Ojeda se inclinó con irónico agradecimiento. «Muchas gracias.»

--La tranquilidad se restableció gracias a la intervención de algunos

marineros que limpiaban la cubierta y a la amenaza del mayordomo de

introducir por las ventanas las mangueras del riego... Con la calma

renació el buen acuerdo; todos pedían lo mismo: más champán. Y como era

la hora en que se cierra el bar, muchos hacían provisiones, guardando

las botellas debajo de las mesas. Una ternura conmovedora se apoderó de

la asistencia. Cada uno se rascaba los chichones o se arreglaba los

rasguños del traje, mirando amorosamente al vecino. Argentinos y

chilenos cruzaban as copas con ruidosa fraternidad. ¡No más Andes!

¡Ellos solos se bastaban para comerse el mundo! Y súbitamente coligados,

miraban a los demás fieramente.

--¿Y qué decían los demás?--preguntó Ojeda.

--El amigo Pérez y otros de diversas repúblicas exigieron copa en mano

entrar en la confederación. ¡Hermanos, todos hermanos! Y se abrazaron

con lágrimas de ternura, dando vivas a las tierras hispanoamericanas. Un

brasileño insinuó dulcemente con lenguaje mesurado y cortés: «_Se os

senhores dâo licença..._». Y el Brasil entraba igualmente en la gran

alianza. ¡Viva la América latina!... Alguien se fijó en mi humilde

persona y en el adorno que llevo junto a un ojo. «¡Ah, pobre galleguito

simpático!» Y prorrumpieron en vivas a la «madre patria», a la vieja

España, ensalzándola melancólicamente, como si hablasen de una abuela

que se les hubiese muerto hace años. Las copas me venían a la boca por

docenas, como si quisieran ahogarme. Algunos se abrazaron a mí,

mojándome el cuello con lágrimas de embriaguez. Tienen en la Península

no sé cuántos parientes duques y marqueses; aún guardan en su casa

papelotes antiguos de nobleza, y me pedían mis señas en Buenos Aires

para enviármelos, como si esto pudiese interesarme... Luego, no sé cómo,

los yanquis vinieron a chocar igualmente sus copas. ¡Hurra a los Estados

Unidos! ¡América sobre el resto del mundo!...

Pero este huracán de fraternidad había sido demasiado impetuoso para

mantenerse en los límites de un continente, y pasando los mares se

difundía por Europa entera. Al final, ingleses, alemanes, franceses y

belgas entraban en la gran alianza. ¡Viva la confederación universal!

--Y un inglés pequeñito--continuó Maltrana--, que usted habrá visto con

su traje a cuadros y su pipa, derramaba lágrimas en la copa, repitiendo

con una incoherencia obstinada de beodo: «Yo he entrado en el buque con

el corazón puro, y puro quiero sacarlo de él...». El mayordomo entraba a

cada rato para decirnos que eran las dos, que eran las tres, que eran

las cuatro, y había que cerrar el fumadero; pero nadie le entendía.

Algunos roncaban tirados en las banquetas; otros se alejaban titubeando,

para volver poco después pálidos, con la pechera de la camisa manchada.

De pronto se apagaron las luces y salimos empujándonos, entre un

griterío de protesta. Se habló un poco de matar al mayordomo, pero había

desaparecido.

--¿Y se fueron ustedes a dormir?--preguntó Ojeda.

--No, señor; una fiesta de esta clase no termina tan pronto. Yo me vi,

no sé cómo, en un corredor de abajo con dos botellas en las manos y un

amigo a cada lado. Al marchar, con las piernas blandas como si fuesen de

algodón, nos llevábamos por delante todos los zapatos depositados a la

entrada de los camarotes... Vimos unos cuantos amigos que golpeaban

unas puertas, encorvándose para hablar por el ojo de la cerradura. Eran

los camarotes de las francesas, señoritas ordenadas y de buenas

costumbres, que se acostaron sin presenciar el baile y estaban durmiendo

con la honrada tranquilidad de un industrial en vacaciones. «Cien

marcos», proponía uno. «Quinientos cincuenta», insinuaba otro,

enfurecido por el silencio. «Mil... Dos mil...» Los dejamos soltando

cifras ante las puertas obscuras e inmóviles. Era lo mismo que si

hicieran proposiciones a un panteón.

Isidro hablaba cada vez con más lentitud, como si se aproximase a la

mayor dificultad de su relato y pensase en el medio de sortearla.

--Luego encontramos a un amigo alemán que iba a despertar al médico, con

la cabeza chorreando sangre. Se había caído de una escalera, golpeándose

en los filos de los peldaños, que son de bronce... También yo me sentí

atraído por las puertas y empecé a golpear la de mi vecino, el hombre

misterioso, el personaje de Hoffmann. Necesitaba hablar con él: le

invitaba a levantarse, para que bebiésemos una copa juntos y presentarle

a mis amigos. «Sal, no tengas miedo: te conozco. Tú eres Sherlock

Holmes...» Una manía de borracho que a última hora se apoderó de mí. Y

luego empecé a aporrear la puerta vecina, la del misterio, pugnando por

abrirla. Se me había metido en la cabeza que el amigo Holmes llevaba

oculta en este camarote a una princesa rusa que viaja de incógnito y va

a casarse con un jefe de tribu del Gran Chaco. Fantasías del alcohol,

querido Ojeda. Y los dos acompañantes, menos ebrios que yo, pretendían

disuadirme arrancándome de allí. «Mi amigo, no haga leseras...»

«Compañero, no sea empecinado.» Y al fin pudieron meterme en mi camarote

y acostarme, y allí he estado hasta que me despertó la música... Un baño

a toda prisa, y a enfundarme en este traje de marinerito amoroso que

guardaba con impaciencia desde que nos embarcamos, ¡Pocas ganas que

tenía yo de lucirlo!... ¿Eh? ¿qué le parece el trajecito de mi

patrona?...

Ojeda le miró con fingida severidad.

--Muy bien, Isidro. Bonito modo de ir en busca de una vida nueva. Se

está usted amaestrando para el trabajo.

--¡Bah! Es el mar, la influencia desmoralizadora del mar. Ya me oyó

usted anoche. Aquí somos otros que en tierra; tal vez más espontáneos,

más verdaderos. El aislamiento, la vida en común, nos despojan de

nuestros envoltorios y la bella bestia aparece tal como es, excitada por

el fastidio, ansiosa de entretenerse en algo. Y así como se prolongue

la navegación, nos sentiremos más iguales, más hermanos, con mayor

cantidad de «animalía»... El hombre siempre ha sido lo mismo en el mar.

Acuérdese de los antiguos viajes a las Indias y la Oceanía. Los maestres

de las naos recogían las espadas de los hidalgos, para no devolvérselas

hasta el final del viaje. Todo desafío concertado durante la navegación

no tenía validez al saltar a tierra. Aquellos viajes eran de meses y los

nuestros son de días; pero representan lo mismo, pues nosotros vivimos y

sentimos con mayor velocidad que nuestros abuelos... No pase usted

cuidado: recobraré mi cordura al llegar al último puerto, y todos harán

lo mismo. Tal vez por eso dice usted que las amistades hechas en un

buque rara vez se prolongan en tierra. Se ven las gentes con demasiada

intimidad, y luego, cuando se encuentran, se saludan de lejos con la

sonrisa de un buen recuerdo; pero se evitan a la vez, como si se

hubiesen conocido en una aventura poco honorable.

Un bramido monstruoso sobresaltó a muchas señoras en sus asientos. Era

el silbato del buque, que daba la señal del mediodía.

--La hora del almuerzo--dijo Maltrana alegremente--. ¡Tengo un

hambre!... ¿Ha notado usted cómo abre el apetito la mala conducta?

En el antecomedor agolpábanse los viajeros frente a una larga mesa

cubierta de platos diversos: vasijas con ensaladas; jamones y piezas de

embutido exhibiendo en sus caras rojizas el negro mosaico de las trufas;

anguilas enormes enterradas en gelatina; salchichas alemanas de color de

rosa y leve perfume de droguería; anchoas flotantes en sal líquida;

botes que mostraban entre los dientes del latón recién cortado el

granulento verde del caviar. La mano de un cocinero iba de un extremo a

otro de la mesa, armada de un tenedor, colocando en los platos estos

entremeses del almuerzo a gusto de los pasajeros.

Muchos curiosos se detenían frente a un gran reloj regulado desde el

puente por una corriente eléctrica, y modificaban sus cronómetros con

arreglo al salto atrás que acababan de dar las agujas. Todos los días,

al llegar el sol a su altura máxima, había que retrasar la marcha del

tiempo diez minutos. Otros pasajeros discutían ante un tabloncillo en el

que estaba la carta de navegación, examinando la mancha azul del Océano

punteada de alfileres con banderitas germánicas. Cada alfiler era

colocado a las doce del día, y el espacio abierto entre dos de ellos

representaba una singladura, veinticuatro horas de navegación. Las

banderitas salían del mar del Norte, e iban alineándose a lo largo de la

costa de Europa hasta avanzar en pleno Atlántico. La última recién

clavada erguíase: entre Canarias y Cabo Verde. Más abajo, el mar limpio,

el mar inmenso, la mancha azul no más grande que la palma de la mano,

pero cruzada por las líneas negras de los grados, que representaban días

y días. ¡Faltaban tantos para que cada uno llegase a su destino!... Y

dominados por la preocupación de la velocidad, criticaban la marcha del

buque, acusando a la Compañía de avaricia en el gasto de carbón,

disputando el número de millas que debía correr, haciendo apuestas sobre

la singladura del día siguiente.

Al entrar en el comedor, Maltrana se vio saludado por sus compañeros de

mesa con guiños maliciosos. El viejo doctor Rubau, siempre de negro,

parecía compadecerse, con un gesto de cansancio, de las falsas ilusiones

de la vida. «¡Ah, juventud, juventud!...» No le habían dejado dormir

tranquilamente gran parte de la noche. También habían llamado a su

camarote, equivocándose de puerta, para proponerle por el ojo de la

cerradura algo monstruoso, que no acabó de entender en la torpeza de su

sueño interrumpido.

Munster ocultaba su cólera con una sonrisa de resignación. Había

renunciado al _bridge_ en la noche anterior por falta de compañeros,

refugiándose en el _poker_ forzosamente, y cuando después de perder cien

marcos empezaba a recobrar su dinero, la invasión de una tropa de locos

le expulsaba del café como a las demás «personas serias».

--Y usted, señor Maltrana, no es un niño, y debía dejar para los

muchachos estas hazañas impropias de su edad.

El joyero, sordamente irritado contra su cabeza blanca y sus arrugas,

gustaba de envejecer a los demás, creyendo remozarse de tal modo, y por

esto insistió en aumentar los años de Isidro, sin hacer caso de sus

protestas.

Entraban en el comedor poco a poco todos los jóvenes que se habían

mantenido ocultos hasta entonces en sus camarotes. Unos avanzaban a toda

prisa, fingiéndose preocupados con algún pensamiento de importancia.

Otros desafiaban la curiosidad, ostentando arrogantemente las erosiones

mal disimuladas por el peluquero con polvos de arroz. Los

norteamericanos destapaban champán en el almuerzo y gritaban lo mismo

que en la noche anterior, insensibles al cansancio y al trasiego de

líquidos. En las mesas de familia, las mamás acogían a sus hijos con

ojos de severidad y labios apretados; pero aquéllos salían del paso

saludando a «sus viejos» con aire indiferente, como si los hubiesen

visto momentos antes.

Al terminar el almuerzo, Fernando se encontró con Mrs. Power en la

escalera del jardín de invierno, y juntos fueron a sentarse en el sitio

que ocupaba ella habitualmente con la pareja de compatriotas. Ojeda,

después de ser presentado a los esposos Lowe, permaneció allí como si

estuviese en familia.

«Ya lo acapararon los yanquis--pensó Maltrana--. Ahora la señora le

muestra un abanico y le invita a escribir en él... Desea versos; tal vez

versos de amor. Dejemos al amigo Ojeda que siga su destino.»

Y cuando dudaba entre ocupar una mesa libre o irse al fumadero en busca

de sus amigos los comerciantes españoles, se vio llamado por el doctor

Zurita que, repantingado en un sillón, le mostraba un papel.

--_Che_, Maltrana, venga para acá. Pero ¿ha visto qué graciosos son

estos gringos?...

Le mostraba la lista del comité organizador de las fiestas ecuatoriales,

constituido una hora antes bajo las indicaciones del mayordomo. Una

ocasión para éste de vender a buen precio, en clase de premios, todos

los objetos de pacotilla adquiridos previsoramente en Hamburgo.

--Fíjese, _che_, en los presidentes de honor. ¡Qué abundancia!

Eran el doctor Zurita, el obispo, el abate francés, el conferencista

italiano y Ojeda. ¡Y qué de títulos!... El obispo era Su Grandeza,

Zurita Su Excelencia, y Ojeda, por ser algo, aparecía con el título de

doctor.

--Pero ¡qué graciosos estos gringos!

Reía Zurita con una mezcla de burla democrática y satisfacción infantil.

--Vea, Maltrana: yo fui ministro, ¿sabe?... ministro de la provincia, en

mis tiempos de muchacho, cuando andaba mezclado en los batifondos de la

política. Además, he sido diputado nacional. Ahora no me meto en nada;

mis negocios no más, y a vivir tranquilo. Pero tal vez por esto me

tratan de Su Excelencia. ¡Qué demonios de alemanes! Todo lo averiguan...

Bueno, señor; esto va a costarme algunas libras más.

Y volvía a reír, contemplando con una mirada entre irónica y amorosa

«aquella diablura de los _gringos_» tan aficionados a categorías y

honores.

Maltrana, en su inquieta movilidad, salió del jardín de invierno para

dirigirse al café. En torno de una mesa vio sentados a sus tres

compatriotas, los graves y honrados comerciantes que le regalaban buenos

consejos.

--Saludo a sus respetables firmas sociales--dijo tomando asiento junto a

ellos.

Pero como interrumpía una conversación interesante, sólo mereció varios

gruñidos a guisa de saludo. Estaba hablando el señor Goycochea, un vasco

de ojos claros, membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y el bigote y

la barbilla teñidos de rubio con cierto descuido que dejaba visible el

blanco de las raíces capilares. Maltrana le tenía por el más rico de los

tres. Bastaba ver el respeto de sus compañeros, que callaban apenas

tosía él indicando su deseo de hablar.

Aparte del prestigio que debía a su fortuna, gozaba entre los amigos de

cierta consideración social por su matrimonio y su género de vida. La

esposa era una dama imponente, con triple mentón y quevedos de oro, que

antes de acomodarse en la cubierta de paseo se hacía buscar por la

doncella su asiento propio, una poltrona comprada en París, la única de

a bordo que podía contener las amplitudes de su respetable maternidad.

Nacida en la Argentina, su origen y su apellido parecían irradiar un

halo de gloria sobre la prole, borrando la insignificancia del origen

paterno. La familia residía en París, y cada dos o tres años regresaba a

América para que el jefe viese de cerca la marcha de sus negocios.

Habitaban un hotelito propio en las inmediaciones de los Campos Elíseos,

y poseían dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a más de la

gran casa de comercio en la capital, que dirigía un antiguo dependiente

convertido en socio. Un personaje importante el tal vasco... La señora

infundía respeto a los dos compatriotas del esposo, siempre con la

cabeza alta, parca en palabras, llamando a Goycochea por su apellido,

como si fuese un amigo en visita, mirándolo todo insolentemente con sus

ojos de miope. Las tres niñas hablaban inglés y alemán e iban escoltadas

por una institutriz roja y pecosa que miraba con tanto desprecio como la

señora a los amigos del señor. De toda la familia, encerrada en su

altivez triunfante, él era el único comunicativo y simple de carácter...

cuando los suyos no estaban presentes.

Tenía yo entonces diecinueve años--continuó diciendo Goycochea luego de

la interrupción de Maltrana--, y me fui a pie con otro muchacho desde mi

pueblo a Bayona, donde tomamos pasaje en un bergantín francés. Nos

faltaban papeles para embarcarnos en España: teníamos miedo a lo de la

quinta... Un viaje de sesenta y cinco días. ¡Y pensar que ahora nos

quejamos por si el vapor se atrasa un par de horas!

Yo vine en una fragata de Barcelona cargada de vino, hace cuarenta

años, y echamos dos meses y medio en el viaje--dijo Montaner, el

residente en Montevideo.

--A mí me trajeron en una goleta de Cádiz con cargamento de sal--declaró

Manzanares, antiguo amigo de Goycochea--. No sé cuánto tiempo estuvimos

quietos en la línea por las malditas calmas. ¡Y qué alimentación!... El

mejor librado era yo, que por ser muchacho ayudaba a los de la cocina y

podía rebañar las sobras de los calderos... Y ahora, señores, nos damos

el gusto de venir aquí. Nosotros hemos conocido los malos tiempos; nos

ha costado sudar la plata. No como otros, que llegan con toda clase de

comodidades y quieren de golpe conquistar una fortuna; como si la

fortuna estuviese ahí, esperándoles en el muelle.

Y miraba a Maltrana con súbito rencor, cual si le irritase verlo rodeado

de los lujos de un gran trasatlántico, mientras ellos, hombres ricos,

habían ido a América sufriendo hambre en buques de vela.

Un señor malhumorado el tal Manzanares, de esquelética delgadez y el

bigote gris caído sobre las mandíbulas salientes. Sus ojos turbios sólo

se animaban con los fulgores de la rabia. Una dolencia del estómago

agriaba aún más su carácter y le hacía emprender frecuentes viajes a

Europa, siempre en busca de nuevas aguas curativas. Era un erudito en

anuncios de específicos y catálogos de farmacia: conocía todos los

remedios, y siempre tenía uno, el último lanzado a la circulación, que

le merecía hiperbólicas alabanzas, al mismo tiempo que abrumaba con sus

ferocidades verbales a los «ladrones» inventores de los otros. Este

enfermo crónico comía con una voracidad pantagruélica, y para vencer la

torpeza de sus digestiones caminaba a todas horas por el buque,

ensalzando las ventajas de la marcha. Únicamente en el café se le veía

sentado: el resto del día lo pasaba dando vueltas en la cubierta; y

cuando la afluencia de gentes dificultaba su tenaz ambulación, circulaba

abajo por los pasillos de los camarotes. Al encontrar a Maltrana

saludábalo invariablemente con el mismo ofrecimiento: «Le invito a que

demos un paseo...». «Muchas gracias--contestaba aquél--; es a lo único

que usted convida.»

Sentía Isidro contra este señor una hostilidad irresistible. Era el que

más le ofendía cada vez que intentaba darle buenos consejos. «Ustedes

los periodistas, que son medio locos...» «Usted, que no hará nada en

América porque es escritor...» Manzanares admiraba la brutalidad como la

más grande de las facultades, y se hacía lenguas de un gobernante cuando

amenazaba con perseguir a «la canalla popular».

--Con ése no se juega--decía entusiasmado--; ése tiene la mano dura...

Pega fuerte...

Y pedía el fusilamiento inmediato a un lado y otro del Océano de todos

los que escriben en los papeles, oficio que sólo sirve para que los

obreros pidan menos horas de trabajo y aumento de jornal.

--Cuando pagué mi pasaje--continuó Goycochea--no me quedaba nada,

absolutamente nada, ni dos reales. ¡Para lo que me hubiese servido el

dinero en aquel barco!... La comida era poca y pésima; la galleta tenía

gusanos y había que tragarla sin verla; en el rancho nadaban al

principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas. Yo no tenía

otro equipaje que dos camisas y un pantalón, además del que llevaba

puesto; un pantalón nuevo, azul, con muchos botones: la única prenda que

pudo hacerme mi madre... ¡Aún lo estoy viendo!...

Y al mismo tiempo que Goycochea parecía admirar imaginativamente con la

ternura del recuerdo este pantalón, único lujo de su pobreza,

contemplaba en una de sus manos el centelleo de un brillante límpido y

tembloroso como una gota de luz.

--Tenía yo un gran amigo en el barco, un chico de Aragón, compañero de

cama y caldero, listo, muy listo, y eso que no sabía leer... ¡Pobre!

Murió hace dos años, luego de haber hecho una buena fortuna y educar a

la familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta clases en la

Universidad. Muchas veces he leído su nombre allá en París, cuando doy

un paseo hasta la Avenida de la Ópera y echo un vistazo a los diarios

argentinos en el Banco Español. Creo que es diputado o que va a serlo:

tal vez algún día lo veamos ministro... El padre parecía bruto porque no

tenía letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormíamos bajo la misma

lona, al pie del palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos

puesto; éramos como hermanos... Y un día, él se enamora de mi pantalón.

«Que te lo compro... Que te doy tres pesetas por él...» Y vinimos

regateando desde Cabo Verde al río de la Plata.

El millonario sonreía al recordar su testarudez.

--El era de Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense ustedes!, pero yo soy

vasco. «Que te doy tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres

y media...» Los amigos intervenían en la venta del pantalón. De proa a

popa mediaban expertos, examinando el cosido de la prenda, la solidez de

los botones, la duración de la tela. Y con las alabanzas de los

inteligentes crecían los deseos de mi amigo. «¡Remoño, no seas

cabezota!... Dámelo por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba ponerse

majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba

sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el río de la Plata casi lloraba

de rabia. «Me alargo hasta cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el

trato quedó cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía entonces,

el único dinero con que llegué a Buenos Aires. ¡Y gracias que hubiese

entrado con él!... Ustedes se acuerdan de cómo se desembarcaba en

aquellos tiempos. No había muelle; del barco a una lancha, y de la

lancha a una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le arrastraba

a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me llevaron por

desembarcar, y entré en Buenos Aires con peseta y media y un pantalón

viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos años

sin que nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos en una junta

patriótica de comerciantes españoles.

Goycochea se entristecía recordando a su compañero.

--Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a

saludarme. Tenía un modo suyo de anunciarse: un garrotazo sobre el

mostrador. «¿Quién está aquí?» Y al salir yo del escritorio, la misma

pregunta: «¿Cómo estás, maño? ¿Cómo tienes a la maña y tus

cachorricos?...» La última vez que le vi, fue antes de retirarme yo a

París. Éramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo

apoyado en su bastón, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados

y mozos del Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de

«sarnosos» levantando el garrote. Pero en el Directorio pedía siempre

aumento de sueldo para ellos y disminuciones en el amueblado. Se

irritaba con las poltronas de los directores, las mesas de Consejo, las

lámparas eléctricas. Decía que eran _punterías_ indignas de hombres. Él

tenía un buen pasar y no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era

distribuir la plata a los que abrían las puertas: badulaques cargados de

hijos. Se sentía morir. «Maño, esto va mal; dentro de poco, al pocico.»

Pero se consolaba pronto. «La verdá es, maño, que hemos hecho camino.

Hemos educao a nuestras familicas, las dejamos un cuscurro de pan, y

podemos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en el barco que nos

veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te acuerdas del duro que me

sacaste, vasco del moño?...» Y ya no le vi más.

Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo,

miró luego a Maltrana.

--Aprenda usted, joven. En el mundo existen hombres de mérito aunque no

hayan escrito en los papeles. Ahí tiene el ejemplo en don Antonio

Goycochea. Entró en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho

millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce.

Goycochea le interrumpió modestamente. Un mediano pasar nada más: una

situación decente para la familia.

--La casa sí que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algún

crédito. Giramos al año unos veinte millones. Pero nos deben mucho...

¡Hay tantas quiebras!

Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo

para expresar los riesgos y aventuras del comercio en América,

únicamente compensados por las enormes ganancias, muy superiores a las

del viejo mundo.

Sintióse humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban

aquellos señores. Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le

veían, se habían olvidado de él. Era un profano que osaba injerirse en

la francmasonería del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo al notar

que Manzanares sentía la emulación de hablar igualmente de sus

esfuerzos.

Había empezado la vida comercial en el desierto argentino, cuando los

indios ocupaban los territorios cruzados ahora por el ferrocarril, y el

_malón_, con su reguero de saqueos, incendios y rapto de personas,

asolaba los pequeños campamentos, transformados actualmente en ciudades

de importancia. El blanco centauro de las llanuras, con su poncho, su

facón y sus grandes espuelas, resultaba tan peligroso como el jinete

cobrizo de larga lanza. Manzanares había sido dependiente en un boliche

aislado sirviendo vasos de caña a través de una fuerte reja que

resguardaba el mostrador de las manos ávidas y los golpes de cuchillo de

los parroquianos. A lo mejor pasaban corriendo, con la celeridad del

espanto, mujeres, niños y rebaños, y tras ellos los hombres, que

preparaban sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco después

asomaba en el último término de la Pampa una nube de polvo. Dentro de

ella cabalgaban sobre caballos en pelo los guerreros de la horda

indígena en insolente avance sobre los núcleos de civilización pastoril

enclavados audazmente en el desierto. Eran demonios cobrizos, de lacias

y aceitosas melenas sujetas por una cinta, ávidos de aumentar con nuevas

vacas y hembras blancas la fortuna de bestias y esclavas que guardaban

en sus tolderías.

Cerrábase el establecimiento lo mismo que una fortaleza, y se armaban el

patrón y sus dependientes con trabucos y fusiles viejos guardados debajo

del mostrador como herramientas profesionales. A esta guarnición uníanse

los parroquianos de los ranchos inmediatos, que corrían a refugiarse con

sus familias en el boliche, único edificio de ladrillo en muchas leguas

a la redonda. Con ellos entraban los tripulantes de los rosarios de

carretas sorprendidos por el _malón_ en su marcha lenta, chirriante, que

duraba semanas y semanas.

Unas veces pasaba de largo la tromba cobriza, atraída por el ganado de

lejanas estancias; otras ponía sitio al almacén, codiciando más que el

dinero los barriles de caña. Hervía la horda en torno del boliche, que

por sus aberturas barriqueadas lanzaba relámpagos de plomo. Los

asaltantes, arrastrándose, intentaban poner fuego a sus puertas. En los

momentos de descanso mataban las yeguas robadas en las inmediaciones y

se bebían la sangre entre el griterío de una borrachera feroz. Y esta

situación duraba días y días, hasta que llegaba la noticia a los

fortines y otra tropa se señalaba en el horizonte, compuesta de jinetes

con viejos uniformes, peor armados y montados que el enjambre de indios,

los cuales solamente huían por hartura, deseosos de poner en salvo su

botín.

Y así había reunido Manzanares sus primeros centenares de pesos,

aguantando golpes y hurtando el cuerpo al facón de los parroquianos

ebrios, más temibles que los indios. Al volver a Buenos Aires, por uno

de esos desvíos de profesión tan comunes en las tierras nuevas, el

servidor de vasos de caña y pedazos de _charqui_ había entrado en una

tienda de ropas de lujo. Su patrón lo enviaba en viaje por todo el país,

y así había conocido, yendo en diligencia, los asaltos en los caminos,

unas veces por las bandas de indígenas, otras por «montoneras» de

guerrilleros que robaban a las gentes en nombre de un caudillo de

provincia o de un partido político. La nación hervía entonces en

revueltas civiles, antes de cristalizarse definitivamente. Había dormido

a la intemperie, sin más cama que el «recado» de su caballo, bajo el

frío de las tierras del Sur, o rodeado de nubes de mosquitos en los

campos del Norte. Había ayudado muchas veces, con los compañeros de

viaje, a tirar de la diligencia atascada en un barrizal al que llamaban

carretera. En otras ocasiones le había sorprendido una creciente de

aguas, que ahogaba a las bestias de tiro.

--Yo creo, señores, que entonces pillé para el resto de mis días esta

enfermedad del estómago, que terminará conmigo... Acabé por

establecerme, y poseo mi depósito en la calle Alsina, ya saben ustedes

dónde; uno de los mejores depósitos al por mayor de ropa fina para

señoras; y tengo clientes en toda la República y trescientas muchachas

trabajando en los talleres. Nosotros no giramos lo que usted, amigo

Goycochea: seis millones por año nada más, pero la ropa blanca es

artículo que deja más que otros. Yo voy a Europa con frecuencia, visito

a nuestros proveedores de Hamburgo, Milán y París, me entero de las

novedades, y cada cinco o seis años me asomo a España y vivo en mi

pueblo por unos días. El cura me saca unas pesetas con pretexto de

reparaciones en la iglesia; el alcalde me pide para la escuela, para el

lavadero, para un camino; los gaiteros se están toda la noche ante la

casa, toca que toca, esperando la sidra. Las sobrinas, que son no sé

cuántas, siempre tienen a punto un chiquillo que soltar al mundo cuando

yo llego, y quieren que el tío de América lo apadrine. Todos parecen

encantados de que mi señora no haya tenido hijos. Cuando estuve allá la

última vez, hablaba el alcalde de ponerle mi nombre a una calle y una

lápida al casucho donde nací... Yo no tengo su posición, señor

Goycochea, pero he hecho la mía y me ha costado sudarla como a usted.

Puedo retirarme cuando quiera; ¡para los hijos que he de mantener!...

Pero le tengo ley a mi establecimiento, que empezó siendo una miseria y

hoy ocupa un cuarto de manzana. Además, cuento con el socio, que corre

con todo el trabajo: un antiguo dependiente al que di participación. Ya

conocen ustedes la firma: Manzanares y Mendizábal.

La falta de hijos parecía amargar su triunfo, colocándole en rencorosa

inferioridad ante el prolífico vasco. Pero como una compensación, hizo

el elogio de su esposa, valerosa compañera de los primeros años de

pobreza y ahorro. No podía compararse con la señora de Goycochea, que él

veía como una gran dama de majestad imponente--otro motivo de envidioso

rencor--. Era una muchacha de la tierra, que había gobernado la casa con

economía feroz, cuidando de que cada dependiente comiese lo

estrictamente necesario para mantenerse en pie, sin hartazgos que

perjudican a la salud. El hábito del ahorro persistía en ella al vivir

en plena fortuna, con una afición a mezclar sus brazos arremangados en

las más bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que había «corrido

mundo», y todos los años, en su viaje a París, conocía el Montmartre de

noche, porque «el hombre debe verlo todo», empezaba a creer que esta

compañera no estaba a nivel de sus triunfos comerciales, y por esto

había de privarse de exhibirla--como Goycochea ostentaba la suya--,

temiendo ciertos descuidos de su lenguaje. Pero un viejo sentimiento de

gratitud y los propios gustos estéticos le hacían prorrumpir en elogios

de su personalidad física. Además de ser muy buena, todavía se conserva

hecha una real moza.

--Es algo parecida a su señora, amigo Goycochea. La mía pesa cien kilos.

¿Y la de usted?

Goycochea hizo un gesto de tristeza. Había llegado a pesar algo más,

pero en París se había puesto a régimen. Ahora estaba de moda la

delgadez.

--La mía pesa ciento seis--declaró Montaner, el comerciante de

Montevideo.

--¡Buena!--afirmó Manzanares con autoridad--. ¡Buena debe ser!

Este hombre esquelético admiraba con un entusiasmo concentrado, casi

religioso, la desbordante exuberancia femenina como signo de salud, buen

honor y virtudes domésticas... Pero Montaner, que se consideraba

humillado por el silencio en que le dejaban sus compañeros, interrumpió

a Manzanares.

Él también «había hecho lo suyo». La República Oriental se prestaba

menos que la Argentina a los vaivenes de fortuna y los rápidos triunfos.

El dinero era más lento en sus avances, y tal vez por esto de paso más

sólido: la gente pensaba en retener más que en adquirir. No podía hablar

de millones como los compañeros, pero gozaba de un buen pasar, y a su

muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se acordarían de que «el

viejo» había trabajado...

--Aquél es un gran país, más pequeño que la Argentina, pero rico, muy

rico. ¡Lástima que sea la tierra de las revoluciones!... El uruguayo es

bueno, caballeresco, aficionado a las cosas de pensamiento, pero

demasiado valiente, demasiado guapo, convencido de que falta a su deber

cuando se mantiene unos cuantos años sin salir al campo a matarse. Todos

somos allá «blancos» o «colorados»; y no sé qué demonios hay en el

ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden a

hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, señores, soy

«blanco», más blanco que el papel, más blanco... que la leche; y mis

hijos lo son también. Dos de ellos se me fueron al campo en la última

revolución. Y si ustedes me preguntan qué es eso de ser «blanco», les

diré que luego de tantos años no estoy todavía bien enterado... Tal vez

me hicieron «blanco» a la fuerza.

Y relató su llegada a Montevideo, cuarenta años antes, sin más fortuna

que una carta de presentación para un catalán establecido en el

interior. El país estaba en revuelta, pero la ciudad presentaba su

aspecto normal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: «¿Qué

noticias hay de la revolución?» lo mismo que si hablasen de la lluvia o

del buen tiempo. Y Montaner salió en una diligencia, como único

pasajero, hacia el pueblo dónde estaba su compatriota.

--A las pocas horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con

pañuelos rojos al cuello, rodearon la diligencia. Era una patrulla de

«colorados». El jefe habló con el mayoral. «¿Qué llevas ahí?» Y al saber

que no llevaba otro pasajero que un pobre muchacho español, algunos

jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. «¡Ah, galleguito;

«blanco» de mier... coles! ¡Déjate crecer el pelo para que te cortemos

mejor la cabeza cuando seas grande!...» Lo decían riendo; pero yo, que

sólo tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba meterme

debajo del asiento. Se fueron, y dos horas después, cerca de un rancho,

encontramos otra partida de jinetes, con lanzas también, y con esos

caragüelles bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero

éstos llevaban al cuello pañuelos blancos. Y la misma pregunta: «¿Qué

llevas ahí?» Y al saber que era yo español, sonrisas en la portezuela lo

mismo que si me conociesen toda la vida. «Baje, jovencito, baje y

descanse, que está entre amigos. Tómese una copa de caña...» Desde

entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser en aquella tierra:

blanco, siempre blanco. Ahora, los años han traído cierta confusión, y

gentes de todos los orígenes figuran en los dos bandos. Pero en mis

tiempos, los gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos

«blancos», tal vez porque en las filas de éstos habían combatido muchos

españoles procedentes de la primera guerra carlista... ¡La sangre que se

ha derramado! ¡Los combates sin cuartel, en los que no se admitían

prisioneros!... Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo que

ovejas.

Montaner quedó silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos.

--Ahora han cambiado las cosas--añadió--. Los antiguos escuadrones con

lanzas son ejércitos provistos de artillería; se respetan los

prisioneros, se hace la guerra con más «civilización»; pero la guerra

sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar el rato... El país se ha

acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a pesar de las

revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse con su

enfermedad y viven con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan

de cerca las consecuencias de estas luchas!...

Hablaba con resignación de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa

de las guerras. «Blancos» y «colorados», en sus correrías, se le habían

comido los mejores animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por

el placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueños, en las mismas

tierras donde trabajaban de peones en tiempos de paz, por el gusto

señorial de matar un novillo y comerse la lengua, abandonando el resto

a los cuervos. Él llevaba largos años formando en su estancia una cabaña

de caballos finos, con reproductores costosos adquiridos en Europa.

Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surgía una de tantas

revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras,

cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores

ejemplares de la cabaña. Y los animales de pura sangre morían en la

guerra o quedaban abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen

bestias rústicas de exiguo precio.

--Total, algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas

horas--dijo con tristeza--. Muchos se entusiasman con las hazañas de

ambos bandos, y ven en ellas una continuación del valor español. «Es la

herencia de España», dicen «blancos» y «colorados» para justificar esa

necesidad que sienten de revoluciones y de golpes. Y yo me digo: «Señor,

otras repúblicas de América descienden igualmente de españoles, y viven

sin considerar necesaria una revolución cada dos años...». ¿Se han

fijado ustedes que en la América de origen español todas las cosas malas

son siempre «¡cosas de España!», y rara vez se les ocurre atribuir a la

pobre vieja alguna de las buenas?...

--Así es--interrumpió Maltrana--. Yo he tratado en París americanos de

origen español de todas alturas y latitudes, y salvo una minoría que ha

hecho estudios, todos discurren de idéntico modo; como si les inculcasen

esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. España es la

culpable de todos sus defectos, la responsable de todas sus faltas. Ella

es la autora de sus revoluciones; de la pereza propia de los climas

cálidos; de la embriaguez a que incitan los climas fríos; de la afición

desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer de la

lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países acostumbrados a

la abundancia. Algunos hasta la increpan porque su república tiene pocos

ferrocarriles...

Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto con él. ¡Estos

hombres de pluma!... ¡Qué simpáticos cuando no se metían en negocios!...

--En cambio--continuó--, si alaban una buena cualidad de su raza la

atribuyen a los indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por

padre y madre de gallegos y vascos que llegaron a América a fines del

siglo XVIII... Y si los indios no son los autores de lo bueno, le

cuelgan el milagro a la «raza latina», que no es más que una ficción

histórica. La «raza española», algo positivo cuya realidad perciben

todos en el idioma y las costumbres apenas ponen el pie en América,

sólo existe y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo del

pasado. La gloria se la lleva la «raza latina» que nadie sabe qué es y

en qué consiste. Yo conozco una civilización latina; ¿pero raza latina?

¿en dónde está fuera de Italia?... En fin, señores, no hay que

irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación

instintiva de viejo cariño... desorientado, de amor filial vuelto del

revés.

Se interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las

ventanas la gorra blanca del médico de a bordo. La contusión de la sien

le hizo recordar de pronto con una picazón dolorosa su propósito de

consultarle. Salió del café despidiéndose de sus compatriotas con rápido

saludo, y alcanzó al doctor, para mostrarle el lívido chichón. Rio

bondadosamente el alemán al examinarlo. ¿También él había sacado su

parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a algunos pasajeros que

se mantenían invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana era

insignificante. Después de la hora del té le esperaba en la botica.

Al quedar solo se aproximó al jardín de invierno, mirando al interior

por una de las ventanas. Todos seguían ocupando los mismos sitios: Ojeda

con Mrs. Power y el matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos

compatriotas suyos «de las cosas del país». El padre de Nélida sonreía a

través de sus barbas de patriarca, dando explicaciones a un grupo de

amigos con insinuantes y suaves manoteos. Tal vez exponía los grandes

negocios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales quería dar

participación a los demás, generosamente. Algunos pasajeros se

retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz, en busca de sus

camarotes para dormir la siesta.

Maltrana sintióse atraído por el rumor de avispero que zumbaba bajo el

gran toldo del combés, entre el castillo central y la proa. Veíanse por

los intersticios de las lonas gentes tendidas sobre el vientre,

dormitando con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosían ropas

viejas, chicuelos persiguiéndose. Sonaba a lo lejos una gaita con dulce

sordina, semejante a un lamento pastoril que lagrimease la melancolía de

su destierro lejos de las praderas verdes.

--Hagamos una visita a nuestros amigos «los latinos».

Salió a la explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al

abrir la reja tuvo que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban

contra los hierros. Era gente moza, muchachos que se sentían atraídos

por este obstáculo, símbolo visible de la separación de clases.

Pasaban gran parte del día pegados a ella, explorando el largo corredor

alfombrado de rojo, con grandes intervalos de sombra y manchas

blanquecinas de eléctrica luz. Las puertas de los camarotes de primera

clase se abrían a ambos lados de este pasadizo, que a ellos les parecía

interminable y magnífico, como un bulevar habitado por millonarios.

Espiaban desde allí las entradas y salidas de los pasajeros. Seguían con

mirada de admiración la marcha rítmica de las señoras que surgían de las

pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de calles alfombradas,

ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos había

alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El

respeto a la jerarquía social les impulsaba a amontonarse contra la

reja, como si por ella se columbrara un mundo superior, manteniéndose en

envidioso silencio cada vez que una señora pasaba por cerca de ellos sin

mirarlos. Cuando las necesidades del servicio hacían transcurrir junto a

esta barrera a las camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro,

los mozos contemplativos parecían desesperarse y un rumor de palabra

mascadas y de relinchos contenidos agitaba su cuerpo.

Aparecía con frecuencia cerca de la verja una niñera alemana cuidando de

un chiquitín peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la

alfombra con un osezno de peluche. Al verla, los muchachos sonreían con

repentina confianza. Era de su misma clase social, y esto bastaba para

desatar las lenguas e iluminar los ojos con el fulgor del deseo.

«¡Rica!... ¡Monísima!... ¡Acércate, prenda, que tengo que decirte una

cosa!...» «_¡Oh carina tanto bella!_»

Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos

árabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero

avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus

ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de

morder. La _fraulein_, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada

de carnes, sonreía con ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja,

a través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se

decidía a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y

la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde recibía el

homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su

rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogían

con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas

que no podía entender.

Algunos de los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa

familiaridad a Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular

del buque».

--Don Isidro, tráiganos pa aquí a esa güena moza... ¡Retrechera!...

¡Cachonda!

Otros, que habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de

entusiasmo murmurando con arrobamiento:

--¡Preciosura! ¡Lindura!

Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño

del buque:

--¡Siñor, que nos la echen!... ¡Mande que nos la echen!

Isidro volvió a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes.

--¡Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote

de ésos y os larga un par de mamporros por sinvergüenzas.

Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la

ingenua _fraulein_ les volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra

para juguetear con el pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias

repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por

ocultas esfericidades.

El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de

curiosidad simpática y obsequiosos saludos: algo parecido a lo que

despierta la entrada de un orador político en una reunión popular. «Don

Isidro, buenas tardes... Venga por aquí, don Isidro.» Y todas las

miradas, aun las de «los latinos» de Asia, que no podían entenderle, le

acariciaban con la suavidad del agradecimiento. ¡Aquél era un hombre! Un

rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los otros

señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para

echar una mirada de lástima, huyendo apenas se volvían hacia ellos

algunas cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la

curiosidad.

Recosían unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus

batones sucios y repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban

con las manos a lo más alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores

en el brazo que había recibido la vacunación. Los árabes permanecían

acurrucados en el caramanchel de las escotillas, mirando el mar con

expresión pensativa... sin pensar en nada.

Un grupo de hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes

manoteos y gritos, lo mismo que si mandasen un ejército militar,

amaestraban a otros españoles en el juego de _la morra_. Fogoneros

libres de servicio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecían

erguidos en medio de esta muchedumbre, contemplando de lejos, tímidos y

sonrientes, a ciertas beldades morenas, como si esperasen hacerse

entender con su inmovilidad silenciosa. En el fondo, junto al castillo

de proa, continuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril.

Salió una mujer al paso de don Isidro, saludándolo con familiaridad. Era

grande y obesa, con el amplio rostro sombreado por una pátina rojiza. La

gran abundancia de zagalejos y faldas hacía aún más imponente su

volumen. Tenía cierto aire de resolución y miraba siempre de frente,

acompañando sus palabras con un movimiento de brazos autoritario, como

hembra acostumbrada a mandar la primera en su casa.

--Usted es la de Astorga ¿verdad?--dijo Maltrana, que pretendía recordar

los nombres y el origen de todos los del buque--. Espere... Usted es la

_señá_ Eufrasia.

--Justo--dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de

aquel personaje--. Yo soy la Ufrasia, y éste es mi marido.

Y señalaba a un hombre sentado cerca de ella, grande también, con el

abdomen mantenido por las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara

llena, de mejillas colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado,

bajo las alas del sombrerón.

La _señá_ Eufrasia, cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con

aire protector de sus compañeros de viaje. Los compatriotas, «los de la

tierra», le inspiraban lástima.

--¡Probes! Tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don Isidro. Hay que ver

cómo van esas mujeres y cómo llevan a sus críos... Nosotros, aunque me

esté mal el decirlo, no vamos a las Américas por hambre. Teníamos allá

en el pueblo nuestro buen pasar; pero a nadie le amarga subir, y éste

(señalando al marido) me dijo un día: «Ufrasia, ¿por qué no nos vamos a

ver eso del Buenos Aires de que hablan tanto?». Y como no tenemos hijos,

yo dije: «¡Hala, amos en seguía!». Y éste vendió los cuatro terrones y

la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si un por si acaso

aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el barco

puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en

la cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cariá, que crea usted

que viene aquí gente bien necesitá de que la ayuden. ¡Y allá vamos toos,

don Isidro!... Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que

no hay más que agacharse en las calles pa dar con una onza de oro.

Lo decía sonriendo, pero a través de su incredulidad adivinábase cierto

respeto por la ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros

de la que hablaban continuamente los emigrantes.

El marido movió la cabeza con autoridad, y sus ojos parecían decirle:

«Mujer, que estás cansando al señor... Vosotras no entendéis nada de

nada».

--Usted que sabe tantas cosas, don Isidro--siguió la Eufrasia--: éste y

yo tuvimos esta mañana una porfía. Dice que en Buenos Aires no hay monea

de oro, ni de plata, ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo

de estampas, con lo que se compra too... Y eso no pue ser, ¿verdá que

no, don Isidro? ¡Una tierra tan rica y no tener dinero!... Vamos, que no

pue ser.

--Pues así es, _señá_ Eufrasia--dijo Maltrana.

Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario

sobre la esposa siempre dominadora, dijo solemnemente:

--¡Lo ves, mujer!... Las hembras no sabéis na de na y queréis meteros en

too.

Pero la Eufrasia, sin prestar atención al marido, bajaba la cabeza como

para seguir mejor el curso de sus pensamientos.

--¿De manera que no hay pesetas... ni duros... ni siquiera perras

gordas?... Malo; eso no me gusta. Tal vez tenga razón éste, y las

mujeres no sepamos na de na; pero yo digo que esto no me gusta. La monea

es siempre monea, y los papelicos, papelicos.

Y tras esta afirmación indiscutible, suspiraba resignadamente.

--En fin; veremos cómo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la

tenemos abierta... Peor están los demás, que van tan a ciegas como

nosotros y a la fuerza han de quearse allá, pues no tien pa volverse.

Hacía el elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los «moros»,

como ella llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compañeras

unas pobres que infundían lástima. Los italianos le merecían no menos

simpatía, porque acataban en ella cierta superioridad, viéndola gastar y

vivir mejor que los otros, y la llamaban «señora». Sus cariños

malogrados de hembra infecunda iban hacia todos los niños de diversas

nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos con varonil dureza

de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba.

--¿Aónde vas tú, cabezota?--gritó deteniendo a un pequeño que correteaba

perseguido por otros--. Fíjese, don Isidro, qué guapo: paece el niñico

Jesús. Su madre es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida

por los rincones, sin poer la probe ocuparse de ellos. ¡Si no fuese por

mí!... ¡Ah, ladrón! Ya tienes otro siete en los calzones que te remendé

ayer. ¿Qué has hecho de la perra gorda? ¿Te has comprado más caramelos

en la cantina?... Pero mire usted, don Isidro, ¡qué sucio y qué hermoso!

¡Guarro!... ¡Cochinote!... ¡Ham!... ¡ham! Deja que te muerda esos

hocicos de cerdo de leche.

Y teniéndolo en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo

apretaba contra la pechuga ingente, mientras el niño se defendía de esta

avalancha de caricias y palabras ininteligibles pata él, gritando:

«_Mama... mama_» y golpeando con los pies el abdomen que le servía de

ménsula. El marido, inmóvil en su asiento, miraba a Maltrana como

implorando disculpa por estas ruidosas expansiones.

--¡Lo robaría!--clamó la _señá_ Eufrasia--. Si éste quisiera, lo

tomaríamos como nuestro... Me llevaría todos los chicos que veo.

Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos

lejanos, despegándose de ellos algunos hombres al reconocer a don

Isidro. Se aproximaron a él, en espera de los cigarrillos con que

acompañaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron llevando hacia el

castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo, tendiéndole la mano

con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y accionan lo mismo

que si perdonasen la vida al que los escucha.

--Salú, don Isidro--dijo con acento andaluz--. Ya nos extrañábamos un

poquiyo de no verle esta tarde por aquí.

Volvió a sentarse entre un grupo de jóvenes españoles, unos con boina,

otros con amplio sombrero, que le escuchaban, sonriendo,

admirativamente. Era malagueño, según decía, y bastaba sostener con él

un breve diálogo para enterarse a las primeras palabras de su nombre,

lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun las más

insignificantes, las rubricaba con la misma declaración: «Y esto se lo

ice a osté su seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por otro

nombre el señó Antonio el _Morenito_». Y acompañaba esta firma verbal

con una mirada de superioridad y conmiseración que parecía decir: «Al

que sostenga lo contrario le rebano e pescuezo».

El _Morenito_, que ya pasaba de los cuarenta, sentía cierto respeto por

don Isidro, «un señorito como Dios manda, y no como los otros

fantasiosos que huían de tratarse con los pobres».

A impulsos de esta simpatía había llegado a considerar a Maltrana hombre

de grandes arrestos, tan corajudo casi como él, y cada vez que pensaba

en la posibilidad de hacer un disparate para vengarse de la gente del

barco o de los pasajeros orgullosos, exponía de idéntico modo su

discurso: «Entre don Isidro y yo...». Y don Isidro escuchaba y aprobaba

con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el fondo de su

ánimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboración.

Tenía aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y

explosiones de mal humor. Otros admirábanle por la insolencia con que

protestaba a gritos de la calidad del rancho y de todos los servicios

del buque, atreviéndose a insultar a los oficiales, que no podían

entenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba en él cierto

encogimiento al llevarse la mano a la gorra para saludar cierta timidez

felina en los ojos cuando algún superior le dirigía la palabra.

--Este tío saluda de mal modo--pensaba Isidro--. Es el mismo

encogimiento medroso y vengativo con que los presidiarios saludan a sus

jefes.

El trato con los árabes del buque hacía acordarse al _Morenito_ de los

moros de Marruecos, contando algunas de sus correrías por las costas de

África. Por las mañanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de

cintura arriba, producían admiración los costurones y profundas

cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos, según él, de heroicos

combates por mar y tierra contra la tiranía de las aduanas. Otro motivo

de respeto era el saberle poseedor de una gran navaja a pesar de los

registros que hacían los tripulantes del buque en la gente peligrosa;

navaja que nadie había visto, pero que mencionaba con frecuencia en sus

bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio,

imaginábase en qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta

arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad.

--Siéntese un poquiyo, don Isidro, y descanse... Tú, dale un asiento ar

cabayero... Les estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo

seguro de haserse ricos.

Maltrana, desde su sillón de lona, vio acurrucados a la redonda, con la

mandíbula entre las manos, a todos los admiradores del _Morenito_, lo

mismo que una tribu de guerreros en Consejo. El malagueño hablaba con la

boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para

hacer sentir al auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro.

--Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que van a América a rabiar

y haser ricos a los demás... lo mismo que en su tierra. Pero vení acá,

arrastraos, ¡peleles! ¿Pa eso os habéis embarcao ustedes?... Fíjese, don

Isidro: unos piensan dir ar campo a sudar camisas trabajando; otros

quieen meterse a criaos de casa grande... Y yo les propongo a estas

güenas personas que hagamos una partía: una partía como las que había

endenantes. Allá no habrán visto eso nunca; cosa nueva. ¿Qué le

paese?...

Y exponía su plan con entusiasmo.

--Una partía, y agarramos a un richachón de allá y lo secuestramos; le

peímos a la familia unos cuantos millones, con la amenasa de que le

vamos a cortá las orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como

güenos hermanos, y antes de seis meses estamos de güerta y ricos. Una

partía que tendría mucho que ver. Usté, don Isidro, sería er capitán.

(Aquí Maltrana saludó agradeciendo, excusándose con un gesto de

modestia.) No; no se nos jaga er chiquito. Yo sé que tié usté lo suyo mu

bien puesto... y crea que yo entiendo de esas cosas. Además, tié talento

pa too, y yo soy hombre que respeta la sabiduría... El _Morenito_,

Antonio Díaz, un servior, sería er teniente, toos estos mozos ya se

despabilarían con tan güenos directores. ¿Eh? ¿qué le paese? ¿No es un

verdaero negosio?

Isidro asintió con imperturbable gravedad. Sí; un buen negocio que valía

la pena de ser estudiado detenidamente; la explotación de una nueva

industria. Casi habría que pedir patente de invención, para evitar las

imitaciones. Y los crédulos muchachos, que oían al _Morenito_ en

silencio porque estaban en el mar, lejos de toda posibilidad de acción,

pero abominaban interiormente de estos planes que pugnaban con las

preocupaciones de su honradez, mirábanse indecisos al ver que un señor

como don Isidro no se escandalizaba.

--¿Lo oís, panolis?--exclamó el valentón--. Mirá cómo un cabayero que lo

sabe too encuentra que mi idea es güena... Pero si es que os fartan

riñones pa sacarle el dinero a un rico, poemos hacer la partía pa

perseguir a los indios. Allá hay muchos, ¡muchos! En América atacan los

ferrocarriles y las diligencias y hasta los tranvías en las afueras de

las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los sinematógrafos. Y

Buenos Aires está en América, y allí hasen farta hombres de resolusión

que les digan a esos gachós de color de chocolate con plumas en la

cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más a la reunión, porque

no nos da la gana». Y los cazamos como conejos, y el gobierno,

agradesío, nos paga a tanto la cabesa, y en unos cuantos años nos

jasemos ca uno con una fortunita pa golver a la tierra. No será uno rico

tan aprisa como con el secuestro, pero argo es argo, y siempre es mejor

que destripar terrones o servirles er chocolate en la cama a los

señores. ¿No le paese, don Isidro?

Y don Isidro aprobó otra vez. Una idea tan buena como la anterior;

también habría que pedir privilegio, para que el gobierno no permitiese

matar indios más que a la partida del señor Antonio el _Morenito_.

Admiraba los heroicos expedientes discurridos por este hombre hacerse

rico sin apelar a la vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los

otros mortales. Y así permaneció Isidro algún tiempo, escuchando los

planes del aventurero desorientado que iba a América con cuatro siglos

de retraso. La honradez en alarma de sus oyentes formulaba tímidas

observaciones.

--Pero allá hay presidios--dijo uno--. Allá hay policías.

--No serán más bravos que los seviles y los carabineros de nuestra

tierra--contestó el _Morenito_ con arrogancia--. Yo sé lo que es eso...

¡Bah! ¡Me los como!

--Pero los indios no se dejarán zurrar así como así--arguyó otro. Deben

ser gente brava... gente salvaje.

--A ésos--dijo el matón despectivamente--, a ésos también me los como.

Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina

sonrisa, en la que había algo de burla para el valentón.

--Aquí tenemos a don Juan--dijo Isidro--. Éste no entra en nuestra

partida: no es hombre que sirva para el caso.

--No señó, no entra--contestó el _Morenito_--. A don Juan, en sacale de

sus librotes no sirve pa mardita la cosa... Mu güena persona, mu

cabayero, pero no va a ganá en su vida dos pesetas.

Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su

juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes

reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el

eterno acompañamiento de su conversación. Según Maltrana, este amigo

respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su

persona un ambiente de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente,

mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras consideraciones que las que

le concedían sus compañeros de viaje, cautivados por la dulzura de su

carácter y la superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos,

eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una

situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo

familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.

El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un

agrónomo que había intentado en las tierras de panllevar heredadas de

sus padres la realización de todos los adelantos aprendidos en una gran

escuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados con el ímpetu

de una voluntad entusiástica y crédula. La usura le había proporcionado

un pequeño capital para su empresa, y luego de batallar algunos años con

la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las

máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas

líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra

empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los

acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad.

--Conozco el procedimiento--había dicho Maltrana al oírle por vez

primera--. Es el mismo de las tribus antropófagas. Le dieron a usted

alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a

punto, ¡zas! el degüello y banquete canibalesco.

Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito,

deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carácter

delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una

agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la

humanidad. Y en su fuga había mirado al Sur, como todos los que

navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo más allá del círculo

oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias,

donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo que

capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le

había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina

que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo

que le esperaba al otro lado del Océano?...

Abandonando el grupo del _Morenito_, avanzaron hacia la proa Maltrana y

Castillo. Una voz quejumbrosa les hizo detenerse.

--¡Don Isidro!... ¡Buenas tardes, don Isidro y la compaña!

Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda,

avanzaba su rostro pálido entre los pliegues de una manta.

--¿Eres tú, enfermo?--dijo Maltrana--. ¿Cómo va ese ánimo?

Con voz doliente murmuró una queja interminable contra el mar. Desde su

entrada en el buque, la salud parecía haber huido de su cuerpo. Otros

cantaban a todas horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les

diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. Él se había embarcado

sintiéndose fuerte, y de pronto todas sus energías le abandonaban.

--Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer aún pude subir solo a la cubierta;

hoy han tenido que empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar

blanco como un papel, ¿verdad, señor?... No tengo fuerzas para andar, ni

deseos de comer. Esto no marcha... Los demás se quejan de calor; dicen

que cada vez pica más el sol, y yo tiemblo si me quito la manta... Y lo

que me da más rabia es que el médico, don Carmelo el oficial y otros me

miran como si les hubiese engañado, y dicen que si llegan a saber esto

no me dejan embarcar, porque allá en Buenos Aires no quieren enfermos...

Pero señor, ¡si yo me embarqué sano y bueno!, ¡si es este maldito mar

que no me prueba!...

Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del

buque, se apresuró a añadir:

--Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada más, según decía el

médico de mi pueblo, por haber dormido al raso en el campo muchas

noches. Pero fuera de esto... nada. Lo juro por mi nombre: Pachín

Muiños. Y ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, señor,

las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas para ir de un rincón a

otro. ¡Qué ganas tengo de salir de aquí!... Estoy seguro de que apenas

salte a tierra seré otro, volveré a sentirme fuerte como en mi pueblo...

Diga, señor: ¿cuándo llegamos a Buenos Aires?

Hacía la pregunta ávidamente; se incorporaba para mirar más allá de la

borda. Al esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el

horizonte el negro perfil de la tierra ansiada.

--¿Tardaremos dos días?--siguió preguntando.

--Más, un poquito más--dijo Maltrana suavemente para engañar su

impaciencia.

--¿Como cuántos más?--continuó con tenacidad el enfermo.

Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana que aún quedaban

muchos días de viaje, el pobre Muiños volvió a sumirse en la

desesperación... ¡Buenos Aires! Deseaba llegar cuanto antes al término

del viaje, y repetía el nombre de la ciudad, como si encontrara en él un

poder milagroso igual al de las antiguas palabras cabalísticas.

Isidro, luego de consolarle con engañosas afirmaciones, asegurando que

antes de una semana verían la tierra ansiada, retrocedió con Castillo

hacia la reja de salida.

--¡La esperanza!--dijo con tristeza--. Ese pobre está muy enfermo, le

faltan fuerzas para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un

hemisferio a otro en busca de salud y dinero. ¡Qué de ensueños van en

este cascarón con todos nosotros!...

--¡Y si fuese solo!--contestó Castillo--. Pero le acompañan su mujer y

tres hijos.

La ilusión de la salud le había hecho desarraigarse de su pueblo. Allá

en Galicia no podía trabajar una semana entera sin que el esfuerzo

atrajese la enfermedad. La imagen de América había pasado por su miseria

como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de fortuna, donde

todos se transformaban, él sería otro hombre. Y repuesto por unos meses

de descanso y holgura, a causa de haber vendido su casucho y unas vacas,

Muiños entró en el buque con un aspecto engañador de hombre sano. El

ambiente del mar y la vida de a bordo habían sido fatales para él: cada

día transcurrido marcaba un descenso de su salud.

--Lo que él cree reumatismo--añadió Castillo--es, según el médico del

buque, una insuficiencia cardíaca, que empieza a complicarse con una

bronquitis alarmante. ¡A saber en lo que parará! La mujer y los chicos,

acostumbrados a sus enfermedades, no se fijan en él. Ella comadrea con

las otras mujeres, y los muchachos juegan o aguardan con impaciencia la

hora del rancho. Y el pobre Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente,

sube a la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse al sol, y

pregunta cuántos días faltan para llegar, cuando aún estamos al

principio del viaje... Inútil decirle la verdad. Su ilusión, que se ha

concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia.

Cree que le engañan cuando le dicen que aún faltan muchos días. Al

avistar Tenerife preguntó con emoción si ya estábamos en Buenos Aires.

Mañana, al ver de lejos las islas de Cabo Verde, volverá a creer que

hemos llegado... ¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que

más piensa en Buenos Aires, y bien podría ocurrir que fuese el único que

no llegase a verlo.

Maltrana se despidió de Castillo junto a la verja divisoria de clases,

frontera inviolable que partía en dos Estados diversos el microcosmos

flotante.

Arriba, en la cubierta de paseo, encontró a Fernando junto a una de las

ventanas del salón que daban luz a la plataforma interior, ocupada por

el piano.

Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo a los labios

imponiendo silencio. Miró entonces por la ventana y vio a una mujer

sentada al piano. Llegó a sus oídos al mismo tiempo una música en

sordina y el susurro de un canto a media voz.

--Es de _Tristán_--murmuró quedamente Ojeda en su oído--. El lamento

desesperado de Iseo.

Los dos permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana,

escuchando el canto que venía del interior con lejanías de ensueño.

Maltrana, menos sensible a la emoción musical, examinaba de espaldas a

esta mujer, fijándose en su nuca blanca, ligeramente sombrecida como el

marfil antiguo. El casco de su cabellera tenía junto a las raíces un

dorado tierno, que iba coloreándose hasta tomar en la superficie el tono

rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con

una esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los

tendones y arterias, dilatados por la tenue emisión de la voz.

De pronto, la cara invisible se volvió hacia ellos, como si acabase de

notar su presencia. Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza

estaban dilatadas por la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo

descarnado, que se coloreó instantáneamente con un acceso de rubor.

Parecía asustada de que alguien pudiese oírla. Con un gesto de timidez y

contrariedad cerró el instrumento, púsose de pie y marchó hacia la

puerta del salón para huir de los dos importunos.

Ojeda la siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba

disimulada en parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su

ósea firmeza bajo una falta de dril claro. La cabellera amontonada con

gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la blusa modesta de

confección casera, la falta total de alhajas, daban a su figura un

aspecto de pobreza sufrida animosamente, de incertidumbre bohemia

sobrellevada con resignación.

--Usted que conoce aquí a todo el mundo--preguntó Ojeda--: ¿quién es?

--Hace rato que lo sabría usted si me hubiese dejado hablar... Es la

mujer del director de orquesta de la compañía de opereta: un rubio de

cara granujienta, que se pasa día y noche en el café tomando _bocks_ con

los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redondeles de fieltro

se amontonan en su mesa como una columna... Y cuando no toma cerveza,

admite _whisky_ o lo que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que

empinar el codo.

--Es una mujer interesante--murmuró Ojeda--. ¡Y tan tímida!...

Aguardaba todas las tardes a que el salón quedase desierto. Descendían

las familias a sus camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se

acostaban en las sillas largas del paseo; sólo permanecían algunos en el

jardín de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba hacia el piano, y

apenas colocaba los dedos en el teclado, parecía olvidar su timidez,

aislándose del mundo exterior, con los ojos vagos y sin luz, como si su

mirada se concentrase interiormente y su canto fuese un débil escape, un

lejano eco de otra música de recuerdos que sonaba dentro de ella.

Al verla Fernando en el piano, había sentido curiosidad por conocer su

música. ¡Tal vez una romanza dulzona y sensiblera de opereta!... Y aún

le duraba la sorpresa que había experimentado al escuchar las grandiosas

frases del dolor de Iseo.

--Debe tener una voz magnífica, ¿no lo cree usted, Isidro?... Quisiera

ser su amigo... Usted debe conocerla.

Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese

posible alardear de una amistad. Apenas se había fijado en ella: ¡pchs!

¡la mujer de aquel borrachín director de orquesta!... Era algo arisca;

huía de la gente; apenas se trataba con las otras damas de la compañía.

Vivía para su hijo, un pequeñín de cabeza enorme, siempre agarrado de su

mano. A los saludos de Maltrana respondía siempre con una inclinación de

cabeza y un manifiesto deseo de huir. Además, como mujer no valía gran

cosa: parecía enferma. La primera vez que se fijó en ella fue por las

burlas de unas niñas elegantes que comentaban su palidez verdosa: «Ahí

va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene revuelta por

todo el cuerpo».

--Pero esto no importa, Ojeda; ya que la señora le interesa por lo del

canto wagneriano, yo se la presentaré. Conozco algo al marido; hemos

bebido juntos. Él se llama Hans... Hans Eichelberger, eso es; el maestro

Hans. Y ella... aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora recuerdo que el

marido la llama así, y según me dijo, es un diminutivo de Guillermina.

El maestro habla algo el español: ha andado por la Argentina y Chile en

otras correrías musicales. Ella creo que muy poco.

Avanzaron los dos amigos hacia la popa, deteniéndose en la baranda

cercana al café, sobre la cubierta de los de tercera clase. Habían

levantado los marineros una parte del toldo y se veía abajo el rebullir

de la emigración septentrional, gentes melenudas que a pesar del calor

conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gangueo de un acordeón con

el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha de falda corta, botas

polonesas y pañuelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de pelos

rojos, daba vueltas al compás de la música. En torno de ella, un mocetón

de camisa purpúrea danzaba de rodillas o se sostenía en portentoso

equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al

suelo. Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban estas

agilidades de loca danza gimnástica. Los judíos polacos y galitzianos,

envueltos en sus hopalandas de carácter sacerdotal, contemplaban el

espectáculo rascándose las barbas luengas, contrayendo los matorrales de

sus cejas casi unidas.

--¡Las gentes que venimos aquí!--dijo Fernando--¡Y pensar que es el

nombre de una ciudad desconocida, el vago prestigio de una tierra

lejana, lo que nos ha juntado a personas de tan diverso nacimiento!...

--Veintiocho pueblos, según afirma don Carmelo el de la comisaría,

venimos en el buque; y lo mismo ocurre en otros trasatlánticos. ¿No es

verdad, Ojeda, que esto se parece al avance en masa de los pueblos de

Europa cuando las Cruzadas?... Hace poco, me acordaba yo, abajo, de las

muchedumbres que siguieron a Pedro el Ermitaño. Marchaban enfermas,

desfallecidas de hambre, y cada vez que avistaban una pequeña ciudad

prorrumpían en alaridos de gozo: «¡Jerusalén! ¡Es Jerusalén!». Y estaban

aún en el centro de Europa: en Alemania o en Hungría. Abajo, en la proa,

tiene usted a un heredero de aquellos héroes de la esperanza. Va enfermo

de cuidado, es posible que no llegue al término del viaje, y cada vez

que vemos una isla, una costa, se galvaniza y pregunta si es Buenos

Aires.

--La humanidad vive de ilusión, Maltrana. Necesitamos poner nuestro

deseo lejos, en tierras desconocidas, pues la distancia borra la duda y

da certeza a lo más inverisímil. Para los europeos, el lugar de

maravillas fue Bagdad, la de _Las mil noches y una noches_; en cambio,

en mis viajes por Oriente, he visto a judíos y mahometanos suponer

tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los poetas del Sur

imaginan algo prodigioso, sitúan el escenario en las fortalezas del Rhin

o los fiordos escandinavos. Al soñar Wagner el castillo de Monsalvat,

coloca la mansión del Santo Grial en los Pirineos españoles y da un

palacio árabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es

demasiado real para que podamos cultivar en el nuestras ilusiones.

--Así es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras épocas fue

puramente mística y por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva,

cifra sus anhelos en el bienestar material y se dirige hacia Occidente.

Todos queremos ser ricos, necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a

las tierras lejanas el prestigio de la ilusión. Hace siglos, la gente de

empuje iba al Perú; ayer soñaba la humanidad con los tesoros de

California, y allá corrían en masa los hombres de aventura; hoy empieza

a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la irradiación que

surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.

Mañana--interrumpió Ojeda--, los peregrinos de la riqueza, torciendo su

camino, se derramarán por las islas de la Oceanía, y tal vez la

Jerusalén del porvenir estará dentro de millares de años en algún lugar

del Pacífico donde en este momento colean los tiburones y se hinchan y

deshinchan las olas solitarias.

El deseo humano colocaría la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra

sacada del fondo de las aguas por una convulsión del planeta; tal vez

sobre atolones que los infusorios madrepóricos estaban petrificando en

aquel momento con lenta y paciente labor multimilenaria... Nunca

faltaría en el globo un lugar que atrajese a los hombres inquietos y

enérgicos, descontentos con su destino, ansiosos de cambiar de postura.

--Cada vez será más grande esta peregrinación--dijo Maltrana--. Sentimos

la imperiosa necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos;

y los que vengan detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nosotros.

Yo deseo ser rico: no tengo rubor en confesarlo; es lo único que me

preocupa. Necesito saber qué es eso de la riqueza, y a conseguirlo

voy... sea como sea. ¿Y usted, Fernando?...

Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le

había desarraigado del viejo mundo, lanzándolo en plena aventura, como

los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigración.

Necesitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin embargo... ¡quién

sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando más, puede

aceptarse como un medio para afirmarla... Tal vez ni aun esto era

cierto. Recordaba la wagneriana leyenda del anillo del Nibelungo, el

milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien lo poseía era

señor del universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para

conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.

--Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo

soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en él una garantía de

seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de

mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la riqueza debía pagarla

con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer

puerto para volverme a Europa.

Isidro levantó los hombros desdeñosamente. ¡Fantasías de artista!

¡Cavilaciones de poeta! ¿Qué tenían que ver el amor y la riqueza para

que los colocasen juntos, como antitéticos e inconfundibles?... Él

quería ser rico por serlo, por conocer las dulzuras del más irresistible

de los poderes, las satisfacciones orgullosas y egoístas que proporciona

la llamada «potencia de dominación». Y si para ello había de renunciar a

las gratas tonterías del amor y a otros sentimientos que el mundo

considera con un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le

irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos religiones y

pueblos habían tratado a la riqueza, como si ésta fuese algo diabólico y

vil, incompatible con la elevación de alma y la nobleza de la vida.

--Usted dice que es pobre, Fernando, y otros como usted lo dicen

igualmente. Todo el que no es millonario se cree en la pobreza, y habla

de ella como de algo agradable y hermoso que debe proporcionarle una

aureola de simpatía. No; usted no ha sido pobre jamás, ni sabe lo que es

eso. Usted necesita ser rico, conforme; pero no tiene una idea de lo que

es la miseria. Le habrán hecho falta miles de duros, pero jamás al

llevarse una mano al bolsillo ha dejado de sentir el contacto de las

rodajas de plata... Pobre lo he sido yo, lo soy aún, lo he sido toda mi

vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobreza, fea y calva como la

muerte, la detesto, y deseo que no me siga tenazmente, como hasta ahora,

fuera del alcance de mi odio. Quiero que algún día se me aproxime, se

coloque a mi lado, para acogotarla, para romperle a puñetazos los

costillares, para convertir en polvo el andamiaje de su esqueleto.

Comenzó a reír Fernando con estas palabras, pero se contuvo al notar la

sincera vehemencia con que hablaba Isidro y el vaho de lágrimas que

empañaba sus ojos repentinamente.

--Yo sé mejor que nadie lo que es la pobreza, y por eso me irrito cuando

en España y otros países que llaman, no sé por qué, «caballerescos» e

«idealistas», oigo decir a las gentes con orgullo: «Yo que soy pobre,

pero muy honrado». Y tal prestigio debe tener la frase, que muchos que

no son pobres se jactan de serlo, como si esto fuese un testimonio de

honradez... ¡Mentira! Ningún pobre puede considerarse honrado, ya que la

pobreza es una deshonra, un certificado de incapacidad. Cierto que habrá

siempre pobres, como hay en el mundo feos, contrahechos o imbéciles.

Pero el que tiene un defecto físico o intelectual no hace gala de él,

antes procura remediarlo; y el pobre que se resigna con su suerte y no

busca hacerse rico, sea como sea, a las buenas o las malas, es un

cobarde o un inútil, y no puede convertir su vileza en un mérito.

Ojeda acogió con aspavientos de cómico terror estas palabras.

--Repita usted, Isidro, tales cosas a los de tercera clase, y

seguramente que no llegamos a Buenos Aires. Se van a sublevar, a hacerse

dueños del buque.

Pero Maltrana, dominado por su emoción, no le escuchaba y siguió

hablando:

--¡La miseria!... Sé lo que es, y quiero evitar que la conozcan aquellos

que yo amo. Usted, Fernando, ignora mi vida.[1] Tal vez le hayan dicho

que una parte de ella anda por ahí en relatos novelescos... Pero la

verdad es siempre más cruda, más intragable que los pequeños trozos

realistas de los libros, aderezados con salsas de fantasía... La mujer

que me trajo al mundo pereció como un animal, cansada de trabajar. Un

pobre hombre que me servía de padre murió asesinado, por la imprevisión

de unos contratistas, en una catástrofe del trabajo, y su cadáver fue

bandera revolucionaria para otros tan desdichados como él. Yo he comido

las bazofias que comen los perros. Mis nobles ascendientes eran traperos

y se mantenían con las sobras de las cocinas de Madrid. He crecido

sabiendo con qué punzadas y retortijones avisa el estómago el dolor de

su vacío... He sufrido privaciones y vergüenzas, hasta que un día...

[Nota [1] _Véase La horda_]

Calló un momento. Temblaba su voz, súbitamente enronquecida. Se llevó

una mano a los ojos como si le molestase la luz.

--Un día, cuando fui hombre, una infeliz me escuchó: una compañera de

miseria, ansiosa de ideal a su modo. La pobre creía encontrarlo en mí,

señorito hambriento que hablaba de cosas que ella no podía entender. Mi

vida floreció por vez primera; conocí la alegría, la verdadera alegría,

durante unos meses; luego, el idilio acabó en el hospital. Y aquel

cuerpo gracioso, cuerpo de pobre, en el que luchaba la juventud con un

raquitismo hereditario, bajó a la tierra despedazado: lo hicieron

cuartos, como una res de matadero, sobre el mármol de la sala de

disección... Usted, Ojeda, debe amar a alguien como amé yo. Todos

encontramos una posada de amor en el camino de la vida: hasta los más

infelices. Imagínese el cuerpo que usted adora, con el orgullo de la

posesión, desnudo sobre una mesa; las blancas intimidades, sólo por

usted conocidas, expuestas ante la insolencia juvenil; la epidermis

arrancada de los músculos como el forro de un libro; las manos pasando

de mesa en mesa; los pechos como unas piltrafas, nadando en un cubo; la

cabeza a un lado, las piernas a otro... ¡No puedo, no puedo pensarlo! Es

un recuerdo que me amarga muchas noches... Pero ¿por qué hablo de esto?

Frunció Ojeda el ceño, emocionado por las palabras de Maltrana. Hacía

mal en acordarse del pasado; era mejor ir adelante sin volver la cabeza.

--Así terminó nuestro amor--dijo Isidro después de larga pausa,

levantando la frente de entre las manos--. Así terminó, porque éramos

pobres... Me quedó un hijo, y la primera vez que lo tuve entre mis

brazos, en una casucha de las afueras de Madrid, creí nacer de nuevo,

pero más fuerte, con una voluntad que nunca había sospechado... El pobre

rollo de manteca, con sus ojitos como dos punzadas, me hizo sentir la

impresión de una fuerza misteriosa que me insensibilizaba

interiormente. Desde entonces estoy fabricado con algo muy duro: soy de

acero, soy de bronce. «Sólo puedes contar conmigo, pobrecito--le dije al

pequeño--. No tienes a nadie más en el mundo, pero yo trabajaré por ti».

Fui tímido y flojo para defender a la madre; pero el chiquitín me dio

una fiereza de tigre... Esta segunda parte de mi vida la conoce usted

mejor que la otra. No es ningún secreto. «Isidro Maltrana: un canallita

simpático, un sinvergüenza que conoce la manera de vivir...»

Ojeda intentó protestar.

--No mueva la cabeza, Fernando; no diga que no, por amabilidad: déjeme

la gloria de mi mala fama, que es muy justa y me enorgullece. Pensé en

ser ladrón, pues contaba con buenas relaciones para emprender la

carrera; pero soy cobarde; tampoco podía alquilar mis brazos como

matachín, porque son débiles. Pero alquilé mi pluma y mi bilis, y tal

fue mi desvergüenza, que hasta tengo admiradores. He fabricado libros

para que los firmasen graves personajes y estudios laudatorios de esos

mismos autores, sobre cuyas nobles cabezas escupiría de buena gana. He

insultado a hombres que respeto y admiro, amontonando contra ellos

infamias y mentiras, cuando, de seguir mis deseos, me hubiese

arrodillado para implorar su perdón. He recibido golpes y me los he

guardado tranquilamente cuando el ofendido era más fuerte que yo. Otras

veces, acorralado como un gato que no encuentra salida, he hecho el

papel de tigre, batiéndome como un caballero de la Tabla Redonda en

defensa de cosas que no me interesaban. He vivido en la cárcel por

artículos de periódicos que no tuve la curiosidad de leer. Cuando había

que atajar alguna opinión justa con una nota insolente y discordante,

Maltranita se encargaba de ello, siempre «por cuanto vos

contribuísteis». ¿Qué no he hecho yo para ganar dinero?... Hasta me he

prestado a ser intermediario en los amores secretos de ciertos

personajes y he servido de honorable acompañante a sus queridas... No se

asombre, Ojeda; convénzase de que lleva por compañero a uno de los

canallas más notables que ha tenido Madrid.

A pesar del tono de esta afirmación, que hizo sonreír otra vez a

Fernando, el bohemio continuó, con gesto fosco y ojos enternecidos:

--Y no crea que me arrepiento de mi pasado. Desconozco el rubor y la

vergüenza: son lujos que sólo pueden permitirse los felices... Cada vez

que cometí una mala acción, me bastó para olvidarla hacer una visita al

colegio de ricos donde se educa mi Feliciano gracias a los esfuerzos de

su padre, tan nobles y tan heroicos como los de cualquier duque antiguo

que salía lanza en mano a robar en las encrucijadas. Mi hijo me cree un

gran personaje porque ve que mi nombre figura en los periódicos; sus

maestros no me admiran menos y permiten que algunas veces me retrase en

el pago de mis obligaciones. Soy para ellos un señor de cierto poder,

que trata familiarmente a los ministros y pasea todas las tardes por los

pasillos del Congreso. Y esta devoción de mi hijo y sus allegados me

compensa de todas mis vilezas: hasta de las numerosas bofetadas que

llevo recibidas por mis atrevimientos... Yo quiero que mi Feliciano, el

hijo del bohemio y de la gorrera despedazada en el hospital, sea rico,

muy rico; y por esto, sólo por esto, me he alistado en la cruzada al

Nuevo Mundo. En mí se han contraído y achicado todos los afectos, para

dejar espacio únicamente al de la paternidad, que me ocupa por entero...

Usted, Fernando, no sabe lo que es el sentimiento paternal y hasta dónde

llega su santa ferocidad. «Perezca el mundo y sálvese la carne de mi

carne.»

--No tanto--dijo Ojeda--; no exagere usted.

--Sí: «Robemos a los hijos de los demás para que nuestro hijo sea

rico...». Y yo soy un padre. Sé bien que esta paternidad no es más que

un sentimiento egoísta, como el amor, como el patriotismo, como tantas

ideas respetables e indiscutibles que traen revuelto al mundo... Pero la

vida no es más que una urdimbre de egoísmos, y yo carezco de fuerzas

para reformarla. Voy a trabajar por el pequeño, y en nombre de mis

sacrosantas ternuras de padre de familia, reventaré si me es posible a

otros padres de familia que se me pongan por delante, dispuestos como yo

a toda clase de porquerías para asegurar el bienestar de su prole.

Quiero hacer rico a mi hijo... ¡y caiga el que caiga!

--Cuando llegue usted a enriquecerse--interrumpió Ojeda--, es muy

probable que su hijo sea como los hijos de casi todos los ricos: un ser

inútil para la sociedad, un ente de lujo que gaste sin tino lo que el

padre amontonó en fuerza de sacrificios.

--Lo he pensado muchas veces; ¿y qué?... Yo tengo tanto derecho como

cualquier burgués a producir un hijo inservible y decorativo. No todo en

el mundo debe ser útil. Es una satisfacción para el egoísmo paternal

haberse matado trabajando en un extremo del mundo para que el hijo vaya

al otro hemisferio a mantener cocotas de precio y sostener el juego en

los clubs elegantes. Un orgullo tan legítimo como el de los criadores de

caballos de carreras, hermosos e inútiles, que no sirven para arar un

campo ni pueden tirar de un carretón, pero corren y corren sin objeto

entre los entusiasmados epilépticos de la multitud... Además, Fernando,

amo el dinero por ser dinero con un respeto casi religioso. Yo, que no

he creído en nada, creo en su majestad irresistible, en su poder

benéfico, que revoluciona nuestra existencia, haciéndola más cómoda y

fácil... El dinero es también poesía, una poesía sobria, enérgica,

intensa, más humana y conmovedora que la insincera y manida que ustedes

vienen repitiendo hace siglos en sus versos.

Esta afirmación provocó en Ojeda una risa franca.

--A ver, siga usted: eso me interesa; suelte su bagaje de paradojas. Es

divertido, y le hará olvidar el recuerdo de sus tristezas pasadas.

Pero Maltrana, insensible al regocijo de su amigo, siguió hablando. Un

movimiento universal, semejante al nacimiento de una religión poderosa,

se estaba apoderando de los destinos del mundo. Pero muy pocos se daban

cuenta de este suceso, que iba a abrir en la Historia una era nueva.

--Siempre ha ocurrido así. Los hombres tardan siglos en conocer las

fuerzas recientes que los mueven; han de transcurrir varias generaciones

para que un día lleguen a enterarse de que son completamente distintos

de como fueron sus abuelos... Si resucitase un romano de los dos

primeros siglos de nuestra era y le preguntásemos qué se hablaba en su

tiempo de los cristianos, nos miraría con extrañeza. Nada sabría de

ellos; su época fijaba la atención en otros asuntos más importantes. Y

sin embargo, bajo de sus pies, en la sombra, latía una fuerza ignorada

por él, que iba a transformar el mundo... Desde hace ochenta años ha

venido a la tierra un nuevo dios: el dinero. Y ese dios tiene sus

apóstoles: el centenar de grandes millonarios y capitanes de industria

esparcidos por el mundo, ministros de un poder misterioso, que

permanecen en la sombra, como si la grandeza de su misión les impusiese

el incógnito; hombres cuyos apellidos conoce la tierra entera, igual que

los de los reyes, pero a los cuales muy pocos han visto en persona, pues

rehuyen la publicidad.

Ojeda escuchaba con interés creciente estas palabras de su amigo.

--Los Césares modernos los visitan a bordo de sus yates y los sientan a

sus mesas; poco falta para que los emperadores, al escribirles, les

llamen «querido primo» como es de uso entre testas coronadas. Se

necesita ser ciego para no ver el poderío de estos monarcas mundiales,

cuyos abuelos fueron leñadores, barqueros o míseros prestamistas. Antes,

los conductores de pueblos hacían la guerra a su capricho o por

desavenencias de familia, siempre que les daba la gana. Ahora disponen

de más soldados que nunca, de prodigiosas herramientas de destrucción, y

sin embargo se mantienen en forzado quietismo, armados hasta los

dientes. Para tirar de la espada tienen que consultar antes a estos

nuevos «primos» de la mano izquierda, cuyo auxilio les es indispensable.

«No nos conviene la operación», dicen los apóstoles modernos en el

misterio de su retiro bancario, donde fraguan los dramas mundiales. Y la

espada tiene que volver a su vaina, o cuando más, se emplea en alguna

expedición colonial, apaleando negros o amarillos, todo para mayor

gloria del dios que somete de este modo nuevos pueblos a su culto...

Continuó Maltrana ensalzando la grandeza de estos magos modernos.

La actividad de los hombres corría canalizada sobre la costra del globo

en el punto que se dignaban señalar ellos con un dedo. Soberanos de

miles y miles de kilómetros de vías férreas o de flotas como jamás las

tuvo Imperio alguno, les bastaba una orden telefónica para cambiar el

curso del progreso humano. Islas del Pacífico en las que hace cincuenta

años los naturales asaban todavía para su consumo la carne humana,

habían realizado en tan corto lapso de tiempo una evolución de siglos y

hasta ensayaban el régimen socialista. Un país desierto lo transformaban

en un lustro. Hacían surgir ciudades con paseos, estatuas y tranvías

eléctricos, sobre una tierra habitada poco antes por avestruces. Les

bastaba para realizar este milagro con tender una línea de ferrocarril.

Costas inhospitalarias y desiertas brillaban de pronto con los focos

eléctricos de sus puertos. Establecían una nueva línea de navegación, y

el gran rebaño emigrante, los aventureros inquietos que todo lo

transforman, llegaban hasta donde era la voluntad de los taumaturgos

ocultos en la sombra...

Miró Isidro la multitud que bailaba abajo en la explanada de popa, y

añadió:

--Nosotros mismos vamos adonde vamos porque los apóstoles de la nueva

religión nos han abierto un camino y nos empujan por él sin que nos

demos cuenta... Usted que es poeta, acuérdese, Ojeda, de lo que dio la

vieja España a estos países americanos... Les dio el conquistador un

héroe grande como los de la _Ilíada_, un superhombre, que en menos de un

siglo exploró medio globo, labrando su vivienda en las alturas andinas a

cuatro mil metros, junto a los nidos de los cóndores, o en valles

ecuatoriales que son ollas de fuego. Él engendró los actuales pueblos de

América, legándoles una predisposición al heroísmo y un alto concepto

del honor. Dio también el sacerdote, el misionero, que con la difusión

del cristianismo fue dulcificando las costumbres y suprimió una

idolatría que necesitaba de sacrificios humanos... ¡Qué regalo tan

hermoso para ser cantado por los poetas! ¡La espada y la cruz, el

heroísmo y la piedad!... Y sin embargo, los pueblos hispanoamericanos

dormitan en la época colonial, produciendo lo estrictamente necesario

para su mantenimiento, y luego de su independencia dormitan igualmente

bajo el pie de valerosos déspotas que reemplazan con una tiranía

inmediata y tangible la mansurrona y perezosa de la metrópoli. Y todo

sigue así, hasta que aparece el nuevo dios... El dinero, el vil dinero,

maldecido por los poetas, arriba a sus costas, y entonces únicamente es

cuando se transforma todo en unas docenas de años.

La locomotora avanzaba sobre el suelo virgen antes que el arado; las

estaciones surgían en el desierto como postes indicadores de futuros

pueblos; el buque de vapor estaba pronto en la rada para llevarse el

sobrante de las cosechas a otro lugar del globo; el exiguo mercado

consumidor tímido y mísero se agrandaba hasta ser un productor

gigantesco; los grupitos de emigrantes que cada dos meses llegaban en un

bergantín, como gota suelta de vida, eran reemplazados por pueblos

enteros que volcaban los trasatlánticos diariamente en la tierra

nueva...

--Y toda esa revolución--continuó Maltrana--la han hecho y la siguen

haciendo los apóstoles misteriosos de mi dios; esos magos que se ocultan

en un despacho austero de la City de Londres, en un piso vigésimo de

Nueva York o en cualquier avenida elegante de París o Berlín.

--¡El dinero!--exclamó Ojeda con despectiva expresión--. El dinero no es

más que un medio, y ha existido siempre. La actividad humana, el

progreso de la ciencia, el afán de bienestar, son los que han realizado

juntos esas transformaciones maravillosas. Justamente, esa América

colonial y dormitante de la que usted habla fue una gran productora de

dinero. Acuérdese del Potosí y otras minas célebres que cargaron los

galeones españoles de barras preciosas durante siglos. ¿Y de qué nos

sirvió tanto dinero?... Fue nuestra muerte.

Maltrana protestó: su dinero no era ése. Él hablaba del dinero moderno,

del dinero animado por la vida, alado e inteligente, incapaz de sufrir

encierro alguno, dando sin cesar la vuelta a la tierra, penetrando en

todas partes en forma de papel, irresistible y triunfador bajo el

misterio de los caracteres impresos, lo mismo que el pensamiento

humano.

Este dinero omnipotente aún no contaba un siglo de existencia. Su vida

no iba más allá de la de un hombre octogenario. Cierto era que había

existido siempre; pero antes del avatar victorioso que le hizo señor del

mundo, su vida se arrastraba vergonzosa entre desprecios y vilezas.

Pluto era un dios sombrío y cobarde, amarillo y macilento como el oro

enterrado. Las religiones lo emparentaban con el diablo, viendo en la

riqueza una tentación. El hombre perfecto era en todos los pueblos el

asceta roído por la miseria, insensible a las grandezas terrenales.

Multiplicar el oro se tenía por empresa de mercaderes, relegados a las

últimas capas de la sociedad. La manera noble de conquistarlo era lanza

en ristre en medio de un camino, desvalijando a las caravanas, o

entrando a saco en las ciudades tomadas por asalto. El precioso metal,

buscado en secreto y despreciado en público, no tenía otro empleo que el

préstamo y la usura; atrayendo crímenes y maldiciones.

Ocultábase en escondrijos subterráneos, temeroso de la luz, como los

réprobos de una religión vergonzosa. Era pesado y voluminoso en el

encierro de sus bolsas, y no podía moverse más allá del grupo urbano

donde lo había amasado el ahorro. Los que se dedicaban a su manejo

parecían afligidos de una enfermedad moral: amarilleaban con la zozobra,

temblando a cada paso, como si el aire se poblase de enemigos. Las

muchedumbres famélicas creían remediar sus males entrando a degüello en

los barrios poblados por los sórdidos devotos del dios amarillo; los

grandes señores, en sus apuros monetarios, ahorcaban a los negociantes

para reunir fondos. Y al dulcificarse las costumbres, no por esto

llegaba a borrarse el estigma con que estaban marcados los sacerdores

del oro. Se les adulaba en momentos de angustia, y se les repelía luego

con el pie en nombre de la caballerosidad y la nobleza de alma.

--Pero un día, el aprovechamiento del vapor cambió la faz del mundo.

Casi ha sido en nuestra época: hemos conocido personas que presenciaron

esta gran revolución, la más trascendental y positiva de todas. Existía

la locomotora y hubo que fabricar miles y miles, abriéndola caminos por

todo el planeta. La máquina industrial no podía caber en los pequeños

talleres de familia, y fue preciso construir monstruosos edificios, más

grandes que las catedrales y los templos del paganismo. Ningún monarca

ni potentado era capaz de acometer individualmente esta empresa

gigantesca... Entonces, el dios amarillo cambió de forma, saliendo

majestuoso y triunfador, como el sol, de la hopalanda del usurero que le

había tenido oculto. En su glorioso despertar ya no fue metálico,

pesado e individual; no vivió más en su escondrijo de terror, y reunió a

las muchedumbres para la obra común por medio de esos documentos que

llaman acciones y obligaciones. El papel, que es el ala del pensamiento

moderno, fue el signo de su poder. Hombres que no habían salido más allá

de las afueras de su pueblo entregaron sus ahorros para trabajos

titánicos que se realizaban al otro lado del planeta. Valerosos

capitanes de escritorio, poetas de la aritmética, con el atrevimiento de

los conquistadores, pusiéronse al frente de estos ejércitos de soldados

anónimos a los que no conocerán nunca... Y en ochenta años han hecho

suyo el mundo, como no lo dominó ningún ambicioso ilustre.

Maltrana hablaba con tono oratorio del gran milagro del dinero moderno.

El globo estaba erizado de chimeneas; las inmensidades del Océano

ofrecían siempre en el horizonte un punto negro y una nubecilla de humo;

cascadas y ríos creaban al rodar fuerza y luz; las grandes barreras de

piedra que llegan con su cumbre hasta las nubes sentían perforadas sus

entrañas por un rosario de hormigas férreas resbalando sobre cintas de

acero; en las obscuridades submarinas vibraban como bordones

inteligentes los cables conductores del pensamiento; fuerzas misteriosas

y hostiles trabajaban esclavizadas para el bienestar común; las antiguas

hambres habían desaparecido gracias a las flotas inmensas que surcaban a

todas horas el Océano, compensando con el sobrante de unos pueblos la

carestía de otros; el hombre, hastiado de su reciente señorío sobre la

costra terráquea, se lanzaba en el espacio, aprendiendo a volar.

--Y todo esto, amigo Ojeda, es el milagro de mi dios. Dirá usted que es

obra del hombre; pero el hombre, sin la esperanza del dinero, haría muy

poco en el presente régimen social. Nadie realiza trabajos penosos por

gusto, nadie expone su vida gratuitamente en empresas sin gloria. Si

usted le dice al que perfora un túnel o levanta un terraplén sobre un

pantano que está sirviendo a sus semejantes y merece por esto gratitud,

se encogerá de hombros. Él sufre y pena para que mi dios le recompense

inmediatamente. Y si mi dios le falta, abandona la labor, sin importarle

gran cosa lo sublime de su trabajo... Abra los ojos, Fernando, y no sea

impío con la gran divinidad de nuestra época. Los antiguos dioses se

declaran vencidos por él, y le adulan y temen. El despreciado Pluto,

cornudo y triste en otros tiempos como un macho cabrío, ocupa ahora el

trono del noble Zeus, declarado inútil. Apolo y Marte hablan mal de él,

lamentando la pérdida de su antigua majestad; pero esta murmuración es

a espaldas suyas, pues apenas mi dios fija en ellos sus ojos de oro, el

uno le ofrece la espada para sostenimiento del santo orden, sin el cual

no hay buenos negocios, y el otro preludia en el arpa un himno en su

honor a tanto la estrofa.

Ojeda rio francamente de estas palabras.

--Hércules y Vulcano--continuó Isidro--, dos brutos bonachones, le

siguen como perros fieles. El héroe forzudo lleva bajo sus bíceps los

cartuchos de dinamita con los que hacer volar istmos y montañas, y el

herrero tuerto martillea día y noche para servir los incesantes pedidos

de su señor... Mercurio el trapacero, que robó descansadamente durante

siglos detrás de los mostradores, hace ahora antesala en los Bancos y se

quita con humildad el capacete con alas para suplicar al gerente el

descuento de un pagaré... Hasta la caprichosa Venus hace salir de su

alcoba por la puerta de escape, como entretenidos vergonzosos, a sus

antiguos amantes olímpicos y abre luego de par en par la puerta de honor

para que entre por ella el dios despreciado.

--Pero a usted le ha tratado mal ese dios--dijo Ojeda burlonamente--.

Usted ha vivido siempre en la pobreza.

--Mi dios no me conoce, no conoce a nadie. Es ciego y sordo para los

humanos, como lo son las fuerzas de la Naturaleza. El volcán erupta su

fuego sin importarle que los hombres hayan levantado un pueblo en su

falda; ríos y mares se desbordan sin enterarse de que unos seres ínfimos

han creado sus hormigueros en las arrugas que les sirven de vallas; la

tierra, cuando desea temblar, no pide permiso a los parásitos que anidan

en su epidermis... El dios ignora nuestra existencia: la humanidad sólo

figura como los ceros en sus altas combinaciones aritméticas. Por eso,

cuando se le ocurre a mi dios echar bendiciones, caen éstas casi siempre

sobre los brutos con suerte o los maliciosos que las agarran al paso. Y

cuando reparte golpes, son verdaderos palos de ciego que llueven

irremisiblemente sobre los inocentes... Pero este dios, como todas las

divinidades, tiene una iglesia que piensa por él y administra sus

intereses: la iglesia de los grandes millonarios, directores del mundo.

Y yo me he embarcado para cambiar de vida, para intentar la conquista de

la riqueza, para entrar en esa iglesia aunque sea de simple monaguillo,

y ver de cerca los misterios de la sacristía.

Fernando se encogió de hombros al hablar de la riqueza. Para ser feliz,

le bastaba al hombre con tener asegurada la satisfacción de sus

necesidades. Él, por desgracia, necesitaba más que otros para una

existencia tranquila, pero apenas hubiese conquistado lo que juzgaba

indispensable, pensaba huir de esta pelea por el dinero. La vida ofrece

ocupaciones más nobles.

--Es que usted, poeta--dijo Maltrana--, no conoce la poesía grandiosa

que emana del dinero manejado por un hombre de genio. Todas las

fantasías poéticas, por bellas que parezcan, resultan frías e

infecundas, como los placeres solitarios. Es más hermosa la acción, el

abrazo de los hechos, el estrujón carnal de la realidad. Yo admiro a

esos demiurgos modernos del capitalismo que cuando fijan su atención en

un desierto del mapa lo transforman desde su escritorio en unos cuantos

años, y si alguna vez se dignan ir a él, encuentran ferrocarriles,

ciudades, muchedumbres bien vestidas, y pueden decir: «Esto lo he hecho

yo, esto es mi obra». Una satisfacción que envidio; un motivo de orgullo

más verdadero que el haber imaginado un gran poema.

--Maltrana, no diga disparates--interrumpió Ojeda, algo amoscado--.

Aunque, en verdad, no sé por qué hago caso de sus afirmaciones. Mañana

dirá usted todo lo contrario. Cada vez que hemos hablado en Madrid

defendía usted una opinión diversa... Conozco esta enfermedad de la

gente pensante. Usted, a quien he visto casi anarquista, rompe ahora en

himnos de la riqueza, sólo porque cree ir camino de conquistarla en un

país nuevo... Se engaña usted, Isidro. Cuando lleguemos allá se

convencerá de que el trabajo representa tanto o más que el capital. Sus

paradojas pueden tener algo de verosímil en la vieja Europa, donde

abundan los brazos. Pero en las llanuras americanas, que están casi

despobladas, se enterará de lo que vale el hombre y de cómo el dinero no

puede nada cuando le falta su auxilio... Además, yo desprecio el dinero,

¿se entera usted? Lo busco porque lo necesito; pero de ahí a rendirle un

culto religioso hay mucha distancia. Es algo que nos envilece y achica,

y si fuese posible suprimirlo, la humanidad viviría mejor. ¡Los crímenes

que comete ese capital, tan adorado por usted, para agrandarse y

triunfar en sus empeños!

Ahora fue Maltrana el que rompió a reír.

--¡Poeta sensible y de vista corta!... Esperaba de un momento a otro su

objeción. «¡Los crímenes que comete el capital en sus grandes empresas

mundiales!...» Sí, los reconozco: son los mismos crímenes de los grandes

conquistadores que han trastornado el curso de la Historia; los crímenes

de las revoluciones que nos dieron la libertad. El hombre pasa y la obra

queda. Poco importa que caigan algunos si su muerte beneficia a todos

los humanos... Además, lo que hoy aparece como un crimen es mañana un

sacrificio heroico...

Quedó silencioso unos instantes, como si buscase un ejemplo, y luego

añadió:

--Hace poco han terminado en el interior de la América ecuatorial un

ferrocarril a través de tierras inexploradas, pantanos en los que duerme

la muerte, bosques inhospitalarios. Los trabajadores han caído a miles

en esta obra: cada kilómetro tiene al lado un cementerio; las fiebres de

la tierra removida, los reptiles venenosos, los caimanes de las

ciénagas, han matado más hombres que en una batalla. Las familias de los

muertos y las almas sensibles prorrumpieron en alaridos de indignación

contra la Compañía constructora. «Explotadores sin conciencia, que por

hacer un buen negocio y aumentar sus dividendos llevan los hombres como

bestias al matadero.» Y tenían razón; su protesta era justa. Decían la

verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal vez no se

molestarán nunca yendo a contemplar esta obra suya, pueden responder

desde sus escritorios: «Gracias a nuestra audacia fría y dura, los

hombres tienen un camino para llegar a países nuevos que guardan enormes

riquezas. Hemos puesto en comunicación con el resto del mundo las

entrañas olvidadas de todo un continente». Y también ellos tienen razón;

también dicen la verdad... Porque ya sabe usted, Ojeda, que eso de la

verdad única e indiscutible es una ilusión humana. Cada uno tiene la

suya. Existen en nosotros tantas verdades como intereses.

Ojeda permaneció silencioso como si no le interesase contradecir a su

amigo, y éste continuó:

--La literatura es la culpable de ese desprecio que muestran por el

dinero todos los que son incapaces de conquistarlo. Quiere educar al

vulgo, y emplea para ello ideas viejas, patrones que se cortaron hace

siglos. Todo novelista que se respeta, todo dramaturgo que posee el

secreto de hacer patalear de entusiasmo al público, no conoce

vacilaciones al graduar la simpatía atractiva de sus personajes. El

hombre funesto, el «traidor» de la obra, ya se sabe que debe ser un

rico, un manipulador de caudales; y si ostenta el título de banquero,

mejor que mejor. Los banqueros tienen asegurado en las obras literarias

un éxito de odio y de rechifla. Los personajes simpáticos son pobres, y

dicen cosas muy hermosas sobre las infamias del «vil metal» y la

necesidad de idealizar la vida.

El arte literario sólo había dispuesto, según Maltrana, de cuatro

resortes para mover sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el

miedo. El dinero se mostraba alguna vez en ciertos autores, pero como un

accesorio, como un telón negro para que se destacasen mejor las figuras

de los personajes simpáticos. El amor, con sus combinaciones y

conflictos innumerables y siempre iguales, era el que llenaba por entero

libros y comedias.

--Y así llevamos siglos sin enterarnos de que en el mundo hay algo más

que el amor; y hasta los más bobos empiezan a cansarse de tanto papel

impreso y tantas salas iluminadas para hacernos conocer las angustias y

conflictos de dos seres que quieren acostarse juntos y no encuentran el

medio, o las crisis de alma de una señora que desea faltarle a su marido

y no sabe cómo empezar... No; en el mundo, el amor no lo es todo. Le

dedicamos algunas horas de nuestra existencia (que por cierto no

resultan las más despreciables), pero más tiempo nos lleva la

preocupación del dinero y la lucha titánica por conquistarlo. Si la

literatura fuese un reflejo de nuestra existencia y no un

entretenimiento halagador para los ociosos, hace años que figuraría en

ella como elemento principal el dinero moderno, que ha creado una

aristocracia de la voluntad, unos héroes más nobles e interesantes que

esos galanes pobres que lloriquean de amor, dicen palabras bonitas y son

incapaces de ganar un poco de plata para que la señora de sus

pensamientos viva con mayores comodidades.

--Siga usted--dijo Fernando--. Creo estar en Madrid en un estudio de

pintor, en un saloncillo del Ateneo, en una tertulia de café... Esto me

rejuvenece.

--Ríase, pero sepa que me da rabia la hipocresía de los «sacerdotes del

ideal», que maldicen el dinero en público y luego corren tras él como un

cobrador de Banco. Aún quedan algunos solitarios que escriben como

cantan los pájaros, sin importarles lo que ello pueda valerles. Pero

éstos no cuentan para nada, y poco a poco caen en el olvido. Hoy la fama

literaria se aprecia por el número de representaciones y la cantidad de

volúmenes; o lo que es lo mismo, por el dinero que percibe el autor.

Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo, para que la tirada del

libro sea grande o la sala de espectáculos esté repleta muchas noches. Y

luego, estos inventores de sonoras maldiciones al dios amarillo, cuando

llega el ajuste de cuentas con el editor o el empresario, son capaces de

andar a cachetes por peseta más o menos... No, Ojeda; yo prefiero la

franqueza brutal. El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no

lo poseen. A mí, pobre siervo de la pluma, me ha hecho cometer grandes

bajezas. Un día he escrito una cosa, y meses después, por unas pesetas

más, he pasado a la casa de enfrente para escribir todo lo contrario.

Por eso quiero hacerlo mío: para sentirme digno y libre por primera vez

en mi existencia. Mi dios se venga de los que le llaman vil

sometiéndolos a la humillación, que es el mayor de los envilecimientos.

Miró a Ojeda largamente con extrañeza, y luego continuó:

--¡Y que un hombre de su talento no crea que el dinero es el móvil de

las más grandes acciones!... Acuérdese de los primeros navegantes que

rasgaron los misterios del mar: de nuestros respetables abuelos los

argonautas. Ellos realizaron hace docenas de siglos lo que usted y yo

buscamos ahora. Iban a la conquista del Vellocino de Oro, lo mismo que

nosotros, argonautas con pantalones, al meternos en este buque... Y

cuando el navío _Argos_ estaba a punto de zarpar, el primero que saltó

en él con la lira a cuestas fue Orfeo, el divino cantor, el primero de

los poetas conocidos. Usted me dirá que iba para ver cosas maravillosas,

tentado por la novedad heroica de la aventura; y yo, que conozco la

vida, le diré que iba por todo eso y además por tocar su parte cuando

llegase el momento de distribuir las ganancias de la expedición... Y lo

mismo pensaron los románticos caballeros vestidos de hierro que

cabalgaban en las Cruzadas huyendo de sus castillejos hipotecados a los

usureros germánicos y francos. «¡Jerusalén! ¡Vamos a libertar el

sepulcro de Cristo!» Pero una vez realizada la conquista, por no

separarse más del dichoso sepulcro ampliaron el círculo de sus

correrías, cortando el terreno de los vencidos en condados y reinos, y

se dieron una vida de sátrapas orientales como no la habían podido soñar

en sus magras tierrecillas de Europa.

El recuerdo de Colón surgió en la memoria de Maltrana.

--Ya sabe usted--continuó--cuál era el ensueño de nuestro amigo don

Cristóbal al ir como solicitante detrás de la corte de los Reyes

Católicos. Figúrese las decepciones y desalientos que sufriría durante

ocho años, cuando monarcas y ministros, ocupados en guerras inmediatas,

no podían escucharle. Al volver a su alojamiento veía el oro del Gran

Kan, las flotas de Salomón, las riquezas de Marco Polo, tesoros

maravillosos en los que algún día hincaría el diente, y esto bastaba

para que su ánimo se reconfortase, insistiendo en la demanda... Créame,

Ojeda: el dinero es el móvil de las grandes acciones, el compañero de

los ensueños sublimes, la última finalidad de los mayores idealismos.

Mire a esas gentes que tenemos a nuestros pies. Van en busca del dinero

de un extremo a otro del globo. ¿Y cree usted que no sueñan? ¿Se imagina

usted que en su peregrinación hacia el pan no hay mucho de ilusión, de

idealismo?...

Ojeda movió la cabeza afirmativamente.

--En eso dice usted verdad. Algunas noches, al asomarme a esta baranda,

me fijo en los emigrantes que duermen al aire libre huyendo del calor

de los sollados. Ofrecen el aspecto de un campamento, y por esto tal vez

viene a mi memoria el recuerdo de los granaderos de Napoleón, que no

eran más que simples soldados, pero al dormir sobre la tierra dura veían

desfilar en sus ensueños toda clase de grandezas. Cada uno creía llevar

en su mochila el bastón de mariscal, y esto bastaba para que corrieran

sin cansancio toda Europa de combate en combate. Éstos son lo mismo: la

santa ilusión borra en ellos la duda y el desaliento. Todos guardan en

su hato de ropa el título de millonario futuro... Si el granadero sentía

vacilante su fe, le bastaba mirar al mariscal cubierto de oro, que había

sido soldado lo mismo que él. Cuando los emigrantes dudan, no tienen más

que acordarse de tantos y tantos ricos que hicieron su primer viaje

igual o peor que ellos. En este mismo buque pueden ver ejemplos que

reanimen su energía...

¡Los milagros de la ilusión! Muchos de aquellos hombres habían trabajado

otra vez en América, huyendo luego desalentados. Preferían la miseria en

la patria a la vida vagabunda del peón en el Nuevo Mundo, y al volver a

su país besaban el suelo con transportes de entusiasmo, jurando morir en

él. «América para los americanos. No nos engañarán más...» Pero al poco

tiempo, los mismos relatos que los habían enardecido antes del primer

viaje volvían a morder con profunda mella sus imaginaciones simples. La

América odiosa se transformaba e iluminaba, recobrando los dulces

colores de la prístina visión. Tal vez habían huido demasiado pronto;

tal vez atribuían injustamente al país culpas que sólo eran de ellos. La

prosperidad de los que se habían quedado allá les irritaba como un

error.

--Olvidan pronto lo que sufrieron--continuó Fernando--, para recordar

únicamente las contadas horas de felicidad. Sucesos insignificantes y

casi olvidados reaparecen en su memoria como ocasiones de fortuna

torpemente despreciadas. «Yo pude ser rico--dicen en su pueblo--, pero

tuve mucha prisa en volver.» Y acaban por creerlo a ojos cerrados, y el

deseo de regresar a la tierra de la esperanza es cada vez más imperioso,

hasta que al fin se embarcan con iguales o mayores ilusiones que la

primera vez... Y allá van, revueltos con los neófitos de la emigración;

y ellos, los desengañados y maldicientes de poco antes, son ahora lo

mismo que los veteranos que reaniman a los reclutas en las veladas del

vivac con hiperbólicas historias.

--Yo creo--dijo Maltrana--que si el curioso Diablo Cojuelo, que

levantaba los tejados de los edificios, pudiera mostrarnos lo que

encubren las tapas de esos cráneos, leeríamos en todos ellos lo mismo:

«Buenos Aires... Buenos Aires».

--Así es... ¡Qué poder de ilusión tiene este nombre!... Todos, al

repetirlo, ven la ciudad-esperanza, la tierra del bienestar, la Sión

moderna.

Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la

muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el

aleteo de la diosa sin cabeza.

Este nombre circulaba como una música por el mundo viejo, despertando

las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de

tenerla sentían un instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país

de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El

holgazán sentíase activo; el apático se agitaba con entusiasmos

optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompía su

quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y

aconsejados por otros compatriotas que les habían precedido... Pero ¿y

los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el

idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos

Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué

encanto el de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas

muchedumbres, confiándose al gesto bueno o malo del destino?...

Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había

arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares

distintos del planeta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las

noches invernales al colarse por el cañón de la chimenea en el hogar

campestre, donde la familia española o italiana maldecía el embargo de

sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el

vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de

la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz en

los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa

servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al

volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una

metrópoli dormida, ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller

sin hogar que piensan en matarse a la mañana siguiente.

Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y humildes,

ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre veían alzarse en el

paisaje de su fantasía, bañada por el resplandor de la esperanza, una

mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo,

con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la suelta cabellera;

una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de

sus labios palabras amorosas:

--Venid a mí los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a

mí los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es

grande y no lo construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las

razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.

Maltrana interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico

entusiasmo:

--¡Muy bien dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no

nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan

hermosa como de lejos... Que así sea. Amén.

Los argonautas · 第 7 / 18 题