Los pesares de Baselga.
--El señor conde de Baselga--dijo Antonio, volviendo a entrar en el
despacho.
Más allá de la puerta sonaban pasos ruidosos y desiguales, que se
acercaban rápidamente, acompañados del metálico retintín de unas
espuelas. Al fin, don Fernando Baselga entró cojeando en la habitación.
El campeón del 7 de julio estaba algo desfigurado. Tres años habían sido
suficientes para robarle mucha de su antigua gallardía, y tanto la
cojera como una prematura obesidad encubrían con cierto aire de pesadez
su antiguo aspecto marcial.
Atento siempre a presentar un continente interesante, el gallardo
soldado del absolutismo, que tanto se distinguía en paradas, ejercicios
y guardias, marchando con varonil contoneo al frente de su compañía, no
podía ahora conformarse con la necesidad de marchar cojeando a la vista
de las damas palaciegas y de sus mismos subordinados; así es que cuando
Fernando VII, restablecido en su trono de monarca absoluto, quiso
premiar los servicios de tan excelente partidario dándole las
charreteras de comandante, Baselga solicitó la merced de pasar a servir
en la caballería de la Guardia, con la esperanza de que, puesto su
airoso cuerpo sobre un inquieto corcel, nadie notaría aquel tremendo
defecto físico, que aún le hacía odiar más encarnizadamente a los
liberales.
Cuando el comandante, después de besar reverentemente la mano del padre
Claudio y accediendo a las indicaciones de éste, se sentó frente a él al
amor del brasero, paseó sus ojos con curiosidad por toda la habitación,
demostrando a la vista de tan gran cantidad de papeles el asombro propio
del que tiene la lectura y escritura por necesidades de último orden y
sólo muy de tarde en tarde hace uso de ellas.
--Ante todo--dijo Baselga, después de satisfacer un poco su
curiosidad--, debo pedir a usted, padre mío, mil perdones por la
libertad que me tomo al venir a buscarle a este sitio sin su permiso.
--Querido hijo, usted ya sabe el cariño que, tanto yo como toda la
Orden, le profesamos, y que puede buscarme en todas partes así como
necesite de mi humilde persona.
--He estado en la casa profesa a preguntar por usted, manifestando que
tenía alguna urgencia en verle, y el padre Echarri me ha encaminado a
esta casa, en la que sólo admite usted las visitas de muy contadas
personas; distinción que, en el caso presente, me honra sobremanera.
--Los negocios son muchos, querido conde; el tiempo muy limitado, y hay
que aislarse un poco para huir de las estorbosas visitas de los
importunos. Por esto ocupo esta casa, antigua mansión de los marqueses
de Orduña, personas devotísimas que en el siglo pasado la cedieron a
nuestra Orden. Cuando don Carlos III (a quien Dios perdone) nos expulsó
de España, esta casa quedó cerrada, guardando el archivo que ahora ve
usted y que no lograron descubrir los alcaldes del rey, pues eran pocas
las personas que conocían su existencia, así como tampoco que fueran
jesuítas los que vivían en el viejo palacio. Aquí han vivido y trabajado
mis antecesores en la dirección de la Orden, y aquí estoy yo, que,
rodeado de tan preciosos documentos y evocando los pasados recuerdos,
trabajo con más fe y me siento más fuerte y hasta con mayor confianza en
las bondades de Dios.
Permanecieron silenciosos los dos interlocutores después de tales
palabras; Baselga, mirando con atención la parte de los armarios adonde
llegaba la luz de la lámpara, y el jesuíta contemplando con aire
interrogador al comandante, como esperando que éste manifestase el
objeto de la visita.
Por fin el padre Claudio notó que Baselga miraba con cierto recelo al
hermano Antonio, el cual había vuelto a sentarse junto a la mesa y
escribía con la indiferencia de un autómata.
El jesuíta comprendió que la presencia del secretario estorbaba al
conde, y dijo con acento de superioridad benévola:
--Hermano Antonio, retiraos, que ya habéis trabajado hoy bastante.
Salió el secretario, después de saludar con dos reverentes cortesías, y
apenas se hubieron perdido sus pasos a lo lejos, Baselga dió un suspiro,
que tenía algo de rugido, y con expresión infantil exclamó, inclinando
su gigantesco cuerpo sobre el jesuíta:
--¡Padre mío! Soy muy desgraciado.
--¿Desgraciado usted?--dijo el jesuíta con extrañeza--. Señor conde, eso
es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es
usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija
encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su
casa; goza en Palacio de una envidiable posición; ¿qué más puede usted
desear?
--No me quejo de mi suerte--contestó Baselga con aire contrito--. Dios
me ha dado mucho más de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en
mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeñada en
hacerme desgraciado.
--¿Falta acaso a sus deberes la señora condesa?--preguntó el jesuíta con
cierta alarma.
--No, padre mío. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme
sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.
--¿Cuál es, pues, la causa de su pena?
--Pepita no me ama.
--¿No le ama su esposa? ¡Ella, que tantas veces ha asegurado que sentía
una loca pasión por usted! ¿Cómo puede ser eso?
--Hace usted muy bien en extrañarse. También experimento yo igual
impresión cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical
que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que
correspondía con agrado a mi cariño, pero hoy me acoge en todas
ocasiones con el más terrible desvio, y comprendo que ya no soy para
ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.
--Permítame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de
amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasión
desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y además
la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasión tranquila y
cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable sólo es
propio de impúdicas cortesanas. Debe usted pensar además que la señora
condesa tiene una pequeña hija, la linda Pepita, y que forzosamente el
lugar que ésta ocupa en el corazón de la madre priva al esposo de una
parte de cariño.
--¡Ay, padre mío! ¡Cuán satisfecho estaría yo con que el desvío que noto
en Pepita fuera motivado por su cariño a nuestra hija! Pero
desgraciadamente la pequeñuela es víctima igualmente del desvío de mi
esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada.
La infeliz niña no tiene otro amor que el mío, y yo soy quien con más
asiduidad cuida de ella. Pepita hace más de un año que está preocupada a
todas horas con un pensamiento desconocido. No sé cuál pueda ser la
causa de tal preocupación, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.
--Esto es grave--murmuró el padre Claudio involuntariamente, mostrándose
después como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.
--¡Y tan grave, padre mío!--respondió inmediatamente Baselga--. En mi
ánimo nunca había arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a
dudar de la que lleva mi nombre.
--¿No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvío?
--Más de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre
mí, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la
sangre.
--¿Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?
--Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan
vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre mí
tan completa dominación, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado
de ella a más bajo nivel que el último de sus criados. Cuando la
declaré mi amor me impuso por condición el que abdicara mi voluntad
poniéndome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un
infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para
quejarme. No sé cómo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no
tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el más grande peligro, en
presencia de Pepita enojada tiemblo como un niño y sólo sé hablar para
formular excusas y pedir perdón.
El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante,
pensaba interiormente en que Pepita era una buena discípula que honraba
a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesuítica por la
habilidad con que sabía dominar ajenas voluntades.
Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discípulo
de Loyola.
Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridículamente cual
otro Hércules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonreía
soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, férrea e
inquebrantable, que le hacía vivir independientemente de las seducciones
mujeriles.
El padre Claudio era incapaz de caer nunca víctima de un amor
apasionado. Tenía una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro,
ocupado casi por completo por una ambición sin límites, no quedaba el
más pequeño rincón para ningún tierno afecto.
Podría el hermoso padre, agitado por el aguijón de la carne, ceder ante
las seducciones de elegantes devotas, pero enamorarse hasta abdicar la
propia voluntad, era imposible.
Un hombre como él necesitaba para sus fines una completa independencia.
Para sostenerse en las alturas a que le empujaba su soberbia, era
preciso estar libre de pasiones que con su peso le arrastrasen al abismo
del descrédito. Una mujer era un bagaje pesado, que podía causar su
perdición.
No amaba el jesuíta, porque con esto tendría que pasar a ser esclavo el
que ansiaba llegar a dueño del mundo. De aquí que el padre Claudio
considerase con el desprecio que se guarda para los seres ínfimos a los
que acudían a él en demanda de consejos, dominados por despótica pasión.
Pero el jesuíta, después de recrearse en la superioridad que le daba su
falta de afectos, goce que se transparentó rápidamente en sus ojos con
una llamarada de satánica soberbia, creyó del caso acudir a sus
intereses, y con acento meloso dijo a aquel campeón del fanatismo, cuya
conciencia tenía bajo sus órdenes:
--¡Vamos, hijo mío! Veo que todas sus sospechas carecen de fundamento.
Algo hay de cierto en cuanto usted manifiesta, y es que la condesa, a
juzgar por las anteriores revelaciones, le trata con algún desvío; pero
la mujer es ser caprichoso y variable que muchas veces, sin motivo
alguno, cambia inesperadamente de conducta y aborrece las cosas por un
momento para quererlas después con más grande pasión. Pepita es algo
voluble; la conozco hace mucho tiempo, sé apreciar sus excesos de
imaginación, que la arrastran a locos caprichos; pero fundándome en esto
mismo, puedo asegurarle que su amor apasionado de otros tiempos renacerá
cuando menos lo espere, y entonces usted podrá considerarse nuevamente
como un ser feliz. No hay, pues, motivo para que usted sospeche de su
fidelidad, de lo que yo me congratulo mucho.
Calló el jesuíta y estudió atentamente el rostro de Baselga para
apreciar el efecto que le causaban sus palabras, pero quedóse
intranquilo al ver que el conde seguía con el semblante fosco y como
preocupado por una dolorosa idea que no se atrevía a exponer.
--¡Cómo, hijo mío!--dijo entonces el jesuíta con acento dulce y
atrayente--. ¿No está usted convencido de la inocencia de la condesa?
¿No la cree usted fiel a sus deberes de esposa?
El comandante permaneció silencioso algunos instantes como si dudase en
expresar su pensamiento, pero al fin se decidió:
--Padre mío--dijo con voz lenta y como haciendo grandes esfuerzos de
voluntad para hablar--. Mucho me cuesta decirle lo que realmente pienso
de mi esposa, pero al fin para ello he venido aquí, y debo hablar aunque
esto me produzca gran dolor, pues por primera vez me atrevo a tener
voluntad y a hablar contra la que lleva mi nombre.
--Hable usted, hijo mío, sin ningún reparo. Para quitarle todo escrúpulo
le oiré en confesión, como en otro tiempo hice.
--Sí; así será mejor. Dirigiéndome al sacerdote me será menos difícil el
hablar que si lo hiciera al amigo.
Y Baselga, con voz algo temblorosa y poseído del respeto que le
inspiraba el joven jesuíta, comenzó a relatar sus relaciones con la
duquesa de León desde la época en que comenzaron hasta el mes de julio
de 1822, en que los sucesos políticos le hicieron conocer a la que ahora
era su esposa.
El padre Claudio le escuchaba con atención, a pesar de que cuanto decía
lo tenía por muy sabido, y únicamente de vez en cuando mostraba alguna
impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del
relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus
deslices amorosos a los ojos del sacerdote.
--No veo, señor conde--dijo el jesuíta cuando el comandante hubo
terminado de referir sus amores con la duquesa--, qué relación haya
entre esa pasión pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora sólo
encuentro que ésta es la más indicada para sospechar de la fidelidad de
usted.
Bajó Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta
recriminación, y dijo humildemente:
--Es verdad, padre mío; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene
motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero
también yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme
bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.
--¿Quiénes son esas personas? ¿Acaso la citada duquesa?
--La misma, padre mío. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio,
y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.
--¿Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?
--¡Ah! ¡Ojalá! Así, al menos, saldría pronto de dudas y no sufriría esta
cruel zozobra que me consume.
--¿Qué es, pues, lo que la duquesa ha dicho?
--Hace muchos días que se goza en atormentarme cada vez que me encuentra
en las antecámaras de Palacio. La primera vez que nos vimos después de
mi casamiento creí que iba a ser víctima de una escandalosa explosión de
celos, pues la duquesa es una mujer rara y despreocupada, cuyo carácter
varonil creo que usted conocerá; pero muy al contrario de lo que yo
esperaba, me acogió con vulgar amabilidad y hasta con un aire de fría
indiferencia que... ¿por qué no he de confesarlo?, produjo cierta
impresión en mi dignidad de antiguo amante.
Sonrió el padre Claudio al escuchar estas palabras dichas con
ingenuidad; le imitó Baselga con risa algo estúpida, y siguió adelante
en su revelación.
--Me habló de mi mujer con indiferencia y me aseguró que su deseo era
verme feliz, pues ya se había curado de los antiguos amores, dándome
expertos consejos para que fuera feliz en mi nuevo estado. Esta bondad
me impulsó en adelante a no rehuir su trato, y la duquesa y yo, siempre
que nos encontrábamos, hablábamos con el amigable cariño de dos viejos
que, fríos y desapasionados, recuerdan las calaveradas de sus buenos
tiempos. Poco a poco y casi sin que yo lo notara la duquesa fué
cambiando de táctica en sus conversaciones. Yo no recuerdo cómo fué,
pero lo cierto es que comenzó a introducir en mi ánimo la sospecha y a
hacerme pensar que mi esposa podía muy bien engañarme, siendo como era,
joven, hermosa y de carácter alegre. Me habló de la vida un tanto
misteriosa que llevaba antes de casarse conmigo, de sus entrevistas
políticas con el rey, de cierto fraile que hace algunos meses venía con
frecuencia a nuestra casa, y hasta de mi hija, ¡de la pobre niña!, y tal
entonación diabólica supo dar a sus palabras, al par inocentes, que la
sospecha penetró en mi alma, y tan fuertemente se arraigó en ella, que
por más que lucho y me esfuerzo no la puedo arrancar.
--Señor conde. Me parece que es usted víctima de una excitación nerviosa
o, más claramente dicho, de una loca preocupación, pues en todo cuanto
me manifiesta no hay nada de particular ni que autorice a poner en duda
la virtud de Pepita.
--No he terminado aún. Hace dos días, la duquesa se atrevió a decirme
claramente que mi esposa me engañaba y que ella tenía razones para
creerlo. Calcule usted el efecto que esto causaría en mí, que cada vez
estoy más enamorado de mi esposa. Hubiera dado cualquier cosa por que la
duquesa se hubiera convertido en hombre para poder arrojarla por una
ventana; tal fué la rabia que experimenté; pero debo de estar en las
garras del diablo, ya que, después del odio, la curiosidad se apoderó de
mi alma y en vez de enfurecerme con mi antigua amante, descendí hasta
suplicarla encarecidamente que me diera pruebas para creer en sus
palabras.
--¿Y las ha dado?--preguntó con alarma el padre Claudio.
--No, padre mío. Pero hace poco acaba de prometerme que encontrará el
medio de que vea yo por mis propios ojos cómo soy un marido infeliz.
Dice que tiene en su poder las pruebas y que sólo espera una ocasión
propicia para mostrármelas. Esa mujer conoce sin duda esta impaciencia
que me devora, y se propone atormentarme haciendo que se prolongue por
mucho tiempo. Crea usted, padre mío, que daría parte de mi vida por
saber ciertamente esta misma noche si son ciertas las palabras de la
duquesa, pues la zozobra me agita hasta el punto de privarme del sueño
y tenerme en un estado semejante a la locura. ¿Será cierto lo que dice
la duquesa? ¿Qué le parece a usted, padre Claudio? Yo estoy sumido en
una confusión que me abruma. En ciertos momentos me siento inclinado a
creer en la inocencia de Pepita; pero en otros el recuerdo de su
frialdad y del despego con que nos trata a mí y a mi hija, me acomete
rápidamente y entonces adquiero el convencimiento de que tiene un amante
y lo busco por todas partes. Mire usted si los celos y las dudas me
tienen loco, que he llegado a sospechar del mismo rey.
Y el furibundo realista, como si se sintiera súbitamente avergonzado por
esta confesión, calló, al mismo tiempo que el jesuíta le decía adoptando
un aire paternal:
--No hace usted bien en dudar tan a tontas y a locas de su esposa, pues
ésta merece más consideración por parte de su marido, que no tiene
ningún motivo para creerla infiel. Y si no, vamos a cuentas, señor
conde: ¿qué dato medianamente serio tiene usted para dudar de Pepita?
Todas sus sospechas se basan en las pérfidas insinuaciones de una mujer
que desea vengarse de pasados desdenes y que para ello agota su ingenio
dándose maña en influir sospechas; empresa fácil tratándose de un hombre
tan crédulo y susceptible como lo es usted.
Y a este tenor siguió hablando el jesuíta, aguzando su ingenio para
probar a Baselga cuán desacertadamente obraba al creer en las palabras
de su antigua amante.
Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el ánimo del
conde no parecía causar a éste gran efecto; así es que el padre Claudio
prefirió halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba
aquél, y le pareció salir mejor del asunto terminando su discurso de
este modo:
--En fin, señor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus
penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda
mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se
encuentra. ¿Qué es lo que usted desea? ¿Saber con certeza si su mujer le
es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no dé más oídos a las
pérfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo
que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a mí me
sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los
hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la
bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con
entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confío que
de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente
calumniada, saldrá pura y sin mancha.
--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--dijo Baselga estrechando una mano al
jesuíta--. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento más
tranquilo, pues confío en que pronto podré saber la verdad.
Permanecieron los dos hombres por algún tiempo hablando de cosas
indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecución de los
liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se
levantó, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio
en sus importantes trabajos.
--¡Que Dios sea con usted, señor conde!--dijo el jesuíta levantándose y
dando su mano a besar--. Confíe en que muy pronto cumpliré sus deseos y
le pagaré esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.
El padre Claudio tiró del viejo cordón de una campanilla y a su cascado
timbre, que sonó en lejana habitación, acudió el hermano Antonio, el
cual apareció en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes
pasos, como para borrar toda sospecha en el ánimo de su superior de que
hubiera podido estar oyendo la conversación.
--Hermano, acompañad al señor conde.
Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvió a sentarse el
padre Claudio, quedando profundamente pensativo.
Algunos minutos después, los pasos del secretario, que volvía, le
sacaron de su meditación.
--¿Quiere algo su reverencia?--preguntó con humildad el jesuíta desde la
puerta.
--Antonio--dijo el padre Claudio con voz algo fosca--. No sé por qué me
temo que en el asunto que lleva entre manos la duquesa de León nos va a
traicionar tu madre.
--¿Por qué dice eso vuestra reverencia?
--La duquesa asegura que ya tiene pruebas para advertir a Baselga de su
deshonra, y como ya sabes, tu madre es en este asunto el testigo de
mayor fuerza.
--Eso no prueba que mi madre vaya a hacernos traición.
--¡Bah! Tú conoces perfectamente el afecto y la adhesión sin límites que
ella profesa a la duquesa. Fué doncella de ésta y la tercera en todas
las escandalosas aventuras que la dicha dama corrió en su juventud, y
además debe estarle agradecida por la protección que tanto a ti como a
ella os dispensó. Recuerda que aun no hace diez años tu madre era casi
una ramera vagabunda que arrastraba por las calles de Madrid a un
pillete repugnante y sarnoso, hijo de padre desconocido, que eras tú, y
que la señora duquesa, en un arranque de su carácter caprichoso, que tan
pronto la arrastra al bien como al mal, dió a tu madre los medios para
que pudiera ejercer de partera, y a ti te hizo ingresar en nuestra santa
casa, no parando hasta lograr que yo fijara en tu persona la atención.
Tu madre está profundamente agradecida, y de seguro que la menor
indicación de la duquesa la recibirá como una orden. Cree que estoy
grandemente arrepentido de que el secreto del parto de Pepita lo
confiásemos a una mujer como tu madre.
--Reverendo padre, mi madre no hablará. Me quiere demasiado para
comprometer con tal imprudencia mi porvenir dentro de la Orden.
--Que así sea es lo que yo deseo. De todos modos, nada perderás en verla
mañana mismo y aconsejarla que haga por creerse ella misma que la hija
de los condes de Baselga nació en el mes de abril de 1823, y no en el de
junio. Si revelara la verdad, el conde de Baselga sabría que esa niña
que considera como a hija no tiene nada de su sangre.
--Mañana mismo veré a mi madre y lograré que ésta sea muda hasta para la
duquesa. Entre ésta y el hijo, a mí es a quien prefiere.
--Yo veré también a primera hora a Pepita. Tiempo es ya de que vuelva a
sentar la cabeza y se convenza de que yo no consiento por mucho tiempo
que se emancipe de la Orden. El que entra en nuestra familia y goza los
beneficios del jesuitismo, nunca podrá ya recobrar su libertad.
Acuérdate siempre de esto, hermano Antonio. Los lazos con que el hijo de
San Ignacio se une a la Orden, sólo pueden desligarse con la pérdida de
la vida.
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