Sigue la conquista.
Nunca había estado Baselga en un estado moral tan raro.
Si aquello no era amor, sería que tal pasión no existe en el mundo.
El gentil militar no pensaba ya ni en el rey, ni en la Guardia, ni en
los liberales; su única y constante idea era Pepita, aquel encantador
diablazo con faldas; y tan enamorado estaba, que--¡caso
asombroso!--hasta perdía las ganas de comer, pues su estómago no podía
ya, como en pasados tiempos, engullirse un pollo grandecito, de una
sentada, y absorber tres cuartillos de vino de otros tantos tragos.
El condesito languidecía, se encontraba más abatido que cuando huía
perseguido por los defensores de la plaza Mayor, y hasta llegó, en el
colmo de su desesperación amorosa, a intentar el escribir unos versos
describiendo la inmensidad de su pasión.
Al bravo defensor del absolutismo le causaba algún rubor el pensar que
en un rapto de locura había estado a punto de escribir versos, lo mismo
que uno de aquellos pobres diablos periodistas u oradores del partido
liberal, a los que él, como buen realista, que apenas si sabía leer y
escribir, profesaba un odio sin límites; ni arrancándole la carne con
tenazas le hubieran hecho confesar delante de personas tamaña debilidad,
y lo único que le consolaba es que, después de emborronar muchos pliegos
de papel, no encontrando un consonante a baronesa, ni sabiendo a
ciencia cierta si los versos habían de medirse a palmos o a dedos,
acabó por hacer trizas su engendro poético, arrojando los menudos
pedazos de papel al vaso de noche.
Y la verdad era que Baselga no tenía motivos para mostrarse desesperado,
pues sus asuntos amorosos, si no marchaban tan bien como deseaba su
voluntad, tampoco iban del todo mal.
Por de pronto, el cirujano le había permitido que saliera de aquella
alcoba, en la que tan malos ratos había pasado, y se paseaba por la
casa, pudiendo distraer su imaginación tirando del rabo o haciendo otras
diabluras a dos hermosos loros parlanchines, que sobre artísticas
perchas estaban en el saloncito donde Pepita pasaba la mayor parte del
día.
Además, comía en compañía de su adorada y del señor Antonio, y tenía la
inmensa satisfacción de comprender cada vez menos el genio raro de
aquella baronesa original que se burlaba de él, se complacía en
martirizarlo, y apenas le veía un poco amoscado, sabía desvanecer el
enfado con alguna palabrita dulce o algún bofetón cariñoso.
Cada una de aquellas comidas era para Baselga motivo de alegrías y de
pesares; pero estas diversas impresiones iban tan seguidas y mezcladas,
que cuando el joven quedaba solo, no sabía si sonreír de felicidad o
entristecerse.
En la mesa, que era grande y semejante a las de conventual refectorio,
tenía la dicha de sentarse a un extremo frente a Pepita y en amable
vecindad con sus lindos pies, mientras que el señor Antonio, siempre
grave y ensimismado, ocupaba el otro extremo como para demostrar que
pertenecía a una clase inferior y que no osaba faltar a la sagrada ley
de castas, digna de respeto entre buenas gentes realistas.
Por lo regular venía a mediodía algún convidado con sotana, que era el
que merecía todos los honores, y que con su presencia quitaba a la
reunión de los dos jóvenes el alegre carácter que solía tener.
En los primeros días de su restablecimiento, notó Baselga que el número
de clérigos convidados era grande, siendo aquéllos cada vez diferentes,
y tampoco le cayó en saco roto la afición que tales señores tenían a
mirarlo como un bicho raro y la maña con que sabían sondearlo, haciendo
que expusiera sus opiniones políticas, sin que él se diera inmediata
cuenta de ello.
Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o
astutas cesó muy pronto, y sólo de tarde en tarde aparecía a la hora de
comer alguno de aquellos pájaros, que eran de mal agüero para el amor de
Baselga.
¡Cuán feliz era éste cuando a la hora de comer sólo se reunían en torno
de la mesa Pepita y el sombrío administrador!
La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven
haciéndole al mismo tiempo concebir risueñas esperanzas.
Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretendía
expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estúpidos, aprendidos en
los salones de Palacio, respondía arrojándole a las narices bolitas de
pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna
graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que hacía salir de quicio
al condesito, y cuando ya había puesto bien a prueba su voluntad y
estaba una vez más convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "¡hijo
mío!", con aquel tono zalamero que producía en el pecho de Baselga
extrañas vibraciones, le tiraba cariñosamente de las patillas, y hasta
algunas veces le permitía que le besara la mano.
Cuando Pepita no estaba de mal humor permitíale estar en su saloncito
mientras ella hacía alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y
allí se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y
otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a
la cabeza, o quedándose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que
con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o
sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de
amor, de besos y de morir.
Aquella habitación, que parecía impregnada por el perfume de Pepita, era
para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las
paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de
santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de
Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y
aleteadores, eran testigos cada día de fogosas declaraciones repetidas
por centésima vez, siempre con idénticas palabras, de irónicas
carcajadas que parecían no tener fin, de audaces tentativas del
condesito, que quería prevalerse de la fuerza de sus músculos y de
soberbias bofetadas con acompañamiento de sonrisas que terminaban
siempre el conflicto.
Baselga estaba cada vez más desesperado.
Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro
del condesito acabó por sacar la consecuencia de que la baronesa le
amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antipática su
persona, ¿por qué sufría aquella pasión tenaz, y viéndole ya curado no
le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? ¿Por qué quería
tenerle en su casa y no le permitía salir ni aun de noche, diciéndole
que le buscaban con gran empeño por Madrid los revolucionarios, con los
cuales había ido a palos tantas veces antes de la sublevación de la
Guardia? ¿Por qué, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que
aunque dados con acompañamiento de sonrisas no eran por esto menos
pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariñosas o con
alguna que otra concesión?
El joven, haciéndose tales reflexiones, se convenció de que la baronesa
le amaba y que debía esperar a que ésta modificase su conducta
extravagante.
Pronto tuvo ocasión Baselga de convencerse de que al menos una vez su
cerebro había pensado con cierta cordura y que nada perdía en esperar.
El verano hacía sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre
para la coronada villa, población privilegiada por la naturaleza, pues
el invierno la dedica sus más crueles y mortíferos fríos y el estío sus
más abrasantes e irresistibles calores.
En el interior de aquel caserón se respiraba una atmósfera pesada y
sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tenía un poco
más de frescura y pureza.
Aquella noche Pepita observó con su adorador una magnanimidad sin
precedentes, pues en vez de despedirse de él al poco rato de terminada
la cena y rezado el rosario, como ocurría siempre, enviándole a su
cuarto a que charlase con el señor Antonio hasta la hora de acostarse,
le invitó a pasar al saloncito, en el que sólo entraba de día, y puesta
ya en el camino de las concesiones, le permitió asomarse al balcón.
Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle,
dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba
poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del
momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs"
patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que
Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.
Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con
soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido
entre los tejados de ambos lados.
Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte
blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros
destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de
un niño martirizadas por extraordinario resplandor.
Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el
deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la
llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el
tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y
desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la
sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con
agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia
carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.
Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce
embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer
nuevamente en el feo vicio de hacer versos.
Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el
fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que
si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de
batallón apurando a docenas las botellas.
En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco
perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios
frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.
Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel
cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un
vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba
adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso
tesoro.
Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una
de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las
de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.
La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su
adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada
correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara
de mirar al cielo.
--¡Si supieras cuánto te amo!--murmuró Baselga con voz tenue al mismo
tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.
Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos
ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.
--¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?--preguntó el joven con entusiasmo, creyendo
adivinar la expresión de aquella mirada.
Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste,
siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella
excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa,
rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su
pecho.
Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una
descarga eléctrica.
Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza
como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo
empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud
sombría propia de una mujer ofendida.
--Fernando--dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar
con cierto ceño al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y
acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.
--Señora, yo...
--Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta
concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.
--¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?
--Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo,
pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una
sola caricia, porque te aborreceré.
--¿Por qué tan esquiva?
--Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que
sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que
considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo
me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus
brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.
--Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en
cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes
lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.
Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta
llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con
voz que tenía algo de rugido:
--¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se
me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te
figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y
oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me
avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi
voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería
deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo
seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.
--¿Qué debo hacer, pues?
--Esperar.
--Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y
¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?
--¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra
interesarla puede estar seguro de su felicidad.
--¿Y tú me amas así?
--Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que
lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi
curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy
bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente
lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y
algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para
mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente
en manifestártelo: te amo.
--¡Angel mío!--exclamó Baselga, halagado por aquel "te amo" tan
encantador, y avanzando nuevamente.
--¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes
más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para
ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate,
que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política,
intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.
--¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?
--No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya
antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más
desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me
arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar
ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en
adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.