IV

El señor Antonio.

A ser poeta el gallardo subteniente de la Guardia Real, el tiempo que

permaneció sin volver a la vida le hubiera proporcionado tema suficiente

para componer un poema describiendo las vagorosas fantasías de la nada.

Hubo un instante en que perdió la noción de ser; pero este estado

negativo desapareció, y del mismo modo que se sale del sueño no para

despertar, sino para entrar en el ensueño, Baselga comenzó a sentir y a

pensar, sin volver por esto a la vida real, pues entró de lleno en las

nerviosas fantasías del delirio.

Sus oídos zumbaban como si fuesen cañones conmovidos por ensordecedores

disparos; le parecía que su cuerpo se hundía en un lecho de espuma de

jabón, cuya profundidad no tenía término, y por encima de sus ojos, que

veían estando cerrados, desfilaba una interminable procesión de seres

vagorosos de color azulado y formas grotescas, a fuerza de ser

extravagantes, que en la confusa memoria del subteniente despertaban el

recuerdo de los célebres cartones dibujados por Goya, inagotable almacén

de raras imaginaciones.

Algunas veces entre aquel extravagante desfile de visiones

contorneábanse rostros conocidos aunque desfigurados por diabólicas

sonrisas y, ¡cosa rara!, siempre eran aquellas fantásticas caras las de

seres que tenían motivos más que suficientes para odiar a Baselga. Dos o

tres muchachos de la Guardia, a quienes el subteniente había señalado

con su sable por quejarse de sus fullerías en el juego, desfilaron

haciendo visajes de alegría por encima de sus cerrados ojos, y tras

ellos, pálido, ensangrentado y llevando en los labios el nombre de su

mujer y de sus hijos, pasó el desgraciado Landaburu, aquel mismo capitán

a quien por sus ideas liberales había hecho asesinar Baselga el día en

que los batallones iniciaron su sublevación en la plaza de Palacio.

Aquellos fantasmas despertaban en el ánimo del atolondrado subteniente

algo semejante a un remordimiento y los contemplaba con miedo como

temiendo su venganza ahora que él se encontraba débil e incapaz de

defensa.

Pronto experimentó algo que le hizo estremecer y dar gritos de miedo y

de dolor. Los terribles fantasmas le rodearon con sus invisibles manos,

comenzaron a arañar en sus heridas excavando hondo, como si buscasen

algo, y cuando se cansaron de ver correr la sangre las oprimieron con

sus pesados brazos, causando al infeliz un dolor que le estremecía de

pies a cabeza.

Un calor insufrible se apoderó de todo su cuerpo: a Baselga le pareció

que el cerebro hervía dentro del cráneo y que éste iba a estallar de un

momento a otro, y tornó a abismarse en la sombra del no ser.

Cuando volvió a recobrar cierta noción de existencia, no fué para

delirar, pues abrió los ojos y se convenció de que estaba en el uso de

sus facultades aunque éstas estuviesen amortiguadas de un modo

alarmante.

Lo primero que vieron sus ojos fueron otros, grandes, saltones y de un

blanco amarillento, que le miraban muy de cerca y que correspondían a un

rostro negro como el carbón, adornado con una boca de labios hinchados y

coronado por una cabellera crespa y enmarañada.

Baselga, como buen realista católico, era supersticioso, y lo primero

que a su debilitado cerebro se le ocurrió pensar fué que había muerto y

que aquella cara negra y horrible que casi rozaba la suya era la del

diablo en persona.

Pronto se tranquilizó, reparando a continuación de tal rostro el cuello

de una casaca galoneada propia de un servidor de casa grande, pues

repasando rápidamente en su memoria las leyendas piadosas y los cuentos

de cuartel en que el diablo aparece bajo las más distintas formas,

recordó que éste en sus ratos de buen humor sólo había descendido a

disfrazarle de fraile, pero nunca se le había ocurrido vestirse de

lacayo.

No tardó en salir de dudas, pues la cara negra habló, y arrastrando las

sílabas con ese acento meloso de los americanos, preguntó al

subteniente:

--¿Cómo se siente el niño?

A Baselga no se le ocurrió hablar y por toda contestación se sonrió de

un modo lúgubre.

--Hace bien el niño en no hablar--continuó el negrazo con acento

cariñoso--. Los hombres malos le han hecho mucho daño y en casa todos

temíamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a

por el niño esta mañana cuando estaba casi muerto en la puerta.

El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para

dar la mano al negro; pero inmediatamente sintió agudas y estremecedoras

punzadas en el hombro y la pierna, donde tenía las heridas.

Fijó su atención en estas partes de su cuerpo y notó que las tenía

oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.

--No se mueva el niño--dijo el negro con su acento indolente--. No se

mueva, y si quiere algo pídalo que yo se lo traeré.

Separóse el negro al decir esto de la cama y entonces notó Baselga que

junto a ésta y sobre una mesita ardía un quinqué con pantalla verde,

objeto que entonces era de reciente novedad y que sólo se permitían

usar las gentes acomodadas.

Aquella luz acabó por traer al herido a la realidad.

--¿Qué hora es?--preguntó con voz desfallecida después de hacer un gran

esfuerzo.

--El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.

--¿Desde cuándo estoy aquí?

--Desde esta mañana, señor. La niña, desde el balcón, vió caer a su

merced junto a la puerta y nos mandó bajar para que le entráramos en

casa y no lo remataran los hombres malos. Toda esta noche pasada hemos

estado oyendo los tiros; la niña no ha dormido, y el negro Pablo, que

soy yo, quería ir, como en Méjico, a disparar contra los enemigos del

rey.

Estas palabras acabaron de despertar los recuerdos en la memoria de

Baselga, hasta entonces embotada. Aquello de "enemigos del rey" hizo

revivir en el subteniente la pasión de conspirador absolutista y

rápidamente acudieron a su mente los recuerdos de todo lo ocurrido en la

noche anterior y al amanecer de aquel mismo día.

Baselga experimentó ansiosamente el deseo de saber cuál había sido la

suerte de sus compañeros de armas, y preguntó con voz angustiada:

--¿Qué ha ocurrido en Madrid desde que caí herido?

--No sé, ciertamente, cuál ha sido la suerte de la Guardia. Negro Pablo

no ha salido de casa en todo el día, porque la señora no ha querido que

fuera yo en busca de un médico. El señor Antonio ha sido el encargado de

traer al cirujano esta mañana y al volver le he oído hablar con la niña

de graves sucesos que han ocurrido en la plaza de Palacio. Lo único que

sé de cierto es que los hombres malos pasan a grandes grupos por la

calle, cantando y dando vivas a eso que llaman libertad.

--No hay duda--murmuró Baselga, dejando caer la cabeza con desaliento--;

esos tenderillos nos han vencido.

En aquel momento, amortiguados y como si provinieran de larga distancia,

llegaron hasta la alcoba centenares de voces que con bastante

discordancia cantaban el himno de Riego y daban vivas a la Constitución.

Era el pueblo liberal que todavía celebraba con alegres manifestaciones

el triunfo de la mañana.

Baselga, a pesar de su debilidad y postración, se agitó como para huir

de aquellas voces que llegaban hasta él con sonido debilitado por muros

y cortinajes, y cerró los ojos.

--Señor--dijo el negro--. La niña y el señor Antonio me han encargado

les avisara apenas recobrara usted los sentidos.

--¿Quién es la niña?--preguntó Baselga con extrañeza.

--Es mi ama, niña Pepita, la señora baronesa de Carrillo, viuda del

gobernador de Acapulco.

--Y ese señor Antonio, ¿quién es?

--Es el señor; pero digo mal... no es el señor, pero poco le falta. Es

como si dijéramos el amo de todos los que aquí vivimos, menos de la

señorita.

--Será el administrador.

--Administrador, no, señor; pero sí una cosa parecida. Algunas

veces--continuó el negro, sonriéndose con cierta malignidad--da consejos

terminantes a la niña, que ésta sigue aun contra su gusto.

--¿Es joven tu ama?

--Casi como usted, y crea que si aquí se dejara ver tanto como en

Méjico, había de encontrar a cientos los adoradores.

--Es guapa, ¿eh?--dijo Baselga, que a pesar de su triste estado

comenzaba a preocuparse de niña Pepita, llevado de sus eternas aficiones

galantes.

--Pronto la verá usted y podrá juzgar. Muchas señoras miro cuando salgo

por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparársele.

--Bueno; la veré y daré con justicia mi opinión.

Baselga, después de decir esto con displicencia, cerró los ojos, como

para indicar al negro su cansancio, y ladeó un poco la cabeza, huyendo

del reflejo de la luz.

El negro Pablo quedóse un rato mirándolo con estúpida fijeza, y

únicamente se movió cuando le pareció oír pisadas que lentamente se

acercaban.

Fuése el negro a la puerta de la alcoba, y sacando la cabeza por entre

los cortinajes, reconoció al recién llegado.

--Señor Antonio--dijo con voz queda--, el niño se ha despertado ya. He

hablado con él y ahora mismo acaba de cerrar los ojos.

Apartóse el negro y entró en la alcoba el señor Antonio.

Su figura era extraña, y atendida la época resultaba un espantoso

anacronismo.

Ocurría aquella escena a mediados de 1822. Las modas igualitarias y

democráticas inventadas por la Revolución francesa hacía ya bastantes

años que imperaban en España, y, sin embargo, aquel hombre vestía como

en tiempos de Carlos III, que sin duda fueron los de sus mocedades.

Llevaba el pelo largo, recogido con una cinta sobre la nuca y trenzado

en coleta, y su traje componíase de chupa y calzones de paño negro,

raído, manchado y polvoriento; camisa con girindola, medias de color

indefinible y zapatos con hebillas holgados como pantuflas.

Tenía el rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas que al

menor gesto titilaban y se ponían en movimiento semejante al oleaje de

un mar alborotado, y sus ojos hundidos y pequeños apenas si marcaban la

pupila verde, inmóvil y gatuna tras el empañado cristal de unas enormes

gafas con pesado armazón de plata.

En el porte de aquella persona original percibíanse detalles que a

primera vista conocíase eran característicos, y de éstos los más

notables eran: el gran pañuelo de hierbas, asomando siempre sus

mugrientas puntas por entre los faldones de la casaca; el rosario, de

cuentas gastadas por el uso, escapando su extremo por uno de los

bolsillos de la chupa, mientras que del otro colgaba, sirviendo de

cadena del reloj, una rastra de medallitas terminada en esa cifra casi

cabalística que designan los devotos con el título de "Nombre de María".

El señor Antonio, tal vez por ser pequeño de estatura y falto de carnes,

no andaba encorvado humildemente, como muchos de su clase; pero a falta

de tal rasgo de servil amabilidad, disponía de una sonrisa que, aunque

afeaba más aquel rostro chato propio de una momia, le daba cierto tinte

de seráfica inocencia.

Baselga, que al notar la presencia del recién llegado había abierto los

ojos, contempló con atención a aquel personaje de exterior tan raro,

mientras que éste le miraba dulcemente con sus ojos claruchos de un modo

que parecía pedirle perdón por la molestia que le causaba.

El señor Antonio, después de vacilar, se decidió a ser el primero en

hacer uso de la palabra, y buscando en los registros de su voz el tono

más melifluo y humilde, preguntó:

--¿Cómo se siente usted, caballero?

--Mal, muy mal--contestó Baselga, a quien causaban gran incomodidad los

apretados vendajes.

--No lo extraño. Ha perdido usted esta mañana mucha sangre, y, además,

las heridas son de consideración. A pesar de esto, tengo la satisfacción

de manifestarle que su vida no corre peligro.

--¿Ha visto bien mis heridas el cirujano?

--Perfectamente. Es un hombre tan cristiano como inteligente, amigo de

la casa e interesado en salvar la vida de todo buen defensor del rey y

nuestra sacratísima religión. Cuando le extraía las balas esta mañana

murmuraba oraciones para que Dios librara pronto a usted de aquel

espantoso delirio, en el cual creía ver fantasmas que le arañaban las

heridas.

Baselga recordó entonces su atroces pesadillas, de las cuales aún

quedaba rastro en su memoria. Las manipulaciones del cirujano le habían

parecido, en estado tan anormal, crueles tormentos de seres fantásticos.

--Hay que reconocer--continuó el señor Antonio--que Dios ha querido

poner hoy a prueba la paciencia de los suyos destruyendo la obra de los

buenos.

--¿Es usted de los nuestros?--preguntó Baselga mirando ya con cierta

simpatía a aquel hombre que por su aspecto extraño le había sido

antipático a primera vista.

--¿Y quién no lo es, caballero oficial?--contestó el vejete con enfática

solemnidad--. Todo buen español debe ser enemigo de esos hombres

desaforados, sin conciencia ni respeto a las leyes divinas y humanas,

que no tienen más santos ni santas que Riego y la Constitución, que

quieren la perdición de la Iglesia y de sus sagrados e inviolables

derechos, que han arrojado a los buenos padres jesuítas que nuestro

señor don Fernando VII había vuelto a España para que labrasen nuestra

felicidad y que si Dios no lo remedia acabarán igualmente con el rey,

pues a nombre de esa libertad que siempre tienen en los labios, aspiran

a que desaparezca todo lo antiguo y más digno de veneración. ¡Locos!

¡Infelices! ¡Mentecatos! ¿Pues no hay entre ellos quienes hablan de eso

que llaman democracia y hasta quieren poner en práctica aquí las

infernales doctrinas de aquellos bandidos que hicieron el noventa y tres

de Francia? ¡Imbéciles! Como si las naciones pudieran existir sin reyes

que las gobiernen y frailes que las eduquen.

Y el vejete, que hablando al principio en tono natural, había ido

exaltándose poco a poco, paseaba nerviosamente al decir las últimas

palabras y cada uno de los epítetos que dirigía a los liberales, lo

marcaba con iracundas patadas que daba contra el suelo como si bajo de

sus pesados zapatos tuviera a la "Fontana de Oro" y a todos los clubs

revolucionarios que funcionaban en Madrid.

Baselga comenzaba a mirar con admiración a aquel hombre.

El subteniente, a pesar de todo su entusiasmo monárquico, era incapaz de

hilvanar un párrafo realista de elocuencia tan conmovedora como aquél y

confesaba su pequeñez intelectual ante el vejete que poco antes le

parecía despreciable.

El señor Antonio era, sin duda, un sabio tan eminente como el canónigo

Ostolaza u otro de los frailes de la camarilla de Fernando, y el

condesito de Baselga comprendía que podía recibir de sus labios grandes

enseñanzas con que deslumbrar, el día que se encontrara restablecido, a

sus compañeros de batallón.

Estuvo el subteniente mucho rato silencioso por si el viejo quería

seguir hablando sin tener él la imprudencia de interrumpirle el curso de

la peroración, y en vista de que no decía nada más contra la situación

política, se atrevió a preguntarle, con la cortedad de un discípulo al

dirigirse a su maestro:

--Diga usted, ¿qué ha ocurrido esta mañana al llegar los batallones de

la Guardia a la plaza de Palacio?

--Una cosa inaudita. Los campeones de la Fe han sido derrotados y

acuchillados por esos herejes. Dios, como antes he dicho, ha querido

probarnos. Los batallones llegaron a la plaza, y allí se detuvieron. Sus

perseguidores, los liberales, llegaron poco después y también

descansaron las armas impuestos por ese respeto que inspira la mansión

de los reyes. Entraron en tratos Morillo y los demás generales del

Gobierno con el rey nuestro señor para ajustar las condiciones con

arreglo a las cuales habían de rendirse los guardias; pero éstos, no

queriendo pasar por tal deshonra, volvieron a tomar las armas, y bajando

al Campo del Moro, huyeron de enemigos tan superiores en número.

--Y entonces, ¿qué sucedió?--preguntó Baselga con ansiedad.

--La caballería liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa,

cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechándose del

terreno llano, cargó a los cuatro batallones, y antes de que pudieran

éstos formar el cuadro, los acuchilló a su gusto, dejando el campo

sembrado de cadáveres.

--¿Y el rey?--volvió a decir el subteniente con impaciencia--. ¿Qué

hacía el rey?

--El señor don Fernando, asomado a un balcón de su palacio, azuzaba a

los liberales contra los guardias, gritando: "¡A ellos, hijos míos!

¡Que se escapan! ¡No dejéis uno con vida!"

--Eso es una gran canallada--dijo Baselga irreflexivamente dejándose

llevar de su indignación.

El señor Antonio quedóse mirándole fijamente por algún tiempo, y, al

fin, dijo con frialdad y calma:

--Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jamás como un canalla.

Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles.

Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. ¿Quién

le asegura a usted que don Fernando no veía en lontananza amenazada su

existencia por los vencedores liberales y únicamente para congraciarse

con ellos dió aquellos gritos? ¿Valen unas palabras sin importancia la

existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que

sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas

palabrejas que esos liberales podrán interpretar como gusten, pero que

no tienen importancia.

El ínclito de Baselga quedó aplastado por aquella lección de realismo, y

miró al vejete aún con más admiración.

--Además, caballero--continuó el señor Antonio--, en todos los asuntos

hay que guiarse por los consejos de la sabiduría. ¿Cree usted que los

padres jesuítas son los hombres más sabios del mundo?

Baselga no tenía motivos para contestar, pues en su corta vida nunca

había tratado a ningún discípulo de Loyola; pero recordando elogios que

muchas veces había oído, y guiándose por sus aficiones reaccionarias,

creyó muy del caso hacer un gesto como extrañándose de que hubiera quien

pusiera en duda tan terminante verdad.

--Celebro que usted lo reconozca--dijo el vejete--. Pues bien; los

jesuítas enseñan que para lograr un fin no hay que reparar en los

medios, y el señor don Fernando no ha hecho más que seguir tan sabia

máxima al obrar esta mañana del modo que ya he dicho.

El herido asintió a tales razonamientos, y como aunque le gustaban mucho

las palabras del vejete, sentía cada vez más imperiosamente la necesidad

de descansar, deseó que acabara pronto aquella conferencia para él

fatigosa, y cerró los ojos.

--Comprendo que usted necesitará mucho descanso, porque su estado,

aunque no peligroso, es bastante grave. Me retiro, pues, y le advierto

que apenas necesite el más leve auxilio, aquí tiene a Pablo, que está

completamente a su servicio y que dormirá a la puerta de su alcoba.

El negro afirmó las palabras del señor Antonio con una estúpida sonrisa.

Baselga, que comenzaba a sentir invadido su cuerpo por una atroz

calentura, preguntó con interés:

--¿Ha dicho el cirujano cuánto tiempo tendré que permanecer de este

modo?

--¿Tiene usted mucha prisa en abandonar esta casa?

--Siento impaciencia por ir a participar de la misma suerte que aquellos

de mis compañeros que no hayan muerto.

--Pues siento decir a usted que tendrá que resignarse a permanecer mucho

tiempo aquí aun cuando se encuentre bueno, a menos que quiera morir en

un cadalso.

--¡Un cadalso!... ¿Tan cruelmente piensan los liberales castigar nuestra

sublevación?

--Es que usted no es sólo reo de insurrección, sino de haber ocasionado

la muerte a su capitán a las mismas puertas del palacio real.

--¿Cómo sabe usted eso?

--Señor conde de Baselga--dijo el vejete irguiéndose con cierta

majestad--; cuando se forma parte de instituciones poderosísimas, aunque

sólo sea como humilde átomo, se sabe mucho y se tiene conocimiento de

todos los hechos de importancia y de quiénes son sus autores. Yo sé

quién es usted, conozco su vida hace algún tiempo y también los grandes

servicios que ha prestado a la buena causa de Dios y el Rey.

El desmesurado amor propio de Baselga sintióse halagado por aquellas

palabras de tan entusiasta realista, y, a pesar de su calentura vió con

dolor que el buen viejo se alejara.

--¡Buenas noches--dijo éste haciendo un ceremonioso saludo--, que usted

descanse! Y en cuanto a ti, Pablo, ya sabes que estás aquí para obedecer

las órdenes de este caballero.

Estaba ya el señor Antonio en la puerta de la alcoba, cuando Baselga,

incorporándose cuanto pudo, le dijo, procurando reproducir el tono

galante que había aprendido en los salones del regio palacio:

--Salude usted en mi nombre a la señora de la casa, y hágala patente mi

profundo agradecimiento por su auxilio.

Volvióse el señor Antonio y dijo con expresión respetuosa:

--La señora baronesa de Carrillo, a pesar de su juventud y hermosura, es

tan católica como juiciosa, y está aún más interesada que nosotros en

defender los sagrados privilegios del rey.

V

Niña Pepita.

Era ya el octavo día que Baselga estaba en aquella cama, que, a pesar de

ser mullida, monumental y de interminable anchura, resultaba para el

joven potro inquisitorial que le producía las mayores desazones.

Nunca había permanecido él tanto tiempo acostado, y su sangre juvenil, a

pesar de estar debilitada, enardecíase con aquella larga inercia,

impulsando al subteniente a adoptar locas resoluciones.

El cirujano que le asistía estaba maravillado. Nunca había visto una

encarnadura tan privilegiada como la de aquel hermoso animal, para quien

las heridas graves eran insignificantes rasguños a juzgar por la

facilidad con que se cicatrizaban y la poca molestia que le producían.

A los ocho días, Baselga estaba ya poco menos que bueno, y su único mal

consistía en la gran debilidad que experimentaba a causa de la mucha

sangre que perdió.

La herida del hombro estaba casi cicatrizada y la de la pierna, aunque

no tan adelantada, la tenía ya próxima a curarse.

Baselga, obligado a permanecer inmóvil, distraía su fastidio dejando

vagar su imaginación por el espacio de las ilusiones, y como la política

sólo ocupaba en las aficiones del subteniente un lugar secundario, claro

está que su pensamiento había de reconcentrarse en el objeto de todos

sus apetitos; la mujer, y que esta mujer había de ser la baronesa de

Carrillo, aquella niña Pepita, de que hablaba el negro tantas veces como

se acercaba a la cama y de cuya hermosura hacía los más hiperbólicos

elogios.

El joven, a excepción de los ratos que hablaba de política y de los

sucesos del día con el señor Antonio, pasaba todo el tiempo conversando

con el negro Pablo, sondeándole y excitándole su afición a charlar para

ir recogiendo, entre la hojarasca de una palabrería bárbara e

insustancial, detalles interesantes sobre la vida y el modo de ser de

aquella beldad desconocida que ocupaba su pensamiento.

Conocía ya el subteniente hasta en sus menores detalles la historia de

la baronesa y la clase de belleza que poseía.

Guiándose por las revelaciones del negro, sabía que niña Pepita era

morena, que sus ojos negros tenían un mirar tan pronto grave como

picaresco, y que su cuerpo poseía toda la majestad de una reina de

teatro.

Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.

Su padre fué el barón de Carrillo, criollo descendiente de uno de los

compañeros de Hernán Cortés y que gozaba en Méjico de una buena fortuna

sin límites, consistente en tierras que se encargaban de hacer

productivas, animados por las caricias del látigo, innumerables

cuadrillas de esclavos.

Solterón huraño e incorruptible, aquel hombre americano parecía nacido

únicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo

religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los

jesuítas disponían a capricho de su persona y bienes, pues el barón de

Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la

intolerancia más decidido y audaz de cuantos seguían el estandarte de

Loyola.

Al expulsar Carlos III de España y sus dominios la negra polilla

jesuítica, el de Carrillo, por inspiración propia o siguiendo los

consejos de los dueños de su conciencia, protestó con las armas en la

mano contra la pragmática del rey e inició una revolución de fanáticos,

en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancherías. Pero el

movimiento no tomó cuerpo y los jesuítas viéronse arrojados de Méjico,

mientras que el barón, vencido por las tropas del Gobierno, fué

encontrado en una fortaleza y contempló confiscada por la justicia toda

su enorme fortuna.

Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consideró como traidor al

rey, por ciertas consideraciones le perdonó la vida, y como premio a su

afección por los jesuítas, fué condenado a eterna prisión, así como a la

pérdida de todos sus bienes.

La calma de la cárcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron

en aquel hombre adusto, fanático y casi autómata, un afecto hasta

entonces desconocido, pues el barón, con la salud profundamente

quebrantada y casi próximo a la muerte, se enamoró como un loco de la

hija del comandante de la fortaleza donde vivía encerrado. La muchacha

correspondió a su pasión y el resultado de tales relaciones fueron un

casamiento y la venida al mundo de niña Pepita, que no conoció a sus

padres, pues éstos murieron cuando tenía poco más de dos años.

La hija única del barón de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada,

pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se

había deshecho en manos de éste; pero a pesar de ello, nada faltó a la

niña, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mártir de la

causa de Dios.

Un poder superior parecía velar por el bienestar de aquella niña, de

cuya educación se encargó un señor Antonio García, comerciante de

Veracruz hombre cristiano y honrado--según decían sus amigos--y que

manejaba en su tráfico enormes capitales, que nadie sabía de dónde

procedían, así como tampoco persona alguna podía averiguar dónde iban a

depositarse las pingües ganancias que le producía su incesante comercio.

El ocuparse tal persona y algunas más de idéntica clase y profesión de

la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrédulos

que el jesuitismo no había desaparecido de Méjico, pues aunque los

padres con sotana habían sido barridos por la pragmática de Carlos III,

aún quedaban allí los jesuítas de hábito corto, valiéndose del inmenso

poder de su tétrica asociación para monopolizar el comercio y toda clase

de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes

murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creció siempre amparada por

oculta protección, hasta que a los dieciséis años se casó, o la casaron,

con el nuevo gobernador de Acapulco, noble español, algo ya entrado en

años, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la

madurez, y a quien el Gobierno envió a Méjico para que, robando con su

alto cargo a indígenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su

fortuna habían hecho el vicio y la disipación.

Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partían los

convoyes marítimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y

aquellos comerciantes misteriosos que habían amparado a ésta en su

infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por

los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros

interminables de peluconas.

Por desgracia para niña Pepita, llegaron los tiempos en que a los

indígenas les pareció muy pesado vivir unidos a una nación que les

explotaba dispensándoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie,

y comenzó la insurrección a levantar cabeza, obligando al gobernador de

Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaña en busca de los

rebeldes.

Algunos años permaneció indeciso el éxito de la lucha; pero, por fin, la

fortuna púsose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la

baronesa había demostrado su religiosidad y buen celo realista,

fusilando a cuantos revolucionarios caían en sus manos, le tocó a su vez

desempeñar el papel de víctima, y al caer prisionero de sus enemigos fué

macheteado de suerte que su cadáver, al ser encontrado, sólo pudo

identificarse por algunos indicios.

Quedó la bella Pepita viuda a los veintiséis años, sin familia y libre,

y como no era prudente permanecer más tiempo en aquel país donde la

revolución ganaba terreno por instantes y se corría peligro de que se

cumpliera el refrán de "lo mal ganado se lo lleva el diablo", la

baronesa púsose en camino para España, llevando en su compañía la

fortuna adquirida en Acapulco y a aquel señor Antonio, su eterno

protector, que abandonó los negocios por la misma razón que su

protegida.

Esta historia fué conociéndola Baselga a trozos, por boca de aquel negro

que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de

llenar con su imaginación algunos claros que resultaban en lo narrado.

El romántico nacimiento de niña Pepita--como llamaba el negro a su ama,

siguiendo la costumbre de los de su raza--, el país de donde procedía y

el afán de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de

cerca a aquella hermosura de un género para él completamente nuevo, pues

toda su crónica amorosa reducíase a las marquesas y duquesas de Palacio,

señoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas

como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por

dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.

Aquella mujer, en cuya casa estaba, había de ser algo muy diverso a las

ya por él tratadas; en su amor encontraría algo nuevo y original, que

hasta entonces ignoraba, y esto le hacía desear con ansia el conocerla.

Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede

llamarse la brutal pasión con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel

atleta, a pesar de su postración física.

Había, además, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de

misterioso en su vida, pues el condesito, que tenía en su memoria el

catálogo de todas las mujeres jóvenes, hermosas y elegantes que

residían en Madrid y que sabía al dedillo sus nombres y aun las familias

a que pertenecían, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado,

en el teatro del Príncipe ni en ningún otro punto de reunión de la

sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra

parte, no debía tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba

una casa con honores de palacio en una de las calles más céntricas de la

capital.

Cavilando Baselga continuamente sobre la incógnita hermosura pasóse los

días de su curación, y tan preocupado llegó a estar, que en sus diarias

conversaciones con el señor Antonio ya no se cuidaba de hablar de

política ni de preguntar por la situación del rey y la suerte de Córdova

y demás compañeros de la Guardia, pues hábilmente quería hacer recaer

siempre la plática sobre la señora de la casa; pero el astuto vejete,

que miraba al subteniente desde una altura inmensa, sabía desbaratar con

una sola palabra todas las artimañas preparadas por aquél para hacerle

hablar.

El señor Antonio tenía buen cuidado en decir al joven todos los días que

la señora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto

restablecimiento y que ya tendría el gusto de saludarlo tan pronto como

se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la

plática no nombraba más a su señora, y, además, adivinando los

pensamientos del joven, procuraba que éste tampoco trajera su recuerdo a

la conversación.

Llegó, por fin, el día en que el cirujano, después de examinar

minuciosamente las heridas, viéndolas perfectamente cerradas y limpio de

calentura al paciente, le permitió que se levantase de aquel lecho que

tanto le atormentaba.

Baselga no tardó en aprovechar el permiso, y calándose una bata del

señor Antonio que le prestó el negro, salió de la cama para dar algunos

pasos vacilantes por la habitación e ir, por fin, rendido por tal

esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un sillón colocado junto

a la única ventana de aquella estancia.

A través de los verdosos cristales veíase un patio de paredes negruzcas,

cuyo extremo superior estaba bañado por el sol refulgente, propio de una

mañana de verano.

El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel sillón,

distinguía, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa

luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares más tristes y

la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho,

produciéndole gran alegría y despertando en su cerebro un mundo de

risueñas ideas.

Baselga se sentía feliz. Experimentaba la misma impresión que el

náufrago que, después de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo

sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en

salvo.

Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de

julio, le parecían terribles ensueños de la noche anterior; su debilidad

de convaleciente era lo único que le recordaba tales sucesos; pero, en

cambio, sentía su pecho repleto de la satisfacción que le causaba la

vida, encontraba el mundo más hermoso que nunca, mostrábase orgulloso de

su juventud y de su fuerza, y su imaginación revolvía mil planes de

futura felicidad.

Parecía que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se había

deslizado en el interior del cráneo de Baselga, para dar a todas sus

ideas un color de rosa.

No pudiendo resistir el joven su satisfacción y deseoso de demostrarse a

sí mismo que la debilidad de la convalecencia no había de causarle tan

gran cansancio, se levantó del sillón, irguiéndose con arrogancia como

si estuviera en una formación de la Guardia frente a Palacio, y con un

paso que quiso hacer marcial, encaminóse a un gran espejo que ocupaba

casi un lienzo de pared y se miró en él de pies a cabeza.

¡Vamos! Había que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez

la tenía descolorida y el pelo estaba enmarañado; pero esto le daba

cierto aire interesante y romántico, muy propio para causar impresión en

una mujer de carácter novelesco.

Baselga, satisfecho de su rostro, bajó su vista para examinar su cuerpo

y..., ¡gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al

verse en tan ridícula catadura.

La bata del señor Antonio ya le había parecido, al ponérsela, tan

desteñida, sucia y mugrienta como todos los trajes del vejete; pero

ahora contemplaba en el espejo lo mal que caía sobre su cuerpo y sentía

impulsos de romperla en menudos pedazos.

Aquella pieza confeccionada para un cuerpo poco robusto, resultaba

estrecha y corta puesta sobre las carnes del gigantesco condesito, y

éste no podía ver sin sentir escalofríos de rabia sus piernas robustas y

vellosas que asomaban por bajo la bata para ocultar sus extremos en unas

pantuflas viejas, tan grandes, que a cada momento se escapaban de sus

pies.

¡Dios de Dios! ¡Cuán ridículo estaba! Ahora lo único que le faltaba es

que a la linda baronesa de Carrillo se le ocurriera entrar a visitarlo

para burlarse gentilmente viéndole en tal facha.

Solamente la idea de que esto pudiera ocurrir, le helaba la sangre al

fatuo subteniente, que sólo temía en el mundo al ridículo ante las

mujeres; pero aún vino a hacer más grande su terror el oír de repente

cierto roce de cortinas y el sonido de una carcajada femenil, a duras

penas contenida.

El condesito quedó como petrificado, y durante algunos momentos no se

atrevió a moverse ni a volver su vista hacia la puerta; pero no tardó en

revivir en él su instinto de conquistador, y rápido cual un relámpago

lanzóse a la entrada de la alcoba, tras cuyo tapiz le observaban

indudablemente.

Cuando llegó a tal punto y levantó la cortina, no encontró a nadie, pero

pudo oír el rumor de unos pasos ligeros que se alejaban y aun le pareció

distinguir en la puerta fronteriza a la que él ocupaba, el extremo de

una flotante falda azul, que desapareció con la rapidez de momentánea

visión.

Baselga no dudó ya. La hermosa baronesa era quien le había observado

tras aquel cortinaje y esto le puso de un humor infernal.

Nunca, ni aun en los días de mayor desesperación, había llegado él a

imaginarse que una mujer hermosa debía contemplar al oficial más guapo

de la Guardia en el mismo traje de un avaro de sainete, envuelto en

viejos trapos manchados de grasa y con las piernas al aire.

Después de tal suceso, ¿cómo iba él a enamorar a una mujer que había

tenido que reírse al verle en tan grotesca catadura?

Baselga, enterrado en su monumental sillón, pasó junto a aquella ventana

un día de perros, y cuando el negro Pablo entró con su pucherete de

enfermo, sintió la necesidad de desahogar su rabia y casi estuvo tentado

de tirarle los platos a la cabeza.

Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia

notó que su pierna derecha, aquella en que había recibido el casco de

metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a

balancearse sin gracia alguna.

Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espantó a aquel

valiente.

El que no había temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor,

se horrorizó de pensar que su hermoso físico acababa de ser afeado por

un defecto visible.

No era muy de notar aquella cojera. Algún descuido de la curación, algún

tendón interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya

no podía andar con aquella gallardía que tanto le distinguía en la

corte.

Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que

era su continua preocupación.

Acabó esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y después de

rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se metió en cama al

anochecer, echando maldiciones a la Constitución de 1812, a Riego y a

todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en

aquel aciago día.

Soñando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas

burlonas, en batas sucias que le oprimían como corazas de hierro y en

batallones de guerreros cojos, pasó el joven toda la noche presa de

nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despertó traspasando los

vidrios de la ventana y posándose en sus ojos, lo primero que éstos

vieron en su silla cercana fué algunas prendas de ropa interior de fino

hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.

Baselga, para convencerse de que no soñaba, saltó inmediatamente de la

cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenció

de que estaba despierto, sintióse dominado por infantil alegría y

comenzó a ponérselas con la satisfacción del muchacho que viste por

primera vez su traje de hombre.

Cuando el condesito acabó de abrocharse su casaca azul, fué a mirarse en

el gran espejo y experimentó una alegría sólo comparable por lo grande

al disgusto del día anterior.

Sin salir de la habitación encontró todo lo necesario para lavarse y

acicalarse y con fruición deleitante usó de aquellos artículos de

perfumería puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por

el joven como procedentes de un tocador femenil.

En Baselga, el estómago era el órgano que más parte tomaba en todas las

impresiones; así es, que cuando el negro entró con un enorme canjilón de

chocolate y una pirámide de bollos de Jesús, devoró el contenido de los

dos platos en un santiamén; y después, con aire satisfecho, encendió un

cigarrillo y se preparó a preguntar al criado algo sobre su señorita.

Pero el negro Pablo le ahorró tal trabajo, pues con aire confidencial

dijo casi al oído del subteniente:

--Hoy va a tener usted una visita. Niña Pepita vendrá a verle.

--¿Cómo lo sabes?

--He oído cómo se lo decía al señor Antonio, preguntándole si estaba ya

aquí el uniforme que hace unos días encomendó. El otro uniforme tuvimos

que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.

--¿Y sabes si tardará mucho la visita?

--No puedo asegurarlo. Niña Pepita tiene mucho que hacer por las

mañanas. Ahora está en misa y después tendrá que hablar con los padres

que vienen a verla casi todos los días.

--¿Qué padres son esos?

--Niña Pepita conoce muchos curas; ellos y dos señores que vienen

algunas noches, son las únicas visitas de la casa.

El subteniente iba a preguntarle más; pero en esto se oyó un lejano

campanillazo y el negro recogió apresuradamente los platos y salió

diciendo:

--La señora vuelve de misa. Ya está ahí.

Baselga quedó paladeando la alegría que le causaba saber que de un

momento a otro iba a presentarse allí aquella mujer que, aunque

desconocida, era la señora de sus pensamientos.

Algunas veces acudió a su memoria el recuerdo de lo ocurrido en la

mañana anterior, y esto le hizo experimentar cierta turbación; pero

inmediatamente renacía su antigua osadía de conquistador y ansiaba la

llegada de la incógnita beldad.

La impaciencia devoraba al condesito. Habían dado ya las nueve en el

reloj de San Felipe y la baronesa no venía; y no fué esto lo peor, sino

que la campana fué marcando las diez y las once, sin que la deseada

beldad diera señales de vida.

El subteniente estaba con el oído atento, y cada ruido de pasos lejanos

que llegaba a su habitación, le parecía ser la baronesa que se acercaba;

pero al sufrir nuevas decepciones, aumentaba su impaciencia.

Levantóse del sillón repetidas veces, entretúvose en golpear con los

nudillos los vidrios de la ventana tarareando cuantas marchas militares

conocía y acabó por plantarse ante el espejo y abismarse en su propia

contemplación, que era lo que más le distraía.

No estaba mal. El nuevo uniforme le caía a las mil maravillas y

únicamente se notaba en él la falta de charreteras. Pero..., ¡al fin!

¡Para ostentar el distintivo de simple subteniente!...

Hacíase estas reflexiones por centésima vez ante el espejo, cuando oyó

aquellos mismos pasos ligeros del día anterior que rápidamente se

aproximaban.

Ahora sí que era ella.

Baselga estiró su casaca, agitó sus piernas para limpiar el blanco

pantalón de arrugas y se apoyó en la dorada consola, tomando una actitud

estudiada y escogida entre todas las posturas que puede tomar un hombre

interesante.

Levantóse la cortina y entró la baronesa de Carrillo haciendo un

gracioso saludo.

Baselga no se sintió cegado por tanta hermosura, como sucede a los

héroes de las novelas, ni cayó de rodillas a los pies de la dama.

Limitóse a examinar rápidamente a la baronesa con ojos de experto

conocedor, la encontró soberbia y contestó al saludo con una respetuosa

reverencia.

Niña Pepita no era hermosa, sino guapa. Era alta y maciza de carnes, sin

carecer por esto de esbeltez. Su tipo de belleza no había que buscarlo

en los perfiles ideales de una Venus griega, sino en aquellas figuras

bizarras, carnosas y excitantes que, llenas de vida y de fuego, salieron

del pincel de Rubens.

Su rostro moreno y con tendencia a la graciosa redondez, tenía el tinte

ligeramente moreno de la perla, y sus dos principales adornos eran unos

ojos grandes, negros, tan pronto soñadores como interrogantes, y una

boca fresca, sonrosada y de labios algo gruesos, siempre entreabierta

para ostentar la dentadura admirable. Una nariz que en su extremo se

levantaba con cierta audacia, y algunos graciosos hoyuelos que aun se

marcaban más al sonreír, completaban aquel rostro que, a poco de ser

observado, ofrecía una mezcla extraña de aficiones a la alegría y a la

devoción.

Baselga, aunque inclinado, miraba con el rabillo del ojo la mujer que

tenía delante, y hacía de toda ella un detenido inventario, desde la

negra cabellera agolpada sobre ambas sienes en escalonados rizos, según

la moda de la época, hasta los pequeños, pero robustos pies que asomaban

sus zapatitos de tafilete bajo la falda, que era de las llamadas de

medio paso.

El vestido de seda color de rosa, estrecho, escurrido, rígido y con el

talle bajo el pecho, conforme a la moda entonces dominante, dejaba

adivinar un tesoro de embriagadoras formas, y Baselga, que sentía

renacer en su interior la bestia carnal, miraba con ojos casi saltones

la deliciosa y atrevida curva de un pecho espléndido, y las

magnificencias que parecían vibrar a cada paso bajo aquella falda

semejante a una tela mojada, según la fidelidad con que se amoldaba a

los contornos.

Aquella buena moza parecía no saber lo que era cortedad ni haber

experimentado rubor más que cuando a ella le conviniera; así es que

miraba con cierta lástima al subteniente, que a pesar de toda su fama de

calavera estaba turbado y balbuciente como un colegial al hacer su

primera declaración.

La baronesa tomó asiento en el sillón ocupado hasta poco antes por

Baselga e indicó a éste que viniera a colocarse en una silla inmediata.

El condesito vaciló. Iba a descubrir su cojera si no andaba con tiento y

por esto movióse con embarazo aun conociendo que haría una figura muy

ridícula.

--Ande usted con franqueza--dijo la baronesa riendo--. Ya sé que ha

tenido usted la desgracia de quedarse cojo, y no es caso de que sufra

por ocultarme un defecto.

El escopetazo era tremendo y Baselga quedó como dudando si había oído

tales palabras.

¿Qué mujer era aquella que con tal frescura se expresaba?

El condesito reconoció que ante aquella beldad que pretendía conquistar,

él quedaba muy pequeño y que para nada le valdrían sus experimentadas

artes de calavera.

La araña negra, t. 1/9 · 第 13 / 35 题