IX

La confesión.

Al anochecer del día siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en

el salón de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con

él de asuntos muy graves.

¿Quién era el padre Claudio?

Entre la inmensa banda de tétricas sotanas que por turno iban pasando

por los salones del vetusto caserón o se sentaban a la mesa de Pepita

Carrillo, el padre Claudio constituía una brillante excepción, y tal vez

por esto era recibido con más grandes honores.

Rodeado de tantos rostros huraños o forzadamente amables, pero siempre

con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia

encubierta, el de aquel cura destacábase luminoso, atrayente y como

esparciendo efluvios de una dulzura evangélica.

Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que

le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su

hermosura física, su exterior simpático y el encanto dulce y persuasivo

de su conversación.

Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre

la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del

Imperio; su figura era de proporciones artísticas y los pies y manos,

por su pequeñez y delicadeza, casi hacían creer que la flamante y bien

cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.

Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenían un carácter

tan vagoroso, que las hacían casi semejantes a los perfumes agradables

que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.

Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada

en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de

un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel

Miguel y demás elegantes de la corte celestial.

Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y

hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que

su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que

sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones

dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que

asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de

alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.

Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de

poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más

terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de

su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el

cercano cerebro.

El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad

la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una

ambición sin límites.

Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las

selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.

Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo

cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que

reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su

atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su

modo de obrar.

Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto

como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y

silenciosos.

Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la

serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y

espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de

aquél.

Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas

que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.

El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal

estuviera cubierta de rosas.

Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus

compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel

carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una

admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus

conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.

En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor

Antonio mostraba ante él una servil humillación que ni el más adulador

lacayo podía tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba

en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carácter, y

acogía con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tenía a

bien dirigirla.

También en Baselga causaba gran impresión aquel cura elegante que apenas

si tendría seis años más que él.

El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carácter simpático y

su gran ilustración; pero aún había en su persona una cosa que le

subyugaba más, y era que en ciertos momentos tenía el empaque de un

caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiración y respeto a

todos esos hombres especiales que son enérgicos sin manifestarlo y

parecen nacidos para mandar.

Tres o cuatro veces había comido con el padre Claudio en casa de Pepita

y casi sintió tanto como ésta el que no fuesen más frecuentes las

visitas del cura, pues le eran tan simpática su conversación sencilla,

pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo

regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.

Cuando Baselga entró en el salón de visitas, el padre Claudio se levantó

del sillón que ocupaba en un rincón oculto bajo la sombra.

El quinqué colocado sobre el ligero velador tenía puesta de tal modo la

pantalla que bañaba con viva y rojiza luz medio salón, dejando la otra

parte envuelta en la más densa obscuridad.

Besó el capitán aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendió el

cura con graciosa amabilidad, y se sentó, obedeciendo su indicación,

junto a la lámpara que hacía resaltar todos los detalles salientes de su

rostro enérgico.

Sacó el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos

cigarrillos casi microscópicos, que olían a perfumes de tocador más que

a tabaco, y después que vió arrojar al militar las primeras bocanadas de

humo, dió principio a la conversación.

--Señor conde, vengo de parte del rey, que, según creo se dignó hace

poco tiempo anunciaros que os comunicaría pronto sus órdenes.

--Así es, padre Claudio. S. M. me honra distinguiéndome entre sus más

fieles vasallos.

--El señor don Fernando (que Dios guarde)--y al decir esto el cura, a

pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclinó por la

fuerza de la costumbre--desea auxiliar por cuantos medios pueda a los

buenos españoles que en Navarra, en Aragón y en Cataluña luchan por los

santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de

todos sus leales servidores.

--Dispuesto estoy a obedecer sus órdenes. Mi vida es suya por completo.

--El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para

que sea portador de varios encargos que envía a los defensores de la Fe,

y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados

defensores de la legitimidad, con la seguridad de que allí será más útil

su espada que en otro cualquier lugar.

--Dispuesto estoy a obedecer. ¿Cuándo tengo que partir?

--Mañana al romper el día. Debe usted agradecer al soberano esta

determinación respecto a su persona. Aquí peligra su vida, y la Policía

por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid

como fuera de él, ganosos de castigarle como a uno de los principales

promovedores de la jornada del 7 de julio. ¿Se acuerda usted del

teniente Goiffeaux?

--Sí; un buen muchacho francés que pertenecía a mi mismo batallón. Es

grande amigo mío; ¿qué ha sido de él?

--La semana pasada fué ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor

del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del

capitán Landaburu. Calcule qué sería de usted si fuera descubierto por

esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal

autor de tal hecho.

El joven capitán, a pesar de su carácter tan enérgico como ligero, no

pudo menos de sentirse impresionado por el trágico fin de su amigo, y

quedó durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexión.

Por fin, rompió el silencio para preguntar:

--¿Y qué misión es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de

la Fe?

--Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros

pertenecientes a la asignación que le da el Gobierno liberal y que él

con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formación de

nuevas partidas realistas en el Alto Aragón que nos libren pronto de la

maldecida Libertad. Usted se pondrá al frente de las que se vayan

creando y de seguro que con una brillante campaña hará méritos para ser

recompensado largamente por el soberano el día en que triunfe la buena

causa.

Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Córdova y

hasta el roce con Pepita habían hecho bastante ambicioso, soñaba desde

poco tiempo antes con la gloria guerrera; así es que recibió con el

mayor gozo aquel tácito nombramiento de caudillo del absolutismo.

--Padre Claudio--dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el

entusiasmo que le dominaba--. Si habla vuestra reverencia con el rey,

dígale que podrá tener servidores que valgan más que yo; pero tan

entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Iré donde me mandan y

volveré vencedor más pronto o más tarde, pues de lo contrario seré un

mártir más entre los innumerables que han dado su vida por la buena

causa.

--¡El Dios de los ejércitos irá contigo y te protegerá!--dijo don

Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama dió

la bendición al capitán.

El sacerdote, durante la anterior conversación había estado desde el

fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el

que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con

exacto conocimiento de la situación, creyó muy del caso la reciente

invocación bíblica que acabó de entusiasmar al inculto cruzado del

fanatismo.

Baselga quedó como reflexionando bajo el peso de aquella santa

bendición, y el clérigo dijo al poco rato:

--Mañana saldrá usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de

confianza que vendrá a buscarle, y fuera de las puertas encontrará un

carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarán los

cincuenta mil duros. El mismo hombre le dará cartas del rey para sus

defensores en Aragón. De preparar a usted para que salga de Madrid sin

ser conocido, se encargará el respetable administrador de la señora

baronesa, quien le afeitará cuidadosamente y le dará unos hábitos de

sacerdote que ya tiene en su poder.

--Haré cuanto indica vuestra reverencia.

--Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que

son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un

sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas

sospechas como en otras épocas veneración.

--No tema usted. Sabré fingir perfectamente, sólo por darles un buen

chasco a esos aborrecidos liberales.

Quedaron después de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al

fin, el condesito fué el primero en romper el silencio, preguntando con

interés:

--¿Sabe ya la señora baronesa mi próxima partida?

--La conoce perfectamente, pues ella ha sido la más interesada en

proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su

legítima gloria.

Baselga, que hasta entonces había permanecido obsesionado por la ilusión

de convertirse en un célebre caudillo, comenzaba a recordar

apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le aparecía ahora más seductora

que nunca.

La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de

su hermosura, y el placer de sus caricias aparecía centuplicado en la

imaginación de Baselga.

¡Abandonarla cuando en su ser no se había saciado la terrible hambre

amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes

y los curas, sentía cierta desesperación y aun se mostraba inclinado a

maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y

le arrojaban rápidamente del cielo al suelo.

Don Claudio, siempre recatándose en la sombra, contemplaba fijamente al

capitán, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendíase la

facilidad con que iba leyendo en la frente de aquél todos sus

pensamientos.

--Señor conde--dijo el cura cambiando con gran maestría el tono de su

voz, que de ligera y meliflua se trocó en grave--. Dentro de pocas horas

va usted a partir para cumplir una importante misión y poner en práctica

lo que, al ceñir espada, juró usted como cristiano caballero.

Baselga, que pensando en su próxima y dolorosa separación de la mujer

amada tenía la frente apoyada en la mano, levantó la cabeza como

sorprendido al oír aquellas palabras dichas en tono solemne.

--Va usted a entrar--continuó don Claudio siempre con la misma

entonación--en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del

valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos.

Grandes serán las aventuras de que estará erizada su próxima existencia;

aunque el Señor tiene contados los días de sus criaturas, nadie sabe en

el mundo cuál será la última hora de su vida y hay que temer a la

muerte.

--¡Padre!--dijo Baselga con arrogancia--. Yo no la temo, y eso que no ha

mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el

campo de batalla: otra clase de muerte, la consideraría deshonrosa.

--Está muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir,

que más allá de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina

que enseña la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia

lo más limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de

comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen católico antes de morir

descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor.

Usted va a cumplir una noble misión, en la que tal vez le busque la

muerte. ¿Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?

Baselga quedó anonadado por estas palabras y miró con gran confusión al

sacerdote, que poco a poco había ido arrastrando su sillón hacia el que

ocupaba el capitán, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara

su artístico perfil sobre el foco de luz del quinqué.

El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es

sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras

para contestar.

Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidió al fin

a hablar y al principio no consiguió más que embrollarse en un sinnúmero

de confusas palabras.

--Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de

religión. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda

la Iglesia; en otros tiempos me sabía el catecismo de memoria, pero

ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la

juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que,

de morir en este momento, el diablo tendría mucho que hacer con mi alma.

--A tiempo está usted, hijo mío, de conjurar el peligro. En mí, que soy

indigno representante de Dios, encontrará usted el medio de librarse del

peso de tantas faltas.

--Yo quisiera confesarme, pero... ¿en este sitio? ¿En un salón de

visitas?

--Dios está en todas partes y en todas también puede su sacerdote oír la

confesión de un pecador. Acérquese usted más... así está bien. Y ahora

si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, ábrame su

pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los

pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo

el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.

Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo

todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el

recuerdo de las más pequeñas de sus faltas; pero cuando ya se disponía a

hablar, le interrumpió don Claudio para decirle:

--Supongo que no irá usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen

como pecados nimiedades insignificantes y ridículos escrúpulos. Aquí más

que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de

hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las

cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere

realmente como pecado.

Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor

propio y la vergüenza sujetaban su lengua, y con el rostro teñido de

rubor comenzó así:

--Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para

robar con malas artes el dinero de mis compañeros.

--Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los

que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cayó usted en pecado

mortal al explotar la simpleza de los que confían su suerte a la baraja.

Adelante, hijo mío.

--Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razón alguna, contra

personas a quienes antes había ofendido, derramando su sangre

injustamente.

--Gran pecado es atentar contra la vida del prójimo, mas sin embargo,

todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre

ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir

nunca en la nota de cobardía. Además, así como la Providencia veló por

la vida de usted podía haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso

tanto se exponía usted como su contrincante a morir en el lance. No es,

pues, muy grave este pecado. ¡Animo, hijo! ¿Cuáles son los otros?

--Yo fuí el que instigué a los soldados a dar muerte en la plaza de

Palacio al capitán Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer

viuda y de sus hijos huérfanos me ha quitado el sueño muchas noches.

--Digno de execración es siempre el asesinato; pero hay que convenir en

que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fué

uno de tantos incidentes propios de época de agitación, y sin duda aquel

desgraciado fué designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus

compañeros en política y hacerles ver prácticamente cuán terrible es el

fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era

un impenitente revolucionario a quien usted conocía muy bien; ¡quién

sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogió a

usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este

pecado. Adelante, hijo mío, adelante.

Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo

encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le dirigía

amables sonrisas y que demostraba un empeño paternal por desvanecer

todos los remordimientos en el pecho del penitente.

Con un confesor tan "de manga ancha" que sabía desmenuzar los pecados de

modo que perdieran su carácter horrible, dejándolos reducidos a simples

faltas, se podía hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito,

cobrando cada vez más confianza, repasó por completo todo lo grave de su

pasado y al fin llegó a sus amores con la baronesa.

Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitán creía

circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar

eternamente el secreto de sus amores; así es que no se mostró propicio a

revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y él; tanto más cuanto

que el padre Claudio era amigo de la baronesa.

El sacerdote, que con mirada atenta seguía contemplando al joven,

pareció adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su

frente, y para desvanecer todo escrúpulo dijo así:

--Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algún

suceso importante de su vida. Engañándome a mí engaña usted a Dios, y de

poco puede servir a su alma una confesión incompleta e inspirada en

miras egoístas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie

del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse

secretos, tanto más cuanto que lo que usted diga aquí quedará como

encerrado en una tumba. ¡Vamos!, decídase usted, hijo mío, y ya que se

ha propuesto implorar la protección de Dios descargando su conciencia de

culpas, no oculte ni una sola de éstas.

El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidióse a

hablar, aun faltando a su condición de amante reservado y silencioso.

Además pensó en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y

que, como buena católica, ya le habría revelado todo lo ocurrido.

Así que Baselga se decidió a decir la verdad, y dejó escapar un

verdadero chaparrón de palabras que fué la relación completa y detallada

de todo lo ocurrido entre él y la baronesa desde el día en que se

conocieron hasta la hora presente.

El cura escuchaba con aparente atención las palabras del penitente; pero

un profundo observador hubiera adivinado en él la distracción que le

causaba oír por segunda vez la relación de sucesos que ya le eran

conocidos.

Cuando Baselga, acalorado en la descripción de su última conquista,

deslizaba algún detalle de color algo subido y se detenía como

avergonzado, el clérigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el

joven seguía adelante en su relación, encontrando cierto placer en

revelar a un hombre (aunque éste fuese un cura) toda la felicidad que

había gozado.

Cuando el condesito terminó de hablar, vió con cierto recelo que don

Claudio se ponía muy serio por primera vez y aún se alarmó más al oír

que con voz algo irritada le decía:

--Después de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le

dé la absolución.

--¡Cómo! ¿Qué dice usted, padre mío?

--Usted, llevado de sus antiguos hábitos de galanteador irreflexivo, ha

abusado de la generosa hospitalidad que le dispensó una mujer que aunque

a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa

ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salvó la vida, y

éste obraría con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero

si se negara a reparar el mal que causó.

Baselga quedó anonadado bajo aquella severa reprimenda.

--Va usted a partir--continuó el sacerdote--dentro de breves horas, y

Dios sólo sabe dónde podrán arrastrarle los azares de la guerra. El

corazón de usted es ligerísimo, su facilidad amorosa grande en extremo,

y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su

afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, ¿cuál será

la suerte de esa desgraciada señora, modelo de virtudes, pero a quien el

amor ha hecho pecar?

--¡Oh!, no, padre. Yo nunca olvidaré a Pepita: la amo mucho.

--El amor, cuando no está santificado por la bendición del sacerdote, es

fugaz pasión que el menor vaivén de la vida hace desaparecer. No basta

que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasión con algo más

serio que los juramentos de amor.

--¿Y qué puedo hacer yo, padre mío?--dijo Baselga, a quien las palabras

del cura habían conmovido.

--Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves

horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento

canónico sus amores con la baronesa.

--Entonces, ¿cuál ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me

dé la absolución?

--Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con

el matrimonio, jure usted ante Dios que está en el cielo y en todo lugar

que dará su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la

comisión que ahora le encarga su majestad.

--Dispuesto estoy a jurarlo, padre mío.

Entonces, Baselga, por indicación del cura, púsose en pie, y extendiendo

su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y

negruzco, fué repitiendo el juramento que palabra por palabra le dictó

don Claudio, y al final de cuya fórmula pedía para sí todos los

tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir

lo prometido.

El mastuerzo que con tanto valor sabía batirse en las calles de Madrid,

sentíase ahora conmovido por las palabras que le hacía pronunciar el

hábil capellán y le faltó poco para derramar lágrimas de alegría cuando

le dijo don Claudio con acento melifluo.

--Hermano; de rodillas.

Oyó Baselga latinajos que no entendía y con ademán compungido recibió la

bendición de aquella mano fina y aristocrática, que después besó

contritamente.

--Ahora--dijo don Claudio levantando del suelo al capitán--, a luchar

como un héroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.

--Lucharé hasta morir--contestó el joven con resolución que no daba

lugar a dudas.

--¿No es verdad que se siente usted mejor después de la confesión?

--Me encuentro poseído de un bienestar inmenso.

--El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata

impresión después de desahogar su pecho de culpas.

--Ya hemos terminado--continuó el cura después de un breve silencio--;

retírese usted a hacer sus preparativos de viaje y avístese con el señor

Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Además,

autorizo a usted para que cuando vea a la señora baronesa, le revele

cuanto aquí ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentará una

alegría sin límites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan

pronto como lo permitan las circunstancias.

--¡Adiós, padre!--dijo el capitán con algún enternecimiento--. Que el

cielo permita nos volvamos a ver pronto.

--¡Adiós, hijo mío! Que el Señor proteja a usted.

Y aquel Pedro el Ermitaño del realismo español, estrechó con cariño la

mano del cruzado que iba a defender en los montes la tiranía del monarca

y el restablecimiento de la Inquisición.

Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitación

vecina, el cura sonrióse con aire satisfecho, y dirigiéndose a la puerta

del salón contraria a aquella por la que había salido el joven, levantó

el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:

--¿Está usted contenta, Pepita?

--Mucho, padre mío. ¡Cuánto tengo que agradecer a usted!

Y la baronesa, diciendo estas palabras entró en el salón. Sus mejillas

estaban coloreadas por la alegría y en toda ella conocíase el vivo

placer que le había causado la anterior escena.

--Esto es un servicio más que usted tendrá que agradecer a la poderosa

Compañía que la protege desde la cuna.

--Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra

reverencia que siento no corresponder con más fuerza a tan grandes y

continuos favores.

--Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y

disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.

--Eso hago y eso haré tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se

realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden,

podré servir mejor a los intereses de la Compañía. Unicamente me faltaba

un marido, y éste ya le tengo gracias a la sabiduría de vuestra

reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida

predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder

presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemática y sin

amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo haré el

día en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha

prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero

tiene algo de héroe, y si no lo matan, conseguirá abrirse paso y llegar

a los más altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra

reverencia me lo asegura valiéndose de su profundo talento que a todos

convence. ¡Cuán agradecida debo estar a la Orden que me protege!

--Baronesa: el que trabaja "para la mayor gloria de Dios", se ve colmado

siempre por el Altísimo de inmensas felicidades.

X

1823

En 1823 cambió por completo la decoración para liberales y serviles que

con tanta saña venían combatiéndose hacía tres años.

Al rey que decía "a sus súbditos" "marchemos todos francamente, y yo el

primero, por la senda constitucional", mientras ocultamente favorecía

con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de

Cataluña y Navarra, le parecía todavía insuficiente el armar tropeles de

fanáticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicitó el

auxilio de Francia, que envió a España al duque de Angulema con sus cien

mil hijos de San Luis.

Fué aquélla una época de desbordamiento y de impudor. Nunca se había

visto un pueblo más propenso a la mudanza, a la traición y a la

desvergüenza.

Largos años de tiranía habían corrompido el sentido moral de nuestro

pueblo; la revolución sólo había servido para hacerlo más bullanguero, y

ni una sola de las ideas democráticas que los oradores predicaban en los

clubs, conseguía penetrar en aquella juventud que todavía era hija

legítima y directa de la generación de Pan y Toros.

Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del

Rosario de la Aurora, asistían ahora a los clubs, cantaban a grito

pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las

manifestaciones cívicas. He aquí toda la reforma que la revolución

consiguió hacer en el pueblo español.

El rey, a pesar de la Constitución y de todos los esfuerzos de

exaltados y comuneros, seguía siendo la personificación del país; lo que

el monarca hacía, los súbditos lo imitaban, y como Fernando VII era

canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conocía ni aun de

oídas el pudor político, y cuando aún repetía el eco sus gritos de ¡viva

la Constitución!, volvía la hoja rápidamente para pedir a gritos el

triunfo del rey "neto" y la vuelta de los felices tiempos en que

funcionaba la Inquisición, los jesuítas dirigían el Gobierno y el amo de

España mostraba el sobrehumano talento que le había dado Dios para

presidir las corridas de toros.

La política, en los últimos tiempos de aquella época constitucional,

estaba reducida a una serie de vergonzosos engaños. La agonía del

trienio liberal puede definirse diciendo que fué una espantosa traición.

Fernando engañaba a los liberales, y mientras firmaba cuantos

manifiestos le ponían delante y en los cuales se entonaban himnos

laudatorios a la Constitución, solicitaba con gran urgencia el auxilio

de las bayonetas francesas; Morillo hacía traición a sus compañeros los

generales La Bisbal y Ballesteros; La Bisbal le imitaba y Ballesteros,

por no ser menos, uníase a los invasores para derribar al Gobierno, que

confiaba en el apoyo de sus espadas.

La Constitución era una enferma atacada de rápida tisis y los hombres,

dueños del Poder, semejaban embrollada consulta de médicos pedantes,

ocupados en discutir el nombre y etimología de los medicamentos que

pensaban emplear, mientras la paciente se moría a toda prisa.

No faltaban liberales entusiastas dispuestos a dar su sangre por aquella

Constitución que tantas veces habían jurado sostener, pero estaban en

minoría y sus esfuerzos se perdían entre la indiferencia y el

envilecimiento del pueblo.

El heroico Mina resucitaba en Cataluña la epopeya de la independencia,

luchando con escasas fuerzas contra las hordas realistas y las legiones

invasoras; pero su sublime tenacidad tenía el pálido reflejo de un rayo

de sol en el fondo de putrefacta laguna.

Aquella revolución moría como mueren todas las formas de Gobierno que no

llegan a ser populares. Sólo la clase media había abierto sus ojos a la

luz de la libertad.

El pueblo, llevando todavía en su mente el recuerdo de los privilegios

señoriales y de las rapiñas de la Iglesia, estaba tan ciego, que tomaba

sus armas para defender la causa de los nobles y de los curas.

Pudo muy bien el Gobierno constitucional organizar una tenaz defensa que

hiciera más lenta la marcha del tropel de alguaciles que Francia nos

enviaba para reponer el absolutismo en su primitivo ser y estado.

Con esto no se habría salvado la libertad, pero habría caído con más

honra, y los Borbones de la nación vecina no se hubieran engreído y

puesto al nivel de Bonaparte por una guerra en la que los reclutas de la

restauración no dispararon dos veces sus fusiles.

Pero los liberales adoptaron sus resoluciones con demasiada lentitud,

confiaron su defensa a militares de dudosa fe política, y cuando

vinieron a apercibirse de sus desaciertos, vieron sus órdenes

desobedecidas y que la traición de sus generales dejaba libre el paso al

chaparrón de la venganza absolutista que iba a caer sobre ellos con

furor terrible.

El final del período liberal tuvo algo de la rapidez del vértigo y mucho

de la vaguedad del sueño.

EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a

ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa

caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca

santa la chusca persona de Fernando VII. Este se reía interiormente de

la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el

mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos sabían que el mismo

monarca era quien movía el ejército invasor que venía pisándole los

talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurrió encargar a su

fusil la misión de librar a España del monstruo que pocos meses después

había de ensangrentarla con horribles venganzas.

El más vergonzoso rebajamiento se había apoderado de nuestro pueblo, y

como si quisiera poner su adoración al nivel de su vileza, tributaba

homenajes a los seres más abyectos.

El país, que doce años antes había admirado a Mina y al Empecinado, se

entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestían el

sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban

sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar "a los negros"

hasta la cuarta generación. Los mismos que habían aplaudido a Argüelles

y a Muñoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabiduría a los

pedantes y covachuelistas que componían la Regencia de Urgel.

El "Trapense", una fiera con hábito, era el héroe de la situación.

Creíase que su trabuco tenía el poder de hacer milagros, y cuando el

fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina

Comeford, penetró en Madrid, el mismo pueblo que tres años antes había

tirado de la carretela en que iba Riego, se arrojó bajo las herraduras

del caballo con la misma entusiástica indiferencia del indio que desea

ser aplastado por el carro del ídolo y ganar el cielo.

Una bendición de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La

mano del "Trapense" estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca

la abatía el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con

que degolló uno tras otro, sin interrupción, setenta y seis soldados

constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de

Urgel.

Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y

vagabundo con rumbos inciertos, fué a refugiarse en Cádiz. La

Constitución de 1812, semejante al hijo pródigo, después de correr

grandes aventuras, volvía decaída y derrotada a morir en el mismo punto

donde nació.

Allí fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejército de

Angulema, en unión de algunas de las hordas realistas que le precedían,

a guisa de avanzadas, estableció el sitio de Cádiz.

Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido

de los cañones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo

tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.

Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados,

y que se batían por "el qué dirán" y por dar a su bandera cierta gloria

antes de plegarla, podrían compararse con los gaditanos de 1810, que,

después de asistir a las sesiones de las célebres Cortes, empuñaban el

fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las

trincheras.

En el último sitio de Cádiz se luchaba sin ánimo de triunfar y

únicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban

encerrados en Cádiz sabían cuál iba a ser su muerte y la aguardaban

pacientemente. Argüelles pensaba en la próxima emigración; el canónigo

Villanueva se entretenía escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema

y los absolutistas; el marino Valdés se convencía de que era inútil

pensar en revivir la célebre defensa por él organizada en 1810, y,

entre tanto, Fernando distraía sus ocios remontando cometas de varias

formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafía óptica

que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurría.

La toma del Trocadero fué la única operación que honró militarmente a

los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una

bagatela para las legiones de Napoleón, fué pregonado por la Fama del

realismo como una hazaña al lado de la cual las proezas de Aníbal y de

Alejandro quedaban obscurecidas.

La restauración borbónica, tan mezquina en Francia, como en España,

necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese

prestigio que tan necesario es a los tiranos.

Por desgracia para la causa realista, la gloria le volvía la espalda, y

para que el mundo no se apercibiera de tal desdén, se veía obligada a

falsificar los hechos. Ni más ni menos que esos amantes desdeñados en

cuya boca los más insignificantes favores de la mujer ansiada se

convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.

La araña negra, t. 1/9 · 第 17 / 35 题