VIII

Una sorpresa.

Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que

fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.

Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos

días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos

del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando

menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.

Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melancólicas

romanzas italianas, fué como Pepita declaró a Baselga, con una mirada

llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser

suya.

Aquella fué la primera vez que el audaz joven logró acercarse a Pepita

sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueño

absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le había robado el sueño.

Los dos amantes se entregaban a su pasión, sin recelos ni

preocupaciones, y casi puede decirse que hacían una vida marital.

Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecían comprender, y

en cuanto al señor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fácil

dejar de ver las muestras de cariño que se daban los arrulladores

pichones.

Baselga estaba en sus glorias. Jamás en sus ensueños de libertino había

soñado una mujer como aquélla, y a veces, en los instantes de mayor

placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era víctima de fantástica

ilusión.

Aquel hércules del absolutismo, en materia de amores había estado

reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su

buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma

impresión que el ebrio de baja estofa que, al verse dueño de abundante

depósito de puro néctar, quisiera tener cien bocas para beber más

aprisa.

El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora

del mundo, no tenía nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes,

pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador

que casi llegaba a la locura.

Baselga mostrábase cada vez más confuso en lo tocante a su querida.

Antes de realizar la conquista (que de tal sólo tenía el nombre), creía

que lograría conocer el verdadero carácter de Pepita; pero conforme iba

ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariñosas

confidencias, encontrábase más desorientado, no sabiendo, al fin, en qué

concepto tener a su amada.

A todas horas mostrábase dominante y celosa de que su voluntad imperara

sobre las de todos cuantos la rodeaban.

Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, había prometido ser su

esclavo, ahora veía realizado su ofrecimiento, pues Pepita procedía con

él, así que se veía desobedecida, casi del mismo modo que con los dos

negros.

Pero fuera de este rasgo dominante, todos los demás de su carácter eran

tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.

Entregábase al placer con el instinto carnívoro propio de una fiera

insaciable, y cuando más dominada parecía por la locura apasionada,

cambiábase rápidamente la expresión de su rostro, sus ojos arrojaban

lágrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes

pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.

Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ángel bueno,

su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la

nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba

iracunda y le decía que en su cuerpo se encerraba el diablo que quería

tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.

Dos o tres veces que Baselga, valiéndose de su intimidad con Pepita,

intercaló en su conversación soeces juramentos de cuartel en que las

cosas de la religión no salían muy bien libradas, la joven tornóse

pálida mostrando una indignación sin límites, y en cambio, cuando por la

falta más pequeña daba de puñetazos a los infelices negros, blasfemaba

como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que

pudieran pensar de ella en el cielo.

El condesito estaba asombrado por aquel carácter original, que cada vez

se hacía más raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podían

sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a

largas observaciones, optó pronto por la pasividad y se entregó por

completo a aquella mujer que hacía de él cuanto quería.

¡Cuán feliz se consideraba el ínclito don Fernando! Los celos eran lo

único que de vez en cuando, como tétrica sombra, turbaban su dicha; pero

como no tenía ningún fundamento para dudar de la fidelidad de aquella

mujer, tales pensamientos se desvanecían rápidamente y apenas si

conseguían tener fruncido su entrecejo breves minutos.

Pepita salía poco de casa, y todo el día y gran parte de la noche lo

pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusión forzosa a que lo

obligaba la vigilancia de los liberales.

Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado

ridícula la posición del señor Antonio en la casa, Baselga se retiraba

todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas

que seguían a la cena y después de bien rezado el rosario, los dos

amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca

harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa

dentro de sus cuerpos.

Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran

disgusto del joven.

Pepita alegaba para ello indisposiciones momentáneas o actos de devoción

que había de hacer en determinados días, y el condesito tenía que darse

por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el

señor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de

cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el

conde de Aranda, y sobre los graves males que producía a su patria el

general descreimiento sostenido por la masonería.

Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus

habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona

charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por

la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al

señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la

salida del joven.

Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven,

habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de

vez en cuando con algún mueble.

Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un

amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él?

¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?

Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su

caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.

Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el

célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la

hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró

cerrada la puerta.

Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra

interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos

cortinajes del saloncillo.

El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá

dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le

pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues

tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era

desconocida.

Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja

y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación

muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una

lejana fuente.

¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su

contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna

le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas

noches para encerrarse con un hombre.

Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin

objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez

sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión

que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.

Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas

aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de

Pepita; pero aunque parezca extraño, hay que decir que aquel gigantazo

tenía cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo había

conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.

Esto le hizo revestirse de paciencia, y siguió escuchando, a pesar de

que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.

Fuese realidad o fantasía de su imaginación acalorada por los celos, lo

cierto es que de pronto llegaron a sus oídos alborozadas carcajadas, y

hasta le pareció que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no

quiso escuchar más. La puerta tembló, conmovida por tremenda patada que

hizo cesar el murmullo de aquellas voces.

Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llevó la mano al costado

buscando la espada, y al notar que no la tenía pensó en sus robustos

puños, capaces de echar abajo una pared.

--Abre, Pepita--mugió con su vozarrón, enronquecido por la ira--. ¡Abre,

o echo la puerta abajo!

Durante algunos instantes la más profunda calma contestó a tales

palabras; pero por fin oyéronse pasos varoniles en el largo corredor, y

la puerta se abrió, delineándose en la obscuridad la figura de un hombre

de aventajada estatura.

Apenas se presentó éste, Baselga se arrojó sobre él, y agarrándole por

los hombros con sus férreas manos, de dos soberbios empujones y chocando

a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastró al saloncillo.

Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitándose,

tropezando con los muebles y llevándose tras de sí los cortinajes,

llegó, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga

prorrumpió en un juramento y, manifestando una sorpresa sin límites,

soltó a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles señales de

sus manos.

A la luz del rojo fanal que pendía del florón del techo, acababa de

reconocer a su pariente y protector el duque de Alagón.

Pero la anterior sorpresa no valió nada en comparación con la que

experimentó al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le

miraba sonriendo irónicamente, un personaje de gran nariz, ojos

maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y

colgantes, que reía con cierto aire canallesco al ver la original

entrada de los dos hombres.

--¡Señor!--murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran

reverencia.

Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud

compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los

dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo

gangosa:

--Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te

paga los beneficios a coscorrones.

--Señor--dijo el joven con humildad--, perdóneme Su Majestad este

arrebato.

--Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia

de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como

correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?

Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba

pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado

duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida,

constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y

enamorado.

--Di, incorregible calavera--continuó el soberano--. ¿Te parece bien

venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?

--Señor--contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo

a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y

señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.

--Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa.

Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado

tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora

por tu heroísmo en el 7 de julio.

--Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.

--Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con

vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso;

los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos

servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos

que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.

--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus órdenes

como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.

--Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante

tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus

el honor de una respetable dama.

El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara

compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó

contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato

después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil

del cuerpo de Pepita?

El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces,

Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa

baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír,

exclamó:

--¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de

tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de

género distinto.

--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a

todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que

no impide que se tenga por un calavera consumado.

--Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en

ti y que te será difícil hacerle tu marido.

--Ya se encargarán de esto los buenos Padres.

--Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo

la dicha de conocerte.

--Vuestra majestad está esta noche muy galante.

--Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un

beso es necesario pedírtelo.

Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo

hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque

de Alagón.

Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes

habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el

capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:

--Pero tío, ¿qué es esto?

--Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que

quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos,

te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha

tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente

y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.

--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer

me pertenece.

--Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.

--¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?

--Sobrino--dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te

puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un

talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a

que le dé consejos sobre los actuales conflictos.

Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfacción le

causaba ser amado por una mujer a quien el rey pedía consejo y que era

casi un ministro universal con faldas.

La araña negra, t. 1/9 · 第 16 / 35 题