Galantería y devoción.
Cuando Baselga hubo tomado asiento frente a la dama y tan cerca de ella
que sin esfuerzo alguno podía pisar uno de aquellos pies que con algo
más importante asomaban bajo la falda demasiado recogida, quedó
silencioso un buen rato, no sabiendo cómo expresarse con una mujer tan
excesivamente despreocupada.
La baronesa, por su parte, seguía contemplando con aire burlón al
gallardo subteniente y esperaba con calma sus palabras.
--¡Cuánto tengo que agradecer a usted bella dama!--dijo por fin el joven
rompiendo aquel abrumador silencio--.
A usted debo la vida, pues sin su auxilio es probable que a estas horas
no existiría ni tendría la dicha de haberla conocido.
--No he hecho más que cumplir con mi deber, galante conde. Yo soy tan
realista y entusiasta por la buena causa como usted, y puede creerme que
siento que la sociedad no permita a las mujeres ciertos desahogos, pues
de lo contrario sería capaz de salir espada en mano a batirme con esa
canalla liberal.
--Estaría usted graciosísima en atavío militar--dijo Baselga sonriéndose
y recobrando su peculiar aplomo.
--No tanto como usted que siempre que entra en Palacio se lleva
prendidos muchos corazones de los botones de su uniforme. Pero... ¿qué
hace usted? Despacio, conde; no me pise el pie, que eso es costumbre de
muy mal gusto, indigna de un seductor de tanto renombre.
Baselga quedó nuevamente desconcertado por aquella franqueza arisca, y
ruborizándose como una niña, permaneció callado algunos minutos,
mientras que Pepita le contemplaba con la superioridad de la mujer que
tiene un frío imperio sobre sus pasiones y que sabe jugar con fuego sin
quemarse.
--Baronesa--dijo por fin el subteniente buscando palabras para salir del
paso--. A juzgar por sus palabras, usted me conoce hace algún tiempo.
--¿Quién no conoce en Madrid al conde de Baselga, la más gallarda figura
de la Guardia Real, el hombre adorado por las damas más encopetadas de
la corte?
--Parece baronesa, que se burla usted de mí al hablar en ese tonillo.
--Todo pudiera ser, señor Matamoros. ¡Eh! ¿Va usted, acaso a desafiarme?
--Hermosa baronesa: usted está autorizada para burlarse cuanto quiera de
mí, para tratarme como un perro, para hacerme pedazos si quiere, porque
yo le debo la vida, y aunque no...
--Usted nada me debe--interrumpió la baronesa--. Lo que por usted he
hecho es un servicio propio entre correligionarios, y... nada más. Pero,
continúe usted. Estábamos en el preludio de la declamación. Continúe
usted y procure no turbarse, como sucede a los cómicos sin experiencia.
--Búrlese usted cuanto quiera, pero óigame. Decía yo que aunque no le
debiera la vida, podría usted disponer de mi persona como de la de un
esclavo, porque yo ya no soy dueño de mis acciones, porque yo...
--¡Yo... la amo!--dijo Pepita, riendo como una loca y levantándose del
sillón para remedar la actitud de Baselga, que era la de un actor
amanerado.
--No está mal, señor conde--continuó mirando burlonamente al joven--.
Para ser un militar poco versado en literatura, según creo, sabe usted
decir cosas muy bonitas; ahora sólo le falta comparar su amor al himno
de un pájaro, al murmullo de una fuente o al susurro de un bosque, y que
me maten si no parece usted el galán de una comedia de don Pedro
Calderón.
Baselga volvió a quedar anonadado por la sempiterna ironía de aquella
mujer, y únicamente supo decir con voz balbuciente:
--¿Se burla usted?
--¿Qué me he de burlar? Lo que estoy es admirada de la facilidad con que
usted se enamora y de la manera original y distinguida con que sabe
expresar su pasión. ¡Ah, gran calavera! Por eso tiene usted tanto
partido entre las mujeres; con tan dulces palabras y algún pisotón que
haga ver las estrellas no hay beldad que se le resista. ¿Es así como
usted conquista a las duquesas de la corte?
Y la baronesa, al decir esto, se paseaba por la estancia lanzando
carcajadas sonoras y deteniéndose algunas veces frente al espejo para
echar sobre su persona una furtiva mirada.
Baselga estaba asombrado. Nunca había llegado a imaginarse una mujer
como aquella y se sentía humillado ante el genio burlesco de la
baronesa, que le dejaba cortado y balbuciente como un cadete.
Las continuas heridas que Pepita abría en su amor propio excitaban aun
más su naciente pasión; pero esto no evitaba que se sintiera avergonzado
por su derrota y que permaneciera en su asiento encogido y tal vez
deseando que se abriera la tierra y lo tragara para no servir más de
diversión a la burlona baronesa.
Cuando ésta se cansó de reír, acercóse algo sofocada al cabizbajo
subteniente, y con acento cariñoso le dijo, tocándole en un hombro:
--¿Se ha enfadado usted acaso? Reconozco que he sido cruel; pero... ¿qué
quiere usted? Este carácter maldito me obliga muchas veces a
indisponerme aun con las personas que más estimo. Vaya, todo acabó;
perdóneme usted, y en prueba de reconciliación y perpetua amistad,
permito que bese usted mi mano.
Y la baronesa avanzó una mano de piel satinada, tibia y con graciosos
hoyuelos, de la que se apoderó rápidamente el condesito, llevándola con
avidez a su boca.
No fueron uno ni dos los besos que la dió Baselga, y poco a poco los
labios se deslizaron al antebrazo, y aun hubieran llegado más arriba a
no soltarse Pepita meced a un fuerte tirón, quedándose en guardia con la
diestra levantada y en actitud graciosamente amenazante.
--Cuidadito, Baselga--dijo la hermosa con tono irritado y dulce--. Mire
usted que puedo enfadarme y entonces soy terrible.
Y Pepita, como para demostrar que era verdad lo que decía, dió al joven
una cariñosa bofetada que le supo a gloria.
--Ahora, siéntese usted--dijo la joven volviendo a ocupar el sillón--y
hablemos como buenos y tranquilos amigos. ¿De dónde le ha venido esa
rápida pasión que parece haberse creado con sola mi presencia?
--Baronesa, yo la amo hace ya muchos días.
--¿Sin haberme visto hasta ahora? Mire usted; eso sólo puede pasar en
las novelas, y si sigue usted por ese camino, volveré a reírme. ¿Sabe
usted, acaso, quién soy yo?
--Sí, una mujer enloquecedora a quien amo y debo la vida.
--La vida se la deberá usted al cirujano; pues yo, como antes he dicho,
no he hecho más que socorrer a un héroe de mi mismo partido. Porque yo,
sépalo usted bien, aunque parezca una mujer superficial, mordaz y
casquivana, soy muy realista, muy católica y muy enemiga de esa canalla
liberal. Para mí, después de Dios y de su representante en la tierra el
Papa, sólo hay una persona sagrada, que es el rey.
--Y para mí también--se apresuró a decir Baselga para estar en
consonancia con su adorada, que hablando de tales cosas se ponía tan
seria como un diplomático.
--Ya sé que es usted un decidido defensor del absolutismo, y de ello ha
dado buenas pruebas. ¡Lástima grande que tan buen muchacho tenga el feo
vicio de hacer el amor a la primera mujer que encuentra!
--Eso no es verdad. Yo la hago el amor a usted, porque la adoro.
--¡Hombre! No diga usted disparates. Usted me ha visto por primera vez
hace poco rato, e inmediatamente, sin tomarse ni tiempo para respirar,
me ha espetado su declaración, que tiene aprendida de memoria y que
suelta a todas cuantas ve.
--No es cierto. Yo no he amado nunca; yo, es el primer día que me siento
dominado por la pasión.
--Cuénteselo usted a su abuela. ¿Conque no ha amado usted nunca? ¿Y
dónde se deja a cierta airosa manola de la Ribera de Curtidores?
--Eso ha sido un entretenimiento sin consecuencias, y del cual apenas si
me acuerdo.
--Pero no olvidará usted a la duquesa de León, dama de la reina y que
tanto cuidado se toma por que sea usted el oficial más rumboso y bien
vestido de la Guardia.
--Está usted tan enterada de mi vida--dijo Baselga sonriéndose--como yo
mismo. ¿Es que hace tiempo me espía usted? Esto casi me haría creer que
mi humilde persona es objeto de interés y que usted...
El condesito se detuvo indeciso, como si no se atreviera a terminar su
pensamiento; pero la baronesa, lanzando nuevamente su sonora carcajada,
exclamó:
--¡Habráse visto mayor mamarracho! Sin duda ha llegado a imaginarse, lo
que menos, que yo le amo hace mucho tiempo en secreto y que procuro
enterarme de su vida. Pues, hijo, está usted en el mayor engaño, y ahora
me he convencido de que es verdad lo que las gentes dicen de usted.
--¿Y qué dicen de mí?--preguntó Baselga con acento de susceptibilidad
herida.
--Pues que el condesito de Baselga es un buen muchacho, aunque muy
ignorante y muy fatuo.
El subteniente se ruborizó hasta las orejas e hizo un gesto con el que
parecía decir: "Eso no lo dirá ningún hombre delante de mí."
En aquel momento sonaron las doce en el reloj de San Felipe y cada una
de las campanadas parecía que iba borrando del rostro de Pepita aquella
expresión burlona y mundanal que la caracterizaba.
Púsose seria, alzó los ojos al cielo, juntó las manos como una Purísima
de Murillo, y con voz débil y gangosa, propia de un locutorio de
convento, murmuró:
--A esta hora y a todas horas, sea bendito y alabado el Santísimo
Sacramento en el altar.
Y a continuación rezó contritamente tres padrenuestros que fueron
contestados por Baselga, aunque no con tanta devoción.
El joven estaba admirado y no sabía cómo calificar a aquella mujer que
tan pronto se colocaba en actitudes provocativas, marcando sus
espléndidas formas, como rezaba padrenuestros, y que entre dos
carcajadas hablaba del monarca con tanta seriedad que daba a entender un
fanatismo realista a toda prueba.
Comenzaba el subteniente a experimentar cierto respeto ante aquella
hermosura que tenía el ambiente misterioso de las diabólicas apariciones
de las leyendas.
Pero no duró mucho tiempo la actitud estática de la baronesa, pues su
rostro volvió a adquirir la habitual expresión, y mirando burlonamente
al joven, dijo:
--Quedamos en que usted decía...
--Baronesa, yo no decía nada; usted es la que de un modo gracioso me
llamaba ignorante y fatuo.
--Y lo es usted, pues sus actos se encargan de demostrarlo. Sólo a un
ente superficial se le ocurre hacer el amor a una mujer a quien no
conoce. Bien andaría el mundo si todas las mujeres que recogen por
compasión o por deber a un herido, hubieran de enamorarse de él. Vamos a
ver, ¿quién soy yo? ¿Sabe usted algo de mi vida?
--Baronesa, yo creo conocer la historia de usted.
--Indudablemente, el negro Pablo le habrá distraído durante su curación
relatándole un cúmulo de majaderías. Es un charlatán a cuya lengua
impondré correctivo. Pero aunque usted crea conocer mi vida, eso no
impide que sea una chiquillada el hacerme el amor a primera vista.
Además, usted no se ha fijado en que hay desigualdad de edades, porque
yo tengo cuatro o cinco años más que usted.
--El amor no reconoce edades.
--Ya lo sé--repuso la baronesa riendo con crueldad--; y por esto ama
usted a la duquesa de León, que ya pasa de los cuarenta.
El recuerdo de la duquesa trajo sin duda a la memoria de Pepita los
uniformes que aquélla regalaba a Baselga, y fijándose en el que ahora
llevaba éste, preguntó:
--¿Qué le parece a usted ese uniforme?
--¡Ah, baronesa! Es una atención más que tengo que agradecer a la
hermosa protectora que ha salvado mi vida.
--Nada de agradecimientos, pues el tal regalo ha sido por egoísmo,
estimable conde. Para recibir la visita de una dama, había de
encontrarse usted presentable, y ayer, permítame que le diga que estaba
espantosamente ridículo con aquella bata sucia y estrecha.
El joven ruborizóse al recordar la grotesca aventura, y Pepita, como
para consolarle, añadió:
--Hoy está usted muy guapo. De seguro que la duquesa se extasiaría
contemplando a su lindo adorador. Pero, ¡calle!; falta una prenda que de
seguro ese imbécil de Pablo habrá olvidado. Voy por ella.
Y la baronesa, antes de que Baselga pudiera oponerse, salió corriendo de
la habitación, exhibiendo una vez más, con el menudo y acelerado paso,
sus excitantes formas.
El condesito estaba tan anonadado por las continuas zurras que a su amor
propio había dado aquella mujer con su inagotable ironía, que al
quedarse solo no pensó en nada, pues parecía que la más absoluta
estupidez se había apoderado de su cerebro.
No tardó en oírse el paso ligero de Pepita, que entró en la habitación
agitando sobre su cabeza dos magníficas charreteras de oro.
Baselga, apenas las miró, dijo con la seriedad propia del militar que
teme cometer una grave falta:
--Baronesa, eso no me sirve. Yo no soy más que subteniente, y esas
charreteras son de capitán.
--Póngaselas usted y calle.
--Pero, baronesa, eso sería faltar a mis deberes, exponiéndome a un
castigo, y yo no quiero hacerme reo usurpando una categoría que no
tengo.
--Es usted muy tenaz, y si tan testarudo se muestra en hacerme el amor,
casi acabará por rendirme. Vamos a ver: si yo le hubiera dejado hablar
al hacerme la declaración, ¿no habría acabado por llamarme reina de
belleza, como siempre dicen los adoradores ramplones en tales casos?
Pues bien; yo, la reina, tengo a bien hacer a usted capitán.
--Baronesa--dijo Baselga poniéndose serio--; las cosas del ejército son
demasiado graves para jugar con ellas.
--Y usted es un fatuo testarudo con el que no se puede hablar. ¿Cree
usted que yo hago las cosas a ciegas? ¿O es que acaso ha llegado usted a
imaginarse que sólo conocen al rey los oficiales de la Guardia Real?
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Quiero decir que nuestro señor, el rey don Fernando VII, en premio a
su heroico comportamiento en la jornada del día 7, le nombra a usted
capitán; gracia que le será reconocida el día en que los buenos
servidores de Su Majestad barran de España eso que se llama
Constitución. Yo, en representación de la augusta persona, confiero a
usted tal empleo.
El condesito fué a protestar de aquello que le parecía farsa de mal
gusto, o una de las muchas bromas a que tan aficionada se mostraba la
baronesa; pero vió en el rostro de ésta tal expresión de seriedad, que
se tranquilizó, y más cuando Pepita dijo para acabar de disipar sus
dudas:
--Póngase usted las charreteras, señor capitán, que yo seré responsable
de cuantos perjuicios puedan sobrevenirle por eso que usted cree
usurpación de empleo.
Y luego añadió con expresión de orgullo y altivez:
--Obedeciéndome a mí, obedece usted al rey.
Baselga, subyugado por aquella mujer original que tan pronto reía y
bromeaba con gran descoco como hablaba de política y tomaba aires de
soberana, obedeció sus órdenes y colocó las charreteras sobre sus
hombros, ayudado por Pepita, que más de una vez rozó sus robustos pechos
con los brazos del joven.
No debió ser éste manco ni corto de genio, por cuanto la hermosa,
tomando aquella actitud de ofendida sonriente que tan bien le cuadraba,
exclamó levantando su manecita:
--Cuidado, don Fernando. Mire usted que si me enfado de veras, va usted
a acordarse por mucho tiempo.
--Baronesa, es usted irresistible, y aunque me amenazara con los mayores
castigos, me sería imposible permanecer quieto.
--Yo encontraré un remedio para su impresionabilidad. Me voy, y hasta
mañana, en que podrá salir de esta habitación y comer con nosotros, no
me verá usted.
--¿Y sería usted capaz de dejarme solo tanto tiempo?
--Hijo mío, aunque usted me crea una mujer superficial y casquivana,
tengo muchas ocupaciones y no puedo disponer a mi antojo del tiempo. La
comida me espera, y después tengo que recibir algunas visitas.
--¿Y se va usted así? ¿Sin dejarme la más leve esperanza?
--¿Qué es lo que usted quiere, hermoso condesito?
--Linda baronesa, oír de su boca que no le soy indiferente; saber que me
ama.
--Mire usted, Baselga; es usted muy niño, y aunque yo no sea una
abuela, allá va un consejo; para conquistar el corazón de una mujer lo
de menos es amar; lo importante es hacer méritos para ser amado.
--¿Y podré yo conseguir el realizar esos méritos que me realcen a sus
ojos?
--Veremos..., tal vez. Lo mismo puede usted conseguirlo mañana, que
nunca.
Y Pepita, después de hacer al condesito uno de sus saludos irónicos,
salió de la estancia riendo como una loca.