Mrs. Power sonrió con una amabilidad feroz. «Luego iré.»

Y Munster, comprendiendo lo enojoso de su presencia, se retiró

discretamente antes de que la dama le volviese la espalda.

Ella siguió hablando de su carácter; un carácter práctico, incompatible

con la ilusión _poetical_. Atacaba ferozmente el odiado fantasma de la

poesía, como si viese en él un motivo de errores y desgracias. Luego

habló de su marido con un entusiasmo tenaz, molesto para Ojeda. Era más

alto que él y de una distinción que conquistaba el respeto de todos.

Había nacido en la Quinta Avenida de Nueva York, hijo de un famoso

banquero; pero la familia estaba arruinada.

--Usted, señor, es de los más distinguidos de a bordo, y por esto hablo

con usted... Pero no llega ni con mucho a míster Power. Le falta algo.

Usted lleva la corbata de un color y el pañuelo de otro. Mi país es el

único dónde el hombre puede llamarse elegante. Míster Power no saldrá a

la calle si no lleva del mismo tono la corbata, el pañuelo y los

calcetines. Es lo menos que puede hacer un _gentleman_ que se respeta.

Pero Fernando apenas escuchaba estas lecciones, expuestas con gravedad

científica. Sentíase perturbado por una embriaguez ascendente, como si

el vino que poco antes parecía contraerse con tristeza en su interior

hiciese explosión de nuevo, avasallando sus sentidos. Fijábase en los

ojos de la norteamericana, en sus pupilas líquidas y temblonas, que se

destacaban del nácar de las córneas con el brillo de una luz cambiante,

reflejo mixto de malicia y candidez.

Acariciábale un perfume que venía de ella como una música lejana y

conocida. Tal vez fuese ilusión de sus sentidos, excitados por el

recuerdo; tal vez una errónea semejanza al encontrarse por vez primera,

luego de su embarque, al lado de una mujer elegante. Aquella americana

olía lo mismo que la otra; esparcía uno de esos perfumes indefinibles

que no pueden adquirirse, pues carecen de nombre; un perfume irreal, que

es como el uniforme impalpable que envuelve a las mujeres de todos los

países acostumbradas a una vida de comodidades y refinamientos; perfume

de carne cuidada con amor, de epidermis pulida por el frote higiénico;

«olor de agua», según decía Ojeda.

«¡Oh, Teri!... ¡Teri!» Sus ojos encontraban también una semejanza

fraternal en el cuello esbelto y ligeramente inclinado, lo mismo que el

vástago de una flor que se ladea graciosamente bajo su peso; en las

manos de blancura de hostia, con uñas abombadas y brillantes, parecidas

a pétalos de rosa.

Era Mrs. Power; bastaba ver sus ojos de agua conmovida, escuchar su

palabra glacial de mujer de negocios, para convencerse de su identidad;

pero al mismo tiempo era la otra, por la línea majestuosa de su cuerpo,

por el ademán suelto y despreocupado de hembra elegante segura de su

poder de seducción, por el halo de perfume luminoso que parecía

envolverla. Ojeda escuchaba su voz sin saber qué decía, pensando en

Teri, viéndola junto a él bajo una nueva forma. Miraba a Mrs. Power como

si fuera una máscara que acabase de encontrar en un baile y de la cual

conocía el secreto a pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado.

Llevaba varios días poblando la vida solitaria de a bordo con la imagen

de Teri. Se había paseado con ella por el desierto de la última

cubierta, oprimiendo su brazo aéreo, oyendo el leve crujido de sus pasos

invisibles, murmurando dulces palabras que sólo obtenían una respuesta

mental. Ella ocupaba un sillón vacío junto a sus libros en las largas

tardes de lectura, y por la noche, al abrir el camarote, deslizábase

detrás de sus huellas, misteriosa y sonriente, para no abandonarle en

las horas de insomnio y ser lo último que veían sus ojos, esfumándose

como una visión que se aleja cuando al fin le rozaba la mano del sueño.

Ahora, la mujer impalpable y luminosa que le seguía a todas partes había

desaparecido, pero era para ocultarse indudablemente dentro de aquella

otra real y tangible que tenía a su lado. Esta reencarnación se hacía

sentir con un contacto menos ilusorio; pero en el misterio de su

encierro la delataba su perfume. «¡Oh, Teri!... ¡Teri!» Su única

preocupación por el momento era que la americana no dejase de hablar,

que no huyese, llevándose con ella su oloroso nimbo.

Quiso Ojeda conocer su nombre de nacimiento, libre del apellido marital;

y al oír que se llamada Maud, experimentó cierto descontento. Estaba

esperando, no sabía por qué, otro nombre, una revelación que justificase

sus ilusiones.

Maud siguió hablando de su marido, haciendo elogios de sus condiciones

físicas y compadeciendo al mismo tiempo su simpleza de niño grande,

versado únicamente en elegancias y juegos atléticos. Ella era el varón

fuerte, la cabeza directora de la asociación matrimonial. Había ido a

Nueva York en busca de nuevos capitales para un negocio de caucho que

tenían en el Brasil. Su marido sólo servía para admirarla y obedecerla,

y ella había de hacer frente a los accidentes del comercio, empleando la

palabra melosa, la sonrisa enigmática y el gesto de enojo en esta pelea

por el dólar.

Los quince días pasados en París al regreso de los Estados Unidos habían

sido los mejores de su viaje. Una vida de muchacho aturdido con varias

compatriotas libres como ella de las viejas ataduras del sexo; una

existencia de estudiante; teatros, cenas hasta altas horas de la noche,

sin más hombres que algún _gentleman_ viejo, que acompañaba a esta tropa

de emancipadas lo mismo que un guardián de harén sigue a las odaliscas

en vacaciones. Y nada de visitas a los Bancos o de conferencias feroces

como las que había tenido dentro de un escritorio inmediato a las nubes,

en el piso treinta y cuatro de un rascacielos neoyorkino. ¡Lo que cuesta

cazar el dólar, tan necesario para la vida!... Pero regresaba satisfecha

de su viaje, pensando en el suspiro de alivio que exhalaría míster Power

cuando en el muelle de Río Janeiro le explicase que el peligro de ruina

quedaba conjurado gracias a ella. ¡Adorable niño grande! ¿Qué haría el

pobre en el mundo sin su mujer?...

Y en esta charla surgía a cada momento el elogio del marido, el tierno

entusiasmo por su vistosa inutilidad, lo que producía en Fernando cierta

irritación... ¿Y para esto se le había acercado con aire de _flirt_

aquella señora?...

Una trompeta lanzó a guisa de llamada el toque arrogante y provocador

del héroe Sigfrido. Corrieron los paseantes con el alborozo que

despierta todo suceso extraordinario en la vida tranquila de a bordo.

Era la señal para el baile. Mrs. Power y Ojeda fueron también hacia el

fumadero, en cuyos alrededores se aglomeraba la gente.

Formábanse los músicos de dos en dos, y tras ellos se agitó el

comandante dando órdenes en varias lenguas, acariciándose la amplia

barba y saludando a las señoras. Rogaba a todos que se agrupasen en

parejas. Iba a empezar la fiesta con la polonesa tradicional, solemne

paseo por las cubiertas antes de llegar al comedor convertido en salón

de baile.

El «amigo Neptuno»--cómo le llamaba Maltrana--pareció dudar algunos

segundos antes de escoger su acompañante. Quería dedicar este honor a la

más alta dama del buque, y sus ojos iban indecisos del collar de perlas

de la esposa del millonario gringo a los lentes y la majestuosa

corpulencia de la señora del doctor Zurita. Pero el santo respeto a la

autoridad y las categorías sociales le sacó de dudas. El doctor había

sido ministro en su país, y esto bastó para que el hombre de mar,

inclinándose sobre sus piernas cortas con una galantería versallesca,

ofreciese su brazo a la matrona argentina.

Tras de ellos se formó la fila de parejas, escogiéndose unos a otros

según anteriores preferencias o al azar de la proximidad con bizarros

contrastes que provocaban risas y gritos. Las señoras viejas, los niños

y los domésticos presenciaban el arreglo de esta procesión agolpados en

puertas y ventanas. Isidro daba el brazo a la tiple noble de la compañía

de opereta, dueña voluminosa, de cara herpética, que ostentaba sobre la

pechuga una condecoración turca.

Maud contempló la formación con mirada irónica, pero de pronto sintióse

arrastrada por la alegría general: «Nosotros también». Y tomando el

brazo de Ojeda, se introdujo en la fila.

Rompió a tocar la música una marcha solemne, una de tantas «Marcha de

las antorchas» escritas para natalicios y matrimonios de pequeños

príncipes alemanes, y la procesión se puso en movimiento, contoneándose

las parejas al compás del ritmo.

Corrían del interior del buque las camareras con gorrito de blondas y

los _stewards_ de corbata blanca para presenciar este desfile, riendo

con una buena fe germánica al ver a los señores agarrados del brazo y

marchando con las caderas balanceantes. La cabeza de desfile desapareció

de pronto, y el ruido de cobres fue debilitándose. La «polonesa»,

saliendo del paseo al aire libre, se introducía en los salones,

serpenteando entre mesas y sillas hasta desembocar en el paseo de la

banda opuesta, donde los instrumentos recobraban su primitiva sonoridad.

Otras veces la música se perdía gradualmente, como si la absorbiesen las

entrañas del buque, y el desfile iba descendiendo por las amplias

escaleras a los pisos inferiores.

Delante de Mrs. Power iba Nélida, la única que se apoyaba al mismo

tiempo en los brazos de dos hombres. Un joven alemán que se hacía pasar

por pariente suyo, y el «barón», el belga hermosote, la escoltaban,

hablándose afectuosamente como amigos que beben juntos y juegan al

_poker_, pero con un rencor en la mirada de hombres bien educados que

consideran la mayor de las distinciones saber ocultar sus sentimientos.

Y ella mostrábase contenta por este doble deseo que tiraba de sus brazos

y la envolvía en un ambiente de sorda pelea; se dejaba llevar casi a

rastras, encorvada su esbelta figura, riendo sin saber de qué, con la

boca seca, abarcando a los dos varones en la mirada de sus ojos húmedos

y ávidos, que parecían englobarlos en una predilección idéntica, sin

poder distinguir el uno del otro.

La compañera de Fernando fue transformándose al marchar entre los gritos

y risas de este alborozo general. Percibía él ahora con mayor intensidad

el perfume misterioso escapándose de las profundidades del escote. Hasta

creyó sentir en el puño una ligera crispación de la mano de Maud, un

movimiento tal vez inconsciente, un leve roce despertador que se

ensanchaba en ondas de emoción hasta los extremos de su organismo, y

unas veces le hacía caminar como si volase y otras parecía clavarle en

el suelo. Era tal vez una caricia irreal, imaginada más bien que

sentida, pero idéntica a otras que perduraban en su recuerdo... Además,

el mismo roce de curvas armoniosas al marchar; igual encontrón con unas

durezas de contacto fulminante. La pesadumbre del brazo femenil se hacía

por momentos más sensible. Un hombro desnudo se apoyaba en él, dejando

sobre el paño negro del _smoking_ tenues manchas de velutina.

Al volver hacia ella una mirada ávida y encontrarse con sus ojos no

sentía extrañeza, como si los conociera desde mucho antes. Eran grises;

los que él llevaba en su recuerdo eran negros, con reflejos de ámbar;

pero unos y otros le miraban de igual modo, con una expresión

invitadora. Fernando sintió el temblor que avisa la llegada de la

fortuna, la emoción que precede a los grandes triunfos... ¡La vida es

hermosa!... Y un estremecimiento del brazo adorable pareció responderle

ensalzando mudamente la belleza de una existencia que puede elevarse,

gracias al amor, por encima de todas las realidades.

Se vieron de pronto debajo de las banderas y las guirnaldas eléctricas.

La música, apelotonada en un extremo del comedor, había cambiado de

ritmo, y las parejas, así como iban entrando, giraban enlazadas

siguiendo las caricias de un vals.

Instintivamente se recogió Maud la cola del vestido, apoyó Ojeda un

brazo en su talle, y experimentaron cierta sorpresa al verse entre los

danzarines demasiado numerosos, que chocaban con rudos encuentros de

codos y de grupas. La ilusión, el champán y el deseo, fermentando

sordamente en él, parecieron explotar de pronto, removidos por las

vueltas de la danza. Su brazo retenía enérgicamente el talle de Maud,

como temeroso de que pudiese huir; mirábanse en las pupilas con una

fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren reconocerse

bien en el último instante, antes de caer el uno en brazos del otro.

Balbuceaba Ojeda sin saber ciertamente lo que decía. Hablaba ahora en

castellano, y su súplica incoherente era una especie de música sin

palabras, cuya vaguedad producía en él cierta emoción.

--Di que sí... di que quieres... Sería yo tan dichoso... ¡tanto!...

Ella sonrió, agradeciendo tal vez que hablase en su idioma, lo que le

evitaba la obligación de entenderle y de ruborizarse. Al mismo tiempo,

sus ojos se entornaban para mirarlo con una expresión de caricia

anticipada.

Cesó la música; las parejas se retiraron dándose el brazo. Maud se

inclinó un momento para corregir un desorden de su falda, y al

incorporarse mostró un gesto de altivez, como si hubiese recordado algo

que le devolvía a su glacial serenidad.

Se dirigió a la puerta seguida de él, que en su exaltación no se daba

cuenta de este cambio repentino. Continuaba hablando en español,

repitiendo la misma súplica con un tuteo pasional. Y ella, por dos

veces, sonriendo de las dificultades de su pronunciación, le dio la

respuesta en el mismo idioma:

--No compregndo... no compregndo.

En el antecomedor le tendió una mano para despedirse. Se retiraba a su

camarote: gustaba de acostarse temprano; esta noche había sido

extraordinaria. Ojeda se ladeó como si intentase cortarla el paso, al

mismo tiempo que su voz se hacía más suplicante. ¿Irse? ¿Dejarlo en la

soledad de aquella fiesta, donde todo le era extraño y antipático?... Se

sentía enfermo.

Pero ella le atajó con su ironía helada.

--Debe ser el estómago. Vea al médico... A mí no me impresionan esas

quejas; ya sabe que no soy _poetical_.

Fernando insistió. Le esperaba una noche horrible: no podría dormir.

--Yo le enviaré con la doncella unos sellos que dan sueño.

¡Oh, si ella quisiera!... ¡Si le permitiese ir detrás de sus pasos al

encuentro de la felicidad!

--No compregndo... no compregndo.

Repitió su súplica en inglés, y ella lo miró entonces de abajo arriba,

sin odio, sin escándalo, con extrañeza, como en presencia de un atentado

a las buenas formas sociales, asombrada de la rapidez con que aquel

hombre pretendía suprimir de golpe todas las esperas prudentes

establecidas por la costumbre.

--_Good night_--dijo fríamente.

Y le volvió la espalda, alejándose por el corredor que conducía a los

camarotes de preferencia, erguida y majestuosa.

Desconcertado por esta escena que nadie había visto, sintió Ojeda un

deseo de huir, como si fuese a estallar en torno de él una explosión de

carcajadas. Arriba, en la cubierta, sólo quedaban los paseantes tenaces,

y en el café los jugadores de _poker_, para los cuáles no había músicas

ni bailes que pudiesen alejarlos del tapete verde. La familia italiana

rodeaba a su prelado, empujándolo cariñosamente. ¡Ánimo, ilustrísima!

Debía descender al salón para echar un vistazo a la fiesta y lucir la

cruz de oro. Aquí no estaban en tierra, y la vida de a bordo permite

mayores libertades. Hasta el abate de las conferencias andaba por las

cercanías del baile, asomando su cara barbuda. «El mar... es el mar,

Monseñor.»

Persistió en Fernando la misma sensación de desconcierto y de miedo al

tropezarse con los paseantes, cual si éstos pudiesen adivinar lo que

había ocurrido abajo. Le molestaba la música, por creerla igual a una

risa burlona. Otra vez necesitaba huir en busca de obscuridad y

silencio. Y tomó una de las escaleras que conducían a la cubierta de los

botes.

Arriba creyó despertar con el fresco de la noche, como los ebrios que

reciben de pronto una corriente de aire. Hasta allí le había acompañado

un sentimiento de despecho; la cólera de su orgullo varonil herido por

el fracaso; el escozor de una situación ridícula. Pero ahora le

atormentaba el remordimiento; sentía vergüenza de él mismo, deseaba

empequeñecerse, desaparecer, como si una mirada iracunda le espiase en

la sombra.

--Muy bien, señor Ojeda--murmuró irónicamente--; se está usted portando

como un caballero.

Y dejándose caer en un banco, añadió con rabia:

--¡Eres un canalla; un canalla que merece la muerte!

Sólo habían transcurrido unos minutos, y se preguntaba con extrañeza si

era él mismo el que danzaba abajo, enloquecido por el perfume de una

señora a la que sólo conocía desde unas horas antes, balbuceando como un

mozuelo atrevidas proposiciones. ¡Ah, miserable sin voluntad!...

Abandonaba con rudo tirón su vida anterior, marchaba aventuradamente al

otro hemisferio, todo por una mujer, y a las primeras jornadas, cuando

aún brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas, arrastrábase con

súplicas viles ante una desconocida a impulsos de un deseo fulminante

que hacía reír.

Sentía vergüenza al recordar las palabras que había escrito en la tarde

anterior, imitando la firmeza de los héroes wagnerianos. «Y cuando

estemos alejados, ¿quién podrá separarnos?...» Un solo día había bastado

para que olvidase sus juramentos. Aún no habría salido a aquellas horas

su carta de Tenerife, y ya estaba lo mismo que Sigfrido, olvidado de

Brunilda, humillándose amoroso a los pies de una Gotunda que se burlaba

de él. Y esto lo había hecho por voluntad espontánea, sin necesitar

filtros de olvido.

Cerraba los puños amenazándose a sí mismo; pero un sentimiento de

tristeza y desaliento sucedía a esta indignación. Deseaba ocultarse,

como si en su vergüenza necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra

vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de la última

toldilla, cerca del puente.

Aquí, calma absoluta; la escasez de luz hacía más visible el azul

profundo del cielo, más intenso el fulgor de los astros. La torre de la

chimenea destacaba su obscura masa sobre el espacio punteado de

resplandores; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, empañaban

por unos instantes el brillo de las constelaciones. El balanceo del

barco hacía pasar las estrellas de un lado a otro de los mástiles, como

luciérnagas juguetonas que saltasen entre palos y cordajes.

Ojeda experimentó la sensación de paz que desciende del cielo nocturno

sobre los grandes dolores. Había momentos en que deseaba llorar, lo

mismo que un niño que implora perdón. «¡Teri!... ¡Teri!» Ella viviría a

aquellas horas seguramente pensando en él. Tal vez estaba ya en París, y

en medio de los ruidos del bulevar, en un teatro o en una fiesta, su

imaginación se apartaba de lo inmediato para seguir con angustia la

marcha de un buque que sólo conocía de nombre. ¡Ay, si ella supiese! ¡Si

ella pudiese ver!...

Se analizaba Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha

que había acompañado los mejores años de su existencia. Y sin embargo,

él no se creía responsable; era su alma, el sexo de su alma,

completamente distinto y divergente de su sexo material. Hombre como los

otros, agitado y dominado por una virilidad rápida en sus impulsos,

bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los varones

prehistóricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconocía

sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los

humanos. Bastaba la visión de una carne desconocida, una sonrisa, una

ojeada, para que diese al olvido juramentos y compromisos.

Se insultaba fríamente, y para aminorar su culpa, incluía en esta

vergüenza a todos sus semejantes. «Nos consideramos muy hombres, y

tenemos un alma de cortesana. Estamos a la espera de lo que llega,

crédulos y fatuos para aceptar como una fortuna la primera hembra que

nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos, olvidando el ayer con la

inconsciencia de una profesional...»

De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvió a

su memoria. Aquel héroe membrudo, que con la espada partía yunques y

mataba dragones, tenía igualmente un alma de mujer. Apenas separado de

Brunilda, la olvidaba, fijando sus ojos en otra. En cambio, ella, la

femenina walkyria, era el hombre en esta asociación amorosa. Su alma

varonil y fuerte pertenecía a la aristocracia de los que prolongan un

amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo de este modo los

instintos de la carne. Era el andrógino de las remotas leyendas, hombre

y mujer a un tiempo; la personificación del verdadero amor, que domina

la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extraño

y anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y

que los dos sean eternamente uno solo.

Y Teri era así. Con su charla de pájaro y su carácter en apariencia

frívolo, era el varón fuerte e inconmovible. Expuesta a las tentaciones

de otros hombres que la deseaban, no había vacilado jamás. Y él era la

mujer sin voluntad, el alma débil y vulnerable a todo deseo, el instinto

caprichoso que había que vigilar de cerca y tener siempre de la mano

como a un niño enfermo.

Cuando juraba ser fiel con los más solemnes juramentos, poniendo por

testigos el amor y la vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Sentía

la sospecha de que al día siguiente una blancura entrevista, un

revoloteo de faldas, lo armonioso de una línea, el ritmo de un paso, la

simple novedad de lo ignorado, podían hacerle correr fuera de su camino

lo mismo que una bestia en celo. Y así era él: así la mayoría de sus

semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera amor,

tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos,

gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, es el más noble de la

creación, el único depositario de la verdad. ¡Qué dirían de los hombres

las tranquilas estrellas si alguna vez habían seguido sus actos con sus

guiños luminosos!... ¡Ah, miseria!

Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco

lejos de la luz. Temía volver al ruido de abajo. Retardaba el instante

de entrar en su camarote, como si de los tabiques pudieran desprenderse,

saliendo a su encuentro, los recuerdos que había clavado con la fijeza

de sus ojos en las horas nocturnas de melancolía.

Tres veces sonó la campana mientras él estaba allí, inmovilizado por el

abatimiento, y otras tantas contestó desde lo alto del trinquete el

baladro del serviola anunciando que las luces de posición seguían

encendidas. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo

encorvada y las manos en los bolsillos, deteniéndose a cada vuelta para

sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le encontró cierto aire de

monje yendo y volviendo con igual número de pasos por su claustro de

acero. Junto a una luz oculta, que esparcía una tenue mancha rojiza--el

resplandor de la bitácora--, estaba otro hombre, con los brazos en cruz,

abarcando la rueda reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en

su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos

parpadeos, existía el centinela invisible, el ronco cantor de las horas,

espía avanzado que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del

mar.

Contemplábalos Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad

silenciosa que tenía algo de sacerdotal; insensibles a la música y los

rumores de fiesta que venían de abajo; huyendo de los reflejos luminosos

que esparcía el buque sobre sus costados como un halo de gloria;

avanzando la cabeza en la noche para husmearla mejor; indiferentes al

mundo alegre y variado que invadía las entrañas de la nave en cada

viaje; sólidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban,

como el cornac guía al elefante montado en su frente. Eran hombres

ocupados en algo más importante que balbucear deseos al paso de una

hembra. La vida les había impuesto una obligación y la cumplían

severamente, sin conocer arrepentimientos ni vergüenzas.

El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le apareció como la

función más noble y envidiable. Estos ermitaños del puente y de la cofa

tendrían, a no dudar, su vida de pasión lo mismo que todo el mundo;

conocerían el amor, que es algo indispensable para la existencia;

llevarían en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial iba

acompañado en sus paseos por la imagen de alguna _fraulein_ rubia y

sensible que contaba los días en un puerto anseático aguardando la

vuelta del buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su

rudimentaria imaginación a la compañera ventruda y mal calzada con su

grupo de pequeñuelos carillenos y peliblancos.

Desde su asiento, a través del marco de una ventana, veía también al

telegrafista escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su

escritura para escuchar el lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía

mecánicamente a otros pensamientos perdidos en la noche a una distancia

de centenares de millas, y apenas terminada la conversación recuperaba

su pluma. Bien podía ser que escribiese a su amada llenando el papel con

versos ingenuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el alma

de toda pasión germánica.

Y al adivinar el amor en estos esclavos de la responsabilidad que

velaban por la suerte del pueblo flotante, lo veía único, noble,

rectilíneo, lo mismo que el deber y la disciplina que mantenían a todos

en sus puestos.

Oyó pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando

los rincones. Era Maltrana, que al reconocerlo se dirigió hacia él,

lamentando su desaparición... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba

abajo?... Y acompañaba sus palabras con grandes risas y cariñosos

palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una extraordinaria

agitación. Al hablar esparcía su boca un vaho alcohólico.

--La gran noche, amigo Ojeda; y eso que aún estamos, como quien dice, al

principio. Esos muchachos son encantadores. Tenemos concertada una

pequeña reunión con varias chicas de la opereta para cuando termine el

baile y se acueste la gente seria. ¿Y Nélida? Una valiente. Se ha

deslizado fuera del salón, mientras emborrachaban a su hermanito los

amigos de la banda. Su primer _flirt_, el alemán que se titula pariente

y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin poder

encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: ¡yo lo sé todo! La he

visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata estremecida, y

llegar después de ella al barón belga... Y el otro busca que busca. ¡Lo

más divertido!... Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué esta triste?...

Fernando experimentó un deseo egoísta de comunicar su desaliento y su

amargura a este amigo regocijado.

--Soy un miserable que siente asco de sí mismo. Un verdadero miserable.

Quedó Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto adoptar ante una

afirmación tan inesperada... Luego se encogió de hombros y volvió a

reír, como si leyese en el pensamiento de Ojeda.

¡Un miserable!... ¿Y qué? Él también lo era; y todos en el buque lo eran

igualmente. Y así como el viaje fuera haciéndose más largo y avanzase el

_Goethe_ la proa en los mares luminosos y cálidos, todos iban a sentirse

poseídos por esta miseria que avergonzaba a Fernando... ¡Quién sabe si

alguno llegaría a rugir y a andar a cuatro patas, como los libertinos de

las leyendas convertidos en bestias!...

--Ya nos limpiaremos de pecados al llegar a tierra, amigo mío. Aquí

debemos vivir con arreglo al ambiente. La responsabilidad no es nuestra.

El culpable es ése... el gran impuro, el eterno fecundador que aún

guarda en sus entrañas el secreto genésico de los primeros latidos de la

vida.

Y Maltrana, borracho, señalaba el mar obscuro, increpándolo con una

furia cómica... Pasaban sobre su lomo, lo arañaban cruelmente con la

quilla, bien comidos, el pensamiento en reposo, los miembros en huelga,

y él se vengaba de este rudo despertar enviándoles un hálito excitante

que esparcía el deseo y la locura.

--¡Ah, grandísimo tentador!... ¡Galeoto con mostachos de algas!...

¡Celestina de arrugas verdes!

Por algo habían florecido en las islas mediterráneas los pueblos

adoradores de Afrodita, que hicieron vibrar todas las cuerdas del arpa

de la voluptuosidad; por algo se habían elevado en las costas las

blancas columnatas de los santuarios de amor, con sus rebaños de

cortesanas sagradas; por algo los poetas sacerdotales habían hecho nacer

a Venus de la espuma de las olas.

V

A las diez de la mañana iban colocando los músicos sus atriles al final

de la cubierta, entre el fumadero y una barandilla, sobre la explanada

de popa. Ensanchábase el paseo en este lugar, ofreciendo el aspecto de

una terraza de café con mesas al aire libre y arbolillos redondos

plantados en cajones verdes.

Rompía a tocar la banda una «Marcha granadera» del tiempo de Federico el

Grande, con estruendosos alaridos de trompetería, y poco a poco la gente

iba poblando el paseo.

El buque, húmedo, sombreado, limpio, parecía sonreír como un dormilón

que se despabila con las frías abluciones matinales. Desde mucho antes

caminaban los madrugadores por la azulada penumbra de la cubierta,

saludándose al paso y comunicándose noticias de la noche anterior.

Algunos, vestidos con pijamas o medio desnudos bajo un largo gabán,

descendían del gimnasio y se deslizaban rápidamente en busca de sus

camarotes.

Aparecían las primeras señoras, yendo tras breve paseo a arrellanarse en

los sillones. Bandas de muchachos aprovechaban la ausencia de los

mayores para hacer suya toda la cubierta. Niñeras de diversa

nacionalidad, con una criatura al brazo, formaban amigables grupos,

mirándose sonrientes sin entenderse. Otras empujaban cunas con ruedas,

en cuyo interior una cabeza abultada, de suaves cabellos, aparecía medio

dormida entre puntillas y lazos. Una tropa de niños con fusiles de latón

daba la vuelta al buque, golpeando el húmedo entarimado con marciales

patadas. Eran rubios, morenos o bronceados, mostrando en la variedad de

sus tipos la amalgama étnica del continente americano, en el que sus

padres les habían hecho nacer. Un hijo de doctor Zurita, que iba al

frente sable en alto marcando el paso, gritaba con el imperio de una

casa triunfadora: «A ver gringo, avanza un poco... Un... dos. Un... dos.

Tú, gallego, hazte pa atrás».

Fernando, apoyado en la barandilla a corta distancia de los músicos,

seguía con los ojos el lento balanceo del castillo de popa, sobre el

cual aleteaba una ronda de gaviotas. Eran aves enormes repletas de

pescado y desperdicios de los buques, con alas poderosas, blancas y

combadas, semejantes a velas.

Seguían al trasatlántico desde Canarias, habituadas a esta soledad azul,

inmensa para los ojos del hombre, y en la que su instinto husmeaba la

vecindad invisible de la costa de África y del archipiélago de Cabo

Verde. Volaban en espiral sobre la popa, abanicando algunas veces con

sus alas a los pasajeros de tercera clase. Otras se tendían en fila

sobre el camino blancuzco y espumoso que dejaban abierto las hélices en

la llanura del Océano. Parecían inmóviles sobre el vapor, que marchaba y

marchaba con el jadeante ímpetu de sus pulmones de acero, y cuando

quedaban atrás bastábales un par de aletazos para volver a colocarse

verticalmente sobre él. Sonaba el chapoteo de un objeto en el mar: una

espuerta de residuos de cocina, un madero, un bote de conservas vacío, e

inmediatamente se desplomaban, con las plumas encogidas, balanceándose

sobre las ondulaciones oceánicas lo mismo que los cisnes de un lago. Y

así que terminaban la exploración del objeto flotante o engullían los

residuos, retornaban al buque impetuosas como proyectiles.

Un murmullo de gente invisible subía hasta el paseo en las breves pausas

de la música. Ojeda, al inclinarse sobre la baranda, recibió en su

olfato un hedor de comida agria. La vasta explanada de popa, libre a

aquella hora de toldos, aparecía ocupada por los emigrantes

septentrionales. Formaban cuadros sentados en los camarancheles de las

escotillas. Otros, por encima de ellos, ocupaban, como si fuesen bancos,

los mástiles de las grúas colocados horizontalmente. Algunos, con aire

señoril, dormían arrellanados en sillones plegadizos de lona vieja,

recuerdo de anteriores viajes.

Correteaban bandas de muchachos medio desnudos, yendo a refugiarse entre

las rodillas femeninas en los azares de su persecución. Viejos con

luengas barbas, gorros de piel de cordero y peludos gabanes, permanecían

en cuclillas mirando el mar, como fakires en éxtasis. Unos jóvenes

tendidos sobre el vientre, con la quijada entre las manos, escuchaban la

lectura en alta voz de un camarada. Junto a la borda, otros hombres

barbudos fumaban en largas pipas, y de vez en cuando sus manos rojas y

escamosas se hundían bajo las sotanas forradas de pieles para agitar con

fuertes rascuñones los harapos invisibles.

Tenían que abrirse paso los marineros en esta muchedumbre compacta e

inmóvil que bebía sol y aire fuera del encierro de los sollados. Sobre

un montón de cables, un emigrante de cabeza rapada movía el arco de su

violín, sin que el más leve sonido llegase hasta el paseo donde rugían

los cobres. En la plataforma del castillo de popa, entre botes, maromas

y salvavidas, pululaban los pasajeros de tercera clase que gozaban de

preferencia: tenderos ambulantes; rusas y alemanas con grandes sombreros

de paja, que, agarradas del talle, hablaban de sus diplomas académicos y

de la posibilidad de entrar en el seno de una familia del Nuevo Mundo

para enseñar idiomas a los niños; jóvenes melenudos con trajes de buen

corte, pero de raída tela, siempre con un libro en la mano. Eran los

aristócratas de esta parte del buque, que, aislados en su altura,

miraban con desdeñosa conmiseración al rebaño de abajo y con envidia

revolucionaria a los del castillo central.

Filas de ropas puestas a secar se balanceaban en la explanada sobre los

grupos de cabezas. El suelo, regado a plena manga poco antes, estaba

cubierto de cáscaras de frutas, secreciones de garganta y residuos de

alimentos. Cabelleras femeniles tendidas al sol recibían la exploración

venatoria de los peines. De la blancura incierta de algunas camisas,

rígidas y acartonadas por el líquido seco, emergían ubres como harapos,

adaptando su arrugada flacidez a las bocas lloronas de los pequeños.

Otras madres, con el hijo en las rodillas, desenvolvían tranquilamente

sus fajas y pañales, dando a la luz los olvidos hediondos de la

inconsciencia infantil.

No tenía Fernando más que ladear un poco la cabeza, volviendo los ojos

al interior de la cubierta, y recibía en su olfato inmediatamente la

esencia de los licores que burbujeaban con mezcla de soda en las mesas

del café, el perfume de agua de Colonia que iban esparciendo las

mujeres, como un recuerdo de su baño matinal. Parecía ser de un planeta

distinto la vida que se desarrollaba cuatro metros por encima de la

muchedumbre emigrante. Los camareros iban de grupo en grupo ofreciendo

grandes bandejas cargadas de emparedados y tazas de caldo: el segundo

refrigerio de la mañana. Las señoras exhibían con afectada modestia sus

trajes de verano recién extraídos de los cofres y cambiaban mutuos

cumplimientos. Muchos pasajeros iban vestidos de blanco de pies a

cabeza, e igualmente de blanco los domésticos del buque, los músicos y

los oficiales. Había momentos en que el castillo central parecía

invadido por una tripulación de Pierrots.

Pasó Mrs. Power, sola como siempre en sus matinales paseos, erguida y

sin mirar a nadie, con un sombrero de tul elegante y vistoso. Fernando

sintió al verla indecisión y timidez; pero ella, deteniéndose un

momento, vino en su auxilio. Le saludó, preguntando con un retintín

irónico cómo había pasado la noche. Sonreía protectoramente, dando a

entender que perdonaba a Ojeda su travesura de niño grande. Todo estaba

olvidado... Y le tendió una mano antes de alejarse, continuando su

marcha de ritmo varonil.

Transcurría el tiempo sin que la cubierta se viese tan poblada como en

otras mañanas. Muchos sillones permanecían vacíos. Las graves señoras

alejaban a sus hijas para conversar entre ellas con voz de misterio y

gestos de indignación, como si comentasen algo escandaloso. No había

aparecido aún ninguno de aquellos jóvenes de cuya amistad hablaba

Maltrana con entusiasmo. También él permanecía invisible, y lo mismo

Nélida con su escolta de adoradores.

El doctor Zurita pasó junto a Ojeda aspirando el humo de su tercer

cigarro matinal.

--Poca gente--dijo--. Anoche, según parece, hubo _farra_ larga. Debe

haber abajo un tendal de muertos y heridos... ¡Qué muchachada tan viva!

¡Cosas de la edad!...

Y siguió adelante, sonriendo con una tolerancia de veterano al pensar en

las locuras de la «muchachada». Estaba tranquilo por haberle dicho su

ayuda de cámara andaluz que los hijos mayores roncaban en sus camarotes

con la fatiga de una noche pasada en claro, pero sin desperfectos

visibles.

La música siguió desarrollando su programa matinal como si sonase en el

vacío. Pasaban las señoritas formando grupos, lo mismo que en las plazas

de las pequeñas ciudades alrededor del kiosco de los conciertos; pero

les faltaba en este continuo girar el encuentro con los jóvenes, el

acompañamiento de un amigo, miradas curiosas y simpáticas que las

persiguiesen.

Sólo quedaban ellas en la cubierta. Los hombres graves eran buscados por

el mayordomo, que a fuerza de invitaciones y ruegos conseguía meterlos

en el fumadero. Se iba a formar allí por aclamación el comité

organizador de las fiestas con que se celebraría el paso de la línea

equinoccial.

Terminó el concierto, retirándose los músicos con atriles e

instrumentos, y entonces fue cuando Maltrana hizo su aparición. Lo vio

Fernando asomar la cabeza por la puerta de una escalera tímidamente.

Después de largos titubeos avanzó al fin con cierto encogimiento. Vestía

un traje blanco, rutilante, majestuoso, sobre el cual parecía destacarse

con mayor relieve la fealdad grandiosa de su cara, a la que encontraban

algunos cierta semejanza con la de Beethoven viejo.

En su marcha cautelosa, torcía el rostro hacia el lado del mar, bajando

los ojos como si temiese ser visto. Ante los grupos de nobles matronas,

su cortesía pudo más que el miedo. «Buenos días...» Pero las damas

contestaron su saludo a flor de labios, siguiéndole con ojos severos y

mirándose después entre ellas... «También éste era de los culpables.» Y

todo el peso de su indignación se descargó mudamente sobre Maltrana, el

primero que osaba presentarse ante ellas.

Ojeda, al estrecharle la mano, se fijó en su tendencia a volver la cara

hacia el mar, rehuyendo el lado izquierdo, y con súbito movimiento le

hizo ponerse de frente.

--Pero criatura ¿qué tiene usted ahí?...

Señalaba, riendo, una hinchazón lívida de la sien que se extendía hasta

un ojo.

--No es nada--balbuceó Isidro--; poca cosa... Ya le explicaré.

Y para desviar la conversación, se miró de los pies al pecho con gesto

de orgullo.

--¿Eh?... ¿qué me dice del trajecito? Tengo otro a más de éste...

¡Cualquiera adivina que es obra de doña Margarita, mi patrona!

Pero Ojeda no se dejó desorientar por tales palabras, y siguió riendo

con los ojos puestos en la contusión que desfiguraba a su amigo.

--Cuando se canse de reír, avise--dijo Maltrana, algo amostazado--. Pero

¿no ve usted que nos están mirando esas dignas señoras?... Las conozco,

y no quiero perder su amistad. Hablan con mucha soltura de los

escándalos de Europa; tienen el propósito decidido de no asustarse de

nada, para que no las tomen por unas atrasadas; pero todo es puro

exterior, y cuando se despojan de los trajes y los añadidos de París,

resultan idénticas a nuestras damas de provincias... Al pasar frente a

sus camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: en el

lavabo, marquitos portátiles con imágenes milagrosas nacionales o de

importación; en un boliche de la cama, un rosario y más estampas...

Tengo miedo de que me echen la culpa a mí, que soy el más infeliz. Me

temo que por dejar en buen lugar a sus niños y a los amigos de sus

niños, digan que fui yo quien organizó lo de anoche... Y yo tengo

interés en estar bien con todo el mundo, en conservar mis amistades.

Fernando no pudo contener su impaciencia. «Pero ¿qué era lo de

anoche?...» Maltrana sonrió, como si recordase algo, y dijo, remedando a

su amigo, con entonación dramática:

--Soy un miserable... Un miserable que siente asco de sí mismo.

Pero antes de que Fernando pudiera enojarse por este recuerdo, se

apresuró a añadir:

--Lo de anoche fue una lección; una lección de cosas y de nombres: una

«farra», una «remolienda», como dicen mis amigos de varias repúblicas.

Anoche supe también lo que es «curarse», y me curé tan prolijamente, que

aquí me tiene con una sed infernal y este adorno junto a un ojo... Pero

no me arrepiento: ¡qué muchachos simpáticos! Da gloria tener amigos tan

cariñosos. Unos me llamaban _gallego_, otros me apellidaban _godo_. ¿Ha

notado usted qué variedad de motes amorosos gozamos los españoles en la

América que habla español?

--Sí; y en otras repúblicas nos llaman _gachupines_, _patones_,

_sarracenos_ y no sé qué más. Podría escribirse un tratado

geográfico-apodesco para mayor claridad en las relaciones

hispanoamericanas... Pero son bromas de familia que no merecen atención:

adelante.

Y Maltrana describió la fiesta íntima en el fumadero después del baile,

cuando las graves damas con sus hijas se habían retirado a los camarotes

y sólo quedaba en la cubierta algún que otro señor entregado a su paseo

habitual antes de irse a la cama. Los jugadores de _poker_ habían

terminado sus partidas, prudentemente, al ver invadido el salón por una

banda de locos que gritaban discursos subiéndose a las mesas, ensayaban

suertes de gimnasia con las sillas o se tendían en los divanes colocando

los pies entre las copas.

--El pobre mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con bigotes a lo

_kaiser_, se movía incesantemente de una mesa a otra, descorchando

botellas de champán, llenando copas, recogiendo del suelo vidrios rotos.

Al principio estaban por grupos: a un lado los sudamericanos, al otro

los yanquis y los ingleses, más allá los alemanes, pretendiendo cada uno

sobrepujar al vecino en generosidad. Una mesa pedía dos botellas, la

otra tres, la otra cuatro; y todos cantaban, intercalando en su música

gritos de animales conocidos o fantásticos... Esperábamos la llegada de

las damas: unas cuantas coristas que habían prometido no sé a quién, tal

vez a nadie, su interesante presencia. Pasaba el tiempo y no venían.

Unos amigos hablaron seriamente de ir al camarote de Nélida para traerla

a la fiesta y darle una paliza al hermano, proposición que puso foscos

al belga y al alemán, como si cada uno por su parte se creyese el

depositario del honor de la muchacha.

Calló Maltrana, cual si temiera decir demasiado; pero ante la curiosidad

de su amigo siguió adelante.

--Un chileno forzudo, gran amigo mío, se levantó con resolución. «Oiga,

_godito_: vamos a ver si nos traemos a algunas de esas damas.» Abajo, en

un corredor, cazamos a dos coristas polacas que iban tranquilamente

desde cierto lugar a su camarote, y mi amigo el atleta las subió casi en

volandas sin entender sus palabras. ¡Gran éxito! Las dos son negruzcas,

flacas, con aire de gitanas, pero jamás se verán en toda su vida tan

admiradas y obsequiadas. Y cuando las pobrecitas llevaban bebidas no sé

cuántas copas, mirándonos a todos con la superioridad que proporciona la

escasez del artículo, y se debatían entre los señores aglomerados en

torno de ellas, chillando y contrayéndose en el asiento como si por

debajo de la mesa las cosquillease una tropa de ratas, entra el

mayordomo, el _oversteward_, mirándolas fijamente, sin vernos a

nosotros, como si no existiésemos; y bastaron unas cuantas palabras

suyas en alemán para que saliesen cabizbajas y temerosas, lo mismo que

unas niñas ante la reprimenda del maestro... Bien dicen que la sociedad

del mujerío dulcifica la rudeza de los hombres. Apenas nos quedamos

solos... batalla. Unos increparon a otros por haber sido demasiado

audaces, haciéndolos responsables del susto y los aleteos de las dos

palomas inocentes. De pronto, un puñetazo... y el fumadero fue la venta

del _Don Quijote_. Todos sentían la necesidad de pegar sin saber a

quién: dos hermanos se aporrearon sin conocerse; los _bocks_ y las copas

iban por el aire. Yo dudaba entre huir o poner paz, y en medio de mis

vacilaciones me alcanzó esta caricia... Crea usted que me duele, pero el

espectáculo valía la pena de ser visto. Lástima que usted no lo

presenciase.

Los argonautas · 第 6 / 18 题