III

La casa misteriosa.

Desde principios de siglo, llamaba la atención de los vecinos de la

calle del Arenal y aun de los que no siéndolo pasaban a menudo por dicha

calle, un gran caserón situado frente al antiguo convento de San Felipe

Neri, que tenía ese aspecto enigmático y terrible de los edificios sobre

los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldición.

Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de

barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos;

largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de

sus balaustradas espesas capas de polvo y telarañas que se extendían

hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con

escenas mitológicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca

de dragón que en los días de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre

los transeúntes; éstos eran los detalles más llamativos y principales de

aquella fachada que bajo la máscara de su decrepitud inspiraba horror a

todos los vecinos.

En las rendijas de la gran puerta crecían bosques en miniatura que

movían mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transeúnte por cerca

de aquélla, y las ninfas y dioses olímpicos pintados en el muro estaban

descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademán triste

unas carnes enfermizas y amarillentas que habían surgido muchos años

antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.

Allí se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que haría,

sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque

resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones

del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmática

escena.

En tal caserón, lo mismo podía haber vivido algún maldito hereje que

vendiendo su alma al demonio fué arrastrado por éste al infierno en la

hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de

comedia de magia, que algún marido que terminara las adúlteras

relaciones de su esposa dando de puñaladas a la amorosa pareja, y

marchando después a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa

para que nadie pisara más el lugar del espantoso crimen.

Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y

afición a lo absurdo, podían haber ocurrido en el caserón, incluso la de

haber servido de fábrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un

barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupación y de eterno

sentido práctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos años

a sus contemporáneos.

Sea cual fuera la historia de aquel caserón, por todos desconocida y que

a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el

barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del

célebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta

preocupación respetuosa. Las viejas al pasar junto a él, hacían la señal

de la cruz; los muchachos sólo en un arranque de audacia se atrevían a

ensuciar su frontera arrojándola pellas de barro, y al cerrar la noche,

más de un transeúnte, al acercarse al tétrico edificio, lo contemplaba

con recelo y apresuraba el paso.

Por desgracia para los espíritus inquietos y amigos de novelerías,

pronto cesó aquel misterio, pues una mañana aparecieron abiertos los

antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portón entraban y

salían a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una

instalación laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se

distinguían dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como

repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.

Ocurrió esto a mediados de 1819, cuando la primera reacción

anticonstitucional estaba ya próxima a terminar y los absolutistas se

iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se

descubrían y las inequívocas muestras de revolución que se notaban en

las provincias.

Estaba entonces la curiosidad de las gentes más excitada que nunca, así

es que a los pocos días ya sabían los vecinos de la calle del Arenal

quién era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos

antecedentes.

Era la baronesa de Carrillo, joven señora americana, viuda de un alto

funcionario, muerto en Méjico por los insurrectos, y que venía a España

para salvar su vida y las muchas peluconas que constituían su fortuna,

de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolución.

Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa

de pagar algunos vasos de vino en la taberna más cercana, y también

lograron tener la certeza de que la tal señora era muy buena católica y

temerosa de Dios, pues en su viaje la había acompañado un sacerdote y

eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de

importancia que atravesó desde Cádiz a Madrid.

Esta última circunstancia tranquilizó a los curiosos vecinos y desterró

de su ánimo toda sospecha de complicidad diabólica.

Una señora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no

podía tener ninguna relación con los malos espíritus que hasta poco

antes habían habitado aquella misteriosa casa.

Los sucesos públicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la

revolución y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en

posesión de su libertad experimentaba idéntica impresión que un muchacho

con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del

Arenal la curiosidad que les producía todo lo que se relacionaba con el

célebre caserón y sus habitantes.

Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos

nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas

sesiones de los Clubs patrióticos, eran motivo de pública preocupación y

más que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y

enredos de vecindad que poco antes constituían su delicia y eran el tema

obligado de conversación.

Poco a poco, en el transcurso de año y medio, el misterioso caserón de

la calle del Arenal, a pesar de que su puerta sólo se abría varias veces

cada día y de que la señora que lo habitaba tenía cierto empeño en

dejarse ver poco, se convirtió en una casa vulgar, incapaz de llamar la

atención de nadie.

Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los

asuntos políticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas

sesiones de "La Fontana de Oro", a oír los revolucionarios discursos de

Alcalá Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional,

hubiesen permanecido, como antaño, tomando el fresco a las puertas de

sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y

discutido.

Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abría lenta y

silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio

aparecían en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar

ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas,

semejantes a las usadas por los majos del Matadero.

Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la

casa, pues así que estaban junto al entreabierto portón, miraban a todos

lados rápidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra

abertura que inmediatamente quedaba cerrada.

Aquellos dos hombres y algún que otro cura, de aire humilde y sonrisa

seráfica, eran los únicos visitantes de la señora de la casa.

Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el

mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se

hicieran pronto cargo de tales visitas.

Una vez conocidas éstas, la curiosidad se interesó en averiguar más, y

pronto hizo un gran descubrimiento.

En una corta temporada que la familia real residió en los jardines de

Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.

La consecuencia que la curiosidad sacó de tal hecho fué inmediata. Los

dos embozados pertenecían a la corte y eran, sin duda, condes o duques

que se rozaban con las personas reales.

Dos años antes, cuando el grito nacional era "¡vivan las cadenas!", y la

aspiración de todo buen español "ser un gran servil", tal descubrimiento

hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de

saber lo que no las importaba, podía hacerlas dar con sus huesos en la

Galera; pero no en balde se estaba en pleno período revolucionario y

dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para

hacerlos públicos y que el pueblo supiera qué clase de gentes eran

aquellos nobles que se tenían por seres privilegiados.

Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas,

espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.

Pero fué inútil su intento, y no consiguieron distinguir la más pequeña

parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la

capa y la sombra de la noche.

La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.

Una noche (pocos días antes de la sublevación de la Guardia Real), el

postigo se abrió como siempre y los embozados aparecieron al extremo de

la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un

mozalbete, a quien la sobra de alcohol hacía andar en zigzag, y que daba

rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algún

relincho la copla liberal de 1813:

"Un realista en un mesón

llamaba por que le abrieran,

y tanto y tanto llamó

que le abrieron... la cabeza."

Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transeúnte, procuraron evitar

su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho,

con la tenacidad imprudente propia de los que están en tal estado, puso

especial empeño en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a

tropezar con aquéllos.

Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y

el otro buscándole, vinieron por fin a chocar.

El mozalbete dió con su barriga un fuerte golpe al más alto y elevó su

aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer éste, al

mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:

--¿Quién eres tú? Si tienes mucho frío, ven a echar unas copas.

El importuno se vió pronto sacudido por los dos embozados, que, sin

preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con

sus manos, y después de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al

suelo.

El borracho cayó sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en

tan cómica actitud permaneció mucho rato, siguiendo con vista asombrada

a los dos embozados, el más alto de los cuales reía estrepitosamente,

procurando ahogar las carcajadas con el embozo.

Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo caserón, el borracho, sin

abandonar su actitud, rascóse la frente, como quien duda, y al fin

murmuró, con la satisfacción del que se despoja del peso de un secreto:

--Que me maten, si ésos no son Narizotas y su alcahuete.

Las vecinas, que habían presenciado en sus escondites la anterior

escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa

revelación.

Efectivamente; de los dos personajes, el más bajo tenía todo el aire del

duque de Alagón, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes

a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultán, y en cuanto al

más alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia

de Dios, figuraba en todas las monedas.

En la puerta de dicha casa fué donde cayó herido el conde de Baselga.

La araña negra, t. 1/9 · 第 12 / 35 题