La víbora y el lobo

Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la mañana siguiente,

leyendo en aquel gabinete donde se habían desarrollado las primeras

escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la

servían de criados entró a anunciar la visita del padre Claudio.

Como en aquella época la chimenea francesa era un mueble desconocido, y

hasta en el Real Palacio se empleaban los más vulgares medios de

calefacción, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero,

leyendo al mismo tiempo la vida del santo del día en un tomo del "Flos

Sanctorum", mientras que de vez en cuando, con aire distraído, mojaba un

bizcocho en una jícara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y

lentamente lo llevaba a la boca.

Cuando el criado iba a retirarse después de anunciar la visita, la

condesa cesó de leer, y con el rostro contraído por furibunda expresión,

preguntó al negro:

--¿Todavía no ha vuelto?

--No, ama mía. Desde ayer por la mañana, en que desapareció, nada hemos

podido averiguar sobre su paradero.

--¿Habéis avisado a la Policía?

--Hace un momento he llevado la carta de la señora condesa a la

Comisaría, y me han dicho que harán cuanto puedan por atrapar al negro

Juan.

--Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y allí

estará durmiendo la mona. ¡Flojos serán los latigazos que va a llevarse

apenas lo encuentren! Los de ayer le parecerán delicias comparados con

los que le dé apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la

horca.

Y la baronesa, después de desahogar de tal modo su malhumor con el negro

Pablo y el fugitivo, dió orden para que pasara adelante el jesuíta, e

instintivamente fué a mirarse en un espejo, arreglando rápidamente su

peinado, bastante descuidado a aquellas horas.

Puesta aún frente al espejo, vió entrar al padre Claudio, que dejó su

sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fué a sentarse

junto al brasero.

--¡Gracias a Dios!--dijo Pepita riendo graciosamente--que vuestra

reverencia se digna visitar esta casa.

--Mis negocios son muchos, hija mía, para que yo pueda dedicar ni una

sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que

me conduelo mucho de no poder ser más asiduo en venir a esta casa, pues

de lo contrario evitaría algunos males.

--¿Qué quiere decir vuestra reverencia?

El jesuíta, en vez de contestar, miró a la puerta con cierta zozobra, y

después dijo en voz baja:

--¿Está el conde en casa?

--Salió hace más de una hora. Según me han dicho los criados, vinieron a

buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la

Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.

Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuíta,

experimentaba grandes deseos de que hablara, y había ido a sentarse

frente a él.

--Puesto que estamos solos--dijo el padre Claudio--, hablemos con entera

franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, inútil

es todo fingimiento.

La condesa asintió a estas palabras con movimientos afirmativos de

cabeza, y el padre Claudio continuó hablando:

--Vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?

La hermosa quedóse algo pensativa y después dijo con un gracioso acento

de indiferencia:

--Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace más de un

mes que el señor don Fernando no se acuerda de mí, y yo, por mi parte,

si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal

ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que

cada vez me resulta más antipático.

Y Pepita, al decir las últimas palabras, reía como una loca, sin parar

mientes en la seriedad del jesuíta.

Este lanzó una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta,

como para que ésta le entendiera mejor:

--No son ésas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted,

atendiendo a los intereses de la Orden. Usted debía tener al rey sujeto

a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras

mujeres.

--Pero ¿qué he de hacer yo, reverendo padre? ¿He de ir acaso como una

ramera a mendigar sus caricias y a decirle: "Amame, porque así le

conviene al padre Claudio"? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos

tiempos en que podía hacer sin deshonra cuanto la Orden me exigía; pues

hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas épocas, cuando no tenía

una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de

Baselga.

Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuíta, como retándole

a que arguyera algo contra sus palabras; pero éste se limitó a mirarla

con desprecio y decir en voz baja:

--¡Siempre farsanta! ¡Siempre amiga de mentir!

Quedó un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero

rápidamente recobró su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una

niña a quien regañan injustamente:

--¿Por qué dice usted eso, padre mío? ¿Cree usted acaso que no debo

velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted

quien me aconseje lo contrario.

--Lo que parece imposible--dijo el jesuíta con voz algo temblona por la

ira--es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de

virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. ¿A qué hablarme de

su hija? ¿Acaso no sé yo tan bien como usted que su padre no es Baselga,

sino el señor don Fernando? ¿Y a qué decirme que no puede seguir

faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo sé perfectamente que

después del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted

adúlteras relaciones? Tales excusas son inútiles para librarse de los

santos compromisos que con nosotros tiene usted contraídos.

La condesa pareció quedar anonadada por estas palabras, y sólo supo

disculparse con voz temblorosa:

--No es verdad, padre mío. A usted le han informado mal. Mi único amante

ha sido el rey.

--¡Embustera, como de costumbre! ¿No recuerda usted al lindo frailecillo

que yo alejé de esta casa y que compartía con usted locos placeres

mezclados con actos de devoción? ¿Cree usted acaso que yo no conozco a

un "baronet" agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?

El jesuíta vió que estas últimas palabras producían en la condesa un

tremendo efecto y continuó diciendo con acento cada vez más severo:

--Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia

exacta de cuanto hace la señora de Baselga, mujer ingrata que paga los

beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la

encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted

amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, ¿y aún se atreve

usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces

obligaciones que le ha impuesto la Orden? ¿Dónde están aquellas promesas

de eterna adhesión que usted nos hacía en otro tiempo? ¿Qué se ha hecho

del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la

baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirtió primero en poderosa

manceba del rey y después en esposa del conde de Baselga?

Cada una de las palabras del jesuíta, dichas lenta e intencionadamente,

causaban tal impresión en el ánimo de la hermosa, que ésta quedó mucho

tiempo cabizbaja y pensativa, no atreviéndose a mirar de frente al

airado acusador. Por fin pareció adoptar una resolución, y levantando el

rostro, fijó sus ojos en los del padre Claudio, diciéndole con aspereza:

--¿Qué es lo que desea usted de mí?

--Así la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a

escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al

rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran

medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la

abandona momentáneamente, es sólo porque nota desvío y frialdad. Hoy don

Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta

los barrios más bajos, y de seguro que volverá al lado de usted en

cuanto sepa que no encontrará una mujer fría e indiferente que se

entrega por deber y no sabe fingir pasión. ¿Está usted dispuesta a

obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?

--No--contestó resueltamente la condesa.

En el rostro del jesuíta pintóse una mezcla de asombro y de rabia, pero

esto sólo fué momentáneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la

acostumbrada sonrisa.

--¿Dice usted que no?... ¿Y por qué?

--Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no

mentir con otro la pasión que por él siento.

--De seguro que ese hombre no será su esposo.

--Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo esté loca por

él.

--¿Ese afortunado mortal será sin duda sir Walace?

--El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la

inmensidad de mi pasión.

--¡Hermosa frase!--dijo irónicamente el jesuíta--. Sin duda usted decía

lo mismo hace pocos meses y también se asustaba ante la inmensidad del

amor que profesaba al frailecito.

Pepita acogió estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de

broma contestó:

--Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia

también lo amé mucho.

--Lo mismo dirá usted dentro de poco de ese inglés a quien tanto cariño

profesa, y que no tardará en ser sustituído.

--Todo puede ser. Conozco bien mi carácter, y sé que mis pensamientos

son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.

El padre Claudio, a pesar de su sangre fría, mostróse un tanto asombrado

ante la cínica franqueza de Pepita.

--Acabemos pronto, hija mía--dijo adoptando aquel tonillo dulce,

insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones--. ¿Cuándo

le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en él a todas

horas? ¿Cuándo quieres recibirle?

--Nunca--contestó Pepita, haciendo un mohín de desprecio--. El tal don

Fernando es un ente repugnante y, por añadidura, algo viejo. Yo estoy ya

en los treinta, y a mi edad sólo se siente simpatía por la juventud

hermosa y robusta.

--¡Franca confesión de prostituta!--murmuró el padre Claudio.

El jesuíta quedóse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la

terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y

sonriendo cada vez más placenteramente, la preguntó:

--¿Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?

--Ya lo creo; mi marido...

--Dígalo usted con franqueza. El señor conde es un bruto.

--Eso es. Le conoce usted muy bien.

--El la ama a usted cada vez con pasión más fogosa.

--Así es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus

caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en

reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca

como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legítimo.

Sus caricias me causan náuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta

el punto en que me dan tentaciones de revelárselo todo y gritarle:

"¡Márchate, animal! En otro tiempo creí que te amaba, pero hoy estoy

convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey". Cada

vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo

de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, sólo por el placer

de ver la cara de idiota que pondría.

--Muy bien, hija mía. ¿Y qué le parece a usted que haría el conde si se

convenciera de que su mujer le engaña? ¿Hasta dónde llegaría su cólera

cuando supiera que sus compañeros se burlan a sus espaldas y le tienen

por un marido digno de lástima?

La condesa se estremeció, y por su rostro extendióse momentáneamente una

gran palidez, mientras que el jesuíta, cada vez más sonriente, decía con

acento melifluo:

--¿Cómo le parece a la señora condesa que su marido procederá cuando lo

sepa todo? ¿Dando de puñaladas, como los protagonistas de las comedias,

o estrangulando, como un gañán?

Pepita era cobarde y además impresionable a causa de su temperamento

nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que

aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginación

reproducía con exactitud las amenazas que el jesuíta apenas si indicaba.

La condesa se vió ya lívida y estrangulada, con el rostro golpeado y la

amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco

de sangre y destrozado el pecho a puñaladas, teniendo al lado, como

imagen de la venganza, al iracundo Baselga, poseído de un furor

gigantesco.

Estos fantasmas, que pasaron rápidamente por su imaginación, le

produjeron un terror que el jesuíta adivinaba mientras permanecía

silencioso y atento, deseando prolongar la agitación de la rebelde

adepta.

Esta no tardó en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse

a sí misma, dijo al jesuíta con tono triunfante:

--Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cuál es mi

conducta.

--Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene interés en

mostrárselas al conde.

--¿No será usted esa persona?

--No; pero algún ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que

el conde sepa toda la verdad.

Sonrió la condesa al oír estas palabras, y el jesuíta adivinó que

aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.

--¿Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por mí para

lograr mi objeto?

--Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace

tiempo.

--Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niéguese

usted a obedecer mis indicaciones, que yo permaneceré inactivo, dejando

que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de

veinticuatro horas tal vez éste se convencerá de hasta dónde llega su

deshonra.

Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadió de

que sus amenazas eran ciertas, y reflexionó largo rato sobre la

resolución que le convenía adoptar.

Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y había tomado gran

parte en sus tramas para dudar del poder de los jesuítas. El padre

Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo

que ponerse en pugna con la Institución más poderosa de su época, que

sabría vengarse de un modo tan oculto como seguro.

La hermosa condesa tembló ante la perspectiva de crearse tan tremendos

enemigos, y de tal modo perdió la serenidad, que mirando al impasible

padre Claudio con aire propio de quien pide compasión, le dijo

humildemente:

--Estoy dispuesta a cumplir las órdenes de vuestra reverencia.

--Así la quiero ver, hija mía. Permanezca usted siempre fiel a nuestro

glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de

darla toda clase de felicidades. ¿Está usted dispuesta a recibir al rey?

--Le recibiré cuando quiera vuestra reverencia.

--Bueno. Ya avisaré oportunamente a la señora condesa. Por de pronto,

anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabrá nada de los

deslices de su esposa.

Pepita inclinó la cabeza, y ocultándola entre sus manos, comenzó a

llorar. El padre Claudio la contempló con la indiferencia del que está

acostumbrado a tal clase de arranques, y únicamente preguntó al poco

rato por pura cortesía:

--¿Qué le ocurre a usted, Pepita?

--Soy muy desgraciada, padre mío.

--¡Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las

que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra

le sonríen y alcanza honores que le envidian otras mujeres.

--¡Vaya un honor! ¡Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carácter

antipático! ¡Ay, Jesús mío!... ¡Soy muy desgraciada!... ¡Y pensar que yo

he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en mí!...

Y al decir esto, Pepita levantó la hermosa cabeza, que bañada por las

lágrimas resultaba más interesante, y con sus ojazos empañados por el

llanto, lanzó una diabólica mirada al bello jesuíta.

No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la

significación de aquello. Además, no era la primera vez que la hermosa

condesa pretendía inflamar con tan claras indirectas al almibarado

padre.

La esclava del jesuíta quería convertirse en dominante señora, y para

ello pretendía encender en él una pasión. Apoderándose de la parte de

hombre que encerraba aquel negro hábito, podría dominar la parte de

autómata teocrático que ocultaba.

Pero el jesuíta comprendía la importancia de las amorosas

demostraciones; sabía que aquello no significaba más que el deseo de

arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueño de su voluntad,

para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su

condición regia; y como esto no convenía a los planes del padre Claudio,

de aquí que éste, para librarse de la tentación que le ofrecía aquel

cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba

a desaparecer.

Púsose en pie, tomó el sombrero y se despidió de Pepita, diciéndola con

un tonillo jovial, aunque algo autoritario:

--Conque quedamos en que usted será obediente y buena hija de nuestra

Orden. ¡Buenos días y que el Sagrado Corazón le guarde!

Salió el jesuíta rápidamente de la habitación, y Pepita, secándose las

lágrimas con dos rudos restregones, fijó su centelleante mirada en la

puerta, y dijo con voz colérica:

--¡Imbécil! Huye, como el casto José, de una mujer hermosa. No quiere

comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. ¡Monstruo! Sin duda

en los novicios de la Orden encontrará consuelo para sus pasiones.

La araña negra, t. 1/9 · 第 29 / 35 题