Una sorpresa.
Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que
fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.
Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos
días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos
del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando
menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.
Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melancólicas
romanzas italianas, fué como Pepita declaró a Baselga, con una mirada
llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser
suya.
Aquella fué la primera vez que el audaz joven logró acercarse a Pepita
sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueño
absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le había robado el sueño.
Los dos amantes se entregaban a su pasión, sin recelos ni
preocupaciones, y casi puede decirse que hacían una vida marital.
Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecían comprender, y
en cuanto al señor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fácil
dejar de ver las muestras de cariño que se daban los arrulladores
pichones.
Baselga estaba en sus glorias. Jamás en sus ensueños de libertino había
soñado una mujer como aquélla, y a veces, en los instantes de mayor
placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era víctima de fantástica
ilusión.
Aquel hércules del absolutismo, en materia de amores había estado
reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su
buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma
impresión que el ebrio de baja estofa que, al verse dueño de abundante
depósito de puro néctar, quisiera tener cien bocas para beber más
aprisa.
El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora
del mundo, no tenía nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes,
pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador
que casi llegaba a la locura.
Baselga mostrábase cada vez más confuso en lo tocante a su querida.
Antes de realizar la conquista (que de tal sólo tenía el nombre), creía
que lograría conocer el verdadero carácter de Pepita; pero conforme iba
ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariñosas
confidencias, encontrábase más desorientado, no sabiendo, al fin, en qué
concepto tener a su amada.
A todas horas mostrábase dominante y celosa de que su voluntad imperara
sobre las de todos cuantos la rodeaban.
Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, había prometido ser su
esclavo, ahora veía realizado su ofrecimiento, pues Pepita procedía con
él, así que se veía desobedecida, casi del mismo modo que con los dos
negros.
Pero fuera de este rasgo dominante, todos los demás de su carácter eran
tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.
Entregábase al placer con el instinto carnívoro propio de una fiera
insaciable, y cuando más dominada parecía por la locura apasionada,
cambiábase rápidamente la expresión de su rostro, sus ojos arrojaban
lágrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes
pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.
Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ángel bueno,
su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la
nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba
iracunda y le decía que en su cuerpo se encerraba el diablo que quería
tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.
Dos o tres veces que Baselga, valiéndose de su intimidad con Pepita,
intercaló en su conversación soeces juramentos de cuartel en que las
cosas de la religión no salían muy bien libradas, la joven tornóse
pálida mostrando una indignación sin límites, y en cambio, cuando por la
falta más pequeña daba de puñetazos a los infelices negros, blasfemaba
como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que
pudieran pensar de ella en el cielo.
El condesito estaba asombrado por aquel carácter original, que cada vez
se hacía más raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podían
sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a
largas observaciones, optó pronto por la pasividad y se entregó por
completo a aquella mujer que hacía de él cuanto quería.
¡Cuán feliz se consideraba el ínclito don Fernando! Los celos eran lo
único que de vez en cuando, como tétrica sombra, turbaban su dicha; pero
como no tenía ningún fundamento para dudar de la fidelidad de aquella
mujer, tales pensamientos se desvanecían rápidamente y apenas si
conseguían tener fruncido su entrecejo breves minutos.
Pepita salía poco de casa, y todo el día y gran parte de la noche lo
pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusión forzosa a que lo
obligaba la vigilancia de los liberales.
Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado
ridícula la posición del señor Antonio en la casa, Baselga se retiraba
todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas
que seguían a la cena y después de bien rezado el rosario, los dos
amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca
harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa
dentro de sus cuerpos.
Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran
disgusto del joven.
Pepita alegaba para ello indisposiciones momentáneas o actos de devoción
que había de hacer en determinados días, y el condesito tenía que darse
por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el
señor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de
cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el
conde de Aranda, y sobre los graves males que producía a su patria el
general descreimiento sostenido por la masonería.
Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus
habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona
charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por
la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al
señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la
salida del joven.
Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven,
habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de
vez en cuando con algún mueble.
Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un
amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él?
¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?
Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su
caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.
Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el
célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la
hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró
cerrada la puerta.
Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra
interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos
cortinajes del saloncillo.
El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá
dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le
pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues
tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era
desconocida.
Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja
y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación
muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una
lejana fuente.
¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su
contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna
le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas
noches para encerrarse con un hombre.
Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin
objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez
sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión
que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.
Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas
aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de
Pepita; pero aunque parezca extraño, hay que decir que aquel gigantazo
tenía cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo había
conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.
Esto le hizo revestirse de paciencia, y siguió escuchando, a pesar de
que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.
Fuese realidad o fantasía de su imaginación acalorada por los celos, lo
cierto es que de pronto llegaron a sus oídos alborozadas carcajadas, y
hasta le pareció que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no
quiso escuchar más. La puerta tembló, conmovida por tremenda patada que
hizo cesar el murmullo de aquellas voces.
Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llevó la mano al costado
buscando la espada, y al notar que no la tenía pensó en sus robustos
puños, capaces de echar abajo una pared.
--Abre, Pepita--mugió con su vozarrón, enronquecido por la ira--. ¡Abre,
o echo la puerta abajo!
Durante algunos instantes la más profunda calma contestó a tales
palabras; pero por fin oyéronse pasos varoniles en el largo corredor, y
la puerta se abrió, delineándose en la obscuridad la figura de un hombre
de aventajada estatura.
Apenas se presentó éste, Baselga se arrojó sobre él, y agarrándole por
los hombros con sus férreas manos, de dos soberbios empujones y chocando
a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastró al saloncillo.
Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitándose,
tropezando con los muebles y llevándose tras de sí los cortinajes,
llegó, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga
prorrumpió en un juramento y, manifestando una sorpresa sin límites,
soltó a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles señales de
sus manos.
A la luz del rojo fanal que pendía del florón del techo, acababa de
reconocer a su pariente y protector el duque de Alagón.
Pero la anterior sorpresa no valió nada en comparación con la que
experimentó al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le
miraba sonriendo irónicamente, un personaje de gran nariz, ojos
maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y
colgantes, que reía con cierto aire canallesco al ver la original
entrada de los dos hombres.
--¡Señor!--murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran
reverencia.
Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud
compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los
dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo
gangosa:
--Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te
paga los beneficios a coscorrones.
--Señor--dijo el joven con humildad--, perdóneme Su Majestad este
arrebato.
--Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia
de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como
correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?
Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba
pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado
duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida,
constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y
enamorado.
--Di, incorregible calavera--continuó el soberano--. ¿Te parece bien
venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?
--Señor--contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo
a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y
señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.
--Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa.
Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado
tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora
por tu heroísmo en el 7 de julio.
--Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.
--Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con
vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso;
los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos
servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos
que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.
--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus órdenes
como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.
--Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante
tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus
el honor de una respetable dama.
El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara
compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó
contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato
después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil
del cuerpo de Pepita?
El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces,
Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa
baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír,
exclamó:
--¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de
tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de
género distinto.
--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a
todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que
no impide que se tenga por un calavera consumado.
--Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en
ti y que te será difícil hacerle tu marido.
--Ya se encargarán de esto los buenos Padres.
--Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo
la dicha de conocerte.
--Vuestra majestad está esta noche muy galante.
--Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un
beso es necesario pedírtelo.
Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo
hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque
de Alagón.
Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes
habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el
capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:
--Pero tío, ¿qué es esto?
--Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que
quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos,
te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha
tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente
y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.
--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer
me pertenece.
--Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.
--¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?
--Sobrino--dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te
puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un
talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a
que le dé consejos sobre los actuales conflictos.
Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfacción le
causaba ser amado por una mujer a quien el rey pedía consejo y que era
casi un ministro universal con faldas.