La confesión.
Al anochecer del día siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en
el salón de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con
él de asuntos muy graves.
¿Quién era el padre Claudio?
Entre la inmensa banda de tétricas sotanas que por turno iban pasando
por los salones del vetusto caserón o se sentaban a la mesa de Pepita
Carrillo, el padre Claudio constituía una brillante excepción, y tal vez
por esto era recibido con más grandes honores.
Rodeado de tantos rostros huraños o forzadamente amables, pero siempre
con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia
encubierta, el de aquel cura destacábase luminoso, atrayente y como
esparciendo efluvios de una dulzura evangélica.
Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que
le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su
hermosura física, su exterior simpático y el encanto dulce y persuasivo
de su conversación.
Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre
la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del
Imperio; su figura era de proporciones artísticas y los pies y manos,
por su pequeñez y delicadeza, casi hacían creer que la flamante y bien
cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.
Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenían un carácter
tan vagoroso, que las hacían casi semejantes a los perfumes agradables
que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.
Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada
en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de
un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel
Miguel y demás elegantes de la corte celestial.
Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y
hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que
su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que
sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones
dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que
asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de
alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.
Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de
poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más
terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de
su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el
cercano cerebro.
El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad
la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una
ambición sin límites.
Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las
selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.
Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo
cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que
reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su
atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su
modo de obrar.
Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto
como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y
silenciosos.
Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la
serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y
espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de
aquél.
Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas
que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.
El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal
estuviera cubierta de rosas.
Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus
compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel
carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una
admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus
conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.
En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor
Antonio mostraba ante él una servil humillación que ni el más adulador
lacayo podía tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba
en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carácter, y
acogía con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tenía a
bien dirigirla.
También en Baselga causaba gran impresión aquel cura elegante que apenas
si tendría seis años más que él.
El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carácter simpático y
su gran ilustración; pero aún había en su persona una cosa que le
subyugaba más, y era que en ciertos momentos tenía el empaque de un
caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiración y respeto a
todos esos hombres especiales que son enérgicos sin manifestarlo y
parecen nacidos para mandar.
Tres o cuatro veces había comido con el padre Claudio en casa de Pepita
y casi sintió tanto como ésta el que no fuesen más frecuentes las
visitas del cura, pues le eran tan simpática su conversación sencilla,
pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo
regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.
Cuando Baselga entró en el salón de visitas, el padre Claudio se levantó
del sillón que ocupaba en un rincón oculto bajo la sombra.
El quinqué colocado sobre el ligero velador tenía puesta de tal modo la
pantalla que bañaba con viva y rojiza luz medio salón, dejando la otra
parte envuelta en la más densa obscuridad.
Besó el capitán aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendió el
cura con graciosa amabilidad, y se sentó, obedeciendo su indicación,
junto a la lámpara que hacía resaltar todos los detalles salientes de su
rostro enérgico.
Sacó el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos
cigarrillos casi microscópicos, que olían a perfumes de tocador más que
a tabaco, y después que vió arrojar al militar las primeras bocanadas de
humo, dió principio a la conversación.
--Señor conde, vengo de parte del rey, que, según creo se dignó hace
poco tiempo anunciaros que os comunicaría pronto sus órdenes.
--Así es, padre Claudio. S. M. me honra distinguiéndome entre sus más
fieles vasallos.
--El señor don Fernando (que Dios guarde)--y al decir esto el cura, a
pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclinó por la
fuerza de la costumbre--desea auxiliar por cuantos medios pueda a los
buenos españoles que en Navarra, en Aragón y en Cataluña luchan por los
santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de
todos sus leales servidores.
--Dispuesto estoy a obedecer sus órdenes. Mi vida es suya por completo.
--El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para
que sea portador de varios encargos que envía a los defensores de la Fe,
y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados
defensores de la legitimidad, con la seguridad de que allí será más útil
su espada que en otro cualquier lugar.
--Dispuesto estoy a obedecer. ¿Cuándo tengo que partir?
--Mañana al romper el día. Debe usted agradecer al soberano esta
determinación respecto a su persona. Aquí peligra su vida, y la Policía
por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid
como fuera de él, ganosos de castigarle como a uno de los principales
promovedores de la jornada del 7 de julio. ¿Se acuerda usted del
teniente Goiffeaux?
--Sí; un buen muchacho francés que pertenecía a mi mismo batallón. Es
grande amigo mío; ¿qué ha sido de él?
--La semana pasada fué ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor
del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del
capitán Landaburu. Calcule qué sería de usted si fuera descubierto por
esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal
autor de tal hecho.
El joven capitán, a pesar de su carácter tan enérgico como ligero, no
pudo menos de sentirse impresionado por el trágico fin de su amigo, y
quedó durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexión.
Por fin, rompió el silencio para preguntar:
--¿Y qué misión es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de
la Fe?
--Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros
pertenecientes a la asignación que le da el Gobierno liberal y que él
con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formación de
nuevas partidas realistas en el Alto Aragón que nos libren pronto de la
maldecida Libertad. Usted se pondrá al frente de las que se vayan
creando y de seguro que con una brillante campaña hará méritos para ser
recompensado largamente por el soberano el día en que triunfe la buena
causa.
Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Córdova y
hasta el roce con Pepita habían hecho bastante ambicioso, soñaba desde
poco tiempo antes con la gloria guerrera; así es que recibió con el
mayor gozo aquel tácito nombramiento de caudillo del absolutismo.
--Padre Claudio--dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el
entusiasmo que le dominaba--. Si habla vuestra reverencia con el rey,
dígale que podrá tener servidores que valgan más que yo; pero tan
entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Iré donde me mandan y
volveré vencedor más pronto o más tarde, pues de lo contrario seré un
mártir más entre los innumerables que han dado su vida por la buena
causa.
--¡El Dios de los ejércitos irá contigo y te protegerá!--dijo don
Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama dió
la bendición al capitán.
El sacerdote, durante la anterior conversación había estado desde el
fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el
que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con
exacto conocimiento de la situación, creyó muy del caso la reciente
invocación bíblica que acabó de entusiasmar al inculto cruzado del
fanatismo.
Baselga quedó como reflexionando bajo el peso de aquella santa
bendición, y el clérigo dijo al poco rato:
--Mañana saldrá usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de
confianza que vendrá a buscarle, y fuera de las puertas encontrará un
carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarán los
cincuenta mil duros. El mismo hombre le dará cartas del rey para sus
defensores en Aragón. De preparar a usted para que salga de Madrid sin
ser conocido, se encargará el respetable administrador de la señora
baronesa, quien le afeitará cuidadosamente y le dará unos hábitos de
sacerdote que ya tiene en su poder.
--Haré cuanto indica vuestra reverencia.
--Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que
son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un
sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas
sospechas como en otras épocas veneración.
--No tema usted. Sabré fingir perfectamente, sólo por darles un buen
chasco a esos aborrecidos liberales.
Quedaron después de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al
fin, el condesito fué el primero en romper el silencio, preguntando con
interés:
--¿Sabe ya la señora baronesa mi próxima partida?
--La conoce perfectamente, pues ella ha sido la más interesada en
proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su
legítima gloria.
Baselga, que hasta entonces había permanecido obsesionado por la ilusión
de convertirse en un célebre caudillo, comenzaba a recordar
apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le aparecía ahora más seductora
que nunca.
La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de
su hermosura, y el placer de sus caricias aparecía centuplicado en la
imaginación de Baselga.
¡Abandonarla cuando en su ser no se había saciado la terrible hambre
amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes
y los curas, sentía cierta desesperación y aun se mostraba inclinado a
maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y
le arrojaban rápidamente del cielo al suelo.
Don Claudio, siempre recatándose en la sombra, contemplaba fijamente al
capitán, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendíase la
facilidad con que iba leyendo en la frente de aquél todos sus
pensamientos.
--Señor conde--dijo el cura cambiando con gran maestría el tono de su
voz, que de ligera y meliflua se trocó en grave--. Dentro de pocas horas
va usted a partir para cumplir una importante misión y poner en práctica
lo que, al ceñir espada, juró usted como cristiano caballero.
Baselga, que pensando en su próxima y dolorosa separación de la mujer
amada tenía la frente apoyada en la mano, levantó la cabeza como
sorprendido al oír aquellas palabras dichas en tono solemne.
--Va usted a entrar--continuó don Claudio siempre con la misma
entonación--en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del
valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos.
Grandes serán las aventuras de que estará erizada su próxima existencia;
aunque el Señor tiene contados los días de sus criaturas, nadie sabe en
el mundo cuál será la última hora de su vida y hay que temer a la
muerte.
--¡Padre!--dijo Baselga con arrogancia--. Yo no la temo, y eso que no ha
mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el
campo de batalla: otra clase de muerte, la consideraría deshonrosa.
--Está muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir,
que más allá de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina
que enseña la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia
lo más limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de
comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen católico antes de morir
descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor.
Usted va a cumplir una noble misión, en la que tal vez le busque la
muerte. ¿Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?
Baselga quedó anonadado por estas palabras y miró con gran confusión al
sacerdote, que poco a poco había ido arrastrando su sillón hacia el que
ocupaba el capitán, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara
su artístico perfil sobre el foco de luz del quinqué.
El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es
sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras
para contestar.
Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidió al fin
a hablar y al principio no consiguió más que embrollarse en un sinnúmero
de confusas palabras.
--Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de
religión. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda
la Iglesia; en otros tiempos me sabía el catecismo de memoria, pero
ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la
juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que,
de morir en este momento, el diablo tendría mucho que hacer con mi alma.
--A tiempo está usted, hijo mío, de conjurar el peligro. En mí, que soy
indigno representante de Dios, encontrará usted el medio de librarse del
peso de tantas faltas.
--Yo quisiera confesarme, pero... ¿en este sitio? ¿En un salón de
visitas?
--Dios está en todas partes y en todas también puede su sacerdote oír la
confesión de un pecador. Acérquese usted más... así está bien. Y ahora
si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, ábrame su
pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los
pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo
el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.
Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo
todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el
recuerdo de las más pequeñas de sus faltas; pero cuando ya se disponía a
hablar, le interrumpió don Claudio para decirle:
--Supongo que no irá usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen
como pecados nimiedades insignificantes y ridículos escrúpulos. Aquí más
que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de
hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las
cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere
realmente como pecado.
Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor
propio y la vergüenza sujetaban su lengua, y con el rostro teñido de
rubor comenzó así:
--Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para
robar con malas artes el dinero de mis compañeros.
--Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los
que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cayó usted en pecado
mortal al explotar la simpleza de los que confían su suerte a la baraja.
Adelante, hijo mío.
--Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razón alguna, contra
personas a quienes antes había ofendido, derramando su sangre
injustamente.
--Gran pecado es atentar contra la vida del prójimo, mas sin embargo,
todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre
ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir
nunca en la nota de cobardía. Además, así como la Providencia veló por
la vida de usted podía haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso
tanto se exponía usted como su contrincante a morir en el lance. No es,
pues, muy grave este pecado. ¡Animo, hijo! ¿Cuáles son los otros?
--Yo fuí el que instigué a los soldados a dar muerte en la plaza de
Palacio al capitán Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer
viuda y de sus hijos huérfanos me ha quitado el sueño muchas noches.
--Digno de execración es siempre el asesinato; pero hay que convenir en
que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fué
uno de tantos incidentes propios de época de agitación, y sin duda aquel
desgraciado fué designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus
compañeros en política y hacerles ver prácticamente cuán terrible es el
fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era
un impenitente revolucionario a quien usted conocía muy bien; ¡quién
sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogió a
usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este
pecado. Adelante, hijo mío, adelante.
Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo
encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le dirigía
amables sonrisas y que demostraba un empeño paternal por desvanecer
todos los remordimientos en el pecho del penitente.
Con un confesor tan "de manga ancha" que sabía desmenuzar los pecados de
modo que perdieran su carácter horrible, dejándolos reducidos a simples
faltas, se podía hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito,
cobrando cada vez más confianza, repasó por completo todo lo grave de su
pasado y al fin llegó a sus amores con la baronesa.
Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitán creía
circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar
eternamente el secreto de sus amores; así es que no se mostró propicio a
revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y él; tanto más cuanto
que el padre Claudio era amigo de la baronesa.
El sacerdote, que con mirada atenta seguía contemplando al joven,
pareció adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su
frente, y para desvanecer todo escrúpulo dijo así:
--Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algún
suceso importante de su vida. Engañándome a mí engaña usted a Dios, y de
poco puede servir a su alma una confesión incompleta e inspirada en
miras egoístas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie
del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse
secretos, tanto más cuanto que lo que usted diga aquí quedará como
encerrado en una tumba. ¡Vamos!, decídase usted, hijo mío, y ya que se
ha propuesto implorar la protección de Dios descargando su conciencia de
culpas, no oculte ni una sola de éstas.
El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidióse a
hablar, aun faltando a su condición de amante reservado y silencioso.
Además pensó en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y
que, como buena católica, ya le habría revelado todo lo ocurrido.
Así que Baselga se decidió a decir la verdad, y dejó escapar un
verdadero chaparrón de palabras que fué la relación completa y detallada
de todo lo ocurrido entre él y la baronesa desde el día en que se
conocieron hasta la hora presente.
El cura escuchaba con aparente atención las palabras del penitente; pero
un profundo observador hubiera adivinado en él la distracción que le
causaba oír por segunda vez la relación de sucesos que ya le eran
conocidos.
Cuando Baselga, acalorado en la descripción de su última conquista,
deslizaba algún detalle de color algo subido y se detenía como
avergonzado, el clérigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el
joven seguía adelante en su relación, encontrando cierto placer en
revelar a un hombre (aunque éste fuese un cura) toda la felicidad que
había gozado.
Cuando el condesito terminó de hablar, vió con cierto recelo que don
Claudio se ponía muy serio por primera vez y aún se alarmó más al oír
que con voz algo irritada le decía:
--Después de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le
dé la absolución.
--¡Cómo! ¿Qué dice usted, padre mío?
--Usted, llevado de sus antiguos hábitos de galanteador irreflexivo, ha
abusado de la generosa hospitalidad que le dispensó una mujer que aunque
a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa
ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salvó la vida, y
éste obraría con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero
si se negara a reparar el mal que causó.
Baselga quedó anonadado bajo aquella severa reprimenda.
--Va usted a partir--continuó el sacerdote--dentro de breves horas, y
Dios sólo sabe dónde podrán arrastrarle los azares de la guerra. El
corazón de usted es ligerísimo, su facilidad amorosa grande en extremo,
y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su
afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, ¿cuál será
la suerte de esa desgraciada señora, modelo de virtudes, pero a quien el
amor ha hecho pecar?
--¡Oh!, no, padre. Yo nunca olvidaré a Pepita: la amo mucho.
--El amor, cuando no está santificado por la bendición del sacerdote, es
fugaz pasión que el menor vaivén de la vida hace desaparecer. No basta
que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasión con algo más
serio que los juramentos de amor.
--¿Y qué puedo hacer yo, padre mío?--dijo Baselga, a quien las palabras
del cura habían conmovido.
--Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves
horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento
canónico sus amores con la baronesa.
--Entonces, ¿cuál ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me
dé la absolución?
--Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con
el matrimonio, jure usted ante Dios que está en el cielo y en todo lugar
que dará su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la
comisión que ahora le encarga su majestad.
--Dispuesto estoy a jurarlo, padre mío.
Entonces, Baselga, por indicación del cura, púsose en pie, y extendiendo
su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y
negruzco, fué repitiendo el juramento que palabra por palabra le dictó
don Claudio, y al final de cuya fórmula pedía para sí todos los
tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir
lo prometido.
El mastuerzo que con tanto valor sabía batirse en las calles de Madrid,
sentíase ahora conmovido por las palabras que le hacía pronunciar el
hábil capellán y le faltó poco para derramar lágrimas de alegría cuando
le dijo don Claudio con acento melifluo.
--Hermano; de rodillas.
Oyó Baselga latinajos que no entendía y con ademán compungido recibió la
bendición de aquella mano fina y aristocrática, que después besó
contritamente.
--Ahora--dijo don Claudio levantando del suelo al capitán--, a luchar
como un héroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.
--Lucharé hasta morir--contestó el joven con resolución que no daba
lugar a dudas.
--¿No es verdad que se siente usted mejor después de la confesión?
--Me encuentro poseído de un bienestar inmenso.
--El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata
impresión después de desahogar su pecho de culpas.
--Ya hemos terminado--continuó el cura después de un breve silencio--;
retírese usted a hacer sus preparativos de viaje y avístese con el señor
Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Además,
autorizo a usted para que cuando vea a la señora baronesa, le revele
cuanto aquí ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentará una
alegría sin límites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan
pronto como lo permitan las circunstancias.
--¡Adiós, padre!--dijo el capitán con algún enternecimiento--. Que el
cielo permita nos volvamos a ver pronto.
--¡Adiós, hijo mío! Que el Señor proteja a usted.
Y aquel Pedro el Ermitaño del realismo español, estrechó con cariño la
mano del cruzado que iba a defender en los montes la tiranía del monarca
y el restablecimiento de la Inquisición.
Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitación
vecina, el cura sonrióse con aire satisfecho, y dirigiéndose a la puerta
del salón contraria a aquella por la que había salido el joven, levantó
el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:
--¿Está usted contenta, Pepita?
--Mucho, padre mío. ¡Cuánto tengo que agradecer a usted!
Y la baronesa, diciendo estas palabras entró en el salón. Sus mejillas
estaban coloreadas por la alegría y en toda ella conocíase el vivo
placer que le había causado la anterior escena.
--Esto es un servicio más que usted tendrá que agradecer a la poderosa
Compañía que la protege desde la cuna.
--Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra
reverencia que siento no corresponder con más fuerza a tan grandes y
continuos favores.
--Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y
disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.
--Eso hago y eso haré tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se
realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden,
podré servir mejor a los intereses de la Compañía. Unicamente me faltaba
un marido, y éste ya le tengo gracias a la sabiduría de vuestra
reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida
predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder
presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemática y sin
amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo haré el
día en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha
prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero
tiene algo de héroe, y si no lo matan, conseguirá abrirse paso y llegar
a los más altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra
reverencia me lo asegura valiéndose de su profundo talento que a todos
convence. ¡Cuán agradecida debo estar a la Orden que me protege!
--Baronesa: el que trabaja "para la mayor gloria de Dios", se ve colmado
siempre por el Altísimo de inmensas felicidades.
X
1823
En 1823 cambió por completo la decoración para liberales y serviles que
con tanta saña venían combatiéndose hacía tres años.
Al rey que decía "a sus súbditos" "marchemos todos francamente, y yo el
primero, por la senda constitucional", mientras ocultamente favorecía
con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de
Cataluña y Navarra, le parecía todavía insuficiente el armar tropeles de
fanáticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicitó el
auxilio de Francia, que envió a España al duque de Angulema con sus cien
mil hijos de San Luis.
Fué aquélla una época de desbordamiento y de impudor. Nunca se había
visto un pueblo más propenso a la mudanza, a la traición y a la
desvergüenza.
Largos años de tiranía habían corrompido el sentido moral de nuestro
pueblo; la revolución sólo había servido para hacerlo más bullanguero, y
ni una sola de las ideas democráticas que los oradores predicaban en los
clubs, conseguía penetrar en aquella juventud que todavía era hija
legítima y directa de la generación de Pan y Toros.
Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del
Rosario de la Aurora, asistían ahora a los clubs, cantaban a grito
pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las
manifestaciones cívicas. He aquí toda la reforma que la revolución
consiguió hacer en el pueblo español.
El rey, a pesar de la Constitución y de todos los esfuerzos de
exaltados y comuneros, seguía siendo la personificación del país; lo que
el monarca hacía, los súbditos lo imitaban, y como Fernando VII era
canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conocía ni aun de
oídas el pudor político, y cuando aún repetía el eco sus gritos de ¡viva
la Constitución!, volvía la hoja rápidamente para pedir a gritos el
triunfo del rey "neto" y la vuelta de los felices tiempos en que
funcionaba la Inquisición, los jesuítas dirigían el Gobierno y el amo de
España mostraba el sobrehumano talento que le había dado Dios para
presidir las corridas de toros.
La política, en los últimos tiempos de aquella época constitucional,
estaba reducida a una serie de vergonzosos engaños. La agonía del
trienio liberal puede definirse diciendo que fué una espantosa traición.
Fernando engañaba a los liberales, y mientras firmaba cuantos
manifiestos le ponían delante y en los cuales se entonaban himnos
laudatorios a la Constitución, solicitaba con gran urgencia el auxilio
de las bayonetas francesas; Morillo hacía traición a sus compañeros los
generales La Bisbal y Ballesteros; La Bisbal le imitaba y Ballesteros,
por no ser menos, uníase a los invasores para derribar al Gobierno, que
confiaba en el apoyo de sus espadas.
La Constitución era una enferma atacada de rápida tisis y los hombres,
dueños del Poder, semejaban embrollada consulta de médicos pedantes,
ocupados en discutir el nombre y etimología de los medicamentos que
pensaban emplear, mientras la paciente se moría a toda prisa.
No faltaban liberales entusiastas dispuestos a dar su sangre por aquella
Constitución que tantas veces habían jurado sostener, pero estaban en
minoría y sus esfuerzos se perdían entre la indiferencia y el
envilecimiento del pueblo.
El heroico Mina resucitaba en Cataluña la epopeya de la independencia,
luchando con escasas fuerzas contra las hordas realistas y las legiones
invasoras; pero su sublime tenacidad tenía el pálido reflejo de un rayo
de sol en el fondo de putrefacta laguna.
Aquella revolución moría como mueren todas las formas de Gobierno que no
llegan a ser populares. Sólo la clase media había abierto sus ojos a la
luz de la libertad.
El pueblo, llevando todavía en su mente el recuerdo de los privilegios
señoriales y de las rapiñas de la Iglesia, estaba tan ciego, que tomaba
sus armas para defender la causa de los nobles y de los curas.
Pudo muy bien el Gobierno constitucional organizar una tenaz defensa que
hiciera más lenta la marcha del tropel de alguaciles que Francia nos
enviaba para reponer el absolutismo en su primitivo ser y estado.
Con esto no se habría salvado la libertad, pero habría caído con más
honra, y los Borbones de la nación vecina no se hubieran engreído y
puesto al nivel de Bonaparte por una guerra en la que los reclutas de la
restauración no dispararon dos veces sus fusiles.
Pero los liberales adoptaron sus resoluciones con demasiada lentitud,
confiaron su defensa a militares de dudosa fe política, y cuando
vinieron a apercibirse de sus desaciertos, vieron sus órdenes
desobedecidas y que la traición de sus generales dejaba libre el paso al
chaparrón de la venganza absolutista que iba a caer sobre ellos con
furor terrible.
El final del período liberal tuvo algo de la rapidez del vértigo y mucho
de la vaguedad del sueño.
EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a
ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa
caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca
santa la chusca persona de Fernando VII. Este se reía interiormente de
la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el
mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos sabían que el mismo
monarca era quien movía el ejército invasor que venía pisándole los
talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurrió encargar a su
fusil la misión de librar a España del monstruo que pocos meses después
había de ensangrentarla con horribles venganzas.
El más vergonzoso rebajamiento se había apoderado de nuestro pueblo, y
como si quisiera poner su adoración al nivel de su vileza, tributaba
homenajes a los seres más abyectos.
El país, que doce años antes había admirado a Mina y al Empecinado, se
entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestían el
sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban
sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar "a los negros"
hasta la cuarta generación. Los mismos que habían aplaudido a Argüelles
y a Muñoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabiduría a los
pedantes y covachuelistas que componían la Regencia de Urgel.
El "Trapense", una fiera con hábito, era el héroe de la situación.
Creíase que su trabuco tenía el poder de hacer milagros, y cuando el
fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina
Comeford, penetró en Madrid, el mismo pueblo que tres años antes había
tirado de la carretela en que iba Riego, se arrojó bajo las herraduras
del caballo con la misma entusiástica indiferencia del indio que desea
ser aplastado por el carro del ídolo y ganar el cielo.
Una bendición de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La
mano del "Trapense" estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca
la abatía el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con
que degolló uno tras otro, sin interrupción, setenta y seis soldados
constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de
Urgel.
Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y
vagabundo con rumbos inciertos, fué a refugiarse en Cádiz. La
Constitución de 1812, semejante al hijo pródigo, después de correr
grandes aventuras, volvía decaída y derrotada a morir en el mismo punto
donde nació.
Allí fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejército de
Angulema, en unión de algunas de las hordas realistas que le precedían,
a guisa de avanzadas, estableció el sitio de Cádiz.
Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido
de los cañones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo
tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.
Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados,
y que se batían por "el qué dirán" y por dar a su bandera cierta gloria
antes de plegarla, podrían compararse con los gaditanos de 1810, que,
después de asistir a las sesiones de las célebres Cortes, empuñaban el
fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las
trincheras.
En el último sitio de Cádiz se luchaba sin ánimo de triunfar y
únicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban
encerrados en Cádiz sabían cuál iba a ser su muerte y la aguardaban
pacientemente. Argüelles pensaba en la próxima emigración; el canónigo
Villanueva se entretenía escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema
y los absolutistas; el marino Valdés se convencía de que era inútil
pensar en revivir la célebre defensa por él organizada en 1810, y,
entre tanto, Fernando distraía sus ocios remontando cometas de varias
formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafía óptica
que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurría.
La toma del Trocadero fué la única operación que honró militarmente a
los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una
bagatela para las legiones de Napoleón, fué pregonado por la Fama del
realismo como una hazaña al lado de la cual las proezas de Aníbal y de
Alejandro quedaban obscurecidas.
La restauración borbónica, tan mezquina en Francia, como en España,
necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese
prestigio que tan necesario es a los tiranos.
Por desgracia para la causa realista, la gloria le volvía la espalda, y
para que el mundo no se apercibiera de tal desdén, se veía obligada a
falsificar los hechos. Ni más ni menos que esos amantes desdeñados en
cuya boca los más insignificantes favores de la mujer ansiada se
convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.