La casa misteriosa.
Desde principios de siglo, llamaba la atención de los vecinos de la
calle del Arenal y aun de los que no siéndolo pasaban a menudo por dicha
calle, un gran caserón situado frente al antiguo convento de San Felipe
Neri, que tenía ese aspecto enigmático y terrible de los edificios sobre
los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldición.
Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de
barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos;
largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de
sus balaustradas espesas capas de polvo y telarañas que se extendían
hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con
escenas mitológicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca
de dragón que en los días de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre
los transeúntes; éstos eran los detalles más llamativos y principales de
aquella fachada que bajo la máscara de su decrepitud inspiraba horror a
todos los vecinos.
En las rendijas de la gran puerta crecían bosques en miniatura que
movían mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transeúnte por cerca
de aquélla, y las ninfas y dioses olímpicos pintados en el muro estaban
descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademán triste
unas carnes enfermizas y amarillentas que habían surgido muchos años
antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.
Allí se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que haría,
sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque
resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones
del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmática
escena.
En tal caserón, lo mismo podía haber vivido algún maldito hereje que
vendiendo su alma al demonio fué arrastrado por éste al infierno en la
hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de
comedia de magia, que algún marido que terminara las adúlteras
relaciones de su esposa dando de puñaladas a la amorosa pareja, y
marchando después a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa
para que nadie pisara más el lugar del espantoso crimen.
Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y
afición a lo absurdo, podían haber ocurrido en el caserón, incluso la de
haber servido de fábrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un
barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupación y de eterno
sentido práctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos años
a sus contemporáneos.
Sea cual fuera la historia de aquel caserón, por todos desconocida y que
a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el
barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del
célebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta
preocupación respetuosa. Las viejas al pasar junto a él, hacían la señal
de la cruz; los muchachos sólo en un arranque de audacia se atrevían a
ensuciar su frontera arrojándola pellas de barro, y al cerrar la noche,
más de un transeúnte, al acercarse al tétrico edificio, lo contemplaba
con recelo y apresuraba el paso.
Por desgracia para los espíritus inquietos y amigos de novelerías,
pronto cesó aquel misterio, pues una mañana aparecieron abiertos los
antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portón entraban y
salían a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una
instalación laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se
distinguían dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como
repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.
Ocurrió esto a mediados de 1819, cuando la primera reacción
anticonstitucional estaba ya próxima a terminar y los absolutistas se
iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se
descubrían y las inequívocas muestras de revolución que se notaban en
las provincias.
Estaba entonces la curiosidad de las gentes más excitada que nunca, así
es que a los pocos días ya sabían los vecinos de la calle del Arenal
quién era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos
antecedentes.
Era la baronesa de Carrillo, joven señora americana, viuda de un alto
funcionario, muerto en Méjico por los insurrectos, y que venía a España
para salvar su vida y las muchas peluconas que constituían su fortuna,
de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolución.
Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa
de pagar algunos vasos de vino en la taberna más cercana, y también
lograron tener la certeza de que la tal señora era muy buena católica y
temerosa de Dios, pues en su viaje la había acompañado un sacerdote y
eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de
importancia que atravesó desde Cádiz a Madrid.
Esta última circunstancia tranquilizó a los curiosos vecinos y desterró
de su ánimo toda sospecha de complicidad diabólica.
Una señora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no
podía tener ninguna relación con los malos espíritus que hasta poco
antes habían habitado aquella misteriosa casa.
Los sucesos públicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la
revolución y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en
posesión de su libertad experimentaba idéntica impresión que un muchacho
con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del
Arenal la curiosidad que les producía todo lo que se relacionaba con el
célebre caserón y sus habitantes.
Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos
nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas
sesiones de los Clubs patrióticos, eran motivo de pública preocupación y
más que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y
enredos de vecindad que poco antes constituían su delicia y eran el tema
obligado de conversación.
Poco a poco, en el transcurso de año y medio, el misterioso caserón de
la calle del Arenal, a pesar de que su puerta sólo se abría varias veces
cada día y de que la señora que lo habitaba tenía cierto empeño en
dejarse ver poco, se convirtió en una casa vulgar, incapaz de llamar la
atención de nadie.
Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los
asuntos políticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas
sesiones de "La Fontana de Oro", a oír los revolucionarios discursos de
Alcalá Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional,
hubiesen permanecido, como antaño, tomando el fresco a las puertas de
sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y
discutido.
Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abría lenta y
silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio
aparecían en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar
ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas,
semejantes a las usadas por los majos del Matadero.
Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la
casa, pues así que estaban junto al entreabierto portón, miraban a todos
lados rápidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra
abertura que inmediatamente quedaba cerrada.
Aquellos dos hombres y algún que otro cura, de aire humilde y sonrisa
seráfica, eran los únicos visitantes de la señora de la casa.
Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el
mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se
hicieran pronto cargo de tales visitas.
Una vez conocidas éstas, la curiosidad se interesó en averiguar más, y
pronto hizo un gran descubrimiento.
En una corta temporada que la familia real residió en los jardines de
Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.
La consecuencia que la curiosidad sacó de tal hecho fué inmediata. Los
dos embozados pertenecían a la corte y eran, sin duda, condes o duques
que se rozaban con las personas reales.
Dos años antes, cuando el grito nacional era "¡vivan las cadenas!", y la
aspiración de todo buen español "ser un gran servil", tal descubrimiento
hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de
saber lo que no las importaba, podía hacerlas dar con sus huesos en la
Galera; pero no en balde se estaba en pleno período revolucionario y
dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para
hacerlos públicos y que el pueblo supiera qué clase de gentes eran
aquellos nobles que se tenían por seres privilegiados.
Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas,
espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.
Pero fué inútil su intento, y no consiguieron distinguir la más pequeña
parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la
capa y la sombra de la noche.
La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.
Una noche (pocos días antes de la sublevación de la Guardia Real), el
postigo se abrió como siempre y los embozados aparecieron al extremo de
la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un
mozalbete, a quien la sobra de alcohol hacía andar en zigzag, y que daba
rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algún
relincho la copla liberal de 1813:
"Un realista en un mesón
llamaba por que le abrieran,
y tanto y tanto llamó
que le abrieron... la cabeza."
Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transeúnte, procuraron evitar
su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho,
con la tenacidad imprudente propia de los que están en tal estado, puso
especial empeño en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a
tropezar con aquéllos.
Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y
el otro buscándole, vinieron por fin a chocar.
El mozalbete dió con su barriga un fuerte golpe al más alto y elevó su
aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer éste, al
mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:
--¿Quién eres tú? Si tienes mucho frío, ven a echar unas copas.
El importuno se vió pronto sacudido por los dos embozados, que, sin
preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con
sus manos, y después de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al
suelo.
El borracho cayó sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en
tan cómica actitud permaneció mucho rato, siguiendo con vista asombrada
a los dos embozados, el más alto de los cuales reía estrepitosamente,
procurando ahogar las carcajadas con el embozo.
Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo caserón, el borracho, sin
abandonar su actitud, rascóse la frente, como quien duda, y al fin
murmuró, con la satisfacción del que se despoja del peso de un secreto:
--Que me maten, si ésos no son Narizotas y su alcahuete.
Las vecinas, que habían presenciado en sus escondites la anterior
escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa
revelación.
Efectivamente; de los dos personajes, el más bajo tenía todo el aire del
duque de Alagón, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes
a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultán, y en cuanto al
más alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia
de Dios, figuraba en todas las monedas.
En la puerta de dicha casa fué donde cayó herido el conde de Baselga.