VII

Sigue la conquista.

Nunca había estado Baselga en un estado moral tan raro.

Si aquello no era amor, sería que tal pasión no existe en el mundo.

El gentil militar no pensaba ya ni en el rey, ni en la Guardia, ni en

los liberales; su única y constante idea era Pepita, aquel encantador

diablazo con faldas; y tan enamorado estaba, que--¡caso

asombroso!--hasta perdía las ganas de comer, pues su estómago no podía

ya, como en pasados tiempos, engullirse un pollo grandecito, de una

sentada, y absorber tres cuartillos de vino de otros tantos tragos.

El condesito languidecía, se encontraba más abatido que cuando huía

perseguido por los defensores de la plaza Mayor, y hasta llegó, en el

colmo de su desesperación amorosa, a intentar el escribir unos versos

describiendo la inmensidad de su pasión.

Al bravo defensor del absolutismo le causaba algún rubor el pensar que

en un rapto de locura había estado a punto de escribir versos, lo mismo

que uno de aquellos pobres diablos periodistas u oradores del partido

liberal, a los que él, como buen realista, que apenas si sabía leer y

escribir, profesaba un odio sin límites; ni arrancándole la carne con

tenazas le hubieran hecho confesar delante de personas tamaña debilidad,

y lo único que le consolaba es que, después de emborronar muchos pliegos

de papel, no encontrando un consonante a baronesa, ni sabiendo a

ciencia cierta si los versos habían de medirse a palmos o a dedos,

acabó por hacer trizas su engendro poético, arrojando los menudos

pedazos de papel al vaso de noche.

Y la verdad era que Baselga no tenía motivos para mostrarse desesperado,

pues sus asuntos amorosos, si no marchaban tan bien como deseaba su

voluntad, tampoco iban del todo mal.

Por de pronto, el cirujano le había permitido que saliera de aquella

alcoba, en la que tan malos ratos había pasado, y se paseaba por la

casa, pudiendo distraer su imaginación tirando del rabo o haciendo otras

diabluras a dos hermosos loros parlanchines, que sobre artísticas

perchas estaban en el saloncito donde Pepita pasaba la mayor parte del

día.

Además, comía en compañía de su adorada y del señor Antonio, y tenía la

inmensa satisfacción de comprender cada vez menos el genio raro de

aquella baronesa original que se burlaba de él, se complacía en

martirizarlo, y apenas le veía un poco amoscado, sabía desvanecer el

enfado con alguna palabrita dulce o algún bofetón cariñoso.

Cada una de aquellas comidas era para Baselga motivo de alegrías y de

pesares; pero estas diversas impresiones iban tan seguidas y mezcladas,

que cuando el joven quedaba solo, no sabía si sonreír de felicidad o

entristecerse.

En la mesa, que era grande y semejante a las de conventual refectorio,

tenía la dicha de sentarse a un extremo frente a Pepita y en amable

vecindad con sus lindos pies, mientras que el señor Antonio, siempre

grave y ensimismado, ocupaba el otro extremo como para demostrar que

pertenecía a una clase inferior y que no osaba faltar a la sagrada ley

de castas, digna de respeto entre buenas gentes realistas.

Por lo regular venía a mediodía algún convidado con sotana, que era el

que merecía todos los honores, y que con su presencia quitaba a la

reunión de los dos jóvenes el alegre carácter que solía tener.

En los primeros días de su restablecimiento, notó Baselga que el número

de clérigos convidados era grande, siendo aquéllos cada vez diferentes,

y tampoco le cayó en saco roto la afición que tales señores tenían a

mirarlo como un bicho raro y la maña con que sabían sondearlo, haciendo

que expusiera sus opiniones políticas, sin que él se diera inmediata

cuenta de ello.

Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o

astutas cesó muy pronto, y sólo de tarde en tarde aparecía a la hora de

comer alguno de aquellos pájaros, que eran de mal agüero para el amor de

Baselga.

¡Cuán feliz era éste cuando a la hora de comer sólo se reunían en torno

de la mesa Pepita y el sombrío administrador!

La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven

haciéndole al mismo tiempo concebir risueñas esperanzas.

Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretendía

expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estúpidos, aprendidos en

los salones de Palacio, respondía arrojándole a las narices bolitas de

pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna

graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que hacía salir de quicio

al condesito, y cuando ya había puesto bien a prueba su voluntad y

estaba una vez más convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "¡hijo

mío!", con aquel tono zalamero que producía en el pecho de Baselga

extrañas vibraciones, le tiraba cariñosamente de las patillas, y hasta

algunas veces le permitía que le besara la mano.

Cuando Pepita no estaba de mal humor permitíale estar en su saloncito

mientras ella hacía alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y

allí se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y

otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a

la cabeza, o quedándose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que

con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o

sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de

amor, de besos y de morir.

Aquella habitación, que parecía impregnada por el perfume de Pepita, era

para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las

paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de

santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de

Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y

aleteadores, eran testigos cada día de fogosas declaraciones repetidas

por centésima vez, siempre con idénticas palabras, de irónicas

carcajadas que parecían no tener fin, de audaces tentativas del

condesito, que quería prevalerse de la fuerza de sus músculos y de

soberbias bofetadas con acompañamiento de sonrisas que terminaban

siempre el conflicto.

Baselga estaba cada vez más desesperado.

Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro

del condesito acabó por sacar la consecuencia de que la baronesa le

amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antipática su

persona, ¿por qué sufría aquella pasión tenaz, y viéndole ya curado no

le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? ¿Por qué quería

tenerle en su casa y no le permitía salir ni aun de noche, diciéndole

que le buscaban con gran empeño por Madrid los revolucionarios, con los

cuales había ido a palos tantas veces antes de la sublevación de la

Guardia? ¿Por qué, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que

aunque dados con acompañamiento de sonrisas no eran por esto menos

pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariñosas o con

alguna que otra concesión?

El joven, haciéndose tales reflexiones, se convenció de que la baronesa

le amaba y que debía esperar a que ésta modificase su conducta

extravagante.

Pronto tuvo ocasión Baselga de convencerse de que al menos una vez su

cerebro había pensado con cierta cordura y que nada perdía en esperar.

El verano hacía sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre

para la coronada villa, población privilegiada por la naturaleza, pues

el invierno la dedica sus más crueles y mortíferos fríos y el estío sus

más abrasantes e irresistibles calores.

En el interior de aquel caserón se respiraba una atmósfera pesada y

sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tenía un poco

más de frescura y pureza.

Aquella noche Pepita observó con su adorador una magnanimidad sin

precedentes, pues en vez de despedirse de él al poco rato de terminada

la cena y rezado el rosario, como ocurría siempre, enviándole a su

cuarto a que charlase con el señor Antonio hasta la hora de acostarse,

le invitó a pasar al saloncito, en el que sólo entraba de día, y puesta

ya en el camino de las concesiones, le permitió asomarse al balcón.

Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle,

dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba

poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del

momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs"

patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que

Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.

Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con

soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido

entre los tejados de ambos lados.

Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte

blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros

destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de

un niño martirizadas por extraordinario resplandor.

Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el

deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la

llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el

tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y

desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la

sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con

agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia

carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.

Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce

embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer

nuevamente en el feo vicio de hacer versos.

Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el

fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que

si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de

batallón apurando a docenas las botellas.

En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco

perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios

frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.

Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel

cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un

vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba

adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso

tesoro.

Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una

de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las

de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.

La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su

adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada

correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara

de mirar al cielo.

--¡Si supieras cuánto te amo!--murmuró Baselga con voz tenue al mismo

tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.

Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos

ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.

--¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?--preguntó el joven con entusiasmo, creyendo

adivinar la expresión de aquella mirada.

Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste,

siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella

excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa,

rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su

pecho.

Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una

descarga eléctrica.

Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza

como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo

empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud

sombría propia de una mujer ofendida.

--Fernando--dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar

con cierto ceño al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y

acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.

--Señora, yo...

--Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta

concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.

--¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?

--Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo,

pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una

sola caricia, porque te aborreceré.

--¿Por qué tan esquiva?

--Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que

sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que

considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo

me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus

brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.

--Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en

cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes

lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.

Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta

llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con

voz que tenía algo de rugido:

--¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se

me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te

figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y

oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me

avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi

voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería

deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo

seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.

--¿Qué debo hacer, pues?

--Esperar.

--Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y

¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?

--¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra

interesarla puede estar seguro de su felicidad.

--¿Y tú me amas así?

--Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que

lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi

curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy

bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente

lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y

algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para

mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente

en manifestártelo: te amo.

--¡Angel mío!--exclamó Baselga, halagado por aquel "te amo" tan

encantador, y avanzando nuevamente.

--¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes

más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para

ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate,

que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política,

intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.

--¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?

--No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya

antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más

desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me

arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar

ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en

adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.

La araña negra, t. 1/9 · 第 15 / 35 题