros que caminaban por este lado del buque

siguiendo su marcha matinal. En último término, hacia la proa, Ojeda y

Mrs. Power continuaban acodados en la barandilla. En el extremo opuesto,

o sea cerca de Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un sillón de

junco con almohadones bordados, en el que aparecía casi tendida una

mujer rubia, con un brazo caído y un volumen en la mano. Los ojos del

comerciante fijábanse con avidez en la nuca perfumada por las matinales

abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la

entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba su mirada a las

redondeces de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el

follaje sedoso de las faltas.

Maltrana se acercó a él como si hubiese olvidado la escena de poco

antes.

--Aquí le quería pillar, calaverón, tenorio de la calle Alsina... De

seguro que está usted declarando su amor a esta señorita, en estilo de

factura.

Visiblemente irritado Manzanares por la burlona intervención, se

apresuró, sin embargo, a contestar, temiendo que Isidro persistiese en

sus bromas.

--No señor; hablábamos de cosas serias, de cosas de allá. La señorita

deseaba conocer mi opinión sobre la próxima cosecha.

¡Ah, la cosecha!... Maltrana sonrió al recordar que la próxima cosecha

en la República Argentina era el principal motivo de conversación para

una gran parte de los que iban en el buque, y un pretexto de continua

consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en el registro del

buque como viajante en modas y sombreros, profesión que hacía torcer el

gesto a muchos maliciosamente.

También a él le había hecho la misma consulta _mademoiselle_ Marcela la

primera vez que se había aproximado a su sillón, atraído por la novedad

de su habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos

del léxico popular de Buenos Aires.

Era este viaje el quinto que emprendía a las riberas del Plata, y

mostraba una pericia de navegadora trasatlántica en su amabilidad con el

personal del buque que mejor podía servirla, en la reserva discreta con

que se mantenía aparte de los pasajeros de una clase social

superior--especialmente de las señoras, modo seguro de evitarse

desprecios y malas palabras--, y en su acierto al escoger su lugar en la

cubierta, colocando el mismo sillón de junco, las almohadas y las mantas

que le habían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy a Buenos Aires

casi todos los años--había dicho al curioso Maltrana para cortar sus

preguntas insidiosas--. Es mi negocio; viajo por una gran casa de

sombreros.» Maltrana, malicioso e incrédulo, pensaba que la hermosa

viajera comercial no debía llevar con ella otras muestras que los

propios sombreros, un poco fatigados. Para economizar su uso, defendía

los postizos de su cabeza rubia con una variedad de gasas de colores

adquiridas en los montones de los grandes almacenes de París. Al saber

que Isidro iba como ella a la Argentina, le había preguntado por la

próxima cosecha, creyéndolo un propietario de aquel país.

Después, con las frecuentes conversaciones, se había establecido entre

ellos cierta intimidad. ¡El dinero! ¡Lo que costaba de ganar y lo

necesario que era para la vida!... Y la «bella sombrerera», como la

llamaba Isidro socarronamente, entornaba los ojos hablando de los

sacrificios que impone el negocio; de lo triste que era abandonar su

pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba en orden y a punto

para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer que sabe

dar valor a los pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con

ternura infantil de _Chifón_, un gato obeso y lustroso, y de dos

canarios que había confiado a la portera. Otras veces recordaba

melancólicamente al «buen amigo» que vagaría por el bulevar esperando su

regreso, un joven verdaderamente _chic_, aunque pobre, con el que estaba

en relaciones hacía algunos años. ¡Y las amigas! ¡Y los teatros! ¡Y

había que abandonarlo todo por... el negocio! «La vida es triste,

decididamente triste.»

Cuando Isidro, que no podía aproximarse a una hembra deseable sin

iniciar un intento de posesión, creyó de su deber mostrarse amoroso de

Marcela, ésta acogió sus palabras con cierta severidad... ¡Un hombre que

iba al Nuevo Mundo en busca de fortuna pensar en fruslerías amorosas que

podían quitarle el tiempo necesario para los negocios! La vida es seria,

y hay que aprovechar la juventud para asegurarse un porvenir. Luego,

cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede uno permitirse

alguna locura... ¿No sufría ella igualmente por culpa del negocio,

teniendo que hacer sus viajes a América siempre que las amigas de allá

le escribían que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en

abundancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases

de intenso amor aprendidas en las comedias. No podía leer seguidamente

unas cuantas páginas de aquel volumen amarillo de tres francos

cincuenta, pues se escapaba de su brazo caído o quedaba olvidado sobre

el sillón. Pensaba en el «buen amigo», el hombre _chic_ y sin recursos,

que dejaba por algún tiempo. Se había hecho retratar numerosas veces por

un camarero de a bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de

papel saldrían camino de París en la primera escala que hiciese el

buque, representándola de pie y mirando el mar con aspecto melancólico,

o tendida en el sillón con el rostro apoyado en una mano y ojos «de

ensueño», haciendo _crochet_, leyendo... pero siempre pensando en él.

--Yo tengo mi _beguin_--continuaba ella, en su lenguaje políglota--.

Pero hay que ser seria, ¿no? y pensar en la plata para los viejos días.

¡Si fuese una a hacer caso de todos los que dicen ser enamorados!

Macanas, _che_, créame a mí... Además, usted es pobre, y yo no comprendo

a un hombre pobre; no tiene significación para mí; no sé qué pueda ser

eso. Conozco a muchos que no tienen un _sous_ y resultan simpáticos;

pero los trato como camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arruinó, y

aunque ahora está en la _puré_, volverá a tener plata cuando mueran sus

tías... No ponga esa cara de _cabotin_ enamorado; no me conmoverá

_niente_. Soy vieja para creer en eso. ¡A _me_ con la _pigolita_!...

Y para amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los

gestos, palabras y juramentos de los parroquianos, repetía con

delectación la frase criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A

mí con la piolita!».

No era Maltrana el único que se había aproximado queriendo perturbar con

diabólicas propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente,

aquel quietismo monacal de plácidas digestiones y largas siestas, que

era para ella el encanto más grande de las travesías oceánicas. Sus

ojos de un azul claro, su cabellera rubia cenicienta, su carne blanca,

jugosa y de ligeros tonos amarillos semejante a la fresca pulpa de un

melón, parecían valorizarse con nuevos encantos así como transcurrían

los días. A cada singladura los paseantes desfilaban con más lentitud

ante su sillón, echando miradas de través. Aumentaba el número de los

señores graves que permanecían de pie cerca de ella contemplando el mar

con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmóviles

dejaban caer proposiciones con acompañamiento de cifras.

Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de París que le había

confiado su representación. Parecía olvidada de los sombreros, pero

seguía aplicando a su verdadera industria una meticulosa prudencia

comercial. ¡Los hombres!... Los unificaba en su pensamiento, viéndolos

con idéntica contracción de espasmo lúgubre y el mismo ronquido de

agonía, eternos gestos con los que terminaba para ella indefectiblemente

toda intimidad. Creía de buena fe, con un escepticismo de profesional

fatigada, que todos habían venido al mundo sólo para esto y eran

incapaces de experimentar otros deseos.

--En todos los viajes es lo mismo, _mon cher_. Así como nos acercamos al

Ecuador, los hombres se ponen locos y hay que sacudírselos como moscas.

Y yo, ¡por nada del mundo!... ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque me

ofrezcan dos mil! Aquí todo se sabe, y aunque no se supiese, es lo

mismo. Después, cuando llegamos a Buenos Aires, se dan importancia por

las bondades que una ha podido tener en el buque con ellos, y lo

cuentan, y es inútil que se traigan buenas _toilettes_ de París y que

una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza, como

dicen allá, y los amigos que esperan con interés vuelven de pronto la

espalda... ¡La novedad! ¡El ser de uno nada más, para que pueda darse

importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en

América se paga esto, _mon cher_. Vale tanto como un vestido _chic y _

mucho más que la hermosura... No; aquí, en el buque, nada. Lo repito:

aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil...

Admiraba Maltrana la facilidad con que esta joven repetía entre muecas

de desprecio las cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su

pisito de la Avenida de Ternes llevaría indudablemente la cuenta del

gasto diario con el esmero de una mujer ordenada, aunque de mala vida,

que desea hacer ahorros para la vejez. Era la influencia del medio, la

marcha hacia el país de la esperanza, que trastornaba diariamente en

todos los cerebros las tímidas y estrechas apreciaciones del viejo

mundo.

En el buque se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de

campos de leguas y leguas, de terrenos cuyo valor podía centuplicarse en

un sólo día. El franco y los céntimos trabajosamente ahorrados quedaban

atrás de la popa, se perdían en el horizonte como algo vergonzoso que

convenía olvidar. Eran el ensueño y la miseria de una humanidad anterior

que afortunadamente no volvería a existir.

--Hay que ser prudente--repitió Marcela--; piense usted en el negocio y

no pierda el tiempo en amores. Los que nacemos pobres no debemos

permitirnos estas tonterías. Ya se _ratraperá_ usted cuando sea viejo y

rico. Entonces se dará el gusto de arruinarse por alguna muchacha que

pueda ser su nieta... Y si ahora tiene usted verdadera necesidad de

amor, no pierda el tiempo con nosotras: busque entre las personas «bien»

que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevería a _demostrarse_

como esa señorita alta, del pelo cortado. Al final del viaje va a

resultar que somos las más juiciosas de a bordo.

Era notable la ponderación de esta muchacha que administraba su sexo con

el mismo tino de un comerciante que sabe ofrecer o retirar el género a

tiempo para mantener su valor.

--La cosecha es magnífica--dijo Isidro aquella mañana, apoyándose en un

hombro de Manzanares--. No se preocupe, _mademoiselle_. Todas en el

buque dicen lo mismo. Los Bancos no restringirán los créditos, todo el

que pida dinero lo tendrá; y marcharán los negocios, y se vivirá bien,

«en el mejor de los mundos»... Pero aunque un accidente inesperado diese

al traste con esa cosecha que tanto le interesa, usted no debe

afligirse. Aquí tiene a _monsieur_ Manzanares, hombre generoso, que,

según parece, está enamorado de usted y se dará por contento si puede

hacer su felicidad.

--El señor--dijo Marcela sonriendo--ya sabe que en el buque no acepto

nada.

--Bueno; pues será en tierra. Y de seguro que está deseando llegar a

Buenos Aires cuanto antes, para poner a sus pies todas las blondas y

puntillas de su establecimiento.

Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su

protesta.

--¡Pero a usted quién le mete!... ¡Usted qué sabe!

Y tomando pretexto de la llegada de otras francesas que se sentaban

junto a Marcela y la saludaron con un «_¡bonjour!_» malicioso al verla

tan acompañada, el comerciante intentó retirarse.

--Espérese, amigo--dijo Isidro--; yo también me voy. Estas señoritas

tendrán que hablar entre ellas de sus asuntos.

Señalaba a dos compañeras de Marcela que arreglaban sus sillones para

tenderse en ellos, fatigadas sin duda de la ascensión desde los

camarotes a la cubierta. La de más edad era alta, gruesa, con el pelo

teñido de un rojo de llama y las carnes algo flácidas. Sus ojos verdes

tenían un brillo imperioso; sus movimientos eran resueltos y varoniles.

Ejercía una autoridad indiscutida en aquella parte del buque donde se

reunían sus compañeras, y que las graves damas de a bordo llamaban en

voz baja «el rincón de las cocotas». Las amigas la oían como un oráculo

cuando solicitaban el apoyo de su experiencia. Todas ellas conocían sus

viajes por gran parte del globo, sus audaces travesías en el corazón de

América como artista cantante. Su vida era una verdadera novela

folletinesca, con encuentros de fieras y de bandidos. Y no obstante su

pasado enérgico, permanecía horas enteras en el sillón, anonadada por

una fatiga sin causa. Descender al camarote era empresa que le hacía

reflexionar largamente, acabando por pedir que la sustituyese una de sus

amigas.

La compañera era una jovencita de ojos claros y virginales, encogida y

tímida algunas veces y otras con audacias de colegiala revoltosa. En el

buque llevaba siempre la cabeza al descubierto, libre de velos y

sombreros, dejando que flotase su tupida cabellera, de un rubio obscuro,

suavemente ondulada. Mostrábase orgullosa de que «todo fuese suyo».

Estaba satisfecha de su juventud, que ignoraba el adorno de los falsos

cabellos, y de su piel sana, que no conocía el arrebol del colorete.

Maltrana las saludó a las dos como amigo antiguo.

--Buenos días, _mademoiselle_ Ernestina. Soy, como siempre, el más

ferviente admirador de su hermosa cabellera... Mis respetuosos

homenajes, _madame_ Berta. Saludo el heroísmo majestuoso de la vieja

guardia.

Y sin prestar atención a la palabra risueña pero un tanto fuerte con que

la exuberante madama contestaba a su saludo, Isidro se apresuró a huir

tras de Manzanares, que se había despegado del grupo.

Empezaba el concierto matinal en la terraza del café. Circulaban los

camareros con grandes bandejas cargadas de sándwichs y tazas de caldo.

La música parecía extraer racimos humanos de las puertas, escotillas y

escaleras. Isidro comparaba el buque con un mueble viejo: bastaba que

las vibraciones de los instrumentos de metal lo conmoviesen, para que al

momento surgieran las gentes de todos sus poros y orificios como

rosarios de parásitos. Varias señoras de las más encopetadas pasaron

ante él sin volver la cabeza, desconociéndolo al verle en tan mala

compañía.

«Estas matronas tan dignas--pensó él--me van a tomar ojeriza si me

encuentran mucho aquí. Huyamos; hay que conservar las buenas

relaciones.»

Junto a la puerta del café detuvo a Manzanares.

--Es inútil su empeño--le dijo--. Pierde usted el tiempo. Sé bien lo que

le han contestado: «En tierra veremos; aquí, ni por dos mil, ni por tres

mil...».

--Déjeme tranquilo; no me... jorobe--rugió el comerciante--. No se ocupe

más de mí.

Y separándose con un rudo tirón, se metió en el café en busca de sus

amigos.

Maltrana se detuvo en la puerta. No osaba meterse en la penumbra de este

salón obscuro y humoso durante el día, y que sólo al llegar la noche

hacía resaltar la gloria de sus dorados, de sus escudos policromos y de

sus vidrieras de colores bajo guirnaldas de luces eléctricas. Las mesas

inmediatas a las ventanas ya estaban ocupadas a aquella hora por los

sempiternos jugadores de _poker_. Isidro los contempló con un desprecio

admirativo. Empezaban su tarea diaria, que había de concluir pasada

media noche, sin más intervalos que los de las comidas.

«¡Qué gentes!--pensó--. Hacen el viaje sin saber dónde están, sin haber

echado una mirada al mar. En el comedor comentan entre bocado y bocado

los incidentes del juego. Tomaron los naipes a la salida de Boulogne o

de Lisboa, y cuando lleguemos al río de la Plata habrá que gritarles:

«Ya hemos llegado; ya estamos en Buenos Aires». Y es posible que aún

contesten: «Un momento; aguarden para atracar a que concluyamos la

última partida...». ¡Y eche usted copas! ¡Y traiga usted cigarros! ¡Y

las más admirables de las señoras, que viven codo con codo entre ellos,

juntando su rodilla con la del camarada de enfrente, tragando humo y

mirando las cartas con ojos de bruja hambrienta!...»

Huyó de allí, volviendo al paseo, donde se encontró con Fernando, que

caminaba solo. Isidro vio reflejarse en sus ojos una alegría interior.

--Marchan bien los negocios, según parece. La conferencia de esta mañana

ha dado buen resultado... Caminemos un poco... cuénteme usted.

Pero Ojeda, para desviar la conversación, evitando la solicitada

confidencia, aminoró el paso y dio con el codo a su amigo.

--Contemple usted y admire, Isidro. Ahí tiene a uno de los grandes

sacerdores del culto amarillo, que se prepara a oficiar.

Señalaba con los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su

sillón, con una rica piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia

barba de un rojo obscuro descendía hasta el mamotreto que tenía en sus

manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las columnas de

cifras escritas a máquina. En una silla inmediata estaban apilados con

irregularidad otros legajos, a los que llevaba la mano de vez en cuando

para hacer compulsas. Junto a él, su esposa, vestida de blanco con gran

profusión de blondas de precio, hacía saltar entre los dedos su

inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos

amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con

una mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba órdenes a

su secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas

que componían su departamento de lujo.

--¿Se ha fijado, Isidro, en los títulos de esos mamotretos?--dijo Ojeda

al alejarse unos cuantos pasos--. Proyectos de ferrocarriles, obras de

salubridad para ciudades, desecación de terrenos, aguas corrientes,

tranvías... Ese señor lleva con él toda una civilización. Y todo es para

el Brasil: los más de sus negocios están en San Pablo, a juzgar por los

rótulos.

--Lo que yo he visto--contestó Maltrana--es la mirada de la señora del

collar. Parece que se aburre al lado de tantos papelotes, y creo que

mejor preferiría encontrarse al lado de usted charlando como la yanqui.

¡Ah, las mujeres! ¡su deseo de imitación! ¡su rivalidad instintiva! Esa

señora no le vio en los primeros días, no existía usted para ella. Pero

desde que anda con Mrs. Power acodándose en la borda, ella y muchas

otras, cada día más excitadas por la monotonía de la navegación,

empiezan a encontrarlo un poco interesante... No es gran cosa, lo

reconozco: algo jamona y blanducha... y con ese perfil de pájaro... y

esa nariz que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé

yo!... Pero una señora que tiene esas perlas merece siempre atención.

Debía usted hacerme amigo de ellos. No se tratan con nadie en el buque.

Los dos se mantienen aparte, encastillados en su importancia.

Pero Ojeda sonrió, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para

irritar a su amigo:

--Si yo fuese brasileño, temblaría sólo al ver los baluartes de legajos

que trae ese buen señor. Dentro de pocos años, si le dejan, se habrá

comido San Pablo y todos los otros santos que encuentre a mano, las

plantaciones de café y hasta el último de los negros. Estos

conquistadores europeos son de un estómago insaciable.

--Fernando, no barbarice--dijo Maltrana poniéndose serio--. No sea

reaccionario, no sea poeta. Ese hombre se comerá lo que quiera, y hará

muy bien si es que le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero

va a prestar a la civilización un gran servicio. Hombres como él son los

que han hecho la América que nos atrae y los que la harán todavía más

grande. Figúrese usted cuando haya convertido en realidades todas las

grandes obras que lleva en sus papeles... ¡Qué importa que abuse en

cuanto a la recompensa! Sea él quien sea y salgan de dónde salgan los

millones que ponga en línea de combate, es un representante del santo

capital, un sacerdote, como usted dice, de mi religión, y yo lo

venero... ¡Lástima grande que se muestre tan gran señor y sólo me

conteste con una mirada fría de sus lentes de concha y un gruñido de

mala educación cada vez que intento hablar con él del buen tiempo y de

la felicidad del viaje!...

Acababan de doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la

calle de estribor se ofreció ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo

los sillones despegados de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso.

Eran señoras las que los ocupaban, sólo señoras, y algunos transeúntes

retrocedían, no queriendo continuar su marcha a través de estos grupos

femeniles que tomaban la cubierta como algo propio, sin importarles

dificultar la circulación.

--Mire usted, Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco de los pingüinos».

Y ante el gesto de extrañeza de su acompañante, dio una explicación.

Este mote de «pingüinos» no era de su cosecha. ¡Que le librase Dios de

tamaño atrevimiento!... Los «pingüinos» eran las señoras más notables de

a bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlántico

entero, lo mismo que un yate propio, se habían concentrado en esta parte

del buque como asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era un

muchacho argentino, que regresaba a su tierra después de varios años de

vida en París, el inventor de este apodo un día que hablando con

Maltrana se lamentaba del carácter de sus compatriotas, tachándolas de

hurañas y poco sociables.

--Mire usted a nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo--había dicho--.

Se han refugiado en un extremo del buque aislándose de las demás gentes.

Se mantienen con los codos apretados para que nadie pueda entrar en su

grupo. Recuerdan a los pingüinos del Polo Sur, esos pájaros bobos que

sólo pueden vivir ala con ala formando filas en las aristas de las

rocas.

Y desde entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba

«el rincón de los pingüinos» a esta parte del buque donde pasaban el

día aisladas del resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las

respetables amigas de sus familias. Este «rincón de los pingüinos» era

mirado poco a poco con cierto respeto, hasta convertirse, algunos días

después, en un lugar envidiable. Los paseantes se abstenían de dar la

vuelta en redondo a la cubierta y volvían sobre sus pasos para no turbar

las conversaciones de las damas. Sólo algún gringo despreocupado o de

egoísmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los

sillones, sin darse la pena de entender el significado de las miradas

furiosas que despertaba su atrevida presencia.

Tácitamente, en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se

había efectuado en la cubierta una gran división de clases. El costado

de estribor era el de la plebe sin valía social, el de los viajeros sin

nombre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, a partir del

fumadero, se encontraba «el rincón de las cocotas»; luego, «la sección

cómica», o sea, los numerosos sillones de los cantantes masculinos y

femeninos de la compañía de opereta; «la gallegada», donde se juntaban

los españoles; y el grupo de «la gringada», mucho más numeroso,

compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su

muestrario hasta el corazón de América; relojeros suizos, de aspecto

bonancible, pero prontos a irritarse con una cólera fría que tardaba

mucho en disolverse; pequeños negociantes británicos; agricultores

escandinavos establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en

busca de sus maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la

tarde estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja y sus

voluminosos legajos, la esposa y su collar de perlas y el secretario

siempre con un cuello de camisa alto y brillante, manteníanse en este

lado de estribor entre la gente insignificante, para demostrar con su

indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas las

divisiones sociales que se implantasen en el buque.

--Fíjese en el respeto que infunden los «pingüinos»--dijo Maltrana--.

Las coristas de opereta pasean cogidas del talle por casi toda la

cubierta, riendo, empujándose, mirando a los hombres; pero al dar la

vuelta a la parte de proa y llegar adonde estamos, encuentran a nuestras

damas haciendo labores de gancho con una majestad de reinas, leyendo

_Fémina_ o conversando sobre los méritos y relaciones de sus respectivas

familias, e inmediatamente retroceden cerrando el pico. Ninguna tiene

valor para deslizarse ante el imponente areópago. La otra noche le

propuse por medio de intérprete a una de esas rubias que pasásemos

juntos ante los «pingüinos», creyendo enorgullecerla con este sacrificio

y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi palideció de

miedo: «_Nein... nein_», como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza

al mar.

De la sociedad modesta de estribor, las únicas que pasaban por allí eran

doña Zobeida y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las

«porteñas» con su aire señoril y bondadoso, a estilo antiguo, y seguía

adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aquellas grandes señoras

deseaban su amistad, ni ella necesitaba de su apoyo. Las más viejas

contestaban a este saludo con cierta simpatía, como si adivinasen en

ella algo heredado y común que se iba perdiendo en sus propias personas.

Las jóvenes miraban con extrañeza a «la buena mujer», acogiendo sus

sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar.

Conchita era menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre

los grupos que obstruían este pedazo de cubierta perteneciente a todos.

Las damas vestidas por los grandes modistos de París tenían miradas de

burlona conmiseración para sus trajes de gusto madrileño y manufactura

casera. Pero ella erguía la pequeña estatura de maja goyesca, unía los

codos al talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando con sus

ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna. Su andar y su gesto

parecían decir: «¿Y a mí qué?... ¿Y a mí qué?...».

Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras

damas, a las que llamaba Maltrana «aspirantes a pingüinos». Eran la

esposa y las niñas de Goycochea el español, la señora del millonario

italiano, cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y continuas

exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus hijas, la institutriz

inglesa y toda la familia de la Boca que traía a su costa a Monseñor.

--Vea, Fernando, con qué aire de sonriente humildad acogen esas señoras

cualquiera palabra de los «pingüinos». Son más ricas tal vez que las

otras, pueden permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente

mediana», y las otras son «gente bien», como ellas dicen. Sus maridos,

gallegos o gringos, han hecho fortuna como la hicieron los padres o los

abuelos de las otras, procedentes también de Europa. No hay entre ellas

más diferencia que una generación o dos de vida americana. El origen

casi es el mismo. ¡Pero lo que representa socialmente esa diferencia!...

Ojeda asintió, recordando la época de su vida pasada en Buenos Aires

como secretario de Legación.

--Ríase usted, Isidro, de las castas sociales de Europa. Allá, casi

todos somos unos; la educación y la inteligencia nivelan a las gentes.

Pero en estos países democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse,

para que los demás crean en su importancia. Además, la continua

afluencia de aventureros les obliga a defenderse con un estrecho tacto

de codos. La «gente bien» son los que tuvieron en Buenos Aires un

bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que vendía pañuelos

rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba esclavos

negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se

enorgullecían de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos

tiempos de parvedad. Después, el abuelo se disfrazó de gaucho, sin

serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y tomó su mate teniendo por

sillón un cráneo de caballo. Otro abuelo copió a los románticos

franceses en su traje, su peinado y su énfasis, peleando en los muros de

Montevideo contra el tirano y disparándole odas y folletos en los

momentos de reposo. Además, tuvo que vivir ojo alerta para que el tal

déspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos literarios

haciéndolo degollar con un cuchillo mellado... Luego, el padre fue el

primero que realmente tuvo plata, y empezó a montar la casa y la familia

en su rango actual. Creyó en Mitre y peleó por él... Pero la carne ya no

se abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar

odas se dedicó a cercar con alambre leguas y leguas de tierra,

haciéndolas suyas, y a poner la marca propia en los ganados sin dueño...

--Y estas «aspirantes»--interrumpió Maltrana, cuando se haya borrado el

recuerdo de sus maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los

pobres tenderos de hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con

los de las otras, serán a su vez «gente bien», grandes duquesas sin

título de la aristocracia trasatlántica.

--Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que están más arriba

con una tenacidad a prueba de humillación. Acaban de llegar de lo más

bajo con grandes penalidades; ya tienen el dinero: ahora les falta el

lustre social... Y empujan hacia arriba con su audacia de antiguos

emigrantes que no conoce la vergüenza ni el ridículo. Como le he dicho

antes, puede usted reírse de las castas sociales de Europa. Entre una

comiquita de París y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha,

hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de

emigrantes, y una señorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las

tierras y cuyos abuelos vinieron a América también de emigrantes... pero

hace ochenta años.

Maltrana siguió explicando el diverso carácter de los otros grupos que

se sentaban en la banda de babor. En último término, cerca del

fumadero, los comerciantes germánicos dormitaban en sus sillones con un

viejo ejemplar del _Simplicissimus_ sobre la cara. Ciertas parejas

inglesas deleitábanse pacientemente con las aventuras de correctos

personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas de

cuatro volúmenes en las que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre

esta gente y el bando de los «pingüinos», con sus admiradoras anexas,

estaba otro grupo, al que daba Isidro el título de «gran coalición de

potencias hostiles», compuesto de señoras de nacionalidades diversas,

atraídas por una antipatía común. Maltrana las designaba con hermosos

sobrenombres, lo mismo que los personajes homéricos. La chilena, «cuello

de cisne», era a modo del núcleo central de esta célula de la

sociabilidad trasatlántica, y en torno de ella aglomerábanse varias

uruguayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas, «las de los

ojos de antílope».

Por la mañana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo

con ceremoniosa sonrisa. «Buen día, señora; ¿cómo amaneció usted,

señora?...» Y a continuación iba cada uno a ocupar el territorio propio,

empujando su sillón para que quedase bien marcado el vacío fronterizo,

la separación insalvable entre unas naciones y otras. Las «potencias

hostiles» manteníanse alineadas a lo largo de la pared con una

corrección militar, cuidando de no obstruir el paseo, para que todos

apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras.

De vez en cuando, los «pingüinos», parleros y movedizos en sus

explosiones de exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado

enemigo, pero la sonrisa quedaba perdida en el espacio o era contestada

con leves movimientos de cabeza. Las «potencias» fingían ignorar esta

vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de tal modo que sólo

presentasen al lado contrario la punta de un hombro, y cuando más se

alborotaba el bando de los «pingüinos», riendo de una noticia o

admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al mar

con una indiferencia inconmovible.

Las «aspirantes a pingüinos», colocadas entre los dos grupos, cazaban

las sonrisas de unas y las palabras de otras, aprovechándolas para

entablar conversación. Estaban contentas de la vida íntima del buque,

que no exige presentaciones para que las personas se conozcan.

A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los

días se establecía entre ellos una momentánea relación. Así lo exigen

las buenas prácticas diplomáticas; así viven las naciones armadas hasta

los dientes, prontas a despedazarse, pero enviándose embajadores y

mensajes afectuosos.

La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para

avanzar por la cubierta «con la majestad de la reina de Saba»--según

Isidro--, seguida de un séquito de confederadas. El bando contrario

acogía la visita diplomática con gran removimiento de sillones, para

ofrecer los mejores sitios, y la conversación desarrollábase

lánguidamente sobre recuerdos de elegancia y de grandes compras. Cada

vez que las unas exaltaban los méritos de un modisto o un joyero de la

calle de la Paz o la plaza Vendôme, las otras murmuraban con una voz

blanca y una modestia agresiva: «Nosotras no podemos permitirnos eso; en

nuestro país somos muy pobres. Eso ustedes y nadie más». Y miraban al

mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual

valía que los de sus rivales.

Los «pingüinos», a su vez, enviaban una diputación de matronas al

territorio hostil, y su presencia parecía excitar la laboriosidad de las

visitadas, que acometían con nuevos bríos sus labores de gancho y de

bordado, siguiendo la conversación sin levantar cabeza del trabajo.

Algunas veces, ninguno de los dos campos se decidía a ir en busca del

otro, y los encuentros eran en terreno neutral, en el grupo de las

«aspirantes», donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con su

obispo.

¡Adorado Monseñor! Las damas del país intermedio lo miraban como una

gloria propia. Gracias a él, las señoras de ambos lados venían a

visitarlas, atraídas por el brillo purpúreo de su faja de seda y el

esplendor de su cruz de oro. Y Monseñor, sonriendo bonachonamente, se

esforzaba por mostrarse galante y pretendía entretener al femenil

concurso con chistes aprendidos en el seminario y recuerdos de sus

estudios clásicos. Virgilio era su mayor adoración: lo recordaba con más

frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo había dicho y

adivinado. Anécdotas modernas se las atribuía al poeta, como si con esto

las diese nuevo valor. Y cada vez que abría la boca para hablar en su

idioma, ya sabían las señoras cuál iba a ser el exordio: «_dice il poeta

Virgilio_...». Y lo que decía _il poeta_ era una historia leída por el

obispo meses antes en cualquier periódico católico.

Otra relación de cordialidad se establecía diariamente entre los

diversos grupos. Por la tarde, antes de la hora del té, cuando los

pasajeros dormitaban en sus asientos y ardientes cuchillos del sol se

introducían en la penumbra del paseo por los intersticios de las lonas,

danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el movimiento del

buque, como si fuesen péndulos de luz, las niñas bajaban a sus camarotes

para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las

procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de las catedrales

llevando como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las

vírgenes americanas de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban

de grupo en grupo regalando dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un chocolate,

señor?...».

--Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitería que esas muchachas

han metido en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en París, ha creído

su deber aportar el correspondiente cofre. No pasan dos días sin que

cada una de ellas le quite la cubierta a un nuevo embalaje de bombones.

Cajas Imperio con la Recamier o Josefina tendidas en un sofá; cofres

forrados de seda con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de

terciopelo flordelisado... Y las pobrecitas, ¡tan amables! con el gusto

de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las tardes su

ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje

mascando caramelos y chocolates con crema.

En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las

cercanías del fumadero, allí donde empezaban a borrarse las severas

diferencias sociales, y las gentes que se tenían por distinguidas

confraternizaban con las de la banda opuesta. Las vírgenes portadoras de

arquillas se encontraban con sus hermanos, primos y futuros novios, que

pasaban el día en el café o sus inmediaciones.

Los argonautas · 第 8 / 18 题